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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 19 de septiembre de 2014

 Blog de Sergio Ramírez

El niño que canta en la cuna

Celebramos este año el centenario del nacimiento de Joaquín Pasos. La precocidad, unida a una intensiva formación literaria, ha producido en Nicaragua esa imagen del "poeta niño", el primer título que tuvo el propio Darío, quien desde temprana edad era capaz de tocar todos los registros musicales en sus versos. Después de Salomón de la Selva, el siguiente sería Joaquín Pasos, el benjamín del grupo de vanguardia. Y el último, Carlos Martínez Rivas.

Pero entre todos, el poeta que nació siendo poeta y que vio al mundo como un poeta desde que andaba en pañales hasta su temprana muerte, es Joaquín Pasos. Su poesía nunca dejó de ser la poesía de un niño asombrado por la inocencia y las crueldades del mundo, como empieza expresándolo en Desocupación pronta y si es necesario violenta, el poema de pantalones cortos donde reclama la salida de Nicaragua de las tropas de ocupación de los Estados Unidos; asombro que culmina con Canto de guerra de las cosas, su elegía ante los horrores de la segunda guerra mundial.

Algunas vez oí decir a Coronel Urtecho, cuando a comienzos de los años sesenta recién había vuelto de Madrid y los adolescentes aprendices de escritores lo seguíamos en viajes de ida y vuelta por la calle Candelaria de Managua, oyéndolo perorar sin tregua, que Neruda era un animal que resollaba poesía.

Siempre medité sobe aquella afirmación, y entendí que se podía ser poeta como resultado de una función biológica, como el sudor o la orina, que es lo mismo que me pareció hallar en Joaquín Pasos. Lo releo por el puro deleite de entrar en la poesía como en una casa sin puertas ni cerrojos, y en la que siempre hay música y voces armoniosas; pero lo releo también para cerciorarme de esa calidad natural tan suya de exudar poesía, o de dibujarla con inocencia en las paredes de esa casa encantada, como un niño armado de un mazo de lápices de colores.

Con esos lápices traza el ambiente telúrico de su paisaje natal, el barro de los caminos, los frutos tropicales, la majestad de los volcanes, los indios dormidos como parte misma del paisaje inmóvil. Esta aproximación podría parecer demasiado tradicional y por tanto nada moderna, pero cuando pinta, o dibuja todo lo que puede ver y tocar, sentir, oler y respirar de cerca, transforma ese entorno en imágenes que irán a dar a un lenguaje que será capaz de representar, en las palabras, una realidad paralela.

 Cuando Ernesto Cardenal tituló la selección de la poesía de Joaquín que se publicó en México como Poemas de un joven, aludía a esa calidad primeriza, y primigenia, de una poesía siempre en estado futuro, en la que sobran los artificios; Joaquín Pasos, que murió a los 33 años, víctima de la bohemia provinciana, no recorre ningún proceso que vaya desde la inocencia de sus primeros versos, a la madurez. Es una poesía sin intermediaciones, la poesía del niño que siempre canta en la cuna, aunque se trate de los peores horrores de la vida y de la muerte.

Es, por tanto, una poesía que nunca llegó a adocenarse, ni a meterse dentro de ningún corsé escolástico. Espontánea siempre, Cardenal la organizó en cuadernos del nunca: poemas de un joven que no ha amado nunca, poemas de un joven que no ha viajado nunca....es la poesía siempre vital de la inexperiencia, del desconocimiento, del aprendizaje que no ha comenzado, y que por eso mismo sólo puede ofrecer la pureza de la imagen capaz de reflejar la realidad de primera intención, la búsqueda de esa imagen paralela a la percepción sensorial, que confirma el viejo dictum de Rubén: yo persigo una forma que no encuentra mi estilo....

Lo cual es, en todo caso, la empresa perpetua de la poesía, encontrar la palabra que haga calzar la imagen que a su vez haga calzar la idea, para que a su vez nos ofrezca un reflejo, aunque sea distante y difuso, del universo entero; en el caso de Joaquín Pasos visto con los ojos del niño que nunca dejó de ser.

[Publicado el 17/9/2014 a las 09:00]

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El fondo a fondo

Recorriendo el stand del Fondo de Cultura Económica en la Feria Internacional del Libro de Panamá, me encontré entre los libros expuestos con no pocos viejos conocidos, empezando por aquellos viejos breviarios, claves en mi formación libre y voluntaria cuando fui alumno de una especie de universidad espontánea que me procuré entre libros, más allá  de  las fronteras de mis estudios de derecho.

Pero lo que mejor me asombró fue que esos breviarios estuvieran allí, recién reeditados después de cincuenta años. Y eso me recordó que una  empresa cultural es verdadera cuando trasciende de una generación a otra, y en el caso de una editorial, sobre todo de una editorial pública, cuando sus libros se vuelven letra viva, y se siguen leyendo porque son necesarios a la formación cultural de tantos.

Volví a encontrarme así con Los Condenados de la tierra de Franz Fanon y el prólogo de Sartre, un libro que fue una Biblia laica para mi generación, la generación de los sesenta, que abjuraba del colonialismo que ya para entonces se despedía de la realidad geopolítica entre grandes llamaradas; y con ¡Escucha, yanqui! de Wright Mills, que tantos leímos cuando la revolución cubana era toda una esperanza.

Y más allá de esa formación autodidacta que los libros del FCE me procuraron como curioso en permanente estado de búsqueda, están los escritores que alentaron mi vocación, el primero Juan Rulfo, con quien tantos escritores confiesan su deuda impagable. En la ciudad de León, en Nicaragua, donde yo estudiaba derecho, alguien puso en mis manos Pedro Páramo, seguramente la primera edición de la colección Letras Mexicanas de 1955.

Nunca olvidé el párrafo de entrada, pero tampoco la ilustración en tinta negra de la cubierta, una pareja abrazada bajo una mata de agave, y la viñeta encima de la primera línea del capítulo de entrada, el par de arrieros que se acercan a Comala con sus burros por delante, ambos dibujos del artista mexicano Ricardo Martínez; una bella edición imperecedera para la historia y para la memoria.

En los libros del FCE encontré herramientas preciosas y precisas para mi formación abierta y arbitraria, basada en ese don tan imprescindible de la curiosidad, que es la puerta de la libertad, y encontré a escritores que serían mis manes; y al cumplirse los ochenta años de su fundación, hago mis reflexiones sobre su dilatada existencia desde la perspectiva hispanoamericana.

La inmensa marejada del exilio español al ser derrotada la república tras la guerra civil, que llevó hacia México, gracias a la visión del presidente Lázaro Cárdenas,  a legiones de académicos, docentes, filósofos, sociólogos, artistas y actores, cineastas y escritores, que empezaron no sólo a nutrir el catálogo del FCE, sino que le dieron también editores, maestros tipógrafos, correctores y traductores.

Y ese exilio también alentó la creación del Colegio de México, la Universidad Nacional Autónoma de México vio nutrirse su planta docente, y los periódicos y revistas, el teatro y el cine, resultaron beneficiarios de este generoso alud. Un trasvase de recursos forzado por una catástrofe intelectual de la que España tardaría  mucho en reponerse, pero que dio brillo y energías a la cultura mexicana, y a la de América Latina en general.

Por otro lado, los sucesivos exilios latinoamericanos, que han sido parte de nuestra historia, llevaron a México una constante corriente de intelectuales, escritores y artistas, acogidos siempre de manera generosa, y muchos de ellos llegaron a ser parte del patrimonio intelectual del FCE, y de los foros académicos mexicanos, de sus universidades y editoriales. Las dictaduras militares, primero en Centroamérica y el Caribe, después en el cono sur, trabajaron con toda constancia en beneficio de la cultura mexicana, igual que el franquismo.

Y apenas diez años después de su fundación, en 1944, en un formidable salto a través de todo el continente,  se abre la delegación de Buenos Aires a cargo del editor argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien asumiría pocos años después, en 1948, la dirección general en México, y por mucho tiempo. Y en 1962 se extendió hasta España, con el inolvidable pensador Javier Pradera como su primer director.

No encuentro otra obra tan formidable y de tan dilatada existencia que pueda marcar mejor lo que somos como comunidad cultural, dueños de una vasta lengua que ha podido manifestarse en su catálogo de diez mil títulos de tantas maneras y con tan vivas muestras de expresión, y también ser enriquecida desde fuera por tantos autores de otras lenguas.

Hemos ganado en sabiduría gracias a esta obra mexicana que es ya de todos  nosotros, y lo será más en la medida que en que se siga aproximando a su primer siglo de existencia.

[Publicado el 10/9/2014 a las 09:00]

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Primeras letras con Borges

Mi primer encuentro con Borges tuvo lugar en San José de Costa Rica en una tarde de llovizna en octubre de 1964. Fue un encuentro sin presentimientos, como ocurre siempre en el infinito juego de azares y certidumbres imprevistas que es la existencia, según él mismo enseñaba.

Y así me detuve frente a las vitrinas de la Librería Lehmann que solía exhibir sus novedades acomodadas sobre un lienzo de seda recogido en pliegues, como si se tratara de estuches de joyas o frascos de perfume. Entonces, como todo es obra del azar, y de los espejos, estaban allí esperándome las tapas grises de Ficciones. Borges del otro lado de la vitrina mojada y yo mirándome en ella y en sus libros como en el espejo que prefija la continuidad de los encuentros hasta el infinito.

De vuelta en mi casa, recuerdo, puse mi firma en las portadillas, y la fecha, un hábito escolar de herrar los libros al entrar en posesión de ellos, que me sirve ahora, al volver a ese ejemplar tantas veces manoseado, para comprobar cuándo empezó Borges a ser mi maestro de primeras letras.

En apariencia, no hay nada tan lejano al mundo de Borges como el mundo del Caribe, de donde yo vengo, y de donde venía cuando me encontré la primera vez con él bajo una llovizna centroamericana. Pero fue el mismo Borges quien alguna vez estableció esas conexiones mágicas con el Caribe, cuando recuerda en Historia Universal de la infamia "la deplorable rumba El Manisero...la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe..."

El Caribe, que tiene mucho que ver con el sur de Borges, porque son parcelas distantes de un mismo territorio arcaico y recurrente. Recabarren; el patrón de la pulpería en la pampa que tendido en el camastro va a presenciar pronto un duelo, o Juan Dalhmann que empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura infinita a que lo maten, también podrían haber sido historias de la Nicaragua rural y ganadera, o de la ciénaga de García Márquez.

Borges buscó siempre alejar al lector de la idea de que el acto de leer es el acto de congeniar con una mentira, tratando de fingir a fondo para lograr algo que fuera lo más parecido a la verdad, como las citas falsas de autores que nunca existieron.

Y su erudición como arma. No una falsa erudición, sino la erudición insondable, arcana, a través de la cual es posible construir todo un mundo imaginario, utilizando sus caminos y entreveros como si se tratara de un laberinto imposible donde el lector, que es el Minotauro, dueño falso de ese laberinto, que es el mundo apócrifo de la ficción, morirá siempre de una puñalada limpia.

Y frente a sus posiciones políticas, tan irritantes, aprendí a consolarme con la idea de que nunca fue un político, como él mismo también pensaba de Quevedo. Con humor nos dice que cuando Quevedo da su lista de los enemigos de Dios, lo que está haciendo "es mero terrorismo". Quienes como Quevedo o como Borges fueron tan grande humoristas, no pudieron dejar de ser, al mismo tiempo, grandes terroristas literarios.

El Borges que podía describir una y otra vez el duelo a muerte de Martín Fierro, al revés o al derecho, matando o muriendo, y siempre la eternidad que estaba en él mismo, en sus antepasados, en sus compadritos de faca urgida, y en su paisaje sin mesura.

El Borges del sur, el sur de Borges que pese a las distancias era como Nicaragua, como también el sur de Faulkner era Nicaragua, humo de lámparas de kerosén, olor a cueros al sol y a quesos rancios, y un vuelo funeral de moscas sobre el rostro de un muerto cubierto con un poncho bajo la luna pálida. Borges era mi país y era mi infancia. Y era la literatura como pasión, o como vicio, o como desesperación.

[Publicado el 03/9/2014 a las 09:00]

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Alguien que anduvo por ahí

Estamos en el mes del centenario de Julio Cortázar, y es la hora de evocarlo. Contar cómo lo conocimos, dónde nos encontramos con él por primera vez. Para mí esa primera vez fue en abril de 1976 en San José, Costa Rica, donde yo vivía para entonces.

En su cuento Apocalipsis en Solentiname relata el viaje que en esa ocasión hicimos a Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua, donde Ernesto Cardenal tenía su comunidad campesina, no muy lejos de la frontera. Nuestro otro acompañante era Óscar Castillo, actor y director de cine:

"Sergio y Óscar y Ernesto y yo colmábamos la demasiado colmable capacidad de una avioneta Piper Aztec, cuyo nombre será siempre un enigma para mí pero que volaba entre hipos y borborigmos ominosos mientras el rubio piloto sintonizaba unos calipsos contrarrestantes y parecía por completo indiferente a mi noción de que el azteca nos llevaba derecho a la pirámide del sacrificio. No fue así, como puede verse, bajamos en Los Chiles y de ahí un yip igualmente tambaleante nos puso en la finca del poeta José Coronel Urtecho, a quién más gente haría bien en leer..."           

Eso fue un sábado. Julio había llegado a Costa Rica invitado a dar unas conferencias en el Teatro Nacional. Desde la finca Las Brisas, donde vivía Coronel Urtecho, cercana al río San Juan, se llegaba en bote hasta el puerto de San Carlos, y de acuerdo al santo y seña acordado entre la familia Coronel y los guardias  del puesto nicaragüense, se hacía un giro con el bote y así se podía seguir hacia el Gran Lago sin necesidad de bajar en el muelle para los trámites de migración. Julio entró a Nicaragua sin que la dictadura de Somoza se enterara. Clandestino.

Con alguna frecuencia yo iba a Las Brisas, en vuelos más azarosos que el que describe Julio, pues tomaba, a veces en compañía del poeta Carlos Martínez Rivas, un viejo bimotor DC-3 de tiempos de la segunda guerra mundial, de esos que mientras están en tierra parecen insectos gordos sentados en sus patas traseras. Un ruidaje de las latas del fuselaje  al despegar, y cuando iba a aterrizar en la pista de barro rojizo de Los Chiles, el piloto debía pasar rasante y volver a elevarse en señal de que las vacas vagabundas debían ser ahuyentadas.

            Llegamos a Solentiname al atardecer, y al día siguiente asistimos a la misa de Ernesto. Después de la lectura del Evangelio se iniciaba un diálogo con los feligreses; las conversaciones se grababan, y luego se editaron en un libro, El Evangelio de Solentiname. Ese domingo tocaba el prendimiento de Jesús en el huerto, y allí están las intervenciones de Julio al comentar ese episodio de la pasión de Cristo. El evangelio según Cortázar. También tomaron la palabra los  muchachos campesinos que en octubre del año siguiente participarían en el asalto al cuartel del puerto de San Carlos al iniciarse la insurrección contra Somoza; en represalia, fue incendiada la casa comunal, y destruida la iglesia.

Pasada la misa, Julio decidió fotografiar los cuadros primitivos pintados por los campesinos: "...Sergio que llegaba me ayudó a tenerlos parados en la buena luz, y de uno en uno los fui fotografiando con cuidado, centrando de manera que cada cuadro ocupara enteramente el visor..."

            Luego cuenta que ya de regreso en París, cuando proyecta una noche las diapositivas a colores, en lugar de los cuadros empiezan a aparecer escenas del terror de las dictaduras militares, prisioneros encapuchados, cadáveres mutilados.

Pero entre esas imágenes hay una en que aparece la escena del asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton, ejecutado por sus propios compañeros de armas acusado de ser agente de la CIA, una acusación que iba más allá de la ejecución física porque pretendía la ejecución moral.

Esa fue la primera vez que nos encontramos. Y con el paso de los años, hasta su muerte en 1983, quedarían muchas otras cosas que contar. Como para un libro.


 

[Publicado el 27/8/2014 a las 09:45]

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El viaje de la escritura

Heródoto de Halicarnaso fue explorador, viajero, cronista, reportero, narrador literario, y periodista, y por la fuerza de la necesidad, geógrafo, arqueólogo, etnólogo y paleontólogo, pues al poner pie fuera de las fronteras conocidas  se veía en la imprescindible necesidad de comportarse como un descubridor obligado al registro de todo lo visto y oído.

Todos estos géneros, que juntó en Los nueve libros de la historia, llegaron a desarrollarse a través de los siglos, y a separarse, cada uno en su propio camino; pero el periodista polaco Ryszard Kapuściński volvió a enhebrarlos en el siglo veinte en el hilo de la narración literaria para crear un género híbrido, novedoso y atractivo, que marca los propios pasos de Heródoto. Y creando un nuevo género, repite el genio narrador del periodista que es Heródoto, que al contar lo que ve y lo que oye, lo hace con virtud literaria.

En los tiempos de Heródoto no era posible discernir entre historia y narración. Ni siquiera era posible separar la fábula del relato que cuenta asuntos reales, con lo que la distancia entre verdad y mitología se vuelve nula. Heródoto, igual que Homero, vivió un mundo compuesto de realidades reales y realidades imaginarias. Se cree lo que se cuenta, y el narrador se pone como testigo presencial de los hechos, o acude al dicho de terceros frente a los que se obliga a tomar distancia, en busca también del sello de la veracidad, que proviene de la duda, por contrapuesto que parezca.

Frente al vacío y la oscuridad que representan lo desconocido, el amor a la verdad objetiva ha sido siempre un deber, y la imaginación una tentación: la rigurosidad en la selección de los datos, y la libertad de suponer. Era cosa sabida y aceptada entonces, que no pocos de los reyes descendían de los dioses del Olimpo, menudo problema a resolver para un cronista de verdades.

Heródoto probó que se necesitaba curiosidad para el oficio. Esa curiosidad, igual que para Kapuściński, no podía ser saciada sin echarse a navegar, y a andar. Lo extraño comienza más allá de las fronteras.  El viajero mira, y escribe lo que mira. Heródoto recorrió a los treinta años las islas y la tierra firme de la Hélade, la Cólquida, Babilonia, Macedonia, Siria, Egipto, Libia, Cirene, Fenicia, Mesopotamia. Todo lo que era el mundo de entonces, conocido para muy pocos, y por tanto exótico. Se ganaba la vida dando conferencias sobre sus viajes, contando lo que había visto y oído. En Atenas le pagaron una vez diez talentos por una de esas conferencias.

Son dos mundos distantes, el de Heródoto y el de Kapuściński. Distantes en el tiempo, más de dos milenios, y distantes en las percepciones de la realidad, un abismo de civilizaciones. Kapuściński anota que en la escritura de Heródoto no hay ni comas, ni puntos, ni párrafos, ni capítulos. Un rollo infinito de papiro de trazos continuos, que contiene Los nueve libros de la Historia.

Cuando Kapuściński explica las razones del por qué Heródoto se siente en la necesidad de viajar por el mundo, nos dice que lo hace dominado "por una especie de hambre de conocimiento, impelido por una fuerza mayor, tan impetuosa como indefinida. A lo mejor tenía una mente inquisitiva por naturaleza, un cerebro que no cesaba de alumbrar miles de preguntas que no le dejaban vivir, despertándolo en las noches", nos dice en Viajes con Heródoto, su libro de 2004, en el que sigue las huellas de aquel.     

[Publicado el 20/8/2014 a las 09:15]

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El sueño americano al lado

Si comparamos los indicadores económicos fundamentales de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua: ingreso per cápita, desempleo, falta de servicios básicos, vamos a encontrar resultados muy parecidos. Casi la mitad de la población vive en todos ellos con menos de dos dólares al día, y Nicaragua aparece en la cola de casi todos esos indicadores, sólo superada por Haití.

            Pero en Nicaragua la tasa de criminalidad es tan baja como la de Costa Rica, no existe el fenómeno de las pandillas juveniles violentas, y ahora que se habla tanto de la emigración masiva de niños hacia Estados Unidos, sólo un porcentaje menor de ellos provienen de Nicaragua.

            ¿Viene a ser la violencia el principal motivo de que la gente emigre de Centroamérica? La violencia es un fenómeno que se concentra sobre todo en las barriadas marginales, donde las pandillas rivalizan por el control de territorios. Luego está el imperio criminal de los Zetas en la frontera de Guatemala con México. Y muchos de los emigrantes provienen de áreas rurales donde no hay pandillas ni más violencia que la de la pobreza.

            ¿Es Nicaragua un paraíso de seguridad ciudadana? Es lo que se trata de vender en beneficio de la imagen turística del país. Y es cierto que la diferencia entre la tasa de homicidios de Nicaragua es abismalmente más baja que la de Honduras, las más alta del mundo. ¿Por qué hay menos violencia? Quizás aún vive el recuerdo de la guerra de los ochenta que dejó más de 50.000 muertos, y este recuerdo actúa a manera de revulsivo; pero igual de mortífero fue el conflicto armado en El Salvador durante el mismo período, y la situación es totalmente contraria.

También podría alegarse que en Nicaragua hay más control social del estado a través de los Consejos del Poder Ciudadano, que actúan en coordinación con la Policía Nacional para ejercer vigilancia preventiva, que incluye la profilaxis política. Pero el que la tasa de delitos sea baja, no quiere decir que se trate de una situación congelada.

 La violencia contra las mujeres se revela en la manera alarmante en que los femicidios, por ejemplo, se han disparado; y el Informe sobre Derechos Humanos y Conflictividad en Centroamérica señala la "reaparición de la violencia política en Nicaragua con toda su crudeza, especialmente en contextos electorales".

            La marginalidad y la miseria envuelve a los niños igual que en los otros tres países, lo mismo que los abusos de que son víctimas, incluidos los abusos sexuales. Los más pobres no van a la escuela o la abandonan muy temprano, piden limosna en las calles, se vuelven adictos a los pegamentos, y muchos no tienen hogar.

            Los nicaragüenses emigran, pero hacia Costa Rica, donde el salario mínimo es tres veces mayor. Costa Rica es los Estados Unidos cercanos para los nicaragüenses. Tenemos un "sueño americano" al lado. Y se habla el mismo idioma, los emigrantes pueden enviar buenas remesas a sus familiares, y la frontera está mucho menos vigilada, con decenas de pasos clandestinos.

Diez por ciento de la población de Costa Rica es nicaragüense. Una población flotante, que va y viene, porque las distancias cortas lo permiten. Un hombre que emigra a Costa Rica para la cosecha de café o de naranjas, puede dejar atrás a su familia o volver, o sabe que puede enviar por ella en cualquier momento. Y lo mismo ocurre con las mujeres que van a emplearse como domésticas.

Por supuesto que existen estallidos de chauvinismo, redadas de ilegales, deportaciones. Aunque de pronto hay motivos para estar unidos. Oscar Duarte, un niño que emigró con sus padres se convirtió en jugador de la selección de Costa Rica que disputó la Copa Mundial, metió un gol decisivo en uno de los partidos, y fue celebrado como héroe en ambos lados de la frontera.

Para buscar cómo explicarnos el bajo porcentaje de niños nicaragüenses que buscan la frontera de Estados Unidos, debemos mirar hacia Costa Rica. Sus padres no están ni en Chicago, ni en Los Angeles, y por tanto no tienen por qué pagar a los coyotes para que los lleven hasta ellos. Están en Costa Rica, o en Nicaragua, en busca de la próxima oportunidad de cruzar la frontera, con sus hijos, o sin ellos. 

[Publicado el 30/7/2014 a las 09:15]

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La fábrica de los portentos

Cuando hablo delante de un auditorio acerca de la pasión, o el vicio de la lectura, y alguien me pregunta por mi libro preferido, respondo que Las mil y una noches. Leer por entero este libro de los libros, dice Jorge Luis Borges, podría llevar a la locura. Y yo diría, a la más placentera de las locuras. En árabe, mil y una noches significa infinidad de noches. Por eso el temor de Borges a la locura ante la prueba de leerlas o escucharlas todas. Lo infinito no es sino la locura misma.

Las caravanas llevaban las historias hasta los hakawati, los cuenteros, que en las plazas y mercados se ganaban la vida relatando a viva voz aventuras prodigiosas a un auditorio que los escuchaba embelesado; y allí, otra vez, las historias volvían a ser transformadas, tanto en la cabeza y en la lengua de quienes las contaban, como en las de quienes escuchaban; y estos a su vez repetían sus propias versiones en los establos, los mesones, las barberías, los harenes, las cárceles y las cocinas.

De boca del cuentero a la boca de sus oyentes, entre los que se hallaban las esclavas y eunucos que repitieron esas historias sabias y a la vez descabelladas al oído de la princesa Scherezada, quien habría de contárselas a su vez, para salvar la vida, al sultán homicida que no se saciaba en su venganza contra las mujeres porque su esposa lo había engañado con un esclavo. Y esos cuentos cambiarán otra vez en boca de ella. Las variaciones de la imaginación también sus infinitas.

Para un niño ávido y curioso este libro tiene una ventaja inigualable, y es que puede empezar  a leerlo por cualquier parte, eligiendo cualquiera de los cuentos. Lo mismo ocurre con un adulto, que no precisa seguir el orden estricto en que los cuentos están presentados, salvo que, en la secuencia que les da la propia Scherezada, quien debe mantener interesado al sultán para no perder la cabeza bajo el alfanje del verdugo, la historia se prolongue más de una noche antes de alcanzar su desenlace.

Pero yo recomendaría comenzar siempre leyendo el relato inicial, aunque después variemos el orden de la lectura a nuestro gusto,  pues así vamos a enterarnos del porqué de la venganza del sultán, que es el porqué de aquella numerosa sucesión de relatos. Ese primer cuento, a manera de una columna vertebral, ofrece no sólo una estructura, sino también una tensión a todo el conjunto. A Scherezada, la que cuenta cada noche, le debemos el sentido unitario del libro, que de otra manera quedaría desperdigado.

             El sultán  tiene ya tres años de ejecutar cada noche a las doncellas que le son dadas por esposas cuando Scherezada entra por primera vez a su lecho. Su venganza es contra la mujer que lo traicionó, que quiere decir contra todas las mujeres. Y el plan de Scherezada es mantener despierto al sultán con las historias que cada noche va a contarle.

Mientras leemos, no sabemos si el sultán va a aburrirse una noche de tantas y al amanecer ordenará la ejecución de la narradora. Si eso ocurriera, este libro de vida tan precaria, porque depende del capricho de un déspota, acabaría en el mismo momento como si nos lo quitaran de las manos.

            Pero Scherezada no sólo se salva de la muerte, sino que salva también a las mujeres del reino, a todas esas niñas que al crecer serían desfloradas y luego decapitadas. Y nos ha salvado también a nosotros los lectores, que podemos terminar de leer el libro que ha durado esos largos tres años en ser narrado.

Las historias han pasado de boca del cuentero callejero a la de ella Scherezada; o, viceversa, es él quien alimenta su repertorio de lo que ella cuenta cada noche en la alcoba. Y así los dos ganan su vida. Uno se salva del hambre, la otra de la muerte.

[Publicado el 09/7/2014 a las 09:00]

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Los niños se van

 

Hay una fantasmagoría recurrente, a la cual terminamos dando la espalda de tanto que se repite, y es la de ese ejército de emigrantes centroamericanos que tratan con permanente terquedad de alcanzar la frontera mexicana con Estados Unidos, a riesgo de maltratos, secuestros, extorciones, humillaciones, y sobre todo, a riesgo de la vida.

Ahora un fenómeno inusitado rompe con nuestra desidia y nos hace volver la cabeza hacia los caminos que transitan esos emigrantes. De pronto nos damos cuenta que en lo que va de este año, cerca de 50.000 niños dejaron sus hogares, la mayoría de ellos solos, y emprendieron el camino hacia la frontera de las ilusiones, en la malsana compañía de los "coyotes".

Se han convertido en un problema de estado. Un problema de seguridad nacional, afirma el gobierno de los Estados Unidos. La mayoría de ellos proviene de Guatemala, El Salvador y Honduras, y en un porcentaje menor, de Nicaragua.

Crisis migratoria. Crisis Humanitaria. Nos olvidamos de que, antes de nada, se trata de una crisis ética. Es cierto que quienes manejan el multimillonario negocio de la emigración ilegal han hallado un nuevo filón con la exportación de niños, y por eso han propagado la especie de que recibirían una admisión de trámites rápidos en Estados Unidos donde podrían reunirse con sus familiares, o facilitar que sus familiares fueran admitidos tras ellos. ¿Pero en qué condiciones vivían estos niños en sus propios países antes de ponerse en marcha?

Estos pequeños Ulises viven su propia aventura épica andando por veredas ocultas, pero nadie cantará sus hazañas. Subidos al tren de la muerte, mendigando, expuestos a abusos y violaciones, y también a perder la vida que apenas empiezan a vivir, son hijos de la miseria y el desamparo. Las sociedades en que nacieron siguen siendo injustas, divididas entre quienes tienen mucho, o demasiado, y quienes viven al margen porque no tienen oportunidades, mientras la clase media se deteriora. Y estos niños que emigran, y que serán devueltos a los lugares donde iniciaron su éxodo, nacieron sin oportunidades y por eso van a buscarlas lejos.

El Informe Mundial de la Ultra Riqueza 2012/2013, presentado por la compañía Wealth X de Singapur, revela que el número de millonarios ha crecido en los países centroamericanos de donde parten al exilio forzado los niños de esta amarga historia, expulsados de sus hogares por la pobreza. Tenemos unos 800 millonarios, y el crecimiento de sus fortunas en apenas un año suma, entre todos ellos, 10 mil millones de dólares.  Semejante incremento se equipara al Producto Interno Bruto de esos mismos países. En Nicaragua, por ejemplo, esa riqueza personal suma 27.000 millones de dólares, mientras el PIB es apenas superior a 10 mil  millones de dólares. Llamativa paradoja: un puñado de personas son más ricas que el propio país.

¿Prosperidad? Estas cifras no serían tan escandalosas si la acumulación de riqueza diera señales de ser una palanca de transformación, ayudando a traer bienestar a los demás, a los que viven con menos de dos dólares al día, que son la mitad de la población. Estos miles de niños que esperan juicios de deportación en Estados Unidos, demuestran todo lo contrario. Demuestran el fracaso. Vivimos en sociedades que han fracasado en crear equidad y justicia distributiva. Y el poder político, cualquiera que sea su signo, es responsable de ese fracaso ético.

Muchos de estos pequeños, en los campamentos donde se encuentran recluidos en Texas, Arizona y California, declaran al ser preguntados por los motivos de su largo y azaroso viaje para llegar a las puertas del paraíso que no se abren para ellos, que venían tras una vida distinta. Unos quisieran conocer Disneylandia. Otros comerse una hamburguesa. Hay quienes elaboran un poco más: "Allí hay trabajo, se puede comer y tener casa, allí todo es barato...", dice uno de ellos.

Otro simplemente dice que fue para no morirse de hambre.

[Publicado el 02/7/2014 a las 09:00]

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La calle Zelmar Michilini

Mario vivía en Montevideo en la calle Zelmar Michilini, que se llama así en homenaje al dirigente político íntimo amigo suyo, secuestrado y asesinado en 1976 en Buenos Aires, donde se hallaba exiliado, una de esas complicidades tan corrientes para entonces entre los gorilas del cono sur con grados de almirantes y generales. De allí caminábamos una cuadra hasta su restaurante preferido, el San Rafael, un modesto local de camareros cordiales y pulcros donde todo el mundo lo conocía, empleados y clientes que lo saludaban de lejos con respeto, sin perturbarlo, nos sentamos al lado de una ventana, ordenamos milanesas, una conversación apacible y a veces agitada, ¿y Nicaragua?, insistía Mario.

Yo estaba en Montevideo esa vez en agosto de 2005 para presentar mi novela Mil y una muertes en la Biblioteca Nacional, invitado también por Hortensia, mi amiga de años y su biógrafa, para un taller literario en el Centro Cultural Español que ella dirigía, una antigua ferretería transformada en casa de la cultura, la ferretería más hermosa del mundo, y Nicaragua seguía sobre la mesa entre los platos, las copas y los vasos, ¿y Nicaragua?, ¿qué pasó, cómo es posible?, perdidos los dos entre nostalgias sobre lo que pudo haber sido y no fue, ¿los infantes de Aragón, qué se fizieron?, aquellos muros de la patria mía si un tiempo altivos hoy ya desmoronados.

Y la vez anterior de noviembre de 1998 en Madrid, con Juan Cruz en el taxi para recoger a la carrera a Mario en la puerta de su casa en la calle Ramos Carrión del barrio Prosperidad, el barrio de los uruguayos eminentes, allí había vivido Juan Carlos Onetti en la Avenida de América, ya estaba Mario esperándonos, con la gabardina doblada sobre el brazo, íbamos rumbo a la presentación de mis Cuentos Completos que él había prologado, subió al asiento delantero, y apenas el taxi arrancó volvió la cabeza, ¿y Nicaragua?.

Y aquella otra noche de agosto del mismo 2005 en Montevideo, qué se le va a hacer, repetía Mario, su hermano Raúl al volante, él al lado, Tulita mi mujer y yo en el asiento trasero, mientras regresábamos pasada la medianoche de una cena larga y cordial en el piso de Héctor y Hortensia en Pocitos, Eduardo Galeano y Elena su mujer también presentes, qué se le va a hacer, cómo teje y enreda el destino sus marañas, la esposa de Raúl con Alzheimer internada en un sanatorio, y Luz, la esposa de Mario, igual con Alzheimer en otro sanatorio, Luz.

Luz, sin la que Mario no podía vivir, tantos años juntos, repetía, aquel olvidarse de nombres y de cosas al principio tan lento como una marea que empieza a lamer el borde de las cosas y luego las inunda sin remedio, si se olvidaba donde había dejado algo convertían en un juego el buscarlo, cuenta Hortensia en la biografía, pero luego ya el agua llegaba a la rodilla y era demasiado, contaba Mario mientras íbamos en el auto,  y Raúl, sin apartar la mirada del parabrisas, aferrado al volante como si en conducir por las calles desiertas le fuera la vida: me resistía al consejo del médico de que ella mejor estaría en un sanatorio, hasta que una vez empezó a cortar toda la ropa en el closet con unas tijeras. El destino repartiendo equitativamente la carga entre los dos hermanos por parejo. Nos dejaron en la puerta del hotel y el auto se perdió a la vuelta de la esquina, qué se le va a hacer.

[Publicado el 25/6/2014 a las 09:00]

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Los fueros de la poesía

En tiempos del modernismo los poetas se volvieron populares, eran leídos y recitados, popular Rubén Darío y no había quien no se supiera la Marcha Triunfal o recitara Los motivos del lobo, popular Lorca que había entrado hasta en las páginas de El Tesoro del Declamador, quién no sabía de la muerte de Antoñito el Camborio, populares los veinte poemas de amor de Neruda entre los enamorados en los internados escolares, me gustas cuando callas porque estás como ausente, y luego la poesía empieza a pasar de moda, un fenómeno que llega a parecerse a la extinción, nadie lee poesía, nadie la edita salvo héroes como Chus Visor. Los libros de poesía quedan confinados a la circulación clandestina, editados por las universidades, o por la mano del autor; y escribir poesía llega a estar tan fuera de moda, que no pocos poetas que conozco se pasaron a escribir lo más rentable hoy, que son las novelas; o lo que otorga más fama, en lugar de Darío célebre, García Márquez célebre.

Pero ahora la ola esa venía de vuelta con Mario Benedetti, una poesía de cosas cotidianas y simples, entre ellas el amor que, hay que darse cuenta, no pasa de moda entre los jóvenes, y oyéndolo leer sus poemas antes centenares de jóvenes, me decía que un poeta que triunfa es el que queda en la memoria y es recitado en las mesas de cantina, o al oído de la amada, sin equivocaciones, así mismo como he oído a adolescentes repetir los epigramas de Ernesto Cardenal, al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido, copiándolos también en sus declaraciones de amor, como copian los poemas de Benedetti,  si te quiero es porque sos mi amor mi cómplice y todo y en la calle codo a codo somos mucho más que dos... Porque  un poeta triunfa más, todavía, cuando es plagiado, no por otros poetas de segunda, que es lo menos notable, sino por el enamorado ansioso de hacer creer a su dueña que el amor lo ha elevado a las cumbres de la inspiración más seductora, y toma prestado lo que le parece más efectivo y convincente.

Un poeta que triunfa con el público, como triunfó Benedetti en vida, es el que puede ocupar con holgura el lugar de los baladistas en el corazón de los adolescentes, y robárselo entero. Allí está Jaime Sabines, que arrastró también a los auditorios a los jóvenes que manosean sus libros hasta descuadernarlos. Cantar, se decía antes. Los poetas cantaban a la amada,  y ése era el verdadero sentido de la poesía, la almohada compartida, la celebración de los desencuentros, los amores imposibles, y la esperanza de la recompensa tras muchos trabajos de amor perdidos. La celebración de la vida. Por eso fue tan popular la poesía, como los tangos y los boleros, y ahora parecería que empieza otra vez a serlo. Y como las canciones, esta poesía de Benedetti que llega al territorio afectivo es, valga la insistencia, sencilla y llana, hecha de palabras simples, sin elevaciones estrambóticas, y él bien sabía que no pocos miraban esos poemas con desdén, lo que llega a ser popular causa siempre recelos, qué se le va a hacer, de esas reservas críticas habla con toda propiedad su biógrafa Hortensia Campanella en Benedetti, un mito discretísimo.

[Publicado el 18/6/2014 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011).

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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