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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 31 de mayo de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Petrarca no subió al Mont-Ventoux

 

El otro día, en una cena de amigos, surtió la gran cuestión que divide a la intelectualidad del momento: ¿Subió o no Petrarca al Mont-Ventoux? Por casualidad llevaba conmigo unas notas al respecto y, sin miramientos por el abuso, las leí después del postre, y ahora reincido escribiéndolas para ti:

Alejandro no habría sido Magno, si no hubiera tenido noticia de los héroes homéricos. Los hombres aprenden lo que pueden ser, cuando son aleccionados sobre las más eminentes posibilidades humanas. Las historias de dioses, héroes y artistas, han promovido nuevos modelos ejemplares que, a su vez, han dado que hablar. 

Filipo V de Macedonia tenía que emular a Alejandro Magno, que sometió al mundo, y a Aníbal, que entonces atacaba a los romanos en el mismo corazón de su imperio. Así que concibió el propósito nunca oído de ascender, con todo su ejército, a la más elevada cima de Tesalia, el monte Haemus, desde donde era fama que se divisaban el mar Negro, el Adriático, los Alpes y el Danubio. Allá, teniendo ante la vista el mundo, pensaba celebrar consejo para escoger la mejor ruta y auspiciar la gloriosa guerra contra Roma.

Como le dijeron que no era posible que un ejército tan numeroso subiera a la cumbre, decidió hacerlo con unos pocos escogidos y apartó de la expedición a su hijo Demetrio, sospechoso de simpatizar con los romanos, y con ello lo condenó a muerte. Tras la subida penosa y el regreso, el rey Filipo no desmintió la creencia común sobre lo que alcanzaba a verse desde el Haemus, y tampoco narró la experiencia. Tito Livio supone que no vio más que nubes, y que no lo admitió para no ser objeto de burla por la vanidad de haber hecho semejante camino creyendo que efectivamente había un lugar desde donde podían verse tantos mares, montes y ríos.

Petrarca, que conoció la versión de Tito Livio y también la descripción geográfica de Pomponio Mela insistente en el extraordinario panorama mundial visible desde el gran Haemus, decidió atribuirse una ascención memorable. Pero habiendo aprendido, de la experiencia del rey Filipo, las consecuencias perniciosas que puede tener para la reputación el descuidar la descripción de una hazaña real, puso toda su solicitud en la narración de una experiencia imaginada. Además, debía tratarse de una vivencia desarrollada en dos ámbitos: el interior, donde se libra el drama de la salvación del alma, y el exterior, donde tiene lugar la caducidad mundana. Se trataba por lo tanto de emprender una obra con aspiraciones de totalidad y no menos ambición que, por ejemplo, la Divina Comedia. Porque Petrarca, aunque ya era poeta oficialmente laureado y rondaba los cuarenta años, aún no había compuesto nada digno de su fama. El primer esbozo de la carta que narra la subida al Mont-Ventoux lo hizo en Aviñón en 1342-3, hizo una primera remodelación en 1349, y una postrera en 1353, cuando ya vivía en Italia y hacía años que había muerto el destinatario de la epístola, el fraile Dionigi de San Sepolcro, amigo que le gestionó la coronación laureada y le regaló el libro de Agustín. Mientras redactaba la versión final de la subida al Mont-Ventoux, trabajaba en otra carta poética y montañera sobre Montgenèvre.

Para el ascenso al Mont-Ventoux, primero escogió una fecha adecuada. El día 26 de abril de 1336, designado para pisar la cima, fue viernes, día de redención, por aquello de la muerte de Cristo en la cruz. La fecha fue sugerencia de Agustín de Hipona, selecto acompañante de Petrarca en el ámbito interior, y cuya experiencia de conversión también sucedió justo antes de entrar en su trigésimo tercero año de vida, la misma edad que tenía Petrarca el día de su poética expedición, y también la de Cristo cuando ascendió al Gólgota, reputado sepulcro de Adán, el viejo hombre superado.

La vertiginosa caída en el ámbito interior queda esbozada con la primera palabra de la carta que se refiere al dramático ascenso en el ámbito exterior: altissimum, superlativo de altus, que en latín conlleva el doble significado de “alto” y “profundo”. Es una carta con doblez, que habla simultáneamente de ascenso y descenso, de pasado y presente, de mundo y alma.

Petrarca pretende hacernos creer que ha llevado el texto al papel con mano aún temblona por la emoción y el cansancio de la excursión, en una habitación apartada del albergue, mientras los criados preparan la comida reparadora. Las vivencias interiores puestas por escrito de modo espontáneo,  o sea, traspasadas al ámbito exterior, antes incluso de sedimentarse como recuerdo y reflejo. Ese rasgo es un reflejo de su descubrimiento de las cartas ciceronianas en 1345, las mismas que propiciaron la conversión de Agustín e hicieron que Petrarca decidiera distinguirse en el género epistolar. Además de las reminiscencias de los modelos ciceroniano y agustiniano, hay guiños a Tito Livio, como cuando mira desde la cumbre y de entrada no ve más que nubes: Respicio: nubes erant sub pedibus.

El escogido acompañante en el ámbito exterior es su hermano Gherardo, que para entonces ya se había hecho cartujo, de ahí que ascienda hacia la cumbre con recta facilidad y sin zizagueos, mientras Petrarca busca el trazado más fácil y se distrae. Casualmente lleva consigo el libro décimo de las Confesiones agustinas y abriéndolo al zar da con el pasaje: “Van los hombres a admirar las alturas de los montes, los ingentes oleajes marinos, el flujo de los amplísimos ríos, el ámbito del océano y las órbitas de los astros, y se dejan a sí mismos”. Petrarca vuelve entonces hacia sí los ojos interiores y asegura que ya nadie le oyó hablar hasta completar el descenso, o sea, hasta que nos escribe la experiencia.

De entre quienes leyeron lo doble y premeditado como si fuera simple y espontáneo, el historiador Burckhardt fue sin duda el más influyente. Su Petrarca subió al Mont-Ventoux para ver el paisaje, igual que si se hubiera asomado a un cuadro de Friedrich. Aquella mirada petrarquiana era una novedad absoluta, que rompía con el medioevo y  significaba la irrupción de la modernidad. Como consecuencia de la interpretación de Burckhardt y en un rápido ascenso hacia la excelsitud, Petrarca fue nombrado padre del humanismo, del alpinismo y del ciclismo.

En noviembre de 1901, tres admiradores de Burckhardt y Nietzsche emprendieron una expedición memorable al monte Urbión. El líder era Paul Smichtz, suizo de Basilea, enamorado del tipismo español y nietzscheano entusiasta. Con él iban los hermanos Baroja. Por entonces, Pío empezaba a colaborar en Los Lunes del Imparcial, púlpito literario del momento, y el motivo elevado de la excursión era escribir un reportaje. Como lectores de Burckhardt y románticos rezagados, no solo creían a pies juntillas que Petrarca subió al Mont-Ventoux, sino también que era el venerable inventor del paisajismo. Y así como Petrarca llevó consigo un libro de Agustín, por su parte Baroja llevó un Séneca para redondear el reportaje con alguna reminiscencia lectora.

Llevaban una carta de recomendación para la Guardia Civil de Covaleda, de modo que les acompañó una pareja de la Benemérita, lo que daba a la expedición un perfil absolutamente español para especial satisfacción de Schmitz. Subieron primero al Muchachón, el espolón de la sierra que mira a Covaleda, y luego al Urbión. Baroja estaba exhausto y quería pararse a comer y descansar. Los guardias civiles y Schmitz, experto alpinista que había ascendido al Jungfrau, le decían que ni hablar, porque iban a quedarse pasmados, y que era preciso bajar hasta algún lugar de abrigo.

Por fin llegaron al Raso de Zamplón, que los expertos de la expedición habían designado como lugar para detenerse y descansar. Ateridos de frío, recogieron algunas ramas y se aplicaban a encender el fuego, cosa nada fácil por la humedad reinante. Entonces, Baroja sacó su Séneca y lo quemó en la base del montón de leña, ante la admiración de los presentes. Tuvo así lugar “una alta hoguera religiosa en medio de un bosque de pinos”, según informa Los Lunes del Imparcial del 16 de diciembre de 1901. Y de ese modo se cumplió otro lance de la cadena de emulaciones que venía de los héroes homéricos, de Alejandro Magno, del rey Filipo de Macedonia, de Cicerón, de Agustín de Hipona y de Petrarca.

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 07/10/2011 a las 05:48]

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Una leyenda

imagen descriptiva

En la Rúa de Tudela se alza este palacio renacentista, siento no tener una foto mejor, en cuyo blasón se inscribe esta leyenda

BERITAS OMNIA VINCET

Los avezados latinistas desaprobarán, como un solo hombre, la mayúscula falta de ortografía en la descarada B inicial de esa palabra sacrosanta que, según inveterada preceptiva, tendría que haberse escrito “VERITAS”. Puede que también desaprueben el “VINCET” inusual, que sustituye al mejor reputado “VINCIT”. 

Esta inscripción ha gozado de la incomprensión y la indiferencia seculares, pero no deja de ser una excelente muestra del gusto por lo conceptuoso que estuvo de moda en aquellos esforzados siglos. Sin apuro ni miramiento, esta leyenda puede ser considerada insuperable precursora à la lettre del arte conceptual. Como pieza de género, está más lograda que todos los esfuerzos denotadores y didácticos de Duchamp y Magritt en su búsqueda del verdadero aserto que se prueba a sí mismo. Además, el matiz final —vincet es futuro, o sea, “vencerá”— la libra de todo mal.  

No estaría mal que alguno de nuestros historiadores locales nos allegase alguna noticia del premeditado ingenio que redactó la demostración de que, pese a los mayores defectos de forma, y hasta escrita por quien no sabe escribir, la verdad vencerá. Ahora, entretanto, ¿es o no verosímil que solo sea una falta de ortografía? 

[Publicado el 29/9/2011 a las 09:01]

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Sensacionalmente distinta

 

La verdad es una sensación, escribe Azúa. Y añade que la visión inmediata de que la solución dada a un problema matemático es verdadera no es distinta de la aprobación placentera del ebanista, el pintor o el músico, que rematan su obra. La reflexión está muy bien traída porque pone en problemático entredicho a las sensaciones que no dejan de ser nuestras guías ineludibles y preeminentes en el interminable equívoco entre lo bueno, lo bello y lo verdadero.

 Con todo, yo sostengo que hay para el hombre una sensación de la verdad distinta a todas las otras. Dar con la verdad que está ahí y que todos verán cuando se les muestre, sea como sea, bajo otro régimen o en otra dimensión estética, difiere esencialmente de la sensación narcisista y de sumo alivio  que produce el último toque feliz, ese momento dichoso en que uno  se despide, “ahora sí que no puedo hacer más por ti”, y deja la obra a merced del público y la nada. Porque, al cabo, uno sabe que en el mejor de los casos se trata de su personalidad, su verdad, que ahora quedará expuesta a la intemperie de aprobación, indiferencia o vituperio. La exaltación se abigarra con irisaciones de inseguridad, esperanza y desmesura. La plenitud llega a irradiar una aureola de impotencia. La necesidad de aprobación ajena se parece inesperadamente al miedo.

Con la verdad, es distinto. Cierto es que urge la compulsión de hacerla saber,  la más humana de las urgencias, pero la cuestión personal se reduce a un problema táctico, exclusivamente de organización, a un “veamos cómo digo esto para que se entienda”. La inseguridad limita su reino a las siempre necesarias precauciones para no explicarse tan espeso que aumente la dificultad para la aproximación y el entendimiento ajenos. En la visión de la verdad no hay último detalle, sino comprensión del conjunto. Los detalles tendrán que concordar, o no valdrán, y serán falsos e irrelevantes. No hay exaltación, sino confort repentino, algo parecido a cuando se enfoca una lente.

Durante años tuve cercado al sospechoso de la cuestión homérica. Es difícil interrogar a un sospechoso a tanta distancia, y yo mismo creía que nunca pasaría de las conjeturas. En el verano de 2008, el confuso océano de la cuestión se había reducido a un esfera, todavía con el centro en muchas partes, pero la circunferencia ya no estaba en todas. Una tarde de julio me fui a la siesta. Por si sirve a los especialistas, puntualizaré que había comido oveja, que según los entendidos infunde la virtud de la paciencia, justo la que yo no tengo. En el mejor sopor, con la élite de mis funciones dedicadas a la digestión, a punto de quedarme frito, entendí el epigrama dórico, no solo el significado, no solo el imperativo final, también con qué verbo de la Ilíada había que relacionarlo para hacer incontestable la exposición. Lo supe todo. El sospechoso ya no era un sujeto legendario y difícil de interrogar a a través de los milenios, sino un poeta que salva las distancias dejando por escrito su confesión con toda suerte de anotaciones e instrucciones para entenderla. También supe lo que tenía que escribir, cómo lo argumentaría, en qué dirección llevaría el crescendo, en qué orden vendrían los rittornelli y cómo administraría las pruebas. Ninguna exaltación, nada de levántate pamplonica. Me dormí igual. La certeza, con toda su exposición y consecuencias, ocupó mi mente el mismo lapso de tiempo y produjo la misma emoción que si me hubiera preguntado por el lado en que tenía la ventana. 

Se diría que una parte de mis entendederas se había dedicado por su cuenta, haciendo horas extraordinarias, a reflexionar y comparar, conjeturar y desechar, y presentaba el resultado sin hacer aparatos, como quien responde cuando le preguntan qué hora es. La verdad entonces se asimila de modo que parece que se sabía de siempre, y cuesta imaginar cómo pensaba uno cuando aún la ignoraba. Ahora mismo, al corregir las pruebas, me acuerdo de aquella hora meridiana y te puedo asegurar que la sensación de la verdad es distinta a las demás.

 

 

 

 

[Publicado el 23/9/2011 a las 05:35]

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El racista de las almorranas

Siempre se habla muy mal de los políticos, y hay momentos, como el actual, en que son denigrados como el gremio más despreciable y perjudicial del teatro democrático. Conviene avivar un poco el seso y recordar alguna elementalidad: todo hombre, e incluso mujer, a quien embarga la tierna solicitud por su país desea en el fondo de su corazón generoso la supresión de la mitad de sus compatriotas. A veces, en casos ejemplares, ese deseo supresor se concentra en unas nucas escogidas, y en otros, solo se refiere a dos tercios de sus conciudadanos. Ahí está ese vasco oñatiarra de las almorranas que desea eliminar de su teatro de pureza al intérprete y al médico, porque no están a la altura ideal, y de momento, a falta de nada mejor, humilla a esos seres inferiores y ofende a la dignidad del lenguaje. Porque un racista vasco que entiende al médico, y prefiere ser atendido por teléfono y mediante auriculares, aun a costa de retrasar la consulta diez meses, y en esa traza espera a ver qué mal lo hace el intérprete, para hacerlo saber, y luego emite su vernaculez, para demostrar qué mal la traslada el intérprete, y dar así una lección tras otra a ese par de especímenes infravascos, ofende a la dignidad del lenguaje y de la condición humana. Y luego aún solicitó con todas las de la ley que la próxima vez el intérprete estuviera de cuerpo presente y debidamente identificado para poder encararse con el ser inferior y denunciarlo a las autoridades, y así piensa seguir, este héroe vasco de las almorranas, hasta eliminarlos a todos y que su necio teatro de pureza sea perfecto. Por eso, es una fortuna que racistas así estén políticamente representados por excelencia, o sea, por políticos menos racistas que ellos, siquiera por imperativo legal. Porque las naciones e imperios se forman en base a su complacencia en las iniquidades de que son objeto.  De modo que todo cristo, pese a sus reiteradas y sinceras invitaciones al despotismo, está en democracia representado por excelencia y eso es lo mejor de los políticos y el sistema. De modo que, cuando se oye esa honrada queja de “no nos representan”, a uno se le ocurre apostillar “por suerte”. 

Es preciso recordar que las supersticiones de la democracia, con todas sus charlatanerías y farsas, nos salvan de otras mayores. Y es la nulidad e inepcia de los políticos la que permite y asegura mal que bien nuestra libertad. Porque una característica tragicómica de la libertad vigente es que los mediocres que la hacen posible no saben mantenerla, pero los inframediocres sí que saben desnaturalizarla e inventar nuevas formas de terrorismo y estupidez. Y no hay tonto que no consiga que otros más tontos le sigan.

 

[Publicado el 17/9/2011 a las 06:29]

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Todo cuento

 

Entre los tópicos del cinismo de los dictadores, “la historia me juzgará” es uno de los favoritos. A Fidel Castro, por ejemplo, le encanta soltarlo de vez en cuando. No suelen decir “la novela me absolverá”, o “la poesía me exculpará”. ¿De dónde viene la invocación a ese particular género literario, como si fuera una divinidad compareciente al final de los tiempos para dictar sentencia? Sin duda procede de la creencia en el juicio final. Toda la historia, como género literario, es un subproducto de esa vieja y exitosa ficción literaria prospectivista. Y la fe en el sentido de la historia viene de la misma vaina religiosa. El que haya de haber juicio final, con sentencia debidamente redactada por escrito, está vinculado a un concepto de la justicia que trajo el monoteísmo —también la justicia es una forma de monoteísmo.

Es indicativo que acostumbren a ser los creyentes quienes reprochan a su dios la indiferencia ante la evidente flojera de la calidad de su obra y su absentismo a la hora de reparar los más conspicuos fallos. ¿Por qué callaste, oh Dios? Y lo preguntan como si fuera una cuestión tremenda. Pero las condiciones psicológicas a favor del juicio final están tan arraigadas que suelen ser justamente los juiciosos creyentes quienes razonan que el silencio divino ante la muerte de la abuela o el holocausto es otra prueba de que habrá juicio final.

El monoteísmo es un notable invento, porque conlleva la tiranía, al mismo tiempo que legitima la individualidad del pobre hombre erigido en protagonista del drama cósmico, incitado a los remordimientos y dotado de bellas crisis de conciencia.

El éxito del diablo, ese personaje literario que se arroga la condición de elegido por antiexcelencia, es el patrón modélico de ese inicio de relato tan archiclásico “Yo, la verdad sea dicha, he sido siempre mucho desgraciado”. Así empezaba Fuina, el cuento de Iribarren que nuestra abuela leía en voz alta y encontrábamos tan divertido. Esa fatuidad invertida atrae el favor público, pero no es, al cabo, más que otra clase de fatuidad. O sea, se trata, como siempre, del fatuo en labores de aproximación. Con todo, ese narcisismo de presentarse como elegido al revés dispone de una peculiar elocuencia, legitimada por la recóndita creencia en la justicia y el juicio final.

En los tiempos del politeísmo, forma atenuada y civil del descreímiento, se hablaba de las distracciones de la providencia, la indiferencia del azar y la inflexibilidad del destino. Hoy se echa mano de la injusticia padecida como si se formara parte de un concurso de acreedores. Así es uno promovido al rango de víctima, de testigo, del que tiene algo que contar. Se trata de un recurso literario que viene de un cuento milenario. La injusticia así ostentada es un tónico espiritual, guerrero, táctico y elocuente que inhibe la  paralizante preocupación por caer en la infatuación y el orgullo. 

En nuestro relato del mundo nos conducimos como si la historia no fuera un género literario, sino una divinidad infalible que siguiera un desarrollo lineal y progresivo, a través de etapas que acabarán por manifestar una gran idea y hacer justicia. Todo cuento. Y aún hay quien se queja de la escasa influencia de la literatura en la vida común.


[Publicado el 11/9/2011 a las 06:40]

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El hecho poético

 

 

En 1926, cuando ya era una celebridad, Yeats publicó el poema Among School Children, donde figura el nunca bien ponderado verso Soldier Aristotle played the taws (El soldado Aristóteles jugaba a las canicas). Así se leyó en las sucesivas ediciones y reimpresiones de los poemas completos que se publicaron en vida de Yeats —reputado corrector compulsivo— quien, según toda evidencia, decidió que podía vivir muy bien con dicho “soldado”. En 1947, ocho años después de la muerte del poeta, el soldado Aristóteles fue licenciado y sustituido por Solider Aristotle (El más sólido Aristóteles). Los editores decidieron que, por más acogedor y garante que se hubiera mostrado Yeats con el soldado Aristóteles, ellos, por su parte, no podían soportarlo ni una edición más. A favor de su rectificación figuraba el preterido manuscrito original y la convicción de que el más sólido Aristóteles hilaba mejor con los versos anteriores Plato thought nature but a spume that plays / Upon a ghostly paradigm of things (Platón pensaba que la naturaleza no era más que una espuma que juega con un paradigma fantasmal de las cosas). Se desestimó el parecer de algunos entendidos que sugerían la posibilidad de que Yeats hubiera pensado —no importa si fue a posteriori— que Aristóteles fue efectivamente soldado cuando, según la leyenda, acompañó a su discípulo Alejandro Magno. La contumaz presencia del soldado Aristóteles en versiones online insiste en mantener abierta la cuestión de si Yeats querría una cosa, pero luego otra, y si sería pertinente dirimir cuál de ellas es “mejor”.

A Montale también le hizo dudar el redactor de su poema Falsetto. El poeta había escrito Esiti a sommo (Dudas en lo alto) y quien picó el texto transcribió Esisti a sommo (Existes en lo alto). Se trataba de una nadadora en el trampolín y, hasta donde manda la preceptiva, no hay mayores indicios poéticos a favor de la duda frente a la existencia. Muchos lectores, recordaba Montale, prefirieron la forma existencial.

En cambio, Mallarmé, celebrado paladín de ambigüedades, desató un tomo de certezas con su soneto Le vierge, le vivace et le bel aujourd’hui. El profesor Agosti publicó en 1969 El cigno de Mallarmé, una detallada guía donde explicaba a diez páginas por verso lo que Mallarmé no quiso nombrar pero quiso decir. El cisne no era tal, sino un poeta; tampoco el lago era un lago, sino una tumba (bastaba fijarse en que el poeta Prudencio utilizó lacus con el sentido de foso a finales del siglo IV). La escarcha, le givre,  se refería a la losa tumbal, como era de prever. Esto último se basaba en que Mallarmé fue profesor de inglés y no podía ignorar que grave en inglés es tumba. Otras claves interpretativas eran incontestables: no había duda que el cuello del cisne era el orgullo intelectual. El resultado aleccionador es que Mallarmé no era ambiguo ni por el forro, bastaba el diccionario Agosti para entender que en realidad ejercía una claridad meridiana. Solo los filisteos antipoéticos alegarían que para ese viaje no hacían falta esas alforjas, y que cualquier otro explicador podría despachar otras tantas interpretaciones igual de convincentes.

Si se descubriese la carta donde Mallarmé revelaba que el cisne se refería a una novia suya de Logroño, ¿qué sería del cisne de Agosti? Se podría pensar que la mayor objeción a la poetería es que el poeta sabe lo que su poema quiere decir, y que él mismo pone así sus alforjas en cuestión. Pero eso no sería más que otro cisne. Porque no se trata de que la poesía sea un hecho lingüístico, sino de que el lenguaje es el hecho poético. Hay lenguajes donde no rige el código lingüístico —por ejemplo, la música— pero no dejan de ser casos del hecho poético. Ahora, el soldado de Aristóteles y la nadadora existencial, ¿de dónde son? Si por poesía se entiende cierta virtualidad emanante del texto patentado y autorizado, acaso no fueran de la poesía,  pero siempre serían casos del hecho poético.

Un caso de conjunción de lenguajes que supera las virtualidades del código lingüístico es la canción. En 1896 se creó una de las más célebres de Austria. Según la leyenda, el letrista Josef Hornig se dirigió al músico Ludwig Gruber con un letra de canción que tenía este estribillo:

Es wird a Wein sein, und mir wer'n nimmer sein,

(Habrá un vino y nosotros ya no estaremos,)

D'rum g'niaß ma 's Leb'n so lang's uns g'freut.

(Por eso saboreamos la vida, y tanto gusto.)

'S wird schöne Maderln geb'n, und wir werd'n nimmer leb'n,

(Habrá chicas guapas y nosotros ya no viviremos,)

D'rum greif ma zua, g'rad is's no Zeit.

(Sus y a ello, que luego es tarde.)

Ambos acudieron adonde el editor musical Blaha, le propusieron la canción y solicitaron un anticipo. El astuto Blaha dijo que sí, pero que lo daría por una canción ya compuesta, de modo que Gruber se sentó al piano e improvisó allá mismo la melodía. Así se dice que se alcanzó una insuperada cumbre de la canción vienesa, el mejor testimonio de aquella época de la vieja Austria fluctuante entre el irreprimible placer vital y la melancólica atmósfera de decadencia. 

Este canción (me permito sugerir, entre las muchas versiones, esta interpretación a dúo por una tiple y un característico, como se decía entonces):

 

 ha sido la favorita de muchos austriacos, a cuyo deseo se ha cantado en despedidas fúnebres y en toda suerte de ágapes. El poeta Peter Altenberg dijo que era el mejor, más conmovedor y profundo cuplé nunca cantado, porque aunaba la más dulce, cordial y frívola alegria vital de los vieneses con su honda desesperación por tener que estirar la pata.

Es notable que toda la gracia de esta canción, que no deja de tener una letra admirable, esté más allá del código lingüístico, porque yace justo en su conjunción con la música, que confiere a la adversativa un tono  indeciblemente cantabile.

 

 

 

 

 

[Publicado el 30/8/2011 a las 05:45]

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La noche griega

 

La Ilíada será uno de los textos más estudiados del mundo. Cada una de sus palabras, fórmulas y locuciones ha sido objeto insistente de investigaciones, tesis y comentarios. De modo que cualquiera de ellas es como esos copos de nieve que bajo el microscopio revelan mundos insospechados de láminas, prismas, dendritas, columnas, puentes y dodecágonos urbanizados.

Cuando contemplamos el cielo de innumerables luces adornado, y el suelo de noche rodeado, en sueño y en olvido sepultado, asistimos al mismo espectáculo que han mirado los hombres que habitaron la tierra desde la Ilíada a esta parte, y nos preguntamos si habrá habido materia más poetizada. Y con todo, la noche iliádica aún nos presenta oscuridades de sentido.

Hay, por ejemplo, una fórmula —νυκτὸς ἀμολγῷ “en […] de la noche”— que aparece en cuatro pasajes de la Ilíada y se ve que es propia de ella, porque su empleo en un pasaje de la Odisea es un homenaje tardío. La expresión desconcertaba a los escoliastas antiguos y ha sido muchas veces discutida por los modernos. ¿Qué quiere decir esa fórmula (genitivo más dativo siempre en final de hexámetro) referida a la noche? Lo que parece fuera de duda es que se refiere a lo que llamaríamos “noche cerrada”, o “corazón de la noche”. Ahora, lo que no se ve es el significado original.

Casi todos los antiguos han deducido que la fórmula tiene que ver con el verbo amelgo “ordeñar”, y propuesto que su sentido es “momento del ordeño de la caída de la noche”. Lo cual es muy bonito, pero la relación entre el ordeño y la noche no está nada clara, y tampoco se entiende por qué una sociedad, aunque fuera pastoril, acuñaría un término semejante para expresar el oscuro apogeo de la noche. 

La mayor parte de los especialistas modernos también han querido ver una relación con el ordeño. Algunas explicaciones son la leche: Worthen propone la traducción literal “la leche del atardecer”, porque es cuando el cielo se oscurece, excepto el núcleo del ocaso que es semejante a una gota de leche ordeñada en el fondo de un pozal oscuro. Gil Fernández y otros han propuesto que la fórmula se refiere al lapso nocturno en que la Vía Láctea es visible. También hay un grupo significativo de especialistas que se inclina por el sentido de “oscuridad”, como se lee en la mayoría de las traducciones. Y no faltan los que se manifiestan a favor de la relación metafórica de la noche culminante con la urbe henchida, pacíficamente pero enfrentados a quienes prefieren interpretar “forro de la noche”, porque la noche homérica, dicen, es envolvente.

El eximio Benveniste propuso que el sentido original de la raíz  melg- ha de remitirse a la de leĝ-, que es el de “recoger”, de modo que el sentido de amolgós sería “recogida”. Reconozcamos que el “recogimiento de la noche” tendría su punto místico delacruciano, e incluso asoma una apariencia de etimología razonable: la leche germánica (milch, milk…) viene de la raíz melg- “ordeñar” que a su vez procede de leĝ- “recoger”. Porque la leche fue la materia recogida por excelencia, la gran invención que revolucionó las tripas humanas y produjo una enzima ad hoc. Lo cual es para felicitarse. Pero la relación del ordeño con la noche sigue siendo oscura y traída por los pelos. Porque el sentido de la fórmula de la Ilíada ha de ser algo propio y propiamente dicho de la noche griega.

Por aprovechar la leche, ya que estamos, podríamos hacer queso. En el proceso de fabricación de este venerable alimento, hay un momento en que se rompe la tensión superficial de la leche cuajada y se forma un precipitado, compuesto por las proteínas, el calcio y la grasa, que se va depositando en el fondo de la disolución conforme se adensa. Ese precipitado será el queso, una vez retirado de la disolución de agua, sales minerales y hidratos de carbono que llamamos suero. Durante un tiempo, el suero continúa goteando del queso  recién formado y sus últimas gotas se escurren bajo la acción de la prensa.

La raíz verbal indoeuropea que significa gotear, escurrir, fundir, decantar es leg-, muy parecida a la más arriba mencionada leĝ-. Y las dos raíces son tan semejantes que, en griego,  leĝ- (la de “recoger”) produce λἐγω, mientras leg- (la de “escurrir”) da λἠγω. Según esto, el significado del discutido amolgós sería “adensamiento”. Momento en que nos preguntamos qué leches tiene que ver eso con la noche griega.

¿De qué materia está hecha la noche? Según la Teogonía de Hesíodo, al principio solo existía el Caos. De ese gran bostezo primordial, se derramaron dos efusiones oscuras. Una, masculina, es la llamada Érebo, la otra, femenina, es la Noche. 

El Érebo es la oscuridad abismada, estable y constante, que yace en las honduras subterráneas. La Noche, en cambio, es una oscuridad cambiante y susceptible de disipación, esparcimiento y emulsión, tiene infinitos grados, y presencia ubicua. Después del contacto amoroso con su hermano Érebo, la negra Noche parió el Día y el Éter.

Notemos que, en la mitología griega, el día y el éter son magnitudes negativas. Toda su esencia consiste en contener más o menos noche, y su falta de oscuridad es relativa. La relación del sol con el día y el éter brillante es circunstancial: el astro pasa por ahí. Ellos, en cambio, son de la misma materia que la noche. Y ésta tiene un devenir con oscuridad cambiante, de modo que el mediodía y la medianoche son fases suyas, igual que los crepúsculos. Solo hay un momento en que la oscuridad nocturna se estabiliza, ese momento de adensamiento y precipitado de la noche es el comprendido entre el crepúsculo de la tarde y el del alba. Durante ese tiempo, la noche permanece estable en su oscuridad, y contiene en su regazo a las estrellas. Se comprende que, en lo denso de la noche, ante ese fondo de condensación oscura y precipitada negrura, Orión, el Carro, la lanza de Aquiles y el resto del atrezzo homérico brillen especialmente. 

En lo denso de la noche, el león y las fieras atacan los rebaños, y Aquiles relumbra como una estrella en la estrellumbre incontable, y su lanza resplandece como el destello de Sirio, en lo denso de la noche. Y tuvo Penélope un sueño claro, en lo denso de la noche.

 

 

 

[Publicado el 18/8/2011 a las 14:05]

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El atavismo del joven temible

 

Como si fuera perteneciente al sistema operativo de conducta colectiva, con recurrencia estacional, generacional y municipal, a cada paso se repite el mismo movimiento coreográfico de masas desde que hay memoria de comportamiento de las comunidades humanas. De ser un atavismo de cuando los jévenes se iban para formar otra manada o a merodear, y era por su bien, para que se marcharan adiestrados en su arte principal: ser rebañiegos y parecer temibles.

En todo caso, su ingreso en los adultos exigía tener conciencia de montonera y afición a la crueldad. Ser gregario, hazañear para el rebaño y causar espanto, eran obligaciones juveniles. Las ceremonias de iniciación son incontables como las generaciones, y tan antiguas como la tos.

Los jóvenes debían demostrar que eran capaces de aterrorizar. Esa obligación era objeto de institucionalización. Todavía persiste en muchos usos como las colectas festivas, los carnavales, o el botellón. En muchos textos antiguos se muestran a grupos de jóvenes lanzados al dominio violento por medio de la nota colectiva y hasta aterrorizando la ciudad entera. Apuleyo cuenta en El asno de oro cómo Hypata, ciudad de Tesalia, es durante la noche propiedad absoluta de grupos de jóvenes que se dedican a la violencia y al crimen, mientras las autoridades son débiles y complacientes con ellos. Esos jóvenes tesalios se ensañan especialmente con los extranjeros, de modo que dan la nota patriótica y guerrera. También Aristófanes narra en Los Acarnienses que el inicio de la guerra civil en Grecia empezó por un episodio de terrorismo juvenil que deriva en un enfrentamiento entre Atenas y Megara.

Entre las muchas definiciones de hybris hay una en De Virtute de Aristóteles conforme a la cual hay hombres que se procuran placer llevando a otros a la desgracia. Una mera relación de casos históricos en que los jóvenes deben demostrar ser capaces de hacerlo, mediante la eliminación del declarado enemigo o foráneo, y la ocultación de la identidad de los miembros de su manada, ocuparía varios libros. 

Plutarco recogió testimonios donde se refleja la idea de la juventud y la guerra que regía en quienes velaban por imponderable bien común. Una vez que los lacedemonios derrotaron a un enemigo fronterizo, la autoridades solícitas reflexionaron que la juventud se hallaría en los sucesivo privada de su necesaria palestra y no tendría oportunidad de combatir, carencia grave que se podría volver contra la propia ciudad. El enemigo y la guerra recibían el significativo nombre de piedra de amolar de la juventud. Así respondió Cleómenes espartano cuando le preguntaron por qué no procuró la total destrucción de los enemigos argivos: “para que tengamos dónde probar a nuestra juventud”.

Es de notar que la idea no es tenemos guerra, ergo usemos a los jóvenes, sino el consejo de moral política: todo reino que cuide el buen orden y salud de su estatus ha de tener una piedra de afilar la juventud, y está demostrado que para eso no hay nada como la guerra, y quien no la conduzca de modo que sea de los jóvenes contra los vecinos, se encontrará con que es de los jóvenes contra la propia ciudad.

A la juventud le corresponde ser temible y demostrarlo en una hazaña de iniciación, hacer como que van a derribarlo todo viene a ser una obligación coreográfica tan vieja como el propio rebaño. Pero nótese que en sí los jóvenes nunca han derribado un orden social, han sido sus pastores mayorencos quienes los han utilizado. Ahí está el ejemplo de Mao: fue él quien usó a la juventud para pasar por la piedra a los viejos, y son aquellos jóvenes, así como los heroicos jóvenes cubanos que castrificaron la isla, los actuales  ancianos conservadores del régimen.

También la máscara es un elemento recurrente. Desde el Ku-Klux-Klan hasta los de la boina, desde aterrorizar al negro hasta matar al español, desde el terrorismo de Mau-Mau al de ETA, se aprecia la máscara, el rebaño y la alegría de la muerte ajena. Y la inveterada vileza de que una parte del “pueblo” actúa mediante el terror como si fuera la totalidad.

Ese atavismo del joven temible no sólo es patente ahora en Londres — por cierto, cuánto recuerda todo esto a aquellos grupos llamados Teddy Boys hace medio siglo— y hace un par de años en el extrarradio de París. También se trasluce en hechos menos telediarios, como la adulación de los profesores a los alumnos —por no mencionar la exhibición comprensiva de los opinadores situados respecto a los indignados en busca de situación— actitudes que traslucen el mismo guión del inmemorial teatro atávico.

 

 

 

[Publicado el 10/8/2011 a las 06:32]

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Sobre un vasquismo

 

Muchos transeúntes se preguntan por qué los vascos titulares y los aspirantes acostumbran a saludar diciendo Aupa! Epa! Apa! Epe! Eup! Ieup! Iepa! Iepe! y alguna otra variedad vocalizada siempre en torno a la oclusiva /p/. En casi todas las guías para novatos en costumbres vascas se advierte It's the common way to greet somebody as passing along the street

Algunos estudiosos invocan el diccionario de Azkue, para asegurar que todas esas variantes vienen de aupa, que es una voz desafiante que también puede ser amistosa, caramba.

En todo caso, es la misma voz que Corominas y Moliner peritan como “de sonido expresivo”, transcriben como uuup y upa respectivamente, entienden que sugiere la idea de levantarse, y está presente en castellano, portugués, catalán y vascuence. El verbo aupar aparece en el siglo XVIII en Torres Villarroel, y en el diccionario de Autoridades; aunque no debuta en el de la Academia hasta 1817. Cuervo anota en Colombia opa, que considera derivado de upa, con el sentido del saludo hola. López del Castillo censa en su diccionario de catalán la interjección ep! que sirve para apostrofar y advertir. Y por su parte Gagini cita en su diccionario de Costarriqueñismos ¡upe! con el sentido de ¡ah de la casa!

El apunte de Gagini me recuerda que, cuando yo era chaval en Elgorriaga, la fórmula de llamada en una casa era ¡Avemariep! Ese final oclusivo era la variante más clásica y recatada, pero muchas veces se transformaba en ¡Avemariepa! que era mucho más conminatoria. La fórmula debía decirse en cuanto uno asomaba a un portal ajeno, porque justificaba que así no entraba uno de extrangis, y que era persona de bien, y cumplidora de la preceptiva de urbanidad y buena fe, que saluda a las personas de la casa y les quiere comunicar algo. También era el saludo apóstrofe que empleaban los mendigos.

En definitiva, significa “aquí estoy”. Así no es nada extraño que, según y como, tal locución haga levantarse, y tampoco lo es que pueda usarse como saludo amistoso o interpelación desafiante, con todas las gradaciones imaginables.

El origen está en la fórmula de saludo cristiano Ave Maria et Joseph. Como consecuencia de la resistencia del vascuence al final con fricativa bilabial /ph/, aparece la oclusiva /p/ en la forma sincopada Avemariep que, enfatizada como Avemariepa, es a su vez origen, también por síncopa, de aupa.

A finales de la Edad Media los frailes mendicantes introdujeron la costumbre de que el predicador rezara antes del sermón un avemaría a la que se arrodillaban todos. La réplica suplicante Sancta Maria… no se fijó hasta 1568. La fórmula de salutación antes de predicar era la mencionada Ave Maria et Joseph. Esa manera de empezar el sermón dejó la costumbre de que la salutación se empleara desde entonces con profusión. Todavía hoy está vigente su uso en las pastorales de los obispos checos. Y es visible su antigua representación en dinteles y monogramas de todas partes del orbe cristiano.

Los vascos, siempre archiconfesionales y con entusiasmo de neocreyentes, adoptaron y modificaron la fórmula de la manera descrita arriba, de modo que un saludo de piedad mariana pasó a ser una suerte de santo y seña de identificación convencional que, una vez sincopado, pasó a todos los romances ibéricos.

 

 

[Publicado el 03/8/2011 a las 05:00]

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Lecturas apresuradas

 

 

Llevamos incorporado de serie un software para leer caras y obtener de ellas información sensacional. En realidad, leer caras es un arte de hacer juicios temerarios, pero no por saberlo nos sustraemos a su influencia. Y también llevamos incorporado un software para poner caras, que a su vez es un arte que nos lleva toda la vida.

“Habla para que te vea”, dijo Sócrates a un joven que le presentaron para que examinara sus capacidades. Sin duda, creía que los rasgos del rostro y en especial los ojos se animan al hablar, de modo que los recursos y facultades mentales modulan la fisonomía, y es posible determinar el grado y capacidad de la inteligencia. A ese parecer se opone una objeción de tinte moral, porque a las cualidades morales las suponemos yacentes a un nivel más hondo que la mímica facial. Y aún con más fuerza se opone una observación elemental por el hecho de que el habla  conlleva siempre un grado de inevitable fascinación en el hecho de entenderla. Por eso, Schopenhauer prefería decir “no hables, para que te vea”.

La descarada aporía de las caras legibles ha conocido altibajos notables en la historia de la antropología criminal, ciencia temeraria como pocas. Un momento cumbre fue Lombroso. Hoy parece algo chusco, lo mismo que cuando recordamos que no hace muchas generaciones los barberos eran cirujanos, pero Lombroso fue reputado genio durante el siglo XIX y, particularmente en España,  a lo largo del primer cuarto del siglo XX. En el periódico valenciano El Pueblo, se anunciaba para el domingo 27 de febrero de 1910 un mitin anticlerical con la intervención de la flor y nata de los perorantes más radicales del momento: “Alejandro Lerroux, el bravo luchador en quien el pueblo confía; Rafael Salillas, el Lombroso español; el insigne novelista Pío Baroja, que recientemente se incorporó al partido que acaudilla Lerroux; y Ricardo Fuente, el cultísimo publicista”. 

Una de las actividades tradicionales de los lombrosianos españoles de hace cien años era pasearse radical y provocativamente en coche, el jueves  santo, por las calles y plazas que el ayuntamiento había declarado peatonales a causa de las procesiones. Así puede verse en una foto de Nuevo Mundo a Nougués, el secretario de Galdós, que se solía ocupar de leerle los discursos, y al diputado radical Soriano, felices en su coche cruzado en la calzada de la valenciana calle de la Reina por donde venía la procesión. Los lombrosianos también se convertían eventualmente en policías represores de las manifestaciones insultantes para la verdadera religión anticlerical, tal y como se predicaba en el diario El Pueblo.

Pero la especialidad más celebrada de los lombrosianos era la llamada fisiognómica. Peritaban una cabeza y le diagnosticaban fobias, filias, parentelas espirituales y otros achaques de manual. Era lo que, en la jerga lombrosiana, se llamaba calibrer la bosse. Por lo visto, a nadie se le ocurría que las doctrinas lombrosianas no eran más que variantes cabezonas de la quiromancia y la astrología.

Cesare Lombroso era de Verona y estudió medicina en Padua, Viena y París. Dirigió un manicomio y dio clases de medicina forense en Padua y Turín, donde se hizo con la cátedra de Antropología Criminal y publicó en 1876 su obra más famosa, L’uomo delincuente. Lombroso no creía en los crímenes,  que tenía por fenómenos aparentes, sino en el criminal, que según él era un hombre atávico. La tendencia al crimen era para él una forma de epilepsia, que en lugar de convulsión producía un impulso insuperable hacia la fechoría. Para probarlo, examinó cuatrocientos cráneos de criminales  difuntos y seis mil de vivos, de donde concluyó qué tipo de orejas, narices, ojos y frente correspondían al tipo del violador, qué movilidad de rostro, cejas y pilosidad tenía un ladrón, y qué pómulos y maxilares eran típicos del asesino. Para no dejarse nada, también publicó un recio libro sobre la criminalidad femenina, La donna delinquente, la prostituta e la donna normale. 

Entre los precursores de Lombroso estaban frenólogos como Lavater y Gall, que estudiaban las protuberancias craneanas donde localizaban las tendencias criminales. La frenología tuvo también en España su desenfreno y sus cultivadores, como el célebre Cubí, que pasó sus felices días revolviendo en las hueseras de los cementerios y fieramente enfrentado con la Iglesia.

La concepción totalizadora de estos antropólogos, que en su momento se consideró el colmo del progresismo, tuvo su más destacada inflorescencia en el nazismo. Se puede ver, por ejemplo, en las conclusiones lombrosianas de Maximoff, que investigó a los condenados en Siberia a trabajos forzados y encontró que los tártaros eran proclives a crímenes de sangre y violencia, mientras los judíos destacaban en delitos contra la propiedad. Entre 1885 y 1913, se celebraron hasta siete congresos internacionales de antropología criminal. Solo la guerra detuvo el vertiginoso crescendo de la ciencia lombrosiana. De forma paralela, se iba imponiendo la idea de la superioridad nórdica y anglosajona frente a los latinos y semitas. Un antropólogo criminalista español, Bernaldo de Quirós, no sólo encontraba mayor criminalidad en los paises cálidos, sino que trazó una línea de Lisboa a Barcelona y decretó la mayor proporción criminal del sur frente al norte, a causa del mayor cruce de razas y el predominio semítico.

Hay una lamentable ironía en el hecho de que la antropología criminal fuera una de las “ciencias” que acabó por confluir en uno de los mayores crímenes de la historia. Pero, en sus tiempos mozos, la fisiognomía procedía de tesis aristotélicas y estoicas, y enlazaba con la cuestión siempre por resolver de los futuros contingentes.

Los aficionados recordarán al dieciochesco marqués de Laplace y su calculadora, en la que bastaba introducir todos los datos presentes y pasados del universo para que el artefacto determinara fatalmente el verdadero futuro. La calculadora de Laplace leía en la cara del universo los crímenes y virtudes del porvenir. Que el futuro no puede ser verdad ni mentira puede parecer evidente a primera vista, pero es algo que siempre ha costado entender.

Pedro Rivo, que enseñaba teología en Lovaina en el siglo XVI, sostenía que las proposiciones de las sagradas escrituras con el verbo en futuro (por ejemplo, “parirás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús,” de Lucas, 1, 31) todavía no eran verdaderas. Por lo tanto, decía, o en los artículos de fe sobre futuro no hay verdad presente, o es preciso dictaminar que su significado no puede ser impedido por Dios. El papa Sixto IV hizo condenar las doctrinas de Rivo por escandalosas y desviadas, y el teólogo tuvo que retractarse por escrito.

El propio Aristóteles debatió en De Interpretatione el tema de los futuros contingentes y su susceptibilidad de ser previamente leídos. Como ejemplo, proponía “mañana se librará una batalla naval”, que a primera vista solo puede ser verdad o mentira, excluyendo cualquier posibilidad tercera. Los estudiosos aún no se han puesto de acuerdo sobre cuál era en detalle la argumentación de Aristóteles, que termina por sostener que proposiciones como esa no son verdad ni mentira, mientras no haya comprobación de hecho.

Las consecuencias del litigio sobre los futuros contingentes son importantes en religión. Sobre todo en religiones como la judía, donde hay un pacto vinculante en el dios y su pueblo. Si el pacto es realmente vinculante y no puede sino ser cumplido por el dios, este se convierte en un ser sobrante e inoperante, que conoce el futuro y no puede cambiarlo. Para arreglarlo, la ley prohibía a los judíos toda suerte de adivinación y predicción.

Pero estamos hechos para leer caras y signos de inminencia, nos puede la obsesión de que las cosas tienen sentido, así que vivimos encarados al futuro y al pasado, a la ansiedad y al recuerdo, y nuestro presente consiste en lecturas apresuradas.

 

[Publicado el 24/7/2011 a las 06:07]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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