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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 13 de diciembre de 2017

 Blog de Eduardo Gil Bera

¿Cuándo empezó la ilustración?



Hoy pincelaba rojos rubenianos la mañana, cuando he caído como el gavilán sobre el pasaje de la vida de César (IX, 3), donde Plutarco habla de la diosa que los griegos dicen ser “la innombrable (ten arreton) entre las madres de Dioniso, por eso hay a su lado una serpiente sagrada”. ¡Una diosa innombrable y una serpiente sagrada!
 
Hace tiempo, sin tener noticia de ese pasaje de Plutarco, deduje por medios filológicos y arqueológicos que hubo entre los griegos una diosa  de nombre indecible que estaba vinculada a la serpiente, y que su nombre tabú, Opíleks, fue escrito y publicado en la base de una estatuilla en Creta, hacia el 624 a. C.
 
Como ahora sé que tengo un poco más de razón, me permito asegurar que, si convenimos con Kant que ilustración es “atrévete a saber”, hace veintisiete siglos tuvo lugar la transgresión fundacional de la ilustración, y ese acto de audacia suprema fue la escritura y publicación del nombre prohibido de la diosa.

[Publicado el 13/11/2014 a las 07:23]

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El pensamiento lineal

 
Uno de los timos más longevos de la historia de las ocurrencias venerandas es a leyenda piadosa de los filósofos presocráticos. Ninguno de esos hombres fabulosos fue filósofo, en el sentido que el término adquirió después de Aristóteles, no tuvieron relación entre sí, no cultivaron el mismo género, ni fueron contemporáneos. No son más que los autores generalmente supuestos de fragmentos textuales de todo pelaje, muchos de ellos poéticos, que no tienen en común más que la descontextualización. Se les llamó presocráticos a finales del siglo XVIII. Antes, se hablaba de sectas. Tiedemann, devoto creyente en el progreso y el pensamiento lineal, marcó la tendencia en 1791 con su “Espíritu de la filosofía especulativa de Tales a Sócrates”. Vinieron luego Hegel, Schelling, Schleiermacher y otros arqueólogos espirituales que fabularon la vida y milagros de la correcta filosofía como la de un ser vivo de generación espontánea, sin parentesco alguno con las puerilidades orientales, pero componente esencial del pensamiento ario.
 
En el mito del pensamiento lineal, los presocráticos  constituyen la época infantil de nuestra sapiencia, porque balbucean nuestra verdad, aunque en aquel momento los pobres no lo supieran. Y es que la verdad acaba irremisiblemente por ser descubierta y correctamente enunciada en los manuales, es cuestión de tiempo.
 
“El más sabio es el tiempo porque lo descubre todo”, es una máxima atribuida a Tales, al que también se achaca capitanear la procesión fantasmal de los presocráticos. Pero eso del tiempo sabio no es más que un tópico, igual o mayor fundamento tendría decir que el tiempo es el mayor enemigo del saber, porque lo oculta todo, cosa mucho más cierta a la larga, un buen ejemplo es el propio Tales.
 
Los retóricos antiguos hacían catálogos de tópicos con instrucciones para su tratamiento. No como Flaubert, que era un moderno ingenuo, y hacía recopilaciones de lugares comunes para denunciarlos y echarlos de la literatura, ¡pero hombre, si la literatura y la vida es puro lugar común! Ignorar esa práctica de los retóricos antiguos ha producido equivocaciones en los  piadosos hegelianos creyentes en el pensamiento lineal con su avance imparable y sus hitos kilométricos. Por ejemplo cuando Longino se pregunta  por la decadencia moderna y la cruel falta de genios que muestra el paisaje, los especialistas en datación dicen, toma Tomás, aquí tenemos un indicio gordo, esa pregunta es típica de la edad de plata. No queridos, eso es un lugar común, ahora mismo nos preguntamos lo mismo aunque no lo hayáis notado. Longino da su importancia a los lugares comunes y su tratamiento, y ahí no hace más que tomar uno y enseñar cómo se lidia.
 
Esto del tiempo y si será sabio o más bien lo otro, recuerda al chiste de aquella escultora que grabó en un mármol “Veritas temporas filia” con la pretension piadosa de proclamar ‘la verdad es hija del tiempo’ y pensando que tiempo en latín sería femenino, como en alemán, y cuando le avisaron que el genitivo de ‘tempus’ tenía que ser ‘temporis’, replicó que ella no se dejaba condicionar por la gramática machista. 

[Publicado el 19/9/2014 a las 08:50]

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Vallcorba



Quería hacer un cuadernito con De lo sublime de Longino, ¿te apetecería? ¿podrías hacerlo pronto? me escribió. Sólo él podía hacer un encargo así y sólo yo, perdonadme, que dijo el poeta, podía aceptarlo. Como vi que tenía prisa, le dije que lo tendría listo en mes y medio. Enseguida empecé, y vi que me había metido en un lío. No he traducido nunca nada tan difícil. Miraba y remiraba el original, soñaba con él, me parecía un bloque impenetrable, se resistía el jodido, me llevaba frases al monte a ver si se descuidaban y me enseñaban el viso, o las pillaba en un descuido y cedían por alguna esquina. No hará falta decir que leí todas las versiones que se han hecho, quitando alguna en cirílico, y ninguna me parecía  ni medio bien. En eso, me manda el contrato. Hombre, te dará igual una semana arriba o abajo, es que es muy difícil. No le daba igual. Tenía prisa, quería ver el libro. Seguí y, como suele pasar, el autor y los dos nos hicimos amigos, se volvió transparente y al cabo me hizo duelo que se acabase tan pronto. Vallcorba me mandó un acuse de recibo muy afectuoso. Después he visto que era una despedida. La última vez que lo vi fue en un funeral, y recuerdo su ojillos claros tras las gafas redondas y los incisivos maliciosos, la verdad es que tenía mucho de niño travieso. Adiós, amigo.

[Publicado el 25/8/2014 a las 16:29]

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El 31 de Safo



parece una fecha, pero es un poema, el más famoso de los suyos. También es conocido como Phainetai moi, sus dos primeras palabras. Todos los traductores y estudiosos consideran que el texto transmitido es un fragmento de una composición más extensa, y alegan razones métricas y de sentido. Mi sugerencia, en cambio, es que el poema se ha transmitido completo, y como tal debe ser leído.
 
La primera razón que a mi juicio deja poco margen para conjeturar que estemos ante un fragmento, es que debemos su transmisión a una cita de Longino, quien reproduce el poema de Safo como magistral ejemplo de acumulación de signos de la más intensa pasión. Los partidarios del fragmento tendrían que explicar por qué Longino nos copia cuatro estrofas sáficas, cada una formada por tres versos de once sílabas, más uno de cuatro, y a continuación un verso suelto de doce sílabas, o de nueve, si se quitan las dos últimas palabras que, según los fragmentaristas, son a su vez un fragmento. Si, como dicen, el poema sigue, pero Longino sólo reproduce lo que le cuadra para su propósito, ¿por qué culmina la cita con ese verso suelto con partículas adheridas que no tienen sentido?
 
Mi explicación es que Longino reproduce el poema de Safo completo, y que los fragmentaristas no leen bien el último verso.
 
¿Qué dice ese último verso suelto? Presenta un verbo en dual, isomorfo para la segunda y tercera persona, que significa atreverse, arriesgarse, osar, y rige dos acusativos. Eso significa que “te atreves” o bien “uno se atreve” a dos cosas: a todo, y a ser un indigente. El sentido es “pero a todo te atreves, desde el momento en que también te atreves a ser alguien que no tiene nada”. 
 
Safo era una mujer acomodada, la indigencia de que habla es metafórica, se refiere al amor. En sus poemas, más de una vez se describe a si misma como la que no tiene amor correspondido y duerme sola.
 
En el poema, la cantora se identifica con la mujer que ama hasta emocionarse con ella ante la proximidad de su amado, y de inmediato tiene celos de ese amado que es objeto de la voz y la risa de su amada, cuya actitud le produce unos celos que se muere. ¿A qué se refiere cuando dice atreverse a todo? A escribirlo. Ha puesto en el poema todos sus celos al por menor, en la acción desesperada de la que no tiene ascendente alguno sobre ese amor que sucede ante sus ojos.
 
Ahora queda darle al verso final un aire paremiológico, primero porque la poeta se lo ha dado, y después porque todo indica que en el último verso se oculta un proverbio parafraseado: el que vive penosamente de su trabajo y no sale de su necesidad tiene que atreverse a todo. O sea, te atreves a todo en cuanto te atreves a no tener nada.


Me parece semejante a los dioses ese
hombre que está ante ti
sentado y escucha la preciosa voz
de cerca

y la risa adorable que hace temblar
mi corazón en el pecho,
en cuanto te veo, se me va
el habla,

se me rompe la lengua,
me hormiguea un fuego impalpable,
mis ojos no ven, no oigo
claro,

transpiro de frío, un temblor
se adueña de mí, descolorida
como pasto seco, me
muero,

pero a todo hay que atreverse cuando nada se tiene










[Publicado el 15/7/2014 a las 17:15]

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¿Quién era Longino?



De las tres obras que el canon clásico ha retenido como referenciales de la preceptiva literaria, la Poética de Aristóteles, la epístola Ad Pisones de Horacio, y el tratado De lo sublime de Longino, esta última es la que más interés ha suscitado en la modernidad, primero por la rara excelencia y audacia de su texto, y luego por la controversia sobre su época y autoría. 
Este año se celebra el 340º aniversario de la venerable traducción de Boileau, que recuperó De lo sublime para la historia de la crítica literaria. Con tan fausto motivo, Acantilado publica este mes una nueva traducción, que será por lo menos la décima española desde 1770. Es el momento adecuado para volver a preguntarse quién era Longino.

¿Cuándo se escribió De lo sublime?
El primer paso en busca del autor sería determinar la fecha de su texto. No hay muchos elementos que ayuden a determinar cuándo se compuso De lo sublime, pero todos los disponibles apuntan a la época del emperador Augusto. 
Los autores  que Longino cita como contemporáneos, Teodoro de Gadara y Cecilio de Calacta, son de época augustana.
El autor que muestra la más notable influencia de De lo sublime en sus textos es Séneca. En De tranquilitate animi se pueden leer consideraciones sobre el riesgo de la grandeza literaria y otros temas típicos del tratado. Por su parte, en De brevitate vitae, escrito en el año 49, ofrece un importante indicio de datación de De lo sublime cuando dice que la moda de estudiar letras y diseccionar la Ilíada y la Odisea fue algo que ocurrió en el pasado: “Graecorum iste morbus fuit”  [fue una manía de los griegos]. Lo que hace pensar que se refiera como mínimo a la generación de su padre. 
En un pasaje de las epístolas a Lucilio (95, 23) menciona Séneca las aulas vacías de los maestros de artes liberales y de preceptiva literaria, ya no se estudia, los jóvenes se han vuelto tabernarios. 

¿Cómo se llamaba?
Han pasado de moda denominaciones como Pseudo-Longino o Anónimo. La primera procede de una atribución errónea, ¿por qué cargar al autor con la equivocación? Respecto a la segunda, el tratado ha sido transmitido con un nombre, que ese nombre haya podido ser juzgado por algunos incompleto o dudoso, es un motivo menos que endeble para declararlo anónimo.
El manuscrito conservado dice que el autor es “Dionisio o Longino”. Esto se ha leído siempre como si el copista expresara una duda, o sea, no se sabe si fue el uno o el otro. Pero la disyuntiva ἤ también admite ser leída como “alias”. Es decir Dionisio el Longino, siendo la segunda parte un sobrenombre o nombre de pluma, como Azorín o Molière.
En todo caso, lo más llamativo de Longinus, sea nombre o sobrenombre, es que no es griego, sino romano, mientras el autor de De lo sublime deja bien claro que él es griego y extranjero en Roma. Entonces, ¿cómo es que se llamaba así?
Longinus fue el apellido de la Gens Cassia, reputada como una de las estirpes más nobles y antiguas de Roma. Así se apellidaron sus miembros durante la República, de modo que todo Longinus tenía alguna relación parental, clientelar o de homenaje con la Gens Cassia.
En la Gens Cassia regía la tradición del estudio de la lengua griega. Gaius Cassius Longinus, el tercero de los conjurados que apuñalaron a Julio César, estudió filosofía en Rodas, la capital de los estudios estoicos, y hablaba y escribía griego perfectamente. Dos de sus descendientes eran jóvenes estudiantes en  la época augustana:
Gaius Cassius Longinus, jurista y autor de varios volúmenes sobre su especialidad, procónsul de la provincia de Asia, y gobernador de Siria durante los reinados de Calígula y Nerón. Se casó con una nieta de Augusto y tenía en su mansión una estatua de su abuelo Gaius Cassius Longinus, el helenista estoico mencionado arriba que se clasificó en tercer lugar en el apuñalamiento de Julio César. Nerón desterró al nieto por ese motivo a Cerdeña en el año 65. Tácito recuerda que para entonces se había quedado ciego y que en el año 61 intervino en el foro para que todos los esclavos de un senador asesinado fueran ejecutados en estricto cumplimiento de la ley.
Lucius Cassius Longinus, hermano mayor del anterior, fue también cónsul y cuñado de Calígula, que lo mató en 41, porque un oráculo le advirtió que un Longinus lo asesinaría. 
Estos Longinus pudieron ser discípulos del autor de De lo sublime, que a su vez habría adoptado el sobrenombre familiar de sus patronos. Cecilio de Calacta, autor de otro tratado hoy perdido sobre lo sublime y que sirvió a Longino como pretexto competitivo para escribir el suyo, también dejó su nombre original y se hizo llamar así en honor de sus patrones, los Metelli.

  El dedicatario
De lo sublime está dedicado a Postumius Terentianus, a quien Longino se dirige con el epíteto kratistos, que según la preceptiva corresponde a una persona de alto rango, como hace Plutarco al referirse a su protector el senador Fundanus. Pero ese discípulo de Longino no ha sido identificado.

¿Era judío?
Una de las particularidades del texto es que denota un familiaridad extraordinaria con la versión bíblica Septuaginta. Hay palabras y fraseos que sólo se leen en la Septuaginta y en De lo sublime. Además Longino menciona la impiedad del poeta de la Ilíada al tratar a los dioses, e insinúa que ve mayor grandeza literaria en la descripción de la potencia divina por parte del legislador de los judíos. Pero su confidencia más reveladora es cuando, en su defensa de la pasión,  asegura al final del capítulo VIII que, para su gusto personal, “nada hay más grande que una pasión noble en su momento justo, cuando por obra de la inspiración se inflama en ráfagas entusiastas que dan a sus palabras tintes proféticos”. Esa defensa del entusiasmo profético anuncia el pasaje en el capítulo XLIV donde Longino compone efectivamente un vehemente discurso inspirado en el Oráculo contra Babilonia, uno de los grandes poemas del profeta Isaías.

La grandeza de los juegos universales
Para Longino, la literatura, como la vida, es una competición de magnanimidad, ingenio y pasión, unos juegos universales donde hay que ser ambicioso, arriesgarse y aspirar a lo más alto. Es el motivo medular que le lleva a repasar los modos, medios y antecedentes de la grandeza y el tono elevado. No es el menor de sus méritos que, gracias a él, se haya conservado uno de los poemas más importantes de Safo.

[Publicado el 02/6/2014 a las 12:48]

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Gente delicada en buena hora



Como saben los aficionados, Ariel es un nombre archihebreo, tanto que la multitud de expertos que lo han visitado han evacuado otras tantas hipótesis sobre su significado, que van desde “león de Dios”, explicacion ingeniosa aunque disparatada, hasta “fogón del sacrificio”, nombre antiguo de Jerusalén, o nombre de persona o estirpe. Y en ésas estábamos, cuando la vieja marca de detergentes no ha tenido mejor idea que celebrar el mundial futbolero con un paquete especial de 88 dosis y un remedo de la camiseta de la selección alemana. Intolerable, claro. Primero que, según juran, ariel le suena a “arier” a todo alemán como es debido, lo cual le causa honda aflicción, aunque él no sabía nada. Luego, que 88, como nadie ignora, viene a ser HH, ¿por qué? a ver, ¿cuál es la octava letra del asnalfabeto ostrogodo? la H, ergo dos ochos será… HH ¿Helenio Herrera? ¡No! Heil Hitler, hombre de Dios! ¡Qué horror! ¡Y qué malicos se han puesto los tuiteros alemanes de buena voluntad! Se han escandalizado e indignado tanto que el fabricante ha mandado recoger todos los paquetes de detergentes racistas, innombrables, genocidas, holocáusticos y causantes de gran sufrimiento a la población de buena voluntad aunque nunca supo nada. Y lo peor es que, además, los paquetes tenían letras de colorines que, aquí recojan a la infancia y presérvenla del horrísono concepto, ¡hablaban de limpieza! Qué espanto, aunque nosotros no sabíamos nada. En fin, la vocera de la empresa fabricante ha pedido perdón y jurado por la puerta de Brandenburgo que ha sido un lapsus inexplicable, que serán buenos y que no harán holocaustos nunca más.

[Publicado el 09/5/2014 a las 20:38]

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El cielo de bronce




En su serie de poemas Spleen et idéal, Baudelaire compara el cielo con una tapadera pesada que cierra el círculo del horizonte,
Quand le ciel bas et lourd pèse comme un couvercle […]
[…] de l’horizon embrassant tout le cercle,
y recrea la descripción celestial más antigua de todos los tiempos. Aristófanes ya se había burlado de ella en Nubes 95-97: "Cuando hablan del cielo quieren convencernos de que es una tapadera de barbacoa, y de que nosotros somos los carbones".
 
Uno de los motivos de la fortuna del poema de Baudelaire es su genialidad de contextuar la izada de la bandera negra del desespero bajo la tapadera del cielo, la imagen prehistórica que yace en el fondo de armario de la humanidad poética y data de la Edad de Bronce, como es natural. 
 
En las lenguas indoeuropeas se refleja una antiquísima relación conceptual entre el bronce, el aire y el cielo, que aún está por estudiar. En latín, por ejemplo, es muy llamativa la estrecha semejanza entre aes-aeris (bronce) y aer-aeris (aire); la semejanza se extiende a todos sus derivados, que  muchas veces comparten series enteras de declinación, como el caso de aereus (de bronce) y aerius (de aire). En griego y latín, aer es la parte más densa y baja de la atmósfera, mientras la parte superior es aither — de aithé “luminoso” + aer— que es un aire más puro y brillante. Notemos la semejanza de aer con los términos que significan metal o bronce otras lenguas indoeuropeas: anglosajón aeren, nórdico eir, alto alemán er. ¿Nombraban los indoeuropeos de hace cinco mil años con la misma palabra al cielo y al bronce?
 
En la Ilíada I, 426, el palacio de Zeus está erigido sobre el bronce de la bóveda celeste. Un poco más delante, en V, 504, se habla del cielo rico en bronce, y en XVII, 425, del cielo de bronce.
 
La misma raíz indoeuropea con significado broncíneo que produjo aes y aer en latín, aruz en antiguo altoalemán, iarn en irlandés, ora en inglés antiguo y houarn en bretón, dio ouranos, que es el nombre del cielo en griego. Pero en la época homérica su original significado relacionado con el bronce se ha olvidado, y ya sólo es un arcaísmo refugiado en el cielo. Sin embargo, el poeta lo adjetiva “rico en bronce” o “de bronce” y, aunque no sea consciente de que construye un pleonasmo diacrónico, es evidente que sí lo es de la relación esencial entre el cielo y el bronce.
 
Otra particularidad curiosa del latín es que caelum es cielo y también cincel. La voz viene de una raíz indoeuropea kel- que significa cortar, romper, y también tapar o protegerse con un escudo o yelmo, y alude a las operaciones que pueden llevarse a cabo con una buena aleación de bronce provista de mango, asa o similar. Así, en lituano, kaltas es cincel, en griego, khalkós es bronce y klao significa romper, y en latín, gladium, quiere decir espada. Los ejemplos serían incontables, por resumir, digamos que el latín caelum tiene la misma procedencia que el galés celu, el irlandés celim y el inglés sky: el sentido propio y original es tapadera o escudo
 
Que el cielo era de bronce en la cosmovisión indoeuropea más antigua queda fuera de discusión si nos fijamos en que ese parentesco entre el cielo y el metal radica en el estrato más interiorizado y arcaico. Dese luego, una cosa es ser de bronce y otra ser el bronce. Y hay indicios de que en tiempos remotos, cuando el bronce causó verdaderamente sensación, se entendía que el cielo era el metal y desde él caía a la tierra por gracia divina: el significado original de ouranos sería “el que da bronce”. Hay leyendas para dar y tomar que lo ratificarían, por ejemplo, Hefestos arrojado del cielo con toda su ciencia metalúrgica, o la generación de gigantes de bronce que también cayeron del cielo y precedieron a los hombres. El término griego hierós (sagrado, poderoso, divino) deriva de la misma raíz broncínea y celestial.
El testimonio de Aristófanes da idea del momento en que ya la idea estaba periclitada. Baudelaire, en cambio, demuestra que radica en nuestra médula poética.



[Publicado el 22/4/2014 a las 09:59]

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¿Qué es lengua materna?



Hace mil años que corretea la criatura por todas las lenguas modernas y todavía nadie ha dado una explicación medio satisfactoria del significado ni el porqué de esa locución invocada por tantos para no decir nada. Muchos creen que la lengua materna es la que se aprende de la madre, cuando cualquiera en sus cabales podrá caer en la cuenta y hasta demostrar que del padre, del abuelo, e incluso de una tía segunda que vino un día de visita, también se aprende a hablar, o que las madres mudas paren vástagos parlanchines.
 
Otros  muchos creen que es la primera lengua que uno aprende, sea como sea, y hay diccionarios, como el de la RAE, que la definen como la que se habla en un país respecto a los naturales del mismo. Son todas muy buenas intenciones, pero nadie explica por qué ha de ser materna, y no fraterna o tierna, en adobo o en gelatina.
 
El único lingüista que ha intentado una explicación coherente es Einar Haugen, aunque su conclusión es tópica y decepcionante. Recuerda que en la época medieval sólo los hombres recibían educación, mientras las mujeres se dedicaban a la tarea considerada inferior de criar a los hijos. Pero lo cierto es que si uno nacía de una madre analfabeta que sólo hablaba el dialecto de la comarca, no  era muy probable que tuviera un padre avezado latinista y autor de versos en griego ático, sino un farfullante de la misma lengua rústica e iletrada. Entonces, a ver, ¿por qué materna?
 
Es notable que, pese al entrañable adjetivo, en los ejemplos más antiguos se perciba sin equívocos la intención peyorativa, en contraste con lengua escrita o cultivada. En el ejemplo más temprano con autor conocido, la autobiografía de Guibert de Nogent escrita entre 1114 y 1121, se dice que se debatía “non materno sermone, sed literis”, o sea, no en lengua materna, sino por escrito.  Queda más o menos claro que se refiere a la lengua hablada vulgar y vernacular en contraste con la letrada y científica, en su caso, el romance paisano por un lado, y el latín por otro. Pero por qué el habla vulgar tiene que ser maternal es algo que sigue sin entenderse. 
 
Podríamos preguntarnos cómo se denominaba esa dicotomía iletrada/letrada antes de la Edad Media. Contra la creencia de Haugen y muchos otros, el latín no era conocido como sermo patrius por antonomasia. Cuando Tácito narra el viaje  de Germánico a la Tebas egipcia, dice que pidió a un sacerdote “patrium sermomen interpretari” (II, 60), o sea que tradujera las inscripciones de la lengua del país, que no era el latín, sino el egipcio. Y cuando narra el asesinato de Lucio Pisón a manos de un natural del país en la Hispania Citerior, dice que el asesino puesto en el tormento “voce magna sermone patrio frustra se interrogari clamitavit” (IV, 45), o sea, gritó a voz en cuello en la lengua del país —que tampoco era latín, sino celtibérico en su variante bajosoriana meridional— que era inútil interrogarle. Así pues, sermo patrius significaba lengua del país, no necesariamente latín, y la dicotomía mística entre lingua materna y paterna no existía.
 
La primera vez que los gramáticos tuvieron la necesidad de distinguir entre el latín mal conjugado y declinado que usaba la plebe inculta, y el latín clásico que pretendían enseñar, fue hacia el siglo VI, cuando ya las dos lenguas, la defectuosa viva y la perfecta muerta, eran dos realidades definibles. Entonces, estudiosos como Casiodoro y Prisciano introdujeron el adjetivo  moderna, con el sentido de “actual”, en contraposición a paterna, con el sentido de “antigua” o “ancestral” (tal y como Horacio, por ejemplo, emplea paternus en la oda a Mecenas). Para un germanohablante latinizado in literis la dicotomía moderna/paterna tenía traza equívoca e inducente al malentendido que los traductores llaman de los falsos amigos. Los godos antiguos y los sajones llamaban modor a la madre, y los frisones, moder; materna, oh casualidad, se decía modren. No sabemos quién sería el primero, pero lo más probable es que algún germanohablante corrigiera el moderna, que le saltaría a los ojos como un germanismo zarrapastroso derivado de modren, sustituyéndolo por un materna, que eso sí que es latín del bueno. Así pudo nacer el materna/paterna, que parecía más lógico y correcto.
 
Cuando los compañeros poetas empezaron a escandir sus obras en lenguas vernáculas, la distinción entre iletrada (materna) y letrada (latín) dejó de tener sentido, pero es que materna es un adjetivo tan bonito que fueron los mismos poetas los que quisieron verse como redentores de la lengua de sus  santas madres. El sentido peyorativo cambió de lado, pero la comparación perduró más o menos sobreentendida. El campo semántico de sermo patrius fue ocupado por sermo maternusDante, por ejemplo, dice escribir en parlar materno, que suena mejor que vulgar. Los traductores renacentistas insistieron en la misma flor, ellos eran los dignificadores de las lenguas maternas. Desde entonces, la mística quedó instalada en la planta noble de la filología y despacha sus alegrías , que si Muttersprache, que si modyr tonge, que si ama hizkuntza, todo maravillas, por no meternos con la bromatología lingüística que se ocupa de la gramática sorbida con la leche materna y otras mamonadas.
 
Las mistificaciones de raigambre chomskyana son las que más disfrutan en la guardería. La lengua materna ha de ser, dicen, una, y opera sus maravillas de tal edad a tal otra. Yo, sin meterme con las pobres madres que tanto sufren, invitaría un poco a la descreencia al respecto. Un niño de seis años que aprende el árabe en su casa, el vasco en la escuela, y el castellano de la televisión, ¿qué lengua materna tiene? ¿Y si continúa creciendo en Lyon o Kiel, donde tiene tíos?











[Publicado el 17/4/2014 a las 10:30]

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El poeta y el dios que no quiere




Hacía tiempo que no jugaba a los oráculos. Hoy he abierto la Odisea y he caído en X, 573b-574:

A un dios que no quiere, ¿quién podrá verlo con los ojos, mientras anda de acá para allá?


Sólo el poeta y, si acaso, nosotros, vueltos más que dioses por su fuerza divina. Y a ti, que eres semejante a un dios que no quiere, también te ve.

[Publicado el 11/4/2014 a las 08:32]

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Abracadabras para Julia



Ha aparecido maquillada y sin la trenza de los capítulos anteriores para decir que se presenta al campeonato presidencial. Sus críticos ya denunciaron su estudiada aparición sin maquillaje en la plaza Euromaidan. Parece que los votantes aún la quieren menos que al boxeador Klitschko, y andan los dos rondando el ocho por ciento de incondicionales. El rey del chocolate y la televisión, Proschenko, que financió el jolgorio naranja antaño y la madianía  hogaño, aún no se ha apuntado al concurso, pero ya tiene más partidarios que los dos tempraneros juntos. Quizá ni siquiera se apunte y se limite a dirigir el cotarro.
A Julia, muchos la ven como parte de la sempiterna oligarquía, y a Klitschko, como al típico actor que quiere hacer de presidente. De momento, ya ha anunciado que no va a pegarle un tiro a Putin, ni a quemar Rusia, como dice que hará Julia. Tampoco se volvió, dice, ucraniano de mayor, como Julia, que  fue el siglo pasado morena y monolingüe prorrusa y de las juventudes comunistas y lo que te rondaré. En fin, que parecen pasar muchas cosas, pero cualquiera sabe si  no serán todo el rato las mismas.

[Publicado el 28/3/2014 a las 08:20]

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Foto autor

Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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