El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 23 de noviembre de 2008
El cantante venezolano José Luis Rodríguez, cuyo nombre artístico es El Puma, tiene mi misma edad pero ha pasado seguramente por laboriosas cirugías plásticas, y mucha gimnasia para mantener la agilidad con que salta por el escenario mientras canta.
Ha llegado a Nicaragua por primera vez en toda su larga carrera, y, por supuesto, los periodistas lo buscan para entrevistarlo y quieren preguntarle antes de nada, sobre política, cuándo no, si es venezolano. Pero él los para en seco: “no hablo de política, hermano”, con lo que debe pasarse a otros temas. Éste, por ejemplo:
“—¿Cuál es el mayor éxito de El Puma?
—Mi salto internacional.”
(Se entiende, tratándose de un puma).
Y éste otro:
“—¿Su mayor tristeza?
—Cuando perdí a mi madre y cuando perdí a mi perro fiel.”
Se trata, como se ve, de una sincera confesión sentimental que enlista dos dolores en la misma categoría. Y luego dicen que madre sólo hay una.
[Publicado el 21/9/2007 a las 10:45]
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VIII. MANAGUA, HORA DE QUEDARSE
Y la gran Managua oscura, secreta, que empieza a la hora nocturna en que salen las diablas a relinchar en los burdeles, las cantinas, los bailongos, la hora de los bazukeros y los huelepegas, de las reinas de la noche y de los reyes sin corona, de las falsas hembras y de los travestíes maquillados, la hora de las roconolas y de los cuchillos, de los pandilleros y de las salas de emergencia de los hospitales, la hora de los litigios en las estaciones de policía, la hora en que empiezan a llenarse de cadáveres desconocidos las gavetas de la morgue.
Todo estalla y se enciende entre los fuegos fatuos de una vida nocturna paupérrima, la hora de las ilusiones fementidas y de los pecados capitales de la capital, que brillan como si fueran llagas, la hora en que Managua se abre las venas para verter toda la sangre a sus pies, como en la mejor canción de Julio Jaramillo, la Managua, virgen de medianoche de Daniel Santos, cantantes como ellos que son los grandes santos del santoral arrabalero de las roconolas enfloradas como altares.
En Acahualinca, donde antes hubo una laguna de aguas verdes hoy cegadas por los detritus de la basura, bajo un parapeto de láminas de zinc pueden verse unas viejas excavaciones arqueológicas que muy pocos visitan. En el fondo, impresas hace ocho mil años en tierra volcánica, aparecen huellas de gente que iban entonces huyendo de algo, huellas de pies apresurados de hombres, mujeres, niños, junto a la huella de pezuñas de animales. Huían de algún cataclismo, alguna erupción volcánica, una inundación, un terremoto. Siempre hemos estado huyendo, caminando a paso urgido hacia el éxodo.
Una ciudad tan terrible y desvalida como para abandonarla para siempre, pero que yo, al menos, no abandonaría jamás.
[Publicado el 20/9/2007 a las 10:02]
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VII. MANAGUA, BASURA, MONTAÑAS DE BASURA
La Managua diurna bulle en el Mercado Oriental. Un fervoroso hormiguero de comerciantes ambulantes, compradores, agentes de lotería, cargadores de mercancías, prostitutas, chulos, ladrones, bajo el solazo a cuarenta grados a la sombra, confusión, maleficio, bisneros, bullaranga, fritanga. El Mercado Oriental es la bolsa de Managua, una bolsa desarrapada, un centro financiero descalzo. Allí se consuman todas las transacciones, se tasan todos los precios, y entre sus infinitos callejones se compra desde un manojo de cebollas y un saco de papas, o una caja de filetes de res de exportación, o una ración de marihuana, una papeleta de cocaína, hasta un televisor a colores de treinta pulgadas, o una computadora de última generación a precios de contrabando.
Por la noche, cuando el Mercado Oriental entra en las sombras, todo huele a fruta y verduras podridas, porque lo que no se logró vender, va a dar a los depósitos de basura. Mañana, toneladas de repollos, tomates, naranjas, plátanos, que comienzan a pudrirse, estarán siendo botados por los camiones de volquete en los basurales de La Chureca, junto a las aguas muertas del lago Xolotlán. Basura. Montañas de basura sobrevoladas por los zopilotes. Legiones de desocupados, familias enteras, buscan entre los deshechos, antes de que los buldózeres terminen de aplanarlo todo, mientras son filmados de lejos por extranjeros compasivos, o buscadores de fotos para un premio
[Publicado el 19/9/2007 a las 11:35]
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VII. MANAGUA, BASURA, MONTAÑAS DE BASURA
La Managua diurna bulle en el Mercado Oriental. Un fervoroso hormiguero de comerciantes ambulantes, compradores, agentes de lotería, cargadores de mercancías, prostitutas, chulos, ladrones, bajo el solazo a cuarenta grados a la sombra, confusión, maleficio, bisneros, bullaranga, fritanga. El Mercado Oriental es la bolsa de Managua, una bolsa desarrapada, un centro financiero descalzo. Allí se consuman todas las transacciones, se tasan todos los precios, y entre sus infinitos callejones se compra desde un manojo de cebollas y un saco de papas, o una caja de filetes de res de exportación, o una ración de marihuana, una papeleta de cocaína, hasta un televisor a colores de treinta pulgadas, o una computadora de última generación a precios de contrabando.
Por la noche, cuando el Mercado Oriental entra en las sombras, todo huele a fruta y verduras podridas, porque lo que no se logró vender, va a dar a los depósitos de basura. Mañana, toneladas de repollos, tomates, naranjas, plátanos, que comienzan a pudrirse, estarán siendo botados por los camiones de volquete en los basurales de La Chureca, junto a las aguas muertas del lago Xolotlán. Basura. Montañas de basura sobrevoladas por los zopilotes. Legiones de desocupados, familias enteras, buscan entre los deshechos, antes de que los buldózeres terminen de aplanarlo todo, mientras son filmados de lejos por extranjeros compasivos, o buscadores de fotos para un premio.
[Publicado el 18/9/2007 a las 11:11]
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VI. UNA MANAGUA, O MUCHAS MANAGUAS
Pero hay todavía otros habitantes más pobres en Managua, que no cesan de llegar del campo, e improvisan sus viviendas junto a las aguas infectadas del lago, o en predios desolados que toman por asalto para levantar casuchas de cartón y ripio, conectados clandestinamente a las líneas de electricidad, para que florezca así el milagro de las antenas de televisión encima de los tejados de zinc sostenidos por piedras a falta de clavos.
Una Managua, o muchas, ¿cuántas Managuas? Todo se toca en extrema, extraña vecindad. Los barrios de la alta clase media de Los Robles, Bolonia, Altamira, prisioneros también en su miedo, muros y rejas, alambradas, culos de botellas coronando las tapias, colindan con los barrios miserables de calles sin asfaltar. Las fronteras son los cauces de las aguas de lluvia que resultan pasajes secretos de uno a otro mundo en la noche sin fortuna que cae demasiado pronto y se va demasiado rápido, parapetos de bienestar y neón a raudales de un lado, humo de fritangas en cocinas al aire libre, del otro, lo falso y lo verdadero conviviendo de noche y de día. Una tramoya, un parapeto. Una ciudad a la medida del crimen, el pequeño crimen de la barriada triste, y en la Managua artificial de aire acondicionado de los edificios gubernamentales donde señorea la corrupción con una impudicia que ya no escandaliza a nadie.
Una ciudad dividida, que va marcando sus enemistades. Lejos de la Managua hirviente, subiendo por los altozanos de la carretera sur, hacia las estribaciones de la sierra, los más ricos se amurallan dentro de ciudadelas con guardianes privados y cámaras de vigilancia de circuito cerrado. Nuevos y viejos potentados, porque los negocios de la era posterior a la revolución de los ochenta han dado para todos, aún para los antiguos revolucionarios entre los que se cuentan no pocos nuevos ricos capaces de las más atroces excentricidades a la hora de edificar sus mansiones con techos en forma de pagodas, y cúpulas bizantinas.
[Publicado el 17/9/2007 a las 11:19]
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Un gusto arquitectónico en ruinas, una estética urbana en escombros, pistas de adoquines como intestinos sueltos que conectan los pedazos de ciudad que dispersó el terremoto, un espejo quebrado a mazazo limpio. Rótulos comerciales de cervezas y cigarrillos más altos que las palmeras en medio del amasijo. Una ciudad sin aceras, una ciudad pensada sólo para rodar, con el cuádruplo de los vehículos que podría resistir. Una ciudad donde hace tiempos fue olvidada la gente que camina.
No existe Managua. ¿O existe? Un campamento de más de un millón de habitantes, un cuarto de la población total del país. Una inmensa extensión marcada por esas pistas de adoquines de cemento que mandó a construir Somoza, porque los adoquines eran producidos por una fábrica de su propiedad. Esos mismos adoquines fueron arrancados por la gente insurreccionada en 1979 en los barrios orientales, Ducualí, Rubenia, Santa Rosa, Nicarao, Maestro Gabriel, para levantar barricadas y detener el avance de las tropas de la Guardia Nacional. Luego, los aviones de Somoza dejarían caer sobre esos barrios barriles de quinientas libras, rellenos de dinamita.
Las pistas de adoquines atraviesan los barrios de la clase media, cada vez más venida a menos. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la Colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la revolución, porque sus habitantes pensaron en despertar la generosidad del gobierno socialista de Bulgaria. También hay otros barrios bautizados Unión Soviética, o Libia, por las mismas razones que resultaron poco clarividentes, como ahora hay un barrio Hugo Chávez. También hay barrios con nombre de telenovelas: el Pantanal.
[Publicado el 14/9/2007 a las 10:44]
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IV. MANAGUA. SUMISIÓN, CALCO, FEALDAD, IMPROVISACIÓN
El nuevo Palacio Presidencial, financiado por el gobierno de Taiwan bajo la administración impúdica de Arnoldo Alemán, con sus columnas dóricas pintadas de vistosos colores y sus vidrios dorados, parece un juguete de Fisher Price. Ahora se halla abandonado porque Daniel Ortega se niega a despachar en él. Ortega también mandó a demoler una fuente musical que el Palacio tenía al frente, construida por el mismo Alemán al centro de la vieja Plaza de la Revolución donde se congregaron los guerrilleros triunfantes con el pueblo para celebrar la caía de Somoza. La fuente agitaba todas las noches sus chorros danzarines al ritmo de las estridencias de una música de burdel.
Sumisión, calco, fealdad, improvisación. Igual que las palmeras, malls transplantados de Miami con todo y food courts y cines Multiplex, y a un tiro de piedra de su bullicio iluminado, la miseria escondida en la oscuridad, que de día se exhibe por las calles en todo su esplendor de niños mendigos, y adultos que venden de todo en las esquinas, aprovechando cada cambio de luz roja de los semáforos, desde calculadoras made in Japan y toallas de playa adornadas con la efigie de Silver Stallone, a animalitos de las selvas de Bosawas, supuesta reserva ecológica de la humanidad, que está siendo despalada sin piedad, tucanes, guacamayas, tigrillos, monos carablanca.
[Publicado el 13/9/2007 a las 11:28]
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III. MANAGUA, LA EXPLOSIÓN DEL TERREMOTO
Después del terremoto que destruyó aquel refugio provinciano, y multiplicó las ruinas y los escombros de la pobreza, y luego el número de sus habitantes, lo horrible se volvió la regla. La desarticulación, el desamparo, la acumulación de fealdades que la globalización ha venido a consumar con su exuberancia de símbolos comerciales transnacionales y de monumentos arquitectónicos extraños al paisaje. El viejo centro de la ciudad desapareció, y al perder su fuerza de atracción todo se dispersó en barrios que son islas, como tras una formidable explosión.
La antigua catedral neoclásica, que buscaba imitar las líneas de la iglesia de Saint Sulpice de París, quedó fracturada para siempre por el terremoto de 1972, cuya hora fatal marca todavía la carátula del reloj en una de sus torres, porque las agujas se detuvieron a la hora precisa del sismo. Pero el tiempo ha seguido pasando. Lejos de allí se levanta ahora la nueva catedral postmoderna, obra del arquitecto mexicano Ricardo Legorreta, donada por un filántropo católico, dueño de la trasnacional de pizzas Domino´s. Parece más bien una mezquita con sus múltiples domos, como una gigantesca cajilla de huevos, mientras a su alrededor se yerguen decenas de palmeras transplantadas desde Miami.
[Publicado el 12/9/2007 a las 11:10]
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II. MANAGUA, EL LAGO DE AGUAS NEGRAS
Managua, donde para el ojo ajeno las haciendas eran tan baratas como las mujeres, desapareció para siempre con el terremoto de la víspera de Navidad de 1972, veinte mil muertos bajo los escombros a la luz de los incendios, luego un éxodo total de sobrevivientes que se dispersó por todo el país, y después un inmenso hoyo negro rodeado de alambradas, y la hedentina de los cadáveres que no se apagó por meses. La tumba de la dictadura de Somoza.
La ciudad puede parecer idílica desde el aire al viajero primerizo, como en la letra del corrido. El lago Xolotlán que extiende sus aguas grises, quizás verdes, en la lontananza, bajo la custodia del imponente cono del volcán Momotombo. Las aguas esmeralda de las lagunas que duermen en el fondo de los antiguos cráteres. Junto a una de ellas, la laguna de Tiscapa, se levantaba el Palacio Presidencial de la familia Somoza en lo alto del cráter. Un palacio de arcadas moriscas, en el mejor estilo mudéjar tropical, mientras abajo, en los jardines, los prisioneros convivían en estrecha vecindad con los leones y las panteras de un zoológico doméstico jaulas, fieras y hombres enjaulados. El poder en un solo puño, desde arriba, pintado de color kaki, o caca, como era el color de los cuarteles que rodeaban el palacio del califato. Abajo, la ciudad al alcance de la mano, o del puño, entre las brumas de la resolana.
Por décadas, Managua ha ensuciado sin piedad las aguas de su lago de cristal. Mi amigo el poeta Mario Cajina Vega, ya muerto, sentenciaba en los años 60 que era un eufemismo decir que la capital le daba las espaldas al lago, si más bien le daba las nalgas, porque defecaba sin pudicia en él. Era su excusado, su depósito de aguas negras, como lo sigue siendo. Nunca ha tenido otro uso. Una ciudad fecal.
[Publicado el 11/9/2007 a las 11:26]
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MANAGUA, NICARAGUA IS A BEAUTIFUL TOWN…
Managua Nicaragua
is a beautiful town,
you buy an hacienda
for a few pesos down…
decía la pegajosa letra del boogy que puso de moda en los años 40 la orquesta de Guy Lombardo, y que en la película de Carol Reed, El tercer hombre, una bailarina ensaya sobre la plancha de una mesa en un café desierto en la Viena de la posguerra. Esa vieja canción fue traducida al español en el sonsonete no menos idílico de
Managua Nicaragua
donde yo me enamoré,
tenía mi vaquita,
mi ranchito y mi buey…
y mi mujer también…
El himno perfecto para la capital de una banana republic centroamericana.
Era la Managua de tarjeta postal, entre rural y provinciana, de casas de adobe y tejas de barro, que envuelta en colores de arrebol tropical se extendía al lado de un lago de cristal, y entre lagunas de celofán, como decía la letra de otra canción, esta vez del compositor nicaragüense Tino López Guerra, un corrido a lo mexicano que ensalzaba las glorias de la capital.
[Publicado el 10/9/2007 a las 10:30]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
22/11/2008 05:29
Estimado Sergio: Te agradezco...
Publicado por: Mirna
22/11/2008 05:22
Publicado por: Maria José
22/11/2008 03:52
Publicado por: Renato
21/11/2008 23:54
Publicado por: El FRAUDE paso a paso.
21/11/2008 23:49
Publicado por: El fraude paso a paso
21/11/2008 23:47
Publicado por: El fraude paso a paso
21/11/2008 17:47
Publicado por: Yader Valdivia
21/11/2008 17:37
Publicado por: María Muesca
21/11/2008 12:59
Publicado por: Mundy
20/11/2008 14:18
Publicado por: Renato
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