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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 23 de junio de 2018

 Blog de Sergio Ramírez

Nuevos nombres de la mentira

Hay una lucha sorda entre verdad y mentira que se libra en la novela y demás obras de ficción, y así mismo en la crónica o el relato periodístico. En la ficción, que cuenta situaciones imaginarias vividas por personajes imaginarios, se miente con toda legitimidad, y en el relato de prensa, que describe hechos, la mentira es ilegítima.

Recuerdo una vez en que mi amigo Jon Lee Anderson me entrevistó para un reportaje sobre el pretendido Gran Canal por Nicaragua, que escribía para The New Yorker. Cierto día recibí una llamada del departamento de "fact checking" (verificación de hechos) de la revista. Debían verificar si era cierto todo lo que Jon incluía como dicho por mí. Fue un interrogatorio detallado, casi judicial. Y no sólo comprueban las palabras de los entrevistados, sino también las afirmaciones que el autor del reportaje haga, bajo el principio de que "las palabras verdaderas son más importantes que las palabras bonitas".

Hay un punto intermedio que Truman Capote buscó en lo que llamó "real fiction" (ficción real), una de las grandes vueltas de tuerca del periodismo moderno, plasmada en su libro A sangre fría, una obra maestra, en el que narra el asesinato de una familia de granjeros en el estado de Texas, perpetrado por dos muchachos delincuentes, que terminan en la silla eléctrica.

Capote usa los procedimientos imaginativos propios del relato de ficción para contar los hechos, sin falsearlos ni alterarlos. Es lo mismo que hizo Gabriel García Márquez en su Relato de un náufrago, publicado por entregas en El Espectador de Bogotá, antes de convertirse en libro, y que disparó la tirada del periódico. Era toda una hazaña entretener al público con un relato que en manos de cualquier otro hubiera podido resultar monótono, la sobrevivencia de alguien perdido en alta mar, viviendo las mismas ocurrencias día tras día.

Siempre me he considerado un escritor realista, que edifica su aparato de invención sobre los relieves del mundo verdadero, sin alterarlos. Es lo que da legitimidad a la mentira. Se investigan los hechos, igual que lo haría un periodista, pero llega un momento en que los caminos se separan: el periodista debe atenerse hasta el final a los hechos, mientras que el novelista, a partir de los hechos, tiene toda la libertad del mundo para mentir.

No sólo se separan los caminos, sino que entre ambos se abre una brecha que adquiere naturaleza ética. Aunque se mienta a mansalva en la ficción, se trata de una mentira inocente. Quien abre las páginas de una novela, ya sabe que se trata de una invención, y entra entonces en lo que se llama "la suspensión de la incredulidad". Comienza a creer que todo es cierto, por obra del arte del novelista.

Pero si se miente deliberadamente en una crónica, un reportaje, en una simple nota periodística, entonces está de por medio el dolo. Y quizás los medios de comunicación pudientes, como The New Yorker, cuidan no sólo su prestigio verificando los hechos, sino también que no vayan a ser demandados judicialmente, porque la mentira tiene un costo monetario elevado.

Ficción versus realidad. "Hechos alternativos" es uno de los términos de mayor impacto contemporáneo en este sentido, inventado por la consejera de la Casa Blanca, Kellyanne Conway, recién pasada la toma de posesión del presidente Trump en enero de 2017. Su secretario de prensa había afirmado que aquel acto había roto todos los records de asistencia, y de audiencia por televisión, un afirmación cuya falsedad era fácilmente demostrable: con sólo comparar los datos del número de personas que había abordado el metro ese día, y el día de la primera investidura de Obama, se probaba que Trump había tenido mucho menos gente.

Cuando Chuck Todd, el entrevistador del programa Meet the Press confrontó a la señora Conway diciéndole que aquella era una "falsedad demostrable", ella respondió que lo que él estaba dando era nada más un «hecho alternativo». Así se acuñó está frase tan célebre hoy. ¿Un hecho alternativo a qué? A la falsedad, porque la verdad de los hechos no tiene alternativa, salvo en las novelas y en los cuentos, en el teatro, en el cine. Semejante tipo de conceptos pretenden convertir los hechos en mentiras dolosas, prestando elementos a la invención de manera ilegítima, o secuestrándolos.

La realidad real es la mía, aunque sea mentira; la tuya no es más que una realidad alternativa. Si soy dueño del poder, lo que diga siempre será verdad. Los demás, sólo tendrán en sus manos un arma débil, desacreditada, la realidad alternativa. Los hechos sometidos a duda, cuestionados. Todos los diques de la lógica y de la ética se rompen, y las aguas sucias e impetuosas de la mentira lo inundarán todo.

Otro nuevo nombre de la vieja mentira es la posverdad, un término que ha entrado ya en el Diccionario de la Lengua Española: "Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales". Es un neologismo de antiguas raíces.

La demagogia siempre ha procurado que los hechos objetivos sean sustituidos por las mentiras sustentadas en las emociones y en las creencias en determinados valores, aunque estos sean espurios, como la superioridad de una raza, la infalibilidad de una creencia religiosa, la superioridad del sexo masculino, el credo ciego de un partido. Se trata de que la realidad simple se ignorada, y sustituida por dogmas hijos del fanatismo. "El que algo aparente ser verdad es más importante que la propia verdad", dice el Diccionario Oxford de la posverdad.

Hacer que se ignoren los hechos, sobre todo a la hora de conducir a los rebaños de votantes a las urnas para elegir candidatos fundamentalistas, o demagogos, o movilizar a la gente en las calles contra los inmigrantes retratándolos una y otra vez, en el discurso posverdad, como causantes de males y amenazas. Es la búsqueda del triunfo definitivo de la propaganda sobre la razón.
 

[Publicado el 21/2/2018 a las 09:00]

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Prohibido prohibir

Hay quienes piensan, y están en todo su derecho, que la trama de la ópera Carmen es machista. Don José, despechado porque Carmen, su amante, lo rechaza para irse con un torero de fama y gloria, mientras él no es más que un soldado sin fortuna, termina acuchillándola, y esta es la celebrada escena final, antes de que caiga el telón.
Carmen, un personaje originalmente literario, debe más su popularidad a la música que a la literatura. La novela de Prosper Merimée sobrevive gracias a la ópera compuesta por su compatriota Georges Bizet.

Hace pocas semanas el teatro Maggio Musicale de Florencia estrenó una versión de Carmen con un final diferente, ideado por el director Leo Muscato. En la famosa última escena, en lugar de que el despechado don José acuchille a la desdichada Carmen, ella le arrebata la pistola y lo mata de un balazo.
 
Este cambio radical en la representación, la víctima femenina convertida en victimaria, tiene el propósito declarado de denunciar la violencia machista, dado que la versión original no es sino un ejemplo, un mal ejemplo, de feminicidio. Así lo justificó el teatro.
Esto nos llevaría a una cadena infinita de revisiones de los relatos clásicos desde una perspectiva de género. Al lobo del cuento de la Caperucita Roja de los hermanos Grimm, habría que dejarlo como está: como depredador sexual recibe su merecido porque el cazador le llena la barriga de perdigones. Pero lo que debió haber hecho Madame Bovary, en lugar de envenenarse, es pegarle un tiro tan certero como el de la nueva Carmen a su amante Rodolphe Boulanger cuando, asediada por los acreedores, busca su auxilio y él se niega a socorrerla.

A finales del año pasado, una ofendida señora, de moral muy victoriana, consiguió reunir cerca de 9 mil firmas para demandar que el Museo Metropolitano de Nueva York retirara de la vista del público la pintura de Balthus El sueño de Teresa, "porque promueve el voyerismo y la cosificación de los niños". El cuadro representa a una muchachita de 13 años que duerme la siesta en una silla, con la pierna levantada, y deja a la vista su ropa interior.

Al contrario del criterio de la dama pudibunda, este cuadro, que data de 1938, ha sido visto siempre por la crítica como muestra de la despreocupada pureza infantil que emana de la placidez del sueño. El museo rechazó la petición: "Las artes visuales son uno de los medios más importantes que tenemos para reflexionar a la vez sobre el pasado y el presente, y esperamos motivar la continua evolución de la cultura actual a través de una discusión informada y de respeto por la expresión creativa", expresó en un comunicado.

Pero también una de las grandes novelas del siglo veinte, Lolita, de Vladimir Nabokov, donde se narra la relación sexual de una adolescente con un adulto que bien podría ser su padre, tardó en encontrar editor, y publicada por fin en 1955 estuvo prohibida en Francia e Inglaterra, bajo la acusación de pornográfica y de promover la pedofilia.
Lo mismo la magistral novela Ulises de James Joyce, prohibida por inmoral en Estados Unidos en 1920 y mantenida en la lista negra durante diez años; y más atrás, Flaubert sometido a juicio criminal en 1857 bajo el cargo de ensalzar el adulterio en Madame Bovary, pero absuelto por la corte tras ocupar durante varias sesiones el mismo banquillo donde se sentaban los homicidas, ladrones y estafadores. Suerte que no corrió Baudelaire, con Las flores del mal seis meses después: condenado el autor, el tribunal mandó suprimir seis de los poemas del libro.

También, hace poco, un usuario de Facebook ha acusado a la compañía ante un tribunal francés por haber suprimido su cuenta, debido a que reprodujo el famoso cuadro de Gustave Courbet El origen del mundo, que está colgado en el Museo de Orsay en París, y que muestra en primer plano una vulva en todos sus detalles, como si se tratara de la ilustración de un texto de ginecología.

La cultura ha sobrevivido a lo largo de la historia de la humanidad derrotando las imposiciones de toda clase de inquisidores. Qué buscar en las redes, qué ver en los museos, en los teatros y las salas de ópera y en el cine, qué leer en los libros y revistas, qué música escuchar, es un derecho que los seres humanos no pueden ceder a nadie. Es nuestra libre escogencia.

 


[Publicado el 07/2/2018 a las 09:00]

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Dolores Morales

Cuando presenté en el Instituto Cervantes de Madrid mi nueva novela Ya nadie llora por mí, alguien de entre el público preguntó por qué mi personaje, que está también en El cielo llora por mí, siendo hombre llevaba nombre de mujer.

Expliqué que en Nicaragua hay casos en que a los niños varones se les encomienda a la protección de la Virgen María al bautizarlos, bajo sus diferentes nombres: Virgen de Dolores, de Concepción, del Carmen, del Pilar, de Mercedes, de Guadalupe; en este último caso, en México abundan los Guadalupes, o Lupes.

Un tío abuelo mío, de apetito pantagruélico, se llamaba Mercedes Gutiérrez, y en las comarcas de Masatepe, mi pueblo natal, conocí algún don Pilar, o don Concepción, o "Chon". De modo que el nombre de mi personaje no responde a una invención mía, y ya me gustaría que lo fuera, sino a que conozco a más de un Dolores, o "Lolo" Morales.

Semejante conjunción de nombre propio y apellido le ofrece al novelista la singular oportunidad de tener como protagonista principal nada menos que a un Dolores Morales; pero siempre he repetido que no tuve intención de ir más allá del atractivo de una coincidencia tan graciosa: como mi inspector es bastante mujeriego, su compañero de aventuras, el circunspecto pero cáustico Lord Dixon, le dice que más bien debería llamarse Placeres Físicos.

Es lo que pasa con el nombre de la guerrillera panameña con quien se casa en el Frente Sur, Eterna Viciosa. Tampoco es invención mía. El nombre Eterna, y el apellido Viciosa, existen de verdad en el Caribe. Eso me lleva a recordar que en Masatepe había una Zoila Clara, de apellido Luna, quien se casó con un Monterrey, de lo que resultó un nombre más que poético: Zoila Clara Luna de Monterrey.

Mi lector y amigo Porfirio Gómez se ha referido al nombre de mi personaje en un escrito, y dice que aunque yo afirme todo lo contrario, Dolores Morales encarna un dolor moral. "A mi juicio este es un nombre que carga una intención y, por lo tanto, no fue escogido al azar ni por ser usual", afirma.

Y yo creo que los dos tenemos razón: en una novela, los nombres de los personajes, y también la trama, llegan a tener consecuencias en la lectura más allá del ardid literario, aunque no hayan sido pensadas por el escritor deliberadamente; o es que a lo mejor están en su subconsciente, y es el lector quien las saca a flote.

Y cuando se trata no de uno, sino de varios o muchos lectores, entonces la novela llega a tener consecuencias sociales. Por eso es que una obra de ficción se escribe siempre entre dos, el escritor y el lector, o, en todo caso, entre el escritor y los lectores.

Tampoco es que el inspector Dolores Morales, más allá de su nombre, sea un personaje concebido de manera inocente. Es un viejo guerrillero que perdió una pierna en combate, tiene que soportar una prótesis, y más allá de ese dolor físico soporta, y aquí mi amigo Porfirio tiene razón, el dolor moral de su propia historia.

Como joven idealista quiso cambiar el mundo en que vivía, sus crueldades e injusticias, la opresión, la corrupción, y la ignominia de que una misma familia permaneciera en el poder década tras década. Por eso se rebela, arriesga la vida, pierde una pierna, y al triunfo de la revolución entra en la Policía Sandinista, donde se convierte en agente antidrogas, dueño de esos mismos ideales a los que no renuncia por mucho que cambien los tiempos después.

Y los mantiene hoy en día, cuando tiene que ganarse la vida como investigador privado que se ocupa de casos de poca monta, sobre todo infidelidades conyugales que investiga con el auxilio de su vieja colaboradora doña Sofía, fotografiando a parejas sorprendidas in fraganti.

Hoy en día, cuando la lucha se libra dentro de su propia conciencia donde pugnan su vieja entereza, sostenida por esos ideales para muchos ya caducos, frente a las tentaciones de acomodarse al sistema, aceptar la corrupción como norma, y despojarse de sus principios como si se tratara de una vestidura ya fuera de moda.

 


[Publicado el 17/1/2018 a las 09:00]

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La república pendiente

Hace cuarenta años, una mañana del 10 de enero de 1968, el periodista Pedro Joaquín Chamorro fue asesinado por sicarios de la dictadura de la familia Somoza. Iba solo, ajeno como era guardaespaldas, al volante de su propio vehículo, cuando los asesinos a sueldo lo emboscaron en un paraje desolado de las ruinas de Managua, destruida por el terremoto de 1972.
 
Una frase suya lo define como pocas: "cada quien es dueño de su propio miedo". Recibía constantemente amenazas de muerte porque en sus editoriales de La Prensa se mostraba inflexible con el sistema somocista que había desmantelado las instituciones y sometido al país a la violencia represiva, la abyección y la corrupción que carcomía el andamiaje social.

No eran denuncias huecas. Llevaban los nombres y apellidos de quienes se lucraban de negocios inmorales, la familia reinante a la cabeza, pues no había letra del alfabeto donde los Somoza no tuvieran empresas: desde el arroz de la A, a la Z de zapatos, pasando por la X que correspondía a negocios desconocidos.

En la letra S se hallaba el más infame de todos, el de la sangre, que Pedro Joaquín no cesaba de denunciar. La compañía Plasmaféresis, de la que Anastasio Somoza Debayle era socio mayoritario, compraba la sangre a los menesterosos para exportar el plasma a los mercados extranjeros.

Se convirtió así en la conciencia del país en tiempos de desidia, temor y silencio. Y tras su muerte, cada quien supo que también era dueño de su propio miedo, y que era necesario tomar conciencia del miedo para acabar con el miedo.

Miles acompañaron su ataúd desde la morgue hasta su casa, miles más lo siguieron hasta el cementerio, y la indignación popular se desbordó en las calles. Llena de ese furor que acabaría destronando a la dictadura, la gente incendió Plasmaféresis y otros negocios de la familia. Una ola de fuego que ya nadie detendría.

Haber sido en vida la conciencia del país, y el detonante de la insurrección popular con su muerte, es algo que la historia oficial le escatima con absurda mezquindad. Es cierto que en 2012 la Asamblea Nacional lo declaró por unanimidad Héroe Nacional; pero en el cerrado santoral de la lucha revolucionaria, Pedro Joaquín no figura. La mano del poder lo ha excluido.

Colocarlo en el lugar que de verdad tiene en el desencadenamiento de la insurrección nacional, significaría alterar el discurso publicitario que asigna papeles de acuerdo a los intereses de quienes hoy tienen el poder político. De ese mismo santoral han sido excluidos, o colocados también en papeles complementarios, dirigentes guerrilleros de las mismas filas sandinistas porque han caído en desgracia una vez convertidos en adversarios, no pocos de ellos calificados de traidores.

La deliberada exclusión de Pedro Joaquín esconde la verdad de que derribar a la dictadura fue una gesta nacional en la que concurrieron nicaragüenses de muy diferentes tendencias, empezando por las tres en las que estuvo dividido el propio sandinismo, en resumidas cuentas un asunto de cúpulas intelectuales.

Y en las calles y en las áreas rurales, quienes juntaron esfuerzos, con las armas o sin ellas, formaban un amplio y complejo mosaico ideológico en el que había marxistas, cristianos de la teología de la liberación, y también cristianos tradicionales; socialistas, socialdemócratas, liberales, conservadores, socialcristianos, y otros muchos que solo ansiaban vivir en un país libre y diferente. Conforme esa base se integró el primer gobierno de la revolución.

Claro que se necesitaban cambios profundos, y que la revolución no era sólo un trámite para seguir en lo mismo de antes. La consigna que guio la lucha armada hasta el final, de rechazar el somocismo sin Somoza, siempre fue justa e imprescindible.
 
Y no hay duda que el primero que habría respaldado esta determinación es el propio Pedro Joaquín, quien llegó a tomar las armas veinte años atrás cuando vio todos los caminos democráticos cerrados; sufrió cárcel y exilio, y nunca dejó, a riesgo constante de su vida, de ser el opositor por excelencia a la dictadura, desnudando sus vicios y atrocidades.

Quienes piensan que habría querido un cambio a medias, se equivocan. Pero quienes piensan que ese cambio pasaba por negar la democracia, y por establecer una sola ideología desde el poder, también se equivocan. Siempre habría sido un fiscal implacable del ejercicio de las libertades públicas y de la institucionalidad democrática.

Si tantas veces le escuchamos decir que cada quien era dueño de su propio miedo, también nunca se cansó de repetir que Nicaragua volvería a ser república. Y esa es una tarea aún pendiente.

[Publicado el 10/1/2018 a las 09:00]

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El insustituible

El universo estrafalario y cruel de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera se refleja con maestría en El señor presidente de Miguel Angel Asturias, Premio Nobel de Literatura hace 50 años. Es una novela construida de manera cinética, cuadro tras cuadro, que retrata el miedo y la degradación, la represión y el servilismo, el sometimiento y la adulación.

No era militar, sino un abogado de segunda, quien se coló en el poder al producirse el asesinato del general Reina Barrios en 1898, crimen del que a lo mejor fue cómplice; y entre mañas, fraudes, y sobre todo terror, logró mantenerse en el mando doce años.
Si en la novela de Asturias está casi ausente, Rafael Arévalo Martínez, el más joven de los poetas modernistas centroamericanos, lo retrata de cuerpo entero en ¡Ecce Pericles!, una exhaustiva crónica de su satrapía publicada en 1945, apenas dos años antes que El señor presidente.

Su espíritu vengativo era insaciable. En 1908, un cadete de la Escuela Politécnica, al presentarle armas como miembro de la guardia de honor, sorpresivamente enderezó su fusil contra él. Salió apenas chamuscado, porque el tiro no fue certero, pero mandó a fusilar a todos los cadetes. Y no solo eso. Ordenó demoler el edificio que albergaba la escuela, y una vez aplanado el terreno, hizo que encima regaran sal.
En la otra cara del terror, está siempre la adulación, que es una de las formas de la cobardía. En el periódico La Mañana, el periodista Fernando Somoza Vivas escribió: "después de enjugarse la preciosa sangre, comenzó allí mismo a disponer lo conveniente para la Nación".

"Preciosa sangre" se refiere siempre a la sangre de Cristo. Pero Estrada Cabrera tenía la manía de apropiarse de la religión: había dispuesto que el santo entierro no siguiera su recorrido habitual, sino que pasara frente a su casa. Un arma de doble filo, porque quienes cargan el sepulcro llevan cucuruchos de penitentes que los ocultan, y así otros cadetes complotados planearon disfrazarse de esa manera, entrar a la casa, y capturarlo. Pero antes del viernes santo estaban ya todos presos.

Y extravagancias de su megalomanía, como hacer que lo llamaran, entre otros tantos títulos, "el Insustituible"; u obligar a rendir culto a su madre, doña Joaquina Cabrera de Estrada. En este sentido se mostraba generoso, porque era un culto compartido.
Había un «Club de Amigos del Señor Presidente», para los varones, en tanto sus esposas pertenecían al «Club Joaquina»; los niños formaban el «Club de Amiguitos del Señor Presidente», y las mujercitas la «Asociación del Veintiuno de Agosto», fecha del nacimiento de la "augusta matrona".

Pero la celebración de las Fiestas de Minerva fue la cumbre de sus extravagancias. Como "protector de las Artes, las Ciencias y la Educación", no podía sino rendir culto a la diosa de la Sabiduría.

Las primeras se celebraron en 1899, con la mala fortuna de que la ligera estructura del templo griego construido para la ocasión se desplomó sobre la cabeza de la joven a quien tocó ese año representar a la diosa y sobre la cabeza de sus vestales, huyendo todas despavoridas. Pero al año siguiente el templo había sido ya construido en toda regla, un verdadero Partenón de columnas dóricas, y también se erigieron réplicas en los sitios más remotos, y sus capiteles sobresalían entre la verdura de la selva.

La diosa Minerva desfilaba cada año con su cortejo de vestales, escoltadas por jovencitos disfrazados a la usanza de la Grecia clásica. A lo largo del recorrido se alzaban majestuosos arcos triunfales, e, igual que el santo entierro, la procesión pasaba obligadamente frente casa del dictador, a quien las niñas vestales ofrendaban canastas de flores, y quemaban incienso en su honor en los pebeteros.
El poder del Insustituible acabó, sin embargo, y acaba mal. El pueblo se rebeló en las calles, y el ejército se le volteó. El Protector de Minerva, y Padre de la Juventud, fue derrocado en 1910, y sometido a juicio. Sus fieles partidarios, aduladores y serviles, se escurrieron por los albañales.
Miguel Ángel Asturias era entonces estudiante de derecho, y como practicante actuaba de secretario del juzgado a cargo de la causa criminal en su contra. Ya para entonces le habían dado la casa por cárcel, y allí lo visitaba para cumplir los trámites judiciales.
"Usted hizo muy pocos amigos en el gobierno", le comentó una vez, viendo que nadie lo visitaba. Y él le respondió: "Usted no entiende lo que es el poder. Yo en el gobierno no hice amigos. Lo que tuve fueron cómplices".

 


[Publicado el 27/12/2017 a las 09:00]

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Escrito en piedra, o en el agua

En el año de 1982, la Asamblea Constituyente de Honduras aprobó una nueva carta magna en la que se prohibía la reelección presidencial de manera terminante e inconmovible. Ni por medio de una reforma constitucional, ni aún por un plebiscito podía cambiarse el artículo que impedía a un presidente de la república continuar en el mando. Esta prohibición entraba entre las disposiciones llamadas "pétreas", escritas en piedra. Y el código penal pasó a considerar el solo intento de promover la reelección como traición a la patria.
La extrema previsión de los legisladores provenía de la propia historia del país, plagada de dictaduras militares, elecciones fraudulentas, y presidentes ambiciosos de quedarse sentados en la silla presidencial largo tiempo, o para siempre, lo que significa también apoderarse de las institucionales, someterlas, y corromperlas.
En junio de 2009, el presidente Manuel Zelaya, del partido Liberal, promovió la celebración de una consulta popular a través de lo que llamó una "cuarta urna" en busca de abrir la vía para llamar a una nueva Asamblea Constituyente. Fue acusado de querer eliminar el artículo pétreo que le prohibía reelegirse, y como remate de una grave crisis institucional el ejército, con el respaldo de la Asamblea Nacional en manos de sus adversarios conservadores del partido Nacional, lo depuso mediante un golpe de estado.
Como si otra vez estuviéramos viendo la misma vieja película, el presidente fue sacado en pijama de su cama a medianoche, metido en un avión, y expulsado a Costa Rica. Parecía que estábamos regresando de nuevo a la época poco honrosa de las famosas repúblicas bananeras.
En 2014 fue electo presidente Juan Manuel Hernández, del partido Nacional, y al año siguiente un grupo de diputados de su propio partido recurrió ante la Corte Suprema de Justicia para que las disposiciones que prohibían la reelección fueran derogadas. El sólo hecho de formular la petición, daba pie para procesarlos, con la consecuencia de ser cesados de sus cargos e inhabilitados políticamente, perdiendo aún la ciudadanía, "por incitar, promover o apoyar el continuismo o la reelección", según la letra de la misma Constitución.
Pero la Corte Suprema, dominada por magistrados del mismo Partido Nacional, sentenció que las disposiciones constitucionales que prohibían la reelección presidencial ¡eran inconstitucionales!, abriendo el camino al presidente Hernández para presentarse de nuevo como candidato.
Estas son las raíces del drama que hoy está viviendo Honduras tras las elecciones del 26 de noviembre de este año, cuando un cuestionado Tribunal Supremo Electoral se ha visto impedido de poder declarar a un ganador frente a una votación estrechamente dividida entre el propio Hernández y el candidato de la Alianza de Oposición contra la Dictadura, el presentador de televisión Salvador Nasralla, respaldado por el expresidente depuesto Manuel Zelaya.
El conteo inicial que favorecía a Nasralla cambió abruptamente tras interrupciones del sistema electrónico. Cuando el sistema se restableció, Nasralla pasó de ganador a perdedor. Todo un acto de prestidigitación digital.
El Tribunal Electoral ha concluido un nuevo recuento parcial de los votos sin la presencia de la oposición, y mantiene el escaso margen de ventaja a favor del presidente Hernández. Nasralla no acepta los resultados y demanda un nuevo recuento total, o la anulación de las elecciones para celebrar unas nuevas, algo que luce más que improbable; y aunque los observadores de la Unión Europea y de la OEA avalaran el escrutinio oficial, la sombra del fraude no podrá ser desterrada.
Desgraciadamente, la Corte Suprema de Costa Rica ordenó en 2003 anular la prohibición de reelección establecida por una reforma constitucional en 1969. Esta sentencia, proveniente de un país de reconocida tradición democrática creó un precedente nefasto que ha sido seguido después en Nicaragua, en Honduras, y últimamente en Bolivia.
En 2010, la Corte Suprema de Justicia de Nicaragua, dominada por Daniel Ortega, declaró inaplicable el artículo de la Constitución que impedía la reelección, y así pudo seguirse presentando como candidato, amparado por las razones filósofas de sus correligionarios del tribunal: "el derecho a Elegir y Ser Electo, no puede ser alterado...por ser un derecho sustancial y esencial al ser humano".
Evo Morales, que lleva ya bastantes años como presidente de Bolivia, buscó seguir reeligiéndose y para ello convocó un plebiscito, que perdió. No dejó de insistir. Ahora, el Tribunal Constitucional lo autoriza a seguir presentándose como candidato de manera indefinida. La prohibición constitucional, dice la sentencia, violenta sus derechos políticos.
Lo escrito en piedra, está más bien escrito en el agua.

 


[Publicado el 13/12/2017 a las 09:00]

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El poder para siempre no existe

En 1972 Oriana Fallaci logró entrevistar en su palacio amurallado al emperador Haile Selassie, quien se proclamaba descendiente de la reina de Saba y el rey Salomón. Al final ella le preguntó: "¿cómo mira a la muerte? El emperador, que tenía 80 años y le faltaban tres para morir, pareció no entender: "¿A qué? ¿A qué?". "A la muerte, Majestad", insistió ella. Y eso desbordó la paciencia del soberano: "¿La muerte? ¿La muerte? ¿Quién es esta mujer? ¿De dónde viene? ¿Que quiere de mí? ¡Fuera, basta!".
No cabía en su mente que su poder no estuviera ligado a la inmortalidad. Pero no fue siempre un hombre distraído de la realidad, porque en un tiempo se puso a la cabeza de la lucha en contra de las tropas de Mussolini que invadieron Etiopía. Y al final, depuesto por un golpe militar, no pudo imaginar la clase de muerte que tendría, estrangulado en su cama, y enterrado bajo el piso de un baño en su propio palacio imperial.

Me ha venido a la cabeza esta historia de alguien que desde su trono eterno se indigna cuando le hablan de la muerte, ante la caída del dictador de Zimbabue Robert Mugabe, gracias a otro golpe militar, tras su permanencia en la presidencia durante casi cuatro décadas. Mugabe, un tanto más práctico a sus 93 años, sí aceptaba que un día habría de morir, desde luego que escogió como su sucesora a su esposa Gracia Marufu, mucho más joven que él, y a quien la gente llamaba en secreto "Desgracia Marufu".

También, en lugar del título de Primera Dama, le daban el de "Primera Compradora", pues se escapaba a París o Londres en excursiones por las boutiques de lujo para hacerse de decenas de trajes y zapatos exclusivos. Dueña del monopolio de producción y distribución de los productos lácteos en el país, alegaba que sus gustos se los pagaba con su propio dinero.

La Universidad de Zimbabue le otorgó un doctorado, sin haber puesto nunca un pie en las aulas, siendo el propio Mugabe quien le colocó el birrete en la ceremonia de graduación. Ambiciosa y astuta, mientras su anciano marido se dormía en las reuniones de gabinete, ella iba tejiendo su propia urdimbre de poder.

Tal como Haile Selassie, Mugabe, líder guerrillero del Ejército de Liberación Nacional (ZANLA), condujo la lucha de su pueblo para librarse del régimen racista de la minoría blanca. Y de las penurias del combate pasó a la ruindad de la tiranía, el crimen, el fraude electoral, la corrupción y la opulencia, ya convertido en primer ministro, luego presidente, y al mismo tiempo jefe vitalicio del partido oficial, el ZANU-PF.

Nunca dejó de proclamarse socialista, en lucha abierta contra los demonios del capitalismo y el colonialismo. Pero su paraíso socialista no fue sino un infierno. A su caída reinan la pobreza y el desempleo, y la esperanza de vida es de apenas 56 años. Su pretendida reforma agraria destruyó la organización productiva, y sólo trajo escasez y desabastecimiento.

Cualquiera que lo criticara se convertía en traidor, algo que podía significar una orden de ejecución. Y también tenía a su servicio fuerzas paramilitares para asesinar disidentes. En 2008 perdió las elecciones ante su oponente Morgan Tsvangirai, y entonces proclamó que "solamente Dios" podía apartarlo de la presidencia. Dios a su servicio personal de católico practicante que comulgaba devotamente en la catedral de Harare.

Al celebrar sus 91 años, Gracia le organizó una fiesta para 20 mil invitados, que llenaron un estadio de futbol. Por supuesto, los empleados públicos debieron asistir obligatoriamente, bajo pena de despido, pagando su cuota. Se sirvió un menú de lomos de elefante, entrecotes de búfalo, piernas de impala y costillas de antílopes, todo un zoológico sobre las brasas. Por lo visto, la dentadura del anciano seguía sana.

Ahora todo ha terminado para la pareja. Mugabe destituyó al vicepresidente Emmerson Mnangagwa buscando dejarle libre el camino a su esposa, un paso en falso, y ahora lo tiene como su sucesor, con lo cual las sombras ominosas vuelven a cerrarse sobre el país, igual que tras la deposición de Hailie Selassie, cuando asumió el poder como dictador el coronel Mengistu, cabeza del golpe de estado. Mnangagwa, apodado "el cocodrilo" por la fama de su crueldad, fue jefe de espionaje de la guerrilla durante la lucha de independencia, y luego Ministro de Seguridad, y como tal, jefe de la policía secreta.

Pésima costumbre que tiene la historia de repetirse.

 

     

[Publicado el 29/11/2017 a las 09:00]

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Fantasmas despiertos


Hay un parentesco directo entre lo que podríamos llamar el modelo chavista, copiado con variantes en Nicaragua, Bolivia o Ecuador, y el peronismo de mediados del siglo pasado en Argentina. Sólo que Chávez se valió solo, como cabeza única, y el general Perón necesitó del auxilio invaluable de su esposa, la Evita icono de musicales, novelas y posters, entronizada en los mismos altares donde se venera al Che Guevara, a John Lennon o a Marilyn Monroe.
Ella inventó la insignia del populismo: abrir las arcas del estado para dar, sin control ni medida, haciendo de la beneficencia pública una gran función de estado envuelta en una formidable parafernalia. Una gran caja chica donde el benefactor también puede meter las manos para su propio beneficio.
La caridad con categoría institucional, para atraer la adhesión política de los desposeídos, que al recibir algo despiertan en los demás la esperanza de que también van a ser parte del magnánimo botín, aunque nunca les llegue el turno de recibir una máquina de coser, una cama, una beca, unas bolsas de cemento, un techo de zinc, unas aves de corral, una vaca parida.
En la Fundación Eva Perón, creada en 1948 como una gran maquinaria demagógica de regalar muñecas y triciclos para los niños, muletas y prótesis a los ancianos, bicicletas y cocinas, sin que las estructuras sociales dejaran de ser tan injustas como siempre, está la raíz de todo lo que hemos conocido como socialismo del siglo veintiuno, multiplicado con creces por Chávez y sus imitadores populistas.
Evita se valió para sus dispendios colosales de las reservas de oro de Argentina, entonces las más grandes del mundo; Chávez, ya lo sabemos, del petróleo de Venezuela, también las reservas más grandes del mundo. Y ambas economías, que parecían inconmovibles, quedaron en quiebra.
Pude ver algo de lo que son estas raíces del populismo en mi visita al Museo Evita en Palermo, que ahora funciona donde estuvo el Hogar de Tránsito número 2, destinado a socorrer a las mujeres necesitadas y a sus hijos. Esta era una de las decenas de instituciones de caridad que la Fundación tenía abiertas en Buenos Aires.
Cuando Evita lo inauguró en 1948 como asilo, en su discurso ofreció a las mujeres y niños "una puerta abierta, una mesa tendida, una cama limpia," y "consuelo y estímulo, aliento y esperanza, fe y confianza en sí mismo, hasta tanto la ayuda social les encuentre trabajo y vivienda".
La Fundación Eva Perón es el modelo de las Misiones de Chávez. Manejaba además de albergues, una red de hospitales y clínicas, dispensaba becas de estudio, pagaba subsidios, era también una agencia de empleos, y sobre todo, regalaba a manos llenas. La gente hacía largas filas desde la madrugada para pedirle personalmente a Evita, y quienes lograban llegar ante ella antes de que se cerraran las puertas, no salían con las manos vacías. Era una minoría de beneficiarios entre millones de pobres y necesitados, pero los diarios, las revistas oficiales y los noticieros de cine multiplicaban su número.
El museo Evita enseña cómo funcionaba el albergue de acogida, un dechado de abundancia: en la cocina, amplia e iluminada, unos bifes plásticos se doran en las parrillas. También hay ejemplos de los programas sociales del peronismo: un refrigerador Siam para cada familia obrera, y se exhibe uno con la puerta abierta, lleno de alimentos, sin faltar una botella de champaña.
Y piezas de propaganda política: folletos con discursos de los esposos, cartillas escolares que los ensalzan, documentales donde aparecen ambos en el balcón de la Casa Rosada, la voz estridente de él, la aguda voz de ella, y la multitud que agita sus banderas y carteles y enronquece de gritar.
También se exhiben ejemplos del glamour de Evita, y es lo que más abunda en las vitrinas: sus trajes de gala y de calle confeccionados por Jacques Faith, Pierre Balmain, Marcel Rochas; zapatos exclusivos, sombreros de variadas textura; perfumes Caron y Schiaparelli en frascos de baccarat.
Una demanda de la masa de pobres partidarios suyos, sus "cabecitas negras", argumentaba ella: le exigían que al representarlos no faltara el lujo, porque eso los dignificaba. Sus pobres. Los otros, si no eran contados entre los fieles de carnet, no recibía nada; el objetivo era mantener aceitado el mecanismo de adhesión al peronismo, para que las plazas pudieran llenarse.
En los viejos documentales ambos parecen fantasmas. Perón y Evita en blanco y negro, ya tan antiguos. Pero fantasmas sin quietud, que no dejan de resucitar.

 

[Publicado el 15/11/2017 a las 09:00]

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Viaje desde una silla

            La literatura no deja der nunca un viaje que se inicia en la primera página de un libro, y se llega a puerto al cerrar ese libro. Y hay grandes libros que cuenta la historia  de un viaje. Los nueve libros de la historia, de Herodoto, para empezar. En tiempos de este historiador, cronista, periodista, y por fuerza novelista,  no era posible distinguir entre historia y narración. Ni siquiera era posible separar de la fábula el relato de verdades.


            Frente al vacío y la oscuridad que representan lo desconocido, el amor a la verdad objetiva ha sido siempre un deber, y la imaginación una tentación: la rigurosidad en la selección de los datos, de un lado, y la libertad de suponer, del otro. Es lo que diferencia al novelista del periodista, aunque sean los mismos dedos los que tecleen para crear una crónica que cuenta verdades, o una novela que cuenta mentiras.


            Heródoto probó que se necesitaba curiosidad para el oficio. Esa curiosidad no podía ser saciada sin echarse a navegar, y a andar. Lo extraño comienza más allá de las fronteras. Es la avidez por saber acerca de lo desconocido lo que da sentido al viaje. Y lo que nos pone en camino.


            Homero relata no un viaje propio sino ajeno,  el de Ulises de regreso a Ítaca, su anhelada patria, al terminar la guerra de Troya. Virgilio cuenta el viaje de Eneas, derrotado en esa misma guerra, hacia su nueva patria, que será Roma. Cervantes nos cuenta el viaje de don Quijote por los campos de la Mancha; en realidad no uno, sino dos viajes, uno por cada parte del libro. Un viaje de ida y regreso, ambas veces.


            Y es lo que hará Joseph Conrad más tarde, un escritor que antes fue marinero en barcos mercantes, tentado siempre por lo desconocido, tentación que lo lleva hasta las profundidades del alma humana, como en su novela El corazón de las tinieblas, que cuenta la historia de un viaje por un río africano, Marlow e busca de Kurz, un río que viene a ser como el Hades, maldad y oscuridad.


            O el capitán Abab en busca de Moby Dick, la ballena blanca, en la novela de Herman Melville, que es también demoniaco, por obsesivo, tanto que sólo puede terminar en  catástrofe, en derrota y en muerte. Siempre travesías malditas hacia lo desconocido.


            Los viajes así contados están siempre llenos de interrupciones. En los accidentes, en los obstáculos para llegar, está la historia. La consabida frase final de los cuentos "y vivieron felices para siempre" indica el cierre de un relato lleno de peripecias que hemos seguido con desazón, y a la vez la apertura de otro que ya a nadie interesa, y que ocurre fuera de las páginas del libro donde lo que hemos buscado, y encontrado, son los obstáculos.  Si Ulises y Penélope vivieron juntos una ancianidad feliz, es algo que nadie contará, porque nadie quiere oír una historia sin sobresaltos.


            Pero el viaje de don Quijote se diferencia del de Ulises y del de Eneas, en que ellos quieren llegar cuanto antes a su destino; Ulises ansía ver su patria después de años de ausencia, encontrar a su mujer, a su hijo, cansado de la guerra, y no quiere aventuras, sino regresar a la vida doméstica. Son las aventuras las que se le interponen en contra de su voluntad, y lo atrasan durante diez años, lo mismo que duró la guerra de Troya.


            Al contrario, don Quijote sale a buscar las aventuras, quiere hallarlas, son la razón de ser de su viaje, y cuando no las encuentra, las crea en su cabeza. Ulises tarda en llegar a su destino porque los acontecimientos indeseados no lo dejan. Don Quijote cabalga en busca de acontecimientos deseados. Si las aventuras no le salieran al paso, su viaje sería un fracaso.


            Según García Márquez en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción, la certeza de creerse la propia mentira y contarla con toda naturalidad. Convertir lo extraordinario en ordinario, darle certeza a lo falso. Es la manera de contar de Herodoto, y la de Homero, y la de Cervantes. Contar con naturalidad, contar con naturaleza.


            Nadie más mentiroso que Ulises, verdadero maestro en ardides. Nunca sabremos si todo lo que cuenta por su propia boca es una invención suya, o una invención de Homero. Siempre le está ocurriendo lo insólito, y de allí sus constantes atrasos en llegar a su destino.  Pero si inventó él mismo a las sirenas con su melodioso canto mortal, nunca dejará de creer que es cierto. Es la condición esencial del mentiroso.


            Lo que a nosotros nos parecen dislates y exageraciones, para don Quijote son la normalidad de la vida que le toca vivir. Si no creyera, dejaría de existir, y su mundo extraordinario desaparecería. Es lo que al final termina ocurriendo. La cordura lo mata. Es decir, la mediocre realidad a la que regresa ya curado de fantasías lo mata.          


            Porque, ¿qué es La Mancha sino un árido territorio rural donde nada asombroso pueda esperarse que acontezca? Es el mundo real de Sancho, donde las mozas rústicas huelen a ajo y dan de comer a los cerdos, las mismas que para don Quijote son princesas que si lucen así, sucias y en harapos, es porque se hallan bajo encantamiento. De lo contrario, el viaje no valdría la pena. Sería un viaje sin sorpresas. Salir de un mundo que de maravilloso pasa a ser prosaico es una decepción y una derrota.


            Toda lectura es un viaje, un viaje desde una silla que nos lleva a lo desconocido, por arenas ardientes de desiertos ignorados, por mares procelosos, por río que son como del infierno, y aún por los aires sin entramos en las páginas de Las mil y una noches. Pero siempre regresaremos de ese viaje mejor de lo que éramos cuando lo emprendimos.


 


[Publicado el 01/11/2017 a las 11:30]

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Medio siglo de contar

La editorial Océano me propuso una Antología Personal de mis cuentos escritos a lo largo de medio siglo, y tras un largo y duro debate sentimental conmigo mismo terminé eligiendo veinte de entre un centenar. "Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y, así, se han de querer, o buenos o malos que sean", le dice don Quijote al hidalgo a quien se encuentra en el camino. 

Pero a la hora de decidir cuáles quedaban de entre esos hijos de las entrañas, recordé también que, al cabo de su vida, Rubén Darío hizo una selección de sus poemas para una antología personal, y no le tembló el pulso al eliminar todo Azul, su celebrado primer libro. 

Publiqué mi primer libro, Cuentos, a los 20 años, de mi propio bolsillo, una edición artesanal de 500 ejemplares, compuesta a mano en la imprenta de mi amigo el escritor Mario Cajina Vega. 

Dejé ejemplares en consignación en las pocas librerías de Managua para volver cada sábado a preguntar cuántos se habían vendido. Me gusta repetir que en una de esas ocasiones la propietaria de la librería Selva, al contar los diez ejemplares que le había dejado, halló que había once.   

Era impensable que un amigo comprara tu libro, y, además, estaba de por medio una broma lapidaria. Quien lo recibía de regalo, te decía: "firmámelo, para que no digan que lo compré". Se lo conté una vez a Gabriel García Márquez, y cuando me dedicó El amor en tiempos del cólera, escribió: A Sergio, para que no digan que compró este libro; con el abrazo de siempre. 1987.

Mi padre quería que yo fuera abogado.  Y antes  de presentarme delante de él con mi título universitario, primero le llevé aquel libro de cuentos. Temí entonces lo que iba a decirme,  que de escribir no se come, primero la maldición de la música, pues mi abuelo y tíos paternos eran todos músicos pobres,  y ahora la maldición de la literatura; pero tomó el pequeño volumen, lo hojeó, y me dijo: "ahora tenés que escribir una novela". 

No me desanimó, y me dio un consejo que él consideraba lógico: ir de la escala menor a la mayor. El oficio me enseñó, sin embargo, que se trata de dos géneros con pesos distintos, pero no subordinados.

Cuando a un escritor se le pregunta por los primeros libros que leyó, generalmente comienza citando Sandokán, de Salgari, o La Isla del tesoro, de Stevenson. Pero yo no leí esos libros de niño. Los oí. Reinaban entonces las radionovelas, igual que reinaba el cine, también decisivo en mi formación de escritor, junto a las  historietas cómicas.
 
Todos ellas son maneras de contar. La palabra, mi instrumento de expresión, se vería excitada por esos otros instrumentos que aparentemente le son ajenos: la imagen fija, pero cinética, de los dibujos de los comics; la imagen en movimiento del cine; y la voz sin imagen de la radio.
 
Era eso lo que me fascinaba de las radionovelas, el poder soberano de las voces, que se convertían en personajes por sí mismas, con autonomía de los rostros y figuras de los actores dueños de esas voces. Las voces me incitaban a imaginar la imagen.
 
YNW Radio Mundial tenía su propio "cuadro dramático", y además de Sandokán, y La isla del tesoro,  pasaba por capítulos El derecho de nacer, del prolífico escritor cubano Félix B. Caignet, guionista, novelista, poeta, periodista, crítico de teatro, compositor y cantante. Sus radionovelas, más tarde telenovelas, superan las trescientas.
 
También era popular una serie de la misma radio que tenía por personajes a la clásica pareja del marido oprimido y la esposa mandamás. Los oyentes eran invitados a enviar argumentos por correo, y si alguno era escogido, su autor se ganaba un premio.  Mandé uno a los doce años, que se acercaba a un verdadero guión, y gané. Mi argumento, cuya trama no recuerdo, había sido dramatizado por aquellas voces famosas.
 
Mi padre, envanecido por mi triunfo, financió mi viaje en bus a Managua para que fuera a recibir el premio, y pude penetrar entonces al santuario mítico de Radio Mundial en el barrio San Sebastián. El director del "cuadro dramático"  me acogió con elevados elogios. Luego tecleó en su máquina una orden para que retirara en las oficinas de Licores Bell, patrocinador del programa, dos botellas de ron Cañita, el más popular entonces en las cantinas de Nicaragua. Fue el primer premio literario que recibí en mi vida.

[Publicado el 18/10/2017 a las 09:00]

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Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

Foto Copyright: Daniel Mordzinski 

 

 


Bibliografía

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