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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 29 de noviembre de 2020

 Sergio Ramírez

Como si no existieran

Nicaragua ha sufrido en menos de dos semanas el paso desolador de dos huracanes marcados con las letras griegas Eta y Iota, entrando ambos por el mismo lugar del litoral del Caribe norte donde el segundo de ellos arrasó con lo que el primer había dejado en pie. En Managua, bajo las intensas lluvias, nombres como Bilwi, Lamlaya, Wawa Boom, escenarios de la destrucción, repetidos en las redes sociales, siguen sonando sin embargo lejanos. 

En Lamlaya, una comunidad costera, el paisaje es de destrucción, y "el fango espeso atrapa los pies en cada pisada", escriben los periodistas de La Prensa Julio Estrada y Lidia López, que han logrado llegar hasta allá. El muelle sigue bajo el agua, las casas perdieron los techos. Nadie ayuda a los habitantes, que han recibido a gente de otras comunidades que quedaron peor. "Es como si no existiéramos", dice una mujer que lo ha perdido todo.

Cuesta a muchos de quienes viven de este lado, del lado de la costa del Pacífico, aceptar que sigue habiendo dos Nicaraguas, y que "la costa", como se la llama a secas, es un territorio ignorado, ajeno, tan ignorado y tan ajeno que también se llama "la costa atlántica" a esos territorios que comprenden casi la mitad del país, a pesar de que el océano Atlántico se halla tan lejos.

Es una barrera levantada desde hace siglos. Del otro lado quedan Bluefields, y Bilwi, y Bismuna, y Haoulover, y Pearl Lagoon, ese Caribe que es africano, misquito, zambo, mayangna, creole, garífuna, rama, y también mestizo, el Caribe del wallagallo, el reggae y el maypole. Todo el territorio del litoral estuvo bajo el dominio de la corona inglesa hasta finales del siglo diecinueve.

El obispo de Bluefields, monseñor Pablo Smith, dice que estos dos huracanes sumados han sido más catastróficos de lo que fue el terremoto que destruyó Managua en 1972, y exige que el gobierno se ponga a la cabeza del auxilio a la población de las decenas de comunidades que se hayan aisladas entre ríos crecidos y caminos vecinales destruidos, sin techo, sin alimento, con el agua a la rodilla.

"La costa" sólo aparece en las noticias cuando caen sobre ella los huracanes, o, tal vez, cuando las bandas de forajidos armados llegan desde el Pacífico a desalojar a sangre y fuego a los misquitos y mayangnas en la reserva de Bosawás para convertir la selva en tierras ganaderas, no importa que Bosawás haya sido declarada reserva mundial de la biósfera. Tienen apoyos poderosos, y con el tiempo reciben títulos de propiedad.

Y cuando la abogada misquita Lottie Cunningham, nacida en Bilwaskarma, defensora de los derechos humanos de esas comunidades, ganó este año el Premio Right Livelihood, llamado el Nobel Alternativo, fue una noticia efímera de este lado.

Los huracanes lo único que hacen es remover la capa de olvido ancestral que cubre a la costa del Caribe, pero esa capa pertinaz vuelve a asentarse al paso de los días y a ocultar otra vez el paisaje desolado y a sus gentes que quedan chapoteando lodo, buscando recuperar las viejas láminas de zinc que el viento arrancó de sus techos, para volver a empezar.

Para colmo, el régimen prohibió la recolección de ayuda destinada a los damnificados, ropa, medicinas, alimentos, y la policía cercó los lugares donde se pretendía recogerla, una de las aberraciones para las que es imposible encontrar explicaciones en un país donde el monopolio absoluto del poder prohíbe la solidaridad, y se apropia de ella.

Pero ya desde antes eran damnificados. Son damnificados permanentes. En un reciente artículo en el diario La Prensa el economista Carlos Muñiz se preguntaba cómo es posible que haya nicaragüenses, como los de esas comunidades caribeñas, que vivan en casas que más bien parecen casetas de excusado. Casas que ya estaban allí, fruto del cataclismo de la pobreza, y que seguramente se llevó también la furia del primero o del segundo huracán.

Y los damnificados permanentes están por todas partes en el país. Porque hay otra frontera, detrás de la cual está la Nicaragua rural que queda expuesta cada vez por las erupciones volcánicas, los terremotos, las sequías, las inundaciones y los deslaves causados por los huracanes. 

El Iota alcanzó con su furia todo el territorio nacional, y causó más de treinta muertos, entre ellos una familia campesina de la Comunidad de La Piñuela en el departamento de Carazo, en el Pacífico. Los padres, Oscar Umaña y Fátima Rodríguez murieron ahogados junto con sus dos hijos, David de 11 años, y Daniela de 8 años, cuando las aguas del río Gigante crecieron hasta alcanzar su humilde vivienda mientras dormían. 

Hay una foto que habla mejor de lo que nadie podría hacerlo acerca de esta tragedia: los ataúdes esperan al lado de la sepultura en que van a ser enterrados, pero sólo son tres. Supongo que habrá habido alguna colecta para comprar las cajas entre la misma gente pobre de la comunidad, pero no ha alcanzado para la cuarta. David, el niño de 11 años, ha sido puesto en un envoltorio de plástico, y así irá a la fosa. Pero eso hubiera sido lo mismo aún sin huracán.

David, y los suyos, están entre los damnificados permanentes.

 

[Publicado el 23/11/2020 a las 14:20]

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Personajes fuera de los libros

En un reciente taller de creación literaria, uno de mis alumnos planteaba la pregunta siempre constante de la importancia, o necesidad, de la escritura y de los escritores, en un mundo en crisis, como si la magnitud de esa crisis volviera banal el acto de escribir.

Mi repuesta a este joven aspirante a escritor, que cuestiona la utilidad de su propio oficio, comienza por afirmar que, precisamente, los fenómenos sociales son el caldo de cultivo de la literatura, pestes, guerras, enfrentamientos, en la medida en que afectan a los seres humanos porque provocan muerte y desgracias, ausencias, encuentros fortuitos, y son capaces de crear pathos, drama. Cuando dejamos de mirar el todo, y entramos en las vidas de los individuos, es que surge la literatura.

Por tanto, la literatura no es prescindible, como algo que se puede abandonar porque la colocamos en un platillo de la balanza, y en el otro ponemos todo el peso desalentador de las crisis sociales. La literatura está para para convertir esos hechos en historias donde encarnen personajes capaces de salirse de las páginas de los libros. 

Y es hacia donde se dirigió la discusión entonces en el taller, hacia los arquetipos literarios, que llegan a tener su propia andadura ya no como personajes de ficción, lejos de lo ficticio, sino como sujetos reales en el mundo real.

Pasan a ser un punto de referencia común porque representan nuestras propias percepciones del mundo, y se vuelven una síntesis de lo que en determinado momento no podemos expresar de otra manera. Son en sí mismos una idea, una imagen. Y se convierten en arquetipos aún para quienes nunca han leído los libros de donde salieron. 
 

El proceso de creación literaria lleva a convertir a las personas en personajes, que es cuando adquieren ese relieve singular que los aparta del común. Pero cuando el personaje se sale del libro vuelve a convertirse en persona, y goza entonces de esa naturalidad que le da la vida real, viviendo entre los demás. 

Ulises es un nombre común aún para los que nunca han leído La Odisea, y cuando queremos significar todo lo que es difícil, o azaroso, decimos simplemente que es una odisea. ¿Y la guerra de Troya? Los grandes fracasos, las grandes derrotas son siempre Troya incendiada y desolada. Aquí fue Troya.
 
Homero, a través de milenios, es el gran dispensador de arquetipos, y aún de nombres de pila. En mi infancia, su elenco completo andaba por las calles de Masatepe, panaderos, agricultores o albañiles, jugadores empedernidos de gallos, bordadoras y costureras, y maestras de escuela: Héctor, Ulises, Telémaco, Aquiles, Ifigenia, Casandra, y una Helena que de verdad era bella. Era un pueblo homérico. 
 
Pero esta es una expresión que va más allá. Homérico es lo portentoso, lo extraordinario. Como América Latina misma, que es homérica porque su historia ha representado tantas veces la epopeya, que tiene siempre mucho de heroísmo pero también de injusticia y de crueldad. Homérica Latina, como llamó la escritora argentina Marta Traba a un libro de crónicas suyo. 
 

El personaje que ha sabido ganar más realidad fuera de la página escrita, es, por supuesto, don Quijote. Si una agencia de viajes anunciara en un tour guiado por La Mancha una visita a su tumba, donde descansa al lado de Sancho, ningún turista lo creería una tomadura de pelo.

Y tampoco es necesario haber leído a ser Cervantes para creer en la existencia real de estos dos personajes que han llegado a representar, más allá de cualquier intención de quien los creó, los dos polos entre los cuales siempre creemos movernos, idealismo y materialismo, la elevación de miras y la bajeza, o, si se quiere, locura frente a cordura; y es por eso que ambos son tan populares, porque se les suele contraponer en la vida común, y es de allí que resulta lo quijotesco.

Quijote se vuelve quien quiera alcanzar lo que está demasiado distante, o no es posible, y lejos de tener un sentido real de la vida, que quiere decir tener un sentido práctico, termina convirtiéndose en un bueno para nada. Un quijote al que se termina viendo con ojos de desdén, o de misericordia.

Mefistófeles no sería tan popular sino hubiera pasado por las páginas del doctor Fausto. El diablo que nos tienta con librarnos de la pobreza y de la vejez, es mucho más conocido entre quienes nunca han leído a Goethe que el propio sabio alquimista dispuesto a entregar su alma. No todo el mundo dice faustiano, como dice homérico, o dice quijotesco. O dice donjuanesco.

Don Juan, el mujeriego dueño de todos los excesos y de todas las alcobas, que desafía altanero a la muerte y a los muertos, es más popular que el autor, o los autores que lo inventaron, porque ha sido inventado en el alma de cada quien. Y popular, sin duda, la Celestina, en la vida y en la lengua de todos los días.

Pero a cuántos que ni siquiera saben de la existencia de Kafka, ni menos lo han leído, he oído decir kafkiano cuando se ven atrapados en situaciones que no comprenden, o cuando son víctimas de lo absurdo a que el destino los somete. O de la burocracia, o del poder, que son formas del destino.

 

[Publicado el 09/11/2020 a las 19:14]

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Memoria del caribe

 

Cuando hablamos de identidad deberíamos empezar por buscarla en la diversidad. El Caribe, tan diverso y múltiple, es un universo complejo que se forma a través de los siglos en base a una mezcla de etnias de muy distinta procedencia, y de muy distintas culturas y lenguas, y que engloba variados territorios geográficos, continentales e insulares, distantes entre sí, pero que comparten elementos culturales fundamentales.

La cultura se vuelve un elemento crucial a la hora de hablar de diversidad, y al tratar de representar bajo un denominador común todo este conglomerado asombroso, y tan deslumbrante, que llamamos Caribe, y que desborda, en primer lugar, la lógica geográfica.

Podemos describir un círculo que comprende toda la costa del golfo de México, desde la Florida hasta Yucatán y la costa maya, que baja por la cornisa de Centroamérica, hasta la costa de Colombia, Venezuela y las Guyanas, y de allí por ese mar mediterráneo nuestro que comprende las Antillas mayores y menores, islas a sotavento y barlovento, y marca la frontera hacia el Atlántico.

El Mississippi de Mark Twain y William Faulkner es un río del Caribe, como Nueva Orleans y todo el Dixieland del jazz es el Caribe; y el Orinoco de Rómulo Gallegos, y el Magdalena de Gabriel García Márquez son ríos del Caribe. Y la isla de Trinidad de V.S. Naipul es una isla del Caribe, como Santa Lucía de Derek Walcott, y su mar de Homero, y la Martinica de Aimé Césaire, y Guadalupe de Saint John Perse. 

Pero el Caribe es también la costa del Pacífico de Centroamérica, tierras de selvas y volcanes de Rubén Darío y Miguel Ángel Asturias, y es Guayaquil, ya muy adentro, hacia el sur, de ese mismo océano Pacífico, y lo es también Salvador, Bahía, en el litoral atlántico brasileño, territorio de Jorge Amado.

Una diversidad de razas y de pueblos. Una gran olla en la lumbre, una gran cocina de lenguas y música y religiones y ritos. El gran melt pot sin parangones. Un mestizaje múltiple. Los pueblos que ya estaban desde antes de la llegada de los conquistadores, zainos, arahuacos, caribes, mayas, nahuas, chibchas. Y los andaluces y extremeños, castellanos y vascos de la conquista, y los que siguieron llegando después, oleada tras oleada, catalanes, canarios, gallegos, y los colonos portugueses, los calabreses y napolitanos de la Italia pobre del sur, las juderías sefarditas en éxodo, y los judíos de Europa oriental, los árabes de Siria y Líbano y los palestinos del Imperio Otomano, y los chinos de Cantón escondidos en los barcos en barriles de tocinos salados, los hindúes de Bombay, los holandeses luteranos, los corsarios franceses.

Y, sobre todo, y este es un elemento común, que suele obviarse, o rebajarse, los negros esclavos traídos de África. Los mercados de esclavos más importantes estaban en Cartagena, Portobelo y La Habana, y por todo el Caribe se multiplicó la población mulata. Fueron los mestizos y mulatos los que pelearon las guerras de independencia, y la población de origen africano se diluyó bajo los distintos disfraces del blanqueo, que fue un proceso ideológico de ocultamiento de identidad.

Pero la herencia africana es infaltable, e inocultable. Sólo para mencionar la música, sin la que el Caribe no existiría como lo conocemos: del danzón a la guaracha, al merengue, la bachata, los porros, al mambo, las distintas variedades de la salsa; y más allá, hasta el sur del continente, el candombe, y la milonga y el tango, que tienen la imperdible marca africana.

Y el Caribe es también el territorio donde se han incubado las mejores ideas redentoras y los sueños más perversos, y se han fraguado proyectos de poder que podemos ver reflejados en la literatura, que los copia de la realidad de la historia.

Dónde sino habría de aparecer un personaje como Henri Christophe, al que encontramos en las páginas de El reino de este mundo, la novela de Alejo Carpentier. Era cocinero de una fonda en Haití, y llegaría a coronarse rey. E hizo construir en la cumbre del Gorro del Obispo la ciudadela de La Ferrière, cada bloque de piedra subido a lomo de sus súbditos esclavos, el antiguo esclavo dueño de esclavos.

Henri Christophe piensa en la opresión como esclavo, e imagina el poder como caudillo. Imagina con delirio. Y el delirio habría de repetirse a partir de entonces a lo largo de la historia. Con otros nombres, y otros disfraces.

La novela del dictador tiene su cuna en el Caribe, de El señor presidente, de Asturias, a El recurso del método, de Carpentier, a El otoño del patriarca, de García Márquez, a La fiesta del chivo, de Vargas Llosa. Es la geografía del caudillo, que en uno y otro país llega al poder para no irse más, llena las cárceles de presos políticos, agrega títulos sin fin a su nombre, e impone el terror, la adulación y el silencio.

Porque el Caribe es también un territorio de sueños perdidos, y de extrañas convivencias. Un mundo rural, antiguo, anacrónico, que pretende ser moderno y que fracasa siempre bajo el peso del caudillo enlutado. Y la terca persistencia de aquel mundo viejo, al que nunca termina de comerse la polilla, produce el asombro en la literatura.

 

[Publicado el 26/10/2020 a las 14:40]

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El don de la ubicuidad


De los muchos rasgos diversos del arte de novelar de Mario Vargas Llosa, a quien celebramos al cumplirse el décimo aniversario de su premio Nobel, hay uno que me ha admirado siempre, y es el poder de apropiarse de lo que de primer a intención llamaría escenarios lejanos, o escenarios ajenos.

 Esa virtud excepcional de naturalizar los ambientes extranjeros, la he hallado antes en Graham Greene; y sólo para referirme a sus novelas de ambiente latinoamericano, cito El poder y la gloria, que se ubica en Tabasco, en la época del enfrentamiento religioso que siguió a la revolución mexicana; Nuestro hombre en La Habana, situada en Cuba en los años cincuenta, en vísperas de la revolución; Los Comediantes, en Haití, bajo la dictadura de Papa Doc Duvalier; y El cónsul honorario, años setenta, en el nordeste de Argentina.

Se podría obviar el tema bajo el alegato de que, en la medida que un escritor gana en formación cosmopolita, y se desprende de la piel nacional, entra con facilidad en cualquier otro escenario, y lo asume como propio; y porque, al fin y al cabo, la novela es artificio y simulación, y todo se consigue con habilidad suficiente.
 

Pero no es tan sencillo. Porque lo primero que un escritor debe lograr, es convencer al lector local de que le está contando con propiedad el entramado de su propia historia; que es convincente cuando le describe las calles, barrios y plazas, metederos y cantinas, y que le está hablando con los matices de su lengua de todos los días. Y no se puede tocar de oídas, a riesgo de hacer chirriar el violín.

 El escenario natural de un novelista está formado por sus percepciones sensoriales de la infancia y la juventud, que es cuando se fija la memoria sentimental, y visual, y esos años de formación vienen a ser raíz de la experiencia duradera que luego se refleja en la página escrita. Lo aprendido y lo percibido es lo contado. A los otros escenarios hay que trasladarse.

Si habláramos de escenarios concéntricos en Vargas Llosa, el primero de esos escenarios es Lima, descrita en La ciudad y los Perros, y luego en Conversación en la catedral. Cuando se empieza a hablar de novela urbana en América Latina, Lima es la urbe de Vargas Llosa, con una población que aún no supera el millón y medio de habitantes, y aún no deja de ser una ciudad provinciana, virreinal y todo, como puede apreciarse por el plano plegable que acompaña la primera edición de La ciudad y los perros.
 

 El siguiente de esos escenarios concéntricos sería el territorio del Perú, como tal, que empieza a estar presente en otra de sus obras fundamentales, La Casa Verde, un escenario muy geográfico, que se desplaza de ida y vuelta de la Amazonia a la costa norte del Pacífico, entre Santa María de Nieva e Iquitos, y Piura. La Amazonía, a la que regresará en Pantaleón y las visitadoras, y se volverá recurrente en sus novelas.

Pero hay un tercer escenario, que está situado en el círculo exterior, donde las fronteras nacionales quedan atrás, y la experiencia narrativa se extiende hacia el ámbito que podemos llamar extranjero, por extraño. En La guerra del fin del mundo, en La fiesta del Chivo, o en Tiempos recios, esos territorios son Brasil, República Dominicana, y Guatemala, países donde el novelista nunca ha vivido, y ha debido hacer una investigación de campo exhaustiva para documentar esas novelas:

La guerra de los Canudos, en el nordeste de Brasil a finales del siglo diecinueve; la dictadura sanguinaria del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo en la República Dominicana, hasta su asesinato en 1961; y el derrocamiento de Jacobo Árbenz en 1954, urdido por hermanos Dulles bajo la administración Eisenhower; así se da paso al régimen militar del coronel Carlos Castillo Armas, asesinado en 1957 por mano del infaltable Trujillo. 

El siniestro ambiente que vive la República Dominicana bajo el trujillato, recreado por Vargas Llosa, puede hallarse también en una novela como Galíndez, de Manuel Vásquez Montalván, otra apropiación a distancia; o en La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Diaz, un dominicano nacido en Estados Unidos que escribe desde la distancia la diáspora, en inglés.
 
Los tres periodos en referencia no son contemporáneos al novelista peruano; hay que rastrearlos en la historia, y exigen, por tanto, una aproximación más compleja, la investigación que haría un historiador, o un periodista. Son materiales que pueden dar claves al tema, pero no resuelven la dificultad mayor, que es la de entrar en la atmósfera local; un asunto que no es solamente de escenario, sino también de lenguaje, y de la sutileza de las percepciones.

El poder de la narración, para convencer acerca de la veracidad de lo narrado, pasa a depender entonces de la facultad de penetración, que va más allá de la habilidad técnica para contar, y ordenar los materiales.

Este don de ubicuidad literaria hace que el novelista puede situarse dentro de lo ajeno, no como quien va de visita, sino como quien se queda a vivir, o ha vivido siempre allí. Porque ha podido convertir la imaginación en herramienta de apropiación, y es capaz de volver verdadero lo ficticio.

 

 

[Publicado el 12/10/2020 a las 17:07]

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Agentes del enemigo

El año próximo deberían celebrarse elecciones para presidente en Nicaragua, y para integrar una nueva Asamblea Nacional. La buena fe del régimen, si la tuviera, debería estarse demostrando desde ahora, ya a contrarreloj, en busca de crear garantías democráticas suficientes que permitan a los ciudadanos elegir de verdad. Integrar una autoridad electoral independiente e introducir reformas profundas a las leyes electorales que aseguren que los votos serán contados sin trampas, y que todo el proceso estará sometido a la observación internacional. Sería la única manera de superar pacíficamente la crisis política, social y económica que agobia al país.

Pero está ocurriendo todo lo contrario. No sólo la voluntad para garantizar unas elecciones libres está lejos de manifestarse, sino que el régimen ha tomado la iniciativa de apretar las tuercas antidemocráticas a través de dos medidas legislativas que están ya en marcha: restablecer la cadena perpetua como castigo a los delitos de odio, con la intención de castigar a los adversarios; y perseguir a esos mismos adversarios estigmatizándolos como agentes extranjeros.

No se trata, en el primer caso, de castigar el odio racial, o el odio contra las minorías, sino a quienes adversan al régimen. Esto quedó claro en un discurso de Daniel Ortega el pasado 15 de septiembre, día de la independencia, al referirse a su propuesta de cárcel de por vida:
"Ellos quieren ya seguir cometiendo asesinatos, colocar bombas, provocar destrucción, más destrucción de la que provocaron en abril de 2018...no tienen alma, no tienen corazón, no son nicaragüenses, son hijos del demonio, son hijos del diablo. Están llenos de odio. Son criminales...". Estos serán, pues, quienes irán a prisión perpetua, condenados por delitos de odio.

La otra medida es la Ley de Regulación de Agentes Extranjeros, presentada a la Asamblea Nacional por el propio partido oficial, la cual obligará a registrarse como tal a todo aquel que "se desempeñe o trabaje como agente, representante, empleado o servidor...o bajo orden...supervisión o control de un organismo extranjero...o cuyas actividades sean directa o indirectamente supervisadas, dirigidas, controladas, financiadas o subsidiada en su totalidad o en parte por gobiernos, capital, empresas o fondos extranjeros..."

Todos estos ciudadanos pasan a formar una clase aparte de parias antipatrióticos, porque se presume que al recibir fondos provenientes del extranjero cometen acciones contra la seguridad del estado, ya sea para financiar un seminario de formación democrática, promover los derechos humanos, o proveer mascarillas preventivas contra la pandemia, y que por eso mismo deben ser puestos bajo vigilancia y control profiláctico, y obligados a registrarse en una lista negra. 

"Consejeros, relacionistas públicos, agentes de publicidad, empleados de servicios de información o consultores políticos", quedarán obligados a inscribirse, y a proporcionar el nombre de "los gobiernos extranjeros, partidos políticos extranjeros, empresas y otras personas físicas o jurídicas que financien, proporcionen fondos o de cualquier manera faciliten medios económicos y materiales o de cualquier otro tipo". Si alguien se niega, el estado quedará autorizado "a intervenir los fondos y bienes muebles e inmuebles de la persona". Pena de confiscación.

Y una vez registrados, "deberán abstenerse, so pena de sanciones legales, de intervenir en cuestiones, actividades o temas de política interna", y les queda prohibido "financiar o promover el financiamiento a cualquier tipo de organización, movimiento, partido político, coaliciones o alianzas políticas o a asociaciones". Y tampoco pueden ser, en adelante, "funcionarios, empleados públicos o candidatos a cargos públicos de cualquier tipo o naturaleza", aún hasta un año después de ser retirado del "registro de agentes extranjeros". La muerte civil.

Llamar a todas estas personas "agentes extranjeros" es un eufemismo. El régimen, bajo los términos de esa ley, los considera agentes al servicio del enemigo. Gobiernos que busquen establecer directamente programas de cooperación con entidades privadas; organismos financieros internacionales que procuren hacer desembolsos a organismos no gubernamentales; agencias de cooperación internacional, todos se hallan en el campo enemigo, y deben registrar a sus agentes.

En Rusia se llama igual, ley de agentes extranjeros, votada por el parlamento fiel a Putin en julio de 2012, la que obliga a todas las ONG a registrarse bajo apercibimientos muy similares a los que contiene la ley propuesta en Nicaragua. En 2019, la categoría de agentes extranjeros fue ampliada por Putin para incluir a los medios de comunicación, periodistas independientes y blogueros que se considere están al servicio de gobiernos o instituciones de otros países. Una ley contra la que el Parlamento Europeo emitió una resolución de condena en diciembre de 2019, por violatoria de Declaración Universal de Derechos Humanos y del Convenio Europeo de Derechos Humanos.

La ley de agentes extranjeros que va a aprobarse en Nicaragua no sólo viola las convenciones internacionales de derechos humanos, sino también la propia Constitución Política, pues pasa por encima de las garantías y derechos ciudadanos de manera flagrante. Es una obsolescencia, que trata de afianzar un modelo totalitario, igual que la cadena perpetua es otra obsolescencia, piezas de un museo ideológico.

O peor que eso. Piezas para armar la fantasía de un poder para siempre que más imposible se vuelve mientras más se cierra sobre sí mismo, y enlista a quienes se le oponen como enemigos a muerte, condenados a cada perpetua, o al estigma excluyente de agentes del enemigo.

 

 

[Publicado el 28/9/2020 a las 14:28]

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Camisas de fuerza


Imaginemos que en las bases de convocatoria de uno de los premios literarios importantes establecidos en nuestra lengua, digamos el Alfaguara, o el Herralde, se estableciera como requisito de participación que la novela concursante debe llenar determinados requisitos en cuanto al tema, y en cuanto a la procedencia racial de los personajes, o su género, sus preferencias sexuales, o sus capacidades físicas.
 
No estoy usando mi propia fantasía para crear un escenario distópico. Sólo hago una transferencia al territorio de la literatura de las condiciones que se acaban de establecer para las producciones que a partir del año 2024 compitan por el premio Oscar a la mejor película.
 
En cuanto a "representación en la pantalla, temática y argumento". la película debe centrarse en uno de los siguientes grupos: "mujeres, una etnia poco representada, personas LGTBI+, o personas con discapacidad física, cognitiva o auditiva". "Al menos uno de los actores principales, o intérpretes secundarios de cierta relevancia, deben ser parte de uno de los siguientes grupos raciales o étnicos: asiático, latino/hispano, negro/afroamericano, indígena/nativo, americano/nativo de Alaska, originario del cercano oriente o del norte de África, hawaiano nativo u otro tipo de isleño originario de Oceanía, o de otra etnia poco representada". Y el 30% de los actores secundarios debe llenar todos estos mismos requisitos.
 
Algunas de estas condiciones pueden ser intercambiadas, o sustituidas, por la misma representación diversa en los equipos de dirección y producción, que no se ven en la pantalla; pero todo obedece a un plan para enfrentar "el mayor desafío de nuestra historia para crear una comunidad más igualitaria e inclusiva...tanto en la creación de las películas como en el público que conecta con ellas".
 

Conviene separar, antes de seguir adelante, la justicia de las políticas de inclusión social, racial y de género, que responde a una lucha de siglos de la humanidad por la conquista de la justicia, de la pretensión de imponer temas y cuotas dentro de la obra de arte, que representa por sí misma un campo infinito de diversidad, y así mismo de libertad, sin lo cual el acto creativo no sería posible. Y en esto equiparo al cine, del que he sido devoto toda mi vida, a la literatura, que es mi otra devoción, como escritor, y como lector.

He oído alegatos de que las alarmas respecto a estas reglas son exageradas, porque se trata de requisitos leves, que bien pueden ser evadidos parcialmente sustituyéndolos por los otros, invisibles, que atañen a la composición de los equipos de producción; y que, en todo caso, de tan leves, no se notarían, y el cine seguiría siendo el mismo.

La censura nunca es leve, y su tendencia es a avanzar, una vez establecida una cabeza de playa, porque las exigencias que llevan a imponer en el arte cánones políticos, sociales, o morales, nunca se sacian, por mucho que las intenciones puedan parecer benévolas, o justicieras. 

No veo tampoco por qué no, a algún bien intencionado no se le ocurra ensayar esas mismas reglas en la literatura. Jurados literarios determinados a servir de muro de contención contra la discriminación. Comités editoriales celosos de reglas de contenido que no perturben al lector, o busquen evitar el arraigo de tendencias morales, políticas o filosóficas perjudiciales al conjunto de la sociedad. De todo estos hemos visto antes, ya sea porque el estado se impone como el Gran Benefactor de las conciencias, o porque grupos de presión buscan conquistar terreno y consideran que la creación artística es la joya de la corona, por su poder de influencia espiritual.


Y cuando se trata de reglas, la naturaleza ideológica deja de importar. En la espléndida novela de Julian Barnes, El ruido del tiempo, Stalin atormenta a Shostakóvich porque quiere imponerle, en cambio de su música reaccionaria y decadente, los parámetros del realismo socialista que canta las virtudes del hombre nuevo, siempre optimista, mirando hacia el futuro luminoso.

En Irán, los ayatolas mandaron a recoger de las librerías la recién salida traducción de Memoria de mis putas tristes, la novela de García Márquez, y el editor fue destituido a pesar de que se había esforzado en volverla potable; hizo que el traductor cambiara la palabra "puta" por "mi belleza".

Censura desde el poder, pero también desde los grupos de presión. Cuando esa misma novela fue convertida en México en una pieza de teatro, la representante de una organización feminista exigió que se prohibiera su representación, por las mismas razones morales que Lolita, la obra maestra de Nabokov fue sacada de las bibliotecas públicas en Estados Unidos: el uso de "nínfulas" como personajes.

La regla debería ser entonces: "no se permite en las novelas la figuración como personajes con connotación sexual, de personas del sexo femenino menores de 15 años de edad". Esto incluiría, por supuesto, la pintura, para prevenir casos tan lamentables como el de los cuadros de Balthus, maestro de la incorrección.

Ganar espacios de representación, y conquistar la justicia postergada, o denegada, nada tiene que ver con la imposición de reglas que buscan entrar en el territorio de la creación artística, y moldearla, adaptarla, o limitarla. Al imponer a una obra arte una camisa de fuerza, se le impone, en fin de cuentas, a toda la sociedad.

 

[Publicado el 14/9/2020 a las 10:39]

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Capitán, el niño está preocupado...

Cualquiera de ustedes se habrá topado en las redes sociales con un texto atribuido a Gabriel García Márquez, supuestamente extraído de El amor en los tiempos del cólera, y que empieza de esta manera:

"-Capitán, el niño está preocupado y muy incómodo debido a la cuarentena que el puerto nos impuso.

-¿Qué te preocupa, muchacho? ¿No tienes suficiente comida? ¿No duermes lo suficiente?

-No es eso, Capitán. No puedo soportar no poder desembarcar y abrazar a mi familia.

-Y si te dejan salir del barco y se contaminan, ¿cargarías con la culpa de infectar a alguien que no puede soportar la enfermedad..."

Muy al dedo para toda la suerte de consejos, máximas filosóficas y reflexiones morales que ha traído consigo la pandemia, y que si se reproduce tanto es porque satisface gustos literarios propios, o llena las expectativas de lo que queremos que alguien diga en nuestro nombre, pues coincide con lo que pensamos. Y mejor si lo hace García Márquez.

El verdadero autor de esta historia en la que el capitán termina afirmando que la primavera la llevamos dentro de nosotros mismos, se llama Alessandro Frezza, según algún acucioso ha ido a descubrir. Pero eso ya vale poco, porque en las redes las verdades no son fáciles de establecer, sobre todo si nadie sabe quién en Alessandro Frezza, quien pasa más bien a convertirse en el impostor. ¿Quién ese ese italiano que trata de plagiar a García Márquez?

Los textos que se ponen a circular bajo el nombre de escritores célebres son, generalmente, propios de libros de autoayuda. Cartas sentimentales de despedida al final de la vida, reflexiones sobre lo que haríamos si pudiéramos vivir una segunda vez, viajes espirituales en busca de la verdad, que, al fin y al cabo, llevamos dentro de nosotros mismos. Todo dentro de los temas preferidos por Pablo Coelho, que tantos lectores sabe conquistar. Y este si es un misterio para mí: ¿por qué si Coelho goza de tanto prestigio en este terreno de los consejos sanos para bien vivir, nunca le atribuyen nada en las redes?

A finales del siglo pasado, cuando el mundo de la comunicación instantánea en que vivimos estaba aún en pañales, y García Márquez se hallaba bajo tratamiento médico por causa de un cáncer, los fabricantes de bulos hallaron una ocasión propicia para atribuirle una carta de despedida que se titulaba "La marioneta" y que empezaba:
"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo..."

Se trataba de un texto que el ventrílocuo mexicano Johnny Welch ponía en boca de su muñeco "El Mofles" en sus presentaciones. "Quiero decirles que estoy vivo y que lo único que me podría matar es que digan que yo escribí algo tan cursi", dijo García Márquez. Y Welch ripostó: "a mí El amor en los tiempos del cólera me parece un libro maravilloso. Pero maravillosamente cursi". Luego ambos se encontraron, y se reconciliaron.

Los más socorridos a la hora de endilgarles textos que nunca escribieron son García Márquez y Jorge Luis Borges, aunque tampoco se libran José Saramago o Mario Benedetti.
Poco tiempo antes de la muerte de Borges, cuando aún vivíamos en la prehistoria de las redes sociales, se puso de moda un poema supuestamente suyo que sigue gozando de gran prestigio social.

El falso Borges prometía que si volviera a nacer comería más helados y menos habas, caminaría sobre la hierba húmeda, metería los pies en la corriente de algún fresco arroyo, o daría más vueltas en calesita. Borges se subió a un globo aerostático, pero es difícil imaginarlo montado al caballito de un carrusel. A su avanzada edad, parecía despedirse con un acto de contrición, como si hubiera desperdiciado su existencia en nimiedades, y se declarara listo a escalar las montañas más altas en la próxima vida.

Se trataba a ojos vista de un Borges sospechoso, por edulcorado. Desde las alturas de su espléndido rigor verbal, parecía bajar en aquel poema al terreno del lugar común. Pero en las redes eso poco importa; lo que vale es el sentimentalismo sin cortapisas; la carta de despedida de García Márquez ni siquiera estaba escrita en clave de realismo mágico, pues no anunciaba un aguacero bíblico para el día de su muerte, y no llevaba, por tanto, sus señas de identidad.

La verdadera autora del poema atribuido a Borges era la estadunidense Nadine Stair, de nombre poco conocido. Se trataba de una confusión ocurrida en la redacción de un periódico de Buenos Aires, cuando ese poema, destinado a publicarse en un suplemento de variedades, apareció con el nombre de Borges gracias a esas magias negras que suelen ocurrir en las mesas de edición.

José Saramago jamás hubiere pensado que se le pudiera endilgar algo como "hijo es un ser que Dios nos prestó para un curso intensivo de como amar a alguien más que a nosotros mismos...". Pero así consta en esos anales imperturbables que son las redes sociales.

Y quién convence a nadie que don Quijote jamás dijo "ladran, Sancho, señal de que cabalgamos".

 

[Publicado el 31/8/2020 a las 16:52]

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Entre Orwell y Kafka

Un amigo que seguramente nunca ha leído a Kafka, llamó el otro día por teléfono al inspector Dolores Morales, que ya retirado tiene en Managua su oficina de detective privado, y que tampoco ha leído a Kafka, y le comentó que cada día ocurre en Nicaragua una situación kafkiana: muchachos que ya estuvieron en la cárcel como reos políticos son vueltos a capturar, sacados de sus casas con toda violencia y sin orden judicial alguna, y llevados a centros de detención desconocidos, para ser condenados después por jueces sin rostro mediante sentencias que ya están escritas en machotes de sólo rellenar el nombre del procesado.

Entonces el inspector Morales recordó que otro amigo, que ese sí ha leído a Orwell, le había dicho el día anterior en un chat, que vivimos en un país orwelliano, donde la mentira oficial busca crear una realidad paralela que a través de la reiteración del discurso llegue a volverse dominante. Este otro amigo es profesor de literatura en la Universidad Nacional, y oculta su nombre bajo seudónimo porque esas opiniones suyas pueden llevarlo cuando menos al despido fulminante de su cátedra.

El inspector Morales desconoce a Orwell, pero está familiarizado con el caso que origina el comentario de su amigo. Hace poco un encapuchado entró en la catedral de Managua con el ánimo fanático de prender fuego a la imagen centenaria de la Sangre de Cristo, la más venerada del país, la cual resultó seriamente dañada. Sacerdotes, templos, imágenes, se hallan hoy día bajo ataque.

La vocera oficial del régimen, que es la primera dama y a la vez vicepresidenta, se adelantó a declarar que se trataba de un accidente provocado por una vela que había prendido fuego a un cortinaje; verdad ficticia que una vez establecida debe ser llevada hasta las últimas consecuencias, no importa el tamaño del ridículo que la mentira traiga consigo, opina el profesor de literatura que se oculta bajo seudónimo.

El cardenal Brenes, arzobispo de Managua, aclaró que en la capilla donde se venera al cristo no hay cortinajes y está prohibido encender velas, y que se trataba de un acto premeditado de profanación ejecutado por un terrorista que tenía prevista la ruta de escape. 

En repuesta, la policía se llevó presos a los testigos, sacándolos a la fuerza de la propia catedral, quienes terminaron declarando que no habían visto entrar a ningún encapuchado. La verdad iba camino de ser sometida. 
 
El paso siguiente fue descubrir en el lugar de los hechos un pequeño rociador de alcohol de 200 mililitros, de los que se usan para desinfectar las manos, y a partir de ese trascendental hallazgo los expertos forenses determinaron que el incendio se había producido por el fenómeno químico llamado "solvatación"; los vapores del alcohol entraron en contacto con el aire caliente y avivaron la combustión de una veladora. 
 

La veladora no podía faltar porque estaba en la esencia de la explicación inicial de la primera dama y vicepresidenta, y la realidad debe amoldarse a sus palabras. Por lo tanto, donde no hay veladoras, aparece la veladora. Si no hay cortinaje, el cortinaje debe materializarse de la nada. Y el terrorista encapuchado deja de existir.

El inspector Morales se rasca la cabeza, y vuelve al comunicado de la policía: la solvatación fue provocada por el atomizador de alcohol isopropílico. Pero el artefacto, que cabe en la palma de la mano, aparece intacto en la escena del crimen, sin haber sufrido mengua alguna, a pesar de su poder destructor.

Nadie lo ha llamado a investigar, y tiene casos pendientes de los que suele llevar, esposas que necesita fotografías del marido en casa de la amante, sorprendido en intimidades que el distanciamiento social impuesto por la pandemia no aconseja. Pero el caso del fanático incendiario lo apasiona. 

Recurre entonces a otro amigo suyo, químico de profesión, quien también oculta su nombre porque trabaja en una institución del estado. Otro que iría al desempleo.
"El alcohol isopropílico", le explica, "alcanza su punto de inflamación a partir de los 12 grados Celsius; para que sea capaz de producir vapores que causen semejante conflagración, se necesitaría al menos 60 litros, que es, más o menos, un barril, abierto, además".
 
El inspector Morales inscribe los datos en su acostumbrado cuaderno de notas, aunque sea sólo para su propio descargo, y luego agrega sus conclusiones acerca del caso: 
"El poder en Nicaragua no es capaz de detener la mano criminal de ninguno de los suyos. No tiene partidarios, sino cómplices a los que no se puede castigar, así incendien, así maten. La impunidad es el precio de la complicidad, así los contradiga el papa desde su balcón en la plaza de San Pedro. Sólo les queda protegerse unos a otros, los de arriba a los de abajo y viceversa, así se hundan todos juntos". 
 

Más noche me llama, porque me cuento también entre sus amigos. ¿Le podría prestar un libro de Kafka? ¿Por cuál empieza? Le recomiendo La metamorfosis. Me pide explicarle de qué se trata. Me escucha atento. "Un día todos vamos a amanecer en este país convertidos en cucarachas", me dice, y se ríe con esa risa suya que yo le conozco.

 

[Publicado el 17/8/2020 a las 20:47]

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La vieja utopía en ruinas

La última vez fue estuve en Venezuela fue en 2007, tiempo ya lejano en que el chavismo buscaba consolidarse apretando todas las tuercas posibles de la maquinaria de poder, para convertir, tantos años después, la incierta utopía del socialismo del siglo veintiuno en la alucinante distopia que es ahora. Y me acompañaban entonces dos libros que me ayudaban a entender el paisaje viviente, la novela País Portátil, de Adriano González León, ganadora del premio Seix Barral en 1967; y Chávez sin uniforme, escrito a dos manos por Cristina Marcano y Alberto Barrera Tyszka, entonces recién aparecido.
 

Uno podía entonces imaginar aún a Venezuela de dos maneras: como en la historia del rey Midas, que todo lo que tocaba lo convertía en oro, aún los alimentos que se llevaba a la boca, de modo que por eso mismo se moría de hambre; o como el glorioso país de Jauja, donde llueven del cielo longanizas y jamones, y estando todo tan a mano, no se necesita ni arar ni aserrar.

Arturo Uslar Pietri llamó una vez a sus conciudadanos a dedicarse "a sembrar el petróleo", en lugar de gastarlo sin reflexión. Hoy en día, en el mundo distópico que es Venezuela, eso de sembrar el petróleo parece una imagen extravagante, cuando falta hasta la gasolina, si antes un litro de combustible fue más barato que un litro de refresco.

"Detrás de un Mitsubishi hay gente comprometida", rezaba el lema de un anuncio de página entera, cuándo aún había diarios impresos: un ejército de técnicos sonrientes, vistiendo sus uniformes de faena, custodiaba un deslumbrante modelo Lancer. La palabra compromiso, igual que la palabra revolución, pertenecían al léxico sagrado de Chávez, y el mercado, batiéndose ya en retirada, aún podía sacar partido a los eslóganes revolucionarios.

Para las compañías que vendían autos, era una fiesta. "Venezuela rueda, y rueda en carros y camiones hechos en Venezuela", dice el anuncio de la Chrysler citado como epígrafe en País portátil. Todavía en 2007 había colas de espera de hasta seis meses para recibir el modelo de coche reservado, Mercedes, Jaguar, Hummers. Y una fiesta para los cirujanos plásticos. Una muchacha solía recibir como regalo de sus padres, al cumplir los quince años, un lift de los senos, no en balde el país producía reinas de belleza en serie.

Pero Venezuela se había convertido también en los años setenta, gracias a la misma bendición inagotable del petróleo, tan mal repartida, en un foco cultural único: el premio de novela Rómulo Gallegos, que fue el más importante del continente; la Biblioteca Ayacucho, dirigida por Ángel Rama, que se propuso publicar todos los libros capitales de la cultura latinoamericana; y teatros, editoriales, revistas; periódicos innovadores como El diario de Caracas, que dirigió Tomás Eloy Martínez.

El personaje de País Portátil, un combatiente guerrillero, busca en la lucha clandestina lo que aún es posible para la utopía personal en los años sesenta, las claves perdidas del país desigual en que ha nacido. Hoy, las lecturas utópicas de la historia no son posibles, porque la utopía se ha degradado hasta la caricatura, convertida en un adefesio mentiroso, burocrático y letal. Por eso es que las novelas que escriben los jóvenes para contar el siglo veintiuno venezolano, son distópicas.

The Night, por ejemplo, de Rodrigo Blanco Calderón, ganadora de la Bienal de Novela Vargas Llosa: Caracas en la oscuridad de los apagones como un cementerio sin voces, siendo como fue la ciudad más ruidosa del mundo, el alucinante retrato en sombras de un inframundo donde los psicópatas andan sueltos como almas en pena. El poder de mandíbula insaciable que mastica seres humanos en la oscuridad.

Y La hija de la española, de Karina Sainz Borgo, premiada en España, Francia y Alemania, que recién he leído, y que ha provocado este artículo. Es un libro que se lee con creciente sensación de asfixia, el lector mismo acorralado en la trama donde la protagonista se pierde en un laberinto que parece no tener vía de escape.

Caracas ha dejado de ser la ciudad abierta, de agudos contrastes, donde la gente discutía a grito partido en los bares como si se estuviera matando, para estallar luego en ruidosas carcajadas, para convertirse en un escenario de agria confrontación sin escape posible; porque el poder de garras sucias que controla a la gente, invade viviendas, tirotea a los disidentes en las calles, llena las morgues de cadáveres sin nombre.

Entonces, Adriana Falcón, expulsada de su casa, busca refugio metiéndose dentro de la identidad de Aurora Peralta, su vecina, hija de una inmigrante española. El cambio de identidad es la única puerta para escapar del infierno que arde día y noche en las calles, partidas de motorizados, la policía coludida con los acólitos del poder de "los hijos de la revolución".

 Y la Mariscala, y sus secuaces, personajes de los bajos fondos que repiten los eslóganes encendidos que se cantan a ritmo de reguetón, mientras trafican con los alimentos de la cartilla de racionamiento, son la imagen última de la metamorfosis entre la vieja utopía en ruinas y la distopia que arde en las fogatas callejeras con llamas de azufre.

La redención prometida, ha terminado en una fantasmagoría de esperpentos.

 

 

[Publicado el 04/8/2020 a las 09:14]

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La cosecha que no se acaba


En América Latina, al inventar, contamos la historia, que a su vez tiene la textura de un invento, porque es desaforada, llena de hechos insólitos y de portentos oscuros. Los hechos desafían a relatarlos. Se saben novela, y buscan convertirse en novela. De allí la fascinación incesante por las dictaduras y los dictadores.

Me gusta recordarlo cuando vuelvo a las páginas de Democracias y tiranías en el Caribe, un libro escrito en los años cuarenta del siglo pasado por el corresponsal de la revista TIME, William Krehm, en el que desfilan los déspotas de nuestras banana republics de Centroamérica, época de la política del buen vecino del presidente Franklin Delano Roosevelt. Es un reportaje, pero parece más bien una novela, o incita a verlo como novela.

Ese término banana republic, que luego se convirtió en una marca de ropa, fue creado por O, Henry, uno de mis cuentistas preferidos, en su novela De Coles y Reyes, escrita en el puerto de Trujillo, en Honduras, donde se había refugiado tras huir de Estados Unidos, acusado de desfalcar un banco en Austin, Texas. En Trujillo había sido fusilado en 1860 el filibustero William Walker, quien quiso apoderarse de Centroamérica, y de allí partían ahora los barcos bananeros de la "flota blanca" hacia Nueva Orleans.

El libro de William Krehm es un verdadero bestiario político. Empieza con Ubico, disfrazado de Napoleón, sigue con el general Maximiliano Hernández Martínez, dictador de El Salvador, teósofo y rabdomante, que daba por la radio conferencias espiritistas, y a quien no tembló el pulso para ordenar en 1932 la masacre de cerca de 30 mil indígenas en Izalco; el general y doctor en leyes Tiburcio Carías Andino, de Honduras, cuya divisa era "destierro, o encierro, o entierro"; y el general Anastasio Somoza García, de Nicaragua, con su zoológico particular en la loma de Tiscapa, donde los reos políticos convivían rejas de por medio con las fieras.

En términos contemporáneos, el dictador se convierte en la literatura hispanoamericana en una tradición que iniciaría en 1926 don Ramón del Valle Inclán con la publicación de Tirano Banderas, dictador de la ficticia Santa Fe de Tierra.

Pero, en realidad, la primera novela que se escribe sobre este tema es El Señor presidente, que Miguel Ángel Asturias empezó a esbozar en Guatemala en 1922, cuando tenía 23 años, y continuó en París entre 1925 y 1932, y que no se publicaría sino en 1946 en México.

El dictador, y la manera cómo las vidas son alteradas y trastocadas bajo su peso sombrío, siguió pendiente en nuestra literatura como una obsesión que no había manera de saciar, en la medida en que estos personajes de folclore sanguinario, que de tan reales se vuelven irreales, no desaparecían del paisaje.

En Yo el Supremo, de 1974, Augusto Roa Bastos regresa al siglo diecinueve para retratar al doctor Gaspar Rodríguez de Francia, obcecado con la eternidad del poder mientras en la soledad de la Casa de Gobierno, se lo va comiendo de puro viejo la polilla. Ese mismo año aparece El recurso del método de Alejo Carpentier, y al siguiente El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez. Un ciclo que se extiende hasta La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, de 2010.

La tendencia a leer la historia como una novela, o a tratar de recrearla como una novela, sigue viva, y siguen vivos los tiranos. Aún hay que agregar a esa lista negra a los del siglo veintiuno, pues seguimos siendo pródigos en producirlos. Nicaragua es un ejemplo.

 

[Publicado el 27/7/2020 a las 15:49]

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Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

Foto Copyright: Daniel Mordzinski 

 

 


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