PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 25 de julio de 2017

 Blog de Sergio Ramírez

Una vida que es una historia para contar

Las veces que me encuentro con Rosa Castillo, a quien siempre hemos llamado "La Cuta", empezamos a reírnos desde que nos divisamos desde lejos, ella siempre llena de gozo y alegría, como si celebráramos de antemano alguno de los recuerdos que nos unen; y el día que llegó a mi casa el ejemplar del de su libro de memorias "Una vida es una historia para contar" el gozo entero fue mío: saber que por fin había puesto por escrito los avatares de su espléndida existencia nunca desperdiciada, algo en que le había insistido por años; y esa noche misma empecé a leer el libro y ya no me detuve hasta que a las primeras luces del alba lo había terminado. La historia contemporánea, la de la lucha para derrocar a Somoza, la historia de la revolución, en la vida de una mujer indispensable.

La conocí en León de Nicaragua a comienzos de los años sesenta, cuando su marido Tito Castillo, con el que estaba casado desde que ambos eran casi niños, se recibió de abogado. Una mujer menuda, vivaz, ocurrente, llena de humor, pero antes de nada una mujer de "ñeque", es decir, muy bien bragada. Y para darse cuenta de todo lo que ella ha sido y de todo lo que ha hecho, leer su libro no basta porque sabe tender el velo de la modestia sobre lo que le tocó ver y vivir, principalmente sobre aquello en que le tocó participar en la revolución, una presencia decisiva la de esta madre Coraje que siempre rehusó a ponerse en primer plano y dejó el protagonismo a otros, mucho de los cuales, ya sabemos, no lo merecían, o lo desperdiciaron.

La Cuta es una escritora de habilidades naturales, porque cuenta las cosas como deben hacerlo los verdaderos escritores, sin prosopopeyas ni alardes, ni circunloquios ni banalidades; y desde el comienzo de su libro, si queremos meternos en la entraña de una familia tradicional de la Granada de Nicaragua, allí están los amenos y aleccionadores capítulos dedicados a su familia venida a menos, a su infancia, que son un verdadero retrato social visto desde la intimidad y desde el ojo de una niña que crece entre penurias pero rodeada de hondo afecto, el primero el de su abuelo, un personaje memorable.

Después la oímos relatarnos cómo su vida va cambiando, ya casada, en la medida en que su compromiso cristiano la va poniendo del lado de los desposeídos, y desde allí a su paso a partícipe callada de la lucha revolucionaria, y a su exilio, que es cuando volvimos a encontrarnos en Costa Rica en 1976, cuando todo empezó a acelerarse hacia la insurrección que terminaría derrocando en poco tiempo a la tiranía de los Somoza, y su casa rural de amplias estancias en las afueras de San José se convirtió en cuartel general del Grupo de los Doce, del que Tito su marido formaba parte, y en depósito de medicinas y vituallas de guerra, en lugar de descanso y tránsito de guerrilleros, estación de transmisiones militares, comedor comunal con una cocina que nunca se apagaba, y también en los estudios desde donde transmitía la clandestina Radio Sandino.

De esa casa siempre embullada salió su hijo mayor Ernesto para nunca más volver, porque lo mataron en combate en las calles de León en septiembre de 1978; antes había escrito un libro de poemas donde a la par de sus amores de adolescencia va relatando su compromiso guerrillero. Lo enterraron en una fosa común, en el patio trasero de la morgue de un hospital, sus huesos revueltos con los demás muchachos que habían caído con él, y la madre, años después, no quiso que lo removieran de allí; era su lugar, entre tantos muertos anónimos.

Cuando le dan una mañana en su casa de San José la noticia de que el muchacho que era la niña de sus ojos ha caído, se extraña de que todo siga igual, el viento soplando, los pájaros trinando, el sol brillando, voces, pláticas, ruidos cotidianos, mientras su aullido de dolor se disolvía en el silencio encerrado de su alma hecha trizas.

Tras el triunfo de la revolución fue adonde la mandaron, un puesto burocrático como administradora de una radio del estado, cuando tanta falta hubiera hecho su buen juicio, su sensibilidad, su perspicacia,  su sentido común y su entereza moral, en cargos que otros ocuparon tan mal; pero en humildad nunca le ganó nadie, y por eso sé que se pondrá roja de vergüenza cuando lea estas líneas de justa alabanza. Una de esas mujeres sin las cuales la revolución nunca hubiera sido posible, y que tras tantos años pasados conserva intacta la autoridad para erigirse en jueza de tantos malversaciones éticas y desmanes como vinieron después. Una mujer para la historia, para hacerla, y ahora para  contarla.

[Publicado el 21/10/2015 a las 09:30]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Una ciudad inventada

La primera vez que llegué a Cartagena fue por el año de 1984. Eran tiempos de negociaciones por la paz en Nicaragua, en las que el presidente Belisario Betancur se empeñaba, y tras una visita mía a Bogotá me invitó a que pasara con Tulita, mi mujer, un par de días en la casa del Fuerte de San Juan de Manzanillo para que conociera aquella ciudad que seguía siendo mentira en mi cabeza mientras no traspusiera sus murallas, y nos confió a los cuidados de Gabo y Mercedes.

Mientras a lo lejos, a través del mar Caribe, la tormenta de la guerra civil se cernía sobre Nicaragua, íbamos de un paraje a otro de la ciudad que contemplamos el primer día desde las alturas del fuerte de San Felipe de Barajas, y esa noche tuvimos una velada en casa de Alejandro Obregón en la calle de la Factoría al lado de la muralla, el pintor con sus patillas rubias como un de capitán de fragata, y allí nos dio el amanecer entre historias de asombro y jolgorio, una de ellas de cuando en una fiesta Obregón se había tragado un grillo chino que se paseaba, prendido de una cadena de oro, por el corpiño de la anfitriona.

Una ciudad, imposible de desentrañar porque las capas de que está compuesta son como las de una cebolla infinita, de modo que llegar a la siguiente puede tomar años de nuevas exploraciones, en el aire un eterno vallenato que cuenta historias y cuenta la historia, la antigüedad empozada como en una cisterna de aguas oscuras.

En el siglo dieciocho había en el Caribe una estrategia común de defensa contra las incursiones de los piratas y los asedios de los galeones ingleses armados en corso, que empezaba por la construcción de fortalezas diseñadas por los ingenieros militares españoles.

Fue por esa razón que el comandante José de Herrera y Sotomayor, teniente y capitán del batallón de la plaza de Cartagena fue designado en 1753 comandante de la fortaleza de La Inmaculada y Purísima Concepción situada en el curso del río San Juan en Nicaragua, por donde bucaneros y corsarios buscaban penetrar hasta las ciudad de Granada, junto al Gran Lago.

Las crónicas, que a veces parecen hijas de la invención, de lo que Gabo dio tantas veces cuenta, dicen que siendo viudo el comandante, se llevó a su hija Rafaela, de diez años; y en la fortaleza erigida en un recodo del río, le enseñó diversas artes de guerra, entre ellas el manejo del cañón, con lo que, al poco tiempo, "con alguna propiedad y acierto lo montaba, cargaba, apuntaba y disparaba".

El padre enfermó de fiebres malsanas, y la siguiente vez que los ingleses atacaron el castillo al amanecer del 29 de julio de 1762, su cadáver estaba siendo velado en la torre del homenaje. La niña asumió entonces la defensa, negó a los corsarios la rendición que demandaban, y a las once en punto de la mañana disparó un cañonazo que descalabró la nave capitana, lo que minó la moral de los atacantes, más aún cuando la niña mandó crear un fuego griego con unas sábanas empapadas de alcohol que navegaron río abajo alzando llamas, lo cual apuró su desbandada.

Le conté esta historia a Gabo y la tomó, por supuesto, por cierta. Para él no resultaba nada extraño que una niña de diez años fuera una artillera de puntería infalible, y de genio militar suficiente para fabricar un fuego griego que pusiera espanto en las filas enemigas.

Él volvería en Del amor y otros demonios sobre la historia de otra niña de edad parecida, Sierva María de Todos Los Angeles, mordida por un perro rabioso cuando iba a cumplir sus doce años. Las dos historias  son de la segunda mitad del siglo dieciocho, y aquel cañonazo de Rafaela resonó, a lo mejor, en la misma fecha en que Sierva María empezaba el calvario de su desgracia. Entonces el Tribunal de la Inquisición que perseguía la brujería y los tratos con el demonio, y la rabia era considerada diabólica.

El cabello de la inocente endemoniada siguió creciendo después de su muerte, y cuando siglos más tarde la piocha del albañil rompió su féretro, aquella "cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta". Medía exactamente veintidós metros con once centímetros.

La ciudad detrás de las murallas sigue siendo mentira, una ciudad mágica más allá del lugar común, inventada por Gabo, y que se sigue inventando sin fin a sí misma.

[Publicado el 14/10/2015 a las 09:15]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Palabras en libertad

En América Latina vivimos frente a un caleidoscopio no se detiene en la composición de sus figuras. Como una de nuestras más viejas fantasmagorías, los caudillos se repiten en un juego infinito de espejos nublados por los viejos vapores del populismo. Los dictadores no son materia agotada ni de la literatura ni del periodismo. No son espectros del viejo pasado, sino imágenes vivas del siglo veintiuno, arrastrados por la marea de la historia que no cesa de copiar sus eternos movimientos.

Y la violencia institucional que generan va dirigida contra los medios de comunicación que estorban su pesadilla demagógica de sociedades uniformes, cuando el poder pretende un espacio único de opinión, cansino y monocorde, donde sólo debe reinar la ideología oficial. Leyes represivas, cierre de medios, cadenas oficiales interminables, compra forzada de periódicos, estaciones de radio y televisión que pasan a ser parte del coro político del estado, amenaza de cancelación de licencias, uso de las cuentas de publicidad gubernamental como arma de coerción y chantaje.

El diario Tal Cuál de Caracas fue asfixiado, entre la falta de papel para su impresión, el cierre de las fuentes de publicidad estatal, investigaciones fiscales y pleitos judiciales enderezados contra su director, Teodoro Petkoff, quien no pudo recoger en Madrid el premio Ortega y Gasset, pues tiene el país por cárcel.

De acuerdo al Instituto Prensa y Sociedad, en el término de un año 34 periódicos y revistas en 11 estados del país habían llegado a una situación precaria en Venezuela debido a la falta de papel, obligados así a cerrar, o reducir su tiraje. Se obliga a los proveedores de Internet a bloquear sitios cuando las informaciones disgustan al gobierno; las estaciones que trasmiten por cable son sacadas del aire. Todo entra en el rango de lo que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos califica como "censura indirecta".

Un gobierno electo se convierte en un gobierno autoritario cuando invade la institucionalidad y restringe o anula las libertades públicas, de hecho o a través de leyes o reglamentos. Y por mucho que se envuelva en un espeso manto retórico, el autoritarismo, de derecha o izquierda, viene a ser el mismo.

Y cuando las leyes buscan reglamentar el pensamiento y sujetarlo a normas burocráticas, entramos en ese mundo oscuro que Kafka delineó tan bien en sus novelas: el mundo procesal donde todos somos culpables por utilizar las palabras, y la única manera de demostrar inocencia es con el silencio. Nacen así los ministerios de la Verdad, como en el mundo de George Orwell, y el estado se convierte en una especie de orden religiosa que vigila el pecado ideológico y amenaza con las llamas del infierno.

En Ecuador se ha creado la Superintendencia de la Información y Comunicación que aplica sanciones brutales, como ha ocurrido con el diario El Comercio, castigado con una multa equivalente al 10% de su facturación comercial de los últimos tres meses causas a un reportaje sobre el déficit presupuestario en el sistema de salud.

Y llegan los absurdos. La misma Superintendencia ha considerado "sexista" una tira cómica de Olafo el amargado porque su esposa Helga aparece de delantal, ocupada en la cocina. El censor ha fruncido el ceño. No hay que reírse, es peligroso.

El beneficio que el estado pueda dar a sectores marginales de la población, y aún el crecimiento económico y la reducción de los márgenes de pobreza, no son contradictorios a la libertad de opinión que es un derecho fundamental de los ciudadanos, igual que el bienestar.

Al contrario, todo proyecto de desarrollo económico se vuelve provisional si carece de fundamentos democráticos, y a la postre resultará en fracaso, tal como la historia enseña repetidas veces. La imposición de esquemas cerrados de pensamiento, que excluye a aquellos que disienten de la doctrina oficial, y los castigan, convertirá en catástrofe cualquier experimento de cambio. Tal como el secretario general de la OEA, Luis Almagro, ha expresado muy recientemente en una carta abierta dirigida al canciller de Venezuela, Elías Jaua:

"Ninguna revolución puede dejar a la gente con menos derechos de los que tenía, más pobre en valores y en principios, más desiguales en las instancias de la justicia y la representación, más discriminada dependiendo de dónde está su pensamiento o su norte político. Toda revolución significa más derechos para más gente, para más personas...la Democracia es el gobierno de las mayorías, pero también lo es garantizar los derechos de las minorías. No hay democracia sin garantías para las minorías".

[Publicado el 30/9/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La palabra perseguida

Después de padecer largas dictaduras militares a lo largo del siglo veinte en América Latina, y apartadas las polarizaciones ideológicas que llevaron a conflictos armados en no pocos países, la recuperación, o edificación, del estado de derecho fue la meta a conseguir como salvaguarda de un futuro en que democracia y desarrollo pudieran caminar juntos.

Bien podría decirse que la aspiración de finales del siglo veinte fue hacer que la realidad política respondiera a la letra de las Constituciones, un ajuste en el que gran parte de nuestros países habían fracasado desde los días de la independencia. Ni más ni menos, regresar al siglo diecinueve para poder tener siglo veintiuno.

Pronto descubrimos que la institucionalidad democrática era capaz de resucitar de las cenizas de las dictaduras militares solamente donde esa institucionalidad había prosperado antes, como en Uruguay o en Chile, o como siguió funcionando en Costa Rica mientras en el resto de Centroamérica de alzaban las llamas del conflicto bélico; pero donde históricamente  había sido débil era difícil reinventarla, como en la mayoría de los mismos países centroamericanos.

Aprendimos, o recordamos, lo que ya la historia enseñaba: que la "democracia populista" no es más que un seudónimo del autoritarismo. Si hay concentración absoluta de poder, cercenamiento de la libertad de expresión; si hay miedo de los ciudadanos frente al poder, estamos en los umbrales de la dictadura. De allí a la represión sangrienta no hay más que un pequeño paso. Y el populismo no es más que el celofán en que se envuelve ese regalo envenenado.

Pero otro elemento, para nada sorpresivo, se sumó al panorama de fin de siglo, y se expande hoy con fuerza de incendio: la corrupción, tan adherida  a la democracia recuperada, como si fuera una piel purulenta; y la propia debilidad institucional, que incluye la falta de transparencia y de controles sobre la voracidad de no pocos de quienes suelen ascender al mando, la facilita.

            El panorama se agrava con la incidencia pertinaz del crimen organizado, que alienta la corrupción en todos los estratos, y el empeño de los narcocarteles en minar el estado de derecho. Los narcodólares tienen un peso excesivo y desproporcionado capaz de descalabrar el andamiaje institucional. Es una hidra de múltiples cabezas que apenas se le corta una, retoñan cien; una hidra capaz de asesinar masivamente,  incinerar, decapitar, con mucho que enseñar en cuanto a métodos de crueldad a los sicarios del califato islámico.

Son los que dejan cabezas humanas en parajes públicos como símbolos de su poder sanguinario, que es también un ritual. Los narcos mexicanos propagan el culto a la Santa Muerte que hace resplandecer en su mano la afilada guadaña que decapita, descuartiza, y amontona cadáveres, y víctimas visibles de esta cacería son los periodistas. Decenas de ellos viven bajo amenaza, son asesinados o resultan desaparecidos en México, Honduras, Guatemala, Colombia, Paraguay o Brasil, por la osadía de meterse en las entrañas de la verdad.

Desde el año de 2007, más de 50 periodistas han sido asesinados o han desaparecido en México,  y sólo en el estado de Veracruz las víctimas sumen 14 desde 2011. De acuerdo al Comité para la Protección de Periodistas con sede en Nueva York, "hay un clima de persistente impunidad. Los crímenes contra periodistas no son resueltos casi nunca, no sólo como resultado de la negligencia y la incompetencia, sino también debido a la corrupción que se extiende entre jueces, fiscales y autoridades de policía, sobre todo a nivel de los estados".

En el año 2013, tras la llegada del presidente Peña Nieto, se aprobó una reforma constitucional que otorga a las autoridades federales jurisdicción para perseguir a los responsables de crímenes contra la libertad de prensa, y el reclamo hoy es que se organicen medidas efectivas para proteger a los periodistas. 

En agosto de este año unos 400 periodistas, escritores y artistas de todo el mundo, a raíz del asesinato del fotógrafo Rubén Espinoza, quien había huido de Veracruz a la ciudad de México tras constantes amenazas a su vida, y fue acribillado con otras cuatro personas, dirigimos al presidente Peña Nieto una carta pública que empieza diciendo:

"Con el apoyo de PEN y el Comité de Protección a los Periodistas, vemos con indignación los ataques contra los reporteros en México. Cuando se ataca a un periodista se atenta contra el derecho a la información de la sociedad entera".

[Publicado el 23/9/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Hermanas de leche

La novela en América Latina ha dado cabida siempre a lo inverosímil que está en los hechos de la historia que por eso mismo nos llenan de perplejidad. Siempre nos hemos movido entre la sorpresa y el asombro, la exageración de lo real y la incredulidad ante lo verdadero, acostumbrados a la ver la historia como novela y la novela como sustituto de la historia, porque ambas parecen vivir en el mismo territorio dual de la imaginación, como hermanas de leche que son.

Es lo que deberíamos llamar la anormalidad constante. Si tantas veces no distinguimos entre hechos reales y hechos de la imaginación, es porque entre historia y novela se cree un tráfico de intercambios, y así, ambas se llegan a prestar sus instrumentos y sus procedimientos a la hora de narrar. Se supone que la literatura miente, y que la historia dice la verdad. ¿Pero quién miente a quién?

Hoy, cuando vivimos la historia a domicilio en las pantallas, nos agobia el exceso de información. Pero los hechos que se nos comunican de manera abrumadora no han ganado una calidad tan verificable como para ubicarse sin reparos en el terreno de la verdad. El relato de los hechos de la historia aparecerá siempre bajo un velo engañoso, extendido por la mano de intereses políticos, ideológicos, corporativos o religiosos. La novela, que ya se sabe que miente, gana crédito porque sabe seducir mejor.

La historia se ha escrito siempre a favor o en contra de alguien, y no pocas veces por comisión del propio interesado; sino recordemos a López de Gómara componiendo en Valladolid su Crónica de la conquista de la Nueva España bajo encargo de Hernán Cortés, quien buscaba recuperar su poder en México, y necesitaba ser exaltado como el héroe único de la conquista de Tenochtitlan. Por eso mismo es que Bernal Díaz del Castillo, cuando lee aquella crónica se siente ofendido porque alguien ajeno a los hechos se los está contando de manera mentirosa, a él, que fue soldado de a pie de Cortés.

Y entonces escribe su Historia Verdadera de la Conquista, que nos seduce como si fuera una novela. Hay en Bernal un afán de informar exhaustivamente, con precisión, como cuando nos da el número de soldados muertos en una batalla, y de ser posible la lista de sus nombres apellidos, oficios anteriores y edades.  A cada paso declara que quiere ser veraz, y a cada paso acusa a Gómara de mentiroso, porque exagera y se pone como testigo de lo que sus ojos nunca vieron.

Las novelas seguirán saliendo de la entraña de los hechos anómalos de la historia, y el siglo veintiuno nos entrega un repertorio de verdades que parecen imaginadas: las pandillas de las Maras en Centroamérica, que incendian autobuses con todos los pasajeros adentro; los cementerios clandestinos que se siguen llenando de cadáveres anónimos; los reyes de baraja del narcotráfico, y los caudillos de hoy día, que se sientan en retretes de oro y coronan reinas de belleza; los emigrantes perseguidos por las bandas de los Zetas en México, y que terminan dejando sus huesos en el desierto de Arizona; la corrupción, esa piel purulenta que viste al poder político, cualquiera que sea su signo ideológico.

La novela no funciona como texto sociológico, ni como alegato político. La novela es un texto sobre la vida, el horror, la locura y la muerte. Pero arrastra consigo la visión de la sociedad en la medida en que retrata las vidas de aquellos que sufren las consecuencias de esa anormalidad de la historia a la que no pueden escapar, y les impone exilio, separación, soledad y abandono.

La novela se abre paso en la textura del pasado reciente, el que apenas deja de ser presente, y en el presente mismo con toda su volatilidad, entre asuntos que siendo contemporáneos quedan a la vista en el registro cotidiano de las noticias; pero también acude a los asuntos escondidos en archivos olvidados, siempre en busca de la anormalidad, de los relieves exagerados de la historia, de su capacidad de causar asombro, sentimiento de injusticias no reparadas, e indignidades ocultas; y también entra en las galerías de personajes oscuros que el ojo del novelista es capaz de iluminar, héroes falsos a los que poner en evidencia, o héroes verdaderos relegados a los rincones desolados de la memoria.

Vieja pretensión de la novela, no sólo de parecerse a la realidad, sino de ser aún más deslumbrante que la realidad.

[Publicado el 16/9/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Cazadores de monstruos

 

Isaac Bashevis Singer, premio Nobel de Literatura, decía que el oficio de escritor se alimenta una necesidad: la necesidad apremiante de  comunicar a otros lo que uno cree extraordinario, digno de ser contado, y que considera singular bajo la convicción de que nadie más antes ha abordado ese tema desde un punto de vista propio y personal. Es lo mismo para el periodista. Esa necesidad, que se convierte en urgencia, hace al escritor e igualmente hace al periodista.

La necesidad que guía al escritor consta de los mismos elementos de aquella que guía al periodista, siendo ambos oficios gemelos: deseo de indagar, curiosidad inagotable, capacidad de observación, habilidad para registrar los detalles; precisión creativa en el uso del idioma, disciplina, deseo de aprender, y el vicio inagotable de la lectura. No se aprende a escribir sino leyendo.

Pero el periodismo, igual que la narrativa de imaginación, lo que hace es contar historias que sean capaces de atrapar al lector. Y si esas historias tienen calidad literaria, las aguas de una y otra corriente se juntan para que la crónica se convierta en un verdadero género, y trascienda a la muerte diaria del periódico. Hoy asistimos a un florecimiento de la crónica como no se veía desde los tiempos del modernismo al despuntar el siglo veinte.

Este siglo veintiuno tiene una creciente necesidad del ejercicio de la libertad de palabra, frente a los proyectos de sociedad autoritaria que pretenden limitarla o someterla a regulaciones odiosas que oscurecen el panorama de la democracia; y el ejercicio de la libertad ciudadana comienza por el ejercicio de la libertad de información, sin  restricciones ni mamparas.

Y esta es hoy tarea de los jóvenes, hacer un periodismo creativo, de garra y de calidad. Todo un desafío en un continente donde la libertad de informar y opinar se halla en riesgo, en la medida que no se ajusta a parámetros ideológicos excluyentes, y se resiste a reducirse a una calidad oficial; una amenaza tiene que ver no sólo con lo que se escribe y se dice en los medios tradicionales, sino, sobre todo, en los nuevos, los que pertenecen al cada vez más creciente y diverso mundo digital, cuyas posibilidades se multiplican cada día.

Cuando el poder político no depende del consenso democrático, ni respeta las reglas de juego institucionales, ve una amenaza en la extensión cada vez más desafiante de los medios electrónicos. Una verdadera pesadilla palaciega. En los palacios de gobierno, aquellos donde la tolerancia no existe, el sueño dorado son las cadenas de radio y televisión, que pretenden también encadenar a las redes sociales, para que se escuche una sola voz, la de la propaganda oficial.

 Por eso los intentos de regulación a través de leyes y decretos, o medidas de fuerza, que buscan quitar de en medio la multitud de palabras libres que circulan en el espacio cibernético, allí, precisamente, donde las posibilidades de libertad se vuelven infinitas como nunca.

La ética del periodismo comienza por no callarse, por ir al fondo de las cosas, no importa los riesgos que trae consigo desnudar las verdades y perseguir lo que el poder quiere siempre que permanezca oculto. Desafiar el silencio. Levantar piedras. "Mi tarea es levantar piedras, no es mi culpa si debajo lo que encuentro son monstruos", decía José Saramago. Los periodistas son cazadores de monstruos.

Monstruos de toda catadura, pelaje y tamaño. Sangrientos tigres del mal, como cantaba Rubén Darío. Hoy en día, el poder político arbitrario que busca silenciar a los periodistas, y que niega la democracia, tiene su par en el poder subterráneo del crimen organizado que dinamita redacciones y asesina corresponsales y reporteros en Honduras, Guatemala, Colombia o México, y que desafía al estado para establecerle un poder paralelo, o busca debilitarlo, corrompiéndolo.

Quedan aún muchas piedras que levantar.

 

[Publicado el 09/9/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Grandes Esperanzas

              Todo parece una trama de mafiosos de barrio que por torpeza se cuidan poco las espaldas, como que tienen un teléfono al que pueden llamar los interesados en negociar el contrabando de mercancías en las aduanas. Pero no se trata de una banda formada por codiciosos burócratas de segunda, que se meten al bolsillo unos cuantos miles. Son millones de millones los esquilmados en impuestos de importación, al punto de descalabrar las finanzas públicas.

La banda la encabeza nada menos que el presidente de la república, al que en su argot los mafiosos llaman "el número 1", o "el mero mero", o "el dueño de la finca"; y la vicepresidenta es "la número 2". Ambos perciben una mitad de las ganancias. La otra mitad va a dar a los bolsillos de los funcionarios involucrados. El público conoce ahora a la banda como "la línea", por la línea de teléfono designada para las transacciones.

            Todo ocurre en Guatemala, y el escándalo estalló en abril de este año, cuando se presentaron las primeras evidencias contra la vicepresidenta Roxana Baldetti. Obligada a renunciar, y ahora en prisión, está siendo procesada por los delitos de asociación para delinquir, defraudación y cohecho pasivo; y se han reunido pruebas suficientes para enjuiciar por los mismos cargos al presidente Otto Pérez Molina, quien se acerca al final de su mandato, y se resiste a dejar el cargo, abandonado por la mayoría de sus ministros después que la Corte Suprema ha autorizado unánimemente su enjuiciamiento por el Congreso Nacional.

            Desde que se conocieron las acusaciones contra la vicepresidenta, un movimiento ciudadano  comenzó a tomar cuerpo con vigor inusitado, y al revelarse lo que todos sospechaban, que el presidente de la república era el jefe de la banda, el país demanda su renuncia: la iglesia católica, las iglesias evangélicas, las organizaciones de empresarios, los sindicatos, las universidades,  los gremios profesionales, los maestros, estudiantes, empleados públicos, los medios de comunicación.

Una oleada cívica incontenible ha desbordado las calles de la capital y de las principales poblaciones, miles y miles de ciudadanos indignados ante esta trama obscena de corrupción, como no se veía desde que manifestaciones similares salieron a exigir la renuncia del dictador Jorge Ubico, que terminó yéndose al exilio en julio de 1944.

Y se probó esa vez que hay en Centroamérica un sistema de vasos comunicantes: las protestas sacudieron también El Salvador, donde el dictador Maximiliano Hernández Martínez resultó derrocado, y las dictaduras de Somoza en Nicaragua y Carías en Honduras fueron remecidas. Hoy, en Honduras la gente sale también de manera masiva a las calles a protestar contra la corrupción.

Cuando uno mira el desolado panorama de los países centroamericanos, los acontecimientos de Guatemala dan motivos de grandes esperanzas: democracias que a duras penas se sostienen bajo el peso del caudillismo rampante; pandillas convertidas en ejércitos de delincuentes; el narcotráfico con sus garras sucias que pervierte todo lo que toca; la violencia contra los periodistas que pagan con sus vidas el derecho de informar a los ciudadanos; el sicariato, la impunidad, la justicia como remedo.

            Y de pronto, una rebelión cívica, sin un solo hecho de violencia,  en un país donde la represión política ha desembocado a lo largo de su historia en asesinatos, convocada a través de las redes sociales por jóvenes que prefieren el anonimato al protagonismo. Una sociedad sometida por largos años al terror, ha terminado perdiendo el miedo. Una rebelión en las calles por la decencia.

            ¿Y cómo ha sido posible que un gobierno corrupto, con un presidente que viene de las filas militares represivas, no haya sido capaz de someter a jueces y fiscales, como es tan común en estas tierras?

Guatemala es el único país donde existe una Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICIG), creada por acuerdo entre el estado y las Naciones Unidas. La comisión  es independiente y lleva adelante investigaciones contra funcionarios públicos, como lo hizo en el 2008 al poner tras las rejas al expresidente Alfonso Portillo por actos de corrupción.

Son los investigadores de la Comisión los que intervinieron los teléfonos de los implicados, y presentaron a los jueces las trascripciones de las conversaciones mafiosas. En una de ellas, el propio Pérez Molina da órdenes a un funcionario de aduanas, miembro de la banda.

El último capítulo de esta historia no ha concluido. La gente seguirá en las calles. Un rótulo en la puerta de un restaurante cerrado en respaldo de las marchas, lo dice mejor: "Preferimos perder dinero a perder el país".

[Publicado el 02/9/2015 a las 16:17]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Quienes se aventuran más allá

El avión hace un giro abrupto para descender hacia la pista, y el ala parece rozar uno de los cerros desnudos que aprisionan la ciudad. Después el giro termina en picada, como lo haría un aparato de combate, y ya en tierra el piloto frena a fondo, porque la pista es demasiado corta. Estamos en Tegucigalpa, adonde llegué por primera vez hace más de cincuenta años.

Hoy cuesta reconocer aquella ciudad provinciana entre autopistas y pasos a desnivel, gigantescos centros comerciales y edificios de veinte pisos, una modernidad dudosa, como la del resto de las capitales centroamericanas. Y debajo de esa modernidad se tejen las tupidas redes de la violencia que llenan planas enteras de los periódicos cada mañana.

Ese es el tema que ocupa mis conversaciones estos dos días intensos en Tegucigalpa. Sobre todo el asesinato de periodistas. En la última década, 55 han muerto víctimas de ataques en la calle, en sus casas o en sus centros de trabajo, o cuando no, sus cadáveres aparecen en lugares desolados.

Los autores materiales son siempre asesinos a sueldo que a veces resultan identificados, pero, en toda esa larga lista, sólo en tres casos han sido condenados por los tribunales; y peor, quienes les pagan permanecen siempre en el anonimato, y en la impunidad.

Las víctimas provienen en muchos casos de medios de provincia, o de comunidades alejadas y aisladas, periodistas de pequeñas estaciones de radio y televisión por cable, algunas de carácter comunitario. La lista de los últimos asesinatos este año nos puede ilustrar mejor:

Carlos Fernández dirigía el programa La verdad desnuda por Caribe TV, Canal 27 de Roatán, en islas de la Bahía. Fue tiroteado al entrar a su casa una noche de lluvia de febrero de este año. El sicario le disparó tres balazos, uno en la cabeza y dos en el tórax. Las investigaciones siguen estancadas.

Franklin Dubón daba las noticias en radio Sulaco, departamento de Yoro. Salió a una fiesta en mayo a la comunidad de Aguas Blancas y al día siguiente fue encontrado en una quebrada, asesinado a cuchilladas. Era ciego, y componía canciones. Según la policía pudo tratarse de un robo, pero había sido amenazado repetidas veces según su madre.

En junio, Juan Carlos Cruz Andara, periodista del canal Teleport de Puerto Cortés, fue asesinado a cuchillo en su propia casa. Meses antes había denunciado a la policía que recibía amenazas de muerte. Además era activista del movimiento de la diversidad sexual LGBTI.

Ese mismo mes, Jacobo Montoya Ramírez, periodista de radio y televisión de Copán Ruinas, fue muerto dentro de su propia casa por pistoleros que le dispararon primero desde la puerta y entraron luego en su persecución, rematándolo en presencia de su madre.

El 3 de julio, Joel Aquiles Torres, propietario del Canal 67 en Taulabé, Comayagua, en el centro del país, fue atacado a tiros desde una motocicleta cuando iba al volante de su vehículo, el que recibió 30 impactos; según los reportes de prensa, “se conoce poco sobre los avances de la investigación policíaca”.

¿Por qué los periodistas? ¿Y por qué la impunidad?

La red subterránea que alienta los asesinatos en Honduras, y que coloca al país en los primeros lugares de la violencia en el mundo, está alimentada por el crimen organizado, los carteles que controlan el tráfico de drogas, las pandillas de los Maras, de entre cuyas

filas salen no pocos de los sicarios. Y la debilidad institucional. El poder de penetración que el delito tiene en la policía, y en el sistema judicial, es uno de los factores que conduce a la impunidad, y para llegar hasta los culpables hay que atravesar obstáculos que se muestran insalvables, entre la interminable burocracia, las complicidades políticas, y la inercia.

El Congreso Nacional aprobó en abril una ley de protección de los periodistas, y su eficacia aún está por verse. ¿Puede una ley protegerlos cuando la violencia se ha vuelto orgánica, y la impunidad es parte del sistema?, es la pregunta que se hacen mis amigos, varios periodistas ellos mismos.

“O agarrás plata, o agarrás plomo”, es una de las frases más comunes para definir esta disyuntiva. Y los periodistas lo saben bien. Algunos, pensando en sus propias vidas, se moderan y calculan bien cuáles son los límites que no deben traspasar para no agarrar plomo. Otros, se aventuran más allá, en busca de cumplir con su deber de informar, y pagan las consecuencias de su compromiso con la verdad.

[Publicado el 26/8/2015 a las 04:00]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

La patria del león Cecil

La imagen del león Cecil me persigue en todas las pantallas de televisión de las salas de los aeropuertos, y no hay pasajero que no le dedique una mirada de conmiseración, mientras el locutor de la CNN hace el relato de la tragedia, que induce también a movimientos desaprobatorios de la cabeza, llenos de pesar. Cecil era un amable huésped cautivo en un parque de Zimbabue, hasta que un forajido de nombre Walter Palmer, dentista de profesión, con domicilio en Minnesota, lo mató con un rifle de alto poder.

No bastándole, hizo que lo despellejaran y le cortaran la cabeza para llevarla como trofeo a Estados Unidos donde seguramente pretendía adornar con ella su consultorio. Y la felonía se hace más explícita al saberse que pagó cincuenta mil dólares en sobornos para cobrar la presa. Ya no son los tiempos de Teodoro Roosevelt, cuando cazar leones era heroico, ni los de Hemingway, cuando era un asunto no exento de romanticismo. 

La imagen de Cecil desaparece, y el locutor está hablando ya de Donald Trump que visita un campo de golf de su propiedad en Escocia. Y no nos dice nada de Zimbawe. Los pasajeros de la sala de espera, que ahora vuelven a sus teléfonos celulares, saben que es un país de África, porque se presume que los leones son parte de la fauna africana, igual que los elefantes, los rinocerontes y las jirafas.

Seguramente ignoran que Zimbabue, antigua colonia británica en el  sur de África, llamado antes Rodesia, se haya gobernado desde su independencia en 1980 por el antiguo líder guerrillero Roberto Mugabe, 35 años de mando continuo y corrupto eliminando o comprando sistemáticamente a sus opositores. Quien quiera saber de Zimbabue, sus antiguos sueños de libertad y su realidad actual de postración y miseria, haría bien en leer el libro de memorias de la premio Nobel de Literatura Doris Lessing, Risa Africana.

Mugabe pasa ya de los noventa años y a su avanzada edad suele dormirse durante las reuniones de gabinete. Pero para eso tiene siempre a su lado a su esposa Gracia Marufu, su antigua secretaria, a quien sus súbditos llaman en secreto Desgracia Marufu.  

Actualmente es la presidenta de la Liga de Mujeres de la Unión Nacional Africana, el partido de su marido, quien ordenó que le otorgaran un doctorado en sociología en la Universidad de Zimbabue, siendo él mismo quien le colocó el birrete en la ceremonia de graduación; y a su muerte será su sucesora, según la ha designado.  

¿Pero que tiene que ver todo esto con Cecil, el gentil león muerto a mansalva? Ya vamos a verlo. Y es que, si Zimbabue ha pedido oficialmente la extradición del dentista de Minnesota por el crimen, Mugabe, en cambio, puede matar a todos los leones y demás animales que quiera, y servir su carne en sus fiestas de cumpleaños.  

Hace pocos meses, cuando celebró sus 91 años de vida, dio una fiesta para 20 mil invitados, que por supuesto no cabían en un salón cualquiera, y fueron concentrados en un estadio. Se sirvió entonces una parrillada gigante, digna de los Guinnes Records, donde podía escogerse entre lomos de elefante, entrecotes de búfalo,  piernas de impala y costillas de antílopes negros, todo un zoológico sobre las brasas.

¿Y cómo se financió este célebre ágape, que costó más de un millón de dólares? Una parte tocó a los empleados públicos, invitados amablemente por los comités de base del partido a donar de sus escuálidos sueldos una cuota de dos dólares por cabeza. 

Cien niños asistieron como invitados especiales, escogidos entre quienes han tenido la dicha de nacer en la misma fecha de Mugabe. Pero la cumbre de la celebración fue la entrega que hicieron al líder eterno de una cabeza de león recién cazado, con lo cual nos acercamos cada vez más al caso del desgraciado Cecil.

Un campeón de serviles, de los que nunca faltan, Tendai Musasa, organizador de los festejos, declaró la misma noche de la memorable comilona: “hemos negociando con la Autoridad de Parques y Gestión de la Vida Salvaje de Zimbabue para poder cazar a los animales un día antes de la fiesta, y así disponer de su carne fresca y no tener que congelarla”. 

Cecil, el león bien portado, se salvó de que su cabeza fuera llevada a la mesa de Mugabe en una bandeja de plata. Otro destino fatal, aunque menos glorioso, le esperaba.

[Publicado el 05/8/2015 a las 15:48]

[Enlace permanente] [7 comentarios]

Compartir:

Haciendo listas

Conversando en días pasados con mis alumnos del ciclo El autor y su obra, en los cursos de verano de la Universidad Menéndez y Pelayo, en Santander, les decía que un buen ejercicio de lector es ensayar cada vez y cuando a hacer nuestra lista de aquellos libros que nos llevaríamos a una isla desierta. Veremos entonces como esa lista cambia, unos se quedan, otros entran,  y siempre nos hará falta espacio para colocar los que consideramos los preferidos, aquellos de los que no podríamos separarnos. Aunque se trate de una lista abierta, a la que quitamos y agregamos a nuestro gusto, y según nuestras convicciones momentáneas de lector, que siempre tienen de volubles.

¿Pero qué pasa cuando se trata de una lista de número cerrado? Es de cajón preguntar en las entrevistas de prensa a los escritores, cuáles son los libros que uno se llevaría a esa famosa isla desierta. O cuáles salvaría de una catástrofe, si pudiera. Pero entonces, en esa pregunta, el número, fatalmente cerrado, es de diez.

Cada vez que se me plantea una escogencia de esta manera, yo a mi vez me pregunto: ¿por qué diez? ¿Quién inventó esa cifra? Entiendo que es un número  de alguna manera cabalístico; y que aunque estricto tiene cierto margen de holgura. Pero es una grave dificultad incluir unos libros y excluir otros que ya no caben entre esos diez. Se trataría, al emprender el viaje hacia ese exilio de la isla desierta, de llevarlos todos en una pequeña maleta, o a lo mejor cabrían todos en una mochila de esas que hoy se cargan a la espalda.

Si empezamos por La Odisea, La Divina Comedia y El Quijote, ya tenemos tres puestos ocupados, y las posibilidades se reducen gravemente. Estoy dejando de lado nada menos que La Iliada, El Decamerón de Boccaccio, y esto sin salirme de los límites de la literatura de invenciones, porque, si no, la tarea se vuelve más que inverosímil.

¿Puede haber una escogencia posible entre La cartuja de Parma de Stendhal y Madame Bovary De Flaubert? ¿Y qué pasa si también quiero meter en la maleta los tres cuentos magistrales de Un corazón simple, también de Flaubert? ¿Y puedo escoger una sola novela de Dickens, por ejemplo Casa desolada, o debo referirme a sus novelas completas? ¿Y su presencia infaltable en una lista semejante, obliga a dejar por fuera La piedra lunar de Wilkie Collins, contemporáneo suyo?

Aquí vamos llegando ya a diez, y aún me faltan Chejov, y Edgard Allan Poe, Dostoievski, ¿Crimen y Castigo o Los hermanos Karamazov? Y por supuesto Tolstoi: La guerra y la paz, claro, ¡y prescindir de Ana Karenina! Y La Regenta, de Clarín, Fortuna y Jacinta de Pérez Galdós, El Primo Basilio, de Eça de Queirós...y aún no pasamos al siglo veinte.

Ocurre también con estas listas de diez, tan frágiles y provisionales porque son fruto de la improvisación, que al hacerlas influye el estado de ánimo en que nos encontramos cuando el periodista nos pregunta; y tiene que ver también la memoria, siempre tan traicionera, que nos aflige con sus olvidos imperdonables. Por aquí vamos ya y se me ha quedado Gogol y sus Almas muertas.

No pensemos entonces en el número diez, y hagamos nuestra escogencia a gusto, según el humor del día; lo importante es seguir leyendo, para que nuestras dificultades de elección crezcan, y eso es lo que nos hará lectores difíciles de contentar, y de consolar. Por fuerza habrá libros que saldrán de la lista si un día llegan a desencantarnos, o porque aparecen otros que deben tomar los antiguos lugares.

Pero sintámonos contentos de que lápiz en mano podamos recorrer los estantes de la biblioteca para hacer la revisión periódica que nos permite tener actualizada la  lista propia. En Farenheit 451, la novela futurista de Ray Bradbury, ni siquiera existe la posibilidad de elegir los consabidos diez libros, porque todos están sometidos a persecución para ser quemados, y los lectores impenitentes, como nosotros debemos serlo, tienen que aprender de memoria los textos y leérselos en voz alta unos a otros, en la clandestinidad, como la única manera de mantenerlos vivos.

[Publicado el 29/7/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres