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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de noviembre de 2017

 Blog de Sergio Ramírez

No es no

Evo Morales no es de ninguna manera el malo de la película. Pese a su tendencia autoritaria, ha gobernado con buen suceso un país de tradición caótica, signado por golpes de estado, dictaduras militares y repetidos periodos de inestabilidad; y los resultados de su gestión económica y social son notables en cuanto a la disminución de la pobreza y el manejo de las finanzas públicas, reivindicando, además, la soberanía de los recursos naturales del país.

El problema es que después de tantos años de gobernar sin adversarios capaces de desafiar su liderazgo, quiso reelegirse otra vez; pero al someterlo a un referéndum, la mayoría ha respondido que no. Una pregunta hecha sin trampas, hay que decirlo en su abono, porque los votos del no y del sí fueron contados de manera transparente, aun siendo la diferencia ajustada.

Los resultados del referéndum prueban que el viejo fantasma del fraude está volviendo a su sarcófago en América Latina, como antes en las elecciones argentinas que perdió el candidato la señora Kirchner, o como en las elecciones legislativas en Venezuela, donde el chavismo fue derrotado de manera abrumadora.

El presidente Correa del Ecuador, ha anunciado que no se presentará más como candidato, lo cual lo quita, dichosamente, de la lista de quienes pretenden quedarse para siempre sentados en la silla presidencial; así se devuelve la normalidad al ejercicio democrático, que pasa necesariamente por la alternabilidad. Y esa normalidad se reafirmará mejor cuando gane la oposición; en Ecuador, en Bolivia, en cualquier parte.

Una de las maneras de tomar la medida de estadista a un gobernante es fijarse bien cómo se comporta frente a la derrota. Lo peor es cuando no la acepta del todo, y recurre a falsear los resultados, o simplemente a desconocerlos, secuestrando o mandando quemar las urnas, como en el pasado no tan lejano. Pero también hay que fijarse en cómo justifica la derrota.

Que Evo diga que ha perdido la batalla pero no la guerra, es una respuesta lógica. Su partido oficial, el MAS, sigue siendo mayoritario y lleva ventaja frente a una oposición todavía dispersa y debilitada, y con un candidato joven bien puede ganar en las elecciones presidenciales de 2019, tomando ventaja del apoyo popular que los programas de gobierno tienen. El voto adverso del referéndum ha sido contra la reelección, para cerrar las puertas, con buen juicio, a la pretensión  de un caudillo en ciernes que buscaría siempre las maneras de quedarse uno y otro período.

Pero también afirma que perdió el referéndum por causa de una "guerra sucia", provocada por la derecha, y "de una conspiración externa e interna", en la que no falta la mano del imperialismo, repitiendo lo que pocos días ante se había adelantado a expresar el presidente Maduro, quien atribuye la derrota legislativa de su partido a las mismas causas, cerrando los ojos frente a la debacle provocada en Venezuela por la corrupción y su ineptitud.

Son respuestas que no corresponden a un estadista, y al fin y al cabo irrespetan al electorado. La mayoría de quienes votaron no, está lejos de hallarse compuesta por oligarcas, millonarios y burgueses reaccionarios, numéricamente una minoría; entre los votantes que negaron a Evo la posibilidad de reelegirse hay, necesariamente, gente de clase media, empleados públicos, y también proletarios, campesinos, y, por supuesto, indígenas. Muchos son beneficiarios de los programas sociales del gobierno, pero no por eso traidores.

También atribuya su derrota a un "resurgimiento del racismo". ¿Las etnias quechuas y aimaras, que forman la mayoría de la población boliviana, racistas contra ellas mismos? Si algo ha conseguido el país en estos años es que la población indígena se sienta protagonista de la historia, y vuelva por su dignidad sojuzgada.

"Vamos a evaluar los mensajes de las redes sociales, donde las personas no se identifican y hacen daño a Bolivia", ha dicho también Evo, y que "las redes sociales son como si todo se fuese por la alcantarilla"; en esto último no deja de tener razón, algo sobre lo que Umberto Eco llegó a filosofar.

Pero amenazar con una revisión del espacio de las redes sociales, culpándolas de ser parte de la conspiración de la derrota, es ir en contra de la libertad de expresión. Desde ellas se promueve un constante debate de ideas, se contrastan opiniones y se conocen asuntos que el poder quiere mantener ocultos, y que de otra manera no surgirían a la luz. Forman el gran espacio de libertad de nuestro tiempo.

[Publicado el 02/3/2016 a las 09:00]

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Un circo en el destierro

La periodista Irene Selser vino a entrevistarme para el diario Milenio de la ciudad de México, con motivo del centenario de la muerte de Rubén Darío. En la conversación, derivamos hacia un tema que me atrajo desde el primer momento: un circo en el destierro, con todos sus acróbatas, malabaristas, contorsionistas, trapecistas, payasos. Y sus animales.

Irene había viajado hasta Camoapa, un poblado del departamento ganadero de Chontales, en persecución de esa historia. Allí se halla en estos días el circo Hermanos Gasca, mientras tanto no levante su carpa para dirigirse a otro poblado según el itinerario que cumple dentro del país a lo largo del año.

Su intención era entrevistar a Renato Fuentes Gasca, el propietario. Pensé al principio que se proponía una nota de color sobre los circos andariegos que desde México se dirigen hacia Centroamérica y la recorren por meses; pero el asunto es otro: el circo Hermanos Gasca se ha quedado encerrado dentro de las fronteras de Nicaragua.

Desde niño una aprende a medir la importancia de los circos por el tamaño de su carpa, y los más humildes no la tienen; sus funciones transcurren a la luz de la luna, y desde fuera, sin necesidad de pagar la modesta entrada, se pueden ver las vueltas de los trapecistas en lo alto de los parales. Pero la mejor medida son los animales. Mientras más exóticos y numerosos, mejor el circo. Los que son pobres contentan al público con perros bailarines, monos sabios, y cabras matemáticas capaz de sumar y restar con las patas.

Y la desgracia del circo Hermanos Gasca son sus animales. Igual que en México, en todos los países centroamericanos se han aprobado leyes que prohíben su presentación en las carpas circenses, conformes con la Declaración Universal de los Derechos del Animal: "las exhibiciones de animales y los espectáculos que se sirvan de animales son incompatibles con la dignidad del animal".

La estricta aplicación de este precepto, ardorosamente defendido por las sociedades protectoras de animales, obliga a clausurar los circos, como ya viene ocurriendo en muchos países, y los zoológicos entran en la prohibición, desde luego exhiben a sus especímenes con fines recreativos.

No deja de resultar paradójico que en países como Guatemala, Honduras y El Salvador, con tasas de homicidio estratosféricas, se cuide con tanto celo y pulcritud la vida e integridad de leones y jirafas, mientras tanto el estado no puede garantizar la de los seres humanos, víctimas constantes de asaltos a balazos y del fuego cruzado entre pandillas rivales y bandas de narcotraficantes.

En Nicaragua se aprobó en 2011 una "Ley para la protección y el bienestar de los animales", que tras una larga discusión terminó por prohibir nada más "la crueldad, el maltrato físico, psíquico y emocional en la doma y prisión de animales...cuya finalidad sea la utilización de ellos en los espectáculos públicos y circos". Por eso es que el circo Hermanos Gasca puede moverse de un lado a otro, como en una isla solitaria. El gobierno, de conducta tan extraña en sus preferencias y animadversiones, esta vez se ha puesto del lado de los circos, y de sus animales.

Fuentes Gasca, "el rey de los payasos", tiene setenta años de edad y se muestra afligido por el destierro que le toca vivir junto con sus animales. Se trata de una pareja de elefantes, cinco tigres criados por él mismo, además de camellos y caballos, a todos los cuales considera parte de su familia, y él mismo vigila su alimentación. Según sus palabras, sus tigres comen como en un restaurante de primera calidad. 

No quiere deshacerse de ellos, y aún si así fuera, en Managua sólo hay un pequeño zoológico, y los zoológicos no aceptan animales de circo, que sólo atienden la voz de sus domadores. En México, al quedar en la orfandad, han tenido que ser sacrificados por decenas.

El Partido Verde de México, que pugnó para que se aprobara la ley, según un manifiesto firmado por intelectuales y académicos "permite mediante concesiones en los lugares donde tiene capacidad de decisión la minería a cielo abierto o la construcción de complejos hoteleros en áreas protegidas...". Malos defensores tienen los animales.

El circo Hermanos Gasca recorre una y otra vez las mismas poblaciones de Nicaragua, pero la novedad se va perdiendo. Son pueblos, además, generalmente pequeños y pobres. Llegará un momento en que tendrá que cerrar la carpa.

Los elefantes son ya muy viejos. Y junto a los demás animales del circo, morirán en el destierro.

[Publicado el 24/2/2016 a las 09:00]

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Resistes certámenes, tarjetas, concursos…

Los años pasan y Rubén Darío sigue envuelto en un inefable halo de cursilería. Cuando murió hace cien años, sus funerales fueron una verdadera puesta en escena elaborada por manos candorosas, que no dudo querían sinceramente rendirle el mejor de los homenajes, despreciando toda sobriedad. Fue velado en el paraninfo de la Universidad por varias noches, y cada vez se le vestía de manera diferente: de peplo griego coronado de mirtos, de uniforme diplomático, de frac de gala, como el maniquí de una tienda de elegancias.

Cuando un repasa las fotografías que entonces tomó el maestro Cisneros, puede contemplar el desfile del cadáver de uno a otro lugar en León, del municipio a la catedral, de la catedral de vuelta al paraninfo, hasta la procesión final el día en que fue sepultado al pie de la estatua de San Pablo, mientras tanto el cerebro que le había sido extraído seguía siendo objeto de una oscura disputa.

Ningún tribuno, abogado, político o poeta le ahorró un discurso en las esquinas, en lo alto de las aceras, o subido a una silla, y la peaña funeraria, donde Rubén yacía al descubierto, avanzaba precedida por carrozas cargadas de canéforas, bacantes que regaban flores marchando en cuadrillas, una musa y sus tres gracias adelante, la guardia militar de honor enviada por el gobierno de Adolfo Diaz, en plena intervención militar extranjera, los representantes de los poderes del estado vestidos de rigurosa etiqueta en el calor de infierno, y los gremios profesionales y de artesanos marchando con sus estandartes a la cabeza.

Poco o nada ha cambiado desde entonces. El lenguaje del decreto presidencial, declarando este año de 2016 como el "del sol que alumbra las nuevas victorias", y firmado "en el país del sol", nos recuerda esta pertinacia, con su lenguaje ditirámbico y exaltado. Y otra vez la celebración "municipal y espesa", la elección de la musa dariana como un certamen de pasarela, los concursos, las recitaciones, las danzas folclóricas; todo lo que despreció en su Letanía de Nuestro Señor don Quijote, si saber que terminaría siéndole aplicado a él mismo:

 

¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!

Mientras tanto su poesía sigue lejos del verdadero conocimiento público. Las ediciones de sus libros son escasas y esporádicas, y no existe una pedagogía dariana, clara y sencilla, para explicarlo ante los jóvenes y enseñarles a distinguir la paja del centeno en su poesía, que no se limita a La Sonatina, Los motivos del Lobo, y A Margarita Debayle. Abrir al conocimiento sus cuentos, que fueron también renovadores, y a sus crónicas de prensa, que revolucionaron el periodismo.

Aún no se empieza con la tarea de la edición de sus obras completas, que debería ser una inversión del estado, igual que en Cuba se editaron las de José Martí, como fruto del trabajo de un equipo de especialistas.  Pero al menos debería empezarse con una colección de sus libros de amplia circulación y precio modesto, que lo haga entrar en cada hogar y quedarse a vivir allí, como un huésped con quien la familia puede conversar en amena tertulia cada día.

[Publicado el 17/2/2016 a las 09:00]

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Paseo entre árboles muertos

El periodista Robert Hitchens me entrevistó en Managua en 1985, cuando era vicepresidente de un país en guerra contra los contras armados por el gobierno de Reagan, quien en sus discursos televisivos, con voz y gestos de anunciador de detergentes, explicaba frente a un mapa el peligro que significaba Nicaragua, más cerca de Washington que Wyoming.

Hitchens venía en nombre de The Nation, la clásica revista de la izquierda intelectual norteamericana, donde se habían publicado las entrevistas que otro periodista memorable, Carleton Beals, hizo en 1928 al general Sandino en sus cuarteles de la montaña en San Rafael del Norte, cuando luchaba contra las tropas de ocupación de Estados Unidos.

Yo no recordaba ese encuentro de 1985, ni el reportaje que en base a nuestra conversación fue publicado en la revista Granta de Londres ese mismo año, hasta que Valerie Miles, la directora de la edición en español, me lo hizo llegar; por mi cuenta, rastreando en la red, me encontré con una foto que registra la ocasión, publicada en The Guardian en 2010. Hitchens, murió pocos meses después, en 2011, de un cáncer en el esófago. Ya nunca volvería a encontrarme con él.

En esa foto aparecemos conversando en mi despacho de la Casa de Gobierno, él sentado en el extremo de un sofá, mientras toma notas, y yo en una mecedora tejida de junco, de esas que los nicaragüenses solían sacar a las aceras de sus casas para las tertulias vespertinas.

Una cortina cubre el ventanal que da las ruinas y baldíos de lo que había sido el corazón de la ciudad, baldíos donde era posible ver algún caballo pastando la hierba reseca, y había familias hacinadas en las ruinas de los edificios aún no demolidos, sumidos en la oscurana.

Al triunfo de la revolución en 1979 no teníamos donde instalarnos, y por fin encontramos este edificio en medio de las ruinas del terremoto; sólo habían sobrevivido los primeros tres pisos de lo que había sido el rascacielos del Banco Central, y enfrente funcionaba la Asamblea Nacional, en la vieja sede del Banco Nacional, otro edificio descalabrado .

Hoy, treinta años después, según la opinión generalizada, el viejo centro de Managua "ha recuperado el alma". La avenida Bolívar, que corre al lado de lo que fue la Casa de Gobierno, ahora se llama "Avenida de Chávez a Bolívar". Comienza en la rotonda en la que se alza el monumento a Chávez, donde el rostro del comandante venezolano, con su boina roja ritual, descuella en medio de una flor luminosa de pétalos multicolores, y termina en el puerto Salvador Allende, en la ribera del lago Xolotlán, con su malecón que entra en la lista de los diez mejores de América Latina del diario El País.

Allí se han construido réplicas exactas de las casas de Rubén Darío y el general Sandino. Es como en el cuento del mapa en relieve que ordenó hacer un emperador chino, igual al tamaño del reino, escrito por Borges. En el cuento, es el mapa el que se deteriora, hasta quedar sólo ruinas "habitadas por animales y mendigos"; aquí, son las casas originales las que van menoscabándose, víctimas de la incuria, mientras estas otras, las falsas, aún huelen a cemento fresco. Igual que  en Las Vegas. ¿Para qué ir tan lejos si en la misma avenida de los casinos de juego se pueden visitar la torre Eiffel, los canales de Venecia, y el coliseo romano, todo junto?

Cuadra tras cuadra, la avenida de Chávez a Bolívar, igual que las vías principales de Managua, se halla sembrada de decenas de árboles de la vida, que la gente llama "arbolatas", extrañas estructuras metálicas de 10 toneladas y 17 metros de altura, pintadas originalmente de amarillo y ahora de los más diversos colores, e iluminadas con 15 mil bombillos Led cada una, con sus ramas en formas de arabescos. Un bosque muerto que no deja de crecer.

Un profuso kitsch sostenido por los petrodólares venezolanos, que ya menguan, y que no hubiera pasado desapercibido para Hitchens, quien en su reportaje observa que ya entonces Managua combinaba "lo peor de las ciudades del tercer mundo con lo peor del mal gusto del primero".

Managua era entonces fruto de una miseria humilde, cuando la revolución llenaba de esperanzas la oscuridad de aquellas ruinas y baldíos; en cambio, cuando ya no hay revolución, todo parece tan falso como el extraño bosque de árboles de fierro que se multiplican en una incontrolable epidemia.

[Publicado el 03/2/2016 a las 09:00]

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Antigüo y Moderno

El próximo mes de febrero se cumplen los cien años de la muerte de Rubén Darío (1867-1916), y en enero del año entrante los ciento cincuenta años de su nacimiento en una aldea olvidada de las primeras estribaciones de la cordillera en el norte de Nicaragua.

Rubén, tras el paso del tiempo, sigue siendo antiguo y moderno, clásico y renovador, colocado entre dos mundos que fue capaz de contemplar mirando hacia atrás y hacia adelante, como el dios bifronte Jano, y a partir de allí saltar hacia la construcción de su propio universo, audaz y cosmopolita, y tan clásico en su hondura y textura, que admitirá siempre renovadas lecturas.

A medida que avanza en su exploración literaria y vital, refleja su afirmación de ser "muy siglo dieciocho y mu antiguo", desde su constante apego al mundo grecolatino, del que extrae gran parte de su imaginería y sus interrogantes, al siglo de oro, de Garcilaso, a Góngora y Cervantes, al siglo dieciocho versallesco que tanto lo sedujo, al diecinueve de Hugo, Baudelaire y Verlaine, y a lo que trae de sus propias esencias americanas, color, música, sensualidad, atrevimiento, desafío: "¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de África, o de indio chorotega o nagrandano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués", se interroga en las Palabras Liminares de Prosas Profanas.

Unamuno le vio "ceñida la cabeza de raras plumas": la pluma con que escribo, le respondería él en una carta. Otros, según recuerda Gastón Baquero, lo llamaban "negro mulato" con ganas de rebajarlo; y en Luces de Bohemia, la pieza de Valle Inclán, Max Estrella, el personaje ciego, lo llama "negro". Ninguno desacertaba. Era, en realidad, producto de esa rica mezcla racial: mulato, indígena, español mestizo; y sería desde esa periferia bastarda, falta de prestigios, que entraría a saco en las rigidices de una lengua exhausta proponiendo novedades que causaban admiración a veces, y otras desdén, o espanto. 

El movimiento literario que Rubén encabezó se vistió de ropajes verbales muy coloridos y por tanto llamativos, cuyas aportaciones más destacadas provenían de la literatura francesa de la segunda mitad del siglo diecinueve, y la novedad de esta irrupción consistió en dar una nueva música, atrevida, briosa y resonante al idioma y, por tanto, una nueva estructura verbal. "El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada", señala Octavio Paz.

Pero el músico ya estaba en Rubén, dueño de un espléndido oído para identificar ritmos y copiar melodías, y descubrir nuevas y viejas métricas, hasta dar, como los verdaderos músicos, con su propio universo. Supo escuchar las novedades del verso simbolista francés, pero también las cadencias de la poesía popular, desde los himnos religiosos de su infancia a los endecasílabos olvidados de la gaita gallega.

Un músico de nacimiento que no en balde cargaba de domicilio en domicilio con su piano Pleyel, huésped forzado con no poca frecuencia de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo afrontar los gastos que demandaba mantener la legación porque su gobierno le atrasaba los sueldos, o no se los pagaba. Y en su frustrada novela autobiográfica El oro de Mallorca, se disfraza, o se transmuta, en la figura de un compositor latinoamericano célebre, Benjamín Itaspes, "un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior...", según se retrata a sí mismo.

Y Jorge Luis Borges le rindió uno de los mejores tributos: "todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas  palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado y no cesará; quienes alguna vez lo combatimos, comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar el Libertador".

 

[Publicado el 27/1/2016 a las 09:00]

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La superproducción más cara de la historia

Estamos en plena chapomanía. Siendo el muy mentado Chapo Guzmán un mito, ya no sabemos cuánto hay en él verdad o mentira. Su grueso bigote, por ejemplo, ¿es real, o pintado al carbón, como el de Groucho Marx? Un aspirante al glamour de Hollywood con muertos a cuestas que sólo pueden contarse de manera estadística: 67% de los 45.000 que ha costado la guerra narco en México: y no con balas de mentira, con las que mataba John Wayne en las batallas de tramoya de la guerra de Viet Nam.           

Las telenovelas nos ofrecen argumentos sabidos. La campesina que entra en la mansión suntuosa como empleada doméstica, y saldrá casada con el hijo de los patrones venciendo la maldad de la suegra; o la empleadita sufrida que resultará, al final, bendecida por la herencia que le ha dejado su abuela, quien la ha buscado afanosamente por años sin encontrarla. Todos son caminos para llegar al dinero fácil, pero a la postre inocentes.

Ahora el guión se ha pervertido, nos lo dice el mismísimo Sean Penn: el héroe sumido en la miseria campesina desde su infancia, ha sido empujado desde los 15 años a vender drogas para poder sobrevivir. Y se hizo a sí mismo, como en las mejores historias románticas del capitalismo, donde brillan aquellos magnates que enmarcan el primer dólar ganado, a lo Rico McPato.

Nos advierte que los carteles no van a desaparecer ni con su prisión perpetua, ni con su muerte, lo cual no deja de servirnos de consuelo moral: "el día que yo no exista, no va mermar lo que es nada el tráfico de droga".  No es más que una víctima de los apetitos del mercado. Sería un honrado labriego o pastor de cabras en Badiraguato, si los viciosos consuetudinarios de Wall Street y Beverly Hills no fueran tan buenos clientes. Él no prueba drogas, una de las formas de reclamar honestidad. Sólo comercia con ellas.

El guión de esta formidable superproducción ya está siendo escrito, y de la telenovela hogareña recibe los toques maestros: "no duermo mucho desde que te vi. Estoy emocionada con nuestra historia. Es en lo único que pienso...", susurra. Kate, la heroína en un mensaje de texto. Y el galán del bigote poblado responde: "eres lo mejor de este mundo. Te cuidaré más que a mis ojos". Y entonces ella: "me mueve demasiado que me digas que me cuidas, jamás nadie me ha cuidado".

El galán tiene un corazón sentimental: 7 esposas, 18 hijos, amantes a granel. Un semental que para no desmerecer de su fama, antes de ir una vez más prisión se había hecho una cirugía de los testículos para mejorar su rendimiento sexual. Pero el arrepentido Sean Penn no fue en su búsqueda para encontrarse con un garañón patriarcal, sino con alguien enlistado por la revista Forbes entre los supermillonarios, y por la revista Foreign Policy entre los superpoderosos. Él mismo lo revela con toda candidez, cuando nos dice que en México hay dos presidentes. Dos sillas del águila, una de ellas la ocupa su entrevistado. Conoce el poder mediático, pero aquí se halla frente al verdadero, y su erótica.

Había visto, dice, "videos y fotografías de decapitados, reventados, desmembrados o acribillados a balazos: inocentes, activistas, periodistas valientes y enemigos por igual del cártel", pero eso no ataja su seducción por la erótica del poder, precisamente porque su entrevistado tiene poder de vida o muerte, que ejerce a través de redes secretas, de órdenes que llegan al último rincón y se cumplen puntuales.

Los asesinatos en serie, los crímenes masivos, no atajan tampoco nuestra fascinación porque vivimos frente a la gran pantalla, donde la épica nunca deja de estar teñida de sangre, y frente a la pequeña, donde se celebra el ascenso de los pobres hacia la riqueza, cualquiera que sea el camino. Y en ambos casos, nos conectamos sin pudor al mercado que espera a todos con sus fauces abiertas.

La firma Barabas agotó las existencias del modelo Fantasy de sus camisas, que el Chapo luce en la foto que se tomó con la estrella de cine. Se trata de una extravagante prenda de sicario, de esas muy apropiadas para lucirse abiertas y enseñar la gruesa cadena de oro en el pecho, y para usarse por fuera, de modo que el faldón pueda esconder la pistola de grueso calibre. ¿Si hay novelas, telenovelas, series, música de grupera, y altares para los narcos, por qué no camisas? El glamour debe ser total.

[Publicado el 20/1/2016 a las 09:00]

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Acuérdense bien de esta mujer

Se llama Francisca Ramírez. No la he visto más que en fotografías y tomas de televisión, pero no pierdo la esperanza de conocerla. ¿Quién es? ¿Qué ha hecho?

En las imágenes que tengo a la vista aparece una mujer campesina, robusta y decidida, de piel morena que el sol ha ayudado a curtir, en sus labores domésticas, en las de su finca, y en las marchas que ha encabezado. Su rostro, decidido y alerta, inspira confianza.

Es el alma de la lucha en defensa de las tierras amenazadas de expropiación, de construirse el canal interoceánico de los chinos, y que viene a ser una lucha en defensa de la soberanía nacional de Nicaragua, otra vez, como tantas en la historia, entregada a potencias extranjeras. La exigencia es la derogatoria de la ley 840, que contiene el tratado Wang Ying-Ortega, válido por cien años.

Francisca es una campesina de la Fonseca, una remota comarca del municipio de Nueva Guinea en el Caribe sur, allí por donde pasaría el canal, avasallando territorios que más de medio siglo atrás fueron colonizados por agricultores pobres que lograron desarrollar fincas ganaderas y cultivos de granos básicos y legumbres.

Nació pocos años antes de la revolución de 1979 y le tocó vivir en la niñez la guerra entre sandinistas y contras de los años ochenta. Aprobó apenas el tercer grado de primaria, porque en la situación de pobreza en que vivía su familia la escuela venía a ser un lujo, pero es dueña de un talento natural para la agricultura y las maneras de negociar la venta de los productos de su finca; y otro talento natural, no menos valioso, el de dirigente. Una dirigente nata, que no pertenece  a ningún partido político de oposición y tampoco piensa bien de ellos.

Cuando en Nueva Guinea aparecieron los topógrafos chinos que entraban sin permiso a las fincas para medirlas, sin dar explicaciones, el temor comenzó a convertirse en indignación entre los propietarios. Comenzaron a agruparse en asambleas, y buscaron entonces a Francisca. Ya que sabía aconsejarlos sobre cómo sembrar sus tierras, también sabría ponerse a la cabeza para defenderlas.

Lo mismo ocurría entre los propietarios de la parte del Pacífico, en el departamento de Rivas, al otro lado del Gran Lago de Nicaragua, por donde también pasaría el canal, y así se organizó el Consejo Nacional para la Defensa de la Tierra, Lago y Soberanía. Francisca fue electa vicecoordinadora del Consejo.

 Es un movimiento de generación espontánea, con dirigentes salidos de sus propias filas campesinas, sin la intervención de ningún partido político; el más auténtico y vigoroso nacido en los largos años del régimen de Daniel Ortega, capaz de haber emprendido hasta ahora 55 marchas de protesta, la última de ella hacia Managua, reprimida con fuerzas de choque y fuerzas policiales, pero que, pese a todos los obstáculos, logró entrar a la capital.

Cuando el régimen vio que no podía doblegar a Francisca, recurrieron al expediente que tantas veces ha dado resultado con los dirigentes de oposición: comprarla. Le ofrecieron pagarle sus tierras a precios de oro. "Yo le dije que detrás de mí había miles y miles, que mientras no llegáramos a un acuerdo, y el único acuerdo era la derogación de la ley 840, prefería morir, nunca negociar...cómo me quedaría mi corazón saber que estoy en otro país con mucho dinero, pero que en Nicaragua se está pasando tanta violencia por haber negociado, que es lo que en Nicaragua se da más...traicionar tanta gente humilde".

Esa propuesta, dice, se la hicieron el 17 de diciembre de 2014. Al día siguiente, una tropa de 30 policías invadió su vivienda. Sus hijos pequeños, que dormían, fueron sacados violentamente de la cama, mientras la vivienda era cateada.

Hace pocos meses, esos mismos campesinos fueron en un auxilio de otros campesinos del norte de Nicaragua, víctimas  de las crónicas sequías, llevándoles alimentos de los que producen en Nueva Guinea, en una caravana de camiones. La policía impidió la distribución de la comida entre las familias necesitadas, bajo el alegato de que sólo a través del gobierno se pueden repartir ayudas. Insistieron de nuevo en diciembre, y se ve que han comenzado a cogerles miedo, pues las raciones fueron entregadas tras muchos forcejeos.

Los campesinos han decidido no cejar, y seguirán con sus marchas contra el canal. Es la otra Nicaragua, la lejana y olvidada, la que tiene la voz hoy día.

Anoten el nombre de esta mujer, Francisca Ramírez. Volveremos a escucharlo.

[Publicado el 06/1/2016 a las 09:00]

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Cisnes de verdad y cisnes de mentira

En la poesía de Rubén Darío hay dos mundos que se distancian, aunque aparezcan no pocas veces juntos en la forma: uno insondable, de misterios siempre por descifrar, donde la correspondencia de los significados se vuelve infinita: la sinestesia, ese juego verbal profundo donde el sol es sonoro y los sonidos son áureos; la búsqueda constante de lo diverso, que es la clave de la unidad de los significados pitagóricos, los números como signos del universo "que nos dicen al Dios que no se nombra".

De allí su fascinación por la mitología, cuyos personajes híbridos, más allá de poblar su imaginería verbal, entran en sus poemas como criaturas apasionadas, contradictoras y feroces. La pasión es la causa de su deformidad, o de su anormalidad, y más que una envoltura carnal tienen una presencia espiritual, la única capaz de ser testigo o partícipe de la epifanía. Y los saca del friso de mármol para expresar a través de ellos sus propias incertidumbres existenciales, como en El coloquio de los centauros

El otro de sus dos mundos es musical, fácil al oído y a la memoria, bendecido por la rima. Como bien dice Stendhal, la memoria necesita de la rima. Y como son poemas que cuentan historias, los aprendimos a recitar en nuestra infancia: La sonatina, Los motivos del lobo. Es una poesía que viste ropas brillantes, igual que el rey de Margarita.

Esos brillantes ropajes son verbales, y provienen de la literatura francesa del siglo diecinueve. La innovación consistió en darle una nueva música, atrevida, briosa y resonante al idioma y, por tanto, una nueva estructura verbal. "El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada", como señala Octavio Paz.

Pero el músico ya estaba desde antes en Rubén, dueño de un espléndido oído, hasta que, como los verdaderos músicos, dio con su propia clave creadora. Supo escuchar las novedades del verso simbolista francés, pero también las cadencias de la poesía popular, desde los himnos religiosos de su infancia a los endecasílabos olvidados de la gaita gallega. Fue una aventura verbal, y la entrada en territorios antes proscritos.

Un músico de nacimiento, que no en balde cargaba con su piano Pleyel, huésped forzado, con no poca frecuencia, de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo sostener la legación en la calle de Serrano, porque su gobierno le atrasaba los sueldos, o no se los pagaba.

En su novela autobiográfica El oro de Mallorca se disfraza de un compositor latinoamericano, Benjamín Itaspes, "un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior...".

Esa poesía fue una puesta en escena cuyas bambalinas y decorados se come de manera implacable la polilla, y lo mismo sus numerosos figurantes: faunos, ninfas, centauros, cisnes y pavorreales, hadas madrinas y princesas encantadas: "veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer...", dice.

Semejante parafernalia identificó al modernismo, decorados, efectos de color, novedades que se acercaban peligrosamente a la cursilería, y aún podemos asomarnos con curiosidad a ese museo de cera. Pero sin aquel ejercicio lúdico nunca habría existido la ruptura que trajo la modernidad que desentumió a la lengua española.

Algunos de quienes lo acompañaron en aquella aventura colorida perecieron junto con ese modernismo decorativo, porque se atuvieron a las calidades exteriores y no a la esencia verdaderamente moderna que había dentro de la envoltura modernista, donde se hallan los temas que han alimentado siempre a la literatura, nacidos de la exploración sin subterfugios de la condición humana, empezando por el amor y la muerte, esa dualidad tan perturbadora para Rubén: Eros y Thánatos. El primero de sus dos mundos.

El cisne que conduce la barca de  Lohengrin es un cisne de utilería, pero los de Rubén, además de su simbólica majestad erótica, su cuello entre los muslos de Leda, con ese mismo cuello no dejan de abrir interrogantes acerca del sentido de la vida. Y en el poema Los cisnes de Cantos de vida y esperanza, se dejan interrogar por el poeta en tiempos de incertidumbre:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?

[Publicado el 30/12/2015 a las 10:00]

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Para entrar en el reino

Como lo prueba mi novela Sara, siempre acudo a la Biblia en busca de historias que puedan ser contadas de nuevo, o en las que se puede leer entre líneas para entrar en sus misterios. Y las hay de sobra, como tantos escritores atestiguan: desde Thomas Mann con José y sus hermanos, a William Faulkner con ¡Absalón, Absalón!, a José Saramago con El evangelio según Jesucristo, y Caín; y ahora el francés contemporáneo Emmanuel Carrère con su crecida y desafiante novela El reino.

Crecida y desafiante por su entramado, y también por su grueso volumen. Es una novela que más allá de su tratamiento del texto bíblico escogido se abre y desparrama por diversos caminos y experiencias, ligadas a la propia vida del autor, a su entorno familiar, a sus crisis de fe y a sus dudas existenciales.

Trata en lo fundamental de un período bíblico bastante desatendido en la literatura, el de los sucesos posteriores a la muerte de Jesús, narrados en Hechos de los Apóstoles y en las cartas que el apóstol Pablo, perseguidor de los judíos cristianos, y después converso ejemplar, dirige a los feligreses cristianos que empezaban a surgir en el Imperio Romano, principalmente en Grecia y Turquía.

Joseph Campbell comenta en Las diosas que el cristianismo diseminado por Pablo en Europa tenía que ver más con la tradición helénica que con la judaica. En la cerrada doctrina mosaica no era posible conseguir algo como la concepción virginal de Cristo ni tampoco su resurrección, algo más propio del mundo griego. Y de estos asuntos trata también la novela de Carrère.

La primera vez que me interesé en esos textos me parecieron áridos, incapaces de competir con la graciosa textura de los Evangelios. De manera un tanto velada exponen las disputas internas entre quienes juzgaban que la doctrina de Jesús era de estricto consumo judaico, y aquellos que buscaban extenderla a los gentiles de todo el imperio, a la cabeza de ellos Pablo, autor de una de las grandes operaciones de propaganda de la historia de la humanidad.

Pero es allí, en esa aridez aparente, donde surge la novela de Carrère, que enlaza el texto de Hechos,  escrito por Lucas, uno de los cuatro evangelistas, con las cartas de Pablo dirigidas a sus prosélitos; y  no olvida el Apocalipsis, obra supuesta de Juan, otro de los evangelistas, un delirante arma de contra propaganda para anular la prédica de Pablo, y su prestigio.

Lo que tenemos como resultado es una compleja indagación, a la vez documentada e imaginativa, acerca de todas aquellas inquinas y disputas entre quienes se apegaban a la línea oficial desde Jerusalén, y quienes la cuestionaban. Stalin y Trotsky, juega a comparar Carrère. Y Pablo fue el gran disidente triunfante, sin el que el cristianismo no hubiera pasado de ser una secta más en el cerrado y lejano mundo judío.

Carrére cuenta todas estas historias de luchas de poder como si se tratara de un thriller político; lleva el relato hacia los más diversos planos, y casi nunca se pierde en la abundancia de tantas fuentes consultadas,  moviéndose entre la precariedad de la verdad histórica y los recursos de su propia imaginación, llevados con virtud metódica.

Y echa mano del recurso de inmiscuirse él mismo en la novela, no siempre feliz; un escéptico frente a la fe primero, un converso luego al catolicismo, que se pasa años glosando el evangelio según San Juan, y, al final, otra vez un agnóstico, perspectiva desde la que escribe El reino, identificado con Pablo, el disidente terco e iluminado, feroz propagador de la fe en un oscuro crucificado que resucitó al tercer día.

Pablo escribe sus cartas desde la oscuridad de su alma atormentada repitiéndose: "no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero", que suena mucho a personaje de Dostoievski; y apotegma al que Goethe dará vuelta de revés cuando Fausto pregunta a Mefistófeles quién es, y este responde cínicamente: "parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y termina haciendo el bien"

La manera que tiene Pablo de crear el reino, y heredarlo, es desde el tormento de la condición humana.

[Publicado el 28/12/2015 a las 16:45]

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El mejor signo de identidad

El pobre desarrollo político de los países centroamericanos, y la debilidad de sus instituciones, ha impedido a lo largo de la historia que cristalice un proyecto de integración sostenible. Tras la proclamación de la independencia en 1821 fracasó la República Federal Centroamericana en medio de una sucesión de guerras civiles, y los intentos posteriores de unidad no tuvieron mejor fortuna a lo largo del siglo veinte, como tampoco hay perspectivas de conseguirla en el presente siglo. Existen acuerdos de libre comercio y algunos de cooperación económica, pero los intereses políticos locales en cada una de las seis pequeñas parcelas que deberían ser una sola, continúan siendo más poderosos.

Se trata de una contradicción muy visible, pues son países que hablan una misma lengua y comparten una identidad cultural común; y esta contradicción sólo puede ser explicada por las manipulaciones provenientes de intereses ajenos a los de nuestras sociedades que comparten otro rasgos común, y es el de la profunda desigualdad social, con una inmensa mayoría de la población que vive en la pobreza y al margen del bienestar; mientras la riqueza sigue concentrada en muy pocas manos, con una clase media aún incipiente.

Pero hay un territorio común que escapa de los egoísmos locales, y es el de la creación literaria, capaz de romper barreras y presentarse como un genuino producto centroamericano de exportación. Mucho mejor que los caudillos corruptos, los políticos venales y los demagogos que hablan de una integración política que no existe más que en instituciones regionales de fachada, los escritores representan el verdadero rostro de Centroamérica, porque se expresan desde un espacio crítico de libertad, y no desde ninguna posición oficial, ideológica o corporativa.

Es desde esta perspectiva libre que nuestros escritores pueden enseñar lo que es el siglo veintiuno centroamericano, y relatar nuestra historia contemporánea desde la ficción, probando de nuevo que la novela, y la narrativa en general, son un vehículo eficaz para revelar el verdadero rostro de las sociedades, que, como las centroamericanas, se enfrentan a conflictos desgarradores y dramáticos, precisamente por el déficit de institucionalidad que arrastramos, y por los abismos de desigualdad en que vivimos.

El resultado es la violencia, que se expresa en la elevada tasa de homicidios y en los crímenes contra las mujeres; la corrupción que se convierte en una piel purulenta adherida al cuerpo de las instituciones; las pandillas criminales formadas por miles de jóvenes y adolescentes sin oportunidades de trabajo ni de educación; las bandas de narcotraficantes que utilizan el territorio centroamericano como puente de trasiego  de estupefacientes hacia México y Estados Unidos, mientras corrompen a funcionarios de gobierno, jueces y policías; la emigración constante de los más pobres en busca del sueño americano, sometidos a riesgos de muerte en su travesía por el territorio mexicano, donde son víctimas del crimen organizado que los secuestra y extorsiona, y si logran llegar a territorio de Estados Unidos, no pocos perecen en su travesía a través del desierto de Arizona, o mueren asfixiados dentro de vagones de ferrocarril, o de contenedores.

Como no vivimos en la Arcadia, la literatura tiene que hacerse cargo de relatar estas anormalidades de nuestra historia común, y los escritores nos convertimos en cronistas del presente al contar lo que desfila de manera incesante frente a nuestros ojos y no puede ser evadido. Nunca he creído en la literatura de tesis, que obliga a hacerse cargo de determinados temas. Hablo de una escogencia libre, que se convierte en Centroamérica en una tendencia debido al peso insoslayable de esos acontecimientos, que van a dar por igual al periodismo narrativo; y en no pocos escritores ambos géneros se juntan, y así vienen a resultar una nueva clase de escritura híbrida, entre la ficción y la crónica.

De esta manera, siendo un espejo lúcido e imaginativo, la literatura desborda las fronteras que dividen a los países centroamericanos, y es capaz de reflejar hacia el mundo lo que nos une; una literatura crítica, abierta y descarnada, que no está sujeta al soborno ni al silencio, y que desafía la autocensura y la hipocresía del discurso oficial.

En este sentido, nuestra literatura es nuestro mejor signo de identidad, el más eficaz y el más visible, como lo ha sido desde Rubén Darío y Miguel Angel Asturias, y como lo es hoy a través de Ernesto Cardenal, Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya o Gioconda Belli, intérpretes imaginativos de esa realidad, igual que muchos otros escritores más jóvenes, que no se preguntan entre ellos si son costarricenses, o guatemaltecos, o salvadoreños. Saben que reflejan un mismo universo, el universo en que viven. Y saben que el oficio del escritor es contar lo que ve a través de las palabras, que en Centroamérica no pueden ser puestas sobre el papel sino con dolor.

[Publicado el 16/12/2015 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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