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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 3 de agosto de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Je vous ayme

 

 

La ópera Bellérophon de Jean-Baptiste Lully fue la primera en publicarse impresa, como consecuencia del gran éxito obtenido en su estreno de enero de 1679, y su posterior representación durante nueve meses en el Palais Royal. El libreto fue obra de Corneille, Fontenelle y Boileau. No se sabe cuánto  y qué se debe a cada cual, y desde el principio se discutió la autoría de determinados pasajes, controversia que fue animada por los mismos autores, y por los rumores de que incluso habría un cuarto, Quinault, al que se debía la idea original. Boileau, que había publicado poco antes su traducción del tratado anónimo Sobre lo sublime, uno de los primeros ensayos que se conocen sobre los poemas homéricos, hubo de tener gran parte en la redacción de un argumento que se basa en la Ilíada y en Píndaro; había pocos autores franceses más familiarizados que él con la literatura griega. 

Belerofonte, que significa “el que mató a Belleros” —y que en la Ilíada aparece como un héroe tan vencedor que acaba mal, por haber provocado la envidia divina—, debe liquidar a la Quimera, monstruo permicioso creado por Amisodaro, quien se encuentra gravemente enamorado de Estenobeia, viuda del rey Pretus, y enamorada a su  vez del heroico Belerofonte, quien bebe los vientos por Filonoé, hija del rey de Licia.

Así que esta ópera, que tuvo cien años de éxito y más de doscientos de olvido, va de amor. En su honor cabe decir que no se conoció a lo largo de los siglos XIX y XX, que es la época de las óperas pesadas y los tratados plomizos sobre música. Alguien se extrañará de que una trama tan amorosa provenga de la Ilíada, y quizá decida vagamente que algún día se pondrá a leer tan famoso poema.

Hubo desde el principio pasajes favoritos que Luis XIV quiso oír más de una vez. Uno de los más célebres es aquel donde Belerofonte y Filonoé cantan “Je vous ayme” —poco después del minuto 51—. Nos ha parecido que también la primera violinista se emociona, y Belerofonte y Filonoé se ponen un poco nerviosos el uno a la otra, sin duda a causa del amor.

La interpretación es magnífica. Les Talens Lyriques se emplean con sabiduría y oficio: vienen debidamente fogueados, tras haber presentado la obra el día anterior en la Cité de la Musique. El Coro de Cámara de Namur frasea y entona que da gloria, y la sabia dirección musical de Cristophe Rousset es impecable.

Me he permitido tomar alguna nota sobre los cantantes. Jean Teitgen,  barítono con pujos bajistas, hace de Apolo y de Amisodaro; o sea, es el enamorado perdedor que fabrica la Quimera. Dado su diseño irreversible, seguramente se movería y cantaría mejor como rey.  Evgeniy Alexeiev, también barítono que se esfuerza por tener voz de bajo al estilo de Chaliapine, es precisamente el que hace de rey, y con su traza no podemos menos que deplorar que no haga de amante despechado y fabricante quimérico. Robert Getchel hace de Baco, de Pitia, y de contratenor, pero con voz tenorina: es el que exige más imaginación del público. Cyril Auvity es Belerofonte, este sí es tenor, y no tiene una voz corriente, pero se echa de menos un poco más de heroísmo y apostura: Belerofonte es un héroe matador de todo bicho viviente, y no debiera recordarnos a Telémaco, el soseras jovenzuelo. Ingrid Perruche, es la soprano que hace de Estenobeia, la viuda enamorada y despechada, verdaderamente se luce, es muy buena actriz, y sólo es de lamentar que no haga de Filonoé, la enamorada que triunfa. Porque Celine Scheen, la soprano que hace de Filonoé, se desmaya demasiado en la tremolina, y está claro que luciría mucho más en el papel de despechada vengativa. También a Jennifer Borghi, mezzosoprano de arrogante coloratura que hace muy bien de Argie, la confidente, y de Palas Atenea, nos gustaría verla enamorada y furiosa, porque está claro que también es actriz.

En estos días de buenos deseos, vayan los míos con la recomendación de oír y ver esta ópera magistral del gran Lully grabada hace cuatro días en la Opéra Royal de Versailles. También el libreto pese a sus erratas será útil. Nada, a pasarlo bien.

 

 

 

[Publicado el 23/12/2010 a las 08:00]

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Cólera de padre

 

 

La religión con más éxito de crítica y público en el último par de milenios argumenta un dios que se siente vejado por los hombres, seres de su hechura, y decreta, en desagravio, que ejecuten a su hijo. Los adoradores de la divinidad esquizofrénica multiplican la escena del sacrificio expiatorio en la figura patibularia más ubicua y famosa del mundo. Esa religión tan divertida se apropió del senil imperio romano  y dominó durante dos mil años en los países de la lógica y la civilización.

De modo que matar al hijo porque el padre se siente más o menos ninguneado, no es ya la acción repulsiva y lamentable que aparece con cierta recurrencia en la crónica de crímenes —en España se han cometido veinte este año— sino que pertenece al acervo religioso más rancio. Antecedentes históricos de tan bella gesta se hallan en la estela del rey Mesá de Moab y en la Biblia. El ingreso de Yahvé en la literatura universal puede verse en el Louvre, al inicio de la décimoctava línea del texto inscrito en una lápida de basalto negro, hallada en el inolvidable verano de 1868, en Dhiban, por un misionero de la religión patibularia e inmediatamente rota por los beduinos, en muestra de severa crítica literaria. Los arqueólogos recuperaron los fragmentos y la estela es hoy legible en el museo parisino. 

En peculiares caracteres fenicios y lengua moabita, que es hermana de la hebrea, Yahvé hizo su ingreso en el mágico mundo escrito como un dios derrotado por su colega Kemós quien, no contento con tomar sus ciudades y exterminar a sus fieles, se apropió de sus vasos sagrados.

Los moabitas eran tribus establecidas al Este del Mar Muerto y emparentadas muy de cerca con los israelitas. El Deuteronomio estipula, en su estatuto de pureza de sangre, que los hijos de israelita y moabita serán excluidos de la comunidad incluso después de la décima generación. Estos odios tan estupendos sólo se consiguen cuando hay estrecha vecindad y semejanza. La estela del rey Mesá dice que los israelitas habían humillado mucho tiempo a los moabitas a causa de que la ira de Kemós ardía contra Moab. Pero un buen día estalló la ira de Kemós contra Israel y las cosas cambiaron. Los moabitas tomaron una decena de ciudades israelitas y se llevaron los vasos de Yahvé para el menaje sagrado de Kemós.

La versión hebrea es más de dos siglos posterior. Mientras la estela del rey Mesá es de mediados del siglo IX a. C., la redacción de las partes más antiguas de la Biblia data de finales del VII, cuando el reinado del piadoso Josías. Antes no era posible redactar una Biblia porque no había suficiente piedad nacionalista. Israelistas y moabitas se mezclaban sin mayor miramiento. Salomón, por ejemplo, tenía una esposa moabita y había erigido en Jerusalén un templo a Kemós el iracundo, dios nacional de Moab, edificación abominable que destruyó el piadoso Josías.

Y no sólo eran los moabitas del todo semejantes a los israelitas, cosa odiosa, sino que también lo eran sus dioses, que marchaban igualmente al frente de los ejércitos y tenían idénticos arrebatos de cólera. En la estela de Mesá y en la Biblia se encuentra parejo uso de herem (dedicación a la muerte), piadoso término de guerra santa que indica la práctica de consagrar a la destrucción el botín y matar en holocausto a todos los supervivientes enemigos. 

Cuentan las crónicas de la monarquía israelita que Mesá, rey de Moab, dejó de pagar tributo a Israel. Hubo que arrasar sus ciudades y talar sus campos, no sin antes escuchar la asesoría del profeta Eliseo quien cantó, acompañado de su tañedor, que Yahvé les anunciaba la victoria. Tras bendita destrucción del país moabita, sitiaron la ciudad de Kir-Hareset donde estaban reducidos los resistentes con su rey. Éste intentó romper el cerco al frente de sus hombres armados y, cuando vio que no era posible, sacrificó a su hijo y heredero en lo alto de la muralla, a la vista de todos, en sagrado holocausto. Este pasaje bíblico (2 Reyes, 3, 27) es una de las raros testimonios explícitos de una práctica inveterada y recurridísima: el padre sacrifica una parte muy señalada de su propiedad, como ejercicio supremo de invocación mágica. El efecto fue fulminante y los israelitas se retiraron.

Las traducciones canónicas de este pasaje suelen sugerir piadosamente una pseudosensibilidad ajena al texto y al contexto. Jerónimo dice en la Vulgata: Et facta est indignatio magna in Israel, statimque recesserunt ab eo. Lutero lo copia tal cual: Da kam ein großer Zorn über Israel, daß sie von ihm abzogen. Tampoco la versión de King James se aparta gran cosa: There was great indignation against Israel: and they departed from him. Parece como si los israelitas se indignaran ante el inhumano (?) espectáculo y se marcharan, cosa un tanto contradictoria porque la correcta indignación humanitaria incitaría a la detención del desalmado parricida, siempre presunto, para leerle sus derechos y llevarlo ante un tribunal. En King James y las versiones modernas se habla de una indignación contra Israel que ocasiona su marcha, se diría que es la cólera de algún innominado testigo colectivo, eso que ahora llaman opinión pública, que se escandaliza porque los israelitas sitiadores han llevado a la desesperación enajenante al rey Mesá. Pero, a la vista de la sucesión narrativa, nada de eso es sostenible porque el rey oficiante ejecuta algo que el autor bíblico sabe bien conocido por sus lectores: invoca a su dios mediante un sacrificio supremo que consiste en matar al hijo.

En la ciudad de Jerusalén, Salomón, el rey cosmopolita que daba templo a todo dios que le proveyera mujer o bien fungible, había dispuesto el servicio público municipal de unos quemaderos donde los cabezas de familia piadosos pudieran inmolar cómodamente a sus primogénitos en honor de Molok. 

Y Yefté, piadoso juez de Israel, fue célebre por sacrificar en holocausto a su única hija en honor de Yahvé, para agradecerle su victoria sobre los adoradores de Kemós. Hasta el bueno de Händel quedó impresionado y le dedicó un hermoso oratorio. 

En ese alegre contexto donde los hombres infligen a su dios las funciones de padre matahijos, no tiene nada de raro que Yahvé exija que Abraham le sacrifique a Isaac, ni que decrete la ejecución de su hijo Jesucristo a causa de lo paternalmente enfadado que está con la humanidad. Cioran, siempre optimista y navideño, dice que hoy seríamos totalmente diferentes si la era cristiana se hubiera inaugurado con la execración del creador.


[Publicado el 20/12/2010 a las 08:00]

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Mecenas

 

Cuando estudiaba en la regia e imperial universidad de Olmütz, decidí que escribiría mi autobiografía –llegado el momento, que imaginaba muy lejano–, con un estilo semejante al de Marco Aurelio, el emperador romano que murió en Viena. Yo tenía dieciséis años y rebosaba heroicos pensamientos. También disparates. Con todo, poseía cierto sentido de la proporción y enseguida vi que donde Marco Aurelio ponía: “De mi abuelo Vero, la bondad…”, yo tendría que poner: “De mi abuelo materno, el conde Karl Zichy de Zich, ministro austrohúngaro de la Guerra y el Interior, caballero magiar…” Imposible, me decía, el corsé marcoaureliano no es de mi talla.

Años más tarde, recordé aquellas preocupaciones y dudas de plumífero adolescente. Y me indigné. Tenía veintidós años y aún no había hecho ninguna heroicidad merecedora de fama. En mi diario sólo tenía apuntados algunos duelos sensacionales y un ramillete de aventuras galantes. No aguardé un instante más. Esa noche salí de Berlín y dejé atrás mi juventud. El sol del día siguiente me vio galopar hacia mi destino en la guerra de España. Y un año después, a la vista de Madrid, que íbamos a conquistar y luego ni siquiera nos aproximamos, anoté en mi diario de campaña: “La gloria es la decepción más embriagadora de todas las vanidades humanas”. Me gustaba la frase, era equívoca y vistosa. Pero lo que yo tenía decidido desde que asistí al impresionante entierro de Beethoven en Viena, era cultivar un músico famoso, como mi abuelo, que crió a Beethoven en nuestro castillo hasta que un día se le escapó.

Mi bisabuelo fue gobernador de las provincias costeras del imperio austrohúngaro. Hizo construir el puerto franco de Trieste y reunió en un gran emporio comercial, con franquicias aduaneras, el puerto y todos sus contornos. Luego, en nombre de la emperatriz Maria Theresia, promulgó un Edicto de Tolerancia que daba libertad de culto, negociación y posesión de bienes. Entonces, acudieron a la nueva Trieste gentes de todas partes del imperio y aún de fuera de él: italianos, serbios, croatas, prusianos, eslovenos, moravos, hebreos y griegos. Y se formó la gran ciudad cosmopolita y portuaria de Trieste que arrebató a Venecia, para siempre jamás, la supremacía comercial en el mar Adriático. Nosotros somos antivenecianos: ¿se conoció algún mecenas veneciano? Claro que no. Esa gente ramplona no puede comprender la delicadeza de esta ciencia.

Mi tío abuelo Moritz, que había estudiado con Mozart y era un virtuoso pianista, hizo traer en barco, desde Londres al nuevo puerto franco de Trieste, un magnífico pianoforte fabricado por John Broadwood.  Luego ordenó que lo transportaran en carro de caballos hasta Viena. Además, dispuso una escolta para el valioso instrumento y lo protegió de los asaltadores de caminos y aduaneros. De ese modo, puso en manos de Beethoven aquel pianoforte, que era el único de su clase en toda Austria, y que ahora ha vuelto a mi propiedad.

Beethoven llegó en diciembre de 1792 a nuestro palacio de Viena. Nos lo presentó Haydn, que era visitante asiduo y daba clases a mi abuela. En aquella época, Beethoven tenía veintidós años, era bajete, feo, renegrido y malencarado, y demostró enseguida que era el mejor improvisador al piano que jamás se vio en Viena, incluído Mozart.

Mi abuelo lo introdujo en las casas de la nobleza y le animó a escribir música. Porque Beethoven recibía clases de contrapunto de Haydn y otros maestros, pero aún no había compuesto nada. Todos decían que, si aquellas improvisaciones pasaran al papel, el resultado sería grandioso. En nuestro palacio de Viena, escribió y estrenó sus primeros tríos y otras muchas obras. Al principio, vivía en el ático, luego tuvo su apartamento en la planta baja y, al final, vivía como huésped distinguido en la planta noble, con el resto de la familia. Mi abuelo le señaló además una pensión de seiscientos florines para que no tuviera preocupaciones dinerarias y se dedicara a su arte. 

Beethoven también solía pasar temporadas en nuestro castillo de Grätz, donde se portaba como un oso. Vagaba a grandes zancadas por el parque durante horas. Siempre iba sin sombrero; ya podía llover, tronar o granizar. Asustaba a la servidumbre con sus brusquedades, entonaba melodías a grandes voces y marcaba el compás a patadas y manotazos. A veces, se encerraba en su habitación durante días, sin decir una palabra ni relacionarse con nadie. Sólo se oía su conversación obstinada con el piano.

Un día de septiembre de 1806, fueron invitados a cenar en el castillo unos oficiales franceses. Beethoven había sido admirador entusiasta de Napoleón y le dedicó varias obras. Pero, el día que Napoleón se autocoronó emperador, en mayo de 1804, Beethoven pasó a detestarlo como si fuera su enemigo personal. Esa temporada andaba especialmente malhumorado a causa del fracaso de su ópera Leonora. La crítica fue mala, los entendidos calificaban la música de ineficaz y reiterativa. Y algunos se atrevieron a sugerir a mi abuelo que obligara a Beethoven a efectuar unos cambios eliminando la pesadez del primer acto. Así que tuvo que quitar un aria con coro, un dueto cómico y un trío cómico. Se ve que Leonora les parecía poco seria. Encima, la soprano Anna Milder se negó a cantar el adagio de la gran aria. Durante la velada con los franceses, mi abuelo le ordenó que tocara el piano. Beethoven se negó y mi abuelo se puso furioso. Estalló una terrible tormenta, los relámpagos rasgaban el cielo ceñudo. Beethoven agarró sus partituras y salió del castillo, hecho una fiera en medio de la tempestad. 

Bajo una gran tromba de agua y todos los relámpagos de Silesia, con su mazo de partituras bajo el brazo y corriendo como un bandolero, llegó a Troppau y tomó la diligencia para Viena. La gran ópera que estaba componiendo en memoria de la bella Kunigunde, la reina de Bohemia, quedó destrozada por el agua. Una pena. “Al menos me dedicó la Quinta” decía mi abuelo.

También la bella Kunigunde residió en nuestro castillo de Grätz hace algunos siglos. ¿Acaso han tenido los venecianos jamás algo parecido? Ella era viuda del rey Ottokar II de Bohemia, muerto en la batalla, y se casó con Zawisch, el enemigo de su difunto. Zawisch era un cabecilla de la dinastía de los witigonios, que poseían Bohemia Meridional y se resistían al señorío del rey Ottokar II. Al casarse con la bella Kunigunde, Zawish se convirtió también en padrastro y preceptor del recién coronado rey Wenzel II de Bohemia. Cuando se hizo mayor, Wenzell II acusó a Zawish de ambicionar para sí la corona y le hizo cortar la cabeza ante la muralla de Hluboka. La historia era magnífica para una ópera. Y aunque Beethoven andaba entonces inseguro y desanimado por la mala recepción de su Leonora, habría compuesto una gran obra, pero a Kunigunde se la llevó el agua. 

La relación de mi abuelo con Mozart era distinta. Tenían la misma edad y lo que de verdad compartían sus almas era la pasión por el juego. El viaje que hicieron juntos, de abril a junio de 1789, desde Viena hasta Berlín, con estancias y conciertos en Praga, Dresden, Leipzig y Postdam, fue a causa de haberse hecho creer el uno al otro que tendrían una buena racha. Pero no la tuvieron. Además, los conciertos de Dresden y Leipzig, dados con el objetivo de que Mozart consiguiera dinero fresco para poder seguir jugando, fueron un fracaso taquillero porque se montaron sin previo aviso. La presentación al rey de Prusia, Federico Guillermo II, tampoco fue provechosa para Mozart porque apenas le encargó un par de cuartetos. Lo que sí sucedió fue que Mozart jugó con mi abuelo y perdió. Al cabo del viaje pagó una buena parte, pero aún le dejó a deber más de mil cuatrocientos florines. Y cuando se murió Mozart, mi abuelo se quedó con su ajuar.

Yo, en cambio, algo he aprendido de la delicada ciencia del mecenazgo y a Liszt nunca le he dicho que cambie una semicorchea. Y le he regalado el pianoforte Broadwood y la máscara mortuoria de Beethoven. Y respecto al dinero, hemos decidido que no eche a perder nuestra amistad, y es Liszt quien me paga el sastre y las chucherías.

 


[Publicado el 16/12/2010 a las 08:00]

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Pirámide de infamia

 

Durante muchos siglos, Roma fue una ciudad donde se codeaban y a veces abofeteaban soberanías abigarradas. Todo era asilo, en cada esquina había donde acogerse a sagrado, iglesias, embajadas, palacios de cardenales o conventos. Los esbirros de la policía manejaban un mapa particular de las calles de Roma y de los lugares donde podían pasar persiguiendo a un malhechor.

En el verano de 1664, los corsos formaban la guardia papal y detuvieron a un malhechor en el distrito del cardenal d’Este, quien convocó a los embajadores de las diversas potencias para tratar del grave desafuero. Luis XIV envió al duque de Créquy como embajador extraordinario, acompañado de una nutrida guardia de soldados, que tuvieron varias varias refriegas con los corsos del papa Alejandro VII. En una de ellas, los corsos papales mataron a un lacayo del embajador de Francia. El rey Luis XIV exigió sanciones ejemplares. El papa apeló al arbitraje español. Luis XIV amenazó con quitarle los estados de Avignon. El papa cedió, deshizo su guardia corsa, que fue diezmada a galeras, y envió al cardenal Chigi a pedir excusas el 9 de agosto de 1664. Luis XIV exigió la edificación en el patio del Vaticano de una pirámide de infamia, de mármol negro, dedicada al pueblo corso, calificado de nación siempre infame, odiosa, indigna… así se hizo y la pirámide infamante, la única documentada en la historia, permaneció en ese lugar durante veinte años. En 1668, el papa Clemente IX ordenó arrasar la infamia marmórea. Desde entonces, la guardia papal es suiza. 

Los suizos demostraron su particular afición a vivir de las guerras ajenas cuando se unieron como un solo hombre a la expedición francesa que ocupó Italia en tiempos de Zizim. Desde entonces formaron la guardia del rey de Francia y, cuando vino la Revolución, ni lo notaron.

Madame du Barry tampoco se fijó al principio. Solo advirtió que los tiempos andaban revueltos y que su parque de Louveciennes, en particular los jardines donde estaban encerrados sus animales raros, podría necesitar vigilancia nocturna. El capitán d’Affry, de la guardia suiza, envió al soldado Badoux, también suizo a más no poder, para que velara por la protección del parque y en especial las casa de las fieras.

La noche del 10 al 11 de enero de 1791, cuando Madame du Barry estaba ausente de su casa en Louveciennes, le limpiaron las mejores joyas, y las tenía en cantidad, y eran deslumbronas. Interrogado por los gendarmes, el soldado Badoux pretendió no haber oído nada. Al cabo de un mes, du Barry recibió una carta de Inglaterra: las joyas habían sido recuperadas y se encontraban depositadas en el banco de Ramson, Morland and Hammers, y varios de los ladrones habían sido identificados. La condesa fue a Londres y obtuvo copia de la confesión de un cómplice sin relevancia. Pero los jefes de la banda estaban en París y, para cuando du Barry regresó y alertó a la policía francesa, ya se habían dispersado.

Nueve meses después, la condesa denunció al soldado Badoux. Una semana antes del robo, una criada le había confiado que Badoux, quen debía hacer su ronda entre medianoche y las cinco de la mañana, se había ausentado diciendo que iba al cuartel de Rueil a ver a un pariente. Pero Badoux no había estado en Rueil, sino en París, donde permaneció dos días. Durante ese tiempo, ¿no habría aprovechado para contactar con los ladrones? En el curso de la instrucción llevada a cabo en Inglaterra, un cómplice reveló la forma del robo, y declaró que los jefes de la banda sabían que la condesa dormía esa noche en París y se llevaba a muchos de sus sirvientes, y que el soldado Badoux, encargado de patrullar, estaba ganado para la causa y había prometido alejarse cuando oyera dos silbidos.

Pero en virtud de las convenciones firmadas con Suiza, los soldados de esa nación que servían a Francia no dependían de los tribunales franceses, sino del Consejo de Guerra de su regimiento. Y Badoux fue al calabozo.

El juez decidió organizar un careo entre los sospechosos y Badoux reconoció entonces su negligencia. Es que esa noche llovía, y sin embargo oyó un silbido, lo cual interpretó como que algunos malhechores trataban de arramplar los pollos de raza selecta que había en la casa de fieras, así que se dio una vuelta por allá, constató la paz universal y regresó a su cuerpo de guardia, donde pasó un gran rato secando el fusil, y finalmente sostuvo con emoción que el resto de la noche no vigiló el exterior, sino la antecámara de la mansión de Madame du Barry, precaución tardía, pero honrada. 

Badoux volvió al calabozo. La extradición no existía, la justicia inglesa y francesa se ninguneaban. Los ingleses pedían a la condesa que probara que las joyas recuperadas eran suyas y procedían del robo. En Francia se buscaba en vano a los culpables. Más de un año después del robo, el proceso se ventiló ante el tribunal de Versailles. Los ladrones fueron declarados contumaces, y los cómplices irrelevantes, puestos en libertad, al tiempo que se ordenaba perseguir “indefinidamente” a los fugitivos. Badoux fue dejado en manos del tribunal de su regimiento, y liberado cuatro meses después.

Un periodista fogoso de Révolutions de Paris encabezonó la defensa del pobre Badoux, y amenazó a la condesa con procesarla en nombre de la  humanidad revolucionaria y de la compañía de honrados suizos cuya fama había mancillado. Poco después una banda revolucionaria asesinó al amante de la condesa, y ella fue acusada de cómplice de los antirrevolucionarios con los que se veía en Inglaterra, con la excusa de recuperar sus joyas. Madame du Barry fue condenada a muerte tras emocionante perorata de Fouquier-Tinville, el valiente funcionario que propuso instalar la guillotina en la sala del tribunal para agilizar los trámites.

Badoux acabó como carne napoleónica, cuando un hijo de la nación infamada en una pirámide por orden del rey de los franceses inició su particular campaña universal en favor de los derechos humanos.

 

 

 

[Publicado el 13/12/2010 a las 08:00]

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Brevedad de la vida

Hoy traigo estrella invitada. Mi versión de las primeras líneas de Sobre la brevedad de la vida, de Séneca:

 

I. La mayor parte de los mortales, Paulino, se queja de la ruindad de la naturaleza, porque nacemos para un tiempo escaso, y ese lapso se nos pasa tan rápido y veloz que, quitando a muy pocos, a los demás les abandona la vida durante la propia preparación de la vida. De esa desgracia común no sólo se lamenta la masa y el vulgo ignorante; también su sentimiento ha suscitado las quejas de los hombres ilustres. De ahí aquella exclamación del máximo de los médicos: “la vida es breve y el arte larga”. Y de ahí la querella, indecorosa para un hombre sabio, que entabló Aristóteles contra la naturaleza: “porque es tan concesiva en la edad de los animales, que les asigna hasta cinco o diez generaciones, y al hombre, nacido para tantas y tan grandes cosas, le señala un término mucho más corto.” 

No tenemos poco tiempo, sino que perdemos mucho. La vida es lo bastante larga y amplia para  la consecución de la mayor parte de las cosas, si uno la invierte bien y por entero. Pero si se va entre lujo y negligencia, y no se emplea en nada provechoso, cuando nos oprime la necesidad última, sentimos que se va lo que no entendimos que pasaba. O sea, no recibimos una vida breve, sino que la hacemos breve; y no nos falta, sino que la prodigamos. Así como riquezas abundantes y regias, si caen en mal dueño, al momento se disipan, y una fortuna módica, si la lleva un buen gestor, crece al usarla, así nuestro tiempo de vida rinde mucho a quien lo administra bien.

 

II. ¿Por qué nos quejamos de la naturaleza? Ella se ha portado con generosidad. La vida, si sabes usarla, es larga. Pero a uno lo domina la insaciable avaricia, a otro, el afán de ocuparse en quehaceres superfluos; uno se impregna de vino, otro se adormece en la inacción; uno se fatiga con la ambición siempre pendiente de los juicios ajenos, otro, metido de cabeza en la pasión de comerciar, recorre todas las tierras y mares a la redonda con la esperanza del lucro; a algunos los atormenta la pasión de la milicia, siempre pendientes de los peligros ajenos o ansiosos por los suyos; hay a quienes consume, en servidumbre voluntaria, el culto ingrato a los superiores; a muchos les absorbe el sentimiento de la fortuna ajena, o la queja por la propia; a la mayoría, que no persigue nada determinado, la ligereza vaga, inconstante e insatisfecha de sí misma la precipita a nuevos planes; a algunos nada les gusta como meta, pero abrazan el destino del embotado indolente, de modo que no dudo de la verdad de la aseveración, dicha a modo de oráculo, del máximo de los poetas: “es exigua la parte de vida que vivimos.” En verdad, todo el espacio restante no es vida, sino tiempo.

Les urgen y acosan los vicios por todas partes, y no les dejan levantarse, ni elevar los ojos para el discernimiento de la verdad, sino que los aplastan inmersos y hundidos en la pasión. Nunca pueden volver en sí. Cuando, por ventura, les sobreviene cierta quietud, ellos, como el mar profundo donde perdura el oleaje después del viento, se agitan sin descansar jamás de sus pasiones. ¿Piensas que hablo de esos cuyas desgracias son patentes? Fíjate en aquellos cuya felicidad se acumula: les agobian sus bienes. ¡A cuántos les pesan las riquezas! ¡A cuántos les cuesta sangre su elocuencia y la instigación cotidiana por ostentar su ingenio! ¡Cuántos palidecen en sus incesantes pasiones! ¡A cuántos  no les queda libertad, rodeados por la multitud de su clientela! En fin, recorre todos éstos, del más bajo al más elevado: éste apela, aquél comparece, ése prueba, aquél defiende, el de más allá juzga, y nadie está por sí, cada cual se consume por otro. Pregúntate por esos cuyos nombres se aprenden de memoria, verás que se disitinguen por estas señales: todos son servidores de alguno, ninguno lo es de sí mismo.

 

 

 

[Publicado el 11/12/2010 a las 18:26]

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Olvido y muerte

 

A lo largo de mis investigaciones con pacientes afectados, he comprobado que el olvidado sufre como si le hicieran morir, y siente deseos de matar en defensa propia. Por ejemplo, cuando Zacarías se fue a por chatarra sin avisarle, el Churri repetía furioso: ojalá se muera (pues me ha dejado morir). Y Max Aub, regresado del exilio, no salía de su asombro ante la monstruosidad: “¿Cómo es posible que nadie, nadie, me haya dicho una sola palabra de mis novelas?” Un día que íbamos a merendar después de haber tratado una porción de cuestiones elevadas, Bello Portu se detuvo y me preguntó angustiado: “¿Cómo se explica usted que no me llamen?”

Es un sentimiento de disgregación, o sea de raíz gregaria, que abate al hombre. Pero morirse, no se muere, solo resuella para ver si reflota en el olvido.

 

 

[Publicado el 11/12/2010 a las 08:07]

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Iconos

 

Las estatuas de la antigua civilizacion mesopotámica se leían, eran  crónicas dramáticas que invocaban a los dioses y los hombres. Aquella personalidad inquietante del icono, omnipresente y lleno de irreductible fuerza virtual, intranquilizaba a los sacerdotes judíos que temían, con razón, una usurpación de su papel mediador y guardián de la realidad. Además, los judíos de entonces ya no tenían templo para el culto sacrificial por estar en el exilio, y no disponían más que del Libro como centro de gravedad para el culto. En consecuencia, pusieron su temor en boca de Yahvé, y ese anatema del miedo celoso fue lo que provocó el aniconismo de la Torá, revitalizado luego por la escuela coránica y la disputa iconoclasta bizantina. 

En el ámbito cristiano, no se confeccionaron imágenes hasta el siglo III, siguiendo la prohibición bíblica. Todavía el concilio de Málaga, de principios del siglo IV, prohibía las pinturas en las iglesias. Pero, entretanto, el cristianismo ya había producido muchos santos y, a la vez que eclosionó el culto de sus reliquias, apareció toda una iconografía religiosa con sus inscripciones y propiedades virtuales, enlazando con la clásica fabricación de realidad que, desde tiempo inmemorial, tenía el amuleto. En Edesa, había un Cristo que tenía la muy estimada capacidad de rechazar el ataque de un ejército persa; pero no pudo resistir el ataque de los iconoclastas que lo destruyeron en nombre de otra cristología todavía más pura.

La mano estilizada de Cristo que se ve en los iconos antiguos procede del gesto de adnuntiatio locutionis que puede apreciarse en las estatuas imperiales de Augusto y otros romanos, que a su vez remiten a los modelos clásicos de Polícleto con su especial disposición del peso sobre una sola pierna y la mano alzada en la posición de quien está en posesión de la palabra y anuncia la perorata. El modelo más antiguo de la pose es la estatua de un aedo con la mano derecha en posición declamatoria, y la izquierda sobre un cetro, lo que en los poemas homéricos significaba la posesión de la palabra. Se trata de una pieza de mármol que se cinceló en Creta, en el último cuarto del siglo VII a. C., se descubrió hace algo más de un siglo, está depositada en el museo de Heraclion, y aún no ha sido leída por los especialistas. Porque, a semejanza de las mesopotámicas, es una estatua que se lee.

Ese gesto de adnuntiatio locutionis es el mismo que se apreciaba en las efigies de Lenin, Mao, Sadam y demás amados líderes broncíneos que alegraban el paisaje de sus respectivos paraísos. 

En el ámbito cristiano, al mismo tiempo que la producción artística de iconos con la mano estilizada al modo de Augusto alcanzaba su máximo de difusión, Isidoro de Sevilla inventó (o, si se quiere, impuso la teoría hasta entonces vacilante de) la presencia real —es decir que Cristo estaba realmente, físicamente, y no simbólicamente, en la hostia—. Como consecuencia se instituyó la costumbre de que el sacerdote juntara el pulgar y el índice, que se purificaban tan sumamente por el contacto real con la divinidad que no sabían qué hacer con ellos, y se redactaron reglas concretas sobre qué dedos debían ser preservados, la ablución de la boca, los propios dedos y la limpieza de los vasos sagrados. Había reglas explícitas sobre la obligación de cerrar y proteger la punta de los dedos después de la consagración. Tampoco podían tocar las páginas de los libros, a causa de la impureza que eso generaría, y por eso se las pasaba un ayudante. En todo caso, se traba de un precepto coreográfico relacionado con tocar o haber tocado con esos mismos dátiles a la divinidad.

También se creó por entonces la fiesta de la Anunciación, basada en el pasaje del evangelista Lucas, que era médico y quiso solventar lo de concebir a un dios en una virgen, así que echó mano del ángel Gabriel  para que anunciara el evento con su manita alzada al estilo clásico y diera las sucintas explicaciones necesarias. Inspirado en ese pasaje evangélico, el ángel Gabriel pasó a ser un personaje importante en el Corán.

En el siglo VIII, las representaciones icónicas bizantinas provocaban inquietud y tensión en los colegas judíos y mahometanos, que eran anicónicos por inveterado decreto originado por la desconfianza y el complejo clerical ante toda competencia plástica. Y con tan fausto motivo, se armó el cirio iconoclasta. El emperador bizantino León III declaró idolátrica toda representación figurativa de carácter sagrado, y la superioridad islámica declaró perniciosa toda representación figurativa en general. Se abrió un período de violencia iconófoba que duró un siglo. El papa convocó un sínodo donde se condenó la manía iconoclasta. El emperador bizantino montó un ataque naval contra Italia y hasta el año 843 los iconófilos fueron perseguidos y exterminados en aquella comarca.

Los judíos e islámicos prohibían los iconos, porque su icono por antonomasia era el Libro. Es el mismo recelo inspirador de la iconofobia protestante y de la talibánica. Pero es preciso ver que esa virtualidad del Libro que no soporta competencia icónica no tiene que ver necesariamente con su contenido. Podríamos ficcionar otras circunstancias en que, por ejemplo, la obra histórica de Tito Livio fuese elevada a la categoría de “El Libro”. Habría materia de sobra para hallarle formas de conducta y lecciones de toda índole. ¿Sería todo distinto? ¿Habría otras conductas, otros valores, como suele decirse? Sería todo igual. Habría quizá alguna otra ceremonia, pero no gran cosa; apenas otra moda buena para arrear los rebaños y matarse con mejor razón.

[Publicado el 09/12/2010 a las 08:00]

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Un comisario de policía

 

Me gustan los diarios y memorias de la gente sin pretensiones literarias. Los que manufacturan los del oficio suelen estar casi siempre limpios de interés y chispa; porque con una rutina lamentablemente profesional, no pasan por alto ninguna ocasión de falsear lo humano y devaluar lo literario. Cualquiera que escribe ya nos cuenta su vida, y es mejor que no insista en hacerlo “de verdad”. Ahora mismo, sólo se me ocurren dos autores que salgan con gracia del barro autobiográfico, De Quincey y Hume. 

Se ve que hace tiempo me debí dedicar a comprar diarios y memorias de gente sin relevancia, porque veo en la zona de deslomados y levemente desguazados, unos cuantos volúmenes del género. El material da para comparar el engrudo de las memorias de un personaje significado, como el cardenal de Retz, con la gracia impremeditada y el valor humano que surge a veces en el diario de una criada.

Madame du Hausset, por ejemplo, que era “femme de chambre” de la Pompadour, dejó un diario que rodó de mano en mano hasta su publicación en el típico surtido decimonónico de “Mélanges”. Con una fidelidad de tono mate, y un desconocimiento incontestable del arte literario, los apuntes muestran a ratos la sencillez y la emoción que falta con rara unanimidad en los “chroniqueurs” de su tiempo. Está redactado en 1770-80, quizá por emulación de Madame de Caylus, que publicó entonces sus memorias exitosas. Otra obra del mismo género es el diario del comisario Narbonne, recopilado y editado en 1866, sus entradas van de 1701 a 1746 y trazan una visión curiosa de la peculiar población que se creó en torno al castillo que Luis XIV hizo edificar en Versailles. La ciudad quedó abandonada cuando el Regente se llevó a Luis XV a Vincennes, y los apartamentos vacíos atrajeron a una tropa de malhechores y mendigos. Entonces fue cuando el gobernador nombró comisario de policía a Narbonne, hasta ese momento ujier y escribiente anodino que llevaba un diario personal desde 1701. El texto contiene toda suerte de notas, cabos de conversación, biografías, rumores y reflexiones propias y ajenas. 

Narbonne no tiene a los jueces en gran consideración: “En otro tiempo eran espadas desnudas que se hacían temer por los malvados; ahora se han convertido en vainas vacías que no buscan más que llenarse con el dinero de las partes. Los gastos de justicia son enormes y además no se puede hacer terminar un proceso sino a fuerza de dinero.” Tampoco le gustan los grandes señores, ni los cortesanos que habitan el castillo versallesco. Tiene un pique personal con la nobleza y se venga burlándose de su conducta. Ni siquiera el rey Luis XIV está a salvo de sus críticas: “Ese mismo día [de su muerte] se anunció una disminución del valor del luis de oro que se vio reducido a catorce libras (en vez de veinte). Él quiso que se dijera que con su muerte se perdía. Pero muchas personas se alegraron de la muerte de ese príncipe y por todos lados se oía música de violines.”

Después de los grandes señores, son los médicos y curas quienes atraen los sarcasmos de Narbonne. Su descripción de la muerte del emperador  Carlos IV de Alemania documenta uno de tantos casos en que una indigestión fue tratada con el sistema terapéutico Diafoirus, consistente en sangrar y purgar, y luego purgar y sangrar, hasta la extinción total del paciente. 

El médico de los hijos del rey, un gascón llamado Bouilhac, obtuvo su puesto gracias a un poderoso de quien “visitaba el orinal todas las mañanas”. Según Narbonne, era un aventurero ignorante que, cuando la tercera hija de Luis XV enfermó, la trató a base de sangrías, heméticos y cochinillas rojas (que se administraban como astringente), para rematarla con ventosas. La niña tenía cinco años.

Su idea de los curas y derivados queda ilustrada en esta frase: “Llamaban a su padre el evangelista, porque jamás decía la verdad.”

A Narbonne se deben los primeros censos fiables de la población versallesca. Cuando Luis XV volvió en 1722, el comisarió calculó que había cuatro mil príncipes, señores y privilegiados, que vivían en el recinto del castillo. Parece increíble que semejante turbamulta pudiera alojarse allá, pero las cifras estadísticas de población por barrios que ofrece Narbonne se han contrastado como exactas, de modo que también las relativas a la zona noble debían serlo con toda probabilidad. También sabemos por su diario que Luis XV pasaba más de la mitad de sus noches fuera de Versailles.

Cuando nacía un vástago regio, Narbonne estaba encargado de advertir a los buenos burgueses de la ciudad y de invitarlos a celebrar el evento y empavesar sus mansiones. El día que nació el primer varón, 4 de septiembre de 1729 a las tres horas y cuarenta minutos de la noche, la alegría fue inmensa: “una vez que la reina fue refajada y repuesta en su cama, se le anunció el sexo del niño. El rey la besó, le dio las gracias por el precioso regalo que acababa de hacerle, y se fue a dormir.” Narbonne, por su parte firmó una orden que se proclamó y tamborreó por toda la ciudad. Todas las personas de cualquier calidad y condición debían hacer fuego ante las puertas de sus casas e iluminar sus ventanas a la ocho de la noche. Tales fiestas y luminarias debían continuar durante tres días. Los obreros le cogieron gusto al jolgorio y se tomaron una semana, y luego otra. Llegaban en bandadas a las ventanas del rey y berreaban ¡Viva el rey y el señor Delfín! Luis XV se dejaba ver y hacía repartir algunos luises y ducados. Por fin, el primer ministro se cansó y alarmó, de modo que Narbonne tuvo que dar otro bando ordenando el fin de los festejos y el reinicio del trabajo, y el que más trabajó fue el señor comisario haciendo cumplir el nuevo bando.

También se encargó del misterioso caso de los desagües que los astutos burgueses hacían comunicar clandestinamente con los de palacio, de modo que pronto hubo un atasco general y la creación espontánea del estanque de Clagny que exhalaba un pestazo insoportable para la propia población que lo sustentaba con lo más escogido de sus detritus.

El invierno de 1739 fue muy duro. Heló durante 62 días y las calles estaban intransitables por el hielo. Como los pobres se morían a montones, el rey y el primer ministro Fleury decidieron emplearlos como rompehielos urbanos para que tuvieran algún recurso. Narbonne estaba encargado de dirigir la operación y compró el utillaje necesario. Así trabajaron más de quinientos pobres a 0,75 francos al día. Pero ocurrió que el ministro olvidó financiar el gasto. Con una imprudencia que le honra, Narbonne adelantó los primeros fondos. Al quinto día, el ministro de Finanzas rechazó los pagos porque no estaban en el presupuesto. Narbonne tuvo luego todas las dificultades del mundo para recuperar su anticipo. Siempre ha habido buenos funcionarios.


[Publicado el 06/12/2010 a las 08:00]

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Rocían más alto los surtidores

 

 

En el Almanaque de Versailles de 1773 hay una descripción entusiasta de las fuentes del parque: “Los jardines son particularmente famosos por la belleza de sus fuentes. Es un espectáculo que sorprende siempre. La cantidad de surtidores que funcionan a la vez hacen efectos comparables a los fuegos artificiales.” Más de un par de siglos después, los domingos veraniegos se sigue reuniendo una multitud que admira los juegos irisados de las “Grandes Eaux”. 

Un particular documento del gusto de la época por las aguas y fuentes artísticas es la correspondencia de Charles de Brosses informando a sus amigos de Francia sobre las fuentes italianas hacia 1740. En una carta a su amigo Neuilly, le habla así de su visita a las casas de campo de los alrededores de Roma:

"Me ocupé más de pasearme y divertirme con los surtidores de agua que de anotar en mis cuadernos. Además, las pocas notas que escribí han quedado miserablemente mojadas y borradas, con las travesuras de escolares que nos dio por hacer en las fuentes secretas. […] Las casas de campo de Tívoli y Frascati estaban sin duda mejor mantenidas antes, y también mejor amuebladas que hoy. Exceptúo dos o tres de las que vale la pena hablaros más. Pero la mayor parte están muy descuidadas, así como sus jardines, que no están mantenidos con pulcritud; cosa muy corriente en Italia. Sin embargo, […] abundan las aguas, claras, limpias, magníficas en algunos lugares, y encantadoras en casi todos. […] La villa Belvedere-Aldobrandini, de los Pamphili, la villa Mondragone, de los Borghese, y la villa Ludovisia, son los tres más bellos jardines de Frascati. Hay otras cinco o seis bastante bonitas, si estuvieran bien mantenidas, pero son muy inferiores a esas tres, cuyas casas son bellas, los jardines vastos, al aire libre, y bien plantados, y las aguas, sobre todo, maravillosas.

La Belvedere y la Ludovisia son dos montañas aterrazadas, cubiertas de plantas, grutas, y soberbias cascadas. El gran surtidor de la Belvedere, más o menos igual al de Saint-Cloud, por lo que me ha parecido, es una de las más bellas cosas de ese género que se pueden ver en el mundo. Se lanza con un ruido tremendo de agua y aire entremezclados mediante tubos practicados para ello que hacen una pedorrera continua. Hay cantidad de otros surtidores menores, la mayor parte muy bonitos. La colina de la villa Belvedere está cortada en tres alturas, adornadas de grutas y de fachadas con arquitectura rústica, guarnecidas de cascadas y agua en surtidores. La gran cascada está coronada por columnas con acanalado en espiral por donde circula el agua. La casa de la villa Ludovisia, sobrevolada por una plataforma con un vasto estanque en forma de gavilla es todavía más bella, al menos según me acuerdo; pero ni la casa ni el jardín valen como los de Aldobrandini. Las largas fachadas, las grutas porticadas, los nichos, surtidores y estatuas son muy bellos en las dos casas. En este última, al pie de la colina, hay un bellísimo edificio de arquitectura de Giacomo della Porta. Las avenidas de abajo están guarnecidas de naranjos, con empalizadas de laureles, las terrazas en graderío, y las balaustradas cargadas de vasos llenos de mirtos y granados. La fachada tiene dos alas en ángulo y en forma de gruta. En una, hay un centauro tocando un cuerno de macho cabrío, en la otra, un fauno tocando la flauta, por medio de ciertos conductos que suministran el aire a esos instrumentos, pero es una música deplorable. Esos dos señores tendrían necesidad de volver por cierto tiempo a la escuela, así como las nueve Musas que se ven con su maestro Apolo en una sala vecina ejecutando sobre un monte Parnaso un ruin concierto por el mismo artificio. Esa invención me pareció pueril y sin encanto. Nada más frío que ver nueve criaturas de piedra pintarrajeada de colores hacer una triste música sin ton ni son. Prefiero ver su caballo Pegaso que, cerca de allí, hace brotar de una coz la fuente Hipocrena; siempre que esas princesas y los pájaros que las acompañan no se tomen el trabajo de romper la cabeza a los asistentes, ese salón debe ser muy agradable en verano; unos conductos practicados bajo el suelo aportan el aire que entre con la suficiente fuerza como para mantener en el aire una bola de una madera liviana. 

Esa vez no necesitamos refresco, al ducharnos suficientemente de la cabeza a los pies. La ceremonia comenzó en Mondragone alrededor de un estanque polipríapo, es decir, cuyo borde está provisto todo en derredor de surtidores de agua en tubos de cuero más gruesos que la pierna, armados en la punta de boquillas de bronce. Estaban decaídos negligentemente en un estado de reposo, pero cuando se abrió el grifo y el aire empujado por el agua comenzó a inflar sus cuerpos cavernosos, esos buenos señores empezaron poco a poco a levantarse de una manera bastante curiosa y hacer pis incesantemente con agua fresca. Migieu, que vos no podríais creer como el más travieso del grupo, se armó de uno de esos cipotes que dirigió contra la cara del bueno de Lacurne; éste no tardó en hacer el resto, la broma se hizo enseguida general, y no terminó más que después de calarnos hasta los huesos durante una media hora. La estación de invierno no nos pareció felizmente escogida para ese pequeño juego; pero en verdad ese día hacía tan bueno y tan suave que uno no podía resistirse a la tentación de tomar un baño. Fuimos a cambiarnos de ropa interior y trajes a nuestro albergue, y he aquí lo que ganamos: estábamos sentados en un atrio de Belvedere para oír tocar al centauro su cuerno, sin darnos cuenta de un centenar de pequeños traidores de tubos distribuidos entre las juntas de las piedras que funcionaron de repente y se pusieron a chorrear en arcadas sobre nosotros. De ahí, como no teníamos nada que perder ya que habíamos vaciado el fondo de nuestra maleta tras la escena de Mondragone, nos sumergimos con intrepidez en los lugares más acuáticos del palacio, donde pasamos el resto de la velada haciendo parecidas bromas. Hay sobre todo una excelente pequeña escalera donde, una vez que uno se ha subido, los surtidores de agua parten y se cruzan en todos los sentidos, de arriba, de abajo, y de los costados. Uno queda atrapado ahí sin poder remediarlo. Encima de esa escalera nos vengamos de Legouz que nos había ocasionado la mojadura del atrio. Quiso abrir un grifo para lanzarnos agua; ese grifo está hecho expresamente para engañar a los tramposos y lanzó a Legouz, con una fuerza espantosa, un torrente grueso como el brazo contra el vientre. Legouz huyó como el diablo con sus calzas llenas de agua que le salía por los zapatos. Nos caíamos de risa; fue el final de la escena. […] Llegué muy a propósito a Tívoli, cuando trabajaban en deshacer los surtidores del jardín de Este, para limpiar los conductos. No queriendo haber hecho un viaje inútil ni volver otra vez, distribuí cuatro cequíes entre cantidad de obreros que, en dos o tres horas, repusieron todas las cosas en su estado. Durante el intervalo, fui a pasear sobre el puente y a ver la cascada del Teverone, en otro tiempo Anio, cuya agua rápida se precipita de una altura mediocre sobre un montón de rocas puntiagudas donde se pulveriza y rebrota en un millón de perlas brillantes. Una parte del río va de ahí a quebrarse de nuevo en un fondo rocoso, y la otra se abisma en las grietas de las piedras bajo las casas de donde se le ve resurgir, salir de la ciudad y recaer en la llanura en varias cascadas. Aunque la caída de agua no sea elevada, la disposición de las rocas y la facilidad para contemplar la cascada desde todos los lados, hacen el efecto más agradable y recreativo que ninguna otra que yo haya jamás visto.[…] Volvamos al jardín de Este. No hay otros que ver aquí, pero si éste no estuviera tan mal mantenido, sobrepasaría a todos los de Frascati en grandeza, magnificencia y abundancia de aguas. La situación no podía ser más feliz para entusiasmarse; los jardines están al pie de una montaña y el río que fluye de ella. De modo que no hubo otro trabajo que hacer una sangría en el lecho del Teverone para obtener agua por tubos de arriba abajo. Este lugar pertenece al duque de Módena, que lo descuida por completo; los jardines, los pórticos de plantas, los bosquetes, los parterres en pendientes y terrazas, están todos sin cultivo y desangelados. La casa no estaría mal, de no estar en ruina y sin ningún mueble, de manera que aquí no quedan por ver más que las fuentes. Y las hay en tan gran número que no apostaría por menos de mil. Me las han dado por mis cuatro cequíes y no debe hacerme duelo el dinero. Solo sería de desear que de esas mil fuentes suprimieran más de novecientas que no son más que hilillos de agua, auténticas chucherías, jueguecitos de niños, y reunirlas a las grandes piezas que son de una admirable belleza. Entre ellas está el gran canal sobre una terraza bordeada por dos líneas de surtidores dispuestos en fila, como veis en otras partes los árboles plantados a lo largo de los canales. Al cabo de esa terraza, hacia el lado de la ciudad, está la hermosa fuente del Pegaso y el pórtico adornado con colosos por donde entran las aguas en el jardín que forma una lámina de agua de una altura y anchura sorprendentes. Esa pieza de agua, la más bella del jardín, es también, sin réplica, una de las más bellas que sea posible encontrar en parte alguna. […] Debajo de ese teatro hay otro bosquete de instrumentos de viento, pájaros que mueven las alas y cantan desde una enramada enronquecidos por medio de tubos de aire y agua, y otros cuadros movientes. Es más o menos como los cuentos de hadas que sabéis que se cuentan a los niños de la manzana que canta, el agua que baila y el pajarito que lo dice todo. No hay que reteneros aquí más tiempo. Prefiero llevaros a ver algunas otras buenas piezas como la Girándula, la Gavilla, el Estanque de los Dragones, la Fuente de Baco, la del Tritón, la de Aretusa, la Gruta de Venus, la de la Siblia, etc. Ved también algunas estatuas, un Baco, Melicertes, los ríos Anio y Albula, la Sibila, etc.

Me preguntáis, amigo mío, si todas las aguas tan alabadas de los jardines de Italia son mejores que las de Versailles. No; seguramente estáis viendo que aquí hay cantidad de fuentes que no son más que pequeñas minucias. En Versailles todo es a lo grande, todo lleva el carácter ese magnificencia que era la particular de Luis XIV."

Leyendo a Brosses, uno se pregunta si esa afición a la jardinería fontanera llegó a Italia desde Francia, o si fue al revés. Y una somera indagación sobre la historia de las fuentes versallescas revela que la última posibilidad es la cierta.

En 1600, Tomaso Francini, ingenierio florentino, obtuvo de Enrique IV el pertinente permiso para afrancesar su nombre como Francine. En la documentación aparece como ingeniero e intendente de las fuentes de su majestad. Su primera muestra de talento se pudo ver en en el castillo de Saint-Germain donde hizo excavar curiosas grutas en las terrazas de los jardines que bajaban hasta el Sena. Eran grutas habitadas por personajes que rociaban a los paseantes. Estaba la gruta de la Doncella que tocaba el órgano, la del Dragón, y la de Neptuno, favorita del público porque el dios lanzaba el agua con tales borbotones que calaba hasta los huesos a quienes se quedaban mirándole. Había estatuas que inundaban a los visitanes cuando menos lo esperaban. Se ve que a Enrique IV, el famoso Vert-Galant, le gustaban las bromas un tanto toscas. También en Fontainebleau construyó Francine grutas y fuentes que ya no existen, y una curiosa fuente infantil para el Delfín, que luego fue Luis XIII, y recordaba siempre su época de niñez jugando con los grifos.

Dos hijos del Francine florentino, François y Pierre, recibieron el encargo de Luis XIV de ayudar al ingeniero Le Nôtre en la creación del parque de Versailles, en particular lo relativo a las “diversiones acuáticas”. Los Francine demostraron su maestría y dotaron al parque de uno de sus atractivos más característicos. Cosa que no era fácil, por algo describía Saint-Simon el lugar como “el más ingrato del mundo, sin vistas, sin bosques, sin aguas”. Aunque agua sí que había, en forma de  pantanos y aguazales intransitables, lo que los aficionados llaman humedal, que ofreció la oportunidad de que el talento de los Francine la domesticara con un sistema de bombas y el viejo truco de los molinillos elevadores. De modo que separaron las aguas, como cuando Yahvé hizo el mundo, y las reunieron en altos depósitos cargados de la fuerza que dan la gravedad y las buenas maneras.

La primera gruta que hicieron fue la de Tetis, que ya no existe, y que La Fontaine describió en versos entusiastas. Debía ser la favorita de Luis XIV y el lugar donde le gustaba hacer los honores a las damas de la corte. Félibien la describió como una porción de nichos al fondo de los cuales un río, bajo la apariencia de un viejo dios desnudo, se apoya en una urna de donde brota un torrente presidido por la estatua de Apolo, obra de Girardon, rodeada de ninfas de Tetis que le lavan las piernas y perfuman los cabellos. Millares de  pequeños surtidores brotan de orificios invisibles y recaen formando una lámina, mientrás los órganos hidráulicos imitan el canto de los pájaros, de modo que, según Félibien, los oídos de los visitantes no quedan menos encantados que los ojos. En la gran fiesta de 1688 se ofreció en esa gruta la colación a los embajadores del mundo entero.

Los hermanos Francine crearon la Montaña de agua, el Teatro de agua, los estanques de las Sirenas, el Laberinto de agua y sus animales fabulosos. De todas aquellas creaciones quedan al menos los versos que hicieron los esforzados poetas gubernamentales. Era notable que el agua era continuamente reciclada. En 1687, un año antes de la muerte de François Francine, ya se habían creado mil cuatrocientos conjuntos de surtidores. Hoy se conservan bastante menos de la mitad.

El hijo pequeño de Pierre Francine pasó del agua a la música, un tránsito muy natural, y fue director de la Ópera. Se hizo aún más famoso que sus antepasados cuando se casó en 1684 con la hija de Lully. En el contrato matrimonial firmaron el rey, el Delfín y varios ministros. Cinco años más tarde, Jean-Nicolas Francine era director de la Real Academia de Música, como sucesor de Lully, cuando todo el mundo esperaba que el puesto fuera para La Lande, sin duda mejor cualificado. La Academia entró en quiebra por la mala gestión. Aunque, en compensación, la poesía francesa alcanzó a una de sus cumbres: Jean-Baptiste Rousseau —el poeta, no confundir con el bondadoso— a quien Francine había rechazado una pieza, se vengó de la afrenta rimando portentosamente la Francinade, poema burlesco de unos pocos cientos de versos donde pateaba, denigraba e incluso hablaba mal del señor director de la Ópera.

Se hace preciso concluir que Jean-Nicolas Francine debía tener gusto literario. Porque cuando La Serre, autor de Pyrame et Thisbé, le pidió que sustituyera a la cantante que interpretaba a Thisbé porque no se le entendían las palabras, le replicó: “Ni se os ocurra pensarlo, sería el peor favor que podría haceros.”

Su primo Pierre-François Francine conservó el oficio de ingeniero hidráulico de sus antepasados y dirigió hasta bien entrado el siglo XVIII la artística fontanería versallesca. Sus hijos y nietos, heredaron el cargo, pero fueron tan negligentes que finalmente hubo que echarlos. Pero su destino vulgar no debe hacer olvidar el talento de sus antepasados, aquellos magos de las aguas que dieron a Versailles su impronta de originalidad y encanto.


[Publicado el 02/12/2010 a las 08:00]

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Libertadores

Rousseau recomendaba la esclavitud. Ese descubrimiento de Bouvard y Pécuchet es uno de los momentos más graciosos de la novela de Flaubert. Viene a cuento recordar que Flaubert, igual de Baudelaire, sufrió un proceso bajo la acusación de “realismo”, que en la época era sinónimo de “pornografía”. Y el descubrimiento sobre Rousseau lo hacía el propio Flaubert en la revisión de las ideas modernas que se propuso en su novela más ambiciosa. Rousseau, padre de la revolución ilustrada y mentor de los arreglamundos bondadosos que decapitan con todas las de ley, resultaba ser el totalitario con la mayor claque de la historia. ¿Cómo era posible?

Otro ejemplo de totalitario platónico es Huarte. En su dedicatoria del Examen de ingenios a Felipe II se muestra como un arbitrista feroz: para que las obras de los “artífices” tengan la perfección que conviene al uso de la república, propone a la Católica Real Majestad el establecimiento de una ley, de modo que cada cual ejercite sólo aquella arte para el que la propia república lo hubiera designado y tuviese prohibidas las demás, porque, según dijo Platón, ninguno puede saber dos artes. Y, para eso, habría en la república hombres de gran prudencia y saber, que en la tierna edad descubrirían a cada uno su ingenio, y le harían estudiar por fuerza la ciencia que le convenía, y no dejarían ese punto a su elección. De lo cual resultarían los mayores “artífices” del mundo, y las obras de mayor perfección, solo por juntar el arte con la naturaleza. 

La propuesta de la dedicatoria, que insiste en la palabra “república” y en las citas de Platón, daría para ficcionar un régimen universal compuesto por convictos condenados cada uno al arte que le asignara la superioridad de por vida y sin remisión, así se obtendría un mundo mucho más feliz y realista que el recatado artefacto de Huxley. 

Hago memoria de estos totalitarios platónicos, después de leer la poesía de Sponde. Este propagandista “du vrai bonheur”, también archiplatónico para variar, escribió un comentario sobre la traducción latina de Homero, y tradujo a Hesíodo al latín. Lo más llamativo como poeta es su predilección absoluta por la abstracción, en sus poemas sobre el amor y la muerte no hay personas ni objetos, no hay amada ausente, sino ausencia platónica, no se muere nadie, sólo se tamborilea una defunción abstracta en largos jipíos soneteados. El teólogo Bèze le hizo una reseña laudatoria y Sponde entró en la jovial jerarquía calvinista. Cuando Enrique el Bearnés —el del famoso peritaje “Paris vaut bien una messe”— decidió dejar el calvinismo y convertirse al catolicismo, Sponde le dedicó un memorial de tropecientas páginas para que no lo hiciera, y luego, en vista del éxito, fue el propio Sponde quien se pasó al catolicismo, el partido de los que asesinaron a su padre por calvinista, y para explicarlo redactó otro informe más copioso aún, que quedó inconcluso pese a sus más de ochocientas páginas. Según d’Aubigné —otro alegre poeta calvinista que tenía a Sponde por el mayor traidor jamás habido—, Florimond de Raemond, el historiador partidario de prohibir el canto a las mujeres, envenenó a Sponde y, como compensación, escribió un bello relato sobre sus últimos momentos. Admirables libertadores platónicos.


[Publicado el 29/11/2010 a las 08:00]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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