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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 12 de julio de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Del antiguo nombre de Olite

imagen descriptiva

 

 

 

Hacia el final del siglo II se documenta por primera vez en las ciudades italianas un curator rei publicae. No se trataba de un irrelevante magistrado local, sino de un funcionario especial nombrado por el emperador. Antes de Diocleciano ya se conocen al menos diez curatores rei publicae en la Galia Narbonense, que pueden verse como instrumentos de centralización imperial. Entre otras funciones, el curator fijaba los precios del mercado y se ocupaba de los impuestos. En otras palabras, no era un funcionario local, sino que representaba la larga mano del emperador. En la ley del emperador Mayoriano, del año 458 (Nov. 7) se lee este importante apunte sobre el cargo Curiales nervos esse rei publicae ac viscera civitatum nullus ignorat. Y en efecto, Diocleciano pretendió establecer mediante los curiales un estricto control de las ciudades.

En una carta imperial a la ciudad de Efeso datada en la segunda mitad del siglo II y, sobre todo, de la correspondencia de Plinio en Bitinia, se evidencia que el término griego correspondiente al curator civitatis / curial latino es logistes, y el nombre de la función logisteia puede leerse en P. Oxy XXXVI 2780 (530 d. C.).

En el Egipto romano y bizantino, en el período 300-500 d. C., o sea, a partir de la reforma diocleciana, la presencia documental de logistes alcanza su máximo, y su competencia cubre áreas de poder que hasta entonces se atribuían a cargos ya arcaicos como prytanis, exegetes, riparios, agoranomos, pater poleos y otros. En el área bizantina, el cargo de logistes con nombramiento imperial  y con funciones de regulación de conflictos, fijación de precios y política social en general perduró, o al menos está documentado, hasta entrado el siglo VII (P. Lond. I, 217).

Christoph Müller ha constatado en una investigación sobre curiales y obispos que, en las ciudades galas de los siglos IV - VI, se pone de relieve una importancia creciente del papel del obispo en cometidos que antes eran exclusividad del curator civitatis. Del abuso y desprestigio de los curiales trata Salviano en un tratado significativamente titulado De Gubernatione Dei y escrito a mediados del siglo V, donde dice (5, 18): Quae enim sunt non modo urbes sed etiam municipia atque vici, ubi non quot curiales fuerint, tot tyranni sunt? Los curiales aparecen por lo tanto, ya en esa fecha, como parte del aparato de represión imperial, ante la inflexión que supuso el paso del gobierno urbano mediante curiales imperiales al gobierno por notables de la propia ciudad.

En ese contexto se produce también la evolución de la ciudad bizantina, que pasa de cristiana a episcopaliana para mejor gestión del imperio, y se concibe el bizantinismo tardío del theologistes, un logistes que abarcaba cometidos sacros y profanos pero que, en esencia, mantenía la función imperial del curator civitatis y del logistes poleos.

Este nombre de inspiración bizantina tardía aparece en la antigua denominación de Olite, ciudad fundada por Suintila hacia el 621, que en una inscripción conmemorativa recién publicada en la prensa y datable hacia el siglo XII se lee (TH)EOLOGITE NEON. Suintila, por lo tanto, no sólo fundó la ciudad, sino que la hizo sede episcopal y le impuso una administración de impronta imperial bizantina inspirada, a su vez, en la antigua romana. No es el único caso en que la denominación del cargo queda en la toponimia, porque el nombre Curiel presenta un paralelo latino, pero sí es el unico caso atestado de nombre griego fuera del área bizantina que, cuando se fundó Olite, aún incluía el sureste peninsular. El adverbio griego neon, tanto si reproduce una inscripción previa, como si es de la conmemorativa, indica que, pese a la erosión de la forma plena, en el siglo XII en Olite aún se sabía que el nombre de la ciudad era griego.

El nombre antiguo de Olite ha sido motivo de controversia desde tiempo atrás: ahí está el testimonio de Esteban Garibay, quien de paso que identificaba como primer vasco de la historia a Tubal, el arquitecto de Babel que trajo consigo una de las setenta y dos lenguas a España, se inspiró en el pasaje de Isidoro de Sevilla que data la fundación de Olite para confeccionar un “Erri berri”, con el éxito fervoroso que suelen tener esas invenciones en la parroquia. Ahora, dejando la fantasía y volviendo al problema epigráfico que representa Theologite, desde la antigüedad se ha pensado que es un término absurdo y hasta ridículo, de modo que las letras iniciales THE han sufrido un editing que las ha hecho desaparecer en la mayoría de las versiones. Así, la redacción convencional establecida del texto de Isidoro postula Ologitin civitatem que remitiría a un Ologitis como nombre de la ciudad.

Pero ahora la presencia epigráfica de Theologite en la propia Olite obliga a un confrontación con la lectura recta que nos remite al cargo de theologistes, y a su nombramiento o reposición por parte del rey Suintila como hito fundacional de la población.

Es natural preguntarse cómo es que Suintila se preocupa tanto por un nombramiento episcopal y, sobre todo, parece escoger un hiperbizantinismo para definir el cargo. Hay que recordar que los concilios de Toledo eran un instrumento de la monarquía visigoda. De entrada, eran convocados por el rey, y no sólo participaban los eclesiásticos, sino los principales personajes de la corte, la llamada aula regia, que también era nombrada directamente por el rey. Las atribuciones conciliares no eran solo ni principalmente de disciplina eclesiástica, sino que el concilio representaba el cuerpo legislativo más importante de la monarquía y venían a representar a unas verdaderas cortes nacionales. De modo que un obispo visigodo era un secundus a rege en todos los sentidos.

La elección de un término bizantino para el importante cargo plenipotenciario se encuadra en la admiración y aversión que inspiraba entonces el imperio bizantino a un visigodo, una particular relación que incluía la emulación. En aquel momento, el bizantino era un imperio real, mientras el visigótico no pasaba de aspirante. Por ejemplo, el emperador bizantino debía dar su aprobación a la elección papal y cobraba por ello una tasa. Todo sugiere que Suintila hizo en Olite un nombramiento de emulación bizantina.

Una buena pregunta sería cómo pudo formarse un theologistes condenado a ser tan semejante a theologos que no podía ser viable. Y la mejor prueba de su inviabilidad es que el Theologite de Olite ha sido unánimente reputado absurdo y ridículo, aunque constaba su documentación. Al respecto es preciso saber que, en el ámbito bizantino y oriental en general, theologia no tenía entonces el significado actual. Era un término técnico y erudito que se refería exclusivamente a la teoría trinitaria, al tiempo que se distinguía expresamente de oikonomia “economía”, que era la teoría sobre Cristo. Con la “teología” sucedió lo mismo que con esa acepción cristológica de “economía” que ha sido suprimida y reducida a arcaísmo por el uso que vino luego.

La hipótesis de que hubiera una inscripción griega de ínfulas bizantinas que fuera modelo de la inscripción latina del siglo XII está reforzada por la chocante presencia del adverbio griego neon y la llamativa irregularidad per suhintihilanem. El autor de la inscripción sabía poco latín y quizá menos griego, y su testimonio hace pensar que trató de trasladar un theologistes neon pros suinthilan basilea que en griego podría tener este aspecto:

ΘΕΟΛΟΓΙΣΤΗΣ

ΝΕΟΝΠΡΟΣΣΥΙΝ

ΘΙΛΑΝΒΑΣΙΛΕΑ

y que significaría: “Theologistes de nuevo (nombrado) en presencia del rey Suintila”. Se aludiría de ese modo a la reposición de un theologistes, lo que sugiere que algo pasó con el anterior, y también a la presencia efectiva de Suintila que emulaba así una conducta imperial bizantina.

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 17/1/2011 a las 08:30]

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Cuando no existían los vascos (y IV): Mestizo y advenedizo

 

 

Las tres lenguas principales que se escribieron en la España prerromana habían alcanzado, sobre los siglos III-I a. C., el estatus que la escritura proporciona en una sociedad de cultura avanzada.

En tartésico e ibérico se redactaban contratos y resoluciones jurídicas, textos religiosos, históricos y literarios. El celtibérico, que fue el último en acceder a la escritura, disponía de un reputado centro legislativo y judicial en Contrebia Belaisca, capital de los celtíberos que se nombraban Beli o Belici: “los fuertes”.

De las lenguas que no se escribieron, poco podemos saber. No está acreditado que los cántabros hablasen una lengua emparentada con el aquitano, y los pocos nombres cántabros conocidos sugieren que las dos lenguas no tenían nada que ver. La presencia de contingentes cántabros luchando junto a los aquitanos no prueba, como se ha pretendido, que hablasen la misma lengua. También hubo celtas mercenarios luchando junto a los cartagineses y nadie ha concluído, hasta ahora, que celtas y cartagineses hablasen la misma lengua o una muy parecida.

Tampoco el testimonio de Séneca (Ad Heluiam VII, 9), que sugiere la semejanza entre algunas palabras de los corsos y los cántabros, puede ser tomado al pie de la letra. El autor habla de dos lenguas que ignora y, en esa situación, es imposible pasar de alguna remembranza de sonsonete.

En el momento de la romanización, la mayor parte de los vascones, várdulos e ilergetes hablaban celtibérico, y no paleovasco, que era entre ellos la lengua de una población marginal, no urbana, y en estancamiento o regresión, situada entre el valle de Arán, el curso alto del Cinca, norte de Huesca y montañas navarras hasta el río Deba. En Vizcaya, que ostenta un nombre originario de las cercanías de Pamplona, y habla con latinismos de peculiaridad absoluta, no entró el vasco antes del siglo VI en su parte más oriental, mientras en su máxima extensión, que tuvo lugar en el siglo XI, no llegó a Orduña ni a las Encartaciones.

Porque la lengua vasca, que es el resultado de la influencia del latín en el paleovasco, alcanzó su mayor extensión territorial y demográfica en la Edad Media. El romance y el vasco presentan una evolución coetánea que además sucedió en estrecho contacto. No es raro que los primeros testimonios escritos conservados estén redactados en el romance castellano-riojano y, a la vez, contengan las primeras frases en vasco. 

En las llamadas Glosas Emilianenses, es decir, las del manuscrito nº 60 del monasterio de San Millán, se leen, entre las primeras frases en romance, las dos primeras frases conocidas en vasco. El documento se data hacia mediados del siglo X, y las palabras vascas, pese a las numerosas propuestas, todavía carecen de explicación satisfactoria.

En el folio 67 v., se encuentran el siguiente texto latino y glosas:

jncolumes [sanos et salbos] jnveniri meruimur [jzioqui dugu]

No cabe duda que jzioqui dugu es un verbo que glosa meruimur, es  decir, “hemos merecido”. Izioki es un adverbio derivado de izio, que significa “motivo” (cfr. zio en vasco; la deriva de la inicial e > i > ø es muy usual). El significado es “lo hemos merecidamente”.

En el folio 68 v., se lee:

Non nobis sufficit [non conuienet anobis] [guec ajutu ez dugu] quod christianum nomen accepimus si…

Durante años se creyó que la glosa vasca se refería a precipitemur [nos non kaigamus], que figura más arriba en el folio, lo cual hacía imposible una lectura aceptable. El término clave en vasco es ajutu, un préstamo latino (de adjutum, supino de adjuvo) con el significado de “apoyar”, “secundar”. La construcción verbal se puede comparar con la de otro préstamo latino en vasco, laket (de placet), que presenta laket dugu “nos complace”. Guec, por su parte, es la forma sincopada o, si se prefiere, la versión dialectal riojana de guhaurek. De modo que guec ajutu ez dugu significa “nosotros mismos no secundamos”. 

La aparente inversión —ajutu ez dugu en lugar de ez dugu ajutu, como se esperaría hoy— no es enfática ni errónea, sino que refleja la formulación que entonces regía en vasco: más latina que la del romance.

Desde mediados del siglo IX, se documenta una emigración y colonización de várdulos (Bardulia aparece ahora como denominación que abarca la Rioja y el norte de Burgos y Palencia, lo que diríamos cogollo de Castilla la Vieja:  in Barduliam, quae nunc Castella dicitur, referido al año 842 se lee en el Chronicon de Tuy) y de váscones en tierras castellanas: Villabáscones, en el Arlanzón, cerca de Burgos, y localidades como Gipuzuri, o Bascuri en tierras riojanas atestiguan esos movimientos de colonos que llevaron la lengua vasca hacia el sur y el oeste.

En ese contexto, cumple decir algo de Gonzalo de Berceo (119o-1260),  un poeta fingidor que fue notario y graduado en los Estudios Generales de Palencia. Los literatos de la primera mitad del siglo XX, particularmente los miembros de las generaciones del 98 y del 27, achacaron a Berceo sencillez, ingenuidad y candor, con las naturales miras de vindicar tan claras virtudes para ellos mismos. Así se formó el tópico del poeta rústico, de personalidad sencilla, y ajeno a la pompa libresca.

 Con el mismo propósito de autoalabanza que se encuentra tras el tópico de la ingenuidad rústica de Berceo, sus pretendidos vasquismos han constituido un tema recurrente, y se han elaborado listas con docenas de términos que no resisten un examen elemental. En realidad, la única palabra vasca utilizada por Berceo es Don Bildur “Don Miedo”, nombre de una personificación popular. Y si la poesía berceana se fuera a utilizar como registro fiable de la vasquidad de la Rioja Alta en su tiempo, habría que concluir que, entre la época del anónimo glosador emilianiense y mediados del siglo XIII, el vasco había desaparecido de la comarca, a excepción de Ojacastro, donde los vecinos todavía tenían derecho a declarar en esa lengua en 1235.

Ahora, un somero muestrario del vocabulario de Berceo y su cotejo con los correspondientes términos vascos puede ser ilustrativo:

alcandora "camisa" (ár. alqandura) alkandora "camisa" 

asmar “imaginar” (lat. aestimare) / asmatu “acertar”

ardura “apuro” (lat. arduus) / ardura “preocupación”

artero “hábil” (lat. ars) / artetsu “hábil”

atorra "camisa" (ár. adurra) / atorra "camisa" 

bocin “burla” (lat. boccina) / muzin “desprecio”

catino “jarro” (lat. catinus) / katilu “taza”

ciella “celda” (lat. cella) / gela “cuarto”

colpado “herido” (lat. collapsus) / kolpatu “herido”

corroto “mortificación” (lat. corrodere) / gorroto “odio”

cordoio “pesar” (lat. corrodere) / korromio “pesar”

defirmes “garantizado” (lat. firme) / berme “garantía”

enanzar “avanzar” (lat. inante) / enantzu “avance”

endrezar “dirigir” (lat. derigere) / endrezera “dirección”

foya “hoyo” (lat. fovea) / hobi “hoyo”

guizquio "chuzo" (lat. gaeso icere) / kizki "garfio" 

lazrar “penar” (lat. lacerare) / latz “áspero”

laydo “burla” (lat. loidos) / laido “ofensa”

lodor “alabanza” (lat. laudare) / laudorio “alabanza”

massiellas "mejillas" (lat. maxilla) / masailak "mejillas"

nucir “dañar” (lat. nocere) / nozitu “padecer”

puntada “instante” (lat. punctus) / puntada “instante”

quessa “queja” (lat. quassiare) / kezka “preocupación”

quirolas “juegos” (lat. gyrolla) / kirolak “juegos”

refierra “réplica” (lat. referre) / errefera “réplica”

rehez “fácil” (ár. raiz) / errez “fácil”

rehez “nadería” (ár. raiz) / yeus, deus “nadería”

rencura “rencor” (lat. rancor) / arrenkura “disgusto”

tastar “tocar” (lat. tactus) / dastatu “probar”

truferia “burla” (fr. truand) / trufa “burla”

 

 Queda patente que el vasco no ha tomado esas palabras del latín,  del árabe, ni del francés, sino del romance riojano. En español, hace mucho que son arcaísmos, mientras en vasco todas siguen vigentes.

Lo llamativo es que la mayoría de ellas figuren en el acervo del llamado navarro-labourdin littéraire (nombre que propuso Pierre Lafitte para el dialecto literario vasco escrito en Francia entre los siglos XVI y XIX), y que, en cambio, sea imposible hacer una lista de gasconismos y galicismos, contemporáneos de Berceo, en lengua vasca.

Todos los galicismos en vasco son modernos, y los gasconismos, apenas unos pocos, y casi todos tardíos. ¿Por qué será?

De entrada, no es un detalle irrelevante, si se tiene en cuenta que el vasco, como lengua conservadora, mantiene préstamos lusitánicos y celtibéricos de todas las edades, y un surtido amplísimo de todo el latín, desde el arcaico al más tardío, y lo mismo del romance castellano-riojano, del navarro-aragonés y, en fin, del español. Es decir, conserva trazas evidentes de todas las lenguas con las que ha tenido contacto.

La falta de gasconismos y galicismos antiguomedievales conforma el terminus post quem del movimiento expansivo de la lengua vasca que se estableció al norte del Pirineo, procedente de la vertiente meridional, en lugares donde no había población estable antes del siglo XI. Aunque las incursiones vasconas al norte de los Pirineos datan de 587, cuando los Wascones, de montibus prorumpentes in plana descenderunt (Gregorio de Tours, Historia Francorum VI, 12), y aunque luego practicaron famosamente el saqueo y pillaje de los transeúntes por el Pirineo occidental, hubo grandes extensiones de aquella vertiente que no se poblaron hasta bien entrada la época medieval. También los arabismos, que el vasco incorporó desde el romance, y que están presentes en la toponimia de la vertiente norte del Pirineo (por ejemplo, el nombre de Sara, población vasca con una primera documentación en el siglo XIII, procede del árabe sacra “jaral"), hablan a favor de una colonización medieval. 

Después de que Ricardo Corazón de León, duque de Aquitania, saqueó el norte del Pirineo a finales del siglo XII, acordó con su cuñado el rey Sancho el Fuerte el traspaso de la comarca, y el rey navarro fundó la Castellanía de San Juan (Sant Johan del Pie del Puerto, en romance navarro, Sanctum Johannem de Pede Portus en latín notarial), para que fuera capital militar y administrativa de Ultrapuertos. Esa comarca se pobló entonces y era conocida en Pamplona como “Tierra de Vascos”, por la lengua de sus colonos, que llegaron a fundar poblaciones como Bascoteguia (nombre real que se ponían los vascos a sí mismos, al contrario de Euskalherria, que es invención de clérigos) en Bearne, cuando los condes de Foix eran también reyes de Navarra. 

Porque otra prueba de que el vasco del norte del Pirineo es de procedencia hispánica es precisamente la palabra “basco”, cuya /b/ inicial y /o/ final sólo pudieron originarse al sur del Pirineo. 

Los vascos han empleado el celtibérico “basco” para nombrarse a sí mismos en su lengua, hasta el siglo XVI como mínimo, cuando Dechepare (1545), primer poeta en vernáculo, insiste con remarcada intención en el término popular basco frente al culterano heuscalduna

En todo caso, donde calla la literatura, clama la toponimia: Bascuri, en la Rioja y en Vizcaya (1089), y Bascoteguia, en Bearne (1350), son nombres de colonias vascas que no sólo prueban que los vascos se llamaban a sí mismos “bascos”, sino que marcan a la perfección, como mandados hacer de encargo, la extensión máxima de la expansión de la lengua vasca en la Edad Media.

 

Todo esto ha venido de una conversación sobre los dólmenes y monumentos megalíticos de por aquí. Mi amigo creía que los hicieron los vascos. Yo le decía que no, que los dólmenes se erigieron cuando aún no existían los vascos; y le explicaba que, incluso sin conocerla, él asumía la tesis de Barandiarán, cura, paleontólogo, vascoiberista y antidarwinista, para quien los vascos eran una raza pura y maravillosa que habitaba poéticamente su rincón exclusivo desde milenios incontables. Mi argumentación, en cambio, es de rango lingüístico y algo prolija y larga, así que mejor te la escribo en el blog.

Por lo demás, mi conclusión es que toda lengua es mestiza y advenediza, como el pensamiento. 

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 13/1/2011 a las 08:15]

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Cuando no existían los vascos (III): Celtas y vascos

 

El reclamo de “preindoeuropeo” ha seducido a teóricos del arte y el pensamiento, que han despachado efusiones de rango poético y filosófico sobre el vasco. Ahora, llamar preindoeuropea a una lengua idealizada, basándose en hechos históricos inexistentes, y adquirir así una ventana con magníficas vistas al pensamiento poético y la cosmovisión imperante siete mil años atrás, es un tanto alegre, porque el vasco no sólo es posterior al latín, sino que debe su formación a la influencia del latín, o sea, tiene la misma edad que sus hermanos romances. Y de los millares de lenguas no indoeuropeas del mundo, la vasca es la más indoeuropea. 

La llegada de los celtas al sur de los Pirineos hacia la mitad del primer milenio a. C., constituye un terminus ad quem para la formación de dos lenguas  hispánicas de relieve, el celtibérico y el paleovasco.

 Eso no quiere decir que estas dos lenguas vinieran entonces al mundo armadas de su propio vocabulario, giros y flexiones. Pero sí indica que a partir de esa fecha, los celtas y los aquitanos que cruzaron los Pirineos iniciaron de modo gradual la formación del celtibérico y el paleovasco a partir de lenguas anteriores.

En el caso del paleovasco (que es una lengua anterior al contacto con el latín, y por lo tanto con una morfología, sintaxis y vocabulario muy diferentes del vasco) los ingredientes básicos eran hablantes aquitanos, con relevante impronta cultural celta, mezclados con lusitanos autóctonos.

La incidencia del celta en el aquitano y luego en la formación del paleovasco representó la influencia civilizadora indoeuropea en una lengua de covada. En otras palabras, introdujo el nuevo concepto de padre, fundamental en las familias lingüísticas, religiones y civilizaciones indoeuroepea y semítica, llamadas a dominar el mundo.

El aquitano que se estaba convirtiendo en paleovasco al sur del Pirineo se hallaba sometido a leyes que aún hoy siguen vigentes en la evolución del vasco, como por ejemplo la tendencia a que /mb/ sea /m/, que determinó el paso del aquitano sembe al vasco seme “hijo”, una tendencia que se mantiene en el habla popular de la cuenca del Bidasoa donde denbora (“tiempo”) se pronuncia “demora”, y lehenbiziko (“primero”), “lemizko”.

Entre la multitud de préstamos celtas en vasco, figuran atta “padre”, andere “señora”, haltza “aliso, sei “seis”, zazpi “siete”, oker “torcido”, ezker “izquierda”, erreka “arroyo”, la copulativa eta que deriva de uta, y egi, muy frecuente en toponimia con el significado de “cordal de un monte” o “prolongación de una cresta”, y viene del celta gyo “valladar” o “alineación”, todavía perceptible en el nombre del Moncayo. En la poesía de Marcial (Ep. 25, 5: senemque Gaium nivibus), se ve que el gyo celtibérico sonaba gaio a oídos latinos.

Pero aún más llamativa es la importancia de la toponimia celta en el territorio consierado vasco. El río Deba, que discurrre por la parte occidental de Guipúzcoa, tiene  nombre celta. El Bidasoa y el Bidousse fluyen bajo teónimos celtas. De los afluentes pirenaicos del Ebro, sólo el Cinca presenta nombre vasco (Cinga > Txinga “terreno pantanoso” cfr. Txingudi, marisma del Bidasoa) mientras Ega, Arga y Aragón, llevan nombres celtas. Deio, que es monte y región enblemática en el nacimiento de la monarquía navarra, y se extiende desde la fortaleza de Monjardín hasta el río Ega, es nombre celta, así como Ultzama, valle al norte de Navarra, y Segia (Ejea).

También Nemanturista, antigua población cerca de Eslava, al sureste de Pamplona, presenta un superlativo celtibérico relacionado con las inscripciones celtas Menmandutiae, en la Galia Narbonense, Minmantii, en la Aquitania Céltica, Mermandios, testimoniado en Lusitania, Mermandiceo, descubierta no lejos de Lisboa, y Mirmanos, junto a Tudela. Todos estos nombres derivan de un antiguo término celta que se podría reconstuir como Menmandios “divinidad de la memoria”. 

Y también los bardyetas, que ocuparon casi toda Gipúzcoa y la parte oriental de Álava, llevan un nombre celta, que pasó a ser varduli, con diminutivo latino, en época histórica. 

Se hace patente que la lengua y la cultura superiores y referenciales en el territorio vasco eran célticas, y la población paleovasca servía a una élite de régulos y guerreros celtas, hasta la llegada de los romanos.

Todo esto sugiere que la relación de los celtas con los aquitanos, sobre quienes ya ejercían presión e influencia antes de pasar los Pirineos, y, en particular, con los aquitanos que se asentaron en el sur pirenaico, fue la que corresponde a un pueblo satélite, que les acompañó o fue empujado por los propios celtas en su marcha hacia el sur, y se quedó a unas pocas jornadas de su patria.

¿Qué nombre tenía para los celtas aquel pueblo inferior? La forma más antigua, o al menos anterior a las fuentes literarias, es la que aparece escrita con grafía ibérica en monedas aparecidas con frecuencia en Navarra, y datables sobre el siglo II a. C.: Barscunes y también Bascunes. La palabra es celtibérica, aparece en nominativo plural, y resulta llamativa la vacilación entre las dos formas.

El nombre de los vascos no se ha conseguido explicar desde su lengua —sólo Humboldt aventuró un basoko “del bosque”—, ni desde el celtibérico —salvo la propuesta de Tovar, que partía del radical bhar- que aparece en el nombre de los bardyetas-várdulos—. La dificultad mayor estriba en el grupo interno /sk/, que en la jerga lingüistica se llama infijo, y no se sabe qué pinta ni puede querer decir.

La solución podría no ser complicada. Si se toma guhaurek, “nosotros mismos” en vasco actual, se puede reconstruir la forma plena guhauresek (cfr. behauresek “ellos mismos” y hauresek “estos mismos”), que en celtibérico daría (g)uarsk > barscunes y (g)uask > bascunes; en latín (g)ausk > auscus —los ausci eran un pueblo aquitano con capital en Auch, antiguamente llamada Ilimberri— y (g)uascones; así como (g)ouaskonoi en griego. El acento en la /a/ de guháurek explicaría la antigua pronunciación váscon y váscones, o sea (g)uásk, así como la pronta caída de la /g/ inicial, y la vacilación celtibérica barscunes/bascunes

Hasta los vascos adaptaron a partir del celtibérico el término “basco” para nombrarse a sí mismos en su lengua. El culterano “heuscalduna” es una invención posterior.

 


[Publicado el 10/1/2011 a las 08:15]

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Cuando no existían los vascos (II): La lengua indoeuropea más antigua de la Península

 

La escritura ibérica fue descifrada por primera vez en 1925 por Manuel Gómez-Moreno (1870-1970). La naturaleza semisilábica de las inscripciones y una primera lectura del plomo de Alcoy, descubierto en 1921, se impusieron como prácticamente indiscutibles, y la confianza en la identidad vasco-ibérica decreció notablemente, pese al prestigio de ilustres figuras, como Menéndez Pidal (1869-1969), que continuaron postulando una remota ecuación ibérico-vasca en la práctica totalidad de la península, y especialistas como Antonio Tovar (1911-1984) que habían mostrado un entusiasmo menor ante la hipótesis vascoiberista, pero que se inclinaban por la aceptación de la existencia de cierto grado de parentesco basado en listas comparativas que revelarían correspondencias notables. 

El corpus de las inscripciones ibéricas fue por primera vez susceptible de una lectura sistemática tras la publicación por Jünger Untermann de Monumenta Linguarum Hispanicarum (1975-1997).

A mediados del primer milenio a. C., se escribieron los textos más antiguos conocidos en España. La escritura es semisilábica y sólo se ha descifrado muy parcialmente. La lengua es tartésica, sin relación aparente con el ibérico ni el indoeuropeo, y se desarrolló en una civilización avanzada de tipo mediterráneo situada en Andalucía occidental.

Los textos inmediatamente posteriores son de la segunda mitad del primer milenio a. C. La escritura todavía es silábica en gran parte, procede de la fenicia y la griega, y hoy se puede leer casi en su totalidad. La lengua, por su parte, es ibérica y continúa siendo desconocida. El idioma ibérico se utilizó a lo largo de la costa mediterránea, desde Andalucía hasta el norte del Pirineo, y se extendía hacia el centro peninsular por las cuencas del Ebro, el Júcar y el Segura. Los griegos pusieron nombre a los iberos haciéndolo derivar de la denominación de su río principal, el Hiber, que hoy llamamos Ebro.

A lo largo de los siglos III-I a. C., se escribió en celtibérico en la cuenca del Ebro y alrededores. La escritura es la ibérica levantina, con algunas adaptaciones, y es legible casi en su totalidad. La lengua celtibérica es indoeuropea y puede interpretarse con fiabilidad muy alta. Hay una enojosa semejanza entre celtibérico e ibérico que puede originar alguna confusión: celtibérico es el celta que se habló en la península ibérica y, aunque aparece escrito en signos ibéricos, no tiene nada que ver con el ibérico, que no era indoeuropeo. 

Es preciso retener por qué el ibérico o el tartésico, pese a estar escritos, no responden a las exigencias que permiten descifrar una lengua desconocida. La fórmula “escritura ignorada” + “lengua conocida” autoriza todas las esperanzas. El mejor ejemplo sería el Lineal B, descifrado por Ventris y Chadwick: es cierto que el micénico es un griego antiguo, muy diferente del homérico, pero no dejaba de ser una lengua básicamente conocida y la escritura desconocida que la “recubría” acabó por ser leída. 

En cambio, la fórmula inversa de “escritura conocida” + “lengua ignorada” es un callejón sin salida que sólo puede producir elucubraciones. De modo que mientras no aparezca una piedra de Rosetta del ibérico o el tartésico, que permita un anclaje comparativo en lenguas conocidas, su comprensión no está a nuestro alcance.

Ahora vamos a tratar de identificar la lengua indoeuropea más antigua de la península ibérica. Durante el primer milenio a. C., la escritura y la civilizacion avanzada se extendieron desde el sur hacia el este y el norte. Sin embargo, el conocimiento y la interpretación de sus lenguas han seguido la direccion contraria por una circunstancia crucial: la romanización empezó en el Ebro y tenemos más noticias históricas de esa zona, y también ahí se escribieron los primeros textos conocidos en indoeuropeo, lengua cuya gramática y vocabulario ya conocemos en alguna medida.

La primera lengua indoeuropea escrita en España fue el celtibérico, la lengua que los celtas desarrollaron en la Península durante más de medio milenio. Pero el celtibérico no fue la primera lengua indoeuropea en la región, porque mil años antes llegó otra. 

El lusitano es una lengua prehistórica que recibe su nombre del hecho de haberse hallado sus últimas inscripciones, antes de desaparecer, en la zona de Cáceres y el centro y sur de Portugal. 

Pero el nombre no debe engañar respecto a su antigüedad y extensión. Se trata de una lengua coetánea del micénico y el hitita. Sus restos y huellas, en forma de préstamos en otras lenguas, particularmente el aquitano y el ibérico, la muestran como representante del extremo suroccidental del indoeuropeo, en una comarca que se extendía desde los Alpes al golfo de Cádiz, y abarcaba como mínimo la Narbonense, Aquitania, toda la península ibérica y la italiana, donde dio lugar al osco-umbro y al latino-falisco. Como suele suceder en las lenguas situadas en un extremo de su familia, conserva notables rasgos arcaicos que, en su caso, presentan paralelos mucho más septentrionales y orientales que lo estudiado y esperable hasta ahora por la preceptiva indoeuropea.

 La datación de la llegada del lusitano es problemática. Si ya es difícil establecer una fecha para la llegada de los celtas a la Península, mucho más lo es hacerlo con una lengua que debió vivir al final de la edad de Bronce, al menos desde mediados del II milenio a. C.

Desde la época de Oihenart, la correspondencia del ibérico ili con el vasco iri, con significado de “ciudad”, ha sido el caballo de batalla y más firme puntal del vasco-iberismo. La forma original ili se registra en aquitano, que es una lengua desaparecida en el siglo I d. C. En vasco, el término presenta las formas de evolución dialectal (h)iri, iri, uli, uri. Es decir que la correspondencia, si la hubo, fue entre el aquitano y el ibérico.

¿Cuál pudo ser la palabra que tomaron como préstamo el aquitano y el ibérico y de qué lengua procedía? La primera candidata con cierta apariencia es la palagra griega polis, en homérico ptolis, que también significa “ciudad”. Pero en la época donde hubo de suceder el contacto entre la antigua lengua indoeuropa, que llamamos lusitano, y las lenguas no indoeuropeas aquitano e ibérico, el griego aún no se había formado, y su antecesor, el micénico, presenta en Lineal B una forma po-to-ri (ptolis) que se corresponde mal con el “ili” que conocemos en aquitano e ibérico.

Si nos fijamos en el radical indoeuropeo bhergh, con significado de elevación, que es la reconstrucción hipotética de donde parecen provenir todas las formas indoeuropeas, incluyendo el polis y el pyrgos griego, los berg y brig gemano-célticos, el fortis latino, y el púr sánscrito, notamos que las lenguas indoeuropeas occidentales han mantenido la /b/ inicial. En cambio, presentan una /p/ inicial las lenguas más orientales, desde el griego hasta el tocario. Esa observación es más o menos válida para el I milenio a. C., pero el testimonio del lusitano, que conservó la /p/ inicial, muestra que antes no era así. Y también invalida el axioma paleohispanista que consideraba la ausencia de /p/ un rasgo propio de las lenguas prerromanas de la Península.

La forma original que tomaron como préstamo el aquitano y el ibérico hubo de tener esa /p/ inicial. ¿Cómo lo sabemos? Porque el aquitano y el ibérico rechazaban la /p/ como inicial de palabra y, por lo tanto, no la mantenían en aquellas palabras que tomaban como préstamo. En cambio, si hubiera sido /b/, la habrían mantenido de algún modo. La forma ili que asimilaron el aquitano y el ibérico tuvo que sonar pilis en lusitano.

En baltoeslavo, que es una rama indoeuropea que tiene aproximadamente la misma edad que el lusitano, y presenta con éste llamativos paralelos, existe en efecto la forma pilis, con significado de “ciudad”, y preservada en lituano.

Eso no quiere decir que gente baltoeslava bajara hacia el suroeste europeo y contactara con aquitanos e íberos, sino más bien que el baltoeslavo y el lusitano proceden del mismo lugar eurasiático entre el mar Negro y el Caspio, y se desplazaron por la misma época en dirección al oeste europeo. A la altura aproximada de los Alpes, aquel movimiento masivo de hablantes indoeuropeos se separó en dos, unos fueron hacia el Báltico, y originaron la rama baltoeslava, y otros se encaminaron hacia el suroeste, para establecerse en toda la región comprendida entre los Alpes y el golfo de Cádiz, o sea, la Galia Narbonense, Aquitania, y las penínsulas ibérica e italiana. La lengua de estos últimos hablantes indoeuropeos era la que llamamos lusitano. Como vivió unos mil años, hay que dar por hecho que en ese tiempo el lusitano cambió y se derramó en dialectos.

Con la aparición del testimonio lusitano, la ecuación aquitano = ibérico, también acogida y mantenida con cariño hasta hoy por los más modernos vascoiberistas, se revela como de nula consistencia. En ibérico aparecen las variantes il(t)ir, il(d)ur, il(t)u, il(d)u… donde la /t/ y la /d/ eran mudas para el oído latino, que transcribía ili-, ilu-… pero sin duda no lo eran para el ibérico, donde tenían un valor que se nos escapa. Sólo en la adaptación de un préstamo tan simple como “pilis”, el aquitano y el ibérico demuestran haber sido lenguas muy diferentes entre sí.

El significado original de polis, pilis, pyrgos, púr, brig, burg y el resto de formas indoeuropeas emparentadas no es ciudad, ni comunidad política, sino elevación fortificada.

La fecha en que este préstamo entró en el aquitano representa, al mismo tiempo, un terminus post quem para la formación de la lengua vasca.  Es decir, el vasco aún no existía cuando el aquitano contactó con el lusitano. Mientras en la lengua aquitana, que despareció en el siglo I d. C., se mantuvo ili, en la vasca, que procede de aquélla, se registran las formas iri, uri, uli y otras, que se han formado en época histórica. 

La segunda ecuación más frecuentada por el vascoiberismo es la correspondencia entre el ibérico beles, -bels y el aquitano belex, -bels, que está apoyada por el vasco beltz , que significa “negro”. 

En el radical indoeuropeo bel- que significa “fuerte, pavoroso” está el evidente origen del término que ha engendrado los superlativos balista y beltistos, en sánscrito y griego —que significan “el más fuerte” y también “el más temido”—, el término latino belua, que quiere decir “cosa monstruosa”, y el frigio beleya, epíteto de la diosa madre. Un grupo muy importante de los celtíberos se llamaban los Beli y también Belici “los fuertes”, y son muy significativos los dioses celtas Belistos y Belisama.

En vasco, beltz significa en efecto “negro”, pero también es muy patente su significado acromático de terrible o desmesurado. Itsaso beltza quiere decir “mar arbolada”, y se llama horma beltza a la helada fuerte que se prolonga bajo cielo nublado. También es notable la afición al uso de ese radical para la formación de nombres propios en vasco, con inveterada intención jactanciosa e intimidatoria. Baste como ejemplo el término beldur “miedo”, procedente de la misma raíz.

No hay, hasta ahora, medio de saber qué significaban beles y -bels en ibérico, pero no cabe duda que el préstamo procedió del lusitano.

Hay otros vestigios lusitanos en las lenguas prerromanas de la península ibérica. Por ejemplo, Perkunetae, que figura en la primera línea del primer bronce de Botorrita, escrito en celtibérico, y que es uno de los textos más largos e importantes conservados en esa lengua. La palabra deriva de un dios Perkuno (cfr. en lituano el dios Perkunas o las antiguas Nymphae Percernae en la Galia Narbonense), es decir, “de las encinas”, cuyo santuario estaba en un trescantos o trifinium, o sea, un lugar que marcaba la frontera entre tres territorios, ya desde la edad de Bronce. Como testimonios inconfundibles perduran los nombres del Val de Percuñal y la localidad de Percuñar, en la margen derecha del Ebro, a la altura de Caspe, en la provincia de Zaragoza.

Con el mismo origen lusitano figura en vasco la palabra ezkur, que significa “árbol” en general y también “bellota”, y es matriz de numerosos topónimos como Ezkurdi, Erkuden o Eskurtsa.

También el radical narb-, que significa “terreno pantanoso” y es visible en Narbarte o Narbona, pertenece al estrato indoeuropeo más antiguo registrado en el extremo suroccidental de la familia lingüística.

Así como la raíz ken-, con el significado de “vacío”, que aparece en  el armenio sin “vacío”, el griego kenoo “vaciar”, y el vasco ken “quitar”, “sustraer”.

Los vestigios lusitanos en las lenguas hispánicas prerromanas, y también en las posteriores, han de ser numerosos y no cabe duda que estudios sistemáticos revelarán otros muchos paralelos con el indoeuropeo precéltico, más antiguo y oriental.

[Publicado el 06/1/2011 a las 08:15]

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Cuando no existían los vascos (I): El mito del vascoiberismo

 

El desconocimiento sobre el origen y datación de la lengua vasca ha sido tradicionalmente compensado por la emisión de gargarismos delirantes sobre su antigüedad y pureza. Ese particular juego floral no lo inventaron los vascos, sino que nació de la querella entre Antonio de Nebrija y Lucio Marineo Sículo. El primero publicó en 1481 Introductiones Latinae, una gramática latina que fue un gran éxito de crítica y público, que al segundo le pareció muy mal, porque utilizaba el español para explicar el latín.

Marineo era un humanista siciliano que llegó a España en 1484 con el séquito de Ana Cabrera, la esposa de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, y fue graciosamente dotado con las cátedras de Poesía y Oratoria, en virtud de su prestigio y el de sus protectores, de modo que ingresó en el claustro salmantino en el curso 1485-6. Para entonces, Nebrija había agravado la ofensa a Marineo con la edición de otra versión de Introductiones Latinae que traía, entre otros muchos cambios, un empleo todavía mayor del español para explicar el latín. A lo largo del primer curso que Marineo pasó en Salamanca, la gramatica latina de Nebrija se reimprimió tres veces. En 1488, el escarnio llegó al colmo: Nebrija publicó Introducciones latinas, donde contraponía el  español al latín. Ese mismo año, se produjo el enfrentamiento personal entre Nebrija y Marineo, y desde esa discusión quedaron como enemigos declarados, porque además ambos pretendieron cargos similiares ante el rey. 

Otra divergencia entre Nebrija y Marineo fue la cuestión de los primeros hablantes hispanos de todos los tiempos. Un asunto que desbordaba la gramática y la historia, para adentrarse en la metafísica. Para Nebrija, el español procedía del latín corrompido y degenerado que los godos trajeron a España. Como lengua perfecta y modélica, el latín no degeneró en tanto tuvo maestros. Con la caída del imperio romano, la falta de maestros propició el deterioro de la lengua. Los godos como primeros traedores de la verdadera nobleza era un lugar común historiográfico desde tres siglos atrás. Nebrija se ajustaba así a la historia oficial y al testimonio de los textos latinos conocidos.

Marineo, en cambio, no sólo polemizaba con quienes se pretendían descendientes de los godos, que ya le tenían hasta el sobrepelliz, sino también con los historiadores de la antigüedad clásica que mencionaban a iberos y fenicios. Traducido del latín de su De rebus Hispaniae mirabilibus (III, f. 20 v) dice lo que sigue sobre la lengua de los antiguos hispanos:

“Hay quien afirma que la lengua de los primeros habitantes indígenas de toda Hispania hasta la llegada de cartagineses y romanos, que entonces  todos hablaban en latín, era la que ahora usan vascones y cántabros, los cuales, pese a las variaciones de los siglos y los tiempos, no han mudado de lengua, costumbre, ni cuidado corporal. Es de creer que aquella lengua hispana no vino  de los iberos, ni los sayos, ni los fenicios, los cuales, según alguien ha escrito, vinieron a Hispania en otro tiempo, sino de los primeros habitantes de Hispania a quienes la diversidad de lenguas obligó a exiliarse de su patria. Por lo tanto, quienquiera que fuera aquel primero que llegó al orbe hispano desde la torre babilónica, él mismo trajo consigo un idioma de los setenta y dos que, en la construcción de aquella nueva ciudad, Dios Óptimo Máximo repartió entre los que fabricaban la torre.”

Era una sensación. Por primera vez se identificaba una de las lenguas de la famosa torre de Babel. Hasta entonces sólo era sabido que ascendían a setenta y dos, porque era el número de los descendientes de Noé, según recuento verificado por Isidoro de Sevilla. 

Marineo incluía una lista con una cincuentena de palabras vascas que había obtenido de un vizcaíno auténtico. Pero deslizaba la confusa aclaración de que los hispanos sin mezcla extranjera era de cuatro clases: gallegos, cántabros, vascones y asturianos. Los extranjeros, a su vez, aparecían divididos en cuatro tipos: griegos, judíos, cartagineses y romanos.

Uno de los primeros lectores provechosos del descubrimiento fue Martín de Azpilcueta, llamado Doctor Navarrus (1492-1586). En su Relectio c. Novit (III, 167) sostiene: “Los navarros y cántabros, cuyo idioma (que ahora llaman vasconicum) es el más antiguo de toda Hispania y del cual se sirven hasta hoy, nunca admitieron a los romanos, mientras sí lo hacían en todo el resto de Hispania, así como en la Galia.” La pasmosa noticia de que cántabros y navarros usaban el mismo idioma de raigambre bíblica y babilónica en el siglo XVI no pasó desapercibida a los apologistas de la vasquidad primigenia. 

El pasaje de Azpilicueta también muestra que de vasconicum deriva el adverbio vasconice, del cual procede “vascuence”, que era un término inofensivo, hasta que el nacionalismo decretó su carácter despectivo e injurioso en el siglo XX. 

Mientras tanto, la teoría del vasco como lengua de linaje babélica ganaba adeptos en Europa. Paulus Merula, jurista alemán que tenía la cátedra de historia en Leyden a finales del siglo XVI, reprodujo la lista de palabras vascas y la opinión babilónica de Marineo en su Cosmographia. Y el cronista guipuzcoano Esteban Garibay (1533-1599) fue el primero en identificar a Tubal, el constructor de la torre de Babel que trajo consigo una de las setenta y dos lenguas a España, como el primer vasco de la historia.

La tesis de Garibay dio inicio a la feria de los apologistas de la vasquidad babélica, como Andrés de Poza y Baltasar Echave, que escribieron a finales del siglo XVI y principios del XVII sobre la antigüedad y nobleza de la primera lengua hispánica. 

Ya en el siglo XVII el vascoiberismo alcanzó impronta científica con el francés Arnaud d’Oihenart (1592-1667), abogado, historiador, poeta y recolector de proverbios. Como lírico, era admirador del Siglo de Oro español, sobre todo de Lope de Vega y Góngora, y destacó en la fábrica de alejandrinos escuadrados implacablemente a base de palabras inventadas y conjugaciones perfeccionadas. En su labor de recogedor de refranes, imitó al marques de Santillana, y publicó una recopilación de 706 proverbios vascos, muchos traducidos del español por él mismo. Inspirado en un texto de Estrabón, decretó la unidad lingüística primigenia de lusitanos, galaicos, astures, cántabros, várdulos y vascones, siendo el vasco el idioma original de todos ellos, y la lengua que engendró el español. El tenor de su investigación se refleja en su introducción a Proverbes et Poésies que se publicó en París en 1657: 

“La lengua vasca (que es la misma que la antigua española, como mostré en otra parte) tuvo sin duda sus letras y caracteres propios para escribir […] Pero como los romanos, tras haber quedado dueños de la mayor parte de España, se dedicaron a arruinar la lengua de ese país para implantar la suya, no tuvieron dificultad en introducir su modo de escribir.”

Seguidor de Oihenart fue el jesuita José de Moret (1615-1682) cronista oficial del reino de Navarra, muy influyente en autores e historiadores posteriores, como el también jesuita Manuel Larramendi (1690-1766), fabricante del Diccionario trilingüe del castellano, bascuence y latín, en cuya introducción proclama que la mayor parte del castellano y del latín procede del vasco. No todo el diccionario de Larramendi es falso, pero eso apenas mengua su alta calidad de disparatario.

Larramendi se revela también como el más notable precursor del racismo vasco en su Corografía ó descripción de la Muy Noble y Muy Leal Provincia de Guipúzcoa, y su frenesí vascocantabrista alcanza momentos delirantes en sus escritos  Sobre los Fueros de Guipúzcoa, redactados hacia 1756:

“La nacion bascongada, la primitiva pobladora de España y aun de vecindades […] Haremos una Republica toda de Bascongados y en su origen primitivos españoles […] De esta suerte, si elegiéramos rey, será y se llamará Rey de Cantabria, y se le dará el Reino […] Guerras tendremos que sustentar. Sea así. Pero serán guerras cantábricas, cuyo nombre debe infundirnos aliento. Somos descendientes de aquellos valientes cántabros y aún late su sangre y valor en nuestras venas.”

Con esos mimbres guerreros trabajó el historiador Ignacio Iztueta (1767-1845), quien compuso una historia de Guipúzcoa donde eran vascos puros Jafet, su padre Noé, y todos los anteriores personajes bíblicos hasta Adán y Eva. Y luego vino Pedro Astarloa (1752-1806), quien se aplicó a la apología de la lengua vasca, depósito insondable de perfecciones, y dotada de un alfabeto cuyas letras tienen significación natural. A partir del vasco, Astarloa definió la perfecta gramática razonada, notable antecedente de la generativa. Su obra alcanzó prestigio y nombradía internacionales, y sedujo a Humboldt, Sabino Arana, y Caro Baroja, entre otros especialistas.

La primera conclusión de la contemplaciones místicas de Astarloa fue la extraída por Juan Bautista Erro (1753-1854), autor de un Alfabeto de la lengua primitiva de España, publicado en 1806, donde demostraba que los alfabetos fenicio y griego proceden del vasco, venerable inventor de las primeras letras naturales. De repente, todo el ibérico se podía leer fácilmente mediante la lengua vasca. La obra causó sensación y se tradujo al francés, inglés y alemán.

Lorenzo Hervás (1735‐1809) introdujo una ilustrada apertura de miras  en la lingüística española. Estableció por primera vez en Europa el parentesco entre el griego y el sánscrito, y la del hebreo con otras lenguas semíticas. También fue el primero en ver que no sólo había que comparar las palabras, sino también “el artificio gramatical” de las diferentes lenguas. Pero no pudo sustraerse a la seducción vascoiberista y en su Catálogo de las lenguas, que se remonta a la torre de Babel y “al tiempo de la dispersión de las gentes”, presenta “pruebas prácticas” de que los iberos trajeron el vasco, directamente y sin escalas, desde la abandonada construcción babilónica, a España, Francia, Italia, e islas adyacentes, de modo que se habló universalmente vasco babélico en dicha parte del mundo, hasta que llegaron romanos, fenicios, celtas y otros extranjeros.

El romanticismo alemán también se rindió ante el portento. Wilhelm von Humboldt (1767-1835) tenía por verdad venerable todo lo dicho por Hervás y, sobre todo, lo contemplado por Astarloa en su misticismo gramatical. En su época de ministro del rey de Prusia, Humboldt mantuvo una celosa pugna literaria y política con Erro, ministro del pretendiente don Carlos y descubridor de las letras naturales, sobre el legado literario de Astarloa. 

Entre 1801 y 1821. Humboldt publicó cuatro volúmenes sobre la lengua vasca, donde resumía los aspectos más destacados de la apología vascoiberista desde Larramendi a Hervás. Después de una primera estancia de dos días en Bayona y alrededores, en 1799-1800, Humboldt había concebido entusiasmado la posibilidad de conocer en Europa “una tribu pura y separada” que había salvado su lenguaje a lo largo de milenios. En su texto Ankündigung (1812) subraya que el vasco es un medio tan imprescindible para el estudio de las fuentes del español, que todo trabajo etimológico que se emprendiera sin su preciso conocimiento sería en última instancia imposible. 

El primer intento de lecturas epigráficas del ibérico fue obra de Emil Hübner (1834-1901). La compilación se publicó en Berlín bajo el título Monumenta Linguae Ibericae (1893). A partir de esas lecturas, Hugo Schuchardt (1842-1927) elaboró Die iberische Deklination. Fue un momento cumbre del vascoiberismo, ya desde 1877, Achille Luchaire, fundador de la filología gascona, venía proponiendo un parentesco estrecho entre el ibérico, el vasco y el aquitano. Como testigo del momentico ha quedado el monumento a los fueros de Pamplona, donde aparece un texto que se pretende vasco, y está escrito con un silabario ibérico erróneo copiado de un manual del principio del siglo XX.

[Publicado el 03/1/2011 a las 08:15]

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Una de Heine

 

 

En la primavera de 1843, el Zeitung für die elegante Welt, periódico dirigido a un público adinerado y culto, publicó en exquisitas porciones Atta Troll de Heine. En la obra aparece un personaje llamado Bandidoski, que se hace escritor después de haber sido paladín del pretendiente don Carlos en la guerra de España. Y antes de que llegase la calor, cuando los trigos encañan y se pasa el arroz, el predicador Karl Marx, joven aspirante a todo, viajó a París, se presentó a Heine y, tras darle coba, le preguntó por la identidad de Bandidoski.

Heine le explicó que ése era el apodo que adjudicaba al príncipe Felix Lichnowsky, legitimista reaccionario que tenía el descaro inmenso de escribir artículos en francés y alemán, hazaña hasta entonces exclusiva del propio Heine, y, lo que era peor, los dos últimos años había publicado en Alemania dos libros de éxito, uno sobre sus andanzas en la Guerra Carlista y otro sobre su viaje a Portugal. 

Para más desdicha, la condesa Ida de Bocarmé, musa de Balzac, había traducido y preparado la edición francesa de los recuerdos españoles de Lichnowsky, dos tomos en octavo, con florones y letras de oro, que Heine no podía ver en las librerías de París sin la natural indignación poética.

Para amortiguar sus penas, el poeta solo disponía de una pensión gubernamental que le asignó François Guizot, ministro de todas las cosas y algunas más. Este Guizot fue un precursor de la política moderna. Si acaso,  desde la perspectiva de la moda actual, se le podría achacar el ser demasiado explícito. En una intervención ante la Cámara de Diputados, durante un debate sobre los fondos secretos, dijo: “Señores, no hay que ser anacrónico. Lo más peligroso en asuntos de gobierno es el anacronismo. La conquista de los derechos políticos y sociales fue un asunto de sus padres. Pasemos a otra cosa. A ustedes les toca usar esos derechos. ¡Enriquézcanse!”

En Francia regía el absolutismo atenuado por la oratoria. El censo electoral era un club de ricos y, como compensación, se habían democratizado la pobreza y la hambruna. Austria era feudal. Y Prusia estaba muy avanzada; ya se parecía asombrosamente a la de cien años después, con quema de libros y persecución de los judíos. 

Como huésped distinguido del régimen francés, Heine podía esperar, o hacer que esperaba, una revolución en Silesia o Berlín. Lo que no imaginaba es que una serie de mítines a favor de la ampliacion del censo electoral acabara por provocar algo gravísimo en Francia. No el cambio de régimen; porque todo aquello de Luis Felipe o Napoleón III, Monarquía, República o Imperio, digámoslo claro: ¿a quién le importaba? Lo verdaderamente terrible fue que, tras revolución de febrero de 1848, los republicanos fisgaron en los archivos del gobierno Guizot, y salió a relucir la pensión de Heine, pagada con los fondos secretos, que algunos malintencionados llaman “de reptiles”. ¡Se publicó en periódicos franceses y alemanes!

Un disgusto horroroso. Al tiempo que publicaba una réplica en el Ausburger Allgemeine Zeitung, Heine se desplomó en el museo del Louvre, ante la Venus de Milo: “Largo tiempo yací a sus pies y lloré tan amargamente que una piedra se hubiera apiadado. También la diosa me contemplaba desde lo alto, pero al mismo tiempo tan desconsolada como si quisiera decir: ¿no ves que no tengo brazos y no puedo ayudar?” 

La esclerosis múltiple, que en la terminología de la época se llamaba sífilis atrapada en la época de estudiante disoluto en Götingen, pasó a mayores. Y el atribulado pensionista se encamó para el resto de sus días. No escribió más de política. Estaba medio ciego; pero el mal sueño de la pensión puesta en la picota no se le iba de la vista. Se justificó en breve y en largo. Todavía en 1854, el penúltimo agosto de su vida, escribió una “Explicación retrospectiva” donde se quejaba de parecer rico y no ser creído cuando hablaba de su necesidad dineraria, porque los filisteos ignoraban al gran Cervantes, quien dijo que un poeta nunca miente en cosa de parné, que además no era mucho, sólo el trozo de pan de un poeta alemán comprometido con la revolución. Y, otra cosa, justo a su lado, en la lista de pensionistas secretos, salía Godoy, Príncipe de la Paz y enchufado de Fernando VII —a quien, por cierto, se la daba con su augusta señora, y eso no lo decía por nada en especial, sino por llevar siempre la verdad por delante—. Bien, ¿es que nadie lo había visto? ¿Por qué se metían con él y no con ese Godoy, que era un reaccionario? Él, que ya denunció antes que ninguno la corrupción de Guizot, había tenido que contener a Marx y los colegas del Neue Rheinische Zeitung, para que no replicaran fieramente, de tan indignados que estaban por la maldad que le hacían. Porque, sépase de una vez, la pensión del poeta era para sostener a los pobres camaradas del partido comunista.

 La gente ni se acordaba de aquella historieta de la pensión, ya más vieja que la peluca de Lafayette. Pero Heine no sólo insistía, sino que comprometía a Marx y al partido comunista como falsos testigos, con lo que se arriesgaba a quedar aún más en evidencia.  

La pensión de cuatro mil ochocientos francos –cuando una obrera ganaba veinte al mes y una familia proletaria de cuatro miembros gastaba cada día, sólo en pan, la mitad de sus ingresos– le suponía a Heine poco menos que el chocolate del loro. Pero estaba persuadido de que si todo el mundo, desde donde florece el limonero hasta donde se pasman los pajaricos, se creía que aquél era el único dinero del poeta, el otro, el montón principal, quedaría a salvo. No se lo quitaría nadie. Suyo para siempre. Y así fue. Pero no para siempre, sino hasta el 17 de febrero de 1856, día en que perdió su absoluta desconfianza en todo el mundo.

Esa desconfianza no le impidió escribir las más bellas canciones y poseer la mejor prosa de su siglo. ¿Impedir? Escribía así gracias a ella.

Aquel Bandidoski que creó para desquitarse de Lichnowsky tuvo su particular periplo poético, cinco años después de ser creado por Heine.

En mayo 1848, los predicadores Karl Marx, Friedrich Engels y Georg Weerth, que venían de actuar con gran éxito en Bruselas y Londres, se reunieron en Colonia, donde regía el Código de Napoleón y, en consecuencia, había libertad de prensa. Con tan fausto motivo, fundaron el Neue Rheinische Zeitung, periódico marxista auténtico. Weerth, que era poeta aunque fingía ser agente comercial, se hizo cargo de la sección de entretenimientos y comenzó la publicación de “Vida y hazañas del famoso caballero Bandidoski”. 

Bandidoski, soseras cara de corcho, aristócrata de entendederas gallináceas, viaja a España donde gobierna el rey don Paquo, empeña el reloj en Pampeluna y protagoniza otros melonadas igual de divertidas para nutrición intelectual del proletariado.

Todos los lectores sabían que Bandidoski era el príncipe Felix Lichnowsky, diputado  por el distrito de Ratibor en el parlamento de Frankfurt. El propio Weerth explicaba, en un episodio del folletín, que el apodo y el personaje salían en Atta Troll, la obra de Heine. 

El 18 de septiembre de 1848, el diputado Felix Lichnowsky y el general Hans Auerswald fueron cazados y asesinados en Frankfurt por los revolucionarios de las barricadas. El folletín con las sandeces de Bandidoski siguió publicándose en el Neue Rheinische Zeitung, hasta el año siguiente. En 1850, Weerth fue juzgado por difamación del asesinado Lichnowsky. En el juicio, el acusado sostuvo que era como si se procesara a Cervantes por difamar a don Quijote. Los jueces no fueron sensibles a la excelente comparación y lo condenaron a tres meses de cárcel. 

Desengañado de las ingratas labores poéticas y quijotescas, Weerth retomó su disfraz de comisionista y viajó a España, Portugal y Sudamérica; por fin, puso rumbo a América Central, a fin de ofrecer sus servicios a Faustino I, emperador de Haiti, totalmente negro y analfabeto, que demostraba ser tan capaz para gobernar mediante la corrupción y el terror, como si hubiera sido blanco y poeta de toda la vida. Los aduaneros haitianos no dejaron pasar a Weerth porque tenia mal color y, en efecto, poco después murió en La Habana de fiebre amarilla. 

Julius Campe, editor de Heine y Marx, publicó en 1849, en formato de libro, los episodios gaceteros de Bandidoski. En 1883, Engels seguía recomendando esa obra de Weerth, “primer y más importante poeta del proletariado alemán”. Y, pasada la Segunda Guerra Mundial, el libro se reeditó cinco veces en la Alemania comunista.

[Publicado el 29/12/2010 a las 08:00]

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El pensamiento letrinal

 

 

Dícese de aquel que recalca y redunda en la fantasía de que el ser humano se origina, madura, y permanece durante meses en una letrina, rodeado de sones, tafadas y estremecidos propios del sistema cloacal, afligente circunstancia que modela y condiciona su mollera e incluso su entendimiento, por no decir cosmovisión y gustos culinarios, musicales y  político-deportivos.

La idea es más vieja que la tos, y de recurrente frecuentación por gente muy afectada por el morbo religioso. Lo han redicho santos como Tertuliano y Agustín de Hipona, papas como Aeneas Silvio, escritores como Joubert, Cioran y Ceronetti, en fin, una toda una tropa de pensadores letrinales que han ensalzado al hombre como mono ínfimo que ha permanecido meses en una cloaca y, luego, olvidando sus orígenes indelebles, pretende escupir a las galaxias.

Se trata de una misoginia de sesgo cómico porque, a ver, ¿no es la próstata, ese noble órgano donde radica el alma racional de los hombres, el artefacto más abrazaletrinas de la creación?

“Vejiga, vieja enemiga”, lirificaba Unamuno, otro destacado pensador letrinal. Una vez estaba yo de excursión con Bello Portu por Hendaya, y fuimos a ver el hotel donde estuvo exiliado Unamuno. Hay una placa con poema en la entrada y Bello Portu, que fue promotor del monumento y se sabía de memoria todos los sonetos unamunianos, me recitó unos pocos, entre ellos, el “Dónde” famoso porque fue la respuesta de Unamuno a la petición de unos estudiantes franceses que querían traducir y publicar un soneto suyo. Con unamunesca contumacia les propuso ese que justamente, me explicaba Bello Portu, era imposible de sonetear en francés, idioma más bien pobretón que apenas dispone de un de silábica viudedad allá donde el español unamuniano redondeaba sus dóndes, de dóndes, y adóndes  relativos y absolutos para envidia y desesperación de la Sorbona. También me recitó con maestría el de la vejiga, vieja enemiga, y a mí me daba la risa. Bello Portu me miraba reprobador: ríase hombre, ya le vendrá el tío Paco con la rebaja. Y, en efecto, esta misma primavera estuve en un tris de palmarla de apendicitis perforada gangrenosa, una muerte letrinal, si bien se mira. De incontinencia letrinal murió La Boetie, y la vieja enemiga acabó con Montaigne, Voltaire y Fernando el Católico.

Entonces, ¿por qué ven obsesivamente la culpa letrinal en la mujer? Quizá sea envidia sempiterna, porque se trata de una misoginia crónica cultivada por fanáticos de podredumbre con un irrefrenable gusto por el horror pestilente, una insaciable aspiración por sentirse traedor de un cadáver, ser un refinado sumiller de la supuración, un hipocondríaco del miasma, voyeur de la tragedia excretal en un universo fétido. Y con todo se trata de misóginos que a ratos tienen mucha gracia en su misma exageración, ahí tenemos a Quevedo. El pensamiento letrinal bien podría ser tan antiguo como la poesía.

 

 


[Publicado el 28/12/2010 a las 08:00]

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Favores y flaquezas

 

“Nada más frágil que la memoria de los beneficios recibidos. Así que fiaos de los hombres que están en condición de no poder fallaros, más que de aquellos a quienes habéis hecho favores, porque a menudo ellos no se acuerdan, o suponen esos favores menos importantes de lo que son, o piensan que alguna necesidad os hizo actuar” lo dice Guicciardini en sus Ricordi (XXIV) y es una fina observación. Pero le falta algo: el otorgante de beneficios y favores sí que se acuerda. De modo que se podría añadir: tú no cuentes con ese al que favoreciste, pero cuenta que quien te favoreció sí cuenta contigo, y eso puede ser digno de cálculo por la facilidad con que se crea un enemigo a partir de un benefactor, casi tan fácil como se crea uno a partir de un beneficiado.

La economía del favor tiene sus peculiaridades. Un favor se empieza a pagar con el mismo hecho de pedirlo. Puede ser que su petición cueste tanto que esté condenada a no poder ser resarcida por la más pronta y atenta concesión. De modo que, haciéndose rogar, se puede llegar a contraer una deuda de muy difícil quita. 

Son cosas sabidas de muy antiguo. En las sociedades rurales, estaba detalladamente estipulado el compendio de obligaciones del vecino. Se trataba de evitar en lo posible el germen de discordia que hay en la petición de favores.

Y directamente liada con la susceptibilidad del favor está la intromisión del admirador, con el cual nunca se es lo bastante riguroso y desconfiado. Siempre pretende cobrar a la vista y exige el cumplido que le diga que lo ha hecho bien, que cuela. Exige para su vileza enana que el adulado se envilezca también otro tanto. Y lo chusco del caso es que negarse a dar ese estúpido paso de baile puede suponer una ofensa grave. Así se da en el brete de violentarse aceptando la intromisión, o violentarse rechazándola. Y, sobre todo, que el admirador se vengará sin falta: ya antes de empezar a venerar está tramando el desquite. 

Antes se empleaba un verbo gracioso y plástico “colinear”, o sea hacer como el perro. Y el que colinea a alguien no lo hace porque aprecie sus méritos, sino porque adquiere un salvoconducto de elevación a costa ajena. Es, por lo tanto, el mayor parásito. Por algo decía Nietzsche que hay más intromisión en la alabanza que en la censura. Es increíble el avance que tiene la adulación en todas las inteligencias por groseras o finas que sean. Por más vil o despreciable que nos parezca alguien, siempre estaremos dispuestos a dar crédito a los juicios favorables con que nos pueda colinear.

La adulación adormece a la víctima, anula su entendimiento, la corrompe y envilece. El admirador ya abusa cuando se permite decirnos qué piensa de nosotros y de lo que hacemos. No es un enemigo futuro, sino que está presente; dispone de una llave maestra y no sabemos cambiar la cerradura.

[Publicado el 27/12/2010 a las 08:03]

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Escritos que se lleva el aire

 

 

Las notas de sexto y reválida, la primera nómina envuelta en un  recorte de periódico que habla de la olimpiada de Munich, la cartilla militar que me define como reservista artillero que ha de presentarse en un cuartel de Logroño, el libro de familia, hay que ver cuántos textos abolidos y fuera de ordenación, textos periclitados que fueron importantes y codiciados hasta lo increíble, textos de lectura difunta y, con ellos, nosotros, que nos vamos pareciendo a papeles que se lleva el aire.

Los antiguos desconfiaban de la palabra para la transmisión de sus arcanos. Había cosas y seres cuyo nombre no debía ser pronunciado. Después, se pasó a desconfiar de la escritura: era algo demasiado claro y de inquietante permanencia. Platón escuchó en Egipto una leyenda que pronosticaba una época —la nuestra— en que los textos harían esclavos a los hombres. Yo escribo y tengo la impresión de que un escrito es una cosa secreta y efímera. Me parece grotesco Epicuro cuando se consuela con la eterna gloria que pronostica a sus textos, y entiendo a Sthendal cuando dice que le es muy penoso hablar de los suyos.

Pero es verdad que los escritos nos tienen encarcelados en una  interminable peninteciaría mucho más implacable que aquella amable cárcel de papel de La codorniz. Así manifiesta su omnipotencia esa fatalidad de la que oí hablar a Joaquín Sanmartín en su intervención sobre los sumerios para una exposición que Enki mediante se podrá ver de aquí a un par de años en Caixaforum. Observa Sanmartín que la existencia de todas esas lenguas incomprensibles que nos abordan —no sabemos leer el recibo de internet, ni el del seguro, ni la ley de fincas— es una fatalidad coetánea de la civilización, que es el lugar donde nos atropellan escritos que no sabemos leer.

 

[Publicado el 26/12/2010 a las 08:03]

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El bien de la especie

 

En la escritura Lineal B y en la cuneiforme, hay numerosos testimonios de que, en la guerra, los hombres de las ciudades vencidas se mataban, y las mujeres eran llevadas como esclavas. En las tabletas de Pilos y de Tebas se mencionan listas de mujeres traídas de las ciudades saqueadas, y en la Ilíada se narra que Aquiles saqueó Lesbos, mató a los hombres, y se llevó las mujeres al campamento griego. También en la conversación de despedida entre Héctor y Andrómaca se puede ver el destino establecido para el hombre y la mujer del bando derrotado: él morirá, ella será esclava de los vencedores. Hoy los antropólogos conjeturan que los neandertales “intercambiaban” hembras para evitar la endogamia. Parece una teoría muy comedida, porque hay mejores indicios de que era más prestigioso robar una mujer, y quizá también era mejor para la especie, ya que hablamos de ella. El viejísimo motivo del rapto no sólo aparece en la peripecia de Helena, sino que se representa todavía en ciertas bodas de rito antiguo. Y del inveterado uso de llevarse como esclavas a las mujeres del enemigo ha quedado la violación masiva como acción de guerra. Por ejemplo, cuando los rusos conquistaron Alemania al acabar la Segunda Guerra Mundial, violaron todas las mujeres que pudieron, porque el uso civilizado ya no permitía que volvieran a Rusia con un par de millones de esclavas. Las violaciones en el Congo son del mismo género atávico que, dicen los antropólogos, mira por la salud de la especie. Da no sé qué colgar esto el día de Navidad, pero ha surtido así.


[Publicado el 25/12/2010 a las 06:40]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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