El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 12 de mayo de 2008

Retrato de Rubén Darío a los 28 años.
Igual que las palabras hijo de casa y bastardo, destinadas a denigrar la condición social, la aparición de un mestizaje indeseable, fruto de la llegada de los esclavos africanos a los colonias españolas en América, creó otro tipo de matrículas ofensivas: zambos, mulatos, pardos, cuarterones, quinterones, picholos, una variada gama que se extendía a morisco, albino, tornatrás, lobo, loro, zambaigo, cambujo, albarazado, barcino, coyote, chamizo, allí te estás, no te entiendo, tente en el aire, jíbaro, tresalbo, lunarejo, rayado. Todos estos nombres, útiles en los mercados de esclavos para separar y diferenciar las mercancía humana, provenían, en su mayoría, de los mercados de caballos y bestias de carga.
Los mulatos, zambos y demás frutos de la incesante y variada mezcla del mestizaje triple entre españoles, indígenas y esclavos negros, se volvieron malditos igual que los hijos adulterinos y sacrílegos, aunque aquellos vinieran a ser, con el tiempo, la inmensa mayoría de la población. Y de la palabra mulato (que viene de mula, para marcar que se trata de un híbrido animal) se derivó la palabra mulatez.
Rubén Darío, que tenía sangre mulata, no se reconocía en ella, porque la "aristocracia del pensamiento", que defendía como presupuesto intelectual y estético, era contraria a toda mulatez.
[Publicado el 22/1/2008 a las 08:15]
[Etiquetas: Rubén Darío]
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IV. Adulterio y amancebamiento

Miniatura di scuola tedesca. Varsavia. Museo Nadorowe. "Non commettere adulterio".
Cuando entré a estudiar mi carrera de derecho, los códigos que me tocó aprender definían el adulterio como un delito de la mujer, pero nunca del hombre. Su prueba servía como causal de los juicios de divorcio, y cuando el hombre alegaba el adulterio, debía probarlo con testigos visuales y cartas comprometedoras. Yo solía leer los boletines judiciales, donde se copiaba una relación detallada de esos procesos, como verdaderas novelas de intrigas amorosas.
Los hombre casados, a quienes la ley preservaba del delito del adulterio, sólo podían ser culpados de "amancebamiento escandaloso", que como se ve, era una figura hipócritamente calificada. No un amancebamiento cualquiera, sino escandaloso, y el código lo definía: siendo casado un hombre, mantener otra mujer con casa puesta, a la vista pública. Si lo hacía a escondidas, y se cuidaba de que el secreto no fuera revelado, bien podía seguir pecando. El pecado estaba en el escándalo.
Cuando nuestro profesor de derecho civil era preguntado acerca del porqué de esa diferencia discriminatoria, respondía con todo aplomo: "porque sólo la mujer es capaz de llevar sangre extraña al hogar".
Lógica inexpugnable.
[Publicado el 21/1/2008 a las 09:00]
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III. Naturales, adulterinos y sacrílegos
"Hijo de casa" se forjó en la lengua colonial, y en la lengua de los códigos civiles se asentó el término "hijo natural", opuesto al de hijo legítimo. Hijo natural quería decir fruto de las intemperancias, o de los ardores, de la naturaleza masculina. El patrón, y sus hijos gañanes, ejercían el derecho de pernada entre las mujeres de la hacienda, que debían someterse dócilmente a la voluntad sexual del que mandaba; y las consecuencias biológicas de aquel dominio eran los hijos naturales, que crecían sin ningún derecho y sólo podían ponerse el apellido paterno si el caprichoso progenitor les concedía esa gracia.
Y de allí se derivaba el otro término, igualmente odioso, el de bastardo, sinónimo de hijo natural, tan popular en los folletines y luego en las telenovelas. Y los acompañaron desde entonces otros de la misma hornada, hijos adulterinos, por ejemplo, malditos por provenir de la conscupicencia que violaba la santidad del matrimonio; e hijos sacrílegos, aún más malditos por provenir de uniones de sacristía y de la rendición de los curas a las tentaciones del demonio carnal. Estas uniones, junto con las de naturaleza adúltera, se llamaban "de dañado ayuntamiento".
[Publicado el 18/1/2008 a las 09:00]
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Daniel Ortega llamó "hijo de casa" a Edmundo Jarquín en uno de sus prolongados y pintorescos discursos donde suele hablar desde los meteoritos que acabaron con los dinosaurios hasta la profundidad exacta a que las fuentes de petróleo se hallan debajo de la corteza terrestre en las selvas del Orinoco. Y lo llamó, más exactamente, "hijo de casa de los españoles", por razones que yo ignoro, salvo que Edmundo ha vivido en España en diversas ocasiones, como diplomático y como funcionario internacional. Edmundo, no obstante, es de los pocos políticos que sabe reírse de sí mismo, raro caso, y no sé que tome a pecho las ofensas de clase.
Pero también el comandante furibundo ha llamado a sus adversarios de todo, lamebotas del imperialismo, huevos podridos, asaltantes, perros rabiosos, y a los periodistas de la oposición, hijos de Goebbels. Me hacen faltas tantas comillas...
Lo extraño de todo, sin embargo, como dije ayer al principio de estas reflexiones, es que "hijo de casa" sea introducido dentro de un contexto radical verbal de izquierda como ofensa a un oponente, cuando, como creación lingüística, pertenece a la vieja oligarquía que sabía ser hiriente a la hora de descalificar, y de discriminar, con las palabras, o con el fuete en la mano.
[Publicado el 17/1/2008 a las 08:30]
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El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega.
El idioma tiene usos que no pierden su filo, por mucho que se trate de términos más o menos olvidados. Y la liebre salta muchas veces de donde uno menos la espera, cuando se trata de convocar semejantes expresiones arcaicas desde el fondo del abismo. Es lo que ha ocurrido hace poco en Nicaragua con "hijo de casa" en boca del comandante Daniel Ortega.
"Hijo de casa" viene del lenguaje de la más rancia sociedad patriarcal. Es el humilde hijo del campo, que se criaba en la casa del patrón en la hacienda, y luego era trasladado, por su docilidad y buenas maneras, amén de su disposición al trabajo, a la casa del patrón en la ciudad, donde se encargaba de menesteres domésticos de confianza. Se hallaba un escalón más alto que la servidumbre, pero varios escalones más bajos que la familia en cuyo seno era acogido.
El "hijo de casa", si le iba bien, podía llegar a ejercer algún oficial menestral cuando se hacía adulto y debía salir de la casa del patriarca, para ser entonces barbero, ebanista o joyero. Y debía siempre contentarse con mirar de lejos a las hijas del patrón.
De modo que "hijo de casa" fue siempre un término ofensivo, y clasista, y lo sigue siendo las escasas veces que se usa, como lo hizo el comandante Ortega para ofender, y descalificar, a Edmundo Jarquín, adversario suyo desde las filas del sandinismo disidente, y candidato presidencial en la última campaña.
[Publicado el 16/1/2008 a las 08:30]
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Adriano González León.
Adriano González León murió el 12 de enero en un bar de Caracas, mientras esperaba la llegada de unos amigos. Dobló la cabeza, como si durmiera, y entonces empezó eso que con vieja retórica se llama el sueño eterno, y que en palabras más filosas es el big sleep de Raymond Chandler. Y ahora sólo quedan los recuerdos de una amistad de más de cuatro décadas.
Encuentros en San José de Costa Rica, en Caracas, en Madrid, y primero, antes de conocerlo, en las páginas de su novela País portátil, que ganó en 1968 el Premio Biblioteca Breve, que era entonces la puerta hacia la fama codiciada desde que lo había recibido Mario Vargas Llosa con La ciudad y los perros. La puerta del boom. La de Adriano fue una novela para hacer época, una crónica sobre la Venezuela más pobre que nunca bajo la opulencia falsa del petróleo, y auguraba al escritor prolífico, y no, al final, al que se quedaría como escritor de un solo título. Pero que se quedó para siempre.
Siempre recuerdo su voz entusiasta, de sesgos caribeños, enhebrando improvisaciones ingeniosas, como vez aquella en San José cuando oyendo hablar a una muchacha en la mesa que compartíamos en el bar del hotel Costa Rica, le dijo que tenía voz de alcoba, y la conquistó con eso. Y su pasión desmedida por la literatura, que era una forma de pasión desmedida por la vida.
Me queda Adriano dormido en la mesa de un bar de Caracas, como antes despierto en la mesa de un bar de San José, y juntos los dos en otra mesa en la glorieta de El Espejo en Recoletos en Madrid. Sueño y vigilia que se repiten.
[Publicado el 15/1/2008 a las 11:45]
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IV. La piedra otra vez al fondo del abismo
A partir de aquellos escopetazos que resonaron en la soledad de las ruinas de Managua el 10 de enero de 1978, y a la vista del cadáver ensangrentado de Pedro Joaquín, el país cobró la conciencia irreductible del cambio que él proponía desde las páginas de su periódico, una propuesta que contradecía las promesas amañadas del dictador, sus elecciones fraudulentas, los pactos de repartición de curules y prebendas. Los andamios podridos de la dictadura, se habían desplomado por fin.
Su muerte pudo significar la piedra de fundación de una nueva forma de convivencia política y de conducta de gobernar, tal como él mismo quiso predecirlo, anunciando que Nicaragua volvería a ser una república. Pero no fue posible tras su asesinato, y treinta años después, tampoco lo ha sido posible hasta ahora, cuando el país parece retroceder de nuevo hacia las formas más primitivas de gobierno autoritario, la confusión entre los intereses familiares y los intereses del estado, la abolición de la independencia de los poderes del estado conculcados bajo una sola mano, la corrupción inducida del sistema judicial para favorecer intereses turbios, la lealtad convertida en servilismo, la voluntad personal como sustituto de las leyes. Y, otra vez, el fantasma de la reelección.
Otra vez la piedra rodando hasta el fondo del abismo.
[Publicado el 14/1/2008 a las 09:15]
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III. Los colmillos del vampiro

Cerca del diario La Prensa en la carretera Norte se hallaba la compañía Plasmaféresis de Nicaragua S.A, parte del imperio económico y comercial del dictador Anastasio Somoza. La singular empresa compraba la sangre a la gente más miserable, que hacía cola cada mañana frente a sus puertas, procesaba la sangre y la exportaba a Estados Unidos y otros mercados en forma de plasma. La familia Somoza tenía negocios de mataderos de reses, curtiembres, destaces de cerdos, fábricas de embutidos, de zapatos, de tejidos, de cemento, de materiales de construcción, fincas de café y ganado, pesquerías. Uno podía ir de la a la Z, por orden alfabético, y siempre encontraría una empresa de los Somoza. (La X quedaba reservada para los negocios ocultos).
Pero ninguno negocio era odiado tanto como Plasmaféresis, por su carácter vampiresco. Además, se corría ya el rumor de que el socio de Somoza en aquella empresa, el cubano Pedro Ramos, se hallaba comprometido en la conspiración.
De modo que aquella noche en que Pedro Joaquín Chamorro era velado, la multitud rodeó las instalaciones de la empresa, y le prendió fuego, con lo que empezó un motín a lo largo de toda la carretera Norte, y decenas de otras empresas, no pocas de ellas ajenas a la familia Somoza, fueron saqueadas y destruidas. Allí empezaba la insurrección que ya no pararía hasta el 19 de julio de 1979.
[Publicado el 11/1/2008 a las 09:15]
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II. Los disparos de "Cara de Piedra"
Una foto de Pedro Joaquín Chamorro caminando por la vieja Managua perdida. Extraño paseo a pie entre ruinas de un hombre que viviendo bajo el peso de una dictadura dinástica, buscaba entretener en el recuerdo los escenarios de una ciudad amada y perdida para siempre, como sin anduviera entre tumbas; y más extraño aún porque pocos años después, el matarife a sueldo que enviaron a asesinarlo, apodado "Cara de Piedra", dispararía su escopeta contra él en esas mismas ruinas, en el corazón de lo que había sido la capital, la esquina de la avenida Bolívar con la calle del Trébol.
Y está entonces la otra foto terrible, el cuerpo de Pedro Joaquín tendido sobre una camilla del hospital, adonde fue levado ya sin vida, desnudo de la cintura hacia arriba, acribillado a perdigones. Uno puede contar a simple vista más de veinte impactos.
Y luego están las fotos de su entierro apoteósico, seguido por miles hasta el Cementerio General. Un entierro que era, al mismo tiempo, el de la dictadura, que sería derrocada al año siguiente por una insurrección popular.
Pero antes, está la noche en que fue velado en las instalaciones del diario La Prensa en la carretera Norte, ese mismo 10 de enero. Fue cuando la gente salió por primera vez a las calles, sin miedo.
[Publicado el 10/1/2008 a las 09:15]
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I. Paseo solitario por calles fantasmales
Hace 30 años Pedro Joaquín Chamorro fue asesinado por un sicario a sueldo de la familia Somoza en una de las calles desoladas de la vieja Managua destruida por el terremoto de la Navidad de 1972.
Era temprano de la mañana del 10 de enero de 1978, y como todos los días había salido de su casa después del desayuno, a bordo de su automóvil marca SAAB de dos puertas, para dirigirse a las instalaciones del diario La Prensa en la carretera Norte. Para ir desde el reparto Las Palmas, donde había vivido por muchos años, hasta La Prensa, que él dirigía, era necesario atravesar los baldíos de la ciudad que ya no existía más. Quienes desde las sombras del poder urdieron su muerte, sabían que en aquellas soledades era fácil dar alcance y luego asesinar a sangre fría a un hombre que viajaba solo, manejando su propio vehículo, y sin ninguna clase de escolta.
La fotografía suya que más me atrae es precisamente una en que pasea por esas mismas calles fantasmales. Los baldíos y el monte que crece al lado de las antiguas aceras son las únicas señales visibles en el paisaje borroso, y su ancho cinturón de cuero y la camiseta de rayón con cuello de grandes puntas, muestra la moda de aquellos años. Un poco pasado de peso, los anteojos de tinte oscuro; es como lo recuerdo, la misma imagen que tengo de él la última vez que lo vi.
[Publicado el 09/1/2008 a las 09:15]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
11/5/2008 14:47
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07/5/2008 22:35
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05/5/2008 22:39
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