El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 16 de mayo de 2008
¿Qué cosa es la felicidad?
Suele ser un nombre propio. Así se llama, Felicidad, la vieja criada sumisa que en el momento de su muerte ve volar aquel loro espectral relleno de aserrín en Un alma simple, el cuento de Flaubert. Felicité, Felícita, Felicidad. Toda su vida llamándose Felicidad, paradoja cruel y tan sencilla, y sus recuerdos felices siendo tan pocos sólo alcanzan a hablarle con ecos lejanos desde el fondo de los aposentos infinitos de la soledad.
¿Y qué es la soledad?
También un nombre propio. La felicidad vaciada, el cascarón desierto de risas dichosas y de los ruidos de feria que hace tiempo se apagaron en el corazón simple. Una madrugada levantaron campo los feriantes que van de un pueblo a otro y el baldío lleno de charcos irisados de manchas de aceite amaneció sin un alma, como tantas veces en nuestra desdichada infancia.
El loro disecado de Felicidad, la vieja criada, es un loro solitario. Al final siempre alza vuelo con alborotado ruido de alas y el aserrín que lo rellena escapa por las costuras y se riega en fina lluvia sobre nuestras cabezas.
[Publicado el 27/9/2007 a las 11:31]
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Masatepe, donde nací, es un pueblo de galleros. Uno oye cantar gallos por cualquier rumbo y a cualquier hora de la noche, no solamente al alba como corresponde, y eso sólo puede ocurrir en un lugar donde hay jaulas de gallos en cada patio, desvelados por la pasión de la próxima pelea. Entre mis memorias de niño está siempre el ambiente festivo de las galleras los domingos, adonde yo entraba clandestino, el bullicio de las apuestas, las discusiones y los desafíos a voz alzada y las burlas contra los dueños de los gallos perdedores que sólo servirían ya para ir a dar a la olla de la sopa.
Las peleas de gallos se hallan ahora en la mira de las sociedades protectoras de animales, por crueles y sanguinarias, igual que las lidias de toros. Pero los gallos, igual que los toros, están también en la literatura, recuerden sino El coronel no tiene quien le escriba, la narración clásica de García Márquez, o El Gallo de Oro, de Juan Rulfo.
¿Y qué distancia hay, de todos modos, entre los gallos y la literatura? Desde la hora en que el gallo de la pasión cantó tres veces, tenemos gallos en nuestras vidas, y no hay distancia entre vida, pasión y literatura. “Critón, le debemos un gallo a Esculapio. Paga mi deuda y no la olvides", dice Sócrates a su amigo antes de tomar la cicuta, una frase cuyo sentido permanece en el misterio a través de lo siglos.
Hasta San Agustín escribió sobre las peleas de gallos.
[Publicado el 25/9/2007 a las 10:40]
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Historias que la vida escribe para la literatura, y que se leen en la página roja de los periódicos. He aquí una. Este muchacho de 24 años, con mujer y cuatro hijos, de carácter alegre, se gana la vida de pueblo en pueblo vendiendo chinelas de hule que carga al hombro en una caja de cartón. Tan alegre es su carácter que, en uno de tantos caseríos que le toca visitar, no duda en aceptar la invitación que le hacen de asistir a la fiesta de los 15 años de una niña a la que ni siquiera conoce.
Es un viernes. En la fiesta se improvisa un concurso de baile y el vendedor ambulante, que además es un excelente bailarín, derrota uno tras otro a sus adversarios en el concurso, hasta alzarse con el premio ofrecido. Se sienta feliz. Uno de los concursantes, sin embargo, no admite tan fácilmente su derrota por parte del forastero, y le dispara en media fiesta dos balazos causándole de manera inmediata la muerte. Las parejas se desbandan, la música se calla.
La nota viene ilustrada con la foto de la viuda y los cuatro huérfanos, el menor de ellos de apenas cuatro meses de edad, e inserta en un recuadro el rostro del bailarín empedernido, sonrisa irónica, bigotes estirados y cabellera abundante. Personaje ya desde ahora, para ser recordado en un cuento, o en un corrido.
[Publicado el 24/9/2007 a las 11:06]
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El cantante venezolano José Luis Rodríguez, cuyo nombre artístico es El Puma, tiene mi misma edad pero ha pasado seguramente por laboriosas cirugías plásticas, y mucha gimnasia para mantener la agilidad con que salta por el escenario mientras canta.
Ha llegado a Nicaragua por primera vez en toda su larga carrera, y, por supuesto, los periodistas lo buscan para entrevistarlo y quieren preguntarle antes de nada, sobre política, cuándo no, si es venezolano. Pero él los para en seco: “no hablo de política, hermano”, con lo que debe pasarse a otros temas. Éste, por ejemplo:
“—¿Cuál es el mayor éxito de El Puma?
—Mi salto internacional.”
(Se entiende, tratándose de un puma).
Y éste otro:
“—¿Su mayor tristeza?
—Cuando perdí a mi madre y cuando perdí a mi perro fiel.”
Se trata, como se ve, de una sincera confesión sentimental que enlista dos dolores en la misma categoría. Y luego dicen que madre sólo hay una.
[Publicado el 21/9/2007 a las 10:45]
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VIII. MANAGUA, HORA DE QUEDARSE
Y la gran Managua oscura, secreta, que empieza a la hora nocturna en que salen las diablas a relinchar en los burdeles, las cantinas, los bailongos, la hora de los bazukeros y los huelepegas, de las reinas de la noche y de los reyes sin corona, de las falsas hembras y de los travestíes maquillados, la hora de las roconolas y de los cuchillos, de los pandilleros y de las salas de emergencia de los hospitales, la hora de los litigios en las estaciones de policía, la hora en que empiezan a llenarse de cadáveres desconocidos las gavetas de la morgue.
Todo estalla y se enciende entre los fuegos fatuos de una vida nocturna paupérrima, la hora de las ilusiones fementidas y de los pecados capitales de la capital, que brillan como si fueran llagas, la hora en que Managua se abre las venas para verter toda la sangre a sus pies, como en la mejor canción de Julio Jaramillo, la Managua, virgen de medianoche de Daniel Santos, cantantes como ellos que son los grandes santos del santoral arrabalero de las roconolas enfloradas como altares.
En Acahualinca, donde antes hubo una laguna de aguas verdes hoy cegadas por los detritus de la basura, bajo un parapeto de láminas de zinc pueden verse unas viejas excavaciones arqueológicas que muy pocos visitan. En el fondo, impresas hace ocho mil años en tierra volcánica, aparecen huellas de gente que iban entonces huyendo de algo, huellas de pies apresurados de hombres, mujeres, niños, junto a la huella de pezuñas de animales. Huían de algún cataclismo, alguna erupción volcánica, una inundación, un terremoto. Siempre hemos estado huyendo, caminando a paso urgido hacia el éxodo.
Una ciudad tan terrible y desvalida como para abandonarla para siempre, pero que yo, al menos, no abandonaría jamás.
[Publicado el 20/9/2007 a las 10:02]
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VII. MANAGUA, BASURA, MONTAÑAS DE BASURA
La Managua diurna bulle en el Mercado Oriental. Un fervoroso hormiguero de comerciantes ambulantes, compradores, agentes de lotería, cargadores de mercancías, prostitutas, chulos, ladrones, bajo el solazo a cuarenta grados a la sombra, confusión, maleficio, bisneros, bullaranga, fritanga. El Mercado Oriental es la bolsa de Managua, una bolsa desarrapada, un centro financiero descalzo. Allí se consuman todas las transacciones, se tasan todos los precios, y entre sus infinitos callejones se compra desde un manojo de cebollas y un saco de papas, o una caja de filetes de res de exportación, o una ración de marihuana, una papeleta de cocaína, hasta un televisor a colores de treinta pulgadas, o una computadora de última generación a precios de contrabando.
Por la noche, cuando el Mercado Oriental entra en las sombras, todo huele a fruta y verduras podridas, porque lo que no se logró vender, va a dar a los depósitos de basura. Mañana, toneladas de repollos, tomates, naranjas, plátanos, que comienzan a pudrirse, estarán siendo botados por los camiones de volquete en los basurales de La Chureca, junto a las aguas muertas del lago Xolotlán. Basura. Montañas de basura sobrevoladas por los zopilotes. Legiones de desocupados, familias enteras, buscan entre los deshechos, antes de que los buldózeres terminen de aplanarlo todo, mientras son filmados de lejos por extranjeros compasivos, o buscadores de fotos para un premio
[Publicado el 19/9/2007 a las 11:35]
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VII. MANAGUA, BASURA, MONTAÑAS DE BASURA
La Managua diurna bulle en el Mercado Oriental. Un fervoroso hormiguero de comerciantes ambulantes, compradores, agentes de lotería, cargadores de mercancías, prostitutas, chulos, ladrones, bajo el solazo a cuarenta grados a la sombra, confusión, maleficio, bisneros, bullaranga, fritanga. El Mercado Oriental es la bolsa de Managua, una bolsa desarrapada, un centro financiero descalzo. Allí se consuman todas las transacciones, se tasan todos los precios, y entre sus infinitos callejones se compra desde un manojo de cebollas y un saco de papas, o una caja de filetes de res de exportación, o una ración de marihuana, una papeleta de cocaína, hasta un televisor a colores de treinta pulgadas, o una computadora de última generación a precios de contrabando.
Por la noche, cuando el Mercado Oriental entra en las sombras, todo huele a fruta y verduras podridas, porque lo que no se logró vender, va a dar a los depósitos de basura. Mañana, toneladas de repollos, tomates, naranjas, plátanos, que comienzan a pudrirse, estarán siendo botados por los camiones de volquete en los basurales de La Chureca, junto a las aguas muertas del lago Xolotlán. Basura. Montañas de basura sobrevoladas por los zopilotes. Legiones de desocupados, familias enteras, buscan entre los deshechos, antes de que los buldózeres terminen de aplanarlo todo, mientras son filmados de lejos por extranjeros compasivos, o buscadores de fotos para un premio.
[Publicado el 18/9/2007 a las 11:11]
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VI. UNA MANAGUA, O MUCHAS MANAGUAS
Pero hay todavía otros habitantes más pobres en Managua, que no cesan de llegar del campo, e improvisan sus viviendas junto a las aguas infectadas del lago, o en predios desolados que toman por asalto para levantar casuchas de cartón y ripio, conectados clandestinamente a las líneas de electricidad, para que florezca así el milagro de las antenas de televisión encima de los tejados de zinc sostenidos por piedras a falta de clavos.
Una Managua, o muchas, ¿cuántas Managuas? Todo se toca en extrema, extraña vecindad. Los barrios de la alta clase media de Los Robles, Bolonia, Altamira, prisioneros también en su miedo, muros y rejas, alambradas, culos de botellas coronando las tapias, colindan con los barrios miserables de calles sin asfaltar. Las fronteras son los cauces de las aguas de lluvia que resultan pasajes secretos de uno a otro mundo en la noche sin fortuna que cae demasiado pronto y se va demasiado rápido, parapetos de bienestar y neón a raudales de un lado, humo de fritangas en cocinas al aire libre, del otro, lo falso y lo verdadero conviviendo de noche y de día. Una tramoya, un parapeto. Una ciudad a la medida del crimen, el pequeño crimen de la barriada triste, y en la Managua artificial de aire acondicionado de los edificios gubernamentales donde señorea la corrupción con una impudicia que ya no escandaliza a nadie.
Una ciudad dividida, que va marcando sus enemistades. Lejos de la Managua hirviente, subiendo por los altozanos de la carretera sur, hacia las estribaciones de la sierra, los más ricos se amurallan dentro de ciudadelas con guardianes privados y cámaras de vigilancia de circuito cerrado. Nuevos y viejos potentados, porque los negocios de la era posterior a la revolución de los ochenta han dado para todos, aún para los antiguos revolucionarios entre los que se cuentan no pocos nuevos ricos capaces de las más atroces excentricidades a la hora de edificar sus mansiones con techos en forma de pagodas, y cúpulas bizantinas.
[Publicado el 17/9/2007 a las 11:19]
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Un gusto arquitectónico en ruinas, una estética urbana en escombros, pistas de adoquines como intestinos sueltos que conectan los pedazos de ciudad que dispersó el terremoto, un espejo quebrado a mazazo limpio. Rótulos comerciales de cervezas y cigarrillos más altos que las palmeras en medio del amasijo. Una ciudad sin aceras, una ciudad pensada sólo para rodar, con el cuádruplo de los vehículos que podría resistir. Una ciudad donde hace tiempos fue olvidada la gente que camina.
No existe Managua. ¿O existe? Un campamento de más de un millón de habitantes, un cuarto de la población total del país. Una inmensa extensión marcada por esas pistas de adoquines de cemento que mandó a construir Somoza, porque los adoquines eran producidos por una fábrica de su propiedad. Esos mismos adoquines fueron arrancados por la gente insurreccionada en 1979 en los barrios orientales, Ducualí, Rubenia, Santa Rosa, Nicarao, Maestro Gabriel, para levantar barricadas y detener el avance de las tropas de la Guardia Nacional. Luego, los aviones de Somoza dejarían caer sobre esos barrios barriles de quinientas libras, rellenos de dinamita.
Las pistas de adoquines atraviesan los barrios de la clase media, cada vez más venida a menos. Las casas, construidas en serie, como cajas de cerillos, cerradas con barrotes, como cárceles o como jaulas, porque los que tienen poco, en la colonia Independencia, o en la Colonia Centroamérica, se defienden de los más pobres, que viven en barrios como el Jorge Dimitrov, bautizado así en tiempos de la revolución, porque sus habitantes pensaron en despertar la generosidad del gobierno socialista de Bulgaria. También hay otros barrios bautizados Unión Soviética, o Libia, por las mismas razones que resultaron poco clarividentes, como ahora hay un barrio Hugo Chávez. También hay barrios con nombre de telenovelas: el Pantanal.
[Publicado el 14/9/2007 a las 10:44]
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IV. MANAGUA. SUMISIÓN, CALCO, FEALDAD, IMPROVISACIÓN
El nuevo Palacio Presidencial, financiado por el gobierno de Taiwan bajo la administración impúdica de Arnoldo Alemán, con sus columnas dóricas pintadas de vistosos colores y sus vidrios dorados, parece un juguete de Fisher Price. Ahora se halla abandonado porque Daniel Ortega se niega a despachar en él. Ortega también mandó a demoler una fuente musical que el Palacio tenía al frente, construida por el mismo Alemán al centro de la vieja Plaza de la Revolución donde se congregaron los guerrilleros triunfantes con el pueblo para celebrar la caía de Somoza. La fuente agitaba todas las noches sus chorros danzarines al ritmo de las estridencias de una música de burdel.
Sumisión, calco, fealdad, improvisación. Igual que las palmeras, malls transplantados de Miami con todo y food courts y cines Multiplex, y a un tiro de piedra de su bullicio iluminado, la miseria escondida en la oscuridad, que de día se exhibe por las calles en todo su esplendor de niños mendigos, y adultos que venden de todo en las esquinas, aprovechando cada cambio de luz roja de los semáforos, desde calculadoras made in Japan y toallas de playa adornadas con la efigie de Silver Stallone, a animalitos de las selvas de Bosawas, supuesta reserva ecológica de la humanidad, que está siendo despalada sin piedad, tucanes, guacamayas, tigrillos, monos carablanca.
[Publicado el 13/9/2007 a las 11:28]
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Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar, Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), y Tambor olvidado, ensayos (2007). Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com/
16/5/2008 18:03
Es muy cierto esa intimidad es...
Publicado por: Ray
16/5/2008 08:51
Publicado por: Rafael
15/5/2008 22:02
Creo que no se trata de alabar...
Publicado por: Alejandro
15/5/2008 15:52
Por honestidad intelectual no...
Publicado por: Nàmor Adenip
15/5/2008 00:37
Publicado por: rolando gabrielli
15/5/2008 00:36
Publicado por: Fran
14/5/2008 22:34
Publicado por: Norberto Fuentes
14/5/2008 21:53
Publicado por: rolando gabrielli
14/5/2008 20:55
Publicado por: rolando gabrielli
14/5/2008 20:44
Antes de hacer la maleta: En...
Publicado por: Cubana
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