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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 22 de enero de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Casta viuda


El cronista Serrano era devoto de Bécquer y de la venerable María de Agreda, pero al final, desengañado de todo, solo creía en el ferrocarril y los jefes de estación. Todo vino de que el 8 de febrero de 1874, domingo, cuando se decía la misa en la parroquia de San Pedro de Beratón, entraron en la iglesia media docena de forajidos con sus trabucos, mientras otros cuatro esperaban fuera. Capitaneaba a los bandidos el tío Chupina de Serón, con el Monsiú de lugarteniente, y el Rubio de Noviercas como guapo matón. El Chupina ordenó a los hombres echarse al suelo y, al cura, que continuara con la misa “que todos somos cristianos”. Luego fue llamando por sus nombres a los feligreses, que eran conducidos a sus casas y robados a conciencia. El Chupina era sarcástico y burlón, a una vieja que se resistía la hizo echar en el banco de matar el cerdo con una palangana bajo el cuello y le puso el cuchillo en el cuello. Despachada la misa y la colecta, los ladrones atrancaron la puerta de la iglesia y entraron en una casa para hacer festejo y reparto. El plan parecía bueno, pero entonces se descolgaron desde el campanario al cementerio cuatro jóvenes, el primero se rompió una pierna, pero los otros tres escaparon. Constancio Serrano tenía entonces veinte años y fue a pedir ayuda a La Cueva de Ágreda, a dos leguas, y paró en casa de la futura señora Serrano, que le pareció tan jovenzana que aún jugaba con muñecas, y de ahí cortejaron, y se casaron, pero la joven tenía un hijo de unas primeras nupcias que le levantó la mano a Serrano, quien vendió las churras y las tierras, y salio pitando del pueblo, no sin llevar consigo la edición de 1871 de las obras completas de Bécquer, aquella heroica impresión que hicieron Casado del Alisal y otros amigos del poeta, la mística ciudad de Dios de la venerable María de Ágreda y el diccionario de Gaspar y Roig, y al cabo de sus años de redactor y cronista en el Noticiero, le sobrevino una invencible querencia por el ferrocarril, tanto que lo hallaron en la sala de espera de la estación de Soria en 1935.
 
Pero antes de todo eso, escaparon de la iglesia los de Beratón, descolgaron los trabucos y empezó el tiroteo con los bandidos que echaban la siesta. Para cuando llegaron los refuerzos de otros pueblos, ya le habían pegado un tiro al tío Chupina, que sobrevivió al plomo y luego a la cárcel, y se reconvirtió en fabricante de pelotas de tripa que vendía por los pueblos. También el Monsiú quedó herido en la culera, pero el Rubio de Noviercas se escapó al monte y tiró hacia Borobia, pero lo cazaron y murió al pie de un rebollo, con otros dos compinches, y a los tres les dieron tierra en el cementerio de Beratón. 
 
Antes de descolgarse del campanario y de ser cronista, Serrano conocía al Rubio y su papel en la leyenda de Bécquer. Seis años antes del asalto de Beratón, en 1868, el Rubio desafió a Bécquer en la plaza de Noviercas. Todos los enterados sostienen que el desafío a Bécquer fue a causa de que su mujer, Casta Esteban, le quiso dar celos con el Rubio. El propio Bécquer también lo creyó, porque de inmediato se separó de Casta, quien parió en diciembre de ese mismo año a Emilín, un niño que todos reputaban el vivo retrato del Rubio. Sólo Serrano creía en la castidad de Casta, a la que recordaba como una dama distinguida, que estuvo de visita en su casa de Beratón, con su esposo Gustavo Adolfo y su cuñado Valeriano en 1863, cuando Bécquer escribió “La corza blanca”.
 
Tales extremos salieron a la luz en 1885, en el curso de unapolémica soriana que Serrano mantuvo con Saturio Galán, articulista de la Voz, bibliotecario del Casino y organista de San Nicolás. Este pluriempleado despachó una reseña antibecqueriana donde se permitía desdeñar “La corza blanca” dado que el autor confundía en ese relato a los ciervos con los corzos, porque “sin duda, se le pasó por alto fijarse en la cornamenta”. Serrano, por su parte, ignoró la alusión al Rubio y la Casta, y replicó con agudeza que los ciervos pertenecen la parte “real” de la leyenda, mientras los corzos y, en especial, la corza blanca, pertenecen al sueño. También sostenía Galán que el volumen “Mi primer ensayo. Colección de cuentos con pretensiones de artículos” publicado en 1884 por Casta Esteban no lo escribió ella, y era en todo caso un libro pésimo. Serrano defendió la autoría de Casta desde el punto de vista ferroviario, y observó que Bécquer fue un autor interesado y hasta fascinado por el tren que por entonces era una novedad, y participó en el viaje inaugural del ferrocarril Madrid-Irún, hecho sobre el que escribió una calurosa crónica titulada “Caso de Ablativo”. Apreciaba Serrano que Bécquer escribía, como puede leerse en “Desde mi celda”, para lectores que aún no habían viajado en tren, o bien querrían saber qué diría el poeta del portentoso invento: “La locomotora arrojaba ardientes y ruidosos resoplidos, como un caballo de raza, impaciente hasta ver que cae al suelo la cuerda que lo detiene en el hipódromo. De cuando en cuando, una pequeña oscilació n hacía crujir las coyunturas de acero del monstruo; por último, sonó la campana, el coche hizo un brusco movimiento de adelante a atrás y de atrás a adelante, y aquella especie de culebra negra y monstruosa partió arrastrándose por el suelo a lo largo de los rails y arrojando silbidos estridentes que resonaban de una manera particular en el silencio de la noche. La primera sensación que se experimenta al arrancar un tren es siempre insoportable. Aquel confuso rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos, aquel fragor de ferretería ambulante, igual, aunque en grado máximo, al que produce un simón desvencijado al rodar por una calle mal empedrada, crispa los nervios, marea y aturde. Verdad que en ese mismo aturdimiento hay algo de la embriaguez de la carrera, algo de lo vertiginoso que tiene todo lo grande; pero, como quiera que, aunque mezclado con algo que place, hay mucho que incomoda, también es cierto que hasta que pasan algunos minutos y la continuación de las impresiones embota la sensibilidad, no se puede decir que se pertenece uno a sí mismo por completo.” Por su parte, Casta denunciaba las lamentables interioridades de las compañías ferroviarias, lo cual, decía Serrano, es otro género literario, del mismo modo que una cosa es rimar y ser legendario, y otra, pasar de ser la hija del médico a pasarlas crudas por casarse con un poeta.
 
En general, la crítica ha estado más con Galán y sus alusiones córneas, que con Serrano. “Mi primer ensayo” ha sido considerado mediocre, malo y apócrifo, todo a la vez, y Casta Esteban, una desentrañada que murió sumida en el vicio.
 
En mayo de 1872, Casta Esteban, viuda de Bécquer, se casó en segundas nupcias con un recaudador de Hacienda. El martes de carnaval de 1873, Casta y su marido acudieron a una casa de Noviercas donde se celebraba un baile y de donde se expulsó al Rubio por faltón. Después del baile, Casta se iba a casa del brazo de su marido, cuando el recaudador fue asesinado de un tiro. Todos pensaron que había sido el Rubio, pero no se sustanció ningún proceso y el crimen quedó impune. Meses después se produjo el asalto a la iglesia de Beratón y acabaron los días del Rubio. Emilio Bécquer, el reputado hijo del Rubio y la Casta, murió en 1878, a los nueve años.
 
En el contrato de la cuarta edición de las obras de Bécquer firmado en 1884, Casta Esteban hizo constar que “en atención a las diferencias surgidas entre ella y sus hijos”  el dinero que les correspondía quedara en manos del editor Fernando Fe con la obligación de entregarlo cuando ellos llegaran a la mayoría de edad.
 
Poco antes, Casta había publicado “Mi primer ensayo. Colección de cuentos con pretensiones de artículos” con nulo éxito de crítica y público “¿Existe el Amor? No […] el mejor billete de amor es un billete de Banco”, aseguró Casta, y antes lo hizo Bécquer: “una oda solo es buena / de un billete del Banco al dorso escrita”.
 
Casta Esteban murió en el hospital de San Juan de Dios Madrid, el 30 de marzo de 1885, a causa de las quemaduras que sufrió durante el incendio de su casa que probablemente originó ella misma. En 1913, los restos de los hermanos Bécquer se trasladaron con gran fasto a Sevilla, y nadie se acordó de ella, salvo, quizá, el cronista Serrano.


[Publicado el 25/4/2012 a las 09:58]

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El peñazo


  El conde Charencey fue el más dicharachero de los comparatistas de sonsonete que tantas alegrías han dado a la causa de la pureza neolítica del vascuence. Las etimologías de catapúm chimpún que correteaban antes de sus felices días por la filología vasca se remontaban a Adán y Eva, lo que estuvo muy bien su momento, pero el siglo de Darwin reclamaba algo más pétreo para edificar una iglesia. Tras un primer aviso en los Annales de philosophie chrétienne, Charencey se lanzó a comparar las lenguas más lejanas y disparatadas con el propósito de establecer su origen común previsiblemente vasco. En 1862 alumbró La langue basque et les idiomes de l’Oural que tantos entusiasmos caucásicos, bereberes y dravidianos indefectiblemente vascos produjo. 
 
  Charencey anunciaba que los nombres de las herramientas ancestrales de los vascos no eran tales —vamos, sí que eran ancestrales, pero no herramientas— por su ninguneo del hierro y decidida preferencia por la piedra. Las denominaciones del hacha, la azada y el cuchillo remitían, por lo visto, a la peña como materia prima.  A ese monolitismo se unía la ciertamente alegre observación de que el vascuence no tiene nombres para los metales. Y la conclusión era que los iberos, o sea vascos, datan en el paisito desde la época de la piedra pulimentada, el neolítico, de donde viene el peñazo. 
 
  En 1868, Pablo Ilarregui, secretario del Ayuntamiento de Pamplona y vicepresidente de la Comisión de Monumentos de Navarra, descubrió las peñas de Charencey y propuso que la lengua neolítica bien merecía una academia. Pero sucedió que la muchachada preferió hacer una carlistada, la segunda o tercera, no se sabe bien, hay tantas. No obstante, el canto rodó y rodó, y su más esclarecida estirpe epigonal ha sido la constituída por los poetas picapedreros, los Unamuno, Oteiza, Celaya y Aresti, que tan vasca piedra han metaforado. Pueblo, raza, lengua, sangre, toda la tripacallería vasca fue pétrea durante el siglo XX, y la nutrición monofágica fosilizó tópicos y cerebros, era de temer que desempeñarse como el interesante de la piedra durante muchas galeuscas tuviera efectos secundarios.
 
  Podíamos, para variar, echar un vistazo a las peñas de Charencey. Y no es por aguar la piedra con latines, pero aizkora (hacha) viene de asciola (hachuela), y aitzurra (azada) de hastula (lanzuela), mientras aizto (cuchillo) es diminutivo de lo mismo: has(tula)to. También el nombre vasco de la hoz viene del latín: de falcitari (cortar con hoz) > aigitai > egitai > igitai. Y, para más despeñe, también los nombres vascos de los metales son latinos: burdin (hierro), con la sonorización de las sordas típica del vasco, deriva de pyritis que significa marcasita, mena de hierro. Ya ves, todo ha sido una lástima.


[Publicado el 12/4/2012 a las 10:35]

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Lectura incrédula de Dante



   El sábado de gloria caí sobre la Divina Comedia cuando quitaba el polvo al lucernario de la biblioteca y fui derecho al Infierno. Paré en el canto IV, donde Dante se asoma al primer redondel de “la val del abismo, la dolorosa, oscura, profunda y nebulosa”, y Virgilio —aquí no llamado por su nombre, sino il poeta tuto smorto, o sea, el poeta que ha perdido la risa, que ha perdido el color, cosa que pasa a los poetas a la vista de un laureado de su misma especie— le dice: “yo seré el primero, y tú serás el segundo” (Inf. IV, 15). Los comentaristas dicen que se refiere al orden de marcha, porque Virgilio hace de guía. Explicación prosaica y argumento peatonal. A ver: la cosa va de poetas, por lo tanto, se refiere a quién tiene la gloria mayor. Para la preceptiva de entonces, que ignoraba los poemas homéricos tanto como los mesopotámicos, Virgilio había sido el primer poeta en crear un descenso hexamétrico al infierno y, como tal, era un venerable precursor; pero ahora esplendía el segundo poeta, Dante, que hacía el descenso infernal en tercetos que daban gloria. Bien que se da cuenta Virgilio se da cuenta y de ahí su languidumbre.
 
   Memora Dante que en el primer círculo infernal no se oía llorar, y no más se sentían suspiros de duelo sin martirio que estremecían el aura eterna (Inf. IV, 27-28). Los nombres propios de esos suspirantes, luego se ve, pertenecen a poetas. Se trata de Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. Y los cuatro pronuncian el nombre de Dante con una sola voz (Inf. IV, 92), así de claramente lo adoran y veneran. Homero lleva una espada en la mano, símbolo, dicen, de su primacía en la épica. Pero lo que Homero tendría que empuñar, según la preceptiva, sería un cetro (Lucrecio III, 1037-38: unus Homerus Sceptra potitus). Esta espada dantesca pertenece más bien al atrezo de la doctrina de las dos espadas, que inventó el papa Gelasio, pero que tuvo su más señalado razonador en Bernardo de Claraval, ese viejo que aparece en el Paraíso (XXXI, 59) como director de tesis y patrono de la Comedia. La doctrina en cuestión trata de la supremacía del poder espiritual sobre el temporal, pero en la Comedia se refiere a la supremacía de Dante sobre la tropa poética de la antigüedad. Homero lleva la espada como soberano de todos aquellos soberbiamente censados —(IV, 132-144): Sócrates y Platón, Demócrito, Diógenes, Anaxágoras y Tales, Empédocles, Heráclito y Zenón, Dioscórides herborista, Cicerón, Lino hijo de Apolo, Orfeo, Séneca moral, Euclídes geómetra, Ptolomeo, Hipócrates, Avicena, Galeno y Averroes— que habrían sido todo lo sabios y poetas que se quiera, pero están condenados a no salir del limbo infernal, y a permanecer en la tiniebla exterior de la gloria, todos aquellos que quedan por debajo de Dante y uno de los cuales “soy yo mismo”, confiesa Virgilio, y añade (IV, 19-39): “estamos perdidos y tan afligidos que sin esperanza vivimos en deseo”. En deseo incumplido de gloria. Y es que la Comedia trata del ascenso a la gloria  mediante la escritura de la Comedia, y censa a toda la gente de molto valore relegada de la gloria (IV, 43-45) para realce del poeta de la Comedia. Siguiendo la doctrina de las dos espadas, a Homero le corresponde la espada como soberano temporal —y pretérito— de todos aquellos; en cambio, a Dante, una vez inhabilitados para la gloria todos los demás versificadores comparecientes en la Comedia, le corresponde la espada de la supremacía espiritual, que es eterna y está por encima de todos.
 
   Dante juega, claro, con el equívoco salvación teológica / salvación canónico-literaria,  y gloria teológica / gloria famosa, para ponerse ciego de más allá y, con aquello de la teología, hacerse adorar por toda la poetería de la antigüedad.
 
   Pero el efecto más logrado de la Comedia es aparentar que la acción consiste en pasear por los redondeles donde se almacenan célebres difuntos que callan como muertos o solo hablan para mayor gloria dantesca. Bajo esa acción aparente, corre la verdadera acción consistente en componer el poema total y de gloria insuperable que será la Comedia. Que la acción principal es la factura de un poema que compite y supera a todos los grandes poemas conocidos se ve en la narración que Ulises hace de su propia muerte, mientras se quema en el foso de los que cometieron fraude. ¿Qué podía saber Dante de Ulises? Lo que cuentan Virgilio y Ovidio, o sea, que era un falsario. De la Odisea no podía tener mayor noticia que su redacción en un lenguaje indescifrable y, detalle crucial, que trataba de un famosísimo viaje. Dante hace que Ulises narre otro viaje posterior al famoso, una singladura postrera donde llega a columbrar a lo lejos una montaña oscura, justo antes de ser tragado por el mar. La montaña oscura es la del Purgatorio, un lugar prohibido a los mortales, con la excepción de Dante, que inicia allá mismo su periplo, después de hacerse coronar por Virgilio (Purg. I, 133). De modo que Ulises perece y es castigado por ambicionar aquello que Dante consigue: divenir del mondo esperto (Inf. XXVI, 98). La superioridad es manifiesta: en la ruta a la gloria, el protagonista de la Odisea no llega, ni de lejos, allá donde el poeta de la Comedia empieza.
 
   El Virgilio y la Beatriz son de usar y tirar. Se le pierden por ahí. El uno, al llegar a la cumbre del monte que solo vio de lejos Ulises, la otra, en la primera esquina del empíreo. Dante compone entonces (Par. XXXI, 79 y ss.) su oración a la gloria, arrimado al equívoco de la dama volátil: “Oh mujer, donde mi esperanza está vigente […] y ella, tan lejana como parecía, sonrió y me miró; luego, regresó a la eterna fuente.” La gloria, tan esquiva e inalcanzable que parecía, por fin es mía de mí.
 
   Porque el tema dantesco no es, como se ha dicho, el estado de las almas después de la muerte en lo concerniente a su salvación o condena, sino el de los nombres propios en lo tocante a su fama. Este matiz esencial recorre toda la obra como un dobladillo.

[Publicado el 10/4/2012 a las 07:59]

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Fluminalia

 

Desviar un río era una prestación de reyes. Lo hizo Gilgamés, tras su larga  búsqueda de la inmortalidad a través de la estepa, la amistad y las grandes hazañas. Desengañado, regresó a la ciudad de Uruk, la gran metrópoli de elevados baluartes, hizo desviar el Eufrates y, una vez que el lecho vacío quedó a la luz del sol, ordenó la construcción de su mausoleo en el fondo. Luego, se suicidó y fue depositado en su tumba. Por fin, los ingenieros reabrieron el cauce, el Eufrates volvió a fluir por su lecho y sumergió la sepultura bajo las aguas.

Yacer en el cauce de un río no solo es privilegio de reyes, sino también sueño de poetas. Cuatro mil quinientos años después de que Gilgamés se hiciera sepultar en el lecho del Eufrates, el soldado Ungaretti escribió a la vista del río Isonzo sus endecasílabos abdicados: 

Esta mañana me he tendido

en una urna de agua

y como una reliquia

he yacido.

El Isonzo fluyendo

me pulía

como una piedra suya.

Pero, aunque fuera vistoso y quedara épico, los reyes no siempre desviaban los ríos para suicidarse y ser sepultados en el cauce. También podían hacerlo por motivos menos elevados, como construir un puente. En la crónica del príncipe de Viana relativa al rey Sancho intitulado el Fuerte, se narra que en Tudela dicho rey “fizo […] la puente e trujo a Ebro de Mirapeix a pasar por eilla”. Hacer el puente para luego traer el río es una  acción admirable, aunque seguramente está resumida, porque primero se desviaría el Ebro en Mirapeix, para construir en seco los diecisiete arcos y trescientos metros de tablero, y luego se le haría regresar al viejo cauce. En la foto se puede ver el puente sobre el Ebro en 1899 y, al fondo, los promontorios de Mirapeix.

 

La pesca era, por lo visto, monopolio real: el nombre Mirapeix alude a la “piscaria” del rey. Una vez construido el puente y traído Ebro a la puerta de Tudela, se instaló una gran “saraya” —red de pesca en romance navarro, del griego bizantino exartia (aparejos), castellano jarcia, aragonés exarcia, occitano sarsyes, vasco sare— que pertenecía al rey, y cuyo beneficio solía arrendarse.

Ahora, construir un puente sin desviar el río ni apoyarse en el cauce, era un auténtico desafío de ingeniería, si el caudal y la anchura eran importantes. El puente de Reparacea, sobre el Bidasoa, constituye un ejemplo de máxima prestación pontifical románica. La dificultad mayor era construir el bastidor necesario para sostener la cimbra y la cantería,  y hacerlo por encima del nivel de riada. Cuando se construyó este puente, hace mil años, se utilizaban vigas de roble cruzadas en tijera. Hoy no habrá en el país una docena de ejemplares con los veintidós metros de fuste necesarios para hacer los banzos. La selva medieval estaría mejor provista, pero la dificultad para sobrevolar el vano con una estructura que sostuviera el arco tuvo que ser máxima para los carpinteros de la época. 

 

Esta venerable obra románica trajo la civilización al Bidasoa en el siglo XI y durante ochocientos años fue la clave de la ruta entre Pamplona y el mar Cantábrico. Así lo recuerda el nombre Reparacea (Real paraje) que alude a la propiedad  y custodia regia del paso. En los años republicanos del siglo pasado, funcionó junto al puente un hotel palacial “favorecido —Blanco y Negro del 18 de agosto de 1935— por varias visitas del rey Eduardo VII de Inglaterra y las ex Infantas de España”. El reclamo ningunea a un cliente egregio como Valle-Inclán, que no defraudó, y se fue sin pagar. El mismo anuncio reproduce una foto del puente de Reparacea al que subtitula “romano”.

 

La superación del puente de Reparacea y la consecuente modernización de la ruta no sucedió hasta 1846, y constituyó otra suprema hazaña pontifical que incluyó el ingenioso desvío del curso del Bidasoa, con lo que el nuevo puente de Narbarte se construyó sobre el cauce seco. 

 

Cuando se terminó, la carretera nueva accedía al puente a través de un tramo de quinientos metros de terraplén elevado sobre una antigua isla aluvial que ceñían dos brazos del Bidasoa. El antiguo cauce de Tipulatze, por donde fluyó el río mientras se construía el puente de Narbarte, quedó cerrado, pero de tal modo que se convirtió en el rebosadero que da seguridad al dispositivo. Cuando una riada alcanza los siete metros de altura y los setecientos metros cúbicos por segundo, el agua del Bidasoa fluye también por el brazo de Tipulatze y ese caudal ya no pasa bajo el puente de Narbarte, sino que desemboca justo aguas abajo. En siglo y medio largo de funcionamiento, la construcción proyectada y dirigida por el arquitecto Pedro Ansoleaga ha demostrado una eficacia infalible.

 

Este tramo era uno de los más difíciles e innovadores de la nueva  carretera de Pamplona a la frontera de Irún, y el arquitecto Ansoleaga demostró estar a la altura de los audaces constructores del puente de Reparacea que le precedieron en ocho siglos.

 

 

 

[Publicado el 01/4/2012 a las 09:26]

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Un milagro alemán

 

Speer se hizo rico con sus memorias. No es que vendiera mucho, sino que acumuló una fortuna, adquirió mansiones lujosas con automóviles de anuncio a la puerta, y vivió sus últimos años hecho una figura célebre, respetada incluso en la Inglaterra que sufrió sus bombas. Algo muy difícil de conseguir con un libro, incluso en Alemania —aunque haya precedentes ilustres, como el propio Hitler, multimillonario antes que Führer gracias a un libro.

El ministro de armamento del Reich tenía derecho a mentir, según la preceptiva jurídica, y eran los jueces y cazanazis quienes debían hallar las pruebas de convicción de que el jerarca y hombre de confianza de Hitler tuvo que ver con algún crimen contra la humanidad. Durante la proyección, en el proceso de Núremberg, de las películas filmadas cuando los aliados liberaron campos de concentración y ante la vista de los horrores, se vieron lágrimas en los ojos de Speer. Y se dijo que lloraba porque estaba impresionado y no sabía nada de todo aquello, como si llorar fuera un argumento, o como si no fuera posible llorar ante la previsible pena de muerte.

Cuando estuvo en el estrado, declaró no saber nada de nada, aun reconociendo que tenía que haber sabido, por lo que pedía perdón. Luego se permitió hacer saber que meditó un plan para gasear a Hitler con unos tubos —ahí gesticuló con imprecisión infantil—pero era difícil y lo dejó. Goering y el resto de la banda se daban codazos y se partían de risa escuchando al camarada. Pero ellos iban a ser condenados a muerte, y el camarada salió, si no de rositas, bastante bien parado con veinte años de jardinería y escritura memoriosa en Spandau.

Ante pruebas consistentes, pero que no aparecieron hasta 1971, de su asistencia a la conferencia de Polsen, donde Himmler proclamó el plan de exterminio de los judíos, Speer se limitó a decir que sí, que estuvo allá, pero que se marchó justo antes de la intervención de Himmler, así que no tuvo ocasión de enterarse. Se puede ver —era ya la época de la televisión— cómo Speer negaba amablemente en inglés aprendido en Spandau, y cómo sus entrevistadores británicos, cuatro avezados expertos cazanazis, se reblandecían aún más y sonreían como suflés temblones al nazi bueno, que ya había cumplido su condena. 

Pruebas todavía más incontestables, como su correspondencia con Himmler donde daba instrucciones sobre la construcción del campo de concentración de Auschwitz, ni siquiera se adujeron. De los miles de presos que hizo trabajar hasta la muerte en las fábricas de armamento nunca se le preguntó nada.

En el caso de Speer, no hizo falta el cinismo desprejuiciado con que los americanos trataron a Von Braun y el centenar largo de cientificos nazis, que fueron mimados para que hicieran los cohetes lunáticos y las bombas de hidrógeno para el bando bueno, y acabaron en la portada del Time o laureados en Estocolmo. De Speer nadie esperaba prestaciones arquitectónicas o balísticas, él solo era un hombre bueno que no quiso mancharse las manos. Si sería bueno que pudo escribir: “Si Hitler hubiera tenido un amigo, ese habría sido yo”. Y aún pudo haber añadido que si las suegras alemanas hubieran deseado un yerno, ese habría sido él, y si los alemanes hubieran soñado un perfecto modelo de nunca supimos nada, sobre todo ahora que hemos perdido, ese era él.

Speer se condujo con mucha más frialdad y cálculo haciendo el mal que los demás de la banda. Su megalópolis Germania y su fabricación de armamento se basaban en hacer trabajar a decenas de miles  de presos hasta la muerte, en el período final de la guerra lo hicieron a muchos metros bajo tierra, y quienes no murieron de consunción perecieron en los bombardeos aliados de los arsenales, que para eso situó Speer los barracones estratégicamente.

El interés convencional de unas memorias se supone en aquello que el autor sabe. Las de Speer eran interesantes por lo contrario; conformaban el perfecto manual de cómo contar que se pudiera vivir como suprema autoridad de todo aquello, sin saber nada, y conseguir además que le crean y hasta le quieran a uno. Si Speer no supo, qué íbamos a saber nosotros. Él es la mejor prueba de nuestra inocencia: salía en el Wochenschau hitleriano a bordo de un descapotable último modelo, acariciándose el flequillo, con fondo de columnas megalómanas, y reaparecía treinta años después en el noticiero televisado, otra vez inocente modélico con automóviles de lujo y fondo de alta gama. Él fue el verdadero milagro alemán.

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 24/3/2012 a las 08:12]

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Países de la flor naciente

 

Las televisiones, periódicos y blogs japoneses comentan a diario cómo va la floración de los cerezos. Dónde se abrirán hoy, en qué parque estarán en plena eclosión, qué comarca y ciudades alcanzará hoy el tsunami florido que asciende de sur a norte, desde marzo hasta mayo. Este es ya el segundo florerío radioactivado después de Fukushima y los entendidos no esperan grandes novedades entre el blanco nieve y el rosa arrebolado.  El primero de abril, bajo el auspicio de la floración, una quinta estación que dura ocho o diez días, en Japón los supervivientes se saludan como en año nuevo, muchas empresas inician su ejercicio anual y se reanuda el curso escolar.

También florecen los cerezos en la provincia china de Henan, doble de habitantes y seis veces más densamente poblada que España, donde la cadena del ministerio de justicia televisa cada sábado noche un reality show justiciero con edificantes entrevistas a los condenados a muerte justo antes de la ejecución. Ahora han  dejado de emitir el programa, porque ha sido noticia en la BBC, y el ministerio de justicia chino es partidario de la intimidad. 

Más noticias florales. Se constata una floración tardía del protestantismo en su tierra natal. Un pastor de la creencia asciende a jefe del Estado, después de haber pedido el preceptivo permiso a su obispo, y una hija de pastor no solo gobierna, sino que presume de su confesión ante el parlamento, y el llamado Círculo Evangélico de su partido celebró su 60º aniversario en Siegen con un servicio divino (sic) donde participó la cancillera, que habló de “misión evangélica”. También la ministra de la presidencia fue pastora —antes que fraila, iba a poner. Justo ahora que el protestantismo va socialmente a la baja y sus flores son más lacias que nunca. Porque los confesos luteranos no llegan ni siquiera a un tercio de la población, menos que los católicos, menguan más deprisa que estos, y van menos a la iglesia: apenas un 3%. Los protestantes tienen menos éxito en su propio círculo divino que en la política. Hubo un sociólogo exagerado, Plessner, que defendió la existencia de una tradición protestante que arranca en Lutero y se jalona en Federico el Grande y Hitler, una tradición que impedía la floración en virtud de la que los alemanes pasarían de súbditos a ciudadanos.

[Publicado el 18/3/2012 a las 07:49]

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Venir con historias

 

Detalles esenciales en el éxito de la Historia de la Cultura del Renacimiento en Italia de Burckhardt fueron aseveraciones vistosas como que en aquellos tiempos venerables se llevaba tanto la individualidad que llegó a no haber moda masculina, o que entonces tuvo lugar la invención del paisaje por Petrarca, el primero en echarse al monte por las buenas. Dejando para otro rato la cuestión de si estuvo de moda que no hubiera moda, lo de Petrarca como primer alpinista es como aquel anticuario que vendía crucifijos de antes de Cristo. Esas banderolas en el castillo de arena histórica indican que Burckhardt se dirigía a un público de alpinistas y sufridores de la moda, la buena sociedad de Basilea.

El público del historiador es tan importante como los hechos que se propone estudiar. Su tarea es hallar equivalentes del modo de pensar contemporáneo, tanto para mostrar que ellos eran como nosotros, como para todo lo contrario.

De Heródoto data el ingrediente indispensable del autoelogio como testigo de confianza de su propio tiempo. Esa práctica, ejercida con naturalidad estudiada por Tucidides o Polibio, ha caído en desuso aparente entre los historiadores, mientras medra feliz entre diaristas y novelistas desde Montaigne a esta parte —notemos, por ejemplo, que no se hallará en los  abundantes y copiosos estudios montanistas una solo adjetivo encomiástico que no proceda del propio Montaigne—. El historiador, en cambio, recurre a la adulación soterrada de sus contemporáneos —Alejandro Magno observó vivamente que nadie adula a los muertos. 

Ahora, ¿quién dió a la historia rango de ciencia, fue quizá alguno de aquellos venerables griegos o romanos, acaso algún ostrogodo romántico? Nada de eso, el gran innovador fue Eusebio de Cesárea. Él fue el primero en dar importancia al testimonio documental y en arrebatar el monopolio del primer plano a los acontecimientos políticos y militares. Con él empezó la cronología comparada y no temió quitar años a Moisés. Él instauró las condiciones que hicieron posible el surgimiento de un Maquiavelo o un Guicciardini mil años después, y él nos dio noticias y fechas de los reyes frigios que, contrastadas hoy con la documentación asiria, nos permiten enfocar con precisión la cuestión homérica. Rota la lanza, añadamos que desde Eusebio rige la preceptiva de que toda conversión es el aprendizaje de una nueva historia, con su camisita y su canesú. Y también la paradoja de que el primer historiador de visión universal diera lugar a los etnocentrismos y fundamentalismos historiados conforme al patrón eclesiástico. Momigliano contaba la anécdota oxfordiana del que entró en una librería londinense y pidió un Nuevo Testamento en griego; el librero se retiró a la trastienda, y regresó diez minutos después con expresión grave: “Es extraño, señor, pero al parecer el griego es la única lengua a la que todavía no se ha traducido el Nuevo Testamento”.

 

[Publicado el 13/3/2012 a las 08:34]

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Un secreto bonito y verdadero de los vascos

 

El historiador Elio Ampridio, que escribió a principios del siglo IV las biografías de varios emperadores, dice en un pasaje de su Vida de Alejandro Severo (27, 3) que: “También fue expertísimo en aruspicina, y gran orneóscopo, tanto que superó a los augures vascones de Hispania y a los panonios”. Notemos que la aruspicina es la predicción mediante el examen de las vísceras de las víctimas. La orneoscopia, por su parte, no es el arte de fisgar el horno, sino la predicción del futuro a partir de la observación de los pájaros, y el orneóscopo es quien la practica. La encarecida comparación con los vascones de Hispania se refiere a esa última manera de predecir. No se conoce otro testimonio donde se mencione esa particular habilidad y tampoco los investigadores del vascuence han encontrado ningún indicio de haber sido lengua de augures pajareros.

Pero no hay más que fijarse en el latín sortiri (sortear, obtener por suerte) de donde procede el vasco zori, que significa suerte. Pájaro, por su parte, se dice en vasco txori, que es diminutivo de zori (igual que txerri es diminutivo de zerri, cerdo). De manera que en vasco al pájaro se le llama  “suertecilla”, que no me digas que no es bonito y además concuerda como un vuelo de tordos con la reputación de orneóscopos u ornitomantes que, según Ampridio, se atribuyó en la antigüedad a los vascones de Hispania.

Otro indicio, más antiguo y problemático, de que la preocupación por la suerte y el destino viene de lejos, es el nombre Silex, que aparece repetidamente en inscripciones de la Aquitania romana. Se refiere a una identidad femenina, sea humana o divina. El derivado vasco de la Silex aquitana es sirats —un ejemplo similar de paso del aquitano al vasco con la transformación del grupo cs en ts sería ocson (lobo en aquitano) del que deriva otso (lobo en vasco)—. Sirats, que está documentado en el dialecto suletino situado más cerca de donde se hallaron las inscripciones aquitanas de Silex, significa suerte, destino, y da la impresión de haberse solapado y finalmente retrocedido ante el pujante sinónimo zori.

Cumple recordar que la lengua aquitana desapareció tras la conquista romana en el siglo I a. C., y que todo lo que sabemos de ella procede de las inscripciones funerarias y votivas de época romana, donde se leen algunos nombres de personas, y de fuentes literarias y epigráficas, donde se documentan algunos nombres de lugar.

En Silex llama la atención su final aparentemente calcado de Opíleks, la diosa griega de las culebras y del destino —que la x final de Silex es una consonante doble equivalente al final de Opíleks se puede ver en sus formas declinadas Silexconis (genitivo) o Silexsi (dativo)—. ¿Es posible que se hubiera dado en la antigüedad prerromana un contacto greco-aquitano? Representaría una novedad notable, porque la historia ha dicho hasta ahora que la expansión griega durante los siglos VIII-VII a. C. no rebasó el Mediterráneo en su extremo occidental.

Precisamente a este último extremo le toca revisión. Porque Olisipo, el nombre original griego del poblado que estuvo situado en la colina y la pendiente del Castelo de São Jorge y que fue antecesor de Lisboa, es opiléxico de toda evidencia (o sea, es una variante anagramática de Opíleks, que era tabú y no se podía decir ni escribir) igual que Posilipo en Nápoles, otro jalón mediterráneo de la expansión opiléxica.

Así que ahora nos preguntamos si, además de fundar una colonia en la desembocadura del Tajo, los griegos llegaron, por ejemplo, a la del Garona.

Si, en efecto, Silex fuera un préstamo griego en aquitano derivado de Opíleks, ¿dónde estarían las típicas manipulaciones para sortear el tabú de nombrar rectamente a la diosa, como alteraciones del orden de las letras o desviaciones fonéticas? Aquí, la manipulación consistiría en ser un híbrido de dos lenguas, de modo que se nombra, pero no rectamente. Y dada la aparente importación íntegra del final -ilex, quedaría por explicar la inicial s-.

Así como en Opíleks se aprecia en opi- el radical dórico que significa culebra, en Silex ese mismo cometido lo desempeñaría la inicial s- de suge culebra, en vasco.

Ahora, ¿cómo sabemos que la s- inicial del híbrido Silex no puede ser latina y corresponder, por ejemplo, a serpens? Primero, porque serpens (reptante) ya es un eufemismo utilizado para no decir anguis (culebra), de modo que el latín ya carga a su modo con el tabú y no necesita importar híbridos. Segundo y más evidente, la coincidencia con el latín silex (sílex) haría inviable el préstamo. Tercero y terminante, Silex aparece como un barbarismo incrustado solo en algunos textos latinos procedentes de inscripciones halladas en la Aquitania romana y en ningún sitio más.

La mayor objeción sería que no sabemos cómo se decía culebra en aquitano y solo podemos suponer que el término no sería muy distinto de suge, palabra donde no detectamos indicios de ser préstamo latino, celta, ni lusitano, que son, aparte del aquitano, los principales orígenes de las palabras vascas.

La arqueología tiene noticia de relaciones de los aquitanos del valle medio del Garona con el mundo griego occidental en la fase 625-475 a. C. Pero no es posible decir si se trata de utillaje procedente del foco masaliota o de una llegada griega a la costa atlántica.

La hipótesis de que Silex sea un híbrido aquitano-griego tiene un grado razonable de probabilidad, pero su consolidación depende de más hallazgos filológicos y arqueológicos.

 

 

 

 

[Publicado el 28/2/2012 a las 08:18]

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Actitud ante la muerte

 

El cementerio de los tuberculosos de Moncayo, profanado, derruído,  devuelto al bosque por el abrazo arraigado de los pinos, los rebollos y los frambueseros, ya casi no se ve. Aquí se enterraban las señoritas y los jovenzanos muertos en la flor de la edad. De aquella moda de los sanatorios de montaña para las enfermedades del pecho, no queda más que el libro de Mann. Al bacilo le daba igual y puede que hasta disfrutara más colonizando tiernos bofes de sanatorio, ¿qué sabemos nosotros de sus ensueños y anhelos bacilantes?

Aquí ya no vienen ni los rondamuertos, entrañable oficio de antaño como cordelero o alpargatero. Volverán los asaltatumbas de tu nicho la tapa a violentar, pero aquel cara de fuina que te quitó el anillo de comulgar, aquel que respiraba tan fuerte, aquel no volverá.

A falta de nada mejor, recuerdo un viejo texto de Freud sobre la guerra y la muerte, todo equivocado, todo al revés. Basta este cementerio del Moncayo para ponerlo en evidencia. Un asaltatumbas celebra la victoria del vivo sobre el muerto y sobre el propio cementerio ya fallecido y borrado. Cada muerto es una victoria para cada vivo, en eso consiste el consuelo de los camposantos. “El oscuro sentimiento de culpabilidad que pesa sobre la humanidad desde los tiempos primitivos…” dice Freud. ¿Culpabilidad? Qué risa: el sentimiento es de recelo ante el sentimiento de envidia al vivo  que el propio vivo atribuye al muerto.

La muerte propia es hoy y será siempre tan inconcebible como lo fue para los primeros bípedos envidiosos. Cuando vieron morir a quienes amaban, o no, pero en cualquier caso habían visto moverse y vivir, el sentimiento de victoria conllevó el recelo por la envidia suscitada en el muerto. Es una de las ideas más viejas del hombre; porque, cuando él nació, la envidia ya estaba allí. “Descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos, que llevaban el placer de matar, como quizá aún nosotros mismos, en la masa de la sangre…” ya será menos, hombre, Freud. Si acaso, descendemos de una innumerable serie de generaciones de envidiosos, que llevan la mala leche escondida por elemental precaución.

Los poetas lo han visto mejor. En la Odisea, el sentimiento de Aquiles difunto frente a la vida ajena es el mismo que ante la victoria enemiga; como guerrero, no puede dejar de preferir ganar, siquiera sea sobre los muertos, como todos los vivos: “preferiría ser bracero de otro hombre sin tierra ni riqueza, antes que mandar sobre los muertos difuntos”. La única victoria al alcance de todos es la conseguida sobre los muertos.

Dice Freud que los autorreproches por la muerte de un ser querido vienen de haber deseado su muerte. Dado que un hombre, e incluso mujer, desea la muerte de sus semejantes unas cuarenta veces al día, por poner una cifra comedida, sea por esto o por aquello, porque están demasiado cerca o demasiado lejos, porque gritan y porque callan, porque esperan y porque se van, porque sí y también porque no, y dado que se desea viva y continuamente esa maravillosa victoria sobre los congéneres con vencimiento a la vista, habría, según Freud, una calculadora tipo Laplace que registraría esos entrañables anhelos y luego reclamaría el pago en cómodos autorreproches que, por más  negociados y acomodados que estuvieran a los posibles de cada cual, no dejarían de necesitar otra vida entera para la compensación, y al cabo todo sería cachondeo. 

El realidad, el autorreproche viene de la envidia propia, pero atribuida al muerto. El implacable y exagerado repaso de todas las ocasiones que el muerto podría reclamar es la terapia propia que busca conjurar y aplacar la envidia que, según recuento cabal y concienzudo, podría tener el muerto, pero se basa en  la envidia que el vivo calcula que él mismo pudo haber tenido al muerto. El cálculo aparentemente generoso a favor del muerto, y aparentemente inflexible en contra del vivo calculador y llorón, no es más que un acopio de fuerzas y una secreta celebración. Quien se autorreprocha está de celebración, no está muerto y anda de parranda reprochativa. La mente humana reconvierte la envidia en fuerza vital. Y luego dirán que la envidia es mala.

 

 

[Publicado el 23/2/2012 a las 09:43]

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Helenistas

A los helenistas del mundo, seis preguntas:

¿Es casual que Aristóteles atribuya el origen, en la antigua legislación ateniense, de lo que el llama lacra de la homosexualidad legislada a la influencia de Taletas (variante dórica de Tales) de Gortina?

¿Es casual que en el llamado “Certamen”, todas las ediciones desde el Renacimiento hasta hoy mantengan la corrección que introdujo el editor Stephanus en las líneas 32-33, que convirtió la errata ἀδιανοῦ en  Ἀδριανοῦ, impidiendo hasta hoy la lectura del original ἀδινοῦ, que es un adjetivo que solo aparece en la Odisea?

¿Es casual que en el llamado “Certamen” diga que Altes (anagrama de Tales) era el nombre de Homero?

¿Es casual que Asclepio y Calipso tengan las mismas letras que Opíleks, diosa desconocida hasta hoy?

¿Es casual que Telefo, héroe preiliádico, sea anagrama de Ofelestes escrito en Lineal C, según se lee en la inscripción hallada en Pafos?

¿Es casual la semejanza entre Velena, nombre micénico de Helena, y  Dvelona, nombre de la guerra en latín arcaico, y las demás diosas indoeuropeas de la guerra, Velinas (lituana), Varuna (védica). Vellaunos (gala), Valis (hitita)?

[Publicado el 20/2/2012 a las 13:21]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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