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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 23 de noviembre de 2014

 Blog de Sergio Ramírez

El mundo de los dos pulgares

 

Siempre me ha seducido imaginar a un monje medioeval de esos que habían pasado la vida entera copiando libros a mano en el encierro de los conventos, cuando una mañana oye gritar desde la calle que se ha inventado una máquina portentosa para imprimir los libros en decenas de copias; y este viejo monje de mi imaginación piensa, con susto y tristeza, que su antiguo oficio manual ya no servirá de nada en el futuro y, por tanto, sólo quedan para él el olvido y la muerte; y cuando la polilla se coma los pergaminos en los que ha trabajado toda su vida, se lo comerá también a él.    

Este monje, a lo mejor medio sordo, de modo que el pregón que anunciaba la invención de la imprenta entró apagado a sus oídos, sólo tenía una manera de no ser comido por la polilla, y era colgar los hábitos, salir a la calle, buscar uno de los talleres donde se imprimían libros, preguntar, indagar, meterse entre los tipógrafos, aprender a componer planas con los tipos móviles de madera, enterarse de cómo funcionaban las prensas manuales, de cómo trabajaban los encuadernadores. Y aceptar, antes de nada, que el mundo tan antiguo en el que había vivido se hundía para siempre en las tinieblas.

A veces me siento como ese viejo monje, confundido y desorientado en medio de la nutrida selva de invenciones, donde se agrega un nuevo árbol que nace cada noche y a la mañana siguiente ya ha desarrollado su follaje, y donde los libros, que se imprimen digitalmente o se leen en las pantallas, también digitalmente, no son más que uno de esos árboles conectados entre todos por la tecnología cibernética, igual que el cine, la música, la información, el entretenimiento, la vigilancia policial, el agua potable, la electricidad, las compras a domicilio, los juegos, los vuelos aéreos, el funcionamiento de los automóviles, los trenes, los semáforos en las esquinas.

Nuestra memoria vive en una nube, es decir, la memoria de la humanidad archivada en la nada virtual. Lo que escribo cada día, lo que invento, lo que medito, es registrado de manera inmaterial, tanto que cuando apago la computadora mis palabras regresan a esa nada virtual, y sólo volverán delante de mí cuando yo las convoque. No necesito viajar con ellas; adonde llegue, me estarán esperando para bajar a mí desde la nube.

Todo esto sería demasiado para el monje de mi historia, pero alguien como yo, que empezó tecleando en las máquinas de escribir mecánicas, y creció con la radio imaginando a los personajes encarnados en las voces, debe librar una lucha a brazo partido con ese ángel de la ultra modernidad que cambia en cada momento de figura, y al que si no logro asir en mi abrazo, al rayar el alba se alejará y me dejará derrotado; e igual que Jacob en la historia bíblica debo decirle: no te soltaré si no me bendices.

Sino entras en ese cono de luz, lo que te espera es la oscuridad, y la soledad. No sabrás de qué están hablando los demás, que son en su inmensa mayoría jóvenes. No podrás ni siquiera viajar. Aún me acerco con terror a las máquinas que te dan en los aeropuertos los pases de abordar; de repente hay aún un empleado piadoso que te auxilia, pero pronto desaparecerán. Pronto tampoco habrá nadie en la ventanilla cuando quieras comprar un boleto para entrar al cine.

Alguien de mi generación se quejaba delante de mí hace poco, de lo caótico que es el mundo de las redes sociales. No lo es, le decía yo. Si vives dentro, si aprendes a conocer bien esas reglas juveniles que lo animan, te vas a dar cuenta de cómo funcionan los códigos que los adolescentes han inventado para nosotros. Tienes que aprender a usar la carita feliz, las abreviaturas, los neologismos que te parecen tan arbitrarios, tienes que aceptar que el idioma es hoy más híbrido y mutable que nunca, tienes que saber usar los dos pulgares para escribir porque se acabó la era de la digitación con los demás dedos.

Quizás siempre hubo un abismo entre generaciones, me dirá mi amigo, esta misma preocupación por no quedarse atrás, aislado en el páramo. Soy el primero en aceptarlo, por eso empecé contando la historia de mi monje medioeval que oye gritar que afuera ocurre un cataclismo después del cual el paisaje ya no será nunca el mismo.

 Pero este cataclismo que nos toca, es el cambio más radical de civilización que ha vivido la humanidad, y apenas empieza. Apenas cimbra con sus primeros movimientos telúricos la tierra. Y si te traga una de las grietas que se abrirán mientras huyes, no volverás a ver la luz del sol.

La vejez es entonces eso, quedarse fuera, no entender que el mundo es otro, y que para vivir en él es necesario adaptarse, como ha sucedido a lo largo de los milenios con todas las especies. Y ahora apago la computadora, y mando estas palabras a la nube que navegaba invisible sobre mi cabeza.

[Publicado el 19/11/2014 a las 09:00]

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El escultor de la edad del hierro

 

 Entre las frondas del jardín tropical que con sus húmedas bocanadas verdes entra en el corredor de mi casa en Managua, ésta rúbrica de hierro que es la escultura del premio Alfaguara, forjada por Martín Chirino, parece alzarse en espirales para volar, porque el escultor ha probado que en contra de las anticuadas leyes físicas, existe la ligereza del metal. La rúbrica que repta y vuelve sobre sí misma, enroscándose airosa, ha volado lejos por cielos abiertos desde las islas Canarias, para asentarse sobre esta mesa de madera nicaragüense, de patas torneadas y superficie circular.

Para que este milagro ocurriera en mi casa, el adusto y férreo militar que fue el padre de Chirino lo llevo un día a conocer el hierro en los talleres del astillero del puerto de la Luz en las Palmas, un paseo por los diques de carena y los patios de desguace, esqueletos y costillares, planchas arrancadas de los cascos, el chisporroteo de las soldaduras, la música de los mazos y los martillos contra el yunque que él recuerda como la música del tiempo. La edad de la infancia que fue su edad del hierro.

¿Qué es eso de la música del tiempo que Chirino escuchó desde entonces? El poeta nicaragüense Alfonso Cortés, que siguió después de Darío, acierta a responder al escultor de la edad del hierro:

...la distancia es silencio, la visión es sonido;
el alma se nos vuelve como un místico oído
en que tienen las formas propia sonoridad...

Es tersa la superficie de la rúbrica negra a la que acerco la mano entre el olor del follaje y el olor de tierra húmeda y savia vegetal en esta mañana nublada que anuncia lluvia, y el hierro que se encrespa indolente sobre la mesa tiene el olor de las mareas revueltas, de los burgados agarrados a las rocas, de los cangrejos muertos en la playa de Las Canteras, mientras el viento del Atlántico que sopla enardecido alza en espirales la arena que es también hierro pulverizado, el viento que se elevaba desde las dunas y que Chirino de niño podía ver, no sólo oír; el viento de hierro que ha sido el origen de todo lo que imagina y de lo que hace, según él lo dice, el viento golpeando contra el yunque del cielo sin fin. Y luego esculpiría el viento mismo, atrapado en espiral.

Y también son hierro poroso, con textura de encaje, los promontorios de la costa africana que vería después en sus viajes, el Atlántico y luego el Mediterráneo, siempre hierro y viento, el metal enrollándose en sí mismo, buscando liberarse para reptar en un gran espacio abierto, un páramo, un atrio, una plaza, o una pequeña mesa como esta de mi casa de Nicaragua.

La textura de estas esculturas es metafísica, incesantes en su inmovilidad dinámica, hechas del metal repasado y pulido por el viento, el viento que la mano del escultor escucha, toca, detiene y convierte en hierro fundido pasándolo por la fragua y el golpe del martillo que se repite en ecos. Hierro metafísico que se busca a sí mismo ondeando, arabesco que se muerde la cola, espiral que se cierra en sí misma porque ha encontrado el centro del universo. De espirales hablaba en Madrid Chirino con Julio Cortázar y una plática así es ya metafísica, y planearon una carpeta en la que él pondría sus espirales y Cortázar los descifraría.

Chirino, Cortázar. Todos los encuentros vienen a ser metafísicos. En una pared de esta casa, vecina al arabesco de Chirino, hay un marco donde puse una bolsa de mareo sobre la que Cortázar me escribió con lápiz de grafito una nota en octubre de 1979, cuando tras el triunfo de la revolución en Nicaragua viajamos hacia la costa del Caribe en un avión militar de la desaparecida fuerza aérea de Somoza, un avión de bancas transversales y que parecía más bien un autobús destartalado:

Sergio: nunca dejaré de agradecerte que me hayas permitido la oportunidad de volar en un avión con una escoba. Por si no lo creés, la escoba está junto al asiento de Carol.

La espiral se cierra y se abre hacia el infinito, igual que la rúbrica de hierro sobre la mesa y la nota manuscrita en la pared. La mano de Cortázar que descifra laberintos, y la mano de Chirino que sigue forjando el viento que ahora azota las hojas de los árboles en el jardín antes de que la lluvia empiece a caer.

[Publicado el 12/11/2014 a las 09:00]

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Teología del gran canal

Ahora quizás resulte que la idea mesiánica del Gran Canal de Nicaragua tiene un origen teológico. Durante una reciente reunión del Consejo de Partidos Políticos de América Latina (COPPAL) celebrada en Managua,  el comandante Daniel Ortega reveló que no le fue fácil convencerse de las ventajas del canal interoceánico, cuya construcción y propiedad entregó por medio de un tratado de cien años de duración al empresario chino Huag Ying, hasta que lo persuadió el célebre teólogo brasileño Leonardo Boff.

El comandante lo contó de esta manera: "la prueba de fuego la pasé con Leonardo Boff...hace dos años andaba aquí Leonardo, ya estaba lo del Canal, y hablé con Leonardo que es un defensor de la naturaleza. Yo venía preparado para que me dijera que la construcción del canal era una barbaridad, eso esperaba". Pero fue todo lo contrario.

Boff le habría hablado de "hidroeléctricas y obras a cielo abierto en la selva en Brasil: y me decía que sí, que existían los cuestionamientos, pero que ellos acompañaron los proyectos y que el impacto que habían tenido había dado vida a los bosques".

Entre los buenos ejemplos que el teólogo puso a Ortega estaba la represa de Iguazú en el río Paraná, entre Brasil y Paraguay, iniciada para el tiempo de las dictaduras militares en ambos países, una de las siete maravillas del mundo moderno.  Oír todo aquello "fue un gran alivio para mí", comentó Ortega. Un alivio trascendental, pues hasta antes de su providencial reunión con Boff, la construcción del canal le parecía una monstruosidad. En mayo del año 2007 había declarado: "No habrá oro en el mundo que nos haga ceder en esto, porque el Gran Lago es la mayor reserva de agua de Centroamérica y no la vamos a poner en riesgo con un mega-proyecto como un canal interoceánico".  

Boff, por su parte, ha contado recientemente aquel encuentro con Ortega, que, por lo que se ve, podrá llegar a definir la suerte de Nicaragua si es que los chinos llevan adelante la construcción de su Gran Canal:

"No tengo secretos. Hace dos años, en una conversación informal en la casa de la ex canciller Miguel D' Escoto, el Presidente Ortega dijo que los Estados Unidos están presionando a todos los países y a las empresas para que no hagan inversiones en el país. Y Nicaragua se está ahogando en deudas. La solución definitiva sería construir un canal que le daría al pueblo nicaragüense un mínimo de subsistencia y desarrollo".

Boff es un hombre bien informado, de modo que debería saber que no es cierto que Estados Unidos mantenga ningún bloqueo económico ni financiero sobre Nicaragua, y que las relaciones de cooperación económica entre ambos países, incluidas las inversiones, son normales, y así lo celebran las corporaciones de empresarios nacionales.

Tampoco en cierto que Nicaragua se esté ahogando en deudas. Ortega se precia de que el país es un excelente pagador de sus créditos públicos y privados, y de la solidez de las reservas monetarias. De acuerdo al Índice de Libertad Económica en el Mundo, que tiene que ver con la inversión extranjera, Nicaragua, que ocupaba el lugar 111, ha escalado en los últimos años 75 posiciones, y se coloca en el primer rango de países donde el estado interfiere menos con regulaciones del mercado y el flujo de capitales. Es decir, un ejemplar gobierno neoliberal.

Y sigue Boff explicando sus consejos a Ortega: "Le dije que debemos combinar los dos polos, el humano y la naturaleza, ya que ambos se pertenecen. Y hoy en día existen tecnologías que pueden evitar daños irreparables. Aconsejé que fuera a visitar la presa más grande del mundo, la de Itaipú en Foz do Iguaçu, pues allí se lleva a cabo una experiencia exitosa de equilibrio entre el hombre y la naturaleza...fue todo lo que dije".

Pero aún dice algo más: "China es uno de los pocos países que se resiste y se enfrenta a los Estados Unidos .Todas las demás empresas fueron bloqueadas". Y ya no sabemos si esta última frase es suya propia, o la copia de Ortega. De cualquier modo, para un hombre tan bien enterado, debería resultar obvio que eso también es falso. China y Estados Unidos no están enfrentados alrededor del cacareado Gran Canal por Nicaragua.

Ni tampoco Estados Unidos ha prevenido a sus empresarios de no inviertan en este hipotético proyecto, a lo mejor porque la Casa Blanca lo sigue considerando fantasioso. La prueba de que no existe tal hostilidad, está en que cuando Wang Ying lo presentó con toda pompa en Managua en 2013, se hizo rodear de representantes de poderosas empresas norteamericanas cuyos servicios ha contratado, una de ellas los cabilderos McLarty & Associates, dueños de una clientela que incluye a Wallmart y General Electric.

Y Boff debería saber también que entre los expertos al servicio de McLarty figura John Dimitri Negroponte, quien desde su cargo de embajador de Reagan en Honduras dirigió en los años ochenta las operaciones militares de la CIA contra Nicaragua. 

Quizás estamos asistiendo al nacimiento de una nueva teología.

[Publicado el 05/11/2014 a las 09:00]

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Todos los libros del mundo

Cada mes de octubre se celebra a lo largo de varios días la Feria Internacional del Libro de Frankfurt, la más grande y la de mayor tradición en el mundo. Congrega a miles de escritores, libreros, editores, agentes literarios, traductores, diseñadores gráficos e ilustradores, publicistas y periodistas, y hay cerca de 8.000 expositores de libros en todos los idiomas que uno pueda imaginar. El último día las puertas se abren al público, y los libros, vendidos a precios de feria, desaparecen de los estantes de exhibición.

El catálogo es todo un libro en sí mismo, y allí se anuncian las casi 3.000 actividades que se celebran en los diversos pabellones del recinto, entre presentaciones de libros, conferencia, debates y mesas redondas. Decenas de millones de dólares se transan en contratos de edición, traducciones y derechos de autor.

Es en Alemania donde se inventó el libro impreso, tal como lo conocemos hoy, y la Feria de Frankfurt viene a resultar la celebración de una industria universal que lejos de desaparecer bajo el peso del libro electrónico, tal como se nos vive amenazando cada día, muestra nuevas pujanzas en cuando métodos de impresión y formas de mercadeo, entre las ventajas y los estragos de la globalización. En los pasillos que bullen de gente, y donde se escuchan los más diversos idiomas, uno comprueba este espléndido vigor; no se asiste a un velorio para cantar al libro su requiescat in pace, sino a una fiesta para celebrar su permanente florecimiento.

Grandes editoriales, pequeñas editoriales y escritores de todos los confines se congregan en la Feria. Este año los centroamericanos hemos vivido una experiencia única. Gracias al patrocinio del Instituto Goethe, un grupo de valientes y aguerridas casas editoras de nuestros seis países ha concurrido a la Feria, junto con algunos de nuestros escritores jóvenes: Denise Phé-Funchal, de Guatemala; Vanessa Núñez Handal, de El Salvador y Warren Ulloa de Costa Rica.

Y esas editoriales, siempre con el apoyo del Instituto Goethe, han traído como muestra de sus empeños concertados una antología del nuevo cuento centroamericano,  Un espejo roto, que me tocó prologar y compilar; todo un hito, sobre todo porque en este libro ellas se presentan bajo un solo sello, el de GEICA, Grupo de Editoriales Independientes de Centroamérica. Y esa antología ha sido publicada al mismo tiempo en lengua alemana bajo el título Zwischen Süd und Nord (Entre el Norte y el Sur), por la prestigiosa Union Verlag de Zürich.

En el pabellón de Encuentros Mundiales de la Feria se celebró una mesa redonda en la que acompañé al presidente del Instituto Goethe, el profesor Klaus-Dieter Lehman, al director de la editorial Uruk de Costa Rica, Oscar Castillo, del grupo GEICA, y a la especialista en literatura latinoamericana Michi Straufel, de la editorial alemana Fischer. La mesa, con un lleno total de público, fue coordinada por Lutz Kliche, uno de los traductores de la antología al alemán, y el tema fue el futuro de la literatura en Centroamérica.

Los desafíos hacia ese futuro son muchos para nuestras editoriales y librerías, y también para nuestros escritores, el primero de ellos crear lectores literarios, haciendo que la lectura se convierta en un hábito permanente, sobre todo entre los jóvenes; sin perder de vista que en nuestra región publicar libros sigue siendo un acto de valentía, lo mismo que escribirlos. Hasta ahora nadie se ha hecho rico en ninguna de esas tareas.

Pero tenemos ya una literatura del siglo veintiuno en Centroamérica, con recientes generaciones de jóvenes brillantes que pueblan ahora nuestra narrativa, un fenómeno nuevo y alentador. Y el desafío sigue siendo que los libros editados en la región traspasen las fronteras de nuestras pequeñas parcelas territoriales, y también salgan al exterior. Que nuestros escritores dejen de tener las fronteras por cárcel.

Ya hemos avanzado por ambos caminos, con la presencia conjunta de nuestros editores en Frankfurt, y con la edición en alemán de la antología que llevaron allá. Prueba suficiente de que el futuro no es para divisarlo de lejos, sino para construirlo.

[Publicado el 29/10/2014 a las 09:00]

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El paladar es la infancia

El paladar es la infancia. Nada podría decir sobre el gusto de comer sin el recuerdo de ese territorio vedado y misterioso de la cocina de mi casa en Masatepe, de la que salían humeantes los alimentos que iban a dar a la mesa donde nos sentábamos mis padres y sus cinco hijos, alimentos bendecidos por las manos laboriosas de la primera cocinera de mi vida, Mercedes Alvarado, la Mercedes Alborada de mi novela Un baile de Máscaras.

Eran tiempos en que las verduras y frutas, y aun las carnes, se vendían de puerta en puerta, y las provisiones se compraban en las aceras, aunque había también un pequeño mercado vecino a la casa de mis abuelos paternos. En el rastro público sólo de destazaban reses dos veces a la semana, y como mi padre fue en un tiempo alcalde municipal, yo solía acompañarlo tarde de la noche a vigilar el destace, de modo que el animal sacrificado correspondiera a la carta de venta autorizada por él, porque abundaban los cuatreros, y también debía vigilar que no se mataran hembras en tiempos de veda.

En el patio de mi casa crecían la yerbabuena y el culantro en cajones para embalar jabón de lavar, se criaban gallinas indias, junto al chompipe de la mesa navideña, al que se daba un trago de aguardiente antes de cortarle el pescuezo, por piedad del verdugo, o porque su carne resultaba más suave según la creencia;  y a veces un chancho, engordado con los desperdicios, que se sacrificaba ritualmente a medianoche en fiestas de guardar, la principal, el día de San Luis, onomástico de mi madre.

El chancho, una vez degollado y desangrado a la medianoche, colgaba de cabeza de una solera, donde era bañado con agua hirviente para pelarlo, y al final no quedaba nada, ni orejas ni cabeza ni cola, pues a su alrededor había toda una batería de mujeres que se encargaba de freír los chicharrones en un caldero, donde también iban a dar plátanos verdes partidos en canal; otras guardaban el tocino crudo, destinado a adornar los nacatamales, que se confeccionaban en una mesa donde estaban ya aguardando las hojas de plátano soasadas, la masa y los demás ingredientes; alguien soplaba las tripas para los chorizos y las morongas, y ardía el fuego bajo las pailas donde se hacía el pebre, mientras los lomitos se preservaban celosamente para el almuerzo.

A la cocina, dotada primero de un fogón o cocinero de leña, y luego de una estufa de hierro colado con una chimenea que aventaba el humo oscuro por encima del techo, entraba los domingos y días de guardar mi madre para preparar sus platos maestros: macarela en nata, lengua rellena en puré, plátano maduro en gloria, horneado con queso, crema y canela en raja, o su barroco relleno del chompipe navideño, con alcaparras, aceitunas y ciruelas y uvas pasas, herencia culinaria suya que pasó a las manos de mi hermana Luisa.

No olvido el horno de panal de mi abuela paterna Petrona Gutiérrez, encendido al rojo vivo, de donde salían los sartenes colmados de rosquillas y otras piezas de maíz; ni tampoco la infinita variedad de panes y reposterías de doña Ángela Mercado, establecida frente a la iglesia de Veracruz, desde la torta blanca a la torta negra, las bizcotelas y las magdalenas, las quesadillas y los polvorones; ni la no menos infinita variedad de dulces de las Barquerito, a la cabeza los corderos y palomas de masa de arroz, los piñonates, los alfajores y las cajetas de coco.

 Ni la sopa de mondongo que doña Néstor Arias, rubicunda y pequeña de estatura, vendía de puerta en puerta en unas porritas antes de abrir en su casa la más célebre mondonguería de Masatepe; ni el armadillo desmenuzado en un caldillo de tomate y cebolla que mi padre encargaba en el barrio de Jalata; ni las tamugas y los nacatamales de mi tía Emperatriz Álvarez, los mejores del pueblo, cuyas habilidades de confección heredaron mis primas Tere y Tina, haciéndolos famosos en toda Nicaragua.

Memoria del paladar.

[Publicado el 15/10/2014 a las 09:00]

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La fiesta de las verdades

He salido de Medellín tras vivir la entrega de los premios de periodismo Gabriel García Márquez padeciendo los estragos que siguen a los excesos de una fiesta incesante, entre ellos la nostalgia que se paga como una penitencia. Homenaje al gran mago de feria que fue Gabo. Fiesta de conversaciones aleccionadoras para exaltar la profesión del periodismo. Fiesta de las verdades contadas con rigor.

El premio a la Excelencia se concedió al colombiano Javier Darío Restrepo, maestro por décadas en ejercer y explicar la ética; y a la mexicana Marcela Turati, cronista de los horrores de la violencia, el crimen organizado y el narcotráfico, y del drama de los migrantes, fundadora del contingente juvenil de los Periodistas de a Pie, que desafían riesgos y amenazas para cumplir con sus oficio.

Escuchando los debates, lo primero que surge a la vista, y lo apunto en mi libreta, es esa contradicción feroz entre la transformación centelleante de los medios tecnológicos, y los temas de la realidad diaria a enfrentar: el reinado de los barones del narcotráfico, periodistas decapitados por las mafias igual que ocurre con los rehenes del califato islámico, migrantes asesinados en masa por los Zetas cuando buscan la frontera dorada de los Estados Unidos, buses incendiados por las Maras con todos sus humildes pasajeros adentro, selvas exterminadas y la ecología sacrificada en el altar de la ambición desmedida de riqueza; y la represión oficial que busca siempre esconder la mano, y excusar las trasgresiones envolviéndose en la retórica.

Sorprendente paradoja. El siglo veintiuno es incomparable en cuanto a atrocidades y desmanes, como en la edad de las cavernas, y al mismo tiempo lo es cuanto a la multiplicación de posibilidades de la comunicación, la edad de las luces cibernéticas. El viejo maestro José Salgar, que lo fue de Gabo cuando sus tiempos de joven aprendiz en la redacción de El Espectador, a sus noventa años veía el fenómeno de las transformaciones de la era digital con entusiasmo, y recordaba cómo del uso de los dedos para escribir en el teclado se había pasado al de los pulgares. Ahora escribimos en los celulares, y nos informamos a través de los celulares, y con ellos fotografiamos y filmamos; mientras no envejezcan de vejez prematura y pasen al olvido.

Se concedieron premios en texto, imagen, cobertura e innovación, tres finalistas y un ganador por categoría; y hay uno  que quiero destacar: "Los sucesos del 12F", ganador de cobertura, obra de un equipo que entonces era del diario Ultimas Noticias, encabezado por César Batiz, en el que había reporteros, redactores, infógrafos, videógrafos, fotógrafos, verificadores de datos y diseñadores.

El 12 de febrero de 2014, durante una marcha de protesta en Caracas, a la altura de la plaza de la Candelaria ocurrió una balacera que dejó muertos, entre los que se hallaban un militante oficialista y un dirigente estudiantil. "A través de un trabajo de investigación audiovisual y de una curaduría de fotos y vídeos ofrecidos por vecinos y testigos de los hechos, logramos determinar que los asesinos eran policías y funcionarios de inteligencia de Nicolás Maduro", dice Batiz.

Como consecuencia de este reportaje, del que fueron parte activa los propios vecinos, que cedieron al equipo de periodistas fotos y videos tomados por ellos mismos, el gobierno tuvo que dejar de un lado sus falsas versiones que inculpaban a los opositores, abrió juicio contra los policías secretos, y el jefe de inteligencia fue destituido.

Pero es más. El propio periódico ya había cambiado para entonces de manos, y sus nuevos dueños, alineados con el gobierno, quisieron impedir la publicación del reportaje. Frente al intento de imposición se alzó toda la planta, empezando por los editores y redactores jefes, y la censura fue impedida. Un último acto de rebeldía antes de que Últimas Noticias pasara al dócil acomodo del silencio. 

Vivimos nuevos tiempos. Un teléfono celular, que puede tomar fotos y filmar, se convierte en una poderosa arma de la verdad, y puede derribar las mentiras oficiales. Periodistas hoy en día podemos ser todos.

[Publicado el 08/10/2014 a las 09:00]

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De refrescos y perfumes

En días pasados apareció Rubén Darío en una valla publicitaria gigante en una de las avenidas más traficadas de Managua, algo que resultó efímero porque mandaron a retirar el anuncio antes del anochecer, frente a las protestas desatadas en las redes sociales. En el cartel, una muchacha invitaba a beber un refresco enlatado mientras el egregio panida, al lado, permanecía con la mano en el mentón, como si dijéramos silencioso, e indiferente. 

¿Qué tenían en mente los publicistas que metieron al excelso poeta en este anuncio de una bebida gaseosa? No puedo imaginármelo. Quizás si lo han puesto haciendo propaganda a una marca de plumas fuentes, o de cuadernos, habría tenido un tanto más de sentido, al fin y al cabo lo que hizo en su vida fue escribir; cuando uno compra una libreta Moleskine le advierten que son de las que usaban Picasso y Hemingway.

A lo mejor, pienso, a esos creativos de la agencia publicitaria se les ocurrió primero usar a Rubén para promover una marca de ron, pero sus superiores lo consideraron demasiado grotesco, y entonces se quedaron en el refresco envasado.

En tiempos en que la publicidad era más casera, no tan sofisticada como ahora, y los dueños de las empresas que buscaban vender sus productos participaban en la confección de los anuncios, hubo en Nicaragua marcas de gran eficacia, como los analgésicos Divina. Cada sobrecito de pastillas llevaba la efigie de Jesús tocando la frente de un niño con la cabeza vendada, y el lema abajo rezaba: "como con la mano". Una muestra de perfección propagandista. Nada más cercano a la imagen del Redentor que el dolor, y su poder para aliviarlo.

No es extraño ver a Leonardo di Carpio anunciando relojes de precios estratosféricos, o a Kate Blanchett perfumes de lujo; y tampoco que los haya con el nombre de otras estrellas como Antonio Banderas o Jennifer López. También están las fragancias Heat de Beyonce, e Intimately Beckham, del futbolista David Beckham. Pero en el mundo de las marcas y de la propaganda, relacionadas con personajes sagrados o famosos, hay ahora de todo, como en la viña del Señor, sean poetas, caudillos o guerreros.

Acababa de anunciarse la salida al mercado de dos nuevos perfumes para hombres: uno se llama Ernesto, por el comandante Ernesto Che Guevara; y el otro Hugo, por el comandante Hugo Chávez.  Ambos son creaciones del grupo empresarial cubano Labiofam, que además de cosméticos produce en sus laboratorios antiparasitarios para el ganado, insecticidas, medicinas naturistas, detergentes, yogures y suplementos dietéticos.

El perfume Ernesto, anuncia Labiofam, "es una fragancia cítrica refrescante, con un toque de madera y talco...el toque de roble le da el sentido varonil"; mientras que el Hugo "es más suave y afrutado, con aromas de mango y papaya"...y tiene "fragancias cítricas y esencias maderables que le dan una expresión de masculinidad".

Ambos perfumes son el resultado del trabajo de un equipo dirigido por el bioquímico Mario Valdés, que fijó las fórmulas proveídas por el laboratorio francés Robertet, y, según el propio Valdés, esta combinación de aromas, obtenidos de esencias a partir de productos naturales, se propone evocar la "heroicidad y gallardía" que distinguió a ambos personajes.

Es fácil imaginar a Rubén Darío llevándose a los labios una copa de "fino bacarat" para sorber el "rubio champán" de las marcas más refinadas, que tanto le gustaba, pero no empinando una lata de bebida gaseosa. Así como tampoco es posible imaginar al mítico Che Guevara, barbudo y desaliñado, vestido con su sempiterno uniforme verde olivo, conduciendo a sus hombres en la batalla de Santa Clara, en Cuba, o acosado en la quebrada del Churo, en Bolivia, con un frasco de perfume en su mochila. Eso que los creadores del perfume Ernesto llaman aroma varonil, estaba más bien en su sudor.

¿Se pueden combinar esencias de sudor y pólvora para meterlos en un frasco? Imposible, así como tampoco se puede poner una lata de gaseosa en las manos de marqués de Rubén.

[Publicado el 01/10/2014 a las 09:00]

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Lo que pudo haber sido y no fue

El segundo período del presidente Obama se acerca ya a su ocaso, y ha llegado la hora de preguntarse si su figura no quedará en la historia envuelta más bien en un halo trágico. El sentimiento de tragedia también es no pocas veces fruto de la frustración de quienes, desde la platea, albergaban la esperanza de ver al héroe alumbrado por los fulgores de la gloria y tienen que despedirse de él en silencio, o con aplausos desganados. La nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue.

En El mayordomo, Forest Whitaker interpreta al sirviente negro que ha estado junto a varios presidentes a través de las décadas, poniendo la mesa en silencio y cepillando trajes. Una de las escenas lo muestra auxiliando a Lyndon Johnson, mientras puja con los pantalones abajo en el retrete, víctima de estreñimiento crónico. Y en otra, ya anciano, ve con los ojos llenos de lágrimas por la televisión la ceremonia en que Obama es juramentado. Es su propia reivindicación.

He allí el gran contraste, de donde nace la fábula posible: el primer presidente negro de la nación más poderosa del mundo. Antes, en el reparto de papeles, a los negros les tocaba servir de mayordomos del poder, o llorar la muerte de sus benefactores, de Abraham Lincoln, el ícono de la liberación de los esclavos, a Franklin Delano Roosevelt, como en esa imagen clásica del soldado negro que toca bañado en lágrimas su acordeón, al paso del féretro del presidente.

El cineasta Michael Moore, ha dicho hace poco que Obama "tan sólo será recordado por ser el primer presidente negro de Estados Unidos". Moore, cada vez más un demagogo, a lo mejor está en lo cierto. Pero quizás más que debido a su propia culpa, su fracaso esté siendo determinado por los anticuerpos que generó ante su llegada a la Casa Blanca, precisamente por ser negro.

Hizo una entrada triunfal bajo los reflectores, pero pronto sus frases para recordar fueron distanciándose de la realidad, en medio de una feroz batalla doméstica donde la misión primordial de los fundamentalistas del tea party fue entorpecer todo lo que hiciera y propusiera. Y desde las tramoyas de esta conspiración llegó siempre un inconfundible aunque disimulado olor a racismo.

Quizás su buena voluntad lo llevó a entrar con pie falso en el escenario, porque, al principio de su primer mandato, cuando tuvo la oportunidad de tomar iniciativas por su cuenta, insistió con terquedad en que no actuaría sino era por consenso. Perdió tiempo, y después de ser electo de nuevo siguió empantanado.

Y empantanado quedó también en la escena internacional, del tradicional conflicto de Estados Unidos con Irán al siempre renovado enfrentamiento entre Israel y Palestina, las primaveras árabes que terminaron otra vez en dictaduras, o en anarquía, como en Libia, la guerra de múltiples fuerzas en disputa en Siria, la trampa mortal que siempre ha sido Afganistán, el avance ruso hacia sus viejas fronteras imperiales en Ucrania, de por medio el cinismo sin miramientos de Putin, que no deja de poner nunca su cara impasible de jugador de póker.

 Y ahora, el Califato Islámico, la peor de las pesadillas, llena de confusiones y atrocidades como todas las pesadillas que quitan el sueño. Esta guerra de los drones contra los yihadistas seguramente tuvo que haberla peleado cualquier presidente de Estados Unidos; pero no será una cruzada capaz de reverdecer sus laureles.

Nada extraño que un presidente de Estados Unidos le herede a otro una guerra; pero Obama andará ese camino final a tropiezos, con los focos de los reflectores apagados, siempre bajo el acecho intransigente y feroz de los fundamentalistas domésticos que nunca quisieron haberlo visto en la Casa Blanca.

Ahora en las fotos aparece como un hombre viejo, encanecido bajo el agobio de las frustraciones, tan lejos ya de la música de fiesta que acompañó su entrada a la gloria de aquel reino, mientras música y reino se desvanecen en el aire cargado de infortunios

[Publicado el 24/9/2014 a las 09:00]

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El niño que canta en la cuna

Celebramos este año el centenario del nacimiento de Joaquín Pasos. La precocidad, unida a una intensiva formación literaria, ha producido en Nicaragua esa imagen del "poeta niño", el primer título que tuvo el propio Darío, quien desde temprana edad era capaz de tocar todos los registros musicales en sus versos. Después de Salomón de la Selva, el siguiente sería Joaquín Pasos, el benjamín del grupo de vanguardia. Y el último, Carlos Martínez Rivas.

Pero entre todos, el poeta que nació siendo poeta y que vio al mundo como un poeta desde que andaba en pañales hasta su temprana muerte, es Joaquín Pasos. Su poesía nunca dejó de ser la poesía de un niño asombrado por la inocencia y las crueldades del mundo, como empieza expresándolo en Desocupación pronta y si es necesario violenta, el poema de pantalones cortos donde reclama la salida de Nicaragua de las tropas de ocupación de los Estados Unidos; asombro que culmina con Canto de guerra de las cosas, su elegía ante los horrores de la segunda guerra mundial.

Algunas vez oí decir a Coronel Urtecho, cuando a comienzos de los años sesenta recién había vuelto de Madrid y los adolescentes aprendices de escritores lo seguíamos en viajes de ida y vuelta por la calle Candelaria de Managua, oyéndolo perorar sin tregua, que Neruda era un animal que resollaba poesía.

Siempre medité sobe aquella afirmación, y entendí que se podía ser poeta como resultado de una función biológica, como el sudor o la orina, que es lo mismo que me pareció hallar en Joaquín Pasos. Lo releo por el puro deleite de entrar en la poesía como en una casa sin puertas ni cerrojos, y en la que siempre hay música y voces armoniosas; pero lo releo también para cerciorarme de esa calidad natural tan suya de exudar poesía, o de dibujarla con inocencia en las paredes de esa casa encantada, como un niño armado de un mazo de lápices de colores.

Con esos lápices traza el ambiente telúrico de su paisaje natal, el barro de los caminos, los frutos tropicales, la majestad de los volcanes, los indios dormidos como parte misma del paisaje inmóvil. Esta aproximación podría parecer demasiado tradicional y por tanto nada moderna, pero cuando pinta, o dibuja todo lo que puede ver y tocar, sentir, oler y respirar de cerca, transforma ese entorno en imágenes que irán a dar a un lenguaje que será capaz de representar, en las palabras, una realidad paralela.

 Cuando Ernesto Cardenal tituló la selección de la poesía de Joaquín que se publicó en México como Poemas de un joven, aludía a esa calidad primeriza, y primigenia, de una poesía siempre en estado futuro, en la que sobran los artificios; Joaquín Pasos, que murió a los 33 años, víctima de la bohemia provinciana, no recorre ningún proceso que vaya desde la inocencia de sus primeros versos, a la madurez. Es una poesía sin intermediaciones, la poesía del niño que siempre canta en la cuna, aunque se trate de los peores horrores de la vida y de la muerte.

Es, por tanto, una poesía que nunca llegó a adocenarse, ni a meterse dentro de ningún corsé escolástico. Espontánea siempre, Cardenal la organizó en cuadernos del nunca: poemas de un joven que no ha amado nunca, poemas de un joven que no ha viajado nunca....es la poesía siempre vital de la inexperiencia, del desconocimiento, del aprendizaje que no ha comenzado, y que por eso mismo sólo puede ofrecer la pureza de la imagen capaz de reflejar la realidad de primera intención, la búsqueda de esa imagen paralela a la percepción sensorial, que confirma el viejo dictum de Rubén: yo persigo una forma que no encuentra mi estilo....

Lo cual es, en todo caso, la empresa perpetua de la poesía, encontrar la palabra que haga calzar la imagen que a su vez haga calzar la idea, para que a su vez nos ofrezca un reflejo, aunque sea distante y difuso, del universo entero; en el caso de Joaquín Pasos visto con los ojos del niño que nunca dejó de ser.

[Publicado el 17/9/2014 a las 09:00]

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El fondo a fondo

Recorriendo el stand del Fondo de Cultura Económica en la Feria Internacional del Libro de Panamá, me encontré entre los libros expuestos con no pocos viejos conocidos, empezando por aquellos viejos breviarios, claves en mi formación libre y voluntaria cuando fui alumno de una especie de universidad espontánea que me procuré entre libros, más allá  de  las fronteras de mis estudios de derecho.

Pero lo que mejor me asombró fue que esos breviarios estuvieran allí, recién reeditados después de cincuenta años. Y eso me recordó que una  empresa cultural es verdadera cuando trasciende de una generación a otra, y en el caso de una editorial, sobre todo de una editorial pública, cuando sus libros se vuelven letra viva, y se siguen leyendo porque son necesarios a la formación cultural de tantos.

Volví a encontrarme así con Los Condenados de la tierra de Franz Fanon y el prólogo de Sartre, un libro que fue una Biblia laica para mi generación, la generación de los sesenta, que abjuraba del colonialismo que ya para entonces se despedía de la realidad geopolítica entre grandes llamaradas; y con ¡Escucha, yanqui! de Wright Mills, que tantos leímos cuando la revolución cubana era toda una esperanza.

Y más allá de esa formación autodidacta que los libros del FCE me procuraron como curioso en permanente estado de búsqueda, están los escritores que alentaron mi vocación, el primero Juan Rulfo, con quien tantos escritores confiesan su deuda impagable. En la ciudad de León, en Nicaragua, donde yo estudiaba derecho, alguien puso en mis manos Pedro Páramo, seguramente la primera edición de la colección Letras Mexicanas de 1955.

Nunca olvidé el párrafo de entrada, pero tampoco la ilustración en tinta negra de la cubierta, una pareja abrazada bajo una mata de agave, y la viñeta encima de la primera línea del capítulo de entrada, el par de arrieros que se acercan a Comala con sus burros por delante, ambos dibujos del artista mexicano Ricardo Martínez; una bella edición imperecedera para la historia y para la memoria.

En los libros del FCE encontré herramientas preciosas y precisas para mi formación abierta y arbitraria, basada en ese don tan imprescindible de la curiosidad, que es la puerta de la libertad, y encontré a escritores que serían mis manes; y al cumplirse los ochenta años de su fundación, hago mis reflexiones sobre su dilatada existencia desde la perspectiva hispanoamericana.

La inmensa marejada del exilio español al ser derrotada la república tras la guerra civil, que llevó hacia México, gracias a la visión del presidente Lázaro Cárdenas,  a legiones de académicos, docentes, filósofos, sociólogos, artistas y actores, cineastas y escritores, que empezaron no sólo a nutrir el catálogo del FCE, sino que le dieron también editores, maestros tipógrafos, correctores y traductores.

Y ese exilio también alentó la creación del Colegio de México, la Universidad Nacional Autónoma de México vio nutrirse su planta docente, y los periódicos y revistas, el teatro y el cine, resultaron beneficiarios de este generoso alud. Un trasvase de recursos forzado por una catástrofe intelectual de la que España tardaría  mucho en reponerse, pero que dio brillo y energías a la cultura mexicana, y a la de América Latina en general.

Por otro lado, los sucesivos exilios latinoamericanos, que han sido parte de nuestra historia, llevaron a México una constante corriente de intelectuales, escritores y artistas, acogidos siempre de manera generosa, y muchos de ellos llegaron a ser parte del patrimonio intelectual del FCE, y de los foros académicos mexicanos, de sus universidades y editoriales. Las dictaduras militares, primero en Centroamérica y el Caribe, después en el cono sur, trabajaron con toda constancia en beneficio de la cultura mexicana, igual que el franquismo.

Y apenas diez años después de su fundación, en 1944, en un formidable salto a través de todo el continente,  se abre la delegación de Buenos Aires a cargo del editor argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien asumiría pocos años después, en 1948, la dirección general en México, y por mucho tiempo. Y en 1962 se extendió hasta España, con el inolvidable pensador Javier Pradera como su primer director.

No encuentro otra obra tan formidable y de tan dilatada existencia que pueda marcar mejor lo que somos como comunidad cultural, dueños de una vasta lengua que ha podido manifestarse en su catálogo de diez mil títulos de tantas maneras y con tan vivas muestras de expresión, y también ser enriquecida desde fuera por tantos autores de otras lenguas.

Hemos ganado en sabiduría gracias a esta obra mexicana que es ya de todos  nosotros, y lo será más en la medida que en que se siga aproximando a su primer siglo de existencia.

[Publicado el 10/9/2014 a las 09:00]

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Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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