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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 24 de junio de 2018

 Blog de Jesús Ferrero: Cielos e Infiernos

Hemingway y las enfermedades del alma

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Marguerite Duras confiesa en El dolor haberse implicado muy seriamente en algunas torturas durante los primeros días de la Liberación. No me sorprende. ¿Por qué la Duras tenía que ser diferente a los demás en ese preciso momento?

 

Hace tiempo que detesto toda esa mitología acerca de la figura del artista que arrastramos desde el Romanticismo. La escritura es un oficio como otro cualquiera y donde puedes encontrar de todo: imbéciles irredimibles y personas excelentes. Atribuir a los artistas excelencias que les diferencian de los demás es un error, como es un error pensar que esa supuesta excelencia podría hacerlos más imparciales. Naturalmente que hubo muchos escritores implicados en la Guerra Civil española y en la Segunda Guerra Mundial. Unos lo hicieron con la palabra y otros con la palabra y las armas, antes y después de la Liberación. No tenían por qué ser diferentes a los demás en eso, y no lo fueron. Lo que no quiere decir que todos los escritores optaran por apuntarse a la danza de la muerte. Un novelista tan excepcional como Alfred Döblin, autor de la asombrosa novela Berlín Alexanderplatz, prefirió el exilio, en parte porque ya había intervenido en la Primera Guerra Mundial, en la que murió uno de sus hijos, y estaba más que escarmentado de los horrores bélicos. Cuando regresó a Alemania, encontró a muchos viejos nazis regentando las editoriales, que se negaban a publicar su última novela, Hamlet, por considerarla demasiado siniestra y pesimista.

 

Hemingway, que no es mejor novelista de Döblin, tuvo más suerte, y cuando regresó a su país las editoriales y las compañías cinematográficas le abrieron sus puertas llegándole a pagar cifras asombrosas por sus relatos. Antes de eso, el novelista americano había sido compañero de viaje de la izquierda en la Guerra Civil española y compañero de viaje de los soldados americanos en su marcha hacia París. ¿Fue entonces cuando cayó en la tentación? No hay que olvidar que eran tiempos en los que se exigía la aniquilación del otro, como refiere Pemán en un texto de aquel entonces.

 

Una vez más, lo que irrita no es el nivel de implicación que pudieron mantener en la feria del horror algunos escritores, lo que irrita es la omisión de estas informaciones; un empeño muy característico de nuestra cultura: falsificar la narración del pasado llenándola de omisiones interesadas y que únicamente persiguen camuflar la verdad de la condición humana al censurar sus aspectos más negativos, como si con ese procedimiento de carácter puramente mágico consiguiéramos resolver el problema del mal en el hombre, o como si el mal desapareciera por el simple hecho de ocultarlo.

 

Hace unos doce años estalló la noticia de que Hemingway habría fulminado a ciento veintidós hombres en la época de la Liberación. Desconcierta lo elevado de la cifra. No son ni uno ni dos, y es evidente que para acabar con tantos hombres se exige emplearse a fondo. Se trata de un trabajo muy duro y muy serio que quizá sólo se puede ejercer si uno le pone pasión y disfruta de algún modo de tan sofocante labor. Pero ya se sabe, Hemingway era un cazador y pudo muy bien haber caído en la tentación de la cinegética referida al hombre. Bastaba con pensar que tanto el hombre como el búfalo o el león son animales a batir. No hay que descartar sin embargo que todo fuese una fanfarronada tan propia de los cazadores y los pescadores, y tan propia también de Hemingway. Supongamos no obstante que fuese verdad. ¿Es tan asombroso que un escritor con nombre y apellido cayera en esa pasión por la sangre como cayeron muchas otras personas de otros muchos oficios? Una vez más, el problema no está en lo mucho o poco que el escritor se implicó en el ritual de la revancha, el problema es que tardásemos tanto tiempo en saberlo. De ser cierto, se trataría de un dato muy interesante que ilumina la vida y la muerte del autor de Fiesta y Las nieves del Kilimanjaro. Por ejemplo: se entendería mucho mejor por qué su mujer dijo, cuando ya el escritor se había disparado un tiro y yacía en el suelo, que Ernst tenía “cáncer de alma”.

 


 

[Publicado el 18/6/2018 a las 12:30]

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Nueva mirada

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Fofógrafo (Eduardo Cuadrado) Valladolid

La fotografía apareció porque lo estaba pidiendo nuestra mirada. Las ciencias físicas, la biología, las ciencias sociales, la prensa, la burocracia, el sistema mismo del Estado moderno estaban pidiendo la fiabilidad de la instantaneidad de la fotografía: en la época en que aparece puede decirse que era ya una exigencia.


Como otros sistemas de representación, como la misma pintura o como la escritura, la fotografía no nació bajo el signo del arte. ¿Acaso la escritura nació bajo el signo de lo que hoy llamamos arte? Como dicen Picazo y Ribalta, nunca hemos podido despojarnos de la creencia común de que es fácil hacer una foto. La espontaneidad de su propia mecánica, unido a la sobreabundancia de imágenes fotográficas que hubo desde un principio, convirtieron la fotografía en un quehacer sin relevancia, en un oficio diluido en su propio automatismo. Pero, al mismo tiempo, toda fotografía es singular, y fija un instante singular e irrepetible del espacio y el tiempo. Entre los dos extremos: el de la máxima indiferencia y el de la máxima singularidad, se ha movido siempre la fotografía, y no sólo la moderna: un lugar conflictivo desde el punto de vista de su apreciación, en primer lugar, y en segundo lugar desde el punto de vista de su conservación. Para meter el dedo en la llaga de este doble problema basta con hacerse la pregunta de cuál ha sido el criterio de selección de la herencia fotográfica, desde que aparecieron las primeras cámaras hasta ahora mismo, ya en plena era digital.


Salvo en los casos en los que la fotografía ha servido para testimoniar hechos privados o colectivos de cierta importancia, el criterio de selección y conservación de todo un legado (del que ya se han perdido capítulos muy memorables) ha sido el que se heredó de la pintura. Quiero con ello decir que la fotografía empezó a ser enjuiciada desde un lugar que no le correspondía y que pertenecía a otro arte, desde un lugar seguramente anticuado y seguramente equivocado. Creo que lo mismo está ocurriendo con el vídeo respecto al cine, y lo mismo con la "escritura digital" respecto a la literatura. Aún ahora mismo, se está enjuiciando al vídeo como si fuese cine (aunque sus jueces no se den cuenta), cuando siempre fue otro arte, más íntimo y más líquido, y se está enjuiciando la "escritura" digital como si fuese literatura para la imprenta, cuando en realidad es una nueva forma de expresarse que, como el vídeo, exige una nueva mirada y una nueva objetividad.


[Publicado el 02/4/2018 a las 16:30]

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La cara y la mirada

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La mirada es una conjunción copulativa entre dos cuerpos. Una “y” entre “yo” y “él”, como diría Buber.


Para Lévinas toda cara era una súplica, cuando no un grito, en cambio para Leonardo toda cara era un abismo.


A veces cuando entramos de verdad en una cara es como si nos sumergiésemos en un lago transparente. Vamos descendiendo más y más, y las aguas se tornan cada vez más oscuras. Al fondo de toda mirada gravita un mundo abisal al que no quisiéramos llegar nunca.


Una vez me encontré en la calle con una mirada que decía: “Me falta el aire”.

 

Hay miradas que matan, miradas que hablan, miradas que callan, miradas que producen lástima, miradas que delatan, y dicen que también hay miradas que salvan.

[Publicado el 18/1/2018 a las 10:09]

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El despertar del aliento vital

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En la obertura de su libro, tan musical como erudito, David Hernández de la Fuente enuncia una verdad indiscutible: “Dioniso es el dios que define al hombre moderno”.


En nuestra cultura los renaceres de Dionisio comienzan en el Renacimiento, pero se convierten en apoteosis con el romanticismo cuando, como indica Hernández de la Fuente, Hölderlin proclama que “Baco llega con su sagrado vino despertando del sueño a los pueblos”. La comparación con el vino eucarístico es evidente.


Hölderlin, como otros alemanes, helenizó a Jesucristo y cristianizó a Dioniso, como ya los habían hecho los antiguos y como nos relata Hernández en su excelente capítulo sobre la civilización tardorromana titulado “Hacia un Dioniso-Cristo”.


¿Vivimos en una medernidad sofocántemente dionisíaca? Desde Hölderlin y los suyos Dionisio es el rey de la modernidad como lo fue, siguiendo el hilo de Ariadna que nos tiende Fernández de la Fuente, rey de antigüedad, primero de la antigüedad rural y agrícola, luego de la antigüedad urbana y manufacturera. Pero el mito de Dioniso es muy complejo, todo un laberinto cretense lleno de personajes alucinantes como Ariadna y todos sus familiares, incluido su dionisíaco y sangriento hermano el Minotuaro. El libro que comento nos ayuda a entrar en todos ellos hasta extremos abisales.


Siguiendo un método que recuerda las texturas exhaustivas, amplias y a la vez detallistas de la escuela francesa, Fernández de la Fuente va recorriendo toda la megaestructura mítica de Dioniso desde sus orígenes a la modernidad, en todas sus manifestaciones, versiones y subversiones.


La figura de Ariadna (su ambigüedad, su ambivalencia, sus resurrección, su fluctuación entre el mundo de los vivos y el de los muertos, su capacidad de trasformar a Dionisio, que a su vez la trasformará a ella) representa, dentro del libro, una clave fundamental, y no tan explorada, para entender el misterio del amor en sus estados más hondos y con más vocación de eternidad.


Antes se morirán las estrellas eternas que tú en mis brazos”, le dice Dionisio a Ariadna en la ópera Ariadna en Naxos, sobre la que versa el capítulo final de este libro docto y de largo aliento, pero a la vez ameno, intenso, sugestivo e imprescindible para entender las dobleces y profundidades de uno de los dioses del panteón griego que mejor ha representando el alma conflictiva, contradictoria y compleja de la civilización antigua y civilización la moderna.

[Publicado el 06/12/2017 a las 13:17]

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Senilidad y simplismo

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Blind lead the blind

Cuando nos dejamos guiar por locos nos aguarda el infierno siempre y no solo algunas veces.


No bebas el agua negra de las masas guiadas por descerebrados aquejados de fiebres permanentes. Es el agua de la peste.


Evita las consignas seniles y simplistas que ciegan a los necios. El verdadero pensamiento no puede ser amigo de la senilidad y el simplismo.


Huye de los demagogos que emponzoñan la tierra con sus palabras y su heces y que crean discordia entre las gentes con sus delirios interpretativos, sus manías persecutorias y su pulsión de muerte.


Purifícate de tanta miseria. Detente un instante ante ti mismo. Si los demás corren, tú no corras. Si los demás gritan, tú no grites. Si los demás excluyen, tú no excluyas. Si los demás enloquecen tú no sigas ese sendero que solo conduce al aturdimiento de la conciencia y al grado cero del pensamiento.


[Publicado el 13/11/2017 a las 11:53]

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Asesinos de almas

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Me sorprende una noticia sobre Bin Laden. Al parecer fue en su adolescencia, visitando la casa de Shakespeare durante un cursillo que hizo para aprender inglés, cuando se dio cuenta de la decadencia de Occidente y de que nos caracterizábamos por abrazar una moral muy débil.


Uno se pregunta qué tendrá que ver William Shakespeare con la debilidad moral. El gran escritor de Stratford no se caracterizaba por su moral quebradiza. Es evidente que la moral shakesperiana es bastante poderosa. Anthony Burgess y Graham Green le acusaban de moralista pertinaz e incorregible, olvidando que ellos eran mucho más moralistas y en tiempos más modernos. Pero ya se sabe que es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno.


Volviendo a la asombrosa iluminación que tuvo Bin Laden en la casa del dramaturgo, uno tiende a pensar que la irritación del caudillo terrorista se debía al hecho de que él mismo parece un personaje de Shakespeare. Recordemos algunos malvados de sus obras y especialmente Ricardo III, aquel que en su hora más triste gritaba: “¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!”. Bin Laden también hubiese dado su reino por un caballo en “su noche más oscura”. Un caballo alado para huir por la azotea de su búnquer o, ya que estamos en el campo semántico de Arabia y las mil y una matanzas, una alfombra mágica.


También pertenece al Ricardo III una frase que le gritan las almas de los hombres que ha matado: “¡Desespérate y muere!”. Qué extrañeza me producen esos seres que los textos sagrados de la India llaman aatmas: asesinos de almas. Shakespeare, que en sus cielos y sus infiernos daba cobijo a todas las dimensiones del mal y del bien, habló mucho de ellos con tétrica grandeza. Recordemos a Macbeth cuando ve que una masa de árboles se dirige hacia él. Pero resulta que los árboles eran hombres camuflados, como las sombras que cercaban a Bin Laden eran fuerzas especiales que le cosieron a balazos. No estoy haciendo una apología de esas fuerzas tan dudosas, simplemente advierto que quien a hierro mata con hierro lo taladran, aunque no siempre, muchos asesinos de almas llegarán a viejos y no se sentirán acosados como Macbeth, que vivía atormentado porque sentía gravitando a su lado “los agentes del las sombras”, como el mismo confiesa cuando la paranoia empieza a apoderarse de toda su persona.

[Publicado el 06/11/2017 a las 10:17]

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Una de las formas de la felicidad (Pensar o no pensar)

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Cuando reflexionas desnudo de juicios previos y doctrinas, con el alma flotante y a la vez segura, aparece la llave que abre las puertas de los jardines mentales y pensar se convierte en una de la formas de la felicidad.


Vivimos tiempos tan infelices porque hemos renunciado a pensar, porque hemos abolido las ideas, porque hemos envenenado el pensamiento y hemos instaurado el imperio de los juicios previos y las doctrinas.

[Publicado el 23/10/2017 a las 11:26]

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Los niños y el mal (II)

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El problema de los niños y el mal también puede verse desde otra perspectiva, que consiste en olvidarse de las implicaciones internas que los niños pueden tener con el mal, preocupándose sobre todo de las externas. Un buen ejemplo para ilustrar lo dicho es un relato de Lu Sin que leí hace tiempo, donde asistimos a la narración de un niño que cuenta la agonía de su padre, las continuas mentiras de los farmacéuticos y los médicos, podridos de magia y arcaísmos, y la ruina familiar debido a lo caros que resultaban sus inverosímiles y complicados medicamentos. Aquí no se trata de calibrar la posible maldad de un niño, se trata más bien de describir el enfrentamiento de una mente infantil a tres formas de mal absoluto: la muerte prematura del padre, que para un chino de entonces representaba la más definitiva de las desgracias, la muerte de la verdad, representada en las falacias de los médicos tradicionalistas que se negaban a aceptar los avances de la medicina occidental, y la muerte de toda una realidad familiar, representada en la ruina económica.


Los relatos que hablan de las relaciones de los niños con el mal (con el mal moral, el mal social o el mal sin más) son más interesantes que las que hablan de la presunta maldad fundamental de los niños. Desde esa perspectiva, la de la relación de la infancia con la maldad objetiva, son muy recuperables algunos relatos de Aldecoa, varias novelas de Delibes, y la película de Rossellini Alemania hora cero. Sin olvidar, claro está, una obra que las precede a todas. Me refiero a El lazarillo de Tormes, en cuyo primer capítulo vemos a un niño evolucionando en un mundo crudo y hostil, donde el mal parece incrustado hasta en el corazón mismo de la bondad.


Al postular una confrontación entre la mente infantil y el mal objetivo no pretendo sostener una postura tributaria de Rousseau, según la cual el niño representaría la blancura, frente a un mundo de negruras sucesivas que acabaría corrompiéndolo. No creo que la mente infantil sea ajena al mal, y sobre todo al mal implícito en el discurrir ordinario de la vida; simplemente creo que todo en los niños es un proyecto de lo que puede llegar a ser. El mal se va gestando y articulando en el tiempo y con el tiempo, y eso sirve hasta para Billy el Niño, como bien muestra Sender en El bandido adolescente.

 

Otro problema a añadir sería la utilización de los niños con fines espurios, obligándoles a llevar a cabo actos que les sobrepasan, como es el caso de los niños soldados. Esta clase de manipulación de la infancia se adentra ya en el ámbito de los crímenes de lesa humanidad.

[Publicado el 03/10/2017 a las 11:37]

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Los niños y el mal (I)

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Es tan común decir que los niños son inocentes como que son malvados. Ambas visiones no dejan de ser una mentira heredada, que sólo sirve para no pensar en la raíz del problema, en su misma materia. El hombre es un mamífero y bien puede decirse que todo mamífero está preparado para matar, preparado para sentir deseos de hacerlo y preparado incluso para controlar esos deseos. Dicho lo cual podemos añadir que todo mamífero está preparado para encarnar, ante el otro, el mal absoluto: la aniquilación.


En ese aspecto, el mal en un niño es siempre algo esbozado, y que ni siquiera en los casos de niños muy prematuros en la asimilación de la maldad alcanza el peso específico que puede adquirir en la edad madura, cuando la maldad está suficientemente justificada, suficientemente elaborada para desplegar todo su poder y toda su perversidad. Cuando la maldad, digámoslo así, tiene su razón de ser en el sujeto humano y ha madurado, cuando la maldad es ya un asunto trágico e imparable.


Se suele poner como ejemplo definitivo de maldad infantil los niños de Vuelta de tuerca. Pero eso sólo puede hacerlo un lector despistado o demasiado emotivo, un lector patológico, pues si hay un caso de locura en Vuelta de tuerca, abría que dirigir la mirada hacia la institutriz, y en modo alguno hacia los niños, en los que sólo vemos un esbozo de maldad, casi siempre de carácter disuasorio y como medida de autodefensa ante el mundo de locuras envolventes que les rodea.


En Vuelta de tuerca la institutriz se enamora realmente de los dos niños, se enamora hasta la locura, porque su mundo y su vida están tejidos de carencias profundas y devastadoras. Es hija de un vicario severo y toda su existencia ha estado presidida por la más radical carencia afectiva, y cae como un halcón sobre los dos niños. Pero como no puede soportar haberse enamorado profundamente de dos criaturas, empieza a atribuir a sus niños deseos y comportamientos propios de los adultos, empieza a llenarlos de insospechada maldad e insospechados deseos, en una estrategia parecida a la que puede llevar a cabo el secuestrador sexual con su víctima.


Igual es ese el problema de los niños y el mal: más importante que la maldad que se les atribuye sería su naturaleza de libros en blanco, o de libros poco escritos, donde los adultos pueden proyectar toda clase de delirios.

 https://cursoliterario.wordpress.com/

 


[Publicado el 29/9/2017 a las 13:37]

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Planetas errantes, planetas semánticos

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Los filósofos, poetas, escritores de obra sólida y unitaria, con frondosa vegetación por fuera y mucho fuego por dentro, se convierten en planetas semánticos.

 

Platón es un planeta semántico, pero también lo son Sófocles, Descartes, Nietzsche, Primo Levi (y su opuesto Junger).

 

Y también lo son Poe y Whitman

 

A veces el planeta semántico se puedo componer de una sola obra de autor incierto, por ejemplo el Tao Te King (como hermosamente se escribía antes).

 

Son planetas porque podemos ver su límite, conformado por su obra, e intuir su redondez, porque forman en sí mismos un mundo que ilumina de algún modo el mundo, porque crean su propio sistema de fuerzas, su propia divina comedia.

  

Y son además planetas trasparentes y capaces de atravesar literalmente la materia sólida. Así se van desplazando de uno a otro cerebro, y hasta de uno a otro hemisferio de la mente, esos planetas semánticos, esos planetas errantes.

 

Me han hablado de gente que se perdió en el cinturón de los planetas semánticos, que por su forma se parece al cinturón de asteroides que hay antes de llegar Júpiter, pero otros hablan del valle de los planetas semánticos, y otros, a mi entender más acertados, hablan de la dimensión de los planetas semánticos. Dicen que hay miríadas y miríadas de planetas semánticos, pero que sólo brillan con la intensidad de una estrella veinticuatro.

 

[Publicado el 21/9/2017 a las 11:53]

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Biografía

Jesús Ferrero nació en 1952 y se licenció en Historia por la Escuela de Altos Estudios de París. Ha escrito novelas como Bélver Yin (Premio Ciudad de Barcelona), Opium, El efecto Doppler (Premio Internacional de Novela), El último banquete (Premio Azorín), Las trece rosas, Ángeles del abismo, El beso de la sirena negra, La noche se llama Olalla, y El hijo de Brian Jones (Premio Fernando Quiñones), y Doctor Zibelius, de reciente aparición. También es el autor del ensayo Las experiencias del deseo. Eros y misos, galardonado con el premio Anagrama, y del poemario Las noches rojas (Premio Internacional de Poesía Barcarola).

Es asimismo guionista de cine en español y en francés, y firmó con Pedro Almodóvar el guión de Matador. Colabora habitualmente en el periódico El País como crítico literario, y como reportero en National Geographic.

Su obra ha sido traducida a quince idiomas, incluido el chino. 

Bibliografía

Nieve y neón (Siruela, 2015) 

 

Doctor Zibelius (Algaida, 2014)

La noche se llama Olalla. (Siruela 2013)
La noche se llama Olalla

El hijo de Brian Jones (Alianza Editorial, 2012)
El hijo de Brian Jones

 Balada de las noches bravas. (Siruela, 2010)
 

Las experiencias del deseo. Eros y misos (Anagrama, 2009)

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