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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 28 de marzo de 2015

 Blog de Sergio Ramírez

Comer platos magiares en vajilla sueca

A veces, con afán un tanto deportivo, repaso la nómina de los premios Nobel de todos los tiempos, a quienes he leído, cuáles no leería nunca, cuales otros no volvería a leer, y aquellos cuyos nombres no me dicen nada. Están inscritos en las lápidas de un vasto cementerio, algunas de ellas sobresalientes, otras perdidas entre la hierba.

¿Qué pasa, por ejemplo, con mi paisano centroamericano, Miguel Ángel Asturias? Cuando le concedieron el premio Nobel las campanas de todas las iglesias de Guatemala se echaron al vuelo, y antes de hacer su triunfal viaje en tren a Estocolmo, vino a su país, porque entonces vivía en Europa, y fue revestido con honores provincianos; una copa de champaña en el palacio presidencial, las llaves de la ciudad que le otorgaba el municipio, diplomas de asociaciones artísticas, algún concierto de marimba en su homenaje.

Yo era entonces joven funcionario del Consejo Superior Universitario Centroamericano y lo busqué en casa de su hermano, donde se alojaba, para rendirle una visita protocolaria. Me recibió con cortesía diplomática, rotunda su estampa de ídolo maya, generoso el vientre, el traje un tanto flojo, ceremonioso, comedido en su gloria.

Tenía la estampa de un hombre de buen diente, y sí que lo fue, como lo demuestra el libro que escribió al alimón con Pablo Neruda, Comiendo en Hungría, donde relatan sus aventuras culinarias en Budapest y sus alrededores,  cuando coincidieron en agosto de 1965 como invitados oficiales del Partido Comunista.

Como valientes comedores que ambos eran, emprendieron una bien planeada excursión por los más señalados y augustos  restaurantes de la ciudad y sus alrededores, todos propiedad del estado, y sus anfitriones del partido sabían escoger bien cuáles platos de la cocina magiar los seducirían mejor.

Se llamaban entre ellos "chompipones", en burla mutua a su lento andar de pavos orgullosos, o guajolotes rozagantes, "poetas gordos" los dos, de figuras infladas. En aquellos restaurantes, cuyos decorados recordaban aún las glorias del imperio austrohúngaro, les dispensaban las mismas atenciones que a los jerarcas de la nomenclatura del partido de los trabajadores, y cuando les tocaba comer fuera de la ciudad, los recibían y agasajaban el alcalde del lugar y demás autoridades. Toda una gira triunfal.

"¡Hígado de ángel eres"!, exclama Neruda en una breve oda al foi gras húngaro, incluida en el libro, tal como Charles Monselet, el poeta de las cocinas, llamaba al cerdo "¡mi ángel!"; y sobran los elogios al Tokay y al Egri Bikáver, el rojo y espeso vino Sangre de Toro, "toro con corazón de terciopelo", como canta el mismo Neruda en un soneto, también incluido en el libro; pero bajo esa marca los hay de diferentes calidades, pues el Sangre de Toro que yo compraba en Berlín Occidental en los años setenta, en las temporadas en que escaseaban los marcos en el presupuesto doméstico, era de los más baratos que uno podía hallar.

Tras esta envidiosa disquisición gastronómica, regreso a los engañosos parámetros de la eternidad literaria. ¿De qué vale, en verdad, el título de premio Nobel frente al olvido? En vida, sirve para ser tratado a cuerpo de rey en agotadoras, y a la vez placenteras, giras por restaurantes, como esa de que disfrutaron Asturias y Neruda, ambos ceñidos por los mismos dorados lauros suecos.

Pero, ¿Henryk Pontoppidan, Karl Spitteler, José Echegaray? Están en la augusta lista, pero nunca los leeré. Tampoco sabré nunca si fueron gourmets de categoría o no lo fueron. El premio a Echegaray despertó protestas entre los escritores jóvenes de la época, que firmaron un manifiesto denostándolo, entre ellos Rubén Darío. Pobre don José, no sé cuáles habrán sido sus culpas, y a lo mejor hasta buen colmillo tenía, como Neruda y Asturias, y como el propio Darío.

Neruda, más allá de esa pasada piedra fundamental que es el Canto General, sus Veinte Poemas seguirán consolando los amores juveniles. Con Asturias no estoy tan seguro de que los siglos sostengan su popularidad. Pero me sigue seduciendo el retrato sombrío de la Guatemala crepuscular de El señor presidente, y la parafernalia verbal de Hombres de maíz.

Y ambos, estemos seguros, seguirán comiendo en la misma mesa vestida de manteles largos.

[Publicado el 25/3/2015 a las 09:00]

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Se pregunta por Nicaragua

              La primera pregunta que escucho acerca de Nicaragua, es en qué se parece esta segunda etapa de la revolución a la primera. Es lo que he oído a los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Madrid, y a los de la Universidad de los Ozarks, en Arkansas, en los últimos días. Mi repuesta es que no hay tal segunda etapa de la revolución.

            La pregunta es justa, porque Daniel Ortega, presidente sandinista de los años ochenta, lo es hoy otra vez, a partir de las elecciones de 2006, y luego fue reelegido en 2011. Ahora no sabemos si será candidato de nuevo, o lo será su esposa, que gobierna junto con él.

            El poder actual pretende envolverse en la misma retórica revolucionaria de aquellos años. Pero se trata de un discurso que suena a imitación, o falsificación. Imperialismo, burguesía, soberanía nacional, socialismo, son palabras de ese viejo diccionario que perdieron su significado, porque el mismo poder se lo ha quitado. O hay que leer ese discurso al revés, como si fuera todo lo contrario.

            No hay ningún traslado real de la riqueza a manos de los más desamparados. El 48% de la población subsiste con menos de 2 dólares al día, y de entre ellos, la mitad subsiste con menos de 1 dólares al día. Nicaragua ocupa uno de los tres últimos lugares en los índices de miseria de América Latina, junto con Haití y Honduras.

            El discurso de defensa a ultranza de la soberanía nacional en contra del imperialismo yanqui no es más que humo. Los intereses de la seguridad nacional de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe no tienen ya nada que ver con la antigua guerra fría, como lo demuestra el inicio de la normalización de relaciones con Cuba.

En un artículo publicado recientemente en Blomberg, se  cita a William Brownfield, subsecretario de Estado para Narcóticos, diciendo que "los esfuerzos de gobierno de Nicaragua para proteger a su pueblo y su territorio de las actividades de los traficantes de droga han sido muy positivos", lo cual es más importante, afirma, que los "diversos elementos complicados" en las relaciones de Estados Unidos con Nicaragua. La cooperación para detener cargamentos de drogas es lo estratégico en estas relaciones, no la democracia.

            Esta posición demuestra que la progresiva desaparición del sistema democrático en Nicaragua no es motivo de preocupación de Estados Unidos, ni tampoco de ningún país relevante, en un mundo conmocionado por la amenaza del terrorismo yihadista y el Califato Islámico, igual que por el creciente poder de los carteles internacionales de la droga.

El credo del general Sandino, que inspiró la lucha del Frente Sandinista, estuvo basado en tres principios básicos: soberanía nacional, democracia, y justicia económica. En su resistencia contra las tropas de ocupación de Estados Unidos hasta que logró su salida de Nicaragua, la defensa de la soberanía nacional fue lo más relevante. Y ahora ha sido entregada a China.

            La idea de la construcción de un canal interoceánico ha gravitado sobre nuestra historia desde los tiempos de la colonia, y Estados Unidos le impuso a Nicaragua un tratado en 1914 para construir ese canal, algo que nunca hizo. Ahora, Wang Ying, un desconocido millonario  de Beijing, cien años después, es el nuevo amo y señor de la soberanía nicaragüense, como concesionario del canal a través del Tratado Ortega-Wang, con duración de cien años.

Ortega ha sabido tocar un resorte de esperanza muy antiguo en el alma de los nicaragüenses. Cuando la construcción del canal de anunció en 2013, se prometió la creación de un millón de nuevos puestos de trabajo, una cifra estrafalaria. Ahora ha sido reducida a 30.000 empleos de baja categoría, mientras los puestos mejor calificados serían para los chinos que llegarían masivamente al país para hacerse cargo de las obras.

            La revista The Economist, en un análisis del estado democrático en el mundo, divide a los países entre democracias  plenas e imperfectas, y regímenes autoritarios e híbridos.  Nicaragua es enlistada entre los "regímenes híbridos". En estos sistemas, afirma el análisis, existen irregularidades sustanciales en las elecciones que usualmente las alejan de ser libres o justas, y existen serias debilidades institucionales. En este mismo grupo estarían también Ecuador, Honduras, Guatemala y Bolivia.

            Pero la frontera entre regímenes autoritarios y regímenes híbridos es muy tenue, y ya Nicaragua ha avanzado no pocos pasos para adentrarse en ese oscuro territorio de la ausencia de democracia. Ortega, o su esposa, se impondrán de cualquier manera en las elecciones presidenciales de 1917.

 Pero los gobiernos familiares han terminado siempre en grandes desastres políticos. Las tensiones empezarán a manifestarse y crecerán en la medida en que las esperanzas creadas por el discurso populista de  Ortega se agoten, sobre todo con el final de la cooperación de Venezuela, que debe enfrentar los bajos precios del petróleo, el desabastecimiento, la inflación, y una crecida deuda externa de corto plazo.

Y otro punto importante de inflexión será el fracaso del proyecto del canal, percibido hoy como una gran esperanza, y que se convertirá  en frustración cuando el tiempo demuestre que no era sino un invento desalmado.

[Publicado el 18/3/2015 a las 09:00]

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El poder incesante y soberano de la imaginación

El Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria, que he recibido de manos del presidente Enrique Peña Nieto, pone al maestro delante de su discípulo, porque de Fuentes aprendí lecciones de escritura desde mis primeros viajes a México, cuando bajaba ansioso las escaleras de la librería El Sótano para encontrarme con sus libros.

Desde La muerte de Artemio Cruz, a Años con Laura Diaz, a La silla del águila, la historia de México vuelve siempre a ser expuesta con una calidad profética. Vio con lucidez que la historia de su país estaba compuesta por planos superpuestos: arriba la pirámide azteca de los sacrificios, el cuchillo de obsidiana y la sangre humeante en la piedra: abajo el oscuro inframundo que gobernaba las existencias, y donde el mal escondía sus dientes y sus garras; y luego, sobre las ruinas, los edificios coloniales, conventos y cabildos de la parafernalia virreinal, que también estaba hecha de las mismas piedras del poder.

Pero al pintar la historia de México con los colores de la imaginación, que nunca desprecia la realidad, pinta también a América Latina y nos enseña que somos un organismo vivo de vasos comunicantes, realidades compartidas, sueños y derrotas también compartidos, desilusiones y esperanzas. Que debemos convertir la escritura en una permanente expresión de inconformidad y advertencia.

Antes, los temas literarios de nuestra América fueron los dictadores engalonados, el infierno verde de los enclaves bananeros, las intervenciones militares, las revoluciones y las guerras civiles; y otro, aún hoy no dilucidado, el de la lucha permanente entre civilización y barbarie; y otro, tampoco dilucidado todavía, el de la marginación y la miseria, que llevan a la angustiosa odisea de las emigraciones masivas hacia la frontera con Estados Unidos.

Las viejas parcas se visten hoy de sicarios. Vista en su conjunto, la anormalidad de nuestra historia es una macabra fotografía de cuerpos regados en un baldío, un titular en letras rojas sobre alguna masacre. Pero en la vida y en la muerte de cada uno de esos seres, hay una historia que contar. Y la novela es eso, descender al infierno de cada vida, de cada cuerpo mutilado, de cada cuerpo incinerado. Porque la literatura no se ocupa de lo general, como los titulares de los periódicos, sino de lo específico, que son los seres humanos.

Hemos buscado siempre indagar en la sustancia de la realidad para nutrir la imaginación. Porque nuestra historia ha vivido en un estado de anormalidad permanente, y esa anormalidad se transmuta a la literatura. Las anormalidades varían, pero sus inclemencias persisten. Y nos fijamos en ellas porque asombran, y porque son, antes que nada, anormalidades éticas.

Sufrimos la incongruencia de que los principios que inspiraron las luchas por la independencia siguen escritos en la letra de las constituciones pero no terminan de abatir la desigualdad, allí donde el crimen y el terror, y también la demagogia, se incuban en la pobreza.

Fui protagonista en mi patria de una revolución triunfante, y puedo decir que la de hoy no es una violencia que busca transformar la sociedad para hacerla más justa, sino una violencia criminal, para envilecerla. Pero tiene la misma raíz, porque se alimenta de la pobreza. Para entrar en el siglo veintiuno, debemos dejar atrás primero el siglo diecinueve.

Los escritores latinoamericanos somos cronistas de los hechos, y debemos registrarlos, exponerlos. Iluminarlos. Somos testigos privilegiados de la vida cotidiana trastocada por la violencia, el miedo, la corrupción, las grandes deficiencias del estado de derecho. Somos testigos de cargo. Mi oficio es levantar piedras, decía José Saramago; no es mi culpa si debajo de esas piedras lo que encuentro son monstruos que quedan al descubierto. El escritor no es otra cosa que un cazador de monstruos.

La palabra siempre ha luchado por defenderse de los autoritarismos mesiánicos, de los sectarismos religiosos, de los nacionalismos extremos, de las veleidades del poder económico, de las ideologías totalizantes que pretenden imponer un pensamiento único, lo que significa también imponer la mediocridad.

            La literatura no existe para convencer a nadie sobre credos ideológicos, sino para hacer preguntas. Cuando el escritor se expresa como ciudadano desde la tribuna que le da la literatura, su voz se multiplica porque es escuchado. Está ejerciendo entonces su primer deber cívico, que es el de nunca callarse. Puede ser que un libro no cambie el mundo, pero sí que cambie a quien lo ha escrito, y que cambie también a quien lo lee, porque la imaginación tiene un poder soberano.

Pero un libro debe ser para un escritor un territorio libre de imposiciones, libre de la cobardía de la autocensura, y al mismo tiempo libre de la pretensión de imponer verdades. La verdad siempre estará sujeta a revisión, porque las creencias eternas se vuelven inmóviles, y la inmovilidad significa la muerte. La creencia de que el mundo puede ser cambiado desde los libros es una arrogancia. Más bien  el mundo debe ser interrogado una y otra vez desde los libros.

Es allí donde reside ese poder incesante y soberano de la imaginación.

[Publicado el 04/3/2015 a las 09:00]

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El don de la ubicuidad

Juan Cruz es el personaje más ubicuo de que yo tenga memoria. La mejor historia que he oído acerca de él, es que cuando dos aviones se cruzan en el aire, en uno va Juan Cruz, y en el otro también va Juan Cruz, y los dos se saludan desde lejos. Algo así no hay necesidad de que alguien se haya tomado el trabajo de inventarlo haciendo acopio de ingenio, porque tiene todos los visos de ser cierto.

Crees que está sentado a tu lado en la mesa a la hora del desayuno en el hotel mientras los escritores vienen y van hablando de Michelangelo, en alguno de esos aquelarres internacionales donde parecemos estar todos y no está ninguno, oyes que cuenta una anécdota de las suyas y esperas la carcajada de los contertulios, el final siempre ingenioso, y de pronto lo vez en una mesa lejana conversando con alguien, o entrevistándolo, o está contigo pero a la vez está con el celular al oído hablando con una de sus hermanas en Canarias, o con Soledad Gallegos, la corresponsal de El País en Buenos Aires, o con Iñaki Gabilondo en Madrid, lo cual quiere decir mucho porque siempre trato de imaginar cómo era la vida de Juan antes de los celulares, desde dónde se comunicaba, salía o no salía de su habitación en los hoteles esperando o haciendo una llamada, cuántas veces al día corría hacia alguna cabina telefonica, las monedas en la mano, y debía  aguardar impaciente si la hallaba ocupada.

Qué vida más desolada entonces la de Juan sin celular, obligado a concentrarse en él mismo y ser uno solo y no tantos juanes como ahora, lo que quiere decir que entonces estaba más contigo, no tenía más remedio. Con Pilar no hay falla. Pilar siempre está. Tranquila, suave reposada, segura de sí misma, sabe que a cada minuto debe domar a una fiera inquieta pero sin uñas que es su marido a su costado. Y lo que le ha costado...

Para empezar, a Juan Cruz lo conocí en su despacho de Juan Bravo 38, altos de la librería Crisol, cuando era director general de Alfaguara, año del Señor de 1994, la vez que llegué a presentarle el manuscrito de mi novela Un baile de máscaras, que publicó al año siguiente. Hortensia Campanella, uruguaya exiliada en Madrid cuando la dictadura militar, quien entonces fungía como mi agente literaria oficiosa, había arreglado la cita.

Fue mi bautismo en Alfaguara. Yo venía de la revolución, un término que yo prefería para disfrazar el hecho incontrastable de que en realidad, de donde venía era de la política, enemiga artera de los escritores,  y Juan me dijo entonces, con tino y prevención de editor, que para hacer de mí un escritor con nombre de escritor, era necesario buscar como despojarme de la fama de político, algo en lo que estuve plenamente de acuerdo, y lo primero que le pedí es que en las solapas de mis libros no se pusiera que yo había sido vicepresidente de Nicaragua, porque el primero que no compraría el libro de un vicepresidente sería yo mismo.

La siguiente vez que nos vimos en Juan Bravo fue a finales de octubre de 1997, cuando le llevé los originales de Margarita está lindar la mar, que acababa de terminar después de un mes de trabajo intenso de corrección final en una finca entre Alcudia y Pollensa, en Mallorca; el nombre que le había puesto era Fin de fiesta, tras una infructuosa búsqueda de título, y Juan me contó entonces que se había abierto el concurso para adjudicar por primera vez el Premio Internacional de Novela Alfaguara, y me sugirió que por qué mejor no participaba con esa novela, al fin y al cabo, si no ganaba, y quedaba entre los finalistas, aquello ayudaría a las ventas, y al plan de seguir haciendo de mí un escritor con nombre de escritor.

No le dije ni que si ni que no, me llevé los originales de vuelta conmigo para pensarlo, y esa noche Hortensia me aconsejó que sí, que debía participar, y ella misma se encargó al día siguiente, en que yo volvía a Managua, de sacar en una tienda de fotocopias las copias reglamentarias del libro y entregarlas, todo bajo el seudónimo de Benjamín Itaspes, el nombre con que Rubén Darío se disfraza en su novela autobiográfica Oro de Mallorca, y la plica correspondiente. Cuando al mes siguiente hablé con Sealtiel Alatriste, el director de Alfaguara en México, me advirtió que Juan estaba en un error, los finalistas del premio no serían anunciados, había un ganador y punto; pero vuelta atrás ya no había ninguna...

Esta es la manera en que comienza mi libro de memorias literarias Juan de Juanes, publicado por Alfaguara a finals del año pasado, en su medio siglo de existencia.

[Publicado el 25/2/2015 a las 09:00]

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La tormenta perfecta

Hace años, a comienzos de los dos mil, en un hotel de Maracaibo donde debía presentar mi libro Adiós Muchachos, me tocó ver el ir y venir de los participantes a un entusiasta cónclave  de partidarios del comandante Hugo Chávez, recién llegado entonces a la presidencia, que se celebraba en otra sala vecina, todos de boinas y camisas rojas, broches en las boinas e insignias en las camisas, y todos con rostros sonrientes y entusiastas, como si acabaran de atrapar el futuro y no estuvieran dispuestos a soltarlo.

Para entonces yo ya venía de vuelta de mi propia revolución en Nicaragua, y precisamente en aquel libro de memorias contaba mis experiencias, un libro lleno de nostalgias por lo que pudo haber sido y no fue; y para quien quisiera leerlo buscando lecciones, que yo no me proponía dar, también estaba lleno de advertencias acerca de los errores y equivocaciones que una revolución incuba desde el primer día, a lo mejor sin proponérselo, pero que indefectiblemente conducen a la fatalidad.

Y mientras escuchaba al otro lado del tabique corear las ardorosas consignas bolivarianas, me invadía un sentimiento confuso en el que se mezclaban mis recuerdos de cuando los diques se rompen, se sueltan las aguas caudalosas y entonces todo parece posible; mi respeto por la devoción con la que aquellos militantes improvisados, de diversas edades, compartían aquel sueño que creían realizable; y la voz que por dentro me decía que esa película yo ya la había visto.

Para entonces ya sabía que lo mejor de una revolución ocurre el primer día, cuando se puede ver el mundo desde la altura, tan pequeño que se piensa que la empresa de transformarlo no tendrá mayores obstáculos, y que lo peor empieza al mismo día siguiente, cuando se decide que los sueños necesitan un reglamento. Y los sueños reglamentados, se vuelven siempre pesadillas.

 Es cuando el socialismo redentor empieza por acaparar la verdad absoluta, y para entrar en el reino de los justos se necesita del carnet, una estrecha vía de acceso exclusiva para quienes piensan de la misma manera, o fingen que piensan de la misma manera. Es cuando los sueños de cambio entran en un rígido orden burocrático. Cuando toda voz o pensamiento distinto se castiga primero como disidencia, y luego como traición. Cuando todos los errores que se cometen por estulticia burocrática, o por estrechez de miras, se achacan al infaltable imperialismo.

Ya había aprendido para entonces en mi propia experiencia algo que una vez escuché decir a Lula da Silva en Managua, cuando nosotros ya habíamos perdidos la revolución y él seguía aún intentando ser presidente de Brasil: y es que el gran error de la izquierda, un error estratégico, era pensar que la democracia se dividía en democracia burguesa y democracia proletaria, cuando lo que existía era una sola clase de democracia, sin apellidos.

Aquellas palabras desafiaban el dictum de exclusión que sigue caracterizando a la izquierda populista de América Latina en el siglo veintiuno, y que sólo revela un sentimiento primitivo profundo, que es el de sentirse dueño exclusivo de la verdad: el dictum que divide al mundo entre feligreses y traidores. Para pertenecer a la fila de los buenos, hay que ponerse la camisa roja.

 Bajo esta concepción simplista, todos los que no rezan el credo que el caudillo y su camarilla dictan, están destinados a ser silenciados, o a pasar el resto de sus días en las prisiones políticas que el estado redentor establece en beneficio de la sanidad ideológica, y de la permanencia sin fin de los mismos en el poder ellos, sus esposas, o sus hijos.

Cuando alguien se considera dueño exclusivo de la verdad, y tiene en el puño las llaves del paraíso donde los justos con carnet deben vivir hacinados, todo lo malo que ocurra dentro de las fronteras cerradas de ese paraíso será culpa de quienes se niegan a ponerse la librea ideológica. Porque para quienes dictan la  regla no es posible advertir que esa regla está fundamentalmente equivocada.

Mientras la regla excluya el consenso, mientras el sistema que todo lo quiere monopolizar niegue espacios de convivencia, mientras la democracia siga teniendo apellidos, mientras desde las tribunas oficiales se siga predicando el discurso obsoleto de que el pueblo está formado sólo por los partidarios del régimen, y todos los demás, cualquiera que sea su condición económica, aún los más pobres, son la derecha aliada del imperialismo, la tormenta seguirá acumulando nubes oscuras hasta convertirse en la tormenta perfecta.

Y el ogro burocrático, frente a la imposibilidad de lograr que la sociedad funcione con la normalidad pacífica que se necesita para la vida diaria, alimentos, medicinas, servicios básicos, lo único que puede hacer es ponerle más cercos a la libertad. Dictar más leyes y más reglamentos de control, más medidas de represión, confiscar más supermercados y farmacias, buscar más culpables, cuando la culpa está en el sistema mismo, que agotó hace tiempos sus sueños, y sólo conserva y multiplica sus pesadillas.

Los sueños mesiánicos comienzan siempre con grandes discursos y terminan en grandes colas.

[Publicado el 18/2/2015 a las 09:00]

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Mi amigo el pintor

Este mes de enero murió en Berlín el pintor Dieter Masuhr, nacido en el año de 1939. En un tiempo solía ganarse la vida como guía de turistas alemanes en Birmania, Indonesia y Singapur, y allí adquirió una extraña enfermedad provocada por un virus, hermana gemela del Alzheimer, que por largos diez años fue consumiendo su memoria, y su vida.

Lo encontré por primera vez,  recién llegado yo a Berlín en agosto de 1973. Desde las ventanas del apartamento de la Bregenzer Straße en Wilmersdorf, que compartía con su compañera de entonces, Sophie Gerlard, entraba el esplendoroso verano. Debimos entendernos en inglés, porque ni él hablaba español ni yo alemán, y luego, gracias a su terca constancia, no tardó en aprender el español, mejor de lo que yo alguna vez lo logré con el alemán. Pude conocerlo desde entonces como un romántico  inconforme, siempre del lado de los débiles, de aguda inteligencia y dueño de una franca ironía transparentada en su sonrisa y en sus despiertos ojos celestes.

Desde aquellos años de Berlín empezó entre nosotros una honda amistad que duró a lo largo de más de cuarenta años entre encuentros y silencios. Y esa amistad hizo que viniera a compartir conmigo los azares de la revolución nicaragüense, identificado con la rebeldía de un país pequeño y humillado que buscaba sacudirse una dictadura de medio siglo.

Cuando abandoné el exilio de Costa Rica en 1978 para regresar a Managua con el grupo de Los Doce, que desafiaba a Somoza, Dieter estuvo a mi lado, corriendo los mismos peligros, de escondite en escondite. De entonces data el retrato al óleo que hizo a los miembros del grupo, parte hoy de la historia de la revolución, y que guarda el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica.

Luego, en las trincheras del Frente Sur, donde los combatientes sandinistas pugnaban por romper las líneas del ejército de Somoza para avanzar hacia Managua, dibujó decenas de retratos de los combatientes, muy jóvenes en su mayoría, trazos con pluma de ganso que quedaron en el libro Los ojos de los guerrilleros, que es parte también de la historia de la revolución.

Tras el triunfo del 19 de julio de 1979 se quedó en Nicaragua, empeñado en tareas de cultura, en un momento en que estaba todo por hacer. Fue huésped por varias semanas de mis padres en mi pueblo natal de Masatepe, entonces solos en la casa de mi infancia. Les hizo unos retratos a pluma que a Dieter no le gustaban tanto, pero que a mí me parecen fascinantes, porque es el alma de mis padres la que habla en esos trazos rotundos de su mano; y también hizo otro de mi hijo Sergio, también a pluma.

Pintó a lo largo de sus años en Nicaragua muchos de sus cuadros, entre ellos un panel donde aparecen los poetas del país, no todos, porque ya se sabe que son legión. Uno de los que figura en el retrato, José Coronel Urtecho, escribió entonces un hermoso texto que se llama Siendo pintado por Dieter Masuhr.  De entonces son también no pocos de sus paisajes más notables, vivos retratos de los desolados veranos nicaragüenses, de los montes, volcanes y lagos.

Antes de nuestro regreso a Nicaragua en 1975, al cabo de nuestros dos años inolvidables en Berlín, mi mujer Tulita y yo posamos para el primer retrato al óleo que nos hizo. Lo guardó muchos años en Hinterzarten el amigo común que nos puso en relación a Dieter y a mí, Peter Schütze-Kraft, quien nos lo trajo a Managua años después.

El segundo retrato de pareja data de los años noventa, pintado en su taller de Falkensee, en la Daimlerstrasse, un viejo taller de carpintería abandonado al que él volvió a darle vida. Así lo recuerdo en mi cuento La partida de caza, de mi libro Catalina y Catalina:

"La luz del naciente verano entra por los grandes ventanales que Dieter hizo abrir cuando alquiló el taller y baña el retrato colocado con anticipación en el caballete de pino. Aparecemos más viejos en la tela, claro está, y quizás más tristes, y yo más gordo, a diferencia del otro que nos hizo en 1975, antes de despedirnos de Berlín tras nuestra estadía de dos años. Dieter nos muestra también el retrato que le hizo a Kenzaburo Oé, el gran escritor japonés, ganador del Premio Nobel. Ha retratado usted a mis antepasados, fue su comentario cuando lo vio en el caballete, una vez terminado".

Y por último, el retrato de Tulita, de gran formato, que cuelga al lado de la ventana de mi estudio en Managua, frente a la que escribo todos los días. Lo pintó en Managua en aquellos años ochenta de la revolución. Es un retrato espléndido, que habrá de acompañarme toda la vida. De modo que mientras escriba, Dieter estará siempre al lado mío, con su mano invisible que sigue repitiendo esos trazos maestros.

[Publicado el 11/2/2015 a las 09:00]

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El pasado que devora al futuro

He cumplido la hazaña de leerme las casi seiscientas páginas de El capital en el siglo veintiuno de Thomas Piketty, a quien un día de tantos veremos en la lista de los premios Nobel de economía. Y lo he hecho como si se tratara de una carrera a campo traviesa, cogiendo a veces el segundo aire cuando las cuestas me parecían más empinadas, y disfrutando de las travesías a campo llano.

Proponerse la lectura de un tratado de economía de semejante peso y grosor, puede parecer arduo para un novelista que mejor se deja seducir por lo que tienen de entretenido los caminos de la imaginación. Pero, emprendida la tarea, uno se da cuenta de que Piketty no es árido, ni aburrido, y cuenta los fenómenos de la economía en su relación con la historia de la humanidad, como si de verdad se tratara de una novela donde, como en Guerra y Paz de Tolstoi, uno entiende que los fenómenos sociales y económicos no son más que las expresiones colectivas de las vidas de los seres humanos.

Coincidí con Piketty en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y más que un profesor de la Escuela de Ciencias Económicas de París parece un estudiante de sus aulas, más cómodo en sus jeans desteñidos que vestido de saco y corbata; y entre las cosas que me seducen de él es que, contaminado por la literatura, la convierte en parte esencial de sus explicaciones económicas.

A comienzos del siglo diecinueve, antes de que la revolución industrial trastocara todo el panorama, para vivir como rico en la ciudad, o al menos holgadamente, era necesario tener rentas suficientes que dependían de la cantidad de tierras cultivables de que se fuera dueño. De modo que si queremos entender cómo funcionaba la economía entonces, una lectura de Papa Goriot de Honoré de Balzac, o de Mansfield Park de Jane Austen, nos darán claves suficientes.

No es que en sus diálogos, Rastignac y la baronesa de Nuncigen, personajes de Papa Goriot, en lugar de temas amorosos discutan acerca de las teorías de la relación entre beneficios y salarios de David Ricardo, o de las tesis del crecimiento de la población de Malthus. Pero en el relato percibimos cómo los mecanismos económicos mueven las vidas de los personajes, y determinan su riqueza o su ruina. No sólo en esta novela, sino en toda  La Comedia Humana podemos ver esos mecanismos en acción.

Lo que fascina a Piketty es que Balzac da por supuesto que el lector de su tiempo entiende de que le está hablando cuando dice que un personaje dispone de tanto miles de francos como renta anual. De allí se puede deducir si se trata de un pobre diablo con disposición de arribista, o de una muchacha soltera que es un buen partido, o se quedará para vestir santos. Y cuando Jane Austen cuenta que Sir Thomas, uno de sus personajes de Mansfield Park, tiene plantaciones en las Antillas, y lo que esas plantaciones representan en rentas para él, la novelista, sin ningún propósito didáctico, nos está explicando los entresijos de la economía colonial de Inglaterra, en los comienzos de su auge.

Y Austen, tanto en Sentido y sensibilidad, como en Persuasión, dos de sus novelas más populares, se ocupa de las injustas consecuencias del mayorazgo, esa institución de resabios feudales mediante la cual se despojaba de la herencia a los demás hijos en favor del primogénito varón, para que la propiedad no se fragmentara; y la novelista sabía de qué hablaba, porque tanto ella como su hermana, desheredadas de esta manera, y sin dote que ofrecer, se quedaron solteronas, recuerda Piketty.

Al contrario, dos siglos después, un novelista como Orhan Pamuk, ya no tendrá que ocuparse de entrar en detalles sobre rentas para explicar las vidas de sus personajes, pues el mundo ha cambiado. La economía ya no depende de las rentas agrarias, sino de otras formas más complejas de formación de los capitales. En las novelas de Pamuk, ambientadas en Estambul de los años setenta, en un período durante el cual la inflación ha vuelto ambiguo el sentido del dinero, dice Piketty, se omite la mención de cualquier suma específica.

Esta conexión fascinante entre economía y literatura, nos enseña que el autor de El capital en el siglo veintiuno no es un frío analista de cifras, sino un humanista que utiliza la economía para explicar el fenómeno de la desigualdad, que ha acompañado a lo largo de los siglos la historia de la humanidad. Es lo que está ya en las novelas de Balzac y Austen, visto desde la ficción encarnada en la realidad.

Porque este es un libro sobre la desigualdad social, causada por la acumulación desmedida de capital, cuando esta alcanza cotas muy por encima de las tasas de crecimiento económico; abismo que, según Picketty, amenaza con ser catastróficamente mayor en el siglo veintiuno, si no hay políticas públicas, sobre todo políticas fiscales, que intervengan para cerrarlo. Volveríamos al reinado de los  voraces rentistas, dice. El pasado, que devorará al futuro.

[Publicado el 04/2/2015 a las 09:00]

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Consejos para no aburrirse

Me pregunta en Facebook  un joven estudiante reticente a los libros, si le puedo aconsejar cómo hacer para no aburrirse leyendo. Le he escrito que lo primero que debe aprender es a diferenciar entre aquellos libros que aburren, y los que no. Y para eso no tiene más remedio que experimentar, abriendo las páginas de un libro divertido  e intrigante, que los hay, y muchos,  y meterse de cabeza dentro de ese mundo imaginario donde todo es verdad y al mismo tiempo todo es mentira, pero que al mismo tiempo despierta risa, y curiosidad.

En mis tiempos del colegio, dudaba en abrir un libro que el profesor me habían puesto a leer como tarea porque temía aburrirme. Y si por fin empezaba, es probable que tras un buen rato de honrado intento por seguir adelante los párpados se me cayeran de sueño, porque la lectura trabajosa me había narcotizado en lugar de despertar mi interés en saber qué ocurriría en la página siguiente.

El amigo estudiante que me pregunta debe aficionarse a los libros entretenidos, aquellos que podemos leer volviéndonos cómplices del escritor: los libros que nos intrigan, que nos deparan sorpresas, que nos divierten, que nos causan risa. Que haya libros que no nos interesen, es muchas veces culpa de quienes nos los ponen como lectura,  porque no saben explicarnos bien qué placeres vamos a encontrar en ellos. O deberían decirnos: de este libro que es un bodrio, no leerás.

El Quijote, por ejemplo, que puede asustarnos por su peso y volumen, no es un tratado de ideas filosóficas, ni un manual de buen comportamiento, ni un texto de gramática, sino un libro lleno de situaciones cómicas y disparates con el que podemos pasarnos riendo una tarde entera, pues se trata nada menos que de la historia de un hombre cualquiera, serio y bien portado, que de pronto pierde la cabeza y le entra la locura de andar por los caminos, montado en su flaco caballo Rocinante y armado de un escudo y una lanza, desafiando a duelo a gigantes malvados que sólo existen en su mente.

Va en busca de aventuras, disfrazado como los caballeros andantes, personajes que para entonces ya hace tiempo habían dejado de existir, o nunca existieron. Es como si alguien saliera hoy a la calle vestido de El hombre araña, y quisiera escalar las paredes, o de Supermán, y pretendiera volar por los aires. Y no sólo reta gigantes. Prueben a leer el capítulo donde obliga a liberar a un león que llevan a un zoológico del rey, porque se cree el más valiente entre los valientes, y ya sabrán cómo termina esa aventura, una de las tantas que sale a buscar, y siempre termina por hallar a lo largo de su camino.

Hay dos cosas que rara vez se suman en un novelista: que sea muy bueno como escritor, y a la vez que sea muy popular. Lo consiguió Cervantes con El Quijote, que fue un best-seller en su tiempo, como lo afirma uno de los mismos personajes de la novela, el bachiller Sansón Carrasco, en la segunda parte, una vez que la primera ha sido leída, releída, y traducida a muchos idiomas: "los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: «Allí va Rocinante». Y los que más se han dado a su lectura son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle un Don Quijote".

Le he dicho a mi amigo de Facebook que pruebe con El Quijote, que en lugar de ser un libro culto, es un libro popular. Que se salte los sonetos que están al comienzo; que no es obligatorio leer el primer capítulo, ya volverá después a él; y que vaya directamente al episodio del león, o a aquel otro donde el caballero andante termina creyendo que todo lo que se representa en el retablo de Maese Pedro es cierto (que es lo que debemos hacer como lectores siempre, creer que lo que se nos cuenta en una novela es verídico y que así mismo sucedió), y por eso descabeza a los títeres mandoble en mano, y los hiere mortalmente a cuchillada limpia, tomándolos por enemigos.

Esa es la mejor manera de leer. Y le digo a mi amigo estudiante que una vez que haga la prueba, me escriba de nuevo y me cuente cómo le fue.

[Publicado el 28/1/2015 a las 09:00]

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Prohibido hablar, prohibido reírse.

El asalto despiadado contra Charlie Hebdo pasó hace ya algunas semanas, pero nunca se llega tarde a esta clase de acontecimientos. Se trata de un ataque a la libertad de expresión y un ataque a la libertad de reírse, perpetrado desde las oscuras cavernas de la ignorancia fundamentalista que se profesa como religión, porque la ignorancia también llega a ser una profesión de fe.

La indignación ha estallado por todas partes, algo saludable en un mundo donde todos los días vemos amenazada la libertad de palabra. Periodistas decapitados por denunciar a los traficantes de drogas, y perseguidos y encarcelados por exponer los actos de corrupción gubernamental; diarios y revistas que se cierran por temor ante la represión, o por amenazas, o porque los gobiernos les quitan o restringen el acceso al papel de imprenta, o la publicidad oficial; estaciones de radio y televisión compradas por el poder, para acallarlas o mediatizarlas. Todas son formas de intolerancia, tanto como la intolerancia religiosa.

Pero comenzamos a escuchar voces que nos preguntan si los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo no debieron ser más moderados. Nos dicen que si se han abstenido de burlarse de Mahoma, porque todas las religiones merecen respeto, esa tragedia se habría evitado. O sea, que estaba en manos de las propias víctimas quitarse del riesgo de ser asesinadas, con solo hacer uso del buen juicio. ¿Por qué caer en actos de provocación, si uno sabe que en eso le va la vida?

Esas reflexiones sobre la prudencia desbordan la infamia de los asesinatos de París, y se extienden a todo el oscuro territorio de la libertad de expresión, amenazada en tantas partes. ¿Por qué un periodista de esos que son asesinados en Honduras o en México, no piensa mejor en la familia que va a dejar desamparada, antes de exponerse, con sus pertinaces denuncias, a la ira de los narcotraficantes o de los pandilleros? ¿Por qué mejor no se quedan callados los medios de comunicación que hacen revelaciones peligrosas para que no les pongan una bomba? ¿Por qué no guardan silencio los periódicos a quienes reprimen negándoles papel, y así tendrán suficiente para imprimir todo lo que quieran, menos aquellos que al poder no le gusta?

Si se trata de una fiera que ya sabemos que es peligrosa, que tiene colmillos afilados, y no entienden ni de chistes ni de bromas, ¿la sensatez no nos indica que no debemos provocarla, ni burlarnos de ella, ni reírnos en sus narices? Estos razonamientos son parecidos a los que se usan para eximir de culpa de los agresores sexuales. ¿No harían mejor las mujeres en vestirse de manera recatada, en lugar de usar provocativos escotes, o minifaldas atrevidas? Son ellas las que los incitan al pecado, y después no deberían quejarse si las violan.

Si esta lógica de la cobardía prosperara, estaríamos aceptando que la libertad de expresión debe ser cedida por partes, según la sensatez lo vaya dictando, y luego, cuando abriéramos los ojos, nos daríamos cuenta que la hemos cedido toda, y la hemos dejado en manos de quienes, gracias a nuestra prudencia, la estarían ahora administrando: los fanáticos que sólo saben leer en las páginas en blanco del libro de la ignorancia. Los capos del narcotráfico. Los autócratas que tienen proyectos de redención para sus pueblos, y a quienes la palabra libre estorba sus planes.

Y habríamos cedido también el saludable derecho de reírnos en público. De reírnos de las ideas fijas y solemnes, de los personajes pomposos, de las ridiculeces y de las iniquidades del poder, de los políticos corruptos, de los oropeles y fastos con que se visten los reyes del narcotráfico y sus acólitos. Permitiríamos ser expulsados del mundo de la risa, que es por naturaleza irreverente.

No hay risas reglamentadas. Y como la risa es un don creativo, también los administradores de nuestra libertad nos exigirían entregar el resto de nuestras potestades creativas. Escribir sólo aquellas novelas que no ofendan al Dios autoritario que los extremistas tienen en sus cabezas; no más caricaturas, canciones ni películas opuestas a la fe de otros, que debemos respetar al precio de pagarles el tributo del silencio.

Un escritor argelino, Kamel Daoud, se está viendo en esas ahora mismo, después de la publicación de su novela Meursault, Contra-investigación, candidata en Francia al premio Goncourt. Un clérigo salafista del grupo Frente Despertar Islámico, nada versado en literatura, llamó a la ejecución del novelista "por la guerra que está instigando contra Dios y el profeta".

Ahora Daoud se halla bajo amenaza de muerte, aunque la solución, para su tranquilidad, hubiera sido presentar primero su libro a la censura de un imán que apenas sabe leer, a fin de que suprimiera lo que no fuera de su gusto. Y los caricaturistas de Charlie Hebdo estarían vivos si hubieran hecho lo mismo, someter sus dibujos a los dueños de la sanidad religiosa, que no entienden de bromas ni de risas.

Así viviríamos todos felices, serios y callados, contemplando en la pared de nuestras celdas mentales el rótulo PROHIBIDO HABLAR, PROHIBIDO REÍRSE.

[Publicado el 21/1/2015 a las 09:00]

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Memoria y olvido

El metal y la escoria, la reciente novela Gonzalo Celorio (Tusquets, 2014) trata sobre el metal de la memoria y la escoria del olvido. Una novela sobre una dilatada familia con multitud historias que contar, donde también nos encontramos con el metal de los afectos de una numerosa tribu de hermanos, entre las estrecheces de la pobreza, y la escoria de una tribu de tíos tarambanas cuyo oficio en la vida fue dilapidar sin tregua la fortuna familiar.

También es una novela sobre los emigrantes, campesinos asturianos que partieron a "hacer la América", y que entre todos forman ese alud de historias diversas y dispersas en nuestra propia historia de este lado; los que vinieron y nunca regresaron, se hicieron ricos, sobre todo en el comercio, o quebraron, o murieron en el anonimato de la pobreza. Y los que volvieron al lar paterno ricos, y se establecieron allá como indianos con una palmera real sembrada en su jardín y un papagayo en la ventana.

Una saga de varias generaciones, un álbum familiar a cuyas páginas uno se va a asomando para admirar toda esa galería de fotografías que el novelista ha elegido para mostrarnos, y ponerlas en movimiento. La saga donde dos emigrantes parten juntos desde Asturias hacia las costas de México en la segunda mitad del siglo diecinueve, como tantos otros; uno, Emeterio, desde Vibaño, un caserío perdido en la montaña, y el otro Ricardo, desde el vecino pueblo de Rales; viajan en el mismo barco, son amigos del alma, y al final, Ricardo termina aprovechándose de la fortuna de Emeterio, quien lo nombra albacea, y entonces el otro esquilma con mañas sutiles a los herederos, que, a su vez, despilfarran la riqueza del padre que alcanza a llegar a sus manos, Ricardo, Rodolfo, Severino, las ovejas negras.

La saga donde uno de los hijos de Emeterio, el que no dilapida, la oveja blanca, el padre del novelista y un gran personaje de este libro, debe mantener y educar a una numerosa tribu de hijos en condiciones precarias, entre estrecheces, mientras alrededor de ellos, años sesenta del siglo veinte, crece hasta la metástasis la ciudad de México, y la madre es quien toma la iniciativa para mantener la disciplina y distribuir entre todos lo que se puede proveer, en una casa donde la fortuna del abuelo, esquilmada y dilapidada, es solo un recuerdo poco consolador con tantas bocas que alimentar.

Una novela que es la mitad de una saga que sólo leeremos completa si sumamos las páginas de la novela anterior  de Celorio, Tres lindas cubanas, donde se cuentan las historias de la rama materna del autor, de un lado los Celorio, del otro los Blasco, un espléndido pájaro que vuela con dos alas entre lo vivido y lo imaginado.

Y por fin, una pregunta que como novelista me intriga: El metal y la escoria, ¿qué es realmente? ¿Una memoria familiar? ¿La biografía de una familia? ¿Por qué una novela, si se trata de un minucioso recuento de la historia de tres generaciones, cada uno de los personajes con su nombre propio, tan veraces que podríamos comprobar sus identidades en el registro civil?

Pienso que es porque la novela en el siglo veintiuno, por fin ya lo es todo, y no como innovación, sino como reconocimiento de la calidad cervantina de la escritura, porque para Cervantes la novela contiene la totalidad, lo real y lo imaginado, lo recordado y aun lo olvidado, porque esta es también una novela sobre el olvido, la escoria del olvido.

El más memorioso de los hermanos del novelista, Benito, comienza un día a olvidar, hasta que, con el tiempo, su mente se vuelve una pared blanca donde ya nada se puede proyectar. Todas las imágenes, los recuerdos, los nombres, las fechas, han desaparecido. Y entonces el novelista dice:

"Muchas veces estuve tentado a abandonar definitivamente la escritura de mi novela. De hecho, la abandoné por largas temporadas. No sólo porque la persona que más sabía de la historia que yo debía contar y que era mi principal informante hubiera perdido la memoria, sino porque la idea misma de la memoria ancestral que yo me proponía recuperar empezaba a perder sentido. Para qué seguir indagando datos, buscando documentos, aventurando hipótesis, imaginando escenas, si todo acababa finalmente en el olvido..."

Esta es, pues, una novela contra el olvido, y la memoria del novelista se impone, admirado él mismo del prodigio de haber podido convertir en narración todo aquel cúmulo de datos que fue buscando por todas partes, un caudal que su hermano Benito contribuyó a nutrir. 

Una manera de que Benito tampoco olvide, porque recuerda el novelista y recordaremos todos nosotros.

[Publicado el 14/1/2015 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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