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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 20 de noviembre de 2017

 Blog de Sergio Ramírez

Las ciudades del sol

La carretera que lleva desde Santa Cruz de la Sierra hasta la frontera con Brasil se extiende por la planicie en una recta infinita, como tirada a cordel, y el paisaje salteado de campos de soya me recuerda al de Nicaragua. Los cerros son raros, apenas uno o dos en la distancia cuando bajo un cielo nublado nos acercamos a nuestro destino que es San José de Chiquitos. La explicación es que chiquitos pasaron a ser llamados los naturales de la región a la llegada de los colonizadores debido al exiguo tamaño de las puertas de sus chozas, y así fue bautizada también su lengua.

La Chiquitania, el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo diecisiete, obra iniciada en Paraguay y en los territorios fronterizos de Argentina y Brasil. Una utopía que vio su final cuando Carlos III decretó la expulsión de los miembros de la orden de los territorios de la corona española en 1767, con lo que las poblaciones indígenas de las reducciones se dispersaron o cayeron en la servidumbre.

Hay una banda sonora que llevó en la cabeza mientras nos acercamos las goteras del pueblo, la que Ennio Morricone compuso para la película La Misión de Roland Joffé; y lo mismo me persigue la imagen con que el film se abre: el misionero jesuita atado a una cruz que va dando tumbos entre las aguas embravecidas, hasta despeñarse por el torrente de la catarata del Iguazú, sometido al martirio por los indios guaraníes.

También ronda mi cabeza el largo poema La arcadia perdida de Ernesto Cardenal, donde describe con admirada meticulosidad la vida y organización de las misiones, separadas unas de otras por centenares de leguas, entre selvas y páramos: "En las oscuras selvas del Paraguay/Por esas avenidas iban y venían los indios con poncho y boina/Niños de doce años tocaban con el arpa melodías de Bolonia/Máquinas hidráulicas extraían el agua de los ríos/Cada reducción con inmensas huertas..."

Hay quienes las califican de una "teocracia socialista", organizadas bajo un modelo paternalista de premio y castigo. En todo caso, una singular experiencia de evangelización de infieles y de colonización comunitaria como no se vio en ninguna otra ocasión en América, sobre todo tratándose de territorios remotos e inaccesibles.

La vida primitiva de quienes eran atraídos a las reducciones por los jesuitas sufrió una transformación radical. Siguieron hablando sus lenguas originales, que fueron respetadas, y aprendieron a trabajar en comunidad en la agricultura y en diversos oficios artesanales e industriales, para su propia manutención y el beneficio de las misiones, que llegaron con el tiempo a ser muy ricas, y por tanto envidiadas y codiciadas.

Beneficiaban azúcar y hierba mate, fabrican tejidos de algodón, lo mismo que muebles y joyas, y tenían fundiciones de bronce y estaño, además de procurarse sus propias armas. Y una de las ventajas que los indígenas encontraron en las reducciones, es que podían defenderse de ser tomados como esclavos por las bandeirantes que incursionaban desde el territorio de Brasil.

Una utopía como la de Campanella o Tomás Moro, que también se parecía al sistema de las sociedades comunitarias prehispánicas. Un modelo que atendía a la redención de los indios que de otro modo irían al infierno, viviendo como antes vivían en la poligamia y entregados al culto de dioses falsos. La doctrina salvaba sus almas, pero la organización comunitaria proveía a sus cuerpos, y también a sus espíritus.

Sino que lo diga la música. Los aborígenes aprendieron en las misiones el arte del canto, a tocar los instrumentos europeos, arpa, vihuela, violín, viola, y también a fabricarlos con gran destreza. La evangelización encontró un vehículo propicio en las artes musicales, y en lo hondo de los montes empezaron a resonar las más complejas piezas renacentistas y barrocas, de Arcangelo Corelli a Händel y Vivaldi.

Los padres jesuitas eran maestros músicos y quedan centenares de piezas de su autoría, aunque anónimas, que pudieron ser preservadas a lo largo de los siglos por el celo de los indígenas; y así mismo enseñaban a componer: en los festivales chiquitanos se ejecuta una ópera, obra de uno de aquellos discípulos nativos.

Y también eran arquitectos y maestros constructores, como lo demuestran sus soberbios templos como este de San José de Chiquitos, de espléndidos altares barrocos recubiertos de pan de oro, que admiramos durante un recorrido nocturno. Al pie del altar mayor, la Orquesta San José Patriarca compuesta de niños y adolescentes, nos obsequia con un impecable concierto.

El pasado no muere. La dirige el maestro francés Antoine Duhamel, y sus pequeños músicos tocan con brío piezas de Purcell, de Haydn y de Mozart. El método de aprendizaje proviene del que ha desarrollado en Venezuela el maestro José Antonio Abreu para la red de orquestas Simón Bolívar.

Al final del concierto le pregunto a una de las ejecutantes, que andará por los doce años, cuánto tiempo toma aprender a tocar un instrumento. "Toda la vida", me responde con aplomo, "en música nunca se deja de aprender".

[Publicado el 10/6/2015 a las 09:00]

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Viendo a Daniel Mordzinski tomar una foto

Concluimos en Managua Centroamérica Cuenta, nuestro encuentro internacional de escritores, a pesar de los vientos en contra. Fue impedido de entrar al país el caricaturista francés Jul, que venía a participar en la mesa sobre la risa y la barbarie, en homenaje a los periodistas de Charlie Hebdo masacrados en nombre de la religión por fanáticos desalmados. Pero a pesar de esa mala señal, y otras no menos ominosas, llevamos a cabo nuestra fiesta cultural de la manera en que nos la propusimos, un encuentro que tuvo por divisa la Libertad de Palabra y buscaba convertir a Nicaragua en una capital cultural, como de verdad lo fue, porque el público se desbordó para escuchar a los más de 70 escritores invitados.

Una tarde, después de almorzar juntos, me tocó llevar a Juan Gabriel Vásquez y a Héctor Abad Faciolince, nuestros dos escritores colombianos invitados, a una entrevista con Carlos Fernando Chamorro, que conduce el único programa de opinión en la televisión  que aún sobrevive en el país.

En las paredes de la oficina de Carlos Fernando hay fotos de su padre, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado el 10 de enero de 1978 en una calle solitaria de las ruinas de Managua, devastada tras el terremoto de 1972. Viajaba siempre al volante de su auto, sin ninguna escolta, a pesar de ser el enemigo número uno marcado por la dictadura de la familia Somoza, y unos sicarios le cortaron el paso y lo mataron a escopetazos. Ese asesinato vil encendió la chispa que haría posible el triunfo de la revolución al año siguiente, y el derrocamiento del asesino intelectual de Pedro Joaquín, el propio Anastasio Somoza.

Héctor recorrió las paredes, mirando cuidadosamente aquellas fotos. Estaba en la oficina de un hermano de sangre. Su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario, defensor de los derechos humanos, fue asesinado en las calles de Medellín por órdenes del jefe paramilitar Carlos Castaño en agosto de 1987.

Aquella muerte, como el mismo Héctor diría esa misma noche al participar en una de las mesas redondas, no provocó una revolución; fue un asesinato entre miles. Pero sí uno de los libros más hermosos escritos en América Latina en las últimas décadas, El olvido que seremos, escrito por Héctor, que busca fijar en su propia memoria, y en la de los demás, la historia de aquel hombre que pagó con la vida su tarea humanista de defender y proteger a las víctimas de la violencia y la represión en al Colombia convulsionada de entonces, cuando la guerra estaba en las calles de Medellín.

Carlos Fernando pudo ver el cadáver de su padre acribillado de perdigones, en la morgue del hospital de Managua adonde lo llevaron. Héctor corrió junto con su madre al lugar del crimen al saber la noticia de que habían abatido al suyo, y alcanzó a retirar de uno de sus bolsillos un papelito donde había copiado a mano un soneto de Jorge Luis Borges que empieza: "ya somos el olvido que seremos...". Ahora este poema sirve como epitafio en su tumba.

Héctor le pidió a Carlos Fernando que le contara cómo habían matado a su padre. Carlos Fernando le hizo la narración, mientras allí mismo en la oficina maquillaban a Juan Gabriel, porque ya se acercaba la hora de grabar el programa. Uno quiere saber siempre los detalles, dijo también esa noche Héctor, los detalles aún de lo que duele en el alma. Como en un espejo ensangrentado, la historia que Carlos Fernando le contaba, reflejaba la suya propia.

Antes de que entraran al estudio, Daniel Mordzinski, que nos acompañaba, nos hizo a todos unas fotos en el patio trasero de la casa. Y luego separó a Carlos Fernando y a Héctor y les pidió que se colocaran junto a una fuente. Juan Gabriel se subió al brocal y sostuvo por encima de las cabezas de los dos un trapo negro que sirviera de telón de fondo, tal como Daniel se lo pidió. Yo presenciaba aquella escena a poca distancia, mientras la emoción me iba embargando. Luego pidió a los dos hermanos de sangre que se situaran frente a frente, mirándose a los ojos, y que se agarraran de los brazos.

Y tomó la foto.

[Publicado el 03/6/2015 a las 09:00]

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Tiempo de contar en serie

He oído alabar tanto las series de televisión ahora tan de moda, que por fin me puse a ver una de ellas, Madmen, hasta salir airoso de mi tarea tras recorrer una extensa galería de cerca de 200 capítulos, que significan unas 150 horas; algo para lo que se requiere espíritu atlético, pues se acabaron aquellos tiempos en que se imponía esperar un próxima tanda para ver el siguiente episodio, como sigue ocurriendo con las telenovelas, que pueden llegar a tener a alguien entretenido frente a la pantalla hasta un año entero.

Eso de las esperas dilatadas capítulo a capítulo, que formaban parte de lo que podríamos llamar "la estructura del suspenso", está pasando a mejor vida, igual que ocurrirá con la televisión misma de señal abierta, y aún la de cable, tal como hasta ahora la hemos conocido. Las predicciones dicen que la televisión de penetración directa e instantánea, tipo Netflix, es la que se impondrá en el futuro cercano, y eso permitirá al espectador verse toda una serie en tiempo continuo,  según su aguante y su ociosidad, en vela, si quiere, hasta el amanecer, o más.

Con la televisión de programación libre e instantánea se acabaron las expectativas ansiosas sobre lo que trae el siguiente capítulo, y la transmisión lo aguarda a uno donde la dejó. Por 5 dólares mensuales pueden verse todas las películas y las series del mundo de una sola sentada, si así nos place, lo cual no puede negarse que es bastante democrático. 

Madmen tiene lugar en los años sesenta del siglo pasado, y se puede ver la historia pasar a través de los personajes, no sólo en sus vestimentas, muebles, autos, ambiente doméstico, objetos de consumo, cuya representación fiel y minuciosa es admirable, sino en los acontecimientos de la época, del asesinato de Kennedy al de Martin Luther King, los años de Nixon, la guerra de Vietnam y la cultura hippie.

Cuando empezaba con los primeros capítulos, no desprecié el juicio de que estas serie vendrían a ser en el siglo veintiuno lo que fue la novela en el siglo diecinueve: la manera extensa, panorámica, profunda, de narrar las vidas de los seres humanos en el escenario cambiante de la historia, yendo de las vidas hacia la historia, y viceversa, tal como en las grandes sagas de Balzac, de Pérez Galdós o de Dickens. Novelas extensas, series extensas. ¿Pero es eso suficiente? Las similitudes entre novela y serial, no pueden empezar por un asunto de longitud, Guerra y Paz tan larga como Madmen.

Y un alegato a favor de estas series es que pueden ser vistas de manera continua, tal como ocurre con las novelas: si nos atrapan, las seguimos leyendo hasta el final. Cierto. Pero nadie se lee de una sentada un libro tan extenso como Crimen y Castigo, por intrigante que sea.

La gran diferencia está en que la novela está hecha de palabras que en la mente del lector se convierten en imágenes, mientras que la serie lo que nos ofrece son fundamentalmente imágenes, que se vuelven más repetitivas que las palabras.

La virtud del cine, y no de la serie, es su capacidad de síntesis, saber que no todo puede ser mostrado dentro de un tiempo limitado, y  que el director no pretende imitar al novelista cuando se trata de adaptaciones, sino crear un universo paralelo, y allí están la magia de El Gran Gatsby de Elliot Nugent, y de Matar un ruiseñor de Robert Mulligan, por ejemplo.

Pero la serie se expone a lo repetitivo, sobre todo si uno tiene la oportunidad de ver sus capítulos de manera continua, y entonces lo que parece ser la gran novedad se vuelve su gran defecto. Los personajes cínicos y decadentes de Madman, que pertenecen al mundo de la industria de la publicidad, repiten de manera infinita los mismos actos, y mi ocio no ha llegado a tanto como para ponerme a contar las veces que alguien toma una botella y se sirve un trago o enciende un cigarrillo; o las veces que una pareja se mete en la cama, tanto que estas escenas podría volverse prescindibles y simplemente anotar: aquí una toma de sexo.

Y como una tiene el todo enfrente, puede asomarse a lo que pasa puertas adentro de la cocina, algo de lo que un buen novelista sabe cuidarse siempre, enseñar la lista de ingredientes que se van tachando a medida que son usados: infidelidades, divorcios, prostitución, arribismo, dinero, suicidios, homosexualidad...el  director y los guionistas demuestran que cuidan con celo los intereses de los espectadores. 

Es cuando una historia se va construyendo mientras se filma, en base a lo que el público quiere, y para eso están los surveys, los focus groups,  y así el argumento puede ir cambiando de acuerdo a las tendencias que marcan las preferencias. Dickens, que también escribía en seriales, aunque sus lectores, claro está, debían esperar al capítulo siguiente, recibía por correo miles de sugerencias, pero no se dejaba ir por el gusto público, sino por lo que el relato necesitaba, y era el quien lo sabía, y nadie más.

[Publicado el 27/5/2015 a las 09:00]

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Utilidades de la imaginación

La escritura de imaginación, lejos de ser una banalidad, abre perspectivas infinitas en la conciencia de los seres humanos.

Al imaginar personajes diversos, el escritor explora mentes diversas, y por tanto mundos diversos, necesariamente contradictorios, y a partir de allí pone ante los ojos del lector a una diversidad de opciones críticas. Y esa es la esencia de la escritura de invención, abrir espacios de cuestionamiento, provocar preguntas en lugar de dar respuestas,  sin lo cual la libertad de pensamiento no es posible.

Leyendo novelas y relatos se pueden multiplicar las posibilidades del mundo real y alterarlas. Imaginar ese mundo de manera diferente, y de allí partir hacia una visión nueva pero siempre insatisfecha. Si algo enseña la imaginación es a sobrevolar fronteras, o a dinamitarlas. Abolir los empecinamientos ideológicos, renegar de los fanatismos políticos o religiosos, rechazar los nacionalismos exacerbados, todos los cuales tienen una naturaleza odiosa y destructiva, porque parten de la intolerancia.

La literatura, igual que el arte, es una escuela de libertad, y conviene sentarnos en sus aulas. Y también es una escuela de pluralidad, de respeto por las diferencias y por la heterogeneidad del mundo, que nos resulta más rico y atractivo cuanto más diverso. Pluralidad de pensamiento, pluralidad de credos, diversidad étnica, diversidad sexual. Diversidad de la palabra creadora.

Más allá de la tolerancia, las palabras deben ayudar a situarnos dentro del otro, a trasladarnos al espacio en que viven aquellos a quienes debemos aprender a conocernos mejor, y desde allí, desde su propia posición, buscar cómo entender el mundo. Es la manera de ganar la convivencia, y que sean las ideas, más que el odio y la discriminación, las que nos muevan hacia adelante. Esa es nuestra ética del siglo veintiuno.

Las palabras son nuestra herramienta y no debe haber límites para usarlas. Los periodistas y dibujantes de Charlie Hebdo pagaron el más alto precio, que es el de la vida, por la libertad de palabra, que incluye la irreverencia, la risa y el humor y el sarcasmo, por hirientes que puedan parecer. Pagaron el precio de no imponerse a sí mismo la censura ante la amenaza del terror fanático que parece regresar hoy desde las cavernas de la historia.

Hay quienes aún reprochan a los irreverentes de Charlie Hebdo sus excesos, su insolencia, su burla de los prejuicios religiosos, sus blasfemias, y aún su grosería y vulgaridad. Si se hubieran moderado, si hubieran sido más cautos, sino hubieran causado ofensa a sus asesinos, estarían con vida. O se les acusa de ser unos provocadores. Y algunos van todavía más allá al decir que no pueden rendirles homenaje, aún muertos, porque no se identifican con su anarquismo destructivo.

Todo esto acaba de debatirse en el Festival Voces del Pen Club de Nueva York, cuando Charlie Hebdo recibió el Premio al Coraje en la libertad de expresión, y quienes se opusieron al homenaje y se negaron asistir a la ceremonia, muchos de ellos escritores renombrados, acusaron al semanario de intolerancia cultural e islamofobia.

Pero un estudio publicado por Le Monde en febrero, demuestra que solamente un 2% de las portadas de la revista, examinadas a lo largo de diez años, se burlaban del Islam o de Mahoma, de una manera que un creyente  de esa religión puede  tomar por blasfemia. "Hay una distinción crucial entre la blasfemia, que ataca un sistema de creencias, y el racismo que ataca a la gente de esas creencias", escribió en el New York Times el crítico literario Adam Gopnik.

No hay que dejar de tomar en cuenta, tampoco, que hay diversas clases de blasfemia, que el poder considera trasgresoras y merecedoras de castigo: blasfemias políticas, blasfemias ideológicas, además de las religiosas.

Decenas de periodistas pagan con la vida en América Latina el precio de no callarse frente a los carteles que trafican con drogas y personas, ni tampoco frente al poder gubernamental corrompido por el crimen organizado; y no callarse es una manera de blasfemar. Los medios de comunicación siguen siendo reprimidos, y se inventan leyes para intervenirlos, o para acaparar el espacio cibernético, y someter a censura las redes sociales. También son maneras de castigar la blasfemia.

El poder, cuando no es democrático, quiere siempre el silencio. Y no acatar el silencio que se impone desde arriba siempre trae riesgos. Pero bajo el silencio la escritura no existiría como instrumento privilegiado de la libertad, ni existiría la invención, que nos hace aún más libres. Es lo que Erasmo enseñó a Cervantes, y Cervantes no enseñó a todos nosotros.

[Publicado el 20/5/2015 a las 09:00]

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Centroamérica, territorio de la imaginación

Cuando se la ve en los mapas, Centroamérica no parece ser sino un paisaje de selvas y volcanes que alternan sus erupciones, un territorio sacudido por terremotos y huracanes que alteran el paisaje; y desde la independencia en el siglo diecinueve, y a lo largo del siglo veinte, nuestra marca fueron las disensiones políticas resueltas en asonadas y golpes militares, la plaga endémica de las dictaduras militares, las revoluciones, y por fin la paz negociada. Un rostro siempre velado por el humo de la pólvora.

¿Pero cuál es verdaderamente ese rostro? Uno y distinto, varios rostros en uno, una identidad que a veces parece contradictoria, pero que existe quizás precisamente por eso, porque no se deja ganar por la homogeneidad. Un rostro fragmentado, difícil de apreciar en su conjunto porque aún estamos lejos de la integración política que se frustró después de la independencia. 

Puestos juntos, nuestros países alcanzan casi los 50 millones de habitantes en una superficie de más de medio millón de kilómetros cuadrados, con una economía que crece en términos macro, pero en nuestra realidad cotidiana siguen abiertos los grandes abismos de desigualdad social, y padecemos de déficits notables, el primero el de la educación; hemos visto avances en el funcionamiento del sistema democrático, aunque penosos en algunos países. Una lucha entre autoritarismo e institucionalidad que aún se sigue librando.

¿Por qué saltamos a veces a las primeras planas? Porque habiendo sido puente de pueblos y puente ecológico, Centroamérica lo es hoy del tráfico de drogas. Porque las pandillas juveniles, convertidas en organizaciones criminales, se han adueñado de no pocas ciudades. Porque los más pobres siguen huyendo de la miseria y de la violencia hacia el norte, en busca del perverso sueño americano, un camino señalado por el riesgo constante de la muerte. Uno y varios rostros.

Pero tenemos otro, el de la cultura, que debemos buscar como superponer a los demás. Quizás es nuestro mejor rostro, un rostro para enseñar. El rostro de la invención que hunde sus raíces en nuestra realidad dramática, y la transforma y la ilumina. De alguna manera, la literatura nos redime y deja que se revele esa identidad tantas veces escondida.

Este mes vamos a mostrar ese rostro, al celebrar por tercera vez en Nicaragua el encuentro anual Centroamérica Cuenta. Se trata de un espacio abierto a los narradores, sobre todos los más jóvenes, que ya entrado el siglo veintiuno se multiplican en nuestros países, desafiando la primacía que hasta ahora ha tenido la poesía. Son quienes nos cuentan las historias que vivimos, y que padecemos, y se convierten en los cronistas de nuestro mundo contemporáneo. Sin ellos, nuestro rostro, o nuestros rostros serían más difusos.

Más de cincuenta escritores provenientes de todos los países centroamericanos, y otros que llegarán invitados de Alemania, España, Holanda, Italia, Francia, México, Colombia y Puerto Rico, se darán cita entre el 18 y el 23 de mayo en las ciudades de Managua y León, para participar en un intenso programa de talleres, mesas redondas, lecturas, charlas, representaciones teatrales y musicales, en diferentes escenarios que incluyen centros culturales, universidades y colegios de secundaria.

El encuentro de este año se desarrollará bajo el lema PALABRAS EN LIBERTAD, porque queremos hacer énfasis en la libertad de expresión en todos sus ámbitos, un tema que se discutirá a fondo en diversas mesas. La libertad de palabra y de creación frente a cualquier clase de poder, empezando por el poder político; y Centroamérica Cuenta será un homenaje a Charlie Hebdo, en defensa del humor como uno de los pilares de esa libertad de expresión. Este acto de barbarie nunca debe pasar al olvido. La intransigencia criminal que nace del fanatismo es una amenaza sobre las cabezas de quienes creen en el poder liberador del periodismo, el arte y la escritura, y nunca deberemos tolerar que se prohíba la risa.

También Centroamérica Cuenta será un homenaje a Ernesto Cardenal en sus noventa años, el escritor nicaragüense reconocido como uno de los grandes poetas de la lengua, y quien sigue escribiendo sin tregua; autor también de un cuento magistral, El Sueco, infaltable en cualquier antología centroamericana.

Soy un convencido empecinado de que Centroamérica existe, o de que al menos es posible. En estos albores inciertos del siglo veintiuno, la hora de Centroamérica es la cultura, la hora en que debemos poner todos nuestros relojes. Esa es la razón por la que nos reunimos en Centroamérica cuenta. Se trata de abrir puertas a la cultura, hacia afuera y hacia dentro.

Como centroamericanos debemos interrogarnos acerca de lo que somos y de nuestro destino latinoamericano, lo mismo que acerca de nuestro destino en la lengua que hablamos. La lengua es también una patria que no tiene fronteras, ese territorio inconmensurable de la Mancha que dejó en nuestros mapas Carlos Fuentes.

Queremos ver y ser vistos. Cómo nos ven y cómo vemos a los demás. Comparar notas acerca de nuestras realidades y las formas de escribirla y describirla. Aprender de los demás, y enseñar a los demás lo que somos. Al fin y al cabo, todos somos hijos de la imaginación.

 

[Publicado el 13/5/2015 a las 09:00]

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Si quieres paz, prepárate para la paz

En la Feria Internacional del Libro de Bogotá las colas para entrar se extienden por más de una cuadra, y son igualmente largas las que forman quienes quieren visitar el pabellón de Macondo, el país invitado este año, un territorio imaginario al que el público ha dado aquí sustancia real. Tiene hasta su propio mapa, y sus límites: La Mancha de Cervantes, el condado de Yoknapatawpha de William Faulkner, la Santa María de Juan Carlos Onetti; y al centro, la gallera donde José Arcadio Buendía jugaba sus gallos, ahora convertida en un centro de debates literarios, colmada de público en las graderías, y escenario de conciertos de vallenato.

Pero hay una tema que no ha cesado de sonar en mis oídos desde el propio día de la inauguración, por encima de la música de los acordeones que cantan a Mauricio Babilonia perseguido por las nubes de mariposas amarillas: el proceso de paz abierto en la Habana; sobre todo ahora que el debate acerca del futuro de las negociaciones ha recrudecido a consecuencia del ataque perpetrado en el Cauca por los rebeldes contra una patrulla del ejército que dejó diez muertos.

La insistencia del presidente Santos de seguir adelante con el proceso, y más bien acelerarlo, en lugar de abandonar la mesa de negociaciones, como sus enemigos políticos reclaman, le ha ganado abucheos e insultos; pero en el acto inaugural de la Feria ha dicho que está dispuesto a pagar el precio que sea necesario para acabar para siempre con la guerra.

Las conversaciones acerca del tema con amigos en encuentros y tertulias han sido múltiples, y yo diría infaltables; y en los debates y entrevistas de prensa, por muy literarios que hayan sido, no han dejado de preguntarme mi opinión sobre el futuro de las negociaciones. Y mis reflexiones han sido las mismas que hago aquí: ¿Qué hay al otro lado de la paz, sino la guerra? ¿Cuál es la propuesta de quienes quieren que el proceso de La Habana fracase? Porque si las conversaciones se suspenden, lo único que habrá será más combates, más muertos, más desplazados de sus hogares, más penurias y sufrimientos de la población campesina.

Unas negociaciones en medio de un conflicto armado que ya dura más de medio siglo, no son como un paseo por la campiña en un domingo soleado; están sujetas a tensiones y tropiezos, algunos de ellos sorpresivos como la emboscada que provocó la muerte de los diez soldados, un acto insensato por parte de las FARC, y repudiable en todo sentido. Pero levantarse de la mesa, echar por la borda lo conseguido hasta ahora, se volvería una insensatez mayúscula.

Yo hablo por mi experiencia en Nicaragua, cuando la guerra entre sandinistas y contras, que destruyó al país y produjo miles de muertos y centenares de miles de desplazados que huyeron a Honduras y Costa Rica. El gobierno sandinista había jurado que primero se caerían las estrellas antes de sentarse a hablar con los contras. Pero las negociaciones se dieron, y quien negocia tiene que ceder; es en base a las concesiones mutuas que se llega a acuerdos, y quienes al principio se aferran a no otorgar nada, luego terminan dejando sobre la mesa un brazo, un ojo, una pierna, a cambio de la paz.

Estas negociaciones fructificaron porque no era posible la derrota militar de los insurgentes. A los vencidos se les puede imponer todas las condiciones. En una negociación la única salida son los acuerdos, que implican concesiones.

Las circunstancias de ambos conflictos son diferentes, pero creo que pese a las dificultades, y la mayor de ellas que queda por negociar es el asunto de la impunidad y lo que se ha dado en llamar justicia transitoria, las que imperan en Colombia son más favorables. Ya entrado el siglo veintiuno, la violencia como manera de conquistar el poder es cada vez más obsoleta en América Latina, y los viejos esquema de sociedad cerrada de ideología única han pasado a mejor vida. La democracia, como sistema de convivencia, se ha vuelto imprescindible.

El único camino que tiene una fuerza insurgente de tan vieja data como las FARC, es probar la eficacia de sus propuestas políticas en elecciones. Y, por supuesto, los que abandonan las armas, llegado el momento deben tener garantías de que sus vidas serán respetadas lo mismo que sus derechos políticos. 

El día que he dejado Colombia, se cumplieron 25 años de la muerte del líder guerrillero del M-19 Carlos Pizarro, asesinado por órdenes de los hermanos Castaño, jefes paramilitares, después que se había desmovilizado en el Cauca junto con sus fuerzas. Al momento de entregar las armas había dicho: "Esta es una decisión en la que nos vamos a jugar nuestras vidas y nuestros sueños... nos enorgullece lo que estamos haciendo, lo hacemos con la frente en alto y...sin claudicaciones, sin cobardías y sin temores en el alma".

El suyo fue un acto visionario, lleno de coraje. Y su gesto es digno de ser emulado, y sus palabras dignas de ser repetidas y puestas en acción.

[Publicado el 29/4/2015 a las 09:00]

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La rueda de la fortuna

            Llegué a Madrid luego de la última de las presentaciones de Los cuentos de la peste en el Teatro Español, y me lo perdí; pero ya de vuelta en Managua, la circunstancia de que Mario Vargas Llosa hubiera puesto en cartelera a Boccaccio, me provocó a una relectura completa de las cien piezas de que consta El Decamerón, la segunda en mi vida desde que en la adolescencia me encontré con una traducción del italiano al francés, y de allí al español, algo nada extraño en aquella época.

            Entre ocho de los cuentos que Mario eligió, hay uno que nunca olvidé, y al que he vuelto ahora con repetida fascinación: la octava novella de la quinta jornada, Nastagio degli Onesti. Nastagio, un amante despechado, presencia un viernes en un claro del bosque cómo el fantasma de Guido de los Anastagi, llevado al suicidio por el amor de una mujer, ya muerta también, la persigue una y otra vez a caballo, por delante sus perros de presa, y la termina atravesando de parte a parte con el estoque sólo para que vuelva a resucitar, y vuelva a ser asesinada cada viernes.

            Botticelli tomó el tema para su retablo El infierno de los amantes crueles, donde la novella se representa en cuatro episodios. Los tres primeros pueden verse en el Museo del Prado, y el segundo de ellos, el del banquete, recoge la parte más estremecedora del relato: Nastagio ha invitado para el viernes siguiente a una comida campestre en el mismo claro del bosque, asegurándose de que su amada esté presente entre los comensales. La mujer, acosada por los perros, aparece puntualmente de nuevo, detrás de ella su perseguidor a caballo.

           Aquella que hasta entonces había desdeñado a Nastagio ve la escena con ojos de horror, y aprende la lección de tal manera, dice Boccaccio, "que su odio se trocó en amor, y al anochecer envió a una sirvienta de su confianza a suplicar a Nastagio que acudiera esa noche a su casa porque estaba dispuesta a hacer cuanto el deseara". El odio, más bien, se había trocado en miedo.

           En El Decamerón, sin embargo, donde los cuentos componen un fresco del siglo catorce, en los albores del renacimiento, los risibles superan holgadamente en número a los dramáticos, porque Boccaccio los concibió en contrapunto a los rigores de la peste bubónica que asoló Florencia en 1348, la cual dejó más de cuarenta mil muertos y provocó un éxodo masivo de la ciudad.

          Diez jóvenes amigos, hedonistas, graciosos e inteligentes, siete mujeres y tres varones, deciden huir de la ciudad para refugiarse en la campiña, y son quienes contarán los cien cuentos, una ronda de diez cada tarde a lo largo de diez días. "Estos no serán vencidos por la muerte, o les matará en pleno contentamiento", anota el narrador. La imaginación viene a ser la mejor manera de enfrentar a la muerte: ellos son Scherezada hablando por diez bocas.

          Como en el caso de Las mil y una noches y Los Cuentos de Canterbury, donde Chaucer repetirá algunas de las historias de El Decamerón, el corpus de las historias se construye a partir de la tradición oral, abundante en salidas ingeniosas, situaciones comprometidas y tramas duales; y Boccaccio no desdeña tampoco los chistes de salón.

          El blanco de no pocos de sus cuentos son los frailes pecaminosos y las monjas de clausura que ceden a las tentaciones. De esta graciosa insolencia nacen, para los siglos venderos, las historias de conventos que se siguen repitiendo de boca en boca; y las de casadas infieles y viudas casquivanas, celestinas y cornudos, y no faltan los togados presuntuosos.

         Tampoco olvida Boccaccio el comercio de reliquias que Lutero condenaría dos siglos después al dar paso a la Reforma, aunque la pensó dos veces antes de publicar el libro, temeroso de los inquisidores corrompidos que perseguían a los acusados de apostasía, entre ellos los mercaderes ricos "entendiendo no que de ello debiese resultar un alivio a la incredulidad del procesado sino una afluencia de florines a su mano".

          Mis personajes favoritos de El Decamerón siguen siendo Bruno, Buffalmaco y Calandrino. Gracias a su falta de luces, Calandrino es víctima constante de las burlas y artimañas de los otros dos, pícaros redomados que en una de tantas llegan a convencerlo de que encuentra preñado y va a tener un hijo. Los bribones ingeniosos resucitarán siglos más tarde en la narrativa picaresca del siglo de oro.

          La fortuna juega siempre con dedos cargados, ya sea de risa o de espanto, nos enseña Boccaccio, por su boca o por boca de sus personajes. "La fortuna que no nos sale al encuentro con rostro afable y los brazos abiertos más que una vez", razona un criado dispuesto a seducir a su dueña. La esquiva fortuna que viene a ser la aliada más confiable de los que no tienen nada.

[Publicado el 22/4/2015 a las 09:00]

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Cuba sí, Yankis sí

A estas alturas es ya un lugar común repetir que el encuentro entre Barak Obama y Raúl Castro durante la Cumbre de las Américas en Panamá, representa un hito histórico. Por supuesto que lo es, y tiene consecuencias para todo el continente, porque cambia la naturaleza de las relaciones entre América Latina y los Estados Unidos, dándoles un nuevo tono.

Si el entendimiento entre los dos países sigue progresando, hay dos fantasmas que parecen destinados a regresar a sus tumbas, y son el antimperialismo y el anticomunismo, aunque la extrema derecha del tea party en Estados Unidos, y los adalides del socialismo del siglo veintiuno entre nosotros, van a agitar esos fantasmas mientras puedan darles réditos políticos.

La frase bien meditada de Raúl Castro exculpando a Obama de las agresiones imperialistas del pasado, y dándole la calificación de "hombre honesto" encuentra un complemento adecuado en otra del propio Obama, cuando dijo: "Nuestras naciones deben liberarse de los viejos argumentos, debemos compartir la responsabilidad del futuro. Este cambio es un punto de inflexión para toda la región".

Es un acercamiento que promete; pero para que pueda volverse irreversible, será necesario que algunos de los pasos previstos se den a lo inmediato, como son el que Estados Unidos ponga a Cuba fuera de la lista de países terroristas, y que se establezcan las plenas relaciones diplomáticas. Esto abriría el camino para que las restricciones del bloqueo económico puedan seguir siendo aliviadas, y el sucesor de Obama en la Casa Blanca se encuentre con una situación de no retorno, si es que ese sucesor viene de las filas republicanas más radicales.

El argumento de quienes adversan este entendimiento en marcha, es que el gobierno de Cuba pone muy poco de su parte, en cuanto a derechos humanos y libertades democráticas, mientras todas las concesiones vienen a ser hechas por Estados Unidos. Sin embargo, cuando se habla de derechos humanos y libertades civiles en Cuba, no se trata de meras concesiones, sino de asuntos que conciernen a la naturaleza del sistema político: el poder de un solo partido, el control de la sociedad civil, y el monopolio de los medios de comunicación. Aquí es donde Raúl Castro se ha mostrado intransigente al afirmar que Cuba no cambiará su sistema, y entonces todo parece quedar en un punto muerto.

Pero no hay puntos muertos de aquí en adelante. Obama, que se acerca al fin de su último mandato, y quiere que su apertura con Cuba sea parte visible de su legado presidencial, tiene al otro lado de la mesa de negociaciones a un líder histórico de la revolución cubana que pasa ya de los ochenta años, y que ha anunciado él mismo que no buscará un nuevo período a la cabeza del régimen.  Raúl Castro representa  una generación que se despide. Por tanto, en Cuba habrá necesariamente un relevo generacional, con dirigentes que ya nada tendrán que ver con la familia Castro. Si estos nuevos dirigentes se atendrán a la ortodoxia política, y se aferrarán a la idea del partido único, es algo que está por verse. 

Seguramente todo está siendo minuciosamente planeado para que los actores del relevo no se aparten de la línea tradicional, y sigan tolerando la apertura económica, pero no la apertura política. Pero la historia ha demostrado reiteradamente que el futuro no puede ser dictado para que se cumpla al pie de la letra. Una vez que una generación desaparece, ni desde la tumba ni desde el lecho de muerte se pueden controlar los acontecimientos del mañana, que no dependen de una voluntad conservada en formol, sino de un sinfín de elementos que chocan y se entrecruzan: nuevas concepciones del mundo, nuevas necesidades, nuevas realidades, cambios abruptos del entorno: la vieja dialéctica que vuelve siempre por sus fueros.

El cambio generacional se vuelve determinante para derribar barreras, dejando la intransigencia para los viejos, y esto tendrá que ver también con los cubanos de dentro y de fuera. Los jóvenes nunca quieren el pasado entregado en bandeja, para que se repita de manera incesante. Tienen su propia idea de futuro, que desborda el corsé ideológico, sobre todo en un país como Cuba, donde han demostrado creatividad en tantos sentidos, empezando por el artístico,  y sin duda el económico, como emprendedores, desde que se autorizó el funcionamiento de pequeños negocios, y han aprendido a moverse en aguas antaño prohibidas, las de la iniciativa privada.

Por otro lado está la cercanía geográfica, que ha jugado un papel esencial, aunque no pocas veces negativo, en la historia moderna de Cuba. Si nos acordamos bien, señalar que Cuba y Estados Unidos se encuentran a una distancia de apenas 90 millas el uno del otro, se volvió recurrente durante la guerra fría en el discurso de las dos partes.  Hoy, al levantarse las barreras, esa cercanía tendrá sin duda un signo positivo.

Por eso es que ese encuentro de Panamá entre los gobernantes de dos países largamente enfrentados es histórico, porque ha quitado cerrojo a las puertas del futuro, que será sin duda novedoso.

[Publicado el 15/4/2015 a las 09:00]

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La democracia como mentira

Después de padecer largas dictaduras militares a lo largo del siglo veinte, la recuperación, o edificación, del estado de derecho en América Latina pareció ser la meta a conseguir como salvaguarda de un futuro en que democracia y desarrollo pudieran caminar de manera paralela.

La aspiración de finales del siglo veinte fue hacer que la realidad política respondiera a la letra de las Constituciones, un ajuste en el que habíamos fracasado desde los días de la independencia. Ni más ni menos, regresar al siglo diecinueve para poder tener siglo veintiuno, recuperando el cúmulo de ideas que habían fundado las repúblicas liberales.

Las democracias empezaron a funcionar basadas en el regreso al fundamental derecho de elegir, y a partir de allí fue necesario probar la eficacia de las instituciones, como salvaguarda para evitar el temido regreso al arbitrio de una sola persona mandando por encima de las leyes. Esta había sido la persistente realidad impuesta desde el siglo diecinueve, que acabó con el sueño benéfico de la majestad de las Constituciones, algo que a los caudillos siempre les pareció una tontería infantil.

Pronto se descubrió, antes de que se cerrara el siglo veinte, que la institucionalidad democrática era capaz de resucitar de las cenizas de las dictaduras militares solamente donde esa institucionalidad había prosperado antes, como en Uruguay o en Chile; pero donde históricamente había sido débil, o apenas existente, era difícil reinventarla, como en la mayoría de los países centroamericanos.

En otros, como en Venezuela, era el agotamiento del sistema democrático, desprestigiado por la corrupción, el que habría paso a nuevas propuestas que con el tiempo vinieron a probar su dramático fracaso. Pero tampoco el populismo, proclamado con pompa revolucionaria, venía a ser nada nuevo en América Latina; ya lo conocíamos desde tiempos de Perón, Getulio Vargas y Rojas Pinilla.

También aprendimos, o recordamos lo que ya la historia enseñaba: que la “democracia populista” no es más que un seudónimo del autoritarismo, o una etapa previa antes de entrar en la dictadura sin apellidos. Si hay concentración absoluta de poder, cercenamiento de la libertad de expresión; si hay miedo de los ciudadanos, si la corrupción descompone a la autoridad, estamos en los umbrales de la dictadura. De allí a la represión sangrienta no hay más que un pequeño paso. Y el populismo no es más que el celofán en que se envuelve ese regalo envenenado.

Pero otro elemento, para nada sorpresivo vino a sumarse, y se expandió con fuerza de incendio: la corrupción, tan integral a la propia democracia recuperada, como si fuera parte de ella; en muchos sentidos, porque la propia debilidad institucional, que incluye la falta de transparencia y de controles sobre la voracidad de no pocos de quienes suelen ascender al mando, la facilita. Y la fiesta sigue. Sino veamos el caso de Petrobras en Brasil.

El electorado parece padecer de una incurable nostalgia por los gobernantes juzgados y condenados por corrupción. Allí tenemos el reciente regreso triunfal a Guatemala del ex presidente Alfonso Portillo, recibido multitudinariamente en el aeropuerto tras cumplir en Estados Unidos una condena por lavado de dinero, bajo propia confesión.

El panorama se agrava con la incidencia pertinaz del crimen organizado, que alienta la corrupción en todos los estratos, como en México, donde los narcocarteles han minado el estado de derecho. Y en no pocos países envuelven en sus redes a magistrados, fiscales,

policías, ministros, porque los narcodólares tienen un peso desproporcionado capaz de descalabrar el andamiaje institucional. Es una hidra de múltiples cabezas que apenas le cortan una retoñan cien; una hidra capaz de asesinar masivamente, incinerar, desmembrar, decapitar, tan eficaces en crueldad como los sicarios del califato islámico.

Hay que hacer que el estado exista, volviéndolo visible; sino, tiende a ser sustituido, en los barrios por las pandillas juveniles criminales, como en San Salvador o San Pedro Sula, en los municipios y en las áreas rurales por los propios jefes narcos, que actúan como si fueran el estado pero al margen del estado. Es una anarquía concertada, que aparenta orden, pero es un orden impuesto por el miedo y el terror.

Si los narcos establecen escuelas, clínicas, sistemas de agua potable, es porque el estado ha fallado en su función esencial de hacer eso mismo. Pero para que recupere su soberanía interna, debe funcionar primero como un verdadero estado democrático.

Se impone concertar planes a largo plazo, sin interponer identidades ideológicas. El desarrollo estratégico de un país incluye no sólo las inversiones, el crecimiento de la economía y la calidad y la extensión de los programas sociales, sino también la seguridad pública vista como un modelo diferente, no solamente represivo.

Seguridad ciudadana significa crear vínculos activos con la comunidad. Los narcos no son marcianos, nacen y crecen en las comunidades pobres, tienen vínculos afectivos con los suyos, y saben ejerce el populismo. El estado debe vincularse socialmente con esas comunidades. Las fuerzas especiales de tarea, enmascaradas con pasamontañas, seguirán fracasando en la prevención y el control del delito si el estado no piensa primero en la integración, la transformación social y la eliminación de la pobreza crónica.

[Publicado el 06/4/2015 a las 10:15]

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Comer platos magiares en vajilla sueca

A veces, con afán un tanto deportivo, repaso la nómina de los premios Nobel de todos los tiempos, a quienes he leído, cuáles no leería nunca, cuales otros no volvería a leer, y aquellos cuyos nombres no me dicen nada. Están inscritos en las lápidas de un vasto cementerio, algunas de ellas sobresalientes, otras perdidas entre la hierba.

¿Qué pasa, por ejemplo, con mi paisano centroamericano, Miguel Ángel Asturias? Cuando le concedieron el premio Nobel las campanas de todas las iglesias de Guatemala se echaron al vuelo, y antes de hacer su triunfal viaje en tren a Estocolmo, vino a su país, porque entonces vivía en Europa, y fue revestido con honores provincianos; una copa de champaña en el palacio presidencial, las llaves de la ciudad que le otorgaba el municipio, diplomas de asociaciones artísticas, algún concierto de marimba en su homenaje.

Yo era entonces joven funcionario del Consejo Superior Universitario Centroamericano y lo busqué en casa de su hermano, donde se alojaba, para rendirle una visita protocolaria. Me recibió con cortesía diplomática, rotunda su estampa de ídolo maya, generoso el vientre, el traje un tanto flojo, ceremonioso, comedido en su gloria.

Tenía la estampa de un hombre de buen diente, y sí que lo fue, como lo demuestra el libro que escribió al alimón con Pablo Neruda, Comiendo en Hungría, donde relatan sus aventuras culinarias en Budapest y sus alrededores,  cuando coincidieron en agosto de 1965 como invitados oficiales del Partido Comunista.

Como valientes comedores que ambos eran, emprendieron una bien planeada excursión por los más señalados y augustos  restaurantes de la ciudad y sus alrededores, todos propiedad del estado, y sus anfitriones del partido sabían escoger bien cuáles platos de la cocina magiar los seducirían mejor.

Se llamaban entre ellos "chompipones", en burla mutua a su lento andar de pavos orgullosos, o guajolotes rozagantes, "poetas gordos" los dos, de figuras infladas. En aquellos restaurantes, cuyos decorados recordaban aún las glorias del imperio austrohúngaro, les dispensaban las mismas atenciones que a los jerarcas de la nomenclatura del partido de los trabajadores, y cuando les tocaba comer fuera de la ciudad, los recibían y agasajaban el alcalde del lugar y demás autoridades. Toda una gira triunfal.

"¡Hígado de ángel eres"!, exclama Neruda en una breve oda al foi gras húngaro, incluida en el libro, tal como Charles Monselet, el poeta de las cocinas, llamaba al cerdo "¡mi ángel!"; y sobran los elogios al Tokay y al Egri Bikáver, el rojo y espeso vino Sangre de Toro, "toro con corazón de terciopelo", como canta el mismo Neruda en un soneto, también incluido en el libro; pero bajo esa marca los hay de diferentes calidades, pues el Sangre de Toro que yo compraba en Berlín Occidental en los años setenta, en las temporadas en que escaseaban los marcos en el presupuesto doméstico, era de los más baratos que uno podía hallar.

Tras esta envidiosa disquisición gastronómica, regreso a los engañosos parámetros de la eternidad literaria. ¿De qué vale, en verdad, el título de premio Nobel frente al olvido? En vida, sirve para ser tratado a cuerpo de rey en agotadoras, y a la vez placenteras, giras por restaurantes, como esa de que disfrutaron Asturias y Neruda, ambos ceñidos por los mismos dorados lauros suecos.

Pero, ¿Henryk Pontoppidan, Karl Spitteler, José Echegaray? Están en la augusta lista, pero nunca los leeré. Tampoco sabré nunca si fueron gourmets de categoría o no lo fueron. El premio a Echegaray despertó protestas entre los escritores jóvenes de la época, que firmaron un manifiesto denostándolo, entre ellos Rubén Darío. Pobre don José, no sé cuáles habrán sido sus culpas, y a lo mejor hasta buen colmillo tenía, como Neruda y Asturias, y como el propio Darío.

Neruda, más allá de esa pasada piedra fundamental que es el Canto General, sus Veinte Poemas seguirán consolando los amores juveniles. Con Asturias no estoy tan seguro de que los siglos sostengan su popularidad. Pero me sigue seduciendo el retrato sombrío de la Guatemala crepuscular de El señor presidente, y la parafernalia verbal de Hombres de maíz.

Y ambos, estemos seguros, seguirán comiendo en la misma mesa vestida de manteles largos.

[Publicado el 25/3/2015 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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