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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 12 de diciembre de 2018

 Blog de Eduardo Gil Bera

Qué país, Miquelarena

Un amigo ha tenido la amabilidad de hacerme llegar la primera reseña de ‘especialista’ que ha tenido mi libro Ninguno es mi nombre, se trata la escrita por Juan Piquero, figurante en el área de filología griega y lingüística indoeuropea de la Complutense, que ha aparecido en el nº 142 de la revista Estudios Clásicos.
 
He pensado que no debía contestar. Lo primero es que este reseñante no sabe leer griego, habilidad exótica y superflua en su profesión, pero que yo absurdamente me empeño en considerar necesaria, cuando uno se pone a juzgar si una inscripción se interpreta o no con propiedad. Y lo segundo, que su cultura en el ramo es de nivel Maribel. Pero mi amigo insiste en que siquiera le explique a él en qué se columpia el presunto especialista, y añade que debo vencer mi pereza para hacer saber mi posición a los aficionados de buena fe.
 
Seguramente tiene razón, de modo que voy a intentar replicar a las ignorancias de mayor bulto. 
 
Sostiene Piquero que parto de una manipulación del pasaje de Diógenes Laercio (1.38) que habla de “otro Tales muy antiguo”. Un verdadero especialista, o al menos un merecedor de la beca ministerial, sabría que Laercio se refiere en ese pasaje a Taletas (variante dórica de Tales, o sea, se trata de un caso semejante a que alguien llamado Juan se haga llamar Joan cuando emigra a Cataluña) de Gortina, legislador, músico y poeta nacido en dicha polis cretense poco antes de mediados del siglo VII a. C. Este Taletas es el mismo al que Aristóteles atribuye la introducción de la homosexualidad legislada, por medio de Licurgo, en Atenas, y el mismo del que habla Platón en República (X, 599-600). De hecho, alguien que sepa griego clásico notará que Platón y otros autores citan a Tales tanto en la variante dórica como en la jónica, lo cual constituye un indicio, quizá débil, pero sin duda llamativo, de que en realidad se trataba de un solo personaje. Que Taletas de Gortina y Tales de Mileto fueron la misma persona es, desde luego, una deducción mía que, como otras, se verá confirmada en el caso de haya vida inteligente entre los helenistas de las generaciones venideras. 
 
Mi propuesta de lectura del pasaje laerciano donde se habla de cómo Tales llegó a Mileto (22) es que donde dice “ekpesonti phoinikes” ("expulsado fenicio", que si bien se mira es un sinsentido) se contemple la hipótesis de trabajo de “ekpesonti phoinikistes” (depuesto de fenecista). Como se ve, propongo otra acepción, otro matiz, si se prefiere, del mismo verbo; en cambio, sugiero que hubo de tratarse de otro sustantivo, porque ya muchísimo antes de Diógenes Laercio, en la época de Heródoto, "phoinikistes" era un arcaísmo que nadie entendía y se había asimilado a "phoinikes". Me parece, quizá ingenuamente, que eso no ha de llamarse manipulación, sino sencillamente propuesta o hipótesis de trabajo.
 
Piquero ignora por completo que la cuestión del malentendido sobre phoinikistes (que significa fenicista, o sea, hacedor de signos fenicios, o sea, escriba y alto cargo legislativo, sagrado y profano en las poleis de la antigüedad) en la Anábasis fue observada hace tiempo, aunque he sido yo quien la ha resuelto. Me permito citar —¿para qué modestia in dürftiger Zeit?—  la felicitación que me ha hecho llegar el profesor Robert L. Fowler,  catedrático de griego del Department of Classics and Ancient History, School of Humanities, de la universidad de Bristol: Congratulations on your acumen by the way of getting the interpretation of Xen. Anab. 1.2.20 right. The meaning of phoinikistes there is recognised only in the 1996 Supplement to LSJ, and then only with 'perhaps'.
 
Que en la estatuilla de Opíleks pone Opíleks, dame paciencia oh diosa, no vale la pena discutirlo. Podría Piquero haber dicho que la fotografía es poco nítida —es la misma que publicó el equipo de arqueólogos que la desenterró en la acrópolis de Gortina, en los años 50 del pasado siglo— o alguna otra cosilla valerosa, pero es indudable que le irá mejor si no hace blasón de su ignorancia. Bueno, esto último no es indudable. 
 
Los interesados en este punto pueden ver el croquis de la estatuilla que hizo la muy meritoria estudiosa Lilian Hamilton Jeffery en esta página, que fue la que me puso sobre la pista de que los helenistas andaban ciertamente ayunos este punto capital.
 
¿Qué más? Me parece excesivo, incluso habida cuenta de la ignaridad satisfecha que ostenta el reseñante, tener que explicar que idesthai  se emplea como aoristo de orao. En todo caso, dirigiéndome ahora a verdaderos interesados, recomiendo leer la tesis de Valentina Garulli “Il Peri Poieton di Lobone di Argo. Eikasmos Studi 10. Bologna: Pàtron Editore 2004” donde se trata del epigrama dórico que yo atribuyo a Tales, para hacerse una idea de dónde estaba la posición de los auténticos estudiosos del asunto, y hasta qué punto mi propuesta resuelve la cuestión.
 
Naturalmente, mi libro contiene suposiciones y conclusiones más o menos problemáticas, pero creo que está claro para el lector inteligente, no importa que sea profano en griego y en cuestiones homéricas, que la autoría de la Odisea —que desde el punto de vista dialectológico se percibe como poema dórico jonificado— por Tales es algo que deberá tenerse seriamente en cuenta.
 
Ya me gustaría tener oponentes de más talla, pero es lo que hay, amigos.





[Publicado el 20/7/2013 a las 14:24]

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Sólo escapé yo para traerte la noticia

imagen descriptiva


Había una vez en el país de Us un hombre llamado Job, sencillo, cabal y temeroso de Dios. En la primavera de 1928, Joseph Roth decidió que ese inicio, padre y modelo de todos, sería el suyo y concibió su novela “Job”. Enseguida escribió a Félix Bertaux: “Trabajo en mi nueva novela. Será una sensación y me haré de un solo golpe rico y famoso”. Y fue verdad, salvo de lo rico, que ahora importa poco. Resolvió el principio, siempre tan importante, y dejó para luego el milagro. Hay en Job tanta riqueza que ha dado abasto a sus lectores durante milenios, y seguirá haciéndolo mientras siga la vida inteligente sobre esta tierra.
 
Hay un motivo que se repite hasta tres veces en el primer capítulo del libro de Job. Sólo escapé yo para traerte la noticia. Siempre me ha parecido que esa interpelación contiene toda la literatura posible. Sólo yo y una noticia para ti. ¿Qué más hace falta? Nada, salvo lápiz, papel y goma de borrar, como dijo aquel cazador acomplejado en todos los continentes por la ficción trágica y risible de si sería lo bastante macho.
 
Leo otra vez Pastoral iraquí, de Baltasar, y sigo sorprendido. Sabíamos del editor, del articulista y del comunicador, pero no esperábamos al novelista, y menos al de largo aliento. Y eso que la novela se la suponemos fatalmente y con escasa duda a todo humano letraherido que nada, corre y vuela, por no mencionar a los que están quietos, que llevan más de una y van a reincidir hasta el amanecer.
 
Ésta sucede durante una guerra reciente en la tierra antiquísima de Job y Gilgamés, y tanta ambición no puede ser casual. Contiene la peripecia de un hombre que aprende a rezar, y a llegar al corazón de las tinieblas, y a mentir al prójimo como a sí mismo, y la de muchos otros que se han perdido en una guerra narrada en un ambiente febril que recuerda en algún trazo sudoroso y sofocante al que habita en los grandes folletines de crímenes y castigos. Dijo el estoico Marco Aurelio que la vida es como guerra en país extranjero, y todos esos hombres han escapado solos para darnos la noticia.




[Publicado el 17/7/2013 a las 08:02]

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Aforística del infierno


Las últimas descripciones fogosas del infierno como inframundo físico se redactaron en el Barroco. Después, durante la Ilustración, el tópico dejó de interesar, hasta que los románticos redescubrieron que una definición del infierno siempre puede ser motivo de lucimiento. 

Para Victor Hugo “el infierno se encierra enteramente en esta palabra: soledad”.  Y también, “una caída sin fin en una noche sin fondo, eso es el infierno” y, una vez más, “el infierno es la ausencia eterna”.

Victor Considérant profetiza: “Nuestro régimen industrial es un verdadero infierno, realiza a escala inmensa las concepciones más crueles de los mitos de la antigüedad”.

Baudelaire advierte al hipócrita lector: “Cada día descendemos un paso hacia el infierno, sin horror, a través de tinieblas que hieden”. Y más: “Los abolicionistas de almas, lo son necesariamente del infierno; están, sin duda, interesados, o al menos son gente que teme revivir”.

Verlaine repite a alguien: “Ella no sabía que el infierno es la ausencia”.

Rimbaud, durante su estancia allá: “Me creo en el infierno, luego estoy en él”.

Sartre, famosamente: “Entonces, el infierno es esto. Nunca lo hubiera creído… vaya broma, no hace falta parrilla, el infierno son los demás”.

Blanchot: “Nunca he distinguido en la posteridad más gloriosa más que un infierno pretencioso donde los críticos, todos nosotros, tenemos traza de de bastante pobres diablos”.

El último ha sido Philippe Sollers, el gran hacedor de frases y sumo sacerdote de Gallimard que, con motivo de la publicación de la obra de Drieu la Rochelle en la “Pléiade”, ha decretado: “El infierno es la moral”.
 
Y yo me permito aventurar si, al cabo, el infierno no será más que insomnio.
 
En homenaje a Heráclito: el carácter del hombre es su infierno. 

[Publicado el 09/7/2013 a las 06:02]

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¿Qué se creen esos yanquis?



El domingo pasado distinguieron a Sloterdijk con el premio Ludwig Börne que reconoce anualmente al autor de expresión alemana que haya despachado el más notable trabajo en los campos del ensayo, la crítica y el reportaje. El jurado lo reconoció como el ensayista alemán más destacado desde Nietzsche a esta parte. No sé si fue la escasez del piropo, o que los americanos no le hacen caso, la cosa fue que en su sermón de agradecimiento el divo chorreó arrogancia y resentimiento antiamericano hasta enfadar a la parroquia. Habló de los atentados del 11-S con el rancio sonsonete de que fue una cosa pelín malvada pero hay que ver cómo se lo merecen, cuánto exageran y cuántisimas cosas mucho peores hacen los viles yanquis. Todas las frases relativas al ‘nine eleven’, como Sloterdijk lo llama, quizá para evitar expresiones como ataque terrorista o similar, llevaban su introducción concesiva, seguida de la correspondiente adversativa encabezando la perorata doctrinaria sobre el malvado americano.
 
Parece que Sloterdijk se ha enterado de la gran novedad wiquipédica de los hemisferios cerebrales, aquello del lado derecho que es afectivo y generalizador, mientras el izquierdo se conduce de manera analítica y distanciada, y ahora postula una “izquierda neurológica que ponga veto intelectual  al irreflexivo despliegue militar de los hemisféricos de derechas”.  Atacar a los talibanes o vigilar el flujo de datos privados no son consecuencias de decisiones racionales ni opciones políticas meditadas, sino reflejos preconscientes de colectivos desmadrados por manipulaciones mediáticas que convierten la pulga representada por un par de terroristas dudosos en el elefante de un auténtico enemigo.
 
En Estados Unidos, dice, se ha llegado a “una asimilación al enemigo, un enemigo que existe en realidad, pero que la imaginación seguradicta agiganta en una escala de uno a cien mil”. Por lo visto, se trata de una sociedad sado-masoquista que se excita con su propio dolor. La fórmula “guerra al terror” es puro marketing viral procedente del laboratorio del Pentágono y enferma los hemisferios cerebrales de quien la usa, como esas “poblaciones maltratadas con el miedo político” que consienten el “terrorismo de Estado”. Según cálculos sloterdijkianos, “el 99 % de todas las acciones terroristas en el siglo XX fueron a cuenta del terrorismo de Estado”. Lo que antes fue Goebbels, son ahora Bush y Obama. Lo que hacían los stukas sobre Ucrania, lo hacen los drones sobre Afganistán.
 
Sloterdjik habla de “motivos falsificados”, “obstinación antiislamista” y de “matones enemigos de la reflexión, drones que, como cráneos huecos no tripulados, hacen sus vuelos de reconocimiento sobre el espacio libre del pensamiento, y siguen en acción, y no cejan en su labor de envenenamiento rabioso”. Ahí endosó una indirecta contra los judíos. El envenenamiento de pozos de abastecimiento es uno de los más viejos tópicos antisemitas. Hay que tener en cuenta que el Börne que da nombre al premio era judío y que también lo es Henryk M. Broder, galardonado en 2007, que anunció la devolución del suyo, como protesta por la concesión a Sloterdijk y porque dijo no querer pertenecer a un círculo que admite en su seno a quienes ostentan comprensión con los terroristas y restan importancia a asesinatos masivos como el 11-S. El mismo Broder había devuelto, o más bien anunciado que se disponía a devolver el premio en 2010, protestando contra Alfred Grosser y su versión minimizadora de los pogromos. En consecuencia, el señor Gotthelf, de la fundación Börne, ha anunciado un cambio en el reglamento del premio que inhabilite al premiado para proclamar su devolución más de dos veces.
 
El filósofo ha seguido adulando al auditorio al segurar que su reflexión en el sentido de que “en el proceso de la democracia, uno es responsable también de sus enemigos”, traducible como “ustedes se lo buscaron, yanquis”, era demasiado complicada para explicarla in situ. En otros pasajes dejó caer su desprecio del proceso democrático que, a su parecer, consiste en excitar mediáticamente a la plebe soberana. En resumen, yo soy un filósofo, cosa que excede las entendederas de ustedes, y, por otra parte, los votantes son demasiado necios para votar como es debido.
 
Al final, propuso un tratamiento contra el estancamiento económico y la obsesión belicista neurotizada con su manía de la seguridad: una remodelación de las fronteras orientales americanas, el sacro imperio romano germánico, la unión trasatlántica, en fin, la sopa de ajo. Es de temer que el origen de todo esto sea que los malvados yanquis, lejos de incluir a Foucault, Derrida, Heidegger o Adorno (o Sloterdijk) en los programas de las facultades de filosofía, los menosprecian como “continental theory”, para distinguirlos de la filosofía analítica anglosajona, y claro, eso sí que es terrorismo y arrogancia.

[Publicado el 25/6/2013 a las 08:51]

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Qué pretendía Cervantes



No podía decir la mejor es Galatea, reconózcanlo pelados, porque lo tomarían por loco, entonces idea un loco que dice la mejor es Dulcinea y al que no lo confiese lo ensarto. No podía hacer una novela sobre un escritor que anhela triunfar en el género pastoril, mientras vive en un mundo poblado de autores pastorileros despechados por la falta de éxito y con los que se encararía para hacerles reconocer la superioridad de su Galatea. Entonces idea el hidalgo desquiciado por los libros de caballería.
 
Pero Sancho se descubre en su lapsus final, cuando le dice a don Quijote: “vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado”. Ahí se revela la pulsión original de la peripecia. No sólo estaban concertados, y hacían de don Quijote y Sancho, es que hacían de pastores que fingían ser caballero loco y escudero rústico, en una novela pastoril.
 
Por una ironía de su propio artefacto, Cervantes, que siempre quiso continuar la Galatea, que no triunfó, tuvo de continuar el Quijote, un éxito inesperado.
 
Al final, en la dedicatoria del Persiles, novela hiperpastoril a la que dedicó todos sus años posquijotescos, Cervantes reclama la gloria para la Galatea, y olvida el Quijote, que público y crítica dicen admirar. Son sus últimas líneas, su testamento literario, pero nadie, ni los contemporáneos, ni la posteridad, le hace caso.

[Publicado el 15/6/2013 a las 09:48]

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Desprecia cuanto ignora



La censura es una de las formas de automutilación más efectivas para preservar el raquitismo nacionalista, siempre necesitado de aislamiento hospitalario y cuidados intensivos. No ya la censura protectora y desinfectante de los gérmenes forasteros que nos roban, ocupan y maltratan, sino la dirigida a los propios hijos del país, esos ingratos que se empeñan en usar la lengua colonizadora, recuerde el alma dormida el caso de los escritores catalanes excluídos del aplec francfortiano por escribir en castellano. 
 
Un caso de censura nacionalista notable fue el de Jorge de Montemayor, músico, cantor, poeta y novelista portugués nacido en Montemor-o-Vehlo hacia 1520, y muerto en un duelo, en Turín, el 26 de febrero de 1561. Montemayor ha necesitado casi cinco siglos de  maceración en olvido para su ingreso en las letras portuguesas, cierto es que lo ha hecho en una traducción elegantísima de Nuno Júdice, editada por Teorema y subvencionada por el ayuntamiento de Montemor-o-Vehlo. Que la corporación municipal apoyara el regreso a la literatura portuguesa de uno de sus hijos más preclaros es también mérito del editor Carlos da Veiga, gran señor de las letras lusitanas.
 
Júdice da noticia de una edición portuguesa de Diana, impresa en el taller de Pedro Crasbeeck en Lisboa en 1624, donde se menciona una eventual prohibición en Portugal de la obra de Montemayor por haberla escrito en castellano, a la que él habría replicado que “no sería mucho que un hijo fuese ingrato con Portugal, pues Portugal lo había sido con tantos de sus hijos…” Yo creo que la prohibición es apócrifa, porque no se hizo en tales términos, pero verdadera, porque sucedió. 
 
En 1559, Montemayor tuvo noticia de la inclusión de su Segundo cancionero en el Index de libros prohibidos. Cinco años antes, Juan de Alcalá, poeta sevillano y delator de guardia, lo había denunciado a la Inquisición por un error teológico detectado en un verso. 
 
Antes de partir a Flandes, en busca de refugio y gloria, y luego a Italia, donde lo mató una mano airada, Montemayor quiso ver publicada su novela en España y confió el libro  a Juan Mey, quien lo imprimió en Valencia ese mismo año. Con el título Los siete libros de Diana, fue uno de los grandes éxitos de su tiempo —40 ediciones en el siglo XVI, y 17 en el XVII— y toque de diana en el despertar novelesco europeo. Shakespeare, Corneille y Cervantes, entre otros numerosos autores, pintores y músicos, se inspiraron en esta obra renovadora del  viejo género bucólico y pastoril que venía de Teócrito y Virgilio. Tradición europea a la que Portugal se cerró, por haberla traído un hijo suyo.
 
Entre las novedades que traía Diana, la primera era la insólita estrategia narradora donde cada pastor y pastora cuenta y canta, además de la suya, la historia de otro u otra, desencadenando un juego de espejos en el laberinto. Para hacerse una idea de la preceptiva confusión, Sireno y Silvano están apasionados por la bella Diana, que traicionó a ambos. Selvagia, reina del equívoco, se prenda de Alanio, primo de Ismenia, a quien ella amó antes, aunque luego acreditó ser el propio Alanio, que era clavado a su prima. Declama luego Felismena la guerrera cómo se disfraza de hombre para servir de paje a su amado Felis. En eso, llega Belisa, que narra sus confusiones al envolverse en dos amores, uno por el susodicho Arsenio y otro por su padre Arsileo,  y como la semejanza de los nombres agrava los equívocos, el padre mate al hijo porque no se aclara. Los prodigios de Felicia son que Sireno olvide el amor de Diana, y que Silvano y Selvagia se apasionen. Entonces Belisa decubre que Arsileo no mató a su hijo Arsenio, sino que fue un encantamiento de Alfeo, que la ama con delirio. Felismena, desde luego, salva la vida a Felis. Aunque la novela termina con tres bodas, Sireno y Diana no hallan solución a sus enrevesamientos, que el autor promete solventar en una continuación. Todo el mundo anda cantando de amores en la bella Lusitania, entre magia, ocultismo, escenas homoeróticas entre Selvagia, Ismenia, Belisa y las pastoras del lugar, y grandes dosis de neoplatonismo, con Palas Atenea como estrella invitada.
 
En España, Diana nunca estuvo en el Index de los prohibidos. En cambio, fue condenada en Roma y Portugal por platonizante y obscena. Creo que esta condena es el origen de la referencia a la eventual prohibición en Portugal de Montemayor mencionada en la edición de Crasbeeck de 1624. El deslizamiento del motivo condenatorio, que pasa de “platonizante y obscena”, a “haber escrito su obra en castellano”, es revelador de que hubo un resquemor nacional con su autor “extranjerizado”.
 
Pero es que el castellano forma parte de la literatura portuguesa, no ya porque en esa lengua se leyera y publicara en Lisboa —cuando Montemayor dejó Portugal, en 1543, como cantor de capilla de la infanta doña María que se casaba con Felipe II, se publicó una edición en Lisboa de las obras de Boscán y Garcilaso, sólo unos meses después de la princeps de Barcelona— sino aunque sólo fuera porque Montemayor tradujo a Ausías March al castellano, y así lo leyeron Camôes y toda la poetería ibérica.
 
Antes de la traducción de Júdice, Diana solo conoció en portugués una versión resumida para niños elaborada en 1924 por el poeta Afonso Lopes Vieira, quien explicó que se trataba de una obra "castelhana por fora mas portuguesíssima por dentro". Por fortuna, Nuno Júdice y Carlos da Veiga velaron para que no pasase ni un siglo más sin que Diana fuera devuelta íntegra y bellamente a la literatura portuguesa.

[Publicado el 08/6/2013 a las 07:19]

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El amor a la infancia, los historiadores y el poeta




Hay en el libro IX de los epigramas de Marcial un par de pasajes (5 y 8) que recuerdan un hito de la civilización. Hasta el reinado de Domiciano, era práctica lícita y habitual castrar a los bebés abandonados en la columna lactaria, o a los de madres solteras y pobres, para usarlos en la prostitución, si bien es cierto que igualmente podían dejarse sin castrar para el mismo empleo, y todo ello quedaba supeditado al criterio del dueño del prostíbulo, que a su vez miraba por las necesidades de oferta y demanda del negocio. La emasculación de bebés y niños, y en general la prostitución infantil se prohibió por decreto de Domiciano. 

Marcial ensalza al emperador: “Te dan las gracias las ciudades que ahora tendrán habitantes, porque parir ya no es delito”, y celebra que “gracias a ti, el pudor llegó hasta los lupanares”. Marcial no era recatado en materia de sexo, pero se le ve horrorizado al memorar la condición de aquellos infantiles destinos desmochados, esclavos nacidos de libres. 

De las atrocidades cometidas con menores, es impresionante la contada por Tácito (V, 9), donde dice que el verdugo de la hija de Seyano violó a la niña antes de estrangularla, para no incurrir en el inaudito precedente de haber ejecutado a una virgen de ocho años. Voltaire prefería  dudar de semejante violación, hereusement, dice, Tácito no asegura que tuviera lugar, sino que se lo dijeron. En cambio, la Enciclopedia refiere el caso con reverente admiración, bajo la entrada Défloration: “Los antiguos respetaban tanto a las vírgenes que no se les hacía morir sin haberles arrebatado antes su virginidad”. Pero, en el apartado de violaciones procesales de vírgenes, Suetonio (III, 61) trae un relato más creíble, cuando dice que una de las crueldades de Tiberio, al saber que según la tradición era impío (nefas) estrangular vírgenes —recordar el mito de Ifigenia—, fue ordenar que el verdugo les privara primero de tal condición. De Tiberio, dice Suetonio que ejercía las leyes atrocissime. O sea, no el espíritu, ni la letra, sino la mayor atrocidad.

No se sabe mucho de la calidad del gobierno de Domiciano. Por un lado, Tácito y Suetonio no dicen cosa buena de él; pero es que, en su relato de césares buenos y malos, a Domiciano le tocaba por fuerza ser malo. Marcial, en cambio, tuvo que escribir y publicar su obra bajo el mandato de Domiciano, y era impensable que dijera nada negativo del césar. Pero sólo la noticia que nos da sobre la prohibición de la prostitución infantil, basta para considerarlo uno de los pioneros en la marcha fantasmal hacia la dignificación del hombre por el hombre. 

Una observación estilística: ir y venir de la acumulación graforreica de aquéllos, los historiadores, a la severidad precisa de éste, el poeta, en busca de noticias contrastadas, deja una sensación que define con agudeza el propio Marcial, en el final del epigrama IX, 11, (que trata del poeta que no puede componer un poema porque se opone la obstinada primera sílaba):

los que cultivamos musas más severas
no nos permitimos tanta elocuencia



[Publicado el 28/5/2013 a las 07:52]

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Una teoría simplista de las lenguas



Los dos prejuicios más comunes en relación con la historia de las lenguas son la suposición de que el hombre primitivo empleaba un habla elemental, basada en gruñidos y monosílabos, y su hermana gemela, la convicción de que existió una lengua primigenia de la que derivan las demás. Un estudio publicado en la PNAS, abunda en la última, y asegura haberse remontado a la lengua practicada en Eurasia cuando templó la última glaciación, hace unos 15.000 años.
 
Suponen los autores del trabajo que las siete familias que la convención censa en la actualidad —altaica, kamchatkiana, dravidiana, inuit, indoeuropea, kartveliana y urálica— descienden de una superfamilia euroasiática a la que se han asomado mediante el cálculo de probabilidades. Establecida la probabilidad de un 50 % para el hecho de que una palabra sea reemplazada por otra sin afinidad al cabo de entre 2.000 y 4.000 años, pasan sin dificultad a la hipótesis de que algunas palabras son mucho más refractarias a la erosión, el préstamo y las demás circunstancias que las hacen desaparecer, y tendrían una vida media de entre 10.000 y 20.000 años. Esas palabras duraderas serían, entre otras, hombre, mano, madre, oír, dar,  correr, los números, los pronombres, y algunos adverbios, en total 23, a las que se llega por sucesivas eliminatorias en los 21 pares establecidos para las siete familias. Previamente, se hace un casting con 3.804 proto-palabras reconstruidas para los 188 x 7, o sea 1.316 posibles emparejamientos. Esos pasos de baile conducirían a la predicción de la palabras propensas a tener una ascendencia remota y situable en el imaginado protoeuroasiático.
 
Me he acordado del profesor Morvan que, hace veinte años, en un coloquio de lingüistas sobre “la lengua vasca entre las demás”, proponía un umbral de cinco mil años para datar el momento en que las lenguas del mundo empezaron a diferenciarse de manera creciente, mientras hasta entonces se habrían conducido con formalidad y sin perderse de vista entre ellas, de modo que se podía atisbar, si uno se fijaba y comparaba un poco, la dichosa lengua primigenia euroasiática que hermanaba a semitas, indoeuropeos, uraloaltaicos, vascos y vascas. 
 
Lo cierto y evidente es que todas las lenguas son complicadas, y tienen un pasado  plagado de complicaciones abandonadas y sustituidas por otras. Porque cuando un matiz deja de interesar, se convierte en una complicación y sus días están contados. Y, así como varias escrituras se inventaron prácticamente al mismo tiempo en sociedades distantes entre sí, y sin relación constatable entre ellas, con las lenguas sucedió lo mismo, pero a mayor escala. Nunca hubo una lengua primigenia, sino muchas coetáneas.
 
Por otra parte, lo de las palabras que duran diez o veinte mil años no pasa de ser una hipótesis de comodidad. Hubo un tiempo reciente en que los tuteos entraron en regresión —se puede ver en el inglés y el vasco, donde la segunda persona del plural adquirió competencia singular— así como ahora el “usted” parece a punto de ser mandado recoger. Los pronombres son tan poco duraderos como el resto. El vasco tuvo un ni - hi - di / yo - tú - él, del que ha desaparecido el último miembro, ahora solo visible como partícula de la conjugación. Y no se trata de una lengua especialmente antigua ni aislada, como suponen los autores del estudio, porque tendrá unos dos mil años, si se cuenta desde el momento en que los aquitanos, que ya habían adquirido un habla celtoide, pasaron el Pirineo y empezaron a latinizarse. Por ejemplo, la palabra vasca aita, con significado de ‘padre’, es un préstamo del latín (atta, procedente del vocabulario infantil con significado de ‘yayo’ o 'abuelito'), y si una palabra como ésa puede desaparecer tan fácilmente de una lengua tan conservadora como la vasca, y ser sustituída por otra no afín, no se ve por qué habíamos de creer en la durabilidad de decenas de miles de años para esas palabras enchufadas que propone este estudio.
 
Cuando ni siquiera podemos tener constancia de si hace cinco mil años se había formado ya el indoeuropeo que, hasta donde sabemos, se extendió en toda Eurasia en oleadas sucesivas sobre un mosaico de lenguas incontables y no censadas, ¿cómo creer en esa simpleza de la lengua euroasiática primigenia —y datable en una horquilla entre 14,45 y 15,61 miles de años, para más animación—, de donde vendrían todas, incluyendo las desaparecidas de las que no tenemos noticia? Ese tronco filogenético único, a base de palabras ultraconservadas y recalentadas, parece más bien un refrito numérico de alguna historieta bíblica.




[Publicado el 09/5/2013 a las 15:57]

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De Petrarca a la Chanson de Roland

 
La carta de Petrarca donde narra su ascenso al Mont-Ventoux se inicia con un cuidado doble sentido. La subida al monte y, a la vez, la vertiginosa caída en el interior del narrador, quedan esbozadas con la primera palabra del relato: altissimun, superlativo de altus, que en latín conlleva el significado de “alto” y “profundo”. Es una carta transida de doblez, que habla simultáneamente de ascenso y descenso, de pasado y presente, de mundo y alma.
 
Pero la divergencia entre las acepciones “alto” y “profundo”, sólo tiene lugar en italiano —también, claro, en español y otros romances— y demuestra, por si no lo supiéramos, que el autor no es un romano del siglo I, sino un toscano del XIV que ve y entiende el latín “desde afuera”, o sea, desde el toscano. Para Cicerón o Séneca, altus es… altus, y no tiene ningún doble sentido.
 
Es curiosa la deriva en las lenguas indoeuropeas del viejo radical al-que significa “alimentar”. En griego analtos significa “insaciable” y, en sánscrito, anala tenía el mismo significado y de ahí pasó a significar “fuego”, el insaciable por antonomasia. En latín, de (ignem) alere “cebar, echar al fuego” vino altare (altar, el lugar donde se alimenta el fuego sacrificial). En las lenguas germánicas, el radical alt, que en sí significaba “alimentado”, pasó a ser “crecido”, pero enseguida perdió el sentido espacial, para significar “de edad”, “que ya no es joven”, y finalmente “viejo”. El sajón lo incorporó como ald, que es el abuelo del actual inglés old. Por su parte, el vasco tomó directamente del latín alatur “alimentar”, el verbo alhatu, que significa lo mismo.
 
Aquí cerca, entre Francia y España, está Alduide, un topónimo que aparece a la vez vinculado a la altura y la profundidad (se dice macizo y montes de Alduide, en España, y también valle de Alduide, en Francia). El lingüista Lemoine propone un derivado vasco del latín altitudinem, que no va mal encaminado, pero no significaría altura, como cree, sino profundidad, abismo. Compárese con la traducción de Jerónimo del pasaje Apocalipsis 2, 24, τὰ βαθἐα τοῦ Σατανᾶ, altitudines Satanae, "los abismos de Satanás". 
 
En todo caso, la propuesta de Lemoine tiene pocas posibilidades frente a un más evidente *altum-bide —notemos que la toponimia arcaica vasca contiene adjetivos antepuestos, en este caso adjetivo y sustantivo son de origen latino, los mismos que dan por analogía Zaldumbide, que es otro altum+bide, "camino del barranco" reconvertido en "camino del caballero", que es más amable, y no por eso dejemos de notar el paralelo con el vecino *luza-bide “camino a lo largo”, nombre vernáculo de Valcarlos—. Ahora, *Altum-bide no significa “camino alto”, sino lo contrario, “camino en hondura, profundo, por el barranco”, lo que concuerda con la característica del paraje. Porque, en verdad, Alduide era una ruta pésima para retirarse de Pamplona hacia Francia por  un barranco hondo, desabrido y deshabitado, un desierto selvático, con gargantas y estrechos profundos y malos para pasar con impedimenta, pero buenos para saqueo y pillaje de gente que va en fila. Concuerda con la descripción que aparece en la crónica eginardiana de la expedición de Carlomagno, y es el paso pirenaico más cercano a Pamplona en línea recta. De donde se deduce que Alduide, y no Roncesvalles, es probablemente el lugar donde los vascos saquearon la retaguardia de Carlomagno, hecho que luego recreó la Chanson de Roland.





[Publicado el 01/5/2013 a las 09:00]

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El poeta y los demás

 
Mencionaba el otro día Luisa Etxenike el caso del escritor francés que se pone en camino para recorrer la misma ruta que Hölderlin, cuando el poeta partió a pie de Nürtingen, a finales de 1801, para llegar, a través de la nieve de Alsacia, Lyon y Auvernia, a Burdeos el 28 de enero de 1802. Creo que la comparación ilustra a la perfección nuestro vano destino. Somos el escritor francés que anda lo que dicen  que anduvo para ver si andando. Hölderlin, en cambio, no cuenta el arriesgado viaje  solo y a pie a través del invierno francés, ni habla de que vio el mar y navegó por primera vez uno de aquellos ciento cincuenta días bordeleses en que sucumbió a la esquizofrenia, nada de eso exhibe el poema que escribió entonces, que termina:
 
el mar quita y da memoria, 
y el amor flecha los ojos con empeño, 
pero lo que queda lo fundan los poetas.
 
Es la diferencia entre el poeta y los demás. Por eso Hölderlin es el poeta, y los demás andan a ver. Y también claro, se diferencia por aquello que hace sufrir a su alma:
 
preocupaciones así ha de sufrir en su alma, quiera o no,
muchas veces un cantor; pero los demás, no.

[Publicado el 28/4/2013 a las 09:55]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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