El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 23 de noviembre de 2008
II. Los disparos de "Cara de Piedra"
Una foto de Pedro Joaquín Chamorro caminando por la vieja Managua perdida. Extraño paseo a pie entre ruinas de un hombre que viviendo bajo el peso de una dictadura dinástica, buscaba entretener en el recuerdo los escenarios de una ciudad amada y perdida para siempre, como sin anduviera entre tumbas; y más extraño aún porque pocos años después, el matarife a sueldo que enviaron a asesinarlo, apodado "Cara de Piedra", dispararía su escopeta contra él en esas mismas ruinas, en el corazón de lo que había sido la capital, la esquina de la avenida Bolívar con la calle del Trébol.
Y está entonces la otra foto terrible, el cuerpo de Pedro Joaquín tendido sobre una camilla del hospital, adonde fue levado ya sin vida, desnudo de la cintura hacia arriba, acribillado a perdigones. Uno puede contar a simple vista más de veinte impactos.
Y luego están las fotos de su entierro apoteósico, seguido por miles hasta el Cementerio General. Un entierro que era, al mismo tiempo, el de la dictadura, que sería derrocada al año siguiente por una insurrección popular.
Pero antes, está la noche en que fue velado en las instalaciones del diario La Prensa en la carretera Norte, ese mismo 10 de enero. Fue cuando la gente salió por primera vez a las calles, sin miedo.
[Publicado el 10/1/2008 a las 09:15]
[Etiquetas: Pedro Joaquín Chamorro]
[Enlace permanente] [Imprimir] [0 comentarios] [Enviar a un amigo]
I. Paseo solitario por calles fantasmales
Hace 30 años Pedro Joaquín Chamorro fue asesinado por un sicario a sueldo de la familia Somoza en una de las calles desoladas de la vieja Managua destruida por el terremoto de la Navidad de 1972.
Era temprano de la mañana del 10 de enero de 1978, y como todos los días había salido de su casa después del desayuno, a bordo de su automóvil marca SAAB de dos puertas, para dirigirse a las instalaciones del diario La Prensa en la carretera Norte. Para ir desde el reparto Las Palmas, donde había vivido por muchos años, hasta La Prensa, que él dirigía, era necesario atravesar los baldíos de la ciudad que ya no existía más. Quienes desde las sombras del poder urdieron su muerte, sabían que en aquellas soledades era fácil dar alcance y luego asesinar a sangre fría a un hombre que viajaba solo, manejando su propio vehículo, y sin ninguna clase de escolta.
La fotografía suya que más me atrae es precisamente una en que pasea por esas mismas calles fantasmales. Los baldíos y el monte que crece al lado de las antiguas aceras son las únicas señales visibles en el paisaje borroso, y su ancho cinturón de cuero y la camiseta de rayón con cuello de grandes puntas, muestra la moda de aquellos años. Un poco pasado de peso, los anteojos de tinte oscuro; es como lo recuerdo, la misma imagen que tengo de él la última vez que lo vi.
[Publicado el 09/1/2008 a las 09:15]
[Etiquetas: Pedro Joaquín Chamorro]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]

Barrio de Santo Domingo antes del terremoto.
El barrio Santo Domingo, donde yo había vivido parte de mi infancia, se hallaba en el corazón de la vieja Managua, y por fin logramos llegar antes del mediodía en busca de mi tía Lolita Mercado, que ya se hallaba a salvo en casa de su hijo. De regreso al vehículo estacionado sobre los cascajos, oí de pronto a alguien que preguntaba al paso, frente a una puerta en escombros: "¿Cómo te fue?". Y el otro respondía: "Más o menos bien, sólo mi mamá y mi hermana". Era la contabilidad de los muertos entre vecinos. A otros les había ido peor: la esposa y los hijos, toda la familia.
Fue una excursión de toda la mañana, que terminó en la casa de mi amigo Manolo Morales en el barrio Bolonia, conspirador antisomocista desde nuestros tiempos de estudiantes en la Universidad de León. También lo encontramos ileso, sacando lo que podía de sus muebles, y me llamó aparte para decirme al oído: "están a salvo los rifles".
Como yo era su huésped cuando me tocaba quedarme en Managua, en el cuarto donde yo dormía tenía escondidos en el closet una media docena de fusiles automáticos metidos de contrabando, con lo que alguna vez pensaba tomarse el Palacio Presidencial de la Loma de Tiscapa en un asalto tipo comando.
Manolo, que murió años después de un infarto sin que lo quisieran auxiliar en ningún hospital por antisomocista, pesaba no menos de 300 libras. Pero yo lo creía capaz de todo, aún de llevar adelante aquel asalto de sus sueños.
[Publicado el 08/1/2008 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [0 comentarios] [Enviar a un amigo]

1972. Terremoto en Managua.
En las aceras, cubiertas de cascajos, ripios y rótulos comerciales derribados, se alineaban los cadáveres sobre puertas desgajadas o sobre el piso desnudo, liados en sábanas. De alguna casa en ruinas salía un ataúd, otro más navegaba atrás entre el humo. Algunos vecinos se balanceaban sonámbulos en sus sillas mecedoras sacadas a las puertas como si se tratara de una tarde de domingo. No había gritos, ni lamentos, ni siquiera se oía crepitar el fuego que iluminaba las ventanas de los edificios y los devoraba entre resplandores rojizos.
Tras muchas peripecias, sorteando los escombros que llenaban las calles y los colgajos de los alambres del tendido eléctrico, llegamos al barrio Sajonia donde vivía Esperanza, hermana de mi mujer, que se hallaba a salvo aunque la pared había partido en dos la cama donde dormía mientras ella se hallaba en el baño; la empleada doméstica, que había quedado atrapada en su cuarto, apenas se vio rescatada, emprendió una desaforada carrera hasta que se perdió de vista.
Mi primo Hebert Ramirez, que vivía en una pensión del barrio San Antonio, había saltado a la calle por el balcón, desde su cuarto en el segundo piso, para perderse también de vista corriendo por la calle, según noticias de la dueña, que ahora acampaba en el patio...
[Publicado el 07/1/2008 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]

Managua después del terremoto.
Mientras nos acercábamos desde Masaya por la carretera, que al dejar atrás las vecindades del volcán Santiago toma una recta en suave descenso hacia el valle de Gottel, en perpendicular al cono del volcán Momotombo, las columnas de humo de los incendios se veían ascender lentamente en el cielo limpio del amanecer. A contramano, caravanas de camiones y camionetas de acarreo transportaban heridos con rumbo a los hospitales de Masaya y de Granada, y comenzaba el éxodo en toda clase de vehículos arracimados de muebles, colchones, y trastos de cualquier especie, mientras otros se alejaban en motocicletas, bicicletas, y aún carretones de caballos.
El paisaje tenía es inocencia inmóvil que sucede a las tragedias, la naturaleza imperturbable que no se da por enterada. Una pasmosa indiferencia que no repara para nada en el dolor y en la muerte.
Cuando entramos a Managua, en los cruces de las esquinas, con los semáforos apagados, no había ningún caos. Los conductores, todos en alguna labor de auxilio o rescate, a pesar de su prisa esperaban pacientemente que se cumpliera el tiempo que los hubiera dado la luz roja, y hasta entonces arrancaban. Era como presenciar un milagro de orden y prudencia en un país siempre anárquico en todo.
[Publicado el 04/1/2008 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]
III. Las exageraciones de la naturaleza

Magnitudes e intensidades del terremoto de Managua - 1972.
Alguna vez he hablado en este blog de lo que es la Managua de hoy, desarticulada y fea, todo un remedo de ciudad. La otra, como para muchos otros nostálgicos, sólo vive en mi recuerdo. Como vive también en mí la memoria del terremoto de 1972. Y como estamos de aniversario luctuoso, vale la pena sumarme a los dolientes.
Para entonces vivía en Costa Rica y había llegado a Nicaragua para las vacaciones de Navidad con Tulita mi mujer y mis tres hijos. Dormíamos esa noche en casa de mis padres en Masatepe, mi pueblo natal, a unos 45 kilómetros de Managua, y las sacudidas provocadas por las ondas del cataclismo, que nos sacaron de la cama, fueron tan fuertes como para trancar puertas y hacer que los faros de los vehículos estacionados en las calles se encendieran de manera misteriosa.
Las noticias que traían quienes volvían huyendo, porque se hallaban en Managua en alguna de las tantas fiestas navideñas y habían escapados ilesos, eran de edificios derruidos, cables eléctricos enredados en las calles, anuncios comerciales derribados cerrando el paso a los vehículos, incendios por todos los confines. "¡Se perdió Managua!", era el clamor. Y yo aún confiaba en el poder de la exageración, que en Nicaragua es una de las formas corrientes de la imaginación.
Pero las líneas de teléfono estaban muertas, y el dial de la radio vacío. Así que a las cuatro de la madrugada, mi mujer y yo salimos hacia Managua, apretados junto con familiares dentro del Peugeot en que habíamos llegado desde San José, en busca de parientes y amigos a quienes socorrer.
Todo era cierto. La única exageración de aquella madrugada, había sido de la naturaleza.
[Publicado el 03/1/2008 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [1 comentario] [Enviar a un amigo]

Managua después del sismo de 6.5 en la escala de Richter.
Decía que cada 23 de diciembre la vieja Managua que sucumbió con el terremoto de la víspera de la Navidad de 1972, es recordada con ritos funerarios, uno de ellos buscar como reconstruir la ciudad en la memoria, lo que da lugar a nostálgicas discusiones acerca de dónde se hallaba cada tienda, bar, restaurante, sorbetería, estación de gasolina, banco, hotel o pensión, cine, parque. No hay que olvidar que la Managua de 1972 era una ciudad que no pasaba de 250.000 habitantes, y que su radio central desaparecido era de 300 manzanas, una pequeña urbe provinciana que crece en los recuerdos. Y yo soy de esos que gusta de armar en conversaciones de amigos el rompecabezas fantasma, cuadra por cuadra.
Así lo ha hecho en este nuevo aniversario el periodista e historiador Francisco Gutiérrez Barreto, experto también en la historia de la música popular del Caribe, en un largo reportaje en dos entregas publicado por El Nuevo Diario. Allí reconstruye pieza a pieza la que fue la avenida principal de Managua, la avenida Roosevelt, que para mejor entendimiento tenía apenas una longitud de 1.2 kilómetros, desde su arranque al pie de la loma de Tiscapa, donde se hallaban el Palacio Presidencial y los cuarteles de la dictadura de la familia Somoza, hasta su final en las orillas del lago Xolotlán, donde aún se alza el Teatro Nacional Rubén Darío, construido en los años sesenta del siglo pasado bajo el patrocinio de la esposa del último Somoza, Hope de Somoza.
[Publicado el 02/1/2008 a las 09:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [3 comentarios] [Enviar a un amigo]

Antigua Catedral de Managua.
La vieja catedral de Managua levanta aún sus torres gemelas frente a la ciudad que echó por tierra en apenas unos segundos el terremoto de la madrugada del 23 de diciembre de 1972, hace 35 años. La fecha de aquel cataclismo que mató a cerca de 20.000 personas e hizo desaparecer para siempre a la capital de Nicaragua (porque la que existe hoy es otra y distinta, si es que existe) se celebra siempre con recordatorios de los que se dedican a los seres queridos en las fechas de su muerte.
Uno de esos recordatorios ha sido la ceremonia de reinstalar el reloj de cuatro carátulas en una de las dos torres de la catedral, que se había quedado marcando para siempre la hora fatal del sismo, las 12.26 de la madrugada, y que había sido fabricada por una firma alemana; las piezas fueron rescatadas de manos de diferentes coleccionistas, y de antiguas bodegas, no para que funcione de nuevo, sino para que se quede otra vez con sus agujas fijas, marcando la hora luctuosa. He visto en la televisión al embajador de Alemania, Gregor Koebel, quien hizo la donación, reinaugurando el reloj muerto.
Muchos edificios de la entonces arquitectura moderna de Managua perecieron con el terremoto, pero la catedral de estilo neogótico diseñada y construida en los años treinta del siglo pasado por el ingeniero francés Paul Dambach, e inspirada en la iglesia de San Sulpicio de París, sobrevivió por segunda vez. Cuando la ciudad cayó la primera vez bajo las sacudidas del terremoto del 31 de marzo de 1931, en las viejas fotos se la pueda bajo aún en construcción, la armazón de acero de sus torres dibujando su perfil contra el cielo.
[Publicado el 28/12/2007 a las 11:00]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
V. La edad felíz de Gucci y Vuitton

Recuerdo que en tiempos de la revolución sandinista en Nicaragua, se creó toda una filosofía alrededor de los lujos a que los dirigentes revolucionarios teníamos derecho, por razones de seguridad, lo que al final llevó a la ruina moral. Transportarse en un Mercedes de los confiscados a los funcionarios de la elite de Somoza y a los altos militares, era por razones de seguridad. No se podía ir a los cines como cualquier ciudadano por razones de seguridad, entonces había que tener uno en casa, en tiempos que aquello era una rareza, ya que hoy abundan los home theaters a precios módicos. Lo mismo no se podía ir a bañarse a una piscina pública por razones de seguridad, entonces había que construirse una. Los dirigentes populares terminamos rodeados de muros.
De allí se pasa a los trajes, las corbatas y a los zapatos, que ya no tienen nada que ver con la seguridad. El ministro del Interior de Venezuela, Pedro Carreño, le han preguntado hace poco por qué usaba corbatas Louis Vuitton y zapatos Gucci, a lo que respondió: "no es contradictorio porque yo quisiera que Venezuela produjera todo eso para entonces yo comprar todo lo que se produce aquí y no importar el 95 por ciento de lo que consumimos".
¿Qué les parece la respuesta? Bueno, es una idea de sociedad socialista que un día todos calcen zapatos Gucci y luzcan corbatas Vuitton. Mientras tanto, los únicos que podrán hacerlo son los que predican el advenimiento de esa edad feliz, que puede durar no pocos siglos en hacerse real.
[Publicado el 27/12/2007 a las 09:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
El presidente de Venezuela, Hugo Chávez, suele hacer proclamas de austeridad y humildad a sus subordinados del proyecto socialista bolivariano, a quienes insta a desprenderse de sus apetitos y de sus posesiones materialistas para dar el ejemplo. Pero no es tan fácil en una sociedad de consumo como la venezolana, donde quienes pueden hacen cola hasta de seis meses para recibir un Mercedes, un Jaguar o un Hummer que han ordenado. Y aquí viene la dicotomía.
El gobernador del estado de Carabobo, que es chavista a muerte, no encuentra contradicción entre el lujo y las convicciones revolucionarias. "¿Es que acaso nosotros los revolucionarios no tenemos derecho a tener a una camioneta Hummer?", dijo el año pasado ante cuestionamientos de la prensa; "si ganamos plata, podemos hacerlo".
¿Pero cuánta plata puede o debe ganar un revolucionario? ¿Y de dónde sale la plata si un estado austero por revolucionario, no debe pagar más que salarios modestos a quienes le sirven? El asunto es que por este camino, un gobierno revolucionario puede quedar llamándose así sólo de nombre, como pasó en México bajo sucesivos gobiernos del PRI, el Partido Revolucionario Institucional. Ya se sabía que los presidentes heredaban siempre, al salir del poder, grandes fortunas compuestas por cuentas bancarias, rentas inmobiliarias y bursátiles, casas de descanso, flotas de vehículos, mansiones. Uno de ellos, que dijo que defendería la economía del país como un perro, se hizo construir una mansión en una colina a la que el ingenio popular llamó "la colina del perro"...
[Publicado el 26/12/2007 a las 09:30]
[Enlace permanente] [Imprimir] [2 comentarios] [Enviar a un amigo]
Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
22/11/2008 05:29
Estimado Sergio: Te agradezco...
Publicado por: Mirna
22/11/2008 05:22
Publicado por: Maria José
22/11/2008 03:52
Publicado por: Renato
21/11/2008 23:54
Publicado por: El FRAUDE paso a paso.
21/11/2008 23:49
Publicado por: El fraude paso a paso
21/11/2008 23:47
Publicado por: El fraude paso a paso
21/11/2008 17:47
Publicado por: Yader Valdivia
21/11/2008 17:37
Publicado por: María Muesca
21/11/2008 12:59
Publicado por: Mundy
20/11/2008 14:18
Publicado por: Renato
© 2005 La Oficina del Autor (Grupo PRISA) | Gran Vía, 32 6ª planta - 28013 Madrid | | Aviso Legal | RSS
Página desarrollada por Tres Tristes Tigres