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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 21 de julio de 2018

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

Olvídense de la modernidad: pesan más los arcaísmos

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“A los internautas les encanta el linchamiento”, dice Jordi Soler en un excelente artículo. Ante las evidencias, no podemos negarlo, pero habría que añadir que el linchamiento es característico de las sociedades humanas, y justamente por eso abunda en la red, sin olvidar que también abundaba antes de la aparición de la red, y lo solía llevar a cabo la prensa. En la España de la democracia los linchamientos en la prensa se han ido sucediendo con una regularidad tan mecánica como ritualizada.


El antropólogo Girard diría que los linchamientos periodísticos y cibernéticos serían la puesta a punto del sacrifico antiguo. Nunca hemos dejado de sacrificar, simplemente ha ocurrido que los sacrificios han cambiado de formato (sin por eso cambiar de sentido). El sacrificio sirve para cohesionar y comulgar. Los que linchan comulgan con la carne de la víctima: literalmente la machacan y la devoran.


Seguimos siendo de un atavismo tan evidente como desmoralizador. Nos llenamos la boca con la palabra modernidad, pero lo cierto es que nuestra sociedad está podrida de arcaísmos.  

[Publicado el 30/3/2015 a las 10:13]

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Los impecables pueden ser implacables

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La experiencia de la vida me ha ido indicando que las personas que se permiten periódicamente pequeños ataques de ira son menos peligrosas que las que nunca se conceden ni la más mínima salida de tono.


La ira es una emoción narcótica, que exalta negativamente, y que negativamente emborracha. Si te la vas tomando en pequeñas dosis no pasa nada. Conoces esa droga y en cierto modo la controlas; pero si no estás habituado a ella y un día te cae encima, entras en una especie de locura ciega de la que te cuesta salir.


Me ha tocado asistir a ataques de ira de personas que prácticamente nunca recurrían a la cólera y era todo un problema librarlos de esa situación, pues llegaban a límites a los que nunca llegarían los que se permiten cabreos esporádicos y más o menos vistosos.


Lo mismo se podría decir de otras pasiones del cuerpo y del alma. Los que no las conocen y sucumben de pronto a ellas no saben cómo escapar de ese fuego abrasador.


Por eso temo a los impecables, porque sé que se pueden convertir en implacables cuando cruzan la frontera.


Refiriéndonos al piloto que estrelló el avión en los Alpes, me inquieta toda esa gente que, como siempre en estas tragedias, empieza a decir que era un chico excelente, amable, que nunca se metía con nadie, que saludaba a todo el mundo.... También el doctor Jekyll parecía un hombre muy tratable hasta que se convertió en Hyde.


Hoy mismo, la novia del copiloto ha revelado al periódico Bild que Andreas Lubitz le dijo en una ocasión: “Algún día haré algo que cambiará todo el sistema y todo el mundo conocerá mi nombre”. (Wird jeder meinen Namen kennen). De modo que la cosa venía de lejos. Con otras palabras, el copiloto le estaba diciendo a su novia: “Ahora soy Jekyll, pero un día seré Hyde y os vais a enterar”.


[Publicado el 28/3/2015 a las 09:57]

[Etiquetas: Pasiones]

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El terrorista solitario

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Urge redefinir la gramática del terror. No es necesario pertenecer a una organización para ser un terrorista. También existe el terrorista solitario, que trabaja únicamente para su propio yo.

 

 

El copiloto alemán de la tragedia de los Alpes podría ser incluido en ese perfil de confirmarse las sospechas.


El terrorista solitario tiene su propia contabilidad, como indicaba el malogrado escritor B.S. Johnson en su novela La contabilidad privada de Christie Malry. Algunos tienen incluso una libreta en la que van apuntando las afrentas, con su valor negativo que es necesario contrarrestar por medio de un acto brutal.


Al referirnos al terrorista solitario podríamos estar hablado de un perfil más común de lo que creemos. Muchos terroristas afiliados a organizaciones criminales podrían ser también terroristas solitarios y deseosos de matar, que buscan la protección de estas corporaciones para burlar su asfixiante y enloquecida soledad.


Aunque estamos hablando de conjeturas más o menos justificadas, y habrá que saber más sobra la personalidad del copiloto que protagoniza todas las portadas de los periódicos, una cosa me sorprende de su fotografía más difundida: Andreas Lubitz se halla tranquilamente sentado y sonriente al borde de un abismo. No todos se sentarían sobre ese pretil de forma tan desenvuelta y jovial. Unos centímetros más allá de su pierna derecha parece abrirse el vacío. Me lo confirma parcialmente Lourdes Unanua, una amiga de San Francisco, que me dice en un correo:


 

El pretil en cuestión es un punto de mira desde el cual se divisan unas espectaculares vista de la bahía y de la ciudad que reluce al fondo como si fuera una joya metálica. Este pretil está sobre un promontorio de rocas y arbustos; no da directamente al vacío, pero si te caes vas rodando hasta el océano. Este lugar es lo que se llama el comienzo de Marin Headlands”. Si yo fuese psicólogo tendría en cuenta este detalle tan ínfimo y a la vez tan significativo: este detalle inconsciente en una imagen que quiere ser un autorretrato.

 

(Dicho lo cual vienen los añadidos que añaden siniestrez a lo siniestro: empieza a sospecharse que si el suicidio no se considera una negligencia, se dará la indemnización mínima, circunstancia que lo pone todo patas arriba una vez más. Otra inquietud a añadir: ¿Por qué el fiscal de Marsella está tan seguro de lo que ocurrió? De nuevo las compañías aéreas están de enhorabuena. Pero uno tienede a pensar que las indemnizaciones tendrían que ser las máximas justamente por tratarse de un hecho volunario y salvaje, producto de la negligencia psicológica de la empresa, que contrató a la persona menos adecuada, y sobre la que se cernía la sombra de la depresión).

[Publicado el 27/3/2015 a las 08:34]

[Etiquetas: Terrorismo, Situación crítica]

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Elegía en el día de la muerte de Moncho Alpuente

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Se va un amigo de verdad, Moncho Alpuente, con el que mantuve siempre una cordial amistad, alimentada en una taberna de Malasaña regentada por un hombre llamado Tarzán, donde me reunía a veces con él y con otros para juzgar jocosamente el mundo que nos estaba tocando vivir.

 

Moncho era de una humanidad inquebrantable, y de un saber entre irónico y sibilino que lo convertía en un maestro de la vida. Nunca lo vi alicaído, aunque lo estuvo a veces, y solo en una ocasión lo vi de mal humor.


Conocía Madrid palmo a palmo: su historia, sus secretos, sus enredos, sus luces y sus sombras, y es una pena que nunca escribiera su gran novela sobre Madrid, que sin la menor duda tenía en la cabeza. Poseía el suficiente talento, el suficiente humor y la suficiente insolencia para hacerlo. Y nadie había explorado Madrid con tanta ironía y tanto fervor.


Ahora todos los recuerdos se me agolpan en la memoria, pero sobre todo uno, que tiene además la peculiaridad de ser el último, pues atañe a la última vez que lo vi. No hace mucho tiempo, me hallaba con mi mujer en el intercambiador de Moncloa cuando nos cruzamos con Moncho y su mujer junto a las escaleras mecánicas. Se iban a Segovia a pasar el fin de semana, y estuvimos hablando un rato.


En algún momento de la conversación Moncho me hizo una revelación inquietante que nunca antes me había hecho: tomaba pastillas para reducir la velocidad de su corazón. Moncho tenía una corazón muy veloz y en estado normal latía al doble de velocidad que los demás.


Ahora mismo,

cuando miro el cielo plomizo

y el pasado se torna presente,

tengo la impresión de que la última vez que nos vimos

Moncho estuvo profetizando su fin: el maldito corazón

que hasta hoy había sido más veloz que la muerte.


[Publicado el 21/3/2015 a las 13:46]

[Etiquetas: Moncho Alpuente, Elegías]

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Blake, Carroll, Beckett

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Es sabido que la figura de William Blake tardó bastante en ser canonizada por lo que tenía de desconcertante e insólita. Los críticos no sabían si considerarlo un místico o un visionario (teniendo el cuenta que no son lo mismo, pues el místico busca la abstracción absoluta de Dios y el visionario busca la figuración de Dios: su imagen). Tampoco sabían como encasillar sus libros, a menudo inseparables de sus magníficas ilustraciones. Su figura empezó a ser domesticada a partir del atributo de visionario, lo que dejó al margen sus textos satíricos y mordaces, que desfiguraban la imagen del poeta y hacían difícil su ubicación.


Una isla de la Luna, traducida y prologada por Castanedo, fue considerada durante mucho tiempo una estupidez. ¿Lo es? No si se tiene en cuenta que se anticipa a Carroll y a Beckett y que bebe de las fuentes más desconcertantes de Tristán Sandy.


Lo mejor para opinar sobre el libro es leerlo en esta magnífica traducción, además convendría recordar lo que en su momento dijo el crítico canadiense Northrop Frey, al que frecuenté sobre todo el mi juventud, cuando buscaba ayuda para entender cabalmente a Eliot. Frey llega a decir que se trata de un texto donde se mezclan “poemas claramente satíricos con otros de una seriedad y un candor estremecedores”. Algo similar, indica Castanedo, a lo que Blake buscaría poco después al contraponer las canciones de inocencia y las de experiencia. El mismo Frey aseguraría en algún momento lo siguiente. “Si es cierto el aforismo de Blake de que la exuberancia es belleza, entonces Una isla en la luna es una obra de arte extremadamente hermosa”.

 

Dicho lo cual quisiera expresar la impresión general que me invadió tras la lectura de Una isla en la luna. Ante todo es un libro enormemente divertido y a la vez absurdo, entendiendo por absurdo no exactamente la ausencia de sentido si no la multiplicación imparable de sentidos que se contraponen, se potencian, se anulan, se sublevan, se tuercen, se retuercen, descienden y se elevan; por eso recuerda tanto algunos momentos de Alicia en el País de las Maravillas y algunos diálogos teatrales de Becket. Obviamente, en el caso de Blake y sucesores nos hallamos en las antípodas de algunas escuelas desesperadas y desesperantes de ahora, que han abandonado la invención en el lenguaje y la invención sin más.


Admirable el trabajo que ha hecho Castanedo con esta obrita tan extraña como inclasificable. Algo muy de agradecer en nuestros días donde todo parece tan clasificado y tan previsible. Tiene además momentos de verdadera comicidad y es de una modernidad incuestionable.

 

Este opúsculo lúdico y jocoso forma ahora mismo parte de una cadena que va desde Sterne a Beckett, pasando por Joyce y Döblin, en la que la argumentación no está reñida con la festividad corrosiva de las palabras.

 

 

[Publicado el 14/3/2015 a las 11:09]

[Etiquetas: Blake, Literatura inglesa, Castanedo]

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Economía (sentido original)

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El economista belga Bruno Colmant invita a pensar cuando dice que la economía se ha separado de los demás hemisferios de la sociedad, y en consecuencia se ha separado de la realidad.

 

Las palabras de Colmant me trajeron a la memoria algunas ideas de Lévi-Strauss. En las sociedades que él estudió, anteriores a la escritura, la economía estaba íntimamente conectada con la mitología y con las leyes de parentesco, hasta el punto de que eran ámbitos que no podían separarse pues formaban entre todos un único universo material y espiritual. La economía, entendida como administración de la tribu, el clan y la familia, era una de las formas sustantivas de la realidad, inseparable de todos los demás elementos que constituyen el tejido social.


Curiosamente, “economía” quería decir en su origen “administración de la casa”. Más claro agua. Para los griegos y los romanos, “economía” venía a decir casi lo mismo que para los pueblos amazónicos que estudió Lévi-Strauss.


¿Dónde ha quedado esa idea de la economía, totalmente imbricada en la realidad y hasta sosteniéndola? ¿Dónde ha quedado esa economía real y esa economía de lo real? Diríase que ninguna palabra se ha alejado tanto de su propio origen como la palabra “economía”, y por lo tanto ninguna palabra se ha perdido tanto a sí misma.


Pero veamos, ¿realmente se ha separado tanto el concepto “economía” de su origen doméstico? En las familias de la clase media y la clase obrera no, en ellas la palabra “economía” sigue fiel a su sentido primordial, el que hace referencia a la buena “administración de la casa”, lo que implica llevar, sobre todo en estos tiempos, “una vida económica”, en el sentido antiguo del término. Dicho en otras palabras: una vida austera, digna y cabal. El concepto “economía” recobrando su sentido original.


Frente a esa economía de lo real y de la supervivencia, se proyecta una economía imaginaria dibujada por las finanzas y la especulación. Lo curioso es que la economía imaginaria determina completamente la economía real. No es nada extraordinario: los sueños de la imaginación producen monstruos mucho más peligrosos y despóticos que los de la razón. Platón veía en los sueños de la imaginación una fuente permanente de desdicha. Y ahora la economía es imaginación, a veces galopante, a veces no. (También la administración doméstica requiere imaginación, pero se trata de una imaginación conectada con la más pura realidad cotidiana).


Nos gobierna la irrealidad y se ve cada vez más necesario un nuevo siglo de las luces, una nueva era de la razón, que despoje a la economía de toda su irracionalidad y de todos sus vínculos con la magia y el delirio interpretativo. No deseo lo imposible, se dice que el mejor pensamiento emerge cuanto todo está pudriéndose y que la lechuza de Minerva alza su vuelo al atardecer.         

[Publicado el 03/3/2015 a las 09:38]

[Etiquetas: Economía, Situación crítica]

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Doctor Canavero

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El neurocirujano italiano Sergio Canavero anuncia que va a llevar a cabo un trasplante de cuerpo: lo que en realidad solemos llamar “trasplante de cerebro”. Cuando publiqué mi novela Doctor Zibelius y les decía a los periodistas que el “trasplante de cerebro” estaba al caer, me miraban con escepticismo y me tachaban de fantasioso. Mi mismo editor calificó la novela de fantasía científica. Nunca estuve de acuerdo con esa calificación, en parte porque conocía los trasplantes de cabeza con perros que se habían llevado a cabo en la Unión Soviética y con monos en Estados Unidos.


También conocía los proyectos y ambiciones del doctor Canavero, que lleva varios años enfrentándose a la comunidad científica y asegurando que “la operación es factible con los avances que ya existen ahora mismo y que no es necesario esperar más”. Le doy la razón, pues desde que me enteré de los experimentos soviéticos en los años cincuenta, y que parcialmente fueron un éxito, no me caben demasiadas dudas. Tampoco me caben dudas del escándalo que se va a armar cuando se lleve a cabo el experimento, porque en realidad se trata de un traslado de alma: de una emigración de la psique de un cuerpo a otro, y las religiones no están preparadas para semejante evento.


A menudo las novelas hablan más del futuro que del presente, más del deseo que de la realidad, más de lo que viene que de lo que queda atrás, incluso en narraciones que no tienen nada que ver con la ciencia-ficción, o que solo la tocan ligeramente. Pondré algunos ejemplos: Stevenson anticipó el concepto de inconsciente (y del otro que vive en mí) en su novela el Doctor Jekyll y el señor Hyde. Otro ejemplo menos evidente: cuando Camus escribió El extranjero, ese narrador indolente, insolidario y algo imbécil era más bien raro, ahora hay millones y millones de sujetos como él. ¿Anticipación científica? No, mera intuición para ver en el presente los signos del futuro. Por lo demás, no me quiero comparar con tales maestros, solo me limito a indicar la virtudes mánticas que suelen tener muchas novelas, hasta las que no lo parecen.


El doctor Canavero piensa que será una operación precedida de todo un trabajo psicológico consistente en lograr la identificación del cuerpo trasplantado con el nuevo cerebro, o del cerebro trasplantado con el nuevo cuerpo, pues Canavero cree, con razón, que el rechazo psicológico puede ser más grave que el físico, como ya se ha demostrado en trasplantes de manos. Yo también lo creo.

[Publicado el 01/3/2015 a las 12:53]

[Etiquetas: Doctor Zibelius, Doctor Canavero, Pasiones, Medicina]

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Exotismo radical

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Visité un colegio suburbano y hablé con adolescentes que no conocían a ningún escritor español.


Me fascinó su ignorancia, en cierto modo edénica. No conocer a ningún escritor español me parecía más difícil que conocer a uno o dos, me parecía casi imposible.


Su pureza era tan definitiva, tan admirable, que ni siquiera conocían a Cervantes.


Si la cultura española es, entre otras cosas, un conjunto de saberes entre los que se incluye su literatura, aquellos alegres muchachos no pertenecían a la cultura española, no pertenecían a ninguna cultura.

 

Eran los buenos salvajes tan buscados por la antropología, y me bastó intercambiar alguna palabras con ellos para saber que su lenguaje era el del Paraíso: simple, elemental, tosco, inmediato.

 

Me maravilló comprobar que no conocían las metáforas, y que a menudo hablaban con gestos más que con palabras.


Ya no es necesario ir demasiado lejos para experimentar el exotismo más radical, me dije a mí mismo cuando regresaba a mi casa.

[Publicado el 24/2/2015 a las 08:58]

[Etiquetas: Situación crítica]

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Crepúsculo de las ciudades

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         Los historiadores piensan que hubo un crepúsculo de las ciudades en la antigüedad. Se inició antes de que empezasen las invasiones bárbaras, mucho antes, hacia el siglo I antes de Jesucristo. Muchas ciudades fueron desapareciendo, como por ejemplo Petra, y las que no desaparecieron, decayeron como Atenas, Alejandría y las ciudades más emblemáticas de Oriente Medio: su mejor ejemplo sería Jerusalén, que ardió ante las tropas de Tito en el año 70 después de Jesucristo.

 

Al parecer fue un movimiento regresivo y general, que en Europa dio como resultado una cultura feudal. Habría que esperar a la Baja Edad Media y al Renacimiento para que las ciudades volviesen a emerger en todo su esplendor y volviera a predominar una cultura fundamentalmente urbana.

 

Ahora estaría ocurriendo algo parecido a lo que ocurrió en la antigüedad. Las ciudades estarían desapareciendo como entidades y hasta como almas por hipertrofia más que por atrofia, por extensión más que por reducción.

 

Quizá en los tiempos de Fitzgerald, Nueva York tenía límites precisos con el campo, como se sugiere en un momento de la novela El gran Gatsby, pero ¿hoy los tiene? Lo mismo se podría decir de otras muchas ciudades: el tapiz urbano no desaparece nunca, y un tejido empalma con otro, y así hasta dar la vuelta a toda la Tierra. En esa urbanización total y planetaria, los núcleos más o menos definidos que antes llamábamos ciudades si disuelven en el tejido general y en cierto modo desaparecen.

[Publicado el 09/2/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Situación crítica]

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Delirando con el Islam

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Elena Tchoudinova es una escritora moscovita nacida en 1959, de tendencia muy conservadora, que cree en la supremacía de la cultura cristiana occidental. En el 2005 publicó en Moscú la novela La mezquita de Notre-Dame. 2048, que se convirtió enseguida en un superventas en Rusia. En Francia no fue publicada hasta el 2009, porque hasta entonces nadie quería hacerlo, al considerar que se trataba de una novela confusa, islamófoba, y que narraba una historia de política-ficción altamente improbable, ya que Elena Tchoudinova supone que en el 2046 Francia y toda la Europa comunitaria estarán en poder del islam ¿Les suena esto? El resto del sermón puede que ya lo conozcan: las mujeres llevan velo, se expande la poligamia, los que no aceptan la fe islámica son perseguidos. Al parecer Francia, y de paso toda Europa, han caído en semejante abismo debido a una emigración masiva y sin control.


La novela generó muy pocas reseñas en Francia, y puede decirse que pasó sin pena ni gloria. Todos le reprochaban a la autora moscovita su tremendismo delirante y el hecho de que intentase hacer creer al lector que en tan solo cuarenta años el avance del Islam en Europa iba a ser tan amplio y devastador.


 

Nadie duda que en la novela de Tchoudinova hay mucha precipitación temporal. Cierto, pero ¿entonces qué decir de la novela Sumisión de Houellebecq, que nos propone un problema parecido pero en el 2020, es decir: a la vuelta de la esquina? ¿Por qué cuando la crítica francesa aborda la novela de Houellebecq no cita el precedente de Tchoudinova! Ni siquiera Pierre Assouline, el reputado crítico de La république des livres, lo hace. Verlo para creerlo.

[Publicado el 30/1/2015 a las 12:49]

[Etiquetas: Houellebecq, Literatura francesa, Situación crítica]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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