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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 20 de octubre de 2018

 Blog de Sergio Ramírez

Por fin empieza el nuevo siglo

De todos los meses, abril es el más cruel, escribía el poeta T.S. Elliot. Lo hemos probado en Nicaragua. El 4 de abril de 1954, la dictadura de los Somoza persiguió, torturó y asesinó a un puñado de jóvenes, civiles y ex oficiales de la Guardia Nacional, que se habían rebelado contra la tiranía. Ernesto Cardenal lo relata con maestría en su poema Hora O. Fue cuando Anastasio Somoza Debayle, “Tachito” sometió a torturas él mismo a Adolfo Báez Bone, y este le escupió sangre en la guayabera impoluta, pues iba para una fiesta después de acabar su tarea en las mazmorras de la casa presidencial en la loma de Tiscapa.

Y ahora, en este otro abril cruel de 2018, la masacre sanguinaria contra los muchachos estudiantes desarmados, asesinados por la espalda en las calles, un número de víctimas aún incierto que sigue creciendo. Muchachos torturados también en las mazmorras, rapados como criminales. Y esos a quienes les arrancaron las uñas, según el testimonio entre lágrimas de monseñor Silvio José Báez.

 
Este ha sido un episodio crucial de nuestra historia, y con esta masacre, que quiso ser la respuesta brutal a un clamor de rebeldía, empieza de verdad el siglo veintiuno en Nicaragua. No empezó con el pacto entre Alemán y Ortega, ni con los fraudes electorales repetidos, ni con la corrupción propiciada por los petrodólares venezolanos, ni con el zancudismo potenciado, ni, menos, con la gran mentira del Canal Interoceánico amparado por ese otro pacto truculento contra la soberanía del tratado Ortega-Wang Jing.
 
Este comienzo de siglo es tardío, pero arrancamos con un estallido moral. La modorra de las conciencias, ese cuerpo anestesiado que ha sido el país por años, ha despertado por fin, gracias a una juventud valiente y limpia, que le ha puesto a Nicaragua su marca de país, que es la marca de la ética. En las calles, a pecho descubierto, sin armas, enfrentando la mentira oficial, estos muchachos le devolvieron a Nicaragua la decencia. Purificaron el aire contaminado.
 
¿Nadie lo vio venir cuando esas voces juveniles indignadas se alzaron contra la quema de la reserva de río Indio-río Maíz, un crimen consentido y amparado oficialmente, una tragedia tratada con desidia y desprecio? A esos muchachos, desde su conciencia ética, les importó la selva agredida porque era una agresión más contra el país.

A ellos les debemos despertar al nuevo siglo. Lo que no hicieron los sindicatos blancos, protestar contra las medidas neoliberales aplicada al sistema de seguridad social, lo hicieron ellos, que ni son asegurados. Volvieron por los demás, por los perjudicados, y la solidaridad es siempre un acto ético. Gracias a esa ética solidaria, a ese desprendimiento radical, al punto de ofrecer sus propias vidas, es que tenemos ya un nuevo siglo, con un nuevo país.

Porque si bien la tarea no está terminada, Nicaragua cambió para siempre. El silencio, la sumisión, el temor, se quedaron en el siglo pasado. No caben ya en este nuevo siglo que empieza tarde, pero que no tiene retroceso. La ética de estos muchachos nos libró del peor de los males de la conciencia, que es el miedo. No olvidaré un cartel escrito a mano, sostenido por uno de esos jóvenes ejemplares: “Nos han quitado tanto que nos quitaron hasta el miedo”. Las palabras, cuando son verdaderas, son poesía. La poesía de la verdad.
 
La ética es una práctica, no son sólo palabras. En el lugar donde había los ignominiosos árboles de fierro, las manos de uno de esos muchachos  arbolito verdadero. La vida de lo vivo, contra la muerte de lo muerto.

La gente devolvía a los supermercados y a las tiendas los productos robados por los vándalos oficiales, los detenía en la calle y les quitaba lo robado. ¿No es eso ética en acción, verdad en movimiento?
 
Al devolvernos la moral, nos han devuelto la vida. Con esta juventud sin mancha, volvemos a renacer. Con ellos nace el nuevo siglo.

[Publicado el 09/5/2018 a las 09:00]

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Nunca cerrar los ojos

Jamás antes la doble condición que siempre he defendido en mí mismo, la del escritor y el ciudadano, se hizo tan patente como el mediodía del 23 de abril cuando subí a la cátedra del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para pronunciar mi discurso ritual tras recibir de manos del rey de España el Premio Cervantes.
 
Por varios días jóvenes estudiantes indefensos que protestaban en las calles de Managua y otras ciudades de Nicaragua habían sido agredidos por fuerzas policiales y de choque, y muchos habían resultado asesinados, en una cuenta que aún sigue creciendo, decenas de ellos apresados, y muchos desaparecidos.
 
Era una represión desaforada, que el mundo estaba conociendo de primera mano no sólo a través de las informaciones de prensa, sino de las imágenes que se multiplicaban en los videos filmados por los teléfonos celulares, estremecedoras, entre ellas la del periodista Angel Hernando Gahona, muerto de un balazo en la cabeza en Bluefields.
 
Del otro lado del Atlántico, lleno de estupor e impotencia, y también de admiración, veía como los jóvenes, desarmados, se multiplicaban en un levantamiento multitudinario que era ante todo ético. Le estaban devolviendo al país la moral perdida, o silenciada por el miedo, despertándolo de un sueño anestesiado.
 
Había preparado mi discurso con anticipación meditada, y entre los temas que iba a desarrollar estaba ese, el del escritor que es también ciudadano, y no debe callar. Qué incongruencia habría sido ignorar ese despertar moral, esa lección de civismo que los jóvenes nos estaban dando a todos, devolviendo a Nicaragua la esperanza de que la vida democrática, con libertades plenas, es posible; que es posible derrotar las mentiras oficiales
que prometen felicidad a la fuerza, administrada desde arriba.
 
Entonces, la noche antes escribí en la libreta de notas de mi teléfono una breve introducción a mi discurso, la imprimí, y la puse por delante de las hojas que ya tenía preparadas. Y al salir la mañana del lunes hacia Alcalá, me coloqué en la solapa el lazo negro que una muchacha emigrante de algún lugar de Nicaragua me había dado ese domingo cuando asistí con Gioconda Belli al acto de protesta en la Puerta del Sol.
 
“Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a  los miles de jóvenes que siguen luchando, sin más armas que sus ideales, porque Nicaragua vuelva a ser República”, empecé. Y supe entonces que todo lo que diría sobre mi escritura, tendría sentido.
 
Que narrar es un don que no brota sino de la necesidad de contar, esa necesidad apremiante sin la cual, quien se entrega a este oficio incomparable, no puede vivir en paz consigo mismo. Que desde el fondo de esa necesidad un novelista debe iluminar en su prosa todo aquello que yace en las profundas cavernas del sentido, acercar la antorcha a los rostros de los personajes ocultos en la oscuridad, revelar los entresijos cambiantes de la condición humana.
 
Que si bien escribo entre cuatro paredes, lo hago con las ventanas abiertas, porque como novelista no puedo ignorar las anormalidades constantes de la realidad en que vivo, tan desconcertantes y tornadizas, y no pocas veces tan trágicas pero siempre seductoras.
 
Que a ese paisaje iluminado y a la vez lleno de sombras, desolado y a la vez lleno de voces recurro, dominado por la curiosidad y el asombro, en busca de sus rincones ocultos y de los humildes personajes que lo pueblan, cada uno cargando a cuestas sus pequeñas historias, y que me seduce verlos caminar, sin ser advertidos, o sin advertirlo, hacia las fauces que los engullen, víctimas tantas veces del poder arbitrario que trastoca sus vidas, el poder demagógico que divide, separa, enfrenta, atropella. Ese poder que no lleva en su naturaleza ni la compasión ni la justicia y se impone por tanto con desmesura, cinismo y crueldad.
 
Que a través de los siglos la historia se ha escrito siempre en contra de alguien o a favor de alguien. Pero que la novela, en cambio, no toma partido, o si lo hace, arruina su cometido. Que el vasto campo de La Mancha es el reino de la libertad creadora. Que un escritor fiel a un credo oficial, a un sistema, a un pensamiento único, no puede participar de esa aventura diversa, contradictoria, cambiante, que es la novela. Porque una novela es una conspiración permanente contra las verdades absolutas.

Que la realidad nos abruma. Que los caudillos enlutados antes, caudillos como magos de feria hoy, disfrazados de libertadores, ofrecen remedio para todos los males, y se parecen tanto a los caudillos del narcotráfico vestidos como reyes de baraja. Que parte de esa realidad abrumadora es el exilio permanente de miles de centroamericanos hacia la frontera de Estados Unidos, impuesto por la marginación y la miseria, y el tren de la muerte que atraviesa México con su eterno silbido de Bestia herida, y que la violencia es la más funesta de nuestra deidades, adorada en los altares de la Santa Muerte. Que las fosas clandestinas se siguen abriendo, y los basureros siguen siendo convertidos en cementerios.
 
Que cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina, es traicionar el oficio. Que todo irá a desembocar tarde o temprano en el relato, todo entrará sin remedio en las aguas de la novela. Y lo que calla o mal escribe la historia, lo dirá la imaginación, dueña y señora de la libertad, “por la que se puede y debe aventurar la vida”, pues no hay nada que pueda y deba ser más libre que la escritura, en mengua de sí misma cuando paga tributos al poder el que, cuando no es democrático, sólo quiere fidelidades incondicionales. Que somos más bien testigos de cargo. Que nuestro oficio es levantar piedras, como decía José Saramago; y que si debajo lo que hallamos son monstruos, no es nuestra culpa.

[Publicado el 02/5/2018 a las 09:00]

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Puño y letra

Como parte de los actos del premio Cervantes que he de recibir en próximos días de manos del rey de España en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, en el Instituto Cervantes de Madrid se celebra de previo el ritual del depósito de un legado.

El Instituto funciona en un imponente edificio adornado de cariátides en la calle de Alcalá, donde estuvo primero el Banco Español del Río de la Plata y más tarde el Banco Central de España, y por eso tiene bóvedas blindadas, a las cuales se da ahora uso literario, pues los legados se depositan en las cajas de seguridad que antes servían para que los clientes resguardaran allí títulos valores y joyas.

El legado tiene que ver con la vida y la obra del propio autor, algún objeto o instrumento relacionado a su oficio, manuscritos originales, libros que ha atesorado. El director del Instituto, Juan Manuel Bonet, me lo avisó hace meses para que fuera pensando mi escogencia; cuando en la ceremonia se deposita el legado en la caja correspondiente, hay que fijar un plazo para abrirla y revelar de que se trata, un plazo que puede durar hasta la muerte; o, siempre de por medio el plazo, se puede anunciar de inmediato el contenido.

¿Qué podría dejar yo allí, en esa bóveda? ¿Una pluma fuente? A duras penas escribo a mano, salvo las dedicatorias de mis libros, y hasta mis notas las apunto en el celular. ¿Unos lentes? Es lo más común en estos casos. ¿Una máquina de escribir? Dejé de usarlas hace más de treinta años y no conservo ninguna, porque en 1985 me pasé para siempre al teclado de la computadora, con lo que me considero un veterano digital. ¿Un manuscrito? Vale la misma razón de que no escribo a mano.

Hace algún tiempo, cuando me pidieron del Centro de Arte Moderno de Madrid algo relacionado con mi oficio, para el pequeño museo de escritores que allí tienen, me decidí por los trece discos floppies que contienen mi novela Castigo Divino, escrita en una computadora primitiva, que trabajaba con un sistema llamado Lotus Simphony, un modelo que por supuesto ya no existe, ni tampoco es posible descodificar su lenguaje. Una verdadera lengua muerta.

Entonces, pensé, mejor un legado que me trascendiera, a mí y a los instrumentos de mi oficio, y me decidí por este que enseguida las explico, que aunque he pedido sea sacado de la caja el 5 de agosto de 2022, cuando cumpliré 80 años, Dios mediante, es público desde el momento de su depósito: se trata de una carta original de Rubén Darío, y de otra de Augusto César Sandino, ambas conservadas en mi archivo personal por mucho tiempo.

La carta de Rubén está fechada en París, 9, Rue d´Odessa el 2 de enero de 1902, y su destinatario, según puede desprenderse del texto, es un íntimo amigo suyo, el doctor Luis Henri Debayle, médico de la Sorbona, a quien llamaban en su tiempo "el sabio", residente en León de Nicaragua, muy influyente en el país, y a quien pide gestionar ante el gobierno del general José Santos Zelaya que se le conceda el consulado en París, el cual obtuvo al año siguiente.

La carta de Sandino está fechada en el Cuartel General del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua el 11 de octubre de 1931, en las montañas de Las Segovias, y va dirigida general Simón González, al coronel Abraham Rivera, y al teniente coronel Perfecto Chavarría. En ella expide órdenes acerca de los preparativos de una expedición militar desde Wiwilí hasta la costa del Caribe, a través del río Coco.

Quienes firman estas cartas, ambas mecanografiadas, representan juntos la esencia de mi país, a través de la palabra y de la dignidad. Son ellos quienes nos dieron nuestro sentido de nación. Rubén transformó el idioma desde la literatura, dando a la lengua nuevos atrevimientos y sonoridades, y la poesía lo convirtió en un héroe nacional, suficiente para que a su regreso en 1907 la gente del pueblo desenganchara el tiro de caballos del coche descubierto que debía conducirlo desde la estación del ferrocarril en León, para pegarse a las varas y arrastrarlo entre vitores.

Sandino, quien se definía como un "trabajador de la ciudad, artesano como se dice en este país", se convirtió en soldado por la fuerza de la necesidad ante el imperativo de librar al país de la intervención militar extranjera que duró seis años.

Hay una frase suya, que es la de un poeta, porque las palabras desnudas por verdaderas, también son poesía: "El hombre que de su patria no exige sino un palmo de tierra para su sepultura, merece ser oído, y no sólo ser oído sino también creído".

Y al periodista vasco Ramón de Belausteguigoitia, quien lo entrevistó en su campamento en 1933, después de acordada la paz que lo llevó a la muerte, porque fue asesinado a traición por órdenes del primer Somoza, le dijo: "¡Ah, creen por ahí que me voy a convertir en un latifundista! No, nada de eso; yo no tendré nunca propiedades. No tengo nada...". Fue un voto de pobreza, que en política es como un voto de castidad, que nunca violentó.

Somos hijos entonces de la dignidad y de la palabra. Ambos salieron de la entraña de esa tierra pequeña y fecunda, una patria rural que nadie mejor que Rubén pudo describir: "Buey que vi en mi niñez echando vaho un día/ bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,/ en la hacienda fecunda, plena de la armonía/del trópico; paloma de los bosques sonoros/ del viento, de las hachas, de pájaros y toros/ salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía..."

De manera que no puedo dejar nada mejor entre los tesoros del Instituto Cervantes, que las firmas de los dos nicaragüenses que me legaron un país. Su puño y su letra.

[Publicado el 20/4/2018 a las 09:00]

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Un paseo ameno en una mañana soleada

Un libro es como una casa de muchas habitaciones, cada una con un decorado diferente, y uno puede asomarse, primero desde fuera, a través de las múltiples ventanas, y, así seducido, entra a vivir en esas estancias cordiales y acogedoras, porque siempre hallará abiertas sus puertas. Y como estamos en abril, el mes de Cervantes, quiero recordar al libro de los libros, el que más ventanas, puertas, pasadizos y corredores tiene, El Quijote.
Si alguien pregunta por qué debe leerlo, y le respondemos que es imprescindible porque contiene una filosofía de la vida, o porque nos revela un mundo de enseñanzas morales, habremos perdido de seguro un lector de ese libro imprescindible sin el cual viviremos una vida disminuida.
Por el contrario, debemos tener el valor de responder que se trata de un libro divertido, lleno de risa y disparates, acerca de un loco que anda por los caminos en busca de enfrentarse con los fantasmas de su imaginación, y ha convencido a un vecino suyo, simple, ambicioso y crédulo, que lo acompañe en sus aventuras de las que le promete va a sacar ventajas, entre otras nada menos que la gobernación de un país de mentira llamado Barataria.
En el camino el loco se dispone al combate contra molinos que cree un ejército de gigantes desaforados y espantables, y al atacar valeroso a uno de ellos ensarta su lanza en las aspas movidas por el fuerte viento que sopla, que para su imaginación descalabrada son los brazos del poderosísimo gigante, con lo que se hace "la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo".
Se topa con un carro donde llevan en unas jaulas dos leones africanos, hembra y macho, enviados de regalo al rey por el general de Orán, y se empeña en abrir la puerta de la jaula diciendo: "¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues ¡por Dios que han de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de leones!".
No menos risible, descabeza a los títeres de un retablo donde se representa la huida de un caballero que rescata a su dama de entre los moros que salen en su persecución, y, de pronto, decidido a acudir en auxilio de los amantes, "con acelerada y nunca vista furia, comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a éste, destrozando a aquél..."
Lo importante es que ese candidato a lector ande por el libro con pies ligeros, y se convenza de que no se le caerá entre las manos, la cabeza pesada de sueño. Hay que proponerle la lectura como un paseo ameno en una mañana soleada, no como una penitencia.
Solamente después, cuando haya terminado de leer, después que aquel triste hidalgo, de regreso a la cordura, muera en su cama, ya tendrá tiempo de lamentarse junto con Sancho: "no se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía...". Porque para entonces su deseo encandilado será que el libro debió seguir, que debió haber más aventuras de aquellas donde el caballero andante que don Quijote cree ser, se queda haciendo la penitencia de fingirse loco, él, que ya está loco, puesto cabeza arriba, con las nalgas al aire, mientras envía a Sancho con una carta para su dama, que es analfabeta, y siendo tan hermosa se ve reducida a criar cerdos por obra de malvados encantadores.
Y la nostalgia por lo leído llevará entonces a ese lector, así ganado, a emprender dos o tres relecturas, y luego muchas otras, porque aquel libro se le habrá vuelto infinito, en el sentido de que siempre estará recomenzando, y esas nuevas lecturas llegará a hacerlas ya no en el orden en que están puestos los capítulos, sino entrando por cualquier de ellos, que son sus múltiples puertas y no tienen cerrojo.

[Publicado el 11/4/2018 a las 09:00]

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La fuerza del destino

Cuando alguien cree ciegamente en la fuerza del destino, al que nada ni nadie puede cambiar, pensamos más bien en los personajes de las novelas. Pero no es asunto sólo de las novelas. Es lo que cree la mayoría de los jóvenes que viven en barriadas marginales de cinco capitales centroamericanas, donde dominan la pobreza, el desamparo, la violencia, y el miedo. Un destino fatal que para ellos no es nada halagüeño, y sólo les hace esperar el golpe falta que caerá inclemente sobre sus cabezas.
El Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica desarrolló a finales del año pasado una encuesta de opinión, cuyos resultados acaban de ser publicados, en los asentamientos de El Limón, de ciudad Guatemala; Nueva Capital, de Tegucigalpa; Popotlán, de San Salvador; Jorge Dimitrov, de Managua; y La Carpio, de San José. La muestra incluye a 1501 jóvenes de ambos sexos, entre los 14 y los 24 años.
El destino tiene diversos rostros, el de la miseria irreductible, y también el de la violencia, a la cual estos jóvenes temen: ser reclutados o agredidos por las pandillas, o acabar como víctimas suyas en una morgue. Y la única manera de librarse es huyendo de sus garras poderosas: para ellos, la mitad de los cuales nunca ha ido a la escuela ni irá nunca, y peor las muchachas, cuya cota de falta de educación se acerca al 60%, la única oportunidad posible de salvarse es emigrar: esta proporción de exiliados en potencia, que alcanza también la mitad de los encuestados, se extiende en Popotlán al 70%; nada extraño, si un millón y medio de salvadoreños viven fuera de las fronteras, sobre todo en Estados Unidos.
Pero el destino tiene aún otro rostro, el del poder, frente al que los jóvenes se sienten aún más inermes, y lo aceptan tal como es, lejos de atreverse a imaginar que pueden enmendarlo: hay que obedecer a los padres aunque no se hayan ganado el respeto para ejercer su autoridad familiar; y de este molde paternalista derivan otras formas de sumisión: obedecer a las autoridades del gobierno, aunque tampoco tengan la razón. Y la mano dura como mejor remedio para enfrentar los problemas del país.
De allí que no resulte nada extraño que más del 80% de estos jóvenes considere que no importa si un gobierno es o no democrático si resuelve esos problemas; que da lo mismo un gobierno democrático que uno autoritario; y que, en algunos casos, un gobierno autoritario puede ser preferible a uno democrático. Los jóvenes del Dimitrov en Nicaragua, que piensa que un gobierno democrático es preferible a cualquier otro, quedan reducidos al 8%, y a 10% en Popotlán, El Salvador; mientras en La Carpio, Costa Rica, país de larga tradición democrática, llegan, con costo, al 20%.
Es el ideal de un estado que no depende de las leyes y puede dispensar prodigalidad, o represión, como los alcaides de las cárceles. Pero, más llamativo aún, un estado que en los territorios miserables donde esos jóvenes sobreviven, no tiene, por lo común, rostro visible, más que el de la acción policial.
El asentamiento Nueva Capital, a media hora de Tegucigalpa, fue fundado por un sacerdote, no por el estado, y sus habitantes acarrean en carretones el agua potable. Ese estado es así un padre irresponsable y desamorado. Y como anda ausente, tiene sustitutos eficaces en cuanto a la vida espiritual de los jóvenes.
La palma se la llevan las iglesias cristianas protestantes, con un promedio del 40%, mientras la iglesia católica sólo llega a un 18%. La mayor afiliación protestante se da en El Limón, Guatemala, con un 51%, y le sigue el Dimitrov, Nicaragua, con 43%.
¿Y los partidos? Apenas al 7% declara pertenecer a alguno, y es curioso ver cómo en Nicaragua, donde el partido oficial busca meterse en todos los resquicios de la sociedad, la incorporación política de los jóvenes del Dimitrov no pasa de esa exigua media del 7%; mientras en Popotlán, El Salvador, donde gobierna la antigua guerrilla del FMLN, sólo el 3% declaran ser parte de alguna agrupación partidaria.
Otras encuestas entre gente de diversos estratos económicos y edades, demuestran que sobre el descrédito de los partidos, la emergencia de las iglesias cristianas, que ganan cada vez más peso político, y la creencia en las virtudes del autoritarismo en desprecio de la democracia, las opiniones son parecidas. Y que la fuerza del destino, es la fuerza de la pasividad.

[Publicado el 04/4/2018 a las 09:00]

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La palabra chunche

Chunche pertenece en la lengua nicaragüense a una familia de palabras ubicuas, indefinidas y multiuso, es decir, que sirve para nombrar cualquier cosa, un objeto, un artefacto, un cuerpo o parte de él, una persona. Una palabra cómoda que es a la vez comodín. Huidiza, si se la quiere atrapar, se esfuma. La ambigüedad es su esencia. Hay otras como ella: virote, cuestión, chochada, calache, chereque, chechereque.

Hace poco circulaba en las redes la fotografía de un aviso colocado en una ferretería que más o menos decía: "aquí no tenemos el chunchito que va dentro del hueco del chunche. Traiga un diagrama o una foto de la pieza que necesita". El aviso, que causa risa, es una súplica exasperada contra la persistente abstracción que arrastra la palabra chunche, y contra su eterno don de ubicuidad.

Pero en nuestra realidad oral, existe sin duda el chunchito que va dentro del hueco del chunche. Es un espectro de palabra que anda por todas partes, se mete por todos los resquicios, y nos auxilia en el olvido de un término concreto, listo a reponerlo. Y hasta sustituye el nombre de una persona de la que ignoramos el nombre o lo hemos olvidado: don Chunchito aquel, el que te hizo el mandado...

Ninguna de las otras palabras comodines similares a chunche tienen la virtud suprema de convertirse en verbo: chunchame eso, chunchalo bien: que según el caso puede ser arreglame eso, componelo bien. Cuestión, por ejemplo, no resiste el paso a verbo. No sería lo mismo chunchar que cuestionar. Chunchar es manipular un chunche, cuestionar es interrogar, poner en duda; son caminos que se apartan sin remedio.

Podemos hablar de un solo chunche, o de muchos, y entonces tenemos un chunchero. A quien se pasa de casa se le multiplican los chunches, y debe enfrentarse con un chunchero, o un chunchalal, o sea, también, un calachero, un cachivachero. Chunche multiplica sus significados cuando pasa al diminutivo o al aumentativo: chunchón puede representar la idea de un cuerpo grande y desgarbado, y conocí a alguien así a quien apodaban de ese modo.

O chunchón puede ser también una forma de piropo, de esos que son ahora socialmente incorrectos, para señalar a un monumento de mujer, alta y de buen talle, y de físico espléndido y carnoso. Y chunchito, en su humildad de vocablo disminuido, no deja de ser cariñosa: que lindo ese chunchito, por ejemplo.

Pero dentro de sus incontables virtudes, chunche también puede servir para formar palabras híbridas, como chunchereque, al combinarse con chereque. Y admite la forma verbal: chuncherequear.

Como toda palabra que persiste en el idioma por su uso reiterado, chunche ha ganado carta de legitimidad, y el Diccionario de la Lengua Castellana la reconoce como propia de Centroamérica: "objeto cuyo nombre se desconoce o no se quiere mencionar".

No parecer ser tan completa, o exacta, la definición. Claro que chunche incluye lo desconocido: "¿qué chunche es ese? ¿Qué cosa es ese chunche?" Pero también llamamos chunche a lo cotidianamente conocido, un plato, un vaso, o cuchillo, una herramienta, y entonces chunche pasa a ser sinónimo, un sinónimo perezoso.

Y en cuanto a lo de "objeto que no se quiere mencionar", chunche va más allá. No es sólo la negativa pertinaz a llamar una cosa por su verdadero nombre. Es el gusto o vicio por lo genérico, o, por qué no, la ambición de que el todo quepa en una sola palabra: desde un sombrero a una taza, desde un teléfono celular a un espejo, desde una aguja a un pajar, desde un carro que corre por la carretera a un avión que vuela por los aires. Desde lo que no funciona a lo que se halla en perfecto estado. Un chunche viejo, un chunche de medio uso, un chunche nuevo.

Y de allí, en esa constelación infinita, a la propia persona, como acto supremo de conmiseración, cuando alguien se queja de sus dolencias: soy un chunche viejo que ya no sirve para nada.


[Publicado el 28/3/2018 a las 09:00]

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Bogotá contada

Tenía una vieja invitación para ser parte del programa Bogotá Contada. La idea es quedarse diez días, ver, oír y tocar, hablar con todo el mundo, y luego escribir una crónica sobre algún tema de la visita. Ha sido una breve temporada de experiencias espléndidas.

La primera de ellas es que una ciudad está formada por capas, como en la pintura, y que buscar como separarlas, y entrar en su realidad cotidiana, puede tomar toda una vida, sin haber logrado raspar más que la primera capa.
Vine a Bogotá la primera vez en 1965, cuando trabaja para el Consejo Superior Universitario Centroamericano, y debía discutir un convenio de cooperación con las autoridades de la Universidad de los Andes. Mi recuerdo va a dar al campus de esa universidad en una hondonada de intenso verdor, y a la figura de Antonio Montaña que recogía sus papeles, terminada su clase. Me obsequió entonces su hermoso libro de cuentos Cuando termine la lluvia, y nunca volví a saber de él hasta ahora que alguien me dice que ha muerto.

La gente andaba por las calles de gruesos abrigos largos y sombreros de fieltro, los vendedores de la lotería de Cundinamarca asediaban a los viandantes, los ladrones huían cargando las cajas registradoras de los almacenes, y gracias al tipo de cambio enloquecido, se podían comprar barato las esmeraldas, los trajes de casimir en las sastrerías elegantes, o una pila de libros en la inmensa librería Bucholz, como yo le hice con todos los tomos en cuarto mayor de En busca del tiempo perdido, traducción de Pedro Salinas.

Bogotá se parecía aún a aquella que fue estremecida por el "bogotazo", cuando se desató la violencia en las calles tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948. Mario Jursich me cuenta del descubrimiento de un verdadero tesoro: decenas de fotografías inéditas sobre aquellos sucesos tomadas por Luis Alberto Gaitán, "Lunga", quien trabajaba para el periódico Jornada, y era, además, músico y campeón de maratones.

Con motivo del aniversario del "bogotazo", el Fondo de Cultura Económica va a publicar, bajo el cuidado de Mario, un libro de estas fotografías, que incluirá una memorable: la multitud que arrastra por la carrera séptima, en dirección al palacio de Nariño, el cadáver de Juan Roa Sierra, el supuesto autor del disparo mortal contra Gaitán que prendió en llamas no solo a la capital, sino a la historia de Colombia por décadas.

Como también me toca otra jornada en el Gimnasio Moderno, su rector, el doctor Victor Alberto Gómez, me recuerda que a esos recintos se trasladaron las sesiones de la IX Conferencia Panamericana desde el Capitolio Nacional cuando estalló el "bogotazo". Allí, mientras crepitaba el fuego y sonaban los balazos en el centro de Bogotá, se creó la OEA, en los inicios de la guerra fría, cuando los gobiernos americanos cerraron filas alrededor de Estados Unidos.

Habían pasado menos de veinte años desde el "bogotazo" la primera vez que desembarqué en el aeropuerto El Dorado, y Bogotá era no sólo la misma que había vivido aquellos días trágicos, sino también, yendo más atrás, la ciudad lúgubre de lluvias persistentes cercada por el tañido de las campanas que Gabriel García Márquez describe en Cien años de soledad. Y él estuvo allí ese 9 de abril, y presenció los hechos, como también estuvo por aparte Fidel Castro, muy joven aún, quien había llegado para entrevistarse con Gaitán.

Regresé más de una década después, en octubre de 1977, cuando iba en busca de García Márquez, a quien encontré en los estudios de la RTI porque Jorge Alí Triana estaba filmando una serie de televisión basada en La mala hora, y Gabo la supervisaba de cerca. Fue entonces cuando nos conocimos.

Yo llegaba a proponerle que fuera a convencer al presidente Carlos Andrés Pérez que diera reconocimiento diplomático al gobierno provisional que el mes siguiente instalaríamos en algún lugar de Nicaragua liberado por la guerrilla sandinista. Le dije que teníamos más de mil combatientes listos, y entusiasta conspirador que era, al día siguiente tomó un avión a Caracas, dispuesto a cumplir con la encomienda.

El gobierno no se instaló entonces, porque la operación militar fracasó, pero sí menos de dos años después. Luego, ya la revolución triunfante, y él huésped oficial en Nicaragua, me reclamaría mi exageración de entonces, porque llegó a averiguar que no eran ni sesenta los combatientes. Un reclamo injusto, le respondí, viniendo de él, el rey de las exageraciones.


[Publicado el 21/3/2018 a las 09:00]

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Equivocaciones fatales

En Ecuador se sigue celebrando el comienzo del desmontaje de un sistema autoritario, de esos de supuesta duración indefinida, gracias a las soluciones que la misma democracia, mientras respire, es capaz de ofrecer. Una salida pacífica, en la que prevaleció la voluntad popular.

Un referéndum ideado por el presidente Lenin Moreno, en el que el votante tuvo ante sí una serie de siete preguntas, la más importante de ellas la prohibición de la reelección indefinida, cuyo principal destinatario era su antecesor en el cargo, el ex presidente Rafael Correa. La repuesta ciudadana fue rotunda. No más reelección.

Correa, electo tres veces presidente de Ecuador de manera democrática, con un total de diez años en el poder, no fue un caudillo de botas militares y espadón al cinto. Doctor en economía con estudios en Bélgica y Estados Unidos, buscó llevar adelante reformas profundas a través de la llamada revolución ciudadana, pero sin que faltaran las pretensiones de control social, los abusos de poder, y graves restricciones a la libertad de prensa.

Fue dueño también de un exacerbado estilo de discurso y de actitudes airadas y confrontativas, y protagonizó actos melodramáticos, como cuando en octubre de 2010 se abrió los botones de la camisa poniéndole el pecho a los policías rebeldes que lo habían secuestrado en un cuartel.

Los regímenes políticos creados por caudillos iluminados, que llegan a convencerse de que sin su presencia en el poder los países se exponen a descalabros y fracasos, tienen distintas maneras de alcanzar su final. Pero ese final siempre llega.

En Ecuador ha ocurrido de la mejor manera posible: sin violencia y sin derramamiento de sangre, todo debido a un error de cálculo, o una fatal equivocación de Correa, quien eligió, según sus propias cuentas, a un sucesor provisional, su antiguo vicepresidente durante dos periodos, para que la calentara la silla presidencial mientras regresaba a ocuparla. Esos mismos malos cálculos le decían que, de todos modos, al cabo de esos pocos años, el pueblo estaría reclamando a gritos su regreso.

Que un caudillo escoja a un sucesor al que decide que va a mangonear fácilmente, y cuyo único papel será el de cumplir funciones protocolarias, mientras el verdadero poder sigue estando donde debe estar, sólo que ahora detrás de bambalinas, es un recurso que funciona cuando el sucesor es lo suficientemente dócil, pero en otros casos, y valga el presente ejemplo, ha probado ser fatal.

Uno clásico es el del general Plutarco Elías Calles, caudillo máximo de la revolución mexicana, uno de quienes la convirtió en "revolución institucional". Impedido de permanecer en la presidencia más allá de 1928, debido a la regla de oro "sufragio efectivo, no reelección", se quedó sin embargo manejando en la sombra a sus obedientes sucesores; los ministros de estado le rendían cuentas a él, no al presidente que ocupaba nominalmente la silla del águila. Pero le llegó su hora fatal con la elección del general Lázaro Cárdenas en 1934. Calles persistió en su empeño, hasta que un contingente militar entró la medianoche del 9 de abril de 1936 en su dormitorio de la casa hacienda de Santa Bárbara, y muy al alba fue obligado a subir a un avión que lo llevó al exilio en San Diego, California.

La sorpresa de Correa debió haber sido muy grande al darse cuenta de que había confiado su despacho en el palacio de Carondelet, para que se lo mantuviera en orden, a quien más bien iba a cerrarle para siempre las puertas de ese despacho: cría cuervos, y te sacarán los ojos. Moreno pasó a ser el traidor; mientras para el propio Moreno, Correa no es ahora sino "un opositor más".

Moreno demostró desde el principio que iba en serio, cuando separó del cargo a su vicepresidente Jorge Glas, acusado de actos de corrupción dentro de la trama del caso Odebrecht. Los tribunales lo encontraron culpable, y ahora purga una condena de 6 años de prisión. Este juicio sacó de sus casillas a Correa, lo mismo que la política de diálogo que su sucesor inició con la oposición. Sentía ya pasos de animal grande, y el referéndum vino a ser el tiro de gracia.

Las réplicas del sismo que significó la defenestración de Correa siguen dándose, y las luchas de poder dentro del partido oficial Alianza País son evidentes, entre acusaciones y zancadillas. Pero Moreno parece contemplarlo todo desde arriba. Tras el referéndum, y sin posibilidad de prolongar su propio mandato, puede concentrarse en consolidar su legado democrático.



[Publicado el 07/3/2018 a las 09:00]

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Nuevos nombres de la mentira

Hay una lucha sorda entre verdad y mentira que se libra en la novela y demás obras de ficción, y así mismo en la crónica o el relato periodístico. En la ficción, que cuenta situaciones imaginarias vividas por personajes imaginarios, se miente con toda legitimidad, y en el relato de prensa, que describe hechos, la mentira es ilegítima.

Recuerdo una vez en que mi amigo Jon Lee Anderson me entrevistó para un reportaje sobre el pretendido Gran Canal por Nicaragua, que escribía para The New Yorker. Cierto día recibí una llamada del departamento de "fact checking" (verificación de hechos) de la revista. Debían verificar si era cierto todo lo que Jon incluía como dicho por mí. Fue un interrogatorio detallado, casi judicial. Y no sólo comprueban las palabras de los entrevistados, sino también las afirmaciones que el autor del reportaje haga, bajo el principio de que "las palabras verdaderas son más importantes que las palabras bonitas".

Hay un punto intermedio que Truman Capote buscó en lo que llamó "real fiction" (ficción real), una de las grandes vueltas de tuerca del periodismo moderno, plasmada en su libro A sangre fría, una obra maestra, en el que narra el asesinato de una familia de granjeros en el estado de Texas, perpetrado por dos muchachos delincuentes, que terminan en la silla eléctrica.

Capote usa los procedimientos imaginativos propios del relato de ficción para contar los hechos, sin falsearlos ni alterarlos. Es lo mismo que hizo Gabriel García Márquez en su Relato de un náufrago, publicado por entregas en El Espectador de Bogotá, antes de convertirse en libro, y que disparó la tirada del periódico. Era toda una hazaña entretener al público con un relato que en manos de cualquier otro hubiera podido resultar monótono, la sobrevivencia de alguien perdido en alta mar, viviendo las mismas ocurrencias día tras día.

Siempre me he considerado un escritor realista, que edifica su aparato de invención sobre los relieves del mundo verdadero, sin alterarlos. Es lo que da legitimidad a la mentira. Se investigan los hechos, igual que lo haría un periodista, pero llega un momento en que los caminos se separan: el periodista debe atenerse hasta el final a los hechos, mientras que el novelista, a partir de los hechos, tiene toda la libertad del mundo para mentir.

No sólo se separan los caminos, sino que entre ambos se abre una brecha que adquiere naturaleza ética. Aunque se mienta a mansalva en la ficción, se trata de una mentira inocente. Quien abre las páginas de una novela, ya sabe que se trata de una invención, y entra entonces en lo que se llama "la suspensión de la incredulidad". Comienza a creer que todo es cierto, por obra del arte del novelista.

Pero si se miente deliberadamente en una crónica, un reportaje, en una simple nota periodística, entonces está de por medio el dolo. Y quizás los medios de comunicación pudientes, como The New Yorker, cuidan no sólo su prestigio verificando los hechos, sino también que no vayan a ser demandados judicialmente, porque la mentira tiene un costo monetario elevado.

Ficción versus realidad. "Hechos alternativos" es uno de los términos de mayor impacto contemporáneo en este sentido, inventado por la consejera de la Casa Blanca, Kellyanne Conway, recién pasada la toma de posesión del presidente Trump en enero de 2017. Su secretario de prensa había afirmado que aquel acto había roto todos los records de asistencia, y de audiencia por televisión, un afirmación cuya falsedad era fácilmente demostrable: con sólo comparar los datos del número de personas que había abordado el metro ese día, y el día de la primera investidura de Obama, se probaba que Trump había tenido mucho menos gente.

Cuando Chuck Todd, el entrevistador del programa Meet the Press confrontó a la señora Conway diciéndole que aquella era una "falsedad demostrable", ella respondió que lo que él estaba dando era nada más un «hecho alternativo». Así se acuñó está frase tan célebre hoy. ¿Un hecho alternativo a qué? A la falsedad, porque la verdad de los hechos no tiene alternativa, salvo en las novelas y en los cuentos, en el teatro, en el cine. Semejante tipo de conceptos pretenden convertir los hechos en mentiras dolosas, prestando elementos a la invención de manera ilegítima, o secuestrándolos.

La realidad real es la mía, aunque sea mentira; la tuya no es más que una realidad alternativa. Si soy dueño del poder, lo que diga siempre será verdad. Los demás, sólo tendrán en sus manos un arma débil, desacreditada, la realidad alternativa. Los hechos sometidos a duda, cuestionados. Todos los diques de la lógica y de la ética se rompen, y las aguas sucias e impetuosas de la mentira lo inundarán todo.

Otro nuevo nombre de la vieja mentira es la posverdad, un término que ha entrado ya en el Diccionario de la Lengua Española: "Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales". Es un neologismo de antiguas raíces.

La demagogia siempre ha procurado que los hechos objetivos sean sustituidos por las mentiras sustentadas en las emociones y en las creencias en determinados valores, aunque estos sean espurios, como la superioridad de una raza, la infalibilidad de una creencia religiosa, la superioridad del sexo masculino, el credo ciego de un partido. Se trata de que la realidad simple se ignorada, y sustituida por dogmas hijos del fanatismo. "El que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad", dice el Diccionario Oxford de la posverdad.

Hacer que se ignoren los hechos, sobre todo a la hora de conducir a los rebaños de votantes a las urnas para elegir candidatos fundamentalistas, o demagogos, o movilizar a la gente en las calles contra los inmigrantes retratándolos una y otra vez, en el discurso posverdad, como causantes de males y amenazas. Es la búsqueda del triunfo definitivo de la propaganda sobre la razón.
 

[Publicado el 21/2/2018 a las 09:00]

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Prohibido prohibir

Hay quienes piensan, y están en todo su derecho, que la trama de la ópera Carmen es machista. Don José, despechado porque Carmen, su amante, lo rechaza para irse con un torero de fama y gloria, mientras él no es más que un soldado sin fortuna, termina acuchillándola, y esta es la celebrada escena final, antes de que caiga el telón.
Carmen, un personaje originalmente literario, debe más su popularidad a la música que a la literatura. La novela de Prosper Merimée sobrevive gracias a la ópera compuesta por su compatriota Georges Bizet.

Hace pocas semanas el teatro Maggio Musicale de Florencia estrenó una versión de Carmen con un final diferente, ideado por el director Leo Muscato. En la famosa última escena, en lugar de que el despechado don José acuchille a la desdichada Carmen, ella le arrebata la pistola y lo mata de un balazo.
 
Este cambio radical en la representación, la víctima femenina convertida en victimaria, tiene el propósito declarado de denunciar la violencia machista, dado que la versión original no es sino un ejemplo, un mal ejemplo, de feminicidio. Así lo justificó el teatro.
Esto nos llevaría a una cadena infinita de revisiones de los relatos clásicos desde una perspectiva de género. Al lobo del cuento de la Caperucita Roja de los hermanos Grimm, habría que dejarlo como está: como depredador sexual recibe su merecido porque el cazador le llena la barriga de perdigones. Pero lo que debió haber hecho Madame Bovary, en lugar de envenenarse, es pegarle un tiro tan certero como el de la nueva Carmen a su amante Rodolphe Boulanger cuando, asediada por los acreedores, busca su auxilio y él se niega a socorrerla.

A finales del año pasado, una ofendida señora, de moral muy victoriana, consiguió reunir cerca de 9 mil firmas para demandar que el Museo Metropolitano de Nueva York retirara de la vista del público la pintura de Balthus El sueño de Teresa, "porque promueve el voyerismo y la cosificación de los niños". El cuadro representa a una muchachita de 13 años que duerme la siesta en una silla, con la pierna levantada, y deja a la vista su ropa interior.

Al contrario del criterio de la dama pudibunda, este cuadro, que data de 1938, ha sido visto siempre por la crítica como muestra de la despreocupada pureza infantil que emana de la placidez del sueño. El museo rechazó la petición: "Las artes visuales son uno de los medios más importantes que tenemos para reflexionar a la vez sobre el pasado y el presente, y esperamos motivar la continua evolución de la cultura actual a través de una discusión informada y de respeto por la expresión creativa", expresó en un comunicado.

Pero también una de las grandes novelas del siglo veinte, Lolita, de Vladimir Nabokov, donde se narra la relación sexual de una adolescente con un adulto que bien podría ser su padre, tardó en encontrar editor, y publicada por fin en 1955 estuvo prohibida en Francia e Inglaterra, bajo la acusación de pornográfica y de promover la pedofilia.
Lo mismo la magistral novela Ulises de James Joyce, prohibida por inmoral en Estados Unidos en 1920 y mantenida en la lista negra durante diez años; y más atrás, Flaubert sometido a juicio criminal en 1857 bajo el cargo de ensalzar el adulterio en Madame Bovary, pero absuelto por la corte tras ocupar durante varias sesiones el mismo banquillo donde se sentaban los homicidas, ladrones y estafadores. Suerte que no corrió Baudelaire, con Las flores del mal seis meses después: condenado el autor, el tribunal mandó suprimir seis de los poemas del libro.

También, hace poco, un usuario de Facebook ha acusado a la compañía ante un tribunal francés por haber suprimido su cuenta, debido a que reprodujo el famoso cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, que está colgado en el Museo de Orsay en París, y que muestra en primer plano una vulva en todos sus detalles, como si se tratara de la ilustración de un texto de ginecología.

La cultura ha sobrevivido a lo largo de la historia de la humanidad derrotando las imposiciones de toda clase de inquisidores. Qué buscar en las redes, qué ver en los museos, en los teatros y las salas de ópera y en el cine, qué leer en los libros y revistas, qué música escuchar, es un derecho que los seres humanos no pueden ceder a nadie. Es nuestra libre escogencia.

 


[Publicado el 07/2/2018 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

Foto Copyright: Daniel Mordzinski 

 

 


Bibliografía

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