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Periodismo cultural

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 25 de mayo de 2016

 Blog de Sergio Ramírez

Memoria y libertad

Hace cuatro años surgió la idea de reunir a un grupo de narradores centroamericanos para que hablaran entre ellos de su oficio, y de las dificultades que ejercerlo conlleva en países como los nuestros, donde las barreras de la incomunicación parecen alzarse a veces de manera insalvable. Juntar a los escritores maduros, pero sobre todo a los jóvenes, que tienen ya por campo de batalla este siglo veintiuno tan sorpresivo y lleno de desafíos, cuando el oficio de narrar sufre cambios tan severos.

Cómo circulan en Centroamérica los libros o por qué no circulan. Cuáles son las dificultades de editar, y la terca sobrevivencia de las ediciones por cuenta propia, eso de que uno aún imprime su propio libro y tiene que salir a venderlo. Las pequeñas editoriales heroicas que se arriesgan, pese a que bien saben que no es lo mismo ofrecer libros de escritores nacientes que pizzas o ropa de paca. Los desafíos de los libros y revistas electrónicas, los blogs literarios, la red que nos abre sus puertas infinitas, pero que sigue siendo un territorio tan vasto donde es fácil perderse y desaparecer.

Son temas que surgen entre centroamericanos, porque presuponen una identidad compartida, que tiene una dimensión en la historia, otra muy obvia en la geografía, aún otra en el intercambio económico, y una más en la cultura, la más desprovista de todas. Países en vecindad, que resulta incómoda a veces, estorbada por incomprensiones y recelos, pero sometidos, pese a ellos mismos, a un ideal empecinado que no se deja mover por los vientos de tormenta. Y si la identidad cultural es la más desprovista, es al mismo tiempo la más espléndida, esa que se expresa triunfalmente en la creación literaria y nos deja llenarnos la boca con los nombres de Rubén Darío, Miguel Angel Asturias, Ernesto Cardenal.

Pero si miramos hacia adentro, hay que mirar al mismo tiempo hacia afuera: también Centroamérica por cárcel y cómo romper los muros de esa cárcel para un escritor. Ser visto y leído por las editoriales extranjeras, traducido a otras lenguas. Desafiar el sino de venir de una pequeña región reconocida sobre todo por la violencia y la pobreza. Hacer de la literatura una marca de país. Y entonces pensamos que este no debería ser un diálogo sólo entre nosotros, una plática de presos, sino a puertas abiertas, en compañía de escritores de otras latitudes, y de traductores, editores, críticos. Salir al mundo, compartirlo, ponernos en el mapa.

Este experimento pasó a llamarse Centroamérica Cuenta, y del 23 al 27 de mayo vamos a celebrar ya el cuarto encuentro, una vez más en Managua. Hemos venido creciendo desde la primera convocatoria de 2013, cuando empezamos con una docena de participantes que acudieron de los seis países centroamericanos, y de Francia y Alemania, a tener esta vez a más de setenta invitados provenientes de más de quince países; además de los mencionados, España, México, Brasil, Colombia, Holanda, Venezuela, Argentina, Perú. Tendremos a narradores, cronistas, cineastas, traductores, académicos; editores de importantes casas editoriales, directores de otros festivales internacionales, y periodistas que vienen a cubrir el encuentro.

Y así como el año anterior convocamos Centroamérica Cuenta en nombre de la libertad de expresión, condición esencial de la creación literaria, este año el lema será Memoria que nos une. La memoria que alimenta no sólo la invención, sino que es imprescindible para tener historia, y para que tenga sentido la vida social.

La memoria como sedimento de la libertad, porque para imaginar el futuro es necesario recordar el pasado. Un pasado desaparecido, que es necesario exhumar. Y memoria también de dos grandes aniversarios que tienen que ver con nuestra lengua y su constancia renovadora: los centenarios de la muerte de Cervantes y de Darío, a quienes está dedicado el encuentro.

Seis días en una docena de escenarios donde además del tema de la memoria se discutirán los que tienen que ver con los desafíos de la literatura, los asuntos a los que acude y sus formas cambiantes de expresión: la realidad en que vivimos, como sedimento provocador de la imaginación; la historia que nos ha tocado en suerte y las maneras de descifrarla a la hora de contar.

La literatura no es prescindible, ni tampoco una pieza decorativa. Es un signo de libertad creadora. Y, como instrumento de expresión, esencial a la diversidad crítica, necesaria a la vez para la convivencia democrática. Memoria y libertad son los signos que nos unen en esta jornada. Sin ellas, no hay invención literaria.

 

[Publicado el 11/5/2016 a las 09:00]

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El final está cerca

La catástrofe ecológica que vive Nicaragua da la idea de que estamos hablando de un país del pasado. Cauces secos de ríos de los que se alzan nubes de polvo, y son más de treinta los que se han secado; el emblemático río San Juan, que ahora puede atravesarse a pie en ciertos trechos; el Gran Lago de Nicaragua que se agosta, humedales que ahora son inhóspitos suelos cuarteados.

Los tuertos dicen que la sequía es cíclica, que apenas termine el fenómeno adverso del Niño todo volverá a la normalidad y tendremos de nuevo agua de sobra, ríos caudalosos y pozos rebosantes de agua; y, como consuelo final, que este es una anomalía meteorológica que afecta no sólo a Nicaragua, sino que trastorna al mundo entero.  

Pero el ojo tuerto que contempla así la calamidad, necesitaría del otro para ver cómo la reserva de Bosawás, por ejemplo, declarada Reserva Mundial de la Biósfera por la Unesco, está siendo exterminada. Junto con la de río Plátano de Honduras, al otro lado de la frontera, comparte un territorio de bosque tropical húmedo y nuboso, originalmente de 50 mil kilómetros cuadrados, segundo en extensión en el continente americano después de la selva amazónica.

Bosawás, según el ambientalista Camilo de Castro, desde el año 1987 ha perdido 580.000 hectáreas, de las que 280,000 han sido depredadas en los últimos diez años, consecuencias de las constantes invasiones de colonos que destruyen la selva para plantar granos básicos, o convertir el terreno en pastos para ganado. Anualmente se talan 42,000 hectáreas, lo cual augura su extinción.

Extraer las maderas preciosas de Bosawás, caoba, cedro, prohibido por la ley, es el brillante negocio de mafias invisibles, así como también lo es vender por adelantado las tierras selváticas a los colonos, extendiéndoles títulos de propiedad falsos. Los suelos, que no son apropiados para agricultura, se agotan pronto, y entonces sigue la penetración para arrasar más bosque. Lo mismo sucede con la otra gran reserva de 3 mil kilómetros cuadrados, la de río Indio-río Maíz, al sur del país, y vecina al río San Juan, ese por el que iban a transitar los barcos de uno a otro océano, y que ahora puede atravesarse a pie.

Las comunidades indígenas son habitantes de esas selvas agredidas. En su cultura ancestral ven a la naturaleza como una verdadera madre. Para ellos el bosque no puede tener dueños particulares. Este choque cultural entre mestizos del Pacífico y etnias del Caribe, misquitos, mayagnas, creoles, ramas, ha devenido en agresiones armadas con muertos, desaparecidos y secuestrados, y quema y destrucción de poblados. Hay una llama encendida allí, que puede llegar a desatar una conflagración.

El país está siendo destruido por la irresponsabilidad y el desatino, y por el apetito del enriquecimiento ilícito. Bastan los mapas satelitales para saberlo; del verde hemos pasado al marrón. Eso no lo ven los tuertos.

Pero también hay tuertos de los dos ojos. El empresario chino Wang Ying sigue empecinado en la construcción del canal interoceánico, y su demiurgo Bill Wild, que dirige por telepatía todas las operaciones desde Hong Kong, afirma con cara impasible: "Estamos revisando aún más el balance de agua de nuestro canal...estamos más convencidos de que el canal sí va a tener suficiente agua para su operación".  Y agrega, con cómica sabiduría: "En este proceso se están generando aún más diseños y optimizaciones nuevas, que nos ayudan a reducir aún más la necesidad de agua".

El canal pretende atravesar el Gran Lago de Nicaragua, donde el agua se ha retirado de sus costas a tal punto que las embarcaciones tienen dificultades para atracar. Nadie quita que pronto haya trechos que, igual que en el río San Juan, se podrán atravesar a pie. Quizás entonces lo que convenga a Wang Ying sea construir una carretera interoceánica, y no un canal.

Si algo se ha ganado frente a esta debacle, es que la conciencia ecológica ha avanzado, sobre todo entre los jóvenes, convencidos de que hay que hacer algo por detener la catástrofe. Y un campesino explicaba con perfección didáctica en la televisión hace unos días, delante de su maizal desolado, lo que la mortandad de árboles tenía que ver con la falta de lluvia. "Eso me lleva a pensar", me decía un amigo, "que dentro de treinta años también otro campesino como este hablará con la misma convicción de lo que la desigualdad económica y la falta de oportunidades tienen que ver con su pobreza".

 

 

[Publicado el 04/5/2016 a las 09:00]

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El difícil arte de la sencillez

Conocí muy de cerca a don Patricio Aylwin (1918-2016),  cuando me tocó integrar en 1994 la Comisión Latinoamericana y del Caribe sobre el Desarrollo Social, que él presidió, y que elaboró un informe para la Cumbre de las Naciones Unidas celebrada en Copenhague el año siguiente.

Fue una experiencia aleccionadora tratar de cerca a uno de los míticos presidentes chilenos, alejados por tradición republicana de la fanfarria, tanto cuando ejercen el poder como cuando lo han dejado, como era el caso de don Patricio, que había terminado su período como el primer presidente de la democracia tras la dictadura de Pinochet, con el que tuvo que lidiar porque se había reservado una tajada del poder. 

Lo había escuchado hablar en el entierro de Salvador Allende el 4 de septiembre de 1990, a la entrada del cementerio de La Recoleta, frente a una multitud compuesta mayormente por simpatizantes socialistas y comunistas que lo escuchaban con recelo, pero a los que supo llegar con sencillez y entereza. Adversario de la Unidad Popular en el poder, ahora había entrado en La Moneda gracias a la primera gran alianza entre los socialistas y la democracia cristiana, su partido, pero aún eran visibles aquellas heridas de entonces.

Sino arriesgara a una expresión del ingenio barato, diría que el nombre de Patricio le venía muy bien, porque fue uno de esos raros patricios de la democracia; y hablo sólo de aquellos a quienes he conocido, y por tanto, de cerca puedo apreciarlos y juzgarlos mejor, como a Ricardo Lagos, el otro presidente chileno, el primer socialista que volvió  a llegar a la Moneda después de Allende, muy patricio también.

Cuando me tocó tratar a don Patricio era el ex presidente sin custodia visible, ni ganas de tenerla, viviendo en su misma casa de toda la vida en Providencia, modesta, sin alardes, como puede ser la de un juez de instrucción o la de un profesor universitario, o la de un funcionario pensionado cualquiera.

Nos ofreció una cena una noche a los miembros de la comisión, entre cuyos miembros también estaba Carlos Fuentes,  y él y su esposa, doña Leonor, atendieron personalmente a los invitados, sin camareros de corbatín ni cocineros de gran bonete, ella yendo y viniendo de la cocina, él vertiendo el vino en las copas y alcanzando los platos de entremeses. Llevaba una vida hogareña que no era ninguna impostura, sino una manera de ser. Y me lo imagino en la cocina, ayudando a su mujer a secar los platos y las copas cuando nos habíamos ido.

Impostores he conocido, que fingían vivir con sencillez, y detrás de la casa simple, que era sólo una escenografía para los invitados incautos, se abría un pasadizo oculto hacia la mansión verdadera. Esos son los tartufos de la vida real.

Hablo de este aspecto de la vida de don Patricio, porque me parece nada despreciable, ahora que tantos juicios por corrupción se abren contra los que han gobernado, seducidos por el halago del dinero, y lo que el dinero trae consigo en lujos y excesos. La peor manera de engañar a los electores y traicionar la democracia. Unos van a la cárcel, otros se salvan de ella, pero lo que dejan es una huella de desconfianza en el sistema, que hoy amenaza con volverse indeleble.

Esa sencillez que alabo en él, es parte de la herencia que deja don Patricio. Claro, su herencia es más grande, como estadista y como hombre apegado a la democracia. Pero hay que añorar a los presidentes sin largas caravanas de vehículos que cierran el tráfico a su paso, sin murallas electrizadas tras las que se esconden, sin cuentas cifradas en los paraísos bancarios, y que un día regresan a vivir a su casa de siempre, como siempre.

[Publicado el 27/4/2016 a las 09:00]

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Realidades increíbles

Venezuela  nos deja perplejos debido a sus complejidades sorprendentes. Y siempre buscamos la visión de conjunto, compuesta de diversas capas o niveles, que pueda contentar nuestro deseo de enterarnos, al enterarnos saber, y al saber entender. Nunca vamos a darnos por satisfechos con el conocimiento volátil, o superficial, sino con aquel que nos lleve a la comprensión entera.

El largo viaje inmóvil de Doménico Chiappe es un libro compuesto por una serie de crónicas escritas a lo largo de varios años, y que ofrece al lector esa visión provocadora e inquietante que que nos entera de lo que pasa en ese país que ha estado tan intensamente en las noticias cotidianas, desde el ascenso al poder del comandante Hugo Chávez hasta su muerte, y lo ha seguido estando mientras su proyecto mesiánico entra en el ocaso, en medio de una creciente debacle que roza el absurdo y el delirio.

Las crónicas de Doménico nos hacen descender al subterráneo de los acontecimientos, porque pasan revista de la realidad social diaria poniendo el foco en la vida de los individuos que, como actores del drama experimentan a diario la violencia en las calles, la represión policial, abierta y encubierta, la búsqueda desesperada de los artículos de sustento que se esfuman de los estantes.

En ese entramado relampaguean episodios de diversa catadura: la lucha a muerte de una mujer, entre asaltos a balazos, por defender el derecho a un apartamento concedido por la Misión Vivienda; misses coronadas en los concursos de belleza que se convierten en una industria nacional, partiendo de la cirugía estética; y un cantante de reggae muerto de un tiro en la cabeza, un boxeador en el manicomio enloquecido por las drogas, el galán de las telenovelas que termina en el asilo de menesterosos, los policías  mal pagados que tienen que montar negocios caseros, los frigoríficos de la morgue de Bello Monte, que es como el descenso a los infiernos.

Teodoro Petkoff, atrincherado primero en su periódico Tal Cual, resistiendo los embates del poder, y reo después de la venganza oficial con el país por cárcel; los vecinos que filman a escondidas detrás de las cortinas la represión contra los manifestantes en las calles; un diálogo de amas de casa sobre los productos que no hay en los comercios, dónde buscarlos, y cómo los intercambian entre sí, maneras en que se tejen las redes de supervivencia cotidiana. Son piezas que bien podrían ser partes de una novela polifónica. Voces sueltas, voces en coro, voces en contrapunto.

Y las crónicas del funeral de Chávez. Los puntos de vista para entrar en el comportamiento de la multitud desbordada son variados, y siempre penetrantes, y el cronista nos sitúa junto con él para que alcancemos una vista de cámara cinematográfica, unas veces metida dentro de la gente, otras desde lo alto, sostenida por una grúa; pero siempre estamos oyendo voces que son las que nos informan, y así mismo veremos de cerca las colas interminables de quienes buscan asomarse a la ventanilla del féretro expuesto en el Cuartel de la Montaña, y luego la procesión que parece no avanzar, la cauda de motociclistas procurando atajar camino para salir por delante de la cabeza del desfile.

El arte de contar ficciones presta hoy a la crónica sus procedimientos, sólo para que resulte más atractiva. Crónica y novela son hermanas gemelas.

[Publicado el 06/4/2016 a las 09:00]

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Máquina y laberinto de cosas

La ruptura provocada por los escritores del boom tuvo como beneficiarios más inmediatos a quienes pertenecíamos a la generación inmediatamente posterior. Eran maneras de contar novedosas, que abrieron nuevas compuertas en la estructura narrativa y en las formas del lenguaje, un fenómeno que no se daba en la lengua castellana desde los tiempos del modernismo.

García Márquez enseñaba que la fábula que vivía en nuestra memoria era inagotable, y que se podían contar las mentiras más desproporcionadas con rostro imperturbable; pero la fuerza de su influencia convirtió a no pocos incautos en  imitadores sin remedio. Había que cuidarse mucho de aquella trampa mortal del realismo mágico, en la que se arriesgaba quedar atrapado.

Para Carlos Fuentes la novela era un sustituto de la historia pública, más allá del presupuesto de Alejandro Dumas de que la realidad es sólo el clavo donde se cuelga la novela; entraba en todos los resquicios de la historia, y podía suplantarla, de modo que la novela se leyera como si fuese la historia misma. Y de Cortázar aprendimos que la literatura era un mecano para armarse de las más disímiles maneras, el juego de brincar sobre los números trazados con tiza en las baldosas convertido en metafísico; y al final terminaba mostrando que en el fondo de su espíritu lúdico habitaba un poeta solitario.

Mario Vargas Llosa, el menor en edad de estos cuatro evangelistas que enseñaban la buena nueva de que una narrativa distinta y novedosa era posible, marcó de manera eficaz, y sin obviedades, las nuevas maneras de escribir. Su estilo, más de medio siglo después, sigue siendo el de un cronista de hechos.

Uno podía pasar por sus enseñanzas sin marcas y sin huellas, y la experiencia al abrir alguno de sus libros fundamentales de aquella época, empezando por La ciudad y los perros, era la de ingresar en un taller de escritura particular, un solo maestro y un solo alumno entregado al ejercicio de desmontar cada biela, cada resorte del mecanismo para darse cuenta de cómo estaba construido, y luego volverlo a armar. "Esa máquina de laberintos y cosas" de que habla Cervantes en El Quijote.

La experiencia de enfrentarse a un libro donde los acontecimientos se articulaban de manera simultánea perteneciendo a espacios y tiempos diferentes, nunca fue compleja para el lector novicio, como puede parecer, y se volvía atractiva por los misterios a desentrañar. ¿Quién era realmente el Jaguar, el cadete de la escuela Leoncio Prado? Lo sabríamos a su debido tiempo, como en las novelas policiacas; pero su identidad estaba allí desde antes, escondida en el acertijo.

Una carpintería minuciosa, de ajustes y ensamblajes precisos, que no era nunca arbitraria. El aprendiz sabía que la novela se presentaba como una propuesta matemática donde una de las reglas era la repetición ordenada de los procedimientos; una experiencia desusada, pero donde el escritor demostraba que ejercía la responsabilidad de sostener la estructura sin arbitrariedades.

Se trataba de un acertijo, claro, pero con reglas. Una nueva manera de escribir, y también una nueva manera participativa de leer, y que no teniendo antecedentes en la lengua, cautivó desde entonces no pocos lectores entre quienes buscaban ya no claves literarias, sino el goce mismo de vivir dentro de una novela.

El registro de la experiencia narrada precisamente como cotidiana, como si fuera la realidad, ni siquiera su espejo, con personajes del entorno contemporáneo del novelista que en La ciudad y los perros entran en escena robándose las pruebas de un examen escolar, el más común de los actos extraordinarios, para comenzar una novela de catadura juvenil.

Los personajes que encontraremos en La casa verde y en Conversación en la catedral, son soldados, patronas de burdeles, prostitutas, músicos, agentes de policía y periodistas gacetilleros, elevados a la categoría de héroes de novela, dramáticos y picarescos, que hacen emerger de ellos mismos la épica a su propia medida, y cuya suma total no formará nunca una épica superior para la historia, porque la historia termina siendo siempre la decepción y la frustración. 

Una literatura realista, que bien podría ser la de Flaubert, armada de otra manera que tampoco era la de Faulkner. Si el lector no encuentra marcas en su escritura, tampoco él las evidencia en cuanto a sus lecturas. La máquina de sus invenciones no dejó nunca de ser aleccionadora, y lo sigue siendo a través de un largo recorrido, que al llegar tan lejos, como ahora que celebramos sus ochenta años de vida, tampoco ha perdido nunca su energía juvenil.

[Publicado el 30/3/2016 a las 09:00]

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Príncipe de los cronistas

Solemos ignorar que el Rubén Darío cronista resulta más abundante que el Rubén Darío poeta: dos tercios de sus escritos fueron artículos de prensa. Debía enviar a La Nación cuatro piezas al mes, su "trabajo diario, preciso y fatal", y sólo esas crónicas suman más de seiscientas, además de las que aparecieron en tantos otros periódicos y revistas de América y de España.

Y no sólo fue abundante, sino novedoso. Innovador. Al fundar un nuevo lenguaje literario, funda también una nueva manera de relatar los hechos en la prensa, aproximándose a ellos con gracia y precisión, y convirtiendo la crónica en un género atractivo para miles de lectores.

Entre las últimas sobresalen las que escribió sobre la I Guerra Mundial, que estalló en julio de 1914, y el 25 de octubre de ese año, sumido en la pobreza, partió desde Barcelona hacia Nueva York, empeñado en una gira americana de conferencias a favor de la paz, que fue desde el principio un fracaso.

En febrero de 1915 enfermó gravemente de pulmonía y fue internado en el French Hospital, desde donde escribió Apuntaciones de hospital, que es ya una premonición de su cercana muerte: "y los momentos pasan suaves y animados, hasta hacerme olvidar donde me encuentro, y que he tenido a la Lívida, envuelta en su misterioso sudario blanco, sentada a mi cabecera".

Esa sería la final, que no fue publicada en La Nación sino en agosto de ese mismo año, cuando ya se encontraba en Guatemala, adonde había aceptado marcharse invitado por el siniestro dictador Manuel Estrada Cabrera, porque sin recursos no tenía manera de llegar hasta Argentina, como era su deseo. Y a los pocos meses, ya de vuelta en Nicaragua, murió en León el 6 de febrero de 1916.

Desaparecida la generación modernista de Rubén, la crónica se apagó como género literario, hasta que a mediados del siglo veinte otro cronista prodigioso, Gabriel García Márquez, la rescató, de nuevo con un lenguaje de invención propia en el que hay magia en el uso de las palabras, gracia e ironía, y, por supuesto, conocimiento a fondo de los temas, con precisión de detalles. Igual que en Rubén.

En este siglo veintiuno, cuando la crónica recupera el terreno que había perdido, para convertirse en un espejo lúcido de los hechos contemporáneos, y reivindica su dimensión literaria, no hay duda que el espacio múltiple que le abrió el modernismo dariano, capaz de penetrar en todos los escenarios de la vida diaria y explorarlos sin concesiones, vuelve a estar presente.

Como Rubén mismo lo dijo: "no mueren las ideas porque tengamos que escribir del hecho común, o que comentar el suceso de ayer, nacen las ideas por eso mismo".

[Publicado el 23/3/2016 a las 09:00]

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Lengua sin fronteras

Se celebra en Puerto Rico el VII Congreso Internacional de la Lengua, y al responder acerca de la utilidad de una convocatoria como esta, empiezo por decir que se trata de celebrar un idioma que hablan más de 400 millones de personas, dato que puede parecer un lugar común, pero del que no puedo prescindir.

El castellano, español, o castilla, como aún se dice en las lejanías rurales de Centroamérica, es la tercera lengua del mundo, tras el mandarín y el inglés, sin tomar en cuenta a aquellos que lo usan como segunda lengua, o lo hablan de manera insuficiente, con lo que este universo se abriría a 560 millones, según cálculos de los entendidos.

Con semejante envergadura no puede ser una lengua a la defensiva, en proceso de fragmentación, ya no digamos de extinción. Muta y se transforma, agresiva, y avanza cubriendo distancias; y además de eso, o por eso, es una lengua invasiva.

El inglés es una hermosa lengua literaria en el ámbito contemporáneo, sin duda, y podemos comprobarlo sin necesidad de alejar nuestra mirada del Caribe insular donde se alzan las  espléndidas voces de dos premios Nobel, Derek Walcott y V.S. Naipul.

Pero además domina las torres de control de los aeropuertos, y ahora la comunicación digital. Y la cultura que produce tecnología es la que designa por ley natural sus instrumentos y procedimientos. Así, el español abre sus valvas para recibir esas palabras ajenas y volverlas propias.

De esa misma cultura anglosajona recibimos también la avalancha de términos que tienen que ver con el insaciable mercado, con las modas y los espectáculos, el comer y el vestir,  la música de punta, la parafernalia del cine y la televisión, y demás artilugios enlatados, o descodificados, manufacturados en inglés.

Y es también, por su lado, una lengua invasiva que afecta y modifica al español con una fuerza que no puede ser ignorada; pero no la sustituye, ni menos la extingue. Es una lingua franca de los menesteres tecnológicos en el mundo, pero no lo es para nosotros ni en la literatura, ni en la calle, ni en la intimidad de los hogares, ni aún entre los más de 50 millones de hispanohablantes dentro de Estados Unidos.

Al hablar de la calidad expansiva del español me refiero al fenómeno de las migraciones hacia Estados Unidos, motivadas sobre todo por razones de marginación y de violencia, y que crean una resistencia xenofóbica que raya en la locura, sino recordemos el muro orwelliano, o soviético, que pretende levantar el señor Trump.

El español es una lengua que atraviesa fronteras bajo la necesidad. Es la necesidad la que somete a quienes emprenden el éxodo, expuestos a iniquidades, despojos, secuestros, y a la muerte, por asfixia, hacinados dentro de vagones de carga y furgones, por sed e insolación en la travesía del desierto. O asesinados. La lengua es también un pasajero clandestino del tren de la muerte que va de Tierra Blanca a Sonora.

En ningún otro momento como ahora el español ha estado sometido a tan amplios traspasos culturales, determinados por la globalización, y cada vez más es territorio de los jóvenes que dominan las cotas demográficas en proporciones nunca antes vistas, y que, además, son los que más emigran. Pero al atravesar  la frontera en busca del sueño americano,  ocurre un choque cultural, que es también un choque de lenguas, que nunca deja de ser creativo, y que termina en fusión.

¿Es el mismo español? Ya no. Pero no es cierto que a resultas de su encuentro con el inglés se haya corrompido o degradado. Términos que un día ofenden el oído, mezclas de vocablos, neologismos, terminan entrando indefectiblemente en las páginas del diccionario, porque la lengua no expresa sino la vida. Marqueta por mercado, grosería por grocery, tuna por atún, soques por calcetines, sopa por jabón, carpeta por alfombra, un día reclamarán carta de legitimidad.

Surgirán más expresiones, más palabras híbridas o neologismos desconcertantes. Pero tampoco el español del Río de la Plata fue nunca ya el mismo después de mezclarse con el italiano, lengua de inmigrantes, ni, mucho antes, el español peninsular siguió siendo el mismo después de tantos siglos de mezclarse con el árabe.

Esa lengua desde la que vengo, y hacia la que voy, en la que escribo, se halla en continuo movimiento y me lleva consigo de una a otra frontera, de uno a otro territorio, reales o verbales.

Una lengua que es capaz de ser siempre otra siendo siempre la misma.

[Publicado el 16/3/2016 a las 09:00]

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No es no

Evo Morales no es de ninguna manera el malo de la película. Pese a su tendencia autoritaria, ha gobernado con buen suceso un país de tradición caótica, signado por golpes de estado, dictaduras militares y repetidos periodos de inestabilidad; y los resultados de su gestión económica y social son notables en cuanto a la disminución de la pobreza y el manejo de las finanzas públicas, reivindicando, además, la soberanía de los recursos naturales del país.

El problema es que después de tantos años de gobernar sin adversarios capaces de desafiar su liderazgo, quiso reelegirse otra vez; pero al someterlo a un referéndum, la mayoría ha respondido que no. Una pregunta hecha sin trampas, hay que decirlo en su abono, porque los votos del no y del sí fueron contados de manera transparente, aun siendo la diferencia ajustada.

Los resultados del referéndum prueban que el viejo fantasma del fraude está volviendo a su sarcófago en América Latina, como antes en las elecciones argentinas que perdió el candidato la señora Kirchner, o como en las elecciones legislativas en Venezuela, donde el chavismo fue derrotado de manera abrumadora.

El presidente Correa del Ecuador, ha anunciado que no se presentará más como candidato, lo cual lo quita, dichosamente, de la lista de quienes pretenden quedarse para siempre sentados en la silla presidencial; así se devuelve la normalidad al ejercicio democrático, que pasa necesariamente por la alternabilidad. Y esa normalidad se reafirmará mejor cuando gane la oposición; en Ecuador, en Bolivia, en cualquier parte.

Una de las maneras de tomar la medida de estadista a un gobernante es fijarse bien cómo se comporta frente a la derrota. Lo peor es cuando no la acepta del todo, y recurre a falsear los resultados, o simplemente a desconocerlos, secuestrando o mandando quemar las urnas, como en el pasado no tan lejano. Pero también hay que fijarse en cómo justifica la derrota.

Que Evo diga que ha perdido la batalla pero no la guerra, es una respuesta lógica. Su partido oficial, el MAS, sigue siendo mayoritario y lleva ventaja frente a una oposición todavía dispersa y debilitada, y con un candidato joven bien puede ganar en las elecciones presidenciales de 2019, tomando ventaja del apoyo popular que los programas de gobierno tienen. El voto adverso del referéndum ha sido contra la reelección, para cerrar las puertas, con buen juicio, a la pretensión  de un caudillo en ciernes que buscaría siempre las maneras de quedarse uno y otro período.

Pero también afirma que perdió el referéndum por causa de una "guerra sucia", provocada por la derecha, y "de una conspiración externa e interna", en la que no falta la mano del imperialismo, repitiendo lo que pocos días ante se había adelantado a expresar el presidente Maduro, quien atribuye la derrota legislativa de su partido a las mismas causas, cerrando los ojos frente a la debacle provocada en Venezuela por la corrupción y su ineptitud.

Son respuestas que no corresponden a un estadista, y al fin y al cabo irrespetan al electorado. La mayoría de quienes votaron no, está lejos de hallarse compuesta por oligarcas, millonarios y burgueses reaccionarios, numéricamente una minoría; entre los votantes que negaron a Evo la posibilidad de reelegirse hay, necesariamente, gente de clase media, empleados públicos, y también proletarios, campesinos, y, por supuesto, indígenas. Muchos son beneficiarios de los programas sociales del gobierno, pero no por eso traidores.

También atribuya su derrota a un "resurgimiento del racismo". ¿Las etnias quechuas y aimaras, que forman la mayoría de la población boliviana, racistas contra ellas mismos? Si algo ha conseguido el país en estos años es que la población indígena se sienta protagonista de la historia, y vuelva por su dignidad sojuzgada.

"Vamos a evaluar los mensajes de las redes sociales, donde las personas no se identifican y hacen daño a Bolivia", ha dicho también Evo, y que "las redes sociales son como si todo se fuese por la alcantarilla"; en esto último no deja de tener razón, algo sobre lo que Umberto Eco llegó a filosofar.

Pero amenazar con una revisión del espacio de las redes sociales, culpándolas de ser parte de la conspiración de la derrota, es ir en contra de la libertad de expresión. Desde ellas se promueve un constante debate de ideas, se contrastan opiniones y se conocen asuntos que el poder quiere mantener ocultos, y que de otra manera no surgirían a la luz. Forman el gran espacio de libertad de nuestro tiempo.

[Publicado el 02/3/2016 a las 09:00]

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Un circo en el destierro

La periodista Irene Selser vino a entrevistarme para el diario Milenio de la ciudad de México, con motivo del centenario de la muerte de Rubén Darío. En la conversación, derivamos hacia un tema que me atrajo desde el primer momento: un circo en el destierro, con todos sus acróbatas, malabaristas, contorsionistas, trapecistas, payasos. Y sus animales.

Irene había viajado hasta Camoapa, un poblado del departamento ganadero de Chontales, en persecución de esa historia. Allí se halla en estos días el circo Hermanos Gasca, mientras tanto no levante su carpa para dirigirse a otro poblado según el itinerario que cumple dentro del país a lo largo del año.

Su intención era entrevistar a Renato Fuentes Gasca, el propietario. Pensé al principio que se proponía una nota de color sobre los circos andariegos que desde México se dirigen hacia Centroamérica y la recorren por meses; pero el asunto es otro: el circo Hermanos Gasca se ha quedado encerrado dentro de las fronteras de Nicaragua.

Desde niño una aprende a medir la importancia de los circos por el tamaño de su carpa, y los más humildes no la tienen; sus funciones transcurren a la luz de la luna, y desde fuera, sin necesidad de pagar la modesta entrada, se pueden ver las vueltas de los trapecistas en lo alto de los parales. Pero la mejor medida son los animales. Mientras más exóticos y numerosos, mejor el circo. Los que son pobres contentan al público con perros bailarines, monos sabios, y cabras matemáticas capaz de sumar y restar con las patas.

Y la desgracia del circo Hermanos Gasca son sus animales. Igual que en México, en todos los países centroamericanos se han aprobado leyes que prohíben su presentación en las carpas circenses, conformes con la Declaración Universal de los Derechos del Animal: "las exhibiciones de animales y los espectáculos que se sirvan de animales son incompatibles con la dignidad del animal".

La estricta aplicación de este precepto, ardorosamente defendido por las sociedades protectoras de animales, obliga a clausurar los circos, como ya viene ocurriendo en muchos países, y los zoológicos entran en la prohibición, desde luego exhiben a sus especímenes con fines recreativos.

No deja de resultar paradójico que en países como Guatemala, Honduras y El Salvador, con tasas de homicidio estratosféricas, se cuide con tanto celo y pulcritud la vida e integridad de leones y jirafas, mientras tanto el estado no puede garantizar la de los seres humanos, víctimas constantes de asaltos a balazos y del fuego cruzado entre pandillas rivales y bandas de narcotraficantes.

En Nicaragua se aprobó en 2011 una "Ley para la protección y el bienestar de los animales", que tras una larga discusión terminó por prohibir nada más "la crueldad, el maltrato físico, psíquico y emocional en la doma y prisión de animales...cuya finalidad sea la utilización de ellos en los espectáculos públicos y circos". Por eso es que el circo Hermanos Gasca puede moverse de un lado a otro, como en una isla solitaria. El gobierno, de conducta tan extraña en sus preferencias y animadversiones, esta vez se ha puesto del lado de los circos, y de sus animales.

Fuentes Gasca, "el rey de los payasos", tiene setenta años de edad y se muestra afligido por el destierro que le toca vivir junto con sus animales. Se trata de una pareja de elefantes, cinco tigres criados por él mismo, además de camellos y caballos, a todos los cuales considera parte de su familia, y él mismo vigila su alimentación. Según sus palabras, sus tigres comen como en un restaurante de primera calidad. 

No quiere deshacerse de ellos, y aún si así fuera, en Managua sólo hay un pequeño zoológico, y los zoológicos no aceptan animales de circo, que sólo atienden la voz de sus domadores. En México, al quedar en la orfandad, han tenido que ser sacrificados por decenas.

El Partido Verde de México, que pugnó para que se aprobara la ley, según un manifiesto firmado por intelectuales y académicos "permite mediante concesiones en los lugares donde tiene capacidad de decisión la minería a cielo abierto o la construcción de complejos hoteleros en áreas protegidas...". Malos defensores tienen los animales.

El circo Hermanos Gasca recorre una y otra vez las mismas poblaciones de Nicaragua, pero la novedad se va perdiendo. Son pueblos, además, generalmente pequeños y pobres. Llegará un momento en que tendrá que cerrar la carpa.

Los elefantes son ya muy viejos. Y junto a los demás animales del circo, morirán en el destierro.

[Publicado el 24/2/2016 a las 09:00]

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Resistes certámenes, tarjetas, concursos…

Los años pasan y Rubén Darío sigue envuelto en un inefable halo de cursilería. Cuando murió hace cien años, sus funerales fueron una verdadera puesta en escena elaborada por manos candorosas, que no dudo querían sinceramente rendirle el mejor de los homenajes, despreciando toda sobriedad. Fue velado en el paraninfo de la Universidad por varias noches, y cada vez se le vestía de manera diferente: de peplo griego coronado de mirtos, de uniforme diplomático, de frac de gala, como el maniquí de una tienda de elegancias.

Cuando un repasa las fotografías que entonces tomó el maestro Cisneros, puede contemplar el desfile del cadáver de uno a otro lugar en León, del municipio a la catedral, de la catedral de vuelta al paraninfo, hasta la procesión final el día en que fue sepultado al pie de la estatua de San Pablo, mientras tanto el cerebro que le había sido extraído seguía siendo objeto de una oscura disputa.

Ningún tribuno, abogado, político o poeta le ahorró un discurso en las esquinas, en lo alto de las aceras, o subido a una silla, y la peaña funeraria, donde Rubén yacía al descubierto, avanzaba precedida por carrozas cargadas de canéforas, bacantes que regaban flores marchando en cuadrillas, una musa y sus tres gracias adelante, la guardia militar de honor enviada por el gobierno de Adolfo Diaz, en plena intervención militar extranjera, los representantes de los poderes del estado vestidos de rigurosa etiqueta en el calor de infierno, y los gremios profesionales y de artesanos marchando con sus estandartes a la cabeza.

Poco o nada ha cambiado desde entonces. El lenguaje del decreto presidencial, declarando este año de 2016 como el "del sol que alumbra las nuevas victorias", y firmado "en el país del sol", nos recuerda esta pertinacia, con su lenguaje ditirámbico y exaltado. Y otra vez la celebración "municipal y espesa", la elección de la musa dariana como un certamen de pasarela, los concursos, las recitaciones, las danzas folclóricas; todo lo que despreció en su Letanía de Nuestro Señor don Quijote, si saber que terminaría siéndole aplicado a él mismo:

 

¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a Orfeo, tienes a orfeón!

Mientras tanto su poesía sigue lejos del verdadero conocimiento público. Las ediciones de sus libros son escasas y esporádicas, y no existe una pedagogía dariana, clara y sencilla, para explicarlo ante los jóvenes y enseñarles a distinguir la paja del centeno en su poesía, que no se limita a La Sonatina, Los motivos del Lobo, y A Margarita Debayle. Abrir al conocimiento sus cuentos, que fueron también renovadores, y a sus crónicas de prensa, que revolucionaron el periodismo.

Aún no se empieza con la tarea de la edición de sus obras completas, que debería ser una inversión del estado, igual que en Cuba se editaron las de José Martí, como fruto del trabajo de un equipo de especialistas.  Pero al menos debería empezarse con una colección de sus libros de amplia circulación y precio modesto, que lo haga entrar en cada hogar y quedarse a vivir allí, como un huésped con quien la familia puede conversar en amena tertulia cada día.

[Publicado el 17/2/2016 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

 


Bibliografía

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