PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 30 de julio de 2015

 Blog de Sergio Ramírez

Haciendo listas

Conversando en días pasados con mis alumnos del ciclo El autor y su obra, en los cursos de verano de la Universidad Menéndez y Pelayo, en Santander, les decía que un buen ejercicio de lector es ensayar cada vez y cuando a hacer nuestra lista de aquellos libros que nos llevaríamos a una isla desierta. Veremos entonces como esa lista cambia, unos se quedan, otros entran,  y siempre nos hará falta espacio para colocar los que consideramos los preferidos, aquellos de los que no podríamos separarnos. Aunque se trate de una lista abierta, a la que quitamos y agregamos a nuestro gusto, y según nuestras convicciones momentáneas de lector, que siempre tienen de volubles.

¿Pero qué pasa cuando se trata de una lista de número cerrado? Es de cajón preguntar en las entrevistas de prensa a los escritores, cuáles son los libros que uno se llevaría a esa famosa isla desierta. O cuáles salvaría de una catástrofe, si pudiera. Pero entonces, en esa pregunta, el número, fatalmente cerrado, es de diez.

Cada vez que se me plantea una escogencia de esta manera, yo a mi vez me pregunto: ¿por qué diez? ¿Quién inventó esa cifra? Entiendo que es un número  de alguna manera cabalístico; y que aunque estricto tiene cierto margen de holgura. Pero es una grave dificultad incluir unos libros y excluir otros que ya no caben entre esos diez. Se trataría, al emprender el viaje hacia ese exilio de la isla desierta, de llevarlos todos en una pequeña maleta, o a lo mejor cabrían todos en una mochila de esas que hoy se cargan a la espalda.

Si empezamos por La Odisea, La Divina Comedia y El Quijote, ya tenemos tres puestos ocupados, y las posibilidades se reducen gravemente. Estoy dejando de lado nada menos que La Iliada, El Decamerón de Boccaccio, y esto sin salirme de los límites de la literatura de invenciones, porque, si no, la tarea se vuelve más que inverosímil.

¿Puede haber una escogencia posible entre La cartuja de Parma de Stendhal y Madame Bovary De Flaubert? ¿Y qué pasa si también quiero meter en la maleta los tres cuentos magistrales de Un corazón simple, también de Flaubert? ¿Y puedo escoger una sola novela de Dickens, por ejemplo Casa desolada, o debo referirme a sus novelas completas? ¿Y su presencia infaltable en una lista semejante, obliga a dejar por fuera La piedra lunar de Wilkie Collins, contemporáneo suyo?

Aquí vamos llegando ya a diez, y aún me faltan Chejov, y Edgard Allan Poe, Dostoievski, ¿Crimen y Castigo o Los hermanos Karamazov? Y por supuesto Tolstoi: La guerra y la paz, claro, ¡y prescindir de Ana Karenina! Y La Regenta, de Clarín, Fortuna y Jacinta de Pérez Galdós, El Primo Basilio, de Eça de Queirós...y aún no pasamos al siglo veinte.

Ocurre también con estas listas de diez, tan frágiles y provisionales porque son fruto de la improvisación, que al hacerlas influye el estado de ánimo en que nos encontramos cuando el periodista nos pregunta; y tiene que ver también la memoria, siempre tan traicionera, que nos aflige con sus olvidos imperdonables. Por aquí vamos ya y se me ha quedado Gogol y sus Almas muertas.

No pensemos entonces en el número diez, y hagamos nuestra escogencia a gusto, según el humor del día; lo importante es seguir leyendo, para que nuestras dificultades de elección crezcan, y eso es lo que nos hará lectores difíciles de contentar, y de consolar. Por fuerza habrá libros que saldrán de la lista si un día llegan a desencantarnos, o porque aparecen otros que deben tomar los antiguos lugares.

Pero sintámonos contentos de que lápiz en mano podamos recorrer los estantes de la biblioteca para hacer la revisión periódica que nos permite tener actualizada la  lista propia. En Farenheit 451, la novela futurista de Ray Bradbury, ni siquiera existe la posibilidad de elegir los consabidos diez libros, porque todos están sometidos a persecución para ser quemados, y los lectores impenitentes, como nosotros debemos serlo, tienen que aprender de memoria los textos y leérselos en voz alta unos a otros, en la clandestinidad, como la única manera de mantenerlos vivos.

[Publicado el 29/7/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

El pájaro del dulce encanto

Este nuevo aniversario de la revolución que triunfó en Nicaragua en 1979 me sorprende lejos. Lejos, en Santander, donde he terminado hoy mi curso de una semana en el ciclo El autor y su obra, y he hablado de mis libros con participantes de muy diversas edades, que han llegado de muy distintas partes de España, convocados por la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo.

Las clases se han celebrado hasta este mediodía en la casa del faro al borde de uno de los acantilados de esta península en cuya cima se alza el palacio de la Magdalena, y desde las ventanas se ven pasar las embarcaciones que van entrando lentamente a la rada del puerto. Ayer fue el día de la virgen del Carmen, patrona de los pescadores y una alegre procesión marina, entre un coro de sirenas de barcos, llevando a la virgen en la nave capitana, pasó frente a esas ventanas. Qué escenario tan distinto y distante a aquel de la plaza de la revolución en Managua, cuando también sonaban las sirenas y repicaban las campanas entre el agitar de las banderas.

Mis estudiantes  no esconden su curiosidad al enfrentarse con alguien que les habla de los vericuetos de las invenciones literarias, de la factura de sus novelas, de sus procedimientos para escribir, de su encuentro diario con las palabras, habiendo sido protagonista de una revolución, y no se resisten a preguntarme sobre esa vida que un día llevé, y yo tampoco me resisto a responder. Siempre se recuerda con el gozo de la nostalgia.

Vida y literatura se mezclan de manera indisoluble. Y, otra vez, como ahora, se me termina preguntado: ¿volvería a hacer lo mismo, abandonar la literatura para entregarme a una revolución? ¿No me parece que si al fin de cuentas todo vino a resultar en lo contrario, aquella lucha no valió la pena?

Quienes me hacen esas preguntas saben en qué vino a resultar la revolución en Nicaragua, aunque hayan llegado aquí seducidos por la literatura, a la que aman. Es, además, una revolución, que en su momento de gloria, levantó fervor en España.

 Son las preguntas que bastante poco después de que perdimos las elecciones en 1990, las mismas que pusieron fin a una década de revolución, intenté dilucidar en mi libro de memorias Adiós muchachos, y que respondo ahora a mis alumnos, que esperan con atención mis respuestas.

Y esas respuestas no han variado desde aquel entonces, en la medida en que los ideales que estaban conmigo, indisolublemente unidos a mí y a tantos otros la tarde en que entramos en triunfo a aquella plaza 36 años atrás, siguen siendo los mismos.

Los ideales tienen necesariamente una calidad que no se deteriora con el paso de los años, o nunca lo fueron. Libertad y democracia,  equidad y justicia. Palabras simples, y tan necesarias, por las que dieron su vida miles de jóvenes que lucharon por derrocar a aquella dictadura de la familia Somoza; los mejores que ha dado Nicaragua en toda su historia, los más generosos, los más desprendidos, los más desapegados de intereses materiales, ambiciones de riqueza, o de poder personal.

Como he venido desde el otro lado del mar para hablar de la majestad de la invención, les relato a mis alumnos una historia que ha estado desde siempre en el imaginario anónimo de Nicaragua, y que se cuenta de boca en boca. Yo la escuchaba relatar de niño. Es la historia del pájaro del dulce encanto. Se trata de un pájaro de bello plumaje y colores refulgentes que vuela sobre las cabezas incitando a cogerlo, y cuando alguien alza las manos y lo atrapa, sólo le queda en ellas es un montón de excremento.

Esta no es sino una parábola de la frustración y el desengaño repetidos, la forma en que la sabiduría popular se previene a sí misma de no dar crédito a las quimeras que toda la vida acabarán convertidas en detritus; pero, al fin y al cabo, es una advertencia contra la inutilidad del esfuerzo por cambiar las cosas, y es allí donde la moraleja se vuelve perversa. Siempre vamos a tener, al final, las manos llenas de excremento, y la belleza de los sueños cumplidos no existe.

Pero no es cierto que seamos el único país de América Latina condenado a la repetición del fracaso. No podemos aceptar que nuestra historia sea un juego de espejos donde una dictadura refleja a otra, donde un caudillo encuentra su sucesor en otro caudillo, donde una familia se entroniza en el poder sólo para dar paso a otra familia. Donde la democracia, las instituciones firmes, la libertad de elegir a los gobernantes, serán siempre sólo un remedo, o una burla, una pantomima trágica.

Quizás lo que nos ha ocurrido, les digo a mis estudiantes, y ya nos apuramos porque nos anuncian la ceremonia de entrega de los diplomas, es que hasta ahora el que ha revoloteado sobre nuestras cabezas el pájaro falso. El otro, el verdadero, hay que hacerlo entre todos, pluma por pluma. El que realmente nos merecemos. Y lo tendremos.

[Publicado el 22/7/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Rico McPato y su peluquín

El centro de atracciones Luna Park se abrió en Coney Island en 1895, y en sus teatros se presentaban toda clase de espectáculos en vivo, raíz de las posteriores superproducciones de Hollywood cuando llegó la era del cine. El más celebrado era "La cacería humana".

Trescientos jinetes, hombres y mujeres, aparecían al galope por la pradera persiguiendo entre disparos de armas de fuego y gritos de muerte a un roto mexicano, de guaraches y sombrero, que huía desesperado por delante de la cabalgata, dando traspiés. Por fin le daban caza lazándolo, lo arrastraban hasta una pila de leña, lo amarraban a un poste, y lo hacían arder en la hoguera. El tiquete de entrada costaba 25 centavos de dólar, los niños media paga.

El roto de este espectáculo era sin duda un inmigrante pobre que había cruzado la frontera, entonces no tan severamente vigilada por drones y radares aerostáticos. Y la idea que entonces se tenía de los mexicanos en Estados Unidos, como para que uno de ellos fuera el personaje central de una representación teatral semejante, con centenares de extras al galope para darle alcance y quemarlo vivo, aún queda prendida como un rescoldo que sólo basta avivar en la mente de algunos.

En San Ysidro, un condado lindante con México, los miembros de una asociación de policías fronterizos enseñan a los niños a disparar con una pistola de pinball a la figura de un hombre recortada en cartón, que evoca la de un inmigrante ilegal, colocada al lado de la valla que separa los dos países. Esta es una de varias actividades recreativas organizadas por los patrulleros, que incluyen una carrera de cinco kilómetros para adultos y otra de dos kilómetros para menores, siempre a lo largo de la valla fronteriza.

La imagen del inmigrante latino como amenaza tampoco ha cambiado en la mente de Donald Trump, el multimillonario de peluquín color zanahoria que quiere ser como los clásicos íconos de la mitología del capitalismo, Cornelius Vanderbilt, Randolph Hearst, o Howard Hughes. Pero es más bien su caricatura, y en todo caso me recuerda a Phineas Taylor Barnum, el empresario que luego fundaría el famoso circo que llevó su nombre, y que tuvo en Luna Park su primera carpa donde alojaba su Museo de Seres Increíbles.

Barnum exhibía allí una sirena capturada junto con otras de su especie por la tripulación hambrienta de un barco ballenero extraviado en el mar del Norte, la única en salvarse del cuchillo del cocinero gracias a ser la más vieja de todas. Trump, que se ha proclamado aspirante a la presidencia de Estados Unidos, también captura sirenas. Es el dueño de todo un circo mundial, el de Miss Universo, donde la pasarela sustituye a las vitrinas para exhibir especímenes.

Hace chasquear el látigo de domador delante de los emigrantes, y también de las misses de su emporio de reinas de belleza, a las que no perdona que suban un gramo de peso, un delito por el que es capaz de humillarlas en público. Y tampoco perdona debilidades en su reality show "Los aprendices", que se abre con la música de "Por amor al dinero", donde tras una pelea canina a diente pelado entre aspirantes a ser empleados de sus empresas, él mismo se encarga de tratar a los perdedores como basura.

Y cuando habla de los mexicanos, indeseables por inmigrantes, a los que promete un inexpugnable muro de contención si gana la presidencia, no oculta que se refiere a todos los latinoamericanos pobres que buscan atravesar la frontera de Estados Unidos. Son los que dejan sus huesos blanqueando en el desierto de Arizona, o se quedan antes en el camino, asesinados por las bandas criminales que han inventado el negocio increíble de secuestrar pobres cobrando recompensas a sus familias, igual de pobres, a cambio de sus vidas. Para Trump todos ellos son criminales, traficantes de drogas y violadores.

Ha habido momentos en que los fabricantes de mitos contra los latinoamericanos han inventado otro tipo de imágenes, las de haraganes y revoltosos, sin visión de futuro ni disciplina, destinados para siempre al atraso, como aquella del mexicano durmiendo la siesta todo el día bajo un nopal; o la de Pepe Carioca, el brasileño que lo único que hace es bailar zamba, pareja a la del pistolero alborotador que es Panchito Pistolas.

Estos dos personajes fueron creados por Walt Disney en los años cuarenta del siglo pasado, según se dijo entonces "como gesto de buena voluntad", ya que venían a formar un trío con el pato Donald. De Donald Duck pasamos ahora a Donald Trump. O mejor, de Scrooge Mc Duck, Rico Mc Pato, que se zambullía en su piscina de monedas de oro, pasamos a Donald Trump.

Pero aunque parezca salido de los dibujos animados con su peluquín color zanahoria, no lo tomemos a broma. En las encuestas aparece como segundo detrás de Jeff Bush entre los candidatos del partido republicano a la presidencia; y entre sus potenciales votantes estarán, seguramente, quienes entrenan a los niños para disparar bolas de pintura contra las efigies de los inmigrantes.

[Publicado el 08/7/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Máquina de maravillas y pasiones

La Biblia que Rubén Darío leyó de niño se conserva en el museo que es ahora la casa donde vivió, en la ciudad de León de Nicaragua. Es una edición en latín y español en diez tomos, de los que falta el último, impresa en el año de 1858 por la Librería Española de Madrid, traducida de la vulgata latina por don Felipe Scío de San Miguel "conforme el sentido de los santos padres y expositores católicos",  y revisada por don José Palau.

Es con fascinación y asombro que Rubén, a la sombra de un jícaro en la soledad del patio de la casa solariega de su tía abuela, debe haber  leído acerca de los estragos del diluvio universal.  Un niño, igual que le ocurriría a un adulto, no podía dejar de impresionarse al leer que "en el año seiscientos de la vida de Noé, en el mes segundo, a los diecisiete días del mes, aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas, y hubo lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches".

Líneas abajo, el cataclismo queda explícito: "Quince codos más alto subieron las aguas, después que fueron cubiertos los montes. Y murió toda carne que se mueve sobre la tierra, así de aves como de ganado y de bestias, y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra, y todo hombre. Todo lo que tenía aliento de espíritu de vida en sus narices, todo lo que había en la tierra, murió.  Así fue destruido todo ser que vivía sobre la faz de la tierra, desde el hombre hasta la bestia, los reptiles, y las aves del cielo; y fueron raídos de la tierra, y quedó solamente Noé, y los que con él estaban en el arca".

Son visiones conseguidas con tal eficacia descriptiva, que no dejarían de perseguir en sueños a aquel niño, y su mente, lo mismo que la nuestra, quedará turbada por el sentido de la tragedia sin límites que cae sobre la tierra, la soledad de los pocos sobrevivientes,  y el horror de saber que toda vida humana, salvo unos pocos, desapareció bajo las aguas encrespadas que subieron hasta la altura del monte Ararat, donde terminó encallando el arca.

La escritura nos hace también pasajeros del arca cargada de animales que huele a pelambre, a orines y boñiga. Es con espanto que nos asomamos desde el refugio del arca a la soledad infinita de esas aguas grises que se confunden con el infinito cielo gris alumbrado a trechos por el deslumbre de fósforo vivo de los relámpagos, mientras aún no cesa de llover, en medio del desamparo que es la mortaja del mundo. Estamos entre los que se han salvado, pero somos capaces de imaginar a los muertos innumerables debajo de las aguas, los cuerpos flotando ya corruptos a la deriva.

Y si buscamos más portentos, hay en el Antiguo Testamento un carro de fuego con caballos de fuego que arrebata a Elías y  lo alza hasta el cielo en un torbellino, para no volver a vérsele nunca. Josué, capitán de los israelitas, para terminar a gusto con sus enemigos amorreos, alza los ojos y ordena: "Sol, quédate quieto en Gabaón; y luna, detente en el valle de Ayalón", prodigio que se cumple de modo que el día continúa sin dar paso a la noche. Y su ejército puede tomar Jericó porque los muros de la ciudad se derrumban al sonido de las trompetas de cuernos de carnero que soplan los sacerdotes una y otra vez.

Jonás se embarca para huir del mandato de Yahvé de predicar entre los habitantes de Nínive, una ciudad tan corrupta como Sodoma y Gomorra, y ya la nave a punto de zozobrar a causa de una tormenta, los marineros, para aplacar la furia divina lo arrojan al mar, que vuelve entonces a la calma. Va a dar entonces al vientre de una ballena, hasta que al tercer día, manifestado su arrepentimiento, es vomitado por el animal en tierra seca; una historia que Carlos Collodi usaría después para componer una de las escenas de Pinocho.

Pero no bastarían los prodigios. El Antiguo Testamento es un hervidero de pasiones, luchas de poder, disputas de propiedad, celos, envidias, avaricia, traiciones, venganzas, y es lo que lo vuelve un espejo de la vida. Y como en toda historia bien contada, no cesan las contradicciones, como las que surgen a cada paso entre Moisés y los indómitos israelitas a quienes trata de guiar a la tierra prometida.

Se quejan, murmuran contra él, intrigan, se rebelan, desobedecen, y el colmo es que cuando baja del monte Sinaí trayendo las tablas de la ley,  encuentra lo que Yahvé ya le ha advertido porque todo lo sabe: han vuelto a la idolatría y danzan como en carnaval alrededor de un becerro de oro, imagen nada menos que del dios de sus peores enemigos, los cananeos, fabricado con la ajorcas de las mujeres, que han sido fundidas por las propias manos de Aarón, su lugarteniente, quien, ante el reclamo airado de Moisés, responde: "tú conoces al pueblo, que es propenso al mal".

Y hay otras historias que se cuentan acerca de envidias criminales, como la de José, el muchacho vendido por sus hermanos a unos mercaderes por veinte piezas de plata, para volver luego delante de su padre anciano llevando la túnica ensangrentada, así crea que lo han devorado las fieras.  Es por eso que este libro ancestral puede leerse como una novela que a la vez de contar hechos admirables, desnuda la condición humana.

[Publicado el 01/7/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

La maldad en estado puro

La lista parecer ser la de un grupo de ciudadanos llamados a recibir diplomas de honor por servicios a su comunidad: está la directora de una biblioteca que espera por su jubilación tras muchos años de servicio; una consejera de carrera para estudiantes universitarios; una patóloga del lenguaje y entrenadora de un equipo de atletismo, que adoraba la música góspel; un recién graduado en administración de empresas, servicial y emprendedor, que se define en su cuenta de Instagram como poeta, artista y empresario; un pastor que empezó a predicar a los 13 años de edad y a los 18 ya tenía su iglesia. Y hay también otros de perfiles más modestos, como la cantante de coro de 87 años, aficionada a las máquinas tragamonedas y cuya ambición es conocer un día la torre Ellis de Chicago; o la que hace trabajos de limpieza y presta servicios de sacristana voluntaria.

Todos ellos, nueve en total, eran negros y cayeron bajo las balas del terrorista racial Dylann Roof, quien entró a la Iglesia Episcopal Metodista Africana Emanuel de Charleston, en el sur de Estados Unidos, armado de una pistola Glock y los asesinó mientras participaban en su sesión de estudio de la Biblia. El joven administrador de empresas, horas antes de ser abatido, había colocado en Instagram un último mensaje con una foto y una cita de Jackie Robinson, el legendario tercera base de los Dodgers, el primer negro en ser admitido en las Grandes Ligas del beisbol: "una vida no es importante excepto por el impacto que tenga en otras vidas".

Roof, que tiene 21 años, se la había pasado jugando a la guerra interestelar en una consola Xbox en compañía de un amigo de su edad, antes de dirigirse a la iglesia Emanuel. Fue recibido de manera amistosa, y permaneció allí por espacio de una hora. Un video lo muestra conversando con sus víctimas, y aún rezó con ellas antes de dispararles, tomando la previsión de dejar a una de las participantes viva. "No te voy a matar... porque quiero que puedas contar lo que pasó", le dijo.

El alcalde de Charleston llamó a este crimen un acto de "pura maldad concentrada"; un acto que parecería fruto de la locura de un individuo perverso, pero que refleja la cultura racista que unas veces de manera abierta, otras solapada, ha acompañado la existencia de los Estados Unidos a lo largo de su existencia; un fantasma incómodo y agresivo que despierta de tanto en tanto. Una anomalía grave en una sociedad de solidez democrática.

"Los negros se están apoderando del mundo, y alguien tiene que hacer algo al respecto por la raza blanca", le había comentado Roof al amigo con el que solía jugar Xbox, mientras bebían vodka. Y empeñado en acabar con esa amenaza, utilizó el dinero del regalo de cumpleaños de su padre para comprar en una armería de la esquina la pistola con la que habría de consumar la masacre.

Qué extraño paisaje el de un país que elige a un negro como presidente y así pareciera enterrar su pasado de intolerancia racial, pero vuelve siempre a enseñar su lado oscuro, que parece atávico. La bandera de los estados confederados, para muchos un símbolo de la tradición esclavista, no fue arreada a media asta en el capitolio de Carolina del Sur, en memoria de las víctimas de la masacre. ¿Por qué? Alguien ha dicho que es un asunto de susceptibilidades. La memoria oculta que se toca, estalla.

La mente de Roof vive entre fantasmas impenitentes. Había que actuar en defensa de la superioridad racial blanca. "Alguien tiene que tener el coraje de hacerlo en la vida real, y supongo que ése debo ser yo", dice en un manifiesto publicado en su blog bajo el emblemático título El último Rodesiano. No son ideas caídas del cielo, o salidas de las bocas del infierno. Ha mamado esa leche. Hay quienes las comparten con él, son el patrimonio de muchos otros y están en el aire de la conciencia social en su vecindario.

El hechor piensa que la edad de la caballería andante del Ku Klu Klan y de los skinheads se ha traslado ahora al reino indolente de la Internet, un racismo nada más cibernético, y se lamenta de que los viejos luchadores que ahorcaban y quemaban negros hayan desaparecido.

Son los fantasmas que tienen que ser despertados de su letargo, y por algún lado había que empezar. Una bibliotecaria, una entrenadora de atletismo, el pastor que a los 13 años ya predicaba. El muchacho que admiraba a Jackie Robinson, la afanadora que en sus ratos libres era sacristana voluntaria de la iglesia Emanuel. 

Por un asunto que parece ser también de susceptibilidades, no muchos se atreven a calificar esta masacre como un crimen terrorista, equiparable a las decapitaciones de los yihadistas. Pero ya es algo que  se le considera como un crimen de odio, aquel "que está motivado, en su totalidad o en parte, por el prejuicio o la animosidad de su autor contra la raza, religión, origen o discapacidad de la víctima".

La maldad en estado puro.

[Publicado el 24/6/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Las ciudades del sol

La carretera que lleva desde Santa Cruz de la Sierra hasta la frontera con Brasil se extiende por la planicie en una recta infinita, como tirada a cordel, y el paisaje salteado de campos de soya me recuerda al de Nicaragua. Los cerros son raros, apenas uno o dos en la distancia cuando bajo un cielo nublado nos acercamos a nuestro destino que es San José de Chiquitos. La explicación es que chiquitos pasaron a ser llamados los naturales de la región a la llegada de los colonizadores debido al exiguo tamaño de las puertas de sus chozas, y así fue bautizada también su lengua.

La Chiquitania, el mítico territorio de las misiones de los padres jesuitas que comenzaron a establecerse en Bolivia a finales del siglo diecisiete, obra iniciada en Paraguay y en los territorios fronterizos de Argentina y Brasil. Una utopía que vio su final cuando Carlos III decretó la expulsión de los miembros de la orden de los territorios de la corona española en 1767, con lo que las poblaciones indígenas de las reducciones se dispersaron o cayeron en la servidumbre.

Hay una banda sonora que llevó en la cabeza mientras nos acercamos las goteras del pueblo, la que Ennio Morricone compuso para la película La Misión de Roland Joffé; y lo mismo me persigue la imagen con que el film se abre: el misionero jesuita atado a una cruz que va dando tumbos entre las aguas embravecidas, hasta despeñarse por el torrente de la catarata del Iguazú, sometido al martirio por los indios guaraníes.

También ronda mi cabeza el largo poema La arcadia perdida de Ernesto Cardenal, donde describe con admirada meticulosidad la vida y organización de las misiones, separadas unas de otras por centenares de leguas, entre selvas y páramos: "En las oscuras selvas del Paraguay/Por esas avenidas iban y venían los indios con poncho y boina/Niños de doce años tocaban con el arpa melodías de Bolonia/Máquinas hidráulicas extraían el agua de los ríos/Cada reducción con inmensas huertas..."

Hay quienes las califican de una "teocracia socialista", organizadas bajo un modelo paternalista de premio y castigo. En todo caso, una singular experiencia de evangelización de infieles y de colonización comunitaria como no se vio en ninguna otra ocasión en América, sobre todo tratándose de territorios remotos e inaccesibles.

La vida primitiva de quienes eran atraídos a las reducciones por los jesuitas sufrió una transformación radical. Siguieron hablando sus lenguas originales, que fueron respetadas, y aprendieron a trabajar en comunidad en la agricultura y en diversos oficios artesanales e industriales, para su propia manutención y el beneficio de las misiones, que llegaron con el tiempo a ser muy ricas, y por tanto envidiadas y codiciadas.

Beneficiaban azúcar y hierba mate, fabrican tejidos de algodón, lo mismo que muebles y joyas, y tenían fundiciones de bronce y estaño, además de procurarse sus propias armas. Y una de las ventajas que los indígenas encontraron en las reducciones, es que podían defenderse de ser tomados como esclavos por las bandeirantes que incursionaban desde el territorio de Brasil.

Una utopía como la de Campanella o Tomás Moro, que también se parecía al sistema de las sociedades comunitarias prehispánicas. Un modelo que atendía a la redención de los indios que de otro modo irían al infierno, viviendo como antes vivían en la poligamia y entregados al culto de dioses falsos. La doctrina salvaba sus almas, pero la organización comunitaria proveía a sus cuerpos, y también a sus espíritus.

Sino que lo diga la música. Los aborígenes aprendieron en las misiones el arte del canto, a tocar los instrumentos europeos, arpa, vihuela, violín, viola, y también a fabricarlos con gran destreza. La evangelización encontró un vehículo propicio en las artes musicales, y en lo hondo de los montes empezaron a resonar las más complejas piezas renacentistas y barrocas, de Arcangelo Corelli a Händel y Vivaldi.

Los padres jesuitas eran maestros músicos y quedan centenares de piezas de su autoría, aunque anónimas, que pudieron ser preservadas a lo largo de los siglos por el celo de los indígenas; y así mismo enseñaban a componer: en los festivales chiquitanos se ejecuta una ópera, obra de uno de aquellos discípulos nativos.

Y también eran arquitectos y maestros constructores, como lo demuestran sus soberbios templos como este de San José de Chiquitos, de espléndidos altares barrocos recubiertos de pan de oro, que admiramos durante un recorrido nocturno. Al pie del altar mayor, la Orquesta San José Patriarca compuesta de niños y adolescentes, nos obsequia con un impecable concierto.

El pasado no muere. La dirige el maestro francés Antoine Duhamel, y sus pequeños músicos tocan con brío piezas de Purcell, de Haydn y de Mozart. El método de aprendizaje proviene del que ha desarrollado en Venezuela el maestro José Antonio Abreu para la red de orquestas Simón Bolívar.

Al final del concierto le pregunto a una de las ejecutantes, que andará por los doce años, cuánto tiempo toma aprender a tocar un instrumento. "Toda la vida", me responde con aplomo, "en música nunca se deja de aprender".

[Publicado el 10/6/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Viendo a Daniel Mordzinski tomar una foto

Concluimos en Managua Centroamérica Cuenta, nuestro encuentro internacional de escritores, a pesar de los vientos en contra. Fue impedido de entrar al país el caricaturista francés Jul, que venía a participar en la mesa sobre la risa y la barbarie, en homenaje a los periodistas de Charlie Hebdo masacrados en nombre de la religión por fanáticos desalmados. Pero a pesar de esa mala señal, y otras no menos ominosas, llevamos a cabo nuestra fiesta cultural de la manera en que nos la propusimos, un encuentro que tuvo por divisa la Libertad de Palabra y buscaba convertir a Nicaragua en una capital cultural, como de verdad lo fue, porque el público se desbordó para escuchar a los más de 70 escritores invitados.

Una tarde, después de almorzar juntos, me tocó llevar a Juan Gabriel Vásquez y a Héctor Abad Faciolince, nuestros dos escritores colombianos invitados, a una entrevista con Carlos Fernando Chamorro, que conduce el único programa de opinión en la televisión  que aún sobrevive en el país.

En las paredes de la oficina de Carlos Fernando hay fotos de su padre, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado el 10 de enero de 1978 en una calle solitaria de las ruinas de Managua, devastada tras el terremoto de 1972. Viajaba siempre al volante de su auto, sin ninguna escolta, a pesar de ser el enemigo número uno marcado por la dictadura de la familia Somoza, y unos sicarios le cortaron el paso y lo mataron a escopetazos. Ese asesinato vil encendió la chispa que haría posible el triunfo de la revolución al año siguiente, y el derrocamiento del asesino intelectual de Pedro Joaquín, el propio Anastasio Somoza.

Héctor recorrió las paredes, mirando cuidadosamente aquellas fotos. Estaba en la oficina de un hermano de sangre. Su padre, Héctor Abad Gómez, médico, profesor universitario, defensor de los derechos humanos, fue asesinado en las calles de Medellín por órdenes del jefe paramilitar Carlos Castaño en agosto de 1987.

Aquella muerte, como el mismo Héctor diría esa misma noche al participar en una de las mesas redondas, no provocó una revolución; fue un asesinato entre miles. Pero sí uno de los libros más hermosos escritos en América Latina en las últimas décadas, El olvido que seremos, escrito por Héctor, que busca fijar en su propia memoria, y en la de los demás, la historia de aquel hombre que pagó con la vida su tarea humanista de defender y proteger a las víctimas de la violencia y la represión en al Colombia convulsionada de entonces, cuando la guerra estaba en las calles de Medellín.

Carlos Fernando pudo ver el cadáver de su padre acribillado de perdigones, en la morgue del hospital de Managua adonde lo llevaron. Héctor corrió junto con su madre al lugar del crimen al saber la noticia de que habían abatido al suyo, y alcanzó a retirar de uno de sus bolsillos un papelito donde había copiado a mano un soneto de Jorge Luis Borges que empieza: "ya somos el olvido que seremos...". Ahora este poema sirve como epitafio en su tumba.

Héctor le pidió a Carlos Fernando que le contara cómo habían matado a su padre. Carlos Fernando le hizo la narración, mientras allí mismo en la oficina maquillaban a Juan Gabriel, porque ya se acercaba la hora de grabar el programa. Uno quiere saber siempre los detalles, dijo también esa noche Héctor, los detalles aún de lo que duele en el alma. Como en un espejo ensangrentado, la historia que Carlos Fernando le contaba, reflejaba la suya propia.

Antes de que entraran al estudio, Daniel Mordzinski, que nos acompañaba, nos hizo a todos unas fotos en el patio trasero de la casa. Y luego separó a Carlos Fernando y a Héctor y les pidió que se colocaran junto a una fuente. Juan Gabriel se subió al brocal y sostuvo por encima de las cabezas de los dos un trapo negro que sirviera de telón de fondo, tal como Daniel se lo pidió. Yo presenciaba aquella escena a poca distancia, mientras la emoción me iba embargando. Luego pidió a los dos hermanos de sangre que se situaran frente a frente, mirándose a los ojos, y que se agarraran de los brazos.

Y tomó la foto.

[Publicado el 03/6/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Tiempo de contar en serie

He oído alabar tanto las series de televisión ahora tan de moda, que por fin me puse a ver una de ellas, Madmen, hasta salir airoso de mi tarea tras recorrer una extensa galería de cerca de 200 capítulos, que significan unas 150 horas; algo para lo que se requiere espíritu atlético, pues se acabaron aquellos tiempos en que se imponía esperar un próxima tanda para ver el siguiente episodio, como sigue ocurriendo con las telenovelas, que pueden llegar a tener a alguien entretenido frente a la pantalla hasta un año entero.

Eso de las esperas dilatadas capítulo a capítulo, que formaban parte de lo que podríamos llamar "la estructura del suspenso", está pasando a mejor vida, igual que ocurrirá con la televisión misma de señal abierta, y aún la de cable, tal como hasta ahora la hemos conocido. Las predicciones dicen que la televisión de penetración directa e instantánea, tipo Netflix, es la que se impondrá en el futuro cercano, y eso permitirá al espectador verse toda una serie en tiempo continuo,  según su aguante y su ociosidad, en vela, si quiere, hasta el amanecer, o más.

Con la televisión de programación libre e instantánea se acabaron las expectativas ansiosas sobre lo que trae el siguiente capítulo, y la transmisión lo aguarda a uno donde la dejó. Por 5 dólares mensuales pueden verse todas las películas y las series del mundo de una sola sentada, si así nos place, lo cual no puede negarse que es bastante democrático. 

Madmen tiene lugar en los años sesenta del siglo pasado, y se puede ver la historia pasar a través de los personajes, no sólo en sus vestimentas, muebles, autos, ambiente doméstico, objetos de consumo, cuya representación fiel y minuciosa es admirable, sino en los acontecimientos de la época, del asesinato de Kennedy al de Martin Luther King, los años de Nixon, la guerra de Vietnam y la cultura hippie.

Cuando empezaba con los primeros capítulos, no desprecié el juicio de que estas serie vendrían a ser en el siglo veintiuno lo que fue la novela en el siglo diecinueve: la manera extensa, panorámica, profunda, de narrar las vidas de los seres humanos en el escenario cambiante de la historia, yendo de las vidas hacia la historia, y viceversa, tal como en las grandes sagas de Balzac, de Pérez Galdós o de Dickens. Novelas extensas, series extensas. ¿Pero es eso suficiente? Las similitudes entre novela y serial, no pueden empezar por un asunto de longitud, Guerra y Paz tan larga como Madmen.

Y un alegato a favor de estas series es que pueden ser vistas de manera continua, tal como ocurre con las novelas: si nos atrapan, las seguimos leyendo hasta el final. Cierto. Pero nadie se lee de una sentada un libro tan extenso como Crimen y Castigo, por intrigante que sea.

La gran diferencia está en que la novela está hecha de palabras que en la mente del lector se convierten en imágenes, mientras que la serie lo que nos ofrece son fundamentalmente imágenes, que se vuelven más repetitivas que las palabras.

La virtud del cine, y no de la serie, es su capacidad de síntesis, saber que no todo puede ser mostrado dentro de un tiempo limitado, y  que el director no pretende imitar al novelista cuando se trata de adaptaciones, sino crear un universo paralelo, y allí están la magia de El Gran Gatsby de Elliot Nugent, y de Matar un ruiseñor de Robert Mulligan, por ejemplo.

Pero la serie se expone a lo repetitivo, sobre todo si uno tiene la oportunidad de ver sus capítulos de manera continua, y entonces lo que parece ser la gran novedad se vuelve su gran defecto. Los personajes cínicos y decadentes de Madman, que pertenecen al mundo de la industria de la publicidad, repiten de manera infinita los mismos actos, y mi ocio no ha llegado a tanto como para ponerme a contar las veces que alguien toma una botella y se sirve un trago o enciende un cigarrillo; o las veces que una pareja se mete en la cama, tanto que estas escenas podría volverse prescindibles y simplemente anotar: aquí una toma de sexo.

Y como una tiene el todo enfrente, puede asomarse a lo que pasa puertas adentro de la cocina, algo de lo que un buen novelista sabe cuidarse siempre, enseñar la lista de ingredientes que se van tachando a medida que son usados: infidelidades, divorcios, prostitución, arribismo, dinero, suicidios, homosexualidad...el  director y los guionistas demuestran que cuidan con celo los intereses de los espectadores. 

Es cuando una historia se va construyendo mientras se filma, en base a lo que el público quiere, y para eso están los surveys, los focus groups,  y así el argumento puede ir cambiando de acuerdo a las tendencias que marcan las preferencias. Dickens, que también escribía en seriales, aunque sus lectores, claro está, debían esperar al capítulo siguiente, recibía por correo miles de sugerencias, pero no se dejaba ir por el gusto público, sino por lo que el relato necesitaba, y era el quien lo sabía, y nadie más.

[Publicado el 27/5/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Utilidades de la imaginación

La escritura de imaginación, lejos de ser una banalidad, abre perspectivas infinitas en la conciencia de los seres humanos.

Al imaginar personajes diversos, el escritor explora mentes diversas, y por tanto mundos diversos, necesariamente contradictorios, y a partir de allí pone ante los ojos del lector a una diversidad de opciones críticas. Y esa es la esencia de la escritura de invención, abrir espacios de cuestionamiento, provocar preguntas en lugar de dar respuestas,  sin lo cual la libertad de pensamiento no es posible.

Leyendo novelas y relatos se pueden multiplicar las posibilidades del mundo real y alterarlas. Imaginar ese mundo de manera diferente, y de allí partir hacia una visión nueva pero siempre insatisfecha. Si algo enseña la imaginación es a sobrevolar fronteras, o a dinamitarlas. Abolir los empecinamientos ideológicos, renegar de los fanatismos políticos o religiosos, rechazar los nacionalismos exacerbados, todos los cuales tienen una naturaleza odiosa y destructiva, porque parten de la intolerancia.

La literatura, igual que el arte, es una escuela de libertad, y conviene sentarnos en sus aulas. Y también es una escuela de pluralidad, de respeto por las diferencias y por la heterogeneidad del mundo, que nos resulta más rico y atractivo cuanto más diverso. Pluralidad de pensamiento, pluralidad de credos, diversidad étnica, diversidad sexual. Diversidad de la palabra creadora.

Más allá de la tolerancia, las palabras deben ayudar a situarnos dentro del otro, a trasladarnos al espacio en que viven aquellos a quienes debemos aprender a conocernos mejor, y desde allí, desde su propia posición, buscar cómo entender el mundo. Es la manera de ganar la convivencia, y que sean las ideas, más que el odio y la discriminación, las que nos muevan hacia adelante. Esa es nuestra ética del siglo veintiuno.

Las palabras son nuestra herramienta y no debe haber límites para usarlas. Los periodistas y dibujantes de Charlie Hebdo pagaron el más alto precio, que es el de la vida, por la libertad de palabra, que incluye la irreverencia, la risa y el humor y el sarcasmo, por hirientes que puedan parecer. Pagaron el precio de no imponerse a sí mismo la censura ante la amenaza del terror fanático que parece regresar hoy desde las cavernas de la historia.

Hay quienes aún reprochan a los irreverentes de Charlie Hebdo sus excesos, su insolencia, su burla de los prejuicios religiosos, sus blasfemias, y aún su grosería y vulgaridad. Si se hubieran moderado, si hubieran sido más cautos, sino hubieran causado ofensa a sus asesinos, estarían con vida. O se les acusa de ser unos provocadores. Y algunos van todavía más allá al decir que no pueden rendirles homenaje, aún muertos, porque no se identifican con su anarquismo destructivo.

Todo esto acaba de debatirse en el Festival Voces del Pen Club de Nueva York, cuando Charlie Hebdo recibió el Premio al Coraje en la libertad de expresión, y quienes se opusieron al homenaje y se negaron asistir a la ceremonia, muchos de ellos escritores renombrados, acusaron al semanario de intolerancia cultural e islamofobia.

Pero un estudio publicado por Le Monde en febrero, demuestra que solamente un 2% de las portadas de la revista, examinadas a lo largo de diez años, se burlaban del Islam o de Mahoma, de una manera que un creyente  de esa religión puede  tomar por blasfemia. "Hay una distinción crucial entre la blasfemia, que ataca un sistema de creencias, y el racismo que ataca a la gente de esas creencias", escribió en el New York Times el crítico literario Adam Gopnik.

No hay que dejar de tomar en cuenta, tampoco, que hay diversas clases de blasfemia, que el poder considera trasgresoras y merecedoras de castigo: blasfemias políticas, blasfemias ideológicas, además de las religiosas.

Decenas de periodistas pagan con la vida en América Latina el precio de no callarse frente a los carteles que trafican con drogas y personas, ni tampoco frente al poder gubernamental corrompido por el crimen organizado; y no callarse es una manera de blasfemar. Los medios de comunicación siguen siendo reprimidos, y se inventan leyes para intervenirlos, o para acaparar el espacio cibernético, y someter a censura las redes sociales. También son maneras de castigar la blasfemia.

El poder, cuando no es democrático, quiere siempre el silencio. Y no acatar el silencio que se impone desde arriba siempre trae riesgos. Pero bajo el silencio la escritura no existiría como instrumento privilegiado de la libertad, ni existiría la invención, que nos hace aún más libres. Es lo que Erasmo enseñó a Cervantes, y Cervantes no enseñó a todos nosotros.

[Publicado el 20/5/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Centroamérica, territorio de la imaginación

Cuando se la ve en los mapas, Centroamérica no parece ser sino un paisaje de selvas y volcanes que alternan sus erupciones, un territorio sacudido por terremotos y huracanes que alteran el paisaje; y desde la independencia en el siglo diecinueve, y a lo largo del siglo veinte, nuestra marca fueron las disensiones políticas resueltas en asonadas y golpes militares, la plaga endémica de las dictaduras militares, las revoluciones, y por fin la paz negociada. Un rostro siempre velado por el humo de la pólvora.

¿Pero cuál es verdaderamente ese rostro? Uno y distinto, varios rostros en uno, una identidad que a veces parece contradictoria, pero que existe quizás precisamente por eso, porque no se deja ganar por la homogeneidad. Un rostro fragmentado, difícil de apreciar en su conjunto porque aún estamos lejos de la integración política que se frustró después de la independencia. 

Puestos juntos, nuestros países alcanzan casi los 50 millones de habitantes en una superficie de más de medio millón de kilómetros cuadrados, con una economía que crece en términos macro, pero en nuestra realidad cotidiana siguen abiertos los grandes abismos de desigualdad social, y padecemos de déficits notables, el primero el de la educación; hemos visto avances en el funcionamiento del sistema democrático, aunque penosos en algunos países. Una lucha entre autoritarismo e institucionalidad que aún se sigue librando.

¿Por qué saltamos a veces a las primeras planas? Porque habiendo sido puente de pueblos y puente ecológico, Centroamérica lo es hoy del tráfico de drogas. Porque las pandillas juveniles, convertidas en organizaciones criminales, se han adueñado de no pocas ciudades. Porque los más pobres siguen huyendo de la miseria y de la violencia hacia el norte, en busca del perverso sueño americano, un camino señalado por el riesgo constante de la muerte. Uno y varios rostros.

Pero tenemos otro, el de la cultura, que debemos buscar como superponer a los demás. Quizás es nuestro mejor rostro, un rostro para enseñar. El rostro de la invención que hunde sus raíces en nuestra realidad dramática, y la transforma y la ilumina. De alguna manera, la literatura nos redime y deja que se revele esa identidad tantas veces escondida.

Este mes vamos a mostrar ese rostro, al celebrar por tercera vez en Nicaragua el encuentro anual Centroamérica Cuenta. Se trata de un espacio abierto a los narradores, sobre todos los más jóvenes, que ya entrado el siglo veintiuno se multiplican en nuestros países, desafiando la primacía que hasta ahora ha tenido la poesía. Son quienes nos cuentan las historias que vivimos, y que padecemos, y se convierten en los cronistas de nuestro mundo contemporáneo. Sin ellos, nuestro rostro, o nuestros rostros serían más difusos.

Más de cincuenta escritores provenientes de todos los países centroamericanos, y otros que llegarán invitados de Alemania, España, Holanda, Italia, Francia, México, Colombia y Puerto Rico, se darán cita entre el 18 y el 23 de mayo en las ciudades de Managua y León, para participar en un intenso programa de talleres, mesas redondas, lecturas, charlas, representaciones teatrales y musicales, en diferentes escenarios que incluyen centros culturales, universidades y colegios de secundaria.

El encuentro de este año se desarrollará bajo el lema PALABRAS EN LIBERTAD, porque queremos hacer énfasis en la libertad de expresión en todos sus ámbitos, un tema que se discutirá a fondo en diversas mesas. La libertad de palabra y de creación frente a cualquier clase de poder, empezando por el poder político; y Centroamérica Cuenta será un homenaje a Charlie Hebdo, en defensa del humor como uno de los pilares de esa libertad de expresión. Este acto de barbarie nunca debe pasar al olvido. La intransigencia criminal que nace del fanatismo es una amenaza sobre las cabezas de quienes creen en el poder liberador del periodismo, el arte y la escritura, y nunca deberemos tolerar que se prohíba la risa.

También Centroamérica Cuenta será un homenaje a Ernesto Cardenal en sus noventa años, el escritor nicaragüense reconocido como uno de los grandes poetas de la lengua, y quien sigue escribiendo sin tregua; autor también de un cuento magistral, El Sueco, infaltable en cualquier antología centroamericana.

Soy un convencido empecinado de que Centroamérica existe, o de que al menos es posible. En estos albores inciertos del siglo veintiuno, la hora de Centroamérica es la cultura, la hora en que debemos poner todos nuestros relojes. Esa es la razón por la que nos reunimos en Centroamérica cuenta. Se trata de abrir puertas a la cultura, hacia afuera y hacia dentro.

Como centroamericanos debemos interrogarnos acerca de lo que somos y de nuestro destino latinoamericano, lo mismo que acerca de nuestro destino en la lengua que hablamos. La lengua es también una patria que no tiene fronteras, ese territorio inconmensurable de la Mancha que dejó en nuestros mapas Carlos Fuentes.

Queremos ver y ser vistos. Cómo nos ven y cómo vemos a los demás. Comparar notas acerca de nuestras realidades y las formas de escribirla y describirla. Aprender de los demás, y enseñar a los demás lo que somos. Al fin y al cabo, todos somos hijos de la imaginación.

 

[Publicado el 13/5/2015 a las 09:00]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2015 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres