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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 13 de diciembre de 2017

 Blog de Eduardo Gil Bera

Los patriarcables

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El domingo que viene, los coptos tendrán patriarca. El anterior se les murió en marzo, y pasa todo este rato hasta que un juicio divino les elige otro. Los coptos ya llamaban Papa a su patriarca antes que los romanos, y lo prueban citando a Cipriano de Cartago, con lo que recuerdan cuán africano es el pedigrí del cristianismo. El título en juego el próximo domingo canta “Patriarca de Alejandría, Pentápolis y toda África”, y será el 117 sucesor de Marcos evangelista.
 
Estas particulares monarquías no hereditarias tienen sus propios mecanismos de sucesión.  En el reinado católico  tienen el cónclave, donde en teoría  todos los cristianos serían candidatos y cualquiera de ellos podría ser elegido, aunque en realidad los posibles cabezas accedientes a la tiara son menos que pocas. Cierto es que se han dado casos en que se ha elegido sumo pontífice a alguien que ni siquiera era cura (por ejemplo, Francesco Piccolomini en 1503:  después de coronarlo, hubo que ordenarlo para que pudiera decir misa, pero solo celebró una y se les murió de emoción papal).
 
Para la corona copta, en cambio, funciona una peculiar cámara que recuerda a las del Viejo Régimen. Tienen tres estamentos: los obispos, que son unos 150, los laicos y los notables coptos designados por el presidente egipcio. Hay que notar que se trata de una minoría oprimida de quince millones de coptos en medio del hirviente océano mahometano y que, en buena medida, la intervención presidencial le da la mínima legitimidad de supervivencia. La asamblea electoral tiene unos dos mil quinientos miembros, de ellos la mitad son laicos y las mujeres llegan al cinco por ciento. Una quinta parte vota desde el extranjero, hay importantes diásporas coptas en América, Europa y Australia.
 
Son coronables aquellos obispos y monjes mayores de cuarenta años, que acrediten un mínimo de quince años vividos en un monasterio. Eso parece restringir mucho, pero aún así les salen cientos de patriarcables. La gran asamblea electoral deja unos cuarenta, para que durante el verano vayan menguando hasta diecisiete, y luego hasta cinco. Los descartes no son por designación de los mejores sino, al viejo estilo romano, por recusación de los peores, los dudosos, los antipáticos y cuantos sean menester.
 
Una vez descartados todos, han quedado los tres patriarcables retratados ahí arriba, y el domingo, como cierre de una de esas solemnes liturgias que duran más que una ópera wagneriana —un “agismos”, que viene a ser “misa” en copto— en la catedral cairota de San Marcos, un niño de nueve años con los ojos tapados sacará la bolita con el nombre del 118 patriarca, que se coronará el domingo siguiente. 




[Publicado el 01/11/2012 a las 07:28]

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Lo que sabe un poeta


El plátano de la Ilíada, aquel hermoso ejemplar de Aulis donde los griegos reunieron las naves para llevar el mal a los troyanos y a Príamo, aquel a cuyo pie brotaba  agua cristalina, y donde sucedió el augurio del dragón sangriento que devoró las aves y se convirtió en piedra, no es un árbol como los demás,  no se llama “platanos”, sino presenta forma de superlativo, el poeta lo llama “platanistos”. Hay gente a la que esto le da igual, pero yo es que no lo puedo evitar, en cuanto veo a un superlativo subido a un árbol, no puedo menos que preguntarle: ¿qué hace un superlativo como tú en un árbol como este? En griego iliádico, el nombre del plátano significaría “el de muy amplias (hojas)”. Y, en efecto, el plátano tiene las hojas más anchas de todas las frondosas que conocían los griegos. Y esas hojas tienen, además, una  notable semejanza, que no puede ser casual, con las de la vid; fenómeno ya observado por aquellos sabios antiguos que estaban a todo, como Plinio el Viejo e Isidoro de Sevilla. Otra particularidad del plátano es su facilidad para esquejar, de modo que los héroes y semidioses podían dejar por ahí una estaquilla, como al descuido, y a los pocos hexámetros había un hermoso plátano adecuado para el banquete, los augurios, las fuentes cristalinas y la creación de platónicos paraísos.
 
Platón, por cierto, está emparentado con toda la intención con el plátano, uno y otro, sabio y árbol, remiten al adjetivo “platys” y al verbo “platyno”, que significa ensanchar, ampliar, y en sentido figurado quiere decir consolar, hacer feliz.
 
En la Biblia, va a ser casualidad, Jacob descorteza unas varas de plátano para excitar la imaginación platónica de sus ovejas en celo y hacer que tengan crías abigarradas. También Ezequiel pondera el ramaje del plátano en el jardín del Edén.
 
Platanistos el superlativo es un topónimo repetido, porque era un lugar sagrado, propiedad de Zeus Guerrero. Bajo unos plátanos cretenses fue donde el hijo taurino de Cronos le hizo los hijos a Europa. Hasta Jerjes, el persa soberbio, estaba al tanto de la cuestión platánica, y colmó de joyas un bello ejemplar cuando se dirigía a dar candela a los griegos.
 
Es difícil determinar qué sabe un poeta, cuando sus palabra fundan más que dicen, pero seguro que Marcial sabía todo esto y más, al hablar del plátano cesarino plantado allá donde “la rica Córdoba ama al plácido Betis”, dice que lo puso la “diestra feliz” del héroe invicto, que debajo se banqueteó de lo lindo, y que regaron el árbol con vino puro. Y Hölderlin también lo sabía, cuando deseó haberte encontrado en días mejores a la sombra de los plátanos, “donde mi Platón creó paraísos”.



[Publicado el 22/10/2012 a las 07:45]

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Aquello fue la hostia



En el centenario de Menéndez Pelayo, creo que lo único original ha sido la vindicación matizada que ha escrito Goytisolo. Por lo demás, el historiador sigue en la inanidad que supone la nombradía sobresaturada, buena para el callejero. Menéndez Pelayo es un monumento mandado recoger y entoldado bajo la tabarra apologética y la inquina filial que le manifestó la generación del 98. Pero siempre habrá algo importante que decir a su favor, y es que no perjudicó la reputación de sus heterodoxos, al contrario, los dio a conocer. Por más enormidades que dijera de ellos, en  el fondo, han sido suyos, y cualquier propósito de recuperar su memoria lo ha tenido que reconocer. En cambio, despreció a más de un ortodoxo con una arbitrariedad que luego devino argumento de autoridad.
 
Un ejemplo sería Fonseca, que fue el mayor divulgador de Platón de todo el Barroco europeo, autor del Tratado del Amor de Dios, que fue una de las obras más leídas y admiradas de su tiempo, muy elogiada por Cervantes y Lope de Vega. Para Menéndez Pelayo fue un autor farragoso y pedantesco, “uno de los menos originales y de los más pesados místicos”. Semejante juicio emitido por tal autoridad hizo repensar que los dos insuperables titanes de la narrativa y la crítica, Cervantes y Menéndez Pelayo, no podían discordar a ese extremo y, en consecuencia, se decretó que la alabanza de Cervantes a Fonseca en el prólogo del Quijote tenía que ser en broma. Siguiendo la nueva línea de investigación, no tardó en “descubirirse” que, picado Fonseca por la befa, escribió la segunda parte del Quijote, llamado de Avellaneda. Todo esto sucedió en el siglo XX, y no fue más que una de las consecuencias del magisterio indiscutible de Menéndez Pelayo.
 
Da la impresión de que hubo una suerte de celos retrospectivos y que el erudito decimonónico se irritó por la abundancia de citas del autor barroco, como si Fonseca fuera el Menéndez del siglo XVI, y Menéndez temiera quedar como el Fonseca del XIX. Pero me alargo, y yo quería recordar a Isidoro de Sevilla, que también fue suspendido por Menéndez Pelayo en la Historia de las ideas estéticas en España como mero copista servil de Quintiliano y Casiodoro.
 
Isidoro de Sevilla fue muy leído en la Edad Media y el Renacimiento, y hay que reconocerle la calidad de hito fundamental en la transición del pensamiento antiguo al medieval. De hecho, junto a Boecio, fue el gran intelectual de la segunda mitad del primer milenio, y el mayor impulsor de los estudios del griego y el hebreo, en un momento en que esas lenguas habían caído en el olvido.
 
Pero la innovación más audaz de Isidoro fue la que aportó a la ceremonia de la misa. En el debate con los herejes arrianos, se había exaltado la divinidad de Cristo y, con ella, la preeminencia del clero, poseedor de la exclusiva de su representación. Sin embargo, la verdadera promoción del sacerdote católico, pasando de la categoría de mediador a autor de un milagro por misa, fue un favor inestimable que Isidoro hizo a todos sus colegas.
 
Hasta entonces, la misa se concebía como una eucaristía, es decir, una acción de gracias, en cuyo transcurso, los dones de la comunidad, por la palabra del sacerdote, eran sublimados a una ofrenda celestial. Pero en sus ideas, expuestas en De Ecclesiasticis officiis y las Etimologías, Isidoro invirtió audazmente el proceso y definió la eucarístia como la gracia que Dios envía, bajando en persona del cielo y compareciendo exactamente en el momento de la oratio sexta
 
Como consecuencia, la escena se delimitó y realzó. La línea divisoria entre altar y pueblo se conviertió en una barrera, un auténtico muro de separación, que, en adelante, se reflejará  en la misma construcción de las iglesias. El altar se retiró al fondo del ábside y la sillería para el clero se dividió en dos mitades, una frente a otra. Con eso, se dejaba al pueblo la nave de la iglesia. Pero, en las catedrales españolas, aún se mejoró la separación, construyendo, en medio de la nave central, el coro para uso exclusivo de los canónigos, una especie de iglesia interior, un íntimo santuario cubierto por un inaccesible velo. 
 
Pero eso no fue nada; el mayor cambio fue el ocasionado por la presencia real de Cristo en la hostia. Agustín y otros padres de la Iglesia hablaban del simbolismo del  sacramento; a nadie, antes de Isidoro, se le ocurrió pensar en una presencia sustancial del cuerpo de Cristo. La atrevida explicación convirtió la misa en un sobrecogedor advenimiento divino que el pueblo admiraba y adoraba desde lejos.
 
Antes, los cristianos se llevaban a casa el pan consagrado para írselo comiendo a diario durante la semana. Esa práctica perduró bastante tiempo, sobre todo en Egipto y de ella se aprovecharon en especial los eremitas del yermo. También era costumbre llevarse ese pan, que tenía virtudes protectoras y medicinales, además de nutritivas, en los viajes largos o a la guerra. El vino consagrado también se llevaba a casa y se usaba para ungirse ojos y frente. 
 
Con la nueva interpretación de Isidoro, todo ese relajo y familiaridad debía desaparecer. Sobre todo, en los lugares, como España, donde la lucha contra el arrianismo habia llevado a una consideración unilateral y desaforada de la divina presencia de Cristo. Empezó a hablarse del mysterium tremendum y nació un gran temor reverencial, disminuyendo rápidamente la frecuencia en el atrevimiento a acercarse a comer semejante cosa excelsa. Por si fuera poco, la confesión sacramental se convirtió en un mandato estricto cada vez que se quisiera recibir la sagrada forma.
 
Los teólogos, sorprendidos y desbordados por la innovación, no detallaron el modo de la presencia hasta dos siglos después, en el año 831, en que tuvo lugar la primera controversia sobre el tipo de realidad de esa misma presencia. En el magisterio de la Iglesia no aparece una definición hasta el VI concilio romano de 1079 en que se condenó al contumaz hereje Berengario de Tours, quien se atrevió a sostener la negación racionalista de la presencia real. 
 
Para entonces, era una arraigada creencia popular. Había estrictas prescripciones sobre la selección y preparación del pan y el vino. Antes, los fieles llevaban para el culto los panes que tenían por casa. Una vez extendida la doctrina de Isidoro, se abogó por la utilización exclusiva de pan ázimo, lo cual acabó provocando el cisma de la iglesia bizantina en 1054. Los más fogosos partidarios de la presencia real y el pan ázimo estaban, como era de esperar, en Toledo, donde se manifestó, por primera vez, ya en el sínodo del año 693, la preferencia por las puras y blancas hostias. 
 
Más cosas cambiaron. La entrega de las ofrendas en forma de pan en una enorme patena ya no pintaba nada; la ofrenda se convirtió en algo más práctico: una entrega de donativos en metálico. Se instituyó la costumbre de que el sacerdote juntara el pulgar y el índice que se purifican sumamente por el contacto con la divinidad y se redactaron reglas concretas sobre la ablución de la boca, los dedos y la limpieza de los vasos sagrados.
 
Tanta presencia real, tanta delicadeza y exquisitez, en la suntuosa iglesia feudal, acabaron por provocar el incendio del ideal de una iglesia más primitiva y tosca. Pedro de Bruis y sus neomaniqueos, de los que salieron los albigenses, negaron la jerarquía y los sacramentos, también la consagración eucarística y cualquier clase de presencia, con bastante éxito de público. Los cátaros (puros) aún tuvieron más, afirmando que toda aquella invención del sabio Isidoro era mero pan, purum panem y que bastaba la bendición y reparto de la vianda para cumplir la ceremonia. 
 
La Cruzada que exterminó a aquellos herejes negadores de la presencia real y la transustanciación fue la única, de las muchas que puso en marcha la Iglesia, que acabó victoriosa y llevando a cabo su cometido previsto. No sólo acabó con los albigenses en todas sus variantes, de paso aniquiló también la floreciente cultura provenzal. 
 
Entretanto, los teólogos ya dominaban el complicado problema de la transustanciación, quedando reservado para el papa Inocencio III escribir las primeras sutilezas sobre el asunto. Los literatos también acabaron por comprender las inmensas posibilidades del nuevo género que ofrecía la presencia real y, en el siglo XII, surgieron como nunca narraciones sobre los milagros producidos por las sagradas formas. Se multiplicaron los casos de quienes veían la realidad en el signo. 
 
Se comenzó a elevar a buena altura el pan consagrado, realidad de entrambos signos, por parte del sacerdote, para que pudieran verlo y adorarlo todos. Con esa ceremonia, se consiguió la expresión adecuada que absorbía toda la atención del público. 
 
“Ver con los ojos” era también la suprema aspiración en la leyenda del Santo Grial, en la que, por entonces, encuentran su expresión poética los anhelos medievales. En la obra más antigua de éste género, la de Chrestien de Troyes —el mismo que desencadenó el gusto popular por el ciclo arturiano y sus jaleos de culebrón—, escrita a finales del siglo XII, el momento cumbre es la procesión del Santo Grial, el vaso misterioso, cubierto de piedras preciosas, en que se lleva el signo y la realidad al rey enfermo. Tanto resplandor despide que a su luz palidece la de las velas y cirios que le acompañan, igual que las estrellas ante el sol o la luna.
 
En la poética grialiana posterior, sobre todo en el Parzival de Eschenbach, se añaden elementos de decoración oriental salpimentados de hermetismo esotérico y los efectos milagrosos ya no se atribuyen a la fenomenal invención de Isidoro, el signo y la realidad contenidos que diría Inocencio, sino al mismo continente, el vaso sagrado, y se experimentan con sólo verlo.
 
Las afirmaciones sobre los efectos milagrosos de la contemplación de la hostia empiezan en el mismo pontificado de Inocencio III, el papa semiótico y guerrero. Todavía un manuscrito del siglo XV, de la catedral de San Egidio, en Graz, que data de la época de la consagración del templo y que se podría catalogar como un folleto propagandístico de las excelentes prestaciones que promete el nuevo establecimiento, publicita que, durante el día en que se consigue contemplar la hostia consagrada, no se pierde la vista, no hay que sufrir hambre, uno no se muere de repente y se le perdonan las murmuraciones y otros pecados menores.
 
De hecho, el aprecio por la contemplación de la hostia llegó al extremo de preferirla al acto de comérsela. Así que no tardó en surgir la delicada cuestión de si no sería sacrilegio el que un pecador la mirase. Mientras se dilucidaba el problema, se prohibió, de manera preventiva, que los excomulgados o puestos en entredicho mirasen la sagrada hostia. La prohibición indujo a los mismos excomulgados a hacer agujeros en los muros de la iglesias, con la más grande y arrebatada fe que tuvieron en los días de su vida.
 
Durante la Edad Media, lo esencial en la asistencia a misa era ver la sagrada hostia. Sólo por haberla logrado ver, quedaba satisfecha la devoción. Pero la cosa no siempre era fácil, por el obstáculo que suponían la disposición coreográfica que alejaba el drama y el gentío que se agolpaba. En las ciudades, estaba la ventaja de poder correr de iglesia en iglesia para verla el mayor número de veces posible. Los pudientes compraban su asiento, de donde se contemplase bien el momento clave de alzar, y hubo enfrentamientos graves en las mismas iglesias y procesos en los tribunales por la posesión y posición de un asiento con vistas.
 
Mientras había teólogos y predicadores que cultivaban el ansia de ver la sagrada hostia, subrayando los abundantes frutos de esa devoción, otros comenzaban a quejarse de que la gente no entraba en las iglesias más que inmediatamente antes de la elevación y salían después atropelladamente. Con la intención de conservar la clientela, la elevación se solía prolongar y también repetir en otros momentos de la misa. Los dominicos llevaban la fama de ostentarla más rato que nadie.
 
El éxito de la presentación al público de la hostia consagrada hizo que no tardase en formarse un rito distinto fuera de la misa; así se introdujo la custodia y, poco despues, en el siglo XIII, la fiesta del Corpus. También se introdujo por entonces la genuflexión, la luz, el incienso, el trono y el baldaquino, todo proveniente del ceremonial de la corte imperial, para la hostia consagrada. Algo que antes era prerrogativa exclusiva de los obispos.
 
La misa ante la hostia consagrada expuesta en su lujosa custodia y elevado monumento cobró un nuevo empuje con la aparición de las herejías de los zafios protestantes. Pero ya a partir del siglo XVI, los últimos ecos de la innovación del atrevido Isidoro y los ejercicios, dialécticas y revuelos que ocasionó cayeron en la rutina gris y el desinterés. Surgían otras novedades.

[Publicado el 18/10/2012 a las 07:31]

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En una carta de amor en romance navarro

del siglo XV se lee el pasaje que sigue a este párrafo. Se encuentra en el folio 228v del códice 12 del archivo catedralicio de Pamplona. La carta consta de dieciséis líneas tachadas con grandes aspas. Se trata, con toda evidencia, de un borrador bosquejado en la trasera de un códice. A mitad de su carta, el autor cae en cuenta de una cuestión crucial, a saber, quién va a ser el lector de la misiva:
 
Tú, compaynno que esta letra leyrás, no sé quién te serás, ruego te por caridat que nos tengas en poridat, porque cuando ayas letras de amores, tan en verdat seynnora, Dios te depare e dé buenos leydores, por tanto, te ruego que me recomendes en la gracia de mjs amores.
 
En poridat quiere decir “en intimidad”, “sin decirlo a terceros”. Viene del latín in puritate, compárese, por ejemplo, con non in multiloquio, sed in puritate cordis (Benito de Nursia). Se apela al secreto profesional del “leydor”, cometido muy importante en la época y que se suele pasar por alto. "En el mes que gela et njeua" de 1451, que es la fecha probable de la redacción, la mayoría de la población, quitando al clero y cuatro profesionales, era analfabeta, también la “muy excelent seynnora”. El autor es consciente de escribir, en primer lugar, para un lector intermediario de quien depende no solo la discreción, sino también la muy deseable transmisión de la “gracia”. Dos líneas antes de dirigirse al “leydor”, dice: “enamoradas todas aquestas palauras a vos sean presentadas”, o sea, habrá un presentador que influirá decisivamente. Más todavía, si tenemos en cuenta que el enamorado pretende hacer ua carta con valor literario y poético, lo que se ve en sus tanteos de rima y otros detalles, como el hecho de estar redactada en el espacio disponible en un códice jurídico, lo que indica su consciencia de que la versión era una prueba  y no sería enviada.
 
Dirigirse en un aparte al “leydor”, que no destinatario, de la carta es una singularidad de la que ahora mismo no recuerdo antecedentes. Con todo, no solo en esa época, sino desde milenios atrás, quienquiera que escribía para el público en general era sabedor de la inevitable e imprescindible mediación y tercería por parte de un lector, porque el público era analfabeto.
 
En el último folio del manuscrito de Mío Cid se leen estas líneas, que son unos cien años posteriores a la composición y redacción del poema:
 
El romanz es leydo, datnos del vino;
Si non tenedes dineros, echad allá unos peños
Que bien nos lo darán sobr’elos.
 
Se trata de un apunte de autoayuda del “leydor”, que así no tiene que improvisar el final y la invitación al público para que pague. El autor de Mío Cid sabía, cómo no, que su poema sería leído y expuesto al público por un lector y que su mediación era tan inevitable como imprescindible. Hasta las cesuras medianeras en los versos están pensadas para el lector. Que el Mío Cid sea el resultado de la decantación de diversas improvisaciones orales es una simpleza pidaliana, a su vez obediente a un tópico romántico ciertamente risible, pero contumaz y aplaudido como la tontería misma.
 
Cuando Diógenes Laercio (57) informa que Solón “transcribió la poesía de Homero con indicaciones para cantarla rapsódicamente, de modo que donde terminaba el primero empezaba el siguiente”, nos indica que los rapsodas leían los poemas homéricos para un público que, sin duda, era tan mayoritariamente analfabeto en la Grecia del siglo VI a. C., como en la Castilla del XIV o la Navarra del XV.
 
Que los rapsodas improvisaban es una mamelucada romántica, cuya esencia de bobada no queda atenuada por sostenerse en cátedras y disponer de bibliografía oceánica. Rapsoda significa “cantor de fragmentos”, no improvisador, ni poeta. La gente que improvisa “poesía” oral no suelta más que vacuidades en general y estupideces en concreto, es imposible que componga la Ilíada ni el Mío Cid, ya lo dijimos hace tiempo al hablar de los bertsolaris y el asunto no merece prueba mayor, ni era diferente en la antigüedad.
 
En el caso de los poemas homéricos, existe el agravante de que la credulidad romántica en la capacidad sobrehumana de la improvisación oral de los hombres tirando a medievales y antiguos se originó, a su vez, en un dictamen de doctrino. El abate d’Aubignac, que es el padre venerable de la oral poetry, no entendía la Ilíada. En consecuencia, en lugar de decir es excesivo, me desborda, es demasiado bueno o complicado para mi ignorancia, o sea, en vez de deducir la gran altura del poema, lo rebaja hasta el nivel en que ya lo puede pisar con sus entendederas cuadrúpedas, y proclama que es una “colección de canciones zurcidas, un amasijo de varias piezas antes dispersas, varios pequeños poemas compuestos separadamente por diversos autores y reunidos por algún ingenio ocurrente”. 
 
La idea de hacer que los homéridas -una corporación de lectores formados ad hoc—leyeran los poemas homéricos al público pertenece, con toda su distancia, a la misma estirpe que la solicitud mostrada por el enamorado medieval que compone una misiva y apela al “leydor”.







[Publicado el 09/10/2012 a las 08:27]

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¿Quién determina el canon artístico?

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Hace poco más de cien años se fundó en Düsseldorf una agrupación de pintores, coleccionistas y responsables de museos conocida como Sonderbund (liga extraordinaria). Sus objetivos confesos eran una nebulosa de tópicos sobre el fomento de las actividades artísticas y la interactuación de artistas y público. Su misión específica, en cambio, era hacer pública una situación factual que, pese a su sencillez, hasta entonces solo era intuida por los propios fundadores: el mercado establecía, sin posibilidad de réplica ni de recurso a mayor instancia, la valía de las obras de arte.
 
La Sonderbund organizó cuatro exposiciones y murió de éxito. En efecto, la cuarta de ellas, llevada a cabo en 1912, en la llamada Puerta de Aquisgrán de la ciudad de Colonia, fue un evento histórico que permitió la disolución de la liga. En apariencia, se trataba de acercar a la Alemania conservadora y desinformada la moderna arte pictórica, eso que ahora llaman últimas tendencias. De hecho, era una exhibición de poderío y mercadotecnia: vean cuáles son los mejores, más caros, venerados y codiciados cuadros de la actualidad, y sépase que si alguno de estos aún no tenía ese estatus, lo tiene desde este instante. El objetivo ornamental de escandalizar a los buenos burgueses: “¡Esto no es arte!” —dijo Roosevelt cuando la exposición fue a Nueva York— se consiguió con la buena voluntad de todos. El objetivo real de hacer de público conocimiento la no tan nueva pero aún no proclamada situación de facto se impuso con todavía mayor contundencia.
 
Se expusieron 650 cuadros, 130 de Van Gogh, 26 de Cézanne, 25 de Gauguin, 32 de Munch (entre ellos el de arriba: “Amor y Psique” de 1907) y 16 de Picasso. En términos de manual, el espectro iba desde el postimpresionismo hasta los jóvenes pintores del Jinete Azul, que se había fundado en 1911, menos de un año antes.
 
Van Gogh, Cézanne y Gauguin figuraban como héroes y padres ya legendarios (su nombradía apenas databa de una década atrás) de la pintura moderna. El expresionismo ocupaba el meollo mismo de la sección contemporánea. Estaban, entre otros, Kandinsky, Kokoschka y Matisse. Por primera vez, se descartaba la abstracción porque ya no era “progresista”. Paredes blancas, fondos negros y colgantes al mismo nivel, con mobiliario de sillas de mimbre, configuraban una novedad en la forma de exponer que dieron a la Exposición Sonderbund , organizada en seis meses escasos del año del Titanic, la categoría de piedra miliar en el desarrollo del moderno mercado del arte.
 
El museo Wallraf celebra ahora el centenario con una exposición que titula “1912 – Mission Moderne”. Con ímprobos esfuerzos que han durado años se ha conseguido reunir la sexta parte de la muestra original. Un motivo poderoso es el estatus alcanzado por las obras que ha sido preciso rastrear por coleccionistas privados y museos de todo el mundo. Muchas de ellas tienen una agenda apretada que les impide estar en Colonia. Gauguin, por ejemplo, estará en el Thyssen. Otro motivo de no menos fuerza es que bastantes de las pinturas han desaparecido o se destruyeron en las guerras y otras bellas artes que prodigó el difunto siglo.

[Publicado el 05/10/2012 a las 07:31]

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Los rangos de los hombres


Murió pues el señor de Ciamonte, que administraba el ducado de Milán, y Guicciardini escribió de él: “Su valía era muy inferior a su cargo. Procedente del más bajo rango de los hombres, no conocía por sí mismo el arte de la guerra y tampoco confiaba en quienes la conocían”.
 
Parece una aplicación del pasaje hesiodeo de Trabajos 293 y ss.: “El mejor hombre es quien considera por sí mismo todas las cosas y entiende cuáles al cabo le convienen. Bueno es quien escucha al buen consejero. El incapaz de pensar por sí y de escuchar a otros grabándolo en su entendimiento es un inútil”.
 
Es admirable cómo escriben estos antiguos. Guicciardini asigna al alto noble la más baja cuna de un sistema de castas insuperable, y ejemplifica las categorías del sabio Hesíodo con más síntesis que el original. Hesíodo, por su parte, fue el primer escritor burgués de todos los tiempos: trata de la economía y la realidad.

[Publicado el 02/10/2012 a las 08:29]

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La curiosidad es media vida


Lo decía mi abuela y yo creía que era una frase hecha, hasta que comprobé que en la preceptiva dominaban las acepciones negativas del estilo “la curiosidad es un vicio” o “la curiosidad mató al gato”. Ya ve, María Fermina Arrechea Larregui, tenga usted un nieto que se pretende escritor, para que a la criatura le lleve media vida distinguir un aforismo de una sinsorgada. Me he acordado a santo del “Curiosity”, el artefacto con ese nombre tan propio que indaga la gravilla marciana.
 
Curiosus en latín era el que tenía cuidado o ponía atención. En mala parte, la autoridad más antigua serían Terencio y, más de un siglo después, Cicerón, que lo usan como “fisgón”, y luego Suetonio, en su biografía de Augusto, donde ya aparece como “seguroso” o “agente de la policía secreta”. Pero el más explícito y antiguo al respecto podría ser Plauto que aforizó nam curiosus nemo est quin sit malevolus "no hay curioso que no sea malintencionado". Y aquí son obligados aquellos besos catulinos tan nutridos quae nec pernumerare curiosi possint "que ni los pedantes podrían enumerar".
 
Una derivación de los curiosi en mala parte sería los rerum novarum cupidi “deseosos de novedades”, dicho de los jóvenes incautos y de los conspiradores, revolvedores, sediciosos e intrigantes. Recurrente locución del léxico historiográfico, usada por Cicerón, Tito Livio, Tácito y hasta el papa León XIII. Hoy lo dirían de los narcisos rebañiegos que no tienen abuela y toman la calle con todo el derecho, incluido el de los demás.
 
La curiosidad como motivación de lectura ha sido celebrada con frecuencia. Menos, en cambio, se ha mencionado su cualidad inspiradora a la hora de escribir. A mí me motiva la curiosidad, uno nunca sabe qué va a poner y escribe para verlo.

[Publicado el 01/10/2012 a las 08:20]

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Estadísticas

Las estadísticas son abstracciones curiosas. El comisario para Libertad Religiosa de la Organización para Seguridad y Cooperación en Europa, Massimo Introvigne, ha declarado que, cada cinco minutos, matan a un cristiano en el mundo a causa de su religión, y la mayor parte, quitando un puñado en Corea del Norte y en China, en países musulmanes. Quizá sea una constante determinada por la superioridad, como aquella de los cien justos que preservan a la humanidad de la cólera divina. Entretanto, podemos distraernos pensando que ya hubo otras velocidades de crucero matador más elevadas. Pero está sucediendo en el mundo ahora, por más problemático y equívoco que sea el significado de conceptos como mundo y ahora.
 
Tito Livio, que según recuerdo era el más difícil de traducir, escribía, tuvo que escribir según las cuentas, tres libros al año. Como se han perdido las tres cuartas partes de los libros que formaban Ab Urbe Condita, no llega a un libro lo conservado de cada año  de trabajo titoliviano. Conozco escritores que hacen, y publican, otro tanto, y aún  más, los pobres. Yo creo que más de tres libros por década es demasiado. Y décadas como es debido, no tendrá uno más que un par en su vida, incluso creo que  eso es mucho decir, y dichoso aquel escritor que llegue a tener una, aunque sea una década de tres o cuatro años.

[Publicado el 22/9/2012 a las 08:32]

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Estados confesionales

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Esta señora hace cien mil años que vive en el desierto de Namibia. Se separó del tronco común del resto de la candidatura a la humanidad, justo en la fase decisiva de la evolución anatómica del humano moderno. Fue la primera en conseguir una bóveda craneal, unas clavículas y un torso humanos, conforme a la preceptiva en uso. Lo han dicho unos sabios de la universidad de Upsala. Nosotros, vascos, catalanes y musulmanes, parece mentira, pero aún éramos homínidos indefinidos y estábamos en el limbo, a milenios de nuestras esencias amantísimas.


Esta señora no tiene Estado propio, sangrante privación que debiera quitarnos el sueño, si nuestra solidaridad de pueblos que aspiran al pueblerinato estuviera a la altura.


Es preciso dotar de un bello Estado confesional a cada señora y cada pueblo tratados sin el debido respeto a sus quintaesencias. Estados confesionales vascos, catalanes y musulmanes, porque ¿de qué sirven las leyes, las carreteras, la educación, la sanidad y el resto de palabrería, si los Estados no son confesionales y no muestran el sagrado celo necesario para hacer respetar las consonantes geminadas o la sharia?

 

Los Estados confesionales, contra lo sostenido por nuestros enemigos fachas, no es que defiendan nuestra genética, lengua y religión venerandas, sino que defienden nuestro deseo de que así haya sido desde hace tropecientos años, porque nuestro amado clero así lo ha fantaseado, y sobre todo nuestro deseo de pureza, nuestro anhelo de que así sea en lo sucesivo, porque somos muchos, somos los más, quienes nos sentimos maltratados sin respeto a lo nuestro. Y nada, los demás a convertirse. Y al que no le guste que se vaya, nótese que ni siquiera lo echaremos.

[Publicado el 22/9/2012 a las 07:48]

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La religión vasca


En el artículo “Libertad de pensamiento” de su Diccionario filosófico, Voltaire hace dialogar en un balneario a un lord Boldmind, inglés y compendio de virtudes, con un conde Medroso, cobardica inquisidor. Habla el inglés de Marco Aurelio, Lucrecio, Plinio, Séneca y otros “doctores” que escribían lo que pensaban, y replica Medroso: “No los conozco. Pero me han asegurado que la religión católica, vasca y romana está perdida si nos ponemos a pensar.” Lo de vasca se buscará inútilmente en las traducciones españolas. No aparece en la de Martínez Drake, ni en la de Bergua, ni en las anónimas que andan por ahí enredadas; tampoco se verá en la portuguesa de Pacheco. 
 
Por algún motivo, los traductores se han tomado la libertad de pensar que hablar de “religión vasca” en semejante tono burlesco hacía feo y han preferido corregir y hermosear a Voltaire. 
 
Para construir el mayor oxímoron posible con ‘católica’ (o sea, universal) Voltaire pone ‘vasca’. Debía de estar pensando en la anécdota jesuítica que narra una conversación del cardenal Richelieu con el abate Prièves sobre Duvergier de Hauranne, el promotor del jansenismo. El abate daba como explicación del carácter retrógrado, oscurantista y visionario del jansenista “Es que es vasco…” lo cual  merecía la aprobación de Richelieu, si bien pretendía que con eso no se llegaba al fondo del asunto y añadía: “Os diré lo que pienso: es vasco, así que tiene las entrañas calientes por temperamento; ese calor excesivo hace que se le suban a la cabeza vapores que forman imaginaciones melancólicas, que él toma por reflexiones especulativas e inspiraciones del Espíritu Santo.” 
 
Así lo cuenta el jesuita Rapin en su Historia del jansenismo, que Voltaire había leído. Y bien cabría que la explicación no fuera original de Richelieu, sino del propio Rapin que así, en genuino rasgo jesuítico, se metería de paso con Loyola, lo que también entraría en la intención de Voltaire.
 
En todo caso, esto es perfectamente inactual, porque la religión vasca no está perdida si la gente se pone a pensar: no hay ni traza de que alguno vaya a pensar. Los vascos son muy religiosos y sentimentales, sobre todo en cuadrilla. Lo suyo es aovillarse a verlas venir (son varios los aficionados que me preguntan qué quiere decir bildu, pues eso: aovillar, hacer un ovillo, bonito ¿no?). Tampoco tiene nada que ver con el mandamiento loyoliano de obedecer perinde ac cadaver. Obediencia o muerte, qué alternativa más fea, eso no cabe en la cabeza de un aovillado vasco, que jamás mataría por la religión vasca, ni por moda, ni para que la cuadrilla le aplauda, porque nada más lejos de su idea que devanar un solo ovillo vasco obediente y perfumado de cadaverina.
 
Lo que hay que saber de los vascos es interpretar sus sentimientos, como le replicó el exfutbolista Aguirre al falangista Primo de Rivera en el parlamento, cuando este le insinuó que es más difícil usar la cabeza para entender a Unamuno que para rematar un córner. “Los vascos de peores cabezas somos precisamente los que tenemos la adhesión del pueblo. Esos señores, como Maeztu y Unamuno, van a nuestro país y nuestro pueblo les repele. ¿Por qué? Porque no han sabido interpretar sus sentimientos.” No hay pues que temer por la religión vasca, doctores tiene el ovillo.





[Publicado el 03/9/2012 a las 08:53]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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