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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 21 de septiembre de 2020

 Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

El invitado amargo

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El invitado amargo es la mejor novela dual que he leído en mi vida. Yo la veo como una morada filosófica que da cabida a todos los entresijos, convergencias, divergencias, rechazos y deseos que puede albergar una relación filogriega, donde la amistad y el amor conforman una unidad dialéctica parecida la que soñaba Platón para toda relación entre amigos.


Pensaba el filósofo ateniense que la amistad y el amor tenían que ser alianzas emocionales para llegar a una verdad común, por encima incluso de la complicidad en los deleites de la carne y en las asechanzas del deseo.


La novela El invitado amargo de Vicente Molina Foix y Luis Cremades es para mí la materialización más poderosa y esclarecedora de ese hermoso proyecto platónico, pues a través de su relato dual, donde cada autor va tejiendo sus capítulos de forma alterna, se va construyendo una sorprendente verdad común, en la que se mantiene el suspense que poseyó a los autores y que pasa directamente al lector, pues ha de advertirse que Vicente y Luis fueron escribiendo la novela como una sucesión de “epístolas” donde el capítulo de Vicente era respondido por el de Luis, y el de Luis por el de Vicente.


Ninguna de los dos sabía de antemano lo que iba a escribir el otro, por eso el libro se convierte en una exploración del ser de cada uno y en un desentrañamiento del papel que representaron en el tejido amoroso que los conjugó y que en cierto modo los hermanó para siempre.


Huelga decir que la narración versa sobre la relación amorosa que ambos mantuvieron, y está tan bien configurada y tan honestamente tramada, que no tiene precedentes en nuestra literatura, o al menos yo no los he encontrado.


El libro apareció hace seis años, pero da lo mismo. No aborda un problema coyuntural, aborda un problema eterno: el amor, sus delicias, sus dolencias, sus idas y venidas, su dialéctica íntima, regeneradora y devastadora. Todo arde según medida, y según medida se apaga, decía Heráclito, pero el recuerdo de las llamas dura mucho más que la combustión y la fiebre, y se instala en la memoria para siempre.

[Publicado el 19/9/2020 a las 09:54]

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¿Dónde están las nieves del Kilimanjaro?

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El fotógrafo Yann Arthus-Bertrand subió hace algún tiempo hasta la cima del Kilimanjaro en un helicóptero y al dirigir la mirada hacia el monte quedó petrificado. La cúspide de la montaña sagrada “parecía surcada de profundas cuchilladas, como la piel gris de un animal muerto, agrietada por el calor y la sequía, y había desaparecido casi toda la nieve”.


Hemingway creía que las nieves del Kilimanjaro eran eternas. Se lo habían dicho los nativos y él lo creía. En su magnífica novela Las nieves del Kilimanjaro, nos presenta a un cazador americano que está agonizando y que recuerda su vida. El cazador mira de vez en cuando la montaña que tiene frente a él, admira su cima. Siente que al morir su alma volará hasta las nieves del Kilimanjaro, implacablemente blancas.


Se equivocó el cazador de la novela. Las nieves del Kilimanjaro ya se están yendo. Los nativos de la comarca tiemblan. Sus espíritus se están quedando sin morada, sin la blancura que sellaba sus memorias, y cuando los espíritus no hallan cobijo dejan de ser entidades protectoras.


Se equivocó Hemingway, se equivocó el cazador, se equivocaron los nativos que proyectaban en las nieves de la roca su idea de la eternidad. Estamos en otra historia.

[Publicado el 11/9/2020 a las 20:29]

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El nombre

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En el principio fue el nombre, se nos ha dicho desde hace milenios, y el nombre ocultó la oscuridad y dio forma verbal al deseo. Antes de iniciar su escultura, Pigmalión ya tenía un nombre que mostraba y ocultaba sus pulsiones y sus anhelos: Galatea; y antes de traernos al mundo, nuestros padres ya tienen en la cabeza nuestro nombre.


Se supone que la desnudez fundamental sería el momento de nacer, pero no es cierto, porque ya antes de nacer nos están vinculando a un estereotipo, el primero de una larga cadena que limitará nuestra existencia y nos acercará a los objetos fabricados en serie.


Fijémonos en el recién nacido: un nuevo viviente gime y tiembla. Es un animal lleno de pulsiones inconscientes que merman su libertad desde el principio, pero no está desnudo. Nada más nacer le acoplarán el nombre que tenían pensado para él: un nombre que consideramos personal, a pesar de que se puede repetir con mucha frecuencia a nuestro alrededor.


El niño se llamará David. Parece un asunto inocente, pero detrás de David vemos un rey que tocaba el arpa y cantaba salmos. Un rey que mató a su mejor amigo porque quería quedarse con su mujer, de la que se había enamorado. Un rey sabio y totémico, que conoció la maldad y la bondad en todas sus variantes. Resulta muy hermoso, pero un día el muchacho necesitará interpretar su nombre y se interesará por la historia del rey arpista y hasta podrá plantearse la posibilidad de imitarlo y proyectar en él su ambición.


No es la peor opción querer convertirse en un nuevo David, pero en ese acto tan presuntamente natural como asignar un nombre a alguien, estamos ya interviniendo en su destino, aunque solo sea con una metáfora.


 

Ya tenemos un nombre. Nuestro cuerpo empieza a encarnar un símbolo. Es una forma noble de decirlo. En realidad empezamos a encarnar una repetición y un estereotipo.


 

[Publicado el 08/9/2020 a las 12:54]

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Dimensiones en conflicto

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Amemos el seno hirviente de la vida con todas sus con­secuencias, pero sepamos qué somos, cómo nos han hecho y cómo nos hacemos.

 

 

Amemos la existencia, pero no ignoremos sus abis­mos ni los elementos que la constituyen.

 

 

Amémonos a nosotros mismos y amemos a los otros, pero sepamos qué tejidos inestables conforman nuestra materia y las sustancias que se mezclan, funden y con­funden con la nuestra.

 

 

Amemos nuestros sueños, pero no ignoremos el flui­do volátil y resbaladizo del que están hechos.

 

 

Bebamos de la copa dorada de la dicha, y hasta de la copa amarga de la desgracia, pero examinemos en la medida de nuestras posibilidades el vino que las colma y el elixir, a veces salutífero, a veces venenoso, que se mez­cla con el mosto, para que lo que parecía de una dulzu­ra exquisita no se trasforme en acidez desgarradora.


 

[Publicado el 25/8/2020 a las 10:25]

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Diario del confinamiento (13) Yo soy otro

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Los chinos de la antigüedad describían las épocas parecidas a la nuestra como dimensiones pobladas por los demonios de la confusión. Caen corporaciones y gobiernos. A veces la naturaleza ha destruido íntegramente un sistema. Los nuevos historiadores lo saben y lo tienen muy en cuenta. Y una cosa parece cierta: el miedo está provocando más víctimas que la misma epidemia, sin olvidar que es la epidemia la causa del miedo a la exterioridad y a la interioridad: la estructura de la enfermedad convertida en círculo vicioso. Me lavo las manos como si fuesen mis enemigas, portadoras de muerte. Mi cuerpo se convierte en un territorio inquietante, que no parece mío. Mi cuerpo se puede contagiar sin saberlo: mi cuerpo es necio y ajeno.

 

Algo se nos está escapando de esta pandemia: a todos, también al poder. El mundo que conocemos y que nos contiene, nació con las masas y las necesita. Es la cultura de las masas. Mueve frívolamente masas: de trabajadores, de consumidores, de espectadores, de competidores. ¿Si le quitas las masas qué deviene? No lo sabemos, pero todo indica que se convierte en un ente desesperado, errático, desestabilizador. Vigilemos con mucha atención los movimientos de la bestia. No son los pasos del Minotauro ni los de Moloch. Son nuestros pasos. Una masa gigantesca de pisadas conformando una red, como pensaba Milgram. Son nuestros pasos. ¿Hacia donde se dirigen? No tengo ni la más remota idea. Veo de dónde venimos, pero eso no me permite saber a dónde vamos. Dejo ese trabajo para los profetas y los locos.

 

 


 

[Publicado el 19/8/2020 a las 10:59]

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¿Quién es usted?

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[Publicado el 17/8/2020 a las 10:22]

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Lo más asombroso

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Lo más asombroso de esta vida es que además de trucar los naipes cuando jugamos con los otros, también los trucamos cuando jugamos con nosotros mismos.


Hacer trampas con uno mismo es una locura muy extendida que te conduce a un laberinto: el de tus propias trampas narrativas.


En ese laberinto lleno de pasillo y puertas siempre confías que vas a encontrar una salida. Cruzas un pasillo, abres una puerta. ¿Dónde estoy? En otro pasillo que concluye en otra puerta. Lo cruzas, la abres: otro pasillo más, y otra puerta.


Puedes pasar así media vida, recorriendo tu propio laberinto y creyendo que estás recorriendo el mundo.


Un día, de pronto, abres otra puerta más. Esta vez sí parece la salida... Y lo es: tras la puerta se despliega un cementerio donde celebran un funeral. Te acercas a la comitiva, miras el ataúd de cristal que deja ver la cara del muerto: es tu cara, es tu cuerpo.


Hay gente que muere sin haber nacido, y gente que muere antes de morir y que nunca ha poseído su vida.


Y gente que cuando vive, vive, y muere cuando muere. Como debe ser, sin falsificar demasiado la vida, ni falsificar demasiado la muerte.


 

[Publicado el 03/8/2020 a las 11:58]

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No llegamos al mundo como libros en blanco

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No llegamos al mundo como libros en blanco. Ni el más elemental viviente llega al mundo como papel inmaculado.


Vemos la primera luz con los ojos de un cuerpo que será el nuestro, provisto de un código genético y un sistema nervioso sobre el que sí será posible escribir, y sobre el que escribirán, con mayor o menor pericia, con mayor o menor sensibilidad, con mayor o menor crueldad, los que ya estaban vivos antes que nosotros.


Digamos mejor que llegamos al mundo como un papel ya pautado sobre el que poder plasmar una melodía: la nuestra.


En esa melodía intervendrán los demás, sobre todo al comienzo, pero llegará un momento en que también nosotros mismos le iremos añadiendo frases a la música, siempre problemática y a menudo desigual, de nuestra estructura vital.


Hay mucha niebla cuando vemos la primera luz. Llegamos a un territorio de brumas acumuladas desde hace milenios y fórmulas coaguladas que a menudo ahogarán en nosotros todo indicio de verdadera identidad, obligándonos a vivir en el olvido de nuestro propio ser, y a menudo la ración de dolor será muy superior a la ración de placer. Y muchas veces, esa excesiva dosis de sufrimiento va a depender más de cómo hemos ido configurando nuestro ser que de las situaciones explícitas que irán jalonando nuestros pasos por la vida.


Apenas cumplimos los tres años, ya estamos provistos de todas las herramientas que la cultura pone a nuestra disposición, si bien no siempre vamos a saber utilizarlas, y con frecuencia se volverán contra nosotros como escorpión que lanza el aguijón contra su propio organismo.


Muchos seres no llegan a ser, muchos vivientes jamás conquistan una vida digna y razonablemente feliz. La vida es un arte muy difícil, pero ¿qué arte no lo es?


Este libro trata de ese arte y de cómo modificar nuestro destino cuando por razones diversas, y a menudo sin querer, nos acercamos a abismos que ni siquiera imaginábamos. Para asimilar ese arte que tanto puede transformar nuestra existencia, que tanto puede iluminar nuestra vida, será necesario hacer un viaje por los códigos fundamentales del ser humano. Hay caminos que surgiendo de la niebla conducen a la niebla, y hay caminos que, surgiendo de esa misma niebla, van llegando a tierras donde la bruma no es tan densa y uno puede palpar, como se palpa un cuerpo amado, las dimensiones más habitables de la existencia.


-Introducción de La posesión de la vida-


 

[Publicado el 20/7/2020 a las 09:30]

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La ondulación

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La ondulación es el movimiento fundamental de la naturaleza”, decía Isadora Duncan.


Hace algún tiempo estuve viendo la exposición temporal que hay sobre ella en París. Mientras examinaba las levísimas huellas que dejaron sus pasos por la tierra (algunas fotografías no demasiado buenas, carteles de sus espectáculos, cuadros y esculturas inspirados en ella, una breve secuencia cinematográfica en la que se la ve dando unos pasos en un jardín lleno de gente) pensaba en la ondulación.


Los taoístas le hubiesen dado la razón a Isadora Duncan, ellos también creían en la ondulación de la naturaleza, en la ondulación de la materia, en la ondulación del ser.


¿Y la estrella danzarina de la que hablaba Nietzsche no era acaso la estrella de la ondulación?


¿La ciencia de las caricias no tendría que ser sobre todo ciencia de la ondulación?


La ciencia de las palabras también.


Y tendría que ser igualmente ondulación el pensamiento.


[Publicado el 03/7/2020 a las 00:11]

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Diario del confinamiento (12) Masas y masas

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Una falsa noticia, o mejor, una noticia desplazada ha causado pánico en la red: la que hace referencia a la aparición de un nuevo virus: el Nipah, más letal que el Covid19. Todo indica que las muertes provocadas por el Nipah y divulgadas estos últimos días ocurrieron en la India, en el año 2018, y no ahora. En cualquier caso, se trata de otro virus que anda por ahí, que halla su mejor albergue en los murciélagos fruteros, y que fue detectado por primera vez en 1998, en Malasia. En el 2004 ya estaba en Bangladesh, desde donde pasó a la India.


¿Nos hallamos en el siglo de las pandemias?


Desde que leí a McLuhan, hace ya bastante tiempo, tendía a defender la globalización, y juraría que aún la defiendo, pues la veo como inevitable (y oponerse a lo inevitable es de necios), pero una cosa parece rotundamente cierta: la globalización es el campo más abonado de la historia para que cualquier epidemia se pueda convertir en pandemia. ¿Solo la globalización? No, también abonan ese campo las megaciudades y la cultura de masas.


Los virus quieren colmenas y masas bien apretadas. Los virus han hallado su edad dorada en nuestra época. La globalización es para ellos la gran panacea, el cuerno de la abundancia. Me lo dice un amigo epidemiólogo con cierto sentido del humor: “Hemos creado la globalización para los virus, no para nosotros. Esas entidades que ni parecen vivas ni parecen muertas acabarán siendo las dueñas de la Tierra. Los virus son la sed de replicación: generan masas a velocidades de pesadilla, y las masas buscas a las masas, por mera ley de la simpatía. Nos hicieron para los virus: somos su grandiosa y extensa residencia”. Mi amigo es terrible. Ha bebido un poco y su lengua se suelta peligrosamente. Yo prefiero no prestarle atención.


Volviendo a la razón: más que a la globalización en sí, la socióloga Saskia Sassen culpa de lo que nos está pasando a la invasión/destrucción que hemos ejercido sobre la naturaleza. Creo que han sido ambas cosas a la vez: la invasión de territorios donde los virus podían expandirse sin llegar a nosotros, y el haber convertido el mundo en una apretada aldea.

[Publicado el 19/6/2020 a las 11:02]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

 

 

Las abismales. Premio de novela Café Gijón (Siruela, 2019)

 

 

 

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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