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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 20 de noviembre de 2017

 Blog de Sergio Ramírez

El viejo monje medieval

En la recién pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, me tocó clausurar el Foro de Editores. Y empecé diciendo que siempre me ha apasionado saber cómo se sentirían aquellos monjes que copiaban los libros a mano, cuando uno de tantos días a mediados del siglo quince oyeron decir que allá afuera los libros empezaban a salir como bollos de los hornos de las panaderías, desde que un fabricante de espejos de Maguncia, perseguido por deudas, imprimía Biblias en una prensa de torniquete de las que servían para exprimir las uvas en los lagares.

Más que maravillados, imagino que deben haberse sentido aterrados. De las prensas, además de Biblias salían naipes de baraja y estampas de santos y salterios. Todo lo que los pacientes y dedicados monjes hacían antes, iluminando con sus pinceles las letras capitulares.

Aquella invención amenazaba con barrerlos. La mejor virtud de los copistas era la paciencia, y la paciencia dejaba de ser útil al conocimiento y pasaba a ser una de las reliquias del pasado. Ahora se imponía la velocidad, que nada tenía que ver con la paciencia, y mucho con la modernidad.

Nada sería lo mismo a partir de la imprenta. El conocimiento dejó de ser, como dice H. G. Wells, "un pequeño gotear de espíritu a espíritu, para convertirse en una ola inmensa de la que participarán miles de espíritus y, muy pronto, veintenas y centenas de millares".

Una revolución múltiple, para la expansión del saber y para las comunicaciones. Si la Biblia iba a ser leída por muchos, debía dejar la cárcel del latín e imprimirse en los idiomas vulgares. Pero no sólo la Biblia. Los libros de caballería pasaron a ser best-sellers. Y El Quijote  era leído por los criados en las antesalas de los caballeros.

Aquella revolución de la palabra impresa multiplicó sus consecuencias por los siglos venideros, y no hubo género de actividad humana que no llegara a afectar. La revolución cibernética, que es aún tan joven, empezó por afectar a la palabra impresa, y no hay tampoco género de actividad humana que no haya llegado a transformar, pero aún con mayor profundidad y dimensión, hasta hacer depender todo de la tecnología digital.    

No existe nadie del oficio, o el vicio de la lectura, que no se haya sentido fascinado con el olor del papel y de la tinta. Oler los libros, pasar la mano por sus lomos. No hay, en cambio, ninguna sensualidad al acercar la palma de la mano a la fría superficie de la pantalla donde por arte de la ilusión virtual, están las letras que escribimos y que leemos.

No quiero, con mi nostalgia de monje medieval, despertar ninguna sospecha de que tenga horror frente al progreso que nos avienta hacia adelante. Agradezco más bien ser su beneficiario. Como nunca, la tecnología está suprimiendo instrumentos mecánicos, aunque preserve por el momento el de la digitación. Ya el cerebro de la computadora, sin embargo, puede transformar nuestra voz en caracteres escritos, y los caracteres escritos en voz, y podrá  traspasar a la pantalla nuestros pensamientos.

Pero hoy, y tampoco me dejo llevar por el terror, es imposible  recuperar un texto escrito en un sistema cuyo lenguaje electrónico ha dejado de existir. Los disquetes de mi novela Castigo Divino, de hace un cuarto de siglo, no pueden ser leídos por ningún ordenador.  Puedo leer un libro impreso en el siglo diecinueve, o antes, pero no puedo leer lo que escribí hace veinticinco años si no es en el papel. Un argumento más para no dejar de creer en los libros de verdad.

Si es cierto que podremos leer de cualquier forma, mi previsión es que el libro impreso convivirá por largo tiempo con los formatos de libro electrónico. Ya lo estamos viendo; no es tan fácil sacar del mercado a los libros reales. La Feria del Libro de Guadalajara es un ejemplo más que palpable.

Para el monje con que he comenzado, sólo quedaban el olvido y la muerte; y cuando la polilla se comiera los pergaminos en los que había trabajado toda su vida, se lo comería también a él. Pero sólo tenía una manera de salvarse, y era salir a la calle, buscar los talleres donde se imprimían libros, meterse entre los tipógrafos, aprender a componer planas con los tipos móviles de madera, enterarse de cómo funcionaban las prensas manuales.

Es lo que procuro hacer en el mundo digital. Aunque siempre querré entrar  en los viejos libros con el asombro de la primera vez.

 

[Publicado el 09/12/2015 a las 15:30]

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Un célebre vago

Se aproxima el centenario de la muerte de Rubén Darío, y habrá mucho que decir sobre su vida y su obre, desde ahora hasta las celebraciones del 150 aniversario de su muerte en el 2017. En nuestra tradición literaria es el poeta, no el prosista, ni menos el periodista, campos los tres en que fue el fundador de un nuevo lenguaje y de una manera diferente de ver el mundo.
Desde su infancia fue tenido por un extraño prodigio que componía versos con una facilidad inaudita, un especie de fenómeno de feria de cabeza desproporcionada, como se le ve en algunos retratos borrosos, que asombraba a los gramáticos, profesores de primeras letras, versificadores y militares en retiro de las campañas liberales, aquellos "licenciados confianzudos o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios", evocados luego en Oro de Mallorca, que se reunían en las tertulias de la casa solariega de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento, en la calle real de León, donde creció como huérfano.
Pero también asombraba a los clérigos, matronas, viudas y madres de hijas casaderas, que llegaban hasta su casa a solicitar al "poeta niño", como comenzó a llamársele ya no sólo en León sino en otras partes de Nicaragua, alabanzas en verso a la Virgen María, novenas y jaculatorias, madrigales y sonetos para quinceañeras, y elegías en honor de caballeros difuntos:
"Acontecía que se usaba entonces -y creo que aún persiste- la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros, «epitafios», en que los deudos lamentaban los fallecimientos, en verso por lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese su duelo en estrofas...", recuerda en sus anotaciones de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo. 
La poesía ha acaparado este prestigio suyo de la precocidad, sustento de la creencia popular en su genio, y la fama no se lo ha otorgado a sus dones no menos precoces como periodista, como empecé diciendo. Su primer artículo de prensa conocido, "El último suplicio ofende a la naturaleza", un hervor de ideas liberales aún mal digeridas, lo escribió en 1880, a los catorces años, y se publicó en el semanario de León La Verdad. Y otros, de la misma naturaleza, provocaron que las autoridades de policía del gobierno conservador lo mandaran a procesar bajo la acusación de vagancia. 
El proceso tuvo lugar en 1884, y el acusado tenía entonces 17 años. El Prefecto Departamental escondió la verdadera intención de la represión bajo el argumento de que el acusado no tenía oficio conocido. Buscó testigos amañados, y uno de ellos declaró: "no conozco al joven Darío. He oído decir que es poeta, y como para mí poeta es sinónimo de vago, declaro que lo es".
El juez de policía, actuando bajo órdenes oficiales, lo condenó a la pena de ocho días de obras públicas conmutables a razón de un peso por día. No le ayudaba mucho su figura esmirriada, su melena larga de poeta romántico, sus zapatos gastados y su pobre vestimenta, ni ayudaba frente a la autoridad cerril que lo juzgaba su prestigio de poeta de salones, funerales y procesiones religiosas; menos el de periodista, un oficio odioso ya desde entonces en América a las imposiciones del pensamiento oficial; se buscaba castigarlo con la ignominia de barrer las calles en cadena de presos, a la vista pública, por ejercer la libertad de palabra. Y a duras penas escapó.
Es, como podemos ver, el vago más célebre de nuestra historia, padre de una nación que puede llamarse dariana; y por muchos años su efigie en los billetes: primero en los 500 córdobas, el de mayor denominación, hasta que el viejo Somoza creo uno de mil y se puso él mismo, pues según sus cuentas valía más que Rubén; y luego en los de cien, de donde ahora ha desaparecido por acto de prestidigitación.

[Publicado el 02/12/2015 a las 14:16]

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Cuando los votos pueden más que las balas.

El pasado 7 de noviembre, en Myanmar (antes Birmania), el partido oficial, respaldado por el ejército, que hasta hace poco ejerció una brutal dictadura, fue derrotado por la oposición encabezada por la premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, presa por años. Su partido, la Liga Nacional para la Democracia, ya había ganado en ocasiones anteriores pero los militares burlaron su triunfo.
 
Ahora, a pesar de que el tribunal electoral estaba presidido por un general de la vieja guardia, los votos fueron contados como se debe, y le dieron a la Liga 387 escaños del parlamento, contra apenas 42 para el oficialismo. Un poeta, Tin Thit, también preso por años, le ganó el asiento a otro poderoso general, U Wai Lwin, antiguo ministro de Defensa. El poeta triunfante dijo algo que no será novedoso, pero es verdadero: "los votos pueden más que las balas".
 
En América Latina las balas, o sea los golpes de estado y las dictaduras militares van quedando para la historia, como acaba de demostrarse en las elecciones presidenciales de Argentina. La democracia se dilucida en los recintos electorales, y no en los cuarteles. Estuve hace poco en Buenos Aires, y un fraude electoral parecía a todos un asunto de otro planeta. 
 
Ahora sigue Venezuela, con las elecciones que se celebrarán el 6 de diciembre para renovar la totalidad de los escaños de la Asamblea Nacional. En medio de la profunda crisis social y económica, las encuestas auguran la victoria de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), que desplazaría del dominio del poder legislativo al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
 
En medio de muchas y graves acusaciones en contra del sistema, la historia electoral de Venezuela bajo el chavismo resulta impecable. Es el país de América Latina donde más elecciones se han dado en los años recientes, y aunque el órgano electoral se halla bajo el control oficial, es poco lo que puede alegarse hasta ahora en contra de la transparencia a la hora de contar los votos.
 
Los reparos están en cómo el gobierno ha asumido sus derrotas, despojando de sus poderes a los funcionarios electos, gobernadores y alcaldes, mediante maniobras legales o medidas de hecho, o metiéndolos simplemente a la cárcel. Ahora, de ganar la oposición, tal como señalan las encuestas, el presidente Maduro perdería el control del andamiaje legislativo, del que depende buena parte del poder que ejerce. 
 
Sólo para empezar, de acuerdo a la Constitución Bolivariana, la Asamblea Nacional puede delegar en él la autoridad de dictar leyes y decretos por períodos prolongados, en una larga lista de materias. En unas nuevas circunstancias en que la oposición controlara los dos tercios de la mayoría parlamentaria, como parece que podría ser, esta transferencia absoluta de poderes al presidente, que deja prácticamente en receso a la Asamblea Nacional, ya no podría darse.
 
Un conflicto institucional está a la vista, y acomodar una situación semejante corresponde a los mismos mecanismos de la democracia. Debería imponerse un diálogo de convivencia, para que el país no siga descarrilándose.
 
Pero las declaraciones del presidente Maduro no barruntan lo mejor. Aunque ha dejado claro que respetará los resultados electorales, también ha dicho que de perder estas elecciones, "no entregaríamos la revolución y la revolución pasaría a una nueva etapa"; y que gobernaría "con el pueblo...y en unión cívico militar... quien tenga oídos que entienda, el que tenga ojos que vea clara la historia, la revolución no va a ser entregada jamás...". 
 
Surgen entonces preguntas inquietantes: ¿Qué significa no entregar la revolución, si la mayoría legítima de los votantes pone a la Asamblea Nacional en manos de las fuerzas opositoras? ¿Una nueva etapa de la revolución significa más radicalización, y pérdida de más libertades ciudadanas, más autoritarismo? ¿Qué significa gobernar con el pueblo, si es que el pueblo ya ha votado en contra del partido oficial? Y peor de todo, ¿qué significa gobernar en unión cívico militar? ¿Qué pito tocan los generales y los coroneles a la hora en que los votos dilucidan el asunto del poder? Eso me recuerda al poeta birmano Tin Thit cuando dice, con tanta razón, que: "los votos pueden más que las balas". 
 
El presidente Maduro también ha dicho que si su partido gana las elecciones legislativas, llamará a un diálogo nacional. Es lo que debería hacer también si las pierde. Y lo que debería hacer la oposición si gana. El diálogo es un instrumento de la democracia, y de un poder irreductible.

 

[Publicado el 25/11/2015 a las 09:00]

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Los indios que invadieron Managua

El canal por Nicaragua puede parecer un imposible por su magnitud descomedida, y porque Wang Ying, el empresario a quien se entregó la concesión leonina para construirlo, se desvanece cada vez más como un fantasma junto con su fortuna que se tragó la última crisis financiera en China, donde ya desde antes era un millonario de tercera.

Pero para los campesinos cuyas tierras se hallan en los territorios por donde pasaría el canal, la amenaza que se cierne sobre ellos no tiene nada de cuento chino. No se trata de negociar. Lo que exigen es que el canal no se construya.

Salidos de la entraña de la Nicaragua profunda han enseñado un vigor inusitado que ningún movimiento político ha podido mostrar. Hace poco decidieron llegar hasta Managua desde  las lejanas comarcas donde viven para demandar la derogación de la concesión canalera. Y entonces el gobierno de Ortega decidió impedirles poner pie en la capital a cualquier costo.

Todos los instrumentos del poder político del régimen fueron concentrados en una gigantesca operación que empezó desde que los campesinos subieron a los vehículos que los llevarían a Managua, y en ella participaron la Policía Nacional para cerrarles el paso, el Ministerio de Transporte para exigir permisos arbitrarios; las fuerzas de choque del partido de gobierno para amedrentarlos en los cruces de carreteras.

Les confiscaron autobuses, los sometieron a pedreas, capturaron a sus líderes, los obligaron a marchar largos trayectos a pie; pero al final, venciendo las barreras policiacas, más nutridas a medida que se acercaban a Managua, las caravanas de camiones de carga donde viajaban lograron entrar a la capital, sólo para encontrarse con los cordones de policías antimotines que les cerraban el paso en las calles, con más grupos de choque armados de garrotes y cadenas, y con una contramanifestación montada con empleados públicos, miembros de la Juventud Sandinista uniformados, y estudiantes acarreados de las universidades estatales y los colegios de secundaria. Había asueto decretado para todos.

En medio del cerco, los manifestantes lograron apartar las barreras metálicas colocadas a media calle, y pudieron recorrer varias cuadras, con lo que se dieron por satisfechos. Nunca buscaron ni el enfrentamiento ni la violencia, y resistieron las provocaciones. Demostraron que habían podido llegar a la capital, pese a todo, y antes del anochecer iban de regreso hacia las tierras que no están dispuestos a entregar.

He visto una y otra vez los videos tomados ese día. Los campesinos, arracimados en los camiones de carga, entran a Managua ondeando sus banderas nacionales azul y blanco. Abajo, los contra manifestantes ondean banderas del partido oficial, las banderas rojinegras que un día fueron de la revolución,  y sus consignas son contra "los malos hijos de Nicaragua". Dan vivas al canal, vivas a Ortega y a su esposa. "¡No pasarán!", grita uno. Y otro: "¡Me vale verga lo que digan los indios! ¡El canal va!"

La palabra "indios", es la que mejor  ha expresado nunca el desprecio en contra de los rotos y descalzos, y la soberbia en contra del inculto, el ignorante, el de abajo; "indios" son estos campesinos que calzan botas de hule, y a quienes este joven activista que grita desde la calle en nombre del sandinismo oficial, repudia.

Una "india" como la campesina Francisca Ramírez, dirigente de la lucha contra el canal, que dice: "miles pensamos que preferimos morir antes de entregar o vender nuestra tierras, y aunque nos digan que nos van a llevar a una ciudad y que vamos a tener todo, nosotros sentimos como que nos están quitando la vida y más bien nos están mandando a la muerte"

Hace 35 años, en los albores de la revolución, miles de jóvenes se fueron a convivir por meses con los "indios" para enseñarles a leer y a escribir. Fue la Cruzada Nacional de Alfabetización, cuando la juventud que gozaba del privilegio de educarse reconoció que había dos Nicaraguas, y traspasó la frontera para trasladarse a la otra, la de los pobres y analfabetos.

Quizás los campesinos que por fin lograron llegar a Managua son hijos de aquella Cruzada, y aprendieron a leer y a escribir entonces, y a defender sus derechos, lo que ahora se les niegan, aún el derecho de movilizarse y de protestar, ya no digamos el de vivir en sus tierras. Y pareciera que son ellos quienes deberían alfabetizar ahora a estos otros jóvenes que los repudian con sarcasmo llamándolos "indios" mientras agitan las banderas que un día fueron las banderas de la revolución.

[Publicado el 11/11/2015 a las 09:00]

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Tal vez todavía es tiempo

La joven periodista nicaragüense Dora Luz Romero, quien hace su maestría en la afamada Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma de Madrid, carrera que cuenta con el respaldo de El País, me hizo para este periódico una entrevista "En Corto", uno de esos interrogatorios a quemarropa al que hay que dar contestaciones breves y certeras, sin andarse por las ramas, todo un ejercicio gimnástico que deja sin aliento a la mente, y deja también un a cauda de dudas acerca de la corrección, o propiedad de las respuestas, sobre todo cuando uno las lee ya impresas y no hay remedio.

Me preguntó, entre otras cosas, qué libro me había cambiado la vida, y dije que Los condenados de la tierra de Fran Fanon, que leí a los veinte años; ¿con quién me gustaría sentarme en una fiesta? Con Meryl Streep vestida como Sarah Woodrof en aquella película inolvidable, La mujer del teniente francés. Acerca de mi lugar favorito en el mundo: "mi casa de madera de pino en Masatepe, junto a una quebrada, rodeado de árboles que se estremecen con el viento"... ¿Qué me deja sin dormir? "A veces una foto, como la de José Palazón, los emigrantes africanos subidos a la cerca y abajo los apacibles e indiferentes jugadores de golf".

Pero hay una de mis respuestas que ha provocado entrañables comentarios de mis amigos: ¿Qué cambiaría de usted mismo? Y dije: "Me faltó aprender a bailar. Tal vez todavía es tiempo". Cristina Pacheco,  escritora y periodista, esposa, además, del poeta ya ido José Emilio Pacheco, Premio Cervantes, y que mantiene desde hace muchos años el mejor programa de entrevistas culturales en el canal 11 de México, me puso este mensaje:

"La breve entrevista que te hicieron y apareció en la edición de hoy de El País me obliga a escribirte. Estoy emocionada por tus respuestas.  Por favor, por lo que más quieras, aprende a bailar, Estás muy a tiempo.  Bailar es algo maravilloso.  José Emilio nunca aprendió a hacerlo y lo lamentó mucho.  Poco antes de que todo terminara lo convencí de que bailáramos un danzón.  La experiencia no duró ni 30 segundos pero fue encantadora, maravillosa.  Nos divertimos mucho y él se rio de una manera que me permitió imaginarlo de niño."

Yo le respondí: "Tu mensaje me ha llegado hasta Praga y me ha iluminado el día. Te doy las gracias con esa misma alegría. Un día te contaré mi historia de no saber bailar que empieza porque de adolescente ya tenía mi estatura completa  de seis pies y las niñas me despreciaban por eso cuando las sacaba a bailar en las fiestecitas...para ellas yo era, me decían, muy alto. Tulita, en cambio, es una tremenda bailarina. Imagínate que par de bailarines de mambo hubiéramos hecho Jose Emilio y yo. Pero te hago la promesa, pediré a mis nietas que me enseñen".

A partir de ese lejano episodio que conté a Cristina, cuando me convencieron que ser larguirucho era una anormalidad, mis posibilidades para el baile se cegaron y empezó a atormentarme la idea de que lo peor que puede haber en el mundo es hacer el ridículo en público. Esta idea se convirtió años más tarde en horror cuando en las campañas políticas en que anduve se puso de moda que los candidatos tenían que bailar en la tarima durante las manifestaciones, aunque fueran bailarines nulos, y lo peor, ritmos endiablados. Una de esas veces me tocó hacerlo a los acordes furiosos de la Sonora Dinamita. El padre César Jerez, mi leal y vigilante amigo, mandó a decirme con Tulita: "Decile a Sergio que mejor no baile en público, no es necesario". Para qué quería más.

Y otra vez Cristina, de en su mensaje de respuesta: "Por favor, hazme ese favor, aprende a bailar. Sólo es cosa de sentir la música en la cadera, según me aconsejó Ninón Sevilla".

Entonces he caído en estado de pánico, un pánico filmado en blanco y negro, al sólo imaginarme bailando con Ninón Sevilla, con su vestido de rumbera de nutridos vuelos y en la banda de sonido la orquesta de Pérez Prado que toca La múcura que está en el suelo, en un cabaret nutrido de gente que nos hace rueda.

[Publicado el 04/11/2015 a las 09:00]

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Virgen de medianoche

En mi novela Sombras nada más, publicada en el año 2003 hay un episodio en el que relato la excursión nocturna que al terminar la última tanda de cine del teatro González, un grupo de estudiantes hace por las cantinas y antros de León. Una de las estaciones de ese recorrido es el 3066, llamado así por su número de teléfono, situado en el barrio de San Juan, y cuyo dueño era un chino algo melancólico.

En la roconola no faltaban los discos de la Sonora Matancera, cuyo solista más afamado era el puertorriqueño Daniel Santos. Las muchachas, cuando no bailaban o acompañaban a los clientes en las mesas, o se afanaban en complacerlos en los cuartos del traspatio, se sentaban en sillas playeras colocadas en fila  contra las paredes, como en un velorio. El Chino solía filosofar sobre la legitimidad de los oficios que deparaba la vida, entre ellos el suyo, el que defendía con ardor ético.

 Una noche de un año que debe haber sido 1962, Daniel Santos, que andaba de gira por Nicaragua, cantó en el 3066, lo que consigno también en mi novela, entreverado como un hecho real, porque fui testigo de aquel milagro inolvidable: el Jefe en persona, en aquel escenario sin fama donde lo rodeábamos sus devotos.

Canoso el bigote e hinchado de cuello y vientre de no poder anudarse la corbata ni abotonarse el saco, y en equilibrio precario frente al micrófono de pedestal, dejó retumbar su voz de alma en pena que cantaba Virgen de medianoche, mientras las señoras del pecado lloraban desconsoladas al escuchar aquel rezo de amor. Sólo él podía cantarles su himno con semejante devoción.

En Managua había caído preso por escándalo en la vía pública, según el alegato oficial,  pero en realidad por seducir a la mujer de un coronel de la Guardia Nacional, el ejército pretoriano de Somoza, según el dicho popular.  Y ese mismo dicho sigue repitiendo que durante su cautiverio en las cárceles del Hormiguero compuso su célebre canción El preso.

Todo eso fue también a dar a la novela. Pero uno miente con alevosía y ventaja en beneficio de la invención, pues cuando escribía Sombras nada más y le pedí información sobre Daniel Santos a su compatriota boricua, el escritor Edgardo Rodríguez Juliá, él me advirtió: "lamento informarte que no fue en una cárcel nicaragüense donde Daniel Santos escribió esa canción, sino en la cárcel del Príncipe en la Habana. Para más detalles te tengo la sabiduría de Josean Ramos, quien fue secretario de Daniel en los años crepusculares del Jefe. Josean fue para Daniel lo que Eckermann fue para Goethe...."

             Edgardo me puso en relación con Josean, quien de inmediato me envió su libro, El inquieto anacobero, donde explica el asunto de la prisión. Pero así y todo no cejé en mi mentira, porque de mentiras, ese tejido sutil que viste a los dioses, están hechas las novelas. Y luego leí la novela de Josean, no menos aleccionadora, Vengo a decirle adiós a los muchachos; y aquí supera a Eckermann, quien nunca escribió una novela sobre Goethe.

 Hace poco recibí un mensaje de Josean donde me contaba de una edición conmemorativa de esa novela suya,  "que se presentará en el Festival Amigos del Bolero de Manizales, dedicado a Daniel Santos; luego en Cali, Barranquilla y otros poblados...esta edición incluirá unos cien manuscritos inéditos a puño y letra de Daniel, que iba escribiendo de barra en barra, de trago en trago...un ajuste de cuentas consigo mismo desde la intimidad de las cantinas....tomando en cuenta tu devoción por el Santo Daniel, así como sus vivencias en Nicaragua, donde padeció como Corretjer la fría soledad de las cosas tan lejanas (y recogió años después en Santo Domingo $50 mil para la causa Sandinista), me encantaría incluir en esta edición un escrito tuyo sobre Daniel y lo que significó para tu generación..."

Pues lo que significó para mi generación ya queda dicho. Las noches de peregrinaje por antros en penumbra, pisos cubiertos de aserrín y ristras de bujías macilentas, las luces tornasol de las roconola desde las que se alzaba la voz de este poeta maldito del Caribe infinito, el de la trasgresiones libertinas, el rey de corazones de la baraja vestido con smoking de lentejuelas, el héroe de todas las batallas pendencieras y de todos los desvelos alcohólicos que no cesa nunca de cantar para las vírgenes de medianoche que envejecen bañadas en lágrimas. Mientras amanece.

[Publicado el 28/10/2015 a las 09:00]

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Una vida que es una historia para contar

Las veces que me encuentro con Rosa Castillo, a quien siempre hemos llamado "La Cuta", empezamos a reírnos desde que nos divisamos desde lejos, ella siempre llena de gozo y alegría, como si celebráramos de antemano alguno de los recuerdos que nos unen; y el día que llegó a mi casa el ejemplar del de su libro de memorias "Una vida es una historia para contar" el gozo entero fue mío: saber que por fin había puesto por escrito los avatares de su espléndida existencia nunca desperdiciada, algo en que le había insistido por años; y esa noche misma empecé a leer el libro y ya no me detuve hasta que a las primeras luces del alba lo había terminado. La historia contemporánea, la de la lucha para derrocar a Somoza, la historia de la revolución, en la vida de una mujer indispensable.

La conocí en León de Nicaragua a comienzos de los años sesenta, cuando su marido Tito Castillo, con el que estaba casado desde que ambos eran casi niños, se recibió de abogado. Una mujer menuda, vivaz, ocurrente, llena de humor, pero antes de nada una mujer de "ñeque", es decir, muy bien bragada. Y para darse cuenta de todo lo que ella ha sido y de todo lo que ha hecho, leer su libro no basta porque sabe tender el velo de la modestia sobre lo que le tocó ver y vivir, principalmente sobre aquello en que le tocó participar en la revolución, una presencia decisiva la de esta madre Coraje que siempre rehusó a ponerse en primer plano y dejó el protagonismo a otros, mucho de los cuales, ya sabemos, no lo merecían, o lo desperdiciaron.

La Cuta es una escritora de habilidades naturales, porque cuenta las cosas como deben hacerlo los verdaderos escritores, sin prosopopeyas ni alardes, ni circunloquios ni banalidades; y desde el comienzo de su libro, si queremos meternos en la entraña de una familia tradicional de la Granada de Nicaragua, allí están los amenos y aleccionadores capítulos dedicados a su familia venida a menos, a su infancia, que son un verdadero retrato social visto desde la intimidad y desde el ojo de una niña que crece entre penurias pero rodeada de hondo afecto, el primero el de su abuelo, un personaje memorable.

Después la oímos relatarnos cómo su vida va cambiando, ya casada, en la medida en que su compromiso cristiano la va poniendo del lado de los desposeídos, y desde allí a su paso a partícipe callada de la lucha revolucionaria, y a su exilio, que es cuando volvimos a encontrarnos en Costa Rica en 1976, cuando todo empezó a acelerarse hacia la insurrección que terminaría derrocando en poco tiempo a la tiranía de los Somoza, y su casa rural de amplias estancias en las afueras de San José se convirtió en cuartel general del Grupo de los Doce, del que Tito su marido formaba parte, y en depósito de medicinas y vituallas de guerra, en lugar de descanso y tránsito de guerrilleros, estación de transmisiones militares, comedor comunal con una cocina que nunca se apagaba, y también en los estudios desde donde transmitía la clandestina Radio Sandino.

De esa casa siempre embullada salió su hijo mayor Ernesto para nunca más volver, porque lo mataron en combate en las calles de León en septiembre de 1978; antes había escrito un libro de poemas donde a la par de sus amores de adolescencia va relatando su compromiso guerrillero. Lo enterraron en una fosa común, en el patio trasero de la morgue de un hospital, sus huesos revueltos con los demás muchachos que habían caído con él, y la madre, años después, no quiso que lo removieran de allí; era su lugar, entre tantos muertos anónimos.

Cuando le dan una mañana en su casa de San José la noticia de que el muchacho que era la niña de sus ojos ha caído, se extraña de que todo siga igual, el viento soplando, los pájaros trinando, el sol brillando, voces, pláticas, ruidos cotidianos, mientras su aullido de dolor se disolvía en el silencio encerrado de su alma hecha trizas.

Tras el triunfo de la revolución fue adonde la mandaron, un puesto burocrático como administradora de una radio del estado, cuando tanta falta hubiera hecho su buen juicio, su sensibilidad, su perspicacia,  su sentido común y su entereza moral, en cargos que otros ocuparon tan mal; pero en humildad nunca le ganó nadie, y por eso sé que se pondrá roja de vergüenza cuando lea estas líneas de justa alabanza. Una de esas mujeres sin las cuales la revolución nunca hubiera sido posible, y que tras tantos años pasados conserva intacta la autoridad para erigirse en jueza de tantos malversaciones éticas y desmanes como vinieron después. Una mujer para la historia, para hacerla, y ahora para  contarla.

[Publicado el 21/10/2015 a las 09:30]

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Una ciudad inventada

La primera vez que llegué a Cartagena fue por el año de 1984. Eran tiempos de negociaciones por la paz en Nicaragua, en las que el presidente Belisario Betancur se empeñaba, y tras una visita mía a Bogotá me invitó a que pasara con Tulita, mi mujer, un par de días en la casa del Fuerte de San Juan de Manzanillo para que conociera aquella ciudad que seguía siendo mentira en mi cabeza mientras no traspusiera sus murallas, y nos confió a los cuidados de Gabo y Mercedes.

Mientras a lo lejos, a través del mar Caribe, la tormenta de la guerra civil se cernía sobre Nicaragua, íbamos de un paraje a otro de la ciudad que contemplamos el primer día desde las alturas del fuerte de San Felipe de Barajas, y esa noche tuvimos una velada en casa de Alejandro Obregón en la calle de la Factoría al lado de la muralla, el pintor con sus patillas rubias como un de capitán de fragata, y allí nos dio el amanecer entre historias de asombro y jolgorio, una de ellas de cuando en una fiesta Obregón se había tragado un grillo chino que se paseaba, prendido de una cadena de oro, por el corpiño de la anfitriona.

Una ciudad, imposible de desentrañar porque las capas de que está compuesta son como las de una cebolla infinita, de modo que llegar a la siguiente puede tomar años de nuevas exploraciones, en el aire un eterno vallenato que cuenta historias y cuenta la historia, la antigüedad empozada como en una cisterna de aguas oscuras.

En el siglo dieciocho había en el Caribe una estrategia común de defensa contra las incursiones de los piratas y los asedios de los galeones ingleses armados en corso, que empezaba por la construcción de fortalezas diseñadas por los ingenieros militares españoles.

Fue por esa razón que el comandante José de Herrera y Sotomayor, teniente y capitán del batallón de la plaza de Cartagena fue designado en 1753 comandante de la fortaleza de La Inmaculada y Purísima Concepción situada en el curso del río San Juan en Nicaragua, por donde bucaneros y corsarios buscaban penetrar hasta las ciudad de Granada, junto al Gran Lago.

Las crónicas, que a veces parecen hijas de la invención, de lo que Gabo dio tantas veces cuenta, dicen que siendo viudo el comandante, se llevó a su hija Rafaela, de diez años; y en la fortaleza erigida en un recodo del río, le enseñó diversas artes de guerra, entre ellas el manejo del cañón, con lo que, al poco tiempo, "con alguna propiedad y acierto lo montaba, cargaba, apuntaba y disparaba".

El padre enfermó de fiebres malsanas, y la siguiente vez que los ingleses atacaron el castillo al amanecer del 29 de julio de 1762, su cadáver estaba siendo velado en la torre del homenaje. La niña asumió entonces la defensa, negó a los corsarios la rendición que demandaban, y a las once en punto de la mañana disparó un cañonazo que descalabró la nave capitana, lo que minó la moral de los atacantes, más aún cuando la niña mandó crear un fuego griego con unas sábanas empapadas de alcohol que navegaron río abajo alzando llamas, lo cual apuró su desbandada.

Le conté esta historia a Gabo y la tomó, por supuesto, por cierta. Para él no resultaba nada extraño que una niña de diez años fuera una artillera de puntería infalible, y de genio militar suficiente para fabricar un fuego griego que pusiera espanto en las filas enemigas.

Él volvería en Del amor y otros demonios sobre la historia de otra niña de edad parecida, Sierva María de Todos Los Angeles, mordida por un perro rabioso cuando iba a cumplir sus doce años. Las dos historias  son de la segunda mitad del siglo dieciocho, y aquel cañonazo de Rafaela resonó, a lo mejor, en la misma fecha en que Sierva María empezaba el calvario de su desgracia. Entonces el Tribunal de la Inquisición que perseguía la brujería y los tratos con el demonio, y la rabia era considerada diabólica.

El cabello de la inocente endemoniada siguió creciendo después de su muerte, y cuando siglos más tarde la piocha del albañil rompió su féretro, aquella "cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta". Medía exactamente veintidós metros con once centímetros.

La ciudad detrás de las murallas sigue siendo mentira, una ciudad mágica más allá del lugar común, inventada por Gabo, y que se sigue inventando sin fin a sí misma.

[Publicado el 14/10/2015 a las 09:15]

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Palabras en libertad

En América Latina vivimos frente a un caleidoscopio no se detiene en la composición de sus figuras. Como una de nuestras más viejas fantasmagorías, los caudillos se repiten en un juego infinito de espejos nublados por los viejos vapores del populismo. Los dictadores no son materia agotada ni de la literatura ni del periodismo. No son espectros del viejo pasado, sino imágenes vivas del siglo veintiuno, arrastrados por la marea de la historia que no cesa de copiar sus eternos movimientos.

Y la violencia institucional que generan va dirigida contra los medios de comunicación que estorban su pesadilla demagógica de sociedades uniformes, cuando el poder pretende un espacio único de opinión, cansino y monocorde, donde sólo debe reinar la ideología oficial. Leyes represivas, cierre de medios, cadenas oficiales interminables, compra forzada de periódicos, estaciones de radio y televisión que pasan a ser parte del coro político del estado, amenaza de cancelación de licencias, uso de las cuentas de publicidad gubernamental como arma de coerción y chantaje.

El diario Tal Cuál de Caracas fue asfixiado, entre la falta de papel para su impresión, el cierre de las fuentes de publicidad estatal, investigaciones fiscales y pleitos judiciales enderezados contra su director, Teodoro Petkoff, quien no pudo recoger en Madrid el premio Ortega y Gasset, pues tiene el país por cárcel.

De acuerdo al Instituto Prensa y Sociedad, en el término de un año 34 periódicos y revistas en 11 estados del país habían llegado a una situación precaria en Venezuela debido a la falta de papel, obligados así a cerrar, o reducir su tiraje. Se obliga a los proveedores de Internet a bloquear sitios cuando las informaciones disgustan al gobierno; las estaciones que trasmiten por cable son sacadas del aire. Todo entra en el rango de lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos califica como "censura indirecta".

Un gobierno electo se convierte en un gobierno autoritario cuando invade la institucionalidad y restringe o anula las libertades públicas, de hecho o a través de leyes o reglamentos. Y por mucho que se envuelva en un espeso manto retórico, el autoritarismo, de derecha o izquierda, viene a ser el mismo.

Y cuando las leyes buscan reglamentar el pensamiento y sujetarlo a normas burocráticas, entramos en ese mundo oscuro que Kafka delineó tan bien en sus novelas: el mundo procesal donde todos somos culpables por utilizar las palabras, y la única manera de demostrar inocencia es con el silencio. Nacen así los ministerios de la Verdad, como en el mundo de George Orwell, y el estado se convierte en una especie de orden religiosa que vigila el pecado ideológico y amenaza con las llamas del infierno.

En Ecuador se ha creado la Superintendencia de la Información y Comunicación que aplica sanciones brutales, como ha ocurrido con el diario El Comercio, castigado con una multa equivalente al 10% de su facturación comercial de los últimos tres meses causas a un reportaje sobre el déficit presupuestario en el sistema de salud.

Y llegan los absurdos. La misma Superintendencia ha considerado "sexista" una tira cómica de Olafo el amargado porque su esposa Helga aparece de delantal, ocupada en la cocina. El censor ha fruncido el ceño. No hay que reírse, es peligroso.

El beneficio que el estado pueda dar a sectores marginales de la población, y aún el crecimiento económico y la reducción de los márgenes de pobreza, no son contradictorios a la libertad de opinión que es un derecho fundamental de los ciudadanos, igual que el bienestar.

Al contrario, todo proyecto de desarrollo económico se vuelve provisional si carece de fundamentos democráticos, y a la postre resultará en fracaso, tal como la historia enseña repetidas veces. La imposición de esquemas cerrados de pensamiento, que excluye a aquellos que disienten de la doctrina oficial, y los castigan, convertirá en catástrofe cualquier experimento de cambio. Tal como el secretario general de la OEA, Luis Almagro, ha expresado muy recientemente en una carta abierta dirigida al canciller de Venezuela, Elías Jaua:

"Ninguna revolución puede dejar a la gente con menos derechos de los que tenía, más pobre en valores y en principios, más desiguales en las instancias de la justicia y la representación, más discriminada dependiendo de dónde está su pensamiento o su norte político. Toda revolución significa más derechos para más gente, para más personas...la Democracia es el gobierno de las mayorías, pero también lo es garantizar los derechos de las minorías. No hay democracia sin garantías para las minorías".

[Publicado el 30/9/2015 a las 09:00]

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La palabra perseguida

Después de padecer largas dictaduras militares a lo largo del siglo veinte en América Latina, y apartadas las polarizaciones ideológicas que llevaron a conflictos armados en no pocos países, la recuperación, o edificación, del estado de derecho fue la meta a conseguir como salvaguarda de un futuro en que democracia y desarrollo pudieran caminar juntos.

Bien podría decirse que la aspiración de finales del siglo veinte fue hacer que la realidad política respondiera a la letra de las Constituciones, un ajuste en el que gran parte de nuestros países habían fracasado desde los días de la independencia. Ni más ni menos, regresar al siglo diecinueve para poder tener siglo veintiuno.

Pronto descubrimos que la institucionalidad democrática era capaz de resucitar de las cenizas de las dictaduras militares solamente donde esa institucionalidad había prosperado antes, como en Uruguay o en Chile, o como siguió funcionando en Costa Rica mientras en el resto de Centroamérica de alzaban las llamas del conflicto bélico; pero donde históricamente  había sido débil era difícil reinventarla, como en la mayoría de los mismos países centroamericanos.

Aprendimos, o recordamos, lo que ya la historia enseñaba: que la "democracia populista" no es más que un seudónimo del autoritarismo. Si hay concentración absoluta de poder, cercenamiento de la libertad de expresión; si hay miedo de los ciudadanos frente al poder, estamos en los umbrales de la dictadura. De allí a la represión sangrienta no hay más que un pequeño paso. Y el populismo no es más que el celofán en que se envuelve ese regalo envenenado.

Pero otro elemento, para nada sorpresivo, se sumó al panorama de fin de siglo, y se expande hoy con fuerza de incendio: la corrupción, tan adherida  a la democracia recuperada, como si fuera una piel purulenta; y la propia debilidad institucional, que incluye la falta de transparencia y de controles sobre la voracidad de no pocos de quienes suelen ascender al mando, la facilita.

            El panorama se agrava con la incidencia pertinaz del crimen organizado, que alienta la corrupción en todos los estratos, y el empeño de los narcocarteles en minar el estado de derecho. Los narcodólares tienen un peso excesivo y desproporcionado capaz de descalabrar el andamiaje institucional. Es una hidra de múltiples cabezas que apenas se le corta una, retoñan cien; una hidra capaz de asesinar masivamente,  incinerar, decapitar, con mucho que enseñar en cuanto a métodos de crueldad a los sicarios del califato islámico.

Son los que dejan cabezas humanas en parajes públicos como símbolos de su poder sanguinario, que es también un ritual. Los narcos mexicanos propagan el culto a la Santa Muerte que hace resplandecer en su mano la afilada guadaña que decapita, descuartiza, y amontona cadáveres, y víctimas visibles de esta cacería son los periodistas. Decenas de ellos viven bajo amenaza, son asesinados o resultan desaparecidos en México, Honduras, Guatemala, Colombia, Paraguay o Brasil, por la osadía de meterse en las entrañas de la verdad.

Desde el año de 2007, más de 50 periodistas han sido asesinados o han desaparecido en México,  y sólo en el estado de Veracruz las víctimas sumen 14 desde 2011. De acuerdo al Comité para la Protección de Periodistas con sede en Nueva York, "hay un clima de persistente impunidad. Los crímenes contra periodistas no son resueltos casi nunca, no sólo como resultado de la negligencia y la incompetencia, sino también debido a la corrupción que se extiende entre jueces, fiscales y autoridades de policía, sobre todo a nivel de los estados".

En el año 2013, tras la llegada del presidente Peña Nieto, se aprobó una reforma constitucional que otorga a las autoridades federales jurisdicción para perseguir a los responsables de crímenes contra la libertad de prensa, y el reclamo hoy es que se organicen medidas efectivas para proteger a los periodistas. 

En agosto de este año unos 400 periodistas, escritores y artistas de todo el mundo, a raíz del asesinato del fotógrafo Rubén Espinoza, quien había huido de Veracruz a la ciudad de México tras constantes amenazas a su vida, y fue acribillado con otras cuatro personas, dirigimos al presidente Peña Nieto una carta pública que empieza diciendo:

"Con el apoyo de PEN y el Comité de Protección a los Periodistas, vemos con indignación los ataques contra los reporteros en México. Cuando se ataca a un periodista se atenta contra el derecho a la información de la sociedad entera".

[Publicado el 23/9/2015 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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