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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 28 de marzo de 2020

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

2020. Diario del confinamiento (3) Prepárense

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Leo en la prensa francesa que se multiplican los ciberataques a los hospitales y centros de salud y que algunos escritores se dedican a reírse de los más desdichados, a la vez que exhiben el más lamentable narcisismo. Supongo que estos momentos sacan lo mejor y lo peor de nosotros mismos.


Leo en la prensa italiana que el alcalde de Messina, Cateno de Luca, recorre la ciudad en automóvil mientras clama sirviéndose de un megáfono: “¡Te ordeno no salir de casa!”


Leo en la prensa canadiense que las farmacias inflan el precio de los medicamentos y que algunos establecimientos niegan el paso a personas de más de setenta años.


Leo en la prensa portuguesa que desde Italia llega un mensaje: “Prepárense.”


Leo la prensa americana. En un alarde metafísico, un periódico afirma que el coronavirus nos está demostrando que el ser humano ni es el centro del mundo, ni es el centro del cosmos.


Cada loco con su tema, cada tema con su loco.

[Publicado el 22/3/2020 a las 09:06]

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2020. Diario del confinamiento (2) Opiniones divergentes

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(20/3/20)

Gracias a mi amigo Juan, descubro que llegan desde Italia voces sorprendentes. El prestigioso filósofo Giorgio Agamben, seguidor de Foucault y de Derrida, considera en un manifesto que el coronavirus es una epidemia inventada, que busca someter a la población y mantenerla en un régimen carcelario como los que denunciaba Foucault.


A esta hipótesis conspiracionista, Cristian Fuschetto responde:

La alarma por la propagación de un virus considerado peligroso por científicos, médicos, investigadores y sistemas de salud en todo el mundo es un escenario frente al cual la idea misma de una epidemia inventada, como ha hecho Giorgio Agamben, solo puede abrirse paso en un imaginario ansioso por encontrar la confirmación de hipótesis extremas de biopoder y, en última instancia, no científicas.


Por su parte Luca Paltrinieri decreta, tras leer el texto de Agamben, que la pandemia que estamos padeciendo representa, probablemente, el fin de la libertad, el fin de la economía, y el fin de Agamben por haber proclamado tantas insensateces en su manifesto, con lo cual Luca Paltrinieri mata tres pájaros de un tiro, si bien no sale ileso de la prueba, pues su artículo es, por un lado demasiado apocalíptico, y por otro demasiado idealista al postular el fin de cierta idea de la libertad (la derivada del liberalismo), el fin del crecimiento económico y el fin de la propiedad individual. Esto me suena, dicho sea sin ironía. El hecho de que nos ocurran cosas nuevas, no implica que aparezca la novedad en nuestro pensamiento, y en determinados momentos, es fácil confundir los deseos personales con los procesos colectivos, sobre todo si tienes temperamento mesiánico. En estos casos, siempre me pregunto si lo que está haciendo el pensador es un análisis de la realidad o simplemente está desvelando sus anhelos.


Todas las crisis estimulan nuestro lado profético.


Y mientras los intelectuales discuten, un médico de la comitiva china dice que en Lombardía no se están haciendo bien las cosas, que hay gente en los restaurantes y que ve el trasporte público muy activo y con demasiados viajeros. Casi al mismo tiempo, un dron descubre una fiesta alegre y bulliciosa en una terraza de Cerdeña.

[Publicado el 20/3/2020 a las 09:30]

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2020. Diario del confinamiento (1) Enfermera, dinosaurio, coro

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(19/3/20)

 

Una enfermera de 49 años se ha suicidado arrojándose al Piave, en Cortellazzo (Venecia). La mujer trabajaba en el hospital Jesolo, que se había convertido en una instalación campestre para la lucha contra el virus. La enfermera, que vivía sola, había estado en casa los dos últimos días porque tenía fiebre.

 

Al parecer ella misma se había ofrecido para trabajar en la sección de enfermedades infecciosas y su muerte ha provocado el dolor y el desconcierto entre todos sus compañeros de la residencia.

 

La noticia me recuerda más de un fragmento de El años de la peste, de Daniel Defoe, donde refiere una muerte parecida, y me proyecta en una página terrible del libro sobre el suicidio de Durkheim, donde habla de una mujer que, como la enfermera de Venecia, buscó la muerte por hidrofusión.

 

Una amiga me telefonea desde Italia, su voz me desorienta, contribuye a que el cuerpo de la enfermera se disuelva en el agua de mis ensoñaciones, se acerque, se aleje, se pierda en la distancia. La veo fundirse con el río y olvidarse de su fiebre, mientras las consignas, las órdenes, las contradicciones y las sandeces se multiplican en el año de la peste.

 

Miro por la ventana y observo a un hombre disfrazado de dinosaurio, bailando en medio de la calle. Está menos loco que los que nos gobiernan, y que hace unos días se reían de la Parca. Ahora ponen cara de tragedia griega y entre todos forman el coro de las plañideras del Ono y claman desde sus pináculos cuarteados:

 

¡No salgan de sus casas,

 

no se linchen unos a otros, 

 

no se agiten como fieras!

 

¡No provoquen a la madre Naturaleza

 

que es malvada y traicionera!

 

¡No deambulen por las últimas

 

calles de la noche!

 

O tempora, o mores!

 

El aire que llega hasta mi balcón está impregnado de polvo del desierto. La calle se llena de zombis. Escucho el dulce murmullo de los que ya se han ido mientras me tomo un vino de Burdeos, dulzón y granate, como la sangre de un gorrión muerto.

 

Animado por el coro, salgo de mi casa. Da la impresión de que el virus se expande con el aire por las calles de Madrid. Corres el peligro de que te ataque en cualquier momento. Estás perdido.

 

El virus avanza con el viento, con la brisa que sube desde el Manzanares. Tiene hambre de ti. Te ha mirado a los ojos. No te bastará con correr, vas a tener que volar si no quieres que se lance directamente a tu yugular. Es el ubicuo, el invisible, el oscuro, el inmundo, el exterminador. Mucho peor que un vampiro.

 

Avanzo a trompicones por lugares que de pronto me resultan desconocidos, perseguido por un hombre de cara de madera. La noche se adensa, todo es silencio. Qué solos vuelven a quedarse los muertos, enterrados a escondidas, con prisas y sin miramientos, mientras los que frivolizaron con la muerte siguen con su coro griego. Ahora están interpretando una tragedia de Esquilo. Desde mi cuarto les escucho cantar:

 

¡Ah! Salve lucero nocturno:

 

luz que traes un día feliz

 

y fiestas a todo un pueblo por tal triunfo!

 

Seguirán toda la tarde con su cantinela, sin que se les caiga la cara a pedazos. Y enseguida la expandirán los medios comunicación de masas, fieles a su alquimia de transmutar la miseria en espectáculo.

 

(A partir de hoy le regalaré al lector casi todos los días un texto sobre este año de los dislates y los confinamientos, que va a arrastrar con él lo que aún no sabemos).

[Publicado el 19/3/2020 a las 09:35]

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Temblor abisal

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Hombres que asisten desconcertados al despliegue de su propio futuro sin que puedan evitar las tormentas que se avecinan, encuentros que llevan el signo de una fatalidad llena de ironía, fantasmas que tiene más cuerpo que los vivientes, y más anhelos, trenes que surcan la noche del deseo dejando tras ellos el aliento de lo que pudo ser y no fue, civilizaciones flotantes acostumbradas a las alturas, miradas que se cruzan y que ya no pueden despegarse, venganzas que se gestan bajo una estrella maldita, seres que pierden la memoria y seres que la encuentran... Al lector le espera un tejido de sorpresas sucesivas que le conducirán hasta el final de "Temblor abisal", el primer libro de Daniel Martín Sáez de Parayuelo.

 

[Publicado el 11/3/2020 a las 11:42]

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Vacuidad, precariedad, estructuras ausentes

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En esta época de narcisismos extremos se está produciendo una gran paradoja, pues se trata de un narcisismo sin cimientos, sin sustento, sin fundamento real, ya que la individualidad ha desaparecido y ha sido sustituida por un montón de imágenes rotas.


Ahora mismo llamamos individualidad a una argamasa tosca de lugares comunes, palabras huecas y precariedad existencial.


Ahora mismo llamamos individualidad a un recipiente vacío.


Algo parecido ocurre con la sociedad y con las organizaciones políticas que pretenden gobernarla, haciendo creer que pueden hacerlo y omitiendo una verdad clamorosa: que el poder está ya en otra parte, que los estados se desvanecen, y que por encima de ellos crece una hidra que los ahoga y los convierte en estructuras ausentes.

[Publicado el 18/1/2020 a las 11:11]

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La verdad

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Cuando escribió De Profundis, Wilde ya no tenía nada que perder, como ya no tenía nada que perder Fitzgerald cuando escribió The Crack-Up. No se arrojaron a un abismo, se arrojaron sencillamente a la verdad. Y en algún sentido llegaron a esa línea boreal a partir de la cual cesa la obra. Qué vértigo y qué valor. Por eso hemos de agradecer textos tan verdaderos, hechos de estremecedora razón, de conciencia y de dolor, y que justamente por eso se sitúan más allá de la literatura, y desde luego más allá, mucho más allá, del sentimiento de aflicción que parecen transmitir.

 

 

No hablan de una patología, hablan de la materia real que constituyó sus vidas.


Solo pretendían decir la verdad, y en ese momento de sus existencia llegaron a la conclusión de que la verdad, además de ser un asunto colectivo, es un asunto personal, que halla en la individualidad su fundamento material.


No nos programan para decir la verdad. Desde el primer sollozo de la cuna estamos programados para mentir. Evadir ese destino es una heroicidad.


[Publicado el 16/12/2019 a las 09:16]

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La violencia humana (II)

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¿Está triunfando la glorificación de la violencia que planea por toda la obra del marqués de Sade?, cabe preguntarse. No son pocos los que tienden a pensar que el binomio víctima/verdugo está presente en la naturaleza. Los reportajes televisivos sobre la vida salvaje abusan de las secuencias en las que un animal parece hacer de víctima y otro de verdugo, pero la etología moderna ha demostrado que es una falacia atribuirle a los animales tendencias humanas. A menudo esos reportajes, muchos de ellos americanos, solo sirven para justificar la despiadada violencia humana; pero como dicen los etólogos, los animales economizan mucho la violencia, solo matan para alimentarse y lo hacen siempre de forma efectiva y rápida.

 

La violencia barroca, exhaustiva y sádica es una invención humana: es nuestra enfermedad. Hablar de víctimas y verdugos en el reino animal es caer en el antropomorfismo más falaz. Ese antropomorfismo se ve ya muy claro en el poema de Sade La verdad, donde atribuye a la naturaleza la misma violencia desmedida que vemos en sus novelas y en sus panfletos.

 

Konrad Lorenz, padre de la etología moderna, vio con claridad meridiana dos clases de violencia: la animal, ajustada y austera como ya dijimos, y la humana, sobre la vque no podemos decir lo mismo, ya que en muchos casos no aspira a generar miedo, aspira a generar terror, que sería el miedo elevado a la enésima potencia. El miedo puede producir agitación, temblor, aceleración de los pies y el corazón, pero el terror paraliza y nos deja sin voz.

 

El terror es la abolición de la palabra.

 

 

 


[Publicado el 02/11/2019 a las 10:07]

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La violencia humana (1)

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Spike Lee dice que Estados Unidos “glorifica la violencia”. No es ninguna novedad, la glorificó en el Far West y en su lucha contra los indios y contra los búfalos, y la glorificó más tarde a través del cine.


Es rara la película americana que no banaliza la violencia. En casi todas las películas de espías o de serie negra la muerte campea a su anchas: es el fasto barroco de la aniquilación.


Una de las características del cine americano de acción es que la muerte no trae consecuencias de ninguna clase. El protagonista va en su coche, dispara a diestro y siniestro, mata a un individuo en cada esquina, y luego se va a su casa como si no hubiese pasado nada y se toma un zumo de naranja. La narración no explica qué pasa con esos muertos que han quedado en la cuneta: la narración omite toda explicación al respecto, y la culpa brilla por su ausencia.


El otro día estuve viendo la Trilogía de Bourne, y aún siendo bastante aceptable, uno se cansa de tanta muerte y tantas persecuciones en coche, algunas de ellas totalmente rocambolescas e inverosímiles. Al final de la tercera película los dos protagonistas toman copas en un barco que se desliza por aguas tropicales. De los muertos que han dejado atrás nada sabemos, como nada sabemos de todos los asesinatos perpetrados por sus enemigos de la CIA.


Se trata de películas llenas de flecos sueltos en su bien tejida y bien destejida narración, y donde la muerte alcanza una trivialidad absolutamente malsana, a la que ya nos hemos acostumbrado. Su ideología ya la conocemos: matar es un asunto tan expeditivo como trivial.


En una novela negra puede haber muertos, pero es exigible (al menos para mí) seguir a esos muertos hasta el final, hasta su mismo entierro, y ver el efecto que su muerte produce en sus seres más queridos. Son exigencias de la narración y de la más elemental psicología.


Y si hablamos de películas y de novelas, mejor olvidarse de los videojuegos, donde la trivialización del mal llega al paroxismo y el jugador ha de matar a la máxima velocidad posible. Por ahí van los deseos de la modernidad, y los deseos aspiran a encarnarse. No es de extrañar que América sea el país de los asesinos solitarios que asaltan cines y colegios como si fuesen los protagonistas de las películas que entretienen sus noches y sus días.

 

Françoise Sagan se ocupó una vez de uno de esos asesinos, si bien en Europa: Landru, y lo que dijo de él resulta inquietante: “Landru fue un asesino trivial si lo comparamos con los generales que enviaban a miles y miles de muchachos a Verdún”. Alguien dirá que eso es otra historia. Françoise Sagan creía que no.

 

 


[Publicado el 14/10/2019 a las 09:51]

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El despertar

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El despertar, el verdadero despertar, es misterioso e inocente, y si bien se va produciendo de forma gradual, se nota de repente.


No es un hecho que puedas demostrar, pues se lleva a cabo en las regiones más oscuras del alma, pero tampoco es una ficción de la mente.


Se trata simplemente de un estado general que propicia una nueva mirada sobre la vida y sobre la muerte.


(No hablamos de Platón, hablamos de Freud, aunque los dos convergen en este punto esencial).

[Publicado el 21/9/2019 a las 08:47]

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Narciso huyendo de sí mismo en la noche oscura del cuerpo

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Salinger furioso

Desde que tuve noticia de Salinger, tendí a ver su actitud desde el ángulo del narcisismo por exclusión…


y por aniquilación.


Yukio Mishima se suicidó por narcisismo: no quería ver en sí mismo lo que ya había visto en su última novela: El deterioro del ángel. Quería que la muerte lo llevase con su belleza casi intacta y a la vez a punto de desmoronarse.


Greta Garbo sin embargo eligió el narcisismo de la exclusión, como Salinger, y a partir de un determinado momento, cuando todo era glorioso en ella y al mismo tiempo estaba ya muy próximo el atardecer de su belleza “griega”, se convirtió en la mujer sin nombre, en la mujer errante y sin cara.


Huía de las cámaras, pero las cámaras la retrataban continuamente, a veces en situaciones muy penosas, como a Salinger.


Ese no querer verse en el espejo de los demás, en el espejo público, parece aterradoramente vinculado al narcisismo agudo. Estás obligando a los demás a que te busquen hasta el fin del mundo, y lo justificas diciendo que sólo quieres una vida retirada.


Resulta sorprendente: lo único que consiguen esos narcisistas extremos y a menudo entrañables es que alguien esté siempre narrando sus pasos clandestinos. Protagonizan la novela de un individuo que huye de sí mismo, y de su espejo en los otros, hasta el agotamiento total, hasta quedarse sin carne y sangre.


Es el problema de no querer aceptar que el mundo es un juego de espejos del que todos formamos parte.


[Publicado el 29/8/2019 a las 09:52]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

 

 

Las abismales. Premio de novela Café Gijón (Siruela, 2019)

 

 

 

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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