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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de septiembre de 2018

 Blog de Sergio Ramírez

¿Cómo empezó todo esto?


La Reserva río Indio-río Maíz es parte de la red mundial de áreas protegidas de la UNESCO. Son 300.000 hectáreas de selva virgen, y se extiende al sur de Nicaragua entre el río San Juan, que delimita la frontera con Costa Rica, y el Río Punta Gorda, hacia la costa del Caribe.

Aunque área protegida, se halla en la mira de los llamados colonos, partidas de campesinos a veces, y las más negociantes de tierras, que burlan a las autoridades forestales, o gozan de su protección, para derribar los árboles y convertir el suelo en pastizales. La quema del terreno suele provocar incendios.

Los negociantes se enfrentan a los indígenas que defienden la selva como su hábitat, no pocas veces arrasando sus comunidades y asesinándolos. Y los árboles tumbados representan otro jugoso negocio en las sombras.

El martes 3 de abril de este año comenzó un nuevo incendio, otra vez provocado por los depredadores, aunque el gobierno minimizó la catástrofe. Negar la magnitud de los incendios ha sido una forma de ocultar sus causas, el descuido y la corrupción, algo que no pasa desapercibido ni para los ecologistas ni para los jóvenes en las universidades.

En las fotografías aéreas y los videos, las inmensas columnas de humo se expanden como si se tratara de una poderosa erupción volcánica, visibles por kilómetros a la redonda, prueba de la magnitud del desastre.

La primera protesta se dio el miércoles 4 de abril en León, cuando los estudiantes encabezaron una marcha que fue atacada, como de costumbre, por las turbas del gobierno. Al día siguiente unos 300 estudiantes intentaron salir de la Universidad Centroamericana en Managua hacia la Asamblea Nacional, llevando pancartas donde se leía SOS INDIO MAÍZ, ORTEGA NEGLIGENTE, DESASTRE ECOLÓGICO. Pero la Juventud Sandinista organizó una "caminata ambiental" y les salió al paso; entonces cambiaron el rumbo, pero de todos modos se hallaron con un contingente de antimotines que los obligó a replegarse de regreso a la universidad.

El régimen dejaba en claro una vez más su intolerancia cerrada ante cualquier protesta, aunque fuera en defensa de la naturaleza: "las calles son del pueblo", había sido la consigna convertida en regla por años, y esto quería decir, las calles son de las organizaciones del partido en el poder. Un monopolio impuesto a la fuerza con el respaldo policial.

El miércoles 11 de abril, una leve lluvia empezó a caer sobre la selva, y ayudó a amainar el fuego, que terminó por extinguirse. Pero el daño a la reserva era irreversible. Y las tierras quemadas, quedaban otra vez listas para ser convertidas en fincas de ganado.

En el estado de felicidad perpetua que ofrece la filosofía del socialismo esotérico del régimen, las causas nobles, como defender la integridad de una reserva ecológica, venían a resultar causas prohibidas. O respaldar a los jubilados en sus reclamos. Eso quedó patente a los pocos días, cuando se reformó la ley de la seguridad social para gravar con un impuesto del 5% las pensiones.

El miércoles 18 de abril un grupo de ancianos salió a protestar en León contra el decreto que los esquilmaba, pero cuando llegaron al lugar acordado ya estaban allí las fuerzas de choque. Uno de los viejos, que porta una pancarta, fue derribado al pavimento, y en el video que se hizo viral entonces puede advertirse como uno de los esbirros lo aprisiona del cuello mientras otro lo empuja con violencia.

Sus compañeros de la marcha lo ayudan a levantarse, lo defienden, y los reclamos contra los agresores suben de tono. Si la intención era agredirlo en el suelo y arrebatarle la pancarta, ya no pudieron hacerlo. Se levantó con ella en las manos.

La escena de un anciano jubilado que cae al suelo agredido por agentes del régimen queda registrada en un teléfono celular, y de pronto está en miles de pantallas de teléfonos celulares en todo el país.

Es misma tarde, unas 300 personas, entre ellos decenas de universitarios que acompañan a más jubilados, se congregan a protestar en las afueras del centro comercial Camino de Oriente en Managua. Todos se han citado allí a través de las redes, con lo que surgirá una palabra desde entonces clave: autoconvocados.

Las fuerzas de choque, ahora multiplicadas, vuelven a aparecer agrediendo indiscriminadamente a los manifestantes. Ese 18 de abril se volverá una fecha histórica, porque es cuando estalla la rebelión desarmada que en los días siguientes tendrá un terrible saldo de muertos, porque la policía y las fuerzas de choque pasan a disparar indiscriminadamente con armas de fuego.

Pronto aparecerán los francotiradores, y los paramilitares encapuchados con fusiles de guerra, hasta que en los siguientes cien días el número de muertos alcanzará más de 400.

El incendio criminal de una selva. Un anciano derribado que a pesar de todo no suelta el cartelón donde reclama por su pensión cercenada. Puertas de escape a una larga acumulación de agravios.

 

[Publicado el 17/9/2018 a las 17:44]

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Camino al aislamiento

La expulsión de la Misión del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (OACNUDH) por parte del régimen en Nicaragua, parece incomprensible para algunos, y un desacierto de fondo para otros. Pero en cualquier caso, no conduce sino al aislamiento internacional.
 

Antes de que la cancillería diera por terminada la presencia de la misión, ya el propio Daniel Ortega, en un discurso que presagiaba la decisión, había acusado al organismo de ser "instrumento de los poderosos que imponen su política de muerte...manejada por los que se han adueñado de continentes enteros, por los que han cometido genocidios sobre pueblos enteros...los que los transportaron desde África para que trabajaran...son infames".

La conclusión es, entonces, que las investigaciones que la misión de derechos humanos de las Naciones Unidas ha llevado adelante, no son sino un ardid malintencionado del viejo colonialismo europeo, urdido contra un indefenso país del tercer mundo. ¿Pero quién es el Alto Comisionado, bajo cuyo mandato se preparó el informe?

El diplomático jordano Zeid Ra'ad Al Hussein, quien ha sostenido una firme posición a favor de Palestina en el conflicto con Israel, y en 2015 declaró que Estados Unidos estaba obligado a llevar a juicio a los miembros de la CIA responsables de casos de tortura. Raro esclavista. Y la diatriba alcanza también a la ex presidenta de Chile, Michelle Bachelet, lejos también de cualquier credo olonialista, quien muy pronto sustituirá a Hussein.

Los organismos mundiales que tutelan los derechos humanos nacen de un largo proceso que ha llevado a las naciones a aceptar no sólo la necesidad de su existencia, como elemento de civilización, sino a acatar sus informes. Denigrar su trabajo y enseguida decretar su expulsión, significa ponerse al margen de la comunidad internacional, o de espaldas a ella.

Una acción así puede ser eficaz para contentar a los propios partidarios, pero no para convencer a los gobiernos y a la comunidad internacional. Y tampoco ayuda para nada a reconciliar al país, porque lo que viene a confirmarse es una voluntad de impunidad. Muy sabiamente, el jefe de la misión expulsada, el jurista peruano Guillermo Fernández Maldonado, ha propuesto la integración de una Comisión Internacional de la Verdad que lleve hasta el fondo en los hechos.

La retórica denigratoria que acompaña la expulsión, no tiene ningún peso frente a los señalamientos de acciones de represión oficial y paramilitar, consideradas en el informe como violatorias del derecho internacional y de los derechos humanos, lo cual incluye el uso desproporcionado de la fuerza, casos de ejecuciones extrajudiciales, de desapariciones forzadas, la obstrucción del acceso a la atención médica, detenciones arbitrarias o ilegales, la tortura y la violencia sexual, la criminalización de las protestas ciudadanas . Lo que tiene peso es el hecho mismo de la expulsión.

Y, seguramente, lo más irritante para el régimen es que el informe contradice la narrativa oficial del golpe de estado. "Golpistas" ha sido el título que conforme a esa narrativa se ha dado constantemente a los miles de participantes en las protestas populares.

Al cerrar las fronteras al escrutinio de los hechos violatorios de los derechos humanos, el régimen desconoce el orden internacional, en el que se basa hoy en día la convivencia entre las naciones de todo tamaño y poderío. ¿Puede Nicaragua vivir bajo una política de fronteras cerradas? ¿Puede el régimen valerse solo, aislado como está de la propia sociedad nicaragüense?

A lo largo de la historia, ha habido naciones que se han encerrado en sí mismas, ignorando a las demás. Pero se ha tratado de países vastos en su geografía, autosuficientes en sus recursos, y por supuesto poderosos, como ocurrió con China bajo la dinastía Tang y bajo la dinastía Ming. Pero Nicaragua es un país pequeño, interconectado de manera natural a las naciones vecinas, y miembro fundador tanto de la Organización de Estados Americanos como de las Naciones Unidas, y no puede renunciar a sus obligaciones internacionales sin afrontar consecuencias jurídicas y económicas.

La crisis que vivimos no tiene salida en el aislamiento, sino, por el contrario, en buscar, y no alejar, el respaldo internacional, que lleve a un diálogo nacional, ahora pospuesto por voluntad cerrada del régimen, y que ese diálogo abra las posibilidades de una salida democrática que, lejos de haber terminado, parece prolongarse de manera indefinida.

El camino escogido es cada vez más equivocado, y aleja las soluciones que pasan necesariamente por el restablecimiento pleno de la democracia, y el respeto sin condiciones a los derechos humanos.

 

[Publicado el 03/9/2018 a las 17:17]

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La muchacha de Pernambuco

El reparto Lomas de Monserrat hasta hace poco hervía de paramilitares encapuchados. Muy cerca de allí se encuentra la Universidad Nacional Autónoma, tomada por estudiantes desde los inicios de la protesta cívica que sacude al país. Siempre fue inminente un ataque para desalojarlos, el cual se dio por fin la tarde del viernes 13 de julio. Los estudiantes corrieron a refugiarse en la vecina iglesia de la Divina Misericordia, y los disparos incesantes continuaron hasta la madrugada del sábado 14, ahora contra la iglesia, dejando dos muertos. Los encapuchados continuaron en Lomas de Monserrat tras la "operación limpieza", y el 23 de julio aún estaban allí.

Esa noche, Raynéia da Costa, de 31 años, originaria de Pernambuco, estudiante de sexto año de medicina, tras terminar su turno de practicante en un hospital, asistió junto con su novio, Harnet Lara, a una fiesta en ese reparto. 

Bella como una modelo de revista de modas, según se la ve en las fotografías de su muro de Facebook, había llegado a Managua 6 años atrás, recién casada con un nicaragüense de quien después se separó.

Para sostener sus estudios fabricaba "brigadeiros", trufas de chocolate y coco, y cuando sus compañeros la veían acercarse sonriente ofreciendo su bandeja de dulces, silbaban en su homenaje La garota de Ipanema.

Tras la fiesta, cerca de medianoche, los novios abandonaban el reparto, ella por delante conduciendo su auto, un pequeño Suzuki, y él detrás al volante del suyo. Al escuchar disparos, Harnet aceleró y la encontró sentada en el pavimento, bañada en sangre. Ya herida, había logrado deslizarse fuera del vehículo. 

Al descubrir a tres paramilitares encapuchados, las armas en ristre, se acercó con las manos en alto. La cargó en brazos hacia su auto, sin que los enmascarados se lo impidieran, para llevarla al hospital más cercano. Es lo que relató a los practicantes que la recibieron en la sala de emergencias, algunos de ellos compañeros de clase de Raynéia.

Todo fue inútil. Había recibido un balazo lateral de alto calibre a la altura de las costillas que le dañó el corazón, el diafragma, y parte del hígado.

Agentes de policía se presentaron al hospital en busca del novio para llevarlo "a reconstruir la escena", pero los médicos lo impidieron debido a su estado de shock. Fue dado de alta al día siguiente. 

La Policía imputó primero a un guarda de seguridad del reparto, al que no identificó. Pero luego señaló a Pierson Gutiérrez, de 42 años de edad, oficial del Ejército hasta 2009, y profesor de taekwondo, a quien le fue incautada una Carabina M-4, de uso militar.

Gutiérrez, militante del partido oficial, es empleado de Petronic, que funciona bajo el paraguas de Albanisa, la empresa a cargo del negocio del petróleo venezolano. Tiene sus oficinas en Lomas de Monserrat. 

Desde que abandonó el hospital, no se sabe de Harnet. Se lo tragó la tierra. El Suzuki de la víctima desapareció de la escena del crimen. Se esfumaron los paramilitares de Lomas de Monserrat. Las cámaras de vigilancia del vecindario fueron desmontadas.

El inculpado fue presentado subrepticiamente en los tribunales el 1 de agosto, feriado obligatorio pues se celebraba al patrono de Managua, Santo Domingo de Guzmán. La audiencia se celebró a puertas cerradas.

Las malas novelas resultan incongruentes. Y mal contadas. La Fiscalía empieza por culpar a la víctima de su propia muerte por conducir de forma "descontrolada y con actitud sospechosa"; y respecto al hechor, explica que venía de buscar, a esas horas, un local para abrir una escuela de taekwondo; de camino se acordó que conocía en Lomas de Monserrat a unos guardas al servicio de Displuton S.A, una empresa de seguridad también cubierta por el paraguas de Albanisa,, y fue a ofrecerles capacitación en defensa personal y uso de armas de fuego. 

Es entonces cuando queda sellada la suerte de Raynéia. "Debido al comportamiento y movilización errática del vehículo" los guardas sentían "que sus vidas estaban en peligro", dice la Fiscalía. Ambos portaban escopetas.

Pierson, diligente en proteger a sus amigos, sacó de su auto la carabina M4, se apostó tras un poste de alumbrado, y disparó contra el Suzuki.

La Fiscalía acusa al hechor de homicidio, que merece una pena menor a la de asesinato. Pronto estará libre, digamos, por razones de salud, como es usual cuando se trata de estos juicios arreglados.

Mientras tanto, el cadáver de Raynéia, la muchacha que se pagaba sus estudios vendiendo brigadeiros, ya fue sepultada en su tierra natal de Pernambuco.

[Publicado el 07/8/2018 a las 11:30]

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Parque Jurásico


Hace poco el senado uruguayo votó por unanimidad una resolución de condena a la represión sangrienta que sufre Nicaragua. El Frente Amplio que cobija a la izquierda de distintos matices, el Partido Nacional y el Partido Colorado, de derecha y centro derecha, y los social demócratas, liberales, socialcristianos, todos concurrieron en reclamar a Ortega "el cese inmediato de la violencia contra el pueblo nicaragüense".

Durante el debate, el expresidente José Mujica, al referirse a los cerca de 350 muertos de la masacre continuada, dijo unas palabras que suenan ejemplares: "me siento mal, porque conozco gente tan vieja como yo, porque recuerdo nombres y compañeros que dejaron la vida en Nicaragua, peleando por un sueño...y siento que algo que fue un sueño cae en autocracia...quienes ayer fueron revolucionarios, perdieron el sentido en la vida. Hay momentos en que hay que decir 'me voy'". 

Son palabras ejemplares porque representan lo que siempre he creído son los fundamentos éticos de la izquierda, basados en ideales permanentes más que en ideologías que se quedan mirando hacia el pasado. Una postura similar la han asumido partidos y personalidades de izquierda en España, Chile, Argentina, México, que rechazan el fácil y trasnochado expediente de justificar la violencia del régimen de Ortega contra su propio pueblo, echando las culpas al imperialismo yanqui, según la cartilla.

Es lo que ha hecho el Foro de Sao Paulo, reunido en La Habana, al emitir una declaración en la que, con pasmoso cinismo , se rechaza "el injerencismo e intervencionismo extranjero del gobierno de Estados Unidos a través de sus agencias en Nicaragua, organizando y dirigiendo a la ultraderecha local para aplicar una vez más su conocida fórmula del mal llamado "golpe suave" para el derrocamiento de gobiernos que no responden a sus intereses, así como la actuación parcializada de los organismos internacionales subordinados a los designios del imperialismo, como es el caso de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)".

Hay que leer en voz alta a estos señores reunidos en La Habana la declaración de Podemos emitida en Madrid: "reclamamos la investigación y el esclarecimiento de todos los hechos sucedidos durante las movilizaciones, incluyendo la rendición de cuentas ante los tribunales por parte de las autoridades policiales y políticas que se hallen responsables de las violaciones de los Derechos Humanos cometidas". 

A un discurso trasnochado lo acompaña siempre un lenguaje obsoleto. ¿Esta del Foro de Sao Paulo es la izquierda, o lo es la que representa el pensamiento humanista de José Mujica? Aquella pesada diatriba nada tiene que ver con la realidad de Nicaragua. Es la retórica hueca, lejana a todo contacto con la verdad, que se quedó perdida en las elucubraciones de una ideología fosilizada. En el parque jurásico no hay pensamiento crítico.

El oficio ético de la izquierda fue siempre estar del lado de los más pobres y humildes, con sentimiento y sensibilidad, como lo hace Mujica. En cambio, el coro burocrático termina justificando crímenes en nombre de una ideología férrea que no acepta los cambios de la historia. Defender el régimen de Ortega como de izquierda, es solo defender su alineamiento dentro de lo que queda del ALBA, que ya no es mucho, tras el fin de la edad de oro del petróleo venezolano gratis, y el golpe mortal que le ha dado, también desde una posición ética, el presidente Moreno de El Ecuador.

Para entender el lenguaje perverso de quienes redactaron la resolución del Foro de Sao Paulo, y los sentimientos de quienes la aprobaron, hay que ponerse la capucha de los paramilitares que sostienen a sangre y fuego al régimen en Nicaragua, y olvidarse de las centenares de víctimas, entre ellos niños y adolescentes. 

No puedo imaginar a un ultraderechista aliado del imperialismo yanqui más atípico que Alvarito Conrado, el niño de 15 años, estudiante de secundaria, que por un natural sentido de humanidad corría a llevar agua a unos muchachos desarmados que defendían una barricada en las cercanías de la Universidad Nacional de Ingeniería, y le dispararon un tiro en el cuello con un arma de guerra.

Fue al mediodía del 20 de abril, muy al inicio de las protestas que ya duran tres meses. Lo llevaron, herido de muerte, al hospital Cruz Azul del Seguro Social, y se negaron a atenderlo. Murió desangrado.

Alvarito es hoy un icono, con su sonrisa inocente y sus grandes lentes. Agente del imperialismo, conspirador de la ultraderecha empeñado en derrocar a un gobierno democrático de izquierda. La izquierda jurásica.

 

[Publicado el 24/7/2018 a las 15:41]

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Ayer es hoy, multiplicado


La tarde del 23 de julio de 1959 se produjo en una calle de León la masacre de estudiantes de la que fui sobreviviente y que marcó mi vida para siempre, ejecutada por soldados del ejército de la familia Somoza. 

Era una manifestación de protesta, y ya nos retirábamos hacia la universidad cuando estallaron las bombas lacrimógenas, y a los primeros disparos de los fusiles comencé a correr. Me topé con la puerta de servicio del restaurante El Rodeo. La empujé, y cedió. Se oía el tableteo de una ametralladora y seguían las descargas de los fusiles. Subí a la segunda planta. Había ahí tres niñas en una cama, aterrorizadas, en compañía de una empleada. "Estamos solas aquí", me dijo la mujer", con voz temblorosa. 

En absoluta inconsciencia me asomé por el balcón y vi a los soldados colocados en tres filas: de pie, de rodillas y acostados en el suelo, los fusiles humeantes. El de la ametralladora, echado en la acera de la esquina. En el pavimento, los cuerpos desperdigados. Alguien me gritaba: "¡una ambulancia!, ¡una ambulancia!". 

Pregunté a la mujer si había un teléfono. No tenían. Un cura bendecía a un herido. Era norteamericano, según supe luego. Creo recordar que se apellidaba Kaplan. En ese momento escuché la sirena de una ambulancia, pero los soldados no la dejaban pasar. Fernando Gordillo, mi amigo, envuelto en la bandera de Nicaragua, marchaba a media calle, ofreciéndole su pecho al pelotón. 

El recuerdo de Fernando caminando envuelto en la bandera me parece un sueño. En ese momento el pelotón comenzó a retroceder en formación, sin voltearse, hacia el cuartel a una cuadra de allí. Erick Ramírez, mi compañero de banca en el aula de primer año de derecho, estaba tendido en la calle. Tenía un orificio en la espalda. Me arrodillé a su lado para decirle que lo llevaríamos al hospital. Cuando lo volteé vi que tenía el pecho desflorado por un balazo. 

Subimos a los heridos y a los muertos en taxis y en vehículos particulares para llevarlos al hospital. Allá, la confusión era grande. Descubrí sobre una de las losas a Erick, y en otra a Mauricio Martínez, también compañero de banca. Los tres nos sentábamos juntos en la primera fila, los tres teníamos 17 años, y ahora ellos dos estaban desnudos sobre las losas, bajo el chorro de una manguera que los lavaba. ¿Cómo se entiende eso de la muerte a los diecisiete años? También lavaban los cadáveres de José Rubí y Erick Saldaña, estudiantes de medicina.

Un grupo nos fuimos a la Radio Atenas a hacer un llamado a donar sangre. Entró al estudio una patrulla encabezada por el teniente Villavicencio, compañero de aula también, con órdenes de impedir que se siguieran transmitiendo los llamados. No se podía divulgar la noticia de la masacre, ni siquiera pedir sangre.

Regresamos al hospital y en el portón encontramos una caravana de seis ambulancias del Hospital Militar que enviaba desde Managua el presidente Luis Somoza. Venían médicos de gabachas almidonadas, enfermeras de blanco impoluto. En la primera ambulancia, viajaba al lado del chofer el arzobispo González y Robleto. 

Una multitud de estudiantes, furiosos ante el cinismo de la dictadura, impedía a los médicos y enfermeras bajarse, y luego empezó el intento de empujar las ambulancias para voltearlas. No olvido la cara de terror del anciano arzobispo detrás del vidrio de la ventanilla. Tres años atrás había decretado funerales de "príncipe de la iglesia" para el viejo Somoza, fundador de la dinastía. 

El presidente de los estudiantes impuso la cordura. Al fin las ambulancias pudieron retroceder de regreso a Managua. A la medianoche, llevamos los cuatro ataúdes en procesión hacia el paraninfo de la universidad.

Cerca de la madrugada, Rolando Avendaño, estudiante de derecho, me propuso que hiciéramos un periódico dedicado a la masacre. Conseguimos unas viejas máquinas de escribir, y amanecimos trabajando en las notas. Se imprimió de manera clandestina en un taller tipográfico, y antes del mediodía circulaba con sus gruesos titulares en rojo.

Fueron cuatro muertos y más de 70 heridos aquella tarde. Hoy, tras más de dos meses de siega, la cuenta se acerca a 300 asesinados, cazados por francotiradores, ejecutados con un tiro en la nuca, tiroteados por paramilitares desde vehículos en marcha, quemados vivos dentro de sus hogares, aún niños de pecho. La inmensa mayoría son jóvenes, y hay al menos 25 menores de 17 años. Como nosotros entonces. Y los heridos llegan a 1.500.

Ayer es hoy, multiplicado.

 

[Publicado el 09/7/2018 a las 17:30]

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No volverá el pasado

Tras la caída de la dictadura de Anastasio Somoza, el último de su familia en tiranizar Nicaragua, José Coronel Urtecho escribió el poema "No volverá el pasado:

 

"Ya todo es de otro modo/Todo de otra manera/Ni siquiera lo que era es ya como era/Ya nada de lo que es será lo que era/Ya es otra cosa todo/ Es otra era/Es el comienzo de una nueva era/Es el principio de una nueva historia/La vieja historia se acabó, ya no puede volver/Esta, ya es otra historia..."

 

La historia de Nicaragua ha probado ser cíclica. No sabemos aún cuál será la salida de esta siega sangrienta, cuándo la lista de muertos de todos los días tendrá un punto final, cómo y de qué manera vendrá la democracia, cómo se hará justicia frente a los crímenes. Pero si de algo estamos seguros, es que no regresará el pasado. 

 

El pasado, tal como era, bajo la férula de un gobierno entre esotérico y populista, que pasó diez años ensayando la represión a dosis calculadas, ya no es posible. Desde que en abril murió el primer joven en las calles, el régimen inició su viaje hacia ese pasado de manera irreversible. La cifra de hoy se acerca a 250 víctimas mortales, y seguramente estará rebasada cuando estas líneas se publiquen, por lo que esa irreversibilidad será más absoluta. 

 

Mientras escribo, hoy día del padre, los policías y paramilitares que andan sueltos por las calles, encapuchados por igual, asesinaron de un balazo en la cabeza en el barrio Las América Uno en Managua, al niño de 15 meses Teyler Lorío, mientras sus padres lo llevaban hacia la casa de su abuela, donde solían dejarlo para irse a sus trabajos.


Como los dos niños quemados vivos junto con sus padres y familiares dentro de su casa en el barrio Carlos Marx hace tan poco. Es un poder en tiempo pasado que sigue matando desde el pasado. 

 

Es un poder incompatible con el presente, pero más incompatible aún con el futuro. Todos los crímenes, abusos, detenciones ilegales, torturas, fueron detallados en un informe presentado ante la OEA en Washington por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cada caso debidamente investigado y comprobado.
La respuesta del poder, a través de la voz del canciller Moncada, fue que todo es una conspiración orquestada para desprestigiar a la democracia plena de que disfrutamos. Una democracia encapuchada. 

 

En 1978, cuando el régimen de Somoza entraba también en el pasado, el canciller Quintana dijo en el mismo salón de la OEA un discurso que se parece mucho al del canciller Moncada: mentiras orquestadas para desprestigiar al gobierno constitucional y democrático del general de cinco estrellas.

 

En la misma sesión de la OEA, el secretario general Luis Almagro planteó un adelanto de las elecciones presidenciales para dentro de nueve meses, y el canciller Moncada no lo desmintió. Es lo mismo que ha puesto en su agenda la Conferencia Episcopal, que actúa como mediadora y testigo del Diálogo Nacional, y ahora los obispos le han demandado a Ortega que lo confirme por escrito. Aparentemente, los representantes diplomáticos de Estados Unidos que lo han visitado en Managua, le han planteado lo mismo. 

 

Pero la pregunta es si el muro de cadáveres que separa al poder de los ciudadanos, deja algún resquicio para esperar nueve meses, antes de lograr un cambio político a través de elecciones, sobre todo si ese muro sigue creciendo día a día de manera tan brutal.

 

El Diálogo Nacional es la única manera de evitar que se desate en Nicaragua una nueva guerra civil, la peor maldición que podría caer sobre nuestras cabezas. Hasta ahora, la lucha ha sido cívica, aunque sean los desarmados quienes están poniendo los muertos. Y es incuestionable la representatividad de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, empeñada también, igual que los obispos, en encontrar una salida sin más sangre. 

 

Pero Karina, la madre del bebé Teyler Lorío dice, desgarrada: "que se vaya ya, ya, ya. En estos nueve meses que quedan va a seguir matando, matando y matando".
Para que el diálogo pueda seguir adelante, esta violencia insensata tiene que ser parada en seco. ¿Continuarán los asesinatos diarios en presencia de los organismos internacionales de derechos humanos que están por llegar al país, la CIDH, la misión del Alto Comisionado de la ONU, la Unión Europea?


"La vieja historia se acabó, ya no puede volver. Esta, ya es otra historia...". Que lo entiendan quienes están sordos en las alturas.


[Publicado el 25/6/2018 a las 18:24]

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Cambia, todo cambia

Nicaragua es hoy un país distinto en muchos sentidos. Otro país. Quien lo vio antes del 18 de abril, cuando comenzaron las matanzas indiscriminadas de jóvenes, hoy no lo reconocería. Pero tampoco lo reconoce, menos de dos meses después, quien estuvo para esos primeros días infernales, cuando empezó la cuenta de los muertos que sigue en ascenso, hasta rebasar hoy el centenar.

Así me lo dice el periodista salvadoreño Carlos Dada, quien fue testigo de aquella primera rebelión desarmada reprimida salvajemente en las calles de Managua, y ha vuelto ahora, más de un mes después, y se aloja en el mismo hotel donde, si antes había alguno huéspedes, hoy él es el único, y la penumbra en la sala de estar ha crecido en medio de la soledad. 

Para finales de abril la Cid Gallup publicó una encuesta donde el 70 por ciento de la gente rechazaba la permanencia del matrimonio presidencial en el poder. Lo primero que la firma encuestadora reconocía es que ahora sí la gente se había expresado con libertad, diciendo lo que pensaba, sin miedo ni dobleces. Primer gran cambio a anotar.

Para entonces los asesinados eran 35; ahora que ya vamos llegando a los 140, ese 70 por ciento de repudio debe haber seguido creciendo, sobre todo después del fatídico 30 de mayo, cuando la gigantesca e inolvidable marcha en homenaje a las madres de los caídos, que congregó en Managua a cerca de medio millón de nicaragüenses, terminó en una despiadada masacre bajo el fuego de francotiradores apostados en las alturas del estadio nacional de béisbol Denis Martinez.

Denis, el pitcher latinoamericano de grandes ligas con el record de mayor número de juegos ganados, y dueño de la hazaña de haber lanzado un juego perfecto, protestó con firmeza porque el estadio que lleva su nombre fuera empleado para actos de violencia contra el pueblo que lo venera como un héroe nacional.

Luego, cuando las temibles camionetas Hilux de doble cabina, con sicarios cubiertos con pasamontañas que disparan sin piedad ni contemplaciones desde la tina, multiplicaron sus recorridos por las calles, y crecieron los asaltos y saqueos, la vida nocturna empezó a apagarse y los restaurantes y los bares a cerrar sus puertas. Hoy hay un toque de queda voluntario después de las seis de la tarde.

¿Cómo ha seguido cambiando el país? En los barrios de Managua, para impedir el paso de las funestas Hilux, la gente levanta barricadas de adoquines o cualquier material a mano. Y las carreteras están cortadas por más de 80 tranques que son el aviso de un verdadero paro nacional. Mientras en el diálogo nacional mediado por los obispos de la iglesia católica, ahora interrumpido, el gobierno no acepte negociar la democratización, que empieza por parar la violencia policial y de las fuerzas paramilitares, y adelantar para una fecha inmediata las elecciones, sin Ortega ni su esposa de candidatos, con un nuevo tribunal electoral y con garantías internacionales, el paro nacional va a seguirse consolidando, sin que nadie lo decrete.

Los tranques en las carreteras, que son la expresión más evidente de la protesta ciudadana, van paralizando al país. Los suministros básicos comienzan a escasear, hay regiones que se están quedando sin combustible, y miles de furgones de carga, que atraviesan Nicaragua para ir desde Guatemala a Panamá y viceversa, y a los distintos puertos marítimos, se han quedado entrampados en las carreteras. Las fronteras están cerradas. Y los tranques son un verdadero cerco alrededor de Managua.

Nada de esto era parte del panorama la primera vez que Carlos Dada llegó a Managua. Entonces, tampoco la ciudad de Masaya, cercana a la capital, era hoy lo que es: un bastión de la resistencia civil, trancada por todos sus costados con parapetos de compleja construcción. Él logró entrar, y anduvo por las calles, cortadas a trechos en cada barrio por laberintos de barricadas, y donde la autoridad real, porque ahora la autoridad moral es lo que más pesa, la tiene el sacerdote Edwin Román, párroco de la iglesia de San Miguel. Mientras tanto, la fuerzas policial se halla sitiada dentro de su cuartel, en el centro mismo de la población.

La ciudadanía desarmada controla ahora una ciudad entera donde la represión se ha enseñado no solo matando jóvenes, sino también incendiando, saqueando y asolando comercios de todo tamaño. El baluarte es el barrio indígena de Monimbó, como lo fue durante la insurrección que derrocó a Somoza. Un símbolo para todo el país, que dio paso a la consigna "¡Monimbó es Nicaragua!". Mujeres, viejos, ayudan a resguardar las barricadas, mientras combatientes curtidos de entonces, y sus hijos y nietos, las defienden con armas artesanales, principalmente morteros de pirotecnia, de los que se usan para alegrar las fiestas populares. 

Gente siempre industriosa, los masayas se declaran en fiesta desde que el calendario señala cada 30 de septiembre el día de su santo patrono, San Jerónimo doctor, teólogo convertido por el fervor popular en médico divino "que cura sin medicina". Y entonces, hasta diciembre, resuenan las marimbas y salen a las calles los agüizotes, el torovenado, que es todo un carnaval, las cuadrillas de danzantes. Todo el mundo se disfraza en Masaya. Y nunca deja de estallar la pólvora.

Ahora, tras las barricadas, en lugar de pasamontañas los combatientes, que no tienen en sus manos una sola pistola ni un solo rifle de cacería, utilizan los disfraces de los feriantes. Uno de ellos lleva una gran cabeza de león, y otros máscaras de conquistadores, de diablos. 

Una ciudad tapiada hacia afuera, pero donde la vida ciudadana se hacer con la normalidad que se puede. Un amigo me dice que sortea las barricadas para ir por el pan y los nacatamales del desayuno del domingo. Sólo hay que cuidarse de los francotiradores.

Lo único que no ha cambiado en Nicaragua es la esperanza por una vida nueva, y la fe en un país democrático, justo y libre.

 

[Publicado el 13/6/2018 a las 09:15]

[Etiquetas: Nicaragua]

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Los nietos de la revolución


Los muchachos que han salido a las calles a dar la cara por Nicaragua, nacieron en a partir de los años noventa, o en este mismo siglo, y por lo tanto la revolución que derrocó a Somoza es un hecho ignorado para muchos de ellos, o ha sido distorsionado por la propaganda oficial, lo que viene a ser lo mismo. 

Son los nietos de una revolución lejana o ausente en su memoria, pero la llevan de todas maneras en los genes, porque aquella se hizo también por razones morales, ante el hastío frente a una dictadura familiar que se creía dueña del país, y cuando se vio amenazada no vaciló en recurrir a la represión más cruel. Y al exterminio. 

La dictadura de Somoza marcó a los jóvenes como delincuentes, y la juventud se pagaba con la vida. Cada día aparecían cuerpos torturados y mutilados, o simplemente con un tiro en la cabeza, en la cuesta del Plomo, al occidente de Managua, una morgue a cielo abierto donde las madres iban en busca de sus hijos desaparecidos. Por eso, el lema que se corea hoy en las marchas, "¡No eran delincuentes, eran estudiantes"!, viene a resultar tan familiar, un eco que conecta al pasado de los abuelos con el presente de los nietos.

Todo ardor juvenil despierta la imaginación y llena las palabras de sentido, les da una dimensión que las vuelve verdaderas, y por verdaderas se convierten en parte de una cultura novedosa y fresca. Hablan entonces las paredes, los cartelones, y, hoy en día, habla también el humor desde los memes en las redes sociales. La improvisación ingeniosa se carga de legitimidad. Es un revés irreverente a la mentira.

"Nos quitaron tanto que nos quitaron hasta el miedo", se lee en una pancarta de papel de estraza. Y en otra: "Nunca había visto tantos valientes sin armas y tantos cobardes armados". Otro, pregona con mucha sabiduría: "Cuando se lee poco se dispara mucho". Una muchacha ha escrito con plumón en su barriga de embarazada: "Que se rinda tu madre, porque la mía no". Uno que está entre mis favoritos: "Disculpe las molestias, estamos cambiando el país para usted". Y este que tiene indudable peso histórico "Hay décadas donde nada ocurre, y hay semanas donde ocurren décadas".

Y también la insurrección cívica tiene su banda sonora, viejas canciones de los años setenta, en las que reviven las voces de los Quilapayún entonando con ritmo nostálgico "el pueblo, unido, jamás será vencido", y las que han compuesto los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, y muchos otros cantautores jóvenes.

La lejanía, ese vacío a través de las décadas, hace, no obstante, que los nietos desprecien, o rechacen, no pocos de los símbolos bajo los que pelearon los abuelos; y aquellos de esos abuelos que detentan hoy el poder, se han vuelto indeseables para sus descendientes. Ellos y los símbolos de los que se han apropiado. La propaganda oficial obra milagros malsanos, como ha sido el abuso a lo largo de la última década de la bandera rojinegra, que de herencia histórica pasó a ser incautada por una secta. 

Esa bandera, levantada por el general Sandino en las montañas de las Segovias en su gesta de seis años por la soberanía nacional, y cuyos colores identificaba en sus proclamas con los propósitos de su lucha, negro por el luto de la patria agredida, rojo por la sangre derramada, estuvo en las barricadas en la insurrección que dio fin al somocismo.

Y hay que advertir, porque es esencial, que entre una y otra lucha, la que culminó hace casi cuarenta años, en 1979, y la de ahora, hay una diferencia fundamental: los nietos pelean si armas de guerra. Son los que han puesto los muertos, en una resistencia cívica sin precedentes, y de esta manera, aunque con dolor y sufrimiento, y sacrificio, le abren al país la oportunidad de un cambio político: el paso de la dictadura a la democracia, sin que medie una guerra civil.

Esa bandera a la que vuelvo, fue expropiada y malversada de tal manera, que llegó a sustituir, a la fuerza, a la bandera nacional, y usada como elemento decorativo hasta la náusea, se ha multiplicado en tarimas de actos públicos, comparecencias oficiales, desfiles y concentraciones, igual que se multiplicaron los árboles de la vida, hasta convertirse en símbolos odiosos del poder.

No es extraño entonces que los nietos la adversen, y hasta le prendan fuego, ya que ignoran que se trata de una herencia de sus abuelos, a su vez recibida de un tatarabuelo lejano y difuso, y cuya figura también ha sido distorsionada, y la vean sólo como una impostura que el nuevo poder familiar ha colocado en lugar de la bandera del país, cuyos colores, azul y blanco, se multiplican en las marchas de protesta, en las fachadas de las casas, en las ventanillas de los vehículos, en pañoletas y cintillos de cabeza, en las mejillas de los jóvenes manifestantes.

La bandera nacional se ha convertido en un símbolo subversivo que se enarbola de manera espontánea, y masiva, y representa la unidad del país en la lucha por conquistar la democracia y las libertades públicas. El partido oficial ha corrido a rescatarla, pero de manera tardía, y fallida. En sus manos, todo resulta en imposición, y en falsificación.

No hay nada de nacionalismo mezquino en el despliegue de la bandera de Nicaragua. Es el símbolo de los nietos por recuperar a la nación, y detrás de esa oleada han seguido sus padres y no pocos de los abuelos, que se ponen también detrás de los pasos que abren el camino hacia el futuro, dichosamente, hasta ahora, un futuro sin apellidos ideológicos, lejos los partidos políticos de esta marea.

Un reclamo así, sin caudillos ni aprendices de caudillos, encabezado por jóvenes lúcidos y transparentes, dichosamente inexpertos en artimañas políticas, es lo que nos dará una nueva Nicaragua. Es la hora de los nietos.

 

[Publicado el 07/6/2018 a las 15:25]

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Por fin empieza el nuevo siglo

De todos los meses, abril es el más cruel, escribía el poeta T.S. Elliot. Lo hemos probado en Nicaragua. El 4 de abril de 1954, la dictadura de los Somoza persiguió, torturó y asesinó a un puñado de jóvenes, civiles y ex oficiales de la Guardia Nacional, que se habían rebelado contra la tiranía. Ernesto Cardenal lo relata con maestría en su poema Hora O. Fue cuando Anastasio Somoza Debayle, “Tachito” sometió a torturas él mismo a Adolfo Báez Bone, y este le escupió sangre en la guayabera impoluta, pues iba para una fiesta después de acabar su tarea en las mazmorras de la casa presidencial en la loma de Tiscapa.

Y ahora, en este otro abril cruel de 2018, la masacre sanguinaria contra los muchachos estudiantes desarmados, asesinados por la espalda en las calles, un número de víctimas aún incierto que sigue creciendo. Muchachos torturados también en las mazmorras, rapados como criminales. Y esos a quienes les arrancaron las uñas, según el testimonio entre lágrimas de monseñor Silvio José Báez.

 
Este ha sido un episodio crucial de nuestra historia, y con esta masacre, que quiso ser la respuesta brutal a un clamor de rebeldía, empieza de verdad el siglo veintiuno en Nicaragua. No empezó con el pacto entre Alemán y Ortega, ni con los fraudes electorales repetidos, ni con la corrupción propiciada por los petrodólares venezolanos, ni con el zancudismo potenciado, ni, menos, con la gran mentira del Canal Interoceánico amparado por ese otro pacto truculento contra la soberanía del tratado Ortega-Wang Jing.
 
Este comienzo de siglo es tardío, pero arrancamos con un estallido moral. La modorra de las conciencias, ese cuerpo anestesiado que ha sido el país por años, ha despertado por fin, gracias a una juventud valiente y limpia, que le ha puesto a Nicaragua su marca de país, que es la marca de la ética. En las calles, a pecho descubierto, sin armas, enfrentando la mentira oficial, estos muchachos le devolvieron a Nicaragua la decencia. Purificaron el aire contaminado.
 
¿Nadie lo vio venir cuando esas voces juveniles indignadas se alzaron contra la quema de la reserva de río Indio-río Maíz, un crimen consentido y amparado oficialmente, una tragedia tratada con desidia y desprecio? A esos muchachos, desde su conciencia ética, les importó la selva agredida porque era una agresión más contra el país.

A ellos les debemos despertar al nuevo siglo. Lo que no hicieron los sindicatos blancos, protestar contra las medidas neoliberales aplicada al sistema de seguridad social, lo hicieron ellos, que ni son asegurados. Volvieron por los demás, por los perjudicados, y la solidaridad es siempre un acto ético. Gracias a esa ética solidaria, a ese desprendimiento radical, al punto de ofrecer sus propias vidas, es que tenemos ya un nuevo siglo, con un nuevo país.

Porque si bien la tarea no está terminada, Nicaragua cambió para siempre. El silencio, la sumisión, el temor, se quedaron en el siglo pasado. No caben ya en este nuevo siglo que empieza tarde, pero que no tiene retroceso. La ética de estos muchachos nos libró del peor de los males de la conciencia, que es el miedo. No olvidaré un cartel escrito a mano, sostenido por uno de esos jóvenes ejemplares: “Nos han quitado tanto que nos quitaron hasta el miedo”. Las palabras, cuando son verdaderas, son poesía. La poesía de la verdad.
 
La ética es una práctica, no son sólo palabras. En el lugar donde había los ignominiosos árboles de fierro, las manos de uno de esos muchachos  arbolito verdadero. La vida de lo vivo, contra la muerte de lo muerto.

La gente devolvía a los supermercados y a las tiendas los productos robados por los vándalos oficiales, los detenía en la calle y les quitaba lo robado. ¿No es eso ética en acción, verdad en movimiento?
 
Al devolvernos la moral, nos han devuelto la vida. Con esta juventud sin mancha, volvemos a renacer. Con ellos nace el nuevo siglo.

[Publicado el 09/5/2018 a las 09:00]

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Nunca cerrar los ojos

Jamás antes la doble condición que siempre he defendido en mí mismo, la del escritor y el ciudadano, se hizo tan patente como el mediodía del 23 de abril cuando subí a la cátedra del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares para pronunciar mi discurso ritual tras recibir de manos del rey de España el Premio Cervantes.
 
Por varios días jóvenes estudiantes indefensos que protestaban en las calles de Managua y otras ciudades de Nicaragua habían sido agredidos por fuerzas policiales y de choque, y muchos habían resultado asesinados, en una cuenta que aún sigue creciendo, decenas de ellos apresados, y muchos desaparecidos.
 
Era una represión desaforada, que el mundo estaba conociendo de primera mano no sólo a través de las informaciones de prensa, sino de las imágenes que se multiplicaban en los videos filmados por los teléfonos celulares, estremecedoras, entre ellas la del periodista Angel Hernando Gahona, muerto de un balazo en la cabeza en Bluefields.
 
Del otro lado del Atlántico, lleno de estupor e impotencia, y también de admiración, veía como los jóvenes, desarmados, se multiplicaban en un levantamiento multitudinario que era ante todo ético. Le estaban devolviendo al país la moral perdida, o silenciada por el miedo, despertándolo de un sueño anestesiado.
 
Había preparado mi discurso con anticipación meditada, y entre los temas que iba a desarrollar estaba ese, el del escritor que es también ciudadano, y no debe callar. Qué incongruencia habría sido ignorar ese despertar moral, esa lección de civismo que los jóvenes nos estaban dando a todos, devolviendo a Nicaragua la esperanza de que la vida democrática, con libertades plenas, es posible; que es posible derrotar las mentiras oficiales
que prometen felicidad a la fuerza, administrada desde arriba.
 
Entonces, la noche antes escribí en la libreta de notas de mi teléfono una breve introducción a mi discurso, la imprimí, y la puse por delante de las hojas que ya tenía preparadas. Y al salir la mañana del lunes hacia Alcalá, me coloqué en la solapa el lazo negro que una muchacha emigrante de algún lugar de Nicaragua me había dado ese domingo cuando asistí con Gioconda Belli al acto de protesta en la Puerta del Sol.
 
“Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a  los miles de jóvenes que siguen luchando, sin más armas que sus ideales, porque Nicaragua vuelva a ser República”, empecé. Y supe entonces que todo lo que diría sobre mi escritura, tendría sentido.
 
Que narrar es un don que no brota sino de la necesidad de contar, esa necesidad apremiante sin la cual, quien se entrega a este oficio incomparable, no puede vivir en paz consigo mismo. Que desde el fondo de esa necesidad un novelista debe iluminar en su prosa todo aquello que yace en las profundas cavernas del sentido, acercar la antorcha a los rostros de los personajes ocultos en la oscuridad, revelar los entresijos cambiantes de la condición humana.
 
Que si bien escribo entre cuatro paredes, lo hago con las ventanas abiertas, porque como novelista no puedo ignorar las anormalidades constantes de la realidad en que vivo, tan desconcertantes y tornadizas, y no pocas veces tan trágicas pero siempre seductoras.
 
Que a ese paisaje iluminado y a la vez lleno de sombras, desolado y a la vez lleno de voces recurro, dominado por la curiosidad y el asombro, en busca de sus rincones ocultos y de los humildes personajes que lo pueblan, cada uno cargando a cuestas sus pequeñas historias, y que me seduce verlos caminar, sin ser advertidos, o sin advertirlo, hacia las fauces que los engullen, víctimas tantas veces del poder arbitrario que trastoca sus vidas, el poder demagógico que divide, separa, enfrenta, atropella. Ese poder que no lleva en su naturaleza ni la compasión ni la justicia y se impone por tanto con desmesura, cinismo y crueldad.
 
Que a través de los siglos la historia se ha escrito siempre en contra de alguien o a favor de alguien. Pero que la novela, en cambio, no toma partido, o si lo hace, arruina su cometido. Que el vasto campo de La Mancha es el reino de la libertad creadora. Que un escritor fiel a un credo oficial, a un sistema, a un pensamiento único, no puede participar de esa aventura diversa, contradictoria, cambiante, que es la novela. Porque una novela es una conspiración permanente contra las verdades absolutas.

Que la realidad nos abruma. Que los caudillos enlutados antes, caudillos como magos de feria hoy, disfrazados de libertadores, ofrecen remedio para todos los males, y se parecen tanto a los caudillos del narcotráfico vestidos como reyes de baraja. Que parte de esa realidad abrumadora es el exilio permanente de miles de centroamericanos hacia la frontera de Estados Unidos, impuesto por la marginación y la miseria, y el tren de la muerte que atraviesa México con su eterno silbido de Bestia herida, y que la violencia es la más funesta de nuestra deidades, adorada en los altares de la Santa Muerte. Que las fosas clandestinas se siguen abriendo, y los basureros siguen siendo convertidos en cementerios.
 
Que cerrar los ojos, apagar la luz, bajar la cortina, es traicionar el oficio. Que todo irá a desembocar tarde o temprano en el relato, todo entrará sin remedio en las aguas de la novela. Y lo que calla o mal escribe la historia, lo dirá la imaginación, dueña y señora de la libertad, “por la que se puede y debe aventurar la vida”, pues no hay nada que pueda y deba ser más libre que la escritura, en mengua de sí misma cuando paga tributos al poder el que, cuando no es democrático, sólo quiere fidelidades incondicionales. Que somos más bien testigos de cargo. Que nuestro oficio es levantar piedras, como decía José Saramago; y que si debajo lo que hallamos son monstruos, no es nuestra culpa.

[Publicado el 02/5/2018 a las 09:00]

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

Foto Copyright: Daniel Mordzinski 

 

 


Bibliografía

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