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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 3 de diciembre de 2020

 Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

La armónica de Moloch

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1.    "Las guerras son duelos a gran escala", decía el teórico de la guerra Clausewitz, creyendo que estaba formulando una gran verdad. No era cierto en su época,  pues si analizamos un poco la dialéctica del duelo y de la guerra, vemos que los duelos suelen ser voluntarios, pero pocos son los soldados que van a la guerra por su propia voluntad. Sin embargo sí que parece cierto ahora, cuando el liberalismo se ha quedado sin enemigos. “La carencia de enemigo propicia la perduración indefinida del sistema”, dice Juan Luis Conde en su libro, a la vez que nos prepara para afrontar una verdad trágica: la de la desaparición de la luz de la verdad en el agujero negro del sistema. ¿Estamos todos enrolados en un viaje al fin de la noche? Ahora sí que la guerra total en la que está sumido todo el planeta parece un duelo a gran escala, con unos patrocinadores que permanecen en las sombras, y que prefieren no tener nombre ni apuntarse a ninguna ideología, como muy bien nos indica Juan Luis Conde.

 

         Banalizar el saqueo, la usurpación (y la guerra), o darle un tono necesario y natural  es una ideología de la iniquidad que arrastramos como mínimo desde Roma, viene a decir Conde, pero es ahora cuando sentimos el aliento pestilente de la codicia en estado puro, emergiendo de lo más profundo del sistema, enmascarado además tras esa jovialidad que los americanos usan como pintoresco mascarón de proa de sus conquistas.

 

         Las fronteras entre el bien y el mal nunca han estado claras, y puede que ambos emerjan de una idea equivocada de la moralidad, como creía Nietzsche, pero ya en Homero podemos ver con cierta claridad la diferencia entre la clemencia y la violencia desatada, entre la bondad y la atrocidad. Sí, hay fronteras muy leves y llenas de niebla, de ahí que sea tan necesario el ejercicio de pensar, y eso es lo que ha hecho Juan Luis Conde en Armónicos del cinismo: discurso, mito y poder en la era neoliberal.

                                           

2.    La reflexión que acabo de de mostrar, me surgió tras la lectura del ensayo de Juan Luis Conde,  y puede considerarse una derivación libérrima, pero también ajustada, de lo que leí en él,  pues el libro de Conde trata de la guerra que el neoliberalismo ha emprendido contra toda forma de bondad estatal, y contra toda forma de bondad personal. El cinismo derivado del neoliberalismo quiere armonizarlo todo: la sociedad con la evasión fiscal y el lucro a gran escala, la desarticulación del Estado del bienestar con una idea falseada y bárbara de la libertad, la sangre con la mostaza. Aunque una de sus batallas más perversas la está librando contra toda forma de pureza en el lenguaje, contra toda forma de verdad verbal.

 

         Todo se difumina en su gramática de la confusión y la ambigüedad, y es como volver al estadio de la guerra primordial de Hobbes. La sociedad misma se desvanece, y se desvanecen sus lenguajes, corrompidos como las nubes de gas radiactivo por las que viaja el dinero, muy por encima de los sistemas fiscales de los estados, muy por encima de las desdichas diarias de una ciudadanía cada vez más empobrecida y envilecida.

 

         Como buen latinista, Juan Luis Conde lleva a cabo todo un trabajo arqueológico sobre la codicia, desde el planteamiento cínico e hipócrita que ya hicieron los romanos, cuando luchaban  bélica y teóricamente contra los griegos, hasta nuestros días. En muchos aspectos, su breve y sustancioso ensayo es una historia general de la codicia, haciendo paralelismos muy oportunos entre el imperio romano y el americano (como ya hiciera en su anterior ensayo La lengua del imperio: la retórica del imperialismo en Roma y la globalización), analizando la maniobra ideológica que consiste en  llamar reto, duelo y competencia a lo que es una guerra feroz, y paz a lo que es una matanza, y bien a lo que es la imagen más descarnada de la maldad, y pragmatismo a la más contundente brutalidad, y daños colaterales al dolor generalizado. La confusión semántica siempre nos abre de par en par las puertas del infierno. Como dice el mismo Conde, uno de los elementos claves de neoliberalismo es su falta de definición, en cierto modo su abstracción. Es el gran ectoplasma cuya pertenencia nadie reclama, y de paso también el gran Moloch tocando su estridente armónica.

 

         El capítulo que más me ha interesado es el referido a la corrupción de nuestras lenguas por la influencia que está ejerciendo el inglés. Roland Barthes dijo en su momento que la inclusión de palabras inglesas en el francés o el español no era grave si no se alteraba la sintaxis, que es el alma de las lenguas. En el epílogo titulado Castellano doblado: interferencias del inglés en el español contemporáneo, Juan Luis Conde demuestra que el inglés está alterando considerablemente la sintaxis del español. Como dice el autor en el último párrafo de su luminoso ensayo, ahora “necesitamos pensar primero en un idioma ajeno, para permitirnos hablar, después, en nuestra propia lengua”. Sus reflexiones sobre el fin del mito de Babel abren alucinantes perspectivas a la reflexión y convierten el libro de Conde en un texto esclarecedor. Desde su triple oficio de novelista, pensador y latinista, Conde está capacitado para descodificar perfectamente el lenguaje neoliberal y conectarlo con la antigüedad greco-romana, abriendo ampliamente su espectro e iluminando largos períodos de nuestra historia con brevedad, con velocidad, con inteligencia.

 

Armónicos del cinismo: discurso, mito y poder en la era neoliberal, Juan Luis Conde

Reino de Cordelia, 2020

[Publicado el 26/11/2020 a las 19:02]

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El aforista junto al abismo

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Eder. Óleo de Irene Gracia

 

 


 

-I-

Ramón Eder es un hombre grave y sereno, circunstancia que no evita que pueda alegrarte la vida con notas esparcidas de humor, como en una pieza de Erik Satie. Sus aforismos van tejiendo una melodía luminosamente quebradiza y envolvente,  donde el pensamiento va discurriendo de modo fragmentario: a saltos de baile clásico.

 

De sus libros de aforismos el que más me gusta es Aire de comedia. El vino de esa cosecha, selectiva y remozada, es cosa seria y a la vez tremendamente humorística. El vino de esa cosecha es, hablando en plata y bajo una palmera solitaria, la formalización de la excelencia.

 

Para Eder la vida es una materia ondulante, que no se puede abordar sin ironía, y a ser posible en un café de techos altos, lleno de simetrías francesas y pequeñas galaxias escondidas bajo la copa de vino de Borgoña.

 

Hasta ahora Ramón se ha dedicado, básicamente, a emitir relámpagos en forma de poemas y aforismos, pero juraría que lleva años construyendo una obra narrativa de bastante envergadura, y probablemente despiadada en alguno de sus momentos. No lo sé, simplemente lo sospecho. Ramón no me ha dicho nada a ese respecto, pero los viejos amigos las cazan al vuelo, las palabras, claro está, y de paso también los silencios.

 

Y los silencios de Eder suelen ser manifestaciones fundamentales de la elocuencia, quizá porque sabe que para que las palabras resalten es necesario envolverlas de silencio y dejar que resplandezcan como islas caribeñas en un plácido atardecer.

 

Ramón vive junto a un precipicio que da al mar bravío. Yo le llamo el aforista junto al abismo.

-II-

 

A continuación escojo siete gemas de su último libro Palmeras solitarias:

 

La vida es una ficción basada en hechos reales.

 

Un aforismo es una jaula de la que se escapa un pájaro.

 

Existe un tipo de generosidad que consiste en regalar nuestra ausencia.

 

El arte de la injuria les interesa mucho a los resentidos.

 

El mar es maravillo pero se tragó el Titanic.

 

Nadie es tan poca cosa que no ocupe exactamente el centro del universo.

 

 

Uno solo conoce sus límites si ha intentado rebasarlos.

 

 

 

 

[Publicado el 19/11/2020 a las 09:16]

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La niña que se parecía a Antígona

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Me contaba un amigo que una vez, hallándose en Rodas, se entretuvo observando a una niña que no obe­decía a su madre, hasta que se dio cuenta de que se lla­maba Antígona y que ya estaba imitando a la heroína antigua en el acto mismo de desobedecer. Antígona iba a lo suyo, como el personaje de Sófocles, y mi amigo sospechaba que iba a ser ya muy difícil cambiarle ese destino. Al parecer era una niña que desobedecía con autoridad, y que además daba explicaciones de por qué lo hacía.

 

En un instante fugaz, mi amigo asistió a algo parecido a la revelación de un destino, que era el eco de otro y de otro, en un sistema de repeticiones tan abismal como vertiginoso, y que al mismo tiempo no dejaba de incluir toda una cadena de estereotipos.

 

Y en medio de ese abismo llegamos; y lo primero que hacen es ponernos un nombre. Un sabio de nuestro tiempo pensó que tomarse en serio el nombre propio es estar loco, y habría que añadir: y es también sucumbir a la primera de las alienaciones que nos proponen, pues supone el primer acoplamiento de algo que no somos nosotros y que a menudo está lejos de parecernos la mejor repre­sentación verbal de nuestra persona.

-La posesión de la vida-


 

[Publicado el 17/11/2020 a las 09:29]

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Los avatares del héroe

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He aquí un libro totalmente necesario para todo aquel que se adentre en los misterios de la fabulación, sea de carácter épico o no.


De forma muy detallada y precisa, Campbell ilumina el nexo entre los mitos y los ritos vinculados al vasto universo de la iniciación. Cuando se habla de Bildungsroman, se olvida a menudo que la novela de aprendizaje existió ya en Grecia y que todas las novelas de caballería lo son, como lo fueron más tarde las novelas picarescas.  Pensemos en  El Lazarillo, cuyas andanzas le conducen al ejercicio del cinismo, como ocurre también en La vida de Estebanillo González contado por sí mismo, seguramente la mejor novela del Siglo de Oro después de El Quijote, como muy bien supo ver Juan Goytisolo. Que en el Bildungsroman del barroco el héroe apueste por el cinismo solo indica una cosa: el barroco inauguró en nosotros la Edad del Cinismo, y no es extraño que Gracián, filósofo por el que siento un gran aprecio, instaure una gramática del comportamiento, o una moral,  tan pragmática como cínica, al menos en ciertos momentos.


En  El héroe de las mil caras, Campbell nos va informando, paso a paso, de todas las fases por las que pasa el héroe clásico, desde el instante en el que siente en el cuerpo y en el alma la llamada de la aventura, hasta la última fase, cuando el héroe ha cumplido su misión (como la cumplieron Hércules y Ulises) y puede entregarse al placer de vivir, tras haber alcanzado una seguridad ontológica que encajaría bien en la dialéctica hegeliana. Al final, el héroe ha resuelto todas las contradicciones consigo mismo y con el mundo, y se abren para él las puertas de una más que merecida felicidad.


Antes de ese final feliz, el héroe habrá pasado por la duda existencial, el encuentro con algún maestro, el cruce del primer umbral de la noche, el peligro mortal antes monstruos descomunales, a veces de naturaleza invisible, el encuentro con aliados divinos y humanos, la inmersión en la oscuridad, la prueba de la muerte, la batalla definitiva, los peligros del regreso al hogar, la reconciliación consigo mismo y la promesa de la paz.


En los avatares indicados, no he mencionado el que me parece más importante, y que Campbell trata en el capítulo titulado La reconciliación con el padre. Me refiero al primer avatar que caracteriza la vida de muchos héroes clásicos: la enemistad con el padre, a menudo originada por una profecía nefasta. En esos casos el héroe-niño suele ser abandonado. Sus padres lo rechazan o mueren, pero alguien salva al niño-héroe de forma a veces milagrosa, a veces casual: es el caso de Edipo, Moisés, Amadís de Gaula, Tarzán y tantos otros.


El héroe clásico es expelido por su clan y salvado por los demás. No es bueno ignorar que se trata de una gramática que deja a menudo en muy mal lugar la figura del patriarca. Pensemos en Ivanhoe, que los adolescentes de mi generación y de las anteriores todavía leían, como confesaba Bob Dylan en su texto cuando le dieron el Nobel. Ivanhoe está profundamente enemistado con su progenitor. Las mitologías del mundo son pródigas en padres asesinos. Y juraría que no se equivocan. Como demostraron los antropólogos de la Edad de Oro de la antropología, la figura paterna se presenta como repulsiva en una ingente cantidad de mitos. Esas repulsiones suelen estar muy justificadas. Son radiografías de lo real.


Siempre le he dado mucha importancia a este avatar que materializa la idea de que el héroe suele tener una infancia difícil en la que tenía que haber muerto, pero el Mundo o la Providencia decidieron que no.


El lector habrá observado que estoy hablando de fases que no solo aparecen en las historias épicas, y que pueden observarse en toda clase de novelas, sean del género que sean.


Recomiendo vivamente su lectura a novelistas y guionistas, así como a los lectores interesados en los elementos fundamentales que van hilvanado todos los mitos heroicos y sostienen todas estructuras vinculadas al universo de la épica. Según mi entender, la traducción de Carlos Jiménez Arribas, publicada con gran esmero por Atalanta, es la mejor y más moderna de cuantas se han hecho en español.


Todos los guionistas de Hollywood lo tienen como libro de cabecera.


Posdata:

Lamento el proceso de corrupción que ha sufrido el bellísimo concepto avatar, que modernamente significa el doble digital, provocando la desintegración de su significado real, a saber: cada fase por la que pasa la vida de un individuo, un héroe o un dios.


 

[Publicado el 02/11/2020 a las 10:17]

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Las olvidadas (1) Adorada Violette Leduc

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Cuando pienso en escritoras absurdamente olvidadas, me vienen a la mente Djuna Barnes y Violette Leduc. Si Marguerite Duras vuela con la lengua, Violette Leduc no se queda atrás. La nueva y vieja convencionalidad, a la que se entregan con desvergüenza tantos autores sobrevalorados, se encuentra a miles de años luz por detrás de escritoras como Violette Leduc, con la que Simone de Beauvoir fue de una generosidad inaudita, a la vez que la acusó más de una vez de obscena y de explícita. Podía ser cierto en la época en la que estas dos grandes escritoras tuvieron que vivir y sufrir, pero ahora no.

Violette Leduc no solo escribe, Violette Leduc derrama diamantes en cada frase, Violette Leduc hace restallar la lengua, la incendia, la convierte en un animal peligroso, la fustiga, la expande, la deja fluir como un río de estrellas derretidas en novelas como Thérèse e Isabelle. Violette era bisexual, y en la novela que acabo de mentar narra un amor-pasión entre dos muchachas que están descubriendo sus cuerpos y están renaciendo desde la misma piel.

Es dulce y es cruel, es radiantemente obscena y libre, es lírica hasta el mismo estremecimiento, está como al otro lado de la frontera. ¿De qué frontera? De la que divide y separa la gran escritura de la literatura simplemente correcta, y que tanto abunda.

Es la que va a sobrevivir en Francia, junto a Marguerite Duras y algunas otras, aunque murió cuando corría el mes de mayo de 1972. Físicamente, no era muy agraciada. En el Barrio Latino la llamaban “la fea”. Ya sabéis, el viejo racismo de la belleza.

Su vida fue muy difícil y Simone de Beauvoir la tuvo que ayudar en secreto. Llegó a pasar hambre, vivió al borde del precipicio, pero yo la quiero como si fuese mi hermana, y me bebo sus palabras como un licor exquisito.

El francés, en sus manos, es una dimensión de luz y de tiniebla, la una a la otra tan enlazadas como los dos mechones de una trenza. Todas sus novelas me interesan: La asfixia, La bastarda, La locura en la cabeza, Thérèse e Isabelle...

Ahora mismo en español solo están traducidas Thérèse e Isabelle, publicada por Mármara en el 2015, y La bastarda, recientemente editada por Capitán Swing. Basta con estas dos novelas (de entre las mejores de su obra) para darse cuenta de quién es Violette Leduc, que regresará del abismo para asombrarnos. Ya lo dije en otra ocasión: Thérèse e Isabelle es el Cantar de los cantares del safismo: una novela que desprende una luz irreal y que resistirá a la usura del tiempo como un diamante negro.

Cuando la lees empiezas a desdeñar la literatura cobarde, despojada de nervio y de fuego. Si aún no habéis leído Thérèse e Isabelle, enmendad pronto ese error. Dejemos que en la feria de las vanidades dance la literatura endeble y yerta. Hay otra literatura que está llamado a tu puerta y hay que sacar a esta mujer del reino del olvido.

No es la primera vez que hablo de ella ni será la última. La quiero como a una novia que llega del bosque de la noche con los cabellos húmedos y los ojos ardiendo. Beso su calavera, me arrojo a las luminosas tinieblas de su prosa.

(Aparecido en El País, 23/10/20) 


 

[Publicado el 24/10/2020 a las 08:29]

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El dilema de Telémaco (Louise Glück)

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La entrada anterior era una broma lírica que me permití, con el permiso de los lectores, escrita y publicada antes de la concesión del Nobel. Aclarado esto, felicito a la ganadora de este año, la poeta Louise Glück, injustamente juzgada por su sencillez minimalista (heredera de la sencillez de Emily Dickinson y de Williams Carlos Williams). De todos los poemas que he leído de ella, uno de los que más me gustan es, curiosamente, de inspiración homérica. Se trata de un poema donde la voz que habla se ve enfrantada al dilema que pudo tener Telémaco, hijo de Ulises y Penélope, a la hora de juzgar a su padre, un seductor profesional, y a su madre, la virtuosa tejedora.


El dilema de Telémaco

 

 Nunca me decido

sobre qué poner

en la tumba de mis padres. Sé

lo que él quiere: él quiere

amado’, lo que ciertamente resulta

muy exacto, sobre todo

si contamos a todas esas

mujeres. Pero

eso dejaría a mi madre

en la intemperie. Ella me dice

que en realidad no le importa

lo más mínimo; ella prefiere

ser descrita

por sus logros. No tendría yo mucho

tacto si les recordara

que uno

no honra a sus muertos

perpetuando sus vanidades, sus

auto-proyecciones.

Mi propio criterio me recomienda

exactitud sin

palabrería; son

mis padres y, en consecuencia,

los visualizo juntos,

a veces me inclino por

'marido y mujer, a veces por

fuerzas contrarias'.



 

[Publicado el 11/10/2020 a las 10:25]

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La Academia Sueca le concede el Premio Nobel de Literatura a Homero

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Mi madre y yo nunca olvidaremos 

el día en que la Academia Sueca 

tuvo finalmente la dignidad y el acierto 

de darle el Premio Nobel 

de Literatura a Homero.

(Fue hace tantos años...,

muchos más de los que tengo,

aunque os resulte extraño). 

.

Los griegos se lo agradecen 

y se lo agradecemos todos 

los habitantes de la Tierra.



Mi madre vio la primera luz en Quíos 

donde es sabido que nació 

el poeta más grande de todos los tiempos.

 

Siempre recordaré las lagrimas de mi madre,

y mis propias lágrimas cuando Homero, 

indescriptiblemente viejo,

mas viejo que los troyanos y los aqueos,

más viejo que el invierno

y casi más viejo que Dios,

recibió el galardón de manos del rey sueco.



El poeta derramó las lágrimas

más gratas de su vida

y con voz temblorosa dijo:



He dejado en la memoria

de los hombres un clamor

que no cesa con los siglos.

Hablé de odio y del amor

y he sido a mi manera

amable, cálido y profundo.

He buscado una patria

pero nunca pude hallarla

 

porque mi patria es el Mundo.

 


[Publicado el 08/10/2020 a las 16:00]

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El hombre que murió en una estación

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         El encuentro al que me voy a referir tuvo lugar a finales de 1981, cuando Paul y yo éramos estudiantes. Él en la Sorbona y yo en la EHESS. Paul estaba redactando una tesina sobre las pasiones en Tolstoi y conocía a algunos rusos que habían llegado a París en 1917. Eran seres extraños y trágicos, que agotaban los últimos años de su vida en habitaciones miserables y totalmente olvidados. Uno de ellos era especialista en Tolstoi, se llamaba Sergey Ulanov y fuimos a verlo. Sergey nos recibió en su cuarto, gélido y austero como una celda monástica. Tres paredes se hallaban repletas de curvados anaqueles llenos de libros en ruso, que creaban en el recién llegado una paradójica sensación a medio camino entre la solidez y la oscilación. Daba la impresión de que, más que en una habitación, te hallabas en un barco a la deriva pero de algún modo habitado por la razón. En alfabeto cirílico, podían leerse nombres como Platón, Aristóteles, Montaigne, Spinoza, Descartes...

         Sergey calentó agua en un hornillo de gas, la vertió después en una palangana, se sentó en una silla de madera, y metió sus pies desnudos en la jofaina. Al detectar el asombro que nos producían sus movimientos, Sergey sonrió levemente y nos dijo:

         -Hijos míos, supongo que ya sabéis que la muerte empieza en los pies. Yo la combato con agua caliente. ¿Queréis hacer lo mismo? Tengo una jofaina más y una cacerola...

         Le dijimos que no. Sergey ya sabía que mi amigo venía dispuesto a hablar con él de Tolstoi, de modo que, sin más preámbulos, nuestro decrépito y sabio anfitrión comentó:

         -La culpa puede parecernos un problema moral, pero es más interesante tratarla como un tema filosófico. ¿Qué es la culpa? Para nuestros antepasados la culpa era simplemente una falta, sin embargo  con el correr del tiempo ha pasado a convertirse en un fenómeno de la conciencia, y así para nosotros la culpa no designa una falta, un error o una carencia, ya que ha alargado considerablemente su esfera semántica y tiende a hacer referencia a la conciencia, más bien dolorosa, que sentimos al examinar nuestras faltas, nuestros errores y muestras carencias. De la falta sin más, pasamos a la conciencia mortificante de esa falta, y del error en su más pura simpleza, pasamos al dolor psíquico que sentimos por haberlo cometido. También podemos experimentar una culpa general que se apodera de todas las dimensiones de la vida, una culpa in abstracto, sumamente demoledora.

         -Si ahora mismo Nietzsche estuviese con nosotros, nos diría que la culpa es una emoción inútil. ¿Lo es? -me atreví a preguntar.

         Sergey me miró casi con lástima, pidió a Paul que vertiese más agua caliente en la jofaina, y apuntándome con su ojos azules y penetrantes, musitó:

         -Deja que te diga una cosa, hijo, si todos esos nazis que procedían del catolicismo como Heydrich y Hitler (que hicieron la primera comunión y que asistían a la misa dominical hasta bien entrada la adolescencia) hubiesen padecido fuertes ataques del culpa, sí, de culpa católica, apostólica y romana, seguramente no hubiesen llegado tan lejos en su empeño de convertir la tierra en un infierno, pero resulta que la culpa se evaporó de sus almas, milagrosamente, y abrieron de par en par las puertas de horror. Hablo desde el agnosticismo, claro está. A pesar de mi origen ruso, soy devoto del racionalismo francés, circunstancia que no me impide plantearme el problema de la culpa desde el punto de vista de la economía emocional y moral. ¿Y todo esto para qué?, os preguntaréis

         -Sí, nos lo preguntamos, y adivinamos que su reflexión va siguiendo un sendero más o menos definido -musitó Paul

         -Sí, el sendero definido por Tolstoi. Su existencia es la prueba de lo mucho que puede cambiar una vida en el transcurso del tiempo. Hay en nuestro ser ámbitos inmodificables, y ámbitos que pueden alterarse más de lo que creemos, y que dependen mucho de nuestra experiencia social y personal. Si dividimos la vida de Tolstoi en tres períodos, el primero fue arrogante, estúpido, narcisista. Tenía sed de gloria... Qué sed más patética, ¿no es verdad? Primero de gloria militar y después, por derivación, de gloria literaria. La espada dejó paso a la pluma. Tolstoi nunca llegó a encajar del todo esa metamorfosis, que se le antojana poco viril. Normal... Aunque Tolstoi nunca fue un escritor genuinamente romántico, o digamos mejor casi nunca, vivía envuelto en la atmósfera densa y tóxica del romanticismo... Golpeaba a los siervos, se sentía feo, sucio, ignorante y lleno de lagunas... Por cierto, hallándose en París, fue a visitar a su amigo Turguénev (el que le había abierto las puertas de San Petersburgo), y tras una discusión con él lo retó a un duelo... La discusión tuvo lugar en el hotel Marigny, que más tarde se convertiría en un burdel financiado por Proust... Afortunadamente, el duelo no tuvo lugar. Imaginad que se lleva a cabo y mueren los dos... Tolstoi tenía entonces veintinueve años y era una celebridad, pues ya había escrito Infancia, Adolescencia y Juventud, además de la trilogía de Sebastopol... Doce años después, en 1869, tiene una revelación...

         Paul miró a Sergey con atención mientras sacaba de su bolsillo un paquete de hebra holandesa. Nuestro anfitrión le pidió a mi amigo tabaco y lió un cigarrillo con una sola mano y a gran velocidad.

         -¿A qué revelación se refiere? -preguntó Paul.

         -Pues a la revelación de la finitud de la vida -respondió Sergey-. De pronto Tolstoi se percató, a los cuarenta y un años, de que era un ser mortal. En general, solemos llegar a esa conclusión mucho antes, pero es bueno advertir que en algunos asuntos nuestro escritor no era precisamente un lince. Ahí reside el encanto de algunos escritores excelentes, en sus asombrosas limitaciones. ¿Sabéis que Proust no sabía que Dostoyevski había escrito Los hermanos Karamazov? Es casi imposible no saberlo, pero siempre hay excepciones admirables, que nos dejan boquiabiertos. Nos hallamos ya en el segundo período de la vida de Tolstoi, el del descubrimiento de la muerte...

         -Supongo que fue el año en que buscó el amparo filosófico de Schopenhauer... -comentó Paul.

         -Exactamente. Cuando te asusta la muerte resulta conveniente el consejo de un gran demoledor. Te vuelves más nihilista, pero también más valiente. Cuatro años después comienza a escribir Ana Karenina. Tras publicarla, empieza a detestar toda su obra anterior, con ese desprecio inconmensurable, aterrador, que solo sienten a veces los grandes autores. ¿Y si toda su vida hubiese sido una equivocación? Estoy hablando del momento en el que la culpa adquiere en él dimensiones absolutas, y absolutamente abstractas, que lo abarcan todo, su vida y la del universo. Un proceso de conversión y demolición que lo conducirá hasta Resurrección, que como bien sabéis vio la luz en 1899. Diez años después, el gran León morirá, como su heroína fundamental, en una estación. El padre de Tolstoi, había muerto también fuera de casa, en plena calle, y fuera de casa había muerto Anna Karenina, la misma que pensaba que “todos hemos sido creados para sufrir; que todos solemos inventamos medios para engañarnos a nosotros mismos. Y cuando vemos la verdad no sabemos qué hacer”. ¿Recordáis dónde tuvo Ana esos pensamientos? -preguntó Sergey.

         -En el último tren al que se subió en su vida -respondió enseguida Paul-, en el tren que la llevaba a la estación de la muerte.

         -Efectivamente. Y ahora viene la gran primicia, muchachos... Mi padre, Dimitri Ulanov, era el jefe de la remota estación en la que acabaron los días de Tolstoi. Él lo vio sentado en un banco de un gélido andén de la estación de Astapovo. Mi padre me contaba que Tolstoi hablaba con el fantasma de Ana Karenina. Tolstoi comprendía la desesperación de Ana, su último viaje, la decisión final cuando ve a lo lejos el tren mercancías que acabará con su vida. Mi padre temió que Tolstoi pudiese hacer lo mismo que su heroína, y corrió hasta su despacho en busca de ayuda. Entre dos hombres lo trasportaron hasta un cuarto de la estación, donde murió no mucho después. Mi padre llegó a casa llorando y nos contó lo ocurrido. Yo acababa de cumplir diez años, y desde entonces soy un devoto de Tolstoi, ese gran explorador de la vida y de la muerte, ese gran explorador de la culpa: la primera y la última dimensión del alma partida.

         Tras el torrente de palabras, Sergey se calló y nos miró con sus ojos dolientes y vivos. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que nos hallábamos ante un hombre absolutamente emocionante y conmovedor, y agradecí a Paul que me hubiese llevado hasta su casa. Tan solo un año después, Sergei moría en la estación de Saint-Lazare. Al parecer lo habían echado de su querida buhardilla en pleno invierno y anduvo varios días perdido por París, falto de razón y de abrigo. Murió sin dolor, como dicen que les ocurre a los que mueren de frío.

[Publicado el 04/10/2020 a las 09:55]

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El terror del pobre Tarzán ante el espejo

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“En las tierras altas que frecuentaba su tribu de monos, había un pequeño lago y en sus tranquilas y claras aguas, Tarzán vio por primera vez su rostro. Fue un caluroso día de la estación seca, cuando él y uno de los monos fueron a beber. Al inclinarse las dos pequeñas caras se reflejaron en la quieta superficie; las fieras facciones del mono al lado de los aristocráticos rasgos del noble inglés.

          Tarzán quedó anonadado. Ya era desgracia suficiente carecer de pelo, y ahora resulta que tenía aquella apariencia… ¿Cómo era posible que los otros monos no lo despreciaran?

            Aquella delgada abertura en la boca y aquellos pequeños y blancos dientes, ¡qué ridículos resultaban comparados con las hermosas narices aplastadas de sus compañeros que casi les ocupaban toda la cara! ¡Qué envidia!, pensó el pobre Tarzán.

         Pero lo que más le afectó fueron sus ojos: un puntito negro rodeado de un círculo gris y después todo blanco. ¡Horrible! Ni siquiera las serpientes tenían unos ojos tan repugnantes.

         Tan inmerso estaba en la contemplación de sus facciones que no oyó separarse las altas hierbas movidas por el avance de un cuerpo; su compañero tampoco oyó nada porque estaba bebiendo, y sus sorbos y gruñidos de satisfacción apagaban el ligero rumor del silencioso intruso.

       A unos treinta pasos de ellos, Sabor, la gran leona, se acercaba agazapada, adelantando una pata y apoyándola sigilosamente en el suelo antes de mover la otra…,  preparándose para saltar sobre su presa.”

 

 Pocas veces se ha descrito con tanta gracia y tanto acierto la fase del espejo en un buen salvaje como en la novela de Edgar Rice Burroughs Tar­zán de los monos. La utiliza­remos como base para ahondar en el estadio más deter­minante de la infancia: la construcción de autorretrato.

 

Entendemos por autorretrato el retrato interior que vamos haciendo de nosotros mismos a lo largo de la vida, sin el cual no tendría puntos de apoyo nuestra individualidad y ni siquiera podríamos movernos por el mundo. También podemos llamarlo “la imagen interior”.

 

Para abordar el problema de esta imagen interior que irá unida a nuestro nombre, conviene analizar el fragmento de Tarzán de los monos que acabamos de presentar. En la sección dedicada al código Pigmalión hablábamos del nombre propio, esa palabra de las palabras que llega a nosotros en la más profunda infancia. Y bien, tras la revelación del nombre, viene la revelación de nuestra propia imagen, que Tarzán tuvo tan tardíamente y que tan cara le salió a Narciso.

 

Como vemos, no solo para el embelesado Narciso fue peligroso mirarse en el espejo, también la conflictiva contemplación de Tarzán, que a diferencia de Narciso está muy lejos de gustarse, acarrea sus peligros, como si los mitos nos estuviesen diciendo que contemplarnos demasiado puede ser arriesgado.

 

Detengámonos en la escena de Tarzán. ¿Por qué no se gusta? Por una razón bien simple: lo que está viendo no coincide ni con la idea ni con la imagen que tiene de sí mismo. Pero antes convendría preguntase por qué Tarzán sabe que ese mono blanco reflejado en el agua del lago es él. Sólo puede saberlo por un elemental proceso de deducción. Tarzán sabe cómo son los monos con los que vive, los ha visto a su alrededor desde que era un lactante, y ahora va con uno de ellos. Es de suponer que lo primero que ve al mirar el agua es al otro mono, porque a ese otro mono sí que puede identificarlo inmediatamente, de hecho según el narrador de la novela es uno de sus “primos”. Si el mono reflejado en el agua es su primo, y su primo se halla junto a él, lo lógico es que Tarzán piense que el mono blanco que se refleja junto al mono negro tiene que ser él. De esa manera, el mono negro le sirve de puente para poder reconocerse ante el espejo, y también para poder asombrarse y lamentarse de todas sus imperfecciones.

 

 La escena de Tarzán ilustra como pocas el problema de la imagen mental que tenemos de nosotros mismos, y que rara vez coincide con la que vemos en el espejo y con la que ven los demás. Imagen que en los peores y más conflictivos casos no deja de ser un estereotipo en franca contradicción con el principio de individualidad.

 

Tarzán lleva en su mente una imagen de sí mismo no demasiado diferente a la de los otros monos con los que vive, si bien de piel blanca y sin pelo, y cabe pensar que en su espejo interior se ve con la boca grande, la nariz ancha, los ojos negros o castaños… Pero, de pronto, he aquí que se ve con la boca pequeña, los dientes mínimos, y los ojos grises y reptílicos, parecidos a los de algunas serpientes. Es entonces cuando “el pobre Tarzán”, como lo designa compasívamente el narrador, se pregunta cómo, con semejante aspecto, los otros monos de la tribu lo han podido aceptar.

 

A Lacan le asombra que el ser humano reconozca su propia imagen en el espejo antes de entrar en el universo del lenguaje y antes de poder expresarse verbalmente, pero ¿es realmente asombroso o tiene una explicación? Según Baldwin, invocado por Lacan, nos reconocemos ante el espejo a partir de los seis meses. En plena lactancia, cuando aún no sabemos andar y ni siquiera sostenernos de pie, ya festejamos el descubrimiento de nuestro reflejo en un cristal. Y digo festejamos porque, como el sabido, el niño expresa júbilo al descubrir su imagen especular, cosa que, con toda evidencia, no le ocurre a Tarzán, que se ha criado entre monos poco habituados a usar espejos para atusarse y para identificarse a sí mismos.

 

Detengámonos un instante en este fenómeno tan curioso: antes de entrar en el universo del lenguaje, antes de entrar en su sistema de significados, valores y razones, ya nos reconocemos en una imagen. Lo que equivale a decir que ese icono aparece como flotando en la más pura irracionalidad y es anterior a los mecanismos que nos permiten razonar. Es, por decirlo de algún modo, anterior al mundo o a nuestra percepción del mundo. Anterior a todo, por eso cierto psicoanálisis la llama matriz, “matriz simbólica en la que el yo se precipita en una forma primordial” antes de que sepamos decir yo.

 

 Ahora bien, ¿por qué el niño se reconoce ante el espejo de forma tan temprana? ¿Qué mecanismo sigue para aceptar que esa imagen que ve ante él es la suya? Hemos de pensar que se dispara en él el mismo mecanismo que en Tarzán: la deducción elemental que quizá funciona con igual solvencia en nosotros y en el mundo animal.

 

Hagámonos una pregunta: antes de reconocer su propia imagen, ¿el niño es capaz de identificar, de singularizar, alguna cara? Evidentemente sí, pues  para entonces el niño puede identificar las caras de sus padres y otros familiares, y muy especialmente la de su madre: esa cara la identifica perfectamente, es la gran cara, la gran referencia.

 

Hemos de suponer que cuando el niño descubre por primera vez su imagen especular se halla junto a su madre, de la misma manera que Tarzán se halla junto a uno de los monos de su tribu. Situado con su madre ante el espejo, lo primero que el niño ve es la cara de su madre, que reconoce desde hace tiempo. Su madre está junto a él, su madre le está tocando, como la madre del reflejo toca al niño del reflejo: ergo el niño del reflejo es también él, como la madre del reflejo es también su madre.

 

Este hecho tiene una importancia capital pues nos obliga a pensar que la imagen de nuestra madre es el puente que nos conduce a nuestra propia imagen, lo que equivale a decir que llegamos a reconocer nuestra imagen ante el espejo gracias a la mediación de la mujer que está junto a nosotros, y que nos sirve de referencia fundamental para descubrir nuestro icono como a Tarzán le sirve de referencia fundamental el mono que está junto a él, no tan diferente, hemos de suponer, al mono hembra que lo ha amamantado y cuidado como a su propio hijo.

 

Las primeras imágenes que nos ofrece el espejo se van a grabar en nuestra mente, conformando el origen de nuestra imagen interior o nuestro autorretrato íntimo (que iremos modificando a lo largo de la vida). Un autorretrato que nunca va a dejar de ser problemático, pues comenzamos a elaborarlo antes de acceder a toda forma de racionalización. Justamente por eso va a ser siempre algo muy difícil de controlar y, en consecuencia, muy difícil de racionalizar.

 

Desde nuestro cielo y nuestro infierno personales, nuestra imagen nunca va a dejar de oscilar y de inquietarnos. 

-La posesión de la vida-

[Publicado el 24/9/2020 a las 09:45]

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El invitado amargo

imagen descriptiva

El invitado amargo es la mejor novela dual que he leído en mi vida. Yo la veo como una morada filosófica que da cabida a todos los entresijos, convergencias, divergencias, rechazos y deseos que puede albergar una relación filogriega, donde la amistad y el amor conforman una unidad dialéctica parecida la que soñaba Platón para toda relación entre amigos.


Pensaba el filósofo ateniense que la amistad y el amor tenían que ser alianzas emocionales para llegar a una verdad común, por encima incluso de la complicidad en los deleites de la carne y en las asechanzas del deseo.


La novela El invitado amargo de Vicente Molina Foix y Luis Cremades es para mí la materialización más poderosa y esclarecedora de ese hermoso proyecto platónico, pues a través de su relato dual, donde cada autor va tejiendo sus capítulos de forma alterna, se va construyendo una sorprendente verdad común (la novela en sí), en la que se mantiene el suspense que poseyó a los autores y que pasa directamente al lector, pues ha de advertirse que Vicente y Luis fueron escribiendo la novela como una sucesión de “epístolas” donde el capítulo de Vicente era respondido por el de Luis, y el de Luis por el de Vicente.


Ninguna de los dos sabía de antemano lo que iba a escribir el otro, por eso el libro se convierte en una exploración del ser de cada uno y en un desentrañamiento del papel que representaron en el tejido amoroso que los conjugó y que en cierto modo los hermanó para siempre.


Huelga decir que la narración versa sobre la relación amorosa que ambos mantuvieron, y está tan bien configurada y tan honestamente tramada, que no tiene precedentes en nuestra literatura, o al menos yo no los he encontrado.


El libro apareció hace seis años, pero da lo mismo. No aborda un problema coyuntural, aborda un problema eterno: el amor, sus delicias, sus dolencias, sus idas y venidas, su dialéctica íntima, regeneradora y devastadora. Todo arde según medida, y según medida se apaga, decía Heráclito, pero el recuerdo de las llamas dura mucho más que la combustión y la fiebre, y se instala en la memoria para siempre.

[Publicado el 19/9/2020 a las 09:54]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Estudios Superiores de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), Doctor Zibelius (Premio Ciudad de Logroño), Nieve y neón, Radical blonde (Premio Juan March de no novela corta), y Las abismales (Premio café Gijón). También es el autor de los poemarios Río Amarillo y Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola), y de los ensayos Las experiencias del deseo. Eros y misos (Premio Anagrama) y La posesión de la vida, de reciente aparición.
Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País, en Claves de Razón Práctica y en National Geographic.
Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino.

 

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