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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 30 de mayo de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

La salsa humana

 

 

La envidia de los dioses sobrevive a los dioses y, aun después de su extinción y olvido, recae implacable sobre los hombres. Es una convicción metapiadosa, previa a la invención de los dioses, y esencial en la humana condición.

Si bien se mira, todas las viejas mitologías describen la envidia divina como algo consustancial, y a los dioses, como pobres envidiosos. En la védica, todo aquél que se eleva mediante el conocimiento atenta contra el confort del cielo. El pobre dios del Génesis espía al hombre, y encima mete ruido cuando pretende observarlo a escondidas; es un celoso lamentable y patético. La envidia de los dioses a los hombres es el motor de la épica griega.

En 1915, Freud publicó Nuestra relación con la muerte, un ensayo donde sostiene que, a causa de la guerra, se ha visto perturbada la “relacion que veníamos manteniendo con la muerte” y se propone reconducirla. Asegura que todos los impulsos instintivos que suprimen a quienes estorban el camino, ofenden o perjudican, todos esos deseos de aniquilación que conducen a mandar a freír espárragos a los demás, en fin, todos esos deseos de muerte ajena que frecuentan la mente humana, son de algún modo objeto de cómputo y originan los posteriores remordimientos. El ensayo está animado por un deseo piadoso que lleva a Freud a pensar que estaba descubriendo el intríngulis del pecado original, entretenimiento que también practicaba Kierkegaard, y una vez lanzado, decreta que también la invención de la divinidad procede de un remordimiento de ese tipo: la antigua horda humana mató al padre primordial y luego transformó su recuerdo en un dios padre.

En el ensayo falta una palabra: envidia. Y así es imposible que atine en nada. Envidia es el sentimiento que los vivos achacan a los muertos. Es sabido que todos ellos nos envidian; pero todavía más quien nos conoció —y nos sigue conociendo, y por lo mismo envidiando—. No se trata de una reflexión inducida por el miedo. De hecho, no se trata de ninguna reflexión. Es algo que viene en el sistema operativo: el sentimiento de los otros respecto a uno es imaginado como temible envidia, y el de uno respecto a los otros, igual, sólo que no pasa de innumerables y súbitos asesinatos mentales. 

Se puede ver, por ejemplo, en el caso de los autorreproches ante la muerte de una persona amada. El superviviente teme la envidia del muerto, y se acusa a sí mismo de toda suerte de malas conductas por acción, deseo y omisión, con el objeto de aplacar su miedo, y conjurar todo argumento posible mediante su sentida expiación. Se acusa y condena para anticiparse a la temible envidia del muerto. Lo mismo vale para ese sentimiento tantas veces explicado de sentirse acompañado, aleccionado y aconsejado por el muerto, y de conducirse como al muerto le hubiera gustado. El alivio procede de sentir haber aplacado su envidia. Y espreciso ver que todo ello es parte de una sinergia que conserva la especie.

Julio César cuenta cómo los galos destruían las cosas del difunto. Y se ve claramente que el objeto de todo aquello era aplacar su envidia: mira, quebramos tu copa preferida, quemamos tu ajuar, no lo vamos a usar, tampoco tu concubina, ni tus púrpuras, doblamos tu espada, déjanos en paz, no nos quieras mal. Heródoto también narra la costumbre de los escitas de ofrecer al rey muerto una concubina, una servidumbre escogida y un séquito a caballo. Las flores, lágrimas y autorreproches tienen la misma misión aplacatoria.

Ahora la pregunta sería el porqué de esa eterna envidia propia y el porqué de la convicción que tenemos respecto al gran poder de la ajena. Porque la envidia es tan esencial en el sistema operativo que no es afectada por la locura. También los dementes y los oligofrénicos son envidiosos, y lo son incluso en sus intervalos de lucidez o inteligencia. La envidia es de esas funciones, hondas y verdaderamente orgánicas que siguen su marcha a despecho de ideas, revoluciones, terapias y reflexiones.

La respuesta es que la envidia es gregarizante y por lo mismo, beneficiosa a una escala superior para la causa humana. Todos los gregarismos se exacerban y manifiestan en la envidia, que no es sino una alarma en alto grado porque está teniendo lugar una supuesta transagresión el orden rebañiego. Los arrebatos más notorios encaminados al puro egoísmo son, sin paradoja, los más comunes y los menos peculiares. Somos custodios implacables de la versión rebañiega, que es nuestra condición más primigenia, aquella a la que servimos más insuperablemente. Cuando se actúa con supuesto egoísmo insuperable es con miras en derredor, al servicio de una imaginación que nos inscribe en el rebaño. Hay que pensar que el hombre individual no es el futuro, al contrario, pudo estar en el pasado y ser desechado por inviable.

La envidia está directamente determinada por el grado de favor público, de admiración que se supone detenta el envidiado. El ojo del envidioso, siendo privado, particular, ve como público, es un ojo común; así como el enamorado se vuelve común, no le extraña nada que todos se la quieran quitar o todos la deseen vivamente. La envidia es la convicción de ser dejado atrás: una sensación gregaria, el enamorado que no obtiene su objeto se enfurece y entristece cuando lee o ve amoríos exitosos, él no, él es dejado atrás, como la oveja que vigila con el ojo, no la hierba, sino la vecina.

El hijo teme la venganza envidiosa del padre muerto y la tradición es la transmisión de ese miedo. La envida, pues, cohesiona el rebaño, afina el instinto social y mantiene al hombre en su salsa.

 

 

 

[Publicado el 16/9/2010 a las 07:00]

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El temor y la esperanza

 

Entre los cuentos de los hermanos Grimm, hay uno del que partió para aprender a tener miedo. Después de pasar las aventuras más peligrosas, y casarse con la princesa, seguía sin saber qué era el miedo y no encontraba nada que temer. Por fin, la princesa se enfadó con el porfiado ignorante y decidió ayudarle a aprender. Fue al arroyo e hizo que le recogieran un pozal lleno de madrillas. Por la noche, cuando el hombre sin miedo dormía, le capuzó el pozal con las madrillas vivitas y coleando. Cuando el ignorante se despertó sobresaltado con el agua helada y los peces que se agitaban, quedó sobrecogido de horror y pánico insuperables, y por fin pudo decir: “ahora sé qué es miedo”.

Kierkegaard se refiere a ese cuento en El concepto de la angustia —las versiones españolas de Begrebet Angest siguen el cambio impuesto en 1981 por Reidar Thomte que tradujo como “anxiety” lo que en 1944 Walter Lowrie había traducido como “dread”—, y dice al principio del capítulo V que ésa es una aventura que cada cual tiene que superar: aprender cómo tener miedo, para no verse perdido por no haberlo tenido nunca, o por quedar sumido en él. Y concluye: “quien ha aprendido a tener miedo de forma correcta, ha aprendido lo más sublime”.

Aunque Kierkegaard se embolica malamente con el pecado original y otras curiosidades de la época, tengo por impecable su concepto del miedo como asignatura primordial. Como ejemplo de impostura contraria, se puede echar un vistazo a Ernst Bloch y su Principio esperanza, en cuyo prólogo también se menciona el cuento de los Grimm, pero esta vez para desdeñarlo como propio de la minoría de edad de la humanidad: “Una vez partió lejos alguien para aprender a tener miedo. Eso era más fácil conserguirlo en el pasado, cuando el miedo estaba muy cerca […] Lo importante ahora es aprender a esperar.”

El contraste entre el temor y la esperanza es uno de los temas favoritos de Guiciardini. En su Historia de Italia se repite varias veces su juicio de que en los pueblos y gentes inexperimentadas puede más la esperanza que el temor, y debiera ser lo contrario. Ahí habla el estadista que ve su oficio muy semejante al de domador, y desconfía de las efusiones del animalito, como dice en sus Ricordi (CXL): “Quien dice pueblo, dice animal loco, presa de mil errores y mil confusiones, sin fineza, sin gusto, sin firmeza.”

Es preciso observar que los animales también son susceptibles de negociar esperanza y que la doma consiste precisamente en suscitar ese reflejo. Son domesticables todos los animales en los que es posible cultivar la esperanza en el hombre, una vez que se les ha impuesto el miedo al hombre.

La esperanza es criatura del miedo. Las proclamas de aceptación de lo inevitable que hacen autores que temen mucho a la muerte, como Montaigne o Tolstoi, traslucen su esperanza de conjurar ese temor. Y es una esperanza que les viene del propio miedo porque, sin él, la muerte no les parecería interesante para ejercicio de lucimiento.

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 13/9/2010 a las 07:00]

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De duelos y concilios singulares

 

Los duelos entre dos destacados guerreros, capitanes o reyes, y verificados ante los dos ejércitos enfrentados que aguardan el resultado como si fuera vinculante y de fuerte sentido augural, parecen un recurso literario, que no ha tenido antecedentes con acreditación histórica. Resultan demasiado plásticos y susceptibles de simbolismo. Tampoco parece creíble que miles de hombres armados y conducidos a su encuentro bélico vayan a renunciar a trincharse entrañablemente y a fiarlo todo a un encuentro azaroso entre dos escogidos representantes.

Por algo suspendió la superioridad el duelo singular entre Paris y Menelao, ante Troya, y en presencia de los dos ejércitos. Parece como si el poeta hubiera querido demostrar que el recurso era pobre y demasiado simplista. En cambio, en la Biblia, inevitablemente más populachera y didáctica, figura el precedente de las tres versiones del duelo entre David y Goliat, donde el malo, grande y feo se adelanta y desafía a los buenos, que son más pequeños, pero más guapos y listos, como se probó de forma lapidaria.

Carlos I de España desafió a Francisco I de Francia a combate singular dos veces, la primera poco después del Tratado de Madrid de 1526, y la segunda diez años después, al volver de su expedición a Túnez, cuando hizo públicas en Roma, ante el papa y el ambajador francés, unas cartas ocupadas a los berberiscos que demostraban que el rey de Francia se había aliado con los turcos. Proponía un duelo entre los dos reyes a espada o puñal, en terreno neutral, isla o semejante, y ante los ejércitos reunidos, detalles que el desafiador libraba al particular gusto del desafiado, o de una comisión designada al efecto. El desafío tenía claras reminiscencias literarias y Carlos I dejaba entender que sin duda habría intervención divina, en forma que se haría ver en su momento.

Pero hubo en efecto un duelo singular no sólo acreditado, sino  largamente comentado en discursos y crónicas de la época.  El 11 de abril de 1512, día de Pascua florida, se encontraron ante Rávena el ejército hispano-pontificio, al mando del virrey de Nápoles, Ramón Folch de Cardona, y compuesto por 18.000 hombres a pie, 2.000 a caballo, y 24 cañones, y el ejército francés, mandado por Gaston de Foix, y compuesto por 24.000 de a pie, 4.000 a caballo, y 50 cañones.

Los dos ejércitos se situaron uno frente al otro, a unos 150 pasos, ambas artilerías y caballerías enfrentadas, y permanecieron todos quietos durante dos horas, mientras las artillerías bombardeaban al personal como mejor podían. La infantería española se echó cuerpo a tierra y Fabrizio Colonna voceaba que era preciso atacar y no dejarse machacar por la artillería francesa. Pero Pedro Navarro, general en jefe, no daba la orden. Entonces Colonna exclamó: “¿Debemos morir por la obstinación y  malignidad de un marrano? ¿El honor de españoles e italianos debe perderse por culpa de un navarro?” Y, con eso, lanzó sus hombres, sin esperar la orden de nadie. Las caballerías españolas pesada y ligera cayeron así en la trampa, perdieron su preminencia y salieron a terreno llano, donde la caballería francesa era muy superior, como probó enseguida. Colonna y Ávalos fueron hechos prisioneros, y la caballería española, deshecha. El virrey Folch de Cardona huyó. La infantería española asistió sin dar un paso al desastre de la derrota de su caballería y la huida de su general en jefe, y, por fin, ante la llegada de la infantería alemana, compuesta por los famosos mercenarios lansquenetes con sus espadones y sus picas larguísimas, tuvo que plantar batalla.

Entonces se dio el espectáculo memorable del duelo entre Jacob Empser y  Cristóbal Zamudio, ante las dos infanterías que aguardaban el resultado del combate singular para empezar el colectivo. El capitán Jacob Empser, de gran planta y potente vozarrón, desafió al coronel Cristóbal Zamudio, riojano de Ezcaray y alcaide de la fortaleza de Burgos, que se había hecho famoso en las acciones de Caltelnuovo y Garellano, al frente de sus cuadros de infantería que nunca perdían la formación.

Zamudio se adelantó y dedicó la faena a Fernando el Católico con estas palabras, según fiel apunte que nos ha hecho llegar Jerónimo de Zurita: “Oh Rey, qué caras nos cuestan las mercedes que nos haces”. El combate entre el gran alemán y el riojano tirando a mediano se libró así ante todos. Y Zamudio le encontró pronto el ángulo muerto desde donde ensartarlo con la espada y lo derribó muerto. Enseguida se encontraron las infanterías, y la española cruzó furiosamente la alemana de lado a lado, casi sin deshacer la formación y perdiendo poco más de tres mil hombres. Las grandes espadas alemanas, largas como un hombre y que solían manejar a dos manos, no servían gran cosa en el cuerpo a cuerpo, y además los españoles se arrojaban bajo las picas alemanas, en busca del dichoso ángulo muerto que dejaban aquellas armas tan grandes y pesadas, y destripaban a los tudescos. Atravesada la infantería alemana, hicieron lo mismo con los gascones que venían detrás, y también los deshicieron y pusieron en fuga, no sin muchas pérdidas, pero con el mismo furor extraño que les hizo llegar hasta la artillería enemiga y apoderarse de ella. Entonces cargó Gaston de Foix contra la terca formación española con toda su caballería pesada. Habían transcurrido unas ocho horas de combate. La infantería española, que estaba aislada en medio de los enemigos más numerosos, comenzó su retirada sin perder nunca la formación, pese a las continuas bajas, y salio de aquel campo de muerte, derrotada, pero como si fuera ganadora. Y Gaston de Foix se puso tan furo con aquello que cargó en busca de Zamudio, y éste lo mató, según testimonio de Doussinague, mientras aún estaba en lo alto de su gran caballo y cubierto de su lujosa ferretería.

Zamudio mismo cayó poco después y también casi todos los jefes españoles, empeñados en defender la retaguardia de su infantería que se retiraba sin perder la formación, aunque sí la vida. Hubo, según Guicciardini, trece mil muertos en total, lo que hace un rendimiento de veintisete muertos por minuto, marca desconocida hasta entonces en la decana de las ciencias humanas, la que indaga cómo matar a la mayor cantidad de gente posible.

Francia no sacó ningún provecho, perdió a sus mejores hombres, y la batalla fue el inicio del declive de su poderío militar en Italia. Además, había combatido a favor del concilio de Pisa, montado y dirigido por Bernardino López de Carvajal, extremeño revolvedor que se había propuesto ser el “Papa Bernardino”. La victoria fue así para el ejército favorable al concilio pisano, lo que llevó la consternación a Roma, donde se temía la llegada y saqueo de los bárbaros. Entretanto, Bernardino declaró a Julio II contumaz y causante del cisma, y le ordenó que compareciera ante él. Por fin, el concilio aprobó un largo y audaz decreto, en el excelente latín de Bernardino, donde se suspendía al papa de Roma y se le retiraba toda la administración espiritual y temporal de la Iglesia, que recaía, como es natural, en el el concilio verdadero y su presidente.

Pero en cuanto pasó la guerra, si se exceptúan los trece mil muertos, que no cambiaron de parecer, todos se situaron en el bando adecuado y se portaron como si jamás hubiera estado en otro. Y Francia, que había suministrado tan ingeniosos poetas como Gringoire, Bouchet y Lemaire, para burlarse, desde París y en rima, de Julio II, mandó ahora eximios teólogos a Roma, por orden de Luis XII, que renegaba del diabólico conciliábulo de Pisa y del intrigante Bernardino. El papa Julio II devolvió a Luis XII el titulo de Cristianísimo y repuso la eficaz virtud de los sacramentos en su reino. También Maximiliano envió a su obispo Lang para hacer saber que repudiaba el cisma pisano. De modo que sólo el papa Bernardino, depuesto, excomulgado y exiliado en Lyon, figuró como adicto a la facción equivocada.

[Publicado el 09/9/2010 a las 06:58]

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El dilema Sarrazin

 

Toda la semana monologan los medios alemanes sobre el señor Sarrazin, destacado miembro del partido socialdemócrata y alto cargo del Bundesbank, que presentó el lunes pasado “Alemania se suprime: cómo nos jugamos el país”. Su editor se gloria de que, en menos de una semana, va por la sexta edición y el cuarto de millón de ejemplares.

Sarrazin teme que los musulmanes supriman Alemania en un par de generaciones, dice que la política de integración fracasa por culpa mahometana y, embarcado en ese Pisuerga, se lanza a la genética. Habla de que el 80 % de la inteligencia es hereditaria, del “gen” que la transmite, del particular gen de los judíos y de los vascos que los hace diferentes al resto de la humanidad. Y, claro, al oír tan delicada materia, los expertos han clamado como un solo hombre: “¿Por qué ha nombrado usted a los judíos en primer lugar?” Sarrazin ha contestado: “¡Qué sé yo! Me ha salido así. La verdad es que tenía que haber dicho frisones orientales o islandeses, entonces no habría problema.” Como se ve, Sarrazin posee un don para agravar su caso. Y hay que reconocer que su aserto sobre el gen vasco quedará como marca histórica: “Hasta aquí llegó la melonada”.

El presidente de la república Christian Wulff ha urgido al Bundesbank que expulse a Sarrazin “para que la la discusión no perjudique a Alemania, sobre todo a escala internacional”. También el ministro de exteriores Westerwelle ha hecho saber que está preocupado por el qué dirán en el extranjero. Con disciplina y diligencia ejemplar, el consejo del Bundesbank ha obedecido y solicitado por unanimidad al presidente Wulff que destituya a Sarrazin. Los miembros del consejo del Bundesbank sólo pueden ser cesados por el presidente de la república —y por lo visto, a petición del mismo—, un barullo sin precedentes que ya ha sumido a la institución en una crisis mayor que la provocada por la inflación. Y todo por un libro del que todavía está por demostrar que contenga más tonterías que la media.

En el partido socialdemócrata SPD, y en la opinión pública, hay una fuerte corriente que está de acuerdo con Sarrazin, más allá de sus desbarres genéticos. Con todo, el SPD le ha abierto un expediente y mandado una circular a los militantes donde se explica que, al meterse en genética y sostener sus “opiniones abstrusas”, Sarrazin se ha pasado de la raya innombrable.

La cancillera Merkel también quiere echar a Sarrazin, y actúa de momento como censora suprema animando al Bundesbank a tomar su “decisión independiente”. No se sabe si lo hace por el libro, que seguramente no ha leído, o para situarse temprano en el lado bueno. En el gremio librero festivalero han surgido menos dudas, quizá porque se han creído las cifras ofrecidas por el editor, lo cual les ha sumido en una comprensible indignación. Así que el Festival Internacional de Literatura de Berlín ha borrado a Sarrazin de la lista de autores, y le ha retirado la invitación para participar en un debate con una esmerada selección de sus críticos. 

Algunos políticos como el ministro bávaro de Interior Joachim Herrmann del CSU aseguran compartir la postura de Sarrazin respecto a la integración de los extranjeros musulmanes. Para él, todo es consecuencia de la “Multi-Kulti-Politik” de verdes y socialdemócratas.

Mientras tecleo estas trapisondas góticas, lo que me llama la atención es la curiosa semejanza del debate Sarrazin con el sofisma de Epiménides el cretense, quien dice que los cretenses mienten, pero él es cretense, luego miente, y no es entonces cierto que los cretenses mientan, por lo que él no miente, luego es verdad que los cretenses mienten, luego él no miente, y así infinitamente.

Sarrazin, ocupado en asuntos de genética financiera, no lo sabrá, pero su apellido significa “sarraceno” que, como no ignoran los expertos, quiere decir, por lo menos desde los tiempos de Amiano Marcelino y Eusebio de Cesárea, primero árabe, y luego moro y musulmán en general. Los “sarkenoi”, de donde procede el latino “saraceni”, eran “los que viven en tiendas”. Esta etimología griega ha sido puesta en duda por exhibir sin pudor un occidentalismo poco respetuoso, y se ha propuesto una etimología árabe (charqiyin) con el significado de “orientales”, que agrava su caso —como cuando Sarrazin se explica en la tele—, porque los árabes del siglo III sólo podrían ser llamados “orientales” desde el punto de vista del imperio romano.

En el apellido Sarrazin hay una bonita porción de historia de Europa. Los Sarrazin prusianos proceden de los calvinistas recalcitrantes que emigraron porque los encorría Luis XIV. Aquellos calvinistas eran antiguos cátaros reciclados que procedían de moros afrancesados en los tiempos de los juglares. De modo que, aparte del gen financiero y del escandalero, Sarrazin posee uno más, bastante “Multi-Kulti”: el gen sarraceno-cátaro-hugonote-prusiano-socialdemócrata. Alguien tan genéticamente dotado no debiera encontrar aberrante el concepto de sarraceno berlinés que, por lo visto, tanto susto le da, pero que representa una bonita síntesis de su propio gen.

Sarrazin dice que los sarracenos no se integran en Alemania por razones genéticas, pero él mismo es portador del gen, ¿se trata entonces de un sarraceno ignorante de su sarracenidad, y apalancado en el cogollo del partido y del Bundesbank, y que por lo tanto se habría integrado, que denuncia a los sarracenos desintegrados y según él no integrables, y en la misma se pisa el capote refutando su tesis de la falta de integración de los sarracenos? Si ahora lo botan, será un sarraceno desintegrado y cargado de razón.

Nadie le ha mencionado nada parecido, porque en alemán “sarrazin” no suena a nada, y meterse con él por semejante motivo siempre sería un  argumento ad nomen, que vale como decir indigente y grosero. Ahora, ¿qué es el racismo sino el más bajo argumento ad nomen jamás inventado?

 

 

[Publicado el 06/9/2010 a las 07:00]

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Los motivos del historiador

 

“Una idea cara al profesor Kant es que la meta del género humano  consiste en alcanzar la constitución política perfecta. Él desearía que un historiador filósofo se decidiera a emprender una historia de la humanidad escrita desde esa perspectiva, y mostrara en qué medida la humanidad se aproxima o aleja de esa meta en diferentes épocas, así como lo que aún le falta para alcanzarla.” Así lo explicaba una gacetilla del nº 12 del Gotaische Gelehrte Zeitung de 1784, que era un avance promocional del ensayo de Kant “Idea de una historia universal desde el punto de vista cosmopolita” que apareció ese mismo año en la revista Berlinische Monatsschrift, y se resume así:

Las disposiciones naturales de toda criatura están destinadas a desplegarse un día de manera exahustiva. En el hombre, esas disposiciones que apuntan al uso de la razón deben ser desarrolladas en la especie, no en el individuo. El medio natural para llevar a cabo ese desarrollo es su antagonismo en la sociedad. El mayor problema de la especie humana es llegar a una sociedad que administre universalmente el derecho. La dificultad consiste en que el hombre es un animal que, cuando vive entre otros de su especie, necesita un jefe que, a su vez, es otro animal que también precisa jefe, y esa sucesión de jefes debe culminar en uno que sea justo por sí. La naturaleza nos obliga a no pasar de una aproximación a esa idea. Se puede considerar la historia de la especie humana como el cumplimiento de un plan oculto de la naturaleza para producir una constitución política perfecta. La filosofía podría tener así su propio milenarismo de modo que la idea que se haga de él favorezca su advenimiento y, por lo tanto, no tenga nada de fanático. La tentativa de tratar la historia universal según un plan de la naturaleza que apunta a la unificación política perfecta de la especie humana debe ser considerada posible e incluso favorable a ese diseño de la naturaleza o, mejor dicho, de la Providencia.

La historia antigua, según asegura Kant en el mismo artículo, está avalada por un “público sabio” que ha existido sin interrupción desde su aparición hasta nuestros días. El primer miembro de ese público sabio fue Tucídides.

Voltaire, que fue un historiador providencialista de tipo kantiano, pese a no haber saludado al profesor, fue también defensor de la idea de que la historia universal empezó a escribirse con Tucídides. Todo lo anterior era una pérdida de tiempo. Lo mismo decía Hume. Era un lugar común de la época.

Cabría preguntarse por qué los historiadores dieciochescos denigraban a Heródoto y lo ponían como ejemplo de cómo no debe escribirse la historia, en contraposición a Tucídides. 

La fama de Heródoto ha tenido altibajos. De padre de la historia, pasó a cuentista, para ser luego vitoreado no sólo como padre de la historia, sino también de la antropología. Con todo, Heródoto cumple la preceptiva kantiana de una historia universal desde el punto de vista cosmopolita: 1. Cree en la existencia de un destino y orden universal. 2. En su historia, el crimen y el exceso político son castigados, porque la divinidad ha impuesto al hombre una medida justa que no debe pasar. 3. Hay un progreso continuo, aunque limitado, en las esferas de la ciencia, las artes y las constituciones, no tanto en las acciones morales y políticas.

La razón de la adversa acogida por parte de los historiadores de la Ilustración está en la malicia burlona con que Heródoto incluye noticias y leyendas de todo pelaje. Tucídides, en cambio, es un historiador técnico que despacha una monografía donde recalca la convicción prehistórica de que el acontecimiento más importante es la guerra. La pobreza y sequía de Tucídides para todo lo que no sea militar o político han sido modélicas en el oficio.

Todos los historiadores, prescindiendo de su especialidad en tal o cual época, escriben sobre hechos del pasado inmediato, como consecuencia de la necesidad de saber lo último que se ha escrito sobre aquello que uno va a escribir. Como los novelistas y los periodistas, los historiadores no pueden evitar autoelogiarse como escritores dignos de la confianza de su propia época. Alejandro Magno observó que se adula a los vivos, no a los muertos.

El providencialismo histórico siempre ha tenido fans desde su invención por los estoicos, quienes sostenían que el hombre es bueno, sólo que acostumbra a estar mal informado. En esa misma vaina, Lutero decía que lo importante era que cada cristiano creyera que estaba salvado, y se salvaría. Y Kant estaba persuadido de que el modo de conseguir que cada cual sea razonable es tratarlo como si lo fuera. Imbuido de esas verdades bondadosas, Marx redactó su historia providencialista en la que los obreros llegan fatalmente al cielo proletario, donde reinará la holganza y sólo habrá que levantar el puño y cantar en horarios que ya se harán saber.

La demostración de que en efecto avanzamos en la kantiana historia universal desde el punto de vista cosmopolita se puede ver ahora en Francia, donde la constitución política corre con tal entusiasmo hacia la perfección que expulsa de la constitución a los que se retrasan.

 

 

[Publicado el 02/9/2010 a las 07:00]

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Incomprensión

Para Federico II de Prusia, los últimos buenos tiempos literarios fueron los del siglo XVII, después, todo era decadencia y corrupción. “Dentro de unos siglos, se traducirán los buenos autores del tiempo de Luis XIV, como ahora se traducen los del tiempo de Pericles y de Augusto. Pero nuestro siglo es de una esterilidad espantosa en grandes hombres y grandes obras. Del siglo pasado, que honró al género humano, no nos queda más que la hez. Dentro de poco, ni siquiera eso”. Estas cosas le escribía a d’Alembert, a quien consideraba el único sabio  vigente, y solía llamar “Anaxágoras”.

La generación de 1760 le disgustaba por su manera imperiosa y prepotente de razonar en abstracto. Ofreció asilo a Rousseau porque lo tenía por un enfermo desgraciado, pero no llegó a terminar el Emilio: “Es una monserga cargante de cosas que se saben hace mucho. Nada original, poco razonamiento sólido, y mucha desvergüenza. Ese atrevimiento, que más bien es descaro, indispone al lector de modo que el libro se le hace insoportable y se le cae de las manos de puro asqueo.” D’Holbach le irritaba y lo tenía por un emisor de impertinencias y tonterías: “¿Qué he aprendido de su lectura? ¿Qué verdad me ha enseñado el autor? Que todos los eclesiásticos son monstruos que conviene lapidar, que el rey de Francia es un tirano bárbaro, sus ministros, archibribones, sus cortesanos, mangantes cobardes y trepadores, los jueces, infames prevaricadores, y que no hay nada sabio, honorable y digno de estima en todo el reino, quitando al autor y sus amigos revestidos del título de filósofos”. Estaba el hombre fastidiado porque le tomaban por patrón de todos los folicularios pretenciosos de Europa. “No os creeríais, escribía a d’Alembert, qué caravanas llegan aquí de insectos literarios que apenas puede uno quitarse de encima.”

Aún le faltaba algo por ver. Los campeones de la tolerancia y la libertad también querían cortar cabezas, tanto y más que los tiranos del absolutismo. Cuando d’Alembert le pidió que cerrara el Courrier du Bas-Rhin porque el periódico había cometido el crimen atroz de dudar del origen noble del difunto abogado Loyseau de Mauleon, y del talento de d’Alembert propiamente dicho, el déspota Federico contestó con finura que, habiendo reclamado para ellos mismos la libertad, los filósofos debían tener el decoro de reconocerla también para sus adversarios. Y aconsejó a los herederos de Loyseau, los energúmenos de heráldica, que tomaran polvos calmantes. No obstante, concedía que “si se trata de contentar a esa familia desolada, encontraremos aquí en Alemania eruditos que harán descender al difunto abogado en línea recta de los antiguos reyes de León y de Castilla, y me atrevo a asegurar que el Courrier du Bas-Rhin publicará tan bello descubrimiento.”

Pero d’Alembert, como razonable propietario de la verdad, era insaciable y ahora quería que Federico II plantara el busto del difunto Voltaire en la iglesia católica de Berlín para profanarla un poco. El tirano prusiano contestó que el venerable patriarca de las letras se aburríría allá, y que estaría mejor en la Academia, en medio de sus admiradores. D’Alembert no cejaba en sus ansias de enderezar la humanidad, y durante una buena temporada insistió a Federico II que hiciera incluir, en el tratado de mediación entre Rusia y Turquía, el compromiso del sultán de volver a levantar el templo de Jerusalén, lo cual haría mentir a las Sagradas Escrituras, papelotes despreciables, y pondría a la Sorbona, nido de reaccionarios, en un gran apuro. Federico II, ya al cabo de su paciencia, preguntó al sabio librepensador si el sultán debería también reconstruir la torre de Babel. Y, desde ese día, encontró que Anaxágoras era un asno. 

No sólo incomprendía y denigraba a los enciclopedistas y fanáticos de razón, sino a toda la literatura germánica de punta a cabo. En 1780, Federico II hizo leer en la Academia berlinesa una memoria que despachaba con sumo desprecio todo lo que se había escrito en Alemania. La lengua alemana era una jerga bárbara y difusa, difícil de manejar, poco sonora y con demasiadas sílabas sordas y desagradables. A su parecer, la literatura germánica no había pasado de los primeros balbuceos, algún bosquejo de fábula, una comedia, un libro de historia, un par de poesías ralas, uno o dos sermones, y nada más, el resto era verborrea pesadísima. Goethe, que algunos le encarecían, no escribía más que plastas triviales. Puede que alguna vez algún alemán se aproximara a la altura de Boileau o Bossuet, pero mientras se aguardaba ese futuro improbable, lo más sensato era hablar y escribir en francés.

Para entonces, Lessing había estrenado Minna von Barnhelm, donde se escenificaba un drama contemporáneo, algo nunca visto en alemán. No había rimas acartonadas ni de las otras, el argumento dejaba en muy buen lugar al rey, el lenguaje era de una agilidad inédita. ¿Cómo es que Federico II no veía el valor de la literatura alemana? “Para haceros idea del poco gusto que reina en Alemania, no tenéis más que ir a los espectáculos públicos. Allá veréis representar las abominables piezas de Shakespeare traducidas a nuestra lengua y a todo el auditorio pasmado oyendo esas farsas ridículas y dignas de los salvajes del Canadá. ¿Dónde están las reglas? ¿Dónde está la versimilitud?”

Ahora, ¿por qué tenía que ser Federico II más comprensivo con su época que Voltaire, que venía a pensar más o menos lo mismo? Goethe no vio ningún valor en Hölderlin, Byron despreció a Shakespeare, Victor Hugo a Stendhal, y Oscar Wilde a Dickens. Si Chopin desdeñó a Schumann, y Cherubini a Beethoven, ¿por qué hoy parece claro que Chopin es poca cosa al lado de Schumann, y que Cherubini no es nada comparado con Beethoven? La escala de valores literarios y artísticos se fija mucho tiempo después de la muerte de los autores y nunca de manera completa. Ser contemporáneo conlleva una incomprensión apasionada. Los autores del tiempo de Stendhal lo tenían por un un pesado que no tenía que ver con la literatura, y él, por su parte, encontraba que el retrato de Inocencio X, de Velázquez, no era digno de figurar en la galería Doria, por pésimo.

Ai posteri l’ardua sentenza, dijo Manzoni, y hasta parece razonable, pero la posteridad no es más que un público que sigue a otro.

 

 

[Publicado el 30/8/2010 a las 07:00]

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El mapamundi de Mileto

 

Hace tres mil setecientos años, unos colonos minoicos de Creta fundaron la ciudad de Mileto al suroeste de la península anatolia, sobre una península en la desembocadura del río Maiandros. El lugar era la juntura de dos mundos: la civilización del Egeo y Oriente Próximo. Más tarde, los micénicos cretenses siguieron apreciando las ventajas del emplazamiento, y Mileto fue la cabeza de puente de los griegos de la edad de Bronce ante el gran imperio hitita. Desde su situación en la costura del mundo, Mileto  prosperó, y promovió la fundación de más de cincuenta colonias, desde el mar Negro hasta África.

Pero en 625 a. C., Mileto no sólo se encontraba en la juntura serrátil de dos mundos, sino que también estaba a punto de descoyuntarse: sufría una guerra civil y se hallaba al borde de la escisión. En ese trance, los milesios recurrieron a los de Paros, para que arbitrasen el cierre de la disputa interna. Los árbitros estadistas (καταρτιστῆρες) acudieron de Paros a Mileto, vieron y oyeron a las partes, y propusieron que gobernasen la ciudad dos hombres: el ciudadano de Mileto que mejor administraba y mantenía su propiedad, y un juez supremo especializado en el establecimiento y aplicación de las leyes. Como tirano, propusieron a Trasíbulo, y para árbitro de la ciudad (αἰσυμνήτης), a Tales, que no era de Mileto, sino cretense. Fue la primera vez en que se instituyó una separación de poderes, dos mil trescientos setenta años antes de Montesquieu.

Bajo la tiranía de Trasíbulo arbitrada por Tales, un período que duró unos cuarenta años, la ciudad de Mileto alcanzó su máxima prosperidad, riqueza e influencia. En aquel tiempo, hacían furor los poemas homéricos interpretados por un elenco singular, los homéridas, que se jactaban de poseer el legado literario de Homero, de quien decían proceder.

Un pasaje notable de la Ilíada era la descripción del escudo de Aquiles, en el canto XVIII, donde el poeta narra cómo Hefaistos “creó numerosas imágenes con mente ingeniosa”. La enumeración y reseña de las figuras cinceladas en el escudo se dilata durante más de cien hexámetros. Empieza con “la tierra, el mar, y el cielo, más la luna llena y el sol infatigable, y todas las estrellas que coronan el cielo…” Sigue la descripción de dos bellas ciudades habitadas por hombres mortales. En una hay paz, en la otra, guerra. Se pueden divisar también los campos cultivados, los rebaños, y la gente que celebra la cosecha. La descripción se cierra con “el poderío de la corriente del Océano en torno a la franja más exterior del escudo sólidamente forjado”.

Era llamativo cuánto se parecían aquellas imágenes cinceladas en el escudo de Aquiles a los avatares de la propia ciudad de Mileto, que había sufrido la guerra con Lidia durante más de una década, desde 613 hasta 602 a. C., y por fin celebraba la paz. 

El milesio Anaximandro apreciaba en particular cómo el poeta había resumido en la imaginería del escudo el universo entero circundado por la corriente del océano. Había en el pasaje una singular fuerza de abstracción que conjugaba la enumeración de detalles con la forja de una perspectiva vertiginosa que abarcaba la totalidad. Esa particular fuerza también radica en la cartografía que, como se ve, nació de la poesía, porque Anaximandro fue, según testimonio del geógrafo Agatémero, “el primero que se atrevió a inscribir en un mapa el universo habitado”. Ese mapamundi era circular, como el escudo de Aquiles, y estaba igualmente rodeado por la corriente del océano, mientras la ciudad de Mileto ocupaba el centro.

El mapamundi de Anaximandro inspirado en el escudo de Aquiles descrito en la Ilíada, fue corregido y mejorado por Hecateo, otro milesio dos generaciones posterior, que mantuvo el diseño original, con Mileto en el centro, y la corriente del océano en el borde exterior. Heródoto, que conoció esos mapamundis, criticaba su problemática exactitud porque (IV, 36) “representaban al océano fluyendo en torno a la tierra en una circunferencia perfecta, como si estuviera trazada con compás, y ponían Asia del mismo tamaño que Europa”. El mapamundi de Hecateo era simétrico, lo formaba un círculo con dos masas continentales iguales, que eran Europa y Asia, la cual incluía Egipto y África. El continente europeo se extendía desde las columnas de Hércules hasta el Cáucaso, y el asiático, desde el mar Negro hasta el río Indo.

Entretanto, los milesios quedaron tan satisfechos con la forma de gobierno que les había traído la prosperidad y la paz, que siguieron sujetándose al régimen de tiranía arbitrada. Después de Tales y Trasíbulo, vinieron Toas y Damasenor, y el importante cargo de árbitro de la ciudad que atempera la tiranía se mantuvo sin interrupción durante siglos. También surgió entonces el primer bipartidismo. El consejo de la ciudad de Mileto estaba dominado por dos facciones de nombres tan gráficos y sempiternos como “Riqueza” (Πλουτίς) y “Trabajo” (Χειρομάχα). 

Hacia 500 a. C., Aristágoras, el tirano de Mileto,declaró la igualdad de los milesios ante la ley y, un tanto achispado por el aplauso, decidió derrocar el dominio persa. Empezó por llevar el mapamundi de Hecateo a Esparta, para negociar con el rey Cleomenes una alianza, en su designio de sublevar a las ciudades jonias contra los persas. El mapa, según Heródoto, contenía en una placa de bronce (V, 49) “todo el contorno de la tierra, todos los mares y todos los ríos”. También estarían las provincias del imperio persa, las tierras conquistadas y las ciudades jonias. Con ayuda del mapamundi, Aristágoras podía dar noticias de riquezas en frutos y rebaños, metales y selvas, hasta llegar la residencia del gran rey persa en Susa, ¡a tres meses de camino desde Mileto! A la vista del mapamundi, y contra lo esperado, el rey espartano Cleomenes quedó muy confuso, y se inhibió en el proyecto de sublevación contra los persas.

Por su parte, Hecateo intervino en la asamblea celebrada en Mileto para el asunto de levantarse contra los persas. Y discrepó frente a la mayoría. Su conocimiento le permitió enumerar los pueblos sobre los que dominaba Darío el persa y las fuerzas de que disponía. En su opinión, la sublevación sería un desastre para la ciudad. La revuelta fue en efecto catastrófica para Jonia, y en especial para Mileto, que la encabezó.

En la batalla naval de Lade, la isla frente a Mileto, los persas se presentaron con seiscientas naves, mientras los jonios reunieron unas trescientas cincuenta. Antes de empezar, los aliados de Samos se dieron la vuelta y huyeron; lo mismo hicieron después los de Lesbos, y el frente jonio colapsó. Sólo el contingente de Quíos aguantó con los de Mileto hasta el final. Quíos, la patria de los homéridas, se portó con la misma lealtad que poco más de cien años antes, cuando sostuvo a Mileto en su guerra con Lidia.

Una vez deshecha la flota jonia, los persas ocuparon y arrasaron el centro del mapamundi. Los hombres y viejos fueron pasados a cuchillo, y las mujeres y niños, deportados como esclavos a Mesopotamia. La destrucción de Mileto en 494 a. C. fue la gran noticia que conmovió al mundo griego.

 

 

 

 

 

[Publicado el 26/8/2010 a las 07:00]

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Treinta higos

Algunos conocedores han echado de menos una valoración de la famosa operación de fístula de 1686. En verdad fue una gesta sin precedentes, porque luego de charcutear durante hora y media en la retaguardia regia, aquellos científicos inagotables le hicieron otra sangría más en el brazo, un final absolutamente innovador. El rey sobrevivió y la fístula también, dando motivo de regocijo durante años a los infatigables equipos médicos. Tampoco es razón ningunear el forúnculo que trabajosamente convirtieron en un ántrax excelente para ser inciso y cauterizado, siempre sin el menor indicio de curación. Daquin, primer médico del rey durante las mencionadas incursiones, cobró 100.000 libras por la operación de fístula, donde apenas pudo salpicarse, dada la masiva afluencia. Por entonces ganaba 45.000 al año, y el puesto le costó 30.000

El abuelo de Daquin fue el gran rabino Mardoqueo de Carpentras, que se pasó al cristianismo con gran éxito de público y crítica. Hizo una peregrinación al reino de Nápoles, y se asentó en Aquino, donde se hizo especialista en los escritos del héroe local, Tomás de Aquino, y se bautizó.  Al regreso, se llamaba Daquin, y se estableció en París como profesor de hebreo del Colegio de Francia. Su hijo Luis-Henri Daquin ingresó como médico ordinario en la casa de Maria de Médicis y de ahí ascendió a médico sin cuartel en el séquito de Luis XIV. El nieto, Antoine Daquin, estudió medicina en la facultad de Montpellier, conocida por su irrenunciable fe en el antimonio, y se casó con la sobrina de la mujer de Vallot, primer médico del rey y antimonista convencido. En 1672 Antoine Daquin accedió al puesto de líder de la muchedumbre médica del rey.

Pronto se hizo patente que su lugarteniente, el sombrío doctor Fagon, lucharía por arrebatarle el liderato. El primer enfrentamiento tuvo lugar durante la liquidación de la reina María Teresa en 1683, hazaña que ambos pretendían apuntarse y sobre la que aún no se ha pronunciado la ciencia. La esposa del rey se indispuso el 26 de julio de 1683. Fagon, primer médico de la reina tras la elevación de Daquin, notó que había aparecido un tumor bajo la axila izquierda. Ordenó una sangría en un brazo que no trajo ningún alivio. Daquin ordenó otra, pero ahora en un pie. Inquietos por la falta de avance, ordenaron administrar antimonio en cantidad prudencial. Poco después, la reina murió asfixiada.

Cuando los héroes hicieron la autopsia, vieron que el tumor de la axila era un abceso enorme que había reventado hacia adentro y atravesado la pleura, asfixiando a la reina. En efecto, habría hecho falta una incisión, pero en el sitio adecuado.

Pero Daquin no perdió su puesto ante Fagon por haber excavado bien o mal alguna trinchera de fístula o forúnculo, ni por derribar un paladar más o menos, ni siquiera por matar a la reina. Fue por descarado. Una mañana anunciaron al rey la muerte de un viejo oficial. El rey dijo que lo sentía porque le había servido bien, y tenía una cualidad muy rara: jamás le pidió nada. Y miró a Daquin, que pedía y obtenía sin cesar abadías, episcopados y altos cargos para sus hijos. Pero éste no se desconcertó un pelo, y preguntó al rey qué había dado él a ese oficial. El rey no replicó nada porque jamás dio nada al difunto cortesano. Al día siguiente, Daquin recibió una carta sellada con la invitación a retirarse de inmediato a París y la prohibición de intentar ver al rey o escribirle. Se le  señalaba una pensión vitalicia de 6.000 libras. Daquin se fue a Vichy, por ver si las aguas le milagreaban algo, pero se puso verde, y murió.

El tétrico Fagon se hizo cargo entonces de la jefatura médica de la casa del rey, pero aún tardó más de veinte años en rematar. Aunque no tenía dientes, Luis XIV tenía que trasegar como un bulímico para remediar las sangrías, vomiteras, purgas y remociones intestinales que formaban parte de su deber real. La víspera de morir, hizo un supremo esfuerzo y engulló en una sentada treinta higos frescos, y luego absorbió con suma convicción un gran vaso de agua helada. Era verano, último día de agosto. Tenía que fabricar sangre como fuera. Ya había visto cómo nueve doctores al mando de Fagon liquidaron fácilmente a su biznieto heredero con unas pocas sangrías y un par de eméticos de antimonio. Él pensaba resistir, pero murió con la fresca del primer día de septiembre. Hecha la solemne apertura de su cuerpo por Marechal, primer cirujano, bajo la presidencia de Fagon y el resto de la corporación, se decretó que había muerto por gangrena en la sangre.

La primavera siguiente, Luis XV, de seis años de edad, y aún de luto, fue conducido al Jardín de Plantas para que conociera una de las singularidades del reino: el verdoso Fagon, que vivía retirado en aquel mismo lugar donde había nacido ochenta años antes.

 

 

[Publicado el 23/8/2010 a las 07:00]

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Historia médica

En la literatura más antigua, los médicos eran giróvagos, profesionales vagabundos que patrullaban las ciudades, como el Fary, o acechaban las encrucijadas, que eran los consultorios de la antigüedad, donde se exponían los enfermos por si algún transeúnte tenía alguna sugerencia al respecto. Pero esa trabajada reputación de seriedad se vino abajo después del Renacimiento, cuando el médico se convirtió en un personaje cómico. Primero los creadores de la Commedia dell'arte, y luego Lope, Tirso y Molière, les dieron una oportunidad, y otra, y aún otra más, y los muchachos jamás defraudaron, eran el perpetuo descongojo.

Cuando Molière murió haciendo de enfermo imaginario, los médicos de Luis XIV decidieron tomarle el relevo literario y crearon el Diario de la Salud del Rey, obra compuesta en sesenta años por media docena de manos, y monumento magnífico que la tontería complacida se hizo a sí misma. El boticario Homais, el dúo Bouvard y Pécuchet, o Prudhomme el satisfechísimo de conocerse, son animalitos literarios inspirados en sus páginas.

Si se lee el Diario, no tarda en imponerse la convicción de que Luis XIV estuvo enfermo toda su vida y que necesitaba todo un ejército de médicos, apoyado por varias escuadras de boticarios y cirujanos, armados con toda suerte de venenos e instrumental pinchante y cortante. El rey sufría fiebres púrpuras y verdosas, retorcijones de estómago, náuseas, vapores, cólicos, vértigos, ántrax, fístulas, glándulas esquirrosas y grangrena en la sangre, según aseguraba la numerosa tropa de científicos a su servicio.

Desde su nacimiento hasta su muerte, Luis XIV tuvo cinco primeros médicos, verdaderos dignatarios de la corte, que compraban muy caro su puesto, y cuya sustitución era una crisis revolucionaria con mayor trastorno que la renovación de media docena de ministerios. El rey era la presa única e indivisible de cada uno de esos señores y su séquito. El primer médico del rey, que se hacía llamar “arquiatra”, estaba asistido por un primer médico ordinario, y éste por un segundo médico ordinario, más ocho médicos de cuartel y uno sin cuartel, y ocho médicos consultores. Junto a ellos, un primer cirujano, un cirujano ordinario, ocho cirujanos de cuartel, dos cirujanos dentistas, cuatro boticarios y cuatro ayudantes de botica. El rey resistió a los cuidados de todos ellos durante más de setenta años.

La labor del primer médico consistía en entrar a las siete y media de la mañana en la habitación del rey para examinarlo, mirarle la lengua, palparle el pulso, hacer un primer peritaje de las evacuaciones y decir qué autorizaba como primer desayuno. Luego, no se alejaba jamás de su real cliente, atento a sus más íntimos detalles. Aparte de su pensión y gratificaciones, el primer médico se alojaba en el palacio de Versailles, y su fortuna consistía en poder acercarse de continuo al rey, con lo que podía pasarle recados, y obtener favores para los parientes y amigotes.

Jacques Cousinot, primer médico por orden de antigüedad, se murió en 1646, y apenas pudo disfrutar del rey un par de años. Vautier, el segundo, ejerció sus funciones implacables durante catorce años. Antes, estuvo doce años en la Bastilla por haber intrigado para echar a Richelieu. María de Médicis, la abuela del rey, sólo quería ser atendida por este Vautier, que entraba y salía de la Bastilla para hacerle la preceptiva visita. Se había graduado en Montpellier, donde regían los eméticos antimoniales, el láudano y la quina, productos horrorosos y tóxicos, a los que se oponía la facultad de París.

Como no se había inventado la circulación de la sangre, ésta era nueva y pura de manera incesante, y se creaba en el hígado a partir de la alimentación, de ahí fluía a los órganos, donde se convertía en humores, vapores y otros inconvenientes. Para arreglarlos se empleaba el sistema terapéutico Diafoirus, consistente en sangrar y purgar, y luego purgar y sangrar, hasta la extinción total del paciente.

William Harvey dijo a final de siglo que no era posible que la sangre se produjera nueva cada día a partir de los alimentos, porque sobrepasaba en abundancia a los ingeridos y a los que pudieran ser requeridos para la nutrición. Pero esta teoría se consideraba una mala ficción inglesa.

Daquin y Fagon, que ocuparon en cuarto y quinto lugar la plaza de primer médico, diferían en relación al temperamento del rey. Para el primero, era adusto y bilioso, para el segundo, linfático. Eso llevaba consigo todo un cambio de régimen, con nuevas listas de alimentos prohibidos y un horario diferente para las purgas y sangrías.

En 1685, el rey fue sometido a una operación de cirujía dental. Le arrancaron  los dientes que le quedaban en la mandíbula superior izquierda. De paso, junto con los dientes, le derribaron medio paladar. Total que, como escribió Daquin, “se produjo un agujero por el estallido de la mandíbula arrancada junto a los dientes, que luego se carió y causaba derrames de purulencia y mal olor.” Los alimentos y las bebidas se iban por agujero del paladar perforado y se le sobraban por la nariz. De todos modos, como no tenía dientes, salía todo bastante entero. También evacuaba tal y como tragaba. Los partes de evacuación en el Diario así lo decían: “Su Majestad evacuó muchas materias crudas e indigestas, y, entre otras, muchas trufas totalmente sin digerir.” Entre lo que se le sobraba por la nariz, y las sangrías y purgas continuas, la bulimia era la única manera que tenía el rey de sobrevivir al encarnizamiento de sus médicos.

La enteritis y dispepsia crónica también era patrimonio real. Las “evacuaciones rojas” como se solían llamar, eran continuas, pero a los médicos les parecía bien. No sólo redoblaban las purgas, sino que a la menor elevación de la temperatura, sangraban al paciente. Y le hacían tomar antimonio a carretadas. Como consecuencia, según Daquin, “el rey padece vapores que ascienden del bazo y del humor melancólico del que llevan la marca por la pesadumbre que imprimen y la soledad que hacen desear. Estos vapores se deslizan por las arterias al corazón y al pulmón donde promueven palpitaciones, inquietudes, flojeras y sofocos. De ahí se elevan al cerebro donde, agitando los espíritus de los nervios ópticos, causan vértigos y vahídos, y, golpeando además el principio de los nervios, debilitan las piernas […] las venas que retienen ese humor melancólico le impiden correr por las vías naturales y, por su estancamiento, le hacen calentarse y fermentar y, a causa de esa tempestad, los vapores  malignos han de ser disipados mediante sangrías.”

Vallot, que ocupó en tercer lugar la plaza de primer médico del rey, y la retuvo valientemente durante veinte años, basaba su reputación en haber salvado a su paciente de una muerte segura mediante una ingesta masiva de antimonio. Durante el reinado de este médico, parece que Luis XIV se resistió a alguna sangría: “no habiendo podido hacer consentir al rey otra sangría, me concedió sólo una purga, y tras haberlo purgado, tuve que dejarlo reposar algún tiempo.”

Para espabilar y quemar un poco su paladar perforado, el rey necesitaba toda un inferno de especias y pimenterías que le hacían luego bailar las entrañas. Por orden del médico, durante la noche debía sudar bajo una montaña de edredones, y durante el día se le sometía a “fusiones” en baños calientes para fundir los diversos humores.

La anestesia y la desinfección eran la misma cosa, y se aplicaban mediante el “botón de fuego” que era un instrumento de hierro que se ponía rusiente y se aplicaba en las heridas. Cuando le arrancaron el paladar y reventaron la mandíbula, le aplicaron catorce veces el botón de fuego, hasta que les pareció que el agujero quedaba curioso.


[Publicado el 19/8/2010 a las 07:00]

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A vueltas con la izquierda y la derecha

 

“Entre los alemanes, para hacer honor a un hombre, se ponen siempre a su lado izquierdo, en cualquier asiento que esté; y toman a ofensa ponerse a su lado derecho, diciendo que para mostrar deferencia a un hombre hay que dejarle libre el lado derecho para echar mano a las armas.” El apunte de Montaigne, consignado en su Diario del viaje a Italia y referido a su estancia en Constanza, es de octubre de 1580. La idea de dejarle al alemán acceso expedito a las armas para que, por ejemplo, nos apuñale con soltura y sin estorbo, parece bienintencionada, pero la tengo por improvisada y sobrevenida. Más verdadera parece la razón de que el deferente pone al godo a su derecha, que es el lado bueno, y el correspondiente a los predilectos, según inveterado rumor. Ponerse a  la derecha del gótico suspicaz sería de la misma índole que apalancarse de entrada en la presidencia de la mesa, contra el consejo evangélico de no hacerlo, sino aguardar la invitación con prudente humildad.

La izquierda de Dios, la del presidente, el lado malo… ¿de cuándo y cómo data el cuento? Tomás de Aquino, experto en orientación teológica, explica así la situación mundial: “Dextra pars mundi est australis; sinistra, vero, aquilonaris”. Que nos atrevemos a entender como que a la derecha del mundo está el sur; y a la izquierda, en cambio, el norte. Eso implica mirar a oriente, conforme a la preceptiva bíblica. Entre los antiguos griegos, se ve que era lo contrario, porque la izquierda  —“skaios” (Σκαιαὶ Πὺλαι, las celebradas Puertas Esceas de la muralla de Troya)— es occidental, de modo que se mira al norte. Para los nómadas de Asia central, la mano izquierda del mundo era la parte oriental, lo que suponía mirar al sur. Los celtas aseguraban creer que los movimientos hacia la derecha traían la fortuna y los dirigidos hacia la izquierda, la desgracia. Esto casa con la idea gótica de que quien pretende ganar el favor de alguien se pone a su izquierda, para hacerle ver que le echará buenos efluvios.

Parecida y aún mayor confusión hay con el sentido de las vueltas en torno a alguien o algo. En la Odisea, “amphipolos” designa a las servidoras de confianza de Penélope, y conlleva la idea de girar en torno a la dueña; ese mismo nombre designa también al sacerdote que así es definido como “uno que se mueve en torno a la divinidad”. Se sobreentiende un movimiento circular cumplido conforme a un rito. Porque el uso de dar vueltas a un centro cargado de fuerza y hacerlo en el mismo sentido que las agujas del reloj es antiquísimo. Se demuestra así veneración y respeto, porque todo lo sagrado y repleto de poder es tabú y peligroso. Las vueltas en la dirección opuesta tienen el efecto contrario. Por ejemplo las vueltas sinistrógiras que se le daban al ataúd, porque el muerto debe ser alejado y advertido de que no vuelva. A lo mismo apunta la costumbre de que las casas tuvieran un “camino de difuntos” que era distinto del habitual para ir a la iglesia, se empleaba para la conducción del cadáver, y quedaba a la izquierda de la ruta habitual. Al llevarlo por esa ruta, el muerto quedaba avisado: “no vuelvas”.

Todos esos requilorios con la izquierda mala y la derecha buena vienen, sin duda, de que la mayoría de la gente es diestra, y así ha sido siempre. Ahora, ¿por qué es diestra la mayoría de la gente? Urgido por tan tremenda cuestión, me bajo al hortal, invoco a san Newton para ver si descubro algo, y ahí está, la he visto y me ha mirado, es ella, la alubia trepadora, que proclama la solución. Las plantas trepadoras no se abrazan a otros tallos de cualquier manera, sino haciendo una espiral sinistrógira. El término sinistrógiro, que viene precisamente de la botánica, quiere decir que mirando a la planta trepadora desde el ápice hacia abajo, aprovechando nuestra superioridad, se ve que gira hacia la izquierda, en sentido contrario al de las agujas del reloj. 

En una torre castilluda, de esas que tienen escalera de caracol por dentro,  al subir tendríamos el eje siempre a nuestra izquierda, y giraríamos siempre en esa dirección. Ésa sería una escalera en espiral sinistrógira. 

En el caso de las columnas salomónicas, los sensibles artífices notaron enseguida que, caso de reproducir la espiral sinistrógira visible en una parra o una glicinia, quedaba una asimetría en el conjunto. Lo cual buscaban contrarrestar, fabricando otra columna pareja, pero con la espiral dextrógira. En casi todos los monumentos, portadas, retablos y baldaquinos (ver, por ejemplo, el célebre de Bernini en el Vaticano) las columnas salomónicas aparecen alternadas, para que haya tantas sinistrógiras como dextrógiras, y se produzca una ilusión de simetría tranquilizadora.

También la industria cordelera y la fabricación de sogas, arte muy antiguo, se basa en la alternancia de torsiones dextrógiras y sinistrógiras, que dan estabilidad al cordón resultante. Y la madera revirada, esa crisis de impaciencia que sufren algunos árboles y les hace crecer en espiral, también suele ser con más frecuencia sinistrógira, y a veces el árbol la alterna, según la edad, con otra fase dextrógira, también en busca de un equilibrio mecánico.

Y siguiendo con la populosa república de las plantas, se comprueba que casi todas las trepadoras tienen volubilidad sinistrógira. No todas, ahí están algunas madreselvas o el lúpulo, por ejemplo, que son dextrógiras. Pero la mayoría es favorable a la espiral sinistrógira, aproximadamente en la misma proporción que los diestros superan a los zurdos.

Esa preferencia procede de una asimetría molecular, porque las moléculas de los aminoácidos que componen las proteínas tienen el carbono central alfa asimétrico, que produce una desviación sinistrógira del plano de polarización de la luz. De modo que ya en las moléculas de los aminoácidos vitales radica el esquema de la espiral dominante.

Si nos fijamos en los movimientos de un deportista diestro, un futbolista por ejemplo, vemos que se apoya en su pierna izquierda y que todo su cuerpo gira en torno a ese eje en un movimiento sinistrógiro que imprime fuera centrífuga a su pierna derecha. Lo mismo en el caso de un lanzador diestro que da vueltas sinistrógiras para hacer que su brazo derecho dé el impulso final. Cuando un diestro salta, bate con la pierna izquierda y ataca con la derecha, y lo mismo cuando arranca a correr. Los movimientos de un diestro, en cuanto trata de golpear o impulsar con su mano o pierna derecha, son sinistrógiros, se apoyan en la izquierda e irremediablemente giran en espiral hacia ella. Así como los de un zurdo son dextrógiros.

Cuando el feto hace su primer movimiento lateral, está impulsado por la médula espinal. Ese primer movimiento que adelantará sus extremidades derechas, en particular, su mano, es sinistrógiro, se repliega hacia la izquierda, lanza la derecha, y repite el esquema de la espiral dominante. En un animal que sólo empleará las extremidades para andar, ese primer impulso sinistrógiro puede tener poca relevancia, pero en uno cuyo cerebro tiene que preparar un software específico para la mano, la cuestión es esencial, se hace diestro. Porque la extremidad que se lanza o adelanta precisa mayores y más específicos cálculos. La puntería, la habilidad, la fuerza medida, la destreza, todo se tiene en cuenta con el máximo cuidado. Esa concentración asimétrica nos hace diestros mucho antes de pensar. En el mundo sinistrógiro los diestros son mayoría.

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 16/8/2010 a las 07:00]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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