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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 7 de abril de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Historia de una biblioteca

 

Había una vez un pretendiente al trono de Inglaterra que se llamaba Jacobo III y vivía refugiado en Roma. Cuando Bartolomeo Gateschi entró a su servicio, Jacobo III ya tenía 70 años y era conocido como el pretendiente viejo, para distinguirlo de su hijo mayor, el pretendiente joven. Ellos, por su parte, se hacían llamar el rey de Inglaterra y el principe de Gales. Vivían en un palacio de la plaza de Santi Apostoli, y su causa estaba apoyada por Luis XIV, que les señaló una renta de doscientas mil libras sobre el ayuntamiento de París.

Por su parte, Gateschi tenía 20 años, grandes rizos negros, y planta de figurín. Era maestro voltegiatore y su cometido era enseñar gimnasia, salto a la comba, y equitación a los jóvenes príncipes que nunca faltan en cualquier casa regia que se precie. Como la pretensión de los Jacobos estaba sostenida por Francia, el palacio era visitado por todos los nobles franceses de paso en Roma, y Gateschi aprendió francés, inglés, y rudimentos de español. 

Adquirió entonces sus primeros libros, que fueron las cartas de Enrique VIII, y cuatro óperas de Metastasio, encuadernadas en tela verde. El texto cantabile estaba glosado en francés e inglés, y contenía un recibo por mil libras que Maria Gaetana Sacripanti, viuda, de profesión cocinera, prestó a Gateschi, para devolver en plazos trimestrales de 40 libras. Gateschi estaba entonces tan persuadido de sus atractivos que redactó un testamento, depositado entre las páginas de las Cartas de Enrique VIII a Ana Bolena, edicion de 1742, donde exponía que, tras haber dado cantidad de exhibiciones, a pie y a caballo, a sus compatriotas y visitantes extranjeros durante su vida, quería darles aún más después de su muerte, y ordenaba en su testamento que se hiciera una anatomía de su cuerpo y que el esqueleto fuera expuesto en la galería de la Biblioteca Ambrosiana, para ser un estudio de osteología. Gateschi no estuvo jamás en la Ambrosiana, pero había oído hablar muy bien de ella, y se prendó de oídas de aquel santuario de la sabiduría.

Cuando murió Jacobo III y los pretendientes jóvenes se hicieron viejos, Gateschi emigró a Versailles con una carta de recomendación de mylord Dunbar. A él le hubiera gustado ser  maestro de volatines, salto a la comba, y equitación —lo que en vernáculo llamaban maître à voltiger—, en el famoso palacio de Luis XV, pero el puesto estaba ocupado. Comenzó a trabajar como traductor. Versailles era la sede del ministerio de asuntos exteriores y  Gateschi se acomodó en los despachos ministeriales, se aficionó a los helados y la pastelería, y completaba sus honorarios traduciendo informes y peticiones para la multitud de señores extranjeros que acudían a gestionar algún asunto ante la corte francesa. Además, estaba de moda que los nobles hicieran aprender lenguas extranjeras a sus hijos, a semejanza del rey de Francia. Porque, aunque el francés se hablaba en toda Europa, los reyes franceses estaban obligados a aprender varias lenguas extranjeras, y disponían de profesores para su instrucción. Así fue como Luis XIV aprendió el español y el italiano, y Luis XV leía en varios idiomas, y Luis XVI no sólo era capaz de hablar en italiano, sino que traducía del inglés e incluso del alemán, cosa rara en una época donde todos los príncipes y señorones germánicos hablaban de corrido el francés.

Gateschi tomó algunos alumnos de alta cuna porque, siguiendo el ejemplo del rey, los nobles de la región querían enseñar lenguas extranjeras a sus vástagos. Él, por su parte, descubrió que, después de todo, odiaba saltar a la comba y la equitación le sentaba mal. Adquirió las óperas de Quinault traducidas al inglés, y su biblioteca llegó a medir una vara y media de largo.

El conde de Cardi le encargó la traducción certificada de varios documentos redactados en italiano y que respaldaban sus pretensiones genealógicas. La traducción fue tan exitosa que otros personajes siguieron su ejemplo, y Gateschi se mudó de su apartamento con cocina, alcoba y leñera, 35 libras mensuales, a un hotelito de la rue de l’Orangerie, con cuatro habitaciones, y dos alcobas, por 450 libras anuales, y derecho a una buhardilla en el cuarto piso, donde se alojaba su criada, Magdaleine Lagant, viuda de Armand-Augustin Lagant.

Al tiempo que se mudaba, Gateschi adquirió la Enciclopedia metódica de Panckoucke, bello y amplio objeto que le costó 672 libras, y al que confió la custodia del recibo de tres mil libras que le prestó la viuda Lagant, para devolver en forma de renta vitalicia de 40 libras mensuales. En la colección de los poetas líricos en inglés, ciento nueve tomos, guardaba los recibos de lencería y comestibles. En el de octubre de 1782 hay una anotación de “medias de seda superfinas” por valor de 9 libras, con la indicación de que no se regalan, sino que se descuentan del pago a la viuda Lagant.

En 1788 se convirtió en profesor de lenguas de los hijos de Luis XVI, que eran tres, a los que solían añadirse la reina María Antonieta y su cuñada. Gateschi miraba ahora por encima del hombre a Ciolli, viejo colega de su epoca en Roma, que regentaba el puesto de maestro de volatines, salto a la comba y equitación en el palacio de Versailles.

Su biblioteca ocupaba una habitación entera. Tenía una edición lujosa del Paraíso perdido de Milton, con las facturas del sastre, y la Odisea en traducción de Chapman, con las notas de su perfumero, bellos textos que hablaban de pomadas de bergamota y esencia de jabón de Nápoles. También las facturas y cartas insolentes de los libreros tenían su propia residencia en la Vida de Cicerón por Middleton, en tres volúmenes, mientras las obras de Shentones, igualmente en tres volúmenes, cobijaban las facturas de pociones digestivas, polvos atemperantes y bolas purgantes que le preparaba el boticario Veré. Las notas del pastelero, en cambio, se alojaban en las cartas de Sterne.

Un año después de su toma de posesión como maestro de lenguas extranjeras, lo parisinos decidieron llevarse de Versailles al rey y su familia. Ante el brusco descenso de los ingresos, Gateschi dejó el apartamento en la rue de l’Orangerie y se mudó a uno más pequeño. Las facturas del carpintero que hizo los nuevos estantes para la bella biblioteca se acomodaron en el Sentimental journey de Clever. A semejanza de los grandes señores, Gateschi empezó a dejar de pagar a sus proveedores, que comenzaron a mostrarse un tanto faltones. En una primera maniobra, alquiló un apartamento minúsculo en París, rue du Bac, donde esperaba dar clases. Sus rizos negros se habían ido adonde las nieves de antaño, pero en compensación había doblado su peso de cuando era maestro voltegiatore y usaba unas lentes turbias porque había perdido la vista. Con todo, seguía persuadido de que la posteridad veneraría sus huesos expuestos en la Biblioteca Ambrosiana. Lo malo era que su viejo título de profesor de lenguas de  la casa del rey se había vuelto comprometedor y la nobleza había emigrado. No por eso dejó de encargar vino de Borgoña y hacer anotar copiosos encargos al pastelero.

Lo más cruel fue la decisión de deshacerse de su biblioteca, pero aún peor resultó no encontrar ningún comprador. Seis cartas de rechazo entraron en el Paraíso de Milton. Dejó impagado el apartamento de la rue du Bac y se mudó a la buhardilla que ocupó la difunta viuda Lagant. Puso en el correo nuevas proposiciones de venta de su bilioteca, y murió solo, al anochecer del 3 de noviembre de 1793. Al día siguiente, sus vecinos, un aguador y un carbonero, declararon en el registro el fallecimiento de Bartolomeo Gateschi, soltero, de cincuenta y cinco años, natural de Toscana, que les debía trescientas libras. También el pastelero y el boticario hicieron saber a la autoridad su calidad de acreedores. Los papeles y muebles del difunto fueron embargados y vendidos, igual que la biblioteca, que arrojó sus buenas quinientas libras de peso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 25/11/2010 a las 08:00]

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La degeneración de los tiempos

 

Goethe tenía la superstición de los momentos históricos. La contrajo yendo de excursión con las tropas tudescas que iban a restablecer el orden monárquico en Francia. La noche del 19 de septiembre de 1792, entre Châlons y Verdun, junto al arroyo de la Tourbe, silbaba un viento asolador y ni la luna ni las estrellas lucían en el cielo. En tan señaladas condiciones, era nuestro héroe el centro de la soldadesca reunión en torno a la hoguera y discurseaba con gran satisfacción de todos sobre el apasionante tema “Venecia y yo”. Fue entonces cuando el marqués de Bombelles, antiguo embajador en Venecia, le estropeó la función al recordar cómo, dos años antes, mientras Goethe andaba hecho un casquivano y se dedicaba a la parranda veneciana, él había previsto el momento histórico que se avecinaba y había meditado hondamente sobre el gran cambio y otras elevadas quisicosas. 

En el instante de recogido silencio que siguió, se hizo patente que el ingrato público otorgaba su favor mudable y tornadizo al marqués clarividente y meditador. Goethe quedó escachado. ¿Qué género era ese del momento histórico? ¿Acaso no los dominaba él todos? 

La noche siguiente, el gran hombre callaba. Completamente solo y entregado a sí mismo, en su pecho ardían nobles ansias de emulación. En la tertulia, como después él mismo anotó “a todos les faltaba reflexión y juicio.” Por fin, alguien interpeló al genio, y fue entonces cuando proclamó: “Aquí y en el día de hoy, comienza una nueva época de la Historia Universal y siempre podréis decir que estuvísteis presentes.” Algunos miraron en derredor por ver si vislumbraban la nueva época, otros no chistaron, y todos comprendieron a quién debían el privilegio de que un momento histórico honrase sus vidas, hasta entonces corrientes. 

Descubierto el primero, todo fue más fácil y, en los años posteriores, fue Goethe testigo de multitud de momentos históricos que  él mismo indicaba didácticamente a la concurrencia. Llegó a ser tan gran fabricante de momentos históricos que los regalaba a la gente vulgar, como hizo con Hölderlin, cuando le llamó “Hölterlein” y le aconsejó que escribiera breves poemas sobre asuntos que tuvieran algún interés para la gente, el 22 de julio de 1797, fecha de fausta memoria en la literatura universal porque Hölderlin empezó a escribir largos poemas sobre asuntos que no interesaban a Goethe.

Una variante de la superstición del momento histórico es la de las cosas interesantes. Consiste en creer en la existencia de entradas de barrera que permiten asistir a las actuaciones de los fabricantes de momentos históricos. Los creyentes enterados se ponen de los nervios solo de pensar en la de cosas interesantes que pueden suceder en su ausencia. Cuando los creyentes son más bien decrépitos y crepusculares, recuentan esas cosas interesantes como quien rebusca calderilla en la entrepierna. Y ante el generoso desembolso de roña y cardenillo, uno se hace cargo de la degeneración de los tiempos. Antes, si se organizaba un momento histórico, digamos el nacimiento de una generación literaria, se quedaba en tal sitio, se hacía la foto y ya estaba. Ahora hay tal bajón en la calidad, que ni a los más avisados les cabe en la barra de favoritos la multitud de momentos históricos llenos de abajo flamantes que tiene cualquier día de labor. Porque, en la hez de la degeneración, los momentos históricos pululan, y los fabrican los periodistas, y los concejales de cultura y festejos. ¡Oh Goethe! ¡Oh marqués de Bombelles!

La persecución de las cosas interesantes recuerda a la persecución del orden, según la descripción de Mirabeau: “Perseguimos el orden, y espero que lo atrapemos”. Mirabeau fue un tremendo revolucionario y lo enterraron en el Panteón, como héroe nacional, hasta que aparecieron los papeles de Luis XVI gracias al cerrajero artista, y se vio que cobraba de Capeto, entonces lo retiraron del Panteón, y ahí le dieron todas.


[Publicado el 22/11/2010 a las 08:00]

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Historia de Zizim

 

 

A finales del invierno de 1489, una multitud aguardaba en Roma, para ver la llegada del mayor poeta del siglo. El príncipe Zizim, poeta sutilísimo y heredero del trono de Constantinopla, había desembarcado en Civitavecchia y, el 13 de marzo, bajo un riente sol primaveral, hizo su entrada solemne en Roma. Iba montado en un soberbio corcel blanco, regalo de Inocencio VIII, y vestía con fasto verdaderamente turco. A su lado, marchaba Franceschetto, el hijo del papa, como anfitrión de aquella prodigiosa adquisición. 

Una multitud inmensa llenaba las calles. Todos querían ver al famoso Zizim, el Gran Turco, como también lo llamaban. Era el hijo preferido del terrible Mahomet II, el conquistador de Bizancio y azote de la Cristiandad, muerto, alabado sea Dios, ocho años antes, y de la sultana Sulkar, princesa cristiana serbia, prima del rey de Hungría, adquirida en un pillaje e incorporada al serrallo del sultán otomano.

Zizim, el príncipe y singularísimo poeta, llevaba el rostro velado por una seda blanca recamada en pedrerías. Cuando la comitiva pasó bajo el Capitolio, ante el palacio de la embajada del sultán de Egipto, el embajador, derramando tiernas lágrimas, lo saludó en nombre del Todopoderoso, Bendito sea su Nombre, y besó sus altos estribos repujados en oro.

En el Vaticano, Zizim fue recibido por el papa y todo el colegio cardenalicio.  Cuando lo presentaron a Inocencio VIII, se quitó el velo, pero se negó a besar su mano pontificia, tampoco le pareció bien el pie, y sólo se dignó concederle un ósculo silencioso en el hombro.

La recepción le pareció escasa de pompa, y el papa, demasiado llano. En el palacio de Estambul, había visto a los escasos humanos admitidos a presencia de su padre, que sólo podían hablar a la cortina y celosía que velaban la figura del gran sultán, después de besar el suelo nueve veces.

El príncipe Zizim tenía treinta años, buena estatura, barba negra recortada en punta, melenas rizadas y gran turbante en azul tornasol. Sus rasgos eran expresivos y orgullosos; nariz de ave de presa, ojos vivos, grandes y azules. El párpado derecho, siempre medio caído, le daba aire de haberse interrumpido en un guiño o en un gesto displicente. El papa hizo que lo alojaran, como un monarca, en los apartamentos vaticanos más elegantes, los dedicados a los huéspedes principescos.

Para la compra del principe Zizim, el mayor poeta de su tiempo, el papa hubo de mejorar las importantes ofertas que hicieron Hungría, Nápoles, Venecia, Francia y el sultán de El Cairo. Todos interesadísimos en poseer la preciada alhaja.

Cuando murió Mahomet  el Grande —¡aunque nada lo es frente al Nombre del Altísimo!—, su hijo Zizim quedó como heredero del trono de la Sublime Puerta de Estambul. Había preferido designar sucesor a Zizim porque su otro hijo mayor, Bayaceto, tenía una descendencia demasiado numerosa. Mahomet el Conquistador —¡porque lo amparaba la Divina Sombra!—, el gran sultán de los otomanos, siempre se preocupó por esos detalles que podían minar el sólido establecimiento de su autoridad y dinastía. Una de sus primeras disposiciones al llegar al poder había sido ordenar la ejecución de su hermano, para salvaguardar el orden, y, siempre que conquistaba un país, hacía decapitar cuidadosamente a los miembros de la familia reinante.

Cuando la muerte sorprendió a Mahomet II —¡porque el Clemente y Misericordioso lo permitió!— Bayaceto, su primogénito, gobernaba Amasiya, mientras Zizim, su predilecto y sucesor designado, reinaba en Caramania. Bayaceto llegó antes a la Sublime Puerta y los derviches lo adoraron. Zizim era venerado por los jenízaros anatolios y los demás obedientes al difunto Mahomet. La batalla inevitable fue ganada por Bayaceto. Y Zizim emprendió el exilio, con sus mujeres e hijos, por Konya y Siria, hasta El Cairo, donde el gran sultán Qaitbey lo recibió cortésmente. Después de orar en la Meca y preparar un ejército abigarrado y ferozmente dispuesto a dispersarse, Zizim llegó hasta Ankara, donde todos lo abandonaron, excepto su desaliento.

Decidió entonces buscar asilo entre los peores enemigos de Dios —¡bendito sea su Nombre!— y la dulce Turquía: los Caballeros Sanjuanistas de Rodas, los únicos que habían resistido el empuje del alfanje otomano, los escarnecedores del Islam. El gran maestre Pierre d’Aubusson le ofreció su hospitalidad y lo recibió, con gran pompa, en la isla de los cielos puros y las rosas abundantes. Zizim se alojó en el Auberge de France y se sumió en meditaciones sobre su destino. 

Desde que puso los pies en la isla, notó extraños síntomas, lo invadió una tristeza rara, esperanzada y ansiosa; a veces, la melancolía se trocaba en dicha sin fundamento, sequedad de boca y suspiros lamentones. ¿Era el vino de Rodas? ¿Los ocasos color de arena? Hizo memoria, pero no recordó estar enamorado.

Enseguida, comenzaron las negociaciones para la compraventa del gran poeta. Bayaceto ofreció un río de oro anual de 45.000 ducados, con tal que los Caballeros retuvieran a su hermano, de manera “que no causara ninguna molestia al sultán”. 

Cuando se tuvo noticia de la oferta, todos supieron que la posesión del príncipe exiliado representaba un enorme medio de presión sobre el sultán de los otomanos, hasta el punto de poder significar la recuperación de Constantinopla, y se iniciaron delicados tratos y contratos. Los Caballeros de Rodas viajaron a la corte de Estambul y luego hicieron saber la cotización ascendente al dux de Venecia, al rey de Nápoles y su yerno el rey de Hungría, al duque René de Lorena, al rey de Francia, al papa de Roma y al sultán de El Cairo. Todos propusieron al gran maestre Pierre d’Aubusson fascinantes sumas adelantadas por interesantes banqueros. La oferta más importante, los 600.000 ducados del jefe islámico de Egipto, enemigo de Bayaceto, produjo tal delirio al gran maestre que decidió poner al preciadísimo Zizim a mejor recaudo y llevarlo a Francia. Pensaba persuadir a Luis XI de que, con el reclamo del poeta destronado, se podía conquistar todo el imperio otomano.

La caída de Rodas también empezó entonces. Porque cuando Mahomet  el Grande prefirió a su hijo Zizim como heredero del trono de la Sublime Puerta de Estambul, Bayaceto se opuso y ocasionó la desgracia de Zizim, quien se refugió en la isla. El buen Bayaceto no hacía sino seguir la tradición familiar otomana que ya empleó el propio Mahomet cuando llegó al poder y ordenó la ejecución de su hermano. Pero Selim, el hijo de Bayaceto, también practicó la tradición familiar y, cuando su padre prefirió a Ahmed, él le hizo la guerra, lo decapitó, hizo lo mismo con su otro hermano, Korkud, y, para no dejar nada a medias, también acabó con su progenitor, que ya no le podía enseñar más tradiciones. 

Y, como Selim ya sabía, por experiencia, lo desobedientes que pueden ser los propios vástagos, pensó en suprimir también a su hijo único, Solimán. Por los alfaquíes le dijeron que eso no, que los males venían de la isla de Rodas, desde donde irradiaba una rara cualidad contraria, que ya se vió cuando Mahomet el Grande no la pudo conquistar y luego sirvió de refugio a Zizim. Estando en su lecho de muerte, Selim hizo jurar a su hijo Solimán que no descansaría hasta tomar Rodas, la isla de la rara cualidad.

Los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, defensores de Rodas, no sólo protegieron a Zizim y luego lo vendieron a buen precio, sino que resistían al sultán de Egipto y al gran Turco de Estambul, cosa ignominiosa para los defensores de la voluntad del Único. Por eso, Solimán en persona y su armada inmensa, sitiaron por mar la isla de Rodas, hasta que la tomaron y, en signo de gran desprecio de la religión cristiana, entró el sultán otomano en día de la Natividad e hizo que todas las iglesias consagradas se transformaran en mezquitas.

Cuando el navío de los Caballeros Sanjuanistas donde viajaba el cotizado poeta entraba en el mar Jónico, estuvo a punto de ser interceptado por los pérfidos venecianos, comprados por Bayaceto. Pero llegó sin tropiezo a Niza, donde Zizim pasó el invierno, lánguido y melancólico, perdido en memorar los versos sobrenaturales de Ibn Arabí sobre la naturaleza de los deseos. Allí supo que su hermano había ejecutado a su hijo Oguz, de tres años, y a todos los funcionarios sospechosos de ser sus partidarios.

Durante la primavera, los Caballeros Sanjuanistas lo trasladaron de castillo en castillo, a lo largo de sus prioratos de Auvernia, La Marca y Vercors. Debían preservarlo de los hombres enviados por Bayaceto para hacerlo desaparecer, por veneno o espada. Zizim veía llover, ensoñaba, dormitaba y disolvía nuevos poemas. Alguna tarde, bebía menos y recordaba el indecible cielo anatolio. Sufrió entonces otras pérdidas, que eran símbolo de su sino: nadie era ya capaz de pronunciar bien su nombre, Dschem (“Majestuoso”), y todos lo llamaban Zizim; tampoco las polillas respetaron su gran albornoz rojo, de seda y lana de Caramania, distintivo de autoridad sobre su pueblo y terror del enemigo.

En verano, Luis XI murió y Carlos VIII heredó el trono de Francia. El nuevo rey tenía trece años y estaba bajo la tutoría de su hermana. Eso hizo cambiar la actitud de los Caballeros con Zizim. Hasta entonces era un príncipe que iba a pedir el apoyo del rey de Francia para recuperar el trono de Constinopla; ahora sólo era un prisionero al que se disputan principes y reyes como moneda de cambio político y tentadora fuente de ingresos.

Tras el intento de apoderarse de la persona del preciado poeta perpetrado por el audaz René II de Lorena, Zizim fue trasladado a Bourganeuf, donde le construyeron una torre grande y sólida. Tras aquellos muros insuperables, se sintió lo bastante purificado por la desdicha como para emprender la empresa más ardua que puede concebir un poeta. Memoró durante seis noches un nombre digno del gran quehacer y toda su mente se recogió en uno que oyó cuando estuvo recluido en la fortaleza de Chambéry: Philippine-Hélène de Sassenage. 

Se enamoró de ella hasta la más amarga desesperación. El aire, la luz, las estaciones, la lejanía, la incertidumbre, todo era su nombre. Enamorarse de oídas, por la descripción delirante y venerable, es hacedero, pero enamorarse de un nombre al que vincular todas las nostalgias del universo y no distraerse en ninguna otra desgracia es cometido reservado al mayor poeta. 

En los seis años que pasó en Bouganeuf, fue olvidando, como agua que cae al agua, la dirección de la Meca, el año de la Hégira, el olor de su jardín de Caramania en la tarde, los poemas de Ibn Arabí y las azoras de Alcorán. Pero no pasó una hora en que no invocara a Philippine-Hélène de Sassenage

Entretanto, los diversos príncipes estrecharon el cerco de ofertas para quedarse con él. Ya la humana resistencia del gran maestre de la Orden Sanjuanista estaba tan minada que con el  solo envío de dos nuncios perorantes en favor de la Cruzada, la promesa de la púrpura cardenalicia y la unión de los considerables bienes de la Orden del Santo Sepulcro con los de la Orden de San Juan de Jerusalén, se dejó persuadir y transfirió a Inocencio VIII la posesión del prícipe Zizim. 

La descripción que el pintor Mantegna hizo al marqués de Mantua del aspecto del príncipe otomano el día de su entrada en Roma —“camina como un elefante, y, en sus movimientos, tiene la gracia de un tonel veneciano”— ignora, con cruel injusticia, las profundidades del alma del gran poeta. Es cierto que bebía con rotunda desmesura. Empezó con el vino de Rodas, siguió con el de Niza, y no dejó de hacerlo en el Delfinado y la Marca limusina. Pero, ¿quién puede comprender la inasequible labor de recordar, cada instante, durante seis años, su único consuelo, Philippine-Hélène de Sassenage, aun a costa de olvidar el correcto uso de las extremidades o que era el legítimo heredero del trono de la Sublime Puerta?

Las fiestas, torneos y recepciones romanas que se preciasen contaban con la presencia de Zizim, alquilado por Franceschetto, el hijo de Inocencio VIII. El gran poeta había aprendido un lacónico romance lleno de quebraduras en el que, rarísima vez, concedía la emisión de monosílabos inteligibles. Cuando el cardenal Ascanio Sforza le preguntó qué le parecía el espectáculo de los torneos, contestó que entre turcos civilizados son los esclavos los encargados de semejantes juegos. El obispo Soderini comentó que ese criterio era tan refinado que coincidía con los antiguos romanos; pero, pese a arrojarle tan linda flor, no consiguió que Zizim le explicara la diferencia entre un gazel y un rubai o una kasida, composiciones poéticas otomanas. 

Inocencio VIII hizo saber a los feudatarios de Bayaceto, sultán de Constantinopla, que albergaba al descendiente legítimo de Mahomet II. Esperaba así provocar defecciones en el imperio turco y hacerlo sucumbir con una nueva Cruzada. El sultán Bayaceto trató, con más ahínco que nunca, de acabar con Zizim y, de paso, con el papa. Ofreció mucho oro a quien envenenase los manantiales del Vaticano; pero supo, por sus venecianos infiltrados, que su hermano sólo tomaba bebidas espirituosas y que Inocencio VIII tenía el estómago tan enfermo que existía el riesgo de que un veneno fuerte le hiciese un efecto curativo. Entonces, conocedor de las angustias económicas del papa, envió a Roma una embajada con riquísimos dones y la oferta de 45.000 ducados anuales por la custodia de su amado hermano.

Franceschetto aceptó y su padre fue el primer romano pontífice que entabló relaciones diplomáticas con los infieles. El gran almirante Mustafá acudió al Vaticano con 135.000 ducados, el pago atrasado de tres años, y una carta para el hermano del sultán. Zizim insistió en que el enviado otomano debía lamer la misiva hasta que quedase probado que no tenía veneno. El notario Infessura levantó acta de que Mustafá totam ab omnibus ejus lateribus lingua sua lambivit “repasó la lengua por todos lados” hasta que la carta fue un pingo ilegible, y entonces Zizim dijo que era su contestación a su hermano Bayaceto.

La aspiración del príncipe Zizim al trono de Constantinopla era un arma valiosa para convocar la Cruzada y los representantes de las potencias cristianas se reunieron a los pies de su santidad para establecer el plan de campaña. Pero los venecianos hacían saber a Bayaceto cuanto se tramaba en Roma y el turco urdió un astuto plan para dilatar la invasión inminente.

Así se originó la devolución a la Cristiandad de otro preciosísimo regalo, a saber, el sacratissimum ferreum lanceae, el hierro de la santa lanza con la que el centurión Longinus atravesó a Jesucristo. Aunque algunos cardenales se permitieron apuntar que la misma reliquia ya fue traída de Tierra Santa por el monje Bartolomé de Antioquía y se conservaba en Nüremberg y, por bilocación milagrosa, también en París, el papa recibió con grandes muestras de alegría y gratitud la que le entregaba Bayaceto, en una urna de cristal y oro, con otros 40.000 ducados.

El día de la Ascensión de 1492, se recibió en la puerta del Popolo el hierrecillo que, según todos quienes lo vieron, era una cosa mínima. El cronista Segismondo de Conti lo llamó spicula, “puntita”. Inocencio VIII, que se encontraba en las últimas, fue transportado en andas y, tomando la santa reliquia, la mostró al pueblo. La ceremonia en Santa Maria del Popolo fue muy emotiva. Se inició luego la procesión y, al paso ante el palacio de Riario, se vio que el cardenal había hecho instalar una fuente que manaba vino. Era una alegoría y, aunque no todos la entendieron, lo cierto es que un encendido fervor asomó en los rostros de quienes sí la cataron. La punta de la santa lanza fue depositada en la capilla de Santa Veronica, en la iglesia de San Pedro.

Cuando el papa se retiró, Franceschetto aprovechó la comparecencia de los cardenales para pedir que, en caso de fallecimiento del santo padre, se le permitiera quedarse con Zizim, como recuerdo de los buenos días pasados. Pocos días antes, había hecho la misma petición, durante la fiesta por la conquista de Granada.

En ninguna parte se celebró como en Roma la conquista de Granada y, sacando la fiesta de Carnaval,  fue el regocijo más popular jamás festejado en la urbe. La noticia llegó el 1 de febrero y, a tal punto hubo entusiasmo, que se dio bando mandando tener las calles barridas para el día 5. La campana grandilocuente del Capitolio sonó sin cesar, como cuando se corona el papa. Todo el clero marchó en procesión hasta Santiago in Agone y, tras la misa pontifical, se asistió el espectáculo más novedoso de los últimos tiempos. El cardenal Borja hizo lidiar, ante su mansión y el asombro de todo el mundo, cinco toros. 

Por su parte, el obispo Carvajal había hecho levantar, en mitad del Agone, una gran fortaleza de vigas y tablas, con una torre eminente a la que pusieron el nombre, en vivas letras bermejas, de Granata. Se hizo saber que el concurso consistía en tomar la fortaleza y que se concederían premios a los asaltantes que entrasen los primeros en la torre. 

A continuación del fiero y regocijado destrozo, se lidiaron más toros y hubo vino a discreción para todos. Y en el patio del palacio del cardenal Riario, se estrenó Historia Betica seu de Granata expugnata, de Carolo Verardi, en prosa latina, pero con ropajes tan vistosos que incluso un crítico tan exigente como el propio Zizim estuvo entretenido.

Inocencio VIII no tomaba ejemplo de Lorenzo de Medicis y se eternizaba. Remontaba las crisis agónicas, volvía a mover los ojos de batracio y a inflar las mejillas cerúleas. El 15 de julio, los médicos declararon que su estómago ya había muerto y el resto de su santidad haría lo mismo, por simpatía, en no más de diez días. Algunos participantes en el consejo de médicos recetaron leche de mujer, como remedio supremo. Se hizo acudir a la santa sede a las nodrizas de más alta calidad. 

Pero cuando empezó el verano en serio, el día de Santiago de 1492, murió el papa. La abierta sucesión pontificia era un acontecimiento de importancia distinta a otras veces. Carlos VIII, el rey de Francia, había anunciado su expedición a Italia para conquistar el reino de Nápoles, que decía pertenecerle; de paso, iba a aprovechar la persona y vindicación de Zizim, para conquistar Tierra Santa y Constantinopla. Ya no eran rumores, sino una empresa tangible.

 

 

El cardenal Giuliano Della Rovere, despechado al no haber sido elegido por el Espíritu Santo, animó a Carlos VIII a ejecutar su plan de invadir Italia, derrocar al recién elegido papa Alejandro VI, hacerse con Zizim, conquistar Nápoles, Jerusalén y Constantinopla. Él lo acompañaría con gusto en toda la expedición, pero se vería obligado a quedarse en Roma. De papa. El proyecto era tan disparatado que entusiasmó al rey de Francia. 

Carlos VIII tenía veinticuatro años, el cuerpo contrahecho y la cabeza enorme. Era de muy ruin apariencia; en cambio, tenía el espacioso cráneo retumbante de fantasmagorías. También un ejército de cuarenta mil hombres y la mejor artillería de Europa. Las empresas inusuales lo atraían. A los doce años, lo casaron con Margarita de Habsburgo, que tenía dos. Al cumplir los dieciocho, la repudió porque ella se burlaba de su hechura, y puso sus ojos saltones en Ana, duquesa de Bretaña, aunque había sabido que ella lo detestaba y proyectaba casarse con el suegro de él, Maximiliano. Carlos VIII reclamó primero la guarda y tutela de la duquesa Ana pero, como ella rechazó tal pretensión, escogió un proceder más suave y entró en Bretaña con su ejército, para casarse con ella manu militari

Ana de Bretaña no se dejó intimidar y pidió ayuda a su prometido, Maximiliano de Habsburgo. Éste envió a su fiel cortesano Wolfgang de Polheim y se procedió a la boda por poderes, en su variedad de pernada. La duquesa se acostó ante la corte, el clero y los embajadores y se bajó la media de la pierna derecha; el enviado de su prometido hizo lo mismo y puso su muslo sobre el de la duquesa. Las trompetas del castillo de Nantes hicieron saber al pueblo que la Bretaña tenía duque. 

Al saberlo, Carlos VIII encontró a la duquesa Ana de Bretaña, ya legítima esposa de su suegro, más atractiva que nunca. No la había visto jamás, pero sus fisgadores le informaron que tenía catorce años, ojos grises, mejillas rosadas, carácter gruñón e independiente. Además, cojeaba aparatosamente y era muy orgullosa.

Ana de Bretaña se encerró en la fortaleza de Rennes y resistió el asedio francés, animando a sus bretones a combatir. Pero la situación se hizo insostenible y tuvo que aceptar casarse con el invasor, al que encontró feo como un macaco y, lo que es peor, siempre le fue infiel.

Después de su caballeresco y apasionante lance en Bretaña, Carlos VIII necesitaba nuevas aventuras dignas de él. Su cuerpo desmedrado no podía sostener una coraza mediana, pero su ánimo necesitaba, como poco, ganar una cruzada contra todo Oriente. Se había instalado en Lyon y miraba hacia los Alpes. Al empezar el calor de mayo de 1494, anunció una vez más que su deseo era ver el mar, con el Vesubio humeando al fondo; luego, pasaría a Tierra Santa, donde combatiría victoriosamente a los infieles de gran turbante y alfanje; a continuación, atravesaría el estrecho de la Sublime Puerta y conquistaría Bizancio, la entrada sería a caballo, el pueblo estaría prosternado, el llevaría el armiño sobre la púrpura, y una bola imperial, como la de Carlomagno, en la mano.

Carlos VIII inició su peregrinación hacia Jerusalén y Constantinopla, pasando los Alpes.  Desde la introducción de la artillería por los venecianos un siglo antes, los italianos se habían acostumbrado a presenciar guerras embellecidas por movimientos de pompa y aparato, con bombardeos ineficaces pero entretenidos; guerras semejantes a espectáculos, donde los sitios duraban meses y apenas había combates efectivos. 

La guerra, hasta entonces, la hacían más los caballeros de pesada armadura que los soldados de infantería, y como las máquinas de asalto eran talabartes incómodos de transportar y maniobrar, muchas veces, pese a laboriosas batallas, apenas se fabricaban muertos y las ciudades asediadas se defendían merced a la torpeza de los asaltantes.

Pero los franceses trajeron unas bombardas de calibre, movilidad y potencia desconocidos, que no disparaban piedras, sino hierro, y, sobre todo, reintrodujeron la vieja tradición del saqueo sangriento. Así fue en Fivizzano, villa de los florentinos, donde mataron a todos los soldados y gran parte de los habitantes. 

El terror se extendió por Italia y, quitando la toma de Sarzana y algún otro lugar, no hubo mayor necesidad de masacre para que Carlos VIII pudiera entrar, en Milán y Florencia, a lomos de su corcel negro con gran caparazón recamado, perdido en su armadura brillante y empuñando un rato la lanza sobre el muslo canijo. Como en los cuadros.

Pronto se puso nombre a aquella guerra y se llamó del gesso. Porque los intedentes franceses precedían a la tropa y señalaban con yeso las casas que les placían para alojarse. 

En Florencia, Carlos VIII se alojó en el Palazzo Medicis, y le mostraron los cuadros, estatuas y libros caligrafiados. Pasó diez días en trompeteos, recepciones y aclamaciones. Por fin, se aburrió y recordó que debía conquistar Jerusalén. 

Cuando el ejército francés llegó a las puertas de Roma, los más desconcertados y confundidos eran los jefes de los dos bandos, invasores e invadidos. Para los cardenales que acompañaban y jaleaban a Carlos VIII, se trataba de echar al papa español, por simoníaco, judaizante, vicioso y abominable, para hacer elegir a uno de ellos. Alejandro VI, por su parte, dudaba entre defender Roma por las armas, excomulgar al rey francés y sus comparsas, abandonar la ciudad o llegar a un acuerdo con el mequetrefe ingenuo y peligroso.

El más aturdido era Carlos VIII, por su testa espaciosa se paseaban, sin aparente estorbo, las ideas de bombardear Roma, derrocar al papa, besarle los pies, suplicarle que lo coronara rey de Nápoles, apoderarse de Zizim, conquistar Jerusalén, quedarse de emperador en Bizancio y pasar el invierno en la Toscana. Además, le visitaban extraños escrúpulos. Unos días antes, unos exploradores de su ejército se habían apoderado de Giulia Farnese, la favorita del papa Alejandro VI, cuando se paseaba por las afueras, en su litera sedosa, acompañada por un menguado séquito de criados. Se la presentaron y la estuvo mirando con una mezcla de turbación y respeto, sin atreverse a tocarla, e hizo que la devolvieran al sumo pontífice. Lo fascinaba y confundía aquel papa con hijos de todos los oficios, desde guerreros a cardenales, con amantes a pares, con poder para excomulgarlo y cerrarle el camino al cielo, y que, para colmo, era el Anticristo según algunos.

Quienes no tenían dudas sobre su cometido eran los mercenarios invasores y los romanos. Para aquéllos, se trataba de violar, saquear y sacar el mayor partido posible de la guerra. Para éstos, era asistir al espectáculo, ya episódico en la historia de la urbe, de ver entrar a los bárbaros.

Al anochecer del último día de 1494, el pueblo romano se agolpó a lo largo del Corso, con antorchas encendidas, para no perderse la llegada de los bárbaros. Todo el ejército venía por la via Cassia y, cuando los mercenarios suizos con sus alabardas y espadones llegaron al par de Santa María del Popolo, el campanero inició una de sus interpretaciones de virtuoso. A continuación, desfilaron los gascones cantores con sus ballestas al hombro y, detrás, los altos jinetes ferrados. Por fin el pequeño rey, botando sobre el caballo, con el bonete de terciopelo negro con cordón de oro tirado para atrás; a los lados, llevaba a sendos eclesiásticos purpúreos, de mirada más inquieta que soberbia, Giuliano Della Rovere y Ascanio Sforza, papables vergonzantes.

Carlos VIII se alojó en el Palazzo Venezia. Su ejército había tomado la margen izquierda del Tíber, que era casi toda Roma. Pero era como si, a la vez, le faltara toda la urbe. En la margen derecha estaba el papa. ¿Qué clase de peregrinación a Roma era una en la que no se veía al papa? El rey se impacientaba, pero los delegados no llegaban a un acuerdo sobre el modo en que el los dos monarcas debian verse sin menoscabo de sus dignidades frágiles. 

El rey quería que el papa le entregara a Zizim, para confundir al sultán otomano en la conquista de Constinopla y Jerusalén; que le entregara también al cardenal César Borja, como rehén a título de legado pontificio en la cruzada; que no represaliara al cardenal Della Rovere por haberse quedado con los ducados enviados por Bayaceto para la custodia de Zizim; y, sobre todo, que lo invistiera rey de Nápoles, por tratarse de un reino vasallo de la Santa Sede. A cambio, ofrecía de todo un poco: sumisión, obediencia, incondicional defensa del santo padre, concilio universal, antipapas y bombardeo. 

El día primero de enero de 1495, antes de amanecer, Carlos VIII decidió que quería el castillo de Sant’Angelo donde se había refugiado Alejandro VI con su guardia española al mando de Garcilaso de la Vega. Los soldados franceses derribaron las casas de enfrente del Palazzo Venezia y emplazaron la artillería. El rey Très Chrétien iba a bombardear al papa. Pero, enseguida, el rey Très Chrétien se estremecía de sólo pensarlo, y hacía retirar bombardas y cañones. Por tres veces, la artillería fue emplazada y retirada. Al final, por simpatía, un lienzo del muro de Sant’Angelo se vino abajo con desgana.

Mientras tanto, los mercenarios suizos se irritaban porque se les conculcaba su derecho al pillaje. A lo largo de la via Appia, junto a las catacumbas y bajo el mausoleo de Cœcilia Metella, estaban los alojamientos provisionales de los refugiados judíos. Saquearon la sinagoga, las viviendas de los judíos y el palacio simoníaco que fue de Alejandro VI y ahora era de Ascanio Sforza. Pensando, sin duda, que aquello no era saqueo, sino celo cristiano y que, en cualquier caso, se les perdonaría más fácilmente.

Por fin, el 15 de enero, se acordó que Alejandro VI invitase a Carlos VIII a recibir su bendición. Debían encontrarse, como por azar, en los jardines frente al palacio pontifical. Así fue; pero no sin tretas papales. Por tres veces, Alejandro VI hizo como que no veía aquel ser grotesco; y Carlos VIII cayó de rodillas, otras tantas ocasiones, en el frío barro vaticano. Por fin, el papa lo vio y acudió a su encuentro tendiéndole sus fuertes manos enguantadas y selladas. Levantó al rey del suelo y lo sacudió con amor paternal. Carlos VIII abría sus grandes ojos y parpadeaba con susto equívoco.  Luego, el papa se dejó besar el pie y, a continuación, el monarca obtuvo la autorización pertinente para besarle la mejilla. 

Zizim, desde la altura de sus aposentos vaticanos, observaba displicente la escena. Sabía que se trataba de otro de sus pretendientes y que muy probablemente tendría que mudarse. No dejó por eso de evocar a Philippine-Hélène de Sassenage.

Cuatro días más tarde, fue la recepción oficial en la iglesia de San Pedro, con toda la pompa y el aparato correspondiente al recibimiento de un rey patrocinador de la santa sede. Esta vez, Carlos VIII besó a la primera el pie y la mano del papa. Pero, en el momento de prestar el juramento de obediencia, se negó a hacerlo de rodillas. Y tampoco se dignó recitar la fórmula. Tuvo que declamarla un miembro del séquito. En la misa del día siguiente, por un capricho inverso, el rey se condujo con gran humildad. Cedió el pasó a todos los cardenales y, según el rito antiguo, sirvió al papa el agua de las abluciones. Para que tan hermosas ceremonias  quedasen en la memoria de las generaciones futuras, Alejandro VI hizo que Il Pinturicchio las representara en un fresco de una torre auxiliar de Sant’Angelo.

A fin de evitar que Carlos VIII tuviera alguna veleidad bombardeadora o fuera pérfidamente influido por Giuliano Della Rovere o algún otro afecto de rabbia papale, Alejandro VI otorgó el capelo cardenalicio al obispo de Saint-Malo y al de Mans, miembros del séquito francés. Además, organizó entretenimientos piadosos, como reunir en la capilla de San Petronila a todos los escrofulosos de Roma, varios centenares, para que Le Roi Très Chrétien los tocara y sanara milagrosamente.

Un mes después de la entrada en Roma, Carlos VIII proclamó que no podía demorar un día más su conquista de Bizancio y Jerusalén. Pidió, con todo respeto, la entrega de Zizim, César Borja y la investidura napolitana. El papa le confió a Zizim y a su hijo César Borja. Respecto a la investidura, dijo acabar de acordarse de que los señores Fonseca y Albión, legados del rey Fernando de Aragón, llegaban a Roma ese mismo día para hacer saber que  la corona de Napoles pertenecía al soberano español. Habría que hacer un recurso en justicia, para que él, Alejandro VI, sumo pontífice decidiera y… Carlos VIII ordenó partir inmediatamente. Aquel papa le ponía nervioso. Un emperador de Bizancio, rey de Jerusalén y libertador de los Santos Lugares no podía entretenerse en recursos de justicia.

Y siempre le quedaba Zizim, que era más importante. Carlos consideraba su gran turbante azul celeste, su rostro aquilino y soberbio. Y quiso saber de él cómo era Bizancio, donde pensaba imperar. Y así se lo preguntó, por medio de intérpretes.

Dijo Zizim que si el rey Carlos no conocía Estambul, él, por su parte, jamás estuvo en Nápoles, y que era cosa digna de meditación cuán semejantes le parecen al hombre las ciudades que no conoce.

Los intérpretes aligeraron la respuesta diciendo a su majestad que Bizancio era del todo semejante a Nápoles. El rey quiso saber más, pero Zizim dejó de hablar y no volvió a decir palabra en todo el viaje. Iba triste y no prestaba atención a nada, ni siquiera a los rutilantes naranjos de Campania.

La entrada en Nápoles fue fácil. Capua y Mondragone se entregaron graciosamente. Los embajadores napolitanos entregaron las llaves de la ciudad al rey Carlos VIII y, al día siguiente, 21 de febrero de 1495, fue recibido con tales aclamaciones y júbilo popular, con tan general participación exultante de gente de toda calidad, partido, condición y edad, que nadie negaría que se trataba del padre y primer fundador de la ciudad. Y los que más favores habían recibido de la casa de Aragón, la dinastía cesante, no fueron últimos, sino más que primeros en proclamar su entusiasmo. El rey visitó la catedral, donde se hizo idea del bonito desfile con armiño, bola carlina y palio que se podría aderezar. Y se alojó en el Palazzo Castelcapuano. Desde allí escuchó dulcísimas serenetas que se recreaban en la inaudita hazaña de quien sobrepujó a Julio César, pues venció antes de ver y aún de venir.

A pocos aposentos de distancia y tres días después de entrar en Nápoles, murió el principe Zizim, sutil poeta. Y se dijo que, en el tránsito, musitó algo inaudito, un nombre largo y extraño, sin duda turco o caramanio.

Hubo largas disputas y negociaciones entre varios reyes, el papa y el sultán, por ver quién se llevaría su cuerpo al que, entretanto, se atribuyeron varios milagros. Por fin, lo consiguió Bayaceto porque pagó más. Y lo hizo traladar a la antigua Prusa, cabeza de la Bitinia, célebre por ser la ciudad desde donde carteó Plinio el Joven, por sus preciosas telas de seda y oro, sus trescientas sesenta y cinco mezquitas, y por ser necrópolis de los sultanes otomanos. Allá descansa, a la vista de Troya y el mar de Mármara, el mayor poeta de su tiempo, como se hubiera visto, de haber escrito.

 

[Publicado el 18/11/2010 a las 08:00]

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La fábula de Cristo

 

Al séptimo día fue elegido papa Giovanni de Médicis, hijo de Lorenzo el Magnífico, quien escogió llamarse León X. Tenía treinta y siete años. Era algo asombroso, teniendo en cuenta las costumbres del pasado. Pero, por primera vez, los cardenales jóvenes se habían puesto de acuerdo para elegir a uno de ellos. Fue una especial amargura para el cardenal Riario, quien había tropezado ya en cinco cónclaves con el obstáculo de ser “demasiado joven”.

León X tuvo una carrera difícil, a los siete años era protonotario y a los trece, cardenal. Muy amante de los bufones, sus favoritos eran el dúo Querno y Fetti, quienes hacían de vate beodo y fraile tullido, aunque lo eran. Como apenas tenía vista, usaba catalejo o lupa, según fuera el asunto. El rey Enmanuel de Portugal, con buen criterio, le regaló un elefante y un rinoceronte. También gustaba de la caza, lo mismo corredora que de altanería; se valía de una lente gorda y nunca se preguntó cómo era que tenía tan extraordinario tino con el falconete: los criados siempre le traían pieza por tiro. Hizo decir que era ingenioso, así como músico e intérprete de varios instrumentos. Y también que ennobleció al violín, hasta entonces artefacto callejero y pedigüeño. Era obeso y paticorto. Despreciaba a las órdenes mendicantes y prefería a los efebos.

Y fue el más claro modelo de la preceptiva que estableció Matarazzo, el cronista de Perusa: “La magnificencia de un gran señor se echa de ver en sus caballos, perros, halcones y demás volatería, además de sus bufones, músicos, poetas y demás animales extraños que posee.” Pocos años después, su sobrino, el cardenal Ippolito de Médicis, se distinguió también en el apartado de los animales extraños, con una colección de bárbaros, comedores de cosas imposibles, y perorantes en lenguas inextricables, que mantenía en su corte y mostraba a las visitas.

Una de las obligaciones tediosas que León X hubo de atender fue la conclusión del concilio de Letrán, en cuya octava sesión se dogmatizó la inmortalidad del alma, contra los desvaríos de los neoaristotélicos, panteístas y excépticos arábigos. Votó en contra el obispo de Bérgamo, diciendo que los teólogos no debían ocuparse de cosas profanas. Como cierre del concilio, se quemó públicamente el Tractatus de immortalitate animae, de Pietro Pomponazzi, profesor de medicina en Padua, quien aseguraba haber comprobado que el alma se muere.

A falta de grandes guerras, la vida en la curia era regalada como no lo había sido desde hacía muchos pontificados. Solo hacía falta ser del bando mediceo. Cuando Giuliano de Médicis, hermano de León X, se casó con Filiberta de Savoya y fue sabido que proyectaba vivir en el palacio Belvedere, el cardenal Bernardo da Bibbiena, uno de los literatos pensionados por el pontífice y autor de La Calandria, le escribió: “Alabado sea Dios, porque aquí no nos falta más que una corte de damas”. Pero tal cosa era impensable en alguien tan rígido e inconmovible como León X en su inclinación por los mocitos.

El cardenal Marco Cornaro decidió dejar en las crónicas romanas una hazaña de ardua superación. A fin de que León X se regocijara de que en su pontificado se hizo un dispendio memorable, dio un banquete de sesenta y cinco selectos platos, cada cual servido con una cubertería nueva, siempre de plata y oro, que sus eminencias tasaban con ojo experto. Durante el ágape, brotaban de las sorprendentes y audaces edificaciones pasteleras, ruiseñores, bufones, poetas y niños cantores, para regocijo de los miembros del sacro colegio.

De entre quienes odiaban a León X, hubo uno que no pudo esperar más y se puso a tramar contra su vida. Era el cardenal Alfonso Petrucci, carcomido de rencor porque el papa no tenía en cuenta lo que su padre, Pandolfo Petrucci, tirano de Siena, hizo para que los Médicis volvieran a tiranizar Florencia, y lo que él mismo porfió en el cónclave para que el Espíritu Santo lo elevara al pontificado. En pago de tanto beneficio, León X había privado de la tiranía sienesa a su hermano Borguese Petrucci, que la poseía pacíficamente y conforme a derecho, para dársela a su primo, el obispo Raffaelo Petrucci.

Lo más insufrible para el cardenal Petrucci, hermano del tirano legítimo pero depuesto, era que sin la tiranía se hallaba privado de las riquezas paternas e impedido para sostener, con el esplendor debido, el rango de cardenal. Concibió el designio de apuñalar al papa, empresa atractiva por el precedente y escándalo que causaría en la cristiandad, pero peligrosa y difícil. Se inclinó por el veneno administrado por mano ajena, expediente menos vistoso, pero más seguro para el patrocinador. Hacía falta un cirujano de prestigio. El elegido fue Battista de Vercelli, hábil cirujano que ejercía su arte en Florencia. La cirujía era pretexto obligado porque León X tenía una fístula anal, que los mejores prácticos atendían continuamente, y, si un especialista renombrado pasaba por Roma, era invitado a explorar aquella región papal.  A fin de conseguir que Vercelli llegara hasta León X, había que celebrar su habilidad para que fuera llamado a Roma. Y, al mismo tiempo, tantear al cirujano para ver si colaboraría, o si haría falta decirle que al papa sólo se le atendía con instrumental especialmente bendecido que se le proveería cuidadosamente envenenado.

Estos planes los urdía el cardenal Petrucci por carta, con su secretario Antonio Nino. Desde que ideó la conjura, se retiró a Sovana, donde su hermano Lattanzio era obispo. Su retirada no era por cobardía, sino por su seguridad. El papa, que también tenía miramiento por la suya, hizo interceptar las cartas y comprendió que se urdía un complot contra su bella vida. Hizo llamar a Petrucci, para tratar el sostenimiento de su rango cardenalicio y la concesión de algún beneficio más productivo, porque había deliberado que su mérito soprepujaba en demasía sus ingresos. Le otorgó un salvoconducto y le hizo llegar, por medio del embajador de España, palabra papal de que lo respetaría.

Confiando en esa garantía y curioso por la golosina, Petrucci se presentó ante León X. Fue detenido en el acto y aherrojado en el calabozo Marroco, el más hondo, negro y chapoteante de Sant’Angelo. Hijo y hermano de tiranos, olvidó que la más elemental tiranía prescribe el caso omiso a los salvoconductos. El embajador de España protestó que dar palabra al embajador era darla al rey, y el papa respondió que el salvoconducto era para el cardenal Petrucci, pero no para el envenenador convicto de crimen de lesa santidad y depuesto del cardenalato de quien ahora era cuestión.

De paso, León X ordenó la detención y encarcelamiento del cardenal Bandinello de Sauli, que había sido uno de los artífices de su elevación pontifical y miembro de la célebre familia de banqueros genoveses.

También fueron detenidos el secretario Nino, el cirujano Vercelli, que seguía en Florencia, y Pocointesta da Bagnacavallo, capitán de la guardia del difunto tirano Pandolfo Petrucci y del tirano derrocado Borguese Petrucci. Todos fueron interrogados, con meticulosa tortura judicial, por el procurador fiscal Mario Perusco. Una vez levantada acta de la confesión del crimen indudable, el cirujano, el secretario y el capitán fueron descuartizados en el Campo de’ Fiori. 

En Siena, el obispo Raffaelo Petrucci, tirano de la rama advenediza, aprovechó para empezar a demostrar su legitimidad y preparación para el cargo. Así, coincidiendo con los ajusticiamientos de Roma, y a fin de que los sieneses no tuvieran que desplazarse, hizo ejecutar a Leonardo Bentelli y sus hijos Guido y Giulio, quienes le habían ayudado a llegar al poder, derrocando a su primo Petrucci. Lo hizo porque preveía que se hubieran vuelto en su contra, de haberse consumado la conjura contra el papa, y este, aplaudiendo tanta previsión, lo nombró cardenal.

Al inicio del consistorio siguiente a las ejecuciones, Raffaelo Sansoni Riario, cardenal decano, camarlingo de la sede apostólica, primero del sacro colegio por sus riquezas, la magnificencia de su corte y la dignidad del cargo que ocupaba desde hacía cuarenta años, fue detenido y conducido a Sant’Angelo. La implicación de Riario se dedujo de las torturas a los descuartizados y a los aún bastante vivos cardenales Petrucci y Sauli. Su santidad León X ordenó que les inquirieran curiosamente a quién preveían papa, una vez asesinado él mismo. Pero los interrogados no decían nada bueno, o gritaban mucho, o decían muchos nombres a disparate; cosas todas confusas y de poca satisfacción. Hizo, entonces, que les preguntaran si les parecía que Riario, y todos dijeron que sí, que tiene tantas letras como no, pero parecía más acertado.

Una vez así espantado el sacro colegio, el papa pronunció un bello sermón donde se quejó de que su vida hubiera sido amenazada con tanta crueldad y maldad por quienes, por su dignidad y su lugar eminente en la curia, debieran verse más obligados que nadie a defender la apostólica sede. Se lamentó de su infortunio con tanta convicción, que varias eminencias comenzaron a sollozar, por si acaso. Siguió León X deplorando que no le hubiera servido de nada haber concedido y conceder tantos beneficios a cada uno de ellos. Aquí, sus claros ojos cegatos recorrieron los sitiales y hubo quien temió que requeriera falconete o escopetón con lente. Añadió que otros cardenales habían cometido el horrible sacrilegio. Si confesaban tal crimen antes de levantar la sesión, usaría su gran clemencia. Pero, una vez levantado el consistorio, tiraría de severidad y justicia contra todo implicado en la maldad.

Ante tales palabras, Adriano Castellesi da Corneto, el adinerado cardenal poeta que todos los otoños invitaba a su santidad a su coto de Corneto y hacía que le sirvieran los mejores gamos y ciervos con tiro entre los ojos, el dueño del bello palacio en la Via Alejandrina, el estudioso humanista, dios unos pocos pasos y cayó de rodillas ante el trono pontifical. Y casi al mismo tiempo, pero un poco después, porque se sentaba unas varas más lejos de su santidad, el cardenal Francesco Soderini hizo lo propio.

Ambos dijeron haber oído al cardenal Petrucci hablar en muy feos términos de su santidad, mea culpa, mea culpa, que eso es horrible pecado de omisión sicofante, pero que amar, amaban a su santidad, hasta la adoraban, y bien que les pesaba que se hubiera cometido tan gran sacrilegio, pero que nada más lejos de sus pensamientos.

Cuando la sentencia pontificia se pasó a limpio, fue leída al consistorio. Petrucci y Sauli eran privados de la dignidad cardenalicia y remitidos al brazo secular, que sabría ocuparse. Esa misma noche, en las negras honduras chapoteantes del Marroco, Alfonso Petrucci fue estrangulado. A Bandinello Sauli, una vez bien maduro de espanto, se le conmutó la pena de muerte por prisión vitalicia; y poco después, una vez que el genovés Banco de’ Sauli hubo pagado a León X una fuerte suma, aún mayor que la prestada por el mismo banco a Carlos VIII, el rey botarate, para que invadiera Italia, el papa le dejó salir de prisión y lo restableció en el cardenalato. Pero salió muy pachucho y solo vivió un par de días. 

Quiso León X que se dijera cómo procedió con mayor mansedumbre con Riario, en consideración a su prestigio, su autoridad y la angosta amistad que los unía desde antes que su santidad lo fuera, cuando la memorable conjura de los Pazzi, en que nació tierno afecto entre ellos. De modo que le indultó graciosamente el último suplicio, que le correspondería si su santidad mirase sólo por preservar la autoridad que confiere la severidad, y le restituyó la dignidad cardenalicia, el título de camarlingo y el voto activo en el cónclave, mediando un solo pago a la vista de ciento cincuenta mil ducados, cantidad mareante que algunos descreían que nadie pudiera juntar, más otros ciento cincuenta mil, en el caso de que cediera a la tentación de abandonar Roma.

En cuanto se deshizo de aquellos cardenales, y se hizo con su dinero, pensó León X que el sacro colegio le quedaba un tanto despoblado y desafecto. Para remediarlo, impartió treinta y un nuevos capelos rojos, en una sola mañana. Era una hornada sin precedentes y el consistorio accedió por miedo, y por si acaso. Entre los nombrados estaba Alfonso, infante de Portugal, que tenía siete años, en pago del detalle que tuvo su padre con el elefante y el rinoceronte. También estaban los hijos de las hermanas del santo padre.

León X murió en su villa de Magliana, a dos leguas de Roma. De tanta exploración y sajado de su reconocida fístula, vino una fiebre séptica, que los médicos diagnosticaron benigna. En efecto, no duró tres días.

Y, a lo que íbamos, Pietro Bembo, humanista, literato y secretario del papa, y también cardenal molto papabile en su tiempo, aseguró haber recogido de labios de León X estas palabras: 

Quantum nobis nostrisque ea de Christo fabula profuerit, satis est omnibus saeculis notum

que valen como decir: “Es cosa notable cuánto provecho sacamos de esta fábula de Cristo que da abasto para todos los siglos”. 

Cabe que fuera una invención de Bembo, ya se sabe que los literatos se perecen por esas chucherías. El otro día anduvo el papa por la comarca mediática y hubo motivo para que se agitaran los aprovechadores de la “fábula de Cristo”. Una redactora jefa aseguró en la tele que ella se emburkaría para entrevistar a un clerizonte iraní y se empaquetaría de monja budista reptante si tuviera que hacer lo mismo con el Dalai Lama, todo ello por respeto, ahora bien, se apresuraba a declarar al papa persona non grata porque “no mantiene la pobreza original que tuvo la barca de san Pedro”. También televisaron a un líder comunista diciendo que todo lo del papa le parecía una maniobra de distracción de “este gobierno, que nos quiere vender el milagro de los panes y los peces”. Barca de san Pedro, panes y peces… ¡qué pías comparaciones! ¿De qué fábula las sacarían? Y lo mejor fue un teólogo exclaustrado con pompa mediática, que aprovechaba el micro para predicar que la figura del papa “es un esquema medieval insostenible”. ¿Puede haber algo más medieval que un teólogo rabiando por ser papa en lugar del papa? Es como el visir Iznogud, que quiere ser califa en lugar del califa. Estos anticlericales españoles, con su fijación por la fábula de Cristo, y su discurso hiperclerical, por no decir curil y monjil, ¿no serán agentes vaticanistas?

 

 

[Publicado el 15/11/2010 a las 08:00]

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El futuro es un presente enfermo

 

 

Desde que hay autoridad razonada, se vio que establecer un pasado como referente y definir la perspectiva temporal vinculante era aún más importante que la defensa de las fronteras del reino y la obediencia de los súbditos. No había condición más básica. Los sofistas y oradores ambulantes griegos fueron los inventores del método que aseguraba ese monopolio; ellos fueron los primeros en utilizar la demostración deductiva, el procedimiento decisivo para que, según la preceptiva que rige desde entonces, su discurso se pudiera considerar científico. 

El acta de nacimiento de la ciencia moderna son una cincuentena de versos de Parménides donde prueba de manera deductiva que el ser es único, quieto, y de forma semejante a la masa de una esfera bien torneada. Su adversario Heráclito, quien aseguraba que el ser caduca y se desparrama, no aportaba ninguna prueba deductiva. Los de la peña de Parménides siguieron alumbrando ciencia, y un preclaro miembro, Zenón el dialéctico, a los pocos años de la invención de la demostración deductiva, probó que nada puede suceder, y provocó que durante veinticinco siglos se haya estado intentando refutarlo, habiendo participado en la empresa lumbreras como Aristóteles, Hobbes, Kant, Hegel, Stuart Mill, Bergson o Russell. Por si fuera poco, al calor de la reiterada lid, se han ideado maravillas como la lógica matemática o el cálculo infinitesimal. 

Pero la irresistible ascensión de la demostración deductiva ocurrió casi un milenio después de Parménides. El edicto de Milán significaba la llegada al poder del cristianismo, una secta que reparó antes que nadie en la importancia del arma de la demostración deductiva y que hizo su más efectiva utilización. En ese momento, la Iglesia necesitaba formar su corpus doctrinal y jurídico que, por primera vez, no tenía que estar orientado a corromper desde la clandestinidad, sino a dominar desde la cúspide de la vida pública. Esa fue la labor de la patrística y se llevó a cabo, de manera ejemplar, por los Padres de la Iglesia, todos ellos estudiosos y conocedores de la filosofía griega. Con implacable lógica helena, se fija el dogma fundamental: el devenir del tiempo mundano. Y, a continuación, la organización de la estructura jerárquica y la santa legitimación de la persecución del impío y el hereje.  

Más tarde, con la invención de la escolástica, se dio un paso más y la deducción fue declarada monopolio de la autoridad. Se necesitaba para la importante ciencia jurídica. Ésa es el acta de nacimiento del Estado moderno. Desde entonces se sabe que un cronista oficial, un legislador o un juez, cuando ejercen su función, ostentan la representación de la Demostración Deductiva. 

La prestación principal de la escolástica es la reunión de toda la realidad, presente, pasada y futura, en compendios, llamados summae en la jerga, y construidos matemática y arquitectónicamente. Todo lo que queda en el exterior es irreal. El juez, y sólo él, demuestra y establece lo que sucedió; el legislador, y sólo él, declara lo que deberá suceder. Todos los miembros de la república han de vivir dentro de la realidad así deducida. Los índices de precios, los números de la opinión pública, el campeonato de liga, la termodinámica, la entropía o el nivel de los pantanos son capítulos y artículos del compendio cívico. 

La primera vez que se reparó en la importancia de establecer la relación exhaustiva de lo habido y por haber con la misión de definir la realidad fue en Mesopotamia. Los grandes mojones, llamados kudurru, plantados en el campo o depositados en un santuario, además de públicos registros de la propiedad, eran informes que contenían relaciones minuciosas, y creaban una realidad que ya no se distinguía esencialmente de la actual irradiada por los medios de comunicación. Las listas y catálogos mesopotámicos, que podríamos llamar enciclopédicos, eran la concreción del saber y el modelo perfecto al que se debía circunscribir la realidad.

Pese a los meritorios asertos de Newton o Einstein, la ley física nunca podrá determinar un suceso pasado ni predecir uno futuro, de manera tan absoluta como la ley jurídica. A la hora de crear realidad, la ciencia física es siempre menos eficiente que su maestra la ciencia jurídica. El primer científico moderno, Galileo, no es más que un escolástico, un epígono de la escolástica más tardía. En el fenómeno que los físicos anteriores denominaban impetus y consideraban en precario como un efecto sin causa numerable, inventó la inercia: una causa numerable mediante la deducción. La inercia no existía antes de ser deducida, y su deducción fue una creación de realidad. Tras los trámites y plazos pertinentes, fue declarada real en el compendio cívico, unos años más tarde. En ese mismo sentido, Newton creó la gravedad. 

En el compendio aristotélico, se demuestra por deducción la realidad de cuatro causas y la de cincuenta y cinco motores inmóviles. Más tarde, en el compendio tomista, se demuestra que lo real es una causa y un motor inmóvil. El siglo pasado, en el compendio einsteiniano, el motor y la causa quedaron contaminados de ficción al inventarse la realidad de que materia y energía solo tienen una diferencia modal. 

El futuro es un presente enfermo. Prevenir ya es enfermar, y prever ya es padecer. Cuando el hombre se hizo civilizado, su presente se hizo neurótico porque levantó un cerco en torno a sí que no estaba hecho de piedras ni madera, sino de la terrible lógica del encadenamiento al pasado y el miedo al futuro. Una lógica muy antigua, pero que hasta entonces no había figurado de un modo tan exclusivo en lo más alto de la escala de valores.

Con el asentamiento de la promesa como forma de agresión que consuma el cierre completo del cerco civilizado, se prima el encadenamiento al pasado, y la obsesión por la genealogía, el parentesco y la propiedad. El hombre civilizado es aquel cuyo presente depende de promesas anheladas y temidas de futuro, seguridad, salud, solvencia, vejez y muerte. 

[Publicado el 11/11/2010 a las 08:00]

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Tonterías las justas

 

Durante milenios, las ceremonias mediante las que se proclamaban las categorías de padre e hijo, fueron dos: la más antigua, la covada, donde el padre se encama y es objeto de las atenciones que corresponden a quien acaba de parir, y la que vino despues, el alzamiento a la rodilla, donde el hijo es tomado del suelo por el padre y, puesto sobre sus rodillas, lo nombra por primera vez, con lo cual pasa de víscera innominada a persona.

De la primera a la segunda ceremonia hay un ascenso en la dignidad y, sobre todo, el poder del padre, que pasa de estar tumbado y ser objeto pasivo de atenciones, a estar sentado y determinar la conversión en hijo del producto todavía no humano que evacua la madre.

En las familias lingüísticas indoeuropea y semítica, la rodilla ha generado un especial caudal significativo procedente de la ceremonia de alzamiento y puesta de nombre por el padre. No es casual que en latín genu “rodilla” y genus “familia” se parezcan tanto, y lo mismo vale para el griego gony “rodilla” y genos “linaje”, el celtibérico ken “rodilla” y kentis “hijo”, el alemán Knie “rodilla” y kind “hijo”, el anglosajón cneo “rodilla” y ceneodan “nombrar”. Tampoco es producto del azar que el radical hebreo brk esté amigablemente compartido por “rodilla” y “bendecir”.

Las sociedades de covada eran matrilineales, lo cual no quiere decir que en ellas mandase la mujer, sino que lo hacía su hermano o su tío. Pero sí es cierto que el padre o marido no era propiamente considerado miembro de la familia, sino una suerte de huésped distinguido y necesario para su función. 

El nombre vasco del marido es senar, o sea, “macho del complejo familiar”. Para el nuevo concepto de padre con altar en sus rodillas y poder sacralizante en sus palabras, en aquitano y en vasco se tomó como préstamo el término indoeuropeo aita, que significa “ayo nutricio" o "preceptor”, carente de la preeminencia del pater familias, que de entrada era incomprensible en una sociedad de covada. En la Odisea, por ejemplo, Telémaco llama atta al porquero Eumeo, pero no a su padre Ulises; y en la Ilíada, Aquiles se refiere de ese modo a Fénix, pero no a su padre  Peleo.

Otro indicio claro de que aquitanos y vascos eran de covada se ve en la nomenclatura de los hermanos y hermanas donde se marca con -ba la relación referida a la mujer, mientras los varones relacionados con hombre quedan aislados y sin marca, como relacionados con lo irrelevante: arreba es hermana de hombre, neba es hermano de mujer, y aizpa es hermana de mujer; anaia, hermano de hombre, no tiene marca, queda suelto. Y también asoma la covada en la importancia de la categoría iloba “sobrino”, que expresaba la relación de linaje con los tíos maternos, y al llegar la moda patrilienal, se equiparó con la de “nieto”.

La categoría de esposa o señora no existía en la sociedad matrilineal. Para designar el nuevo estatus, el aquitano y el vasco importaron del celta el término andere. También eran de covada los cántabros y otros pueblos hispanos. En el área mediterránea, consta esa información respecto a corsos y ligures. 

Mientras algunos estudios declaraban a finales del siglo XIX que la extraña moda de que el padre impostara ritualmente el parto, con movimientos y gemidos, y el puerperio, con reposo y comidas rituales, e incluso el embarazo, con restricciones dietéticas y reposo, ya no se llevaba en el “Viejo Mundo”, lo cierto es que hasta mediados del siglo XX, como mínimo, se ha seguido constatando alguna forma de covada en todas partes, de Laponia a Sudáfrica y de Borneo a Brasil. También, por supuesto, en Estados Unidos, Inglaterra, Francia o Alemania. 

Las formas más evidentes, como que el hombre, además de acostarse con el recién nacido, le pusiera su camisa y quemara la placenta en una gran hoguera ritual —práctica registrada en el Limousin y en Albacete, que resulta de una plasticidad, no ya evidente, sino envolvente—, han desaparecido antes que otras, más estilizadas, como que la mujer lleve los calzones del padre cuando se acerca el parto, o la obligación de que en éste no falte alguna prenda del marido, sea en la espalda o la cabeza de la parturienta, o en la ventana; incluso el sombrero sobre la almohada era suficiente en los países Bálticos, Alabama y Carolina del Sur. 

De una encuesta que organizó en 1901 el Ateneo de Madrid sobre nacimiento, matrimonio y muerte, hay un fichero con los testimonios relacionados con la covada (I-C-f-1 y -2) en el Museo Etnológico y Antropológico. Se concluye enseguida que debió practicarse en todas partes de España y no sólo en Cantabria, de donde párrocos enérgicos erradicaron la “indecente” costumbre en la segunda mitad del siglo XIX, según narraba Telesforo Aranzadi (De la “covada” en España) en 1910. 

En las respuestas de la encuesta del Ateneo, se repite el rasgo clásico de comprobarla en el vecino, mientras en casa ya se ha superado: “No existe en Mallorca […] En donde se ve más marcada es en la vecina Ibiza. Tan pronto como se presenta el parto, el marido se mete en la cama con su mujer, tomando tazas de caldo como ella y colocando al recién nacido entre los dos”. El de Menorca asegura que es algo del pasado, aunque “al padre que, en vez de desplegar su actividad se tumba a la bartola, se le aplica el mote de parterot, masculino de partera (recién parida según nuestro dialecto)”. El de Canarias asegura que ya no se practica el acostarse mientras lo estuviera la puérpera “pero continúan haciéndose agasajar al igual que sus mujeres paridas […] comen y beben lo mismo, las mismas veces y durante el mismo número de días”.

A esa encuesta se debe el más expresivo testimonio nunca habido. Es el remitido desde Tamarite, en Huesca. El informante, cumpliendo la preceptiva del género, empieza por asegurar que no se conoce tal cosa en su pueblo, sino “en la montaña de esta provincia a principio del siglo XIX”. Luego anuncia que lo referirá en latín, porque “el hecho es escabroso y no muy pulcro”. Y, por fin, cuenta lo que sigue: 

Geniale ad convivium, mulierum turba vocata

prope lectum venit, quo jacent conjuges ambo.

Tecti ¡pro pudor! apte sindone parato

apicem phali tantum ut vir ostendet queat.

Alia post aliam eumque digito pulsant

Genitor, ave, clamantes, tu genitor, ave.

Es una lástima que esté en latín, porque seguro que las damas de Tamarite o las de “la montaña”, se expresarían  con un desgarro y justeza que nos ha ocultado para siempre ese comedido “¡genitor, ave!”. Pero mucho más es de agradecer que el maestro latinista se haya decidido a contar de una vez para la posteridad que las vecinas invitadas a festejar el nacimiento se acercaban al lecho donde yacían los dos cónyuges, la que en apariencia había parido y el divo, y éste ostentaba todo lo que podía de su maravilla fálica, graciosamente puesta bajo sedoso lienzo, y las visitantes proclamaban su felicitación admirada. 

Esta ceremonia de reconocimiento que busca aplacar al señor susceptible coincide con lo observado en el rito de la covada en la Guayana Británica, donde el divo hacía dieta especial desde el quinto mes de embarazo, permanecía inmóvil en la hamaca durante el parto y los primeros días posteriores, y, mientras la madre volvía al trabajo con el recién nacido en bandolera, él era solíticamente cuidado por todas las mujeres del poblado. En el alto Paraguay, era lo mismo, pero con el detalle de que, cuando la presunta autora de la parte grosera del milagro, regresaba de lavar al niño la primera vez, no podía hablar, sino sólo mirar con recogimiento al divo.

Respecto a la antigüedad y el arraigo de esta apasionante pieza dramática, basta tener en cuenta su representación por los pobladores precolombinos de América. 

El abandono de la covada en España fue un proceso gradual que se inició con los fenicios y los griegos, muy influyentes en los tartesios y los íberos, y continuó con los celtas y los romanos. Con todo, duró hasta el siglo XX, en el que aún se documentan ceremonias reminiscentes de su antiquísima vigencia en toda la Península. 

En algún momento debio quedar claro que, para implicar al padre en esos arreglos convenidos que llamamos familia y sociedad, era preciso recompensarle con una categoría que lo resarciera de su irremediable envidia y complejo de ninguneado. El  apellido paterno proviene de la invención del padre pos-covada —o sea, del que alza al hijo sobre sus rodillas, lo nombra y, en consecuencia, lo reconoce como suyo—, que a su vez es modelo de las religiones y cosmovisiones elaboradas en la última media docena de milenios.

Hay ahora una proposición legislativa que dice querer eliminar la discriminación que supone la imposición automática del apellido paterno en primer lugar, en caso de desacuerdo. Se le podría objetar que, para que el arreglo antimachista resultara más pedagógico —que es la pretensión de fondo—, la madre tendría que poder imponer el apellido de su madre, y no de su padre, aunque, horror, no dejaría de ser el del padre de la madre de la madre, con lo que el enjuague hecho para liberar a las madres del machismo imperante no haría sino recordarlo. Siempre habrá un apellido paterno que se perpetúe—incluso en el sistema portugués donde se transmite en segundo lugar el segundo apellido del padre, mientras el primero, el materno, se ostenta pero no se transmite— porque, después de todo, el apellido es una invención para implicar al padre: en realidad, para crear al padre según la convención vigente.

Pero lo cómico de la cuestión está en la propia ley actual, convenientemente enrevesada por la proposición alfabetizadora. Hoy, para registrar la inscripción del nacimiento en la localidad de domicilio común de los padres, si es distinta del lugar en que se produjo el nacimiento, se exige que la solicitud se formule mediante comparecencia de los progenitores de común acuerdo. Esto se suele hacer con bastante frecuencia, porque la inscripción en una u otra localidad tiene su interés: aparte de los insondables motivos sentimentales y hasta políticos, hay legados testamentarios vinculados a ese detalle, así como multitud de disfrutes y derechos —caza, aprovechamientos, servicios— que también dependen de esa inscripción. Entonces, ¿por qué la bondadosa ley no contempla en este punto el desacuerdo y su definitivo desarreglo mediante la resolución alfabética? 

Lo mismo sucede con la imposición del nombre propio, que puede ser simple o doble, pero no faltón, ni malsonante. Ahora bien, ¿qué pasa en caso de desacuerdo? ¿Por qué no interviene aquí la apisonadora alfabética? En buena lógica legislativa, debiera aplicarse igualmente, así tendríamos al menos tres causas de líos, y no sólo una. Saltan a la vista dos querellas alfabetizables que se han dejado sin explotar y podrían dar juego. Y ya lanzados, nuestros solícitos legisladores podían proponer el orden alfabético para solucionar todos los desacuerdos de pareja, la casa, la custodia, y demás alegrías. Pero, ¿qué digo de pareja? Nada: para todos los conflictos nacionales e internacionales de la humanidad. ¿Litigios por raya fronteriza? Orden alfabético al canto. ¿Que dónde lo buscamos? Pues donde lo haya, en la toponimia, en el nombre de las naciones, las civilizaciones o sus ministros, donde sea, es omnipresente. Qué maravilla, así tenemos el mundo arreglado y podemos pasar a otra cosa

Ya la ley de 1999 introducía una pedagogía de la insidia, no por imponer una de las dos combinaciones posibles, sino por presentarla como solución para casos de desacuerdo —casos que propone y, en definitiva, promueve la propia ley, y eso es lo peor que puede hacer una ley—. Si no se han previsto soluciones alfabetizadoras para las posibles querellas por el lugar de inscripción y por el nombre propio, porque cualquiera ve que el padre y la madre acuden al registro a inscribir un acuerdo en ese sentido, ¿por qué se prevé una querella ad hoc en la cuestión del apellidamiento, y se remata con una necedad asnalfabética, que no hace sino consagrar la propia insidia? Si él se llama Gómez, y ella, Rodríguez, y disienten en el orden, ¿de qué le sirve a ella hacerlo constar? Puestos a legislar el bostezo, casi sería más salomónico ponerle a la víctima del desacuerdo un nombre de oficio.

Proponer la querella con alevosía leguleya, para imponerle una solución desjuiciada, está muy feo, la verdad. Mucho mejor es no fomentar querella alguna. No contemplar el desacuerdo, como se dice en la jerga —y nunca mejor dicho, porque se trasluce que hay contemplación con regodeo—, y que se inscriba el lugar de nacimiento, nombre propio y orden de apellidos, conforme al común acuerdo de los progenitores.


[Publicado el 08/11/2010 a las 08:00]

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¡Viva Homero!

 

Cuando tenía quince años trabajé en la construcción de la escuela de Santesteban. Fue después del primer curso de griego, yo tenía la manía de escribir cosas en griego. El trabajo era superior a mis fuerzas. Además, con aquellos hombres tan fuertes y acostumbrados, yo me esforzaba mucho por estar a su altura, pero nada. Entonces tuve la idea de que si, por un azar, algo fundamental dependiera de leer una frase en griego, yo tendría una manera indudable de demostrar mi valía. Aquella reflexión me daba moral, aunque la probabilidad de un mundo donde algo fundamental, en griego, me estuviera esperando para que yo lo leyera, equivalía a cero. Así que al griego le tengo gratitud de cepa juvenil. ¡Viva Homero!

Hoy me da duelo Stephen Geoffrey Landesman, que escribió una tesis sobre The anonymus Certamen Homeri et Hesiodi, y murió el pasado mayo, sin saber lo de Homero. Y Anne Jeffery, siempre dedicada a las inscripciones arcaicas griegas, que murió sin saber lo de Homero. También Manuel Fernández-Galiano y Alfred Heubeck murieron sin saberlo. Cielos, ¿cuándo se sabrá lo de Homero?

[Publicado el 02/11/2010 a las 08:22]

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Progreso

 

Después del viaje desde Asturias a Tordesillas para que el rey  Carlos I conociera a su madre Juana, encerrada por loca, vinieron los juramentos varios por las Cortes de Castilla y Aragón, y las fiestas, justas y torneos. Tambien los buenos consejos de los súbditos. En Calatayud, un villano, admirado de los ojos saltones y la boca abierta del rey, le recomendó: “Nuestro señor, cerrad la boca; las moscas deste reino son traviesas”. 

En Barcelona, se hicieron las más sonadas fiestas por la venida a España del rey Carlos I. Y éste ordenó que se celebrara, en la catedral, solemnísimo capítulo de la orden del Toisón de Oro. En la sillería del coro pintaron el lema “Plus Ultra” y se impuso el bonito collar de oro con borrego colgante, a catorce muy principales señores, entre ellos el almirante de Castilla, Fadrique Enríquez, muy reputado como protector de literatos, iluminados y toda suerte de varones sabios y curiosos, señalado en las letras españolas por haber mandado pasar a romance muchas obras, sin detenimiento en que pudieran ser declaradas malsonantes o heréticas, y, entre ellas, las escritas por Pedro Martínez de Osma.

Cuando mejor lo estaban pasando en Barcelona con las fiestas del Toisón, vino la nueva de la muerte del emperador Maximiliano, abuelo del rey. Éste tuvo, de golpe, gran prisa por hacerse con el vacante título imperial. Así que ordenó el cobro de un tributo especial y zarpó de La Coruña hacia los Países Bajos, donde pensaba hacer otra bonita fiesta, en Aquisgrán, con motivo del solemne encasquetamiento de la corona que ciñó Carlomagno. Mientras el rey estuviera ausente, el Consejo Real, con el almirante don Fadrique como regente consorte, tomó sede en Valladolid. 

Entonces empezó una guerra porque Antonio Acuña, obispo de Zamora, tuvo un acceso de rabia arzobispal cuando supo que la nunca bien ponderada archidiócesis de Toledo se apalabraba para Guillaume de Chièvres, completamente extranjero y sobrino del primer chambelán del rey. Eso merecía guerra y las que suscitan los clérigos son especialmente enconadas. Ya son ellos, de sí, levantiscos y enredadores en cuanto no consiguen la suya, pero lo que les da calidad de tóxicos es que proveen a la plebe de explicación doctrinaria para que no estén quietos, sino agraviados y echados al monte, siempre que sea en su beneficio clerical. Así se dijo que Toledo, donde empezó la sublevación, llegó a pedir autogobierno a imitación de Siena o Florencia, cuando era más verdad que, no Toledo, sino quien tenía trazado arzobispar Toledo, quería una tiranía  para uso propio. Vamos, como un nacionalista actual.

En Barcelona se repartieron collares borregueros a ocho nobles castellanos, eso quería decir que quedaron sin collar, ni arzobispado, una multitud de aspirantes. Éstos hicieron fiero memorial de agravios en la llamada Junta de Ávila, una vez que recibieron la invitación toledana al alzamiento. Y, luego, ya que Tordesillas estaba al lado y encerraba, en otras maravillas, a una reina cesante, se hizo allá junta santa y solemne con la reina doña Juana y su hija Catalina. Decían los junteros que Carlos ya no regresaría a España y que Castilla no sabía estar sin rey.

En la Santa Junta de Tordesillas, representaron a los clérigos agraviados y en expectación de destino, además del belicoso obispo Acuña, fray Pablo de Guzmán, prior de Santo Domingo, Pedro Gómez, abad de Toro, y Juan de Benavente, canónigo supremo de León; por los caballeros a falta de collar, Antonio de Quiñones y Pedro Laso; por los artesanos y licenciados, Diego de Madrid, pañero, y Francisco Medina, médico. El resto de comisionados y tropa innumerable, veterana de África e Italia y en expectación de saqueo, aguardó afuera.

Fue dicho que la reina Juana estuvo lúcida y les dio toda la razón. Tomaron, entonces, decisiones regias y ofertaron el matrimonio de la infanta Catalina con el príncipe portugués, a buen precio. Pero el rey de Portugal no quiso tratar con juntas santas. Al contrario, envió buenos ducados de oro al almirante de Castilla para que comprara fidelidad y pericia de buenos soldados. 

Los junteros santos mandaron luego emisarios a Valladolid, incitando a la villa a prender al Consejo Real. Y como todo se iba en tumultos, enviaron al capitán Padilla, con un fuerte destacamento, para que se apoderara de ellos.

El Consejo Real se trasladó entonces a Medina de Rioseco, y don Fadrique empezó su ofensiva usando la artillería de las buenas letras. Pero no lució nada, porque el clero se había encelado con que, si derrocaban al Consejo Real, habría reparto de prebendas, y el sacristán sería cura; el medio racionero, párroco; el racionero, canónigo; el abad mitrado, obispo; y el obispo de Zamora, lo principal, arzobispo. Y atizaban al vulgo para que guerrease, que luego ellos proveerían. Con tal designio, se puso sitio a Medina de Rioseco.

En vista de lo clerical de la situación, se hizo uso del recurso similia similibus y se envió a fray Antonio de Guevara, temible predicador franciscano, para que desmayara y ofuscara los ánimos alzados. Por siete veces, salió de la villa sitiada y sermoneó con sabrosos y atinados ejemplos en el campamento sitiador. Pero, si bien hizo vistosos efectos en la soldadesca, no causó ninguno en el obispo Acuña, inmune y refractario a la verba clerical, como asiduo usuario de ella, contumaz y pertinaz en sus pretensiones arzobispales.

Al tiempo, un noble descollarado y ofendido, Pedro Girón, pidió entrar al servicio de los alzados, siempre que fuera como capitán general. Ello trajo consigo el apartamiento de Padilla,  que se corroyó de celos y marchó a Toledo, causando no poca confusión banderiza.

Sin esperar a que menguara la confusión de los alzados, el almirante emplazó su artillería ante Tordesillas y, sin olvidar el importante pregón de que se entregaba la villa a saco, con tal se respetaran las vidas, tomó la villa, prendió a los miembros de la Junta y se apoderó de la reina Juana, que casi tenía por hija.

La aventura malparada de Acuña tuvo una consecuencia notable. Aprovechando la confusión de la guerra castellana, el rey de Francia, Francisco I, envió tropas a ocupar Navarra y sitiar Logroño; fue una efímera maniobra de distracción, pero el emperador Carlos se encolerizó tanto, que se alió con el papa para que le bendijera su ocupación de Milán, la cosa que más podía ofender al rey de Francia. A  cambio, el emperador Carlos dio el beneficio del arzobispado de Toledo al cardenal de Médicis, y decretó el destierro de Lutero. Si a este fraile le hubieran concedido entonces algún carguillo o beneficio eclesiástico, habría olvidado tan feliz sus tesis, que todas venían de la implícita primera y principal: “yo también quiero mandar y cobrar”. Pero, por azares de los negocios humanos, la agitación que desencadenó el obispo de Zamora, que a él no le valió para alcanzar el arzobispado, si fue bastante para provocar la guerra, el edicto imperial y el cisma protestante.

La batalla de Noáin, que tuvo lugar durante la retirada de las tropas que Francisco I entrometió hasta Logroño para hostigar a Carlos I, está hoy incensada por la clerigalla rectora del vasquismo querulante como momento crucial de la “guerra entre abertzales y españoles”, fenómeno malvado que data del Neolítico y tiene un tumultuoso club de agraviados. Y los Bravo, Padilla y Maldonado, que querían medrar al arrimo del clero soliviantado por el nombramiento de un flamenco para el arzobispado de Toledo, han sido canonizados como libertadores de la humana condición. ¿Quién dudará, si no es un facha opresor, que las ideas abertzales y comuneras son progresistas y modernas?

He aquí lo que escribía Jean Mabire en National-Hebdo, periódico del Front National, hace poco más de veinte años (4-10-90): “Con la detendión de “Waldo”, ETA militar ha sido golpeada en la cabeza. Periódicamente, se nos anuncia la captura de un gran jefe del nacionalismo vasco. Pero aunque los detuvieran de cinco en cinco, como a Ben Bella y sus amigos en octubre de 1956, eso no cambiaría el problema. La lucha armada no es más que la prolongación de un combate político de varios milenios. Los vascos estaban en su casa incluso antes que los inmigrantes indoeuropeos como usted y yo. Terroristas para unos y patriotas para otros, los militantes vascos, legales o ilegales, a veces sin darse cuenta, testimonian una lucha planetaria. Si la resistencia triunfa, serán héroes y Euzkadi emitirá sellos con su efigie. Si pierden, un pueblo faltará a la llamada de la historia.”

O sea que la cosa no es de anteayer, ni siquiera de la batalla de Noáin: ya hace milenios que los grandes jefes del nacionalismo vasco ordenaban pegar patrióticos hachazos de sílex vasco en la nuca de los inmigrantes indoeuropeos como usted y como yo. Y ahora, si usted tiene la suerte de dar con algún despotenciado que razone, lo entenderá como alguien que dice tener una mara de tatarabuelos que llega a la batalla de Noáin y procede de uno que se portó bien y estuvo en el bando adecuado, y como consecuencia quiere un Estado confesional de esa religión de pichiglás, y usted, vasco descreído o inmigrante indoeuropeo, o camito-semítico, o algo peor, tendrá sitio si se adhiere a la historieta de la mara de tarabuelos transmisora de milenarias bondades vascas, si no, tiene usted la opción de que lo extirpen como prolongación de un combate político de varios milenios. Debemos por lo tanto creernos la mandanga de que los vascos existían antes de la inmigración indoeuropea, y otra no menor, consistente en que “los grandes jefes del nacionalismo” representan a esa mística grey de antepasados, y, en fin, anhelar el advenimiento del Estado confesional de esa religión tétrica, por amor al progreso, y para que puedan mugir con la deseada unanimidad.

Sólo con que los cocine el Mabire de turno —quien expresaba sobre los asesinatos y el embrutecimiento de los vascos un parecer muy común y aceptado entre los actuales fabricantes de opinión, y por eso lo he escogido como su representante—, los sedicentes hechos históricos tienen esa entretenida virtualidad que los hace útiles para azuzar a la tropa, y hacer que mate y muera bien cargada de razón.


[Publicado el 01/11/2010 a las 08:00]

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Desde que profesé tristeza

 

No se sabe en qué consiste el prestigio de la tristeza, porque no está acreditado que el triste deje de mentir, dé provecho, o se vuelva genial. Lo seguro es que, aprovechando la confusión, la raza irritable de los poetas exhibe patente de tristeza. También los historiadores, según Guicciardini, deben tener su hito y referencia en la expresión del “justo dolor ante la desgracia pública”. O sea que hay, creamos a los expertos, una elocuencia de la queja que se cotiza para mejor aliño del papel.  Esa quejumbre de alioli es viejísima en poesía, tanto como la métrica. El dístico elegíaco consiste en hacer un segundo verso con un pie menos, de manera que se imita el desaliento, como si viniera del alma un hipío, y hace el efecto de estar transido por el dolor y “no tener palabras”.

El gran Camões, muy malicioso conocedor de los tópicos del género quejoso escandidos desde Ovidio a Garcilaso, compuso hacia 1550, cuando tendría unos treinta años, Escrita de Ceuta, una carta fingida que contiene un ensayo magistral sobre el poeta y su tristeza, que es como decir su fondo de armario. La pieza es insólita porque trata de lo que hoy se llama metaliteratura, un género cuya inauguración se atribuía hasta hace poco a Lope de Vega, con aquel soneto que le mandó hacer Violante. Al poco de empezar, Camões sirve este mote travieso:

No quiero y no quiero

Jubón amarillo,

Color que muestra dolor

Quiero, y no quiero

Jubón amarillo

Plano secuencia de Camões matinal, con su laurel ceñido, en calzas y coleto, tañe la cítara de clara sonoridad, hecho un Aquiles dubitativo, y entona muy tenor y tristoso quero e não quero jubão amarelo, ante su ropero. El vestuario áureo, como saben los profesionales, es para hazañas de armas y hallazgos de tesoros. El mote aquí  trasladado en primicia absoluta ha sido, sostiene Camões, “escogido en la manada de los rechazados; y cuido que no es tan dedo quemado que no sea de los que el rey mandó llamar”.

Este pasaje ha sido objeto de debate enconado entre los expertos camonianos. Hernãni Cidade propuso famosamente: “dedo quemado es lo mismo que cosa rechazada”. Yo, disculpen la certeza, creo más bien que en el dátil socarrado va la imagen del moribundo con la candela en la mano, símbolo litúrgico de la iluminación por la fe, y método científico forense de la época: cuando el muerto ya se había muerto bastante, la vela le quemaba el dedo, lo cual probaba su estado de fiambre. Camões se burla así de los cadáveres rimados, epopeyas en salmuera y redondillas en espera de destino, que el poeta guarda en la despensa para cuando sea menester. El mote, aun siendo fiambre, no era tan desechable que no quisiera verlo el rey Juan III. Esto último quizá sea farol, porque los reyes no quisieron ver a Camões sino tarde, mal y nunca. Dicho Juan III se molestó regiamente por unos pasajes camonianos de la comedia El rey Seleuco. Y más cosas de reyes: cuando Felipe II adquirió Portugal, fue a Lisboa, y ordenó presencia y audiencia de Camões; pero hacía un mes que al poeta le habían puesto la candela en la mano. Os Lusiadas se había publicado poco antes y traía un curioso lance profético: en la especiada Calicut, el dios Baco había tomado la forma de Mahoma para sublevar a los musulmanes y de ahí, del dipsómano capitán de abstemios, venía la cebada.

Escrita en Ceuta tiene un principio memorable, irónico hasta la deconstrucción, donde Camões, siglos antes de Gogol, Kafka, y los superagentes secretos, propone la quema y cuidadoso olvido de sus propias líneas para que la posteridad no tuviera noticia:

“Ésta va con la candela en la mano a las de vuestra merced; y, si de ahí pasara, sea en ceniza, porque no quiero que de mi poco coman muchos. Y si todavía quisiera meter más manos en la escudilla, mándole lavar el nombre, y vaya sin cuños.”

Lo genial del pasaje está en que ha sido tomado al pie de la letra por cuatro siglos de lusitanismo severo. Desde su primera impresión en 1598, a ninguna generación lusitanista le ha faltado su crítico empeñado en descifrar con profesional melancolía —ya está dicho en otros sitios que la poética querencia por la melancolía y la desdicha, la nostalgia y el anhelo de maravilla, siluetean la literatura portuguesa, pero no se ha dicho que igual de importante es la ironía, esa particular cortesía de los grandes autores que ven la luz en la bellísima boqueada final del Tajo, desde Camões a José Bandeira — descifrar, decíamos, por qué querría el poeta, oh dolor, que el desconocido destinatario quemara su carta. Las teorías propuestas se pueden amontonar en dos: la carta original tendría una tinta secreta que se leería al trasluz de una vela, y Camões temía a los plagiarios que le pirateaban las epopeyas. Respecto a lavar el nombre, no ha habido otra que recurrir a la humildad sobrehumana del genio.

Pero, a la luz de recientes excavaciones, nos hemos visto arrempujados a concluir que “Ésta va con la candela en la mano a morir en las de vuestra merced” no quiere decir que la carta ya se va muriendo porque os mando que en cuanto llegue ahí la queméis, sino todo lo contrario: proclamo que nace ahora mismo para la posteridad gloriosa y haréis saber a todos que es mía, y vaya con cuños. Camões lo dice al revés, porque se trata de una ironía de retrogusto, algo que se nota al ver que la carta es un inventario genial de los plumajes y pies de verso del poeta que ha de hacerse el humilde y el triste.

Después vienen unas catas de Garcilaso, y luego Séneca, Ovidio, Boscán, Manrique, muy bien traídos, ligados, y emulsionados con bellos versos de Camões, emprosados y en rincles cortas, grandes reservas y recién presos. Y todo muy triste, y de morirse. 

Llegan luego los confites de ahorcado, celebradísimos, de donde Quevedo sacó su chiste de los pasteles de fiambre en el Buscón. Así nació la leyenda barroca de que los confiteros hacían pasteles de cuatro maravedís con carne de ajusticiado. Pero Camões en Escrita de Ceuta sólo juega con una locución cuando dice “Atended que no son malos confites de ahorcado para los que están con la soga al cuello”. Confites de ahorcado es sinónimo de halago, mimo o fiesta a la que sigue pésimo trago, disgusto y maltrato, todo junto; y viene del último capricho concedido al condenado. Este pasaje, como otros muchos de la pieza, recuerda que el lusitanismo, noble especialidad legendariamente nacida en 1580 para trasladar al español Os Lusiadas por urgente mandato del rey Felipe II, ha coronado cumbres, pero aún nos debe la lectura de Escrita de Ceuta.

El humor es de ahorcado à la Villon, y la textura, milhojeada. Toda la obra está ceñida por un jaretón disimulado donde trabaja, tensa y vibrante, la ironía de un poeta extraordinario que se burla del oficio. Una líneas antes del mote cantado al jubón amarillo, sostiene Camões: “Vos, si viene a mano, esperáis de mí palabritas risueñas, ahorcadas de buenos propósitos. Pues desengañaos, que desde que profesé tristeza…” Nadie esperó jamás de Camões palabritas de ésas, sino palabras gravísimas, y la mención al lector falsamente esperanzado es otra ironía tan bien plantada que aún quieren identificar al destinatario. Ahorcadas de buenos propósitos quiere decir trenzadas en una horca, como los ajos y las cebollas, y también guindadas por el cuello. Ahora, en lo de profesar tristeza, ahí le dio la risa.

Aunque no supiéramos otra cosa de Camões, y Os Lusiadas se hubiera perdido en el verde mar de Mozambique o en la desembocadura del Mekong, sólo leer Escrita de Ceuta y saber que se ha tomado por carta real, escrita por un poeta muy triste a un señor concreto, nos probaría que se trata de la obra extraordinaria de un gran poeta.

 

 

 

 

 

[Publicado el 28/10/2010 a las 07:00]

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Sexo explícito

 

 

El dramaturgo Marivaux decía que el estilo tiene sexo y que él era capaz de reconocer a una mujer sólo con leer una frase. Y un hombre tan agudo nunca notó que Las memorias del conde de Commninges, El sitio de Calais y Las desgracias del amor, tres novelas de grandísimo éxito atribuidas a los señores Argental y Pont de Veyle, ambos mediocres actores y fatuos hasta el ridículo, eran obra de su tía, la marquesa de Tencin, cuyos juicios y forma de escribir el señor Marivaux se preciaba de conocer “a la perfección”. Nadie sospechó la verdadera autoría de esos libros; ni el experto conocedor del sexo de las frases, ni el resto de los literatos que fueron víctimas de la acerada crítica de la marquesa. Si hubieran sabido quién las escribió, se habrían apresurado a encontrar las novelas pésimas y típicas de dama pedante.

La marquesa de Tencin era implacable y llegó a hacer una crítica displicente del suicidio de su amante, el señor de Fresnaye, que se voló la sesera en plena tertulia de su salón. Se limitó a comentar: “¡Este hombre, siempre tan pesado!”

De las piezas teatrales del señor Marivaux, la marquesa de Tencin decía que todas tenían “enredo de punto bobo”, porque las damas y los caballeros siempre se enamoraban de quien debían, según su rango y situación, y, desde la lectura de la relación de personajes, eran previsibles las bodas finales. 

El señor Marivaux se hubiera ofendido terriblemente. Él consideraba que disfrazar de criada a la dama protagonista, avisando con antelación al público y a todos los personajes, salvo al galán, también disfrazado de criado, y hacer que se enamorasen de esa guisa para casarse al final, era el colmo del ingenio y la sutileza analítica, algo inalcanzable para las escritoras.

En aquellos tiempos de los pelucones, también el señor Giacomo Casanova gozó de gran reputación como conocedor de las mujeres. Toda la Europa culta y galante aguardó su veredicto cuando se supo que había cenado con el caballero d’Eon, en casa del conde de Guerchy, embajador de Francia en Londres.

El caballero d’Eon era entonces el agente secreto más conocido del mundo. Se aseguraba que era una mujer, aunque también se sostenía lo contrario. Hacía veinte años que en Londres se cruzaban apuestas. El señor Casanova decretó que: “Pese a su aire ministerial y sus modales masculinos, no necesité ni un cuarto de hora para reconocer que era una mujer sin lugar a dudas: su voz no es como la de los castrati, ni sus redondeces pueden ser de un hombre. La ausencia de barba no la tuve en cuenta: puede ser un defecto accidental en un hombre tan bien constituido como cualquiera en cuanto a lo demás”.

Por entonces, el caballero d’Eon confesaba ser una mujer que se había vestido ocasionalmente de hombre. Como buen diplomático, el caballero d’Eon mentía una vez más: era un hombre que fingía ser una mujer que admitía haber hecho de hombre, y se veía obligado a hacer de mujer porque ya no se le permitía volver a ser hombre.

En sus últimos días, con todo su gran talento, el caballero d’Eon cayó en la miseria. No podía volver a Francia, mientras toda Inglaterra se burlaba cruelmente de él. Arrastraba su vejez lamentable en Londres, reducido a sus actuaciones de saltimbanqui espadachín. Siempre había alguien dispuesto a pagar por ver a una anciana batirse con el sable mientras algunos intentan levantarle las faldas. Entonces vivía con una rusa; unos decían que eran hermanas, y otros, madre e hija. 

La marquesa de Pompadour fue decisiva en su vida. Sin su intervención, el caballero d’Eon hubiera sido un personaje gris. De joven, él deseaba, por encima de todas las cosas, adelantarse en el escenario. Lo consiguió, y luego no pudo sustraerse a la atención del público. Eso se convirtió en un terrible castigo que no le abandonó ni en la muerte: se habían cruzado importantes apuestas pagaderas el día en que se pudiera inspeccionar legalmente su cadáver. 

El caballero d'Eon publicó libros, pero los conocedores del sexo de las frases tampoco se ponían de acuerdo sobre si era hombre o mujer. Hizo la guerra como capitán de dragones, estuvo en la cárcel, en el hospital, y en las cortes de Francia, Rusia e Inglaterra, casi cuarenta años como hombre, y otros tantos como mujer. 

En Francia se le prohibió vestir de hombre; en Inglaterra, vestía de mujer por su voluntad. El señor Adair, ministro británico de interiorismo y decoración, hizo que le siguieran mientras se paseaba por el parque, y todos sus espías coincidieron en que, llegado el caso, se acuclillaba como lo haría una mujer. El caballero d’Eon seguía cultivando su vieja pasión de engañar al público y llevaba sus precauciones al último extremo para hacer creer que era una dama. Los informes hechos al respecto contribuían al aumento de las apuestas que las compañías de seguros ya negociaban en Bolsa.

Su padre fue abogado, y su madre, la única heredera de la condesa de Chavanson, dama célebre por sus chifladuras. Por una excéntrica disposición testamentaria de la condesa, la madre del caballero d’Eon heredaría una cuantiosa fortuna si tenía un hijo capaz de recitar de memoria los poemas de Joachim du Bellay. El juez de la proeza debía ser el párroco de Tonnerre. Si el niño  recitador no conseguía superar la prueba, la herencia pasaría a su hermano de sexo opuesto, y si no había tal hermano o hermana, la beneficiaria sería la parroquia.

Cuando era bebé de cristianar, al caballero d'Eon le impusieron los nombres de Charles Geneviève Louis Auguste André Thimothée, masculinos y femeninos a discreción, y luego su madre lo vistió como una niña hasta los siete años. Era un astuto plan para heredarse a sí mismo, en caso de no superar la prueba memoriosa. Charles Geneviève d’Eon recitó los poemas impecablemente, una vez como niño y otra, como niña; el párroco de Tonnerre creyó que eran dos personitas diferentes y firmó ante notario su aprobación. Pero la esperada herencia de la condesa resultó ser un fiasco consistente en deudas tan antiguas como el propio Joachim du Bellay.

La siguiente apuesta importante en la vida del caballero d’Eon consistió en hacerse pasar por una dama, durante toda una velada, ante la marquesa de Pompadour. Lo hizo a la perfección, nadie tuvo la mínima duda, y, cuando aquella simpática dama que se hacía llamar señora de Beaumont descubrió a las señoras presentes que en realidad era el censor real Charles d’Eon, todas rieron a gusto. 

–¿No se reiría la zarina igual que nosotras? ¿Por qué no enviarlo a Rusia? —se preguntaron las traviesas amigas de la Pompadour. 

El propio caballero d’Eon, allá mismo, tal y como estaba vestido y empolvado de señora Beaumont, aseguró con firmeza varonil que para él sería un honor servir a Francia en tan atrevida empresa.

Así comenzó la buena fortuna del caballero d’Eon. La zarina Elisabeta Petrovna había pactado con Inglaterra y se negaba a tener relación con Francia, que entonces arbitraba Europa, gracias al entendimiento entre la emperatriz Maria Teresa de Austria y la marquesa de Pompadour. Fueron ellas dos quienes acordaron, contra el parecer de cancilleres y ministros ineptos, una alianza contra Federico de Prusia y lo forzaron a respetar las fronteras. El rey prusiano concibió tal odio contra la Pompadour que puso su nombre a uno de sus perros.

Aquella misma velada que actuó ante las damas del entorno de la Pompadour, el caballero d’Eon ingresó en el servicio secreto y recibió instrucciones para su primera misión. Llegó a San Petersburgo como “señorita Lia de Beaumont, dama audaz en viaje de estudios”. Y tuvo un éxito asombroso. Consiguió entrevistarse con la zarina y la convenció para que cambiase las alianzas de política exterior. Además fue nombrada lectora privada de Elisabeta Petrovna y, según los maliciosos, se convirtió en la Pompadour de Rusia.

Para asegurarse de que las confidencias de la zarina y la correspondencia oficial con Francia eran fiables, el caballero d’Eon hacía de señorita Lia Beaumont ante la zarina y la corte rusa; y de Charles Beaumont, tío carnal de la misma señorita, en la embajada francesa. 

Además, le hacía saber su doble juego a la zarina, como prueba suprema de complicidad. Pero le aseguraba que su papel de hombre era el impostado, por necesidad de su labor diplomática. Aumentaba las dificultades del engaño hasta extremos increíbles, por puro placer. Tenía gran inteligencia y excelentes dotes de interpretación. Además, estaba ayudado por la naturaleza que le dio un cutis envidiable, baja estatura, voz atiplada y complexión redondeada.

Después de su éxito en Rusia, el rey Luis XV temía que revelase lo mucho que sabía sobre sus manejos en política exterior y, para anularlo, le prohibió vestir de hombre si quería vivir en Francia. El caballero dEon, después de haber hecho de mujer durante media vida, encontraba insoportable tener que serlo por orden gubernamental, y se estableció en Londres, donde daba exhibiciones de espadachín vestido de señora. Un día, la hoja rota del sable de un contrincante le perforó el costado y se vio reducido a pasar dos años en cama, sumido en la miseria, malvendiendo sus cosas de valor, para que la casera que lo cuidaba mantuviera su secreto: ser un hombre travestido, que fingía con gran éxito ser una mujer, que admitía haber hecho de hombre. Era su medio de vida y su condena, mientras una multitud de apostantes de toda Europa aguardaban la autopsia londinense que finalmente lo peritó como un hombre corriente en todos sus extremos.

[Publicado el 25/10/2010 a las 07:00]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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