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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 17 de octubre de 2018

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

El grado cero del pensamiento genera un fenómeno muy inquietante

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El grado cero del pensamiento es una dimensión de la cultura en la que las palabras se vacían de sentido y todo discurso se convierte en una retahíla de inmundicias. El poder ya no informa, se dedican simplemente a ocultar materia oscura.


El grado cero del pensamiento es también el grado cero de la moral y el grado cero del criterio. Con el advenimiento del grado cero del pensamiento la cultura se degrada hasta convertirse en una grotesca caricatura de sí misma.


Es el momento en que el pensamiento deja paso al entretenimiento de carácter infantil y al infantilismo.

 

Con el grado cero del pensamiento el tiempo se convierte en un pasar sin sentido: en un pasatiempo.


El grado cero del pensamiento va creciendo sin que nos demos cuenta, hasta que se impone de forma aplastante, generando un fenómeno que acabará devastando el fondo humanista y humanitario de los sistemas que aún se sostienen: la pérdida de relieve de la vida y de la muerte.

[Publicado el 27/4/2015 a las 09:26]

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La arrogancia y el grado cero de la política

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La arrogancia es una enfermedad del yo que nos hace creer que merecemos más privilegios que los demás. El arrogante se apropia de derechos que no tiene y de honores que no posee.


Si nos atenemos al eterno proceso de corrupción que inunda nuestra política, se podría pensar que los políticos se creen con más derecho a delinquir que los demás. Se trata de una actitud inseparable de la enfermedad de la arrogancia, que más que una dolencia antigua, es una dolencia arcaica.


El poder es una dimensión que favorece la arrogancia. Los que llegan a él se creen con más derechos. Es una evidencia palmaria y se debe a una razón: todavía se confunde el poder con la usurpación y autoconcesión de derechos, todavía padecemos formas de poder medieval de tipo aristocrático que siempre han estado ahí, y que se han deslizado por encima y por debajo de todas las ideologías sin ninguna excepción.


La arrogancia es una gramática del poder que permanece intacta desde el Medioevo y que ni está basada en teorías políticas ni en ideas filosóficas. Está basada en la creencia casi religiosa de que tienes más derechos que los demás y de que puedes robarle a la ley espacios que los demás ni pueden ni deben robar. Los políticos ignoran que concederse más privilegios que los demás es caer en el grado cero de la política desde el ejercicio mismo de la política. Puede ser una pasión humana, pero es una aberración filosófica y moral.


La arrogancia suele generar indignación, por la sencilla razón de que la indignación es la respuesta más natural al que se arroga poderes que nadie le ha dado. Se trata de una actitud que no tiene nada que ver con la moda y que es casi una fórmula matemática: a más arrogancia más indignación.


En los últimos periodos el poder ha llevado a cabo movimientos que excedían con creces lo que le había exigido el ciudadano, pero a esos movimientos tremendamente arrogantes en el más estricto de los sentidos se les ha llamado “necesidad”, justamente como los antiguos, ya que decir “necesidad” es lo mismo que decir “destino”.


Como vemos, la política sigue definida por arcaísmos petrificados. En la literatura griega aparecía el destino cuando surgía lo inexplicable y lo aterrador. Es hermoso que nos digan desde Bruselas que todo se debe al destino, a la necesidad, a una deidad que está por encima de los dioses y los hombres. ¡Qué viaje más emocionante al pensamiento mágico, por no decir al grado cero del pensamiento!


Todavía confundimos la política con la simbología. Enarbolamos símbolos como chamanes del paleolítico, enarbolamos ideas inmensamente pervertidas con una arrogancia inaudita. No sabemos romper el muro del arcaísmo, nos sabemos abrir las puertas del futuro.


El pensamiento político tiende a deslizarse mucho hacia el pensamiento mágico, que es el pensamiento de los chamanes, los adivinos y los santeros. Una evidencia: en épocas electorales todos los políticos se dedican a vomitar profecías, muchas de ellas llenas de arrogancia.


Paradójicamente, suele ser entonces cuando la política llega al grado cero y volvemos, como por arte de magia, a la edad de los oráculos.


[Publicado el 20/4/2015 a las 11:03]

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¿Estamos ya en el grado cero del pensamiento?

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Qué tiempos aquellos en los que Baudelaire anunciaba, con cierta solemnidad y mucha melancolía, que había tocado el otoño de las ideas. Pero entonces el pensamiento estaba lejos del grado cero. La decadencia se hallaba en su primer período, el que sucedía al largo estío de las ideas. Era el otoño, sólo el otoño.

 

Ahora estamos en el invierno. No un invierno bajo cero. Ahora estamos en un invierno a cero grados. Las ideas congeladas llenan los mercados. Pero las ideas congeladas nunca llegan lejos. Viajan de frigorífico en frigorífico, hasta que se desintegran en cualquier estómago.

 

Cuando los poderes económicos y políticos buscan el grado cero del pensamiento empiezan por ridiculizar a los intelectuales, que durante buena parte del siglo pasado encarnaron el pensamiento en todas sus variantes.

 

En momentos así hasta en culturas como la francesa se pone de moda la anti-intelectualidad, y los nuevos escritores utilizan como clave publicitaria su "no intelectualidad".

 

Es una forma pintoresca de avanzar hacia el grado cero. Lo más cómico de llegar a esa grado del frío y la nulidad es constatar lo grotescamente pintoresco que se vuelve el mundo. De pronto ya todo es kitsch y uno siente que no queda ni un solo lugar en el mundo donde poder refugiarse del imperio del mal gusto.

 

¿Occidente ya estuvo otras veces en el grado cero del pensamiento? ¿El grado cero del pensamiento tiene algo que ver con el abismo?

 

Es extraño el miedo a pensar, tan extraño como el asco a pensar. La droga que provoca esa cobardía se llama en buena medida política. Todas las políticas, desde las más amables a las más agrestes, evidencian ese miedo que es casi peor que la muerte.

 

Y da la impresión de que siempre que las sociedades han descendido hasta el grado cero andaban buscando el abismo. Y aquí de nada sirve la experiencia histórica. Con regularidad espantosa, la cultura más civilizada de la historia no duda en entregarse periódicamente a tenebrosos aquelarres.

 

Se está llegando al grado cero del pensamiento porque los poderes buscaban esa degradación profunda del mapa del mundo. La buscaban Europa y América: la buscaba Occidente.

 

Una cultura urbana y manufacturera de casi tres mil años buscando el grado cero del pensamiento. ¿No es para dudar de todo, del proyecto humano en sí, de su pasado y su futuro?

 

La decadencia empieza a ser un asunto serio porque va en serio. Los poderes obligan a las masas a vomitar memoria. Ya no quieren recordar. Quieren regresar al lugar de la inocencia. ¿De qué inocencia?

No se puede esperar inocencia de una cultura tan larga. No se la debe buscar. Hay etapas que quedaron atrás hace mucho tiempo. La edad de la inocencia, por ejemplo, hace tanto tiempo que quedó atrás para nosotros.... En realidad esa edad se quedó en el Renacimiento.

 

¿Se podría hablar de un cansancio histórico? ¿Occidente estaría históricamente cansado? Tampoco parece ser esa la causa de nuestra tendencia al descenso. Ahora la historia no pesa, porque en cierto modo se ha volatilizado. No es que haya desaparecido; está ahí, pero cada vez más difuminada y a punto de disiparse. El que hoy diga que le pesa la historia no está bien de la cabeza.

 

Ahora mismo la historia pesa menos que el aire, si bien no por eso se ha vuelto trasparente, y si estamos llegando al grado cero del pensamiento no es ni por condensación de memoria ni por cansancio histórico, es por otra cosa.

 

El grado cero del pensamiento tiene su luz, su forma de iluminar, su punto de vista. No sacraliza nada... ¿Nada? En realidad sí: sacraliza la banalidad. El punto de vista de la banalidad se convierte así en la mirada de Dios.

 

Cuando una cultura se postra ante el dios de la banalidad y lo mira todo desde su óptica bien podemos decir que es una cultura anulada, casi una cultura muerta.

 

¿El grado cero del pensamiento genera arrogancia? En América sí, y ahora mismo también en Europa. El grado cero del pensamiento suele tener la forma política de la arrogancia.

 

Cuando el individuo deja de pensar se vuelve arrogante, no antes. El pensamiento conduce a la humildad. Pero el grado cero del pensamiento no conduce a nada que no adopte la forma de la arrogancia, y ahora esa arrogancia está una vez más representada por las finanzas, y si por ellas fuera habríamos ya llegado al grado cero de la política.

 

[Publicado el 13/4/2015 a las 12:51]

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Como si estuvieses muerto

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A lo largo de la vida, varias veces he escuchado en voz de diferentes autores que “habría que escribir como si estuvieses muerto”.


Como si estuvieses muerto coges la pluma o el ordenador y empiezas a escribir.


Como si estuvieses muerto te haces un café o un té, fumas un cigarrillo, regresas a tu cuarto y redactas algo como si estuvieses muerto.

 

Un hombre muerto escribiendo palabras muertas en un cuaderno de papel muerto que se va deshaciendo como arena sería una buena narración para los amantes del fin de los tiempos. La acción podría desarrollarse en Samarcanda cuando era la capital dorada de las estepas, o mejor en alguna aldea cerca de las montañas de la Locura.


Se supone que mientras dura el proceso de la escritura has de comportarte como un muerto, has de hacer el amor como si estuvieses muerto (siempre queda la esperanza de que a tus amantes les gusten los zombis), levantarte de la cama como si estuvieses muerto y reanudar la escritura como lo haría cualquier escritor muerto que tuviese que entregar en septiembre una novela a su editor muerto.


Sólo acierto a escribir algo cuando me siento vivo. Quizás es un error. Tendré que meditar, tendré que pensar que estoy dentro de un ataúd, en el cementerio de la Ciudad sin Nombre. El espacio es asfixiante hasta para un muerto: hace difícil la escritura, y no solo por el hecho de que la muerte sea la consagración del silencio.


Entonces le doy la vuelta al problema y pienso: escribir sería lo mismo que salir del espacio de la muerte, y toda escritura sólo podría ser gestada desde la vida y para la vida. ¡Fin de las pesadillas y los ejercicios espirituales! Qué alivio, amigos. ¡Acabo de salir del ataúd¡ ¡Ya puedo ponerme a escribir!


Con razón decía Julia Kristeva que el que no ama o no crea está muerto. Dicho en otras palabras: cuando no amas y no creas te instalas en el espacio de la muerte, y si tuviésemos que escribir como si estuviésemos muertos la obra más convincente sería el libro en blanco. César Augusto lo expresó muy bien con unas cuantas palabras que además de proclamar el fin de la vida proclamaban el fin de la escritura. Es sabido que según la leyenda el emperador dijo al morir: “¡Se acabó la comedia, amigos. Aplaudid!”.


Obviamente, se trata de una sentencia que sólo puede formular alguien que ha sido durante bastante tiempo el director del gran teatro del mundo. No son palabras que queden demasiado bien en voz de un vagabundo, un guerrero, un labrador. Para decirlas has tenido que ser el rey del mundo: algo así como el dueño absoluto de la narración. Por eso no sólo indicas que la obra ha finalizado, también ordenas que todos lo presentes lo festejen con aplausos. Como debe ser.


Qué gloriosos los romanos, tan empeñados en hacer teatro clásico hasta el último suspiro. Ahora no cuidamos tanto los papeles y los escenarios, por eso ya nadie muere diciendo frases célebres en parajes legendarios. Estamos perdiendo mucha capacidad dramática. Todavía nuestros abuelos pasaban media vida tejiendo la frase con la que esperaban despedirse de la humanidad. Ahora ya nadie pierde el tiempo preparando su última escena en la opereta del mundo.


 

¿Pero no estaba hablando de escribir como si fueses un difunto? Ah, sí, la feliz pesadilla del hombre muerto escribiendo palabras muertas en un cuaderno de papel muerto que se va deshaciendo como arena. ¡Qué optimismo más radical! ¡Brindemos!


[Publicado el 06/4/2015 a las 11:38]

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Olvídense de la modernidad: pesan más los arcaísmos

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“A los internautas les encanta el linchamiento”, dice Jordi Soler en un excelente artículo. Ante las evidencias, no podemos negarlo, pero habría que añadir que el linchamiento es característico de las sociedades humanas, y justamente por eso abunda en la red, sin olvidar que también abundaba antes de la aparición de la red, y lo solía llevar a cabo la prensa. En la España de la democracia los linchamientos en la prensa se han ido sucediendo con una regularidad tan mecánica como ritualizada.


El antropólogo Girard diría que los linchamientos periodísticos y cibernéticos serían la puesta a punto del sacrifico antiguo. Nunca hemos dejado de sacrificar, simplemente ha ocurrido que los sacrificios han cambiado de formato (sin por eso cambiar de sentido). El sacrificio sirve para cohesionar y comulgar. Los que linchan comulgan con la carne de la víctima: literalmente la machacan y la devoran.


Seguimos siendo de un atavismo tan evidente como desmoralizador. Nos llenamos la boca con la palabra modernidad, pero lo cierto es que nuestra sociedad está podrida de arcaísmos.  

[Publicado el 30/3/2015 a las 10:13]

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Los impecables pueden ser implacables

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La experiencia de la vida me ha ido indicando que las personas que se permiten periódicamente pequeños ataques de ira son menos peligrosas que las que nunca se conceden ni la más mínima salida de tono.


La ira es una emoción narcótica, que exalta negativamente, y que negativamente emborracha. Si te la vas tomando en pequeñas dosis no pasa nada. Conoces esa droga y en cierto modo la controlas; pero si no estás habituado a ella y un día te cae encima, entras en una especie de locura ciega de la que te cuesta salir.


Me ha tocado asistir a ataques de ira de personas que prácticamente nunca recurrían a la cólera y era todo un problema librarlos de esa situación, pues llegaban a límites a los que nunca llegarían los que se permiten cabreos esporádicos y más o menos vistosos.


Lo mismo se podría decir de otras pasiones del cuerpo y del alma. Los que no las conocen y sucumben de pronto a ellas no saben cómo escapar de ese fuego abrasador.


Por eso temo a los impecables, porque sé que se pueden convertir en implacables cuando cruzan la frontera.


Refiriéndonos al piloto que estrelló el avión en los Alpes, me inquieta toda esa gente que, como siempre en estas tragedias, empieza a decir que era un chico excelente, amable, que nunca se metía con nadie, que saludaba a todo el mundo.... También el doctor Jekyll parecía un hombre muy tratable hasta que se convertió en Hyde.


Hoy mismo, la novia del copiloto ha revelado al periódico Bild que Andreas Lubitz le dijo en una ocasión: “Algún día haré algo que cambiará todo el sistema y todo el mundo conocerá mi nombre”. (Wird jeder meinen Namen kennen). De modo que la cosa venía de lejos. Con otras palabras, el copiloto le estaba diciendo a su novia: “Ahora soy Jekyll, pero un día seré Hyde y os vais a enterar”.


[Publicado el 28/3/2015 a las 09:57]

[Etiquetas: Pasiones]

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El terrorista solitario

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Urge redefinir la gramática del terror. No es necesario pertenecer a una organización para ser un terrorista. También existe el terrorista solitario, que trabaja únicamente para su propio yo.

 

 

El copiloto alemán de la tragedia de los Alpes podría ser incluido en ese perfil de confirmarse las sospechas.


El terrorista solitario tiene su propia contabilidad, como indicaba el malogrado escritor B.S. Johnson en su novela La contabilidad privada de Christie Malry. Algunos tienen incluso una libreta en la que van apuntando las afrentas, con su valor negativo que es necesario contrarrestar por medio de un acto brutal.


Al referirnos al terrorista solitario podríamos estar hablado de un perfil más común de lo que creemos. Muchos terroristas afiliados a organizaciones criminales podrían ser también terroristas solitarios y deseosos de matar, que buscan la protección de estas corporaciones para burlar su asfixiante y enloquecida soledad.


Aunque estamos hablando de conjeturas más o menos justificadas, y habrá que saber más sobra la personalidad del copiloto que protagoniza todas las portadas de los periódicos, una cosa me sorprende de su fotografía más difundida: Andreas Lubitz se halla tranquilamente sentado y sonriente al borde de un abismo. No todos se sentarían sobre ese pretil de forma tan desenvuelta y jovial. Unos centímetros más allá de su pierna derecha parece abrirse el vacío. Me lo confirma parcialmente Lourdes Unanua, una amiga de San Francisco, que me dice en un correo:


 

El pretil en cuestión es un punto de mira desde el cual se divisan unas espectaculares vista de la bahía y de la ciudad que reluce al fondo como si fuera una joya metálica. Este pretil está sobre un promontorio de rocas y arbustos; no da directamente al vacío, pero si te caes vas rodando hasta el océano. Este lugar es lo que se llama el comienzo de Marin Headlands”. Si yo fuese psicólogo tendría en cuenta este detalle tan ínfimo y a la vez tan significativo: este detalle inconsciente en una imagen que quiere ser un autorretrato.

 

(Dicho lo cual vienen los añadidos que añaden siniestrez a lo siniestro: empieza a sospecharse que si el suicidio no se considera una negligencia, se dará la indemnización mínima, circunstancia que lo pone todo patas arriba una vez más. Otra inquietud a añadir: ¿Por qué el fiscal de Marsella está tan seguro de lo que ocurrió? De nuevo las compañías aéreas están de enhorabuena. Pero uno tienede a pensar que las indemnizaciones tendrían que ser las máximas justamente por tratarse de un hecho volunario y salvaje, producto de la negligencia psicológica de la empresa, que contrató a la persona menos adecuada, y sobre la que se cernía la sombra de la depresión).

[Publicado el 27/3/2015 a las 08:34]

[Etiquetas: Terrorismo, Situación crítica]

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Elegía en el día de la muerte de Moncho Alpuente

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Se va un amigo de verdad, Moncho Alpuente, con el que mantuve siempre una cordial amistad, alimentada en una taberna de Malasaña regentada por un hombre llamado Tarzán, donde me reunía a veces con él y con otros para juzgar jocosamente el mundo que nos estaba tocando vivir.

 

Moncho era de una humanidad inquebrantable, y de un saber entre irónico y sibilino que lo convertía en un maestro de la vida. Nunca lo vi alicaído, aunque lo estuvo a veces, y solo en una ocasión lo vi de mal humor.


Conocía Madrid palmo a palmo: su historia, sus secretos, sus enredos, sus luces y sus sombras, y es una pena que nunca escribiera su gran novela sobre Madrid, que sin la menor duda tenía en la cabeza. Poseía el suficiente talento, el suficiente humor y la suficiente insolencia para hacerlo. Y nadie había explorado Madrid con tanta ironía y tanto fervor.


Ahora todos los recuerdos se me agolpan en la memoria, pero sobre todo uno, que tiene además la peculiaridad de ser el último, pues atañe a la última vez que lo vi. No hace mucho tiempo, me hallaba con mi mujer en el intercambiador de Moncloa cuando nos cruzamos con Moncho y su mujer junto a las escaleras mecánicas. Se iban a Segovia a pasar el fin de semana, y estuvimos hablando un rato.


En algún momento de la conversación Moncho me hizo una revelación inquietante que nunca antes me había hecho: tomaba pastillas para reducir la velocidad de su corazón. Moncho tenía una corazón muy veloz y en estado normal latía al doble de velocidad que los demás.


Ahora mismo,

cuando miro el cielo plomizo

y el pasado se torna presente,

tengo la impresión de que la última vez que nos vimos

Moncho estuvo profetizando su fin: el maldito corazón

que hasta hoy había sido más veloz que la muerte.


[Publicado el 21/3/2015 a las 13:46]

[Etiquetas: Moncho Alpuente, Elegías]

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Blake, Carroll, Beckett

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Es sabido que la figura de William Blake tardó bastante en ser canonizada por lo que tenía de desconcertante e insólita. Los críticos no sabían si considerarlo un místico o un visionario (teniendo el cuenta que no son lo mismo, pues el místico busca la abstracción absoluta de Dios y el visionario busca la figuración de Dios: su imagen). Tampoco sabían como encasillar sus libros, a menudo inseparables de sus magníficas ilustraciones. Su figura empezó a ser domesticada a partir del atributo de visionario, lo que dejó al margen sus textos satíricos y mordaces, que desfiguraban la imagen del poeta y hacían difícil su ubicación.


Una isla de la Luna, traducida y prologada por Castanedo, fue considerada durante mucho tiempo una estupidez. ¿Lo es? No si se tiene en cuenta que se anticipa a Carroll y a Beckett y que bebe de las fuentes más desconcertantes de Tristán Sandy.


Lo mejor para opinar sobre el libro es leerlo en esta magnífica traducción, además convendría recordar lo que en su momento dijo el crítico canadiense Northrop Frey, al que frecuenté sobre todo el mi juventud, cuando buscaba ayuda para entender cabalmente a Eliot. Frey llega a decir que se trata de un texto donde se mezclan “poemas claramente satíricos con otros de una seriedad y un candor estremecedores”. Algo similar, indica Castanedo, a lo que Blake buscaría poco después al contraponer las canciones de inocencia y las de experiencia. El mismo Frey aseguraría en algún momento lo siguiente. “Si es cierto el aforismo de Blake de que la exuberancia es belleza, entonces Una isla en la luna es una obra de arte extremadamente hermosa”.

 

Dicho lo cual quisiera expresar la impresión general que me invadió tras la lectura de Una isla en la luna. Ante todo es un libro enormemente divertido y a la vez absurdo, entendiendo por absurdo no exactamente la ausencia de sentido si no la multiplicación imparable de sentidos que se contraponen, se potencian, se anulan, se sublevan, se tuercen, se retuercen, descienden y se elevan; por eso recuerda tanto algunos momentos de Alicia en el País de las Maravillas y algunos diálogos teatrales de Becket. Obviamente, en el caso de Blake y sucesores nos hallamos en las antípodas de algunas escuelas desesperadas y desesperantes de ahora, que han abandonado la invención en el lenguaje y la invención sin más.


Admirable el trabajo que ha hecho Castanedo con esta obrita tan extraña como inclasificable. Algo muy de agradecer en nuestros días donde todo parece tan clasificado y tan previsible. Tiene además momentos de verdadera comicidad y es de una modernidad incuestionable.

 

Este opúsculo lúdico y jocoso forma ahora mismo parte de una cadena que va desde Sterne a Beckett, pasando por Joyce y Döblin, en la que la argumentación no está reñida con la festividad corrosiva de las palabras.

 

 

[Publicado el 14/3/2015 a las 11:09]

[Etiquetas: Blake, Literatura inglesa, Castanedo]

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Economía (sentido original)

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El economista belga Bruno Colmant invita a pensar cuando dice que la economía se ha separado de los demás hemisferios de la sociedad, y en consecuencia se ha separado de la realidad.

 

Las palabras de Colmant me trajeron a la memoria algunas ideas de Lévi-Strauss. En las sociedades que él estudió, anteriores a la escritura, la economía estaba íntimamente conectada con la mitología y con las leyes de parentesco, hasta el punto de que eran ámbitos que no podían separarse pues formaban entre todos un único universo material y espiritual. La economía, entendida como administración de la tribu, el clan y la familia, era una de las formas sustantivas de la realidad, inseparable de todos los demás elementos que constituyen el tejido social.


Curiosamente, “economía” quería decir en su origen “administración de la casa”. Más claro agua. Para los griegos y los romanos, “economía” venía a decir casi lo mismo que para los pueblos amazónicos que estudió Lévi-Strauss.


¿Dónde ha quedado esa idea de la economía, totalmente imbricada en la realidad y hasta sosteniéndola? ¿Dónde ha quedado esa economía real y esa economía de lo real? Diríase que ninguna palabra se ha alejado tanto de su propio origen como la palabra “economía”, y por lo tanto ninguna palabra se ha perdido tanto a sí misma.


Pero veamos, ¿realmente se ha separado tanto el concepto “economía” de su origen doméstico? En las familias de la clase media y la clase obrera no, en ellas la palabra “economía” sigue fiel a su sentido primordial, el que hace referencia a la buena “administración de la casa”, lo que implica llevar, sobre todo en estos tiempos, “una vida económica”, en el sentido antiguo del término. Dicho en otras palabras: una vida austera, digna y cabal. El concepto “economía” recobrando su sentido original.


Frente a esa economía de lo real y de la supervivencia, se proyecta una economía imaginaria dibujada por las finanzas y la especulación. Lo curioso es que la economía imaginaria determina completamente la economía real. No es nada extraordinario: los sueños de la imaginación producen monstruos mucho más peligrosos y despóticos que los de la razón. Platón veía en los sueños de la imaginación una fuente permanente de desdicha. Y ahora la economía es imaginación, a veces galopante, a veces no. (También la administración doméstica requiere imaginación, pero se trata de una imaginación conectada con la más pura realidad cotidiana).


Nos gobierna la irrealidad y se ve cada vez más necesario un nuevo siglo de las luces, una nueva era de la razón, que despoje a la economía de toda su irracionalidad y de todos sus vínculos con la magia y el delirio interpretativo. No deseo lo imposible, se dice que el mejor pensamiento emerge cuanto todo está pudriéndose y que la lechuza de Minerva alza su vuelo al atardecer.         

[Publicado el 03/3/2015 a las 09:38]

[Etiquetas: Economía, Situación crítica]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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