PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 29 de marzo de 2017

 Blog de Sergio Ramírez

Acuérdense bien de esta mujer

Se llama Francisca Ramírez. No la he visto más que en fotografías y tomas de televisión, pero no pierdo la esperanza de conocerla. ¿Quién es? ¿Qué ha hecho?

En las imágenes que tengo a la vista aparece una mujer campesina, robusta y decidida, de piel morena que el sol ha ayudado a curtir, en sus labores domésticas, en las de su finca, y en las marchas que ha encabezado. Su rostro, decidido y alerta, inspira confianza.

Es el alma de la lucha en defensa de las tierras amenazadas de expropiación, de construirse el canal interoceánico de los chinos, y que viene a ser una lucha en defensa de la soberanía nacional de Nicaragua, otra vez, como tantas en la historia, entregada a potencias extranjeras. La exigencia es la derogatoria de la ley 840, que contiene el tratado Wang Ying-Ortega, válido por cien años.

Francisca es una campesina de la Fonseca, una remota comarca del municipio de Nueva Guinea en el Caribe sur, allí por donde pasaría el canal, avasallando territorios que más de medio siglo atrás fueron colonizados por agricultores pobres que lograron desarrollar fincas ganaderas y cultivos de granos básicos y legumbres.

Nació pocos años antes de la revolución de 1979 y le tocó vivir en la niñez la guerra entre sandinistas y contras de los años ochenta. Aprobó apenas el tercer grado de primaria, porque en la situación de pobreza en que vivía su familia la escuela venía a ser un lujo, pero es dueña de un talento natural para la agricultura y las maneras de negociar la venta de los productos de su finca; y otro talento natural, no menos valioso, el de dirigente. Una dirigente nata, que no pertenece  a ningún partido político de oposición y tampoco piensa bien de ellos.

Cuando en Nueva Guinea aparecieron los topógrafos chinos que entraban sin permiso a las fincas para medirlas, sin dar explicaciones, el temor comenzó a convertirse en indignación entre los propietarios. Comenzaron a agruparse en asambleas, y buscaron entonces a Francisca. Ya que sabía aconsejarlos sobre cómo sembrar sus tierras, también sabría ponerse a la cabeza para defenderlas.

Lo mismo ocurría entre los propietarios de la parte del Pacífico, en el departamento de Rivas, al otro lado del Gran Lago de Nicaragua, por donde también pasaría el canal, y así se organizó el Consejo Nacional para la Defensa de la Tierra, Lago y Soberanía. Francisca fue electa vicecoordinadora del Consejo.

 Es un movimiento de generación espontánea, con dirigentes salidos de sus propias filas campesinas, sin la intervención de ningún partido político; el más auténtico y vigoroso nacido en los largos años del régimen de Daniel Ortega, capaz de haber emprendido hasta ahora 55 marchas de protesta, la última de ella hacia Managua, reprimida con fuerzas de choque y fuerzas policiales, pero que, pese a todos los obstáculos, logró entrar a la capital.

Cuando el régimen vio que no podía doblegar a Francisca, recurrieron al expediente que tantas veces ha dado resultado con los dirigentes de oposición: comprarla. Le ofrecieron pagarle sus tierras a precios de oro. "Yo le dije que detrás de mí había miles y miles, que mientras no llegáramos a un acuerdo, y el único acuerdo era la derogación de la ley 840, prefería morir, nunca negociar...cómo me quedaría mi corazón saber que estoy en otro país con mucho dinero, pero que en Nicaragua se está pasando tanta violencia por haber negociado, que es lo que en Nicaragua se da más...traicionar tanta gente humilde".

Esa propuesta, dice, se la hicieron el 17 de diciembre de 2014. Al día siguiente, una tropa de 30 policías invadió su vivienda. Sus hijos pequeños, que dormían, fueron sacados violentamente de la cama, mientras la vivienda era cateada.

Hace pocos meses, esos mismos campesinos fueron en un auxilio de otros campesinos del norte de Nicaragua, víctimas  de las crónicas sequías, llevándoles alimentos de los que producen en Nueva Guinea, en una caravana de camiones. La policía impidió la distribución de la comida entre las familias necesitadas, bajo el alegato de que sólo a través del gobierno se pueden repartir ayudas. Insistieron de nuevo en diciembre, y se ve que han comenzado a cogerles miedo, pues las raciones fueron entregadas tras muchos forcejeos.

Los campesinos han decidido no cejar, y seguirán con sus marchas contra el canal. Es la otra Nicaragua, la lejana y olvidada, la que tiene la voz hoy día.

Anoten el nombre de esta mujer, Francisca Ramírez. Volveremos a escucharlo.

[Publicado el 06/1/2016 a las 09:00]

[Enlace permanente] [7 comentarios]

Compartir:

Cisnes de verdad y cisnes de mentira

En la poesía de Rubén Darío hay dos mundos que se distancian, aunque aparezcan no pocas veces juntos en la forma: uno insondable, de misterios siempre por descifrar, donde la correspondencia de los significados se vuelve infinita: la sinestesia, ese juego verbal profundo donde el sol es sonoro y los sonidos son áureos; la búsqueda constante de lo diverso, que es la clave de la unidad de los significados pitagóricos, los números como signos del universo "que nos dicen al Dios que no se nombra".

De allí su fascinación por la mitología, cuyos personajes híbridos, más allá de poblar su imaginería verbal, entran en sus poemas como criaturas apasionadas, contradictoras y feroces. La pasión es la causa de su deformidad, o de su anormalidad, y más que una envoltura carnal tienen una presencia espiritual, la única capaz de ser testigo o partícipe de la epifanía. Y los saca del friso de mármol para expresar a través de ellos sus propias incertidumbres existenciales, como en El coloquio de los centauros

El otro de sus dos mundos es musical, fácil al oído y a la memoria, bendecido por la rima. Como bien dice Stendhal, la memoria necesita de la rima. Y como son poemas que cuentan historias, los aprendimos a recitar en nuestra infancia: La sonatina, Los motivos del lobo. Es una poesía que viste ropas brillantes, igual que el rey de Margarita.

Esos brillantes ropajes son verbales, y provienen de la literatura francesa del siglo diecinueve. La innovación consistió en darle una nueva música, atrevida, briosa y resonante al idioma y, por tanto, una nueva estructura verbal. "El modernismo fue una escuela poética; también fue una escuela de baile, un campo de entrenamiento físico, un circo y una mascarada", como señala Octavio Paz.

Pero el músico ya estaba desde antes en Rubén, dueño de un espléndido oído, hasta que, como los verdaderos músicos, dio con su propia clave creadora. Supo escuchar las novedades del verso simbolista francés, pero también las cadencias de la poesía popular, desde los himnos religiosos de su infancia a los endecasílabos olvidados de la gaita gallega. Fue una aventura verbal, y la entrada en territorios antes proscritos.

Un músico de nacimiento, que no en balde cargaba con su piano Pleyel, huésped forzado, con no poca frecuencia, de las casas de empeño, y que terminó vendiendo cuando, nombrado embajador de Nicaragua ante la Corte de Madrid en 1907, no pudo sostener la legación en la calle de Serrano, porque su gobierno le atrasaba los sueldos, o no se los pagaba.

En su novela autobiográfica El oro de Mallorca se disfraza de un compositor latinoamericano, Benjamín Itaspes, "un temperamento erótico atizado por la más exuberante de las imaginaciones, y su sensibilidad mórbida de artista, su pasión musical, que le exacerbaba y le poseía como un divino demonio interior...".

Esa poesía fue una puesta en escena cuyas bambalinas y decorados se come de manera implacable la polilla, y lo mismo sus numerosos figurantes: faunos, ninfas, centauros, cisnes y pavorreales, hadas madrinas y princesas encantadas: "veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles: ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer...", dice.

Semejante parafernalia identificó al modernismo, decorados, efectos de color, novedades que se acercaban peligrosamente a la cursilería, y aún podemos asomarnos con curiosidad a ese museo de cera. Pero sin aquel ejercicio lúdico nunca habría existido la ruptura que trajo la modernidad que desentumió a la lengua española.

Algunos de quienes lo acompañaron en aquella aventura colorida perecieron junto con ese modernismo decorativo, porque se atuvieron a las calidades exteriores y no a la esencia verdaderamente moderna que había dentro de la envoltura modernista, donde se hallan los temas que han alimentado siempre a la literatura, nacidos de la exploración sin subterfugios de la condición humana, empezando por el amor y la muerte, esa dualidad tan perturbadora para Rubén: Eros y Thánatos. El primero de sus dos mundos.

El cisne que conduce la barca de  Lohengrin es un cisne de utilería, pero los de Rubén, además de su simbólica majestad erótica, su cuello entre los muslos de Leda, con ese mismo cuello no dejan de abrir interrogantes acerca del sentido de la vida. Y en el poema Los cisnes de Cantos de vida y esperanza, se dejan interrogar por el poeta en tiempos de incertidumbre:

¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?

[Publicado el 30/12/2015 a las 10:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Para entrar en el reino

Como lo prueba mi novela Sara, siempre acudo a la Biblia en busca de historias que puedan ser contadas de nuevo, o en las que se puede leer entre líneas para entrar en sus misterios. Y las hay de sobra, como tantos escritores atestiguan: desde Thomas Mann con José y sus hermanos, a William Faulkner con ¡Absalón, Absalón!, a José Saramago con El evangelio según Jesucristo, y Caín; y ahora el francés contemporáneo Emmanuel Carrère con su crecida y desafiante novela El reino.

Crecida y desafiante por su entramado, y también por su grueso volumen. Es una novela que más allá de su tratamiento del texto bíblico escogido se abre y desparrama por diversos caminos y experiencias, ligadas a la propia vida del autor, a su entorno familiar, a sus crisis de fe y a sus dudas existenciales.

Trata en lo fundamental de un período bíblico bastante desatendido en la literatura, el de los sucesos posteriores a la muerte de Jesús, narrados en Hechos de los Apóstoles y en las cartas que el apóstol Pablo, perseguidor de los judíos cristianos, y después converso ejemplar, dirige a los feligreses cristianos que empezaban a surgir en el Imperio Romano, principalmente en Grecia y Turquía.

Joseph Campbell comenta en Las diosas que el cristianismo diseminado por Pablo en Europa tenía que ver más con la tradición helénica que con la judaica. En la cerrada doctrina mosaica no era posible conseguir algo como la concepción virginal de Cristo ni tampoco su resurrección, algo más propio del mundo griego. Y de estos asuntos trata también la novela de Carrère.

La primera vez que me interesé en esos textos me parecieron áridos, incapaces de competir con la graciosa textura de los Evangelios. De manera un tanto velada exponen las disputas internas entre quienes juzgaban que la doctrina de Jesús era de estricto consumo judaico, y aquellos que buscaban extenderla a los gentiles de todo el imperio, a la cabeza de ellos Pablo, autor de una de las grandes operaciones de propaganda de la historia de la humanidad.

Pero es allí, en esa aridez aparente, donde surge la novela de Carrère, que enlaza el texto de Hechos,  escrito por Lucas, uno de los cuatro evangelistas, con las cartas de Pablo dirigidas a sus prosélitos; y  no olvida el Apocalipsis, obra supuesta de Juan, otro de los evangelistas, un delirante arma de contra propaganda para anular la prédica de Pablo, y su prestigio.

Lo que tenemos como resultado es una compleja indagación, a la vez documentada e imaginativa, acerca de todas aquellas inquinas y disputas entre quienes se apegaban a la línea oficial desde Jerusalén, y quienes la cuestionaban. Stalin y Trotsky, juega a comparar Carrère. Y Pablo fue el gran disidente triunfante, sin el que el cristianismo no hubiera pasado de ser una secta más en el cerrado y lejano mundo judío.

Carrére cuenta todas estas historias de luchas de poder como si se tratara de un thriller político; lleva el relato hacia los más diversos planos, y casi nunca se pierde en la abundancia de tantas fuentes consultadas,  moviéndose entre la precariedad de la verdad histórica y los recursos de su propia imaginación, llevados con virtud metódica.

Y echa mano del recurso de inmiscuirse él mismo en la novela, no siempre feliz; un escéptico frente a la fe primero, un converso luego al catolicismo, que se pasa años glosando el evangelio según San Juan, y, al final, otra vez un agnóstico, perspectiva desde la que escribe El reino, identificado con Pablo, el disidente terco e iluminado, feroz propagador de la fe en un oscuro crucificado que resucitó al tercer día.

Pablo escribe sus cartas desde la oscuridad de su alma atormentada repitiéndose: "no hago el bien que quiero sino el mal que no quiero", que suena mucho a personaje de Dostoievski; y apotegma al que Goethe dará vuelta de revés cuando Fausto pregunta a Mefistófeles quién es, y este responde cínicamente: "parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y termina haciendo el bien"

La manera que tiene Pablo de crear el reino, y heredarlo, es desde el tormento de la condición humana.

[Publicado el 28/12/2015 a las 16:45]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

El mejor signo de identidad

El pobre desarrollo político de los países centroamericanos, y la debilidad de sus instituciones, ha impedido a lo largo de la historia que cristalice un proyecto de integración sostenible. Tras la proclamación de la independencia en 1821 fracasó la República Federal Centroamericana en medio de una sucesión de guerras civiles, y los intentos posteriores de unidad no tuvieron mejor fortuna a lo largo del siglo veinte, como tampoco hay perspectivas de conseguirla en el presente siglo. Existen acuerdos de libre comercio y algunos de cooperación económica, pero los intereses políticos locales en cada una de las seis pequeñas parcelas que deberían ser una sola, continúan siendo más poderosos.

Se trata de una contradicción muy visible, pues son países que hablan una misma lengua y comparten una identidad cultural común; y esta contradicción sólo puede ser explicada por las manipulaciones provenientes de intereses ajenos a los de nuestras sociedades que comparten otro rasgos común, y es el de la profunda desigualdad social, con una inmensa mayoría de la población que vive en la pobreza y al margen del bienestar; mientras la riqueza sigue concentrada en muy pocas manos, con una clase media aún incipiente.

Pero hay un territorio común que escapa de los egoísmos locales, y es el de la creación literaria, capaz de romper barreras y presentarse como un genuino producto centroamericano de exportación. Mucho mejor que los caudillos corruptos, los políticos venales y los demagogos que hablan de una integración política que no existe más que en instituciones regionales de fachada, los escritores representan el verdadero rostro de Centroamérica, porque se expresan desde un espacio crítico de libertad, y no desde ninguna posición oficial, ideológica o corporativa.

Es desde esta perspectiva libre que nuestros escritores pueden enseñar lo que es el siglo veintiuno centroamericano, y relatar nuestra historia contemporánea desde la ficción, probando de nuevo que la novela, y la narrativa en general, son un vehículo eficaz para revelar el verdadero rostro de las sociedades, que, como las centroamericanas, se enfrentan a conflictos desgarradores y dramáticos, precisamente por el déficit de institucionalidad que arrastramos, y por los abismos de desigualdad en que vivimos.

El resultado es la violencia, que se expresa en la elevada tasa de homicidios y en los crímenes contra las mujeres; la corrupción que se convierte en una piel purulenta adherida al cuerpo de las instituciones; las pandillas criminales formadas por miles de jóvenes y adolescentes sin oportunidades de trabajo ni de educación; las bandas de narcotraficantes que utilizan el territorio centroamericano como puente de trasiego  de estupefacientes hacia México y Estados Unidos, mientras corrompen a funcionarios de gobierno, jueces y policías; la emigración constante de los más pobres en busca del sueño americano, sometidos a riesgos de muerte en su travesía por el territorio mexicano, donde son víctimas del crimen organizado que los secuestra y extorsiona, y si logran llegar a territorio de Estados Unidos, no pocos perecen en su travesía a través del desierto de Arizona, o mueren asfixiados dentro de vagones de ferrocarril, o de contenedores.

Como no vivimos en la Arcadia, la literatura tiene que hacerse cargo de relatar estas anormalidades de nuestra historia común, y los escritores nos convertimos en cronistas del presente al contar lo que desfila de manera incesante frente a nuestros ojos y no puede ser evadido. Nunca he creído en la literatura de tesis, que obliga a hacerse cargo de determinados temas. Hablo de una escogencia libre, que se convierte en Centroamérica en una tendencia debido al peso insoslayable de esos acontecimientos, que van a dar por igual al periodismo narrativo; y en no pocos escritores ambos géneros se juntan, y así vienen a resultar una nueva clase de escritura híbrida, entre la ficción y la crónica.

De esta manera, siendo un espejo lúcido e imaginativo, la literatura desborda las fronteras que dividen a los países centroamericanos, y es capaz de reflejar hacia el mundo lo que nos une; una literatura crítica, abierta y descarnada, que no está sujeta al soborno ni al silencio, y que desafía la autocensura y la hipocresía del discurso oficial.

En este sentido, nuestra literatura es nuestro mejor signo de identidad, el más eficaz y el más visible, como lo ha sido desde Rubén Darío y Miguel Angel Asturias, y como lo es hoy a través de Ernesto Cardenal, Rodrigo Rey Rosa, Horacio Castellanos Moya o Gioconda Belli, intérpretes imaginativos de esa realidad, igual que muchos otros escritores más jóvenes, que no se preguntan entre ellos si son costarricenses, o guatemaltecos, o salvadoreños. Saben que reflejan un mismo universo, el universo en que viven. Y saben que el oficio del escritor es contar lo que ve a través de las palabras, que en Centroamérica no pueden ser puestas sobre el papel sino con dolor.

[Publicado el 16/12/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

El viejo monje medieval

En la recién pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, me tocó clausurar el Foro de Editores. Y empecé diciendo que siempre me ha apasionado saber cómo se sentirían aquellos monjes que copiaban los libros a mano, cuando uno de tantos días a mediados del siglo quince oyeron decir que allá afuera los libros empezaban a salir como bollos de los hornos de las panaderías, desde que un fabricante de espejos de Maguncia, perseguido por deudas, imprimía Biblias en una prensa de torniquete de las que servían para exprimir las uvas en los lagares.

Más que maravillados, imagino que deben haberse sentido aterrados. De las prensas, además de Biblias salían naipes de baraja y estampas de santos y salterios. Todo lo que los pacientes y dedicados monjes hacían antes, iluminando con sus pinceles las letras capitulares.

Aquella invención amenazaba con barrerlos. La mejor virtud de los copistas era la paciencia, y la paciencia dejaba de ser útil al conocimiento y pasaba a ser una de las reliquias del pasado. Ahora se imponía la velocidad, que nada tenía que ver con la paciencia, y mucho con la modernidad.

Nada sería lo mismo a partir de la imprenta. El conocimiento dejó de ser, como dice H. G. Wells, "un pequeño gotear de espíritu a espíritu, para convertirse en una ola inmensa de la que participarán miles de espíritus y, muy pronto, veintenas y centenas de millares".

Una revolución múltiple, para la expansión del saber y para las comunicaciones. Si la Biblia iba a ser leída por muchos, debía dejar la cárcel del latín e imprimirse en los idiomas vulgares. Pero no sólo la Biblia. Los libros de caballería pasaron a ser best-sellers. Y El Quijote  era leído por los criados en las antesalas de los caballeros.

Aquella revolución de la palabra impresa multiplicó sus consecuencias por los siglos venideros, y no hubo género de actividad humana que no llegara a afectar. La revolución cibernética, que es aún tan joven, empezó por afectar a la palabra impresa, y no hay tampoco género de actividad humana que no haya llegado a transformar, pero aún con mayor profundidad y dimensión, hasta hacer depender todo de la tecnología digital.    

No existe nadie del oficio, o el vicio de la lectura, que no se haya sentido fascinado con el olor del papel y de la tinta. Oler los libros, pasar la mano por sus lomos. No hay, en cambio, ninguna sensualidad al acercar la palma de la mano a la fría superficie de la pantalla donde por arte de la ilusión virtual, están las letras que escribimos y que leemos.

No quiero, con mi nostalgia de monje medieval, despertar ninguna sospecha de que tenga horror frente al progreso que nos avienta hacia adelante. Agradezco más bien ser su beneficiario. Como nunca, la tecnología está suprimiendo instrumentos mecánicos, aunque preserve por el momento el de la digitación. Ya el cerebro de la computadora, sin embargo, puede transformar nuestra voz en caracteres escritos, y los caracteres escritos en voz, y podrá  traspasar a la pantalla nuestros pensamientos.

Pero hoy, y tampoco me dejo llevar por el terror, es imposible  recuperar un texto escrito en un sistema cuyo lenguaje electrónico ha dejado de existir. Los disquetes de mi novela Castigo Divino, de hace un cuarto de siglo, no pueden ser leídos por ningún ordenador.  Puedo leer un libro impreso en el siglo diecinueve, o antes, pero no puedo leer lo que escribí hace veinticinco años si no es en el papel. Un argumento más para no dejar de creer en los libros de verdad.

Si es cierto que podremos leer de cualquier forma, mi previsión es que el libro impreso convivirá por largo tiempo con los formatos de libro electrónico. Ya lo estamos viendo; no es tan fácil sacar del mercado a los libros reales. La Feria del Libro de Guadalajara es un ejemplo más que palpable.

Para el monje con que he comenzado, sólo quedaban el olvido y la muerte; y cuando la polilla se comiera los pergaminos en los que había trabajado toda su vida, se lo comería también a él. Pero sólo tenía una manera de salvarse, y era salir a la calle, buscar los talleres donde se imprimían libros, meterse entre los tipógrafos, aprender a componer planas con los tipos móviles de madera, enterarse de cómo funcionaban las prensas manuales.

Es lo que procuro hacer en el mundo digital. Aunque siempre querré entrar  en los viejos libros con el asombro de la primera vez.

 

[Publicado el 09/12/2015 a las 15:30]

[Enlace permanente] [9 comentarios]

Compartir:

Un célebre vago

Se aproxima el centenario de la muerte de Rubén Darío, y habrá mucho que decir sobre su vida y su obre, desde ahora hasta las celebraciones del 150 aniversario de su muerte en el 2017. En nuestra tradición literaria es el poeta, no el prosista, ni menos el periodista, campos los tres en que fue el fundador de un nuevo lenguaje y de una manera diferente de ver el mundo.
Desde su infancia fue tenido por un extraño prodigio que componía versos con una facilidad inaudita, un especie de fenómeno de feria de cabeza desproporcionada, como se le ve en algunos retratos borrosos, que asombraba a los gramáticos, profesores de primeras letras, versificadores y militares en retiro de las campañas liberales, aquellos "licenciados confianzudos o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios", evocados luego en Oro de Mallorca, que se reunían en las tertulias de la casa solariega de su tía abuela doña Bernarda Sarmiento, en la calle real de León, donde creció como huérfano.
Pero también asombraba a los clérigos, matronas, viudas y madres de hijas casaderas, que llegaban hasta su casa a solicitar al "poeta niño", como comenzó a llamársele ya no sólo en León sino en otras partes de Nicaragua, alabanzas en verso a la Virgen María, novenas y jaculatorias, madrigales y sonetos para quinceañeras, y elegías en honor de caballeros difuntos:
"Acontecía que se usaba entonces -y creo que aún persiste- la costumbre de imprimir y repartir, en los entierros, «epitafios», en que los deudos lamentaban los fallecimientos, en verso por lo general. Los que sabían mi rítmico don, llegaban a encargarme pusiese su duelo en estrofas...", recuerda en sus anotaciones de La vida de Rubén Darío escrita por él mismo. 
La poesía ha acaparado este prestigio suyo de la precocidad, sustento de la creencia popular en su genio, y la fama no se lo ha otorgado a sus dones no menos precoces como periodista, como empecé diciendo. Su primer artículo de prensa conocido, "El último suplicio ofende a la naturaleza", un hervor de ideas liberales aún mal digeridas, lo escribió en 1880, a los catorces años, y se publicó en el semanario de León La Verdad. Y otros, de la misma naturaleza, provocaron que las autoridades de policía del gobierno conservador lo mandaran a procesar bajo la acusación de vagancia. 
El proceso tuvo lugar en 1884, y el acusado tenía entonces 17 años. El Prefecto Departamental escondió la verdadera intención de la represión bajo el argumento de que el acusado no tenía oficio conocido. Buscó testigos amañados, y uno de ellos declaró: "no conozco al joven Darío. He oído decir que es poeta, y como para mí poeta es sinónimo de vago, declaro que lo es".
El juez de policía, actuando bajo órdenes oficiales, lo condenó a la pena de ocho días de obras públicas conmutables a razón de un peso por día. No le ayudaba mucho su figura esmirriada, su melena larga de poeta romántico, sus zapatos gastados y su pobre vestimenta, ni ayudaba frente a la autoridad cerril que lo juzgaba su prestigio de poeta de salones, funerales y procesiones religiosas; menos el de periodista, un oficio odioso ya desde entonces en América a las imposiciones del pensamiento oficial; se buscaba castigarlo con la ignominia de barrer las calles en cadena de presos, a la vista pública, por ejercer la libertad de palabra. Y a duras penas escapó.
Es, como podemos ver, el vago más célebre de nuestra historia, padre de una nación que puede llamarse dariana; y por muchos años su efigie en los billetes: primero en los 500 córdobas, el de mayor denominación, hasta que el viejo Somoza creo uno de mil y se puso él mismo, pues según sus cuentas valía más que Rubén; y luego en los de cien, de donde ahora ha desaparecido por acto de prestidigitación.

[Publicado el 02/12/2015 a las 14:16]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Cuando los votos pueden más que las balas.

El pasado 7 de noviembre, en Myanmar (antes Birmania), el partido oficial, respaldado por el ejército, que hasta hace poco ejerció una brutal dictadura, fue derrotado por la oposición encabezada por la premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, presa por años. Su partido, la Liga Nacional para la Democracia, ya había ganado en ocasiones anteriores pero los militares burlaron su triunfo.
 
Ahora, a pesar de que el tribunal electoral estaba presidido por un general de la vieja guardia, los votos fueron contados como se debe, y le dieron a la Liga 387 escaños del parlamento, contra apenas 42 para el oficialismo. Un poeta, Tin Thit, también preso por años, le ganó el asiento a otro poderoso general, U Wai Lwin, antiguo ministro de Defensa. El poeta triunfante dijo algo que no será novedoso, pero es verdadero: "los votos pueden más que las balas".
 
En América Latina las balas, o sea los golpes de estado y las dictaduras militares van quedando para la historia, como acaba de demostrarse en las elecciones presidenciales de Argentina. La democracia se dilucida en los recintos electorales, y no en los cuarteles. Estuve hace poco en Buenos Aires, y un fraude electoral parecía a todos un asunto de otro planeta. 
 
Ahora sigue Venezuela, con las elecciones que se celebrarán el 6 de diciembre para renovar la totalidad de los escaños de la Asamblea Nacional. En medio de la profunda crisis social y económica, las encuestas auguran la victoria de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), que desplazaría del dominio del poder legislativo al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
 
En medio de muchas y graves acusaciones en contra del sistema, la historia electoral de Venezuela bajo el chavismo resulta impecable. Es el país de América Latina donde más elecciones se han dado en los años recientes, y aunque el órgano electoral se halla bajo el control oficial, es poco lo que puede alegarse hasta ahora en contra de la transparencia a la hora de contar los votos.
 
Los reparos están en cómo el gobierno ha asumido sus derrotas, despojando de sus poderes a los funcionarios electos, gobernadores y alcaldes, mediante maniobras legales o medidas de hecho, o metiéndolos simplemente a la cárcel. Ahora, de ganar la oposición, tal como señalan las encuestas, el presidente Maduro perdería el control del andamiaje legislativo, del que depende buena parte del poder que ejerce. 
 
Sólo para empezar, de acuerdo a la Constitución Bolivariana, la Asamblea Nacional puede delegar en él la autoridad de dictar leyes y decretos por períodos prolongados, en una larga lista de materias. En unas nuevas circunstancias en que la oposición controlara los dos tercios de la mayoría parlamentaria, como parece que podría ser, esta transferencia absoluta de poderes al presidente, que deja prácticamente en receso a la Asamblea Nacional, ya no podría darse.
 
Un conflicto institucional está a la vista, y acomodar una situación semejante corresponde a los mismos mecanismos de la democracia. Debería imponerse un diálogo de convivencia, para que el país no siga descarrilándose.
 
Pero las declaraciones del presidente Maduro no barruntan lo mejor. Aunque ha dejado claro que respetará los resultados electorales, también ha dicho que de perder estas elecciones, "no entregaríamos la revolución y la revolución pasaría a una nueva etapa"; y que gobernaría "con el pueblo...y en unión cívico militar... quien tenga oídos que entienda, el que tenga ojos que vea clara la historia, la revolución no va a ser entregada jamás...". 
 
Surgen entonces preguntas inquietantes: ¿Qué significa no entregar la revolución, si la mayoría legítima de los votantes pone a la Asamblea Nacional en manos de las fuerzas opositoras? ¿Una nueva etapa de la revolución significa más radicalización, y pérdida de más libertades ciudadanas, más autoritarismo? ¿Qué significa gobernar con el pueblo, si es que el pueblo ya ha votado en contra del partido oficial? Y peor de todo, ¿qué significa gobernar en unión cívico militar? ¿Qué pito tocan los generales y los coroneles a la hora en que los votos dilucidan el asunto del poder? Eso me recuerda al poeta birmano Tin Thit cuando dice, con tanta razón, que: "los votos pueden más que las balas". 
 
El presidente Maduro también ha dicho que si su partido gana las elecciones legislativas, llamará a un diálogo nacional. Es lo que debería hacer también si las pierde. Y lo que debería hacer la oposición si gana. El diálogo es un instrumento de la democracia, y de un poder irreductible.

 

[Publicado el 25/11/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Los indios que invadieron Managua

El canal por Nicaragua puede parecer un imposible por su magnitud descomedida, y porque Wang Ying, el empresario a quien se entregó la concesión leonina para construirlo, se desvanece cada vez más como un fantasma junto con su fortuna que se tragó la última crisis financiera en China, donde ya desde antes era un millonario de tercera.

Pero para los campesinos cuyas tierras se hallan en los territorios por donde pasaría el canal, la amenaza que se cierne sobre ellos no tiene nada de cuento chino. No se trata de negociar. Lo que exigen es que el canal no se construya.

Salidos de la entraña de la Nicaragua profunda han enseñado un vigor inusitado que ningún movimiento político ha podido mostrar. Hace poco decidieron llegar hasta Managua desde  las lejanas comarcas donde viven para demandar la derogación de la concesión canalera. Y entonces el gobierno de Ortega decidió impedirles poner pie en la capital a cualquier costo.

Todos los instrumentos del poder político del régimen fueron concentrados en una gigantesca operación que empezó desde que los campesinos subieron a los vehículos que los llevarían a Managua, y en ella participaron la Policía Nacional para cerrarles el paso, el Ministerio de Transporte para exigir permisos arbitrarios; las fuerzas de choque del partido de gobierno para amedrentarlos en los cruces de carreteras.

Les confiscaron autobuses, los sometieron a pedreas, capturaron a sus líderes, los obligaron a marchar largos trayectos a pie; pero al final, venciendo las barreras policiacas, más nutridas a medida que se acercaban a Managua, las caravanas de camiones de carga donde viajaban lograron entrar a la capital, sólo para encontrarse con los cordones de policías antimotines que les cerraban el paso en las calles, con más grupos de choque armados de garrotes y cadenas, y con una contramanifestación montada con empleados públicos, miembros de la Juventud Sandinista uniformados, y estudiantes acarreados de las universidades estatales y los colegios de secundaria. Había asueto decretado para todos.

En medio del cerco, los manifestantes lograron apartar las barreras metálicas colocadas a media calle, y pudieron recorrer varias cuadras, con lo que se dieron por satisfechos. Nunca buscaron ni el enfrentamiento ni la violencia, y resistieron las provocaciones. Demostraron que habían podido llegar a la capital, pese a todo, y antes del anochecer iban de regreso hacia las tierras que no están dispuestos a entregar.

He visto una y otra vez los videos tomados ese día. Los campesinos, arracimados en los camiones de carga, entran a Managua ondeando sus banderas nacionales azul y blanco. Abajo, los contra manifestantes ondean banderas del partido oficial, las banderas rojinegras que un día fueron de la revolución,  y sus consignas son contra "los malos hijos de Nicaragua". Dan vivas al canal, vivas a Ortega y a su esposa. "¡No pasarán!", grita uno. Y otro: "¡Me vale verga lo que digan los indios! ¡El canal va!"

La palabra "indios", es la que mejor  ha expresado nunca el desprecio en contra de los rotos y descalzos, y la soberbia en contra del inculto, el ignorante, el de abajo; "indios" son estos campesinos que calzan botas de hule, y a quienes este joven activista que grita desde la calle en nombre del sandinismo oficial, repudia.

Una "india" como la campesina Francisca Ramírez, dirigente de la lucha contra el canal, que dice: "miles pensamos que preferimos morir antes de entregar o vender nuestra tierras, y aunque nos digan que nos van a llevar a una ciudad y que vamos a tener todo, nosotros sentimos como que nos están quitando la vida y más bien nos están mandando a la muerte"

Hace 35 años, en los albores de la revolución, miles de jóvenes se fueron a convivir por meses con los "indios" para enseñarles a leer y a escribir. Fue la Cruzada Nacional de Alfabetización, cuando la juventud que gozaba del privilegio de educarse reconoció que había dos Nicaraguas, y traspasó la frontera para trasladarse a la otra, la de los pobres y analfabetos.

Quizás los campesinos que por fin lograron llegar a Managua son hijos de aquella Cruzada, y aprendieron a leer y a escribir entonces, y a defender sus derechos, lo que ahora se les niegan, aún el derecho de movilizarse y de protestar, ya no digamos el de vivir en sus tierras. Y pareciera que son ellos quienes deberían alfabetizar ahora a estos otros jóvenes que los repudian con sarcasmo llamándolos "indios" mientras agitan las banderas que un día fueron las banderas de la revolución.

[Publicado el 11/11/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Tal vez todavía es tiempo

La joven periodista nicaragüense Dora Luz Romero, quien hace su maestría en la afamada Escuela de Periodismo de la Universidad Autónoma de Madrid, carrera que cuenta con el respaldo de El País, me hizo para este periódico una entrevista "En Corto", uno de esos interrogatorios a quemarropa al que hay que dar contestaciones breves y certeras, sin andarse por las ramas, todo un ejercicio gimnástico que deja sin aliento a la mente, y deja también un a cauda de dudas acerca de la corrección, o propiedad de las respuestas, sobre todo cuando uno las lee ya impresas y no hay remedio.

Me preguntó, entre otras cosas, qué libro me había cambiado la vida, y dije que Los condenados de la tierra de Fran Fanon, que leí a los veinte años; ¿con quién me gustaría sentarme en una fiesta? Con Meryl Streep vestida como Sarah Woodrof en aquella película inolvidable, La mujer del teniente francés. Acerca de mi lugar favorito en el mundo: "mi casa de madera de pino en Masatepe, junto a una quebrada, rodeado de árboles que se estremecen con el viento"... ¿Qué me deja sin dormir? "A veces una foto, como la de José Palazón, los emigrantes africanos subidos a la cerca y abajo los apacibles e indiferentes jugadores de golf".

Pero hay una de mis respuestas que ha provocado entrañables comentarios de mis amigos: ¿Qué cambiaría de usted mismo? Y dije: "Me faltó aprender a bailar. Tal vez todavía es tiempo". Cristina Pacheco,  escritora y periodista, esposa, además, del poeta ya ido José Emilio Pacheco, Premio Cervantes, y que mantiene desde hace muchos años el mejor programa de entrevistas culturales en el canal 11 de México, me puso este mensaje:

"La breve entrevista que te hicieron y apareció en la edición de hoy de El País me obliga a escribirte. Estoy emocionada por tus respuestas.  Por favor, por lo que más quieras, aprende a bailar, Estás muy a tiempo.  Bailar es algo maravilloso.  José Emilio nunca aprendió a hacerlo y lo lamentó mucho.  Poco antes de que todo terminara lo convencí de que bailáramos un danzón.  La experiencia no duró ni 30 segundos pero fue encantadora, maravillosa.  Nos divertimos mucho y él se rio de una manera que me permitió imaginarlo de niño."

Yo le respondí: "Tu mensaje me ha llegado hasta Praga y me ha iluminado el día. Te doy las gracias con esa misma alegría. Un día te contaré mi historia de no saber bailar que empieza porque de adolescente ya tenía mi estatura completa  de seis pies y las niñas me despreciaban por eso cuando las sacaba a bailar en las fiestecitas...para ellas yo era, me decían, muy alto. Tulita, en cambio, es una tremenda bailarina. Imagínate que par de bailarines de mambo hubiéramos hecho Jose Emilio y yo. Pero te hago la promesa, pediré a mis nietas que me enseñen".

A partir de ese lejano episodio que conté a Cristina, cuando me convencieron que ser larguirucho era una anormalidad, mis posibilidades para el baile se cegaron y empezó a atormentarme la idea de que lo peor que puede haber en el mundo es hacer el ridículo en público. Esta idea se convirtió años más tarde en horror cuando en las campañas políticas en que anduve se puso de moda que los candidatos tenían que bailar en la tarima durante las manifestaciones, aunque fueran bailarines nulos, y lo peor, ritmos endiablados. Una de esas veces me tocó hacerlo a los acordes furiosos de la Sonora Dinamita. El padre César Jerez, mi leal y vigilante amigo, mandó a decirme con Tulita: "Decile a Sergio que mejor no baile en público, no es necesario". Para qué quería más.

Y otra vez Cristina, de en su mensaje de respuesta: "Por favor, hazme ese favor, aprende a bailar. Sólo es cosa de sentir la música en la cadera, según me aconsejó Ninón Sevilla".

Entonces he caído en estado de pánico, un pánico filmado en blanco y negro, al sólo imaginarme bailando con Ninón Sevilla, con su vestido de rumbera de nutridos vuelos y en la banda de sonido la orquesta de Pérez Prado que toca La múcura que está en el suelo, en un cabaret nutrido de gente que nos hace rueda.

[Publicado el 04/11/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

Virgen de medianoche

En mi novela Sombras nada más, publicada en el año 2003 hay un episodio en el que relato la excursión nocturna que al terminar la última tanda de cine del teatro González, un grupo de estudiantes hace por las cantinas y antros de León. Una de las estaciones de ese recorrido es el 3066, llamado así por su número de teléfono, situado en el barrio de San Juan, y cuyo dueño era un chino algo melancólico.

En la roconola no faltaban los discos de la Sonora Matancera, cuyo solista más afamado era el puertorriqueño Daniel Santos. Las muchachas, cuando no bailaban o acompañaban a los clientes en las mesas, o se afanaban en complacerlos en los cuartos del traspatio, se sentaban en sillas playeras colocadas en fila  contra las paredes, como en un velorio. El Chino solía filosofar sobre la legitimidad de los oficios que deparaba la vida, entre ellos el suyo, el que defendía con ardor ético.

 Una noche de un año que debe haber sido 1962, Daniel Santos, que andaba de gira por Nicaragua, cantó en el 3066, lo que consigno también en mi novela, entreverado como un hecho real, porque fui testigo de aquel milagro inolvidable: el Jefe en persona, en aquel escenario sin fama donde lo rodeábamos sus devotos.

Canoso el bigote e hinchado de cuello y vientre de no poder anudarse la corbata ni abotonarse el saco, y en equilibrio precario frente al micrófono de pedestal, dejó retumbar su voz de alma en pena que cantaba Virgen de medianoche, mientras las señoras del pecado lloraban desconsoladas al escuchar aquel rezo de amor. Sólo él podía cantarles su himno con semejante devoción.

En Managua había caído preso por escándalo en la vía pública, según el alegato oficial,  pero en realidad por seducir a la mujer de un coronel de la Guardia Nacional, el ejército pretoriano de Somoza, según el dicho popular.  Y ese mismo dicho sigue repitiendo que durante su cautiverio en las cárceles del Hormiguero compuso su célebre canción El preso.

Todo eso fue también a dar a la novela. Pero uno miente con alevosía y ventaja en beneficio de la invención, pues cuando escribía Sombras nada más y le pedí información sobre Daniel Santos a su compatriota boricua, el escritor Edgardo Rodríguez Juliá, él me advirtió: "lamento informarte que no fue en una cárcel nicaragüense donde Daniel Santos escribió esa canción, sino en la cárcel del Príncipe en la Habana. Para más detalles te tengo la sabiduría de Josean Ramos, quien fue secretario de Daniel en los años crepusculares del Jefe. Josean fue para Daniel lo que Eckermann fue para Goethe...."

             Edgardo me puso en relación con Josean, quien de inmediato me envió su libro, El inquieto anacobero, donde explica el asunto de la prisión. Pero así y todo no cejé en mi mentira, porque de mentiras, ese tejido sutil que viste a los dioses, están hechas las novelas. Y luego leí la novela de Josean, no menos aleccionadora, Vengo a decirle adiós a los muchachos; y aquí supera a Eckermann, quien nunca escribió una novela sobre Goethe.

 Hace poco recibí un mensaje de Josean donde me contaba de una edición conmemorativa de esa novela suya,  "que se presentará en el Festival Amigos del Bolero de Manizales, dedicado a Daniel Santos; luego en Cali, Barranquilla y otros poblados...esta edición incluirá unos cien manuscritos inéditos a puño y letra de Daniel, que iba escribiendo de barra en barra, de trago en trago...un ajuste de cuentas consigo mismo desde la intimidad de las cantinas....tomando en cuenta tu devoción por el Santo Daniel, así como sus vivencias en Nicaragua, donde padeció como Corretjer la fría soledad de las cosas tan lejanas (y recogió años después en Santo Domingo $50 mil para la causa Sandinista), me encantaría incluir en esta edición un escrito tuyo sobre Daniel y lo que significó para tu generación..."

Pues lo que significó para mi generación ya queda dicho. Las noches de peregrinaje por antros en penumbra, pisos cubiertos de aserrín y ristras de bujías macilentas, las luces tornasol de las roconola desde las que se alzaba la voz de este poeta maldito del Caribe infinito, el de la trasgresiones libertinas, el rey de corazones de la baraja vestido con smoking de lentejuelas, el héroe de todas las batallas pendencieras y de todos los desvelos alcohólicos que no cesa nunca de cantar para las vírgenes de medianoche que envejecen bañadas en lágrimas. Mientras amanece.

[Publicado el 28/10/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2017 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres