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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 30 de mayo de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Saber perder

 

Y volviendo al ajedrez, hay que ver qué mal pierden algunos. Montaigne, por ejemplo, valdría como modelo de perdedor que se reconcome. Vamos a oírle un rato en aquel pasaje famoso de los Ensayos (I, L):

“Si [Alejandro] juega al ajedrez, ¿qué cuerda de su espíritu no pulsa y emplea ese juego bobo y pueril? (Yo lo detesto y rehuyo, porque no es lo bastante juego, y porque nos conmueve demasiado seriamente, y me da vergüenza prestarle la atención que valdría para algo útil). […] Fijaos cómo hincha y espesa nuestra alma esa diversión ridícula, que todos sus nervios se ponen en tensión y abiertamente ofrece a cada cual el medio de conocerse y juzgarse rectamente. En ningún otro lance me veo y palpo más universalmente. ¿Cuál de nuestras pasiones no nos domina en él? La cólera, el despecho, el odio, la impaciencia y una vehemente ambición de vencer, en cosa donde sería más excusable ser ambicioso de ser vencido.”

Huarte indagó el motivo de tanta afrenta en su Examen de Ingenios (XIII):

“Saber de dónde proviene que en el juego del ajedrez (pues decimos que es el retrato de la milicia) se corre más el hombre por perder que en otro ninguno, sin que vaya interés ni se juegue de precio […] tiene poca dificultad. Porque ya hemos dicho que ni en la guerra, ni en el juego del ajedrez, hay fortuna, ni se permite decir «quién tal pensara». Todo es ignorancia y descuido del que pierde, y prudencia y cuidado del que gana. Y ser el hombre vencido en cosas de ingenio y habilidad, sin poder dar otra excusa ni achaque más que su ignorancia, no puede dejar de correrse; porque es racional y amigo de honra, y no puede sufrir que en las obras de esta potencia otro le haga ventaja.”

Eso explicaría por qué a Montaigne le fastidia perder al ajedrez, pero no por qué lo reputa “cosa donde sería más excusable ser ambicioso de ser vencido”. También esa tirada de Montaigne se justifica a la luz de Huarte (VIII):

“El juego del ajedrez es una de las cosas que más descubren la imaginativa, por donde el que alcanzare delicadas tretas y diez o doce lances juntos en el tablero corre peligro en las ciencias que pertenecen al entendimiento y memoria […] La cual doctrina si alcanzara un teólogo escolástico doctísimo que yo conocí, cayera en la cuenta de una cosa que dudaba. Este jugaba con un criado suyo muchas veces; y, perdiendo, le decía de corrido: «¿Qué es esto, Fulano, que ni sabéis latín ni dialéctica ni teología, aunque lo habéis estudiado, y me ganáis vos a mí, estando lleno de Escoto y de santo Tomás? ¿Es posible que vos tengáis mejor ingenio que yo? No puedo creer verdaderamente sino que el diablo os revela a vos estas tretas». Y era el misterio que el amo tenía grande entendimiento, con el cual alcanzaba las delicadeces de Escoto y de santo Tomás, y era falto de aquella diferencia de imaginativa con que se juega al ajedrez; y el mozo era de ruin entendimiento y memoria, y muy delicada imaginativa.”

Gracias a este pasaje que legitima a un caballero docto y de gran entendimiento para perder al ajedrez sin deshonra, pudo Montaigne escribir su diatriba. Lo cual prueba que Montaigne leyó el Examen de ingenios de Huarte, o al menos invita a pensarlo. Entre la primera edición de Baeza de 1575, y la traducción francesa de Chappuy de 1580, hubo cuatro ediciones españolas (Pamplona, Bilbao, Logroño, Valencia), y cualquiera de ellas pudo llegar a Burdeos.

Ahora, una prueba terminante de que Montaigne no sólo leyó a Huarte, sino que gracias a Huarte pudo ser Montaigne, se obtiene del barrido comparado del trío “entendimiento, imaginativa, memoria” / “entendement, imagination, mémoire”, en sus respectivas obras.  Cuando Montaigne habla de sí y su relación con alguna de esas tres facultades, que Huarte llama potencias, sigue a rajatabla las lecciones del Examen de ingenios sobre su jerarquía y grados de compatiblidad.

Así se explica que Montaigne presuma en tantísimos pasajes de mala memoria y torpe imaginación: se basa en la última teoría del momento explicada en un bestseller. Montaigne, que se sabe de memoria las letras latinas de punta a cabo, y las parafrasea con imaginación maliciosa, presume de fallar en lo que no falla, y deja entender que él es tan desmemoriado —en cuestiones rústicas y cotidianas— porque tiene un entendimiento elevado y un juicio muy ejercitado desde su niñez.

El desencadenamiento del artefacto llamado Montaigne, que divaga con gracia a cuenta de Séneca y Plutarco, fue ocasionado por la lectura de Huarte, y la influencia liberadora de éste se nota de manera creciente a lo largo de las ediciones de los Ensayos.

Por cierto, la palabra “ensayo” aparece en el Examen de ingenios, con el sentido de experimento, por primera vez. Montaigne, por su parte, le añade la acepción cortesana de essai: prueba o cata de la comida del rey por un criado o subordinado especial. Los Ensayos son pinchos y tapas experimentales, donde se sirve Montaigne à la montaignienne. Así se trasluce en su cumplida respuesta al elogio del rey Enrique III: “Señor, entonces yo tengo que gustar a su majestad, ya que mi libro le agrada, pues no contiene otra cosa que un discurso de mi vida y acciones.”

 

Lessing escribió una reseña en mayo de 1753 donde saludaba la primera traducción al alemán de los Ensayos. Y Lessing, que solía brillar en las reseñas, y dondequiera, con su estilo gracioso y preciso, saluda a Montaigne con una frialdad llamativa. Dice que era “bastante sincero”, “se comparaba con Sócrates”, “saqueaba los clásicos con descaro”, y  “ha sido alabado por muchos como para que tengamos que tomarnos ese trabajo innecesario. Preferimos ensalzar la traducción…” Quizá por más de un motivo, pero seguro que también por su pasaje contra el ajedrez, se nota en Lessing un desvío claro al hablar de Montaigne.

La posteridad ha tenido un gesto equívoco al respecto, porque hay unanimidad googeliana en la atribución a Lessing de este juicio sobre el ajedrez: “demasiado juego para ser serio y demasiado serio para ser juego”, que en realidad es de Montaigne, pues se trata de una versión estilizada del pasaje de los Ensayos citado arriba. Pero, sobre todo, es algo que jamás habría suscrito Lessing, de cuyas pertenencias sólo se conserva una: su mesa de ajedrez.

 

[Publicado el 21/10/2010 a las 07:00]

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Invención del ajedrez moderno

 

 

Lessing empezó a estudiar español en 1750 y lo practicaba con su primo Mylius, a saber qué dirían. Ese mismo año planeó emprender una traducción memorable, y dudaba entre La vida es sueño de Calderón y las Novelas Ejemplares de Cervantes. Tenía entonces veintiún años, llevaba dos matriculado en la facultad de medicina de la universidad de Wittenberg, y fustigaba la mediocridad de la especie humana con poemas inspirados en Juvenal.

Al principio de 1751, acometió sin previo aviso la primera página de las cuatrocientas cincuenta que abarcó su traducción al alemán del Examen de ingenios de Huarte. Disponía de un ejemplar en español de la edición de Amsterdam de 1662, y utilizó como rompehielos la traducción latina Scrutinium ingeniorum de Joachim Caesar. El motivo del súbito interés despertado en Lessing por la obra de Huarte fue el ajedrez. El Examen de ingenios era la primera obra científica que se ocupaba del significado del ajedrez, de las facultades mentales de los jugadores, e incluso de su dieta. Hasta entonces, 1575, sólo se habían publicado reglamentos del juego. Como recordarán los aficionados, Lessing fue un ajedrecista apasionado, y el centro de gravedad de su obra capital, Nathan el sabio, es un tablero de ajedrez. 

En su época de bibliotecario, Lessing se ocupó de la literatura sobre el ajedrez y comprobó que había un máximo de concentración de publicaciones sobre el “nuevo” juego que se situaba en España, a finales del siglo XV y los primeros años del siglo XVI. Aunque no podía acceder a las obras originales, muchas de ellas raras o perdidas, Lessing deducía que la forma de jugar al ajedrez había experimentado entonces un cambio radical.

Hoy sabemos que ese cambio sucedió el 7 de noviembre de 1489, día en que llegó al cerco de Baza la reina Isabel de Castilla. La partida se prolongaba desde el verano; y el largo y ostentoso desplazamiento de la reina desde Jaén  supuso el jaque mate. Cumpliendo el anuncio pregonado a la población sitiada en Baza, se suspendió el bombardeo de la artillería para que todo el público pudiera contemplar la recepción y los festejos desde la muralla, y la reina, a su vez, admirara la ciudad, el dispositivo guerrero, y la multitud de súbditos presentes y futuros. 

Llegó Isabel de Castilla montada en una mula blanca, y la gualdrapa carmesí y oro casi tocaba el suelo, la silla estaba recamada en oro y plata, y las bridas eran de raso bordado con letras áureas. Desde gran distancia se percibía el acercamiento de la reina en la inclinación de los estandartes de los batallones y las aclamaciones de la muchedumbre. Llegó ella primero al real del noroeste, donde estaba la artillería, y venía acompañada de la infanta Isabel y el cardenal Mendoza, los dos bien guarnecidos, forrados y enguantados con terciopelos, púrpuras y brocados. Su esposo el rey Fernando de Aragón salió a recibirla desde el real del sureste al frente de sus nobles. Vestía jubón carmesí, calzas de raso dorado, gran balandrán florido, cimitarra de precio excesivo, y redecilla de seda en los cabellos. Las gualdrapas del séquito regio eran azules con estrellas de oro. El rey y la reina se hicieron tres reverencias, y cuando ella levantó su sombrero y mostró la cara, el rey la besó en la mejilla, y luego hizo el mismo gesto con la infanta Isabel.

A continuación empezaron los festejos, que duraron tres días, y las negociaciones para la rendición de Baza, que dieron lugar a las capitulaciones más generosas. Durante meses, el rey había dirigido las operaciones militares en el cerco, mientras la reina organizaba la intendencia desde la retaguardia en Jaén. Por fin, el festejado desplazamiento de la reina hasta Baza causó la debida impresión en sitiados y sitiadores, y cerró la partida. Entre las piezas cantadas y representadas durante las fiestas por la entrada en Baza, estaba el célebre romance del cerco

Sobre Baza estaba el rey,

lunes, después de yantar

de cuyo artífice todo lo ignoramos, así como del ajedrecista que homenajeó a la reina con la introducción del movimiento que revolucionó  la forma de juego. En el ajedrez antiguo, la pieza que estaba junto al rey se movía con apocamiento oblicuo en desplazamientos de un solo cuadro. Desde la toma de Baza, esa pieza se llamó “reina”, y se convirtió en la más fuerte sobre el tablero, de modo que el juego adquirió trazas nunca vistas.

También nació entonces la literatura sobre el ajedrez. Entre las obras que se ocupaban de la explicación del juego renovado, se tiene noticia del Llibre dels jochs partits dels schacs en nombre de 100, de Vicent, impreso en 1495, en Valencia; y Repetición de amores e arte de axedrez con 150 juegos de partido, de Lucena, que se publicó en 1497, en Salamanca. 

El nuevo modo de jugar con reina poderosa tuvo un éxito arrasador. En el manual de Damiano Questo libro e da imparare giocare a scacchi et de le partite, editado en Roma en 1512, el moderno estilo de juego se describe como alla rabiosa, lo que da idea del cambio que trajo respecto al antiguo.

En los festejos de la coronación del papa Pío IV, a primeros de 1560, se quiso dar relieve a la nueva relación con Felipe II, mediante la celebración de un campeonato mundial de ajedrez donde debía dirimirse la supremacía de los jugadores españoles o los italianos. Ganó un cura de Zafra llamado Ruy López, reputado campeón de España, que batió a los maestros italianos. 

El propio Ruy López publicó al año siguiente en Alcalá el Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez, traducido, copiado y adaptado en multitud de otros libros, en particular en Das Schach- oder König-Spiel de Selenus, libro gordo que hizo gemir la imprenta en Leipzig en 1616, y reputado como primer manual de instrucciones sobre el juego de ajedrez en alemán. El señor Selenus, seudónimo de un duque godo vergonzante, se preguntaba con mucha pertinencia de dónde vendría la función suprema de mariscal otorgada a la reina en el juego descrito por Ruy López, y el motivo de que tan alta función fuera desempeñada por una dama.

Pocos días antes de la segunda bancarrota de la Hacienda real, en el verano de 1575, se organizó otro campeonato mundial en Madrid, con victoria del italiano Leonardo da Cutri, recompensado por Felipe II con mil ducados, una capa de armiño, y una cadena de oro con bello colgante en forma de torre. Ese mismo año había aparecido el Examen de ingenios donde Huarte sostenía que la imaginativa es la facultad que más se descubre en el jugador de ajedrez, y citaba a Juvenal. ¿Qué más hacía falta para interesar a Lessing?

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 18/10/2010 a las 07:00]

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Displicencia

 

Aunque el purgatorio lo inventó Sinibaldo Fieschi en 1245 —con la excusa de que era el papa—, durante los dos primeros siglos se ignoró su potencial económico y social. Sólo funcionó a fuego lento, quemando muy poco a las ánimas, que se aburrían mortalmente por falta de noticias del exterior. Según Dante, que fue el primero en usarlo como escenario, era como el graderío de un estadio, pero sin partido, ni merienda. El purgatorio no interesaba a nadie, quitando a cuatro pesados que exigían que la iglesia definiera el lugar de residencia de las almas de los mártires, en el más allá, mientras aguardaban a que les devolvieran los cuerpos.

Entonces surgió la idea de Alfonso Borja, el hábil financiero valenciano que convirtió al purgatorio en el artefacto que remodeló Europa. Aprovechando que también era el papa Calixto III, escribió en abril de 1456 una bula donde legisló sobre el conducto y forma de pago de las relaciones entre los fieles vivos y las almas del purgatorio. Por doscientos maravedíes se podía sacar a un alma del purgatorio y mandarla al cielo. La tarifa se acomodaba a las posiblidades de los pobres de solemnidad, y también se admitían prestaciones artísticas, como edificar, pintar, esculpir, o ir a la guerra contra la secta mahometana que oprimía Belgrado, Granada, Jerusalén o Constantinopla. A cambio de esas acciones piadosas, el fiel podía redimir sus propios días de purgatorio, o los de algún pariente que tuviera allá metido. Los predicadores de las indulgencias también cobraban su comisión, igual que los agentes de seguros y bolsa. 

El primer éxito de la nueva legislación sobre el más allá se verificó apenas tres meses después de su entrada en vigor: el 14 de julio de 1456, una turbamulta cristiana de campesinos, estudiantes y ermitaños se lanzó temerariamente contra el ejército turco que sitiaba Belgrado, con tal furia que rompieron el cerco y arrasaron el campamento invasor. 

El éxito se campaneó por toda la cristiandad. Europa pasó a ser una gran penitenciaría donde los convictos ganaban su reinserción celestial y redimían millones de días de purgatorio, acometiendo toda suerte de empresas artísticas, civilizadoras, militares y financieras, justamente ésas que definen “lo europeo”. Con aquella gigantesca terapia colectiva puesta en marcha por el papa valenciano, el cristianismo encontró el modo de superar al enemigo mahometano, que motivaba a sus muchachos con un sistema de allendismo binario, mucho más tosco: infierno o paraíso.

Pero no todo el mundo estaba contento con la burbuja indulgente. Hubo expertos financieros que la despreciaron desde sus cátedras. El más señalado fue Pedro Martínez de Osma. Era este señor soriano muy sabio en materias aristotélicas y teológicas, e hizo carrera en Salamanca. Estaba enchufado por Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, cobraba por racionero y maestro en Salamanca, por canónigo en Córdoba, y por varios cargos sapienciales, y suyo fue el primer libro teológico impreso en España, un comentario sobre el “Quicumque” —una especie de Credo espeso— editado en Segovia en 1472. Como ya era el más sabio de Salamanca, pensó que era hora de ingresar en el cuadro de mando que administraba el gran poder generado por la compraventa de días purgatoriales, y echó los papeles para ser canónigo de Toledo.

La imponente catedral estaba entonces recién terminada y cobijaba a un cabildo muy poderoso, conectado con las principales familias aristocráticas, poseedor de grandes propiedades con exención tributaria, y opulento a más no poder. La renta de un canónigo toledano no bajaba de 400.000 maravedíes al año, el triple que un canónigo sevillano, que le seguía en la clasificación cobradora. Además, la canonjía de Toledo estaba en el camino de la púrpura cardenalicia y de Roma.

Pero el sabio Osma no contaba con sus enemigos salmantinos y con que su protector don Fadrique se fuera a morir cuando más falta le hacía. Sus despreciados colegas de la universidad no informaron a su favor, y hasta intrigaron en su contra, y se vio sin canonjía  toledana, ni posibilidad de mandato sobre la cristiandad ignorante y desagradecida.

Cuando aún no tenía cincuenta años, Osma comprendió que no saldría de Salamanca, y que aquello había sido todo. Entonces escribió un tratado e impartió unas lecciones magistrales sobre los días del más allá y el fraude financiero que suponía su compraventa por el papa de Roma. Cierto es, decía, que hay un purgatorio, pero el papa no manda en él. Por lo tanto, desaconsejaba la inversión, y recomendaba no preocuparse por los pecados, porque se borraban con la “sola displicentia”. 

Para que no lo destituyeran, se jubiló de la cátedra, pero ese inicio de huida no hizo más que animar a sus adversarios. La denuncia partió del claustro de la universidad de Salamanca, y el arzobispo de Toledo, que antes no le había hecho caso en su petición de canonjía, solicitó y obtuvo facultades del papa para procesarlo como “hijo de iniquidad” en Alcalá de Henares. Osma se puso muy malico, y alegó una grave dolencia para no asistir. Su tratado se declaró herético. Hubo un auto de fe donde se quemó, y se concedieron treinta días al acusado para comparecer en Alcalá y abjurar de su maldad. Osma acudió muerto de miedo y sufrió el desprecio de sus colegas, tuvo que marchar en mitad de una procesión vejatoria con una vela en la mano, subirse al púlpito y abjurar de sus errores. Hay informaciones contradictorias sobre si se quemó o no su cátedra, como pedían algunos. Se le impuso la penitencia de no pisar Salamanca, ni arrimarse a menos de media legua de la ciudad, durante un año. Osma sufrió en efecto el gran poder de la displicencia y, en 1480, antes de cumplir el año de alejamiento, murió de melancolía en el hospicio de Alba de Tormes.

 

 

 

 

[Publicado el 14/10/2010 a las 07:00]

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Sangría para el pueblo

 

 

 

En materia de matar reyes y progreso de la ciencia médica, nada como los dos siglos del barroco francés. El primer hito fue el imparable lanzazo en el ojo que el capitán Montgommery, de la guardia escocesa, le dio a Enrique II el 30 de junio de 1559, en un torneo amistoso con motivo de la boda de su hija Isabel con Felipe II de España. El rey era muy aficionado a romper un par de lanzas con los amigotes, a pesar de que los astrólogos de corte le desaconsejaban el ejercicio. Por aquel entonces, el tratamiento de las novedosas heridas de bala consistía en colmar cuidadosamente el orificio con aceite hirviendo, y todos los síntomas invitaban a pensar que el agujero dejado por la lanza allá donde estuvo el ojo y que alcanzaba hasta donde reside la sesera debía ser inundado de óleos ardientes, sin miramiento si se desbordaban por la cara o fluían por la nariz entre humazos de chicharrón.

Fue entonces cuando tuvo lugar uno de los puntos de inflexión de la historia de la ciencia médica. El gran Ambroise Paré apartó la sartén humeante que le tendía su ayudante y decidió inventar la medicina experimental. El mundo, se sabía desde los sabios griegos, era una concatenación de causas similiares aunque extravagantes. En las Hipotiposis de Sexto Empírico, entonces recién traducidas al latín y que Paré citaba con gusto, se leían algunas de ellas: “La cicuta engorda a las codornices, y el acónito, a los jabalíes que, además, comen salamandras, así como los ciervos devoran animales ponzoñosos y las golondrinas, tábanos. Si el hombre come hormigas y piojos, padece malas consecuencias; pero cuando el oso enferma, se cura ingiriendo esos mismos animales. La vibora se duerme al contacto con la rama de una encina; así como el murciélago con la hoja de plátano. El elefante huye al galope de la compañía del carnero; el león, de la del gallo; y la ballena, por su parte, del ruido de moler habas.” Quién lo pensara; sin embargo, cuando la causa de las habas molientes se aproximó al efecto de la ballena galopante, el fenómeno quedó probado. 

Así era como había que conducirse con la herida del rey. Al parecer de Ambroise Paré, la cauterización con hierros rusientes y aceites socarrantes, pese a su óptima reputación, no correspondía como silimia similibus, ni como contraria contraribus. Ya en su volumen Des monstres había escandalizado Paré a los sabios al recordar que “cuando la princesa parió un niño negro, fue acusada de adulterio, pero se libró gracias a Hipócrates, quien explicó el fenómeno por la influencia del retrato de un hombre negro que estaba junto a la cama.” Se trataba, por lo tanto, de reproducir el fenomenal lanzazo en alguna otra cabeza humana provista de ojos y demás particularidades, y después probar hasta dar con el tratamiento acertado que, salvadas las distancias, también serviría en el agujero de su majestad. Había lanzas y esforzados caballeros, y no faltaban condenados, de modo que pronto dispuso Paré de alguna que otra docena de malas cabezas científicamente alanceadas en el ojo. Había tantas que fue preciso hacer venir de Bruselas a Vésale, el mayor anatomista del momento, para atenderlas a todas científicamente. Cierto es que todos los condenados murieron pese los cuidados médicos, y lo mismo sucedió con Enrique II, al cabo de diez días de atroces dolores, pero la medicina experimental quedó bien encaminada.

Cuarenta años después, Enrique III estaba sentado en su silla perforada cuando el dominico Jacques Clément lo engañó con el viejo capote de ir a enseñarle un papel, y le dio una cuchillada tendida en el vientre. “Me has matado”, dijo el rey, y dio inicio a su lenta y dolorosa agonía, que duró hasta el amanecer. Los guardias celosos trincharon concienzudamente al dominico y luego lo tiraron por la ventana. No se le pudo interrogar, aunque en compensación fue descuartizado y quemado.

Cuando Ravaillac apuñaló veinte años más tarde a Enrique IV, los jueces destinaron al autor del “inhumano parricidio” a ser “atenazado en el pecho, brazos, muslos y pantorrillas; y su mano derecha, que sostuvo el cuchillo con que cometió dicho parricidio, será quemada con fuego de azufre, y sobre los sitios atenazados se le verterá plomo fundido, aceite hirviendo, pez, resina ardiente, cera y azufre fundido, todo junto. Luego, su cuerpo será estirado y descuartizado por cuatro caballos. Sus miembros serán consumidos por el fuego, reducidos a cenizas y arrojados al viento.”

El aceite hirviente no parece tener en este caso un propósito curativo. Se puede concluir que la medicina había progresado en ese campo. Y más que lo hizo, porque cuando Damiens decidió atentar contra Luis XV, dijo haberse encontrado abocado al regicidio al no haber podido obtener de ningún médico que le practicara una sangría. La investigación corroboró que, en efecto, Damiens estuvo alojado en un tugurio donde solicitó con insistencia una buena sangría calmante, como las que los sabios cirujanos hacían al rey y las personas principales. Despechado por la falta de una sangría, de la que tantas cosas buenas había oído, decidió atentar contra el rey, la víspera de Reyes de 1757, cuando Luis XV marchaba en medio de sus guardias, rodeado de los grandes oficiales de la corona y en presencia de su hijo.

Caía la noche y el rey avanzaba entre antorchas para subir a su coche que debía conducirlo al Trianon. De la multitud habitual de cortesanos y ociosos ávidos de ver al monarca, salió un individuo, le dió un pinchazo desprendido en un costado, entre la cuarta y la quinta costilla, se guardó el arma en el bolsillo y retrocedió tranquilamente. Se habría escapado con la mayor facilidad, confundido con la gente, si hubiera tomado la precaución de quitarse el sombrero ante el rey, como todo el mundo. Pero, como se mantuvo cubierto, antes y después de su acción, fue fácilmente identificado.

El rey conservó la sangre fría, pero no pudo hacer lo mismo con la caliente. El hábil cirujano Hevin, el mismo que se olvidó la jeringa de plomo en el pecho del señor Montagu y lo mató sin merma de su reputación, se apresuró a practicar una sangría al rey herido hasta conseguir que perdiera el conocimiento.

Cuando Luis XV abrió los ojos, el espanto se apoderó de él. Los cirujanos Senac y La Martinière sondeaban la herida, examinaban el cuchillo, y discutían la calidad de los venenos y los simples. Convinieron en que el corte era superficial y, en el caso de que el agredido fuera un particular, podría levantarse ya mismo y asistir al baile. 

Pero se trataba del rey. El cuchillo podía estar envenenado. Se imponía, a modo preventivo, una adecuada puesta en escena: la presencia del notario del reino, los santos óleos, el confesor de Su Majestad y la celebración de un consejo médico.

El regicida inhábil se llamaba Damiens, y era lacayo de profesión. Había servido a jesuitas, jansenistas, magistrados y consejeros parlamentarios. Las habladurías, soflamas, quejas y murmuraciones escuchadas mientras servía la sopa o empolvaba una peluca fermentaron en su pobre cerebro trastornado. El quería una sangría para calmarse, como los grandes personajes. Y no quiso matar al rey, sino recuperarlo para Dios y la nación. Eso dijo, y el examen del arma le dio la razón en ese punto. 

Era una navaja que de un lado tenía una hoja larga y puntiaguda en forma de puñal, y del otro, un cortaplumas de cuatro pulgadas. Era cierto que si hubiera querido dar un golpe seguro y mortal habría empleado el lado del puñal, y no el cortaplumas. También fueron indicios de su demencia su manía con que le hicieran una sangría, el no quitarse el sombrero, y el galimatías entre volteriano y jansenista que escribió en una carta al rey, donde le decía que si se alejaba del pueblo, podrían morir él y sus herederos. 

Para Damiens, el público deseaba, como es habitual, una ejecución aparatosa. París registró una afluencia extraordinaria. Acudieron gentes de provincias y extranjeros como en las grandes fiestas. Los miradores, buhardillas y chapitelas de la Grève se alquilaron a precios de locura. Los tejados bullían de espectadores; hubo cuatro muertos y multitud de lisiados en las caídas y tumultos. 

La tarde del 27 de marzo empezó el suplicio. Primero, le quemaron hasta el hueso la mano derecha, que tenía sujeto el cuchillo. Se tuvo cuidado de repetir el mismo profeso que con Ravaillac, a fin de mostrar que no se trató de un atentado político, sino del acto de un fanático religioso. A continuación, se le atenazó con herramientas al rojo vivo, para luego echar el consabido mejunje derretido en las heridas. Siguió vivo todo ese tiempo con firmeza estoica. Lo ataron luego a cuatro grandes caballos, pero los poderosos animales no consiguieron descuartizarlo tras sesenta intentos agónicos. Hubo que recurrir al hacha para despedazar su cuerpo palpitante, que por fin sangraba. Luego se quemaron sus miembros y las cenizas fueron esparcidas al viento. Su padre fue condenado a la Bastilla y luego al destierro perpetuo. Su mujer y parientes tuvieron que cambiar de nombre para que no quedara rastro de él. Que hubiera tocado y hecho sangrar al rey por un motivo político impresionó a todos de tal manera que, casi un siglo más tarde, Michelet y los tremendos historiadores decimonónicos encontraron profética toda la actitud de Damiens, sobre todo su petición de  que la sangría no fuera privilegio de los grandes y se le practicara con profusión al amado pueblo.

 

 

 

 

 

[Publicado el 11/10/2010 a las 07:00]

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Filología cargada de futuro

 

En esta nación de filólogos armados destinada a maravillar al mundo, todavía no ha comparecido un alto mando que explique por qué habríamos de decir “Nafarroa” en lugar de Navarra, y por qué usar semejante término sería progresista, o incluso vasco. Aunque esté fuera de discusión que donde cocea la eficacia incontestable de la aleación de ignorancia y brutalidad sobran las explicaciones, podríamos, para variar, hacer como si fuéramos razonables.

La moda de decir “Nafarroa” no sólo es advenediza y carente de fundamento histórico y lingüístico, sino que también es contraria a la fonética histórica vasca, que no tiene /f/ en su alfabeto. El origen del término es francés y su primer empleo figura en las crónicas de Froissart, donde sale “navarrois” (o sea, nafarroá) que es el progenitor de todos los nafarroás que corretean por la actualidad. Su primer registro en vasco es de 1571, cuando aparece en la dedicatoria de una traducción calvinista del Nuevo Testamento que no fue conocida ni siquiera por los especialistas —aunque sí por Montaigne, que le veía “más peligro que utilidad” — hasta 1900, cuando se editó por Linschmann y Schuchardt en Estrasburgo. Hay otro antecedente de 1643, en un manual piadoso editado en Burdeos y que tampoco fue de público acceso hasta la edición franciscana de 1964. De modo que “Nafarroa” no ha sido conocido hasta anteayer por el politburó de clérigos lingüistas que lo ha designado para derrocar al término original, declarado antivasco y objeto de lapidación revolucionaria.

Mientras tanto, sin salir del archivo de Pamplona, en todos los documentos medievales y posteriores, de mil años a esta parte no se lee más que “Navarra”, “Nauarra” y “Nabarra”. El significado genérico es “abigarrado” y en toponimia debe entenderse como “dehesa” (cfr. Ariznabarreta: dehesa de robles; Zuaznavar: bosque adehesado). Era el nombre de una comarca en la cuenca del río Ega, aguas arriba de Estella, que se unió al reino de Pamplona.

Puede que los forasteros caritativos, e incluso algunos paisanos benevolentes, se pregunten: estos vascos tan ofendidos porque le vayan a tocar el burka a su vasquidad, si ya tenían nombre, y encima era vasco, ¿a qué flagelan al personal vindicando uno francés que estaba mandado recoger? ¿Es ignorancia o hay alguna otra patología asociada? Ah la ingenuidad, avive el seso y medite: sin la preceptiva flagelación revolucionaria autodespreciativa, ¿donde actuaría la impactante ciencia de la filología armada? ¿Qué sería del terrorismo de lenguaje? ¿De dónde se obtendrían la ignorancia y borreguez imprescindibles para la construcción del artefacto?

No es una singularidad, porque en todas las lenguas hay palabras que han pasado al uso por ocurrente decreto de la superioridad, por miedo, por racismo, o por ignorancia consensuada. En ese sentido, tanto da que digan Nafarroa como Capadocia Citerior. A lo sumo, sería otro complejo para su admirable colección que ya tiene pasmada a la comunidad científica internacional. Ahora, lo particular del caso radica en que no es precisamente de libro, sino que se está usando ahora mismo para intimidar y acomplejar. De modo que permite un estudio en vivo sobre los mecanismos lingüísticos del miedo. Ahí están los pregoneros de la actualidad, periodistas, políticos, poetas, historiadores y derivados que corean “en Nafarroa”, “a nivel de Nafarroa” o flores parecidas para hacerse perdonar, y mostrarse cómplices y comprensivos con la tétrica cuadrilla. Forman la avanzadilla del miedo, son justo aquellos de quienes Chamfort aseguraba: “Las personas débiles son las tropas ligeras del ejército de los malvados. Causan más daño que el propio ejército, porque infectan y estragan.”

 


[Publicado el 07/10/2010 a las 07:00]

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El recuerdo crea la vida

 

 

Antonio Primo fue un militar y político romano que luego de haber sido senador, cónsul y hasta dueño de Roma, se retiró para dedicarse a la lectura y la correspondencia con los amigos. El poeta Marcial recuerda en un epigrama (IX, 99) una carta de Antonio, ya jubilado en Tolosa, donde le saluda y muestra su aprecio. La emoción de Marcial por el hallazgo de un interlocutor de sus poemas es intensa y así se la hace saber a su libro, al que envía como embajador plenipotenciario al encuentro de Antonio: “tú, que aún puedes soportar los largos trayectos de los caminos, ve, libro, prenda de una amistad ausente.”

No mucho después, Marcial dedicó al retirado Antonio, que ya pasaba de los 75 años, un epigrama (XX, 23) que condensa, en su admiración por la serenidad del amigo, lo mejor de la sabiduría estoica y celebra un mecanismo esencial de la mente humana: el recuerdo crea la vida.

 

Iam numerat placido felix Antonius aevo
       Quindecies actas Primus Olympiadas
Praeteritosque dies et tutos respicit annos
       Nec metuit Lethes iam proprioris aquas.
Nulla recordanti lux est ingrata gravisque;
       Nulla fuit, cuius non meminisse velit.
Ampliat aetatis spatium sibi vir bonus: hoc est
       Vivere bis, vita posse priore frui.

 

Antonio Primo, feliz en su plácida vejez, enumera ya quince Olimpiadas vividas, y reconsidera los días pasados, y los años que ya nadie puede arrebatarle, y no teme las cercanas aguas del Leteo. Ningún día memorado le resulta ingrato ni gravoso. Ninguno hubo del que no quiera acordarse. El hombre cabal amplía la extensión de su vida: saber disfrutar de la vida pasada es vivir dos veces.

 

“Vivere bis” tiene todo el sentido de un bis teatral ordenado por el director, autor y espectador de la pieza exclusiva: su vida, que vive de memoria y se reproduce memorable, sin miedo al olvido.

 

Hay una sencillez insuperable en el poema de Marcial, sobre todo si se compara con el ringorrango que los modernos redescubridores del eterno retorno ponen de guarnición para emplatar una intuición vieja como la humanidad. Y, hablando de sencillez, acabo de ver que Google incluye un traductor de latín en su repertorio. Le voy a hacer un examen con Marcial. Tecleo el epigrama y el artefacto me replica esto:

“Ahora es contar con una edad calma feliz Antonio quince veces en los últimos los primeros praeteritos que Olimpiada durante días, y son seguras en cuanto a la años, sin miedo al Leteo ahora más cerca de las aguas no hay en el recuerdo de la luz es, el fruto y es pesado; no, no había, de los cuales no recordar los deseos aumenta el período de su vida es el hombre que es bueno: es decir, vivir dos veces para poder disfrutar de la vida de los primeros.”

 

Entretanto, madura la mañana y es hora de salir. Desde Barbastro hacia el Ebro, se pasa por Castelflorite y San Juan de Flumen, pueblos hermosos como sus nombres, y se atraviesa el jardín de los Monegros, todo jaspeado de bosquetes y corralizas. Cruzado el Ebro, empieza el gran mar de arcilla blanca de Zaragoza. Esta arcilla, que aquí llaman buro, refleja la luz de una manera única que confiere una claridad desoladora a la atmósfera, algo particularmente notable en Fuendetodos. El pueblo de Goya está en el caracierzo de una sierra donde en años buenos recogían nieve y la conservaban para bajarla a Zaragoza. Al otro lado de la sierra, está Villar de los Navarros donde la expedición carlista obtuvo otra de sus grandes victorias inútiles.

Hacia el sol poniente, pronto se alcanza el corredor del Jalón, por donde han ido y venido durante milenios los incontables hombres esperanzados.

Calatayud tiene un callejeo encantador, las calles de la Paciencia y el Desengaño merecen ascéticas meditaciones. Y hay un curioso monumento a la industria cañamera. Lástima que mi prisa por llegar a Bilbili me impida recrearme en esta ciudad irónica, hay fachadas y balconajes pintados adrede para dar la impresión de desplome y sembrar la duda.

¿Dónde está Bilbili? Ahora sabemos que éste era el nombre auténtico, y no Bilbilis, porque la /s/ final fue un aliño posterior. Pasado el cementerio, una pista trepa hacia el cerro inmortal, y media legua después, es preciso ocultar el coche para no profanar la vista de la urbe venerable. Por fin, después de faldear a media ladera, aparece Bilbili, enorme, sobrecogedora. Termas, templos, mansiones y pórticos descansan de su lento derrumbe, y el foro se alza imponente sobre una vieja acrópolis que se debió desanimar.  El teatro fue excavado en una torrentera, gran desafío ingenieril, y es una joya. El otro día desenterraron junto al escenario una cabeza de Augusto que presidía las representaciones. Paseando entre las columnas del foro se contempla el gran valle cruzado a toda leche por los gusanos del AVE y los pulgones nerviosos de la autovía.

¿Dónde viviría Marcial? Busco por las calles, el teatro y las termas, como si algo me tuviera que resultar conocido. Marcial, cuyos padres hablarían algún dialecto celtibérico, recibió una formación letrada extraordinaria, aquí, en esta orgullosa ciudad de la áspera colina ceñida por el Jalón que hiela el hierro, y luego se fue, veinteañero, a Roma. Cinco días de carreta hasta Tarragona, y después el azar del viento favorable sobre el ancho dorso del mar. Y triunfó en el durísimo oficio de poeta de encargo, no tanto como Virgilio, porque parece que Trajano lo ninguneó imperialmente, pero ahí anduvo, malediciente y tenaz, decretando qué palabras recordaríamos hoy, este día que rojea y se va. Permaneció en Roma casi cuarenta años, los historiadores de la medicina, los oficios, la policía urbana, las costumbres y usos romanos, le deben una información ingente. Luego volvió aquí, a esta ciudad, ya  sesentón. Otra vez el mar, y los cinco días de carreta. Es admirable que este hombre nos describiera Roma, la monstruosa e interminable, y Bilbili, señorial y alta, de un modo que nos hace asentir dos mil años después.

Dice Lope de Vega en el Laurel de Apolo, que hubo en todo el tiempo del mundo veintitrés poetas sólo; y Marcial está el noveno. Plinio el Joven, que le encargó un laudorio inmortalizante del que estaba muy satisfecho, llama a Marcial homo ingeniosus, acutus, acer (hombre ingenioso, agudo, penetrante).

A la luz equívoca del día que agoniza se lee trabajosamente en una inscripción PHILOMUSI. ¡Caramba, si es Filomuso! Aquel trapicheador de noticias caducadas y parásito de cenas, que tenía nombre griego de poeta profesional, y del que se burla Marcial. Resulta que era paisano. Ahora sólo falta encontrar la casa de Liciniano. Pero sube desde el valle la noche, los trenes subrayan su decisión, y allá abajo, donde maduraron las uvas y los alberjes del poeta, guiñan las luces de los coches.

 

 

[Publicado el 04/10/2010 a las 07:00]

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Punch line


 

 

La hazaña más recordada de Charles Oliver, cacique de Kilmallock, Kilfinane, y todo el suroeste del condado de Limerick, de la raza de los Oliver, poseedores de todos los cargos oficiales en aquella región y partidarios profesionales del gobierno inglés, la hazaña, decíamos, tuvo lugar en marzo de 1798, y consistió en hacer atar a un carro y arrastrar por las calles al granjero Patrick Wallis, miembro de los United Irishmen. Días después, lo hizo ahorcar y, por fin, decapitar. La cabeza colgada de una escarpia estuvo largo tiempo expuesta en el mercado de Kilfinane. Casi treinta años después, el nieto de la cabeza, también llamado Patrick Wallis, y de oficio poeta, mató en Barbastro al nieto de Charles Oliver, también así llamado, y de oficio subteniente. Los dos nietos se habían enrolado en el ejército español, pero en bandos diferentes. 

Wallis había ganado todos los campeonatos de limericks y tenía previsto pasar a la lírica mayor, en cuanto cometiese alguna hazaña que pudiera luego versificar. Un limerick, como no ignoran los poetas, es una quintilla epigramática con exageraciones, absurdos, obscenidades y otras agudezas, que tiene un verso final, llamado punch line, donde se entra a matar. El nombre se debe a su país natal, Limerick, reputado por la concisión, doblez y prontitud habladora de sus moradores.

 Destacados miembros de los Irish Limericksmen, club poético irlandés con boletín propio, hicieron una excursión a Barbastro en 1922 y dejaron como recordatorio una cruz, con placa y poema, en el memorable lugar.

Poco antes, en mayo de 1837, una expedición de miles de hombres y cuadrúpedos, con cañones, sables, fusiles, boinas y penachos, se puso en marcha y salió de Estella. Era una expedición pretendiente, unos pretendían gloria, y otros, milagros. Era sabido que si ganaban la guerra, todos ascenderían. Don Carlos, a rey; y los demás, a conde, a general, o al cielo. En cuanto llegasen a Madrid. 

Mientras tanto, llegaron a Barbastro. Allá se demoraron durante cuatro días en funciones religiosas y en deliberaciones sobre el lugar por dónde cruzarían el Ebro, punto transcendental del recorrido. Los cortesanos preparaban la noticia de que la expedición carlista había pasado el Ebro, para hacerla saber a las cortes de Austria, Prusia, Holanda, Nápoles, Cerdeña y Rusia, que estaban a favor del pretendiente don Carlos.

Como después de pasar el Ebro, habría otros muchos quehaceres y ceremonias, decidieron preparar el comunicado antes. El comité ocupado en fabricar la noticia del paso del Ebro estaba formado por el infante don Sebastián, el marqués de Monasterio, el de Villafranca, el conde de Orgaz, y una veintena de ingenieros, topógrafos, y escribientes. Entre quienes debían traducir la noticia al inglés estaba el poeta Wallis.

El día 2 de junio de 1837, atacó Barbastro el ejército gubernamental al mando del general Oraá. Eran 18.000 hombres y 2.000 caballos, mientras en la ciudad había unos 10.000 carlistas, con 1.600 caballos. No era fácil organizar a tanto figurante, y sólo las Legiones extranjeras supieron encontrarse en el caracierzo de un cabezo aguas arriba del río Vero. Allá se entabló lucha encarnizada entre la Legión extranjera del ejército carlista, que tenía unos novecientos hombres, y la Legión extranjera de los cristinos, igual de numerosa. Los dos cuadros se masacraron en los olivares sin perder la formación, después de que sus miembros intercambiaran saludos en francés, inglés y alemán, y se llamaran por sus nombres de cofrades. Todos ellos se conocían de otras batallas, y habían sido compañeros de fortuna. No consta si Wallis el poeta le metió al subteniente Oliver la bayoneta por la nuez y le pegó un tiro que entró por la aleta derecha de la nariz, rompió los dientes, y salió con la oreja por delante. Eso es materia de limericks amantes de la simetría. En todo caso, el subteniente Oliver está censado entre los muertos de ese día, y el poeta Wallis, no. El ataque de Oraá fracasó, y los carlistas cargaron al arma blanca a lo largo de la carretera de Monzón. En total, el ejército cristino tuvo dos mil bajas, y el carlista, unas mil.

Como consecuencia de la batalla, hubo que reiniciar la redacción de la noticia del paso del Ebro, porque ahora vendría después de la gran victoria de Barbastro, que también era preciso hacer saber a las potencias europeas. El equipo redactor se enriqueció con la incorporación del hijo único del marqués de Artasona, ofrecido por sus padres a don Carlos, que estaba alojado en su palacio de Barbastro. El joven Artasona tenía dieciséis años, sabía idiomas y era un portento en matemáticas, pero lo mejor era su habilidad como sonetista. Todo el equipo redactor, y Wallis en especial, estaba entusiasmado con el joven Artasona.

El día 4 de junio, después del Te Deum y los festejos, sonó el toque de generala en plena siesta, y corrió la voz de que había que dirigirse al Cinca. En la expedición de diez mil soldados, con sus oficiales, topógrafos e ingenieros, más otro millar largo de clérigos, cortesanos y funcionarios, después de una semana para decidir por dónde pasarían el Ebro y cómo lo harían saber a la humanidad, nadie había previsto el detalle de cómo cruzar el Cinca.

Había dos barcas de sirga, que empezaron a transportar tropas y bagajes a media tarde. Muchos quisieron vadear la corriente o pasarla a nado, y a todos se los llevó el Cinca.

A la mañana siguiente, los ahogados ya eran multitud, y las barcas no daban abasto pasando tropa. Cuando el ejército gubernamental llegó a Barbastro y atacó a la retaguardia carlista, faltaba por pasar el Cinca el cuarto batallón de Castilla. Las dos barcas se hundieron por el sobrepeso. Wallis y el joven Artasona figuran entre los ahogados que se identificaron. De las pertenencias del primero son destacables una antología de Pope, una gramática francesa, el manual de instrucciones Rhyme and Reason, lápices de dibujo y una flauta con llaves plateadas. 

El recordatorio que se puso en el embarcadero de Estadilla se lo llevó el Cinca, verde punch line.

 

 

 

[Publicado el 30/9/2010 a las 07:00]

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De la inspiración poética

 

La polémica entre las dotes naturales y el aprendizaje de un arte tan importante como la poesía tiene su hito más relevante en el pasaje de la Odisea donde el aedo Femio se dirige a Ulises, que acaba de liquidar a los pretendientes, y le suplica que no le mate, porque (XXII, 347-9): “Soy autodidacta, y el dios me implantó en la mente todo género de vías poéticas,  y me parece que canto a tu lado, como al lado de un dios.” Es la única vez que aparece el término “autodidacta” en los poemas homéricos, y la primera, en las letras griegas. Platón cogió al vuelo la oportunidad y estos versos son el principal apoyo de su teoría de la anammesis, que concibe la sapiencia como rememoración, y se explica por primera vez en su diálogo Ion (533). La inspiración poética se debería a la divinidad, bien sea la Musa, o bien un daimon  innominado, como el que inspiró a Penélope la astucia de la tela interminable.

El pasaje homérico autoriza la tesis platónica, pero también a su modo la del aprendizaje, aunque sea autodidacta. Cuando Aristóteles se ocupó del problema de la inspiración poética, hizo mención del caso de Maraco de Siracusa, que era mejor poeta en sus accesos de locura. Este famoso ejemplo aristotélico fue comentado por Alejandro de Afrodisia, autor muy estudiado durante el Renacimiento, y el poeta y loco esporádico Maraco de Siracusa pasó a ser un paradigma repetido por numerosos teóricos de los misterios de la inspiración poética, como Huarte en su Examen de ingenios: “Maraco siracusano era más delicado poeta cuando estaba (por el calor demasiado del cerebro) fuera de sí; y, volviendo a templar, perdía el metrífico, pero quedaba más prudente y sabio. De manera que no sólo admite Aristóteles por causa principal de estas cosas extrañas al temperamento del cerebro, sino que también reprende a lo que dicen ser esto revelación divina y no causa natural.”

Al final del Renacimiento, el genio literario y el proceso de la inspiración tuvieron su fase culminante como materia de discusión entre los entendidos. En su tratado Apología de la poesía, escrito hacia 1582, Philip Sidney constata que “los más bárbaros y simples indios, que carecen de escritura, tienen sus poetas que componen y cantan”. Montaigne también calificó por entonces de “anacreónticas” las canciones compuestas por los “caníbales”, y en su Diario del viaje a Italia relata dos casos de inspiración extraordinaria, el del spiritato de Roma, y, sobre todo, el de la signora Divizia, iletrada que componía de encargo:

“Esa mujer, como su marido, vive del trabajo de sus manos. Es fea, de treinta y siete años, con bocio en la garganta, y no sabe leer ni escribir. Pero como en su tierna juventud tenía en la casa de su padre uno de sus tíos que leía siempre en su presencia a Ariosto y otros poetas, su ingenio se halla de tal modo dispuesto a la poesía que no sólo hace versos de una prontitud extraordinaria, sino que también les mezcla fábulas antiguas, nombres de dioses, de países, de ciencias y de hombres ilustres, como si hubiera hecho un curso de estudios reglado. Hizo muchos versos para mí. No son, en verdad, más que versos y rimas,  pero de un estilo elegante y fácil.”

Antonio Guaineri, médico de Pavía, escribió casi un siglo antes el caso de “un rústico melancólico que componía cantos fogosos durante la luna creciente, y una vez pasada la combustión, al cabo de unos dos días, hasta que venía otra combustión, no proferia ni palabra literaria. Me han dicho que jamás estudió letras.” El propio Huarte cita varios casos de inspiración sapiencial y en particular el de un frenético versificador: “De otro frenético podré también afirmar que en más de ocho días jamás habló palabra que no le buscara consonante, las más veces hacía una copla redondilla muy bien formada.”

Frente a la explicación estrictamente médica de Huarte, que remite el fenómeno al desequilibrio de los diversos humores y temperaturas, los teóricos de la época preferían la versión de Marsilio Ficino, que era puramente mágico-platónica, y se remitían a un “entusiasmo” literario que estaba ilustremente autorizado por el fervor de Boccacio, el furor de Cicerón y el cuarteto de furori del propio Ficino. 

Montaigne, que medita largo y tendido sobre el gusto y la capacidad para la poesía, sigue la opinión de Huarte en materia de inspiración poética y psicología aplicada, lo que se traduce en su autovindicación por la suelta de “mis caprichos en público”. La dignificación de lo caprichoso en el Examen de ingenios de Huarte corre así: “A los ingenios inventivos llaman en lengua toscana caprichosos, por la semejanza que tienen con la cabra en el andar y pacer. Esta jamás huelga por lo llano; siempre es amiga de andar a solas por los riscos y alturas, y asomarse a grandes profundidades, por donde no sigue vereda alguna, ni quiere caminar con compañía. Tal propiedad se halla en el ánima racional cuando tiene un cerebro bien organizado y templado: jamás huelga en ninguna contemplación, todo es andar inquieta buscando cosas nuevas que saber y entender […] Hay otros hombres que jamás salen de una contemplación, ni piensan que hay más en el mundo que descubrir. Esos tienen la propiedad de la oveja, la cual nunca sale de las pisadas del manso, ni se atreve a caminar por lugares desiertos y sin carril, sino por veredas muy holladas y que alguno vaya delante. Ambas diferencias de ingenio son muy ordinarias entre los hombres de letras. Unos hay que son remontados y fuera de la común opinión; juzgan y tratan las cosas por diferente manera; son libres en dar su parecer y no siguen a nadie. Otros hay recogidos, humildes y muy sosegados, desconfiados de sí y rendidos al parecer de un autor grave a quien siguen, cuyos dichos y sentencias tienen por ciencia y demostración, y lo que discrepa de aquí juzgan por vanidad y mentira.”

Montaigne no sólo leyó a Huarte, sino que se debe a él, y el autor español representó para el francés justo aquello que Morgenstern contaba de Joseph Roth en relación con Proust. Roth le confió una vez que: “Durante muchos años, después de cada artículo que escribía, tenía el terrible sentimiento de que era el último, ¿cómo podría escribir el siguiente? Así fue hasta que leí a Proust. Con Marcel Proust se me deshizo el nudo. Desde entonces sé cómo tengo que escribir. Aunque no imito a Proust en absoluto, como seguramente sabes.” 

Al señor Eyquem se le deshizo el nudo cuando leyó a Huarte, y decidió ser Montaigne. En Huarte encontró la legitimación para ese capricho. Es natural que la afinidad quedase inconfesa, a nadie le gusta deberse a un contemporáneo.

Pasada la brillante procesión del Renacimiento, y una vez que sus más atrasados epígonos doblaron la esquina, la cuestión sobre la inspiración poética debida al diablo, a la magia platónica o el estudio de los humores orgánicos, perdió todo su interés. Ya en el Siglo de las Luces, se presiente la convicción moderna de que la poesía, como el arte, se ha vuelto imposible y fácil.

De esa época, hacia 1740, son los deliciosos ejemplos de ingenio e inspiración relatados en las Cartas confidenciales sobre Italia por Charles de Brosses:

“Quiero participaros, mi querido presidente, una especie de fenómeno literario del que acabo de ser testigo, y que me ha parecido una cosa più stupenda que la catedral de Milán. Al mismo tiempo, poco me ha faltado para quedar en evidencia. Vengo de casa de la signora Agnesi, donde dije ayer que tenía que acudir. Me han hecho entrar en un gran y hermoso apartamento, donde he encontrado a treinta personas de todas las naciones de Europa, ordenadas en círculos, y a la señora Agnesi, sola con su hermana pequeña, sentada en un canapé. Es una chica de dieciocho o veinte años, ni guapa ni fea, con hermosa tez, aspecto sencillo y dulce. Primero han traído muchos helados, lo que me ha parecido un preludio de buen augurio. Al ir, esperaba que no sería más que para conversar de manera corriente con esa señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que me acompañaba, ha querido hacer una especie de acto público. Ha empezado por pronunciar una bella arenga a esa joven en latín, de modo que le oyera todo el mundo. Ella le ha contestado muy bien; tras lo cual,  se han puesto a debatir en la misma lengua sobre el origen de las fuentes, y sobre las causas del flujo y reflujo que algunas tienen semejante al mar. Ella ha hablado como un ángel sobre esa materia; no he oído nada al respecto que me haya satisfecho tanto. Tras lo cual, el conde Belloni me ha rogado disertar igualmente con ella, sobre cualquier materia que me pareciera bien, siempre que fuera filosófica o matemática. He quedado estupefacto al ver que me hacía arengar de improviso y hablar durante una hora, en una lengua que no uso. No obstante, de un modo u otro, le he dirigido un hermoso cumplido, y luego hemos discutido primero sobre la manera en que el alma puede ser afectada por los objetos corporales, y luego comunicarlos a los órganos del cerebro, y a continuación sobre la emanación de la luz, y sobre los colores primitivos. Loppin ha disertado con ella sobre la transparencia de los cuerpos y sobre algunas líneas curvas geométricas, de lo cual no he entendido nada. Él le hablaba en francés, y ella le ha pedido permiso para responderle en latín, temiendo que los términos de las artes no le vinieran tan fácil a la boca en lengua francesa. Ella ha hablado de maravilla de todos los temas, sobre los cuales, sin duda, no estaba más prevenida que nosotros. Es muy adicta a la filosofía de Newton, y es una cosa prodigiosa ver a una persona de su edad que se sabe tan bien puntos tan abstractos. Pero, por chocante que me haya parecido su doctrina, aun me ha asombrado más oírle hablar en latín (lengua de la que, sin duda, ella no hace uso sino rara vez) con tanta pureza, facilidad y corrección, que puedo decir no haber leído nunca libro alguno en latín moderno escrito con tan buen estilo como sus discursos. Después de que contestase a Loppin, nos levantamos, y la conversación se hizo general. Cada persona le hablaba en la lengua de su país, y ella respondía a cada cual en su propia lengua. Me dijo que estaba muy disgustada por que la visita hubiera tomado así el aspecto de una tesis, y que no le gustaba hablar de tales cosas en sociedad donde, por cada persona que se entretenía, había veinte aburridas, y que aquello sólo estaba bien entre dos o tres personas del mismo gusto. Ese discurso me pareció al menos de tanta sensatez como los precedentes. Me disgustó enterarme de que pensaba meterse en un convento, cosa innecesaria, porque es muy rica. Después de que charlamos, su hermana pequeña tocó en el clavecín, como Rameau, unas piezas de Rameau y otras de su propia composición, y cantó acompañándose.”

La joven dama sapiente era Maria Gaetana Agnesi (1718-1799), y su hermana, Maria Teresa Agnesi (1720-1795), clavecinista, cantante y compositora de óperas. La carta de Brosses está dirigida a Jean Bouhier (1673-1746) erudito, académico y presidente del Parlamento de Borgoña. Unos días más adelante tuvo lugar el encuentro con Bernardino Perfetti (1681-1747), poeta improvisador, que Brosses narra como sigue:

“El espectáculo más singular que hemos tenido durante nuestra estancia en Siena nos ha sido otorgado por el caballero Perfetti, improvisador de profesión. Llaman así a ciertos poetas que se dedican a improvisar sobre la marcha un poema impromptu sobre un motivo quodlibético que se les propone. Propusimos como tema a Perfetti la aurora boreal. Permaneció con la cabeza baja durante un buen cuarto de hora, al son de un clavecín que preludiaba a media escala. Se levantó y comenzó a declamar suavemente, estrofa a estrofa, en rimas octavas, siempre acompañado por el clavecín que daba los acordes durante la declamación y volvía a preludiar para no dejar vacíos los intervalos al cabo de cada estrofa. Estas se sucedían unas a otras bastante despacio, a lo primero. Poco a poco,  la verba del poeta aumentó y, a medida que aumentaba, el son del clavecín se reforzaba parejamente. Al final, el poeta declamaba como un hombre rebosante de entusiasmo. El acompañante y él iban concertados con una sorprendente rapidez. Al salir, Perfetti parecía muy fatigado; nos dijo que no le gustaba hacer con frecencia semejantes ensayos, que le agotaban el cuerpo y la mente. Pasa por el más hábil de los improvisadores de Italia; su poema me causó gran placer; en esa declamación rápida, me pareció sonoro, y lleno de ideas e imágenes. Al principio era una joven pastora que se despierta, sorprendida por el brillo de la luz; se reprocha su pereza y va a despertar a sus compañeras, les muestra el horizonte ya dorado con los primeros rayos, les representa que ya debían haber conducido sus rebaños a las praderas esmaltadas de flores. Las pastoras se reúnen, el fenómeno aumenta; el rayo del dueño de los cielos se lanza a todas partes desde un globo oscuro que amenaza la tierra, las olas inflamadas se desbordan por la campiña; el terror se apodera de todos los pastores. Vanamente, uno de ellos, más instruido que los demás, les quiere explicar las causas físicas del fenómeno; todos huyen, todos se dispersan, etc. Esa improvisación perfilada poéticamente, llena de frases armoniosas, declamada con rapidez, y unida a la dificultad singular de sujetarse a las estrofas en rimas octavas, sumerge rápido al oyente en la admiración y le hace compartir el entusiasmo del poeta. Creeréis, con todo, que hay ahí muchas más palabras que cosas. Es imposible que la construcción no resulte forzada y el relleno, compuesto de un pomposo galimatías. Creo que con esos poemas pasa un poco como con las tragedias que improvisamos el señor Pallu y yo, donde hay tantas rimas y tan poca razón. Tampoco el caballero Perfetti ha querido escribir nada, y las piezas que le han robado mientras las recitaba, no han mantenido en la lectura lo que habían prometido en la declamación.”

[Publicado el 27/9/2010 a las 07:00]

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Cuarenta nombres de una vida

 

 

 

La idea es de Sloterdijk: somos blogs erráticos, esparcidos en medio del paisaje de la red, y abandonados al pánico de la presencia. Cada cual ignora de qué montaña fue arrancado y es testigo de una historia que ninguna memoria ha retenido. Ahora que por encima de Santa Leocadia desciende al ocaso la primera luna del otoño, me repito que hay una semejanza notable entre escritores y actores. Algunos observadores caritativos han sugerido que el escritor es alguien que se vacía. Y eso, al cabo de un tiempo, es la aniquilación: se han vaciado a sí mismos y convertido en fantoches. Es una apreciación bastante optimista; sobre todo, si cree que podían estar llenos de algo y lo han sacado de sí.  

El escritor suele ser un actor encasillado. Desde que aparece el autor famoso en la escena social, allá por la época de Dickens, el pobre comparsa, que disfruta de los mismos ajetreos que una cupletista, se siente impostor: actor que hace bien de escritor pero que, secretamente, desearía descansar haciendo una gira en un papel distinto.

De joven, cuando aprendía alemán, leí en Jünger que la autobiografía Cuarenta años de la vida de un muerto, de Fröhlich, es de lo más entretenido de las letras alemanas. Durante años indagué a diestro y siniestro buscando al dichoso Fröhlich, y no hubo manera. El nombre, que significa “alegre”, y es un apellido muy común, parecía broma.

El año pasado me vi en Leipzig, la esforzada ciudad.  Paseaba por una calle ancha y despoblada, que hacía fluir sus bloques alineados y vacíos junto a la desolada vía del tren, y me metí en un bar vacío. El local me pareció muy camuflado, casi invisible desde fuera, y la decoración muy espesa. Me senté y, al rato, oí voces y ruidos de cena familiar que venían del fondo. De golpe, vi que todas las cosas tenían puesto un precio. Entonces distinguí en un revistero, justo a mis pies, los tres tomos azulencos y desanimados de Cuarenta años de la vida de un muerto, a la venta por 10 euros, incluyendo el propio revistero y una lujuriosa revista de corte y confección. Dejé el dinero junto a un reloj de cuco, todo parecía un cuento de Hoffmann.

Edición berlinesa de 1915, en fatigosa letra gótica, y de autor anónimo. Ningún Fröhlich a la vista, pero alguien escribió a lápiz “Friederich” en la página de respeto.

Johann Conrad Friederich nació en Frankfurt en 1789, recién tomada la Bastilla. A la edad en que los demás críos encorrían a los gatos, él hacía los visajes y aspavientos de los personajes de la revolución francesa, declamaba tiradas formidables de Danton y Robespierre, y quería ser actor de teatro inmediatamente.

Una carta de la madre de Goethe a su sobrino August menciona a un joven frankfurtiano de 16 años llamado Conrad Wenner, que estaba poseído por una insuperable atracción por las tablas, y le daba la lata con ir a Weimar, ponerse a declamar papelones y no parar nunca: “me va a volver loca, se apellida Friedrich, su madre era de soltera Wennern”. Hasta la pobre señora escribía versiones distintas del apellido. Se ve que el furor histriónico de Friederich desbordaba el comedor de casa, se expandía por el vecindario, trastornaba nombres y renombres, y desesperaba a sus mayores. 

Recomendado por la señora Goethe, lo metieron en un internado de Homburg, pero la cosa empeoró, el joven sólo se ocupaba del teatro y la música, recitaba con gran sentimiento a Schiller y Goethe, componía marchas y cuplés de todo pelaje, cantaba arias de Mozart, y sólo quería ser actor de teatro. 

Por fin, consiguió un papel en el tiroteo napoleónico, la mayor obra de teatro que entonces se representaba, e ingresó en el regimiento de Inseburg, que era un aglomerado de austriacos, húngaros, checos, polacos y rusos que preferían servir en el ejército ganador. Friederich se sintió de primera en aquella legión de presos y desertores de toda Europa. Antes de que pasara un año de su ingreso, a los 17 de edad, ya hacía el papel de teniente, lo cual le dio tablas para desempeñar el de capitán la temporada siguiente.

En 1808, se apuntó en un regimiento francés de infantería, llegó a España, la cruzó desde Irún a Toledo, pasando por mitad de los cuadros de Goya y el sitio de Zaragoza; y ya lo iban a matar, cuando lo destinaron a Nápoles. Participó en la toma de Capri y la detención del papa Pío VII. Sedujo a Pauline, la hermana de Napoleón, y organizó el estreno de Fígaro en Nápoles, y el de Don Juan en Génova. ¡Los italianos no conocían a Mozart! Él mismo les cantó y puso por escrito los papeles principales y varios secundarios.

La escritura de Friedrich tiene ágiles tiradas donde recuerda a Heine, dueño de la mejor prosa de su siglo, y a Lessing, el maestro que enseñó la ironía a los alemanes. Los tres son bloques erráticos a los que arrastró un glaciar fuera del tiempo.

Cuando Napoleón empezó a perder, Friederich ingresó en el ejército prusiano rebajado a teniente. En Magedburgo conoció a Carnot, el inventor del cálculo infinitesimal, que le sugirió dejar el ejército, y producir el papel de escritor. Friederich empezó con mesura, en 1821 fundó tres periódicos y redactó una biografía de Napoleón que incluía los planos de un submarino con el que pensaba sacar al emperador de Santa Helena. Luego se lanzó a la composición de su primer gran poema, La historia de nuestro tiempo, redactada por Carl Strahlheim, antiguo oficial del ejército imperial francés, en 30 tomos. Para distraerse de esas cuestiones pesadas, compuso La historia sagrada desde la creación del mundo hasta la destrucción de Jerusalén por Tito, en cinco entregas, y la Historia de la revolución inglesa, en tres, y la Segunda revolución francesa, en cinco. Tocó también el género ligero, y alumbró el Mapa de las maravillas universales o compendio de todos los prodigios artísticos y naturales de la esfera terrestre, en 12 tomos, que aparecieron e insistieron con valor de 1834 a 1841. 

Todas las obras iban profusamente firmadas por nombres inventados, salvo lo de la destrucción de Jerusalén, ahí se distrajo, y firmó Friederich. También organizó conciertos para Bettina Brentano y Angelica Catalani, y y cantó con ellas el papel de tenor; en esos eventos, se solía llamar Conradino Allegro.

En 1848, rondando los 60 años, publicó en Tubinga sus memorias en 12 entregas, tituladas Cuarenta años de la vida de un muerto. Se nombraba a sí mismo “Ferdinand Fröhlich”, “don Federigo” y “Monsieur Frédéric”, según le iba dando la ventolera. Pero admitía llamarse Adolph von Dassel y ser sólo editor de aquella autobiografía, la más vivaracha que nunca se vio en las letras góticas. El título original era “Verdad y poesía”, no por fastidiar a Goethe, sino con miras a la necesaria confusión.

Hacía unos veinte años que habían aparecido las memorias de Casanova, y alguno menos del éxito de Cartas de un difunto de Pückler-Muskau y las Memorias del diablo de Soulié. Sin duda, Friederich pensó que Cuarenta años de la vida de un muerto también sería un éxito, pero el público se distrajo con la revolución de 1848. Atacó entonces con Viajes demoníacos a todas partes del mundo, y tampoco; insistió con Otros quince años más de la vida de un muerto, y sí, un tribunal de Frankfurt lo procesó por escarnecer la religión y calumniar a varias zonas gubernamentales, instituciones y personas privadas. Friederich alegó desde lejos que él solo editaba esas cosas escritas por autores diversos que no eran él, y que un señor le dejó esos papeles. El tribunal ordenó la recogida de la edición y de Friederich, que se escapó a Francia. 

Desde Le Havre todavía inquietó las imprentas con una Historia universal para la juventud y el público iletrado desde la creación hasta 1840, en cinco tomos, y un folleto lírico contra Marx. Friederich, el actor desmesurado, murió en 1858. 

El primer censo científico de sus obras erráticas y dispersas se completó en 1918. Por lo visto, Jünger no llegó a enterarse de la verdadera identidad de su memorialista favorito y siempre creyó en Fröhlich.

Y, con todo, entre la actuación del escritor celosísimo de su nombre, que hace de ciclista que se mira los pedales, y la de Friederich, que dio vida y nombre a un regimiento de autores, galanes, tenores, periodistas y capitanes de infantería, sólo hay una diferencia de papel.

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 23/9/2010 a las 07:00]

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Investigaciones sociológicas

 

Estaba escrito, se dice, y con eso se alude al problema fatal por antonomasia, el destino. Desde que se inventó la escritura y, con ella, un nuevo orden del universo, existe la “tableta de los destinos”, que registra la suerte particular de cada ser inscrito en ella. La mitología mesopotámica consiste esencialmente en la particular guerra que desencadena la posesión y manejo de esa tableta que asegura el poder supremo al dios que la retenga.

La del censo es una cuestión tan antigua y delicada como la que representan la autoridad o el monopolio de la violencia. Cuando el dios de Moisés le ordena censar a los israelitas (Éxodo, 30, 11-12), sobre el mandato se cierne un peligro algo más que tácito: cada empadronado deberá pagar el rescate por su vida; de otro modo, Jahvé cuadrará las cifras mediante una plaga. El trabajo de campo que debe realizar Moisés será anotado por su dios en la tableta de los destinos. Así que, cuando el profeta ve que su pueblo se ha entregado a la idolatría mientras él se reunía en la cumbre divina, pide a su dios que perdone al pueblo, o si no, “bórrame del libro que has escrito”.  Jahvé le replica que no admite sugerencias ni solicitudes en lo tocante al manejo del censo.

El pasaje del censo de David (Samuel II, 24) también es explícito sobre la naturaleza del monopolio: “Ardió de nuevo la ira de Yahvé contra los israelitas e instigó a David contra ellos diciendo: ‘Anda, haz el censo de Israel y Judá’”. Hacer el censo era una ofensa gravísima que lesionaba las prerrogativas divinas, porque Jahvé edita y posee en exclusiva el registro de los vivos, y, si se ganan las batallas, no es por superioridad numérica, sino porque a Jahvé le sale de las narices. Si David quiere hacer el recuento de sus fuerzas armadas, es porque desconfía de su dios. El atrevimiento, que el propio Jahvé ha incitado, quizá porque se aburre, se castiga mediante una terminante corrección divina del censo cuya naturaleza se permite elegir a David: tres años de hambruna, tres meses de derrota en la guerra, o tres días de peste. 

Ya en latín, el verbo “censeo” presenta la doble acepción que da lugar a censo y a censura en las lenguas romances: estimar y evaluar, de entrada, pero también juzgar y opinar. Censor en latín es tanto quien elabora el padrón, con el recuento y reparto de cargas, como quien censura y critica, porque la clasificación censal conlleva la imposición de un orden ideal.

Esa doblez procesal se ejercita hoy mediante artefactos ilusionistas como el Centro de Investigaciones Sociológicas, cuya misión es ficcionar el reflejo de la opinión, con la esperanza de mejorarla y, donde haga falta, crearla. Según su reglamento, el CIS tiene como finalidad “el estudio científico de la sociedad española”. Esa empresa tiene un contratante único, que es la presidencia del gobierno, su procedimiento es “negociado sin publicidad”, y despacha servicios del tipo: “El voto flotante: análisis temporal desde un enfoque cualitativo”. El otro día, el gobierno cesó a la presidenta del CIS, para corregir la feísima aberración de hacer saber al público que una mala parte del mismo se entrega con terquedad a la idolatría de no venerar al gobierno. Hay una comicidad irreductible en definir como “estudio científico de la sociedad española” la finalidad de un “organismo autónomo” del que se exige la conducta de un lacayo de cámara. Y no puede ser de otra manera, por la propia índole del censo como propiedad e instrumento irrenunciable del poder.

Luis XIV tenía, en efecto, un lacayo de cámara que se encargaba de lo del CIS, y ni siquiera lo hacía con dedicación exclusiva. Era privilegio exclusivo del primer lacayo de cámara poder hablar dos veces al día, cara a cara, con su amo. Este servidor se acostaba en la habitación del rey, en una cama turca montada rápidamente a los pies del monarca. Él era quien despertaba al rey por la mañana, después de plegar y hacer desaparecer su cama turca. También se ocupaba de las bujías y la colación constantemente preparada durante la noche. En el momento de acostarse, también era él quien tendía al rey las reliquias con las que su majestad dormía. Una vez retirado todo el mundo, el rey charlaba  libremente con su servidor y entonces éste le daba cuenta de su estudio científico de la sociedad palaciana, recibía órdenes secretas y pasaba informe de los rumores flotantes.

Saint-Simon nos dejó una pintoresca descripción de los “suizos del primer lacayo de cámara”, que “estaban secretamente encargados de recorrer día y noche las escaleras, corredores, pasillos, patios y jardines, y de patrullar, esconderse, emboscarse, anotar, seguir a la gente, y ver de dónde entraba y salía, qué decía antes y después de la audiencia, y hacer saber todos sus descubrimientos.” 

Luis XIV tenía una percepción justa de su papel cuando llamaba al conjunto de sus súbditos, no pueblo, ni franceses, sino simplemente “público”: Les Rois doivent satisfaire le public, era su lema. Y el público debía ser censado, interrogado e inquirido con solicitud y diligencia, por su bien. Así se conocía en qué medida se aproximaba al grado de satisfacción que se esperaba de él.

Hasta Cristo tuvo su propio CIS, que le estudiaba científicamente la parroquia. Lucas, el evangelista más atento a los detalles, dice que interrogaba a sus muchachos: “¿Quién dicen los hombres que soy yo? […] Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

 

 

[Publicado el 20/9/2010 a las 07:00]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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