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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 15 de diciembre de 2017

 Blog de Sergio Ramírez

El país de la perfecta coreografía

Corea del Norte es el país de la perfecta coreografía. El único del mundo donde todos los ciudadanos, sin excepción, representan un papel en el tablado, cada quien actuando en una gran puesta escénica destinada a durar para siempre. Cada actor y cada actriz hacen el triste papel de vivir felices, y esa felicidad absoluta llega hasta las lágrimas cuando se evoca a la santísima trinidad compuesta por Kim Il- sung, su hijo Kim Yong-il, y el nieto actualmente reinante, Kim Yong-un, elevados a la categoría de deidades celestiales.

Un país de dos pisos. Arriba, el escenario de la eterna representación, donde la dinastía guiada por los tres astros está destinada a prolongarse sin fin; y debajo del tinglado el mundo subterráneo de las hambrunas que matan a centenares de miles, las cárceles secretas, los campos de concentración, los resortes del miedo que obligan a poner las caras sonrientes; todo un engranaje preciso e inflexible que asegura el sometimiento y el silencio. Y allí, bajo el escenario, están también los rehenes, esperando su turno de entrar en escena.
Es de este mundo subterráneo de donde salió en estado de coma, para ser repatriado "por razones humanitarias", el estudiante de la universidad de Virginia Otto Frederick Warmbier condenado a 15 años de trabajos forzados por tratar de "derrumbar los cimientos de la unidad" del reino de la felicidad.

¿Y cómo se proponía este muchacho de 22 años derrumbar esos cimientos? En febrero de 2016 las cámaras de circuito cerrado del hotel donde se alojaba en Pionyang, lo filmaron mientras arrancaba de la pared un cartel de propaganda política del régimen, para meterlo en su maleta y llevárselo como suvenir, pues partía al día siguiente.

Durante el juicio que se le siguió por crímenes contra el estado, el muchacho "confesó" que el hurto lo había cometido siguiendo instrucciones de la Iglesia Metodista Unida de Ohio, con el fin de "dañar la motivación y el trabajo del pueblo norcoreano", con el apoyo, por supuesto, de la CIA.

Si era descubierto en su intento desestabilizador, declaró, la Iglesia Metodista entregaría a sus padres la suma de 200.000 dólares como compensación, pues "sufrían graves dificultades económicas". Los padres, dicho sea de paso, pertenecen a la religión judía, no a la metodista cristiana, como el propio Otto fue también creyente judío.

El tribunal que lo condenó funciona arriba, en el escenario, y el juicio fue televisado. Que el reo no tuviera acceso a defensa legal, pareció irrelevante a quienes montaron el espectáculo. Y frente a sus jueces disfrazados de togas, Otto se convirtió en parte de la farsa colectiva, obligado a mentir, a lo mejor bajo la falsa promesa de que, mostrando arrepentimiento, sería puesto en libertad.

Pero debajo del tablado, tras la condena, lo que le esperaba era cumplir el papel de rehén hasta que se presentara la oportunidad de negociarlo a cambio de alguna concesión de parte de Estados Unidos. Pero esa oportunidad nunca llegó, debido al incremento de las tensiones entre Corea del Norte y Estados Unidos, y sus aliados de la región, ante la insistencia de Kim Yong-un en probar sus cohetes nucleares de largo alcance.

Que Otto era tratado como un rehén, el comunicado emitido por el gobierno de Corea del Norte tras su muerte, no lo oculta cuando dice: "Warmbier es una víctima de la política de paciencia estratégica de Obama, que se obcecó en la mayor hostilidad y negación contra la República Democrática Popular de Corea y rechazó mantener un diálogo con ella".

La luz radiante sigue alumbrando en el escenario los rostros de todo un pueblo que desborda de felicidad, según el guión, y daría gustoso la vida por Kim Yong-un, aficionado a algunos vicios occidentales como las discotecas, las actrices, los autos de carrera, la música hip-hop, el fútbol y el básquetbol, y quien mandó a asesinar en Malasia a su descarriado hermano mayor Kim Jong-nam, pues mantenerlo en el exilio no le fue suficiente.

Todo un prodigio Kim Yong-un, de acuerdo las biografías oficiales de lectura obligatoria en las escuelas y universidades del país más dichoso del mundo: "desde muy niño estuvo dotado de "una inteligencia asombrosa, un agudo poder de observación, una gran capacidad de análisis y una perspicacia extraordinaria, valiente y ambicioso, de pensamiento creativo, miraba cada problema con un ojo innovador pese a su tierna edad".

Mientras tanto, las tinieblas reinan, como siempre, en los subterráneos debajo del escenario.

[Publicado el 28/6/2017 a las 20:25]

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El supremo cronista del poder

La vida de Augusto Roa Bastos, cuyo centenario de nacimiento celebramos este año, parece asunto de sus propias invenciones. Pasó su infancia en Iturbe, un poblado del Alto Paraná, donde se habla por igual el guaraní y el castellano, lo que le dio esa lengua escindida, o doble, que habría de marcar su escritura no sólo en la tesitura verbal, sino también en su carga de tradición oral.

Su padre, Lucio Roa, llegó hasta allí a talar árboles para abrir aquellas tierras al cultivo de la caña de azúcar. Con sus manos construyó los pupitres donde Augusto y su hermana mayor Rosa se sentaban a recibir las lecciones que él mismo les impartía, una hora diaria después de la siesta de la tarde, porque nunca asistieron a la escuela pública.

Cuando se casó con Lucía Bastos se acercaba ya al medio siglo de vida, veinte años mayor que la esposa, con la que estuvo unido por otro medio siglo. Ella fue cómplice de Augusto para que aprendiera la lengua guaraní, prohibida por el padre, y lo introdujo en el mundo oral de las leyendas indígenas. Es cuando aprendió que los árboles guardan dentro de su corteza a seres silenciosos que se lamentan con quejidos lastimeros si son talados.

Luego lo enviaron a Asunción para que siguiera sus estudios en el Colegio de San José, al cuidado de un tío suyo, el obispo Hermenegildo Roa. Fue cuando estrenó sus primeros zapatos. Vivir al lado de un pariente poderoso puede sonar a grato privilegio, pero según le contó a Tomás Eloy Martínez, "tenía un solo par de medias y vivía muerto de hambre", el más pobre entre todos los alumnos hacinados en un dormitorio comunal.

El padre había encargado su custodia para el viaje a una conocida suya, que llevaba consigo un niño de pecho. Debían trasbordar de un tren a otro, con lo que debieron amanecer en la estación intermedia donde había un inmenso cráter provocado por un estallido de explosivos durante una de las tantas revueltas militares. Y cuando en la oscuridad la mujer dio de mamar a la criatura, él se prendió al otro pecho, la primera vez, dice, "que tuvo una sensación erótica".

Esta escena pasó a las páginas de su novela Hijo de hombre, publicada en 1960, donde se relata la guerra del Chaco, que estalló en 1932, enfrentando a Paraguay y Bolivia por la posesión de unos campos petroleros que nunca existieron. Atizando el conflicto estaban detrás la Standard Oil y la Royal Dutch-Shell.

En 1947 huyó del Paraguay cuando el gobierno del general Morinigo ordenó su captura, vivo o muerto, acusado de conspirador comunista. Lo buscaron en las oficinas del diario El País, donde trabajaba como redactor, y tras escaparse por la azotea pasó varios días escondido dentro de un depósito de agua vacío, hasta que pudo salir al destierro hacia Buenos Aires.

Escribió los cuentos de su libro El trueno entre las hojas, publicado en 1953, mientras servía como camarero en un hotel de parejas clandestinas. "El trabajo que hago no es exigente y me quedan muchas horas libres", le dice en una carta a Tomás Eloy; "llevo bebidas a los cuartos y las parejas me dan propinas generosas. Cuando se van, recojo las sábanas y las toallas y las llevo a la lavandería..."

Fue también empleado de una editorial de partituras musicales, guionista de cine, y vendedor de seguros. Su exilio duró cerca de medio siglo. Ahora Paraguay vivía bajo el reinado del general Alfredo Stroesnner, llegado al poder en 1954.

Cuando en 1982 se atrevió a regresar, el dictador lo expulsó del país acusado de tener "ideas bolcheviques", iguales razones por las que décadas atrás había lo había perseguido el general Morinigo.

Su gran novela, y una de las grandes de la lengua, es, sin duda, Yo el Supremo, de 1974, que retrata al doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, el Karaí Guazú, Supremo Dictador Perpetuo de la República, llegado al poder al darse la independencia de España en 1811. Devoto de la ilustración, convirtió al Paraguay en un sepulcro cerrado, sin mendigos ni ladrones ni asesinos, pero también sin enemigos, hacinados en los calabozos, o en los cementerios. Yendo hacia el pasado, traza un relato contemporáneo de Stroesnner, derrocado por fin en 1989.

El doctor Francia de Roa Bastos pugna siempre por salir del sepulcro. Es el astro central y absorbente de un sistema solar regido por la obediencia total. No nos hemos librado de su fantasma empecinado.

 

[Publicado el 12/6/2017 a las 20:08]

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La literatura como espectáculo

A lo largo de cinco años la experiencia de Centroamérica Cuenta ha sido la de plantar una semilla y ver cómo da sus frutos. Empezamos en 2013 con un puñado de escritores centroamericanos y algunos de Francia y Alemania, en salones pequeños, con un público escaso pero curioso desde el principio, y recuerdo que mandábamos a comprar a la esquina las botellas de agua para los participantes de las mesas.

La gran pregunta desde entonces fue: ¿en un país pequeño, se puede convertir en atractivo para el público oír hablar de literatura, de creación literaria, de métodos de escritura, de temas para escribir, de las preocupaciones de los escritores, de las relaciones de la literatura con la realidad y con la sociedad? ¿Pueden esos asuntos salir del ámbito de una minoría selecta y trascender a un público amplio?

De manera creciente, una convocatoria tras otra, hemos venido probando que sí, y derrotando al mismo tiempo el pesimismo, que se vuelve prejuicio, de que en Nicaragua la gente no lee ni se ocupa por los libros, y considera la literatura algo ajeno y etéreo, lejano a las preocupaciones de la vida diaria.

Por eso es que esta vez no podía ver sino con una especie de arrobo cómo, en los intermedios de las mesas de conversación literaria, los asistentes se arremolinaban alrededor de los puestos de venta de los libros de los escritores invitados. El paso trascendental de espectador a lector. No es que en cinco años hayamos logrado convertir a todos en lectores, pero hemos ido abriendo puertas.

Hacemos cada año una apuesta, y todas las apuestas tienen riesgos; pero cada vez trabajamos con más certezas, la primera de ellas que hemos ido conquistando cada vez más público. La conversación como gancho para que, si alguien no ha leído el libro de que se está hablando en la mesa, le den ganas de leerlo y salga a buscarlo. Centroamérica Cuenta al fin y al cabo lo que se propone es desatar una cacería de lectores.

Para convertir la literatura es espectáculo la clave está en que el público se sienta atraído hacia conversaciones informales, lejos del formato de conferencias soporíferas, y que en esas conversaciones se toquen temas que demuestran que en los libros de invención no se habla de otras cosa sino de la vida; que las vidas se parecen unas a otras, y que el lector se hallará siempre frente a un espejo en el que puede ver reflejada la suya propia.

Una madre que es novelista, Piedad Bonnett, escribe un libro sobre el suicidio de su hijo, yendo al fondo del dolor de su propia experiencia. Otro, Renato Cisneros, relata en una novela lo que significó para él haber sido hijo de un general represivo del ejército peruano.
La propia vida se hace carne en la literatura, que al fin y al cabo tiene que ver con la intimidad, y también con el entorno: la música, en el diálogo entre el cantautor Hernaldo Zúñiga, el cronista Alberto Salcedo Ramos y el novelista Pablo Montoya; el futbol, del que ha hablado Manuel Jabois; el barrio donde vivimos nuestra infancia, y en ese escenario entró Sandra Cisneros; la crónica como arte literario, y allí estuvo Leila Guerriero. El cine. Varios de los escritores invitados, entre ellos Leonardo Padura, Alonso Cueto y Rodrigo Rey Rosa, han hablado de sus novelas convertidas en películas, y le hemos mostrado al público esas películas.

Y el espectáculo depende también de quienes se sientan a las mesas de conversación literaria. Son escritores de peso, premiados, celebrados por la crítica, y por los lectores en todas partes del mundo. Traemos a los mejores, no sólo porque tienen cartel, sino porque, como buenos escritores, saben conversar con agudeza y con humor, que son parte del encanto de una buena plática entre amigos. Y el público debe sentirse parte de la tertulia.
Una semana entera donde hubo 30 mesas de conversación literaria, y por primera vez nos atrevimos a programarlas de manera simultánea, al lado de presentaciones de libros y proyecciones de películas, mientras, con participantes previamente seleccionados, se desarrollaban los talleres de formación y un festival de literatura infantil.

En todas partes tuvimos público abundante, curioso, ansioso, interesado. Estamos consiguiendo lo que nos propusimos desde el principio: convertir a la literatura en un espectáculo, y hacer que los lectores se multipliquen.

La cultura es precisamente eso, multiplicar.

[Publicado el 07/6/2017 a las 09:00]

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Maneras de no hacerse viejo

Alguien me pregunta cómo me llevo con las "nuevas tecnologías". Es decir, con el mundo digital. Mi primera reacción, antes de responder, ha sido sonreír con algo de benévola condescendencia frente a mi curioso interrogador. Estas "nuevas tecnologías" sólo pueden parecer nuevas a quien las ve de lejos, o nunca las ha utilizado. Yo empecé a meterme en ellas hace más de tres décadas.

Dejé de escribir a mano desde que tomaba apuntes en las clases de la Facultad de Derecho, pues no tardé en pasarme a las máquinas de escribir mecánicas que sobrevivían en las oficinas públicas como piezas de museo, y luego a las máquinas eléctricas que escribían apenas con un suave murmullo, como la que usé en los años setenta durante mi estancia en Berlín. Pero siempre quería tener a la vista una página perfecta, y cada vez que me equivocaba la hoja iba a dar al cesto de la basura.

Entonces, al comienzo de los años ochenta, cuando en medio de la guerra de los contras el gobierno de Reagan había impuesto un embargo sobre Nicaragua, un amigo me propuso traerme un ordenador de palabras desde Canadá, de contrabando, porque tenía piezas hechas en Estados Unidos, de modo que tuvo que dar una larga vuelta hasta Madrid, para ser embarcada desde allá a Managua.

Llegó la caja donde venía embalada la computadora IBM y sus accesorios, y me hallé frente a un artilugio de propiedades mágicas, como fabricado por las manos mismas del sabio Melquíades. Me dio el amanecer descifrando el manual hasta echarla a andar, y lograr que las letras verdes brillaran en la pequeña pantalla negra, con el cursor que pugnaba inquieto en espera de que presionara la siguiente tecla. Fueron necesarios unos 15 floppies para escribir mi novela Castigo Divino.

Pero aquella computadora primitiva, cuyo lenguaje ya nadie podría hoy descifrar, cambió radicalmente mi manera de escribir. Borrar líneas, suprimir párrafos, trasladarlos de lugar; y esos auxilios de las "nuevas tecnologías", ya para mí tan antiguas, empezaron a reducir el tiempo que antes necesitaba para escribir una novela. Calculo que a la mitad. Y hoy hay que sumar la posibilidad clave de volver sobre los personajes y evitar, como bien puede ocurrir, que uno cambie el color de sus ojos o del cabello decenas de páginas después, ya no digamos los nombres, que es lo menos que puede ocurrir.

Añoro aquellos tiempos en que debía levantarme de la silla a consultar el diccionario, o a buscar un dato en un libro metido en un lejano anaquel de la biblioteca. Pero son nostalgias nada más.

Si un día las computadoras dejaran de existir, algo muy improbable, y las viejas máquinas de escribir no pudieran usarse más, como creo que ya ocurre porque nadie fabrica los carretes de cintas de seda, entonces no dudaría en utilizar la pluma fuente, el bolígrafo el lápiz de grafito. Hasta el cincel, si fuera necesario volver a grabar las letras en piedra. Lo que nunca haría es abandonar el oficio de escribir, porque no es el instrumento el que me condiciona, sino la necesidad de ser escritor, y vivir para serlo.

Y lo mismo debo decir de la lectura. Desde que hace más de diez años mis nietos me regalaron una tableta que ahora me acompaña donde voy, sé que donde la encienda tengo a mano todos los libros del mundo. Soy viejo también en el uso de esta "nueva tecnología". Me encantan los libros verdaderos, hechos de papel, y sigo entrando a las librerías de todas partes del mundo en su busca. Es la primera visita que hago en una ciudad, como quien entra a un santuario, y de vuelta en Managua, ya no hallo dónde ponerlos. Pero puedo leer de las dos maneras, sin dificultades de ánimo, ni mala conciencia. Por el hecho de leer en la pantalla, no siento que esté traicionando a los libros, mis viejos y entrañables conocidos.

Y también están las otras "nuevas tecnologías" en las que me siento como pez en el agua: las redes sociales. Abrí mi página de escritor hace veinte años. Y mis seguidores y amigos en Facebook, en Twitter, son los amigos y seguidores de un escritor y de sus libros, y me siento feliz de poder comunicarme con mis lectores, tenerlos a mano, y que ellos me tengan a mano a mí.

Creo que una de las maneras de no hacerse viejo, es viviendo en el mundo nuevo.

[Publicado el 31/5/2017 a las 09:00]

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Nosotros los otros

Este lunes 22 de mayo arranca en Managua la quinta convocatoria de Centroamérica Cuenta, que contará con más de doscientos participantes entre narradores, cronistas, cineastas, académicos, críticos, traductores, ilustradores, libreros, editores y talleristas, provenientes de unos treinta países.

El propósito del encuentro sigue siendo establecer un puente de comunicación de ida y vuelta entre los escritores centroamericanos y sus pares de otros países. Centroamérica "cuenta" porque hay infinidad de historias para ser contadas en su realidad cotidiana y en el imaginario de sus escritores; y "cuenta" porque su cultura tiene un peso propio, que debe ser conocido y reconocido fronteras afuera. Fruto de esta aspiración es que tanto en lengua alemana como francesa, se publiquen antologías de cuentos de jóvenes centroamericanos participantes del encuentro.

Junto a las conversaciones delante del público donde los escritores centroamericanos alternarán con los de otras partes del mundo, se celebrarán talleres que van desde el periodismo narrativo a la novela negra y la narración oral, a la formación de lectores y la traducción literaria. Un ciclo "literatura hecha cine", donde se presentarán películas basadas en novelas de escritores invitados. Un encuentro de literatura infantil, "Contar a los niños". Y presentaciones de libros publicados tanto por editoriales centroamericanas, como de fuera de la región.

Es una convocatoria cada vez más ambiciosa. Centroamérica Cuenta es un lugar abierto de encuentro para hablar de literatura y sus infinitas conexiones con la realidad contemporánea, y que este año dedicamos a André Malraux y Albert Camus. Ambos encarnan el espíritu de la libertad creadora; Camus desde sus reflexiones sobre el intrincando destino de los seres humanos, y Malraux ejemplo cimeros del escritor comprometido, combatiente del lado de la república española, y novelista ejemplar también.

Celebraremos en Centroamérica Cuenta el centenario del nacimiento de Juan Rulfo y de Augusto Roa Bastos, dos escritores de lugares distantes entre sí en la geografía de América, México y Paraguay, que reinventaron nuestra literatura desde el lenguaje, como no hay otra manera de hacerlo.

Hace medio siglo Miguel Angel Asturias, autor de El señor Presidente, otro clásico, ganó el Premio Nobel de Literatura. Y se cumple también el medio siglo de la aparición de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, de quien hablaremos en su doble papel de novelista y de periodista.

En un mundo como el de hoy, donde las peores amenazas contra la convivencia humana provienen de la discriminación, el racismo, la intolerancia política y religiosa, el desprecio a la diversidad, el lema de Centroamérica Cuenta es este año Nosotros los otros. No simplemente la tolerancia, que es una forma pasiva de ver a los demás que no son como nosotros, sino ser, ver, sentir como los otros, encarnarse en ellos, trasladarnos hacia ellos, meterse debajo de su piel, ser nosotros en el otro.

La literatura es capaz de promover este viaje profundo hacia los otros, porque no existe otro territorio más diverso ni más abierto. En la creación literaria cabe todo y cabemos todos, y desde la invención es posible derribar muros. La palabra es el instrumento privilegiado para abrir puertas, comunicar, juntar, concertar, multiplicando las individualidades. Es el viaje desde la cabeza del escritor hacia la cabeza del lector donde la imaginación, que no tiene ataduras, ensaya siempre la libertad. Cada vez que alguien escribe y cada vez que alguien lee, estamos tendiendo puentes y buscando ser el otro, ser todos los demás.

Los otros son los emigrantes forzados a partir en busca del bienestar y la dignidad que en sus propios países se les niega. No Ulises que regresa a su patria, sino Ulises al revés, que deja su patria y a lo largo de una ruta azarosa debe enfrentar peligros inimaginables, a merced de bandas criminales, entre extorsiones, secuestros, y amenazas mortales, por lo que no pocas veces van a parar al fondo de una fosa común antes de haber podido divisar la tierra prometida, un espejismo al otro lado de un muro que pretende ser inexpugnable. La literatura y el arte van constantemente hacia ellos. Vistos en su conjunto, representan un fenómeno social; vistos en sus vidas individuales, su drama entra en el terreno de la literatura.

Y también están los otros que son distintos, y por tanto discriminados y reprimidos, por el color de la piel, por razones de género, por sus preferencias sexuales. La literatura, en su dimensión necesariamente universal, emprende igualmente el viaje hacia ellos, para encontrarlos, y encontrarse en ellos.

[Publicado el 17/5/2017 a las 09:00]

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La función ha terminado

Un amigo que ha visto el video donde aparece Nicolás Maduro empuñando una poderosa arma de guerra, de esas de las películas de Van Damme, me explica que se trata de un fusil automático Fara 83. Los sabe porque participó en la guerra de los ochenta en Nicaragua entre contras y sandinistas, que costó más de 30 mil muertos.

Maduro, que aparece sentado en una plataforma móvil, demuestra su ignorancia en cuanto a armas, afirma mi amigo: tiene la mano izquierda colocada en medio de la manivela de recarga, y lo menos que le puede pasar apenas hiciera el primer disparo, es que se lo desgonce el dedo.

Quien desconoce cómo se manipula un fusil que tiene una cadencia de tiro de 750 cartuchos por minuto, puede causar una verdadera mortandad; excepto que sus subalternos le hayan entregado el arma descargada al Comandante Supremo de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Y mientras apunta el cañón hacia arriba, como si buscara aviones enemigos en el cielo de Caracas, dice:

"Estas podemos llevar unas 10.000 o 20.000 a todos los barrios, los campos, para defender el territorio de Venezuela, la patria, la soberanía, junto con otro tipo de armamento que estamos preparando en secreto para poder moverse en los barrios, campos, todos lados". No me culpen de la prosa de Maduro; lo único que hago es transcribir sus palabras enardecidas de héroe de película de guerra.

Para un hombre acosado, que ve como el mundo se desmorona alrededor suyo, estos alardes no deben tomarse a risa. También habló del "derecho histórico de combatir en todo el territorio americano. Nadie nos quitaría ese derecho...retroceder nunca, rendirse jamás".

Esto último, título de una película de Van Damme.


Fusil en mano, amenaza con una guerra total, sin fronteras. Maduro resucita en Simón Bolívar para librar una nueva batalla por la independencia de los países del continente, que nadie le está solicitando. Y además de hallarse bastante pasado de peso como para marchar a la cabeza de sus ejércitos libertadores, eso es algo que sólo puede decir quien ya no tiene control de sí mismo.

Pero eso no es todo. También anuncia que ha aprobado "al ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, planes para expandir la Milicia Nacional Bolivariana a 500,000 milicianos y milicianas con todos sus equipos". El pueblo en armas a las calles, a los campos; y cuando sea necesario, más allá de las fronteras.

Una de las clásicas manifestaciones de la esquizofrenia del poder, es cuando alguien que gobierna, se refiere a sus partidarios como "el pueblo". El pueblo que votó masivamente en contra del partido de Maduro en las elecciones legislativas, y dio a la oposición la mayoría calificada, que hasta ahora le ha sido birlada, no existe.

El pueblo que sale desarmado todos los días a las calles a exigir que le devuelvan sus derechos confiscados, entre ellos el de vestirse, curarse, comer, no existen. Las víctimas mortales de la represión de los paramilitares, tampoco entran en esa contabilidad sectaria de lo que es "el pueblo". Todos ellos son enemigos. Traidores. Millones de traidores.

El único pueblo que vale es el que viste las camisas rojas del Partido Socialista Unido, y aún está por verse si la lealtad entre las filas de partidarios del régimen es tan sólida como Maduro cree, o aparenta creer. ¿La Fuerzas Armada estaría de verdad dispuesta a repartir medio millón de fusiles entre civiles, lo que triplicaría en número a los efectivos militares regulares? ¿Tendrían la capacidad de controlarlos? Ese acto podría significar nada menos que la invitación a una verdadera guerra civil.

En lugar de buscar como desarmar a tantos miles en posesión ilegal de armas, incluidas las que están en poder de las propias bandas del gobierno, delincuencia común más delincuencia política, Maduro anuncia, con extravagante lógica, que apagará el fuego con pólvora viva.
Los muertos en las calles son, hasta ahora, víctimas de las bandas paramilitares, y aunque la Fuerza Armada ha declarado su lealtad a Maduro, eso sólo se sabrá de cierto cuando ordene que las tropas salgan a la calle a disolver a balazos a los manifestantes.

Todas las batallas para Maduro están ya perdidas. La batalla diplomática, la batalla de la opinión pública, la batalla económica, la batalla social, con los antiguos barrios baluartes del chavismo ahora en contra. La batalla en las calles.

Alguien de los suyos debería poder decirle que es hora de hacer mutis por el foro. La función ha terminado.

 

[Publicado el 03/5/2017 a las 11:27]

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La historia en las paredes

No sé a quién se le ocurrió bautizar a Daniel Mordzinski como el fotógrafo de los escritores, pero no hizo sino confirmar una verdad muy obvia. Pero si jugáramos a la rayuela con las palabras, como le gustaba a Julio Cortázar, yo diría más bien que Daniel es un escritor fotógrafo, que usa la cámara como si fuera la pluma para escribir y describir cuerpos y rostros, situaciones, momentos, perfiles, rasgos, que deja para la historia con una precisión que asombra, y que serán claves para determinar en el futuro, digamos dentro de un siglo, quiénes eran y cómo eran los escritores de esta traslape de milenio tan incierto, y tan lleno de descubrimientos tecnológicos, pero también de horrores.

Gracias a la iniciativa de Acción Cultural Española, ahora viaja por América una gran exposición de sus fotografías de escritores hispanoamericanos, "Objetivo Mordzinski", En la muestra también hay vitrinas donde se exhiben los instrumentos que a su vez nos cuentan la historia de su oficio: cámaras que son ya verdaderas piezas de museo, rollos de película, tiras de negativos, copias de contacto...todo lo que se llevó el viento de la era digital.

Posar no es la palabra que yo usaría cuando uno se deja fotografiar por Daniel. Cada escritor queda retenido, o congelado, en una circunstancia que él inventa cada vez, siempre lleno de apuro, y entonces esa circunstancia se vuelve extraña y atractiva, y es lo que el espectador verá al acercarse a la foto.

Vamos caminando por una calle de Arequipa, hallamos el portón del convento de Santa Catalina, entramos a una de las celdas de las monjas enterradas en vida, encuentra el ángulo, te coloca donde él ha elegido, y un segundo después oyes que dice sus palabras rituales "gracias señores", y todo se acabó. O en Nicaragua, donde subimos hasta el cráter del volcán Santiago, y la cámara me mira de lejos, rodeado de desolación.

Como en la escritura, las fotos de Daniel son un asunto de invención. Hay que imaginar antes lo que va a ocurrir en la foto, como si fuera una página en blanco. Y los escritores fotografiados deben someterse a un juego imprevisible, cuyos resultados aleatorios sólo él conoce.

Así tendremos a Elmer Mendoza convertido en soldado de Panco Villa, las cananas cruzadas en el pecho; a Héctor Abada Faciolince, a caballo, como un finquero cualquiera de Jericó, en su tierra de Antioquia; o a Juan Gelman tocando el bandoneón como si fuera el mismísimo Troilo acompañando al Turco Goyeneche en el ya extinto Caño 14.

El retrato que le tomó, siendo adolescente, a Jorge Luis Borges, es su foto fundacional. Usó una cámara de aficionado que le sacó prestada a su padre, y lo imagino revelándola, ese misterioso proceso cuyo nombre lo dice todo, revelación, y que pasa ya al olvido, y luego viendo a trasluz el negativo, un Borges en blanco y negro que realza en la oscuridad, igual a la de su ceguera, las manos apoyadas en el bastón que no se ve en el cuadro, pero que la imaginación reconoce como el bastón de Borges.

Empezó en Buenos Aires con ese retrato hace más de 30 años, y luego se fue al exilio en París al llegar la dictadura militar de Videla. Y allá hizo otra foto imprevista a Julio Cortázar, cuando era un principiante desconocido y se atrevió a invitarlo por teléfono a la inauguración de su exposición, a la que el Gran Cronopio, para su sorpresa, asistió.

Y García Márquez vestido de blanco, sentado al borde de su cama vestida también de blanco, en el dormitorio de su casa de Cartagena, vecina al hotel Santa Clara, el antiguo convento donde descubrieron los restos mortales de Sierva María, cuyo cabello no dejó de crecer nunca. De perfil Gabo igual que Borges, Gabo como quien espera en una estación olvidada el tren que va a llevarlo para siempre a Aracataca.

Carlos Fuentes frente al mar y al fondo una palmera solitaria, un mar que sería siempre el mar de Veracruz. Y Mario Vargas Llosa recostado en una cama de hotel, escribiendo a mano a la luz de una vela flauberiana.

Cuando Daniel cuente en un libro la historia de cada foto que ha tomado, será el segundo tomo de su historia de la literatura contemporánea. El primero lo ha escrito ya con su cámara, y en lugar de leerse, puede verse, esos centenares de fotos colgadas en las paredes, como si fueran páginas.

[Publicado el 18/4/2017 a las 16:00]

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En el nombre del padre

Hemos celebrado en San Salvador una jornada que viene a ser preámbulo de Centroamérica Cuenta, el encuentro internacional de escritores que tendremos por quinta vez en Managua en mayo de este año. A esta primera jornada la llamamos En el nombre del padre.

En el encuentro de hace dos años tuvimos a Héctor Abad Faciolince, y una tarde me tocó llevarlo a una entrevista con Carlos Fernando Chamorro, quien conduce el programa independiente de televisión Esta Semana.

En las paredes de su oficina hay fotos de su padre, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado el 10 de enero de 1978 en una calle solitaria de Managua. Viajaba al volante de su auto, sin ninguna escolta, a pesar de ser el enemigo número uno marcado por Somoza, y unos sicarios le cerraron el paso y lo mataron a escopetazos. Ese asesinato encendió la chispa que haría posible el triunfo de la revolución al año siguiente.

Héctor recorrió las paredes, mirando aquellas fotos. Su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario, defensor de los derechos humanos, fue asesinado en las calles de Medellín, por órdenes del jefe paramilitar Carlos Castaño, el 25 de agosto de 1987.

Fue un asesinato entre miles durante aquel período terrible. Y daría pie a un formidable libro El olvido que seremos, que busca fijar en la propia memoria de Héctor, y en la de los demás, la historia de aquel médico que pagó con la vida su tarea humanista de defender y proteger a las víctimas de la violencia y la represión.

Carlos Fernando pudo ver el cadáver de su padre acribillado de perdigones, en la morgue del hospital de Managua. Héctor corrió junto con su madre al lugar del crimen al saber la noticia de que habían abatido al suyo, y alcanzó a retirar de uno de sus bolsillos un papelito donde había copiado a mano un soneto de Borges que empieza: "ya somos el olvido que seremos...". Ahora este poema sirve como epitafio en su tumba.

Héctor le pidió entonces a Carlos Fernando que le contara cómo habían matado a su padre. Escuchaba ávido, volvía a preguntar. Uno quiere saber siempre los detalles, nos dijo. Como en un espejo ensangrentado, la historia que Carlos Fernando le contaba, reflejaba la suya propia.

En San Salvador, sumamos a un tercer hermano de sangre, Alejandro Poma, para un diálogo entre los tres. Su padre, el empresario Roberto Poma, fue secuestrado el 27 de enero de 1977, e un operativo organizado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las facciones de la guerrilla salvadoreña.

Herido durante el secuestro, murió en cautiverio, y aun así sus captores siguieron adelante las negociaciones con su familia para el cobro del rescate, que fue pagado. Casi dos meses después, fue descubierto el sitio donde había sido enterrado su cadáver.

Alejandro dijo que cuando asesinaron a su padre apenas tenía cuatros años, y a tan corta edad no es posible fijar detalles que uno pueda recordar. Pero hay una diferencia entre recuerdo y memoria. Él guarda la memoria de aquellos hechos, aunque no los recuerda, una memoria cultivada con el ánimo de mirar hacia el futuro. Su convicción es que el futuro entre todos, en un país por años polarizado, no se puede construir con rencor.

En 2012, al celebrarse el vigésimo aniversario de los Acuerdos de Paz que pusieron fin a la guerra civil, Alejandro había escrito: "Rompamos el ciclo vicioso del resentimiento y la acritud; rechacemos a todos aquellos que lo fomentan y manipulan en detrimento de la sociedad. Librémonos de las actitudes y prejuicios que nos mantienen anclados a los aspectos nocivos del pasado".

Héctor, cuando se dio la amnistía que beneficiaba a los paramilitares, entre ellos los asesinos de su padre, la respaldó, igual que promovió el sí en el plebiscito de los Acuerdos de Paz negociados entre el gobierno del presidente Santos y las FARC.

Aquella vez del primer encuentro entre Héctor y Carlos Fernando, Daniel Mordzinski, hizo salir a Carlos Fernando y a Héctor a un patio, y pidió a los dos hermanos de sangre que se situaran frente a frente, mirándose a los ojos, y que se agarraran de los brazos. Y tomó la foto.

Ahora los hermanos de sangre son tres. Daniel está otra vez allí. Les pide que permanezcan en el escenario del teatro, y que se agarren de los brazos, mirando a la cámara. Los hijos que han hablado en el nombre del padre.

[Publicado el 05/4/2017 a las 09:00]

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El diablo en el cuerpo

Si alguien quiere imaginar un lugar remoto de Nicaragua, perdido en la incierta geografía de las selvas de la costa del Caribe, no hay mejor ejemplo que El Cortezal. Aquí fue donde literalmente el diablo perdió el poncho.

Y esta historia trata precisamente del diablo. Vilma Trujillo, una joven campesina de aquella comunidad lejana, fue quemada viva el pasado mes de febrero por el pastor de la iglesia Misión Celestial, Juan Gregorio Rocha, y varios cómplices suyos.

La declararon poseída por el demonio: veía visiones, y hablaba incoherencias. La encerraron amarrada de pies y manos en la casa pastoral, y así la mantuvieron durante seis días. No la liberaban ni para hacer sus necesidades fisiológicas, por lo que se defecaba y orinaba encima.

Mientras tanto, en el vecino templo de la congregación, el pastor y los fieles oraban para librarla de Satanás. Entonces, una de las devotas escuchó una voz: había que purificar a la endemoniada en la hoguera. Muy expedito, el pastor mandó a recoger leña. Amarraron a su víctima a un tronco, y antes de que amaneciera la lanzaron desnuda al fuego.

El pastor no cabía en sí de alegría: ‘¡Ya se va a morir y va resucitar! En cuanto se muera la metemos en la iglesia y la vamos a entregar a Dios y va a estar sana", exclamaba. Luego, moribunda, fueron a botarla a una cañada. Las quemaduras habían abrasado su piel y órganos vitales, y nada se pudo hacer ya por ella.

En El Cortezal, donde no hay ninguna escuela, el pastor Rocha era jefe de policía, juez de instrucción y de apelación, exorcista, brujo, director espiritual, carcelero y verdugo. Todos los vacíos del poder del estado y del poder social en aquella remotidad los llenaba él solo. Y, también fungía como juez moral.

Porque Vilma fue quemada bajo acusación de adulterio. Tenía el diablo en el cuerpo y sólo el fuego podía purificar su carne. Uno de los cómplices lo explica: "el demonio que se había apoderado de la mujer era de adulterio...tenía su compañero de vida y cometió error con otro hombre y seguro Dios la castigó de esa manera y se endemonió".

Y el marido de Vilma, Reynaldo Peralta Rodríguez, quien se hallaba haciendo trabajos agrícolas lejos de El Cortezal mientras duró el auto de fe, lo confirma: "Para mí, mi mujer no estaba endemoniada, lo que le hicieron fue una brujería, porque ella tomaba un remedio que le dio un hombre que la había violado y desde que comenzó a tomar eso cambió un poco conmigo".

Bajo el manto oscuro del fanatismo religioso los jueces morales abundan, sean analfabetos o letrados. El demonio de la concupiscencia tiene preferencia por el cuerpo de las mujeres "locas de su cuerpo", que pagan su delito moral en las hogueras en la edad media, como Vilma, o llevando la A de adúltera cosida al pecho, como en la sociedad puritana de Nueva Inglaterra en el siglo diecisiete. Es lo que narra Nathaniel Hawthorne en La letra escarlata, la historia de Hester Prynne, obligada a proclamar ella misma su pecado exhibiendo aquella señal infamante.

El Cortezal no es más que un escenario primitivo de la represión social que sigue viva en América Latina contra las mujeres trasgresoras. Y el demonio continúa siendo el terrible pretexto de la represión contra las mujeres, que son las que abundan en ese imaginario perverso. De hombres quemados vivos por pecados de la carne, son pocas las noticias.

Uno de los jerarcas de las Asambleas de Dios, a la que pertenece la iglesia Misión Celestial, declaró que en el aquelarre se dio una "intervención demoníaca" y la situación se salió del control de los inquisidores rurales; el pastor Rocha carecía de "conocimientos teológicos" y su ingenuidad lo privó de buscar ayuda o asesoramiento de parte de un líder cristiano.

¿Qué clase de asesoramiento necesitan unos fanáticos, extraviados en la ignorancia, para sacarle el diablo del cuerpo a una pobre mujer indefensa? Para otro de los pastores de la congregación, "lo que ocurrió ahí fue un exabrupto, un manejo inadecuado de la situación".
Y uno más dice que la intención del pastor de la hoguera y sus cómplices de asesinato "era buena". Sin embargo, "al inmiscuirse la extraña voz, el resultado fue la muerte." Un error de interpretación.

La extraña voz. La voz que ordenó quemar viva a Vilma Trujillo. A través de los siglos, la ignorancia de analfabetos y letrados sigue oyendo esa misma voz.

[Publicado el 22/3/2017 a las 09:00]

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Mitades indisolubles

Volando hacia el oeste desde Houston en el pequeño y apretado Embrair, el desierto parece prolongase hasta el infinito, la sabana de arena y los matojos secos que se van sucediendo como si el paisaje árido se copiara a sí mismo en espejos calcinantes. Voy hacia El Paso, situado en una esquina donde se acaba Texas y la raya divisoria enseña que comienza Nuevo México, para hablar en un congreso de literatura organizado por la sede local de la universidad estatal.

Pero la cuña debajo es el estado de Chihuahua, arena desolada también, mientras el río Bravo, como figura en los mapas de Estados Unidos, o río Grande, como se llama en los de México, discurre entre ambos países de manera casi invisible, a veces pequeños charcos, a veces un hilo de agua entre las piedras. Es en otros trechos de su extenso curso donde los inmigrantes clandestinos buscan atravesarlo a nado, los morrales a la espalda.

A lo largo de los más de 3 miles kilómetros de frontera hay poblaciones a ambos lados que se aproximan, desde San Diego y Tijuana en el Pacífico hasta Brownsville y Matamoros en el Atlántico, pero en ninguna parte como aquí se trata de la misma ciudad dividida en dos mitades, el antiguo poblado de El Paso del Norte, que en tiempo fue uno solo: de un lado El Paso tejano, provinciano y apacible, del otro Ciudad Juárez, feroz y multitudinaria.

La amiga profesora universitaria que me acompaña en este recorrido a lo largo de la cerca de acero que aparece y desaparece, y a veces es doble, con un espacio intermedio para los vehículos de las patrullas fronterizas, me dice que ella es de los dos lados, y nunca podrá dejar de serlo. Vive y da clases en El Paso, sus padres residen del lado mexicano, y hoy asistirá al concierto de José Luis Perales en Ciudad Juárez.

Estudiantes y trabajadores cruzan los accesos peatonales para ir y volver cada día. "Son mitades indisolubles", me dice, mientras continuamos este extraño recorrido turístico. He querido ver dónde es que Trump intenta construir su muro, pagado, según se ufana, por los propios mexicanos.

Según él, costaría 8 mil millones de dólares. Y calcula que deberá tener entre 10 y 12 metros de altura, equivalente a un edificio de cuatro pisos, "para que sea un muro de verdad". ¿Y cómo lucirá ese muro? "Lucirá bien, tan bien como pueda lucir un muro", responde con implacable lucidez. De todos modos, un poco más modesto en extensión que la muralla china, con sus 21 mil kilómetros; más baja, sin embargo, que el futuro muro de Trump, pues aquella se eleva apenas 7 metros.

El muro de Berlín no corría muy largo, lo suficiente para mantener prisioneros a los habitantes de una mitad de la ciudad, 125 kilómetros de perímetro, con una altura de apenas 3.6 metros, puro hormigón armado. Un muro para no dejar salir a la gente. El de Trump será para no dejar entrar, igual que la muralla China, destinada a impedir el paso de las hordas de mongoles y manchurianos. Inmigrantes mexicanos y centroamericanos, he allí las nuevas hordas que ahora se toparán en medio del desierto con esa alta pared, lisa, inexpugnable.
Para los amigos residentes en El Paso, mexicanos y latinoamericanos de origen, como la profesora que me acompaña a la excursión, el tema inagotable es el muro de Trump.

Para unos es más bien que físico, ideológico. Un muro construido en la mente. Un muro que excluye, que discrimina, y que se articulará a través de un conjunto de decretos, leyes y medidas administrativas para contener la ola migratoria, y a la vez para buscar como expulsar al menos una parte de los 11 millones de inmigrantes ilegales.

Para otros, se trata de algo imposible, que se quedará en la mente de quienes se aferran a la nación blanca, incontaminada de inmigrantes latinos pobres. Expulsar a tantos millones de ilegales sería una empresa absurda, para la que no darían abasto los 15 mil nuevos agentes de migración que Trump ha ordenado contratar.

Pero estos son otros Estados Unidos, sin duda. No se trata sólo de los inmigrantes, sino de las libertades públicas, de los derechos civiles, del temor a una autocracia.

¿Una autocracia en Estados Unidos? Mis amigos universitarios asienten, ensombrecidos. Ven el peligro cernirse sobre sus cabezas, y tienen la esperanza de que la gente, apoyada en las instituciones, resistirá cualquier embate autoritario.

[Publicado el 08/3/2017 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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