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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 9 de agosto de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

El que da la cejadilla

 

En el oficio, dar la cejadilla es la ejecución mediante un disparo entre el globo ocular y el arco supraorbital con trayectoria ascendente que revienta la bóveda craneal de modo que el otro ojo, la frente del otro lado, y el resto del rostro quedan intactos y la identificación del ejecutado es indudable. A efectos de mayor precisión y comodidad se recomienda la inmovilización del portador del cráneo mediante un disparo en el corazón. Con miras al qué dirán y al convencimiento impresionante del espectador, la cejadilla es sin duda mejor que una cabeza cortada con los genitales en la boca, procedimiento laborioso que, al cabo, es una tontería.

Obama explicó que le dieron la cejadilla “en nombre de las víctimas”. Y también:  «No vamos a utilizar ese material [la foto] como un trofeo, no se trata de algo que haya que celebrar como si hubiéramos metido un gol; no somos así.» Habida cuenta de que, en la Biblia, la venganza pertenece a Dios y es su monopolio, el jefe del Estado moderno demuestra que el monopolio es suyo mediante esa compostura divina, sedicente serena y grave. No somos así, porque somos Dios y nos conducimos como Él en lo tocante a la venganza.

Una de las últimas ocasiones históricas en que una república europea llamó por su nombre a la venganza y debatió cómo llevarla a cabo, tuvo lugar en 1498. En el Consejo de los Pregati de Venecia, Antonio Grimani, que años después fue dogo, y Melchiorre Trevisano, provveditore del ejército de la república, pronunciaron sendos discursos, el primero a favor y el segundo en contra de una alianza con Luis XII, rey de Francia. 

Lo que importa es aquello en que ambos coincidían: se imponía vengarse de Ludovico Moro, duque de Milán, reo de gravísimas afrentas a los venecianos; la venganza es una acción vital para una república que se titula la más poderosa y gloriosa desde la romana; la venganza de una república es imprescindible, no por placer, sino por ejemplo y reputación; la venganza debe ser calculada de un modo noble, magnánimo y diverso al de las demás decisiones; una república a la altura de su reputación cifra en ese cálculo, que tiene índole financiera, su superioridad sobre el modo de vengarse tanto de los individuos como de las naciones bárbaras. 

Francesco Guicciardini, que recopiló los discursos citados (Storia d’Italia IV, VI), se manifiesta en repetidas ocasiones defensor de la virtud de la venganza. En sus Ricordi (LXXIV) advierte: “Vengarse no procede siempre del odio o de una naturaleza maligna, sino que suele ser necesario para que, mediante ese ejemplo, los otros aprendan a no atacarte. Es pues muy recomendable que un hombre se vengue y, no obstante, carezca de rencor en el corazón contra aquél de quien se venga”.

La doctrina estoica de no golpear al enemigo cuando se está cegado por la cólera, así como los eufemismos con que un mandatario de hoy en día explica a los súbditos televisivos cómo la nación ha tomado venganza, son modos de administrar la virtud que recomienda Guicciardini.

La sociedad se basa en la venganza. Dondequiera y siempre, naciones, pueblos, tribus, imperios, religiones, culturas o clases se definen por el establecimiento de un espacio-tiempo donde aquélla, la innombrable, se regula y garantiza. Cada ámbito comunitario facilita e impone a sus socios los plazos, tasaciones y eufemismos para la venganza. De ese modo, nacen, pululan y caducan las voces más famosas: justicia, derecho, castigo, paraíso, dios, transcendencia, revolución, fe, amor, arte, inmortalidad… Y todas significan lo mismo.

La más rancia y elemental normativa de pastoreo humano establece que, para la pervivencia de la grey como tal, importa vedar la ejecución individual y secreta de la venganza. Ésta debe ser competencia de la comunidad, para que haya comunidad. 

Por lo demás, a la hora de encarar la entrañable necesidad, la diferencia entre tinglados sociales a lo largo del tiempo histórico, el llamado progreso moral, radica en el ceremonial y la promoción de vocablos más “elevados” para el desquite.

En la antigua sociedad nómada hebrea, cada clan tenía su go’el, que aseguraba la cohesión del grupo encargándose de matar al homicida de cualquiera de sus miembros. Ese vengador delegado es el primer puntal de la civilización, el precursor de la cantidad ingente de carteras ministeriales, patronazgos, ritos sociales, psicoterapéuticos, bélicos y éticos que existieron luego, cuando las comunidades se hicieron desmesuradas, con tensiones y líneas de resarcimiento más complejas. En la Biblia se ve cómo el vengador pasa de ser una persona concreta, a mencionarse como uno de los atributos de Yahweh, el go’el de Israel. 

El principio de autoridad no consiste, contra la común apariencia, en la posesión de la fuerza, sino en la determinación del resarcimiento, la función de proclamar de dónde viene el mal y qué hacer para el desquite. 

El estadista que hace un llamamiento a la ciudadanía televidente, el filósofo que predica sobre la globalización y el brujo que diagnostica un hechizo ofertan líneas causales con sus correspondientes remedios para las desazones de su público. Los respectivos creyentes se sienten vinculados a una colectividad y esa convicción anestésica la suministra la autoridad encarnada por el sanador que establece el mal, su causalidad y correspondiente ritual de resarcimiento curativo. 

La coreografía y los eufemismos son aquí lo más importante. Cuando se trata de la venganza, se halla uno en el mismo centro capitalino del país de la corrección, es decir, del malestar soterrado. Se hace patente, en suma, un axioma básico: la justicia es el qué dirán. Es el principio más ancestral y arraigado de cuantos hay en las entendederas sometidas a la humana condición. Ésta es definible como la condena a cadena perpetua y trabajos forzados en el penal de “los demás”. A la justicia como el qué dirán se refiere así Hesíodo en Los trabajos y los días (220-260): “Cuando Diké (diosa de la justicia) es trabada, se siente un murmullo y ella va quejándose… Diké, en cuanto alguien la ultraja, proclama a voces…” 

Aunque la primera y principal prestación de una religión consiste en las instrucciones sobre qué hacer consigo —posturas, atuendo, dietas… si al hombre se le solventan esos problemas con órdenes precisas y entretenidas, es posible obtener de él cualquier cosa, incluso una buena persona—, también es cierto que una teoría de la remuneración ayuda mucho. Para eso es preciso saber que la mínima común esperanza depositada en cualquier explicación totalitaria, que prometa salud y arreglo para todos, es que nadie quede impune.

Cuando la cancillera Merkel dijo que se alegraba por la muerte de Bin Laden, no tardó nada en aparecer un cura afeándole la alegría. Esa réplica curil, que se ha repetido por aquí y por allá, no es más que una vindicación del monopolio divino de la venganza. Y, en efecto, al poco rato de programación, la cancillera rectificaba explicando que lo suyo no era alegría, sino alivio. La diferencia entre quien dice le dimos la cejadilla en nombre de las víctimas y ahora nos conducimos con gravedad divina, y quien se enreda en matizaciones curiles es de índole bíblica: la cancillera es más temerosa de Dios, sin duda se acuerda de su padre.

 

[Publicado el 08/5/2011 a las 06:56]

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Esto es un Bosco

imagen descriptiva

Aunque lo había contemplado bastantes veces, el otro día pude hacerlo a gusto, porque llevé una lupa, y quedé maravillado. Como fui al museo para grabar un documental sobre un asunto que ahora no hace al caso, disponíamos de ese artefacto maravilloso que puede ser una cámara de televisión manejada por un profesional, que hizo un rastreo narrativo del cuadro, y ahora tengo gran curiosidad por ver el resultado.

De momento, solo dispongo de esta foto oficial, ciertamente bastante turbia, pero que sirve para hacerse una idea aproximada. Este cuadro del Bosco, que se encuentra en el Museo de Tudela, no es conocido por los aficionados, y tampoco aparece en los estudios y repertorios esenciales de especialistas como Cinotti, Delevoy o Tolnay.

Desde el punto de vista pictórico, este óleo sobre tabla ofrece pocas dudas, y presenta una pureza y sobriedad auténticamente bosquianas en contraste con la sobreactuación de los productos de imitadores. El tema del Juicio final visible en el círculo superior derecho de la Mesa de los pecados capitales, y el del infierno representado en los trípticos del Juicio final de Viena, del Jardín de las delicias  y del Carro de heno, se muestran resumidos en su atmósfera inconfundible. También se aprecia la particular simbología bosquiana: el embudo, que representa el sexo masculino; la escala, que es el acto sexual; el pavo, la vanidad; la mariposa, la inconstancia; la cornamusa, el pecado contra natura; el pie cortado, la fijación del mercurio; la ciudad en llamas, el apocalipsis…

Hasta el tamaño del cuadro testifica a favor de la autoría bosquiana. Entre los óleos sobre tabla del Bosco comprados por Felipe II en la subasta de los bienes de don Fernando, el hijo natural del duque de Alba, figura en los inventarios un Juicio Final que medía poco más de una vara en cuadro. Ese cuadro se envió al Escorial en 1593, y es uno de los perdidos, robados o destruídos en los diversos incendios ocurridos entre 1608 y 1734, o durante la ocupación francesa en 1809-10. Hay también un Juicio Final, procedente de la colección Pacully, y atribuido al Bosco —pero en realidad basado en un  grabado de Allaert de Hamael hecho a partir de un dibujo del Bosco—, que hoy se encuentra en una colección privada americana, y tiene unas medidas de 83,5 x 93,5 cm. Es preciso recordar que el Bosco regentaba un taller, trabajaba por encargo, y el tema del Juicio Final era un producto estrella de la casa, como se comprueba en el recibo del anticipo de treinta y ocho libras pagadas por Felipe el Hermoso para la ejecución de un gran cuadro de nueve pies de alto por once de ancho “où doit estre le Jugement de Dieu, assavoir paradis et enfer, que Monseigneur lui avair ordonné fair pour son très-noble plaisir”. Este último cuadro no se ha podido identificar pese a las numerosas tentativas, y hasta cabe la posibilidad de que fuera un cartón para hacer un tapiz. En todo caso, la semejanza de las medidas del pequeño Juicio Final que se perdió en el Escorial, las del americano, y las del custodiado en el Museo de Tudela dan fe de la existencia de un formato bosquiano de esas características, es decir, un cuadro pequeño para la cámara privada de un gran señor.

Con todo, la argumentación incontestable para establecer la autoría del Bosco en el caso de este cuadro no puede ser solo de índole pictórica, porque sería interminable y siempre nos conduciría a la conclusión de que se trata de un cuadro bosquiano a más no poder, pero sin pasar de ahí. Sería precisa una argumentación histórica, que determinase quién pudo adquirir este cuadro y cómo es que se encuentra en Tudela. El perfil de adquirente o poseedor de un Bosco al principio del siglo XVI lo dan muy pocos personajes.

La invención del personaje del Bosco, como autor de peculiaridad absoluta y de quien era el colmo de la distinción poseer un cuadro, se debe en gran medida a Diego de Guevara, comprador de cuadros del genio de Brabante entre 1504 y 1515, y confidente y asesor del rey Felipe el Hermoso. El hijo de Diego, Felipe de Guevara, escribió el primer tratado conocido sobre la pintura del Bosco, y la mayor parte de los cuadros que heredó de su padre pasaron luego a ser posesión de Felipe II.

Pedro Villalón, por su parte, fue confidente, asesor y protonotario del papa Julio II de 1503 a 1513. Entre las prebendas y cargos que recibió del pontífice romano, estaba el deanato de la catedral de Tudela, del que tomó posesión por poderes en 1508. Tras la muerte de Julio II en 1513, Villalón dejó Roma y se estableció en Tudela, en un palacio anexo a la Seo y comunicado con el claustro catedralicio. Villalón hizo remodelar el palacio, renovó su distribución y ajuar, y vivió en él hasta 1533. El cuadro del Bosco estuvo siempre en las habitaciones privadas del palacio que hoy es sede del Museo de Tudela.

El mismo Villalón fue mecenas de la Colegiata de Nuestra Señora de los Reyes en Calcena, provincia de Zaragoza, donde nació hacia 1473 y poseía mansión palaciega. En la iglesia de Calcena hay un vistoso cáliz gótico que el papa Julio II regaló a Villalón y este, a su vez, donó a la parroquia de su pueblo. También donó Villalón un valiosísimo cuadro italiano, una madonna de Rafael de la que solo quedan descripciones imprecisas, que estuvo en la iglesia de Calcena hasta que la robaron en la década de 1930, en circunstancias nunca esclarecidas. También ese cuadro rafaeliano fue un regalo a Villalón del papa Julio II —aquí conviene recordar a los despistados que se trata del papa que se hizo retratar en numerosas ocasiones por Rafael, y encargó a Miguel Ángel la decoración de su sepulcro y la pintura del Juicio Final en la bóveda de la Capilla Sixtina.

En Tudela existía la leyenda de que los herederos del marqués de San Adrián poseían un cuadro de Tiziano con el retrato del deán Villalón. El cuadro se llevó a Madrid en el siglo XIX donde los expertos ratificaron la creencia sin ninguna base documental ni estilística. Hoy se sabe que es una obra del flamenco Rolan Moys y que el personaje retratado a medio cuerpo es Pedro Magallón, ancestro del marqués de San Adrián, retratado a su vez por Goya en un cuadro que está en el Museo de Navarra. 

Entre las obras ejecutadas en Tudela bajo el mandato del deán Villalón, está la sillería del coro de la catedral, obra monumental dirigida por Esteban de Obray entre 1517 y 1520. El estilo es gótico flamígero, pero hay notables detalles renacentistas que sin duda hizo introducir el propio Villalón. En los brazales de la silla hay sendos medallones con los retratos del propio Villalón y de Julio II, el pontífice al que debía todo:

Julio II en el brazal de la silla de Villalón 

Esos brazales están rematados con un centauro y una sirena, símbolo de la elocuencia. Abajo, en la llamada misericordia de la silla, que es una pieza a modo de ménsula bajo el asiento abatible que permitía al usuario apoyarse disimuladamente en aquellas partes de los oficios en que debía estar de pie, resalta un mascarón con dos cuervos que le sacan los ojos, y alude al célebre refrán de la ingratitud. Villalón, que se sabía deudor del papa Julio II, se aleccionaba a sí mismo. 

 grillo

Y hay un detalle personal y absolutamente bosquiano en la tracería de la silla decanal. Se trata de un “grillo”. Así se llama, desde que Felipe de Guevara rescató en su tratado pictórico la denominación empleada por Plinio (35, 114),  a los pequeños monstruos en forma de hombre-pájaro, hombre-insecto, con varios rostros, patas salientes del cuello, narices en la espalda, y otras incontables variantes que aparecen en los cuadros del Bosco. En este caso, es una liebre —otro símbolo bosquiano que significa el temor a la muerte— que se transforma en caracol —símbolo de la resurrección— y tiene un rostro humano en cuya frente apuntan orejas leporinas. No se podría asegurar si el hombre viene de ser caracol y se está transformando en liebre, o bien está pasando de liebre a hombre que se convierte en caracol. La interpretación de este grillo es la famosa divisa Festina lente (apresúrate despacio) que Villalón debía tener como propia y quiso representar en su silla.

Se puede dar como establecido que este Juicio final del Bosco, regalo del papa Julio II a Villalón, tiene el año 1513 como terminus ante quem, y 1503, inicio del pontificado de Giuliano della Rovere, como terminus post quem.

Si se compara este Juicio final con cualquier otro del Bosco, hay una notable diferencia en la composición: una diferencia que se podría resumir en el término contención. Se percibe un gran comedimiento y mesura en la distribución y ejecución de los motivos infernales, un decoro que se meditó especialmente para este cuadro y que incluye la humilde ausencia de la firma del autor, pintor insigne y miembro devoto de la cofradía de la Virgen  de la catedral de Bois-leDuc. Y, para eso, se impone una explicación evidente: el Bosco lo pintó para la cámara privada del papa Julio II.

La prueba está en la espada, arriba, junto al Cristo. Es la única vez que el Bosco la pone ahí en un cuadro. Los Cristos jueces del Bosco suelen tener al lado un ramillete de nardos, pero este tiene además la espada en alto. Y justo la espada era archiconocida como el motivo preferido de Julio II. Su santidad solía argumentar que Cristo le dijo a Pedro que guardase la espada, luego de cortar la oreja a uno, de modo que él, como papa y heredero de Pedro en la tierra, estaba legitimado para hacer pontifical uso de la guerra y la violencia. Recuérdese su recomendación a Miguel Ángel cuando este lo retrataba con un libro en las manos: Mettevi una spada, che io non so lettere.

De modo que hay que leer esa espada en lo alto como una dedicatoria y un halago del Bosco a Julio II, el cual, representado en ese símbolo, preside el cuadro. Y nótese que la espada está incluso por encima del Cristo. 

 

 

 

 

 

[Publicado el 02/5/2011 a las 11:11]

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In qua nocte tradebatur… el inicio del drama visigótico

 

Antes que los aclamados bibelots de Florencia, como el Cupulone, el David, o el Ponte Vecchio, quise ver la librería Chiari, en el Borgo Allegri, al lado de la casa Buanorroti. Hace unos años, compré un libro muy valioso en esta librería y, como se cruzaron ferragosto y otras circunstancias, tardó muchísimo en llegar, y yo tenía frita a la librera con mensajes conminatorios. El antro está en una calleja que es clavada a donde vivía mi abuela, y la librería se hunde en lo que era la cuadra donde mi abuelo metía el caballo. Detrás del pilar donde colgaba el baste, tal y como imaginé, di de manos con un Liber Ordinum, olvidado allá desde 1904, con su precio delirante. La librera no me guardaba rencor, y tradujo las liras a unos pocos euros, tan pocos, que le di un billete de cinco y le dije “in pace”. Contestó “grazie”, y me vi aliviado, porque pensaba que no había entendido bien el precio. A este Liber Ordinum le falta la portadilla y por eso no vale nada para los bibliófilos. Por fin te tengo, artefacto visigótico, tanto como he oído hablar de ti. Este volumen recoge las fórmulas del rito visogótico de la misa, o sea, el libreto de la pieza dramática más representada de todos los tiempos, tal y como se ponía en escena hace mil quinientos años. El texto y la coreografía de la misa, pese a su aspecto petrificado,  se ha ido transformando por la influencia de dramaturgos distanciados por muchos siglos, que hablaban diversos idiomas y combinaban símbolos obedientes a distintas modas.

El inicio no puede ser más literario, teatral y cumplidor del precepto horaciano de empezar in medias res. En origen, el ritual de la misa tenía como objeto memorar lo acontecido en el preámbulo de una traición: In qua nocte tradebatur… “La noche en que lo traicionaron…” Esa primera frase tan importante en toda obra literaria de ambición, y que en la narrativa aspira a un valor simultáneo de obertura, sinopsis e inflexión desde la nada al deseo, no está aquí menos lograda que en la Ilíada o Cien años de soledad.

El carácter de drama coral se ve en detalles como cuando el diácono avisa Silentium facite (“haced silencio”) después del canto Psallendo. Se deduce que los asistentes, que son el público y hacen de público, debían representar estar distraídos y dicharacheros durante el instante previo. Las invocaciones del celebrante, que hace de traicionado, a los reunidos, que hacen de traidores, tiene momentos de estudiado efectismo, como cuando después de hacer una señal al coro ut sileant (“para que callen”) entona adiuvate me fratres (“ayudadme, hermanos”) que recalca su dramática soledad.

Los difuntos tienen la significativa denominación de pausantes. Y se les suponía merodeadores del lugar, como Elpenor en la Odisea. Toda esta liturgia dramática se suprimió en el siglo XI, aunque se conservó y se siguió representando, por raro privilegio, en una capilla de la catedral de Toledo.

Después de considerar la misa con toda atención, el dramaturgo Hugo Ball dictaminó con germánico fervor: “En verdad, para el católico no debiera existir el teatro. El espectáculo de su vida que todas las mañanas le ha de cautivar es la santa misa”. Paul Claudel, después de su infatuada conversión, se sentía arrebatado por la grandeza del drama sagrado de la liturgia en sus primeras visitas a Notre-Dame: “Era la más profunda y gloriosa poesía, eran las actitudes más sublimes que jamás se habían concedido a seres humanos. Nunca podía saciarme del espectáculo de la santa misa”. Radecky no era más comedido: “La misa no es arte, sino el origen y prototipo al que tiende todo arte”.

También Calderón reparó en el potencial dramático de la misteriosa representación y en Los misterios de la misa resumió la copiosa herencia de las explicaciones alegóricas medievales, haciendo una gran misa de misas, en la que hace reflejarse todo el teatral discurrir de la historia de la humanidad, desde la caída de Adán hasta el fin del mundo.

Al principio, parece que los romanos veían la celebración cristiana como una especie de contubernio perturbador. Siendo Plinio el Joven gobernador de Bitinia, detuvo e interrogó a algunos cristianos. Informó de lo que pudo averiguar a Trajano y éste ordenó castigarlos. Parece que aquellos cristianos ofrecían una traza bastante inquietante. Dice Plinio que aquellas primeras misas consistían en una reunión, antes de rayar el alba, en la que cantaban un himno alternado en honor de Cristo, su dios. Allí se comprometían a no cometer ningún crimen, separándose luego. 

La palabra missa, que indicaba la despedida al final de la reunión de conjurados, no prevaleció hasta el siglo IV. Tal vez tenga que ver con mittere, término sacrificial del culto romano de los difuntos con el significado original de enviar para los difuntos un don a su sepulcro, en ese sentido, el plato de las ofrendas se llamaba missa patella. Y ya hemos visto que en el texto antiguo del drama los difuntos eran pausantes.

En cualquier caso, no es extraño que gente que ha de reunirse antes del alba para comprometerse a no hacer ningún crimen intranquilizase a los romanos.

 

 

[Publicado el 28/4/2011 a las 06:01]

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Las novelas y sus víctimas

 

Uno de los misterios que gravita sobre la ciencia literaria del momento es por qué los reseñadores de novelas son incapaces contar el argumento de la obra que nos presentan. Informan que se trata de “Martínez en estado puro” y, aunque nos alivia saber que no está contaminado por Sánchez,  ni se han detectado partículas de Pérez, nos quedamos sin saber de qué va el fenómeno. Algún distraído dirá que no es tan fácil resumir un argumento. Puede ser, pero basta mirar la programación de la tele para ver dos docenas de ellos resumidos a satisfacción. Más bien da la impresión de que los reseñadores no tienen en realidad interés por lo que cuenta el anotador de chucherías aportadas al conocimiento de quienes fingen creerle. 

¿Por qué la reseña de una novela se parece tan poco a la de un trabajo científico? Recomiendo a los aficionados el blog de Bryn Mawr Classical Review dedicado a reseñas de publicaciones de estudios clásicos y arqueológicos, de paso pueden comparar con las dedicadas a la narrativa en cualquier publicación periódica y hacerse una idea de la diferencia. Es preciso descartar de antemano las respuestas fáciles que denigren al reseñador, o sea, que no sabe leer, está mal pagado, o es un envidioso. Mi parecer es que en el reseñador, que a su vez suele manufacturar novelas, hay un descreimiento previo que afecta al género en bloque. Todos parecen estar a punto de escribir: “contaré rápidamente el argumento, si mis nervios lo permiten, trata de uno que a punto fijo no sé si se llama don Prudencio o don Obdulio, y en realidad que más da, lo cierto es que no sé por qué se titula Amor en Florencia, mejor podría llamarse Fatalidad y Tontería o algo por el estilo, en fin, contaría el argumento de esta excelente novela, pero el argumento es lo de menos, a cualquier cosa le dicen novela.” Al cabo, se trasluce que el complejo del novelista persuadido de la inconsistencia del género y de su propia delicuescencia que pretende demostrar que cualquier cosa merece la pena de ser relatada, es compartido por el reseñador obligado a despachar unas líneas sobre el producto excepcional.

En realidad, amable lector, yo no tenía ni asomo de velación de escribir sobre las novelas y los reseñadores que se escaquean, pero hete ahí que paseando ayer por Pompeya la vulcanizada y leyendo sus inscripciones paretarias, he topado con este grafiti irónico, paradójico y antológico, en las catacumbas del anfiteatro:

ADMIROR TE PARIES NON CECIDISSE - QVI TOT SCRIPTORVM TAEDIA SVSTINEAS 

“Te admiro, pared, porque no te vienes abajo, con tantas tediosidades de escritores como aguantas.”

Y, por algún conducto insondable, he ido a parar a las novelas y sus víctimas.


[Publicado el 23/4/2011 a las 06:30]

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De Consolatione

 

El monumento funerario fue la primera escritura, el primer artefacto donde resplandeció la virtualidad del signo. Dado que solo tenemos elección entre verdades irrespirables y mentiras saludables, con la primera piedra hincada en memoria fúnebre se inauguró la invitación a la prolongación y la sugerencia, lo que llamamos consuelo. Un saussuriano diría que los dólmenes no son más que un ínfimo caso particular de la teoría de los signos. Además, un caso de los más simples, comparado con otros como la cifra o la escritura, y hasta de grotesca simplicidad comparado con la complejidad inconmensurable del lenguaje. Pero, en la carrera hacia el sistema más prolijo, el hombre ha ido reduciendo las prolongaciones y las ha agotado en las fórmulas. Ha ido encerrando trabajosamente su signo en la celda de la precisión. Mientras el sistema más simple es el que más prolongaciones y sugerencias preserva.

Un paseo por un cementerio tiene un particular efecto consolador: también ellos acariciaron proyectos. Cicerón, retirado al campo, tras la muerte de su hija Tulia, se dirigía a sí mismo cartas de consuelo que, después de todo, constituyen el primer género literario, porque es el más inmediato heredero de aquella primera piedra mortuoria que se clavó en un collado soleado y de hermosas vistas. 

Montaigne escribió una curiosa carta de consolación a su mujer cuando se les murió la primera hija. En 1570, vendió su cargo en el Parlamento de Burdeos, y se fue a París para publicar las poesías y traducciones de su difunto amigo La Boétie. En el pequeño volumen, cada opúsculo de La Boétie apareció precedido por una dedicatoria a un personaje importante. A la carta de consolación de Plutarco a su esposa, traducida por La Boétie, Montaigne le puso esta dedicatoria a su mujer:

Mujer mía, bien sabéis que a un hombre cabal conforme a las normas de hoy en día no le corresponde seguiros cortejando y lisonjeando. Porque dicen que un hombre hábil bien puede tomar mujer, pero desposarla es cosa de  tontos. Dejemos que digan […] Os acordaréis cómo el difunto señor de La Boétie, aquel querido hermano mío y compañero inviolable, me dio al morir sus papeles y libros, que luego han sido mi mueble favorito. No deseo  ruinmente aprovecharlos solo yo, ni ellos merecen servirme solo a mí, por eso me ha dado la velación de compartirlos con los amigos, y como creo no tener ninguno más privado que vos, os envío la carta consoladora de Plutarco a su mujer, que él tradujo al frances, bien afligido de que la fortuna os haya hecho el presente tan propio de que, no teniendo otro vástago que una hija largamente esperada al cabo de cuatro años de nuestro matrimonio, la habéis tenido que perder en el segundo año de su vida. Pero dejo a Plutarco la tarea de consolaros y advertiros de vuestro deber en ello, rogando que le creáis por amor a mí, porque os descubrirá mis intenciones, y lo que puede alegarse en esto, mucho mejor que yo mismo. Con lo que, mujer mía, me encomiendo a vuestra buena gracia y ruego a Dios que os tenga en su amparo.

 

Toinette, la primera hija de Montaigne, no murió al segundo año, sino al segundo mes de vida. Montaigne ni siquiera llegó a verla porque estaba en París. En el reciclado de la carta plutarquiana se patentiza la capacidad de un monumento funerario de prolongar indefinidamente su poder de consuelo y sugerencia. Y también el ansia petulante del escribidor que quiere ser memorado. ¿Habéis hablado de mí? es la pregunta preferida de un poeta; si pudiera, se la haría sin cesar a todo bicho viviente. 

Cicerón se sentía aquejado del mismo mal y se consolaba con la inmortalidad de la fama. En su discurso Pro Milone (XXXV, 97-99) pronosticó este instante:

La fama es lo único que compensa la brevedad de la vida con el recuerdo de la posteridad y hace que, ausentes, estemos presentes, y muertos ya, vivamos […] De mí siempre hablarán todos, no hay porvenir, por remoto que sea, que haya de pasar en silencio mi nombre […] No me inquieta saber dónde estará este cuerpo mío, puesto que en el universo entero ya vive y subsiste la fama de mi nombre.

Hace más de dos mil años que estaba profetizado esto que yo escribiría y tú leerías sobre su nombre.

[Publicado el 16/4/2011 a las 06:00]

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La voluntad

 

La hora meridiana en Madrid, toda luz y calor, es galvánica y fértil para el cerebro, ni las moscas pueden con ella y hasta el tráfico flaquea. Hay una  familia compuesta de chico, chica y perro, que se despioja al sol entre los cartones de su hogar. Creo que la librería los ha puesto de reclamo, porque no hay nada más tentador y voluptuoso que atravesar un salón de estar ajeno para entrar en un templo del saber. Los tres miembros de la unidad familiar y yo nos miramos como si fuéramos un enigma, me disculpo por el allanamiento.

Al salir, el perro me tiende la pata. No le quiero desairar, pero tampoco es cosa de explicarle que nunca estrecho patas desconocidas, ni aunque tengan sarna, así que le tiendo La voluntad de Azorín, edición de Castalia de 1968, que es mano de santo, porque en cuanto ve que se la doy, la voluntad, baja la pata y colinea más contento que si le echo un euro al platillo.

El centro del Conde-Duque, aquel protector de Velázquez y de Jacob Cansino, es un cuartelón ladrilludo, maravilloso para talego, locorio o casa de cultura. La vida no tiene fábula: es diversa multiforme, ondulante, contradictoria, todo menos simétrica, geométrica, rígida, como aparece en las novelas, dice Azorín en la suya, voy a poner el billete del metro para guardar el pasaje, porque jamás doblo una página ni escribo en un libro, pero se derraman unas páginas saltarinas que renuevan el escenario porque ya casi no hay literatura y el periodismo ha creado un tipo frívolamente enciclopédico, dentro de treinta años todos seremos periodistas, es decir, nadie sabrá nada de nada, nos limitaremos a sospechar las cosas. Esto también lo voy a señalar, necesito otro papel, o siquiera el boli. Sensación, llega un concejal, gran revuelo. Da la mano a un bedel, luego a otro, se van todos por una puerta. Y sale el inevitable viaje a Toledo, esta gente se tiraba todo el día yendo a Toledo, qué animación, solo les falta ir a la tumba de Larra. De golpe se queda vacío el patio y vienen desde el fondo dos figuras, un bedel con un carrito donde lleva un paquetillo con folios y va buscando las piedras grandes, porque se bota menos, así que marcha al bies, como el caballo del ajedrez, al lado un investigador que haciendo honor a su oficio va todo derecho, alcorzando por las piedras pequeñas, pero tiene que esperar al bedel con su carrito rebotón que le lleva la papela.

En la hemeroteca están los periódicos preparados con todo lo relacionado con la muerte de Manolete, fastuosa oportunidad de biografiar a Manolete, de pulsar aquel gran sentimiento córneo y entrañado. Azorín, en cambio, se desencanta, dice que lleva diez años en Madrid y las crónicas que le parecieron brillantes son frívolas y ampulosas, y encuentra cándidos los artículos que le parecieron demoledores, y se desanima ante el desfile tétrico de concejales que vivieron un minuto, de periodistas que tuvieron una semana de gloria.  Bueno, hombre, anímese, veo que los dos vamos a Ventas, tengo que hacer una visita.

Los féretros casi pasan rozando las mesas, mientras los organillos prosiguen incansables y Azorín avanza hasta una esquina donde borbolla el aceite en grandes sartenes y chirrían trozos de lomo y chicharrón que una mujer astrosa y lagrimeante revuelve con la espumadera, y al ras de los especímenes vacunos y cerdunos desollados que penden de garfios pasan los coches fúnebres, y un momento las manchas negras de las cajas destacan entre el humazo de las sartenes junto a las manchas sanguinolentas de las carnes. Y Azorín estremecido ve pasar un coche blanco, daliniano, con una caja blanca cubierta de flores y en torno al coche un círculo de niñas que lleva cada una su cinta y caminan fatigadas, silenciosas, desde la lejana ciudad al cementerio lejano. Al salir de la estación de Ventas, no reconozco el sitio, se remueve en espasmo postrero la turbamulta abigarrada de chulapos y fregonas y Azorín piensa que es una pesadilla de lujuria, dolor y muerte.

Encuentro la calle entre las zanjas abiertas. Un bello edificio en la Virgen de la Alegría con bicis, fregonas, tablas de planchar y bombonas de butano en los balcones. Resulta que se han caído a una zanja, los dos no, ella. Me lo dice un señor que se envanece de ser el más antiguo del bloque, cuarenta años lleva, los conoce, sí, son navarros, mayores, suelen pasear por ahí y ayer se cayó ella a una zanja y estarán en el hospital ¿no contestan al timbre? Las puertas blindadas son de hierro verde que te quiero verde. Por lo visto, Azorín leía teatro del siglo XVII a todo pasto, cosa que no puede quedar impune. Ahora dice que se van al cementerio de San Nicolás, donde estaban Larra, por un lado, y Espronceda, que dejó de ser poeta y romántico para ser diputado, un poco más allá. Azorín escribe un sermoncico fúnebre en el capítulo X. Los restos de Larra llegaron al cementerio de San Nicolás procedentes del de Fuencarral; estaban en una caja pequeña y el cráneo descalabrado aún se veía ceñido de laurel, uno de los románticos se llevó un parietal medio entero que valdría para cenicero y, con un botón de la levita, Azorín se hizo un relicario que luego le estuvo dando preocupación. Y aún volvió Azorín, el año siguiente, al traslado de Larra, Espronceda y Rosales a la Sacramental de San Justo. Todos gesticulan un momento ante la cámara, mueven los brazos, hacen visajes violentos y se esfuman. La vida se agita en las Ventas, naufraga en el Rastro y se archiva en la hemeroteca. Azorín se va de Madrid, dice que la suya es una generación sin voluntad.

 

 

 

[Publicado el 09/4/2011 a las 05:40]

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La escritura legible más antigua de Europa

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Este fragmento de una tableta de arcilla, que se descubrió el verano pasado en las excavaciones arqueológicas de Iklaina en  Grecia, es el más antiguo texto legible conocido en Europa. El lugar donde se ha desenterrado es un antiguo palacio micénico con muros ciclópeos, pinturas murales, terrazas y un avanzado sistema de drenaje. Es probable que se trate de Aipy, que se menciona en la Ilíada II, 592 (“la bien construída Aipy”), un centro palacial asimilado a Pilos, la capital del rey Néstor, personaje literario que también aparece en la Odisea. Hasta ahora muchos especialistas creían que Aipy no era un topónimo, sino un epíteto de Thryon, otra de las ciudades de Néstor.

El extraordinario descubrimiento cuestiona todo lo hasta ahora supuesto sobre la escritura Lineal B y su nacimiento, porque ha aparecido en un lugar donde no tendría que estar, según la preceptiva ahora abolida, y retrasa en más de un siglo y medio la fecha atribuida a la invención de esta escritura silábica, muy anterior al alfabeto, ya que el fragmento se ha datado entre 1450 y 1350 a. C.

El fragmento mide unos 2,5 x 4 cm., en el anverso presenta unas marcas escritas en Lineal B, mientras en el reverso hay nombres de personas y números. Esta tableta no estaba hecha para durar más de un año, porque no se horneaba, sino que se secaba al sol, pero este trozo se quemó accidentalmente con la basura, y el fuego lo endureció de manera que se ha conservado hasta hoy.

Michael Cosmopoulos, director de la excavación y profesor de la universidad de Missouri, ha presentado el fragmento a la prensa hace un par de días. Los arqueólogos no han hecho todavía una lectura del texto, aunque suponen que se trata de un verbo que describe algún tipo de manufactura.

Yo voy a aprovechar la oportunidad para anticiparme y descifrar el fragmento en exclusiva para los lectores de este blog. En todo caso y aunque me parece bastante claro, sujeto mi débil parecer al fallo de los especialistas.

El texto se lee “ko-wo-a” (griego micénico), palabra primitiva de la que deriva κουρά (griego clásico), que significa “esquileo”. Dado que por detrás presenta nombres y números, debe tratarse de un listado con el número de ovejas que había esquilado cada esquilador. Pero, claro, esta conjetura solo tiene color si el texto conservado es una palabra completa; si, en cambio, se trata del fragmento final de un verbo, habría que pensar en un participio, y los posibles significados se multiplicarían.

 

[Publicado el 03/4/2011 a las 05:22]

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El inspirador de Maquiavelo

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El otro día veíamos a un eurodiputado apalabrar la compraventa de su habilitación para legislar, y lo vimos porque el comprador resultó ser un lobby falso en misión educativa. De haber sido un lobby real, no nos habríamos enterado de cuánta docilidad y propósito de enmienda puede tener un hombre de partido, porque el eurodiputado Zalba consultó con la superioridad y, si legisló de encargo, fue con la venia y anuencia de su grupo. Así que todo usual y de oficio, con la única diferencia de que el manejo se expuso al público para su edificación. Los periodistas educativos que sedujeron al eurodiputado Zalba recuerdan que las manipulaciones legislativas y registrales necesitan cómplices partidarios. En esto no han cambiado las cosas desde Maquiavelo a esta parte.

Entre los papeles del viejo Meriotegui, del que te acordarás, he dado con uno que contiene un apaño a favor de un lobby que fue real hace cinco siglos. Es una copia simple del traslado fehaciente hecho por el notario Martín de Aguinaga, en Pamplona el 29 de octubre de 1514, del privilegio de gracia y merced dado por el rey Fernando el Católico, en Valladolid el 18 de agosto de 1514, donde confirma un anterior privilegio de hidalguía colectiva concedido por el rey Carlos III de Navarra, en Pamplona el 11 de junio de 1429, a los moradores del valle de Bértiz. 

A primera vista, un papelote viejo y anodino, apenas curioso para aficionados a martingalas heráldicas. Pero no deja de ser una singularidad con valor histórico, porque no se conocía la existencia de un privilegio de hidalguía colectiva en favor de los moradores del valle de Bértiz. Y, como el documento traslada el privilegio original otorgado por Carlos III, se lee la descripción del escudo de armas concedido a los nuevos hidalgos, consistente en tres fajas de bermellón y dos filas de a cuatro "lisonjas" (rombos) azules, entre faja y faja. Tampoco se tenía noticia de la existencia de un escudo de armas creado ad hoc y distinto del hoy usado en las fachadas, sellos y cuños del valle, que representa a una sirena saliendo del mar, con un espejo en la mano derecha y un  peine en la izquierda.

A mí, como aficionado a investigaciones poco prácticas, me llama la atención un detalle: la fecha de la concesión del privilegio por el rey Carlos III es el 11 de junio de 1429, cuando dicho rey falleció en Tafalla el 8 de septiembre de 1425. Se podría pensar en un error de copia del notario que hizo el traslado en 1514, pero la data aparece escrita repetidamente con total claridad tanto al margen como en el texto corrido, así como la firma “Charles Fox el Rey”. 

También el nunca visto escudo de los rombos suscita alguna perplejidad, aunque habría muchas explicaciones plausibles del motivo por el que, al cabo de los siglos, una colectividad usa el escudo que se concedió al señor del lugar (la sirena, aquí símbolo de la elocuencia, se concedió por el rey Carlos III al señor de Bértiz por sus buenos oficios como diplomático en 1421) y olvida el escudo que se creó para ella. La primera impresión es que el privilegio de hidalguía colectiva de Bértiz no debió de otorgarse en una fecha muy apartada de la concesión del símbolo de la sirena al señor del valle. Ambas distinciones deben datar de 1421-25, y fueron concedidas por Carlos III.

Leído el documento por el que el rey Fernando el Católico confirma el privilegio, se impone la certeza de que todo él obedece a la intención de dejar bien establecida una fecha: el 11 de junio de 1429. Lo que no se ve es por qué.

Martín de Aguinaga, notario público y jurado por autoridad real en todo el reino de Navarra, da fe del traslado —“conformación sacada del mesmo original bien y fielmente, de mont en mont, en fe y testimonio de verdad”— del privilegio pretendidamente concedido por Carlos III cuatro años después de muerto, y el canciller Vargas (el célebre del “¡averígüelo Vargas!”) también certifica y registra que la confirmación del rey Fernando el Católico contiene el privilegio original del rey Carlos III. La insistencia de los dos cómplices necesarios —para más indicio, el notario Aguinaga fue ennoblecido poco después— hace pensar que la manipulación de la fecha obedece a un interés directo del rey Fernando.

Entre los motivos de la confirmación, consta “la voluntad y devoción que [los habitantes del valle de Bértiz] nos han tenido en la nueva adquisición del dicho nuestro reino”.  “Nueva adquisición” es el concepto clave, porque aquí no quiere decir “reciente”, como parecería a primera vista, sino “devuelta a nuestra propiedad troncal”. Eso quiere decir que Fernando el Católico declara y hace saber que ha recuperado el reino de Navarra que le correspondía por herencia de “los señores reyes nuestros antepasados”, es decir, se presenta como legítimo heredero de Carlos III “que fue rey del dicho nuestro Reyno de Navarra”.

Y ahora es cuando se ve que la insistida fecha de 11 de junio de 1429 no es casual. Juan II, padre de Fernando el Católico, fue coronado, ungido y alzado sobre el pavés como rey consorte de Navarra, por ser esposo de la reina Blanca, hija de Carlos III, el 18 de mayo de 1429: unos veinte días antes de la pretendida concesión original del privilegio de hidalguía colectiva en favor de los habitantes de Bértiz. Fernando el Católico aparece así como confirmador de un privilegio que habría otorgado su padre el rey Juan II. Pero tiene el cuidado de dejarlo entre líneas, porque aunque la fecha no se recordara con exactitud por parte de los beneficiados, sí que se recordaría que la concesión original vino del rey Carlos III. Así, en la relación de “los reyes nuestros antepasados” que confirmaron el privilegio, se empieza por “Don Joan Rey de Navarra y Gobernador de Aragón” y se continúa con “los Reyes y Reina Don Gaston Conde de Fox y su muger Doña Leonor”, o sea, Fernando el Católico es hijo de Juan II, el primer rey que confirmó el privilegio, y hermano de Leonor, la reina que lo confirmó después. La reina Blanca queda así ninguneada, conforme a la intención motriz de todo el documento que busca legitimar y hacer saber la línea sucesoria que conduce a Fernando el Católico.

He donado el documento al Archivo Real y General de Navarra, donde lo hallarán los estudiosos. De momento, lo que me parece es que mediante un documento dirigido en apariencia a un asunto irrelevante, como es la renovación del privilegio de hidalguía de un lugar insignificante, Fernando el Católico hace saber y valer su posición de heredero y no conquistador del reino de Navarra. Por algo inspiró a Maquivelo.

[Publicado el 31/3/2011 a las 08:17]

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La especie es sueño

 

El ser humano es el único que se extraña de sí mismo. No se encuentra natural, sabe que morirá y con el límite de su existencia se le hace evidente la inutilidad de todo esfuerzo. Ese ser extrañado ha discernido los mecanismos de su reproducción, cosa que considera el conocimiento por antonomasia.

Según el uso léxico árabe, hebreo, acadio y sumerio, la experiencia sexual se integra en el acervo científico y se designa con la terminología propia de él. De ahí el famoso “conocer en sentido bíblico”. Recuérdense los pasajes del Génesis: “Conoció el hombre a Eva, la cual concibió…” “Conoció Caín a su mujer, la cual concibió…” “Tengo dos hijas que aún no han conocido varón…” No se basa, contra lo que se ha sostenido, en un concepto del conocimiento sensitivo, de más arraigo en la cultura mesopotámica, frente a otro abstracto, que sería de procedencia griega. Tampoco es la sesuda reflexión de que no se acaba de conocer a alguien en tanto no hay comercio carnal. 

Apunta a un conocer especial, el que  define al hombre que se celebra a sí mismo como el sabedor, y el momento de la adquisición de esa sabiduría es el inicio de la humanidad cabal. Al poseer ese conocimiento, el humano animal es el único que no tiene crías accidentalmente, y sabe qué se trae entre manos.

En el poema de Gilgamés, primera obra literaria conocida de la humanidad, Enkidu, prototipo del ser animalesco que aún no es hombre, pasa por un proceso hominizador que relaciona la toma de conciencia con la experiencia sexual. El conocimiento que adquiere de ese modo lo aleja de la bestialidad para hacerlo semejante a un dios (1, IV, 29-35).

Es un conocimiento que el hombre considera privativo y distintivo de sí: él se autodefine como el engendrador consciente, y en esa diferencia encuentra la esencia de la dignidad humana, el escalón insalvable que lo separa de la animalidad. La condena por la Biblia de ese conocimiento que se ha considerado el humano por antonomasia no mira a la soberbia por divinización, ni a la desobediencia. Apunta a la consecución de la materia imprescindible de toda religión: la culpa. Sólo los culpables pueden tener religión. Y esa condena asegura que todos lo son. Se trata de la más lograda captación de público cautivo de todos los tiempos.

Los cátaros, tan aplaudidos por Cioran —“la repugnancia por el lado útil de la sexualidad, el horror de procrear, forma parte del proceso a la Creación: ¿para qué multiplicar los monstruos?”—, condenaban el matrimonio y la reproducción. Según su lectura irreprochable de los capítulos II y III del Génesis, procrear es el acto más aborrecible de todos. No fueron los primeros en sostener esa opinión de optimismo desaforado —todo fanatismo es optimismo desatado y puesto en práctica—. Es probable que la idea sea contemporánea de la que celebra al hombre como el engendrador consciente. Recuérdese que, en el tiempo histórico, a esa corriente se le ha llamado gnosis “conocimiento” y, entre los judíos, coincide con las doctrinas de los esenios.

En todo caso, es una aplicación de ese mismo “conocer”. Uno de sus campeones más acérrimos fue Taciano el Sirio, que regentó escuela propia en Roma hacia el año 170. Fundó por entonces la secta cristiana de los encratitas, quienes pretendían apañar el mundo mediante la supresión de todo acto que condujera a la generación. 

Uno los textos más claros de la misma creencia es el Evangelio de los Egipcios, redactado a mediados del siglo II y del que sólo se sabe por menciones de terceros. Según Clemente de Alejandría, en ese evangelio se reproducían las palabras de Cristo: “He venido a destruir las obras de lo femenino: la generación y la corrupción”.

En su estudio sobre la metafísica del sexo, Schopenhauer propone una lectura dramática de las vicisitudes del personaje que el siglo XX llamaría gen. El amor, tema principal de casi toda la poesía y de las montañas de novelas que aparecen todas las temporadas en todos los países civilizados con la regularidad de los frutos de la tierra, no es más que instinto sexual individualizado y determina la composición de la generación venidera. Las frívolas intrigas amorosas deciden la existencia y carácter de los personajes del drama destinados a entrar en escena. El comercio amoroso de la generación actual es para la especie humana una ajetreada premeditación de la composicion de la generación futura. No se trata de la felicidad o desdicha individuales, sino de la existencia y naturaleza de la humanidad venidera. El instinto sexual vinculado a un individuo determinado ya es la voluntad de vivir de otro individuo netamente determinado, porque en el amor lo esencial no es la reciprocidad, sino la posesión, y la procreación de una criatura determinada es su fin verdadero. La inclinación de dos amantes ya es voluntad de vivir de un nuevo individuo, o más aún: lo que les atrae tan fuerte y exclusivamente es la voluntad de vivir de toda la especie que por anticipación se objetiva a su vista en un ser que los dos amantes podrían engendrar. El inicio del nacimiento de un individuo está en el momento en que sus padres comienzan a atraerse, en esas miradas llenas de deseo ya está el primer germen del ser futuro. Y, aunque ese germen sea luego aniquilado las más de las veces, ese nuevo individuo es, en todo caso, una nueva idea platónica que desea forma sensible, y su gran avidez por ser ya se manifiesta en la pasión de sus posibles padres.

En la versión Dawkins, el gen es inteligente. En la de Schopenhauer, la especie es un infinito drama voluntarioso dirigido por quienes no son ni están, pero quieren ser y algunos serán. Por designio de la especie, no determinan el argumento los que son, sino los que podrían llegar a ser, aunque la infinita mayoría de ellos no será.

Pero todo ese bullicio que registra Schopenhauer en la metafísica del amor, no es producto de los que serán ni de los que no serán, sino el sueño de los que son. Infinitas peripecias de los vivientes originadas por quienes acaso nunca vivan, pero que luego serán memoradas, interpretadas y soñadas por quienes vivan. También la evolución y el progreso, la posteridad y el pasado, son reconstrucciones de un sueño. El ser humano prescribe las leyes a la naturaleza y nombra las cosas para poder soñar: la australopiteca Lucy es un ejemplo, qué linda novela sería “Un día en la vida de Lucy”.

Dices que vendrá otra generación más humana y más bella que cuanto ésta pudo ser o anhelar. Pero no hay generación nueva, Lucy, ni especie futura, pues esta misma te seguirá y en medio de ella marcharás interminablemente, la misma procesión de fantasmas va de la juventud a la vejez y entre ellos terminarás, la especie es una prisión, no hay otro lugar, ¿no ves que al arruinar tu vida entera entre tus contemporáneos ya la malograste entre quienes fueron y serán?


[Publicado el 24/3/2011 a las 08:00]

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Inmersiones

 

Pese a la constante exaltación del español y el prestigio político de gran potencia que atrajo a tantos humanistas italianos hispanizados, la universidad de Salamanca no reconoció en todo el siglo XVI otra autoridad lingüística que el latín. Y fue preciso un alzamiento de estudiantes y maestros de retórica para que el uso del español se permitiera en el claustro universitario. De modo que en la educación renacentista ya existía una inmersión lingüística a semejanza de la disfrutada en las venerandas comarcas, y el quedar inmensamente emergente sobre el nivel de pantano decretado por la superioridad es un lance que se repite en la biografía de la lengua española. 

En el siglo XVI continuaba la discusión sobre la supremacía concedida por los tratadistas al habla de Toledo como cumbre del buen decir, lo que chocaba con la pretendida hegemonía lingüística de Castilla la Vieja sobre la Nueva, una cuestión que databa del siglo XIII, y estaba relacionada con la hegemonía política de Burgos sobre Toledo. Además, la falta de un modelo de lenguaje artístico, que unos suponían alcanzado por Garcilaso, y otros consideraban un objetivo en perpetua revisión (Herrera sostenía en su crítica a Garcilaso que “escurrir es indigno de la hermosura de los cabellos de las Náyades”), hacía que siempre se echase en falta una autoridad literaria que demostrase que el español había superado al toscano, como lengua de creación, y al latín, como más apropiado para la expresión científica.

En el Quijote (II, XVI) se refleja la pervivencia a principios del siglo XVII del convencimiento de la supremacía del latín. El hijo del caballero del Verde Gabán, un joven de dieciocho años que ha terminado en Salamanca los estudios de gramática, que duraban seis cursos y eran previos a los de filosofía y teología, despreciaba a los poetas llamados “romancistas”, o sea, escritores en lengua vulgar, y todo su afán era averiguar si Homero afinó lo bastante en tal verso de la Ilíada, y si Marcial anduvo deshonesto o saleroso, y si Virgilio debía leerse de tal o cual manera. Sus lecturas y conversaciones se referían a los textos de los referidos poetas, y a los de Horacio, Persio, Juvenal y Tíbulo, reservando todo su mal cariño para la poesía en romance, aunque en el momento que se redactaba el Quijote el joven gramático tenía desvanecidos los pensamientos con la glosa de cuatro versos para una justa literaria. 

El pasaje es un apunte irónico y alusivo a la propia formación de Cervantes, consistente en esos mismos estudios de gramática donde, “sin pasar a estudiar otras ciencias, quedó embebido en la poesía —si es que se puede llamar ciencia—”. La respuesta de don Quijote al caballero del Verde Gabán es un discurso sobre la dignidad de la poesía en lengua vulgar, donde glosa un célebre párrafo del capítulo VIII del Examen de ingenios de Huarte.

Para situarse es preciso recordar que, en el siglo XVI, al mismo tiempo que la lengua española era considerada uno de los instrumentos más valiosos del imperio siempre soleado, se puso de moda un aldeanismo lingüístico insidioso. Según el siciliano Marineo, la mejor pronunciación castellana era la toledana, mientras otros entendidos ensalzaban en mayor grado la alcalaína, y muchos se inclinaban por la burgalesa; por su parte, Nebrija, en opinión de Valdés, jamás podría ser lo bastante docto en castellano, porque era andaluz. En el centro del nuevo pueblerinato con pujos racistas, se repetía devotamente un término: castellano.

Hacía tres siglos que la expresión era un arcaísmo de paradójica vigencia. En la época de la redacción de De rebus Hispaniae por Jiménez de Rada, a mediados del siglo XIII, había una porción de romances que no eran el castellano, pero estaban inmersos en la formación del español y evolucionaban en la misma dirección. La creencia en una mítica pureza castellana, era el perfecto caldo de cultivo para que argumentaciones ad hominem de tanta escasez científica como las que empleaba Valdés contra Nebrija pudieran considerarse de peso. Después de todo, Juan de Valdés (1509-1541), que presumía de no haber leído a Nebrija, estaba reputado como el teórico oficial de la lengua.

Contra el nuevo aldeanismo lingüístico se alzó una voz más viva, universal y poderosa, capaz de ideas más grandes y atrevidas, la del primer gran autor científico en español, Juan de Huarte (1529-1588). Nació en Huarte, barrio de la Castellanía de San Juan, en la merindad navarra de Ultrapuertos, donde se encontraba la judería más importante de la región. Hasta el siglo XIII, la judería se encontraba en San Miguel el Viejo, en el lugar llamado por los romanos Imus Pyrenaeus (“lo bajo del Pirineo”), donde arrancaba la antigua vía que pasaba los Pirineos. Al fundarse la Castellanía de San Juan en 1249, el camino de Santiago cambió de trazado, y los Pirineos se cruzaban por Valcarlos (en vasco, Luzaide, “camino largo”), entonces se emplazó en el barrio Huarte, justo al iniciarse el nuevo trazado del paso de los Pirineos, una nueva judería llamada Judiri (en vasco, “villa judía”).

El camino de Santiago agrupaba las juderías de Navarra. Muchos de sus refugiados eran moradores eventuales, no avecindados en ningún lugar, que pagaban impuesto por separado. A lo largo del siglo XIV, hubo continuas oleadas de refugiados judíos que huían de Francia, mientras la política de la casa de Evreux, reinante en Navarra, era claramente proteccionista y favorable a la población judía. En 1530, cuando Juan Huarte tenía un año, la Castellanía de San Juan y toda la merindad de Ultrapuertos fue abandonada a su suerte, a causa de su imposible sostenimiento estratégico, tras dos siglos de dominio navarro. Los habitantes de Judiri huyeron a España y la mayor parte se establecieron en Andalucía. Huarte estudió en Baeza y Alcalá, y ejerció su oficio de médico en varios  lugares de Castilla y Andalucía. Como “hombre de muchas letras”, según consta en su nombramiento de médico de Baeza, hubo de oír incontables veces la monserga del mejor y peor castellano, y los axiomas de innata calidad y pureza inalcanzable de la lengua según de dónde se fuera  natural.

En el capítulo VIII del Examen de ingenios, Huarte escribió:

“De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que otra quiso decir. Y así, ninguno de los grandes autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos, en latín, los hebreos, en hebraico, y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber esta lengua mejor que ninguna otra”.

Cervantes se inspiró en esa tirada de Huarte, cuando hizo que don Quijote respondiera al del Verde Gabán:

“Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doime a entender que no anda muy acertado en ello, y la razon es esta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio escribió en griego, porque era latino. En resolución: todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase al poeta alemán porque escribe en su lengua, ni al castellano, ni aun al vizcaíno que escribe en la suya.”

Más allá de la vieja controversia sobre el si poeta nace o se hace, en las tópicas defensas renacentistas del uso de las lenguas vulgares había una petición de licencia alentada por un curioso complejo: todos los autores “romancistas” hacían entender cuidadosamente que sabían latín. Y algunos llegaban a picarse en ese punto, como el mismo Cervantes, cuyo prólogo del Quijote contiene más de un ataque a la riqueza de citas latinas de la obra de Huarte, que era entonces un bestseller, mientras por su parte el propio Cervantes citaba con cuidadoso descuido a Virgilio, Horacio y Ovidio.

Contra la inmersión oficial de culto a los clásicos y al latín, se alzaba imparable la emersión de las lenguas vulgares, pero sus defensores no emergían indemnes de tantos siglos de culto. No sólo Huarte y Cervantes, también Montaigne hace una petición de licencia para escribir en lengua vulgar, pero no olvida esparcir a lo largo de los Ensayos su autoapología de gran latinista surgido de la particular inmersión que le impuso su padre. Leibniz, por su parte, escribió en latín más que en ninguna otra lengua. Y en 1770 Kant redactó en la lengua de Virgilio su más importante tesis, De mundi sensibilis atque intelligibilis forma et principiis. Creo que De Quincey ha sido el único en darse cuenta de que ese memorable escrito kantiano en latín da la paradójica impresión de ser un resumen de la posterior Crítica de la razón pura por alguien que la recuerda vagamente.

La emersión creativa y científica de las lenguas vulgares manifiesta la revolución en la dignidad consciente de los intelectuales europeos en el siglo XVI. No por casualidad, los respectivos siglos áureos del español, el francés y el alemán siguieron luego el mismo orden cronológico en que sus creadores se sustrajeron a la autoridad del latín.

 

 

 

 

[Publicado el 17/3/2011 a las 07:00]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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