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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 12 de diciembre de 2019

 Blog de Sergio Ramírez

Cuando los brujos mandan

Al centro de una de las rotondas en la ciudad de Managua, donde se abre la antigua avenida Bolívar que corre hasta la costa del lago Xolotlán, custodiado por tres frondosos árboles de la vida hechos de fierro, se alza un extraño y vistoso monumento de latón en homenaje al comandante Hugo Chávez, pródigo benefactor del régimen de la familia Ortega mientras vivió.
 

La efigie del comandante, el rostro de un extraño color amarillo, y en la cabeza su boina roja de paracaidista, surge por encima de un sol de llamas como pétalos, dentro del que se enrosca una serpiente emplumada de vivos colores.

Nada es casual en esta representación. El color de bilis del rostro, el sol que parece una flor, la serpiente emplumada, todo tiene un significado que apunta hacia la magia protectora. Son símbolos que penetran en los misterios del mundo esotérico y tienen que ver con el poder, y las formas de protegerlo de las acechanzas y de las malas vibras.

Para no hablar de los árboles de la vida, que al unir el cielo y el infierno, el orden y el caos, custodian la salud y la suerte de los gobernantes, y los amparan, entre otras calamidades, frente a los efectos del temido mal de ojo, las intenciones funestas de sus enemigos, la envidia, las enfermedades, y, por supuesto, la muerte.

No es raro encontrar en la historia siempre sorprendente de América Latina cómo el poder ha dependido de la magia negra y de las artes de la brujería, de la adivinación y de los conjuros, de los símbolos ocultos y de las ciencias espiritistas, de los hechizos y la comunicación con el más allá. 

El propio Chávez, se ha escrito, tenía instalado en el palacio de Miraflores un altar santero donde se hallaba entronizada una cabeza de caimán rodeada de velas y amuletos, y al filo de la medianoche hablaba con el espíritu de Simón Bolívar en busca de consejos, y durante el almuerzo reservaba a su diestra un sitio y un plato para él.

Y qué decir del general Maximiliano Hernández Martínez, quien llegó al poder en El Salvador por medio de un golpe de estado, y se mantuvo a lo largo de trece años presentándose como candidato único, hasta que una protesta popular lo obligó a dejar la silla presidencial en 1944.

Abstemio y vegetariano, y devoto de la teosofía, creyente en la reencarnación, realizaba sesiones de espiritismo en la casa presidencial. En sus alocuciones radiofónicas semanales proclamaba que quien mataba a una hormiga "cometía un crimen mayor que el de matar a un hombre, porque cuando un hombre muere se vuelve reencarnado, mientras que una hormiga muere para siempre''.

Por eso de que la vida de una hormiga vale más que la de un hombre, es que seguramente no tuvo empacho en mandar a masacrar a 30 mil campesinos indígenas en Izalco, en 1932, acusados de rebelión, el genocidio mayor cometido nunca en Centroamérica, una marca siniestra en una región del mundo donde no han faltado los genocidios.

Pero ninguno de los espíritus trascendentes con lo que solía conversar en amenas charlas, fue capaz de informarle que muchos años después, en su exilio en Honduras, su propio chofer lo mataría dándole diecisiete puñaladas. Fueron tantas que los médicos invisibles no pudieron hacer nada por él.

Devoto de los ritos del vudú, Papa "Doc" Duvalier, quien llegó al poder en Haití en 1957 y se declaró presidente vitalicio, hablaba con los difuntos. En medio funeral mandó a sus sicarios a raptar el cadáver de su enemigo político Clement Jumel, para interrogarlo, y a otro de ellos, Blucher Philogenes, ordenó decapitarlo, y mantuvo conservada en hielo la cabeza frente a la que se sentaba en el encierro de su despacho tratando de sacarle palabra para que le revelara el nombre de quienes urdían conspiraciones en su contra.

Isabel Perón, la cabaretera de pocas luces, llegó a presidenta de Argentina en 1973 como sucesora de su esposo, el general Juan Domingo Perón. Pero quien verdaderamente mandaba en el país era su consejero José López Rega, en un tiempo policía raso que servía el mate a sus superiores en el cuartel mientras soñaba con cantar un día en los escenarios las arias de Rigoletto, pues se creía con voz de tenor.

Conocido como "El Brujo", era autor de un libro sobre astrología, "Secretos develados", y era sacerdote supremo de la secta esotérica Anäel, sucesora de la secta Thulé, la ignota ciudad perdida en el fondo de los mares, secta a la que pertenecieron nada menos que Adolfo Hitler y Rudolf Hess, mentores suyos. Pero también organizó otra secta de sicarios y criminales a sueldo, la Alianza Anticomunista Argentina, mejor conocida como la Triple A, responsable de decenas de asesinatos, torturas y secuestros, sobre todo de jóvenes.

La brujería, una vez en el poder, se vuelve adicta al crimen, y nunca se harta de sacrificios humanos.

[Publicado el 09/12/2019 a las 10:00]

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Infinitas puertas y ventanas


Tengo un amigo en Mallorca que sostiene una relación clandestina con los libros. Su mujer, irritada de verlo aparecer cada día con nuevas adquisiciones, le prohibió llevar uno más a casa. Los incómodos huéspedes habían desbordado los estantes y se habían instalado en el comedor, en los pasillos y la cocina, para no hablar del dormitorio y el retrete, y estorbaban cada movimiento.

Entonces, lo que hizo fue alquilar de manera clandestina una buhardilla en el mismo edificio, armar allí unos estantes, y cuidando el ruido de sus pasos, pues para subir al escondite debía pasar frente a la puerta de su propio apartamento, tras de la cual acechaba la celosa mujer, empezó a subir con las bolsas de nuevos libros por la estrecha escalera, para meter con todo sigilo la llave en la cerradura y entrar al escondite. Era como si ahora tuviera una amante. Y estará ahora buscando un nuevo escondite, para ejercer su poligamia con los libros.

Y tengo otro amigo en Buenos Aires, cuyos libros, de igual manera, ya no cabían en su apartamento, pero, en cambio, aquella no era una relación clandestina, sino compartida con su mujer. Así que empezaron a discutir lo que podían hacer frente a aquella presencia cada vez más creciente. ¿Más estantes? Ya no había espacio para más estantes. ¿Donar una parte? Tal vez, pero cuando se pusieron a hacer una selección, los libros terminaron por volver a sus sitios de siempre, viejos conocidos a los que no podía negarse asilo. 
 
Entonces se les ocurrió que no había mejor remedio que dejar el apartamento a disposición de los libros, y buscarse ellos otro sitio donde vivir. Ahora los visitan todos los días, ven cómo están, los acomodan un poco, les sacuden el polvo, y luego se sientan a leer. Cumplida la visita, se despiden, apagan la luz, y hasta mañana.

Cuando los libros ya no caben en los pasillos, ni en la cocina, y llegan a los baños, no hay más que rendirse. Si desbordan la casa, desbordan la vida. Imponen su abundancia, y con su abundancia, su tiranía. Si intentaras deshacerte de ellos, más bien te cerrarían el paso y no te dejarían trasponer la puerta.

Y un libro, a su vez, es como una casa de múltiples habitaciones, puertas, escaleras, pasillos, sótanos, galerías, ventanas. En ese piso al que ahora ascendemos vamos a descubrir cosas que no habíamos visto en el piso anterior. Las habitaciones están amobladas de manera distinta, las ventanas dan a paisajes que no sospechábamos.

La lectura es un asunto de libertad de escogencia. No podemos sacar gozo del castigo, y un libro impuesto viene a ser un castigo. "Si el relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes", dice el doctor Johnson. "Déjenlo de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana".

Un libro se convierte en un clásico cuando tiene siempre algo nuevo que enseñarnos, dice Ítalo Calvino. Tiene la virtud de abrirse a nosotros de una manera novedosa cada vez que lo buscamos, aunque viva en nuestra cabeza, y al mismo tiempo en los estantes de la biblioteca. Un amigo verdadero, recordemos, es aquel capaz de confiarnos sus secretos, sus intimidades. Y es lo que ocurre con los libros, que se abren sin condiciones para nosotros apenas empezamos a leer.

Un libro que pretende ser pedagógico, y que entre las descripciones de la acción va intercalando lecciones morales o filosóficas, o prevenciones, o advertencias, o máximas, es un libro muerto de antemano porque le va metiendo palos a la rueda de la vida que en las páginas de una novela debe girar sin tropiezos.

La consabida frase final "y vivieron felices para siempre..." indica el cierre de una historia llena de peripecias que hemos seguido con desazón, y a la vez la apertura de otra que ya a nadie interesa, y que ocurre fuera de las páginas del libro. Se trata de lo que pasa después del drama, y no vale la pena contarlo porque la felicidad siempre es monótona. Y lo que como lectores nos apasiona son los obstáculos, la interrupción constante de la felicidad. 

Y cuántos buenos lectores, y a lo mejor escritores, se han ganado gracias a los libros prohibidos pues lo que la imposición no consigue, lo consigue la curiosidad por lo prohibido. Y los censores son personas amargadas y hostiles al espíritu de libertad que campea siempre en los libros.

Me hago estas reflexiones en ocasión de que el Instituto Cervantes de Hamburgo es bautizado con mi nombre, lo que significa darme una biblioteca por casa. Borges dijo una vez que siempre imaginó el paraíso como una biblioteca. 

Ahora yo viviré aquí entre libros, en este paraíso de infinitas puertas y ventanas.

 

[Publicado el 25/11/2019 a las 10:50]

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Si un tiempo fuertes ya desmoronados

Cayó el muro hace ya treinta años, y de pronto me doy cuenta que va ya para medio siglo que viví en aquella ciudad dividida, moderna y a la vez provinciana, una ciudad de antiguos esplendores que también fue mía y que amaba desde mis lecturas de Berlín Alexander Platz, la novela inolvidable de Alfred Döblin. Era la mitad de los años setenta del siglo pasado, cuando fui becario del programa de artistas residentes en Berlín Occidental, entre escritores, músicos, artistas plásticos y cineastas de muy distintos países. 

En los años cincuenta el ícono de la división entre este y oeste, en el comienzo de la guerra fría, era el paralelo 38, la línea imaginaria que partía Corea. En la década siguiente esa línea zigzagueaba con su trazo rojo en el plano malva y magenta de Berlín a lo largo de 120 kilómetros, y representaba un muro de sólido hormigón armado. Y la gran anomalía para quienes defendían la panacea del mundo socialista, versus el mundo capitalista, era el muro mismo. 

Si se quería atravesar el muro a pie, o en auto, se utilizaba el Checkpoint Charlie, donde los coches eran sometidos a una rigurosa revisión en busca de pasajeros clandestinos que pudieran ir escondidos en el maletero, y los guardas fronterizos buscaban hasta debajo del piso de la carrocería, sometida a examen mediante espejos.

Se podía ir también en metro, o en tren. Los vagones de madera del tren elevado pasaban raudos acercándose a la frontera amurallada, rumbo a la estación ferroviaria de la Friederichstrasse, la misma calle del Checkpoint Charlie: ¡Atención! ¡Está usted dejando Berlín Occidental!, prevenían en letras negras sobre fondo blanco los rótulos a lo largo de la vía. 

Esqueletos de edificios, ventanas tapiadas, paredes en ruinas y paredes aún enteras como en un decorado de teatro, otros que habían sobrevivido a los bombardeos; calles partidas por la mitad, mujeres que se asomaban a los balcones para mirarse de lejos, desde ambos lados. 

De este lado, las plataformas armadas con tubos en la Postdamer Platz a las que los turistas subían para asomarse a aquel otro mundo extraño y sombrío, y la mole del Reichtag, el edificio del parlamento incendiado por los nazis. De por medio, la tierra de nadie, la cerca de obstáculos en cruz, las alambradas, las torres de vigilancia, como en las prisiones. Del otro, la puerta de Brandemburgo, ahora clausurada, donde, desde lo alto, la diosa Victoria conducía su cuadriga de caballos. 

Bajo el cielo gris, el muro de cemento serpenteaba como el largo convoy un tren de carga detenido para siempre en las vías, pintarrajeado del lado occidental por manos anónimas, o marcado por las cruces en memoria de quienes pretendían atravesarlo y caían asesinados a balazos en el intento. Los trozos de ese muro se volvieron después suvenires, junto con uniformes militares, cartucheras, cascos, charreteras y condecoraciones de quienes lo custodiaban.

Y en la otra mitad, prohibida y desolada, calles llenas de silencio y transeúntes furtivos, donde, sin embargo, los herederos de Bertol Brecht representaban sus piezas en la Berliner Ensemble o en la Volksbühne, y se podía visitar la espléndida biblioteca de la Universidad Humboldt en la Unter den Linden, o las salas del museo de Pérgamo en la isla de los museos.

Porque Berlín dividido era una ciudad doble, como en muchos sentidos aún lo sigue siendo muchos años después de la caída del muro: de uno y otro lado se repiten las salas de ópera, las salas de teatro, las salas de concierto, los museos, las pinacotecas.

La Friederichstrasse es ahora una elegante calle de tiendas de lujo, casas de moda y hoteles cinco estrellas. Entonces el tráfico era escaso, y muchos de sus edificios neoclásicos se hallaban aún en ruinas, mientras otros habían sido reconstruidos y albergaban oficinas públicas. El símbolo de la modernidad, que señalaba el progreso de la sociedad socialista, era la torre de televisión de la Alexanderplatz, con su cúpula de acero que albergaba un restaurante a doscientos metros de altura.

A ambos lados del boulevard Carlos Marx se desplegaban los edificios de viviendas para el proletariado, enseña del porvenir, pesadas moles decoradas con guirnaldas de estuco dorado, como queques de bodas, al mejor estilo de la arquitectura estalinista. En ese boulevard, bautizado primero con el nombre de Stalin, los tanques rusos habían sofocado despiadadamente la rebelión obrera de 1953. Luego pasó a llamarse boulevard Karl Marx en 1961, cuando Jrushchov llegó al Kremlin, y el nombre de Stalin se volvió prohibido en los dominios soviéticos de Europa Oriental.

Todos los muros que dividen terminan cayendo, aunque vuelvan a alzarse luego otros que de nuevo terminarán por caer. Muros para que nadie escape de los paraísos infernales. Muros para que nadie entre en los paraísos vedados. Muros levantados por las ideologías que pretenden ser únicas, por el odio racial, por la discriminación, y por la soberbia del poder. 

 

 

[Publicado el 12/11/2019 a las 12:24]

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El profesor que siempre regresa


El día que llegué a Santo Domingo, la República Dominicana estaba sacudida por un terremoto político del que nadie cesaba de hablar: el ex presidente Leonel Fernández, aspirante a una nueva candidatura para las elecciones que se celebrarán en mayo del año entrante, había desconocido el resultado de las primarias del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), en las que se enfrentaba al empresario Gonzalo Castillo. Se trataba de un conflicto interno, aunque de grave repercusión nacional.
 

Su trascendencia, para entenderla, hay que contarla a trechos, hacia atrás. Quien denuncia el fraude es el propio presidente del PLD; y su oponente, a la cabeza del conteo por un pequeño porcentaje de votos, tiene el respaldo del actual presidente de la república, Danilo Medina. Se trata de un sisma dentro del partido político más grande del país, dividido ahora por la mitad, y donde cada mitad tiene a la cabeza a dos antiguos y estrechos aliados.

Y hay todavía más: el Partido de la Liberación Dominicana fue fundado en 1973 por Juan Bosch, tras otro sisma dentro del Partido Revolucionario Democrático (PRD), fundado también por él en el exilio en Cuba, en 1939, en tiempos de la dictadura del Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. El PRD se encuentra ahora también dividido, y una de sus ramas, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) concurrió a las primarias para elegir su propio candidato, que resultó ser, en este caso sin disputas, otro empresario, Luis Abider.

A pesar de que la Junta Central Electoral, a cargo del escrutinio de estas primarias, mandó a contar las papeletas emitidas para cotejarlas con los resultados electrónicos, el ex presidente Fernández exige una auditoría del sistema digital; y si la pugna sigue, Abider, el candidato del PRM, se volvería el favorito para ganar las elecciones del año entrante.

Pero gane quien gane la presidencia, ese candidato provendrá de alguno de los partidos, o ramas de los partidos fundados alguna vez por Juan Bosch. Esos partidos han estado repetidas veces en el poder desde el fin de la era Trujillo, a lo largo de más de medio siglo. Él mismo, como candidato del PRD, ganó abrumadoramente las primeras elecciones democráticas que se celebraron en 1962, después que regresó del exilio, al que volvería apenas nueve meses después de haber asumido el cargo, pues fue derrocado por un golpe militar.

Bosch, a quien siguen llamando el profesor, es una figura ejemplar de la historia moderna dominicana, que no se explica sin él, pero es también, al mismo tiempo, una figura trágica.

Escritor de renombre, maestro del cuento en América Latina, un intelectual reflexivo, ferviente defensor de la democracia, y a la vez hombre de izquierda, austero en su modo de vida, y enemigo jurado de la corrupción, creyó que la República Dominicana podía transformarse en Suecia de la noche a la mañana, como si los generales trujillistas no existieran.

Y hay otra figura clave: la del doctor Joaquín Balaguer, colaborador íntimo de Trujillo, quien formuló la doctrina política de la larga dictadura, y luego, con astucia, y sin escrúpulos, se hizo con el poder por varios periodos presidenciales, a la cabeza del Partido Reformista Social Cristiano (PRSC).

Autor de poemas cursilones, los defendía frente a los ataques de "los poetas afeminados que envidian la virilidad de mi arte", según escribió una vez; y por una de esas ironías macabras, el Premio Nacional de Literatura le fue otorgado en 1990 al mismo tiempo que a Juan Bosch, un escritor verdadero.

Pero pese al abismo que mediaba entre ambos, no sólo literario sino, sobre todo, político, se aliaron en 1996 para respaldar al candidato del PLD, Leonel Fernández, y así derrotar a José Francisco Peña Gómez, el líder del PRD, quien se había quedado a la cabeza de aquel primer partido fundado por Bosch tras el sisma de 1973.

Bosch entró en la vejez sin más aspiraciones de llegar a la presidencia, y prefirió respaldar a sus discípulos, el primero de ellos Leonel Fernández. Balaguer, en cambio, se acercó a la muerte siendo siempre candidato, la última vez cuando tenía 95 años, ya completamente ciego. Era la novena candidatura de su vida.

En el año de 2003, en tiempos de la presidencia de Hipólito Mejía, el poder político entonces en manos del PRD, el Congreso Nacional aprobó una ley en la que se mandaba erigir un busto de Balaguer en un parque de Santo Domingo, con la inscripción: "Doctor Joaquín Balaguer, Padre de la Democracia". Otra grave ironía. El partido original de Bosch, declaraba padre de la democracia a Balaguer, heredero de Trujillo.

El partido de Balaguer ahora no cuenta y ha pasado a la cuarta fila. Cuentan los partidos fundados por Bosch, y quien gane las elecciones presidenciales del año entrante será, de una u otra manera, un heredero suyo. No sé si de su pensamiento, pero sí del sistema político dominicano, que no existiría sin él.

 

[Publicado el 15/10/2019 a las 10:42]

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El viaje como libertad

La convalecencia en una cama de hospital, entre paredes verde aqua, incita a pensar en la libertad de los viajes, los que deparan los libros, y la propia vida. Y anclado así en la cama, le he pedido mujer que me traiga ciertos libros que quiero, indicándole dónde buscarlos en los estantes por el momento lejanos de mi biblioteca.
 

Porque además de viajar en aviones o en trenes, o en las carreteras, pues ya no alcancé la era de los barcos trasatlánticos, para mi nostalgia, he aprendido a viajar en los libros, gozando de la ventaja de que te pueden llevar no sólo a través de los espacios, sino de las edades. ¿Viajar es más necesario que vivir? ¿O para viajar hay que vivir?

Cuenta Plutarco que Pompeyo Magno veía que los marineros de su armada no querían hacerse a la mar tempestuosa, y entonces los arengó, y una de las frases de esa arenga ha quedado para siempre: "navegar es necesario, vivir no es necesario".

Fernando Pessoa la transformó siglos después: "quiero para mí el espíritu de esta frase, transformada/La forma para casarla con lo que yo soy: vivir no es necesario; lo que es necesario es crear..."

Crear viajando, crear leyendo, crear escribiendo. Crear viviendo.

Ismael, el marinero que como único sobreviviente del naufragio nos cuenta la historia del viaje fatal del Pequod en Moby Dick, la novela de Herman Melville, explica desde la primera página el porqué de sus ansias de navegar: "...cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes...entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda".

El capitán Ahab quiere llegar cuantos antes a su destino para encontrarse con la ballena blanca, que años atrás le arrancó una pierna. Este será un viaje poco placentero, un viaje en busca de la venganza, pero uno de los grandes viajes de la literatura. Ismael, que cuando se pone melancólico piensa en ataúdes, salvará su vida en el naufragio agarrado a un ataúd fabricado por el carpintero de abordo, que aparece flotando a su lado.

Joseph Conrad fue él mismo un viajero buena parte de su vida, como marino mercante. En El corazón de las tinieblas, Marlow navega a través del río Congo, en tiempos de la brutal colonización belga en África, cumpliendo el encargo de buscar a Kurtz, que ha enloquecido. Es otro viaje. No hacia la venganza, sino hacia la violencia, la explotación, y la ambición de poder y riqueza.

Simbad el Marino, "poseído con la idea de viajar por el mundo de los hombres y de ver sus ciudades e islas", se encuentra de repente en una la isla que no es sino el lomo poblado de árboles de una ballena dormida, que de pronto despierta y se adentra en la profundidad del mar". Un viaje a lo imposible esta vez, como son siempre los viajes de la imaginación.

Son libros que llamamos clásicos, porque según Ítalo Calvino siempre tienen algo nuevo que enseñarnos. Han sido leídos generación tras generación, desde La Odisea a La isla del tesoro de Stevenson, y eso los hace clásicos también, la repetición.

Quizás Melville nunca imaginó que Moby Dick se convertiría en un libro para niños, y tampoco Homero pudo vislumbrar que Ulises llegaría a ser un personaje de películas de dibujos animados.

O que las tramas que inventaron se volverían patrones de conducta en la literatura, en el cine, en las series de televisión que se multiplican hoy en día, en las telenovelas, en los comics. Si hay un viaje, hay obstáculos. No hay viajes placenteros donde los amaneceres se sucedan un día tras otro sin sorpresas urdidas por malvados, o por el destino mismo.

El gusto de leer, y el de vivir, están en las interrupciones de la felicidad. Toda lectura, o toda vida que empieza a adentrarse en lo desconocido, es una promesa de felicidad; y en la medida que esas interrupciones se multipliquen, mejor disfrutaremos como lectores, y seremos, igual que los personajes, víctimas del destino y sus desatinos.

Ulises quiere llegar cuanto antes a su hogar en Ítaca, descansar en el regazo de su mujer, abrazar a su hijo tras diez años de ausencia. Pero no puede. Tendrán que pasar otros diez años de obstáculos, peligros de muerte, aventuras amorosas, secuestros, naufragios, el descenso a los infiernos. Si no, no habría historia que contar.

La felicidad prolongada se queda fuera del viaje, y fuera de las páginas del libro. La frase "y vivieron felices para siempre" cierra el relato, y lo que ocurra después ya no nos incumbe, ya no nos interesa porque la dicha sin obstáculos no es literaria, como tampoco los viajes sin tropiezos ni sorpresas.

Y desde la cama del hospital, lejos de la libertad, uno oye el canto terrible y seductor de las sirenas, igual que Ulises amarrado al mástil de su nave.

 

[Publicado el 01/10/2019 a las 08:29]

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Fragmentos de un espejo roto

La independencia de las provincias de Centroamérica fue proclamada el 15 de septiembre de 1821 en el Palacio Nacional de Guatemala, en una encerrona de próceres temerosos del futuro que se apresuraba delante de sus ojos. Guatemala era entonces asiento de la Capitanía General, desde donde se gobernaba el destino de seis provincias, contando Chiapas, las que, tras el derrumbe silencioso del gobierno colonial, no volvieron a avenirse nunca, dominadas por las discordias entre liberales y conservadores.
 

En Centroamérica, desde entonces un traspatio, la independencia llegó como una carambola, después que en otros países del continente, México, Venezuela, Colombia, Argentina, Chile, culminaban, o estaban por culminar, las grandes epopeyas bélicas que dieron a la historia latinoamericana nombres como los de Miranda, Bolívar, San Martín, Sucre, O´Higgins.

Hay distintas maneras de contar la historia, y por tanto, de fijar las fechas de las celebraciones. Las bisagras del impero colonial comienzan a aflojarse en 1808, cuando España cae bajo la férula del imperio napoleónico y en América, gran paradoja, la chispa de la independencia se enciende con proclamas de defensa de la legitimidad del reinado de Fernando VII, depuesto por los franceses. El Cabildo de Caracas, para dar un solo ejemplo, se proclama como la "Junta Suprema conservadora" de los derechos de aquel monarca tan dual, al que la historia llama indistintamente "El Deseado", y "El rey felón".

Tras la proclama de la independencia, los próceres tenían el oído puesto en el destino de México, el vecino poderoso de entonces, y pocos meses después de la firma del acta oficial del 15 de septiembre de 1821, temerosos de quedarse solos, corrieron a anexar a las recién independizadas provincias al imperio de Agustín de Iturbide, que no tardó en fracasar. Chiapas se integró a México independiente en 1823.

La independencia centroamericana cayó como una fruta madura del viejo árbol colonial. Fue el resultado de un trámite burocrático confuso, aceptado en algunas de las provincias, rechazado en otras; o, como ocurrió en León, Nicaragua, la dualidad: las autoridades suscribieron el "acta de los nublados", que proclamaba la independencia de España, "hasta tanto que se aclaren los nublados del día".

El acta del 15 de septiembre lleva a la cabeza la firma del Capitán General don Gabino Gaínza, quien no hacía sino cambiar de casaca. De gobernador español, pasaba a jefe del gobierno independiente, y los firmantes que concurrieron con él, tenían, en su mayoría, una impecable hoja al servicio de los intereses coloniales, ya agónicos para entonces en todo el continente.

En el primer punto del acta se explica, con diáfana claridad, la razón fundamental para que aquellos que representaban el poder de la corona se lo transfirieran a ellos mismos convertidos en autoridades republicanas. Ese primer punto dice, de manera textual, que se declara la independencia "para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo". Más claro no canta el gallo de la historia.

Sin embargo, si el acta del 15 de septiembre se firmó sin costo de sangre, alentó las disensiones y las disputas intestinas. La sangre habría de derramarse abundantemente después en continuas guerras intestinas entre criollos y mestizos, que buscaban mantener viva la nueva República Federal proclamada en 1824, y los conservadores monárquicos, que rechazaban la federación como un plan de los francmasones. Y estas guerras vinieron a sellar nuestra suerte definitiva: la de ser, hasta ahora, pedazos sueltos de un todo común. Una frustración que no cesa.

El verdadero prócer de este sueño imposible que se llama Centroamérica, fue el general Francisco Morazán, empeñado a lo largo de una década en unir los fragmentos dispersos y darle a la región una entidad política federal, hasta que murió fusilado en Costa Rica en 1842. Luego, cada pequeño país cogió su propio camino.

Desde la independencia hemos vivido bajo la regla de oro que Giuseppe de Lampedusa expresa en El Gatopardo, muy siciliana y muy universal: "si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie..."

Casi ya dos siglos de historia independiente en una región fragmentada, y tantas veces olvidada, que se sitúa lejos de cualquier asomo de entidad o unidad política, y donde los vínculos geográficos, históricos y culturales, resultan siempre apartados por intereses espurios; una crónica cortedad de miras, que en pleno siglo veintiuno deja la modernidad, que implica el desarrollo integral y la justicia social, en una lejana quimera.

La pregunta de si somos una nación, o queremos serlo, ni siquiera está planteada. Los discursos retóricos y demagógicos sobran. Los organismos de integración son decorativos, un parlamento, una corte de justicia, tal como si para construir una casa se comenzara por el techo, sin tener primero los cimientos.

En lugar de próceres, como Morazán, lo que hemos tenido son ilusionistas de oficio. Y continuamos mirándonos en los fragmentos de un espejo roto.

 

[Publicado el 17/9/2019 a las 11:26]

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Has visto alguna vez el mar?


Ustedes a lo mejor no habrán oído hablar de Luisito Comunica, pero tiene una clientela de millones de teenagers. Pertenece a esa constelación de súper novas de los youtubers, que brillan en un cielo rutilante que a muchos puede parecernos ignoto y distante.
Son comunicadores privilegiados, influencers que enganchan legiones de seguidores en sus canales de YouTube, y acumulan likes en las redes igual que los viajeros frecuentes acumulan millas de vuelo. A la búsqueda de profesiones exitosas, ingeniero, médico, sumen ahora la de youtuber, porque se puede llegar a millonario con un canal exitoso.
Hay un ranking de los top 15 youtubers, medidos por su audiencia, y el primero entre ellos es el chileno Germán Garmendia, de Hola soy Germán, con cerca de 40 millones de suscriptores. Es un humorista que también escribe libros, y su último éxito se llama Chupa el Perro, un manual de autoayuda para adolescentes y colegiales. Recientemente, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, las colas de lectores que querían un autógrafo suyo daban vueltas al recinto, mientras las demás salas donde se presentaban otros libros quedaban vacías.
Pero regreso a Luisito Comunica. Los Youtubers manejan el humor y se ocupan de consejos tutoriales, autoayuda, "la distopía y una pizca de apocalipsis", los unicornios, la salud, los videojuegos, la moda juvenil, y hasta el maquillaje y los consejos de belleza, algunos con sus propias marcas de ropa y de cosméticos. Y el turismo: esta es la especialidad de Luisito, un consumado trotamundos, que va probando las comidas donde llega y da cuenta de ellas.
Luisito, de nacionalidad mexicana, llamado también Rey Palomo, y Luisito el Crack, es el número 6 en el top ranking de youtubers, con 32 millones de suscriptores en su canal; y la historia que quería contar empieza realmente aquí, en el momento en que recibe un mensaje de uno de sus millones de fans, que dice:
"Tengo 60 años nunca me he subido a un avión ni salido del país. Tampoco conozco el mar. Por eso me gusta ver tus videos porque viajo lo que nunca pude." Y lo firma Sergio Ramírez.
Este misterioso Sergio Ramírez, de 60 años, resulta extraño en una red de millones de adolescentes. Y Luisito decide, en un gesto humanitario, premiarlo: si nunca ha viajado, si no conoce el mar, él va a patrocinarle un viaje para que cumpla con su anhelado sueño; y aún se ofrece, si sus ocupaciones se lo permiten, a acompañarlo.
Pero Sergio Ramírez no deja una dirección, un correo, un teléfono. No hay una sola huella suya. No se sabe ni siquiera de qué país es. Y Luisito da la orden perentoria: encontrar a este hombre. Y entonces, sus huestes se entregan de inmediato a la tarea de buscarlo a como dé lugar para que pueda contemplar el mar en toda su anchura y extensión desde alguna playa de lujo.
Y aquí es donde entró yo en la historia. Sergio Ramírez existimos muchos en el universo mundo. Pero imaginen a 32 millones de disciplinados sabuesos en la cacería, que entonces comienzan a inundar las redes sociales que mantengo bajo mi nombre como escritor. Aquí una pequeña muestra:
Oye, "Luisito comunica" al parecer te está buscando para invitarte a unas vacaciones, te haz hecho muy viral, sólo te aviso para que le contestes por YouTube, eso es todo bye.
Cuál es su edad señor? hay un youtuber buscando a un sergio ramirez y es de edad avanzada. Dicho youtuber es luisito comunica.
Señor sergio ramirez quería preguntarle si usted a viajado a algún lugar es que una persona muy famosa lo está buscando para ver si usted es la persona que hablaba en sus videos la persona es luisito comunica.
Cuántos años tienes 60? as bisto el mar sergio? cual yutuber te gusta acazo es luisito comunica?
Oiga joven nuestro amigo Luis o mejor conocido como Luisito lo quiere llevar a conocer el mundo por favor contáctelo.
Oiga donde se ha escondido, acazo en el area 51?
Hola Sergio soy un suscriptor de Luisito comunica y su cosmópolis te estamos buscando para que Luisito pueda cumplir tu sueño de salir de tu país.
Hola, supongo que ya te diste cuenta que literal todo el mundo te está buscando
Wey, te busca luisito.
Sergio as viajado?
Buenas tardes usted tiene una veterinaria o me equivoco?
Don Sergio está siendo más buscado que el propio Chapo...
Un suscriptor escéptico, de los que nunca faltan, dice que Luisito "solo hace esto para subir suscriptores y para que al final de todo diga que lo de sergio ramirez fue un experimento social para unir a las personas por un objetivo en común".
Pero si este Sergio Ramírez que nunca ha visto el mar existe, ya seríamos dos en una hermosa playa de Nicaragua. Y todos los demás que así nos llamamos, pues somos legión.

 

[Publicado el 03/9/2019 a las 15:45]

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Contra el silencio y el olvido

Después de más de un año de la rebelión cívica en Nicaragua, y de la despiadada ola represiva que dejó centenares de muertos, heridos, encarcelados y exiliados, el régimen se encierra en sí mismo para negar toda posibilidad democrática. Su aspiración parece ser la de prolongarse en una "normalidad" forzada, que haga a la comunidad internacional acostumbrarse a convivir con una dictadura más en América Latina, de las muchas a lo largo de la historia.
 

El férreo control único, policía, fiscales, tribunales, diputados, magistrados electorales, apunta a ganar tiempo y silencio para llegar a las elecciones del año 2021, y bajo las mismas reglas fraudulentas del sistema electoral viciado, y quizás apenas retocado, conseguir de nuevo la reelección de Ortega, que empezaría su quinto período acercándose a los ochenta años de edad.

Un país convertido en el reino del olvido, sujeto a la mediocridad cotidiana, del que nadie se acuerde, como el Paraguay del doctor Francia, en la primera mitad del siglo diecinueve, que describe en colores tan sombríos Augusto Roa Bastos en Yo el Supremo.

Si los niveles de deterioro siguen progresando, las condiciones económicas habrían devuelto a Nicaragua en ese año de 2021 al Producto Interno Bruto que tenía a comienzos de los años sesenta del siglo pasado. Un país situado en la cola del desarrollo, ese territorio de allá atrás desde donde los ruidos llegan confusos, y amortiguados.

Y más exiliados, jóvenes sobre todo. Ya hay centenares de miles en Costa Rica, en el resto de Centroamérica, en los Estados Unidos. El primer producto de exportación de Nicaragua son los nicaragüenses: las remesas de los emigrantes se colocan ya muy por encima del café, o de la carne, o del oro.

De acuerdo a esa visión arcaica, los aliados internacionales de Ortega son ahora casi todos lejanos y fantasmagóricos: Abjasia y Osetia del Sur, los dos territorios del Cáucaso que Putin arrancó a Georgia; Sudán del Sur, sometido a la guerra civil y las hambrunas, con el que Ortega ha establecido recientemente relaciones diplomáticas; Irán, cuyo canciller, Mohamad Javad Zarif, estuvo hace algunas semanas de visita oficial en Managua; y, hasta cuando dure, la agónica Venezuela de Nicolás Maduro.

Pero Nicaragua es, por el contrario, un país vital y abierto, que resistirá el aislamiento y la parálisis, y que no dejará nunca de demandar libertad y democracia, como lo ha hecho a lo largo de su historia. Y que pugnará siempre para que no se olvide que por debajo de la losa de silencio que se trata de imponer, y por encima de la arbitrariedad cotidiana, está latente la rebeldía, que es la que al fin y al cabo se impondrá.

Las arbitrariedades llegan a volverse cómicas, pese a la cauda trágica que arrastran. Este es el único país del mundo donde los colores de la bandera nacional, azul y blanco, convertidos en símbolos de resistencia por la gente, están prohibidos, y exhibirlos o desplegarlos es penado con golpizas y prisión: como en una novela de Jorge Ibargüengoitia, a un ciudadano que pintaba las paredes de su casa de azul y blanco la policía le decomisó la brocha y los botes de pintura, y luego, manu militari, fue vuelta a pintar de verde y amarillo, colores que la autoridad estimó que la casa de este ciudadano debería tener: los gustos y colores están confiscados.

Que no se olvide, fuera de nuestras fronteras, que la empresa de televisión 100% Noticias sigue silenciada, sus oficinas y estudios ocupados por fuerzas policiales, y su director, Miguel Mora, pasó preso medio año en una celda de aislamiento.

Las instalaciones de la empresa de comunicaciones que publica el semanario Confidencial, y emite los programas de televisión Esta Semana y Esta Noche, también se encuentran ocupadas, y su director, Carlos Fernando Chamorro, fue forzado al exilio en Costa Rica, igual que otros periodistas de esos medios.

Los únicos dos diarios de Managua, La Prensa, y El Nuevo Diario, están siendo estrangulados por la retención arbitraria de papel y tinta en la aduana lo que los obliga a salir con un reducido número de páginas, y hace inminente el cese de su publicación.

Un país donde los jóvenes, con inmensa sabiduría y madurez, ha renunciado a la lucha violenta y buscan una salida democrática sin más derramamiento de sangre, merece ser escuchado, y no ser sometido al silencio y al olvido que la dictadura pretende, convirtiendo en normal lo anormal.

Lo que la gente quiere, y se impondrá al fin y al cabo, es un país con alternabilidad democrática, sin posibilidad de reelección, ni de sucesión familiar; donde los votos sean contados limpiamente, donde impere la separación de poderes, donde los jueces fallen de manera independiente, donde la política no sea el refugio de los mediocres, los actos de corrupción deban ser castigados, y todos puedan expresarse libremente; un país libre de la mentira oficial.

Y es lo que Nicaragua conseguirá.

 

[Publicado el 21/8/2019 a las 10:46]

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En las patas de los caballos


El tema de la relación entre novela y política difícilmente se agota en América Latina. En la recién pasada Feria Internacional del Libro en Lima, me tocó subir dos veces al escenario para unas conversaciones literarias donde el contenido terminó siendo el mismo, o parecido: tanto en Los paraísos narrativos, con Mario Vargas Llosa, bajo la mediación de Patricia del Río; como en ¿Existe la novela política?, con J.J. Armas Marcelo, moderada por Clara Elvira Ospina.
 

Mi primera reflexión, en base a aquel doble ejercicio, es que desde muy temprano del siglo diecinueve aprendimos a ver la historia como epopeya; y a partir de entonces comenzó a ser tarea difícil fijar la distancia entre historia y literatura, bajo el fragor y los relámpagos de la epopeya, hasta que esa delgada línea de separación entre realidad y ficción quedó desvanecida.

 Los libertadores arrastraron imaginación e historia en las patas de los caballos. Lo inconmensurable, lo exagerado, es la medida que siempre busca la imaginación para el crear el asombro: en una trivia ideada por la BBC de Londres, se declara a Bolívar el americano más importante del siglo diecinueve: 

Cabalgó 123.000 kilómetros, más de lo que navegaron Colón y Vasco de Gama sumados juntos, diez veces más que Aníbal, tres más que Napoleón, y el doble de Alejandro Magno. No vivió más que 47 años pero fueron suficientes para pelear 472 batallas, viendo la derrota sólo seis veces; en 25 estuvo en riesgo de muerte, y liberó seis países.
 

Pero de las estadísticas gloriosas tenemos que pasar a las vidas humanas, los seres vistos en su individualidad, y así abrirnos paso hacia el territorio de la novela, donde el documento adquiere fulgores irisados, porque es ya el dominio de la imaginación; reconstruir vidas, y por tanto heroísmos, visiones, ambiciones, pasiones, celos, mezquindades. Traiciones.

La novela convierte a las personas en personajes. La singularidad se basa en lo extraordinario, no pocas veces en lo imposible, en todo aquello que resulta perturbador porque se sale del común. Capitanes desquiciados que buscan un absurdo, como Ponce de León la fuente de la eterna juventud, convencidos de que lo que otros han imaginado es la verdad, y pueden mover una flota entera tras una mentira.
 

Héroes obsedidos por una idea libertaria, como Bolívar, cabalgando sin tregua, decididos a romper el yugo, unir países que surgen a una vida nueva, y que ya al nacer son díscolos, ingobernables, y al final del camino sólo espera la decepción de haber arado en el mar, frase de personaje de novela como no hay otra.

 Pero el individuo que busca, no se encuentra a sí mismo, y muere generalmente en derrota, lejos de aquello que buscaba. Muertos de gangrena por causa de una flecha envenenada, como Ponce de León, o en la soledad del ostracismo, rumiando la desventura del fracaso, como Bolívar. 

Por eso mismo es que la historia se puede leer como una novela, o ser reconstruida como novela. La Florida del Inca, escrita por el Inca Garcilaso, es una novela, como lo es la Verdadera Relación de la Conquista, de Bernal Diaz del Castillo. Y sin esta visión de la historia como novela, no serían posibles El general en su laberinto, de García Márquez, ni La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa.
 

 La galería de personajes es infinita. Pero si me dieran a escoger a uno de entre tantos, me quedo con Francisco de Miranda. Sus diarios son eso, una novela fascinante que se lee sin respiro. Es el más exuberante de entre todos los héroes de a caballo, el más apasionado y el más apasionante, guerrero, trotamundos, aventurero, seductor.

No hay escenario de su época donde no hubiera estado, como testigo o protagonista. Capitán del ejército español, espía de la corona inglesa, perseguido por la inquisición por lector voraz, Mariscal de Campo en Francia bajo la revolución, consejero de Catalina la Grande en Rusia, luchador por la independencia sudamericana, entregado al final de su vida a las autoridades de la corona española, el propio Bolívar de por medio, y llevado prisionero a Cádiz donde murió en las mazmorras víctima de un derrame cerebral.

Novela política, novela histórica, no existen como tales, o si existen no se salvan como géneros literarios. Existen hechos extraordinarios, y protagonistas singulares, que la historia pone a disposición de la novela, la cual, en último caso se alimenta de la realidad para crear otra paralela. Pero esta otra es ya criatura de la imaginación, no de la relación rigurosa y fehaciente de los hechos, lo que a la postre viene a resultar siempre aburrido.

Y cuántas historias para ser contadas no nos ha dado ya este siglo de caudillos iluminados, reyes del narcotráfico que se solazan en el poder del dinero y de la muerte, y democracias hundidas bajo el peso de la corrupción. Un siglo sin héroes, bajo el fulgor luciferino de lo siniestro.

 

 

[Publicado el 05/8/2019 a las 19:37]

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Y última vez y nunca más y olvido

Hoy viernes 19 de julio estoy volando desde Medellín, donde he presidido un jurado literario, hacia Lima, donde voy a la Feria Internacional del Libro. Oficios de la vida de escritor que dejan en suspenso la novela en el que está trabajando allá en Managua, para comparecer en los obligados escenarios literarios. De otros, me he alejado para siempre.

En mi memoria tengo el poema Límites de Jorge Luis Borges, que habla de lo irrecuperable y de lo perdido, de la disolución del pasado, de última vez y nunca más y olvido, de las sombras, los sueños y las formas que destejen y tejen esta vida. De lo que pudo una vez ser, fue de alguna manera, y ya no lo será nunca más. Aquella revolución.

Son cuarenta años, que como decimos en Nicaragua, no es jugando. Y en la pantalla de la memoria, corre el video. Aquel otro 19 de julio, el de 1979, el día del triunfo, que tocó en jueves, y entonces, lejos del desencanto y de la nostalgia, me hallaba en la ciudad de León, liberada por las columnas guerrilleras al mando de la comandante Dora María Téllez, una estudiante de medicina de 24 años de edad.

Doña Violeta de Chamorro, Alfonso Robelo, y yo, miembros de la Junta de Gobierno constituida en el exilio, habíamos llegado a León cerca de la medianoche del martes 17, repartidos en dos avionetas desde San José, Costa Rica, en compañía de otros futuros funcionarios del gobierno revolucionario, entre ellos Ernesto Cardenal, el ministro de Cultura. Volamos siguiendo la línea de la costa del Pacífico y aterrizamos en una pista de tierra para aparatos de fumigación de algodonales, alumbrada por dos ristras de candiles de kerosín.

Ernesto recuerda en un poema aquel momento: El avión bajando. Un olor a insecticida/ Y me dice Sergio: "¡El olor de Nicaragua!". Era el lejano y persistente olor de los campos sembrados de algodón que se esparcía en la medianoche llevado por los soplos de aire que eran siempre de lluvia en el invierno de Nicaragua. Invierno cuando llueve, verano cuando no llueve.

Y la mañana del 19 de julio en la casa del reparto en las afueras de León donde acampábamos, antes de que nos llamaran al desayuno de arroz y frijoles. El general Sandino estaba como por obra de milagro en la pantalla del televisor, la estación propiedad de la familia Somoza ahora en manos de los guerrilleros.

De la imagen de Sandino sólo existían unos pocos metros de película en un viejo noticiero Movietone, una filmación hecha seguramente en la ciudad de México en 1930: es un close up. Se quita y se pone el sombrero. Eso era todo. No tenía voces, ni sonido, o quizás tuvo detrás las marchas militares o festivas que solían poner a los noticieros de cine. Pero ahora, esa imagen silente que se repetía, como si se fuera a quedar para siempre en la pantalla, tenía de fondo La tumba del guerrillero, la canción de Carlos Mejía Godoy, el inagotable compositor que le puso música a la revolución.

Las columnas de combatientes estaban entrando a Managua por todas las carreteras, arracimados en camiones de carga, a bordo de autobuses, las avanzadas habían tomado el aeropuerto internacional, también la loma de Tiscapa, asiento del poder de la familia Somoza, los soldados de la Guardia Nacional habían huido dejando un reguero de uniformes, salbeques, cananas, zambrones, botas, fusiles, unos muchachos barbados se jabonaban en la tina del baño de la residencia del dictador y su amante, las oficinas del bunker donde dirigía las operaciones de guerra también habían sido ocupadas. El hotel Intercontinental, al lado del bunker, hervía de corresponsales de guerra.

Y el 20 de julio, que fue viernes, viajamos en una caravana de vehículos desde León a Managua, haciendo estaciones triunfales en los pueblos de la ruta, La Paz Centro, Nagarote, Mateare, hasta desembocar en el parque Las Piedrecitas, carretera sur, donde abordamos un camión de bomberos para entrar en la Plaza de la República, en adelante la Plaza de la Revolución, frente al Palacio Nacional y frente a la Catedral Metropolitana descalabrada por el terremoto de 1972, la plaza colmada de pueblo, la gente apretujada en las cornisas de la catedral, encaramada en las torres, un mar de banderas, un solo clamor.

Repaso mi libro de memorias sobre aquellos años, Adiós Muchachos, publicado hace veinte años, y leo los epígrafes: la canción de gesta fue un periódico que se llevó el viento, dice Ernesto Cardenal. Todo se quedó en el tiempo, todo se quemó allá lejos, dice la voz de Joaquín Pasos, perdida en la distancia. La plaza en fiesta se vacía de gente y Borges vuelve a mi memoria para recordarme ese atareado rumor de multitudes que se alejan.

Y también me susurra: para siempre cerraste alguna puerta. Y hay un fulgor que se filtra por las rendijas de esa puerta.

 

 

[Publicado el 22/7/2019 a las 22:15]

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Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

Foto Copyright: Daniel Mordzinski 

 

 


Bibliografía

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