El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 10 de febrero de 2012

 Blog de Sergio Ramírez

IV. Déjà vu

Todos los Gadafi, padre e hijos, se esfumaron como por arte de encantamiento, y solamente quedaron atrás sus mansiones vacías, intactas, cada cosa en su lugar, el aire acondicionado andando, las pilas de videos junto a los televisores gigantes, los gimnasios con sus aparatos a punto, las camas recién hechas, los refrigeradores colmados de alimentos y agua Perrier, los cepillos de mango de oro en los cuartos de baño de mármol.

En la mansión de Aisha, la abogada de los pobres y de los perseguidos, hay que bajar en ascensor hasta el piso que ocupa la piscina de aguas turquesa donde suena en los parlantes ocultos la voz de Beyoncé, la artista pop preferida de los Gadafi, que canta Déjà Vu. Lo ya visto. ¿No es cierto que todo esto ya lo hemos presenciado antes, dictadores que caen, y juntos con ellos la gloria y la riqueza de sus hijos que se creyeron dioses dispendiosos?

En el agua turquesa de la piscina una pelota de goma se balancea sin saber qué rumbo tomar. Todo parece idílico. Lástima. Llenos de furia y resentimiento, los intrusos que andan por todas las estancias, armados de piquetas, barras y palos, no tardarán en destruirlo todo, sin olvidar llevarse consigo lo que puedan, las copas de cristal de bohemia de Aisha, manteles, espejos, alfombras, cuadros, sillones, camas, televisores de plasma. Y los cepillos de dientes con mangos de oro.

[Publicado el 09/9/2011 a las 09:00]

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III. Un cepillo de dientes con mango de oro

En uno de los infinitos cuartos de baño revestidos de mármol de la mansión abandonada de Al Saadi, cuyas almenas miran al mar Mediterráneo, un muchacho de la calle, que ha entrado en el tropel, se apropia de un cepillo de dientes con mango de oro. No se sabe bien si el cepillo pertenecía al dueño de la mansión, o a Dina, su perra doberman, que disfrutaba de su propia suite, y de su propio cuarto de baño, y solía comer filet mignon, su plato preferido. Un criado se encargaba de lavarle los colmillos tras cada banquete.

            Otro se lleva como trofeo media docena de jeans Diesel, la marca preferida del futbolista fracasado. En un estacionamiento subterráneo hay media docena de vehículos, un Laborghini, un Hummer, un BMW, un Audi, un Mercedes, un Ferrari. Y, por supuesto, en los predios de la mansión, una cancha de futbol profesional, con grama artificial y torres de iluminación. Según las historias que corren, Al Saadi pagó una vez a Maradona un millón de dólares para que lo entrenara. De muy poco le sirvió.

            También ha entrado el pueblo a la mansión de Aisha el Gadafi, abogada de profesión, y a quien se recuerda por haber sido parte del bufete de abogados que se encargó de la defensa de Sadam Hussein. Presidía también en Libia una organización de caridad, para ayudar a los beduinos pobres y a los menesterosos de las calles. Madre amorosa, sólo el pabellón de juegos de sus niños era un verdadero parque de atracciones, y en una sala adyacente había una biblioteca infantil con cerca de dos mil volúmenes. Si a su hermano Al Saadi le gustaban los jeans Diesel, las preferencias de Aisha iban por las chaquetas de cuero Dolce & Gabbana, de las que tenía una amplia colección en sus closets.

[Publicado el 07/9/2011 a las 09:00]

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II. El lujo sin fin ni medida

Al momento del derrumbe de su régimen de largos cuarenta y dos años, la prole numerosa del coronel Gadafi era de ocho hijos, entre propios y adoptados, unos útiles a su aparato de poder, otros inútiles y ociosos, pero todos ellos dueños de una abundante parcela de riqueza, mansiones, yates, jets privados, flotillas de automóviles, villas en el extranjero, cuentas cifradas, legiones de criados, y protegidos por igual en sus gustos y caprichos.

            Ahora que las mansiones de todos ellos en Trípoli fueron ocupadas por los rebeldes, podemos enterarnos de cómo vivían, de cuáles eran sus gustos y sus manías para gastar el dinero que recibían a raudales de las arcas sin fondo de su padre. Gastar el dinero que no cuesta ganarse, parece ser el más irreprimible de los vicios. Caprichos, fijaciones, obsesiones, fastuosidad. La riqueza es el reino de la exageración. Todo lo que la imaginación y el deseo dicten. Poseerlo todo a la vez, no privarse de nada, encontrar gusto en tener lo que no se necesita. Todo lo que está colocado entre la avaricia y la sensualidad del ocio bien vivido, la riqueza como instrumento de poder y de dominio, la exacerbación sin fin de los sentidos.

            Junto con los rebeldes armados entró el pueblo llano y silvestre en las mansiones amuralladas de la familia, una de ellas la de Al Saadi el Gadafi, el hijo al que papá le compró el sueño de ser futbolista de la liga italiana, lo que logró haciéndose de un paquete de acciones del equipo Udinese.  El muchacho jugó por todo un total de media hora, para luego calentar de manera permanente la banca. Pero eso no es todo. Llegaba a los entrenamientos en un helicóptero, o al volante de un Lamborghini, y siempre a mano su jet privado para escaparse a Paris, aficionado como era a los shows del cabaret Crazy Horse.

 

[Publicado el 02/9/2011 a las 09:00]

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I. De los turbantes a los quepis

Cuando Anastasio Somoza Debayle huyó a Miami en julio de 1979, el bunker al pie de la loma de Tiscapa en Managua, que fue su último refugio, donde vivía y se mantenía al tanto de las operaciones militares, quedó indefenso y abandonado y los primeros guerrilleros que entraron en aquel recinto considerado hasta entonces una fortaleza inexpugnable, se encontraron con sus estancias desiertas. Hay una foto que revela mejor que nada su conquista final: uno de los guerrilleros, con la dicha pintada en su cara, disfruta metido en la bañera del dictador. Comparado con el complejo militar de Bab El Aziziya, desde donde reinaba el coronel Gadafi, el bunker de Somoza parece más bien modesto, apenas unas cuantas oficinas, una sala de sesiones, y un dormitorio. Gadafi tenía un sentido más monumental y más faraónico del poder, y era mucho más histriónico, empezando por su infinita colección de disfraces y uniformes militares, unas veces vestido con suntuosidad oriental, como los califas de las Mil y una noches, y otras de mariscal de campo como cualquiera de los viejos sátrapas latinoamericanos, las vistosas charreteras y la casaca cargada de medallas. Toda clase de quepis, gorros dorados, turbantes de seda. Y sus palacios. Los que ocupaba él, y los que ocupaban sus hijos, pródigo en dispensarles lujos y antojos.

[Publicado el 31/8/2011 a las 09:00]

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IV. Y son incontables sus muertes y daños...

Las estrellas que un día manejó, como Alí, Foreman, Frazier, Sugar Ray Robinson, Mike Tyson, ya no existen, o se le fueron para siempre de las manos. Todos se le rebelaron. Tyson lo demandó por estafa en cien millones de dólares; Alí por más de un millón de dólares.
    Y son incontables sus muertes y daños, habrá dicho, suspirando, Rubén Darío, desde su pedestal, al ver pasar la caravana del visitante ilustre que acudía a una entrevista oficial con el presidente Ortega en la Casa de los Pueblos, vecina a la estatua del bardo. En 1992, una comisión del senado de Estados Unidos lo investigó por sus lazos con el capo de la mafia John Gotti. Ya había matado de un balazo por la espalda a un hombre llamado Hillary Brown, cuando trataba de robar uno de sus casinos de juego, y luego mató a golpes y patadas a otro, Sam Garrett, porque le debía seiscientos dólares.
    Durante la ceremonia en la Casa de los Pueblos, el inefable Don King dijo: "he humillado mi corazón ante el presidente Daniel Ortega...cuando me siento acá esta noche a la par de los Campeones y el Hacedor de Campeones, mi corazón se regocija...". A su vez, el presidente llamó al huésped de honor, "mensajero del deporte y de la paz". 
    En 1998 la serie de televisión South Park presentó un episodio en el que Jesús y Satán se enfrentan en una pelea de boxeo para decidir el conflicto eterno entre el bien y el mal. No se apuren en adivinar. Quien representaba a Satán, con guantes y todo, era Don King.

[Publicado el 26/8/2011 a las 09:30]

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III. Mobutu Sese Seko, Ferdinando Marcos y compañía...

No cabe duda. Don King tiene los méritos suficientes para ser parte de ese Museo de los Seres Increíbles, que es mucho más que el Salón de la Fama del deporte del boxeo, al que se ha dedicado toda la vida montando peleas en los escenarios más extraños, y más rentables, baste mencionar la del año 1974, por el campeonato mundial de los pesos pesados entre Muhammad Ali y George Foreman, en Kinshasa, la capital de Zaire, por la que recibió diez millones de dólares de parte del presidente Mobutu Sese Seko Kuku Ngbendu wa za Banga, quien, si por él hubiera sido seguiría como presidente vitalicio, dueño, además, de los títulos que él mismo se había otorgado: Padre Amantísimo de la Patria,  Guía de la Nación, Faro de la Juventud. Igual que el Generalísimo Trujillo, igual que Papa Doc Duvalier, igual que el primer Somoza, y que el último, que se hacía llamar "Huracán de la Paz". También montó otra en Manila, en 1975, entre Alí y Joe Frazier, cuando reinaban allí el dictador Ferdinando Marcos y su esposa Imelda, dueña de la colección de zapatos más grande del mundo.
    Pero  aquellos fueron sus momentos de mayor gloria. Ahora da la impresión de uno de esos comediantes un día dueños de los grandes escenarios, y que luego, ya viejos, tienen que subir a los tablados de provincia, lejanos a los reflectores, como éste de la procesión de Santo Domingo, entre promesantes que bailan con fe, y borrachos que beben con sed bajo un sol calcinante. De todos modos, vino a Nicaragua porque quiere montar aquí una pelea. Todavía le quedan arrestos.

[Publicado el 24/8/2011 a las 09:30]

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II. El cabello erizado de susto

Del aeropuerto llevaron a Don King a exhibirse en una tarima instalada al paso de la diminuta imagen de Santo Domingo Guzmán, cuya fiesta patronal celebraba la ciudad de Managua ese día, y mientras el santo era zarandeado en su peaña enflorada como todos los años, en medio de un ambiente de carnaval, que no quita nada a la devoción, Don King empuñaba con una mano una banderita del partido en el poder, y con la otra enseñaba dos dedos, porque el número dos es el número de la casilla electoral del partido en el poder. Es que estamos en campaña electoral. Un colorido acto de proselitismo político en una procesión religiosa, para nada extraño tratándose de él. De qué no sería capaz por hacer crecer su hato de becerros de oro, ahora tan disminuido.
    Además de su proverbial cabello erizado de susto, hebra por hebra, lucía su típico atuendo circense, una chaqueta que a primera vista parece estampada con un cielo celeste de nubes blancas, adornado con estrellas muy gordas, pero que al final del examen uno descubre, al fijarse en las barras rojas que adornan los faldones, que se trata de la bandera de los Estados Unidos, en la que también hay medallones con su propio retrato. Only in America alguien puede vestirse así, sin contar con la corbata, cuyo escrutinio me parece más complicado, llena de símbolos que lucen como sellos, o escudos, pero me estorba la tarea la escultura que cuelga de su cuello, y que parece ser una reproducción en miniatura de la Estatua de la Libertad, con su pedestal y todo.

[Publicado el 19/8/2011 a las 09:30]

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I. El Museo de Seres Increíbles

Only in America. Solamente en Estados Unidos. Sólo allí puede ocurrir. Éste es el lema oficial de Don King, uno de los más singulares personajes que ha dado esa tierra de promisión y asombros cuya Meca es Las Vegas, el Disneyworld de los viciosos, los ingenuos, y las peleas estelares de boxeo. El vasto país de leyenda donde todo se convierte en un espectáculo rentable, desde los concursos de belleza a las carreras de perros, y donde los personajes más extravagantes encienden sus cigarros habanos con billetes de cien dólares, obtenidos del latrocinio, no de los árboles, y se  pasean en limusinas de media cuadra de largo. La tierra de los excéntricos despiadados y descarados que no sólo adoran al becerro de oro, sino que lo degüellan, al fin y al cabo son dueños de rebaños enteros de ellos.
    Nicaragua se vio honrada hace poco con la visita de Don King, recibido con honores de estado que incluyeron una abundante escolta policial. Es un personaje que parece sacado de los viejos álbumes de Phineas Taylor Barnum, empresario de El Museo de los Seres Increíbles, que luego dio paso al Circo Barnum,  y creador de esa idea de los Estados Unidos como una galería de rarezas dignas de ser exhibidas, sirenas disecadas, enanos de medio metro, mujeres barbudas, siameses bailarines, y como Don King, promotores de boxeo con el pelo parado, como si nunca terminaran de salir del susto que les causa la idea de caer del pedestal de barro de su propia grandeza.Only in America. Solamente en Estados Unidos. Sólo allí puede ocurrir. Éste es el lema oficial de Don King, uno de los más singulares personajes que ha dado esa tierra de promisión y asombros cuya Meca es Las Vegas, el Disneyworld de los viciosos, los ingenuos, y las peleas estelares de boxeo. El vasto país de leyenda donde todo se convierte en un espectáculo rentable, desde los concursos de belleza a las carreras de perros, y donde los personajes más extravagantes encienden sus cigarros habanos con billetes de cien dólares, obtenidos del latrocinio, no de los árboles, y se  pasean en limusinas de media cuadra de largo. La tierra de los excéntricos despiadados y descarados que no sólo adoran al becerro de oro, sino que lo degüellan, al fin y al cabo son dueños de rebaños enteros de ellos.
    Nicaragua se vio honrada hace poco con la visita de Don King, recibido con honores de estado que incluyeron una abundante escolta policial. Es un personaje que parece sacado de los viejos álbumes de Phineas Taylor Barnum, empresario de El Museo de los Seres Increíbles, que luego dio paso al Circo Barnum,  y creador de esa idea de los Estados Unidos como una galería de rarezas dignas de ser exhibidas, sirenas disecadas, enanos de medio metro, mujeres barbudas, siameses bailarines, y como Don King, promotores de boxeo con el pelo parado, como si nunca terminaran de salir del susto que les causa la idea de caer del pedestal de barro de su propia grandeza.

[Publicado el 17/8/2011 a las 09:30]

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IV. Lezama Lima, Eliseo Diego, Virgilip Piñera…

Se sabía las mejores historias del mundo, que solía contar en nuestras comparecencias, la más memorable de ellas una en que un estudiante le preguntó a José Lezama Lima qué cosa era el azar. "El azar es", habría contestado Lezama, "que tú te subes a la guagua y al lado del asiento que eliges va sentada la mujer que será tu esposa". "¿Y ése es el azar, maestro"?, volvió a preguntar el alumno. "No", respondió Lezama, "el azar es la mujer que iba en la guagua a la que no te subiste".

           Lo demás que contaba, también parecía mentira, o fruto de su ingenio, desvelado siempre por su feraz imaginación. Que de niño Lezama lo había cargado en sus piernas, que Virgilio Piñera llegaba a tomar el café todos los días a su casa en la calzada de Jesús del Monte en La Habana. Nada más verdadero, como que también Eliseo Diego, uno de los grandes poetas de la lengua era su padre, y Cintio Vitier y Fina García Marruz, otros dos grandes poetas, eran sus tíos. Una infancia dorada en una casa llena de libros donde siempre sonaba un piano, y un nombre aristocrático largo el suyo, como el de un personaje de las viejas radionovelas cubanas: Eliseo Alberto de Diego García Marruz. La correspondencia de muchos años entre su abuela y Rose Kennedy, ambas compañeras de internado en Nueva York. "No creo que tu hijo, si es un caballero, sea capaz de invadir Cuba", habría escrito en una de esas cartas la abuela.

           Ahora, mientras el Paraná murmura en la oscuridad al lado del restaurante caminero, la voz del tenor que alza su copa de vino y canta, conmueve el silencio. Yo desde aquí, en el calor inclemente de Managua, me toco el costado para sentir la parte que me falta. Mi hermano siamés se ha ido.

[Publicado el 12/8/2011 a las 09:00]

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III. Largos caminos y magia

Y así seguimos. En Guijón, Daniel Mordzinski nos hizo fotos en un bar: en una jugamos al dominó, del que no entiendo nada pero en el que Lichi, como buen habanero, era sabio. En la otra, Juan Cruz, entonces director de Alfaguara, hace de barman y nos sirve unas cervezas en la barra. Recalamos una medianoche en su casa del Desierto de los Leones en la ciudad de México, una casa que recuerdo extraña, con recovecos y gradas que llevaban a ninguna parte, después de la fiesta de presentación en el Poliforum, una velada en la que cantó Tania Libertad.

           En Buenos Aires, cuando íbamos a abordar el avión a Montevideo en el Aeroparque, no le dieron el pase las autoridades uruguayas porque su pasaporte cubano era de segunda, un pasaporte de expatriado, que inspiraba desconfianza, y siempre siameses, yo tampoco abordé y regresamos juntos al hotel Alvear. Viajamos una tarde en auto a Rosario, para el acto de lanzamiento, y volvimos después de la medianoche, el río Paraná siempre invisible a nuestra vera. En la fonda del camino donde nos detuvimos a cenar, los cantantes de una troupe del Teatro Colón que regresaban de una función de ópera también en Rosario, brindaban alrededor de una mesa, y de pronto el tenor se puso a cantar a capela. En el tedio de la rutina, la magia también existía, como cuando en la cabina de radio en Miami, Olga Guillot llegó a darme un beso, algo de lo que Lichi se perdió, sobre todo porque eso beso cubano le tocaba a él.

[Publicado el 10/8/2011 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011).

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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