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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 17 de diciembre de 2018

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

Discontinuidad y catatonía: la política de nuestros días

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Ahora mismo la discontinuidad es un concepto dominante en muchas ciencias, y en la vida real. ¿Tenía razón Unamuno cuando decía que “la ciencia es la ideología de cada época”?


La discontinuidad se está imponiendo plenamente en nuestras vidas, amores, amistades, deseos, y formas de pasar el tiempo. Es la ideología suprema de nuestra época, a la vez que su realidad más evidente. Basta con otear el mundo de la política para constatar que la discontinuidad es la norma y resulta muy difícil crear nexos. España es una narración en crisis, aquejada de discontinuidad aguda y bastante explosiva.


Es sabido que la discontinuidad (la discontinuidad en la mecánica misma de la vida) es el mejor camino para sucumbir a la ansiedad, pero también es el mejor camino para ubicarse de verdad en una nueva narración que puede dar vértigo pero que ya nos incluye en su inmensa biosfera discontinua.


Veo a mis amigos estableciendo relaciones muy discontinuas: vistas desde fuera parecen teatro del absurdo y están llenas de grietas que dificultan mucho la exploración del otro y favorecen la sensación de irrealidad. Es uno de los problemas más elementales que suele acarrear la discontinuidad: al romper los nexos narrativos, toda la narración pierde sentido y (como todo lo que no es narrable no es real) la vida entera adquiere la apariencia de una narración parpadeante e irreal, como son parpadeantes e irreales las pesadillas.


De la vida como arte que se plantearon tantos teóricos y visionarios del siglo pasado, estamos pasando a la vida como narración discontinua, veloz, errática y sin sentido.


Dicho en otras palabras: de la vida como obra estamos pasando a la vida como catatonía. El progreso es significativo.


Escalofrío interior, temblor del pensamiento. Nada está en su sitio. Todo se mueve hasta cuando no lo parece. Hay mucho movimiento, pero no hay historia, porque ni hay argumento, ni hay dirección.


Solo hay catatonía. Dicho de otra forma: solo hay rigidez, estupor mental y excitación sin fundamento. Ahí comienza y termina la política de nuestro tiempo.


[Publicado el 04/4/2016 a las 10:36]

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La mirada de la posesión

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Tonio ante la poli. Fotograma de la película de Rolf Thiele

En una de las mejores novelas cortas de Thomas Mann, Tonio Kröger, el protagonista, un escritor que tiende a sentirse en todas partes un extranjero y que ha experimentado con dolor muchas de las miserias derivadas de la desposesión y la posesión (incluida la posesión de un estilo literario), vuelve de adulto a su ciudad natal, que abandonó en la adolescencia, y en ese lugar tan presuntamente vinculado a su identidad acaban conduciéndole a comisaría y acusándole, equivocadamente, de ladrón.


Aquí la ironía de Thomas Mann no tiene precio y siempre me ha parecido un gran hallazgo ese hecho fundamental de la novela. Imaginemos la situación: hace treinta años que no visitas tu lugar natal, finalmente decides regresar como un turista más, y acabas en comisaría acusado de apropiación indebida.


Seguro que a Tonio Kröger lo acusaron porque en algún momento cayó en la debilidad de considerar algo en aquel lugar como propio, y su mirada se convirtió en la de un deseoso, y por derivación en la de un ladrón, según la lógica deductiva de la policía.


Él podía ser inocente, pero su mirada no, quizá porque nunca acaba de perecer inocente la mirada de la posesión.

[Publicado el 28/3/2016 a las 10:54]

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La carencia de vicios no agranda la virtud

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La carencia de vicios añade muy poco a la virtud, pensaba Antonio Machado. Y tenía razón. A lo largo de mi vida he conocido a ciertas personas sin vicios.


Recuerdo a un individuo que conocí en los confines de China que no bebía, no fumaba, no practicaba el sexo. Su dieta era extremadamente frugal y únicamente bebía un té venenoso que le iba momificando el cuerpo.


Su único alimento era una especie de sémola con una cucharadita de aceite de soja. Su sabor era indeciblemente vomitivo. La antigastronomía elevada a la enésima potencia.


El problema llegaba cuando estabas junto a él: era la imagen más pavorosa que he visto del vacío, y al mismo tiempo su personalidad me parecía una muralla neolítica.


Y no me refiero a esa vacío sustancial y sutilísimo del que hablan los ascetas, ni me refiero a la muralla que algunas almas colocan ante la corrupción y la avaricia.


Me refiero a un vacío sin sustancia, sin aliento, sin respiración. Me refiero a una muralla tras la cual sólo se veían las amplísimas dimensiones de la nada.


Y es normal, a través de las pasiones, positivas y negativas, el cuerpo se pone en movimiento y se revolucionan la cabeza y el corazón.


Y ahora sabemos que también el corazón tiene neuronas, y que a su manera piensa. (Ya lo habían adivinado los griegos, como tantas otras cosas).

[Publicado el 14/3/2016 a las 12:10]

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Cinismo, sarcasmo, ironía

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Los partidarios de la ironía mordiente deben de sentirse especialmente caninos: perros de dientes finos.


Evidentemente, confunden la ironía con el cinismo y el sarcasmo.

 

El cinismo es una falsa ironía basada en la impudicia y la falsedad, y es hermano gemelo de la hipocresía.

 

Y el sarcasmo es una ironía amarga y mordiente que aspira a humillar.


 

La verdadera ironía no está en los colmillos y, más que los dientes, usa el cerebro, el tacto, la calma, la distancia y los labios.

 

Vivimos en tiempos en los que la ironía está dejando paso al cinismo y al sarcasmo. El resultado es un circo mezquino y desalentador.

 

 

[Publicado el 07/3/2016 a las 10:05]

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La novela que nos acompaña desde antes de haber nacido

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La biblioteca de Tarzán

Y el primer grito me ensordeció. Nunca hubiera creído que mi voz pudiera ser tan alta y durar tanto. Y que todo aquel sufrir se me saliese en gritos por la boca y en criatura por abajo”

La plaza del Diamante -Mercé Rodoreda-

 

Siguiendo el ejemplo de Roland Barthes, suelo hacer muy extensivo el concepto de novela, y lo identifico con el de narración.


Un poema es una narración, por más abstracto que sea, un ensayo, un mensaje telefónico, una carta, una conversación, un anuncio, un cuadro, un dibujo, una película, una obra de teatro, y un grito bien dado y en su momento también puede ser una narración (el grito de Munch, o el de Tarzán, o el primer grito del parto).


Cuando llegas al café y le cuentas a tu amigo un accidente que acabas de presenciar, en la medida en que ya estás argumentando y verbalizando una experiencia, le estás contando una novela, además de una narración.


Es evidente que utilizamos la narración para darle sentido al mundo, y para sostener el sentido mismo del mundo.


La hemos utilizado siempre, al principio en forma de mitos, más tarde en forma de cuentos y novelas.


Puedo crear un teorema, pero cuando lo explico estoy haciendo ya una narración, y el teorema en cuestión se convierte en una novela con planteamiento, nudo y desenlace.


La narración es algo absolutamente inseparable de la condición humana y por eso solo desaparecerá cuando desaparezca el hombre. Lo mismo pienso de la novela.


[Publicado el 29/2/2016 a las 10:30]

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Doble fuga de amor y muerte de Jean Legrand

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Para encontrar la misma dimensión sensorial que impregna todas las páginas de la Doble fuga hay que acudir a los relatos de Djuna Barnes, Julien Gracq, Violette Leduc o Pierre Michon.


El concepto sensorial hace referencia a la apreciación de la exterioridad a través de la intimidad de los sentidos, y encaja perfectamente con el relato de Legrand, donde la interioridad y la exterioridad forman la misma sustancia indivisa.


El lecho en el que se abordan y desbordan los amantes parece indisolublemente fundido al entorno húmedo, vegetal y lujurioso que lo envuelve, como en las escenas de deseo y horror de El bosque de la noche, donde Djuna Barnes despliega todo el poder selvático y emponzoñado de su prosa salvajemente lírica.


Pero que no se engañe el lector: no nos hallamos ante una narración de fácil lectura, si bien tiene la ventaja de tener sólo cuarenta páginas. Doble fuga de amor y muerte es un relato de una densidad que eleva desde la carnalidad más intensa del deseo, y comienza con la exhaustiva visión de una rosa que reposa en un vaso de agua iluminado por una lámpara cónica. Es la imagen de la rosa de oro de los herméticos, y de hecho Doble fuga es un poema en prosa sobre la alquimia del amor, que convierte el plomo de la existencia en oro ardiente y prístino.


Doble fuga habla de la muerte, pero también del renacimiento y de ese doble de nuestro ser que surge en los momentos más culminantes del amor, cuando nos convertimos en la visión más resplandeciente de nosotros mismos.

 

Doble fuga es una narración aconsejable para los que amen de verdad la novela lírica, discontinua y con una gran carga de abstracción. No en vano se anticipa claramente al nouveau roman. A continuación transcribo algunos aforismos entresacados del libro que me han parecido especialmente hermosos e incisivos:


Toda belleza es una mentira cuando se cree eterna.”

El día danza por la noche.”

El amor es temible.”

La habitación estaba suspendida entre los pinos.”

Nuestros sentidos: pájaros soltados en un océano de maravillas.”

Aquella voz suya tan clara cuando hablaba de la locura.”

En ella tenía lugar la danza del fin del mundo.”

Vencido el pudor, el amor es un don perfecto.”

[Publicado el 22/2/2016 a las 09:54]

[Etiquetas: Literatura francesa]

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¿Quiere usted hacerse asquerosamente rico y a la vez tener un amor platónico de los que duran toda la vida y te redimen de una existencia llena de innumerables bajezas?

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Dice el narrador: “Hubo un momento en que todo era posible, y habrá un momento en que nada será posible: entre uno y otro, podemos crear”. Y entre uno y otro momento (la infancia y la vejez) se va a desarrollar la vida y la muerte de los dos protagonistas de Cómo hacerse asquerosamente rico en el Asia emergente: una novela concebida desde la segunda persona (desde el tú o el usted), como La modificación de Michel Butor, como los libros de cocina y como los horóscopos: narraciones todas ellas que se dirigen directamente al lector con el ánimo de instruirle o aconsejarle. Los libros de autoayuda también son narraciones desde la segunda persona, y no en vano el libro de Mohsin Hamid se estructura como un manual de autoayuda irónico, mordaz, y a la vez ajeno al escapismo sentimental y a los consuelos fáciles.


La novela está llena de aciertos: es veloz, penetrante y fluida, y utiliza con una gran sabiduría la discontinuidad, evitando los tiempos muertos y las conexiones obvias y por lo tanto innecesarias. De esa manera cada capítulo tiene vida propia y representa un avatar diferente en la vida del personaje principal. Al decir “avatar” recurro al sentido original de la palabra: el que hace referencia a las fases y vicisitudes por la que pueden pasar las vidas de los hombres y los dioses. Desgraciadamente, la película Avatar ha corrompido para siempre el concepto, de forma que ahora mismo “avatar” ha pasado a designar la proyección virtual de uno mismo.


Como ya demostró en Humo de mariposa y El fundamentalista reticente, Hamid posee una gran capacidad de síntesis y es un virtuoso de la elipsis bien concebida, circunstancia que le da a sus narraciones cierto aire oriental que convive sin problemas y sin escrúpulos con la más recalcitrante modernidad. Y es que cuando uno llega a las últimas páginas, advierte que en realidad Hamid ha construido una brillante e incisiva fábula moral sobre la contradicciones de la vida, sobre la corrupción, sobre la ansiedad, sobre la devastación, sobre el dolor, sobre la descomposición de las ciudades, los estados y las culturas, y finalmente sobre la muerte, vista como la suelen ver los orientales: como el gran despojamiento de todos los fantasmas vinculados a las ficciones del deseo.


La novela es además la historia de una amor exento de posesión y de culpa, que deja en la conciencia del lector un gran poso de humanidad en medio de tanta materia oscura.


 

Dicho de otra manera: esta novela de Hamid no es lo que parece ni lo que su desmedido título promete, y aconsejo vivamente su lectura.

[Publicado el 15/2/2016 a las 10:43]

[Etiquetas: Narrativa oriental]

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La ley de la narratividad

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Cuando pasa por una buena época, el arrogante vive saturado de sí mismo en la plenitud de su yo, y está totalmente convencido de que eso va a durar. El presente es el tiempo de la arrogancia, y el presente es la eternidad, pero cuidado, es una eternidad muy breve.


Si examinas un poco el sistema moral de los arrogantes, puede que te encuentres con el vacío.


Cuando les oyes hablar, enseguida percibes que se creen especiales. Representan el idiota clásico: el adorador de su presunta peculiaridad, la mayoría de las veces insignificante. Los arrogantes a los que me refiero, que ante todo son idiotas, tienen en muy alta estima su supuesta particularidad.


No piensan en lo que dicen porque los guía la vanidad, pésima consejera. A tal punto no piensan en lo que dicen que ni siquiera cuando rebobinan lo que han dicho caen en la cuenta de que se han pegado un tiro en la pierna.


La arrogancia es coja y ciega. A lo largo de la vida he visto cómo muchos arrogantes se quedaron en la cuneta. Algunos no, porque fueron buenos estrategas y supieron ocultar su arrogancia bajo un manto de humildad. Una humildad podrida e instrumentalizada, diría alguien, la humildad del “bienqueda”: la diplomacia. Sí, de acuerdo, pero la diplomacia es ya una domesticación de la arrogancia.


Resulta grotesco pertenecer a un país empeñado en representar, una y otra vez en la historia, el grado cero de la diplomacia, dejando el campo abierto y abonado para el desarrollo de toda clase de arrogancias, algunas de ellas monstruosas. Resulta desmoralizador.


Desmoralizador y a la vez sorprendente, porque mientras los políticos exhiben actitudes arrogantes, el país sigue funcionando tranquilamente. El vacío de poder no lo detiene. Funciona automáticamente, como en realidad ocurre con todo sistema, a pesar de los pesares y sobre todo a pesar de los arrogantes.


Los vacíos de poder sirven para pensar en la inutilidad del poder, sirven para pensar en la inutilidad de la arrogancia, sirven para pensar en la estupidez


Los vacíos de poder son por eso mismo beneficiosos para la filosofía, esa disciplina tan denostada y cada vez más relegada a los suburbios del saber, y son beneficiosos para el ejercicio de la diplomacia y la humildad. En un sentido más perverso y a la vez más honesto podría decirse que son beneficiosos para el ejercicio de la ironía.


Sean más irónicos los unos con los otros, sean más sabios, señores de la guerra. Nadie les pide en este teatro que salgan a escena con puñales o que se rasguen las vestiduras hasta cuando no viene a cuento. Saben perfectamente que están en un teatro, en plena sociedad del espectáculo, y que la obra tiene que avanzar y no puede quedarse en un punto muerto. Sigan la ley de la narratividad. 

[Publicado el 08/2/2016 a las 11:06]

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Tras los guerreros de la tumba del primer emperador chino se hallan los escultores griegos

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Ahora lo sabemos finalmente: un grupo de historiadores y antropólogos orientales y occidentales han descubierto que tras los guerreros chinos de la tumba del primer emperador, Qin Shi Huang, se hallan las proporciones griegas, trasladadas directamente a las urbes de las rutas comerciales por Alejandro Magno. Algunas de esas rutas tenían su origen en China, y las novedades que circulaban por ellas podían llegar con cierta velocidad al Imperio del Medio.


Queda desvelado el misterio de por qué los chinos pasaron de una escultura tosca y totémica, como era la estatuaria china en tiempos del primer emperador, a una imagen del hombre habitada por las proporciones clásicas y tremendamente figurativa y realista.


Algunos artistas de la China del Norte captaron pronto el mensaje que habían trasportado hasta extremo oriente los escultores que acompañaban a Alejandro Magno, y lo hicieron suyo de inmediato.


He aquí un buen ejemplo de cómo las culturas son sistemas abiertos además de ser vasos comunicantes.


Asombra pensar que de no haber sido Alejandro un monarca tan abierto, y de no haber llevado a cabo su travesía hasta el Indo, ahora no veríamos esos guerreros tan enigmáticos, tan serios, tan vivos. El helenismo deslizándose en el sepulcro del primer emperador de los chinos. Occidente penetrando estéticamente en Oriente, y no en cualquier sitio: en el sepulcro del Hijo del Cielo. 


Se trata de uno de esos milagros que cuando se producen te reconcilian súbitamente con el género humano.

[Publicado el 01/2/2016 a las 12:08]

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David Bowie en la ciudad irreal

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La canción que más me gusta de Bowie habla de una casa de locos al otro lado de la ciudad. El mismo Bowie confesó una vez que procedía de una familia de locos. Su hermano, por ejemplo, padecía esquizofrenia. A ese hermano Bowie lo abandonó, como el personaje que interpreta en la película Feliz navidad, Mr. Lawrence, donde un militar británico confiesa haber abandonado a su hermano discapacitado, en circunstancias terribles.

 

 

Feliz navidad, Mr Lawrence es quizá la mejor película de Bowie, que nunca fue un buen actor, quizá porque toda la imaginación y toda la fuerza que ponía en sus interpretaciones escénicas como cantante pop-rock, le abandonaban cuando tenía que interpretar un personaje cinematográfico. Misterios de la naturaleza.


Tenía un ojo de cada calor. Todo empezó la noche en la que uno de sus amigos le dio un puñetazo. Bowie pudo haber perdido la visión, pero tras varias operaciones consiguieron salvar su ojo, si bien la pupila le quedó permanentemente dilatada, haciendo que pareciera de otro color. Bowie se inventó historias mucho más pintorescas para explicar el milagro de su rostro, y en más de una ocasión lo esgrimió como prueba de su naturaleza extraterrestre.


Aunque David Bowie procedía del Swinging London y de finales de los sesenta, como músico llegó a la madurez, a una madurez deslumbrante, a finales de los setenta con la trilogía de Berlín: Low, Heroes y Lodger. En esa época llegué a sumergirme profundamente en su música. Antes de editar Low, Bowie hizo un viaje a Rusia y la recorrió en el Transiberiano. Se notaba aire estepario en sus nuevos discos. Su luz empezó a decaer en los años noventa, en parte porque el mismo David Bowie decidió huir de su propia sombra bajo los cielos de Nueva York y en compañía de una mujer que, según dicen, se parece mucho a la reina de Saba.

 

 

Muerto el héroe y el antihéroe, los que negaban sus últimos discos ahora lo alaban hasta el límite de lo posible. En toda sociedad, la necrofilia siempre ha sido una pasión muy por encima de la tendencia a cantar a los vivos y a la vida. Yo me he limitado a presentarlo como mito, como “relato compartido” por muchas personas que disfrutaron de su música, sus cambios, sus sobresaltos, sus noches a tumba abierta, sus amores de uno y otro signo, y sobre todo de su descubrimiento del verdadero Berlín, más allá de su propia fábula de espías, muros infranqueables y cenizas de la guerra.


En 1987 estuve en Berlín, a los dos lados del telón de acero, en parte por lo atractiva que me parecía la ciudad tras el filtro que le ponían Lou Reed y David Bowie, y en parte porque quería constatar que Berlín era una ciudad real.


Seguramente David Bowie había ido a Berlín por la misma razón. Se trataba de una ciudad que exigía ser constatada, no solo imaginada. Como todas las ciudades apocalípticas y vinculadas a la destrucción, Berlín era pura sustancia mítica. O te acercabas a ella y la tocabas, o te parecía más irreal que Avalón.

[Publicado el 18/1/2016 a las 11:47]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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