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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 17 de diciembre de 2017

 Blog de Eduardo Gil Bera

Manzanas traigo

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Aunque Proust no vivió para ver impresa la traducción al inglés de su À la recherche, sí tuvo el disgusto de verse mal traducido en los títulos, que sabe peor. La versión inglesa de À la recherche por Scott Moncrieff ha sido celebrada como la mejor traducción al inglés de cualquier obra extranjera de todos los tiempos. Hasta 1992, se tituló Remembrance of Things Past, que es el final del segundo verso del soneto 30 de Shakespeare. Cuando un traductor se enamora de una solución así, se empeñará a costa de todo. Y en efecto, À la recherche se tituló de esa manera en inglés durante casi todo el siglo XX, antes de pasar a ser In Search of Lost Time. El hemistiquio shakespeariano  será lindo pero, aún peor que no tradujera el título original, es que contradecía la idea proustiana de la memoria como investigación, y sugería un memorador pasivo, frente al indagador proustiano que redescubre, analiza, comprende y recrea su propia indagación. Era como si Salinas se hubiera prendado del manriqueño Recuerde el alma dormida y hubiera titulado con él su traducción de Proust, y su prestigio hubiera impuesto ese título en español durante casi un siglo. 
 
Proust, ya muy enfermo, se quejó a Gallimard porque el título shakespeariano  no sólo eliminaba la idea de tiempo perdido, sino que malograba su alusión al final de la obra como tiempo vuelto a ganar. También hizo saber su disgusto con la traducción de Du côté de chez Swann como Swann’s Way, que Proust interpretaba como a la manera de Swann, y recordó a Gallimard que Du côté de chez Swann y Le Côté de Guermantes se refieren en la novela a los dos paseos diferentes de Cambray. Gallimard contestó que su agente para América e Inglaterra había valorado el título Swann’s Way como “bastante bueno”, y así quedó.
 
Otro caso de traducción desafortunada y pertinaz es la de El corazón aventurero de Jünger en francés. En una de las piezas, el autor narra su estancia en un local del barrio de los ciegos, donde un joven hace de reclamo filosófico dando conversación a los clientes sobre el tema que ellos proponen. Como la ceguera del joven hace que tome posiciones extravagantes e inesperadas que, a su vez, provocan el sentimento de superioridad y la burla de los clientes, el narrador delibera dar con un tema que efectivamente sitúe a ambos en pie de igualdad, y propone “lo imprevisto”. El traductor francés  traslada  das Unvorhergesehene del original como l’invisible, y con ello hace polvo, no sólo el final, sino toda la ingeniosa pieza que, desde luego, no ha entendido. Esto prueba, de paso, que Jünger jamás leyó esta traducción, pese a datar de 1942 y haber sido renovada en 1969 y 1995. Aparte de traducir mal palabras cruciales, el traductor ignora alegremente párrafos y frases completas. Más que una traducción cabal, la versión francesa parece una serie de apuntes previos. Pero ahí está ella,  bien flamante en el escaparate gallimardiano.
 
Con todo, ni el título desafortunado ni la traducción nefasta han impedido que Proust fuera saludado como maestro por Scott Fitzgerald o Harold Bloom, ni que Jünger fuera tempranamente valorado en su singularidad por los lectores franceses. Es admirable y digno de meditación que sea mucho más fácil para los grandes autores ser engrandecidos por los buenos traductores, que arruinados por los malos. Cualquier intrahistoria de las traducciones de un clásico lo demostraría.
 
Ahí está Proust en 1891, con veinte años, en la pista de tenis del boulevard Bineau en Neuilly-sur-Seine, haciendo que tañe el laúd y da la serenata a su amada Jeanne Pouquet, subida a una silla. Más de veinte años después, en 1912, Proust le escribía sobre su proyecto literario, donde “verás amalgamado algo de aquella emoción que yo sentía cuando me preguntaba si estarías en el tenis”. Los aficionados recordarán que Jeanne Pouquet es la contrafigura de Gilberte Swann.







[Publicado el 27/11/2013 a las 10:02]

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Curioso Disraeli

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La literatura miscelánea, un clásico grecorromano y medieval, tuvo un repunte dorado en el siglo XVI, cuando Silva de varia lección, de Mejía, o Reloj de príncipes, de Guevara, fueron bestsellers europeos e inspiradores de   otras obras compilatorias como los Ensayos de Montaigne, cumbre del género, y el Jardín de flores curiosas, de Torquemada, éxito simultáneo en francés, inglés, alemán e italiano, que Cervantes denigró en el Quijote y luego saqueó en Persiles. El género compilatorio aún tuvo a lo largo de la Ilustración autores de prestigio decantado, como Bayle, autor del Diccionario histórico-crítico, Feijoo con su Teatro crítico, Chamfort, con sus Caracteres y anécdotas, y Disraeli, el curioso epígono de todos ellos, y no el menos influyente, porque lo leyeron todos los autores ingleses decimonónicos, y su huella es perceptible desde Carlyle a Chesterton, pasando por Byron y Scott. 
 
El poeta Luis María Marina ha sido quizá quien más ha reclamado la necesidad de traer a Disraeli al castellano y ha traducido, a su vez, diversos fragmentos de Curiosidades de la literatura. Ahora, por fin, hay que felicitarse porque Isaac Disraeli ha sido traducido y publicado en un hermoso volumen titulado Un lector inglés por la distinguida editorial chilena Ediciones UDP. El honor es del narrador y traductor Ariel Magnus, que ha llevado a cabo por primera vez la tarea de preparar un libro con una selección de ensayos disraelianos. 
 
A lo largo de cincuenta años, Disraeli fue engrosando la singular cornucopia de ensayos literarios que tituló Curiosidades de literatura, anécdotas, caracteres, croquis y observaciones literarias, críticas e históricas. La primera edición data de 1791 y contiene 279 ensayos. La última, un año después de la muerte de Disraeli, es de 1849, con 276 piezas. El número parece estable y engaña respecto a la gran flexibilidad en la selección y naturaleza de los temas; sí es indicativo, en cambio, observar que una cincuentena de ensayos de la primera edición ya no aparecieron en las siguientes. Las ediciones posteriores dependen de la publicada por su hijo Benjamin Disraeli en 1881, donde se hallan también las noticias biográficas más conocidas del autor.
 
Magnus ha preparado un volumen con cinco ensayos disraelianos, sobre Shakespeare, Tomás Moro, Bacon, Hobbes y Sterne, y tres curiosidades literarias. La selección da una idea del particular bosquete ajardinado que cultivó y urbanizó Disraeli. La mayor parte deriva de su conocimiento libresco, siendo él principalmente estudioso y bibliófilo, y, en efecto, su obra ha sido repetidamente descrita como “biblioteca en miniatura”, pero en la amplitud y variedad de sus temas no se limitó al mundo de sus libros, de otro modo, no habría tenido una popularidad tan dilatada en un período tan largo. 
 
Por otra parte, el trasfondo cultural de Disraeli, preclaro descendiente de sefardíes, alcanza también Toledo, Italia, Holanda y París, no menos que Londres. Su punto de vista siempre añade un matiz y una perspectiva inéditas —Moro el utópico también era bromista y tenía más ganas de quemar herejes que Tertuliano; Bacon creía tan poco en la viabilidad literaria de la lengua inglesa como Federico II en la alemana; Hobbes se recreaba en ignorar las convenciones matemáticas más elementales…— y más allá del placer y la novedad de cada ensayo, se bosqueja una panorámica de curioso encanto: para Disraeli, curiosidad significa tanto investigación caracterizada por su especial solicitud, como inquisitivo deseo de informacion.
 
El género compilatorio, que en su origen podría llamarse simposíaco por su apoyo en el diálogo, derivó hacia la rareza, la curiosidad y la literatura del yo como fondo motriz. En Disraeli son visibles todas las fases del género, de modo que en esta biblioteca, cuya llegada a las letras en español hay que celebrar, siempre hay algo curioso para cada cosa.

[Publicado el 18/11/2013 a las 10:33]

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Hojaldre


Hubo un tiempo en que la ciencia se transmitía en hexámetros dactílicos. Así expresaban sus pensamientos los presocráticos, los estoicos y hasta los cínicos. Era la manera de asegurar la portabilidad de su mensaje. El poeta Arato fue un estoico de primera generación, uno de aquellos chipriotas geniales que conquistaron Atenas y el mundo desde su escenario del pórtico pintado. Zenón lo envió a conquistar Macedonia armado con sus hexámetros dactílicos hacia el 280 a. C. En su primera incursión, compuso un himno a Pan con ocasión de las bodas entre el rey Antígono Gónatas, señalado estoico, y la reina Fila. Una vez conseguido el puesto de poeta de corte en Macedonia, Arato emprendió su gran obra, Phaenomena, “las cosas que se ven”, un poema de 1154 versos, que trata de todas las cosas visibles en el cielo. Es un tratado de astronomía para campesinos y navegantes, una lección de filosofía para estoicos, un manual para no perderse en el cielo estrellado, y la última hora de la ciencia sideral, pero sus apariencias no se agotan tan fácil y un ojo avezado enseguida empieza a percibir homenajes y reminiscencias homéricas y hesiódicas, y sutiles palabras entrecruzadas, anagramas y acrósticos de triple fondo, y una firma secreta y patente, el colmo del virtuosismo versificador, donde Arato se llama a sí mismo “inmencionado” y homenajea el pasaje de Ulises que se innombra ante el cíclope. El texto hojaldrado hasta lo incontable hace que podamos admirar el calendario zaragozano y la noche de Hölderlin en el mismo poema. ¡Y el censo de acrósticos, anagramas y reverberos sigue abierto!
Arato editó la Odisea y compuso otros poemas, pero nada le hizo tan famoso como sus Phaenomena, objeto de veneración para todos los autores romanos de la edad de oro. El profesor Gallego Real se doctoró en 2003 con una tesis excelente sobre el hipotexto hesiódico en los Phaenomena de Arato. Lástima que no se dedique a la investigación, estoy seguro de que aliviaría la sequía que, de Fernández-Galiano a esta parte, aflige al ramo. Sólo se me ocurre apuntarle un detalle: el carácter pseudooral que Arato imprime a Phaenomena es característico de toda la épica griega antigua: el sistema formular épico hace como si fuera oral. La épica griega pudo ser oral, es incluso probable que lo fuera in illo tempore; pero nada de cuanto conocemos de ella lo es.


[Publicado el 11/11/2013 a las 09:57]

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De pastores y rebaños


El dominio de la masa y el absolutismo del número no es algo moderno ni, por decirlo en términos insulsos, un peligro de la democracia. Es más bien algo sabido de siempre. En la épica griega ya se trata la cuestión del sufragio,  y aparece la falacia del mérito y el pasado oficial establecido por sufragio en la controversia entre Ayax y Ulises, donde se ve la bajeza de la plebe que, voto mediante, accede a la magia de decidir que la memoria sea lo que no fue pero les gustaría que fuera, porque un demagogo les ha adulado. La oposición a que se hagan censos por parte del dios de la Biblia encierra la misma advertencia y prevención contra referéndums. Yo mismo, sin ser dios, estoy con ese amigo baztandarra que escribe una carta al director en una revista local donde abomina de toda suerte de sondeos y preguntas de la superioridad, tanto si inquieren sobre los usos del polideportivo como sobre las fechas de las fiestas patronales,  porque son “alcahueterías”.
 
En origen, Volk, o sea pueblo en godo, significa “muchos”, y ya está dicho todo. Por su parte, populus, con su recua populachera de pueblo, people y demás, viene de un radical indoeuropeo pelh que significa dar impulso, por ejemplo, arrear un rebaño, o esgrimir una lanza. De hecho, populus (“pueblo”, en latín) y polemos (“guerra”, en griego), significan lo mismo al pie de la letra: “manada que empuña lanzas”. O sea, en la sapiencia indoeuropea, el rebaño pastando aún no es populus, pero el rebaño en marcha, sea en estampida o manso borregueo, para tirarse por el barranco o ser estabulado, ése ya es populus.
 
En fin, que todo el sentido común, desde que hay entendederas, está contra los referéndums por aquello que dijo Heráclito: uno vale por diez mil, si es el mejor,  o sea, si quieres reducir y conducir a diez mil como si fueran menos uno, pregúntales en referéndum. De ahí que Caja o Navarro sean aún más cortos que Mas, porque el sufragista demagogo desprecia a su plebe, en lo cual no se equivoca, por tramposo y cínico que sea, pero el asentidor sobrevenido la tiene por sensata, en lo cual se ve que es obtuso sin remedio.

[Publicado el 07/10/2013 a las 07:41]

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Vigencias



Se producen en este instante cientos de miles de nuevas entradas en medios de internet que se ven decepcionadas por el nulo caso que les hace la red. Para aplacar la frustración, vuelven a la carga. Y estando cada cual sumido en esa ocupación absorbente, no oye el ruido incontable del resto de público reticulado. 

Siempre sorprende Le devin du village, la ópera de Rousseau. Más que nada, porque siempre se olvida que fue mucho mejor músico que escritor.

Observación de un fraile de hace mil años. Escribía Bernardo de Claraval en ‘De Consideratione’
Ubi omnes sordent unius fetor minime sentitur
Donde todos están sucios, difícilmente se percibe el hedor de uno.
Valdría para muchas cosas, pero él se refería al barullo de jueces, procuradores y abogados que se pisan la toga, espectáculo de vigencia sempiterna.

Flaubert en una carta:
Ser estúpido, egoísta y tener buena salud, he ahí las tres condiciones requeridas para ser feliz. Pero si falta la primera, nada que hacer.

[Publicado el 25/9/2013 a las 21:47]

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Cuestión de libertad y cultura

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El otro día tuvo una reencarnación esperanzada el viejo brindis de catalanizar España y viva Cartagena. Hasta donde tengo apuntado, el primero que lo entonó fue Unamuno, en el artículo La crisis actual del patriotismo español, publicado en la revista “Nuestro Tiempo” de Madrid, en diciembre de 1905, justo un mes después del avance electoral de los concejales de la Lliga. Decía Unamuno:
Aquí entra el examinar lo que, tanto el catalanismo, como el bizkaitarrismo, tienen de censurable.
Lo malo de ellos es su caracter de egoísmo y de cobardía. En vez de ser defensivos debían hacerse ofensivos.
“España se hunde —me decía un catalán catalanista— y nosotros no queremos hundirnos con ella, y como no queremos hundirnos, hemos de vernos precisados a cortar la amarra.” Y le contesté: “No; el deber es tirar de ella y salvar a España, quiera o no ser salvada. El deber patriótico de los catalanes, como españoles, consiste en catalanizar a España, en imponer a los demás españoles su concepto y su sentimiento de la patria común y de lo que debe ser ésta; su deber consiste en luchar sin tregua ni descanso contra todo aquello que, siendo debido a la influencia de otra casta, impide, a su convicción, el que Españaentre de lleno en la vida de la civilización y la cultura.”
Entre Castilla y Cataluña ha habido un lamentabilísimo y vergonzoso pacto tácito. La primera ha sido tributaria económica de la segunda, a cambio de que ésta sea tributaria política de ella, y siempre que los Gobiernos radicantes en Castilla e influidos por el ambiente castellano, han cedido a las exigencias económicas de Cataluña, o más bien de Barcelona, los catalanes, distraídos en su negocio, no se han cuidado de imponer en otros órdenes de la vida su manera de sentir ésta. Han vendido su alma por un Arancel.
Cada hermano tiene el deber fraternal de imponerse a sus hermanos, y, cuando se siente superior a ellos, no debe decir: ‘¡ea! Yo no puedo vivir con vosotros y me voy de casa’, sino que debe decir: ‘¡se acabó! Aquí voy a mandar yo”, y tratar de imponer su autoridad, aunque por tratar de imponerla le echen de casa. Cada una de las castas que forman la nación española debe esforzarse porque predomine en ésta y le dé tono, carácter y dirección el espíritu específico que le anima, y sólo así, del esfuerzo de imposicion mutua, puede brotar la conciencia colectiva nacional.

Pero cuando, en mayo de 1906, fue Unamuno a Barcelona a brindar in situ por la catalanización española, no le debieron de hacer caso y volvió disgustado al yermo salmantino. A su fiel discípulo Zulueta le escribió mencionando la “jactancia insultante y provocativa” de los catalanes y le explicó: “Mi viaje a Barcelona ha contribuido a entristecerme. Me ha arrebatado una última ilusión. Hoy creo en Barcelona menos que en Madrid, y cada día que pasa, menos. Aquello no es serio. Y luego no toleran la contradicción, y al que no les dice lo que querían que se les dijese lo declaran memo o poco menos.”

El 19 de marzo de 1910, Baroja probó a lanzar el brindis en los discursos de un banquete-homenaje a Lerroux que se celebró en un tinglado del muelle, al lado de Sota Muralla. Baroja se presentó como embajador de los radicales madrileños, llegado en adhesión y pleitesía a Lerroux, su señor natural. Elogió Barcelona como urbe del porvenir y la voz de Cataluña como la más autorizada para guiar las esperanzas españolas, siempre y cuando no cantase ideales de exclusivismo ruin sino, como lo hizo en el tiempo de Prim y Pi y Margall, de expansión generosa. Era una paráfrasis mitinera de la idea redentora de catalanizar España que Unamuno expresó cuatro años antes. 
 
Después, Baroja se sintió retado por la las reseñas que hizo del acto la prensa catalanista, en especial por el artículo Demanda de Màrius Aguilar, que apareció el 23 de marzo, en "El Poble Català", donde se hacía alusión al artículo de Baroja El problema catalán. La influencia judía, publicado en "El Mundo" el 15 de noviembre de 1907, que culminaba:
El catalanismo es un problema de sentimiento más que un problema político. Tiene el carácter judaico que se encuentra actualmente en la política de casi todos los países por el triunfo de la raza israelita, que ha salido de todas las prenderías, traperías y casas de préstamos a conquistar el mundo. 
 
 Aguilar se refería a ese artículo al decir:
En Baroja, com no s'assembla a ningú literariament, també es distint en els seus atacs a Catalunya. No cerca una esquerda ont clavar la ploma, no garbella virtuts y defectes. Ens nega en bloc. Som jueus. No servim més que pera vegetar darrera els taulells, despatxant a la menuda. Si fem art o política o ciencia, són com els dels jueus un art, una política, una ciencia hàbils, molles, lucratives. En Baroja, agfant el mall preconisat per en Nietzsche, copeja sobre Catalunya y la troba buida. Un esperit així, puntxant, negre, negre mate, malabarista, d'un "je m'en fichisme" agresiu, pot trencar la nostra quietut espiritual, encara que no sigui m'es que durant una setmana. Ell, desde'l lloc de les definicions catalanistes, que'ns negui, que'ns maltracti, que'ns burxi en l'ànima. ¿Massoquisme intelectual, dieu? No, no, res d'artificialitats snobistes. En Baroja hi posaria verí en la seva paraula. Jo li demano que n'hi posi. Perqué estem mancats de passió, de verí. Y es el verí lo que fa marxar a la vida.
 
Baroja se negó a conferenciar en el Ateneo, conforme le invitaron el propio Aguilar y Oriol Martorell, porque creyó que allá le prepararían una encerrona, y escogió para su respuesta la Casa del Pueblo —"siendo yo radical, es más lógico que estas cuartillas se lean en la casa del partido, en la Casa del Pueblo"—, donde en efecto una semana después del mitin, el 25 de marzo de 1910, Baroja leyó sus Divagaciones acerca de Barcelona:

Yo dije que en Cataluña había espíritu judío, y es verdad, yo lo sigo creyendo; este espíritu judío está en muchos comerciantes ricos catalanes, está en muchos hombres que han empujado a España a una guerra imbécil en Melilla; está en los que, después de explotar a rincones desgraciados de nuestro país, han tenido la estupidez de desear que España desaparezca y de gritar muera España, como si se pudiera desear la muerte de un país noble y desgraciado […]
Yo veo aquí una porción de mentiras acumuladas con intenciones más o menos piadosas, acerca de Cataluña en sí misma, y de Cataluña con relación al resto de España.
Yo no veo aquí la acomodación espiritual entre lo que es Cataluña en sí y lo que es Cataluña representada por su docena y media de escritores y periodistas.
A mí, Cataluña me da una impresión de ser casi más española que las demás regiones españolas.
[…] Es muy posible que no haya problema y que todo el problema catalán sea como el problema español: una cuestión solamente de libertad y de cultura.

[Publicado el 22/9/2013 a las 19:06]

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Con sabios así, quién necesita necios



Un rasgo común de Riquer y García Calvo, los sabios recién finados, era su medular incomprensión de la poesía. Para ellos, se trataba de un arrumbe más o menos afortunado de sonsonetes. Carecían de la intuición oligoelemental de que la poesía es el arte del lenguaje elevado a su máxima ambición de satisfacer las necesidades morales e intelectuales: la palabra investida de todo su prestigio y armada de todo su poder para que la imaginación fecunde el pensamiento.
 
La poesía sólo existe desde que la humanidad dispuso de la escritura. Antes existía el canto, que en esencia es lo mismo, sí, pero no es igual. También existían el monumento funerario y la esencia del signo poético, pero la humanidad sin escritura no podía pasar de una satisfacción póetica alzheimeriana, que si nos ponemos radicales, es lo mismo, sí, pero no es igual. Era, a lo sumo, aquella imaginación tout à fait Anacreontique que Montaigne percibía en los cantos de los caníbales.
 
Sólo con la escritura pudo el poeta crear. Sólo con el cincel pudo el escultor hacerlo, porque las manos, sí, podían modelar esencialmente, ahora, ¿qué materia y con qué pretensión de transcendencia? Sólo con pigmentos duraderos y en paredes abrigadas pudo el pintor crear, porque con el dedo en la arena de la playa también se podía hacer, pero… Quien no entienda esto, está perfectamente preparado para creer en la poesía oral.
 
Los dos mencionados sabios, a quienes se suponía especialistas en letras, creían en la poesía oral. El primero negaba la esencia literaria al poema del Mío Cid, el segundo, a los poemas homéricos. Hagamos constar el agravante de que García Calvo pregonaba la buena nueva pretendiendo hacer creer a la parroquia que él había descubierto la tontería. No pasemos por alto la noble motivación gregaria. Nuestros sabios se inscribían en una moda. La esencia de poesía oral de los poemas homéricos es una superstición venerada en universidades selectas por gente verdaderamente culta y refinada. También hubo ingenios preclaros que creyeron en la Trinidad, dernier cri y tendencia rompedora en su momento, y le dedicaron renglones laboriosos, no por ello exentos de mérito.
 
La idealización al revés del poeta antiguo, al que se tiene por tosco, ingenuo e incapaz de las sutilezas del literato moderno, procede de la Ilustración, época efectivamente fecunda en muchas cosas, salvo en literatura, donde predominó el cartón piedra.
 
Hay una ironía suprema en el hecho de que, con las nobles miras de negar al poeta antiguo la capacidad literaria de fingir, ficcionar y arcaizar, los estudiosos caigan en la ingenuidad desaforada de suponer en los analfabetos prehistóricos cualidades sobrehumanas, de las que carecen los mayores genios conocidos de la humanidad. Si una manada sucesiva de analfabetos ambulantes creó la Ilíada a base de cantinelas improvisadas que andaban por ahí, sin duda se trató de mentes con inteligencia sobrehumana, debían de ser extraterrestres, porque dos mil años de escribir, reescribir y vuelta a corregir por parte de una incontable turbamulta de poetas, no han llegado ni de lejos a crear algo que barrunte una partícula de la calidad de ese poema que, según los sabios, no es poema, sino collage de ocurrencias.
 
Por lo mismo, se ha caído en el error opuesto: la aparición, a partir de la nada, del poeta que escribe. No hubo un primer poeta que escribió, del mismo modo que no hubo un primer hablante, ni una lengua primera. Martin West, hombre cabal por lo demás, viene a creer que el poeta de la Ilíada se puso a escribir así por las buenas, corcusiendo poemas orales que andaban por ahí revoloteando. El poeta de la Ilíada, con todo lo genial que era, no sólo está inscrito, nunca mejor dicho, en una tradición de poetas que escribieron antes de él, sino que los alude a las claras, recrea sus tramas, perfila sus personajes y redondea sus creaciones.
 
La ingenua creencia en que el poeta de la Ilíada hubo de ser el primero velis nolis lleva a West a situar a la Cipríada —un poema anterior a la Ilíada, como se evidencia de las dos pruebas disponibles para su datación: su sinopsis por el crestomatista Proclo y la multitud de alusiones iliádicas a su argumento— en un época posterior a la Ilíada y la Odisea. Que es como creer que el Carmen Campodictoris y otros panegíricos y cantares de gesta donde el Cid tenía un papel importante, fueron posteriores al poema de Mío Cid, cuando son parte esencial de su inspiración y no solo están claramente aludidos, sino que el poeta cidiano, a semejanza del iliádico, da por sabida y archiconocida la biografía de su héroe, y escoge la parte final de su vida, en un destacado paralelismo con la épica homérica y en especial con la propia Ilíada —que hubo de leer en la versión conocida como Ilias Latina—, iniciando su poema, como admiraba Horacio, justo in medias res, o sea, en medio del asunto y haciendo una estudiada elipsis. Quizá demasiado refinado para como está el patio.

[Publicado el 21/9/2013 a las 12:01]

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Por qué es tan importante esta botellita

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Porque una letra de su inscripción conlleva un giro copernicano en la lectura establecida de la épica griega.
 
Hay testimonios antiguos, como el de Dionisio de Halicarnaso y el del escoliasta de Dionisio Tracio, que refieren el hecho de que Helena se escribió con digamma inicial. Estudiosos modernos, cuyos nombres pasaremos piadosamente por alto, han ninguneado y menospreciado la valiosa observación por “tardía y literaria”. Como si pudiera haber algo más tardío y literario que un estudioso moderno. En todo caso, nos tranquiliza la severidad insobornable de los especialistas que sólo tendrían en cuenta un testimonio sobre la digamma, si procediese de un analfabeto lo bastante antiguo.
 
Otro indicio patente y saltón de que Helena se escribió y pronunció con digamma inicial se lee en el hexámetro 329 del canto III de la Ilíada. Ahí, la última sílaba de Alejandro antecede a Helena y, para que el hexámetro se escanda como es debido, presenta un alargamiento sólo explicable por el hecho de que el poeta cante el nombre de la divina con digamma inicial. Los especialistas modernos tampoco se han dejado impresionar por el dichoso poeta, unos porque lo tienen por inexistente, y otros por analfabeto, y los restantes porque dicen que un alargamiento ante la cesura es una vulgaridad indigna de su atención.
 
El sonido que representaba la digamma en griego correspondería aproximadamente a un híbrido entre la /w/ inglesa y la alemana, una suerte de /u/ consonántica, que para abreviar reproduciré como /v/.
 
El frasquito —en griego, aryballos— cuyo croquis se ve arriba es importante porque tiene inscrita la dedicatoria agradecida de un señor espartano llamado Deinis a la divina Helena. Memoremos aquí la relevante circunstancia de que, alrededor del 650-600 a. C., que es la datación del artefacto, la espartana era una sociedad que veneraba la guerra. 
 
En el original broncíneo, la inscripción no se lee con la claridad que se ve en ese dibujo debido a Anne Jeffery, que estudió la pieza bajo el microscopio y estableció su texto. Lo más importante es que dejó sentado que el nombre de Helena se escribió en efecto con digamma inicial. (Para aficionados: hay que empezar a leer desde la derecha y de arriba abajo "Deini…". La digamma está a la izquierda del círculo central, pegante y casi confundida con la épsilon que le sigue. Hay otra digamma en el cuello del aryballos, la segunda letra contando de arriba abajo.)
 
Ahora, ¿por qué es tan importante la prueba de convicción de la antigua presencia de esa letra en el nombre de Helena? Porque nos permite revestir a la diosa Helena, ahora Velena, con el atuendo que muestra cuantísimo se parece, como es natural, a sus primas hermanas, las diosas indoeuropeas de la guerra. En efecto, escrita Velena, es clavadita a Velinas y Vellaunos, diosas de la guerra en lituano y galo, respectivamente. Y el vivo retrato de su prima Dvelona, diosa de la guerra en latín arcaico, que luego, así como Velena pasó a ser Helena, derivó a Bellona. Por cierto esta diosa Dvelona es melliza de Dvelum, que en latín posterior fue Bellum ("guerra"). Y de Dvelum proceden “duelo”, “doler” y “dolor”, los viejos conocidos… Otra prima hermana de la griega Velena era la hitita Valis, también detentadora del importante cargo de diosa de la guerra, que muestra su semejanza y parentesco inconfundible con wæl (“matar”, en inglés arcaico) y vulnus ("herida", en latín). Y otra prima más era Varuna, diosa védica de la guerra. Ésta tiene su interés porque muestra la conocida deriva fonética de /l/ a /r/, o sea, de lateral sonora a vibrante también sonora, que se evidencia en Wærra ("guerra" en gótico arcaico) de donde proceden el inglés war, el castellano guerra, y el francés guerre. No olvidemos el alemán Weh ("dolor"), el inglés woe, y el latín vae (sí, el de vae victis!) miembros señalados de la saga.
 
Total, que la digamma inicial permite concluir de manera incontestable que Helena era la diosa de la guerra en la épica griega. Y así, no sólo podemos entender como pasaje irónico de suma genialidad aquél de la Ilíada, canto III,  125 y ss., donde Helena “Tejía un esplendente y purpúreo paño doble, y estampaba en él las incontables batallas que los troyanos domadores de caballos y los aqueos de corazas broncíneas padecían por su causa”, sino que además la diosa de la guerra aparece como la diosa de la épica y del oficio de escribir, porque componer poesía es tejer estampados de palabras. Recordemos aquí la antiquísima evidencia: texto significa tejido, metáfora que data como mínimo de la Ilíada.
 
Así que, cuando Helena teje el tapiz que es la guerra, compone en un arte que simboliza la épica escrita, y crea una pieza cuya dimensión desborda la Ilíada e incluye al poeta (tejedor oculto) y a ti lector, para cuyo recreo se teje el tapiz.  Y ahora es cuando mejor se ve que Helena, diosa de la guerra, tiene conciencia de ser, a la vez, eterna diosa del canto y la poesía: “seremos cantibili para los hombres venideros”, le dice a Héctor poco después, en la misma Ilíada, VI, 358.
 
Por eso es tan importante el frasquito broncíneo, porque tiene una inscripción probatoria de que en la épica griega antigua, la diosa de la guerra y la del canto son la misma diosa: la divina Helena. Alegoría admirable e irónica que lleva veintiséis siglos sin ser entendida. Un respeto a los poetas.
 
P. D.  
Todo se ha perfeccionado de Homero a esta parte, salvo la poesía.
Leopardi 

[Publicado el 12/9/2013 a las 19:34]

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Siria sitiada por dentro y por fuera

 

 

Ayer traía el Frankfurter Zeitung una entrevista al poeta sirio Adonis, que tiene un nombre la mar de mesopotámico y vive en París, como es natural. Se expresa este hombre de 83 años con claridad poco frecuente en su oficio sobre el follón arábigo, y era muy crítico con todo el mundo. Ya cuando empezó el bombardeo bondadoso de la primavera árabe dijo que él no podía participar en una revolución que se inicia en una mezquita porque, ya de entrada, eso no tiene nada que ver con libertad y democracia. Toda sociedad que se basa en legislación religiosa es una dictadura, asevera. Y es  incluso peor que una dictadura militar, que aspira acontrolar las cabezas e ideas políticas, mientras las bondades islámicas quieren gobernar además el corazón, el alma y el cuerpo de todos.

 

Adonis está persuadido de que hoy por hoy la sociedad árabe no es compatible con el laicismo y sostiene que los árabes llevan mil quinientos años sin salir del círculo vicioso de aspirar al poder sin dar un paso que impulse cambios sociales en dirección al progreso.

 

Respecto a los revolucionarios sirios, los considera apoyados por Estados que no tienen ningún interés en terminar con la violencia en Siria, y que pretenden debilitar el país. En concreto, cree que Arabia Saudita, Qatar y Turquía aspiran, con la excusa de un islam moderado, al sometimiento de todos los países, desde Marruecos hasta Paquistán, a un suprapoder sunita. Y está persuadido de que una intervención militar en Siria hará caer al país en manos de los yihadistas.

 

Aparte de la clarividencia política de este poeta, la verdad es que la proclama de hipocrituelos mediocres como Obama y Cameron de castigar al régimen sirio por matar con artes prohibidas, como si se tratara de una multa del guarderío de caza y pesca, no sugiere nada parecido a la existencia de un Occidente democrático con ideas ni decisiones claras.

[Publicado el 30/8/2013 a las 10:24]

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Patria ingrata

 

El primer exigidor de una plaza de funcionario conforme a su perfil de sabio fue probablemente Heródoto, que leyó su Historia en el estadio olímpico, durante la celebración de los juegos, una especie de Cordobés espontáneo de la letra vulneraria asaltando los oídos curiosos de los atenienses y exigiendo pasta gansa. Y tuvo éxito, porque le adjudicaron una porción dracmática de los fondos de la ciudad.

 

Sólo tengo noticia de dos casos españoles de creación de cátedra ad sapientem, que quizá fuera el desiderátum de la universidad, que lo digan los entendidos, si bien cualquiera entiende —lo de ‘cualquiera’ es una exageración cortés y anticuada en estos tiempos de demagogia reticulada— ha de ser rarísimo.

 

Uno fue Ruiz-Giménez, que cuando fue ministro de Educación promovió la cátedra de sumerio en la Universidad Central de Madrid a medida de Juan Errandonea, al que conoció en Roma, cuando era embajador ante la Santa Sede, y vio que aquel receptáculo de conocimientos mesopotámicos iba a suceder por las buenas y sin papeleo al asiriólogo alemán Deimel en su cátedra romana. Errandonea solía tener luego en Madrid entre dos y cinco alumnos, por cierto, todos americanos y no sé si algún filipino. Y otro fue Tovar, que promovió la cátedra de indoeuropeo en Salamanca a medida de Luis Michelena, que se hizo a sí mismo estudiando en el talego. Los aficionados quizá memoren el ejemplo extranjero y extemporáneo de Nietzsche al que regalaron la cátedra de griego en Basilea, sin haberse doctorado ni nada, todo porque era Nietzsche.

 

Retumban ahora brindis al sol, oh patria ingrata no poseerás mis huesos, de pretensos decepcionados por la falta de cátedra mía a mi medida en mi barrio no se traumen mis vástagos. Es intolerable que una universidad guardería tarde tanto en proveer de tierna plaza quinqueniada a sus criaturas.

[Publicado el 22/8/2013 a las 09:57]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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