II. El poder, un espejismo alucinante
La ilusión del poder para siempre, que no es sino una forma de locura, desvanece la idea de la muerte y la sustituye por otra perversa, la idea de la inmortalidad. La soberbia del poder crea un juego de espejos infinitos donde la figura del caudillo se refleja hasta la eternidad, y por eso mismo, cuando la muerte se le presenta al coronel Kadafi en su último y precario refugio de la alcantarilla, uno de esos espejos se rompe, y él pregunta, asombrado, incrédulo, a quienes lo buscan para matarlo: "¿qué pasa? ¿qué pasa?".
¿Qué pasa? Es como si en ese momento despertara, saliendo del más profundo de los sueños, el sueño del poder omnímodo, que es como un abismo, y viera en todo su terrible esplendor a la realidad en la imagen de los insurrectos que lo apuntan con sus fusiles, para entonces exclamar: "¡No me maten! ¡mis hijos!". La indefensión, la impotencia son ahora los fantasmas que lo rodean, mientras los fantasmas siempre risueños del poder se desvanecen, y lo que sus oídos escuchan es el ruido de los espejos de su gloria inmortal, que van saltando, uno tras otros, en añicos.
[Publicado el 28/10/2011 a las 09:00]
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El poder visto como un destino personal no deja de ser una ilusión de la que no se despierta sino a la hora de la muerte, o a lo mejor, esa ilusión se va con los tiranos a la tumba, como si no hubiesen podido traspasar nunca las fronteras de su mundo de ensueño, para regresar al mundo real. El ensueño del poder total, que enajena los sentidos, y aleja la percepción de la realidad, creando otra paralela. El coronel Kadafi, ya sin poder ninguno, rodeado por los últimos de sus fieles en su escondite, seguía llamando al pueblo a resistir, el mismo pueblo que alzado en armas había convertido en cenizas todos sus fastos y sus oropeles. Pero en su mente, él seguía siendo el Mahdí invencible y amado, el caudillo absoluto de los mil disfraces.
[Publicado el 25/10/2011 a las 17:01]
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En su delicioso libro Lectura y locura, el gran humorista y narrador inglés G.K.Chesterton cita una frase de Víctor Hugo: "se dice despectivamente que el poeta está en las nubes; pero el rayo también lo está". Muy apropiada llamada de atención. El nefelibata que fue Rubén también soltaba desde las nubes rayos, a la manera olímpica del viejo padre Zeus, como en su muy mentada Oda a Roosevelt. Y en su prólogo a Cantos de vida y esperanza afirma que se ocupa de la política, porque la política es universal. Y humana. Y como al viejo Terencio, nada de lo que es humano le podía ser ajeno.
Sus escritos sobre política son muchos, y dan para un libro entero, pero el suyo fue un asunto de opinión, nunca de participación. Menos en su tierra natal, donde los gourmands de la política, glotones de marca mayor, han comido toda la vida a dos carrillos. A esos comelones sin medida, Rubén los comparaba con Falstaff, el insaciable personaje de Shakespeare, y con Sancho, el fiel pero tragón escudero de Don Quijote.
Cuando regresó en triunfo a Nicaragua en 1907, un club de artesanos de la ciudad de León tuvo la ocurrencia de lanzar un manifiesto proclamándolo candidato a la presidencia de la república. A los escritores se les suele juzgar aptos para ser presidentes en tierras de nuestra América, lo que no pocas veces resulta en graves equivocaciones. Mi maestro el doctor Mariano Fiallos Gil, recordando el mencionado episodio, escribiría años después: "¿Qué hubiera sido del pobre cisne entre tantos gavilanes?".
Ya podemos imaginarlo. Se lo habrían comido crudo y sin recato.
[Publicado el 07/10/2011 a las 09:00]
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Pero también Rubén era un gourmet. El gourmet goza comiendo, saborea a fondo cada bocado, usa su paladar como instrumento de placer, y no es de ninguna manera un goloso que devora de manera desbocada y busca rellenarse la tripa hasta decir no más. Estos son los gourmands, o sea, los glotones, culpables de gula, uno de los siete pecados capitales, y que se exponen, por tanto, a ser abrasados en las llamas del infierno como los personajes de aquella inolvidable película de Marco Ferreri, La grande Bouffe (La gran comilona) donde los personajes, cuatro viejos amigos, se encierran a hartarse hasta morir reventados, el más singular de los suicidios. Por supuesto que Rubén nunca fue un glotón, porque eso contradice las estrictas reglas del sibaritismo, y un nefelibata, de paso ligero entre las nubes, tampoco se atiborra hasta caer morado.
[Publicado el 05/10/2011 a las 09:00]
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Me complace en los cuellos blancos ver el diamante.
Gusto de gentes de maneras elegantes
y de finas palabras y de nobles ideas.
Las gentes sin higiene ni urbanidad, de feas
trazas, avaros, torpes, o malignos y rudos,
mantienen, lo confieso, mis entusiasmos mudos...
Éste es un sibarita retratado de cuerpo entero, que en el mismo poema se confiesa un nefelibata, término este último que designa a quien camina siempre entre las nubes, con los pies lejos de las asperezas del suelo terrenal, en busca de capearse de ser herido por las mezquinas intrigas que, como en el caso de Rubén, llegaban a buscarlo hasta el refugio de su piso de la rue Marivaux en París, donde vivía cuando escribió esta confesión autobiográfica que es la Epístola. A pesar de todas sus precauciones, cuando se trata de toda esa caterva de intrigas, rencores, envidias, se confiesa siempre indefenso. Un sibarita nefelibata, dos palabras que son parte de la pedrería del lenguaje modernista.
Los sibaritas, que nos heredaron el vocablo, se dice que fueron los habitantes de Sibaris, un pueblo griego tan inclinado a regalarse con placeres, que había enseñado a bailar a sus caballos de guerra al son de la música, afición de la que tomaron ventaja sus enemigos para derrotarlos, pues durante una encarnizada batalla no hicieron más que allegar una orquesta y ponerla a tocar aires festivos, con lo que al oír aquel concierto de trompetas, chirimías, cornos y tambores, los caballos rompieron filas y encantados de la vida se pusieron a bailar, sin cuidarse de los jinetes que fueron lanceados a gusto.
[Publicado el 30/9/2011 a las 09:00]
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Rubén nos ha dejado abundantes evidencias de que fue un verdadero sibarita, como los cardenales del renacimiento que inspiraron la frase bocatto di cardinale antes apuntada, no sólo en el comer y en el beber, sino también en el vestir, un hombre de refinado buen gusto que no ahorraba ni en seda, ni en champaña ni en flores, tal como escribe en la ya citada Epístola.
[Publicado el 28/9/2011 a las 09:00]
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IV. Esperan las olimpiadas de Londres y verán
La acción extrema entraña también el peligro extremo, nunca ha sido de otro modo en la aventura. Ella lo explica en pocas palabras: "asomarse al borde del abismo. Estar dispuesto a saltar y a salir herido en la caída. Pero no tan herido como para no volver a intentarlo".
Para las Olimpíadas Mundiales de Londres el año que viene, Elizabeth ha sido llamada a montar un espectáculo que verán decena de millones a través de la televisión, y por supuesto, en vivo y directo miles de espectadores agolpados en las orillas del Támesis. Nos ha mostrado los sketches. Decenas de sus artistas harán acrobacias colgados del puente de Londres y de la rueda del milenio, dos escenarios gigantes de alturas que de solo pensar en ellas erizan los pelos.
Pero de eso se tratará, explica Elizabeth, hacer que las sensaciones pasen del cerebro a las tripas, lograr "un espectáculo al aire libre que sea a la vez un evento físico, capaz de motivar y conmover a la gente lo mismo que lo haría la lectura de una novela épica o un concierto sinfónico".
[Publicado el 23/9/2011 a las 09:00]
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Los héroes de Elizabeth vienen del mundo pop, de las páginas de las historietas cómicas, los superhéroes que todo lo pueden, desde levantar pesos descomunales, volar por los aires, escalar las paredes de los rascacielos o descender por ellas, como lo hemos visto hacer a ella misma en un video que la muestra bajando desde una azotea hasta la acera, piso tras piso de un edificio, un paseo horizontal en un plano vertical pendiente del cable de una polea.
Por eso mismo, sus héroes son también aquellos de carne y hueso que alguna vez asombraron por sus desafíos, como Houdini, el rey de los magos, y todo los demás quienes como él hicieron del espectáculo una acción extrema, lanzarse por el torrente de las cataratas del Niágara metidos dentro de un barril, caminar sobre la cuerda floja a enorme altura entre dos rascacielos, con el vacío a los pies, el vuelo solitario de Amelia Earhart sobre el océano Atlántico. Mohamed Alí más allá de todo y de sí mismo dentro del encordado.
[Publicado el 21/9/2011 a las 09:00]
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II. El cuerpo puede ir a donde quiera
Ver la acción, sentir la acción, ejecutar la acción. Ha explicado sus teorías, que no salen de la nada sino que parten de los viejos teoremas de Euclides, una noche de estas en el salón de conferencias de Villa Serbelloni, algo que cada uno de los invitados debe hacer respecto a su propio trabajo, y he anotado copiosamente sus palabras, llenando mi libreta de notas. El cuerpo es capaz de resistirlo todo, y para probarlo se ha dejado caer sobre el parquet de un solo golpe, dando un planazo, para ponerse de pie de inmediato con la agilidad asombrosa de que es capaz a sus 62 años, entrenada por décadas para la resistencia física.
[Publicado el 16/9/2011 a las 09:00]
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La mujer que hace volar a los elefantes se llama Elizabeth Streb y ha venido desde Nueva York para una estancia de un mes en Villa Serbelloni, en Bellagio, que coincide con la mía, los dos parte de un grupo de residentes escogidos por sus dedicaciones diversas y disímiles, alguien como ella que puede hacer volar los elefantes de verdad, y yo, que si lo intentara, sólo podría lograrlo con la imaginación. Y por eso es que estamos aquí, escritores, escenógrafos, científicos sociales, ambientalistas, ornitólogos, cineastas, haciendo cada uno lo suyo, hablando entre nosotros durante las comidas y a la hora de los recreos acerca de nuestros oficios diferentes, lo que en esta villa del siglo XVI, que se levanta en lo alto de una colina en medio de un espléndido parque, a los pies el lago de Como, se llama fertilización, un polen de ideas que va de una a otra cabeza.
[Publicado el 14/9/2011 a las 09:00]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011).
Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.
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