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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 26 de septiembre de 2017

 Blog de Sergio Ramírez

El final del túnel

Gracias a Gabriel García Márquez en Colombia las exageraciones se volvieron normales, y por eso no sorprende decir que el país ha vivido una guerra continuada que supera el medio siglo. Si lo pusiéramos en los propios términos gabeanos, sería las guerra de los veinte mil días; y el coronel Aureliano Buendía, que peleó en una más modesta que la historia patria llamada de los mil días, hubiera visto la duración de esta otra con desmedido asombro, igual que el número de víctimas que ha dejado, 260.000 vidas humanas sacrificadas.

No es una guerra sólo entre dos bandos, liberales y conservadores, como la del coronel Aureliano Buendía, sino toda una maraña de escenarios y actores, en la que a lo largo de las décadas han entrado y salido, liberales y conservadores, claro que sí, y ejércitos guerrilleros, unos marxistas ortodoxos, como los de las FARC que ahora va a desarmarse, y otros heterodoxos, y paramilitares y narcotraficantes, en lucha contra las fuerzas militares de un estado que no pocas veces resultó desdibujado y llegó a perder el control de vastas zonas rurales.

En visitas recientes que por motivos de mi oficio literario he hecho a Cali y Bucaramanga, el asunto de los acuerdos de paz no ha faltado en las conversaciones, en los debates, y en las entrevistas de prensa, y lo primero que he dicho a todos es que si yo fuera colombiano votaría por el sí.

Tomé como referencia mi propia experiencia respecto a los acuerdos que pusieron a fin a las guerras que tantas muertes, daños y sufrimientos causaron en la década de los ochenta en Nicaragua, El Salvador y Guatemala, muertos, desaparecidos, mutilados, desplazados; guerras que de diversas maneras envolvieron también a Honduras y Costa Rica.

Aquellos conflictos fueron solucionados en base a los acuerdos de Esquipulas, firmados por los presidentes centroamericanos, pero aunque cada uno tuvo su propia dinámica y fecha de conclusión, los compromisos alcanzados fueron similares en cuanto a sus bases, e incluían el desarme de las fuerzas insurgentes, su incorporación a la vida civil, y el derecho a organizarse como partidos políticos. Es lo mismo que, con sus propias particularidades, habrá de ocurrir en Colombia: cambiar las balas por los votos.

Quienes antes reclamaban con las armas por cambios estructurales y reivindicaciones sociales y políticas, hoy pueden hacerlo aún desde el gobierno, como en el caso del FMLN de El Salvador, que ha alcanzado ya dos veces la presidencia de la república.

Y la paz se logró en Centroamérica porque no había solución militar al conflicto. Las fuerzas insurgentes, de derecha e izquierda, no podían ser derrotadas por las armas, y como no se trataba de una rendición en la que el vencedor impone sus términos, en la mesa de negociaciones las partes tuvieron que hacer concesiones mutuas.

Más compleja la guerra colombiana que la centroamericana, porque el narcotráfico no había aún metido sus garras tan a fondo en la región como ahora, y por tanto no llegó a financiar ni armar bandos, ni a involucrarlos en el negocio de la coca. En ese caso, la solución se habría complicado hasta extremos impredecibles.

Lo que más se discute en Colombia es el asunto de la impunidad, quiénes pagarán por los delitos cometidos durante la guerra, y quienes no. Sin embargo, los acuerdos no dejan de lado la impunidad total. Establecen un sistema de justicia transicional con penas diferenciadas para delitos confesados y no confesados, y excluye los crímenes de lesa humanidad que son referidos al Estatuto de Roma, es decir, serán juzgados por la Corte Penal Internacional de La Haya.

Un avance, porque al alcanzarse la paz en Centroamérica, la responsabilidad por los crímenes nunca quedó explícita en los acuerdos, ni tampoco se tomó en cuenta a las víctimas ni a sus deudos, como sí ha ocurrido durante el proceso de negociaciones en Colombia. 

Héctor Abad Faciolince, mi amigo escritor que tiene toda la autoridad moral del mundo para hablar de este tema porque su padre, el doctor Héctor Abad Gómez, defensor de los derechos humanos, fue asesinado por paramilitares en 1987 en una calle de Medellín, de donde resultó un libro ejemplar, El olvido que seremos, ha escrito en un reciente artículo que termina con una frase lapidaria:

"La paz no se hace para que haya una justicia plena y completa. La paz se hace para olvidar el dolor pasado, para disminuir el dolor presente y para prevenir el dolor futuro".

Él votará por el sí.

[Publicado el 07/9/2016 a las 09:00]

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Ya vimos esa película

La periodista Sylvia Colombo de la Folha de Sao Pablo, me pregunta en una entrevista en relación a  Nicaragua, si estoy de acuerdo con la reelección indefinida. Por supuesto que no. Una reelección es democrática en un régimen democrático, pero la reelección indefinida nunca es democrática. Daniel Ortega ha sido el único candidato de su partido desde 1984, o sea a lo largo de más de 30 años, y con este nuevo periodo que va a ganar en noviembre, porque ya está decidido de antemano que va a ganar, habrá estado en la presidencia por 25 años. Y no es que en 2021, dentro de cinco años, no vaya a presentarse otra vez como candidato.

Los verdaderos partidos de la oposición han sido eliminados por sentencia de la Corte Suprema, que le es fiel políticamente, y la oposición parlamentaria ha sido expulsada de la Asamblea Nacional por orden del Consejo Supremo Electoral, sometido también a él de manera incondicional. No queda un solo poder del estado que no esté alineado ni institución pública independiente.

Los observadores internacionales para estas elecciones han sido rechazados bajo el calificativo presidencial de "sinvergüenzas". En estas listas de indeseables queda la Organización de Estados Americanos, la Unión Europea, y el Centro Carter de Estados Unidos.

No se trata de un capricho, ni de un desplante.  En el fondo lo que se rechaza son las elecciones mismas. Ortega no cree en la democracia representativa, cree en el partido único, como lo ha dicho públicamente no una vez, una de esas en una larga entrevista para la televisión oficial de Cuba.

De modo que para él las elecciones son un mal necesario, y por eso no les quiere dar relevancia, mientras no sean hechas desaparecer del todo en la Constitución. Las quiere lo más parecido a las viejas elecciones de Europa Oriental, donde la oposición queda reducida a un porcentaje mínimo que sólo representa a los desadaptados sociales.

La institucionalidad funcionaba a medias en Nicaragua, pero hoy ha dejado de funcionar del todo por una serie de medidas que aún tienen perplejos a los expertos políticos que no se atrevían a decidirse si esta era una democracia limitada, un gobierno autoritario, o simplemente una dictadura. Hoy queda claro ante el más benévolo de esos analistas, que se trata de un régimen camino del partido único, a la usanza más obsoleta, fruto de la nostalgia trasnochada por los desaparecidos sistemas del llamado socialismo real que se hundieron con la caída del muro de Berlín.

Y al mismo tiempo, es una autocracia familiar como las que hemos conocido en el pasado en América Latina y claro está, en carne propia en la misma Nicaragua, regímenes que vuelven siempre a resucitar. Para que no queden dudas, Ortega ha escogido a su propia esposa, Rosario Murillo, como candidata a la vicepresidencia. La siempre oportuna Corte Suprema ya había dictaminado desde antes que el parentesco entre esposos no es ningún impedimento constitucional. La alternabilidad en el poder, las elecciones libres, las libertades democráticas, escritas en la Constitución, han desaparecido de la vida real. Vivimos en un país virtual.

La oposición real y creíble ha quedado eliminada. Han sido inscritos para las elecciones 17 partidos políticos pero todos son de membrete, como los que existían en los países de Europa Oriental en tiempos soviéticos. A los candidatos a presidente que competirán con Ortega nadie los conoce porque han sido sacados de la manga. En Nicaragua estos candidatos a presidente, y a diputados, son llamados "zancudos" porque solo buscan chupar la sangre del presupuesto, ya que ganan prebendas para prestarse al juego, entre ellas las codiciadas curules.

El régimen se había válido hasta ahora de su alianza con la empresa privada, que aprendió a no temer al discurso virulento de Ortega en contra del imperialismo yanqui, el capitalismo y la oligarquía vendepatria. La regla de oro de esta relación era que los asuntos políticos quedaban excluidos de las agendas económicas. Hoy está alianza empieza a mostrar sus fracturas cuando las cámaras empresariales protestan por las medidas arbitrarias que quitan la representación parlamentaria a la oposición, y eliminan de la contienda electoral a los partidos independientes.

El justo temor de los empresarios es que el clima de estabilidad económica conseguido hasta ahora se deteriore, y que las inversiones extranjeras resulten ahuyentadas, lo mismo que la cooperación financiera internacional, que es clave. Hasta ahora ha existido un clima de negocios favorable, con moderadas tasas de crecimiento y baja tasa inflación,  con la inapreciable ayuda de las remesas de los emigrantes, cuyo monto sigue creciendo.

El gobierno  ha repartido dádivas gracias al dinero del petróleo venezolano, que ya se agotó, pero la estructura desigual no cambia. El número de pobres no ha disminuido, más del 40% de la población vive como menos de dos dólares al día, y más del 70% depende de un trabajo informal.

Y según las revista especializadas, Nicaragua es el país centroamericano donde el número de millonarios ha crecido más en los últimos años. Es un raro socialismo este, donde el número de pobres no disminuye y crece el número de millonarios salidos de la nada.

Qué porcentaje de la población respalda realmente a Ortega sigue siendo un misterio sin descifrar, porque las encuestas que buscan complacerlo no son confiables. Hay encuestas de encuestas. Una reciente de Borge y Asociados, los únicos que acertaron en que los sandinistas perderíamos las elecciones de 1990, muestran a Ortega con un 40% de respaldo. Es alto, pero lejos de la cuasi unanimidad que él pretende.

De todas maneras, las elecciones del mes de noviembre tendrán un candidato único, y ya hay un ganador de antemano que pretende sacar más del noventa por ciento de los votos, y dominar la Asamblea Nacional sin ninguna clase de voces disidentes. Una Asamblea que votará a mano alzada.

Ya hemos visto esa película. Y ya sabemos cómo termina.

[Publicado el 31/8/2016 a las 17:14]

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La muchacha y el jaguar

La revolución que triunfó en Nicaragua en 1979 fue la última del siglo veinte en América Latina. Y fue, también, una revolución corta, de apenas una década, que tuvo la singularidad de terminar en 1990 con unas elecciones que sacaron al Frente Sandinista del poder conquistado con las armas.
Durante esos diez años Nicaragua fue una vitrina, y un espejo. Una vitrina porque muchos querían observar los pasos de una revolución que se proclamaba distinta desde el comienzo. Y un espejo porque el rostro de aquella revolución principiante podía ser en el futuro el rostro de otras revoluciones novedosas en el continente.
Jamás ningún otro hecho histórico, desde la guerra civil española, atrajo tanto la presencia de intelectuales, artistas y escritores, porque el desmesurado enfrentamiento entre Estados Unidos y Nicaragua recordaba la lucha de Goliat contra David, y querían ver con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo.
Por Nicaragua pasaron, entre tantos, cuatro premios Nobel de Literatura, Günther Grass, Harold Pinter, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa; algunos que debieron serlo, como Graham Greene, William Styron, Julio Cortázar y Carlos Fuentes; y otro que podrán llegar a serlo, como Salman Rushdie.
Venían a ver un modelo que debía convivir, entre contradicciones, sobresaltos y concesiones, con una realidad que no se amoldaba fácilmente a un implante de esquemas ideológicos, y que debía responder a los rigores impuestos por la guerra, a las penurias económicas, y al entorno internacional; es decir, responder a las necesidades de la propia supervivencia.
Salman Rushdie, que vino en 1986, expresó la gran pregunta alrededor del destino de la revolución en un epígrafe anónimo de su libro La sonrisa del jaguar, resultado de ese viaje: Había una muchacha nicaragüense/que cabalgaba sonriendo a lomo de un jaguar./Volvieron del paseo/la muchacha dentro/ y la sonrisa en el rostro del jaguar. El jaguar podía terminar devorando a la muchacha y quedarse con su sonrisa, ése era el gran riesgo, y la gran pregunta.
Cuando Carlos Fuentes vino por segunda vez en enero de 1988, casi al borde del desenlace de la guerra de los contras, acompañado de William Styron, y cuando se daban más intensamente las últimas negociaciones de paz entre los presidentes centroamericanos, ya firmados los acuerdos de Esquipulas el año anterior.
El periodista Stephen Talbot recuerda en un reportaje de la revista Mother Jones esa visita de los dos novelistas amigos. En una de esas conversaciones acerca de las posibilidades que tenía la contra de derrotar a los sandinistas Tomás Borge "dijo decididamente que algo así era imposible porque los contras van a contrapelo de la historia". Fuentes interrumpió para preguntar: "¿Y cuál fue la experiencia de Guatemala en 1954 y de Chile en 1973? ¿No se demostró que la izquierda puede ser derrotada?". "No", respondió Borge, cortante. "Ellos no armaron al pueblo, por eso perdieron".
Después, recuerda Talbot, "Borge dijo que su opinión personal era que ningún partido de oposición podía llegar a ganar a los sandinistas en las urnas. "Ahora no", asintió Fuentes, "pero en el futuro, ¿por qué no?". "Sólo si son antiimperialistas y revolucionarios", proclamó Borge, "si un partido reaccionario ganara, yo dejaría de creer en las leyes del desarrollo político". "Yo no estaría tan seguro de estas leyes", advirtió Fuentes. A veces, los novelistas se vuelven profetas de la historia.
Günter Grass vino en mayo de 1982, acompañado del escritor Johanno Strasser. Su pregunta era la misma de Salman Rushdie: ¿Empezaría la revolución a devorar a sus propios hijos? ¿Se comería el tigre a la muchacha? Lo escribió en su reportaje El patio trasero, publicado a su regreso a Alemania.
Me asombro de estar hablando de acontecimientos tan lejanos, cuando siento que aún puedo tocarlos, ver a Vargas Llosa en mi despacho de la Casa de Gobierno grabando frente a la cámara las entradas de la entrevista que acababa de hacerme para su programa La torre de Babel que se pasaba en Lima por Panamericana de Televisión.
La historia que se escribe ahora ya nadie viene a verla. Todo el encanto de entonces se hizo humo. En aquellos tiempos de esplendor, Noam Chomsky daba cursos en la Universidad Centroamericana en Managua, Joan Baez cantaba en el Teatro Nacional, uno podía toparse en las calles con Allan Ginsberg o con Lawrence Ferlinghetti, dos de los grandes poetas de la generación beat. O ver a García Márquez leyendo en una plaza ante miles.
Ahora ya sólo queda el jaguar que se pasea con la muchacha dentro de la barriga.

 

[Publicado el 27/7/2016 a las 09:00]

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La edad de la inocencia

El mediodía del 20 de julio de 1979 las columnas guerrilleras entraron a la Plaza de la República en Managua, bautizada como Plaza de la Revolución. En un formidable desorden, los combatientes llegaban a pie, en camiones militares, en autobuses requisados, subidos sobre el lomo de las decrépitas tanquetas arrebatadas a las tropas de la dictadura, y se revolvían con la multitud que estaba allí esperándolos para celebrar con ellos la gran fiesta de sus vidas. El último Somoza se llevó al destierro las osamentas de su padre y de su hermano, y se había esfumado la Guardia Nacional, los últimos soldados que quedaban en los cuarteles dejando en reguero sus uniformes, cananas, cantimploras y fusiles.

Los miembros de la Junta de Gobierno entramos a la plaza subidos a un camión de bomberos que dejaba oír su sirena, mientras los guerrilleros disparaban al aire ráfagas nutridas de sus fusiles, como si los tiros que habían sobrado quisieran ser agotados de una vez, y sonaban las campanas rotas de la vieja catedral desquebrajada por el terremoto de 1972, lágrimas que bañaban los rostros y risas como resplandores en los rostros bañados en lágrimas, racimos de gente subida en los árboles, en las cornisas y en las torres de la catedral, en las azoteas del Palacio Nacional.

Y yo lo que recordaba mientras avanzábamos entre el mar de cabezas era el silencio de minutos antes, cuando el camión de bomberos rodaba lentamente por las calles desiertas desde la carretera sur, un silencio sobrenatural bajo el distante cielo luminoso, como si el mundo se hubiera vaciado para siempre de ruidos, y de aire, porque las hojas de los laureles de la india donde revoloteaban los zanates clarineros, y los mangos de espeso verdor en las veredas no se movían, vacías las casas con las puertas abiertas como ante una huida repentina, la huida de todo el mundo hacia la plaza.

Al final de la celebración entramos en el Palacio Nacional, y entonces me encontré en el vestíbulo con Regis Debray, en traje de safari de un color kaki desvaído, las aureolas de sudor bajo las axilas. Sonriente, se atizó el bigote abundante, ya para decirme algo. Pero yo me adelanté. Recordaba un artículo suyo de hacía pocos meses, no recuerdo si en Le Monde, afirmando que las revoluciones armadas ya no eran posibles.

─¿Has visto? ─le dije─. Se pudo.

Después escribió que la característica más notable de los jefes guerrilleros era su flacura, contrario a la gordura soez de los somocistas derrocados. Flacos por los rigores de la guerra, las penurias de los combates cotidianos, las marchas forzadas, y a pesar de los desvelos, dormir parecería de ahora en adelante un pecado capital, sólo en la vigilia uno no se perdía nada de lo que ocurría, demasiados sucesos como para que la mente pudiera asentarlos, y se quedaban al fin y al cabo en sensaciones, en ansiedad, en deseo, en una visión de futuro que de tan múltiple no podía sino quitar el sueño.

Y los protagonistas de la revolución eran, además, muy jóvenes. La liberación de León sólo se había resuelto tras rudos combates, calle por calle, bajo el bombardeo de los aviones, y en medio del incendio de manzanas enteras; y Dora María Téllez, que sólo tenía veintidós años, al mando de una tropa de adolescentes había hecho huir al General Gonzalo Everstz, el temible Vulcano, protegido entre niños y mujeres que tomó de rehenes; y ni siquiera veinticinco años tenía el Comandante Francisco Rivera (El Zorro), el héroe de la liberación de Estelí.

En una foto de ese día, que alguien tomó al azar, yo aparezco abrazado a varios guerrilleros, entre ellos el comandante Elías Noguera, con su sombrero de ranger al sesgo sobre los rizos oscuros, el barbiquejo amarrado a la barbilla; y sumada al grupo, sonriente, también abrazada a nosotros, está una mujer del pueblo, el pelo abundante revuelto en greñas, en su blusa una escarapela improvisada, dos trozos de tela arrancados quién sabe de qué vestidos viejos y cosidos para formar la bandera que Sandino había levantado por primera vez en las montañas de las Segovias al empezar su guerra contra la intervención en 1927; y el rostro de esa mujer, en el contraste de la foto en blanco y negro, al verla ahora, tiene la majestad que sólo la historia pone a los rostros, y que parecen más contemporáneos mientras más se alejan...

Es lo que escribí en mi libro de memorias Adiós muchachos. Han pasado 37 años desde entonces. Parece que fue ayer, pero el hoy malversado es tan distinto, que parece que fue nunca.

 

[Publicado el 19/7/2016 a las 09:00]

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Tigre suelto

Nos encaminamos en Nicaragua hacia unas elecciones presidenciales que no lo serán de verdad, desde luego que todo ha sido decidido de antemano para que el comandante Ortega las gane por tercera vez consecutiva. No hay candidatos creíbles de oposición, que fueron eliminados de la contienda; sin observadores internacionales, declarados non gratos de antemano; sin un aparato electoral creíble; y con el tejido institucional del país en harapos.

No hay, ni habrá una campaña electoral entusiasta y contrastada en las calles y en las pantallas de televisión, ni encuestas de opinión que muestren tendencias de votos que pueden cambiar de un día para otro, ni debates entre candidatos presidenciales. En fin, lo que hoy en día resulta lo normal en los países donde prosperan los sistemas democráticos.

Las únicas demostraciones serán las del candidato oficial, con todos los recursos del estado a disposición, y detrás el aparato de propaganda del partido, incluidas las decenas de estaciones de radio y televisión bajo control oficial. Un partido prácticamente único, compitiendo en un espacio único, lo que en buen nicaragüense se suele llamar "pelea de tigre suelto contra burro amarrado".

El país se aparta cada vez más del modelo medio de desarrollo político en América Latina, donde las salidas democráticas siguen abiertas, y la decisión de los electores es respetada. Y aún en casos de resultados muy ajustados, como en las recientes elecciones en Perú, nadie pone en duda el conteo justo de los votos, y el fraude electoral parece haber sido desterrado.

El régimen se muestra cada vez más intolerante, como se ha visto en las recientes deportaciones de extranjeros, incluidos ciudadanos de Estados Unidos, que llegan al país  a realizar tareas burocráticas,  e investigaciones académicas, o reportajes periodísticos, sobre temas que se han vuelo tabúes, como la pobreza, o el Gran Canal Interoceánico; o simplemente a participar en programas ecologistas en comunidades rurales. Esto ha hecho que tres países, México, Estados Unidos y Costa Rica, hayan publicado advertencias sobre los riesgos de viajar a Nicaragua.

Pero la cúpula gobernante se siente segura y confiada. Cuenta con el favor de las encuestas, con una base organizada y bajo control, capaz de ser movilizada a través del aparato del estado hacia las plazas y también hacia las urnas electorales, y con un efectivo e incondicional cuerpo de represión policial; mientras, del otro lado, la oposición se encuentra diezmada, o ilegalizada, y hay suficientes "partidos" dispuestos a participar en el juego electoral a cambio de curules y otras prebendas, como es ya tradición en Nicaragua desde los tiempos de Somoza.

Y priva, sobre todo, la apatía. Las necesidades de la subsistencia diaria pesan más que el interés por la democracia y el respeto a las reglas constitucionales. Las demostraciones en las calles en reclamo de elecciones libres sólo convocan a un puñado de personas. Los únicos capaces hasta ahora de movilizar masivamente a la población campesina, han sido los dirigentes del movimiento que defiende la propiedad de las tierras amenazadas por el proyecto del Gran Canal.

El régimen confía también en su alianza con la empresa privada, que ha aprendido a no temer al discurso virulento del comandante Ortega en contra del imperialismo yanqui y el capitalismo. La regla de oro de esta relación es que los asuntos políticos quedan excluidos de las mesas de concertación donde se tratan los temas económicos, que por otro lado se ajustan al marco aconsejado por el Fondo Monetario Internacional.

Estas políticas han permitido que las cuentas financieras muestren algún crecimiento económico, menos acelerado  sin embargo que el crecimiento del número de nuevos millonarios; y tampoco han provocado ninguna reducción apreciable de los índices de pobreza, ni han sacado a Nicaragua de la cola entre los países más atrasados de América Latina, en disputa con Haití.

Y Estados Unidos sabe también que detrás de la retórica encendida de Ortega no hay ninguna amenaza real para sus intereses de seguridad hemisférica; la reciente expulsión de funcionarios norteamericanos ha quedado reducida a un incidente, si se quiere, perturbador. El modelo de supresión democrática en Nicaragua no choca de ninguna manera con la vieja tesis de Washington de que lo que más importa a la hora de enfocar las políticas hacia América Latina, es la estabilidad, que existe hasta que el volcán estalla. Pero no hay movimientos sísmicos que indiquen que algo semejante esté por pasar.

Los votos, pues, están contados de antemano. Es como si las elecciones de noviembre de este año ya hubieran ocurrido.

 

[Publicado el 13/7/2016 a las 09:00]

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Historias que siempre habrá que contar

En Honduras suelen circular listas de ciudadanos sentenciados a muerte,  defensores de la naturaleza, promotores de derechos humanos, sindicalistas, líderes campesinos, dirigentes políticos, y Berta Cáceres estaba a la cabeza de esas listas. Hasta que la mataron. Cerca de la medianoche del miércoles 2 de marzo de este año, unos asesinos a sueldo entraron a su sencilla vivienda del poblado de La Esperanza, en el departamento de Intibucá, y le pegaron tres balazos en el estómago. La sentencia había sido cumplida.

Tenía un huésped esa noche, el mexicano Gustavo Castro, director de una organización ambiental de Chiapas, quien había llegado a la Esperanza para dictar un taller de capacitación, y a quien también atacaron a tiros en el cuarto donde se alojaba, sorprendidos de encontrárselo allí, pues creían que su víctima se hallaba sola. Al verlo ensangrentado e inerme lo dieron por muerto, pero sobrevivió para contar la historia.

Berta Cáceres, era líder de la comunidad lenca, uno de los pueblos aborígenes centroamericanos de origen maya, asentados al noroccidente del territorio hondureño, fronterizos con El Salvador, donde también hay comunidades lencas.

Había logrado crear un vigoroso movimiento de defensa de estos territorios, y luchaba a brazo partido para evitar que se construyera la represa hidroeléctrica Agua Zarca en San Francisco de Ojuera. Está previsto que el embalse utilice aguas del río Gualcarque, que para los lencas han sido sagradas desde antes de la colonia. Nunca fueron consultados por el gobierno acerca del proyecto, según sus derechos.

En octubre de 2013, uno de los dirigentes del movimiento, Tomás García, había sido asesinado en el curso de una demostración popular reprimida por el ejército, y Berta, acusada de rebelión y tenencia ilegal de armas, fue condenada a prisión, aunque luego sobreseída provisionalmente.

Los lencas, bajo el liderazgo de Berta, lograron una victoria crucial cuando ese mismo año la transnacional china Sinohydro, la constructora de embalses más grande del mundo, se retiró del proyecto, igual que lo hizo el Banco Mundial. La compañía de capital hondureño Desarrollos Energéticos S.A. (DESA), dueña de la concesión, se quedó entonces sola.

En 2015, Berta recibió el premio Goldman, "el Nobel verde", y cualquier podía pensar que el renombre que ganaba la serviría de escudo; pero en Centroamérica hay que desconfiar de las reglas del sentido común: el premio la acercó más bien a la muerte. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos había ordenado al gobierno de Honduras que tomara medidas cautelares para protegerla, pero no lo hizo; y lo mismo ocurrió con otros diez ciudadanos, a favor de los cuales fue ordenada la misma protección, pero tampoco la recibieron nunca y terminaron asesinados.

Ante la dimensión del escándalo que trajo la muerte de Berta, el gobierno se vio presionado a actuar, y hasta ahora están siendo procesadas, entre autores materiales e intelectuales, cuatro personas: el mayor Mariano Díaz Chávez, de servicio activo en las Fuerzas Armadas; el capitán Atilio Duarte Meza, en retiro; Douglas Bustillo, que había sido guardia de seguridad en la represa;  y ¡bingo!, Sergio Ramón Rodríguez Orellana, gerente de temas sociales y medioambientales del proyecto de Agua Zarca. Hay un quinto implicado, Emerson Duarte, el hermano gemelo del capitán, en cuyo poder se encontró el arma con que fue cometido el asesinato.

En los informes sobre derechos humanos, Honduras aparece como "el país más peligroso del mundo" para aquellos que se consagran a la defensa de la naturaleza. Según la organización  Global Witness, 111 activistas medioambientales han sido asesinados entre los años 2002 y 2014: los que se oponen a la destrucción de la selva para convertirla en pastos y tierras agrícolas, los que luchan contra la minería que envenena las aguas y contamina mortalmente el aire, y los que como Berta Cáceres y tantos otros han tratado de impedir la invasión de sus heredades ancestrales, lo pagan con la vida.

Defender la tierra natal, la identidad entre seres humanos y naturaleza, y la relación sagrada entre la vida y el medio ambiente, se sigue pagando con la muerte. Otros muchos crímenes se han cometido desde entonces en Honduras, y las listas de sentenciados siguen vigentes, engrosadas cada vez por nuevos nombres que reponen a los de los ejecutados. La debilidad institucional y la corrupción favorecen el sicariato, y hacen crecer la impunidad.

El asesinato de Berta Cáceres puede parecer ya una historia vieja, pero vale la pena volver a contarla. Echarla  al olvido sería enterrarla a ella, y a tantos como ella, una y otra vez.

[Publicado el 15/6/2016 a las 09:00]

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El viejo armario de la casa solariega

Rubén Darío cuenta en su autobiografía que en un viejo armario de la casa solariega donde pasó su infancia en León, encontró los primeros libros que habría de leer en su vida. Tenía diez años de edad. "Eran un Quijote", dice, "las obras de Moratín, Las mil y una noches, la Biblia; los Oficios, de Cicerón; la Corina, de Madame Staël; un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica de ya no recuerdo qué autor, la Caverna de Strozzi. Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño".

¿A quién pertenecían los libros del viejo armario? Su tío abuelo el coronel Félix Ramírez Madregil, el dueño de casa, y quien le daba cuidados de padre, era un antiguo combatiente del ejército unionista centroamericano del general Francisco Morazán, y estrecho aliado del general Máximo Jerez, caudillo liberal. En su casa se reunían en tertulia poetas, doctrinarios liberales, intelectuales masones, pedagogos, y cabecillas radicales que de cuando en cuando se alzaba en armas contra la oligarquía conservadora, o contra los propios gobiernos de su partido cuando no eran de su gusto. Era, pues, hombre de ilustración.

La esposa del coronel, doña Bernarda Sarmiento, aunque católica practicante era mujer de ideas libertarias y algo conspiradora,  y no faltaba a aquellas reuniones, según recuerda Rubén: "Por las noches había tertulia, en la puerta de la calle, una calle mal empedrada de redondos y puntiagudos cantos. Llegaban hombres de política y se hablaba de revoluciones. La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados..." Lo más probable es que la dueña de esos libros fuera ella, pues fue lectora empedernida.

Si Rubén nos dice que aquella era una extraña y ardua mezcla para su cabeza de diez años, sin duda se  leyó, sino todos, al menos la mayoría de los libros del armario, como lector precoz y voraz que fue, aunque no nos cuenta por cuál de ellos empezó. Había aprendido a leer a los tres años de edad, y en su autobiografía recuerda que lo hacía en el patio enclaustrado de la casa bajo las ramas de un gran jícaro.

Seguramente, tras la sorpresa del hallazgo, hizo una discriminación previa, como cualquier lector que tiene frente a sí una escogencia variada, metiéndose a ver de qué se trataba cada uno de los libros, para empezar por lo más atractivo. La cabeza de un niño a los diez años es como pasto seco, dispuesta a coger fuego, sobre todo si ese niño trae ya consigo la llama de la escritura.

No empezó, seguramente, por Los oficios, la última obra que escribió Marco Tulio Cicerón antes de ser asesinado, y que trata de los deberes que tienen los ciudadanos frente al estado, así como de los males de la dictadura como la que había sufrido Roma bajo Julio César. Tampoco es probable que hayan estado entre sus preferencias las obras de Leandro Fernández de Moratín, recordado sobre todo por su pieza de teatro El sí de las niñas. Y de Corina, de madame Stäel, nunca volvió a decir una palabra en sus escritos.

Más atractiva le debió ser La caverna de Strozzi, escrita en 1798 por Saint Warin. Es una novela que pertenece al género gótico, o de terror, creado en Inglaterra en el siglo dieciocho y que pronto se extendió por Europa con toda su cauda de fantasmas y castillos embrujados, un género al que Edgard Allan Poe daría todo su peso y valor durante la época victoriana.

Rubén encontró en esa novela tremebunda un eco de las historias que entonces oía contar: "se me mostraba, no lejos de mi casa, la ventana por donde, a la Juana Catina, mujer muy pecadora y loca de su cuerpo, se la habían llevado los demonios...que hacían un gran ruido, y dejaban un hedor a azufre..."

Al ámbito de lo gótico pertenecen también otras historias, que luego recreó, escuchadas en aquella ciudad colonial cuyo ambiente se prestaba para el misterio y las consejas de sepulcros y espectros, de modo que no es difícil establecer las relaciones que crean las lecturas infantiles entre lo vivido, lo oído y lo leído, tanto que, después, en el recuerdo, pasarán a pertenecer a la misma dimensión, y serán capaces de intercambiarse papeles en la memoria, y en la escritura.

A diferencia de los demás libros del armario, de los que no hay rastros, La Biblia de la infancia de Rubén se conserva en el museo que es ahora la casa donde vivió. Es una edición en latín y español en diez tomos, de los que falta el último, impresa en el año de 1858 por la Librería Española de Madrid, traducida de la vulgata latina por don Felipe Scío de San Miguel "conforme el sentido de los santos padres y expositores católicos",  y revisada por don José Palau.

En cuanto a Las mil y una noches, el estudioso dariano Günther Schmigalle viene en mi auxilio para informarme que lo más probable es que se trate de la traducción, primero al alemán hecha por Gustav Weil, y de allí al español por don Juan de Olivares, publicada en dos volúmenes en Barcelona entre 1858 y 1859, "con 1600 dibujos de los mejores artistas".

Y El Quijote, al que ya nunca abandonaría, fascinado para siempre por el mundo cambiante y sorpresivo de Cervantes, quien fue para él "la vida y la naturaleza"; y díganlo sino sus Letanías a Nuestro Señor don Quijote. Y como buen hijo de Cervantes, renovó la lengua que aquel había vuelto a inventar.

No hay duda de que gracias al tesoro encontrado en el viejo armario, Rubén empezó a leer desde entonces, con avidez y para siempre, El Quijote, la Biblia, y Las mil y una noches, pues nos hablará de ellos una y otra vez en sus poemas, en sus crónicas y en sus cuentos. Se quedó a vivir para siempre en sus páginas.

[Publicado el 09/6/2016 a las 12:29]

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Papel pautado

Hace poco, revolviendo cosas y papeles, me hallé un casete de esos que ya cuesta reproducir, donde está grabada la función del jueves santo de 1952 en la iglesia parroquial de Masatepe. La hizo Remigio Sánchez, casado con mi prima María Josefa Ramírez.  Tenía una grabadora Philips de carretes, toda una novedad entonces, y es su voz la que se escucha por lo bajo, anunciando que la iglesia está llena a reventar, y que la orquesta Ramírez, cuya celebridad lamenta que no sea tanta como debería, va a comenzar a tocar.

La orquesta Ramírez estaba encabezada por mi abuelo Lisandro, violinista y compositor, parte de una dinastía de músicos fundada en Masaya por mi bisabuelo Alejandro, y que se prolongó en mis tíos, músicos todos e integrantes de la orquesta, en la que solo faltaba mi padre a quien había sido asignado el contrabajo, y que rechazó para dedicarse al comercio. De esa dinastía formaba parte también mis tíos abuelos Carlos Ramírez, compositor igual que mi abuelo, y Serapio Ramírez.

En esa función de jueves santo, al pie del altar mayor, está entonces mi abuelo Lisandro, vestido de dril blanco como siempre, la batuta en la mano, y están frente a sus atriles, mencionados por orden de edad, Francisco Luz, violinista, Alejandro, flautista, Alberto chelista, y Carlos José, el más versátil de todos ellos, que tocaba el armonio, el clarinete, y el saxofón; ese día toca el clarinete, y también, en algunos pasajes de la grabación, se escucha su voz de tenor que entona los laudes mientras a los músicos los envuelve una nube de incienso.

He logrado recuperar algunos de sus instrumentos: el violín de mi abuelo Lisandro, el chelo de mi tío Alberto, el clarinete de mi tío Carlos José. Son parte esencial de mi museo doméstico, instrumentos que viven dentro de mí, y dan vida a mi escritura. Lo mismo que la imagen de mi abuelo que vuelve cada tanto a mi memoria, inclinado sobre el papel pautado, componiendo, mientras tarareaba, o musitaba, la melodía que crecía en su cabeza. El componía con signos musicales, yo compongo con otros signos, que son las letras.

A los diez años padre me puso a estudiar solfeo con mi tío Alberto, a mí y a mi hermana Luisa, y no tardó en declararnos sordos a los dos, una sentencia lapidaria que me alivió del tormento de recibir aquellas clases a las dos de la tarde, pugnando en contra del sueño, una tarea heroica. Por la misma causa nunca aprendí mecanografía, porque pudo más en mí el sopor, y me quedé escribiendo con dos dedos.

El otro día contaba estaba anécdota del decreto de sordera a Carlos y a Luis Enrique Mejia, en un encuentro en la embajada de México, en el marco de Centroamérica Cuenta, y les decía que creo que hay dos clases de oído musical: el que reproduce, y allí sí que soy sordo a la hora de entonarme; y el oído que graba y reproduce, reconoce las melodías, y distingue los instrumentos. Ese sí lo tengo.

Porque sin ese oído no podría escribir. La prosa necesita de un ritmo y de una música. Y no puedo escribir en mis mañanas de encierro sagrado, si no escucho música; ahora mismo está sonando a mis espaldas la Novena Sinfonía en Mi Menor de Dvorak.

Como escritor siento que vengo de aquella orquesta Ramírez que se oye en la vieja grabación; vengo del acorde de esos instrumentos que se concertaban tanto para tocar la Misa de Gloria de Eslava, como para interpretar con brío valses en fiestas galantes, y aún serenatas si se daba el caso. Para mi abuelo y para mis tíos eran sus "toques".

Cuando tengo que hacer una comparecencia, presentar un libro, dar una charla literaria, le digo a mi mujer que voy a un toque. Gracias a aquellos artistas soy artista también.

[Publicado el 01/6/2016 a las 09:00]

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La ópera del malandro

Hasta hace poco hablábamos de Brasil como el ejemplo de un país donde la izquierda gobernaba de manera más que exitosa. Lula da Silva, un obrero metalúrgico entrenado en las fraguas sindicales, había conquistado a puro pulso electoral la presidencia; y sus programas sociales lograron que amplios sectores de población dejaran la pobreza para incorporarse a la clase media. Treinta millones de personas que vivían en la "economía sumergida", pasaron a tener un salario formal, nada menos que un quince por ciento de la población.
Estos programas de asistencia no contradecían a la economía de mercado, que seguía funcionando a plenitud para felicidad de los empresarios, entre ellos quienes talaban la selva amazónica para sembrar soya y venderla a China; y, por primera vez, el crecimiento sostenido parecía ser obra de la continuidad, pues Lula no había hecho tabla rasa de las políticas de su antecesor Fernando Henrique Cardoso, como suele ocurrir en América Latina a cada cambio de gobierno.
Lula, en la cima de la popularidad, pudo escoger como sucesora a una antigua guerrillera urbana, encarcelada y torturada por la dictadura militar. Dilma Rousseff era la heredera de un modelo exitoso, a la cabeza de un país que se colocaba entre las diez economías más grandes del planeta, listo para colarse entre las cinco mayores, al lado de Estados Unidos, China e India, y que reclamaba un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Nadie metió nunca a Brasil en el saco de los gobiernos populistas fallidos, y era fácil hacer comparaciones con Venezuela, donde más bien la pobreza seguía creciendo. Hasta que comenzaron las protestas masivas en las semanas anteriores al Mundial de Futbol de 2014. Millones salieron a las calles en más de 200 ciudades pidiendo la renuncia de la presidenta.
Es cierto que la economía se había desacelerado, y que el tiempo de las vacas gordas llegaba a su fin, trayendo inflación y desempleo. Pero el edificio, que de lejos lucía firme y entero, comenzaba a venirse abajo, sobre todo porque lo carcomía la polilla implacable de la corrupción, escándalo tras escándalo que llegarían a alcanzar al propio Lula y a su círculo más íntimo, y del que no se escapan tampoco los líderes de los partidos de oposición, diputados y senadores.
Todo comenzó desde entonces a parecerse a la Opera de Malandro, el musical de Chico Buarque de Holanda que tiene por personajes a los arribistas y buscones del dinero fácil salidos de los bajo fondos. Estos otros, más conspicuos, se atropellan en la carrera para hacerse millonarios de la noche a la mañana.
En las cámaras legislativas, donde la presidenta Rousseff fue desaforada, la cuchilla pende sobre las cabezas de más de la mitad de diputados y senadores, acusados de delitos de corrupción, y hasta de narcotráfico y homicidios, según la organización independiente Transparencia Brasil.
Un alegre y ruidoso escenario de vodevil. Hay en ambas cámaras 28 partidos políticos, que los electores no saben distinguir porque tienen nombres muy parecidos, entre los que se repite la denominación "cristiano", pues no pocos son apéndices de sectas religiosas. El payaso Tiririca ganó su asiento de diputado con un mensaje electoral simple: "¿qué hace un diputado? La verdad no lo sé, pero si votas por mí, te lo diré".
La sesión donde se desaforó a la presidenta Rousseff fue un reality show insuperable, transmitida en vivo y seguida como si fuera un partido de fútbol, cada voto cantado a viva voz, en versos rimados o en prosa, y dedicado a "la familia cuadrangular", a la secta evangélica de pertenencia, a la madre querida, al hijo por nacer, al cumpleaños de la tía solterona. Y a los torturadores del tiempo de la dictadura.
Con voz llena de emoción, el diputado Jair Messias Bolsonaro, quien ha cambiado siete veces de partido, y aspirante a la presidencia de la república, evocó el triunfante golpe militar de 1964, al emitir su voto "por la familia, por los niños inocentes en las aulas de clase, contra el comunismo, por nuestra libertad...por la memoria del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, el pavor de Dilma Rousseff...". El coronel homenajeado dirigió durante la dictadura militar un centro de tortura, y al llegar la democracia fue procesado y condenado.
Brasil sigue siendo un país promisorio, diverso, creativo y sorprendente. A los jueces toca apuntalar ahora el edificio de la democracia con más electores en América Latina, metiendo en cintura a los malandros.

[Publicado el 27/5/2016 a las 20:37]

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Memoria y libertad

Hace cuatro años surgió la idea de reunir a un grupo de narradores centroamericanos para que hablaran entre ellos de su oficio, y de las dificultades que ejercerlo conlleva en países como los nuestros, donde las barreras de la incomunicación parecen alzarse a veces de manera insalvable. Juntar a los escritores maduros, pero sobre todo a los jóvenes, que tienen ya por campo de batalla este siglo veintiuno tan sorpresivo y lleno de desafíos, cuando el oficio de narrar sufre cambios tan severos.

Cómo circulan en Centroamérica los libros o por qué no circulan. Cuáles son las dificultades de editar, y la terca sobrevivencia de las ediciones por cuenta propia, eso de que uno aún imprime su propio libro y tiene que salir a venderlo. Las pequeñas editoriales heroicas que se arriesgan, pese a que bien saben que no es lo mismo ofrecer libros de escritores nacientes que pizzas o ropa de paca. Los desafíos de los libros y revistas electrónicas, los blogs literarios, la red que nos abre sus puertas infinitas, pero que sigue siendo un territorio tan vasto donde es fácil perderse y desaparecer.

Son temas que surgen entre centroamericanos, porque presuponen una identidad compartida, que tiene una dimensión en la historia, otra muy obvia en la geografía, aún otra en el intercambio económico, y una más en la cultura, la más desprovista de todas. Países en vecindad, que resulta incómoda a veces, estorbada por incomprensiones y recelos, pero sometidos, pese a ellos mismos, a un ideal empecinado que no se deja mover por los vientos de tormenta. Y si la identidad cultural es la más desprovista, es al mismo tiempo la más espléndida, esa que se expresa triunfalmente en la creación literaria y nos deja llenarnos la boca con los nombres de Rubén Darío, Miguel Angel Asturias, Ernesto Cardenal.

Pero si miramos hacia adentro, hay que mirar al mismo tiempo hacia afuera: también Centroamérica por cárcel y cómo romper los muros de esa cárcel para un escritor. Ser visto y leído por las editoriales extranjeras, traducido a otras lenguas. Desafiar el sino de venir de una pequeña región reconocida sobre todo por la violencia y la pobreza. Hacer de la literatura una marca de país. Y entonces pensamos que este no debería ser un diálogo sólo entre nosotros, una plática de presos, sino a puertas abiertas, en compañía de escritores de otras latitudes, y de traductores, editores, críticos. Salir al mundo, compartirlo, ponernos en el mapa.

Este experimento pasó a llamarse Centroamérica Cuenta, y del 23 al 27 de mayo vamos a celebrar ya el cuarto encuentro, una vez más en Managua. Hemos venido creciendo desde la primera convocatoria de 2013, cuando empezamos con una docena de participantes que acudieron de los seis países centroamericanos, y de Francia y Alemania, a tener esta vez a más de setenta invitados provenientes de más de quince países; además de los mencionados, España, México, Brasil, Colombia, Holanda, Venezuela, Argentina, Perú. Tendremos a narradores, cronistas, cineastas, traductores, académicos; editores de importantes casas editoriales, directores de otros festivales internacionales, y periodistas que vienen a cubrir el encuentro.

Y así como el año anterior convocamos Centroamérica Cuenta en nombre de la libertad de expresión, condición esencial de la creación literaria, este año el lema será Memoria que nos une. La memoria que alimenta no sólo la invención, sino que es imprescindible para tener historia, y para que tenga sentido la vida social.

La memoria como sedimento de la libertad, porque para imaginar el futuro es necesario recordar el pasado. Un pasado desaparecido, que es necesario exhumar. Y memoria también de dos grandes aniversarios que tienen que ver con nuestra lengua y su constancia renovadora: los centenarios de la muerte de Cervantes y de Darío, a quienes está dedicado el encuentro.

Seis días en una docena de escenarios donde además del tema de la memoria se discutirán los que tienen que ver con los desafíos de la literatura, los asuntos a los que acude y sus formas cambiantes de expresión: la realidad en que vivimos, como sedimento provocador de la imaginación; la historia que nos ha tocado en suerte y las maneras de descifrarla a la hora de contar.

La literatura no es prescindible, ni tampoco una pieza decorativa. Es un signo de libertad creadora. Y, como instrumento de expresión, esencial a la diversidad crítica, necesaria a la vez para la convivencia democrática. Memoria y libertad son los signos que nos unen en esta jornada. Sin ellas, no hay invención literaria.

 

[Publicado el 11/5/2016 a las 09:00]

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Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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