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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 13 de diciembre de 2017

 Blog de Eduardo Gil Bera

Ser la voz autorizada




La experta que duda de Goya para apropiarse del coto Goya, y los arqueólogos macedonios que estilizan las inscripciones e incisiones en la cerámica excavada en Methone para nacionalizar el pasado, tienen en común la pugna por ser la voz autorizada y poseer el monopolio de la definición. La experta emplea con frecuencia la palabra intuición. Ella intuye cuándo una pincelada no corresponde a su Goya idealizado. Los arqueólogos macedonios también intuyen la identidad de Macedonia en el siglo VIII a. C. Tanto la una como los otros mejoran el pasado, en rigor, lo fabrican conforme a su presente visionario y totalizante. En eso, aunque no llegan a la zafiedad cerril del arqueólogo vasco que fabrica inscripciones para hallarlas luego y demostrar que el mundo fue como él intuyó que era cuando iba a la ikastola, se parecen. Decía Reinach que, tras el excavador sin conciencia, el mayor enemigo de la arqueología es el falsificador. Estaba reservada a los vascos la gloria de reunir y jalear esas dos virtudes en un solo especimen.
 
Ahora, la experta no se ha cargado ningún objeto de manera irreparable, como sí han hecho los arqueólogos macedonios que emplearon un bulldozer en las catas previas, o el arqueólogo vasco que apañó una estratigrafía para mejorar el yacimiento. Pero sí que lleva a cabo una toma de poder que reforma el pasado, y arbitra graciosamente la privación o concesión a la comunidad de bienes como el “Coloso” o “Manolito”, siempre para mayor gloria de su “intuición” nunca bien ponderada.
 
En realidad los tres casos son una usurpación de poder. La experta quiere hacerse con el detentado por el Prado en lo relativo a la autorización de goyas, mientras los arqueólogos macedonios y el vasco quieren ser sumos sacerdotes y garantes autorizados del mito nacionalista.
 
O sea que hay un poder, como el Prado o la nación en construcción, que conlleva nichos vistosos y prensa adicta, y hay un simulacro cientifista que busca hacerse con el monopolio del minarete a base de intuiciones, estilizaciones y falsificaciones. Por ejemplo, el sensacional descubrimiento de las inscripciones inventadas para mayor delirio de la vasquidad fue aplaudido, premiado y soflamado por un grupo de comunicación nacionalista, como es natural. El falsificador suele tener a su favor a la gente de fe.
 
Cuando una sociedad está pastoreada por algo que le adula y al tiempo le inventa una preocupación, ese algo produce intuiciones, falsificaciones y expertos convencidos de lo que deben concluir. Por ejemplo, para satisfacer el deseo de eruditos, como Humboldt o Herder, de que se descubrieran y publicaran antiguos cantos vascos, entre los que suponían que habría alguno relativo a Roncesvalles, se "hallaron" y publicaron falsificaciones como el Canto de Altabiscar.  Por su parte, los arqueólogos macedonios de Methone firman un epílogo conjunto, al estilo de las editoriales de la prensa catalana, donde ratifican de su fe identitaria.




[Publicado el 30/1/2013 a las 08:57]

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Este poema de un desconocido


al dios Pan procede de las Carmina del Codex Turicensis 78 (que data del inolvidable siglo noveno) y se atribuye a Ovidio. Son los cuarenta y ocho vocativos del dios Pan.
Úsese con moderación.



Rustice lustrivage capripes cornute bimembris 
Cinyphie hirpigena pernix caudite petulce 
Saetiger indocilis agrestis barbare dure 
Semicaper villose fugax periure biformis 
Audax brute ferox pellite incondite mute
Silvicola instabilis saltator perdite mendax 
Lubrice ventrisonax inflator stridule anhele 
Hirte hirsute biceps fallax niger hispide sime 
Scabrens ariole spurce bruticle fatucle! 



¡Rústico, rondamalezas, patacabra, cornudo, bimembre,
del río Cinifio, engendro lobuno, veloz, tarugo, insolente,
cerdoso, indócil, inculto, bárbaro, rudo,
semicaprino, velludo, huidizo, mentiroso, biforme,
atrevido, irracional, impetuoso, empellejado, tosco, mudo,
silvícola, tornadizo, bailón, depravado, falso,
escurridizo, ventritonante, hinchante, rechinante, jadeante,
erizado, hirsuto, bicéfalo, impostor, negro, híspido, chato,
sarnoso, adivino, sucio, brutico, faunejo!

[Publicado el 19/1/2013 a las 15:28]

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Un aeroplano cargado de futuro

imagen descriptiva



Lo más llamativo del manifiesto futurista es su semejanza con la preceptiva talibán de santificación de la guerra, odio al monumento (en rigor, envidia al monumento) y desprecio de la mujer. Marinetti que propone rellenar los canales venecianos con los escombros de los palacios arrasados, y los islamistas que purifican cien años después el valle de los Budas o Tombuctú, configuran una repitición de la historia, primero como farsa, y luego como tragedia. 
 
Ahora, en su poquedumbre oligoliteraria, el futurismo fue una oda a los dos vehículos traedores de la velocidad al siglo. Primero, el automóvil, un Isotta Fraschini con el que Marinetti se metió en una zanja en las afueras de Milán. El Isotta Fraschini no solo era el automóvil más caro y exclusivo de 1908, sino que también acaba de batir un récord mundial de velocidad. Es notable que ninguna de las versiones del manifiesto futurista hable del dinero.
 
El segundo vehículo tenía que ser un aeroplano, y andaba Marinetti a ver cómo le haría la oda. Al principio de 1912, publicó la novela profética El aeroplano del papa, donde el artefacto se describía de manera más mitológica que otra cosa, aunque la acción era muy realista: decapita con las alas a varios millares de despreciables “mujeres del pueblo” que pretenden impedir la salida de los trenes repletos de mártires para el frente, engancha al papa con un garfio y lo lleva colgando al debate, donde anarquistas y socialistas exhortan a los trabajadores a “desobedecer a los asesinos”, pero el héroe del aeroplano convence al pueblo con su proclama “Sabed que hacer la guerra es como hacer huelga”, por fin arroja al papa sobre los austriacos como si fuera la bomba definitiva y gana la guerra. 
 
Como la naturaleza, y no digamos la gente, imita al arte, poco después, el 16 de octubre de 1912, tuvo lugar el primer bombardeo de una ciudad desde un aeroplano. Fue en Adrianópolis; tenían los búlgaros cercada la ciudad y los turcos no se rendían. Entonces amaneció el primer día soleado desde el inicio de la guerra, y un Albatros F-2 emprendió un vuelo de reconocimiento sobre Adrianópolis. Casi parecía que rozaba los minaretes, aunque estaba a cuatrocientos metros de altura y llevaba una velocidad vertiginosa de 70 km por hora. Los turcos aterrorizados huían del monstruo de madera, alambre y tela, ni siquiera se les ocurría pegarle un tiro, que habría podido bastar. Tripulaban el aeroplano dos pilotos, no se habían inventado las cabinas, ni los paracaídas, en los flancos se balanceaban dos cestas con paja que tenían dentro las bombas. Por fin las arrojaron aproximadamente sobre la estación del ferrocarril. Las bombas, por su parte, fallaron, pero el gran invento del bombardeo aéreo estaba lanzado. Y lo mejor fue que Marinetti se inspiró para componer su inefable Zang Tumd Tumb, que fue clave para la fama eterna del futurismo.
 
Cierto es que la falta de puntuación era una innovación más bien birriosa, porque la escritura se inventó y practicó sin puntuación durante milenios, pero el futurismo y sus hojas volanderas se habían convertido en una cuestión nacional. Marinetti pasó a ser en el poeta de corte de Mussolini y los revolucionarios de todo el mundo acudían a venerarlo a su villa de Capri. 
 

[Publicado el 15/1/2013 a las 07:33]

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Maltrato libresco



El fragmento procede del Filobiblión de Ricardo Aungervyle, obispo de Durham, que lo terminó de escribir en 1344. En el capítulo XVII, al tratar de la limpieza en la custodia de libros, describe un tremendo caso de maltrato de dichos seres:

Habrás visto algún joven cogotón (cervicosum) repantingado con desidia (segnitier residentem) sobre su mesa de estudio y cómo cuando en invierno aprieta el frío su nariz gotea (frigore comprimente distillat), pero antes de dignarse limpiarla con el moquero (emunctorio) macera el libro que tiene delante con su infecta rociadera (turpi rore). Y si al menos hubiera en su regazo un delantal de zapatero en lugar del códice (loco codicis). Pero es que tiene las uñas repletas de inmundicia fétida (fimo fetente) y negra como la pez (gagati similimum), con la que va subrayando pasajes.
 
No se priva de comer frutas y queso sobre el libro abierto (fructus et caseum super librum expansum) ni de trasegar sin cuidado una copa, y como no tiene limosnero (eleemosynarium), deja abandonadas en el libro las reliquias. No se cansa de charlar (garrulitate continua) con lo que pone a marinar el libro en su saliva asperjada (humectat aspergine salivarum). No tarda en cruzar los brazos sobre el códice, e invita el breve estudio a larga siesta (breve studium soporem invitat prolixum) y después para reparar las arrugas dobla los márgenes de los folios, con no poco daño del libro (ad libri non modicum detrimentum).
 
Si deja de llover y aparecen flores en nuestra tierra, este estudioso que describimos cebará su libro de violetas, prímulas, rosas y tréboles de cuatro hojas, y con manos húmedas y rezumantes de sudor (aquosas et scatentes sudore) sobará los volúmenes, y zurrará la badana blanca (candidam membranam impinget) con guantes cubiertos de suciedad universal, y pasará el índice forrado de cuero viejo por la página de línea en línea, y en cuanto le pique una pulga el libro sagrado será echado a un lado (ad pulicis mordentis aculeum sacer liber abicitur), y difícilmente  lo será por menos de un mes, hasta que se hinche con la suciedad incorporada y resista los intentos de cerrarlo (quod claudentis instantiae non obedit).

Los estudiosos debaten lo del bolso limosnero, si era para llevar comida de limosna o para llevársela de los banquetes.

[Publicado el 07/1/2013 a las 16:58]

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El efecto Atarrabio



por el que la fama póstuma de un escritor y legislador poderoso, al incidir con un ángulo cualquiera en un medio y período iletrado, si tiene la inercia suficiente para atravesarlo sin disolverse, sufre una refracción en la que desaparece su longitud de onda letrada, y sólo se percibe como fama de hazañas de inteligencia y sabiduría extraordinarias, con muerte apoteósica. Esta fama, cristalizada en masas opacas, de variada composición prometeica, demiúrgica y protoinventora, persiste sin erosión visible durante generaciones, siglos y milenios.
 
Debe su denominación al nome de plume del franciscano medieval Petrus de Atarrabia, quien usó esa firma, (entre otras, como Doctor Fundatus y Petrus de Navarra) conforme a la preceptiva de la orden que impone la mención del pueblo  como apellido. Este eclesiástico, que vivió de 1275 a 1347, fue un intelectual influyente y suma autoridad política del reino de Navarra en la primera mitad del siglo XIV.
 
Se formó en Pamplona y París como filósofo escotista. Saltó a la fama teológica en 1320, con sus Quaestiones Quodlibetales, donde distinguía entre la intuición y la abstracción. Sostuvo formidable polémica con su colega nominalista Petrus Aureoli, y debatieron la intuición de lo no existente. Fue ministro de la provincia franciscana de Aragón (que incluía Navarra, Cataluña, Valencia y Baleares) y embajador de los reyes y las Cortes de Navarra. Como legislador, introdujo en el Amejoramiento del Fuero Navarro 34 capítulos en favor del poder el rey frente a la nobleza. Y una vez muerto, este gran señor que había sido tan sonado y poderoso desapareció en el absoluto olvido histórico, teológico, político y literario. 
 
Poco después nació en los cuentos de la más baja extracción social el portentoso Atarrabio, mitológico ser aéreo que velaba por la humanidad, se ocupaba de que hiciera buen tiempo, y de que las pedregadas no cayeran donde podían hacer daño, era modelo de ciencia y de sabiduría, engañaba al diablo en una aventura totalmente odiseica, y subía al cielo con muerte apoteósica cuando tenía a Dios en la mano. Este rústico Atarrabio de los cuentos vivió más de seis siglos, hasta que en 1974 Pío Sagüés descubrió la firma Petri de Atarrabia sive Navarra en unos códices de Tortosa, y publicó algún millar de páginas de sus Quaestiones Qodlibetales. Se descubrió así el origen del mito Atarrabio: el que dictó leyes al rey y al reino, y escribió cosas incomprensibles en latín, se había inmortalizado en los cuentos de los siervos analfabetos.
 
Hay en la historia de Tales alguna semejanza con la de Atarrabio. En los dos casos se trata de un legislador y escritor que está en el poder, y pasa a la posteridad como mitológico autor de hazañas sapienciales, mientras se ignora su identidad histórica de hombre de letras y político. El Tales poeta, real e histórico, tiene que ver con el Tales transmitido por las anécdotas, tanto como Quevedo con los chistes de Quevedo. Pero hay una diferencia esencial, Tales se ocupó con la mayor atención de la fama, fue el tema de su vida. Y distinguió entre fama en vida y fama póstuma. Era el más sabio de su tiempo y de muchos otros, meditó mucho el asunto. La autoría confesa de la Odisea, siendo él un político y legislador famoso vinculado a una célebre tiranía, no convenía a la obra, que sería criticada ad hominem, mientras atribuida a un legendario Homero, y bien declamada por profesionales, tendría la recepción merecida de lo que ya es sagrado y excelente, además la salvaba para la posteridad de la mano de la obra que más admiraba.
 
Entonces quiso dejar constancia de su identidad y autoría, al menos, humano deseo, para después de sus felices días. Y se ve, en las pistas que va dando en el panfleto, que se arriesga e insinúa tanto que sin duda coqueteó con la idea de ser reconocido en vida, siquiera en la extrema vejez. 







[Publicado el 31/12/2012 a las 08:14]

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A favor de su nadería




Los sabios de la Ilustración más influyentes, como Montesquieu, Rousseau y Voltaire, así como los fisiócratas, que eran los antisistema en aquel siglo, creían que la población disminuía y el mundo se despoblaba, bien por flojera de la gente, o por travesura de las pestes, guerras y hambrunas. Los cálculos actuales, en cambio, establecen un aumento del 32% de la población francesa en el siglo XVIII. Y los demas países europeos aún crecieron más. España, el 38 %, Suecia, el 60 %, Rusia, el 80 %, e Irlanda, campeona, con el 110%. 
 
Esto tuvo una interesante consecuencia, al creer ser menos, la carga impositiva del antiguo régimen era relativamente menor, no por bondad ni liberalismo, sino por ignorancia, porque se calculaba conforme a un conocimiento inexacto de la cifra de contribuyentes. Este error generalizado produjo cierta prosperidad, involuntaria desde el punto de vista recaudatorio gubernamental, pero democrática y bastante bien repartida a lo largo de un siglo, hasta la aplicación de los censos modernos en el siglo XIX. Esa prosperidad difusa fue el remanente que luego sostuvo las revoluciones.
 
A lo largo del siglo XVIII aumentó la población europea, pero no creció la natalidad. La mayor subida estuvo en la esperanza de vida, por la extensión de reglas elementales de higiene y medidas de limpieza, y del maíz y la patata. La natalidad empezó más bien a menguar. La depravación se extendió de arriba abajo en la escala social: los condes y duques empiezan a tener menos hijos, esta conducta se contagia a las demás clases al cabo de una o dos generaciones, con lo que se impone un maltusianismo de familia numerosa, y todos recuerdan con nostalgia que fuimos más y somos menos y adónde iremos a parar. En ese momento, los mayores sabios en leyes, sociedad y literatura generalizaron su experiencia familiar burguesa para acreditar un error, creían que el mundo se despoblaba, y tenían una idea vaga y al mismo tiempo falsa de la población existente. Con todo, sus teorías han funcionado y se han reproducido, lo que habla a favor de su nadería.
 

[Publicado el 23/12/2012 a las 15:24]

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La mano del secretario

imagen descriptiva


Parece un escriba de la estirpe del ponikastas cretense, que aprendía el oficio de su padre y lo enseñaba a su hijo, y era miembro de una casta de alto rango en la polis. Este secretario Huerta fue prohijado por su tío, secretario y testamentario del deán Diego de Castilla, que lo transmitió por recomendación a Luis de Castilla y le dio una capellanía. Se licenció en derecho, defendió los derechos del cardenal Sandoval sobre el Adelantamiento de Cazorla y este lo nombró secretario del Supremo de la Inquisición. Luego Felipe IV lo nombró secretario de Su Majestad.
  
Entonces se le ocurrió al secretario Huerta, que firmaba así porque prefería su apellido materno, que iba a levantar una capilla y a labrarse un sepulcro en la iglesia de La Guardia, su pueblo toledano. Contrató como director artístico al napolitano Nardi, el segundo después de Velázquez en el campeonato de pintura sobre la expulsión de los moriscos. Y en la sacristía, entre otros cuadros, puso su retrato por Velázquez, que ahora ha reaparecido.
 
Notable es la mano del secretario Huerta. Esa mano que tanto y tan poderoso escribe y firma. Los dedos anquilosados en postura de sostener la pluma. Y sumidos en sombra. Velázquez ve el rasgo, y lo crea. 

[Publicado el 07/12/2012 a las 11:43]

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La crédula y el celoso



En una de las polémicas que salpimentaron la vida literaria del Cinquecento, los sabios Giraldi y Antímaco establecieron un récord ripioso. Todo fue que Giraldi, que en 1537 era joven y prometedor, compuso unos renglones encomiásticos con motivo de la coronación de Ercole II, duque Ferrara. Tuvo la idea de enviar sus hexámetros a un experto, para que los leyera y en su caso corrigiera. Y, en efecto, el profesor Marco Antonio Antímaco, que enseñaba griego en la universidad de Ferrara, procedió a la lectura, nunca lo hubiera hecho, del poemita. Qué disgusto, signore mío. El sabio Calcagnini, descubridor del movimiento terrestre, al mismo tiempo y seguramente en colaboración con Copérnico, era puesto por las nubes en aquel ditirambo rimado, lo cual era ya para poner nervioso a cualquier otro sabio en edad de merecer, pero lo terrible del caso era que el nombre de Antímaco no era recordado, ni poco ni mucho, en el poema. El corregidor planteó una enmienda a la totalidad, y devolvió el poema a su autor acompañado de un epigrama faltón. Giraldi no se dejó impresionar y respondió con otro epigrama tremendo. La guerra duró tres días durante los cuales los sabios enfurecidos se bombardearon con no menos de treinta epigramas incendiarios. Al cabo, los dos quedaron exhaustos y volvieron a sus sabias ocupaciones. Giraldi reunió los artefactos y sus carcasas en un manuscrito que, lo digo por si algún otro sabio quiere fisgar y tomar ejemplo, lleva el número 331 del Fondo Antonielli en la Biblioteca Ariostea de Ferrara.
 
Pero, aparte de esa polémica y de alguna otra, como aquella de 1549 donde riñó con su discípulo “optimo atque carissimo” Pigna, por cuál de los dos se había ocupado de teorizar por primera vez sobre las novelas, o sea, repare el alma dormida en que ya hace medio milenio que se debatía la quisicosa, Giraldi se hizo famoso por su obra en dos volúmenes Gli Ecatommiti (en griego Hekatommithi: “Cien novelas”, aunque de hecho son ciento trece distribuidas en diez jornadas, dicho sea sin ánimo polemizante, no nos vaya a caer algo). Esta obra fue muy leída —la primera versión española de Vozmediano data de 1590— e inspiró a grandes autores como Lope, Cervantes y Shakespeare.
 
Ahí es donde íbamos, porque en la séptima novela de la tercera jornada, a saber, Un capitano moro, se inspiró Shakespare para su Otelo. La novela de Giraldi polemiza, vaya por Dios, con los matrimonios mixtos, mestizos y mezclados, y aconseja a las damas, particularmente venecianas, que no se casen con moros, porque todo acaba muy mal: matan a la señora de horrorosa manera (a golpes de calcetín lleno de arena, una lapidación de andar por casa) y luego le hunden el cráneo con una viga para que parezca accidental. Y Giraldi advierte que se ha basado en un caso real. Ahora llegamos: la dama se llama Desdémona y el nombre ha sido interpretado con wiquipédica unanimidad como “desdichada”. Pero Giraldi sabía griego, con permiso del profesor Antímaco, y parece de toda evidencia que el nombre procede de deisidaimonia, de uso corriente al menos desde el siglo IV a. C., con el significado de “temor de los daimones”, término trasladado al latín usualmente como superstitio, si bien en el contexto moralizante de Un capitano moro probablemente significa “crédula”.

[Publicado el 01/12/2012 a las 09:04]

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Un premio comedido


Hace cien años, la Academia de la Lengua concedió el premio Fastenrath, que aquel año 1912 tocaba al género poesía. Se había presentado Antonio Machado, con su Campos de Castilla, y estaba muy esperanzado. Pero era catedrático de francés, y por lo tanto convicto de modernismo. También competía Juan Ramón Jiménez, con Melancolía, y este aún esperanzaba más, porque el mal databa ya de 1899, cuando apareció su poema “Las amantes del miserable” en la revista Vida Nueva, y el director Dionisio Pérez lo presentó así: “tiene la franqueza honrada de usar su legítimo apellido y empeñarse en que las gentes le conozcan, llamándose tan vulgarmente”. Pero lo peor es que también era convicto de modernismo. Como es natural, el modernismo ya no existía y estaba más pasado que la polka, pero vaya usted con esos cuentos a los de la docta casa.
 
La Academia premió a Manuel Sandoval, por su poemario De mi cercado, que con eso lo decía todo. Por si acaso, el informe académico razona y reza que el poemario fue premiado: “como no tocado ni en lo más mínimo por el pernicioso afán de extravagancias.”

[Publicado el 19/11/2012 a las 10:21]

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Un bonzo en la corte del emperador Augusto


En el último año del reinado de Augusto, se presentó en Roma una embajada enviada desde la India. La comitiva estaba originalmente formada por un séquito numeroso, del que solo sobrevivieron tres personas, a causa de la lejanía y las dificultades del camino. Portaban consigo una carta escrita en griego sobre una piel. El autor era el rey Porus, soberano a su vez de otros seiscientos reyes, lo que no le impedía apreciar sobremanera la amistad de Augusto, hasta el punto de permitirle y hasta invitarle al tránsito por su lejano país, a través de la región que quisiera, y de ofrecerle su ayuda y colaboración para cualquier empresa imperial.
 
Según narra Estrabón en su Geografía (XV, I, 73), los regalos traídos por la embajada fueron presentados en la corte por ocho sirvientes desnudos y perfumados, excepto una faja alrededor de sus cinturas. Los presentes consistían en un Hermes, o sea, un hombre que nació sin brazos, el cual asegura Estrabón haber visto personalmente, unas serpientes gigantescas, una de ellas de diez codos de larga, una tortuga de río de tres codos, y una perdiz enorme, más grande que un buitre.
Acompañaba a los dones uno de los supervivientes del largo viaje quien, para asombro de los distinguidos circunstantes, se quemó ante ellos hasta morir. Explica Estrabón que tal es el caso de las personas que buscan escapar de las calamidades de su existencia y también el de otras que, aún hallándose en circunstancias prósperas, deciden partir. Así fue el caso de aquel que se quemó para celebrar el trabajoso éxito de su travesía, no fuera a sucederle alguna desgracia a última hora por seguir viviendo, que nunca se sabe. Así que, desnudo excepto la faja en torno a la cintura, ungido y sonriente, se arrojó a la pira. Sobre su tumba, se puso esta inscripción: “Zarmanoquegas, un indio, natural de Bargosa, que se inmortalizó, según la costumbre de su país, yace aquí”.
 
Si nos fijamos en el supuesto nombre del quemado, vemos que se trata de una transcripción emparentada con “Samanaioi” la forma de la lengua indoaria pali que designa a los budistas y aparece por primera vez en Clemente de Alejandría, forma quizá tomada a su vez de Alejandro Polyhistor, quien floreció o al menos hizo lo que pudo entre el 80 y el 60 a. C.
 
Clemente, en efecto, habla en su Stromata (I, XV, 72) de ciertos filósofos “Sarmanai”, llamados “Hylobioi”, o sea, “eremitas del bosque”, que comen raíces, visten cortezas de árbol y beben agua en la mano. Los compara con los encratitas, que estuvieron en boga por entonces y condenaban el matrimonio y la procreación. También Estrabón menciona en otro pasaje de su Geografía (XV, I, 60) a los “Garmanas” (quizá errata por “Sarmanas”) de los cuales los más honorables son eremitas del bosque (“Hylobioi”) que subsisten de frutos silvestres, se visten con cortezas de árboles, e ignoran el vino y las delicias del amor. Los reyes les envían mensajeros para interrogarles sobre las causas y naturaleza de la cosas, y para suplicar a la divinidad.
 
No parece temerario conjeturar que el quemado ante Augusto y sus romanos era un budista, un bonzo que fue a lo suyo. Se puede decir que él mismo era un don, y que no murió por su propia gloria, sino por los otros, para dar noticia de las maravillas de su país, tenemos, oh Augusto, hombres nacidos sin brazos, serpientes, tortugas y perdices descomunales, y bonzos combustibles.





[Publicado el 07/11/2012 a las 07:41]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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