El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
jueves, 8 de enero de 2009
Un gusto arquitectónico en ruinas, una estética urbana en escombros, pistas de adoquines como intestinos sueltos que conectan los pedazos de ciudad que dispersó el terremoto, un espejo quebrado a mazazo limpio. Rótulos comerciales de cervezas y cigarrillos más altos que las palmeras en medio del amasijo. Una ciudad sin aceras, una ciudad pensada sólo para rodar, con el cuádruplo de los vehículos que podría resistir. Una ciudad donde hace tiempos fue olvidada la gente que camina.
No existe Managua. ¿O existe? Un campamento de más de un millón de habitantes, un cuarto de la población total del país. Una inmensa extensión marcada por esas pistas de adoquines de cemento que mandó a construir Somoza, porque los adoquines eran producidos por una fábrica de su propiedad. Esos mismos adoquines fueron arrancados por la gente insurreccionada en 1979 en los barrios orientales, Ducualí, Rubenia, Santa Rosa, Nicarao, Maestro Gabriel, para levantar barricadas y detener el avance de las tropas de la Guardia Nacional. Luego, los aviones de Somoza dejarían caer sobre esos barrios barriles de quinientas libras, rellenos de dinamita.
Las pistas de adoquines atraviesan los barrios de la clase media, cada vez más venida a menos. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la Colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la revolución, porque sus habitantes pensaron en despertar la generosidad del gobierno socialista de Bulgaria. También hay otros barrios bautizados Unión Soviética, o Libia, por las mismas razones que resultaron poco clarividentes, como ahora hay un barrio Hugo Chávez. También hay barrios con nombre de telenovelas: el Pantanal.
[Publicado el 14/9/2007 a las 10:44]
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IV. MANAGUA. SUMISIÓN, CALCO, FEALDAD, IMPROVISACIÓN
El nuevo Palacio Presidencial, financiado por el gobierno de Taiwan bajo la administración impúdica de Arnoldo Alemán, con sus columnas dóricas pintadas de vistosos colores y sus vidrios dorados, parece un juguete de Fisher Price. Ahora se halla abandonado porque Daniel Ortega se niega a despachar en él. Ortega también mandó a demoler una fuente musical que el Palacio tenía al frente, construida por el mismo Alemán al centro de la vieja Plaza de la Revolución donde se congregaron los guerrilleros triunfantes con el pueblo para celebrar la caía de Somoza. La fuente agitaba todas las noches sus chorros danzarines al ritmo de las estridencias de una música de burdel.
Sumisión, calco, fealdad, improvisación. Igual que las palmeras, malls transplantados de Miami con todo y food courts y cines Multiplex, y a un tiro de piedra de su bullicio iluminado, la miseria escondida en la oscuridad, que de día se exhibe por las calles en todo su esplendor de niños mendigos, y adultos que venden de todo en las esquinas, aprovechando cada cambio de luz roja de los semáforos, desde calculadoras made in Japan y toallas de playa adornadas con la efigie de Silver Stallone, a animalitos de las selvas de Bosawas, supuesta reserva ecológica de la humanidad, que está siendo despalada sin piedad, tucanes, guacamayas, tigrillos, monos carablanca.
[Publicado el 13/9/2007 a las 11:28]
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III. MANAGUA, LA EXPLOSIÓN DEL TERREMOTO
Después del terremoto que destruyó aquel refugio provinciano, y multiplicó las ruinas y los escombros de la pobreza, y luego el número de sus habitantes, lo horrible se volvió la regla. La desarticulación, el desamparo, la acumulación de fealdades que la globalización ha venido a consumar con su exuberancia de símbolos comerciales transnacionales y de monumentos arquitectónicos extraños al paisaje. El viejo centro de la ciudad desapareció, y al perder su fuerza de atracción todo se dispersó en barrios que son islas, como tras una formidable explosión.
La antigua catedral neoclásica, que buscaba imitar las líneas de la iglesia de Saint Sulpice de París, quedó fracturada para siempre por el terremoto de 1972, cuya hora fatal marca todavía la carátula del reloj en una de sus torres, porque las agujas se detuvieron a la hora precisa del sismo. Pero el tiempo ha seguido pasando. Lejos de allí se levanta ahora la nueva catedral postmoderna, obra del arquitecto mexicano Ricardo Legorreta, donada por un filántropo católico, dueño de la trasnacional de pizzas Domino´s. Parece más bien una mezquita con sus múltiples domos, como una gigantesca cajilla de huevos, mientras a su alrededor se yerguen decenas de palmeras transplantadas desde Miami.
[Publicado el 12/9/2007 a las 11:10]
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II. MANAGUA, EL LAGO DE AGUAS NEGRAS
Managua, donde para el ojo ajeno las haciendas eran tan baratas como las mujeres, desapareció para siempre con el terremoto de la víspera de Navidad de 1972, veinte mil muertos bajo los escombros a la luz de los incendios, luego un éxodo total de sobrevivientes que se dispersó por todo el país, y después un inmenso hoyo negro rodeado de alambradas, y la hedentina de los cadáveres que no se apagó por meses. La tumba de la dictadura de Somoza.
La ciudad puede parecer idílica desde el aire al viajero primerizo, como en la letra del corrido. El lago Xolotlán que extiende sus aguas grises, quizás verdes, en la lontananza, bajo la custodia del imponente cono del volcán Momotombo. Las aguas esmeralda de las lagunas que duermen en el fondo de los antiguos cráteres. Junto a una de ellas, la laguna de Tiscapa, se levantaba el Palacio Presidencial de la familia Somoza en lo alto del cráter. Un palacio de arcadas moriscas, en el mejor estilo mudéjar tropical, mientras abajo, en los jardines, los prisioneros convivían en estrecha vecindad con los leones y las panteras de un zoológico doméstico jaulas, fieras y hombres enjaulados. El poder en un solo puño, desde arriba, pintado de color kaki, o caca, como era el color de los cuarteles que rodeaban el palacio del califato. Abajo, la ciudad al alcance de la mano, o del puño, entre las brumas de la resolana.
Por décadas, Managua ha ensuciado sin piedad las aguas de su lago de cristal. Mi amigo el poeta Mario Cajina Vega, ya muerto, sentenciaba en los años 60 que era un eufemismo decir que la capital le daba las espaldas al lago, si más bien le daba las nalgas, porque defecaba sin pudicia en él. Era su excusado, su depósito de aguas negras, como lo sigue siendo. Nunca ha tenido otro uso. Una ciudad fecal.
[Publicado el 11/9/2007 a las 11:26]
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MANAGUA, NICARAGUA IS A BEAUTIFUL TOWN…
Managua Nicaragua
is a beautiful town,
you buy an hacienda
for a few pesos down…
decía la pegajosa letra del boogy que puso de moda en los años 40 la orquesta de Guy Lombardo, y que en la película de Carol Reed, El tercer hombre, una bailarina ensaya sobre la plancha de una mesa en un café desierto en la Viena de la posguerra. Esa vieja canción fue traducida al español en el sonsonete no menos idílico de
Managua Nicaragua
donde yo me enamoré,
tenía mi vaquita,
mi ranchito y mi buey…
y mi mujer también…
El himno perfecto para la capital de una banana republic centroamericana.
Era la Managua de tarjeta postal, entre rural y provinciana, de casas de adobe y tejas de barro, que envuelta en colores de arrebol tropical se extendía al lado de un lago de cristal, y entre lagunas de celofán, como decía la letra de otra canción, esta vez del compositor nicaragüense Tino López Guerra, un corrido a lo mexicano que ensalzaba las glorias de la capital.
[Publicado el 10/9/2007 a las 10:30]
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Qué diferentes los santos verdaderos de esos que ya los Evangelios llaman “sepulcros blanqueados”, tan limpios en apariencia por fuera, y corrompidos por dentro. Fingir la perfección mientras se condenan con intransigencia las faltas ajenas, tal como en el caso del rígido senador Craig.
La imperfección, que está en la esencia de la condición humana, y también la duda, la falta de certeza. Por eso, si uno ya tenía suficientes razones para admirar a la Madre Teresa de Calcuta, ahora, ante la publicación de sus cartas en el libro recién aparecido Ven y sé mi luz, esas razones vienen a crecer mucho más. Porque dudaba. Sentía que a veces no creía en Dios, una fe que en ella, como religiosa, se supone cerrada e inquebrantable.
Sólo los farsantes se afirman en la certeza absoluta y niegan la duda. Desde lo hondo de una vida entregada a los miserables, esta mujer habla en sus cartas de oscuridad y soledad, los vacíos del alma que también sintieron San Juan de la Cruz y Santa Teresa. La noche de los sentidos. Un estado de tortura para quien siente que no creer es la peor de las frustraciones, desde luego que sus vidas están hechas para creer. Por tanto, frente al gran vacío, no le queda sino el sentimiento de la falsedad y la hipocresía, el rostro del incrédulo debajo de la máscara del creyente; una máscara cuyo peso la atormenta.
“El silencio y el vacío es tan grande que miro y no veo, escucho y no oigo”, dice en una de sus cartas más conmovedoras. Para ella, ceguera y sordera son lo mismo que el infierno.
[Publicado el 07/9/2007 a las 10:01]
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El senador Larry Craig, del Partido Republicano de Estados Unidos, se presentó siempre como un verdadero guerrero de la decencia, incapaz de consentir el menor desvío sexual. Si le hubiera tocado vivir en tiempos de la rígida moral del siglo XVII, que bien retrata Nathaniel Hawthorne en su novela La letra escarlata, habría sido uno de aquellos cuáqueros enemigos jurados del adulterio y la sodomía que imponían penas infamantes a los pecadores asediados por los vicios de la carne. Sólo las llamas del infierno podían purgar semejantes delitos, que mientras tanto era necesario denunciar en la tierra.
Severo como se le ve en las fotos, con el dedo alzado en admonición, nadie pudo imaginar nunca a este terrible juez con los pantalones abajo, proponiendo relaciones sexuales a otro hombre. ¡Y en un baño de varones de un aeropuerto! Metido dentro de la caseta del retrete, hizo al ocupante del cubículo vecino las señales indecorosas que corresponden a un código convenido entre homosexuales: unos golpes dado con la suela del zapato primero, y luego unos pases con la mano por la abertura debajo de la separación. Con la mala suerte de que el otro resultó ser policía.
Con lo que el intransigente senador Craig, enemigo número uno del matrimonio entre homosexuales, no salió del clóset, sino del retrete.
[Publicado el 06/9/2007 a las 10:11]
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En estos días se celebra en Centroamérica la firma del acta de la independencia, suceso que tuvo lugar el 15 de septiembre de 1821 en la ciudad de Guatemala, capital del reino del mismo nombre y que comprendía los países hoy existentes en el istmo, además de Chiapas. Centroamérica era una fruta madura tras las guerras que habían llevado a la liberación de los diversos territorios coloniales en el continente, y no hubo luchas que librar. Ésas vendrían después, durante el proceso de anarquía que llevó a la ruptura de la Federación.
Fue un acto enteramente pacífico, pero, además, de entre quienes proclamaron la independencia, y firmaron el acta, había quienes tenían que ver con el régimen español, el primero de ellos don Gabino Gainza, quien de Capitán General (gobernador supremo) pasó a ser el primer presidente de la nueva república federal destruida más tarde.
Los próceres no se anduvieron tampoco escondiendo el color del paño con que se confeccionaba la nueva vestimenta. Si no, leamos este párrafo del acta histórica:
“Que siendo la Independencia del Gobierno Español, la voluntad general del pueblo de Guatemala y sin perjuicio de lo que determine sobre ella el Congreso que debe formarse, el Sr. Jefe Político le mande publicar para prevenir las consecuencias que serían terribles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”.
Los señores militares, clérigos, hacendados, comerciantes, y demás próceres que han quedado retratados en los óleos conmemorativos de aquel magno acto, tenían justa prisa. Una prisa que aún hoy les corre por hacer las cosas por ellos mismos, antes de que las haga el pueblo.
[Publicado el 05/9/2007 a las 10:30]
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No se consiguió todo, por supuesto, con la paz lograda en base a los Acuerdos de Esquipulas de 1987. Se callaron los fusiles, terminó la sangría que dejó saldos pavorosos de muertos, heridos y discapacitados; las fuerzas insurgentes pasaron a organizarse como partidos políticos legales, y sus representantes están ahora en los parlamentos y en los gobiernos municipales. Hay paz política, pero no hay paz social.
Con la guerra no terminó la pobreza ni la marginación, y parte de la violencia se trasladó a las pandillas juveniles de los maras, en Guatemala, El Salvador y Honduras. Veinte años después, los déficit en educación, salud, vivienda, electricidad, agua potable, integración social, siguen siendo abismales. Los planes de ajuste económico que han traído estabilidad monetaria, y las políticas radicales de libre mercado, no han significado el estrechamiento de los abismos que separan a los ricos de los pobres. Ahora hay siempre muchos pobres, muchos de ellos más pobres que antes, y los ricos son más ricos.
De manera que hace falta un segundo impulso para hacer posible la paz definitiva en Centroamérica, una región, que de paso, se haya cada vez más olvidada precisamente porque no es escenario de matanzas y destrucción. Y ese segundo impulso tiene que ver con la paz social, que a su vez depende la justicia económica. Asignatura pendiente.
[Publicado el 04/9/2007 a las 09:54]
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El presidente Ortega tenía entonces la fuerza suficiente para negociar, y cumplir con lo acordado, sobre todo por el respaldor de su hermano Humberto, jefe del Ejército, que encabezó las negociaciones con la contra. Era un poder armado para librar la guerra, y no había fisuras en ese poder. Y los acuerdos de Esquipulas dieron como primer fruto los acuerdos de Sapoá, firmados menos de un año después, en marzo de 1988, en territorio nicaragüense.
No fue el caso de los presidentes de Guatemala y El Salvador, que no gozaban de la entera confianza de sus ejércitos, ni de quienes dentro y fuera de sus países adversaban la salida negociada. Tuvieron que venir luego otros, el presidente Alvaro Arzú en Guatemala, y el presidente Alfredo Cristiani en El Salvador, a cerrar el ciclo de la negociación, porque ellos sí contaban con el respaldo total que a sus antecesores les había faltado, y así pudieron firmar, años después, los acuerdos definitivos de paz con las fuerzas insurgentes de izquierda en sus respectivos países.
El proceso de paz de Esquipulas fue ejemplar, y es un hito en la historia de Centroamérica, por la voluntad política de quienes suscribieron los acuerdos, pese a las grandes diferencias ideológicas, y sobre todo porque los pueblos, hastiados de guerra, querían la paz. Uno de los grandes momentos que hemos vivido en nuestra historia, sólo comparable al fin de la Guerra Nacional en 1857, cuando fueron expulsados los filibusteros que habían invadido Nicaragua, gracias a una concertación de voluntades entre los gobernantes centroamericanos, a pesar de que tenían posiciones ideológicas igualmente encontradas.
Si es cierto que nos tocó ser parte de la Guerra Fría, también es cierto que donde la Guerra Fría empezó a desvanecerse fue en Centroamérica.
[Publicado el 03/9/2007 a las 09:43]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
08/1/2009 03:06
Estimado Sergio Ramirez, te...
Publicado por: ANTONIO BOLAÑOS BUENDIA
06/1/2009 18:53
Publicado por: argenis
05/1/2009 23:26
Buen detalle! Es un agrado saber...
Publicado por: Juan Carlos Morales
04/1/2009 19:23
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Publicado por: Pandora
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31/12/2008 02:06
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30/12/2008 18:06
Publicado por: amalia
30/12/2008 00:39
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