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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 11 de diciembre de 2017

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

¿Nos hallamos en una decadencia abismal o se trata de mirar el problema desde otro ángulo?

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Adriano pensativo

Lo dije en un texto del mes pasado: en el año 2009 Elena Tchoudinova publicó en Rusia la novela La mezquita de Notre-Dame, 2048, que fue editada en Francia en el 2009, y donde vemos una Europa abducida por el Islam, con Notre-Dame convertida en gran mezquita y toda Francia islamizada.


Cinco años después, en el 2014, aparece la novela de Jean Rolin Les événements (Los acontecimientos), donde viajamos a una Francia escindida que se halla en plena guerra civil, en la que intervienen por supuesto los musulmanes.


En enero del 2015 aparece finalmente Sumisión de Houellebecq. Se trata pues de la tercera entrega de la gran epopeya Europa bajo el Islam.


En la novela de Tchoudinova la islamización se produce por emigración, en la de Houellebecq por conversión y prestidigitación política, y en la de Rolin por algo parecido a una rebelión, si bien Rolin se dedica sobre todo a describir la guerra con precisión hiperrealista, como acostumbra a hacer, más que a explicar las causas del conflicto.


En dos de los tres casos se trata de argumentos muy forzados. Se ve demasiada voluntad narrativa para hacer de algún modo creíble el asunto. Hasta ahí todo normal, lo que me inquieta es la dimensión que está tomando esta paranoia tóxica.


Si uno hiciera caso a los proclamadores del declive francés y del declive de toda la cultura occidental, estaríamos en la última fase de la decadencia y a punto de abrir las puertas a la barbarie total.


Pero hay otras formas de verlo. ¿Y si en lugar de estar en la última fase de la decadencia estuviésemos en un período parecido al del emperador Adriano, cuando la civilización se convierte en civilización sin Dios? China ha sido siempre una civilización sin Dios, y ahí está una vez más, con todo su poderío, como si fuese un imperio recién nacido. Se trata del único imperio milenario que todavía persiste, y ahora mismo parece más joven que el imperio americano. ¿Cómo explicar esa paradoja?


La persistencia del imperio chino es esperanzadora, y te ayuda a relativizar mucho los vaivenes de la historia, también los de la historia de tu propia cultura. Dicho de otra manera: quizás estamos viviendo un período muy interesante, de exploración del abismo humano en todo su gloria y en toda su atrocidad, sin que los imperativos religiosos coarten nuestra visión del mundo. Más que una decadencia sería el despliegue cada vez más amplio de la razón laica, por más que los políticos y los economistas se empeñen en conducirnos al grado cero del pensamiento y de la conciencia social. Obran así porque, creyéndose los reyes del presente, son espectros del pasado.


Puede que en el futuro cambiemos de dioses, como hicieron los romanos, pero algunos signos indican que van a ser dioses muy diferentes a las divinidades patriarcales que hemos conocido, quizá porque la figura del patriarca y su divinización resultan cada vez más difíciles de sostener en todas las culturas de la tierra, en parte por influencia occidental.


Con el correr de los tiempos, cabe pensar que se irá produciendo una feminización cada vez más acusada de la divinidad, ya que se detectan bastantes flechas que apuntan en esa dirección. Todo lo contrario de lo que anhela el fundamentalismo, tanto el religioso como el desplegado por las plañideras del declinismo francés.

[Publicado el 19/5/2015 a las 08:44]

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El bosque de Djuna y la jungla de la noche

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He vuelto a leer El bosque de la noche de Djuna Barnes, y esta vez he sacado algunas conclusiones. Nos hallamos ante una discípula de Joyce, si bien la Barnes es más expresionista y más cruel que su venerado maestro.


La novela está dividida en tres partes bastante diferenciadas, y quizá por eso Djuna Barnes no las subrayó. En la primera asistimos al despliegue de una serie de personajes errantes, que circulan por París y Viena. Casi todos ellos son unos impostores que se inventan un pasado mucho más noble de lo que fue. En ese sentido son unos esnobs de naturaleza irredimible. El personaje más memorable y más edénico es la desgarbada y hermosa Robin, que sólo envejece “a golpes de niñez perpetua”. Su fuga marca el final de la primera parte.


En la segunda parte asistimos a las andanzas de Robin pero a través de los otros personajes que hablan de ella. Es el envés de la primera parte y podía haberse titulado La fugitiva.


La tercera parte es muy breve, y narra el reencuentro entre Robin y Nora gracias a los jadeos de un perro que parece una bestia apocalíptica, y que no obstante es acorralado por la rabiosa Robin. La ceremonia del encuentro se lleva a cabo en una iglesia.


La novela también puede verse como un díptico con una bisagra: el capítulo final.


Cuando uno va leyendo la novela, tiene la sensación de estar atravesando un bosque muy tupido. Lo sientes en cada página. Ni debes ni puedes atravesar ese bosque con precipitación porque te perderías muchos diamantes semiocultos entre la hierba.


Según avanzas en el texto, te sientes flotando en un mundo absurdo y a la vez lleno de significación.


Algunos personajes hablan con el doloroso clamor de Max Estrella: por ejemplo el doctor, que es otro impostor dedicado a la medicina clandestina. Su voz resuena continuamente en el bosque de la noche, porque el doctor es un charlatán más allá de todo límite. Consigue contestar a lo que le preguntan y a la vez irse por las ramas. Lo suyo es un continuo monólogo interior en voz alta, a través del cual percibimos un alma inmensamente trágica y barroca.


Su muerte indica el final de la segunda parte, su muerte abre de par en par la oscuridad y nos prepara para el reencuentro de la matriarca Nora y la silvestre Robin en una capilla ubicada en mitad del bosque de la noche.


La gran novela de Djuna Barnes es mas actual ahora mismo que en el momento en que fue publicada por primera vez, porque ahora todos vivimos en el bosque de la noche, ya convertido en una jungla.


La noche de ahora mismo es una jungla más tupida que el bosque de Djuna. Dicho de otra manera: estamos regresando a la era de los cazadores, anterior a la de los recolectores y los agricultores sedentarios. Volvemos a la edad en la que el mundo se dividía en presas y cazadores, y solo ellos habitaban la jungla de la noche.


Retornamos al período anterior a las ciudades (las ciudades están desapareciendo por extensión y emborronamiento de sus límites) y la jungla se expande, si bien se trata de la jungla humana.


Ahora o cazas o te cazan. Un paradójico camino a la inversa: del bosque, que es una selva humanizada, a la jungla, que es de naturaleza inhumana.

[Publicado el 11/5/2015 a las 16:52]

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Ser Dios es demasiado fácil

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Se dice que el que sabe más de lo que ha aprendido es un genio. Pocos se merecen ese atributo como Welles, que fue tan genial que acabó renunciando a su propia genialidad, como Shakespeare cuando se refugió en su pueblo, donde únicamente escribió su árido testamento. Eso solo lo hacen los que ya están más allá del yo y del otro. También más allá de toda forma de ilusión.


Renuncian a lo que el destino les dio de más valioso. Están más allá del valor y más allá de toda valoración.


Ya se han cansado de delirar. Sienten, como César, que se ha acabado la comedia, y ni siquiera animan al público a aplaudir.


Al hablar así pienso en el Orson Welles de la última época, y también en el Orson Welles errando por Europa.


En su versión de la obra maestra de Cervantes, Welles concibe un don Quijote catatónico que va recitando sus discursos por la inhóspita llamara. Son discursos que se pierden en la nada mientras el caballero avanza hacia ninguna parte. Se trata del Quijote más existencialista jamás concebido.


Seguramente el mismo Orson se vio así más de una vez, como un charlatán errabundo buscando fondos para sus películas y sus banquetes.


Regresó a América para hacer de payaso. Fue otra forma de despojamiento. Pero antes había dejado tras él el mejor cine de todos los tiempos, no se sabe muy bien de qué manera. Welles lo intentó explicar con una simple frase: “Dirigir es la cosa más fácil del mundo”. Sí, también Valéry pensaba que “ser Dios es demasiado fácil”.


 

¿Arrogancia? No, más bien parece la humildad fundamental de la ironía desinflando la cansina vanidad del arte. 

[Publicado el 07/5/2015 a las 09:54]

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El grado cero del pensamiento genera un fenómeno muy inquietante

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El grado cero del pensamiento es una dimensión de la cultura en la que las palabras se vacían de sentido y todo discurso se convierte en una retahíla de inmundicias. El poder ya no informa, se dedican simplemente a ocultar materia oscura.


El grado cero del pensamiento es también el grado cero de la moral y el grado cero del criterio. Con el advenimiento del grado cero del pensamiento la cultura se degrada hasta convertirse en una grotesca caricatura de sí misma.


Es el momento en que el pensamiento deja paso al entretenimiento de carácter infantil y al infantilismo.

 

Con el grado cero del pensamiento el tiempo se convierte en un pasar sin sentido: en un pasatiempo.


El grado cero del pensamiento va creciendo sin que nos demos cuenta, hasta que se impone de forma aplastante, generando un fenómeno que acabará devastando el fondo humanista y humanitario de los sistemas que aún se sostienen: la pérdida de relieve de la vida y de la muerte.

[Publicado el 27/4/2015 a las 09:26]

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La arrogancia y el grado cero de la política

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La arrogancia es una enfermedad del yo que nos hace creer que merecemos más privilegios que los demás. El arrogante se apropia de derechos que no tiene y de honores que no posee.


Si nos atenemos al eterno proceso de corrupción que inunda nuestra política, se podría pensar que los políticos se creen con más derecho a delinquir que los demás. Se trata de una actitud inseparable de la enfermedad de la arrogancia, que más que una dolencia antigua, es una dolencia arcaica.


El poder es una dimensión que favorece la arrogancia. Los que llegan a él se creen con más derechos. Es una evidencia palmaria y se debe a una razón: todavía se confunde el poder con la usurpación y autoconcesión de derechos, todavía padecemos formas de poder medieval de tipo aristocrático que siempre han estado ahí, y que se han deslizado por encima y por debajo de todas las ideologías sin ninguna excepción.


La arrogancia es una gramática del poder que permanece intacta desde el Medioevo y que ni está basada en teorías políticas ni en ideas filosóficas. Está basada en la creencia casi religiosa de que tienes más derechos que los demás y de que puedes robarle a la ley espacios que los demás ni pueden ni deben robar. Los políticos ignoran que concederse más privilegios que los demás es caer en el grado cero de la política desde el ejercicio mismo de la política. Puede ser una pasión humana, pero es una aberración filosófica y moral.


La arrogancia suele generar indignación, por la sencilla razón de que la indignación es la respuesta más natural al que se arroga poderes que nadie le ha dado. Se trata de una actitud que no tiene nada que ver con la moda y que es casi una fórmula matemática: a más arrogancia más indignación.


En los últimos periodos el poder ha llevado a cabo movimientos que excedían con creces lo que le había exigido el ciudadano, pero a esos movimientos tremendamente arrogantes en el más estricto de los sentidos se les ha llamado “necesidad”, justamente como los antiguos, ya que decir “necesidad” es lo mismo que decir “destino”.


Como vemos, la política sigue definida por arcaísmos petrificados. En la literatura griega aparecía el destino cuando surgía lo inexplicable y lo aterrador. Es hermoso que nos digan desde Bruselas que todo se debe al destino, a la necesidad, a una deidad que está por encima de los dioses y los hombres. ¡Qué viaje más emocionante al pensamiento mágico, por no decir al grado cero del pensamiento!


Todavía confundimos la política con la simbología. Enarbolamos símbolos como chamanes del paleolítico, enarbolamos ideas inmensamente pervertidas con una arrogancia inaudita. No sabemos romper el muro del arcaísmo, nos sabemos abrir las puertas del futuro.


El pensamiento político tiende a deslizarse mucho hacia el pensamiento mágico, que es el pensamiento de los chamanes, los adivinos y los santeros. Una evidencia: en épocas electorales todos los políticos se dedican a vomitar profecías, muchas de ellas llenas de arrogancia.


Paradójicamente, suele ser entonces cuando la política llega al grado cero y volvemos, como por arte de magia, a la edad de los oráculos.


[Publicado el 20/4/2015 a las 11:03]

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¿Estamos ya en el grado cero del pensamiento?

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Qué tiempos aquellos en los que Baudelaire anunciaba, con cierta solemnidad y mucha melancolía, que había tocado el otoño de las ideas. Pero entonces el pensamiento estaba lejos del grado cero. La decadencia se hallaba en su primer período, el que sucedía al largo estío de las ideas. Era el otoño, sólo el otoño.

 

Ahora estamos en el invierno. No un invierno bajo cero. Ahora estamos en un invierno a cero grados. Las ideas congeladas llenan los mercados. Pero las ideas congeladas nunca llegan lejos. Viajan de frigorífico en frigorífico, hasta que se desintegran en cualquier estómago.

 

Cuando los poderes económicos y políticos buscan el grado cero del pensamiento empiezan por ridiculizar a los intelectuales, que durante buena parte del siglo pasado encarnaron el pensamiento en todas sus variantes.

 

En momentos así hasta en culturas como la francesa se pone de moda la anti-intelectualidad, y los nuevos escritores utilizan como clave publicitaria su "no intelectualidad".

 

Es una forma pintoresca de avanzar hacia el grado cero. Lo más cómico de llegar a esa grado del frío y la nulidad es constatar lo grotescamente pintoresco que se vuelve el mundo. De pronto ya todo es kitsch y uno siente que no queda ni un solo lugar en el mundo donde poder refugiarse del imperio del mal gusto.

 

¿Occidente ya estuvo otras veces en el grado cero del pensamiento? ¿El grado cero del pensamiento tiene algo que ver con el abismo?

 

Es extraño el miedo a pensar, tan extraño como el asco a pensar. La droga que provoca esa cobardía se llama en buena medida política. Todas las políticas, desde las más amables a las más agrestes, evidencian ese miedo que es casi peor que la muerte.

 

Y da la impresión de que siempre que las sociedades han descendido hasta el grado cero andaban buscando el abismo. Y aquí de nada sirve la experiencia histórica. Con regularidad espantosa, la cultura más civilizada de la historia no duda en entregarse periódicamente a tenebrosos aquelarres.

 

Se está llegando al grado cero del pensamiento porque los poderes buscaban esa degradación profunda del mapa del mundo. La buscaban Europa y América: la buscaba Occidente.

 

Una cultura urbana y manufacturera de casi tres mil años buscando el grado cero del pensamiento. ¿No es para dudar de todo, del proyecto humano en sí, de su pasado y su futuro?

 

La decadencia empieza a ser un asunto serio porque va en serio. Los poderes obligan a las masas a vomitar memoria. Ya no quieren recordar. Quieren regresar al lugar de la inocencia. ¿De qué inocencia?

No se puede esperar inocencia de una cultura tan larga. No se la debe buscar. Hay etapas que quedaron atrás hace mucho tiempo. La edad de la inocencia, por ejemplo, hace tanto tiempo que quedó atrás para nosotros.... En realidad esa edad se quedó en el Renacimiento.

 

¿Se podría hablar de un cansancio histórico? ¿Occidente estaría históricamente cansado? Tampoco parece ser esa la causa de nuestra tendencia al descenso. Ahora la historia no pesa, porque en cierto modo se ha volatilizado. No es que haya desaparecido; está ahí, pero cada vez más difuminada y a punto de disiparse. El que hoy diga que le pesa la historia no está bien de la cabeza.

 

Ahora mismo la historia pesa menos que el aire, si bien no por eso se ha vuelto trasparente, y si estamos llegando al grado cero del pensamiento no es ni por condensación de memoria ni por cansancio histórico, es por otra cosa.

 

El grado cero del pensamiento tiene su luz, su forma de iluminar, su punto de vista. No sacraliza nada... ¿Nada? En realidad sí: sacraliza la banalidad. El punto de vista de la banalidad se convierte así en la mirada de Dios.

 

Cuando una cultura se postra ante el dios de la banalidad y lo mira todo desde su óptica bien podemos decir que es una cultura anulada, casi una cultura muerta.

 

¿El grado cero del pensamiento genera arrogancia? En América sí, y ahora mismo también en Europa. El grado cero del pensamiento suele tener la forma política de la arrogancia.

 

Cuando el individuo deja de pensar se vuelve arrogante, no antes. El pensamiento conduce a la humildad. Pero el grado cero del pensamiento no conduce a nada que no adopte la forma de la arrogancia, y ahora esa arrogancia está una vez más representada por las finanzas, y si por ellas fuera habríamos ya llegado al grado cero de la política.

 

[Publicado el 13/4/2015 a las 12:51]

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Como si estuvieses muerto

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A lo largo de la vida, varias veces he escuchado en voz de diferentes autores que “habría que escribir como si estuvieses muerto”.


Como si estuvieses muerto coges la pluma o el ordenador y empiezas a escribir.


Como si estuvieses muerto te haces un café o un té, fumas un cigarrillo, regresas a tu cuarto y redactas algo como si estuvieses muerto.

 

Un hombre muerto escribiendo palabras muertas en un cuaderno de papel muerto que se va deshaciendo como arena sería una buena narración para los amantes del fin de los tiempos. La acción podría desarrollarse en Samarcanda cuando era la capital dorada de las estepas, o mejor en alguna aldea cerca de las montañas de la Locura.


Se supone que mientras dura el proceso de la escritura has de comportarte como un muerto, has de hacer el amor como si estuvieses muerto (siempre queda la esperanza de que a tus amantes les gusten los zombis), levantarte de la cama como si estuvieses muerto y reanudar la escritura como lo haría cualquier escritor muerto que tuviese que entregar en septiembre una novela a su editor muerto.


Sólo acierto a escribir algo cuando me siento vivo. Quizás es un error. Tendré que meditar, tendré que pensar que estoy dentro de un ataúd, en el cementerio de la Ciudad sin Nombre. El espacio es asfixiante hasta para un muerto: hace difícil la escritura, y no solo por el hecho de que la muerte sea la consagración del silencio.


Entonces le doy la vuelta al problema y pienso: escribir sería lo mismo que salir del espacio de la muerte, y toda escritura sólo podría ser gestada desde la vida y para la vida. ¡Fin de las pesadillas y los ejercicios espirituales! Qué alivio, amigos. ¡Acabo de salir del ataúd¡ ¡Ya puedo ponerme a escribir!


Con razón decía Julia Kristeva que el que no ama o no crea está muerto. Dicho en otras palabras: cuando no amas y no creas te instalas en el espacio de la muerte, y si tuviésemos que escribir como si estuviésemos muertos la obra más convincente sería el libro en blanco. César Augusto lo expresó muy bien con unas cuantas palabras que además de proclamar el fin de la vida proclamaban el fin de la escritura. Es sabido que según la leyenda el emperador dijo al morir: “¡Se acabó la comedia, amigos. Aplaudid!”.


Obviamente, se trata de una sentencia que sólo puede formular alguien que ha sido durante bastante tiempo el director del gran teatro del mundo. No son palabras que queden demasiado bien en voz de un vagabundo, un guerrero, un labrador. Para decirlas has tenido que ser el rey del mundo: algo así como el dueño absoluto de la narración. Por eso no sólo indicas que la obra ha finalizado, también ordenas que todos lo presentes lo festejen con aplausos. Como debe ser.


Qué gloriosos los romanos, tan empeñados en hacer teatro clásico hasta el último suspiro. Ahora no cuidamos tanto los papeles y los escenarios, por eso ya nadie muere diciendo frases célebres en parajes legendarios. Estamos perdiendo mucha capacidad dramática. Todavía nuestros abuelos pasaban media vida tejiendo la frase con la que esperaban despedirse de la humanidad. Ahora ya nadie pierde el tiempo preparando su última escena en la opereta del mundo.


 

¿Pero no estaba hablando de escribir como si fueses un difunto? Ah, sí, la feliz pesadilla del hombre muerto escribiendo palabras muertas en un cuaderno de papel muerto que se va deshaciendo como arena. ¡Qué optimismo más radical! ¡Brindemos!


[Publicado el 06/4/2015 a las 11:38]

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Olvídense de la modernidad: pesan más los arcaísmos

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“A los internautas les encanta el linchamiento”, dice Jordi Soler en un excelente artículo. Ante las evidencias, no podemos negarlo, pero habría que añadir que el linchamiento es característico de las sociedades humanas, y justamente por eso abunda en la red, sin olvidar que también abundaba antes de la aparición de la red, y lo solía llevar a cabo la prensa. En la España de la democracia los linchamientos en la prensa se han ido sucediendo con una regularidad tan mecánica como ritualizada.


El antropólogo Girard diría que los linchamientos periodísticos y cibernéticos serían la puesta a punto del sacrifico antiguo. Nunca hemos dejado de sacrificar, simplemente ha ocurrido que los sacrificios han cambiado de formato (sin por eso cambiar de sentido). El sacrificio sirve para cohesionar y comulgar. Los que linchan comulgan con la carne de la víctima: literalmente la machacan y la devoran.


Seguimos siendo de un atavismo tan evidente como desmoralizador. Nos llenamos la boca con la palabra modernidad, pero lo cierto es que nuestra sociedad está podrida de arcaísmos.  

[Publicado el 30/3/2015 a las 10:13]

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Los impecables pueden ser implacables

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La experiencia de la vida me ha ido indicando que las personas que se permiten periódicamente pequeños ataques de ira son menos peligrosas que las que nunca se conceden ni la más mínima salida de tono.


La ira es una emoción narcótica, que exalta negativamente, y que negativamente emborracha. Si te la vas tomando en pequeñas dosis no pasa nada. Conoces esa droga y en cierto modo la controlas; pero si no estás habituado a ella y un día te cae encima, entras en una especie de locura ciega de la que te cuesta salir.


Me ha tocado asistir a ataques de ira de personas que prácticamente nunca recurrían a la cólera y era todo un problema librarlos de esa situación, pues llegaban a límites a los que nunca llegarían los que se permiten cabreos esporádicos y más o menos vistosos.


Lo mismo se podría decir de otras pasiones del cuerpo y del alma. Los que no las conocen y sucumben de pronto a ellas no saben cómo escapar de ese fuego abrasador.


Por eso temo a los impecables, porque sé que se pueden convertir en implacables cuando cruzan la frontera.


Refiriéndonos al piloto que estrelló el avión en los Alpes, me inquieta toda esa gente que, como siempre en estas tragedias, empieza a decir que era un chico excelente, amable, que nunca se metía con nadie, que saludaba a todo el mundo.... También el doctor Jekyll parecía un hombre muy tratable hasta que se convertió en Hyde.


Hoy mismo, la novia del copiloto ha revelado al periódico Bild que Andreas Lubitz le dijo en una ocasión: “Algún día haré algo que cambiará todo el sistema y todo el mundo conocerá mi nombre”. (Wird jeder meinen Namen kennen). De modo que la cosa venía de lejos. Con otras palabras, el copiloto le estaba diciendo a su novia: “Ahora soy Jekyll, pero un día seré Hyde y os vais a enterar”.


[Publicado el 28/3/2015 a las 09:57]

[Etiquetas: Pasiones]

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El terrorista solitario

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Urge redefinir la gramática del terror. No es necesario pertenecer a una organización para ser un terrorista. También existe el terrorista solitario, que trabaja únicamente para su propio yo.

 

 

El copiloto alemán de la tragedia de los Alpes podría ser incluido en ese perfil de confirmarse las sospechas.


El terrorista solitario tiene su propia contabilidad, como indicaba el malogrado escritor B.S. Johnson en su novela La contabilidad privada de Christie Malry. Algunos tienen incluso una libreta en la que van apuntando las afrentas, con su valor negativo que es necesario contrarrestar por medio de un acto brutal.


Al referirnos al terrorista solitario podríamos estar hablado de un perfil más común de lo que creemos. Muchos terroristas afiliados a organizaciones criminales podrían ser también terroristas solitarios y deseosos de matar, que buscan la protección de estas corporaciones para burlar su asfixiante y enloquecida soledad.


Aunque estamos hablando de conjeturas más o menos justificadas, y habrá que saber más sobra la personalidad del copiloto que protagoniza todas las portadas de los periódicos, una cosa me sorprende de su fotografía más difundida: Andreas Lubitz se halla tranquilamente sentado y sonriente al borde de un abismo. No todos se sentarían sobre ese pretil de forma tan desenvuelta y jovial. Unos centímetros más allá de su pierna derecha parece abrirse el vacío. Me lo confirma parcialmente Lourdes Unanua, una amiga de San Francisco, que me dice en un correo:


 

El pretil en cuestión es un punto de mira desde el cual se divisan unas espectaculares vista de la bahía y de la ciudad que reluce al fondo como si fuera una joya metálica. Este pretil está sobre un promontorio de rocas y arbustos; no da directamente al vacío, pero si te caes vas rodando hasta el océano. Este lugar es lo que se llama el comienzo de Marin Headlands”. Si yo fuese psicólogo tendría en cuenta este detalle tan ínfimo y a la vez tan significativo: este detalle inconsciente en una imagen que quiere ser un autorretrato.

 

(Dicho lo cual vienen los añadidos que añaden siniestrez a lo siniestro: empieza a sospecharse que si el suicidio no se considera una negligencia, se dará la indemnización mínima, circunstancia que lo pone todo patas arriba una vez más. Otra inquietud a añadir: ¿Por qué el fiscal de Marsella está tan seguro de lo que ocurrió? De nuevo las compañías aéreas están de enhorabuena. Pero uno tienede a pensar que las indemnizaciones tendrían que ser las máximas justamente por tratarse de un hecho volunario y salvaje, producto de la negligencia psicológica de la empresa, que contrató a la persona menos adecuada, y sobre la que se cernía la sombra de la depresión).

[Publicado el 27/3/2015 a las 08:34]

[Etiquetas: Terrorismo, Situación crítica]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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