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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 27 de febrero de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Otto de Habsburgo, rey de España

 

Como la etapa del Tour iba muy apatatada, me pasé al funeral de Otto, que estuvo más entretenido. Por fin llegó a Viena el emperador metido en un ataúd, tal y como Joseph Roth lo planeó en el otoño de 1933. Solo falló el pequeño detalle de que no levantó la tapa y salió para delirio de la plebe que aguardábamos el milagro.

El plan de Roth para restaurar el imperio austrohúngaro consistía, según explicaba a Zweig el 2 de octubre de 1933, en hacer como que transportaban desde Lequeitio a Viena al difunto emperador Karl I Franz Joseph, muerto en 1922. Una vez en la catedral vienesa, sería Otto quien surgiera del ataúd  y, ante los hechos consumados, el canciller Dolfuß no se opondría, y el artefacto austrohúngaro volvería a ponerse en marcha. “Necesitamos para eso 30.000 libras de las que no disponemos de momento. En Austria la situación es absolutamente segura. En ningún caso es de temer el nacionalsocialismo”.

Como Otto de Habsburgo era católico y anticomunista ferviente, y hasta hablaba algo de español de Lequeitio, no sólo contó con la simpatía de Joseph Roth, sino también con la de Franco, quien le propuso en 1961 ser coronado rey de España, una vez que él muriera. Otto, por cierto, no tenía mala opinión de Franco a quien elogió por haber ayudado a “muchos refugiados”. Lo calificaba como “un dictador de tipo sudamericano, pero no un totalitario como Hitler o Stalin”. Con todo, renunció a la corona española, porque encontraba que los Habsburgo llevaban ya mucho tiempo ausentes del trono español, y recomendó a Franco que propusiera como heredero coronado a Juan Carlos de Borbón, por lo visto, con éxito.


[Publicado el 17/7/2011 a las 09:03]

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El reducto suizo

 

Durante siglos estuvieron entre los mercenarios más reputados de Europa, los suizos asolaban y saqueaban por encargo en donde fuera menester, hasta que en 1521 pactaron con Francia la exclusividad de sus servicios guerreros. En 1815, el Congreso de Viena, reconoció a Suiza como nación independiente y neutral, lo que no impidió que siguieran sirviendo como mercenarios a diversos gobiernos hasta 1860. 

En las dos guerras mundiales, el ejército suizo se atrincheró en su sistema de reductos y fortalezas montañeras conocido como Réduit. Como Suiza no fue invadida, se originó el mito de que tal cosa no sucedió porque sus soldados tenían esa efectiva forma de retirarse que convertía a todo el país en un reducto inexpugnable, como una gran madriguera de marmotas fuera del alcance de las águilas. Empezaron a proliferar los refugios subterráneos y, cuando se supo la noticia de que la Unión Soviética había experimentado con éxito su bomba atómica, los suizos fueron los más preocupados del mundo por la eventualidad de una guerra nuclear. En 1950 el parlamento suizo decidió promover la construcción masiva de refugios subterráneos y, una década más tarde, alentado por la crisis cubana de 1963, introdujo por ley la obligatoriedad de la construcción de refugios subterráneos en todas las viviendas habidas y por haber.

La construcción de refugios, búnkeres, reductos y catacumbas blindadas cuenta con la aprobación entusiasta de la población y, por lo visto, presta a los suizos un sentimiento de seguridad y protección frente a un mundo exterior cada vez más peligroso. Suiza es percibida por sus habitantes como un gran reducto blindado y la imagen de la marmota protegida bajo tierra se utiliza en las películas de propaganda oficial a favor de la bunkerización masiva.

El amor al búnker pareció ceder en intensidad tras el derrumbe de los bloques y, en un acto de distraída flojera, el parlamento abolió el pasado junio la obligatoriedad de construir refugios blindados en todas las nuevas construcciones. Por suerte, la catástrofe de Fukusima, reavivó la vieja obsesión y los parlamentarios suizos revisaron la imprudentísima abolición. Porque, como cualquiera sabe, en un refugio suizo corriente la radiación alcanza valores 500 veces menor que en el exterior, y con mínimas inversiones de 4000 francos para engrosar los muros otro metro más y mejorar algún detalle, los resultados pueden ser espectaculares.

Ahora mismo no hay en Suiza más que trescientos mil búnkeres y refugios subterráneos que tienen sitio para ocho millones y medio de personas, de modo que toca a más de una plaza por habitante. Sólo hay un millón de plazas de margen, pero menos es nada. Más vale prevenir. En una casa suiza, el refugio subterráneo con puertas blindadas, muros de medio metro de anchura, literas de hierro, víveres a manta y mangueras de ventilación en las esquinas es tan consabido como la sala de estar, el garaje o el baño. Los lindos reductos no tienen para los suizos tristes connotaciones guerreras, sino que conllevan confortantes sentimientos de seguridad, lo mismo que tener el armamento en casa para celebrar constantes ejercicios de tiro al blanco, que son acontecimientos festivos.

Desde 1963, todo aquel que no desea tener un refugio antiaéreo, antinuclear y antitodo lo posible, está obligado a pagar un impuesto especial a la comunidad que, a su vez, construye refugios de modo que a cada habitante le corresponda como mínimo una plaza suplementaria bajo tierra. Urbanistas, arquitectos y otros artistas han meditado profundamente a fin de desarrollar nuevos conceptos para la utilización de los trescientos mil búnkeres, y así se han habilitado interesantes hoteles sin estrellas, archivos y otras amenidades que, según la ley suiza, deben poder vaciarse en menos de 24 horas, vamos, en cuanto nos ataquen.

Así se comprende mejor la veneración helvética por la caja fuerte, oos agujeros en el queso, y también curiosos diseños, como el del museo de la Fundación Beyeler, en Riehen, junto a Basilea. El venerado Renzo Piano levantó primero dos colinas para luego situar el museo entre ellas, de modo que el larguísimo muro de porfirio rojo insinúa ser parte de un gigantesco nido de ametralladoras que parece hundirse entrañablemente en la tierra y produce una agradable sensación de sosiego a los suizos que tienen una enorme necesidad de seguridad porque el mundo exterior es muy malo.

Muchos grandes refugios subterráneos comunales quedan obsoletos y se son comprados por los bancos, que los reconvierten en cajas fuertes con un atractivo irresistible para clientes timoratos. ¿Hay algo más agradable que ir a dejar unos papeles o un par de cuadros allá en San Gotardo y viajar para ello media hora bajo tierra atravesando media docena de puertas de acero hasta llegar al lugar secreto y marmotesco a kilómetros de la maldad del cielo abierto?

Tal vez hagan un monumento —subterráneo y blindado, por supuesto— a Fukusima, que les ha devuelto su viejo sentimiento de alerta, tontamente relajado desde que cayó el muro berlinés, por cierto, vaya muro birrioso. Una nueva ola de miedo que hará inventar a los suizos nuevos refugios, más hondos y mejor cerrados. Un día de la marmota destinado a durar siglos.

 

 

 

[Publicado el 15/7/2011 a las 08:29]

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Moral de bellota

 

 

Después de que Alejandro Magno llegara al cabo del mundo, los griegos adquirieron tal cantidad de nuevos conocimientos sobre la faz de la tierra que se impuso la necesidad de renovar la antigua cartografía, y Dicearco de Mesina, un discípulo de Aristóteles y Teofrasto, trazó un nuevo mapamundi que abarcaba desde Cádiz a la desembocadura del Ganges, y desde Thule a las fuentes del Nilo. Utilizó por primera vez coordenadas y acompañó el dibujo con una disertación sobre la Circunferencia de la tierra. También escribió numerosos diálogos, hoy perdidos, que propugnaban una interpretación materialista del alma, de la cual decía que no era más que la unión y combinación armoniosa de los cuatro elementos representados en el cuerpo y que, en cuanto el cuerpo moría, el alma dejaba de existir. Pero la obra más importante de Dicearco fue la Vida de Grecia, la elección del término “vida” es ilustrativa de su concepción evolutiva y vitalista. Tampoco esta obra se conserva y todo lo que sabemos de ella procede de la alta consideración en que la tuvieron autores romanos como Varrón, Cicerón o Plinio.

Según se lee en Rerum rusticarum de Varrón, al tratar la vida en Grecia en los comienzos, Dicearco enseña que en aquellos tiempos superiores, los hombres llevaban vida pastoril e ignoraban la agricultura, hasta que pasando a una fase inferior, la aprendieron. Dicearco defendía un descenso gradual desde el grado sumo, que era el natural, al grado contemporáneo, que consistía en una degradación del género de vida pastoril, ya mezclado con la agricultura. Todos los hoy considerados avances eran para Dicearco incitaciones a la codicia y la guerra, porque tanto la recolección de frutos, como luego el pastoreo y la agricultura promovieron excedentes que acababan por ser causa de la guerra.

También escribió un tratado Sobre la decadencia del hombre, del que sabemos sobre todo por Cicerón, donde mostraba su descreimiento en que la civilización y el adelanto técnico trajeran la felicidad porque, según sus cálculos, si se comparan las causas físicas que aniquilan vidas humanas, como inundaciones, fríos, calores, sequías, terremotos, plagas o ataques de fieras, con las muertes ocasionadas por los propios hombres en revoluciones, guerras y luchas, la superioridad númerica de las muertes artesanales era notable.

En la Grecia de Dicearco había países considerados más atrasados en su descenso hacia la modernidad y, por lo mismo, más idílicos. Uno era Arcadia, donde los hombres comían bellotas. Así lo cuentan Heródoto y Pausanias, y más tarde la idea de atraso y estupidez vinculada con el consumo de bellotas se repitió entre los latinos.

Hoy sabemos —mejor dicho, pronto se sabrá— que precisamente en Arcadia, durante la época palacial, el hombre dispuso de escritura y poesía; y que fue justo esa poesía la que, refugiada en Chipre, dio origen a la literatura occidental. Da que pensar que fue precisamente la guerra la que hizo que, en el mismo país donde se cultivó el hexámetro de clara sonoridad, reinase luego la incultura y la oscuridad bellotera durante un milenio.

Otro de los países donde, según Estrabón y los antiguos geógrafos, los hombres comían bellotas, era el vasco. Esperemos que los neolíticos restauren la noble costumbre, sin duda arrebatada y hecha olvidar por la secular opresión que ha sufrido este pueblo. Lo mejor sería volver en derechura a la bellota, sin paradas concesivas en abominables españoladas como las alubias de Tolosa o la ternera de Baztán. De momento, en su infinita ansia de pueblerinato, cuando los amados líderes se sienten a la mesa en un asador, podían bendecir la mesa con esta santagadea: “Juro que me como este besugo por imperativo legal, porque de la bellota a esta parte este pueblo no ha hecho más que sufrir comidas antivascas impuestas por las tropas de ocupación”.

 

 

[Publicado el 07/7/2011 a las 08:34]

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Reminiscencias de un asado

 

El otro domingo, a media mañana, visité el puente de Salamanca, cuando los naturales lo recorrían de paseo antes de almorzarse un asado. Admiré el hermoso monumento que soporta el más denso tráfico de sabios del mundo, devoré el asado, y me sumí en ascéticas y encantadoras meditaciones, ¿quién inventó la libertad de pensamiento y el libre mercado? El origen del feliz hallazgo radicó en este puente de Salamanca, junto al lugar donde el ciego le pegó a Lazarillo la gran calabazada que le hizo dejar la simpleza y lo maleó para siempre, en el elegante tablero por donde pasearon, discutieron y meditaron, a la hora del recreo, aquellos ingenios que trajeron la libertad al campo de batalla científico y económico. Eso sucedió allá por el último cuartillo del siglo XVI, cuando en Salamanca campaban pensadores adiestrados en la técnica razonadora de Aristóteles y Tomás de Aquino, esforzados en aplicar argumentaciones estrictamente lógicas a los nuevos descubrimientos y al humanismo emergente, y proclamando por primera vez el derecho del hombre a la dignidad, la libertad de expresión, de propiedad y de conciencia.

Paseantes por el puente de Salamanca fueron Martín de Azpilcueta, que meditó sobre el origen y naturaleza del poder político y los precios,  Diego de Covarrubias, que avanzó la primera teoría sobre el valor subjetivo de los bienes, Juan de Mariana, que sopesó la licitud del tiranicidio y la intervención gubernamental en los precios, Francisco de Vitoria, que cuestionó la aceptabilidad moral del margen de ganancia y concibió la libertad de mercado como componente esencial del orden natural, Jerónimo Castillo de Bovadilla, que estableció el principio de libre competencia como corrector elemental de los precios, Luis de Molina, que valoró la capacidad motivadora de la propiedad privada. Todos ellos fundaron la economía moderna siglos antes que los teóricos del lassez faire, Adam Smith, la Escuela de Manchester y el resto de advenedizos. Joseph Schumpeter, que escribió una desaforada historia del análisis económico, saludó con suma pleitesía a los escolásticos salmantinos y reconoció que fueron los fundadores de la ciencia económica. Y hoy mismo, Karen Horn, que dirige el Instituto de la Economía alemana en Colonia, es una acreditada valedora de la Escuela de Salamanca.

Uno de mis paseantes salmantinos favoritos es Tomás de Mercado, que trazó las líneas básicas del concepto de banco central. En el siglo XVI, cualquiera podía abrir un banco con un capital relativamente limitado, y hasta podían fundarse varios al arrimo de una feria importante, donde se establecían líneas de descuento que muchas veces se resolvían con que el banquero se alzaba dejando a los clientes quebrados. Mercado vio que las imaginaciones del cliente que se encuentra a leguas de la feria, la del banquero que calcula la rentabilidad de asentar libranzas en vez de acumular monedas, y la de los feriantes que no pagan ni cobran efectivo hasta una vez pasada la feria, se dedicaban a una carrera de desconfianza mutua mientras fingían darse crédito. Demostró por primera vez que todo era imaginación y que el monopolio del proceso era crucial, de modo que preconizó la creación del banco central que conjuga la desconfianza a tres bandas de quien deposita dinero, quien lo recibe pero no lo guarda, y quien lo pide prestado. Así se permite la licencia visionaria de que el dinero, que todos tienen por concreto, esté en tres sitios a la vez. 

Mercado no solo adelantó el concepto de inflación, también fue el primero en negar la legitimidad de la trata de negros, que entonces se regía por el derecho prehistórico de los vencedores sobre los vencidos. En 1575, describió por primera vez los horrores de los traslados de esclavos, donde se registraba una mortalidad del 60%, en el viaje de Cabo Verde a América. Para hacerse una idea de lo avanzado de su posición, cabe recordar que en 1711 el gobierno inglés avaló la creación de la South Sea Company, dedicada al tráfico de esclavos negros cazados en África, y que incitó a los inversores ingleses, gente refinada y culta que consumía píldoras de momia egipcia para asegurar su longevidad, a lanzarse a una especulación cuya índole burbujeante no entendían, y que terminó con un desastre semejante al de Law en Francia.

También Antonio Escobar fue un miembro epigonal de aquella pléyade de salmantinos paseantes. Él y su colega Tomás Sánchez conmovieron al mundo con sus teorías casuistas que vinculaban la culpa y su probabilidad con la oferta y la demanda. Escandalizados por sus teorías, Pascal y Voltaire se hicieron los indignados defendiendo el lugar común, y atacaron a estos moralistas avanzados, que sublimaban deseos y culpabilidades trescientos años antes que Freud.

En este puente y la ciudad altiva de excelentes asados, se argumentaron las primeras ideas morales sobre la libertad e igualdad naturales de todos los hombres. Hoy parecen conceptos obvios, pero hizo falta que estos ingenios los construyeran con audacia y agudeza admirables. También un buen asado parece algo natural y consabido.

 

 

[Publicado el 29/6/2011 a las 11:27]

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Sofópolis, la ciudad ideada

 

La invención de ciudades ejemplares es un viejo género literario frecuentado por filósofos, concejales, arquitectos y periodistas. En la sociedad barroca, la manía de diseñar urbes óptimas tuvo un revival fogoso, y las imprentas no daban abasto despachando manuales en doceavo con furores urbanistas y relatos de viajes a ciudades ideales. Uno de los más famosos e influyentes fue La ciudad del sol, de Tommaso Campanella, que trata de una teocracia comunista y ecuatorial de irresistible atractivo. También fueron célebres Christianopolis (Reipublicae christianopolitanae descriptio), un relato viajero y educativo compuesto por Johann Valentin Andreae, y los viajes a la luna y al sol de Cyrano de Bergerac, muy influido por Campanella, y ficcionador de un antimundo, perfecto reverso del disponible aquí abajo, donde las grandes narices eran bellas y la gente se saludaba encasquetándose el sombrero. 

La primera mención barroca de Sofópolis fue obra del senador sueco Bengt Skytte, que había sido protegido de la reina Cristina de Suecia, gobernador de Estonia, y canciller de la universidad de Dorpat. En 1659, llegó a Londres en busca de patrocinadores para el establecimiento de “Sofópolis”, una civitas et collegium universium. El proyecto de Sofópolis, que disponía de un ambicioso esquema financiero ideado por el químico Boyle, circuló en Londres a lo largo de 1660-61, poco antes de la fundación de la Royal Society. Como tardaban en hacerle caso, Skytte se fue con la utopía a otra parte.

El 22 de abril de 1667, Federico Guillermo, gran elector de Brandenburgo, firmó el gran proyecto de Skytte para la fundación de una “Universidad Universal de Pueblos, Ciencias y Artes” en Tangermünde, a orillas del Elba. La nueva ciudad se llamaría Sofópolis, sería una gran urbe de nueva planta, y dispondría de factorías, museos, laboratorios, estudios de artistas, salas de rezos, gabinetes de lectura, hoteles, hospitales, baños, orfanatos, librerías, imprentas, colecciones de curiosidades, farmacias y arseñales, almacenes, hipódromos, jardines botánicos, casas de fieras, plazas, calles, avenidas, puentes, paseos, fuentes artísticas y puentes. Los sabios habitantes, por su parte, tendrían libertad de culto, viaje, expresión y publicación, y exención de impuestos. Estarían atendidos por una multitud de secretarios, escribas, administratores, tesoreros, libreros, impresores, pintores, organistas, farmaceuticos, doctores, cocineros, vinateros, cazadores, pescadores, leñadores, cerveceros, guardias nocturnos y lacayos.

No es fácil asegurar si el gran elector Fedrico Guillermo, que gobernaba una especie de patchwork territorial devastado por la Guerra de los Treinta Años, pensaba realmente fundar y financiar Sofópolis. En todo caso, el sensacional proyecto inquietó mucho al clero comarcal, horrorizado ante la posibilidad de que judíos, árabes y otros infieles mundanos tuvieron un hogar académico y sapiencial en Brandenburgo. El gran elector Federico Guillermo hizo todos los gestos que pedía Skytte para el establecimiento de la ejemplar Sofópolis en Tangermünde. El más importante, el sello oficial, se diseño con gran cuidado y representaba al gran elector en su trono, con el cetro en una mano y un templo de la sabiduría en la otra, con Palas Atenea y Minerva coronadas de laurel, una a cada lado del edificio. Pero Sofópolis no pasó de ahí; quizá si Skytte hubiera mostrado un poco más de contención en su petición de privilegios,  la urbe modélica hubiera llegado a establecerse.

El nombre, en todo caso, gustó, y los literatos franceses lo empleaban como seudónimo de París. Louis Coste publicó en 1760 “Consejos deseinteresados para literatos, por uno que no lo es” con pie de imprenta en “Sofópolis, en el Pacífico, 1760”. Por su parte, Théophile Mandar, comisario revolucionario y compadre de Robespierre, publicó en 1793 “Viaje a Sofópolis. Filípica para ser leída ante las dos Cámaras del Parlamento de Inglaterra”, también con pie de imprenta en Sofópolis.

Al siglo siguiente, Sofópolis emergió alegremente en las letras argentinas. Eduardo Ladislao Holmberg publicó en 1875 El viaje maravilloso del señor Nic-Nac. El protagonista, casualmente llamado como una marca de galletas de la época, realiza un viaje psíquico a Marte, y visita Sofópolis, para luego merodear por una comarca llamada Aureliana. Se ve que, en su viaje a Marte, Holmberg construyó un espejo invertido de Argentina a través de la descripción urbana. En la primera ciudad marciana que encuentra, cuyo nombre es Teosofópolis, los buenos y los malos aparecen discriminados en una urbanización geométrica cuyos cuatro barrios se agrupan de a dos para constituir sendas ciudades: Teópolis y Sofópolis. En la primera habita una raza religiosa y opaca (el aureola que caracteriza a los ciudadanos es pálida y siniestra, mientras en Sofópolis es “magnífica y rosada”). Además, los teopolitanos son unos hipócritas y degenerados hasta el punto que las mujeres son defectuosas e incompletas (es llamativa la misoginia de Holmberg que veía los efectos de la endogamia solo en las mujeres), y tuvieron que recurrir a un rapto masivo de sofopolitanas para regenerarse y sobrevivir. En Sofópolis, en cambio, los habitantes son receptáculos de virtudes laicas; todos son científicos, y sus mujeres son sanas y hermosas. Academia de Ciencias y Congreso se funden en una sola institución, que es donde se discuten los problemas científicos y se promueven las leyes.

La penúltima reaparición de Sofópolis tuvo lugar en Bilbao a finales del siglo XX. Federico Krutwig llegó a la conclusión de que la salvación del mundo estaba en el griego clásico. Este polígrafo y políglota inasequible al desánimo tradujo el método Assimil de griego moderno al clásico, y nunca le cupo la menor duda de que así era como hablaba Platón. Este irreductible optimista, que aprendía lenguas con una facilidad que parecía broma, tenía ideas de taxidermista sobre las lenguas vivas y dictaminó la resurrección del vascuence del siglo XVI, acicalado con préstamos griegos, y para probarlo escribió veinte tomos de utopías ejemplares en una jerga monoplaza donde, por ejemplo, “hombre” se decía “anthropo”.

La ciudad ideal de Krutwig también se llamaría Sofópolis y estaría habitada por una élite de hablantes de griego clásico, aunque de momento solo se disponía de uno, y solo admitiría a sabios generalistas: los especialistas tendrían categoría de siervos y esclavos “porque así se hacía en Roma”. Dichos grecoparlantes sabiondos dictarían las leyes, tanto científicas como de las otras, en un notable paralelismo con la Sofópolis de Holmberg. Como era de temer, la utopía krutwigiana encontró patrocinadores y arquitectos que levantaron planos y redactaron memorias inolvidables. Esta última Sofópolis neohelenista iba a estar situada en una isla del Egeo, y Krutwig murió en plena vorágine proyectista. Al faltar el único hablante de griego clásico que quedaba en el mundo, Sofópolis no pudo llevarse a cabo, y regresó a su letargo recurrente.

 

 

 

 

[Publicado el 22/6/2011 a las 07:54]

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No habrá dioses

 

¿Cuándo se inventó la literatura? Hay un notable consenso entre los sabios, al sostener que primero hubo que inventar la escritura. A partir de un primer sistema de escritura ideográfica usado a lo largo del IV milenio a. C., y que tenía un objetivo censal, los escribas sumerios practicaron una progresiva abstracción que produjo la escritura cuneiforme a finales de aquel milenio burocrático. Después, ya desaparecidos los sumerios, y al cabo de otros mil años de apuntes, tanteos y borradores, los acadios culminaron el desarrollo de su sistema de consonantes en aquella misma escritura cuneiforme que, al convertirse a lo largo del II milenio a. C. en el sistema común de todo el Próximo Oriente, dio la categoría de lengua literaria a una multitud de idiomas: elamita, kassita, persa, hurrita, proto-hitita, indo-ario, hitita, luvita, ugarítico y otros. Fueron lenguas a las que el influjo de la cultura mesopotámica no sólo proveyó de escritura, sino también del sentido de la emulación literaria, porque al mismo tiempo que la técnica se exportó un gran modelo, el poema de Gilgamés.

Ahora, la literatura en sí, ¿cómo empezó? La épica se inventó en el seno de la civilización sumeria. Se trata de un género literario cuyo núcleo es la fama, que consiste esencialmente en la transmisión del nombre. De modo que allá mismo donde se atendió, mediante la escritura, a la necesidad de memorar y recontar objetos, ganados, alimentos y manufacturas, se proveyó igualmente a la pulsión no menos imperiosa de crear y sustentar vida (algunas vidas modélicas) en la memoria humana. La inmortalidad de la fama, como consuelo del hombre mortal, es la esencia del poema de Gilgamés. Más de mil años antes de que el angustioso problema de la muerte se ofreciera a la consideración de los pensadores griegos, ya la odisea de Gilgamés circulaba de boca en boca a lo largo del antiguo mundo oriental, con la extraordinaria fortuna literaria que se deduce de las diversas recensiones asirias y babilónicas.

A lo largo del III milenio a. C., se escribieron en sumerio al menos cinco poemas sobre Gilgamés, rey sumerio de Uruk, que vivió hacia el 2.650 a. C. Alrededor de 1800 a. C., se refundió su gran epopeya en acadio. En esa magistral pieza poética, van asomando el dominio y disfrute de los bienes naturales y los fabricados por el hombre, el espíritu de aventura, el amor, la amistad, el deseo de gloria, y todos los grandes resortes que estimulan la actividad humana, para caer aniquilados bajo el soplo de la muerte. Tras su odisea, Gilgamés regresa a su ciudad de Uruk y como rey se dispone a ejecutar las grandes obras que transmitirán la fama imperecedera de quien las ideó.

Y ahora, el punto clave: en materia divina, los acadios introdujeron una innovación crucial respecto a los usos sumerios. En la literatura acadia, a los dioses se les atribuyeron por primera vez las mismas virtudes que la propaganda oficial proclamaba como propias de los reyes, pero en máximo grado. Los dioses aparecieron calificados por primera vez como justos, extravagante cualidad que, sin embargo, el público aceptó con naturalidad. Mientras los dioses sumerios no intervenían al pormenor en los asuntos humanos, y se limitaban a catar el aroma de sus ofrendas, los dioses acadios tenían que estar al tanto de todo: es lo que tiene ser justo, hay que estar informado.

Esa innovación fue decisiva y ha traído un sinfín de consecuencias, reclamaciones y hasta indignaciones. Entregados a su manía justiciera, los dioses se vieron obligados a fisgar, retribuir y remunerar a los hombres. Eso produjo las grandes requisitorias y recursos de los mortales, cuyo primer modelo es la polémica de Gilgamés con los dioses, luego continuada en la Biblia con los pactos y querellas que los profetas tenían con su dios a santo de la remuneración con su pago estipulado a la vista o allende la vida. Se estableció un dogma de retribución según el cual el dios bíblico computaba exactamente cada acción, y todo destino terrestre o celeste era un abono o descuento devengado. Consecuentemente, se creyó que el dios debía seguir estudiando para ponerse al día en jurisprudencia, y que anotaba y valoraba cada acción, de modo que al término de cada día, o cada año, sacaba la suma total de las obras buenas y malas. Del resultado de ese arqueo dependía el éxito del día o el año siguiente. Tal doctrina también fue asimilada, sin grandes matizaciones, por el calvinismo y, habida cuenta de la ubicua y unánime persuasión de que la pobreza es un vicio, podría ser una de las más  acreditadas de la humanidad. Las grandes diatribas y soliloquios de los agraviados ha nutrido la literatura: Job, el Eclesiastés o el Manifiesto Comunista son variaciones ejemplares de esa vena litigiosa. 

Uno de los nombres que se puso de moda en la época acadia fue Minaarni: “¿Qué falta he cometido?” precursor del calderoniano “apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo”. De paso, se muestra cómo en cada quien habita un acreedor elocuente, un inquilino defraudado, que aguarda la hora de denunciar la deuda que el gran todo ha contraído con él. Nadie actúa mejor que cuando cuenta su agravio vital. El tono, los términos, incluso los balbuceos o los silencios, cada detalle es adecuado, como escogido tras una vida de reflexión. Y no falla: dése a cualquiera alabanza y consentimiento a discreción, y no tardará en recordar que, en efecto, él está muy agraviado por muchísimas cosas.

Los acadios añadieron a una fantasía piadosa (los dioses) un buen deseo (los dioses son justos), y el éxito fue arrollador. La literatura resultante está caracterizada por su afán didáctico, no sólo desea que el mundo sea así, sino que también espera que lo sea como consecuencia de su propio ejemplo: es Desiderativa.

 

Los dioses griegos también se conducen conforme a las fantasías del hombre sobre sí mismo, pero no han sido castigados por sus creadores con la funesta manía de ser justos. 

En la Ilíada, intervienen bastante, pero nótese que es de boquilla. Disponen de grandes parrafadas y debates, pero son espectadores, igual que el lector, y las consecuencias efectivas de sus intromisiones son de índole cuántica, apenas desvían alguna lanza mal apuntada y promueven neblinas coreográficas. Entretanto, todo lo que allá sucede es obra del hombre sobre el hombre.

En la Odisea, intervienen mucho menos, pero son justos: Zeus decide a última hora la forma educativa que tendrá el final feliz (recurso literario inventado por los acadios). No por casualidad, el poeta de la Odisea conoce y admira el poema de Gilgamés. Todo lo que en el poema sucede es fantástico y moralizante.

El otro día leí un estudio sobre los tipos de traumatismos, el arma que los origina, su gravedad y evolución, tal y como aparecen descritos en la Ilíada. El equipo médico redactor concluía que el poeta que daba tan precisas indicaciones y descripciones anatómicas era un experto con un conocimiento empírico extraordinario. Hay una característica que suscita la mayor admiración del lector de la Ilíada: su poderío para la descripción. El poema describe una patología, es un tratado sobre el origen y evolución de la cólera en el alma del héroe, y se ciñe a la cuarentena de días que dura el fenómeno. Asi como en la literatura justa predomina la vena Desiderativa, la Ilíada es el modelo más consumado de Descriptiva.

 

Entonces, ¿la desiderativa produce la buena literatura, o es más bien la descriptiva? Son dos potencias que interactúan y a menudo se manifiestan la una por medio de la otra. Así se muestra en las grandes fuentes literarias universales, la Biblia, heredera epigonal del poema de Gilgamés, y la Ilíada y la Odisea, supremos modelos de descriptiva y desiderativa. Eso sí, la descriptiva es más difícil, y vale más. Nótese que es la potencia descriptiva la que en teoría se espera del periodismo, aunque sea conocida la unanimidad desiderativa que guía su quehacer real.

No habrá dioses, pero la literatura de los últimos cuatro milenios está condicionada hasta la médula por una fantasiosa virtud cardinal atribuída a los dioses.

 

[Publicado el 12/6/2011 a las 08:08]

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Remontarse hasta la culpa

 

Preguntas por el pecado original y el poema de Job, y casi preferiría que me mandases hacer un soneto, que al menos tiene pies y cabeza.

Has leído el trabajo de Kramer, el gran especialista en textos sumerios, sobre los primeros testimonios de la historia escrita, y en uno de sus capítulos habla del precedente más remoto del libro de Job que, en efecto, es de origen sumerio. Ese relato se difundió en el ambiente israelita en la época del exilio y, tal como se lee hoy, presenta varios estratos y redacciones  hechas a lo largo de varios siglos que han incluido diversos géneros, como el de la disputa de los sabios o el de los salmos de lamentación, y hasta aparece el ojo orwelliano, que en la historia bíblica de Job es una adaptación del “ojo del rey” que era el título del funcionario persa que visitaba las provincias en viaje de inspección. Después del exilio, la omnisciencia divina alcanzó gran importancia en la teología judía, y ahí Satán es  un hijo de Dios que se decida a labores de fiscal, él es quien instruye los procesos de Dios contra la humanidad. La peculiaridad de la elaboración hebrea es el debate y recriminación que el hombre plantea al dios en torno a la responsabilidad individual.

Kramer cita entre los precedentes de la peripecia de Job unos versos sapienciales que sostienen: “Dicen los sabios valientes estas palabras virtuosas y sin ambages: Jamás niño sin pecado salió de mujer […] jamás existió joven inocente desde los más remotos tiempos”.

Se trata, sin duda, de la idea del pecado original. Y te preguntas quién cometió ese pecado y cuándo, y quién era ese recién nacido que antes de nacer ya pecaba.

Pero, en esa antiquísima mentalidad culpatoria, no se trata de lo que el naciente pueda hacer o haya hecho, sino de lo que es y no puede dejar de ser. Es culpable porque nace culpablemente y trae consigo la perpetuación de la culpa. El hombre sabe de sí, y ése es su malestar. Es el único animal que no se reproduce accidentalmente, sino que sabe lo que hace.

Las antiguas civilizaciones mesopotámicas practicaban el rito de la hierogamia, donde se escenificaba el matrimonio entre el rey y la diosa de la fertilidad, esa ceremonia mágica aseguraba la buena marcha de la naturaleza y la fertilidad de campos, ganados y personas. Los expertos señalan que hacia el II milenio a. C., el rito de la hierogamia había entrado en crisis, se representaba de manera simbólica, y en poemas como el de Gilgamés se ve que el propio rey tiene la audacia de ostentar públicamente su descreimiento. Pero yo pienso que la desconfianza es muy anterior y, si la hierogamia se practicó en los más remotos tiempos de manera real, no indicaba ingenuidad, sino todo lo contrario: malestar y desconfianza angustiada. Desde que el hombre supo el modo en que se fabrican los hombres, temió que el hecho de saberlo trajera como consecuencia que dejara de funcionar. Es una especie de principio de incertidumbre de Heisenberg, pero aplicado a la conciencia de sí mismo. De modo que, con la hierogamia, se fingía una ingenuidad y candidez que ya no se tenía, y sería muy problemático saber si alguna vez se tuvo.

En el Génesis se narra de manera implícita el momento lamentable e irreversible en que Adán y Eva practican el sexo a sabiendas y lo instituyen como culpa hereditaria. Es una idea que se puede rastrear en la literatura y que retrata bien a cada autor que la roza. Freud habla de ese malestar en la cultura, Chamfort reflexiona sobre los animales que tienen la dignidad de no reproducirse en cautividad, Cioran describe a los bebés con una repulsión casi cómica, y Swift propone guisarlos, Borges escribe “La secta del Fénix” donde el secreto “llega tremendamente a todos los fieles”, “El informe de Brodie”, donde ficciona seres que lo desconocen, y “Emma Zunz” donde la protagonista “pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible”.

De ahí que, entre las grandes invenciones de la humanidad sapiencial, la primera fuera la familia, como presidio donde ha de perderse la ingenuidad, la confianza en el ser humano y en nosotros mismos, en aras del malestar general.

 

 

 

[Publicado el 04/6/2011 a las 09:14]

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Sobre el Diccionario Biográfico Español

Lo que sé del Diccionario Biográfico Español  es que se está fomentado una polémica artificiada, buena para que algunos demuestren audacia en su brava conducta de rasgarse el babero y escupir en los potitos para dar asco a los demás. También se ha hecho admirar el chocante interés de algún bibliófilo en desencuadernar y desfoliar tomos por amor a la pureza.

Lo que sé del proceso de trabajo seguido en la selección y encargo de las entradas es que la RAH entraba en contacto con un autor especialista en un ámbito de conocimiento concreto, y le pedía la elaboración de un listado con los de personajes pertenecientes a su especialidad que, a su juicio, no deberían faltar en el Diccionario, además del nombre del biógrafo que podría encargarse de la redacción de la biografía correspondiente. Esa red de biógrafos llamados y elegidos es la que ha elaborado primero la relación de entradas deseables, y luego las biografías decididas por las distintas comisiones académicas.

Respecto al criterio más o menos estricto de admisión de biografías, todo lo que sé es que se me encargó una, la de Torralba, el médico ocultista, y,  a mi vez, propuse tres, la de Lola Montes, aventurera, la de Lacoizqueta, botánico, y la de Errandonea, asiriólogo. Y me postulé a mí mismo para hacerlas. Mis personajes propuestos no figuraban en la base de datos de la Academia. Con todo, y aunque el proceso estaba para entonces prácticamente concluido, se me contestó rápidamente con el encargo formal de escribir las cuatro biografías.

Sé que la mayoría de los cinco mil biógrafos que han colaborado en el Diccionario son personas como yo, gente con amor al dato exacto y su transmisión, y cuyo interés supremo ha sido escribir una biografía útil con miras al saber universal. La retribución por ese trabajo consiste esencialmente en la satisfacción de haber hecho entrar en el panteón de la historia a personajes que lo merecían para ilustración y edificación de todos. El dinero pagado era simbólico, baste saber que si se hubieran pagado al precio de cualquiera de los artículos que se dedican ahora a alborotar y reclutar escandalizados sobrevenidos, desencuandernadores virtuosos y plañideros varios, el diccionario habría sido imposible de hacer.

No he leído las biografías escritas por los demás, pero estoy seguro de que si el escándalo estuviera motivado por mi sesgada valoración de los tratados de Lacoizqueta sobre flora briofítica y micología, o sobre mi designio injusto sobre el trabajo comparatista de Errandonea entre el vasco y el sumerio, algún alma sensata se aventuraría a opinar que no por eso era preciso denigrar las cuarenta mil biografías y los cinco mil biógrafos. Pues eso.

 

[Publicado el 02/6/2011 a las 07:48]

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Primera noticia de santa Salomé

Hace mucho tiempo, hubo en Francia una revolución. Abolieron el lunes, el martes y los demás días antiguos. Suprimieron las semanas y la numeración de los años. Cambiaron el nombre a los pueblos, los meses y los días. El gobierno ordenó empezar una nueva cuenta del tiempo, el 3 de Brumario del año 2. 

Allá por el mes de Ventoso, llegó a París la noticia que muchos aldeanos seguían contando los días al modo antiguo, para celebrar el domingo e ir a misa, que eran actividades ilegales, y sobre todo para hacer el vago, porque en la cuenta revolucionaria el descanso semanal era un día de cada diez.  

Los líderes revolucionarios decidieron entonces escoger una comarca donde hubiera una mayoría de gente sospechosa de seguir practicando las viejas supersticiones, y deportar a todos los habitantes. Les pareció mejor que fuera un lugar pegante a España, país con gusto por las costumbres de los antepasados y foco de contagio de ideas antirrevolucionarias.

La noche del 13 de Ventoso del año 2, vaciaron de habitantes los once pueblos que hay entre San Juan de Luz, el río Nive y la frontera española. Desalojaron las casas, encerraron a la gente en las iglesias, y luego se la llevaron, en carretas, a confinamientos al norte del río Adour. 

Al día siguiente toda la comarca era un despoblado. Las vacas, atadas en las cuadras, mugían de hambre. El viento y la lluvia se repartían ropas y enseres tirados ante las iglesias. No se oía una voz. No quedaba nadie. Empezaba el Terror decretado por el gobierno. 

¿No quedó alguien olvidado? Sí. En las cuevas de Sara, bajo la gran ola de piedra blanca de Peña Plata, abandonaron a una docena de viejos e impedidos, y, entre ellos, a un cura centenario. Los revolucionarios dijeron que no valía la pena gastar una carreta con semejante carga.

Salomé apareció dos días después, cuando la desesperación devoraba a los abandonados en la cueva. El primero que la vio fue el cura centenario, que se había asomado afuera, apoyado en su bastón. Y enseguida, como experto, se dio cuenta de que aquella niña era una santa. 

Tenía cuatro años, traía una cesta con tres panes y un frasco con tres dedos de vino. Debió bajar de la parte de Peña Plata, pero no se supo de dónde vino. Antes de llegar a la cueva, soltó las vacas de la casa Bordagaiztua, que mugían desesperadas.

Cuando todos hubieron comido un pellizco de pan mojado en vino, Salomé se sentó y se durmió enseguida. Todo se repitió al día siguiente. Y lo mismo una vez más. 

Y entonces el cura centenario dijo que les iba a contar, poco a poco, en tres días, un rato por la mañana y otro por la tarde, con paradas para respirar y preparar las palabras, la historia del Santo Niño de Atocha. 

Así les habló:

—Hace muchos siglos, había una ciudad cristiana en España, se llamaba Atocha. Llegaron los moros, se apoderaron del castillo y metieron allá presos a muchos cristianos. Y luego de pedir un  gran rescate, que era imposible juntar tal dinero, no dejaban a nadie llevar comida ni bebida a los presos. 

—Temiendo por sus vidas, empezaron a rezar y pedir milagro las familias, y de paso, también los presos. Gran milagro para gran apuro pidieron entonces, vamos a rezar nosotros al Santo Niño de Atocha.

Ahí siempre suspendía la sesión. Hasta que un día rezaron tanto y tanto que el cura centenario no retomó el “Hace muchos siglos, había una ciudad cristiana en España…” sino que dijo de repente:

—Y apareció un niño. Así, del tamaño de Salomé. Y traía un cesta con pan y una calabaza con agua. Les daba pan a los presos, y siempre había pan en la cesta, y agua en la calabaza, para otro preso más. ¡Milagro del Santo Niño de Atocha! Vamos a rezar nosotros al Santo Niño de Atocha.

El cura centenario contó la historia, unas veces con “¡Milagro del Santo Niño de Atocha!”, y otras, según le le parecía, volviendo al “Hace muchos siglos, había una ciudad cristiana en España…” Hasta que se cansó, y suspendió las sesiones durante tres días. Pero ya no cabía duda alguna en la cueva: aquel Santo Niño de Atocha era como Salomé. Y ellos eran como los presos. ¿Qué iba a pasar? 

Entretanto, Salomé se despertaba en la cueva, escuchaba dos o tres sesiones al cura centenario, y cuando oía un “¡Milagro del Santo Niño de Atocha!” se iba a conseguir comida y vino, porque su cesta sí que se agotaba, aunque duraba bastante. Tenía que ir a Bordagaiztua, que había un trecho, o adonde se le ocurriera, porque era alta y espabilada para su edad.

La historia del Santo Niño les gustaba a todos, y a Salomé la que más. “Hace muchos siglos, había una ciudad cristiana  en España…” qué maravilla. Lo mejor fue un día que exclamó el cura centenario: “¡Milagro del Santo Niño de Atocha!” Y vaya si sucedió un milagro. ¡Vino a la cueva la vaca pinta de Bordagaiztua! ¡Y parió! Entonces hubo hermosos días de calostro y leche para todos, aquello era la leche, qué rica leche. 

 

El mes de Fructidor, se acabó el Terror y empezó la Justicia. Los deportados supervivientes pudieron volver a sus casas saqueadas. Pero toda la tertulia de las cuevas de Sara fue deportada a la Guayana, en aplicación del decreto que ordenaba la delación de curas y aristócratas bajo pena de muerte. Se tuvieron en cuenta los respectivos eximentes de falta y sobra de edad, y se les conmutó la pena capital por otra de deportación a la isla del Diablo.

Hasta el barco fueron encadenados en una carreta, eran cuatro viejos, cinco monjas refractarias, el cura centenario y Salomé. Rezaron al Santo Niño de Atocha y llegaron casi todos a la Guayana. Pero, como en la isla del Diablo sólo había penal para hombres, alojaron en una jaula junto al muelle a una monja refractaria y Salomé. La monja era una mujer fuerte y optimista. Cuidó como una madre a Salomé y le dijo que, en cuanto muriera el cura centenario, tendrían su sitio las mujeres en presidio, y saldrían ellas de la jaula. Pero la monja se murió antes. 

[Publicado el 28/5/2011 a las 13:50]

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Poesía oral y mistificación


  La composición oral de repente es un género menor pero de particular interés en la historia de la poesía. Existe en todas las culturas, y su reducción a la categoría de ejercicio inferior y adventicio se produjo tras la introducción de la escritura, que dio una nueva dimensión al concepto de “memorable”. La poesía oral repentizada no es memorable; en su calidad de efímera, su efecto ha de ser instantáneo, y busca la risa o la emoción inmediata, no reflexiva. Es el motivo de que una gracia repentizada no tenga ninguna gracia si es explicada. Su valor es tan volátil como su sonido; una réplica analizada, un trovo remirado, no valen nada. 

En el discurso Pro A. L. Archia, de Cicerón, se nota que en Roma el prestigio del improvisador poético era más bien bajo: Arquías no es vindicado como repentizador habilidoso, cosa que efectivamente era, sino como escritor, y el sermón va sobre la suma dignidad de las letras en general y la de un letrado en particular, el propio Cicerón, en cuyo honor Arquías había comenzado a componer una alabanza metrificada.

Las manifestaciones de repentizadores apenas están documentadas, como es natural, dada la naturaleza del fenómeno. Y, cuando se toma nota de ellas, resultan un fiasco, como cuenta Brosses de Bernardino Perfetti, poeta improvisador a cuya actuación asistió en Siena hacia 1739: “Hay ahí muchas más palabras que cosas. Es imposible que la construcción no resulte forzada y el relleno, compuesto de un pomposo galimatías. Creo que con esos poemas pasa un poco como con las tragedias que improvisamos el señor Pallu y yo, donde hay tantas rimas y tan poca razón. Tampoco el caballero Perfetti ha querido escribir nada, y las piezas que le han robado mientras las recitaba, no han mantenido en la lectura lo que habían prometido en la declamación.”

La poesía repentizada en español tuvo gran pujanza en el Siglo de Oro. Se celebraban certámenes en tertulias poéticas que se llamaban “academias” y donde se recitaban composiciones efímeras, sin propósitos de perpetuidad ni transmisión, con calidad literaria nula o apenas superior al interés circunstancial que la sustentaba. Con ocasión de festejos solemnes, civiles o religiosos, se celebraban certámenes de improvisadores. Anastasio Pantaleón, poeta culterano del primer tercio del siglo XVII que tenía veleidades repentizadoras, llamaba a sus improvisaciones “parto súbito de ingenio”, y de ahí viene lo de “soltar paridas”.

Los motivos de improvisación eran apasionantes. En una sesión de finales del siglo XVI en la academia llamada “de los Nocturnos”, de Valencia, se documentaron los siguientes sujetos: soneto a la guinda, alabanza del laurel, redondillas en elogio del haba, cuartetos en honor del membrillo, redondillas a una lechuga, romance a la granada y otro a la avellana… También se ordenaba al repentizador componer octavas utilizando palabras finales que imponía el jurado, o bien usando palabras que empezasen por una letra determinada. La habilidad improvisadora suscitaba gran admiración entre el vulgo y existían manuales para aprender sus prácticas. Los repentizadores ofrecían un perfil no muy alejado del bufón y solían ser criados de grandes señores, como Atilano de Prada, que servía al duque de Medinasidonia, o el ciego Cristóbal, que fue criado del marqués de Siete Iglesias.

Del mismo género repentizador son los desafíos por bulerías, las jotas de picadillo, los glosaores y los trovos. Se trata de controversias poéticas cantadas o declamadas entre dos personas que improvisan estrofas rimadas y donde se trata de ridiculizar al contrario. La incultura y falta de formación académica suele ser motivo de orgullo y vindicación, y predomina el gusto estético marcadamente rústico. El valor de la improvisación repentizada no es literario ni estético, sino sociológico y de ambiente.

En vasco, como era de esperar, todo es distinto. El repentizador se llama bertsolari, y su consideración artística es elevada. Muchos de ellos son profesionales, y el género dispone de explicadores eminentes, escuelas específicas, programas en la televisión, publicaciones especializadas, bibliografía sesuda y un largo público entendido. A la vista del fenómeno, el escritor Patziku Perurena intuía una motivación masoquista en la masa de fieles oyentes de los campeonatos de bertsolaris.

Es de certeza empírica que la calidad y esencia de la improvisación rimada y medida en vasco es la misma que la despachada en cualquier otra lengua, la única diferencia sería el argumento irrebatible que le oí cantar al bertsolari Sarasua en un encuentro con troveros, no recuerdo si cubanos o murcianos: “pues nosotros así desde el Neolítico”. Y los dejó petrificados. Ahora, una vez sobrepuestos del pasmo, nos seguimos preguntando cómo es que la improvisación en vasco, que tiene la misma poquedad estética y gracia oligoelemental que las demás, aparenta un papel tan relevante en la cultura confesional del país.

El mismo Patziku Perurena publicó un artículo esclarecedor en la revista literaria Mazantini, donde contaba cómo los intelectuales nacionalistas entregados a la causa de acubillar a la vasquidad constataron que la organización de campeonatos de poetas no servía para el pastoreo. Aquella poesía empedrada era demasiado neolítica, y la plebe ingrata prefería ignorarla literalmente. Entonces el cura Aitzol, que era el cerebro de la banda, propuso pasar de organizar juegos florales a montar campeonatos de bertsolaris. Para que el nuevo ceremonial tuviera el efecto domesticador deseado, era preciso acicalar a la criatura. Primero había que sacarla de su puesta en escena tabernaria, donde su elenco de actores solía consistir en dos que farfullaban y tres mirones. El campeonato sería en el teatro Victoria Eugenia, y la esencia purista y racista soñada por el nacionalismo sería fortalecida por jóvenes improvisadores que traerían el embutido hecho en casa, irían bien trajeados y no estarían borrachos. En la nueva preceptiva, el humor era sospechoso y restaba puntuación, las vacuidades pseudorrománticas valían más. Así se fraguó el relevo del viejo Txirrita, quien además se permitió burlarse del jurado, por el joven Basarri, modelo de provinciano con vuelo gallináceo y verba curil.

Con todo, aunque el artículo de Perurena explica con solvencia la actitud y miras de la élite nacionalista en la captación y reconversión del gusto populachero, en la consumada canonización del bertsolarismo como expresión literaria elevada se evidencia además un componente de aire místico, visible en las caras de suficiencia acomplejada  de muchos asistentes, embriagados por la indecible sensación de participar en un ceremonial prestigioso que no está al alcance de cualquiera: “estoy siendo vasco”. 

El prestigio del bertsolari como ser pensante único en la historia de la humanidad, capaz de la “descongelación de la intraconciencia”, y de otros manejos culinarios alucinógenos solo hacederos por quien “se reitera sin repetirse, multivaliendo, elíptico, topológico (cambiante), insistido, fluyente, atónico y antifonal”, fue resultado de Quousque tandem, el “ensayo de interpretación estética del alma vasca” publicado en 1963 por Jorge Oteiza. 

El curioso breviario pregona un rimero de fantasías racistas que tuvieron gran predicamento en Irún, Tarrasa y los respectivos extrarradios intelectuales. La deconstrucción de la sosada está apoyada en un desconocimiento monolítico de la lengua, pero compensada con una florida emisión de efervescencias sobre el cromlech como arquitectura metafísica. El objetivo es la ampliación de la vasquidad sobrevenida, desde los 8.500 años concedidos por Barandiarán, a los 14.000 graciosamente otorgados por Oteiza. Desde el advenimiento de Quousque tandem, un vasco creyente en lo del cromlech, la vasquidad preindoeuropea y demás mandangas, tiene más catecismo que un católico y un mahometano juntos. El avance fue muy celebrado, José Domingo de Arana, capo del nacionalismo, constató en 1968: “el libro ha causado ya un impacto decisivo en la formación mental de la juventud estudiosa del país, en actitudes políticas y en expresiones que publicaciones locales citan casi al pie de la letra.” Seguro que por casualidad, “bildu” es uno de los verbos agraciados con una explicación al arrimo del cromlech.

Oteiza se envanecía de haber fundado ETA antes que Txilardegi, Krutwig, y el resto de padres de la patria. La 5ª edición de Quousque tandem incluía una separata en forma de hoja mecanografiada y fotocopiada que iba como prefacio especial para iniciados. Era la época, finales de 1993, en que Oteiza libraba la batalla final contra el museo Guggenheim de Bilbao. Su viejo deseo de ser comandante de cultura, que databa de la época en que planeaba matar a Aitzol para ser califa en lugar del califa, volvía a las andadas aunque su propuesta se reducía a “Se acabó Guggenheim o serán ejecutados el consejero Arregi y el arquitecto norteamericano del proyecto”. A este buen hombre le tenía tanta hincha que ni podía escribir su nombre.

Ahora tienen que disculparme el paso de baile, pero estoy releyendo el Diccionario de las artes de Azúa, libro poderoso y afilado donde, en la entrada Escultura, luego de resumir las desgracias de dicha artesanía alojada en el aburrimiento desde Baudelaire a esta parte, trae este nuevo pasaje: “Tras su gira en busca de un espacio adecuado, para la escultura es de esperar que algún día regrese a su lugar natural, la arquitectura, y rebaje sus pretensiones de soberanía y autodeterminación. Posiblemente sea esto lo que están esperando los arquitectos para animar un poco su oficio. Alguno de ellos, como Frank Gehry, parece dispuesto a todo con tal de salvar la escultura, de manera que produce esculturas que simulan ser arquitectura, como el Guggenheim de Bilbao.” Es admirable leer cómo una obra, que medita con brillantez el espectro semántico evacuado por el Arte, resume, sin proponérselo, el derrotero de Oteiza como Artista que imita al Arte: agotado el espacio y las variaciones de su escultura, pasa a entronizarla en un discurso vacuo pero eficaz, en su telegrafismo anacolútico, para hacer saber a la muchachada que lo suyo tiene una justificación metafísica y, por fin, muerto de celos por la obra de un escultor arquitectónico, propone su ejecución junto a la del “teólogo nazigermánico”.

La antevíspera de la puesta de la primera piedra del Guggenheim de Bilbao, el 23 de octubre de 1993, Oteiza, que había donado su obra a Navarra despechado por el desaire que le hacían los neolíticos, sacó una pistola en el Hospital de Pamplona para exigir el tratamiento exclusivo del que se sentía merecedor desde la época del malvado Aitzol. Cuando vio que lo iban a empapelar por amenazas y tenencia ilícita de armas, escribió al ministerio de Justicia, donde tenía un contacto en el gabinete de prensa, entonces regentado por un etarra converso, quien manifestó comprensión por sus maniobras de distracción, como poner un par móvil en el lugar donde cayó el primer etarra, glorificado por Oteiza como “poeta ideólogo entrañable compañero en nuestro frente cultural de artistas vascos primer caído 1968 en nuestra resistencia al franquismo”. Pero el converso ministerial rechazaba la posibilidad: “me temo que eso no será posible mientras el monstruo que entonces engendramos siga matando seres humanos. Por lo mismo creo que en torno al Guggenheim se puede pensar todo, decir todo, hacer todo… menos invocar al Demonio en nuestra ayuda. Lo último que desearía es que nadie pudiera llegar a asociar a tu nombre el asesinato de un nuevo Ryan.”

Oteiza fue condenado a un mes de arresto porque se redujo del tipo impuesto por el código penal en atención a la ausencia de peligrosidad social del artista. Tras el registro de su casa, se hallaron otras dos pistolas, todas ellas de época aitzoliana, aunque en perfecto estado de conservación.

Reproduzco la hoja del prefacio volandero de Quousque tandem citado más arriba. La pongo en dos fragmentos para que sea más legible.

 

En la carta al lehendakari se aprecia su fijación por la consejería cultural, y en la carta de “estos etarras de antes al Consejero de Cultura” se hace patente su vanagloria de padre fundador del engendro.

 

Oteiza fue otra de las tonterías del siglo XX, que las tuvo a pares. Pero una tontería que perdura en el XXI, en la nutrida sección de fantasmadas racistas. Y que no sabemos quousque tandem durará, porque también Arana fue una tontería decimonónica, pero luego dio guerra y brutalidad neolítica durante todo el XX y lo que te rondaré.


[Publicado el 16/5/2011 a las 08:53]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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