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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 30 de mayo de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Hoy inventaremos la rueda

imagen descriptiva

 

A veces, en una palabra de una lengua antigua, se entrevé el reverbero de la luz de días que pasaron hace miles de años. El otro día decíamos que “temen” era el cono o prisma de arcilla con inscripciones y, por extensión, el depósito fundacional enterrado bajo los cimientos, y hasta el propio templo edificado encima. Pero, esa palabra tan longeva en sus avatares que ha llegado hasta el actual “templo”, ¿no podría revelarnos algo más de la técnica de construcción y del paisaje de aquella marisma mesopotámica, si intentamos remontarnos más allá de ese prisma con inscripciones, a una época donde aún no se escribía, pero la misma palabra “temen” hubo de ser importante y significativa?

El Tigris y el Eufrates, los dos grandes cauces fluviales que enmarcan la llanura mesopotámica, trazan un amplio movimiento convergente que culmina a la altura de Bagdad, aproximadamente en el paralelo 33, que se hizo famoso hace unos años, cuando los norteamericanos prohibieron a los aviones iraquíes sobrepasarlo hacie el sur. A partir de ese punto, los dos ríos se distancian  y vuelven a reunir a lo largo del último tramo de sus cursos, y delimitan el territorio oblongo de Mesopotamia (“entrerríos”), que mide casi 500 km de norte a sur, por 160 de este a oeste. En los últimos 350 km de ese curso inferior del Tigris y el Eufrates, el declive del terreno apenas alcanza un metro por cada 26 km. Como consecuencia, el cauce de los ríos tiende a fragmentarse en ramales que se esparcen por la llanura aluvial y vuelven al final de un trayecto más o menos paralelo a la corriente principal. En la época sumerio-acadia, esos ramales creados por los ríos y otras derivaciones hechas por el hombre se explotaron para el riego de cultivos.

El régimen de crecidas provocaba catástrofes. Los ríos rebasaban sus cauces y desahogaban el exceso de caudal por toda la llanura, convirtiéndola en una marisma intransitable. Sólo emergían de las aguas las colinas artificiales formadas por los residuos acumulados por las poblaciones que se sucedían en el mismo lugar a lo largo de milenios. A semejanza del Nilo, también el Tigris  y el Eufrates dejaban capas de barro de elevado potencial productivo, pero la falta de cauce profundo hacía necesario defenderse de las avenidas mediante la elevación del suelo habitable. Los agricultores mesopotámicos no podían esperar las benéficas crecidas anuales, como los egipcios, sino anticiparse a todas y domeñar el agua. La agricultura se desarrolló en los islotes emergentes de la marisma, donde el suelo original era resultante de la transformación en humus de las plantas del pantano.

La tradición literaria expone en los relatos de la creación la forma en que se desarrolló la civilización en aquel entorno. En el número XIII de la colección de textos cuneiformes del British Museum, se relata en sumerio con glosa acadia: “Una casa para los dioses en lugar sagrado no había sido levantada. No había surgido la caña, el árbol no había sido creado. El adobe no había sido puesto, su molde no se había fabricado. La casa no había sido construída, ni la ciudad edificada, ningún ser vivo había en ella. La totalidad de los países era agua. Entonces fue creada Eridu, fue edificado su gran templo. El dios Marduk montó un armazón de cañas sobre el agua. Creó el polvo y formó un bloque con él.”

Se ve que, como primera providencia, hubo que fabricar la tierra habitable para establecer un lugar seco en medio del agua circundante. La arqueología muestra que los restos de antiguos lugares poblados se establecían sobre capas de arena y humus de limo y materias vegetales, que alternaban con estratos de cañas entrecruzadas, como grandes esteras. Los primeros habitantes levantaron sus chozas de cañas sobre un suelo tapizado de juncos entrecruzados, formando una terraza que aislaba las viviendas de la marisma. La costumbre de erigir el templo sobre una elevación artificial del terreno arraiga en los orígenes mismos de la civilización mesopotámica.

Un rasgo propio de su arquitectura era el emplazamiento de las famosas torres escalonadas, que se asentaban sobre altiplanos o terrazas artificiales de dimensiones gigantescas, designadas mediante el ya conocido vocablo sumerio “temen”, aquí con el significado de terraplén. No es una conjetura arriesgada suponer que ése es precisamente el significado primario, muy anterior a la escritura, y que las acepciones de inscripción enterrada y depósito fundacional fueron secundarias. Toda edificación, grande o pequeña, precisaba un “temen”, una cimentación previa elevada sobre el nivel del agua.

Una gran labor de terraplenado en una llanura sin límites puede parecer carente de sentido, pero justo en esa planicie desprovista de accidentes del terreno capaces de preservar a los habitantes de la amenaza constante de las avenidas era vital suplir esa carencia con relieves artificiales. Más adelante, el peligro no venía tanto de las riadas, como de las roturas de diques realizadas por los invasores o por los propios naturales del país, que se defendían al estilo holandés, muchas veces a costa de arrasar los propios campos y poblaciones.

También los caracteres pictográficos de la escritura más primitiva muestran la casa sumeria emplazada sobre una plataforma. Ahora está por ver si esta forma de investigación tiene alguna posibilidad, en el caso de enfocarla a uno de los descubrimientos que más influjo ha ejercido en la historia de la humanidad, la rueda.

La primera dificultad es que el termino sumerio correspondiente a rueda es “dubbin”, que tiene como significado primario “garra”. En la versión ideográfica más antigua conocida del término, que se encuentra representada en los caracteres cuneiformes de la época de Fara (hacia el siglo XXVIII a. C., ver dibujo de arriba), se hace evidente la representación de una mano o garra, todavía con cierto aire picassiano, pero a punto de estilizarse tanto que su traza ideográfica empieza a diluirse en la abstracción cuneiforme, donde ya se trata de expresar los sonidos de las palabras, olvidando que los signos empleados sugieran por su propia plasticidad la idea correspondiente.

¿Cómo se pasa de la garra a la rueda? Podríamos echar un vistazo a los significados de “dubbin”, que suelen depender del complejo verbal adjunto, eso que los entendidos llaman contexto. Uña, garra, pezuña y pie de cama o mesa, parecen significados de comprensión evidente. También el hocete, instrumento cortante que tanto vale para rapar a humanos y bestias, como para vendimiar o injertar. Y del cruce de dos hocetes nació la podadera, madre de la tijera. Lo mismo que las herramientas del trabajador de metales, como el punzón, el estilete o las tenacillas; y las garras de la nave, representadas por las cuadernas de refuerzo colocadas en la parte inferior de la carena de las embarcaciones. Pero que “dubbin” pueda significar rueda y por extensión carro parece menos evidente.

Las lenguas semíticas presentan una nomenclatura del carro que es de tipo secundario, o sea, no basada en la morfología del artefacto, sino vinculada con la idea de “andar” o “correr”. Así, todas ellas, desde el acadio hasta el ugarítico, el siriaco, el hebreo y el árabe, nombran al carro con el radical rkb, que significa correr o cabalgar. Lo mismo sucede con el “carrus” latino, que viene, igual que el verbo “curro” (correr), de una raíz indoeuropea reconstruída como “kers”, y de la que también proceden el alemán “Ross” y el inglés “horse” (caballo). Eso sugiere que los antiguos hablantes semíticos e indoeuropeos describían la principal prestación del carro, pero no su esencia. O sea, que no lo inventaron.

El dibujo del carro de cuatro ruedas discoidales, o sea, sin radios, aparece como carácter gráfico en las tabletas sumerias más antiguas, datadas alrededor del 3.500 a. C. En ellas, se hace patente que el carro hubo de ser una evolución del trineo, si se comparan las representaciones de ambos en la escritura, para lo que se sugiere un benévolo vistazo al dibujo de arriba.

El trineo y el carro fueron utilizados al mismo tiempo entre los sumerios, pero eso fue durante un corto período de tiempo, porque la superioridad de la rueda en terreno llano era incontestable. En otras civilizaciones, se han empleado los dos a la vez durante milenios y casi hasta la actualidad, en función del tipo de suelo y la pendiente por donde había que transportar la carga.

La escritura ideográfica de época posterior a la reproducida arriba sustituye el diseño del carro presentado como un  trineo sobre ruedas, por el de una rueda discoidal. Y ésa es precisamente la que los sumerios designaron con el nombre “gis dubbin”, donde el primer elemento “gis” corresponde a los nombres de artefactos fabricados con madera. Los sumerios describían la rueda como una uña o un filo discoidal de madera sobre el que se desliza sin fin el trineo, que ya no vuelve a tocar la tierra, y se ha convertido en un carro.

En los vocablarios bilingües sumerio-acadio aparece “dubbin” como equivalente a los carros de dos y cuatro ruedas, y también se repite en los nombres de las diversas piezas del carro y la rueda. Incluso en hitita, que ya no es semítico, sino indoeuropeo, se registra el signo cuneiforme correspondiente a “dubbin” para designar la rueda del alfarero.

Todo esto no sólo sugiere que la rueda se inventó en el seno de la civilización sumeria, algún venturoso día del IV milenio a. C., sino que el uso del carro precedió con mucho a la introducción del caballo en Mesopotamia. Y también que el caballo hubo de ser primero pieza de caza, ganado provisor de carne, animal de tiro, y por último cabalgadura. Después de todo, el caballo más idóneo para probar la primera monta es uno atalajado y reducido al carro. La época dorada de los carros de guerra, los tanques de aquellos tiempos maricastáñicos, tuvo lugar bastante más tarde,  dede el siglo XX hasta el XV a. C. Por aquel entonces, el consumo de caballos para la guerra era enorme. Muy superior al que la población necesitaría para labrar, acarrear y comer. Así fue el carro el artífice de que el caballo se convirtiera en la fuente de energía que movía los imperios, y en el compañero del humano que no puede parar.

 

 

 

[Publicado el 12/8/2010 a las 07:00]

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Media hora en la vida de Dumas

 

 

Cuando entró en la sala, el tribunal, el público y los periodistas se estremecieron de placer. El hombre orondo de pelo crespo causaba una visible y honda impresión en todos los oyentes, jueces y defensores. Todo el mundo quiso adelantarse, corrieron las sillas, y enseguida se ahogaron en la agitación general las preguntas del presidente. Los periodistas avanzaron para situarse en un grupo compacto, lo más cerca posible del recién comparecido. La sala esperaba ver desvelados los modos, los signos secretos, y la mística de todas las cosas, del duelo, de la vida, del amor, y hasta de las finanzas.

A la primera pregunta sobre su nombre, edad y profesión, respondió: “Alejandro Dumas, marqués de Davy de la Pailleterie, de cuarenta años de edad, autor dramático, de no encontrarme en la patria de Corneille.”

Gran sensación. Los cuellos estirados y las bocas abiertas se tensaron un poco más. Se alzaron murmullos, los entendidos sonrieron, despuntaron aplausos. El presidente notó que estaba en juego el prestigio de la magistratura, y sentenció: “En todo hay grados”.

El presidente dijo otra cosa más, y Dumas contestó con su lujo de frases y actitud solemne. ¡Horror, no se oía nada! Sólo unas seiscientas explicaciones en voz baja "Rouen es la patria de Corneille", acompañadas por otros tantos siseos.

“La víspera del duelo, Dujarier vino a buscarme a casa. Tomó una espada que encontró en un rincón y vi que no sabía sostenerla. Le pregunté si no sabría manejar mejor otra arma. ‘A no ser que me bata a pistola…’ dijo. Le aseguré que en cuanto Beauvallon viera cómo sostenía la espada, daría por terminado el duelo. Dujarier replicó enseguida que temía que yo arreglara el lance, y me prohibió intervenir. Repitió muchas veces que había escogido la pistola. Almorzamos juntos. Yo me fui al teatro de Variedades. Al volver, Dujarier estaba escribiendo su testamento. Le aconsejé una vez más que cambiara de arma, pero eludió la cuestión. Sólo dijo una vez más: ‘Temo que intervenga usted y arregle el asunto. Es mi primer desafío, y en verdad es admirable que aún no haya tenido ninguno. Es un bautismo que debo experimentar’.” Al callar Dumas, el mar de hambrientos de sensación aireó un largo aahh con guarnición de toses.

 

Dujarier, copropietario y responsable de la zona folletinesca de La Presse, donde reinaban entonces Los tres mosqueteros de Dumas, había sido retado a duelo por Beauvallon, dictador del folletín de teatros de Le Globe

Los duelos periodísticos se habían puesto de moda diez años antes, en 1836, cuando Girardin, propietario de La Presse, el primer periódico diario barato, mató en duelo a Carrel, fundador y redactor de Le National. Aquél fue el cuarto duelo de Girardin; después, se retiró del periodismo activo, y traspasó a su socio Dujarier las relaciones con los autores, y los eventuales duelos que se produjeran.

Girardin fue el inventor del folletín por entregas. Hasta entonces, el faldón delantero del periódico se usaba de trastero, para anuncios, noticias caídas y otros menesteres subalternos. Entonces Girardin hizo a Balzac un encargo sin precedentes. Una novela a la medida de ese espacio del periódico, fabricada con una estrategia de escritura que tuviera en cuenta la exigencia del corte diario y el “continuará”. La moza vieja, de Balzac, se publicó durante doce días. Y fue tan revolucionario y temible el crecimiento de tirada, que hubo una furiosa campaña de prensa contra aquella novela inmoral. El invento quedó así lanzado y listo para los grandes folletines.

 

“Señor Dumas, ¿mencionó Dujarier las causas del duelo?” preguntó el presidente. “Cosas fútiles. Odio de periódicos. Guerra de Le Globe contra La Presse. Dujarier parecía preocupado con la idea de pasar por cobarde a ojos de Beauvallon, que tenía fama de valiente. ‘Después que me haya batido con él, no tendré más desafíos’, dijo. Yo creo que estaba resignado a la idea de que morir en duelo formaba parte de su oficio y fortuna. Como tenía que entregarme mil escudos, quiso pagarme a la una de la noche, me entregó un pagaré para casa de Laffitte, y me dijo: ‘Este pagaré lo garantiza mi crédito personal, y el duelo es a las once, preséntelo usted antes de las once, porque no sabemos que puede pasar. Vaya usted antes de las once, porque puede que mi crédito haya muerto más tarde. Créame, vaya antes de las once’.” (Dumas se detuvo. Sensación, el público emitió otro largo ah, veteado de oh, y más siseos.)

“A las once y media, me avisaron que habían conducido a su casa a Dujarier cadáver. Acudí, y aún no había nadie. Yo sabía dónde tenía el dinero y sus papeles más valiosos, y se lo dije a su cuñado. Todos lloramos. Según me contaron los testigos, Dujarier disparó enseguida, luego dejó caer la pistola, y se quedó de frente, en lugar de ponerse de costado.” Dumas dejó caer los brazos, como haría Dujarier. El público suspiró.

“¿No se convino que el duelo sería a las nueve de la mañana?”

“Sí, pero yo aconsejé a Dujarier que se batiera lo más tarde posible. No hay ganas de batirse muy temprano, porque no se encuentra uno bien cuando madruga para eso.” (Risas)

Beauvallon pidió permiso para intervenir, y dio las gracias a Dumas por haber dicho que, de haberse verificado el duelo con espada, no habría tenido ese funesto final.

“Esa es mi convicción. Mi hijo me aseguró que Beauvallon era un caballero y no abusaría de su destreza. Esas palabras se le dijeron a Dujarier por personas oficiosas”, dijo Dumas.

“¿Qué piensa el señor Dumas de que Dujarier contestara por medio de dos testigos? ¿No indica eso que deseaba batirse?” preguntó la defensa.

“Eso se practica así cuando se arriesga la vida, un capital contra otro. Se buscan testigos para hacer concesiones que por sí mismo no se harían. Los testigos responden por quien los envía, se encargan de su vida, de su honor. Además, es más fácil la discusión entre testigos, porque no tienen derecho de ofenderse, y pueden decirse cosas que, dichas por los adversarios, harían el duelo inevitable. Enviar testigos no significa voluntad de batirse, es elegir un medio de conciliación y arreglo. Así está consignado en el Código del duelo, firmado por el señor Chatéuvillard, y ese punto está igualmente sostenido por los primeros nombres de la literatura y la nobleza. Ahí lo tienen ustedes, el volumen debe estar a la venta en las librerías de esta bella población”, contestó Dumas.

“Según ese código, ¿es leal provocar con la espada al hombre que no la sabe manejar?” preguntó el fiscal.

“Nunca se sabe la habilidad y destreza del adversario; ésa es una ventaja de posición para cada uno. Muchas personas se ejercitan en su casa para que no se sepa su destreza…”

“En verdad, no es muy leal semejante proceder”, interrumpió el fiscal.

“En un duelo ceden las cuestiones de generosidad y delicadeza, ante la gran cuestión de la existencia…”

“No me parece muy moral lo que dice usted”, insistió el fiscal.

“No ocupará mi biblioteca el Código del duelo”, sentenció el presidente. Hubo sonrisas benévolas por parte de la defensa.

"Pues es una obra que ha evitado más que fomentado duelos", concluyó Dumas. 

 

Dujarier había legado a Dumas en testamento todo su ajuar, el mobiliario, y la plata, más sus dos caballos de carreras que le costaron 14.000 francos, aparte de otras bagatelas por valor de 100.000. Dujarier se hizo rico enseguida con los folletines y no llegó a cumplir los treinta años. No dejó un cadáver bonito, la bala le partió la cara. Lo enterraron en Montmartre, y disfrutó, como último lujo, de Balzac, Dumas, Girardin y Mery, como portadores del féretro.

 

La salida de Dumas de la sala fue tan solemne como su entrada. “”¿Puede permitirme el tribunal que regrese a París, donde se representa un drama mío en cinco actos?”

La pregunta hizo un efecto arrasador en todos los oyentes, jueces y defensores. El baldaquino púrpura que pendía pesado y amenazante sobre las cabezas del tribunal infundió una irresistible nostalgia del telón elegante que aguardaba en París. Las seiscientas personas con oficio exclusivo de "opinión pública" desplazadas a Rouen querían irse detrás de Dumas, a su drama en cinco actos. El universo de lectores deseaba seguir a su dios. La sesión se cerró antes que nunca el día más sensacional del proceso. Esto fue el 26 de marzo de 1846.

 

 

 

[Publicado el 09/8/2010 a las 07:00]

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Un cordobés influyente

 

El principio dinástico, que muchos creen antiguo, y hasta eterno y natural, es advenedizo y esporádico si se considera en una perspectiva comparatista de las diversas modas de herencia, transmisión y acceso al poder. El historiador Burckhardt llamó sultanismo a la situación de los emperadores romanos que, a semejanza de los sultanes otomanos, no se podían sentir seguros en medio de sus hermanos, hijos, tíos, sobrinos y primos, todos presuntos herederos, si no se ayudaban a tiempo con los asesinatos convenientes. Más tarde, Weber aplicó el término sultanismo a una forma extremada de dictadura personalizada, donde la plana mayor del dictador está compuesta de “camaradas” convertidos en “súbditos” de estricta lealtad. 

Entre los romanos, solía suceder que las liquidaciones preventivas dejaban el paisaje tan despejado de parientes, que el emperador se veía forzado a recurrir a las adopciones para asegurar el futuro del imperio bajo su dinastía, y permitir la continuación de los asesinatos. Y, para que la confusión hereditaria no decayera, todavía estaban en vigor reminiscencias de la transmisión matrilineal, y había usurpadores que se legitimaban mediante el matrimonio con viudas de emperadores. Hubo un Procopio que se apoderó de la hija menor de Constantino, que era una niña, y obtuvo así la ayuda de los godos, que consideraban legítimo ese proceder.

El emperador tenía el poder en nombre del senado y el pueblo, pero en realidad siempre era cosa del ejército. Hasta la lengua latina lo dice, donde “populus”, en sentido estricto, significaba “grupo que esgrime lanzas”.  Asegurarse la lealtad de gente que esgrime lanzas exigía ser un jefe venturoso y afortunado, con fama de tener suerte. Así era Constantino, quien después de liquidar a los corregentes de los cuatro puntos cardinales, a su hijo, su cuñado, su segunda esposa y otros transeúntes, se hizo con la púrpura imperial.

 

Desde la guerra con Magencio en 312, Constantino usó una imagen simbólica que presentaba el monograma , compuesto de las letras X y P entrelazadas, que son las iniciales griegas de Cristo (ΧΡΙΣΤOΣ) y de oro (ΧΡΥΣΟΣ) —y más en especial, las de “oro fácil” (ΡΑΔΟΣ ΧΡΥΣΟΣ)—. Constantino apreciaba particularmente la ambigüedad y el equívoco del símbolo. El monograma polivalente se inscribió en un gran estandarte rodeado de oro y pedrería, y durante los combates se confiaba a una guardia especial, incluso se le dedicaba una tienda propia. Es importante observar que el emblema de la suerte se dirigía al ejército, no a la población. 

Después de la victoria contra Magencio, el senado y el pueblo  acordaron, entre otros honores, la construcción de un arco de triunfo en honor de Constantino, para el que se aprovecharon los mejores fragmentos del dedicado a Trajano. Era sabido que Constantino, con los celos naturales de su profesión, llamaba a Trajano “musgo de las paredes”, por las muchas inscripciones que eternizaban su nombre. Cuando Constantino vio la inscripción del arco que ensalzaba su triunfo contra el tirano y su partido, hizo sustituir la expresión “por señal del sumo y óptimo Júpiter”, y poner en su lugar “por inspiración de la divinidad”, que reflejaba mucho mejor la necesaria ambigüedad.

Una vez que hizo ejecutar a su hijo Crispo, su esposa Fausta y su cuñado Licinio, con el agravante de perjurio, porque les echó mano mediante el juramento de que no los mataría, Constantino temió que fuera necesario algún tipo de purga, expiación o ceremonia, para que su famosa suerte no le abandonara. Se dirigió al neoplatónico Sopater, quien le dijo que su sistema carecía de sistema expiatorio para tales crímenes, con lo cual reconocía lo obsoleta y esclerótica que era su religión, temerosa e incapaz de fichar a tan poderoso matador y su séquito, consistente en todo el imperio romano.

 

En ese momento intervino el personaje que el historiador Zósimo llamó “egipcio de España”, y que logró aproximarse al emperador por contactos que tenía entre las damas de la corte. Por “egipcio” hay que entender “mago” o “sabio”, que es el sentido que tenía la palabra en griego desde los tiempos de Platón. Como Zósimo explicaba la caída del imperio romano por haber abandonado el culto a los viejos dioses, procuraba una presentación de ese mago español anónimo como una especie de proxeneta cínico y vendedor de detergentes que convenció a Constantino de que el cristianismo podía limpiar toda clase de manchas y consiguió así el fichaje estelar que necesitaba aquella religión pérfida.

Los historiadores han identificado al mago anónimo como el obispo Osio, natural de Córdoba, porque era el único hispano de quien se sabe que estaba presente en la corte de Constantino por aquellas fechas.

El nombre de Osio es griego (hosius, que significa santo), lo que da idea de lo preparado que venía para su oficio. Aunque leía y entendía el griego, Osio no lo hablaba con soltura y en el concilio de Nicea se explicó por intérpretes. Parece que acudió a la corte imperial llamado por el propio Constantino, lo que sugiere cierta fama previa.

Estuvo en Alejandría, adonde acudió para reconducir la herejía arriana, y conoció entonces a Calcidio, destacado hombre de letras, al que nombró su archidiácono e intérprete de confianza. En el concilio de Nicea, el obispo Osio fue presidente nato y representante del emperador, y fue donde tuvo lugar su hazaña más señalada al definir el principio de consustancialidad en la profesión de fe cristiana. También es significativo de la autoridad que ejercía Osio en materia de dogmas y definiciones el hecho de que las actas del concilio de Sardis presenten el original en latín y la traducción en griego (cuando lo usual era lo contrario), y empiecen con estas palabras: “Osius episcopus dixit…”, para terminar:  “Synodus respondit: placet”.

Cuando murió Constantino, Osio tenía más de ochenta años y volvió a su episcopado de Córdoba, según Isidoro de Sevilla. Allá vivió hasta cumplir los cien y murió de un mal aire que le dio cuando iba a desterrar al santo obispo de Málaga, quien le echó un conjuro de rebote, de modo que cuando Osio iba a pronunciar sentencia se le torcieron la boca y el cuello, y cayó al suelo, bastante muerto.

Otra versión más coherente dice que el emperador Constancio, en aplicación del sultanismo habitual para liquidar contendientes y restos de serie, lo obligó a firmar contra su gran invención del concilio de Nicea, y Osio murió a consecuencia de los malos tratos recibidos en la deliberación. En cualquier caso, tenía cien años cumplidos. En su lucha con emperadores y herejes, fue perseguido por Diocleciano, elevado a la más alta asesoría por Constantino, y ejecutado por Constancio.

 

Aparte de lograr introducir el cristianismo en la cabeza del imperio, lo cual condicionó la historia universal, la hazaña más interesante de Osio consistió en ordenar la recopilación del Corpus Hermeticum, probable labor del erudito Calcidio, que una vez redescubierto y traducido en el Renacimiento por Marsilio Ficino para su patrono Cosimo de Médicis, fue considerado como prueba y preparativo del cristianismo por finos analistas como Pico de la Mirandola.

También planeó Osio traducir al latín el Timeo de Platón, pero al final se lo encargó a Calcidio, quien le dedicó su versión, distinguida en la historia de la filosofía por ser el único libro platónico conocido hasta el Renacimiento. Una buena parte del comentario de Calcidio está centrado en la demonología y presenta la primera traducción al latín del término “daimon” como “daemon”.

Hay que ver adónde nos hemos ido. No se sabe mucho más de Osio, el cordobés más influyente en la cultura occidental, después de Séneca.

 

 

[Publicado el 05/8/2010 a las 07:00]

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Cuestión de narices

  

Entre las residencias anatómicas propuestas para sede del alma, una de las más clásicas es el diafragma. El filósofo Crisipo hizo su mejor defensa alegando que, al decir “ego”, el mentón se mueve precisamente en dirección al diafragma. Este argumento egoísta se emitió en Atenas poco antes del 200 a. C. La escuela hipocrática había decretado dos siglos antes que el diafragma es el músculo abovedado que separa los pulmones del resto de colegas viscerales. Pero, en griego homérico, “phrenes” —suele aparecer en plural— se refiere a todo el dispositivo que registra las emociones, y no sólo incluye al diafragma, sino también a multitud de órganos dependientes del nervio vago, que en realidad es muy trabajador, porque transmite y gestiona las sensaciones de laringe, tráquea, vísceras torácicas y abdominales, cambia la voz, muda el color del rostro, angustia la garganta, seca la boca, pone el corazón en un puño, atenaza y desmaya el ánimo, levanta mariposas en el estómago, y modula la actividad eléctrica cerebral.

 

Otra sede clásica del alma ha sido desde siempre el hígado. El órgano “pesado”, como se le llama en la Biblia, se reputaba sede de la vida, la exaltación y los pensamientos. Los estudiantes babilónicos de adivinación disponían de un gran muestrario de hígados de arcilla y bronce para aprender la manera de inspeccionarlo en los animales sacrificados y predecir el futuro, que no está en nuestras manos, sino en hígados ajenos. Por su arte, en la Ilíada, el hígado aparece secretamente unido a las rodillas, y basta atravesarlo con una lanza, espada, o incluso flecha medianeja, para que aquéllas experimenten inmediata flojera. 

 

Pero, según recientes estudios, la más antigua sede del alma humana es la nariz.

 

El estornudo, esa sentencia inapelable de las narices, tiene consideración de presagio favorable y augurio venturoso en la literatura clásica. Jenofonte, Catulo y Propercio lo tienen por manifestación profética, y en la Odisea, el estornudo de Telémaco es el asentimiento de los dioses al deseo de Penélope, y el anuncio infalible del triunfo de Ulises. 

 

La salutación al estornudo, presente en todas las culturas, es una cortesía convencida de que la divinidad acaba de asentir por nariz interpuesta y estaría feo ignorarlo.

 

El poeta Job dice que el hombre vive mientras el aliento de Dios está en su nariz. Desde el Génesis a los Salmos se repite como una respiración que Dios sopla al viviente su hálito de vida en la nariz y, si lo retira, el hombre vuelve al polvo.

 

En la Biblia, el aliento vital llamado “ruah” va de la nariz de Dios a las de sus criaturas, y las pone en función. En el pasaje donde Saúl  intenta matar a David clavándolo con la lanza en la pared, el ataque de envidia asesina se describe como “un mal ruah” de Dios que se apoderó de Saúl y lo puso frenético (o sea, de los "phrenes").

 

Las narices de Dios protagonizan numerosos pasajes bíblicos. Sobre todo, cuando se enciende su ira contra Israel, porque entonces la materia inflamable es su nariz. La mayor parte de las veces que asoma la nariz divina en el texto bíblico, está que arde y debe entenderse de manera figurada como ira divina. Pero nariz también significa paciencia. La ira y la paciencia comparten la nariz. Eso lo explica casi todo.

 

Cada cual es un mundo a una nariz pegado. Y cómo no memorar ahora al personaje más irreductible del gran Gogol, aquella sublime nariz emancipada, paseona y esquiva. 

 

Y de cierre, el venturoso estornudo del regreso a casa de Así habló Zaratustra: “Cosquilleada por vientos punzantes como vinos espumosos, mi alma estornuda, —estornuda y se felicita: ¡Salud!” 

 

 

[Publicado el 02/8/2010 a las 07:00]

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El artista y el rey

 

De todos lo que tienen como oficio atender las necesidades intempestivas de los humanos con prisa y dinero, los cerrajeros podrían ser los menos estudiados por la literatura y el cine, mucho más atentos al trajín de las urgencias de otros gremios estelares, como médicos, taxistas, prostitutas, abogados y repartidores de comida. Es tan grande la desigualdad, que casi es de temer que los expertos de guardia reclamen con urgencia justiciera algún precepto a la superioridad.

Mientras se arregla esa injusticia, cumple proclamar que los artistas de la cerrajería han dado a la humanidad grandes personajes históricos. Hubo uno en Versailles que se llamó François Gamain. Su pedigrí cerrajero remontaba al siglo XVII, cuando su abuelo llegó al suburbio atraído por los numerosos trabajos exigidos en el nuevo palacio y los hoteles en construcción. La habilidad de los Gamain en su oficio les atrajo el favor de la superintendencia encargada de mantener los edificios de Versailles. Y François Gamain ascendió a mantenedor de todas las cerraduras interiores del palacio. Así que andaba el hombre cacharreando en las puertas de acá para allá.

Un rey que no fuera Luis XVI habría ignorado al artista, pero este era un rey que tenía, no ya un palacio escamante y un rebaño sicofante, sino también una gran debilidad por la mecánica y la cerrajería fina. La fascinación ferretera le venía de su abuelo, Luis XV, que era habilidoso con las manos y pasaba reales horas torneando madera, marfil, plata y otras noblezas. 

En el desván del palacio, Luis XVI hizo instalar un taller con torno y herramientas. Allá pasó horas y años trabajando con Gamain, por quien se hacía explicar las honduras y misterios del oficio. Gamain era el típico cerrajero que, de haber sido rey, jamás habría alternado con un cerrajero. En eso, estaba de acuerdo con toda la corte. María Antonieta, que era burlona y leída, solía decir que se había casado con un Vulcano de quien no deseaba ser la Venus.

Entretanto, el rey aprendió el oficio y fabricó en su desván modelos de grúas, barcos y carros para utilidad del ejército, la marina y el comercio, cuya renovación se forjó en aquel desván versallesco. Para recompensar a Gamain, lo nombró “cerrajero de los gabinetes particulares del rey”, lo cual no pasó sin sustanciales provechos para el beneficiario.

Vino la revolución, aunque para la cerrajería todo siguió igual. El rey se fue a París, y Gamain perdió su alto cargo en el desván, aunque siguió manteniendo las cerraduras del palacio de Versailles.

Cuando, en abril de 1791, Luis XVI sólo pudo cumplir su precepto pascual de manos de un cura renegado, decidió huir de París. Como no podía llevar consigo todos los papeles y correspondencia, llamó a su antiguo compañero de trabajos manuales.

El rey condujo al cerrajero a un pasillo, quitó un trozo de zócalo de madera, y mostró a Gamain el agujero que había practicado en la pared. También una puerta de hierro fabricada por su regias manos en el taller que  había instalado en el entresuelo de las Tullerías. Faltaban los goznes, el bulón y la mortaja, labores delicadas que había reservado para Gamain. Éste se puso manos a la obra y, antes del alba, el trabajo estaba listo, el armario cerrado con los papeles dentro, y la llave escondida bajo una baldosa del fondo del pasillo.

Poco después, la revolución llegó a la cerrajería, y Damain fue nombrado miembro del consejo de la comuna de Versailles; y Luis XVI y su familia, encerrados en el Temple. Tras la proclamación de la república, Gamain recibió el encargo de “hacer desaparecer de todos los monumentos de Versailles las pinturas, esculturas e inscripciones que pudieran recordar la realeza y el despotismo”, labor que ejecutó con celo ejemplar.

Mientras tanto, el proceso contra Luis XVI encallaba. Cierto es que todos comprendían que se trataba de cortarle la cabeza, pero eso es menos fácil de lo que parece, porque primero había que armar el proceso, y no encontraban los papeles. ¡Haga usted la revolución, para que luego falten papeles  para cortarle la cabeza al rey! Era tan escandaloso que incluso Gamain, ocupado en labores borrosas, lo entendió con claridad, y se presentó ante el ministro del interior. Un mes más tarde, Gamain ascendió a oficial municipal, y Luis XVI perdió la cabeza.

El munícipe cerrajero siguió con su labor censora de estatuas e inscripciones, y denunció destrozos cometidos en el parque de Versailles en ornamentos que no eran despóticos. Su informe resultó sospechoso de connivencia con el despotismo, y Gamain fue cesado. 

Vejado y avejentado, decidió pasarse a la literatura y obtener la recompensa que pensaba merecer. Escribió una detallada petición a la Convención, donde contó la batalla del armario secreto, con un importante detalle: “En cuanto terminó el trabajo, Capeto trajo en sus propias manos un gran vaso de vino que entregó al ciudadano Gamain y le encareció que lo bebiera, porque hacía calor. Horas después de tomarse el vaso de vino, el ciudadano Gamain sufrió un cólico violento, seguido por una enfermedad terrible, que ha durado catorce meses, en los que ha tenidos los miembros baldados y ninguna esperanza de restablecimiento. Espero de vosotros, ciudadanos legisladores, que pronunciéis la pensión que el ciudadano Gamain espera tras veintiséis años de servicios y los sacrificios que ha hecho.”

El ciudadano Gamain retrasó la fecha de la ejecución del armario secreto un año, no fuera que alguien preguntara por qué tardó dos años y medio en revelar la información revolucionaria. Por fortuna, el ciudadano ministro del interior, suicidado en 1793, no podía recordarlo. La petición fue presentada por el diputado Joseph Musset, cura renegado, que predicó de maravilla: “Era poco, para el último de los tiranos, haber hecho perecer a millares de ciudadanos por el hierro enemigo. Veréis, en la petición que os voy a leer, que se había familiarizado con la crueldad más refinada y administró con su propia mano el veneno a un padre de familia, esperando ocultar así una de sus maniobras pérfidas”. 

El diputado Peyssard, del comité de Socorros Públicos y Liquidaciones, se sumó a la denuncia de la maldad del rey sanguinario: “Se le conocía cruel, traidor y asesino. El objeto de este informe es mostrarlo a Francia entera presentando con sangre fría un vaso de vino envenenado a un desdichado artista que acababa de emplear en la construcción de un armario destinado a esconder los complots de la tiranía. Pensaréis tal vez que ese monstruo había puesto los ojos en una víctima desconocida. Todo lo contrario, es un obrero empleado por él desde veintiséis años atrás, es un hombre de confianza, es un padre de familia al que asesina fingiendo interés y benevolencia. Un violento vomitivo conserva a Gamain en su familia. Su primer cuidado ha sido indicar el famoso armario. Ha cumplido su deber. Hoy, baldados todos sus miembros como consecuencia del veneno del rey, pide a los fundadores de la república los medios de sostener su dolorosa existencia.”

Los diputados aprobaron como un solo hombre el decreto cuyo artículo primero decía: “François Gamain, envenenado por Luis Capeto el 22 de mayo de 1793 (antiguo estilo), gozará de una pensión anual y vitalicia de la suma de 1.200 libras contadas desde el día del envenenamiento.”

  El artista ni siquiera era pobre, sino propietario de la casa donde vivía, en la rue de Maurepas, y de una de las empresas de cerrajería más importantes de la ciudad, en el boulevard de la Liberté, antes du Roi.


[Publicado el 29/7/2010 a las 07:00]

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Cualquiera que haya sido rey de Babilonia

imagen descriptiva

 

convendrá que la más acre humillación es ver raído el nombre propio de las inscripciones y estelas que el rey enemigo arranca y hace transportar, en triunfo y a costa de grandes trabajos, a su capital.

Cuando los arqueólogos franceses descubrieron en 1902 la estela del Código de Hammurabi en las ruinas de Susa, no sólo había sido llevada hasta allá por los conquistadores de Babilonia, sino que secciones enteras de los casi trescientos párrafos habían sido raspadas para ser sustituidas por una nueva inscripción de los vencedores. Todo un caso de corrección histórica y jurídica.

La estela de Hammurabi valdría para icono patrón de los grafiteros, historiadores, juristas, revolucionarios y demás correctores, que debieran peregrinar al Louvre una vez en la vida para rendirle pleitesía.

Y no era que Hammurabi se hiciera ilusiones con los miramientos de los públicos venideros. La estela ostenta un completo surtido de maldiciones contra aquél que “ignore las palabras que he escrito”, “revoque las leyes que he dado”, “destruya mis caracteres”, “cambie mis palabras”, “borre mi nombre escrito”, “escriba su propio nombre”. Las diversas secciones amenazantes muestran una casuística minuciosa y tienen presente a quien “induzca a otro, a un sordo, a un idiota, a un ciego, a un pérfido, a un hombre de idioma extraño, o la muestre a un rey enemigo diciendo borra su nombre y pon el mío sobre él”. No sólo están previstos delitos de comisión, sino también de omisión culpable por parte de quien “cambie de sitio la estatua, no obre conforme a las palabras de esta inscripción, destruya esta imagen, la oculte, la embadurne con pez, la sepulte en tierra, queme, o arroje al agua, la exponga a ser pisada por las bestias o el ganado, impida a las gentes contemplarla o leer mis palabras”. Eso indica que todos esos casos se habían dado, había memoria y jurisprudencia sobre el particular. A la vez que aspira a la eternidad, la pieza literaria hamurábica describe y anticipa su final en las maldiciones protectoras que debían asegurar su duración.

Pero había otra forma de asegurar el renombre, y era escribir, no en una estela vistosa y aspirante a la máxima publicidad en el tiempo y el espacio, sino  bajo tierra, con la posteridad como única lectora.

Bajo los cimientos del templo, se colocaba un depósito fundacional, según una costumbre que una tradición ininterrumpida ha transmitido hasta hoy desde tiempos inmemoriales. Uno de los más antiguos que se ha encontrado intacto es el depósito fundacional del rey Ur-Nammu (c. 2050 a. C.), descubierto en Uruk, y publicado en Berlín en 1939, que contiene una caja con tabletas de arcilla puestas en betún, una lámina de oro, una figura del rey en bronce, con forma de clavo, llevando sobre la cabeza la espuerta con el primer ladrillo, y una tableta de piedra con el documento fundacional.

Las tabletas inscritas solían relatar el currículo excavador del rey constructor del templo. Nabonides se jactaba de haber logrado hallar el documento fundacional de Naram-sin “que durante 2.300 años ninguno de mis predecesores pudo contemplar”. Allá donde fracasaron los intentos de los reyes Kurigalzu, Asarhaddon y Nabucodonosor II, el tenaz Nabonides hizo excavar a 18 codos por debajo de los cimientos y alcanzó el documento. También en Larsa consiguió el mismo Nabonides encontrar el documento fundacional de Hammurabi, que le precedió en más de mil años. Y luego, “modelé una imagen de mi persona real  que transporta una espuerta de ladrillos, y la puse sobre el documento fundacional.”

A veces, la imagen del rey con la espuerta sobre la cabeza es sustituida por la de un dios hundiendo en el suelo un clavo cubierto de inscripciones. Es el símbolo de la construcción, que en sumerio no conlleva la idea de levantar o erigir, sino la de cimentar, ensamblar, clavar y machumbrar, y se representa en la escritura ideográfica con el mismo símbolo que el dedo, el clavo y la cuña.

Las tabletas fundacionales solían tener instrucciones dirigidas al rey autor del hallazgo para que las ungiera con óleos, les dedicara unas líneas, y las enterrara cual venerables testimonios con el nuevo documento fundacional.

El cono o prisma de arcilla con inscripciones que se enterraba en los cimientos se llamaba en sumerio “temen”, que también era por extensión la denominación del templo. Los acadios, que veneraban el sumerio como nosotros el griego o el latín, llamaban “temenu” al documento fundacional de un templo. 

Y por tan egregias vías llegó al griego “témenos”, que es el terreno o recinto dedicado a un dios o un héroe. Y el “témenos” era de temer, porque al poeta Hesíodo le avisó el oráculo que se guardara de ir a uno —el de Zeus  Nemeo—, pero como no entendió bien, fue a parar fatalmente allá, donde le aguardaba un linchamiento en la intimidad.

La foto de arriba reproduce la imagen broncínea del rey Sulgi, que vivió sus felices días hacia 2030 a. C. Estaba depositada en los documentos fundacionales del templo de Ur, y presenta al rey en el gesto tradicional del peón que aporta los primeros ladrillos para la construcción. Se lee el nombre del rey en la tercera columna del registro superior. Los expertos notarán que la efigie no tiene extremidades inferiores, sino que acaba en punta, como una clavija, porque simboliza la acción de edificar, que en sumerio se escribía con ese signo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 26/7/2010 a las 07:00]

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Lo que no tiene nombre


Un rasgo original de Séneca es la reproducción de ochocientas palabras, que supuestamente le ha escrito Anneo Sereno, como inicio de De tranquilitate animi. El resultado es que se desgrana largamente una carta de Sereno, que el lector espera ver replicada en cualquier instante por Séneca, quien se asegura una gran expectativa para su intervención. Y la obra empieza así:
“Al examinarme, se hicieron patentes en mí ciertos defectos evidentes, Séneca, que me resultaban del todo palpables. Difusos y recónditos, esporádicos, sólo presentes a intervalos fijos, molestos sobremanera, como enemigos ocasionales que hostigan, sin que uno esté preparado como en la guerra, ni relajado como en la paz. Percibo en mí esta indisposición del ánimo, como quien no está liberado de lo que temía y detestaba, aunque tampoco sometido a ello. Me hallo —¿por qué no decirte la verdad, como a un médico?— en una situación, si no pésima, sí deplorable y penosa: no estoy sano ni enfermo […] Diré lo que me sucede. Tú encontrarás nombre a la enfermedad.”
Oh Séneca, qué bien escribes que escribo bien, debió decir Sereno al leer la exhibición de poderío fingidor. Y en verdad Séneca es un escritor extraordinario, pero yendo a lo que nos interesa esta vez, la frase: “tú encontrarás nombre a la enfermedad” —para coleccionistas de originales: tu morbo nomen inuenies— es una descripción sucinta y ajustada de la ceremonia mágica del diagnóstico, reinventada veinte siglos después como psicoanálisis. Yo digo qué me pasa, el médico le pone nombre, y se inicia la curación.
Los sabios son nombradores. La gloria de un investigador médico es unir su nombre a un síndrome que la humanidad sufría hasta entonces con ignorancia. Séneca pone nombre y consuelo estoico a lo que Sereno dice no saber nombrar, y otras veces rectifica lo que otro amigo interlocutor, Lucilio (XIX, 110), creía nombrar rectamente:
“Son vanas esas cosas que nos impresionan, que nos tienen aturdidos. Ninguno de nosotros ha indagado qué hay de verdad en ellas, sino que uno a otro le ha contagiado el miedo; nadie se ha atrevido a aproximarse al objeto que lo perturba ni a conocer la naturaleza y provecho de su temor. Así que una cuestión falsa e inane se mantiene como fidedigna porque no se contrasta.” 
Lo peor no tiene nombre. Pero la literatura dice que se lo impone y así parece que aleja los males, por lo menos hasta donde nos aguardan sin nombre.
En la primera literatura, todas aquellas fuerzas que amparadas en el incógnito se resistían a revelar su identidad con nombres eran consideradas malignas y nefastas, porque no se dejaban conjurar. Un texto bilingüe sumerio-acadio de exorcismos cierra la descripción de los siete espíritus malignos así: “son desconocidos en cielo  y en la tierra / no tienen nombre alguno en el cielo y en la tierra”.
Desde el comienzo de la escritura, los sumerios trataron de reunir sus conocimientos, ordenados por series y categorías de objetos (dioses, funcionarios, animales, utensilios, astros). Ese recurso poético antiquísimo que es la catalogación de nombres creaba el orden del universo, y lo convertía en un lugar censado y urbanizado.
Como la escritura primitiva usaba caracteres ideográficos y dibujaba de manera esquemática la cosa designada, aquellos primeros escritores dibujaban croquis del universo. Y la literatura nació en cuanto vieron la productividad del equívoco. Una palabra cambiada de sitio, en una colección que era réplica del mundo, proyectaba conexiones inéditas, y demostraba que el equívoco es el contorno de todas las palabras escritas, igual que de las habladas. Y como la inscripción de la cosa es la cosa misma, la escritura nunca podía ser vana e inoperante. Nació así el nuevo poder manejador de los destinos de los nombres y sus hombres agregados.
Uno de los pasajes memorables de la Biblia es aquél donde Dios conduce ante Adán a todos los animales del campo y las aves del cielo, para ver cómo los llama. Ni Dios sabía qué había creado, hasta que lo oyó nombrar.

[Publicado el 22/7/2010 a las 07:00]

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Di que eres mi hermana


Los aficionados recordarán la historia de Abraham y Sara, en el Génesis, donde un lance de los que antes llamaban escabrosos se repite tres veces. Se ve que el pasaje era apreciado por el público, y los sucesivos redactores tuvieron la preocupación de suavizarlo y darle colorido moral. La primera vez, Abraham pide a su mujer, antes de entrar en Egipto, que diga ser su hermana, para que a él no lo maten, y en cambio obtenga beneficio de ella. El faraón se apodera de la mujer de Abraham, queda satisfecho de sus prestaciones, y compensa al pretendido hermano con esclavos y ganados en abundancia. Pero el dios de Abraham castiga al faraón con grandes plagas, y entonces éste echa del país al profeta, su señora, y sus pertenencias. En la segunda versión, el rey de los filisteos se queda con la pretendida hermana, pero el dios de Abraham interviene antes de que la toque, le avisa en sueños que restituya la mujer al profeta, y lo castiga con impotencia y esterilidad a él, a su esposa, y a todas sus concubinas, hasta que devuelve la mujer, y paga una fuerte indemnización. En la tercera versión, cambian los protagonistas, ahora es Isaac quien va al país de los filisteos y dice que su mujer Rebeca es su hermana, pero el rey ve por una ventana que no se conducen como hermanos, y los declara intocables.
En las tres versiones se celebra la astucia a costa del honor convencional. El profeta miente y se desentiende con facilidad de su mujer y de su papel de marido.  Eso remite a un época donde el marido como dueño y señor de su mujer era una moda reciente, y todavía era concebible volver al estilo anterior. En la sociedad matrilineal, el  marido tenía una categoría efímera, subordinada y no exclusiva. 
En el famoso Diálogo de almohada entre la reina irlandesa Medb y su marido Ailil, que transcribió el celtólogo Thurneysen, se pueden leer los rasgos principales de su relación. Es ella quien lo ha elegido a él; pero antes escogió a otros, y él tuvo que matar a uno de ellos para ascender a marido rey. Ella tiene “amistad de muslo” con otros y, si él tiene celos, puede vengarse matando alguno, pero es inconcebible que levante la mano sobre la reina, a la que debe su estatus. 
También Tácito narra con  algún asombro el caso de la reina Cartismandua, que repudió a su esposo el rey Venutius por una diferencia en política exterior, y tomó como esposo y rey a un escudero.
La forma de herencia patrilineal y la preeminencia del padre y marido se fueron imponiendo desde oriente hacia occidente, con vacilaciones, y a lo largo de muchas generaciones. Por ejemplo, todos los reyes romanos anteriores a la era republicana accedieron al trono por haberse casado con la reina. En la transmisión del poder romano rigió la herencia matrilineal hasta la era consular. 
Y milenios antes, en las tierras entre el Tigris y el Eufrates, ser marido de la diosa de la fertilidad era el título más preciado de los reyes. “Esposo amado de la diosa Inanna” es el apelativo supremo del rey Eannatum (c. 2500 a. C.). Lo cual no es una pretensión de divinización y apoteosis del rey, sino un vestigio de la herencia matrilineal, donde la reina hace rey.
El autor bíblico de la segunda versión de la mujer hermanada estaba molesto con dos problemas de honor que planteaba la primera versión: la mentira de Abraham y que la mujer del patriarca hubiese estado con el rey pagano. Para lo primero, explica que Sara era hermana de padre, pero no de madre, de su marido Abraham. Es decir, no era hermana según el parentesco matrilineal, donde sólo merece ese nombre la hermana de madre, y no importa quién sea el padre. Para aquello de si rozaron o no, aclara que el rey filisteo no tuvo tiempo de acercarse a su nueva adquisición, y que Sara recibió de él esta explicación: “Mira, le he dado a tu hermano mil monedas de plata. Serán para ti como un velo en los ojos de los que están contigo, y de todo esto quedarás justificada”. 
Por más archipatriarcal que parezca la Biblia, en el caso de la mujer hermanada hay ecos de la antigua moda matrilineal, y sugiere que el cambio no pudo ser muy anterior al momento en que se puso por escrito.
La herencia matrilineal tambien está en el fondo de las peripecias de los héroes griegos. Igual que los reyes romanos, todos ellos debían su estatus a estar casados con una reina. Menelao es rey de Esparta gracias a su matrimonio con Helena, y Agamenón reina sobre Micenas por ser el marido de Clitemestra. Las reinas son ellas; y ellos, por más que ejerzan la función de déspota, no poseen ni transmiten derecho alguno al trono.
En Itaca reina Penélope, a la que Ulises debe el haber sido rey. Ni Laertes, padre del héroe ausente, ni Telémaco, su hijo, han sido ni serán reyes de Itaca, porque sólo es posible serlo si uno se casa con la reina. En cuanto Penélope elija cualquiera de los pretendientes, lo convertirá en rey. Nunca se habla de los derechos de Ulises al trono, sino de que los pretendientes se esfuerzan por obtener el favor de Penélope y adquirir de su mano la dignidad real. El marido de Penélope reinará en Itaca, como lo hizo Ulises mientras fue su marido.
En tanto no regresa, Ulises no es un rey exiliado, sino un don nadie. Sólo si Penélope lo acepta, volverá a ser marido y rey. Por eso se disfraza al llegar a Itaca, debe asegurarse de si la reina querrá o no. 
La versión medieval irlandesa de las aventuras de Ulises, como más sensible al problema que la herencia matrilineal supone para el héroe, porque en Irlanda rigió hasta mucho más tarde que en otros sitios, pone esta reflexión en su boca, cuando ve las montañas de Itaca: “Duro será lo que encontraremos, otro hombre tendrá a la bella y dulce reina que dejamos, otro rey nuestro territorio…”
Agamenón, pastor de pueblos y rey de Micenas, es asesinado por Egisto quien de inmediato es reconocido rey de Micenas por la reina Clitemestra. Orestes, hijo de  la reina y del rey liquidado, no mata siete años después a Egisto y Clitemestra en desempeño del papel de pretendiente al trono, sino como ciudadano particular que arregla sus asuntos y, como tal, debe huir del país. Y si, un par de siglos más tarde, Eurípides lo hace rey de Micenas, nos ofrece justamente una prueba del cambio teatral que supuso la implantación de la herencia patrilineal.
Edipo hará los aparatos que quiera, pero bien sabe que sólo puede acceder a la dignidad real si se casa con la reina. Porque los hijos de reina tienen claro el repertorio de heroicidades; o hacen un mammy end, como Orestes, o se casan con su madre haciendo que no sabían, como Edipo. De lo contrario, les pasa como a Telémaco que, como no va a matar a su madre, ni a casarse con ella, está condenado a la insignificancia.
Ahora anuncian la abolición del marido dueño y señor. Hay modas que vuelven, pero nunca son del todo iguales.

[Publicado el 19/7/2010 a las 07:00]

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¿Qué es daimon?

¿Qué es daimon? dices mientras clavas en mi pupila tu mochila azul. Lo primero, que en griego significa “el que reparte”, “el distribuidor”. Y después, que en los poemas homéricos, un daimon es una intervención sobrenatural invocada como causa de lo inexplicablemente humano. Muchas veces no se sabe si un daimon viene de un dios, anda por libre, o qué giro lleva. Por ejemplo, en la Odisea, Menelao le recuerda a Helena su insidioso comportamiento durante la aventura del caballo de madera, y le dice: “entonces viniste tú; y te debió traer algún daimon que deseaba dar la victoria a los troyanos”. Se refiere a Afrodita, que un momento antes Helena ha mencionado como la diosa que le infligió la locura, pero Menelao no la quiere nombrar.
Los “daimones” en general son destinatarios de ofrendas, como temibles poderes que es preciso aplacar. Y “daimonios” es quien actúa bajo la guía o el impulso de un daimon, lo cual se entendía como “desgraciado” o “infeliz”, dicho de manera admonitoria. Así llama Antinoo a los pretendientes de Penélope, y les avisa: “evitad los discursos arrogantes”. Se ve que el daimon conduce a cierta soberbia, arrogancia, lujuria, ira —en al caso de Sócrates, a una particular elocuencia— y, en general, al punto de enajenación necesario para la perdición de alguien. También los dioses pueden ser instigados por un daimon;  Zeus se lo dice a su esposa Hera, obsesionada con ver la perdición de los troyanos.
La idea de rechazar al daimon de la estatua, o sea, el reverso de la intención griega, está presente en la escultura de Rodin, con sus desproporciones estudiadas y su utilización aparentemente negligente del trépano, haciendo vaciar piezas con la superficie perdida de agujeros, restos del proceso de punteado. Los griegos procuraban borrar todas las huellas del trépano; Rodin, en cambio, las exhibía. Aquéllos querían atraer al daimon, distribuidor de lo perdidamente divino; éste perseguía la imagen fieramente humana, que no hacía falta sujetar con amarras, porque quedaba presa en la materia sin desbastar. Ningún daimon en sus cabales codiciaría el bailarín sin cabeza o el Balzac de Rodin, que más bien parecen hechos para disuadir a los dioses de meterse en humanidades.

[Publicado el 15/7/2010 a las 07:00]

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Dioses cautivos

 Entre los rasgos divinos poco explicados, está el caso de las imágenes atadas para que no escaparan. La estatua de Dioniso en Quíos, la de Artemisa en Eritrea, y la de Afrodita en Esparta, tenían un gran prestigio porque era preciso sujetarlas con sogas y cadenas. Todo fue a causa de la introducción en escultura de la técnica del trépano, que permitía trasladar al mármol los modelos fabricados en arcilla o madera, y esculpir unas estatuas divinas nunca vistas. Una vez pulida y emplazada la pieza, el dios era invocado, y no tardaba nada en enviar su daimon para ocupar la efigie y recrearse en su belleza.

Pero entonces los dioses quedaban expuestos a la escasez de adoración, los celos, y otras desdichas propias de quien trabaja cara al público, porque mucha gente creía que ellos estaban allá para pedirles cosas, y a saber qué impertinencias tendrían que oír. Con todo, aunque deseaban retirarse, los dioses no se resolvían a abandonar sus bellas estatuas, y hacían por llevarlas consigo. Se les había extendido el ego al mármol. Eran como aquel señor que tenía el "moi étendu" y se metía en las cartas de madame de Sevigné. Desde luego, hubo que atar las estatuas.

También se llevó la variedad del dios enredado, consistente en recubrir la escultura con una red para que no saliera volando, y con esa traza recibía a las visitas Apolo en Delfos. Alrededor de la estatua, se construía un templo para impedir la fuga del dios enmarmorado.


 

[Publicado el 12/7/2010 a las 07:00]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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