PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 23 de febrero de 2020

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

Vacuidad, precariedad, estructuras ausentes

imagen descriptiva

En esta época de narcisismos extremos se está produciendo una gran paradoja, pues se trata de un narcisismo sin cimientos, sin sustento, sin fundamento real, ya que la individualidad ha desaparecido y ha sido sustituida por un montón de imágenes rotas.


Ahora mismo llamamos individualidad a una argamasa tosca de lugares comunes, palabras huecas y precariedad existencial.


Ahora mismo llamamos individualidad a un recipiente vacío.


Algo parecido ocurre con la sociedad y con las organizaciones políticas que pretenden gobernarla, haciendo creer que pueden hacerlo y omitiendo una verdad clamorosa: que el poder está ya en otra parte, que los estados se desvanecen, y que por encima de ellos crece una hidra que los ahoga y los convierte en estructuras ausentes.

[Publicado el 18/1/2020 a las 12:11]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La verdad

imagen descriptiva

Cuando escribió De Profundis, Wilde ya no tenía nada que perder, como ya no tenía nada que perder Fitzgerald cuando escribió The Crack-Up. No se arrojaron a un abismo, se arrojaron sencillamente a la verdad. Y en algún sentido llegaron a esa línea boreal a partir de la cual cesa la obra. Qué vértigo y qué valor. Por eso hemos de agradecer textos tan verdaderos, hechos de estremecedora razón, de conciencia y de dolor, y que justamente por eso se sitúan más allá de la literatura, y desde luego más allá, mucho más allá, del sentimiento de aflicción que parecen transmitir.

 

 

No hablan de una patología, hablan de la materia real que constituyó sus vidas.


Solo pretendían decir la verdad, y en ese momento de sus existencia llegaron a la conclusión de que la verdad, además de ser un asunto colectivo, es un asunto personal, que halla en la individualidad su fundamento material.


No nos programan para decir la verdad. Desde el primer sollozo de la cuna estamos programados para mentir. Evadir ese destino es una heroicidad.


[Publicado el 16/12/2019 a las 10:16]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La violencia humana (II)

imagen descriptiva

 

¿Está triunfando la glorificación de la violencia que planea por toda la obra del marqués de Sade?, cabe preguntarse. No son pocos los que tienden a pensar que el binomio víctima/verdugo está presente en la naturaleza. Los reportajes televisivos sobre la vida salvaje abusan de las secuencias en las que un animal parece hacer de víctima y otro de verdugo, pero la etología moderna ha demostrado que es una falacia atribuirle a los animales tendencias humanas. A menudo esos reportajes, muchos de ellos americanos, solo sirven para justificar la despiadada violencia humana; pero como dicen los etólogos, los animales economizan mucho la violencia, solo matan para alimentarse y lo hacen siempre de forma efectiva y rápida.

 

La violencia barroca, exhaustiva y sádica es una invención humana: es nuestra enfermedad. Hablar de víctimas y verdugos en el reino animal es caer en el antropomorfismo más falaz. Ese antropomorfismo se ve ya muy claro en el poema de Sade La verdad, donde atribuye a la naturaleza la misma violencia desmedida que vemos en sus novelas y en sus panfletos.

 

Konrad Lorenz, padre de la etología moderna, vio con claridad meridiana dos clases de violencia: la animal, ajustada y austera como ya dijimos, y la humana, sobre la vque no podemos decir lo mismo, ya que en muchos casos no aspira a generar miedo, aspira a generar terror, que sería el miedo elevado a la enésima potencia. El miedo puede producir agitación, temblor, aceleración de los pies y el corazón, pero el terror paraliza y nos deja sin voz.

 

El terror es la abolición de la palabra.

 

 

 


[Publicado el 02/11/2019 a las 11:07]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La violencia humana (1)

imagen descriptiva

Spike Lee dice que Estados Unidos “glorifica la violencia”. No es ninguna novedad, la glorificó en el Far West y en su lucha contra los indios y contra los búfalos, y la glorificó más tarde a través del cine.


Es rara la película americana que no banaliza la violencia. En casi todas las películas de espías o de serie negra la muerte campea a su anchas: es el fasto barroco de la aniquilación.


Una de las características del cine americano de acción es que la muerte no trae consecuencias de ninguna clase. El protagonista va en su coche, dispara a diestro y siniestro, mata a un individuo en cada esquina, y luego se va a su casa como si no hubiese pasado nada y se toma un zumo de naranja. La narración no explica qué pasa con esos muertos que han quedado en la cuneta: la narración omite toda explicación al respecto, y la culpa brilla por su ausencia.


El otro día estuve viendo la Trilogía de Bourne, y aún siendo bastante aceptable, uno se cansa de tanta muerte y tantas persecuciones en coche, algunas de ellas totalmente rocambolescas e inverosímiles. Al final de la tercera película los dos protagonistas toman copas en un barco que se desliza por aguas tropicales. De los muertos que han dejado atrás nada sabemos, como nada sabemos de todos los asesinatos perpetrados por sus enemigos de la CIA.


Se trata de películas llenas de flecos sueltos en su bien tejida y bien destejida narración, y donde la muerte alcanza una trivialidad absolutamente malsana, a la que ya nos hemos acostumbrado. Su ideología ya la conocemos: matar es un asunto tan expeditivo como trivial.


En una novela negra puede haber muertos, pero es exigible (al menos para mí) seguir a esos muertos hasta el final, hasta su mismo entierro, y ver el efecto que su muerte produce en sus seres más queridos. Son exigencias de la narración y de la más elemental psicología.


Y si hablamos de películas y de novelas, mejor olvidarse de los videojuegos, donde la trivialización del mal llega al paroxismo y el jugador ha de matar a la máxima velocidad posible. Por ahí van los deseos de la modernidad, y los deseos aspiran a encarnarse. No es de extrañar que América sea el país de los asesinos solitarios que asaltan cines y colegios como si fuesen los protagonistas de las películas que entretienen sus noches y sus días.

 

Françoise Sagan se ocupó una vez de uno de esos asesinos, si bien en Europa: Landru, y lo que dijo de él resulta inquietante: “Landru fue un asesino trivial si lo comparamos con los generales que enviaban a miles y miles de muchachos a Verdún”. Alguien dirá que eso es otra historia. Françoise Sagan creía que no.

 

 


[Publicado el 14/10/2019 a las 11:51]

[Enlace permanente]

Compartir:

El despertar

imagen descriptiva

El despertar, el verdadero despertar, es misterioso e inocente, y si bien se va produciendo de forma gradual, se nota de repente.


No es un hecho que puedas demostrar, pues se lleva a cabo en las regiones más oscuras del alma, pero tampoco es una ficción de la mente.


Se trata simplemente de un estado general que propicia una nueva mirada sobre la vida y sobre la muerte.


(No hablamos de Platón, hablamos de Freud, aunque los dos convergen en este punto esencial).

[Publicado el 21/9/2019 a las 10:47]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Narciso huyendo de sí mismo en la noche oscura del cuerpo

imagen descriptiva

Salinger furioso

Desde que tuve noticia de Salinger, tendí a ver su actitud desde el ángulo del narcisismo por exclusión…


y por aniquilación.


Yukio Mishima se suicidó por narcisismo: no quería ver en sí mismo lo que ya había visto en su última novela: El deterioro del ángel. Quería que la muerte lo llevase con su belleza casi intacta y a la vez a punto de desmoronarse.


Greta Garbo sin embargo eligió el narcisismo de la exclusión, como Salinger, y a partir de un determinado momento, cuando todo era glorioso en ella y al mismo tiempo estaba ya muy próximo el atardecer de su belleza “griega”, se convirtió en la mujer sin nombre, en la mujer errante y sin cara.


Huía de las cámaras, pero las cámaras la retrataban continuamente, a veces en situaciones muy penosas, como a Salinger.


Ese no querer verse en el espejo de los demás, en el espejo público, parece aterradoramente vinculado al narcisismo agudo. Estás obligando a los demás a que te busquen hasta el fin del mundo, y lo justificas diciendo que sólo quieres una vida retirada.


Resulta sorprendente: lo único que consiguen esos narcisistas extremos y a menudo entrañables es que alguien esté siempre narrando sus pasos clandestinos. Protagonizan la novela de un individuo que huye de sí mismo, y de su espejo en los otros, hasta el agotamiento total, hasta quedarse sin carne y sangre.


Es el problema de no querer aceptar que el mundo es un juego de espejos del que todos formamos parte.


[Publicado el 29/8/2019 a las 11:52]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Paraísos perdidos

imagen descriptiva

Maurois decía que los únicos paraísos verdaderos son los perdidos, en cambio Proust pensaba que los únicos paraísos verdaderos son los que nunca han existido.

 

¿A quién darle la razón?

 

El mito de paraíso es tan insistente como engañoso. Los que convierten la infancia en un paraíso perdido están llevando a cabo una falsificación. Omiten las fieras que nos desgarran en la jungla de la infancia. Convierten la selva infantil en un vergel doméstico y muy propicio para la ensoñación. Ignoran que la memoria es una narradora inmensamente traidora y mendaz. Basta con recordar un hecho de la vida con un amigo que también lo vivió para comprobar que lo diferentes que son las dos narraciones.

 

La memoria, más que fabricar paraísos perdidos, elabora paraísos que nunca han existido. Conclusión: Proust tenía más razón que Maurois.



[Publicado el 19/8/2019 a las 12:12]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La extraña y discreta historia de Sévérine

imagen descriptiva

 

Esa gélida mujer de la gélida burguesía francesa que camina nerviosa, indecisa, por el barrio de la Ópera, se llama Sévérine, y acaba de llegar a la calleja donde se halla la casa de Anaïs.

Sévérine se fija en una mujer que cruza la acera y que entra en el portal que ella busca. Le gustaría seguirla, pero aún no se atreve, y corre a ver a su marido. Quiere agarrarse a él, ¿podrá hacerlo todavía?

Su marido es guapo y la desea, pero ella necesita algo más que el amor conyugal: un narcótico bien fuerte que le facilite el olvido de sí misma y le anule la mirada de desdén y desgana que tiene hacia los demás, el aire de ausencia casi «hamletiana». De ahí que se acueste con un hombre esa misma tarde en casa de Anaïs, como si viera en ese proceder una vía de purificación, así como el camino de imperfección que la despierte y la libre de su gelidez. 

Sévérine, que en casa de Anaïs se llamará Belle de jour, está entrando ya en la tribu de hombres y mujeres que necesitan una realidad más contrastada, más partida, más clara y más oscura. ¿Una realidad menos sutil?, me pregunto al imaginarla en ropa interior con algún impresentable. No lo sé, me respondo al recapacitar en la correcta manera de escenificar la existencia que tiene Sévérine. Porque ella es siempre correcta, también en los momentos en que el desencadenamiento de las pulsiones impide toda corrección. Y eso, ¿no la convertirá por casualidad en una mujer abusivamente civilizada? Tan civilizada resulta y tan compasiva que hasta llega a enamorarse de un pobre ratero de calcetines rotos y dentadura rota, que parece algo así como su hermano pequeño, y con el que establecerá lazos tan incestuosos como sadomasoquistas. Un encanto de pareja: la mujer instalada y la sanguijuela de acera: todo un amour fou.

¿No dijo alguien que los que hacen del infierno un cielo están más cerca de la mente de Dios? Quizá debido a ello Sévérine representa una especie de Afrodita pensativa, y todo su viaje tiene el aire de una experiencia interior, como diría Bataille. Un viaje que acaba mostrando su naturaleza positiva. Y es que en casa de Anaïs, la adormecida sensualidad de Sévérine se despierta y, una noche, decide introducirse en la cama de su marido, al que casi nunca había deseado hasta entonces. Una modificación sin precedentes se lleva a cabo en su cuerpo y en su conciencia: una revolución en su piel de porcelana de Sèvres. Gracias a sus aventuras secretas, Sévérine conseguirá, por un día, por una noche, mirar a su marido con ojos nuevos. ¿No es para alegrarse?

Los que, guiados por Buñuel, hayan tenido el privilegio de saber cómo sueña y cómo ama Belle de jour, no debieran de precipitarse nunca a la hora de enjuiciar sus ceremonias clandestinas en casa de Anaïs. En rigor, esa rubia casada con un médico es la quintaesencia de la cultura. Por eso no hace daño a nadie, ni siquiera a su marido; y por eso, en lugar de agredir a los otros, establece con ellos juegos mucho menos monstruosos de lo que parecen: juegos de salón llenos de inhibiciones sublimadas que, por efecto de cierta alquimia del deseo, se convierten en exhibiciones teatrales de la fractura del yo.

Dicho de otra manera: Belle de jour es una mujer con tanta clase que en lugar de practicar la violencia la ritualiza, y al ritualizarla la neutraliza completamente. De ahí que en todas sus ensoñaciones las agresiones aparezcan tan teatralizadas: son pura comedia, quizá comedia de la crueldad, pero comedia a fin de cuentas. 

Y ahora no estaría mal recordar ciertas especies animales como las ocas que, porque saben ritualizar la violencia, en vez de tener guerras tienen escaramuzas. Pero semejante «teatralización» es siempre el resultado de un largo proceso de inhibición y socialización. Lo que en el origen fueron golpes mortales se van convirtiendo, con el paso del tiempo, en simples gestos, que en lugar de expeler violencia bruta la representan ritualmente, la simulan, la convierten en un lenguaje, la transmutan en signos.

Sévérine, mujer hipercivilizada, no necesita leer a Lorenz para llegar a esa ciencia de la naturaleza, y cabe pensar que es ahí donde más choca con su marido, mucho menos inclinado a semejantes rituales; pero es que él es cirujano, y los cirujanos ejercen explícita y científicamente la violencia todos los días. Sévérine, sin embargo, ni la ejerce ni la muestra. Por eso la ritualiza con esa discreción y esa elegancia, y por eso todo en ella tiene el aire de un íntimo, desconcertante, y sólo a veces peligroso teatro de la crueldad modulada.



 

 

 

[Publicado el 25/7/2019 a las 12:37]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

El arte abyecto de lo insustancial

imagen descriptiva

 

"No es cierto que todo sea incierto", decía Pascal. Sí, salvo en política, que utiliza lo incierto como estrategia, como dialéctica, como excusa, como basura ideológica, y de paso también la incertidumbre.

 

No hay discurso más borroso que el político, ni más lleno de lugares comunes y de estereotipos proyectados en la nada.

 

En política el lenguaje ni siquiera cumple su función más básica, comunicar los más elemental. Ni lo elemental ni lo complejo. Tan solo una retahíla de ideas desgastadas. El arte abyecto de lo insustancial.

 

[Publicado el 14/7/2019 a las 09:57]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La asombrosa vida privada de Chen Ran

imagen descriptiva

Las novelas clásicas chinas son envolventes, derivativas, llenas de afluentes inesperados, de recovecos extraños, pero sin perder nunca el flujo central, que avanza pausadamente arrastrando con él ingentes conglomeraciones de materia deslumbrante y cegadora, que al final desemboca en un mar de sentido y sinsentido, dejando al lector con la impresión de haberse sumergido en un sueño tan grande como el mundo.


Chen Ran recupera esa tradición desbordante y la funde y la confunde con influencias muy directas de la cultura occidental: Kafka, Nietzsche, el surrealismo, el existencialismo, la posmodernidad con todo su eclecticismo, la transexualidad, el más allá de los géneros, los sexos, las oposiciones, las contradicciones, las combustiones derivadas de todas las combinaciones del yin y del yang, configurando una narratividad de una riqueza que me atrevería a calificar de avasalladora.

 

Empezaré anunciando que se trata de una narración donde el fluido verbal avanza como un enorme reptil, serpenteante y contradictorio, que mueve la cabeza hacia un lado y hacia otro, agotando los instantes, llenándolos de contenido existencial y emocional, despojándolos de falsedad, de antifaces y de máscaras, desnudando la realidad con precisión demoníaca y destruyendo las fronteras entre los opuestos, aparentemente irreconciliables, que gobiernan el mundo.

 

La narradora comienza abordando su infancia, en “la tierra salvaje del hogar”, describiéndonos una niña problemática que a decir verdad es un pozo de ciencia en el que se mezclan a partes iguales la comicidad y la tragedia.

 

Hay que advertir que ya en la parte inicial del relato empiezan a emerger los leitmotivs en torno a los cuales se va a hilvanar todo el texto, como si de una obra musical se tratase. Y son justamente los leitmotivs los que le van a dar unidad al relato y van a permitir una escritura fragmentaria y al mismo tiempo compacta, que continuamente regresa a la fuente original: el yo partido y abolido, que se extingue una y otra vez, y una y otra vez emerge desde el fondo de su propia destrucción.


Algunos de estos leitmotivs son de naturaleza atmosférica, otros de naturaleza familiar, otros de naturaleza existencial. De esa marera se van alternando los temas de la lluvia, la niebla, el grito aniquilador del padre, el sufrimiento de la madre, las afrentas familiares, la enfermedad, el sexo homosexual y heterosexual, la ambigüedad del ser, la sed de vivir y de morir, los espejos, los estremecimientos, la locura, la ternura, la crueldad, la oscuridad, el silencio y la soledad.


Asombra como la realidad y las visiones subjetivas de la narradora van conformando un mismo espacio literario, un mismo organismo poroso en el que todo se filtra: el dolor personal y el dolor colectivo, la noche individual y las atrocidades sociales que han definido la China contemporánea, donde van a sobresalir dos momentos cardinales: la Revolución Cultural y los disturbios de Tiananmen.


En esta novela la sangre colectiva infecta las heridas personales, haciendo aún más trágica la soledad, soberana espectral que preside el oscilante reino de la niebla, el aislamiento, el desenfreno mental y la locura. Desde la visión poliédrica y tentacular de la narradora, la novela se convierte en una dimensión sin lindes, donde ni alcanzamos a ver las fronteras del ser, ni alcanzamos a ver las fronteras del universo que se agranda a su alrededor y que estalla a veces con una violencia demencial, arrastrando a lector a un ámbito sin fronteras definidas y convirtiendo la lectura en toda una experiencia sobre los límites del mudo y los límites del yo.


[Publicado el 26/6/2019 a las 11:16]

[Etiquetas: Narrativa china]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

 

 

Las abismales. Premio de novela Café Gijón (Siruela, 2019)

 

 

 

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

Vídeos asociados

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2020 | Fundación Formentor | Barceló Torre de Madrid. Plaza de España, 18 28008 Madrid (España) | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres