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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 26 de enero de 2015

 Blog de Sergio Ramírez

Prohibido hablar, prohibido reírse.

El asalto despiadado contra Charlie Hebdo pasó hace ya algunas semanas, pero nunca se llega tarde a esta clase de acontecimientos. Se trata de un ataque a la libertad de expresión y un ataque a la libertad de reírse, perpetrado desde las oscuras cavernas de la ignorancia fundamentalista que se profesa como religión, porque la ignorancia también llega a ser una profesión de fe.

La indignación ha estallado por todas partes, algo saludable en un mundo donde todos los días vemos amenazada la libertad de palabra. Periodistas decapitados por denunciar a los traficantes de drogas, y perseguidos y encarcelados por exponer los actos de corrupción gubernamental; diarios y revistas que se cierran por temor ante la represión, o por amenazas, o porque los gobiernos les quitan o restringen el acceso al papel de imprenta, o la publicidad oficial; estaciones de radio y televisión compradas por el poder, para acallarlas o mediatizarlas. Todas son formas de intolerancia, tanto como la intolerancia religiosa.

Pero comenzamos a escuchar voces que nos preguntan si los redactores y caricaturistas de Charlie Hebdo no debieron ser más moderados. Nos dicen que si se han abstenido de burlarse de Mahoma, porque todas las religiones merecen respeto, esa tragedia se habría evitado. O sea, que estaba en manos de las propias víctimas quitarse del riesgo de ser asesinadas, con solo hacer uso del buen juicio. ¿Por qué caer en actos de provocación, si uno sabe que en eso le va la vida?

Esas reflexiones sobre la prudencia desbordan la infamia de los asesinatos de París, y se extienden a todo el oscuro territorio de la libertad de expresión, amenazada en tantas partes. ¿Por qué un periodista de esos que son asesinados en Honduras o en México, no piensa mejor en la familia que va a dejar desamparada, antes de exponerse, con sus pertinaces denuncias, a la ira de los narcotraficantes o de los pandilleros? ¿Por qué mejor no se quedan callados los medios de comunicación que hacen revelaciones peligrosas para que no les pongan una bomba? ¿Por qué no guardan silencio los periódicos a quienes reprimen negándoles papel, y así tendrán suficiente para imprimir todo lo que quieran, menos aquellos que al poder no le gusta?

Si se trata de una fiera que ya sabemos que es peligrosa, que tiene colmillos afilados, y no entienden ni de chistes ni de bromas, ¿la sensatez no nos indica que no debemos provocarla, ni burlarnos de ella, ni reírnos en sus narices? Estos razonamientos son parecidos a los que se usan para eximir de culpa de los agresores sexuales. ¿No harían mejor las mujeres en vestirse de manera recatada, en lugar de usar provocativos escotes, o minifaldas atrevidas? Son ellas las que los incitan al pecado, y después no deberían quejarse si las violan.

Si esta lógica de la cobardía prosperara, estaríamos aceptando que la libertad de expresión debe ser cedida por partes, según la sensatez lo vaya dictando, y luego, cuando abriéramos los ojos, nos daríamos cuenta que la hemos cedido toda, y la hemos dejado en manos de quienes, gracias a nuestra prudencia, la estarían ahora administrando: los fanáticos que sólo saben leer en las páginas en blanco del libro de la ignorancia. Los capos del narcotráfico. Los autócratas que tienen proyectos de redención para sus pueblos, y a quienes la palabra libre estorba sus planes.

Y habríamos cedido también el saludable derecho de reírnos en público. De reírnos de las ideas fijas y solemnes, de los personajes pomposos, de las ridiculeces y de las iniquidades del poder, de los políticos corruptos, de los oropeles y fastos con que se visten los reyes del narcotráfico y sus acólitos. Permitiríamos ser expulsados del mundo de la risa, que es por naturaleza irreverente.

No hay risas reglamentadas. Y como la risa es un don creativo, también los administradores de nuestra libertad nos exigirían entregar el resto de nuestras potestades creativas. Escribir sólo aquellas novelas que no ofendan al Dios autoritario que los extremistas tienen en sus cabezas; no más caricaturas, canciones ni películas opuestas a la fe de otros, que debemos respetar al precio de pagarles el tributo del silencio.

Un escritor argelino, Kamel Daoud, se está viendo en esas ahora mismo, después de la publicación de su novela Meursault, Contra-investigación, candidata en Francia al premio Goncourt. Un clérigo salafista del grupo Frente Despertar Islámico, nada versado en literatura, llamó a la ejecución del novelista "por la guerra que está instigando contra Dios y el profeta".

Ahora Daoud se halla bajo amenaza de muerte, aunque la solución, para su tranquilidad, hubiera sido presentar primero su libro a la censura de un imán que apenas sabe leer, a fin de que suprimiera lo que no fuera de su gusto. Y los caricaturistas de Charlie Hebdo estarían vivos si hubieran hecho lo mismo, someter sus dibujos a los dueños de la sanidad religiosa, que no entienden de bromas ni de risas.

Así viviríamos todos felices, serios y callados, contemplando en la pared de nuestras celdas mentales el rótulo PROHIBIDO HABLAR, PROHIBIDO REÍRSE.

[Publicado el 21/1/2015 a las 09:00]

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Memoria y olvido

El metal y la escoria, la reciente novela Gonzalo Celorio (Tusquets, 2014) trata sobre el metal de la memoria y la escoria del olvido. Una novela sobre una dilatada familia con multitud historias que contar, donde también nos encontramos con el metal de los afectos de una numerosa tribu de hermanos, entre las estrecheces de la pobreza, y la escoria de una tribu de tíos tarambanas cuyo oficio en la vida fue dilapidar sin tregua la fortuna familiar.

También es una novela sobre los emigrantes, campesinos asturianos que partieron a "hacer la América", y que entre todos forman ese alud de historias diversas y dispersas en nuestra propia historia de este lado; los que vinieron y nunca regresaron, se hicieron ricos, sobre todo en el comercio, o quebraron, o murieron en el anonimato de la pobreza. Y los que volvieron al lar paterno ricos, y se establecieron allá como indianos con una palmera real sembrada en su jardín y un papagayo en la ventana.

Una saga de varias generaciones, un álbum familiar a cuyas páginas uno se va a asomando para admirar toda esa galería de fotografías que el novelista ha elegido para mostrarnos, y ponerlas en movimiento. La saga donde dos emigrantes parten juntos desde Asturias hacia las costas de México en la segunda mitad del siglo diecinueve, como tantos otros; uno, Emeterio, desde Vibaño, un caserío perdido en la montaña, y el otro Ricardo, desde el vecino pueblo de Rales; viajan en el mismo barco, son amigos del alma, y al final, Ricardo termina aprovechándose de la fortuna de Emeterio, quien lo nombra albacea, y entonces el otro esquilma con mañas sutiles a los herederos, que, a su vez, despilfarran la riqueza del padre que alcanza a llegar a sus manos, Ricardo, Rodolfo, Severino, las ovejas negras.

La saga donde uno de los hijos de Emeterio, el que no dilapida, la oveja blanca, el padre del novelista y un gran personaje de este libro, debe mantener y educar a una numerosa tribu de hijos en condiciones precarias, entre estrecheces, mientras alrededor de ellos, años sesenta del siglo veinte, crece hasta la metástasis la ciudad de México, y la madre es quien toma la iniciativa para mantener la disciplina y distribuir entre todos lo que se puede proveer, en una casa donde la fortuna del abuelo, esquilmada y dilapidada, es solo un recuerdo poco consolador con tantas bocas que alimentar.

Una novela que es la mitad de una saga que sólo leeremos completa si sumamos las páginas de la novela anterior  de Celorio, Tres lindas cubanas, donde se cuentan las historias de la rama materna del autor, de un lado los Celorio, del otro los Blasco, un espléndido pájaro que vuela con dos alas entre lo vivido y lo imaginado.

Y por fin, una pregunta que como novelista me intriga: El metal y la escoria, ¿qué es realmente? ¿Una memoria familiar? ¿La biografía de una familia? ¿Por qué una novela, si se trata de un minucioso recuento de la historia de tres generaciones, cada uno de los personajes con su nombre propio, tan veraces que podríamos comprobar sus identidades en el registro civil?

Pienso que es porque la novela en el siglo veintiuno, por fin ya lo es todo, y no como innovación, sino como reconocimiento de la calidad cervantina de la escritura, porque para Cervantes la novela contiene la totalidad, lo real y lo imaginado, lo recordado y aun lo olvidado, porque esta es también una novela sobre el olvido, la escoria del olvido.

El más memorioso de los hermanos del novelista, Benito, comienza un día a olvidar, hasta que, con el tiempo, su mente se vuelve una pared blanca donde ya nada se puede proyectar. Todas las imágenes, los recuerdos, los nombres, las fechas, han desaparecido. Y entonces el novelista dice:

"Muchas veces estuve tentado a abandonar definitivamente la escritura de mi novela. De hecho, la abandoné por largas temporadas. No sólo porque la persona que más sabía de la historia que yo debía contar y que era mi principal informante hubiera perdido la memoria, sino porque la idea misma de la memoria ancestral que yo me proponía recuperar empezaba a perder sentido. Para qué seguir indagando datos, buscando documentos, aventurando hipótesis, imaginando escenas, si todo acababa finalmente en el olvido..."

Esta es, pues, una novela contra el olvido, y la memoria del novelista se impone, admirado él mismo del prodigio de haber podido convertir en narración todo aquel cúmulo de datos que fue buscando por todas partes, un caudal que su hermano Benito contribuyó a nutrir. 

Una manera de que Benito tampoco olvide, porque recuerda el novelista y recordaremos todos nosotros.

[Publicado el 14/1/2015 a las 09:00]

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Los noventa años de Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal cumple noventa años en este mes de enero. La naturaleza narrativa de su poesía, que la acerca a las fronteras de la prosa y no pocas veces traspasa esas fronteras, es lo que se ha dado en llamar exteriorismo, un término que puede prestarse a confusiones pues parecería negar la dimensión íntima que esta poesía tiene.

Lo que Ernesto hace es utilizar los elementos del mundo exterior, ese que creemos visible y palpable, para trasegarlos hacia la intimidad y hacer que nos hablen al oído y nos enseñen que aún lo más prosaico posee un misterio. Una poesía, que se aleja de la abstracción para acercarnos a las emociones, y tiene una memoria visual.

Desde entonces se encamina ya hacia la poesía narrativa, y así llegará en 1957 Hora 0, relato de las dictaduras tropicales de Centroamérica en tiempos de las repúblicas bananeras. Y desde ese registro que se puede ver y tocar, pasará en Gethsemani Ky, publicado en 1960, a darnos el relato en contrapunto de su vida de novicio en un monasterio trapense de Kentucky. A partir de allí empezará a vivir una religiosidad a fondo que con el tiempo lo llevará al terreno del misticismo liberador y al compromiso político desde la fe.

Luego vendrán sus Epigramas, publicados en 1961. Entre ellos figuran algunos de sus poemas más populares, sobre todos los de tema amoroso, de ingeniosa precisión.

Abandonó el monasterio trapense, pero continuó sus estudios sacerdotales y fue ordenado en 1965, cuando fundó la comunidad cristiana del archipiélago de Solentiname, en el Gran Lago de Nicaragua.

De este tiempo son los Salmos, escritos en el tono admonitorio de los del Antiguo Testamento, pero llevando los suyos a los asuntos de la vida moderna: la opresión, los sistemas totalitarios, el genocidio, los campos de concentración, las amenazas del cataclismo nuclear, la inmoralidad del poder económico.

La muerte en 1962 de Marilyn Monroe, uno de los íconos del siglo veinte, inspiró uno de sus poemas más famosos. Esta elegía cuenta la vida de la muchacha que como toda empleadita de tienda soñó ser estrella de cine, y abre una profunda reflexión sobre la fabricación de los ídolos del espectáculo a costa de los propios seres humanos elevados a los altares de la fama.

Luego vendría en 1966 El estrecho dudoso. Apegándose a la letra de las crónicas de Indias y los documentos administrativos de la corona, y a la vez iluminándolos, revive episodios de la conquista fijados alrededor de la obsesión por el estrecho dudoso, el paso hacia la mar del Sur buscado tan afanosamente desde entonces, asunto pernicioso que ha tenido mucho que ver con la historia de Nicaragua, donde la ambición por el canal interoceánico sigue causando estragos.

Su compromiso con los pobres, y por la liberación, iba en la comunidad de Solentiname más allá de las palabras. Cuando en octubre de 1977 los guerrilleros atacaron varios cuarteles militares, entre los que participaron en el asalto a la guarnición de San Carlos, un puerto ubicado en la confluencia del Gran Lago con el río San Juan, se hallaban los muchachos de la comunidad campesina de Ernesto.

Al sobrevenir el triunfo de la revolución en 1979 fue nombrado Ministro de Cultura, y entró en conflicto con el Vaticano que exigía su renuncia, igual que la renuncia de los demás sacerdotes que ocupaban cargos en el gobierno. Cuando el papa Juan Pablo II visitó Nicaragua en 1983, se hizo célebre la fotografía del momento en que, con el dedo alzado en señal de admonición, el pontífice reprende a Ernesto.

Permaneció en ese cargo hasta 1987, cuando renunció, en medio de amargos conflictos con Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo. En La revolución perdida, el tercer tomo de sus memorias, que apareció en 2004, puede leerse su juicio, que es también profético por implacable, sobre quienes malversaron aquel proceso en el que él se comprometió a fondo, desde su fe y desde sus convicciones espirituales.

En adelante su escritura comenzará a dar ese vuelco trascendental que lo lleva hasta el Cántico Cósmico, de 1989. Es cuando alcanza las alturas de la poesía mística, esa comunicación solitaria con la divinidad que se convierte en una relación de pleno erotismo, el alma que se acopla con su creador en el más exaltado de los gozos, tal como San Juan de la Cruz y Santa Teresa.

Es esta visión monumental, donde todo se funde y se condensa, junto a la mística como íntima vivencia personal del poeta entra la exploración científica de los cielos, y entran también los recuerdos de su propio pasado, la vieja Granada de su infancia, las muchachas que amó en la adolescencia, los episodios de su juventud.

Un gran final de fiesta que funde los misterios de la creación y los de la existencia, el cosmos y el microcosmos, y va de los agujeros negros a la célula, de las galaxias perdidas a los protones, y la mirada mística busca en el Creador la explicación de todas las cosas, amor, muerte, poder, locura, pasado y futuro, formas todas de la eternidad.

[Publicado el 07/1/2015 a las 09:00]

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Bocados de cardenal y papa.

En su Epístola a Juana Lugones, Rubén Darío recuerda con sabrosa nostalgia en estos versos su vida de sibarita errante por el mundo:

¡Y he vivido tan mal, y tan bien, cómo y tánto!
¡Y tan buen comedor guardo bajo mi manto!
¡Y tan buen bebedor tengo bajo mi capa!
¡Y he gustado bocados de cardenal y papa!...

Y ya de regreso a Nicaragua para morir, en uno de sus últimas entrevistas a la prensa en diciembre de 1915, dice: "En ocasiones he gozado tanto como tal vez no lo han logrado los millonarios de mi tierra. He comido como príncipe, he vestido con mucho lujo, he tenido historias en el mundo de las supremas elegancias. Me he relacionado con los más altos personajes. He sentido con frecuencia el aletazo de la gloria. He derrochado dinero, que gané en abundancia. ¿Qué me queda por desear? Nada. ¡Que venga la muerte!"

Al recordar él mismo que gustó bocados de cardenal y papa, vamos de cabeza a la famosa, errónea y ya manida frase bocatto di cardinale, puesto que en italiano bocado es boccone; pero que, de todas maneras, evoca lo más delicado y exquisito que alguien puede llevarse a la boca.

Y en el imaginario popular de las cocinas existe también el bocado del Papa, que aún sobrevive en Nicaragua, un manjar de arroz, de color rosado, que se recubre con torta de mantequilla, y se sirve o vende en rebanadas, como se vendía en las calles de León cuando él era niño. Y  existe también el Pío Nono andaluz, parientes ambos, un irresistible bizcocho cubierto con una crujiente capa de crema, del que da referencia Leopoldo Alas (Clarín) en La Regenta, denominado así en homenaje al papa decimonónico Giovanni Maria Mastai Ferretti.

No pocos historiadores del arte de los fogones suponen que semejantes delicadezas, bautizadas de tal manera, salieron de las cocina de los conventos donde las monjas se afanaban en días festivos para halagar el paladar de canónigos y obispos de mejillas carnosas y sonrosadas, con lo que se conformaban, ya que no podían sentar siempre en sus mesas a los cardenales del sacro colegio, y jamás ni nunca al Papa, tan lejano en Roma; es lo que ocurriría con la cocina poblana en México, en cuya creación metieron sus sabias manos las monjas de clausura. 

Y aún se lleva a la mesa, también en Nicaragua, tras los almuerzos suculentos de domingo, un postre que se llama Pío Quinto, hecho con marquesote -una torta de maíz remojada en miel y aguardiente-  bañado de atolillo de maicena y huevos, y adornado con uvas y ciruelas pasas; un homenaje, también sin duda conventual, al papa Antonio Michele Ghiselieri, que fue fraile dominico y comisario General de la Inquisición Romana antes de subir al trono de San Pedro, y elevado a los altares por Clemente XI en 1712.

El cocinero personal de Pío V fue Bartolomeo Scappi, autor del tratado culinario Arte del cuscinare, y quien llevaba a la mesa pontifical platos tan refinados como lenguas fritas de aves, erizos de mar al horno, y tortillas de huevo revueltas con sangre de cerdo. Es explicable entonces que la fama de sibarita de aquel Pontífice haya traspasado los mares para heredar su nombre a una torta nicaragüense, tan memorable al paladar, y que Rubén no debió dejar de degustar.

Cuando el poeta dice que se ha dado todos los gustos, y ya puede venir la muerte, no puedo olvidar que en Nicaragua, cuando un plato desborda toda medida de lo exquisito, se le alaba diciendo: "¡Está de muerte!".  Y si no es suficiente la alabanza, se dice entonces: "¡Está de muerte lenta!" Lo mismo que un orgasmo.

[Publicado el 31/12/2014 a las 09:00]

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Una cuba libre, por favor

He conocido a muchos cubanos pero como a Eliseo Alberto, el Lichi de la leyenda, ninguno. Su paso, como de baile, su afecto amoroso, la clave alegre de burla e ironía en todo lo que decía, el manantial de historias que siempre tenía para contar. Un cubano con el que nunca me encontré en Cuba, porque él era un exiliado y yo nunca volví a Cuba, sobre cuyo recuerdo lloraba su alma con sentimiento de niño.

Ganamos por partida doble el Premio Alfaguara de novela en 1998, Margarita está linda la mar mía, Caracol beach suya, la primera vez que se convocaba. El premio no fue dividido, lo que las bases no permitían, pero las bases no decían nada acerca de concederlo de manera doble, que es lo que hizo el jurado presidido por Carlos Fuentes con el consentimiento de Jesús de Polanco, quien al fin y al cabo era quien debía poner la plata, aunque en adelante quedó prohibido expresamente, viva moneda que nunca se volverá a repetir.

Derrotamos entonces todas las predicciones de que teniendo que viajar juntos por meses en la gira de promoción de ambas novelas, por toda España y por toda América Latina, terminaríamos odiándonos, el facón en mano, corto y filoso, los sombreros lanzados con furia al suelo, como El Valiente de la lotería mexicana, acechándonos debajo de un farol de resplandor macilento en la esquina rosada, como personajes copiados de Borges. Resultó todo lo contrario, no sé si porque los dos éramos caribeños, acostumbrados a la eterna "mamadera de gallo", y el humor nos tendía un puente, y a lo mejor, sobre todo, porque Lichi era un ser humano bajado de otro planeta donde la envidia, la inquina y la malaleche no existen. Podríamos decir que éramos egos empatados.

Si Caracol Beach es una novela para siempre, su Informe contra mí mismo es un libro también para siempre, que si no fuera por su tesitura real, parecía una novela: el muchacho, él mismo, al que la Seguridad del Estado recluta para que espíe a su propio padre. Una cuba libre, por favor, es el título de la primera pieza de otro libro suyo, Dos Cubas libres. El título de su propia vida.

Lichi se sabía las mejores historias del mundo, la más memorable de ellas una en que un estudiante le pregunta a José Lezama Lima qué cosa es el azar. "Tú te subes a la guagua y al lado del asiento que eliges va sentada la mujer que será tu esposa...", empezó Lezama. "¿Y ése es el azar, maestro"?, lo interrumpió el alumno. "Espérate a que termine, chico", respondió, "el azar es la mujer que iba en la guagua a la que no te subiste".

Eliseo Diego, uno de los grandes poetas de la lengua era su padre, al que espió, y Cintio Vitier y Fina García Marruz sus tíos. De niño Lezama lo había cargado en sus piernas, Virgilio Piñera llegaba a tomar el café todos los días a su casa en la calzada de Jesús del Monte. Una infancia dorada en una casa llena de libros donde siempre sonaba un piano, y un nombre aristocrático largo el suyo, como el de un personaje de las radionovelas cubanas de Félix B. Caignet: Eliseo Alberto de Diego García Marruz.

La correspondencia de muchos años entre su abuela y Rose Kennedy, ambas compañeras de internado en un colegio de Nueva York. "No creo que tu hijo, si es un caballero, sea capaz de invadir Cuba", habría escrito la abuela en una de sus cartas a su amiga Rose en 1960, en vísperas de Playa Girón.

Y su divisa sentimental siempre en los labios: "Acepto que otro pueda amar a Cuba igual que yo, pero nunca que pueda amar a Cuba más que yo".

[Publicado el 24/12/2014 a las 09:00]

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Los fantasmas de la pantalla de plata

Carlos Fuentes nunca dejó de recordar el día en que su padre lo llevó a Nueva York a visitar la Feria Mundial que se había abierto en 1939 en el Corona Park, y recuerda también que esa misma vez vio Citizen Kane. Así lo cuenta en el libro póstumo Pantallas de plata (Alfaguara, 2014), que recoge sus escritos sobre cine. Tenía diez años de edad, y para acercar los dos hechos debemos suponer que recorrió los recintos de la Feria antes de que cerrara sus puertas en el otoño de 1940, y que asistió a alguna de las primeras funciones de Citizen Kane que se estrenó en febrero de 1941.

Los dos acontecimientos ponen a Fuentes desde entonces en el escenario contemporáneo, del que fue siempre un habitante inquieto, inconforme e inquisitivo: en esa Feria Mundial se celebraba el mañana esplendoroso que la humanidad anhelaba después de la crisis financiera de 1929, no en balde su lema era "construyendo el mundo del futuro".

Alemania e Italia tenían vistosos pabellones en la feria, lo mismo que la Unión Soviética, y el futuro ya estaba allí, sólo que pintado en colores tenebrosos, pues la Segunda Guerra Mundial, sin que Estados Unidos se involucrara todavía, ya había empezado: aniquilación de ciudades enteras bajo las bombas, campos de concentración, hornos crematorios, los gulag, la destrucción nuclear de Nagasaki e Iroshima.

"Esa película fue un mazazo en mitad de mi imaginación y nunca me abandonó. Desde ese momento he vivido con el fantasma de Citizen Kane en la cabeza. Hay pocas otras películas de las que estoy consciente cuando escribo", dice. Y cuando a los 32 años emprendió una de sus novelas capitales, La muerte de Artemio Cruz, no hay duda que aquel fantasma seguía estando dentro de él.

Fuentes fue ese escritor de la modernidad que no despreció ninguno de los medios de expresión del siglo veinte, el primero de ellos el cine, que además abrían la posibilidad de introducir nuevas técnicas en la escritura, sobre todo el flash-back, que utiliza para ir del pasado al presente y contarnos la historia de Artemio Cruz, quien recuerda su vida desde su lecho de muerte; una novela que es "un film en prosa".

Pero en Pantallas de Plata hay también imágenes lapidarias sobre las diosas del celuloide. Gloria Swanson, ojos de laguna envenenada. Pola Negri, ojos de incendio nocturno. Greta Garbo, ojos de orgasmo nómada. Y de Joan Crawford dirá que "tolera los más despiadados close-ups con una mirada enorme, líquida y melancólica encima de los labios que habrían de ser un sello de fábrica. Enormes, tan grandes como las hombreras que el modista le diseñó para ocultar el hecho de que tenía cabeza grande y cuerpo pequeño..." No hay duda de que nos hallamos en el plató donde se cocinan las murmuraciones.

La Swanson invitó una vez a almorzar a Fuentes en su apartamento de Nueva York, compartieron en la cocina sándwiches sacados del refrigerador, y ella le enseñó, pieza por pieza, su ropero, una escena que parece sacada de Sunset Boulevard. ¿Y Marlene Dietrich? La vio cantar en Washington "vestida de satín y estrellas, la melena suelta, las piernas que no envejecen. Ella sí. El vestido de noche era solo un cascarón que escondía un cuerpo envejecido. Pero las piernas no se hacen viejas."

Fuentes nos habla desde la butaca y desde el set de filmación. Cuando describe la escena final de Los violentos años veinte, donde  el gánster al que interpreta James Cagney, ametrallado llega a morir a la escalinata de una iglesia, y expira en brazos de Gladys George, ella exclama: "he was a big shot". Y Fuentes traduce: "fue un chingón".

Y entonces no podemos dejar de recordar la muerte de Falstaff en brazos de Mistress Quickly, la hostelera, quien al recoger su último aliento exclama: "No, de seguro que no ha ido al infierno: está en el seno de Arturo, si es que algún hombre fue alguna vez al seno de Arturo..."

Y fue el espléndido guionista de El gallo de oro, que escribió mano a mano con Gabriel García Márquez, basado en el cuento de Juan Rulfo; o el de En este pueblo no hay ladrones, basado en el cuento de García Márquez, película en la que Fuentes actúa, además, como extra, junto al propio Gabo, al propio Rulfo y a Luis Buñuel, los extras más célebres de la historia.

Y su íntima amistad con Buñuel, y los años que compartió con la estrella del cine mexicano Rita Macedo. Y Shirley McLaine; siendo que ella creía haber sido en alguna otra vida una princesa inca, él le dedicó su novela Cumpleaños, que trata sobre la reencarnación, siempre dispuesto a hacerle guiños a la eternidad. Y, en fin, su apasionada relación amorosa con Jean Seberg, la Juana de Arco de Otto Preminger, descrita en su novela Diana o la cazadora solitaria.

El cine en la vida, o más bien en las entrañas. Los fantasmas que nunca dejaron de acecharlo desde las pantallas de plata: "Al cine se entra a soñar, lector, espectador, mi semejante, mi hermano..."

[Publicado el 17/12/2014 a las 09:00]

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La lengua que nunca termina

En América quedamos esperando a Cervantes. Habría venido, si Felipe II atiende su petición del 21 de mayo de 1590 "de hacerle merced de un oficio en las Indias de los tres a cuatro que al presente están vacantes que  es uno la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la Gobernación de la Provincia de Soconusco en Guatemala, contador de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de la Paz".

De haberse escrito El Quijote en América, imaginemos al hidalgo manchego cabalgando por los páramos de la cordillera oriental de los Andes, o por la planicie costera de Chiapas, o haciendo estaciones en el ardiente litoral del Caribe cartagenero, o subiendo las alturas del altiplano andino, en el techo americano del mundo, como subió por las estribaciones de la Sierra Morena en busca de la cueva de Montesinos.

Sí vino a nosotros el inquieto y astuto don Pablos, ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños, criatura de don Francisco de Quevedo en la Historia de la vida del Buscón, que se pasó a las Indias con la Grajales a ver si mudando mundo y tierra mejoraría su suerte; "Y fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres", declara, y promete explicarlo en esa segunda parte que ya nunca se escribió.

Pícaros y buscones trasplantados por la lengua, no en balde Mulata de tal, la novela de Miguel Ángel Asturias, empieza con la entrada de Celestino Yumí a la iglesia de San Martín Chile Verde, en plena misa mayor de fiesta patronal cantada por tres curas gordos; y entra a la iglesia con la bragueta abierta, porque así se lo ha ordenado al diablo Tazol, con quien anda en pactos, sin duda hermano del diablo Cojuelo, que levantaba los techos de Madrid para exponer delante de don Cleofás los lances y liviandades que ocurrían en los aposentos.

No vino al fin Cervantes, pero nos heredó  una lengua en estado de perpetua invención.  ¿Cuántas lenguas hablamos, cuántas lenguas tenemos? Una sola y diversa, y abundante.

Oigan esos ecos cantarines, esas parrafadas que terminan atropellando en un solo sostenido las palabras mutiladas. Son los mismos dejes, los mismos acentos que oímos en Caracas y oiremos en Barranquilla, en Maracaibo, y que seguiremos oyendo en Veracruz, en Panamá, en Santo Domingo, en La Habana, en San Juan, en Managua, una sílaba comida de más, quizás, una entonación risueña, un registro más alto, una muletilla esplendorosa, tan sólo como leves distinciones de un mismo cantar en el que suenan, a lo lejos, los tambores africanos que los esclavos escuchaban en lo hondo de sus sueños, hacinados en los barcos que los traían desde Guinea y desde el Congo.

Somos hijos de la exageración que no podemos expresar sino en palabras. Hijos también de revoluciones, como yo lo soy, que son otra forma de la exageración. Cataclismos que cambian para siempre el paisaje y luego vuelven a la nada, pero antes convierten en codiciosos a quienes una vez estuvieron dispuestos a sacrificarlo todo, tal la maldición de aquel Víctor Huges, revolucionario intransigente que después llegó a empuñar el fuete del amo en la páginas de El siglo de las luces de Alejo Carpentier.  Incubamos las mejores ideas redentoras y  también los sueños más perversos.

Un territorio del mito que nunca deja de crecer. En Aracataca, el coronel Nicolás Marquez lleva a su nieto a conocer el hielo, tal como el Coronel Félix Ramírez Madregil lleva décadas atrás a Rubén Darío, su hijo adoptivo, a conocer el hielo, y las manzanas de California, y los cuentos pintados, y el champaña de Francia.       

Y de Cervantes aprendimos que, viviendo en el mito, nunca podremos huir de la realidad. A medida que don Quijote se acerca a Barcelona, que será el final de su camino,  los escenarios se van poblando de seres reales, contemporáneos de la novela, y el bandido de invención Jinés de Pasamonte será sustituido por Roque Guinart, un bandido de carne y hueso, cuyas hazañas andaban de boca en boca entre la gente, y que pertenecía a la crónica roja de entonces.

Caudillos enlutados antes, caudillos como magos de feria hoy, que prometen remedio para todos los males. Y los caudillos del narcotráfico vestidos como reyes de baraja, y el exilio hacia la frontera de Estados Unidos impuesto por la marginación y la miseria, y el tren de la muerte con su eterno silbido de bestia herida, y la corrupción que el cuerpo social exuda por todos sus poros, y la violencia como la funesta de nuestra deidades, adorada en los altares de la Santa Muerte. Las fosas clandestinas que se siguen abriendo, los basureros convertidos en cementerios.

Es de lo que los escritores nos ocupamos. Todo irá a desembocar tarde o temprano en el relato, todo entrará sin remedio en las aguas de la novela. Y lo que calla o mal escribe la historia, lo dirá la imaginación, espejo de múltiples reflejos de la realidad.

Porque somos testigos de cargo. Es nuestro oficio.

           

[Publicado el 10/12/2014 a las 09:00]

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Comer, un asunto de talento

Desde la primera mitad del siglo diecinueve empezaron a aparecer en Francia libros capitales sobre la cocina, con lo que se la consagró como una de las bellas artes, nada menos que declarada "la décima musa", y se le dio así una categoría cultural. La más efímera y suculenta de las artes, destinada a desaparecer en los estómagos.

Entre esos libros, que no fueron pocos, hay que citar el Manual de anfitriones y golosos de Grimod de La Reynière, aparecido en 1808; El arte del cocinero de Antoine Beauvilliers de 1814; o la Fisiología del gusto, de Brillat-Savarin de 1826. Es él quien, entre las musas, da a la cocina el nombre de Gasterea, la que "preside los deleites del gusto".

Y siguen El arte de la cocina francesa del siglo XIX de Marie-Antoine Carême, en 5 volúmenes, publicados entre 1833 y 1834; allí manifiesta con aplomo: "las Bellas Artes son cinco a saber: la pintura, la escultura, la poesía, la música y la arquitectura, la cual tiene como rama principalísima la pastelería", pues para crear la estructura de sus pasteles estudiaba los principios de espacio y volumen de Tertio y Paladio.

También están La cocina francesa, el arte del buen comer, de Edmond Richardin; y Gastronomía, relatos de mesa, de Charles Monselet, de 1874; un poeta de las sartenes y peroles este último, quien fue capaz de decir en el prólogo de ese libro que contiene en sus páginas sus sonetos gastronómicos: "A falta de renombre poético, tan difícil de conquistar, me conformo con un poco de gloria culinaria".

Son libros escritos con estilo literario por cocineros de oficio, como el mismo Carême, que estuvo al servicio de Talleyrand, y de reyes y príncipes en diversas capitales de Europa; o por gourmets  consumados como La Reynière y Brillat-Savarin, capaces de extraer toda una filosofía del gusto por comer; o por profesionales de categoría, como Beauvilliers, el primero en abrir un restaurante de gran cocina en París; y en fin, el de un cronista como el barón de Brisse, que en su Calendario Gastronómica apunta 365 menús, uno por cada día del año, y fue tanto su amor al arte que terminó casándose con la cocinera del compositor Rossini.

Pero los grandes escritores mismos se ocupan de este asunto tan disminuido en otras culturas, y allí está el Gran Diccionario de Cocina de Alejandro Dumas padre, quien imponía su presencia en las cocinas. "Se cuenta que cuando se alojaba en un hotel sobornaba a los empleados para que le dejaran entrar en la cocina par trastear entre fogones y tomar nota de los trucos de los grandes maestros",  dice Javier Coria; y agrega: "Nieto de un maître del duque de Orleans, en su ilimitada curiosidad, la cocina y la gastronomía ocuparon un lugar destacado...en camisa, mete mano a la masa, hace una tortilla fantástica, dora la pularda...Corta la cebolla, remueve las ollas, y les da 20 francos a los pinches".

O las reflexiones de Balzac, admirador de Brillat-Savarin, entre ellas su Fisiología gastronómica, donde define sus sabios Principios generales: "Todos los hombres comen; pero son pocos los que saben comer. Todos los hombres beben; pero menos aún son los que saben beber. Hay que distinguir los hombres que comen y beben para vivir de los que viven para comer y beber. Hay infinidad de matices delicados, profundos, admirables entre estos dos extremos..." Es un homenaje al dictum supremo ya antes pronunciado por Brillat-Savarin: "Los animales pacen, el hombre come; pero únicamente sabe hacerlo quien tiene talento".

[Publicado el 03/12/2014 a las 09:00]

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La universidad al pantano

            Nicaragua no es un país donde abunden los científicos. Uno de los pocos es el doctor Salvador Montenegro Guillén,  ecólogo y limnólogo, especialista en gestión integrada de cuencas, graduado en Nueva York, y hasta hace unos días director del Centro para la Investigación en Recursos Acuáticos (CIRA) de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, centro fundado en 1980 gracias a su iniciativa.

 Su pasión ha sido siempre la protección de la cuenca hídrica del Gran Lago de Nicaragua, de casi diez mil kilómetros de extensión, permanentemente amenazado en su sobrevivencia como fuente privilegiada de agua potable y de vida natural, y ahora más por el anunciado proyecto de someterlo a dragado para hacerlo parte de la ruta del Gran Canal chino, lo que significaría, según los razonamientos científicos del doctor Montenegro, una verdadera catástrofe ambiental que convertiría al lago en un pantano inservible.

            Desde que se anunció el proyecto del canal, su voz se alzó en defensa de la integridad del Gran Lago, de manera mesurada pero firme, explicando al país sus razonamientos.  Y empezó organizando reuniones en la universidad para debatir el tema; pero muy pronto lo pararon en seco. 

            En una carta fechada el 13 de julio de 2013, un mes después de la firma del tratado en el que se entrega al empresario chino Wang Jing la concesión por cien años para construir y operar el canal, el rector de la universidad ordenó a los decanos "no atender cualquier solicitud de locales, equipos o predios ubicados en los territorios de la universidad para realizar foros, simposios, charlas, conferencias, videos alusivos al tema (del Canal Interoceánico), pues su propósito fundamental es cuestionar o descalificar el proyecto, comprometiendo el nombre de la UNAN-Managua".

            Las facultades y escuelas de las universidades estatales son controladas hoy en día en Nicaragua por comisarios políticos del partido de gobierno, que responden a la voluntad de la pareja presidencial.  Pueden ser un profesor, un dirigente estudiantil, y hasta un empleado administrativo, según haya sido escogido; a veces, es el propio rector, o un decano. La autonomía universitaria sólo existe de nombre, y ha quedado en nada la libertad de cátedra, aún en temas científicos, como puede verse en este caso, ya no se diga en los temas políticos; y nadie que disienta del poder de la pareja, o lo adverse, puede alzar su voz dentro de los recintos universitarios, ni siquiera para hablar de literatura.

            Como no lograron callar al doctor Montenegro, quien siguió expresando sus opiniones en entrevistas y artículos de prensa, el siguiente paso fue destituirlo de su cargo académico de director del CIRA, y para eso se aprovechó la elección periódica, en la que él era candidato. Los votantes recibieron repetidas visitas y llamadas de enviados de los comisarios para presionarlos, hasta que lograron la mayoría de un voto y eligieron a un director fiel al partido. De ahora en adelante, el CIRA, sin duda, presentará el dragado del Gran Lago como una obra de efectos ecológicos más que benéficos, y el canal pasará a ser una panacea. La propaganda oficial habrá sustituido a la ciencia.

            Cuando la autonomía universitaria fue conquistada en el año de 1958, no se trató de un mero acto administrativo. El doctor Mariano Fiallos, el mayor de los pensadores humanistas de Nicaragua, fue el primer rector del período autónomo, y su credo libertario guio desde entonces a la universidad; el lema que concibió fue nada menos que "a la libertad por la universidad".

            Quienes fuimos entonces sus discípulos, aprendimos que la universidad era necesariamente un espacio del pensamiento crítico y del debate de las ideas; que en la universidad debía combatirse toda clase de ortodoxia y oscurantismo, para hacer de ella una verdadera escuela en contra del pensamiento único.

            Hoy, todas esas ideas fundacionales, sin las cuales no puede existir una universidad moderna, serán echadas al pantano inservible que será el Gran Lago de Nicaragua si el sueño maléfico del canal llega a hacerse verdadero. Al pantano, junto con el resto del país.

[Publicado el 26/11/2014 a las 09:00]

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El mundo de los dos pulgares

 

Siempre me ha seducido imaginar a un monje medioeval de esos que habían pasado la vida entera copiando libros a mano en el encierro de los conventos, cuando una mañana oye gritar desde la calle que se ha inventado una máquina portentosa para imprimir los libros en decenas de copias; y este viejo monje de mi imaginación piensa, con susto y tristeza, que su antiguo oficio manual ya no servirá de nada en el futuro y, por tanto, sólo quedan para él el olvido y la muerte; y cuando la polilla se coma los pergaminos en los que ha trabajado toda su vida, se lo comerá también a él.    

Este monje, a lo mejor medio sordo, de modo que el pregón que anunciaba la invención de la imprenta entró apagado a sus oídos, sólo tenía una manera de no ser comido por la polilla, y era colgar los hábitos, salir a la calle, buscar uno de los talleres donde se imprimían libros, preguntar, indagar, meterse entre los tipógrafos, aprender a componer planas con los tipos móviles de madera, enterarse de cómo funcionaban las prensas manuales, de cómo trabajaban los encuadernadores. Y aceptar, antes de nada, que el mundo tan antiguo en el que había vivido se hundía para siempre en las tinieblas.

A veces me siento como ese viejo monje, confundido y desorientado en medio de la nutrida selva de invenciones, donde se agrega un nuevo árbol que nace cada noche y a la mañana siguiente ya ha desarrollado su follaje, y donde los libros, que se imprimen digitalmente o se leen en las pantallas, también digitalmente, no son más que uno de esos árboles conectados entre todos por la tecnología cibernética, igual que el cine, la música, la información, el entretenimiento, la vigilancia policial, el agua potable, la electricidad, las compras a domicilio, los juegos, los vuelos aéreos, el funcionamiento de los automóviles, los trenes, los semáforos en las esquinas.

Nuestra memoria vive en una nube, es decir, la memoria de la humanidad archivada en la nada virtual. Lo que escribo cada día, lo que invento, lo que medito, es registrado de manera inmaterial, tanto que cuando apago la computadora mis palabras regresan a esa nada virtual, y sólo volverán delante de mí cuando yo las convoque. No necesito viajar con ellas; adonde llegue, me estarán esperando para bajar a mí desde la nube.

Todo esto sería demasiado para el monje de mi historia, pero alguien como yo, que empezó tecleando en las máquinas de escribir mecánicas, y creció con la radio imaginando a los personajes encarnados en las voces, debe librar una lucha a brazo partido con ese ángel de la ultra modernidad que cambia en cada momento de figura, y al que si no logro asir en mi abrazo, al rayar el alba se alejará y me dejará derrotado; e igual que Jacob en la historia bíblica debo decirle: no te soltaré si no me bendices.

Sino entras en ese cono de luz, lo que te espera es la oscuridad, y la soledad. No sabrás de qué están hablando los demás, que son en su inmensa mayoría jóvenes. No podrás ni siquiera viajar. Aún me acerco con terror a las máquinas que te dan en los aeropuertos los pases de abordar; de repente hay aún un empleado piadoso que te auxilia, pero pronto desaparecerán. Pronto tampoco habrá nadie en la ventanilla cuando quieras comprar un boleto para entrar al cine.

Alguien de mi generación se quejaba delante de mí hace poco, de lo caótico que es el mundo de las redes sociales. No lo es, le decía yo. Si vives dentro, si aprendes a conocer bien esas reglas juveniles que lo animan, te vas a dar cuenta de cómo funcionan los códigos que los adolescentes han inventado para nosotros. Tienes que aprender a usar la carita feliz, las abreviaturas, los neologismos que te parecen tan arbitrarios, tienes que aceptar que el idioma es hoy más híbrido y mutable que nunca, tienes que saber usar los dos pulgares para escribir porque se acabó la era de la digitación con los demás dedos.

Quizás siempre hubo un abismo entre generaciones, me dirá mi amigo, esta misma preocupación por no quedarse atrás, aislado en el páramo. Soy el primero en aceptarlo, por eso empecé contando la historia de mi monje medioeval que oye gritar que afuera ocurre un cataclismo después del cual el paisaje ya no será nunca el mismo.

 Pero este cataclismo que nos toca, es el cambio más radical de civilización que ha vivido la humanidad, y apenas empieza. Apenas cimbra con sus primeros movimientos telúricos la tierra. Y si te traga una de las grietas que se abrirán mientras huyes, no volverás a ver la luz del sol.

La vejez es entonces eso, quedarse fuera, no entender que el mundo es otro, y que para vivir en él es necesario adaptarse, como ha sucedido a lo largo de los milenios con todas las especies. Y ahora apago la computadora, y mando estas palabras a la nube que navegaba invisible sobre mi cabeza.

[Publicado el 19/11/2014 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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