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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 15 de diciembre de 2017

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

Resuelto el misterio de Jack el Destripador, escritor de cuentos para niños

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Las grandes obras pueden originarse una tarde ociosa y banal, llena de sublimaciones como todas las tardes ociosas y banales.


Dos sacerdotes anglicanos pasean en barca con tres niñas. Es verano, arde el Támesis. Uno de los sacerdotes, Lewis Carroll, empieza a improvisar un cuento que gusta mucho a las niñas. Una de ellas le pide que lo escriba.


Lewis Carroll obedece y escribe Alicia en el País de las Maravilllas.

 

Un cuento surgido de forma tan circunstancial es ahora una obra capital de la literatura moderna. Se adelantó a tantas fórmulas que es imposible no verlo como el cofre de las anticipaciones.


Se adelantó al teatro del absurdo, al surrealismo, a la literatura fantástica en sentido moderno, y a la literatura inspirada en las matemáticas y la ciencia. A todo lo ya dicho hay que añadir desde hace años la sospecha de que Lewis Carroll fue Jack el destripador.

 

La década pasada, hallándome en China, me encontré con la escritora Esther Tusquets, que estaba por allí adquiriendo auténticos tesoros orientales. Primero la vi en Pekín, en el vestíbulo de un hotel de lujo, y más tarde en la Gran Muralla junto a varias personas que parecían sus lacayos. Fue allí donde me confesó que había tenido que vender un ejemplar de la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas. Parecía lamentar profundamente aquella pérdida. Era desprenderse de un fetiche supremo: más que vender un ejemplar de la primera edición de Robinson Crusoe, y estamos hablando de otro mito. Mucho más. Creo recordar que la escritora me dijo que el libro había caído en las manos de una oscura persona que vivía en Londres. Comentó que el ejemplar acabaría en algún museo, aquel ejemplar que ella había tenido tanto tiempo en su casa; y recuerdo que al oírla me invadió un cierto estupor. Era como si para mí Alicia fuese una entidad mitológica que gravitase fuera de los límites de los libros, y que por lo tanto no era creíble que existiese una presunta primera edición de Alicia en el país de las Maravillas, y si existía, todo indicaba que su materialización se remontaba a la noche de los tiempos.


Es sabido que las ediciones que se pierden en la noche de los tiempos tienen un valor incalculable. Preferí no preguntarle a Esther Tusquets por cuánto había vendido el libro y nos quedamos en silencio. Estábamos en la Gran Muralla, y allí las palabras resuenan mucho, amplificadas por los ecos, para luego expandirse en el infinito de las negras montañas y las negras estepas. Es un lugar de locos, y ahora, siempre que pienso en Lewis Carroll, absolutamente siempre, me acuerdo de aquel ejemplar de la primera edición de Alicia, que Esther Tusquets tuvo que vender a un enigmático coleccionista londinense, y esa imagen se mezcla con la Gran Muralla y sus geometrías imposibles, como si perteneciesen a la misma historia y estuviesen en el mismo campo semántico.


Vuelvo a aquella tarde otoñal en China: ya nos íbamos de la Gran Muralla y descendíamos por una cuesta al fondo de la cual se veía un pueblo y un río que se iba derramando en cascadas sucesivas. Estábamos cansados y nos montamos en una especie de balancín arrastrado por un chino de músculos compactos y aspecto fiero.

 

(Confieso que al advertir que la bestia de tiro iba a ser una persona quisimos desistir, pero entonces el chino se puso furioso y se sintió humillado y aniquilado. Así que tuvimos que consentir que nos arrastrara hasta el pueblo a la velocidad del rayo. Iba tan deprisa que no podíamos ver el paisaje por el que nos íbamos desplazando. Lo percibíamos todo borroso, como si nos deslizásemos a una velocidad superior a la que necesita la vista para retener algo).


En el pueblo, estuvimos bebiendo cerveza china en la terraza de un bar junto al río. Allí Esther Tusquets me dijo:


-Verás, el hombre al que le vendí el ejemplar de Alicia ha dedicado su vida a coleccionar objetos de Lewis Carroll. Los apiña en una bodega de su casa. Un día se los robarán todos y acabará loco como el primo Pons de la novela de Balzac. El comprador en cuestión se llama David Dodgson, y asegura ser familiar lejano de Carrol. Devid Dodgson defiende la misma tesis que Richard Wallace en su libro Jack the Ripper, a saber: que Lewis Carroll fue Jack el Destripador. De modo que según su apreciación, yo le vendí en realidad un ejemplar de la primera edición del cuento más famoso de Jack el Destripador, lejano y divinizado pariente suyo. ¿Qué te parece?


Conocía la tesis del señor Wallace, y le dije que me parecía una locura. En realidad todo parecía una locura aquella tarde en la muralla china, porque allí todo se agrandaba.


-Extraño el destino de Carroll -comenté-. Para algunos ha pasado de ser un sacerdote perverso a ser un asesino legendario.


 

Esther Tusquets asintió. Para ella estaba claro que la figura de Lewis Carroll podía encajar con cualquier fantasía de la humanidad, y que se iba agrandando con el tiempo. Ahora le estaban añadiendo a su curriculum todo el poder del mal, y eso podía convertirlo en un escritor gigantesco.

[Publicado el 07/12/2015 a las 10:56]

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El imperio del terror

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Vivir permanentemente sometidos a la conciencia de la muerte sería lo mismo que habitar el infierno. Rubén Darío lo expresa en su magnífico poema Lo fatal:


Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,

y más la piedra dura porque esa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.


Al hablar de la vida consciente, el poeta se refiere sobre todo a la vida consciente de la muerte: el futuro terror, que aparece en el segundo cuarteto del soneto más terrible de Rubén Darío.


Tenemos muchas maneras de evadirnos de la conciencia de la muerte, que surge en la infancia pero que se instala como una corriente helada en plena juventud, cuando llega a nosotros como una radiación lo que Martin Amis llama, en una de sus novelas, la información fulminante y definitiva de que vamos a morir.


La forma más habitual de escapar de la conciencia de la muerte estaría vinculada a la superación de la temporalidad por medio de una inmersión en el presente a través del ocio, el placer, el entretenimiento y la diversión. Y la forma más trascendente habría que relacionarla con las invenciones de la cultura y sus sistemas de elevación y sublimación: el arte, la filosofía, la religión.


El terrorismo islámico tendría por misión fundamental bloquear estas dos vías de escape. En primer lugar atacando las formas de ocio y de placer más inmediatas y habituales, llenando de sangre los lugares vinculados al disfrute (la matanza del Bataclan). En segundo lugar atacando las esferas de la cultura que más elevan y que ubican al género humano en una cierta idea de la inmortalidad, así como los espacios simbólicos en los que hemos proyectado el deseo de infinitud y el ansia de perdurar en el espacio y el tiempo (la destrucción de Palmira).


Bloqueados esos dos caminos (el de la eternidad del instante y el de la eternidad simbólica) estaríamos abocados al nihilismo y a la desesperación.


Los terrorismos más radicales anhelan instaurar de forma perpetua la sofocante conciencia de la muerte, dinamitando los dos caminos que más nos ayudan a olvidarnos de ella.


[Publicado el 22/11/2015 a las 11:10]

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Lo que nadie dice del Bataclan

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El Bataclan, además de ser una sala mítica en la historia de los conciertos de rock, fue un lugar fundamental en la historia de la emigración española.


Dicho de otra forma: uno de esos lugares que nunca van a aparecer vinculados a la Historia con mayúscula, de no ser por los atentados que acabamos de conocer, pero que son esenciales en la historia de la sentimentalidad sin más y en la microhistoria del corazón de la clase obrera, ya que fue la sala de baile más frecuentada por los jóvenes emigrantes españoles que buscaban pareja, allá por los años setenta del siglo pasado.


Recién llegado a París estuve explorando, de forma más bien involuntaria, el mundo de la emigración española: sus formas de vida e infravida, su situación económica, su lenguaje (utilizaban una mezcla surrealista de español y francés), y su sentimentalidad. Fue entonces cuando percibí que todos hablaban del Bataclan, y fue en voz de los emigrantes españoles donde escuché la palabra por primera vez.


¿Por qué?


Pues porque en el Bataclan se llevaba a cabo los sábados y domingos por la tarde el baile de los españoles. A eso de las siete, puede decirse que todos los jóvenes emigrantes de nuestro país acudían al Bataclan para bailar y enamorarse los fines de semana.


Se trataba de fiestas bastante tribales, folloneras y divertidas, a las que solo acudían españoles y algún portugués. Estuve más de una vez y no podía creerlo. El Bataclan era un lugar rebosante de calor latino y se llenaba hasta que no cabía ni un solo danzante más.


 

Ahora, cuando lo veo encharcado de sangre, recuerdo aquellas fiestas dominicales de las que salieron tantos noviazgos de la España emigrante, cálida y bailonguera.

[Publicado el 14/11/2015 a las 12:47]

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La mezquindad y el mal

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Ninguna pasión cabe en el exiguo territorio de la mezquindad.


Kierkegaard creía que la falta de pasiones es la causa de la mezquindad, cuando en realidad es al revés: la mezquindad es la causa de la falta de pasiones, y las pasiones condensan siempre más vida que la ordinaria, aunque también más muerte.


¿Qué ocurre cuando la mezquindad y la maldad se juntan? Cuando el mezquino ejerce la maldad, el mal puede ser muy considerable, pero siempre tendrá su punto de mezquindad.


¿Paga el mezquino su mezquindad? Como decía George Herbert, “el mezquino lleva en sí su propio infierno”. ¿Y cómo no lo iba a llevar? Un mezquino de verdad también lo es consigo mismo, de forma que el infierno que prodiga a los demás es muy inferior al infierno de absoluta mezquindad que se propicia a sí mismo.


Como la mezquindad es una pasión muy cicatera, una especie de anti-pasión que nos avergüenza, la solemos proyectar en los demás, como si el infierno que Herbert vincula a la mezquindad estuviese siempre fuera de nosotros.


En esto estarían milagrosamente de acuerdo Freud, Jung y... Lacan, que aseguraba que “el yo es un miserable”.


Proyectar en los otros nuestra propia mezquindad es un procedimiento vinculado al narcisismo y a la ignorancia. Cuando los griegos de la antigüedad llegaban a Delfos podían leer en el frontón del templo de Apolo: “Conócete a ti mismo”. Dicho de otra manera: afronta sin miedo tu propia mezquindad, advierte sin miedo tu propia ignorancia, aborda sin miedo tu propia oscuridad, y nunca creas que solucionas algo proyectando tu miseria en los demás.


No vomites

sobre los que te acompañan en este infierno

las amapolas que has comido con los muertos.


[Publicado el 09/11/2015 a las 10:38]

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Posesión y terror absoluto

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Cementerio en el desierto de Lawrence de Arabia (Foto J.F)

Los cuatro elementos tienen dueño: el aire, el fuego, el agua, y sobre todo los tiene la tierra. Lo decía Lawrence de Arabia en Los siete pilares de la sabiduría: “La gente suele considerar el desierto como una tierra baldía, sobre la que cualquiera puede poner la mano; pero la realidad es que cada colina y cada valle tenía a alguien que era reconocido como su propietario y que estaba inmediatamente dispuesto a afirmar los derechos de su familia o de su clan contra cualquier intento de usurpación. Hasta los pozos y los árboles tenían sus propietarios.”


La información de Lawrence me recordó la obra de Ernest Becker La negación de la muerte, a la vez que me hizo pensar en la posesión y en sus vínculos con la destrucción. ¿Colocamos nuestras posesiones como una barrera ante la muerte, ignorando que la muerte no entiende de fuertes y fronteras? Poder y posesión tienen la misma raíz, y el poder que nos confiere una posesión nos crea la ilusión de que nos va a proteger de la muerte.


La TMT, Teoría del Manejo del Terror, postula que las mentes rígidas, cerradas y excluyentes están más obsesionadas con la muerte que las mentes abiertas y tolerantes. Y también más obsesionadas con la posesión.


La misma teoría vincula el miedo a la muerte con el tribalismo, con el instinto grupal y con la creación de masas. Las masas protegen y a la vez matan (Canetti), como protegen y matan las naciones cuando instauran la religión del terror: esa religión vinculada a la tribu y a la raza (nosotros contra los otros) que se apoderó de Europa desde 1914 a 1945. Unos cien millones de personas murieron en las dos contiendas, a las que hay que añadir el medio millón que murieron en la guerra civil española, que hizo de puente entre las dos guerras más racistas de la historia.


Puede que los tribalismos sean la única causa de que no se asiente entre nosotros una verdadera conciencia de la especie. Con tantas tribus y fronteras es difícil asimilar que somos una sola especie, y que nuestro único enemigo común es la muerte: la muerte de cada uno, y la muerte integral de la especie, que sería algo parecido al terror absoluto.


Lawrence de Arabia, Los siete pilares de la sabiduría, Huerga & Fierro, 2006, Ediciones B, 1997.

Ernest Becker, La negación de la muerte, Kairos, 2003

Elías Canetti, Masa y poder, Galaxia Gutenberg, 2002

[Publicado el 02/11/2015 a las 10:14]

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Mentiras literarias

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Los narradores que mienten mucho son muy detallistas. ¿Siempre? No, a veces en lugar de cultivar el detalle optan por la abstracción.


Toda mentira es una narración en la que estamos falseando los hechos, y para que la mentira sea efectiva la narración tiene que ser convincente. Solo hay dos maneras de recorrer con mayor o menor pericia ese camino: o bien deteniéndose en los detalles para dar a entender que lo que estamos contando ha sido exhaustivamente vivido; o bien renunciando a los detalles para dar a entender que estamos hablando de una experiencia muy asimilada por nuestra conciencia y que puede ser narrada de forma concisa y abstracta.


Borges era partidario de recurrir a los detalles, pero tenían que ser siempre muy significativos y en consecuencia muy estratégicos. Entre nosotros abundan los autores detallistas hasta la extenuación y los que prefieren la concreción y la abstracción. Los primeros aspiran a que el lector viva la novela, los segundos pretenden que el lector la piense.


En ambas tendencias ha habido grandes autores: Flaubert, Zola y Proust son muy detallistas; en cambio Valery es muy abstracto y cristalino.


Mi estilo ideal estaría en la frontera entre el detallismo y la abstracción.

[Publicado el 19/10/2015 a las 11:12]

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Altavoces de nuestra miseria

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Las sociedades oscuras eligen a líderes oscuros en los que proyectar su propia oscuridad.

Las sociedades cobardes eligen a líderes cobardes en los que proyectar su propia cobardía.

Las sociedades mediocres eligen a líderes mediocres en los que proyectar su propia mediocridad.

Las sociedades racistas eligen a líderes racistas en los que proyectar su propio racismo.

Las sociedades amargas eligen a líderes amargos en los que proyectar su propia amargura.


Y así hasta el infinito.


Los líderes no resuelven nuestros problemas, los agrandan y son nuestra gloriosa proyección en la nada.

No resuelven tu desdicha. La expanden y la multiplican.

No resuelven tu confusión. La expanden y la multiplican.

No resuelven tu cobardía. La expanden y la multiplican.


No son diferentes a ti y están tan inseguros como tú. Si confías en ellos demasiado y les das mucho poder, multiplicarán exponencialmente tus pequeñas desgracias hasta convertirlas en desgracias gigantescas.


Si los dejas, se convertirán en la expansión nuclear de la miseria.

No los guían los principios, los guía el delirio interpretativo, lo mismo que a sus fieles, pero elevado a la enésima potencia.


 

El sueño de la razón puede producir monstruos, pero nunca tan monstruosos como los que generan la oscuridad, la mediocridad y la confusión.

[Publicado el 12/10/2015 a las 09:33]

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Me encontré con Francisco Umbral en un país sin nombre (2) Amigo es el que te libra del ruido

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Ayer volví a encontrarme con Umbral en un país sin nombre en el que había una dacha de pasillos que se bifurcaban, configurando una imagen borgiana del infinito. No recuerdo cómo conseguimos salir de la dacha, pero sí recuerdo que de pronto comenzamos a internarnos en un bosque húmedo, oscuro y enfermo. Más allá de los densos y corrompidos árboles había una cascada y nos acercamos a ella. El rumor del agua se convirtió enseguida en un infierno. El agua caía con un ruido ensordecedor que parecía amalgamar todos los ruidos ensordecedores y todos los estruendos del mundo: truenos, latigazos, bramidos, alaridos, estallidos y crujidos, cadenas, campanas, platillos de orquesta. Casi hacía perder el sentido.


-¿Sabes dónde estamos? -me preguntó.

-No tengo ni idea -respondí.

-Estamos en la página 449 de La montaña mágica de Thomas Mann.

-Vaya sorpresa. Pensé que estábamos en África.

-Pues no. Escucha este ruido atronador, pero no te pierdas en él porque te volverás loco. Me recuerda el ruido que hacen en España los políticos. No hablan, simplemente imitan a los chamanes cuando aúllan y vociferan en sus trances. Tanto ruido siempre, y tan pocas ideas, y tan poca delicadeza, y tan poca ironía, y tan poco humor... Y cuando ves su sonrisa, siempre parece la abominable sonrisa del idiota aquel del que hablaba Rimbaud y que Baudelaire solía ver en sus peores pesadillas. Tanto ruido incesante, extenuante, aniquilador.... Malos tiempos para la lírica, amigo, muy malos. El prosaísmo nos invade como lodo envenenado, cortándonos la respiración.


Nos fuimos de allí y, a la misma velocidad con que viajamos en los sueños, nos vimos de pronto en medio de una ciudad que parecía Barcelona y al mismo tiempo Madrid, en una plaza que semejaba la plaça Reial de la Ciudad Condal y la plaza Real de Madrid. Allí nos topamos con varios individuos vestidos de blanco que estaban degollando a un dinosaurio. La sangre corría por la plaza y las calles colindantes. Los niños jugaban extasiados con el engrudo rojo. Nos acercamos a una fuente y volvimos a oír el ruido atronador que parecía amalgamar todos los ruidos posibles y en el que desaparecían las palabras y las caras. El dinosaurio seguía sangrando. Los taxis resbalaban en el engrudo y chocaban contra muros y personas. Un anciano gritó:


-Señor Umbral, ¿me puede firmar un autógrafo?

-No -dijo Francisco ofendido-. ¡Sólo he venido a hablar de mi libro!

-¿Ah, sí? ¿Y cómo se titula?

-Esperpentos, persecuciones, delirios.

-¿Y de qué trata?

-Del infierno y de los que se fueron para volver con un cuchillo.


Pronto huimos de allí y regresamos a la dacha junto al mar Negro, donde nos invitaron a caviar Beluga con vodka del Cáucaso, y donde una rusa que había sido amante de Djuna Barnes nos dijo sin venir a cuento a y a la vez con mucho atino: “Amigo es aquel que te libra del ruido sin por eso sepultarte en el silencio.”

 

Le dimos la razón. Poco después, volví a perderme en lo inconcreto y amanecí en mi cuarto lleno de nostalgia y con la certeza de que había viajado por la constelación alfa, donde todavía anidan los pájaros perdidos de la ironía y el ingenio.

 



[Publicado el 05/10/2015 a las 12:08]

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Eclipse en el bosque

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Miraba los ruidos entre los hombres, entre los pasos, entre los pueblos. Miró el ruido de los días, de las tardes. Cuando los años caían sobre las calles miró el ruido que hacían al caer, y contemplaba el que hacían las calles al sentirlos y al comenzar a esconderlos. Poco a poco las calles escondieron los años en el polvo, los ocultaron con un ruido leve, los escondieron hasta fatigarse, hasta que empezaron a partirse, a cubrirse de piedras como si nunca hubiesen sido. Tsu-Kien miró el ruido de ese envejecer, el ruido de la tierra al ocultar sus años, el ruido que los años hacían al morir; y en sus ojos quedaron tantos ruidos que olvidó palabras y hombres.”


Estos días de tanto ruido y tanto nombre, he leído varias veces este fragmento de Historia vieja, de Carlos Montemayor.


Y de pronto, anoche, busqué el silencio de los árboles, las piedras, los astros, y estuve contemplando el eclipse desde el bosque. Necesitaba un poco de paz, un poco de silencio, y me refugié hasta el alba en la noche sin caras y sin nombres. “Como las generaciones de hojas, así las de los hombres.”


[Publicado el 28/9/2015 a las 12:12]

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Me encontré con Francisco Umbral en un país sin nombre (1) La dacha del mar Negro

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Umbral por Astromujoff

Me encontré con Francisco Umbral en un país brumoso. Estábamos en una dacha llena de pasillos y estancias en la que no era fácil encontrar la salida. Había más sujetos a nuestro alrededor a los que Umbral no prestaba atención. Acerca de ellos me dijo en tono confidencial:

-Son meros ectoplasmas, y si los observas bien descubrirás su naturaleza fantasmal.

Me fijé mejor y le di la razón al maestro, que enseguida añadió:

-El secreto de mi estilo está en detectar lo que hay de fantasmal en el otro y lo que hay de fantasmón.

 

En aquella dacha que quizá se hallaba en Crimea, junto al mar Negro, o quizá no (en cualquier caso podría jurar que no estaba en la comunidad Madrid), en aquella dacha de un país inconcreto e inmemorial, que podía haber sido concebido tanto por Kafka como por Lovecraft, Umbral presentaba su cara más amable. Iba muy elegante, por lo menos a mí me lo pareció, con una camisa de seda rústica que tenía un cuello muy curioso, indescriptible, del que pendía una corbata con adornos blancos y azulados que parecían de la dinastía Ming.

 

Me contó que en los últimos tiempos frecuentaba mucho a los poetas chinos y a Marcel Proust, que era un poeta persa al que le hubiese gustado ser portero del Ritz. Casi con dolor le informé que el Ritz de Madrid era asunto del pasado y que lo habían comprado los chinos, pero no los chinos de la dinastía Ming, más bien los chinos de la dinastía Mong que tenían en sus dachas de Pekín todo el oro del Rin, del río Amarillo y del Mekong. Umbral lo lamentó y volvió a utilizar el tono confidencial para decirme:

-Tengo que regresar a España para dibujaros el mapa del laberinto en el que os halláis. Puede que lo haga un día de estos, pero antes tengo que acabar un libro sobre el cainismo, el desprecio, la corrupción, el deseo, la impudicia, la obscenidad y la nostalgia de los que se fueron al país de IrásYnoVolverás.

 

Fue lo último que le oí decir. Después me perdí y amanecí en mi cuarto. Afuera el cielo tenía el color del estaño y el campo estaba lleno de rosas mortales y grises.


[Publicado el 16/9/2015 a las 10:57]

[Etiquetas: Umbral]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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