Detalles esenciales en el éxito de la Historia de la Cultura del Renacimiento en Italia de Burckhardt fueron aseveraciones vistosas como que en aquellos tiempos venerables se llevaba tanto la individualidad que llegó a no haber moda masculina, o que entonces tuvo lugar la invención del paisaje por Petrarca, el primero en echarse al monte por las buenas. Dejando para otro rato la cuestión de si estuvo de moda que no hubiera moda, lo de Petrarca como primer alpinista es como aquel anticuario que vendía crucifijos de antes de Cristo. Esas banderolas en el castillo de arena histórica indican que Burckhardt se dirigía a un público de alpinistas y sufridores de la moda, la buena sociedad de Basilea.
El público del historiador es tan importante como los hechos que se propone estudiar. Su tarea es hallar equivalentes del modo de pensar contemporáneo, tanto para mostrar que ellos eran como nosotros, como para todo lo contrario.
De Heródoto data el ingrediente indispensable del autoelogio como testigo de confianza de su propio tiempo. Esa práctica, ejercida con naturalidad estudiada por Tucidides o Polibio, ha caído en desuso aparente entre los historiadores, mientras medra feliz entre diaristas y novelistas desde Montaigne a esta parte —notemos, por ejemplo, que no se hallará en los abundantes y copiosos estudios montanistas una solo adjetivo encomiástico que no proceda del propio Montaigne—. El historiador, en cambio, recurre a la adulación soterrada de sus contemporáneos —Alejandro Magno observó vivamente que nadie adula a los muertos.
Ahora, ¿quién dió a la historia rango de ciencia, fue quizá alguno de aquellos venerables griegos o romanos, acaso algún ostrogodo romántico? Nada de eso, el gran innovador fue Eusebio de Cesárea. Él fue el primero en dar importancia al testimonio documental y en arrebatar el monopolio del primer plano a los acontecimientos políticos y militares. Con él empezó la cronología comparada y no temió quitar años a Moisés. Él instauró las condiciones que hicieron posible el surgimiento de un Maquiavelo o un Guicciardini mil años después, y él nos dio noticias y fechas de los reyes frigios que, contrastadas hoy con la documentación asiria, nos permiten enfocar con precisión la cuestión homérica. Rota la lanza, añadamos que desde Eusebio rige la preceptiva de que toda conversión es el aprendizaje de una nueva historia, con su camisita y su canesú. Y también la paradoja de que el primer historiador de visión universal diera lugar a los etnocentrismos y fundamentalismos historiados conforme al patrón eclesiástico. Momigliano contaba la anécdota oxfordiana del que entró en una librería londinense y pidió un Nuevo Testamento en griego; el librero se retiró a la trastienda, y regresó diez minutos después con expresión grave: “Es extraño, señor, pero al parecer el griego es la única lengua a la que todavía no se ha traducido el Nuevo Testamento”.
[Publicado el 13/3/2012 a las 08:34]
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Voy a contar un secreto bonito y verdadero de los vascos. El historiador Elio Ampridio, que escribió a principios del siglo IV las biografías de varios emperadores, dice en un pasaje de su Vida de Alejandro Severo (27, 3) que: “También fue expertísimo en aruspicina, y gran orneóscopo, tanto que superó a los augures vascones de Hispania y a los panonios”. Notemos que la aruspicina es la predicción mediante el examen de las vísceras de las víctimas. La orneoscopia, por su parte, no es el arte de fisgar el horno, sino la predicción del futuro a partir de la observación de los pájaros, y el orneóscopo es quien la practica. La encarecida comparación con los vascones de Hispania se refiere a esa última manera de predecir. No se conoce otro testimonio donde se mencione esa particular habilidad y tampoco los investigadores del vascuence han encontrado ningún indicio de haber sido lengua de augures pajareros.
Pero no hay más que fijarse en el latín sortiri (sortear, obtener por suerte) de donde procede el vasco zori, que significa suerte. Pájaro, por su parte, se dice en vasco txori, que es diminutivo de zori (igual que txerri es diminutivo de zerri, cerdo). De manera que en vasco al pájaro se le llama “suertecilla”, que no me digas que no es bonito y además concuerda como un vuelo de tordos con la reputación de orneóscopos u ornitomantes que, según Ampridio, se atribuyó en la antigüedad a los vascones de Hispania.
Otro indicio, más antiguo y problemático, de que la preocupación por la suerte y el destino viene de lejos, es el nombre Silex, que aparece repetidamente en inscripciones de la Aquitania romana. Se refiere a una identidad femenina, sea humana o divina. El derivado vasco de la Silex aquitana es sirats —un ejemplo similar de paso del aquitano al vasco con la transformación del grupo cs en ts sería ocson (lobo en aquitano) del que deriva otso (lobo en vasco)—. Sirats, que está documentado en el dialecto suletino situado más cerca de donde se hallaron las inscripciones aquitanas de Silex, significa suerte, destino, y da la impresión de haberse solapado y finalmente retrocedido ante el pujante sinónimo zori.
Cumple recordar que la lengua aquitana desapareció tras la conquista romana en el siglo I a. C., y que todo lo que sabemos de ella procede de las inscripciones funerarias y votivas de época romana, donde se leen algunos nombres de personas, y de fuentes literarias y epigráficas, donde se documentan algunos nombres de lugar.
En Silex llama la atención su final aparentemente calcado de Opíleks, la diosa griega de las culebras y del destino —que la x final de Silex es una consonante doble equivalente al final de Opíleks se puede ver en sus formas declinadas Silexconis (genitivo) o Silexsi (dativo)—. ¿Es posible que se hubiera dado en la antigüedad prerromana un contacto greco-aquitano? Representaría una novedad notable, porque la historia ha dicho hasta ahora que la expansión griega durante los siglos VIII-VII a. C. no rebasó el Mediterráneo en su extremo occidental.
Precisamente a este último extremo le toca revisión. Porque Olisipo, el nombre original griego del poblado que estuvo situado en la colina y la pendiente del Castelo de São Jorge y que fue antecesor de Lisboa, es opiléxico de toda evidencia (o sea, es una variante anagramática de Opíleks, que era tabú y no se podía decir ni escribir) igual que Posilipo en Nápoles, otro jalón mediterráneo de la expansión opiléxica.
Así que ahora nos preguntamos si, además de fundar una colonia en la desembocadura del Tajo, los griegos llegaron, por ejemplo, a la del Garona.
Si, en efecto, Silex fuera un préstamo griego en aquitano derivado de Opíleks, ¿dónde estarían las típicas manipulaciones para sortear el tabú de nombrar rectamente a la diosa, como alteraciones del orden de las letras o desviaciones fonéticas? Aquí, la manipulación consistiría en ser un híbrido de dos lenguas, de modo que se nombra, pero no rectamente. Y dada la aparente importación íntegra del final -ilex, quedaría por explicar la inicial s-.
Así como en Opíleks se aprecia en opi- el radical dórico que significa culebra, en Silex ese mismo cometido lo desempeñaría la inicial s- de suge culebra, en vasco.
Ahora, ¿cómo sabemos que la s- inicial del híbrido Silex no puede ser latina y corresponder, por ejemplo, a serpens? Primero, porque serpens (reptante) ya es un eufemismo utilizado para no decir anguis (culebra), de modo que el latín ya carga a su modo con el tabú y no necesita importar híbridos. Segundo y más evidente, la coincidencia con el latín silex (sílex) haría inviable el préstamo. Tercero y terminante, Silex aparece como un barbarismo incrustado solo en algunos textos latinos procedentes de inscripciones halladas en la Aquitania romana y en ningún sitio más.
La mayor objeción sería que no sabemos cómo se decía culebra en aquitano y solo podemos suponer que el término no sería muy distinto de suge, palabra donde no detectamos indicios de ser préstamo latino, celta, ni lusitano, que son, aparte del aquitano, los principales orígenes de las palabras vascas.
La arqueología tiene noticia de relaciones de los aquitanos del valle medio del Garona con el mundo griego occidental en la fase 625-475 a. C. Pero no es posible decir si se trata de utillaje procedente del foco masaliota o de una llegada griega a la costa atlántica.
La hipótesis de que Silex sea un híbrido aquitano-griego tiene un grado razonable de probabilidad, pero su consolidación depende de más hallazgos filológicos y arqueológicos.
[Publicado el 28/2/2012 a las 08:18]
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El cementerio de los tuberculosos de Moncayo, profanado, derruído, devuelto al bosque por el abrazo arraigado de los pinos, los rebollos y los frambueseros, ya casi no se ve. Aquí se enterraban las señoritas y los jovenzanos muertos en la flor de la edad. De aquella moda de los sanatorios de montaña para las enfermedades del pecho, no queda más que el libro de Mann. Al bacilo le daba igual y puede que hasta disfrutara más colonizando tiernos bofes de sanatorio, ¿qué sabemos nosotros de sus ensueños y anhelos bacilantes?
Aquí ya no vienen ni los rondamuertos, entrañable oficio de antaño como cordelero o alpargatero. Volverán los asaltatumbas de tu nicho la tapa a violentar, pero aquel cara de fuina que te quitó el anillo de comulgar, aquel que respiraba tan fuerte, aquel no volverá.
A falta de nada mejor, recuerdo un viejo texto de Freud sobre la guerra y la muerte, todo equivocado, todo al revés. Basta este cementerio del Moncayo para ponerlo en evidencia. Un asaltatumbas celebra la victoria del vivo sobre el muerto y sobre el propio cementerio ya fallecido y borrado. Cada muerto es una victoria para cada vivo, en eso consiste el consuelo de los camposantos. “El oscuro sentimiento de culpabilidad que pesa sobre la humanidad desde los tiempos primitivos…” dice Freud. ¿Culpabilidad? Qué risa: el sentimiento es de recelo ante el sentimiento de envidia al vivo que el propio vivo atribuye al muerto.
La muerte propia es hoy y será siempre tan inconcebible como lo fue para los primeros bípedos envidiosos. Cuando vieron morir a quienes amaban, o no, pero en cualquier caso habían visto moverse y vivir, el sentimiento de victoria conllevó el recelo por la envidia suscitada en el muerto. Es una de las ideas más viejas del hombre; porque, cuando él nació, la envidia ya estaba allí. “Descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos, que llevaban el placer de matar, como quizá aún nosotros mismos, en la masa de la sangre…” ya será menos, hombre, Freud. Si acaso, descendemos de una innumerable serie de generaciones de envidiosos, que llevan la mala leche escondida por elemental precaución.
Los poetas lo han visto mejor. En la Odisea, el sentimiento de Aquiles difunto frente a la vida ajena es el mismo que ante la victoria enemiga; como guerrero, no puede dejar de preferir ganar, siquiera sea sobre los muertos, como todos los vivos: “preferiría ser bracero de otro hombre sin tierra ni riqueza, antes que mandar sobre los muertos difuntos”. La única victoria al alcance de todos es la conseguida sobre los muertos.
Dice Freud que los autorreproches por la muerte de un ser querido vienen de haber deseado su muerte. Dado que un hombre, e incluso mujer, desea la muerte de sus semejantes unas cuarenta veces al día, por poner una cifra comedida, sea por esto o por aquello, porque están demasiado cerca o demasiado lejos, porque gritan y porque callan, porque esperan y porque se van, porque sí y también porque no, y dado que se desea viva y continuamente esa maravillosa victoria sobre los congéneres con vencimiento a la vista, habría, según Freud, una calculadora tipo Laplace que registraría esos entrañables anhelos y luego reclamaría el pago en cómodos autorreproches que, por más negociados y acomodados que estuvieran a los posibles de cada cual, no dejarían de necesitar otra vida entera para la compensación, y al cabo todo sería cachondeo.
El realidad, el autorreproche viene de la envidia propia, pero atribuida al muerto. El implacable y exagerado repaso de todas las ocasiones que el muerto podría reclamar es la terapia propia que busca conjurar y aplacar la envidia que, según recuento cabal y concienzudo, podría tener el muerto, pero se basa en la envidia que el vivo calcula que él mismo pudo haber tenido al muerto. El cálculo aparentemente generoso a favor del muerto, y aparentemente inflexible en contra del vivo calculador y llorón, no es más que un acopio de fuerzas y una secreta celebración. Quien se autorreprocha está de celebración, no está muerto y anda de parranda reprochativa. La mente humana reconvierte la envidia en fuerza vital. Y luego dirán que la envidia es mala.
[Publicado el 23/2/2012 a las 09:43]
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A los helenistas del mundo, seis preguntas:
¿Es casual que Aristóteles atribuya el origen, en la antigua legislación ateniense, de lo que el llama lacra de la homosexualidad legislada a la influencia de Taletas (variante dórica de Tales) de Gortina?
¿Es casual que en el llamado “Certamen”, todas las ediciones desde el Renacimiento hasta hoy mantengan la corrección que introdujo el editor Stephanus en las líneas 32-33, que convirtió la errata ἀδιανοῦ en Ἀδριανοῦ, impidiendo hasta hoy la lectura del original ἀδινοῦ, que es un adjetivo que solo aparece en la Odisea?
¿Es casual que en el llamado “Certamen” diga que Altes (anagrama de Tales) era el nombre de Homero?
¿Es casual que Asclepio y Calipso tengan las mismas letras que Opíleks, diosa desconocida hasta hoy?
¿Es casual que Telefo, héroe preiliádico, sea anagrama de Ofelestes escrito en Lineal C, según se lee en la inscripción hallada en Pafos?
¿Es casual la semejanza entre Velena, nombre micénico de Helena, y Dvelona, nombre de la guerra en latín arcaico, y las demás diosas indoeuropeas de la guerra, Velinas (lituana), Varuna (védica). Vellaunos (gala), Valis (hitita)?
[Publicado el 20/2/2012 a las 13:21]
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Este apunte filológico y gramatical va en memoria de Alfonso Irigoyen, con quien discutí con mucho agrado y provecho de estas cosas, y está dedicado a los amables lectores que me preguntan por qué digo que la lengua vasca es, en esencia, latín hablado por aquitanos, pero niego que sea un romance.
Los préstamos latinos conforman la mayoría del vocabulario vasco. Al mismo tiempo, la conjugación perifrástica, la invención del participio pasivo, la fonética, la morfología y la sintaxis de la lengua vasca se deben al latín.
Un ejemplo de palabra vasca sin registrar en los diccionarios sería izkinu, la construcción circular de piedra seca, sin cubierta, y con apertura de entrada, utilizada para guardar las castañas con sus erizos. Deriva del latín ericinum, igual que kirikiño y triku, nombres del erizo en vasco, que ya Corominas señaló como procedentes del latín, contra el parecer de Michelena, quien prefería que fueran onomatopeyas. En cambio, una registrada sería bazka, que significa pasto, comida, y viene del latín pascam, que quiere decir lo mismo. Los nombres de las comidas (gosari, bazkari, afari…) presentan un sufijo derivado del latín escarium (comestible, concerniente a la comida). En cualquier dirección que se mire, aparece el latín.
Ahora, hay una diferencia medular entre los préstamos latinos en vasco y los presentes en las demás lenguas, incluyendo las romances. Todas las palabras latinas en vasco han sido originalmente importadas a partir del acusativo, mientras en las demás lenguas proceden del nominativo. Por ejemplo, bake (paz) no viene del nominativo pax, sino del acusativo pacem; errege (rey) no viene del nominativo rex, sino del acusativo regem, y así en todos los casos.
Y este es el momento de preguntarse por qué la lengua vasca derivó sus préstamos latinos a partir del acusativo. Pues lo hizo porque el latín, como sus parientes del linaje indoeuropeo, era una lengua donde resaltaba el acusativo, que, a su vez, era un caso inexistente en aquitano. Es la prueba de que el aquitano “veía” —entendía— el latín desde fuera. Porque el acusativo es muy acusado visto desde fuera, pero no desde dentro, donde es apreciado como un residuo, como el apéndice o las muelas del juicio, en trance de desaparición. La mayoría de las lenguas indoeuropeas lo han abandonado o van camino de hacerlo. En las romances y el inglés no existe prácticamente, y en alemán y polaco apenas se nota un poco más. Cuando se hace precisa la distinción entre sujeto y objeto, se recurre a las preposiciones.
El aquitano no tenía acusativo, y ante el problema de distinguir el sujeto del objeto, ponía una marca en el sujeto, al contrario del indoeuropeo y la mayoría de las lenguas del mundo, que ponían y ponen la marca en el objeto. Esa marca en el sujeto es lo que se llama caso ergativo, y era una característica del aquitano, mantenida en el vascuence, que se distingue de las lenguas romances en que procede del latín sin acusativo hablado por los aquitanos, que mantenían la hechura fonética del caso, pero no su función.
[Publicado el 17/2/2012 a las 10:12]
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La ley, viva la ley, siempre la ley
La historia de la promoción de la humanidad, o de cómo el hombre elevó al hombre hasta su status más noble, como si la condición humana implicara estar dotado de razón y dignidad, se puede resumir en dos pasos. El primero sucedió en Mesopotamia: mediante la domesticación de plantas, se pasó de la estepa al regadío, y de recolectar a producir, con lo que se proveyó de casa y pan a un altísimo número de gente por primera vez desde que el hombre se irguió y vaga sobre la tierra. Fue el dominio de los cereales lo que produjo el excedente que permitió hacerse ilusiones sobre la dignidad y la razón.
El segundo paso fue la emergencia de la polis (plural poleis) griega. Este suceso acompañó a la difusión del alfabeto, y tuvo lugar durante el llamado Período Geométrico (900-700 a. C.), más en especial, a lo largo del siglo VIII a. C. Este segundo fenómeno ha conformado la condición humana tanto como el primero, e incluso más en lo tocante a la razón y la dignidad.
Mientras escribo esto, tengo de cuerpo presente sobre la mesa los dos kilos y cuarto de An Inventory of Archaic and Classical Poleis, edición de Hansen y Nielsen, publicado por Oxford University Press en 2004, con 1400 páginas, 27 introducciones, otros tantos índices, y 1035 entradas a cargo de una cincuentena larga de colaboradores. Tras lectura piadosa, no se detecta en el volumen atisbo de barrunto, ni siquiera olfateo cauteloso, de qué cosa era una polis. Se podrá avanzar la suposición caritativa de que es algo sobreentendido, o sea que todos sabemos que polis es ciudad y arreando. También se podrá sostener que una obra que presenta estadísticas de extensión de las diversas poleis, disquisiciones sobre el significado urbano y político del término, cronologías y otras particularidades, profundiza como nunca en la materia. Pero esa profusión no hace más que agravar la ostentación de la gran mácula ciega en el centro de su propia investigación, que ignora cuál era la característica definitoria de la polis y por qué era tan importante para los griegos vivir en una.
Polis no quiere decir ciudad-estado, algo que, por otra parte, se inventó en Mesopotamia milenios antes. La esencia de la polis griega consiste en ser una unidad legislativa. Eso quiere decir que la polis posee un corpus legal propio, y que se lo concede, mantiene y aplica ella misma. Una polis puede estar gobernada por un tirano, un rey, una oligarquía o cualquier otra variante mandona, que incluso puede residir en otra polis; también puede poseer mucho o poco territorio y albergar una o muchas etnias; pero nada de eso afecta su esencia de polis, que consiste en ser unidad legislativa y primar el procedimiento legal en todas las interacciones humanas que tienen lugar en su seno. La polis puede adquirir su legislación de muchas maneras, puede contratar escribanos y gentes de leyes (como el caso del fenicista Espesintio, contratado por la polis de Datala), puede fichar a legisladores famosos (como Tales, fenicista de la polis de Gortina, fichado como legislador y árbritro de la polis de Mileto), puede importar y adaptar códigos (como hicieron Atenas y Esparta por medio de Solón y Licurgo inspirados en la legislación cretense), o puede delegar en un consejo de ciudadanos, todo eso es secundario respecto a lo principal, que es la ley y su categorización por encima del individuo.
La polis griega nació al mismo tiempo que el alfabeto griego a partir del fenicio. El dato es crucial, porque el cargo legislativo más antiguo de la polis es precisamente el de fenicista o “hacedor de signos fenicios”, sucesor y sustituto del mnemon o “memorador”, que era el archivo y código viviente de la comunidad. El empleo escrito más antiguo conocido del término polis como abstracción que decide por encima de los ciudadanos se lee en el código mural de Dreros, en Creta, que data de mediados del siglo VII a. C., algo anterior al código también mural de Gortina, fechado a finales del mismo siglo.
Lo que la modernidad debe a los griegos es justo esa unidad legislativa y primacía del procedimiento que salvaguarda al hombre, al estar por encima de él en la creación y aplicación y de las normas que rigen su relación con los demás.
En la Odisea IX, 112-115 se puede leer el ejemplo de cómo viven los cíclopes, que no tienen polis y carecen de legislación: “no tienen asambleas del consejo, ni leyes […] cada cual manda sobre sus hijos y mujeres, y no se ocupan los unos de los otros.” Los cíclopes son athemistoi o sea, “sin leyes”. Palabra de Tales, el mayor legislador de su tiempo. En el tiempo de la guerra con Lidia, el mismo Tales propuso establecer un consejo en Teos, que pasaría a ser la sede de la polis de Jonia, mientras las demás poleis pasarían a ser demoi (distritos territoriales o comarcas). No hay noticias de que la propuesta, descrita en Heródoto I, 170, se llevara a efecto; pero da una idea del prestigio y consideración del legislador el hecho de que, más adelante, ya en época de paz, Tales fuera nombrado ciudadano de todas las poleis jonias.
Cuando Tucídides (2, 16) narra el traslado forzoso de algunos atenienses desde la zona rural a la urbe de Atenas en 431 a. C., enfatiza que al dejar sus casas se sentían casi “como si dejaran su polis”. Donde se muestra que la polis era para ellos un elemento protector, dignificante y esencial casi del rango de la casa. Heródoto (8, 61) refiere que, unos cincuenta años más tarde, antes de la batalla de Salamina, el general corintio Adeimanto se permitió ordenar callar a Temístocles por ser alguien apolis (carente de polis), queriendo decir que Atenas ya estaba tomada por el enemigo. Temístocles replicó que los atenienses poseían, con mejor título que los corintios, polis y tierra, y la mejor prueba era que habían armado doscientas naves con sus correspondientes tripulaciones. Al dejar Atenas, los atenienses no dejan su polis, sino que la trasladan a Salamina.
De ahí la costumbre impuesta y extendida por los griegos de añadir el nombre de su polis al suyo propio, con lo que indicaban su status de ciudadano. Que la formación de la polis fue un avance de suma relevancia en el progreso que va de la bestialidad a la humanidad y un paso decisivo hacia la civilización es algo consabido en los textos griegos clásicos desde Sófocles a Platón y Aristóteles. Es famosa la definición de este último (1253a, 2-4): “El hombre es por naturaleza un animal de polis, y el que es apolis por naturaleza y no por circunstancias queda por debajo o por encima del hombre.” La idea está ratificada por la expresión griega andrapodismos conectada con la conquista de una polis, que significa literalmente “entrabar los pies de los hombres”, y quería decir que los hombres supervivientes a la conquista de la polis eran esclavizados junto a sus mujeres e hijos, como pasó en Mileto en 494 a. C., aunque también podía indicar que sólo eran esclavizadas las mujeres y los niños, y se mataba a los hombres adultos. Pero se ve que había muchos grados en la diferencia entre vencedores y vencidos, porque contando desde los primeros testimonios hasta el 323 a. C., se registran cuarenta y seis aplicaciones de andrapodismos, pero solo en cinco casos acarreó la desaparición de la polis, el resto siquieron floreciendo igual o más que antes, y hay incluso casos de poleis rehabitadas por supervivientes de andrapodismos.
El poeta Foquílides, que floreció en Mileto en el siglo VI a. C., dejó escrito que: “una pequeña polis bien situada en lo alto de una colina es mejor que la insensata Nínive”. En efecto, Nínive fue la mayor ciudad de su tiempo, de una población y dimensiones ingentes, incluso para la actualidad. Foquílides emplea el adjetivo “aphrainouses”, que remite al verbo “phrazo”, que a su vez significa deliberar, idear, pensar. Es decir, la polis, prescindiendo de su tamaño y poderío, era un consenso, y la gran Nínive, no.
Por eso es razonable situar el fin de la polis en el momento del siglo III en que Diocleciano impuso la burocracia centralizada. Menandro de Laodicea (no el dramaturgo) escribía hacia el año 300 que todas las poleis romanas estaban gobernadas por una, que era Roma.
En fin, otro fallo del Inventory, que no desmerece sino que complementa de maravilla al anterior, es haber prescindido de los poemas homéricos y hesiódeos entre las fuentes escritas que tratan de las poleis, que es como escribir la historia de la penicilina prescindiendo de Fleming.
[Publicado el 16/2/2012 a las 09:13]
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Breve noticia de dos guillotinados
El sábado 12 de febrero de 1764 fue presentado en Versailles, en los departamentos de las hijas de Luis XV, un niño de siete años que tocó el clavecín ante ellas. Las princesas quedaron encantadas con el pequeño genio y encargaron al intendente de los Menus-Plaisirs (conocidos como “los placeres que llaman menudos” o simplemente “Menus”) que le pagara cincuenta luises. El niño prodigio era Mozart, que había llegado a la corte versallesca con su padre y su madre. Los Mozart se alojaron durante quince días en el hotel Cormier de la calle Bons-Enfants, y el dueño les pelucó doce luises.
El acontecimiento está anotado en las memorias de Denis-Pierre-Jean Papillon de La Ferté, intendente de los Menus-Plaisirs, y también en las de Friedrich von der Trenck, caballero memorialista que recorría Europa ofreciendo sus servicios como espía, duelista, diplomático y militar. Papillon y Trenck representaban dos formas de sobrevivir al arrimo de las monarquías del Antiguo Régimen, ambos nacieron en 1727 y, por lo demás, eran tan diferentes en carácter y circunstancias, que apenas coincidían una vez cada treinta años.
En 1744, Trenck ingresó en el ejército prusiano del modo en que solía suceder tan magno acontecimiento: le cayó en gracia a Federico II que pasaba por Prusia oriental en viaje de inspección. Federico II, quitando su amor de juventud, fue un homosexual comedido y discreto, se limitaba a reclutar guapos, ejercía su derecho de pernada sobre los mozos de su reino que le parecían de buena planta, y los coleccionaba para que combatieran y murieran por él. El enciclopedista D’Alembert contaba que una vez estaba charlando con Federico II cuando entró un camarero imponente. D’Alembert pareció impresionado, y el rey le dijo: “Este es el más guapo de mis Estados. Lo tuve una temporada de cochero y he estado tentadísimo de enviarlo como embajador a Rusia.”
Papillon no era tan guapo, pero sí hijo de un importante tesorero de la corona, por todo lo cual, a los veinte años se impuso viajar para vencer la timidez. La venció, se casó, tuvo tres hijos en tres años, y al cuarto, se le murieron los tres, su mujer, su padre y su madre. Entonces, como se vio solo y rico, se compró un cargo.
Uno de los tres cargos de intendentes de los Menus-Plaisirs estaba vacante por cese de su titular, el imprudente Curis, que permitió a Fontainebleau un prólogo donde se burlaba de los nobles del lugar. Papillon no tenía esas veleidades. Como itendente, debía velar por el presupuesto de las distracciones de la corte, comedia, ópera, ballet, decoraciones, pompas incluyendo fúnebres y jabonosas, construcción de catafalcos, reglamento de las ceremonias, preparativos de bodas regias, más los viajes y la renovación del ajuar del rey y el delfín. Tenía por encima a los cuatro primeros nobles de cámara, que nunca se entendían entre ellos, y por debajo, a dos secretarios, una docena de inspectores de decorados, vestuarios, maquinarias, guardarropas y obreros tramoyistas, y tres tesoreros. Papillon ganaba diez mil libras más una gratificación anual de seis mil. Como su cargo le costó doscientas sesenta mil, su rentabilidad era del seis por ciento. Algo bastante modesto comparado con un mangante actual. Y no se enriqueció, porque cuando se compró el tercer cargo de intendente tuvo que pedir dinero. Además debía festejar en su mesa casi a diario a comediantes, autores y nobles.
El guapo Trenck, en cambio, se dedicaba a sus duelos y conquistas sin presupuesto. Cuando aún no llevaba un año de soldado, conoció en Berlín a una bella dama y, visto y no visto, Federico II lo hizo encerrar un año por el atrevimiento. Cuando salió, Trenck ofreció sus servicios a la emperatriz de Austria, pero Federico II lo supo y lo volvió a encerrar, esta vez encadenado a la pared del más negro calabozo de Magdeburgo. La bella dama resultó ser la princesa Amalia, hermana pequeña del celosísimo Federico II, que la hizo ingresar en un convento en Quedlinburg. Amalia era, por lo visto, muy buena compositora, entre otras prendas, lo que le valió para que su hermano la encerrara de por vida.
Trenck, en cambio, salió nueve años más tarde y publicó sus memorias, que anduvo distribuyendo por las cortes europeas. Papillon era entonces director de la Ópera, además de todo lo anterior, y había publicado, por puro entretenimiento, varias obras sobre materias tan diversas como pintura, geografía, introducción a Copérnico y matemáticas.
Llegó la Revolución y Trenck se presentó en París, donde anduvo hecho un intrépido corresponsal que tomaba nota de todo, con miras a publicar algo gordo. Papillon, por su parte, perdió todos sus cargos y se retiró a su casa de Saint-Denis. Como era prudente, pensó que acaso se había comprometido demasiado con el régimen anterior. Así que prestó el juramento cívico obligatorio, se inscribió como voluntario para guardia nacional y lo nombraron comandante de la guardia de su comuna. Además, obsequió una hermosa bandera nueva a su batallón y, cuando empezaron las requisas de dinero, entregó su vajilla de plata para que batieran moneda, y suscribió un bono patriótico de cuarenta mil libras. Mientras tanto, Trenck hacía saber a todo el mundo que pertenecía al servicio secreto austríaco.
Papillon fue finalmente reconocido y encarcelado por los jacobinos. Tras unos meses en maceración carcelera, compareció ante el tribunal revolucionario que ofició una farsa de juicio. Los sesenta y un acusados que lo acompañaban fueron ejecutados esa misma noche en la place de la Barrière-Renversée, antes llamada du Trône. Entre ellos estaba Mique, antiguo arquitecto de María Antonieta, Randon de La Tour, administrador del tesoro, un comisario de policía, empleados del ayuntamiento de París, escribientes del Parlamento, y el guapo Trenck, que aún presumía de ser un pollo ligón, de cartearse con el emperador José II de Austria, muerto ciertamente cuatro años antes, y de haber sido encarcelado por Federico II. Todavía tuvo ganas de farolear un poco, y a última hora recordó al público su pedigrí de represaliado, a fin de que alguien tomara nota para la posteridad: “¡Federico de Prusia era grande e infame, pero vosotros no sois más que infames!” El prudente Papillon y el fanfarrón Trenck, fueron guillotinados en la misma jornada veraniega.
[Publicado el 06/2/2012 a las 08:00]
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Los antiguos escribían y leían sobreentendiendo cosas que nosotros no leemos, ni deducimos entre líneas, ni de ningún otro modo. Mauro Servio Honorato, gramático nacido hacia 370, escribió este comentario a la Eneida VI, [107]: Sine gaudio autem ideo ille dicitur locus, necromantia vel sciomantia, ut dicunt, non nisi ibi poterat fieri: quae sine hominis occisione non fiebant; nam et Aeneas illic occiso Miseno sacra ista conplevit et Vlixes occiso Elpenore. Lo que quiere decir que la práctica de la necromancia (adivinación mediante consulta a los muertos) o de la esciomancia (adivinación mediante consulta a las sombras) precisaba el viaje a ese lugar sin alegría que es la morada de los muertos y adonde no era posible llegar sin sacrificio humano. Por eso Eneas lo hizo después de matar a Miseno, y Ulises, a su vez, una vez matado Elpenor.
Cualquiera que lea los pasajes correspondientes de la Odisea y la Eneida, notará que el texto no dice expressis verbis que Ulises sacrificó a Elpenor, ni que Eneas hiciera lo propio con Miseno. Sin embargo, a la luz del comentario de Servio, aparece otra lectura. Elpenor, descrito como el mas joven y menos heroico de los compañeros de Ulises, se mató al precipitarse borracho desde lo alto de la morada de Circe. Quedó insepulto y luego fue la primera alma que se apareció a Ulises en el Hades reclamándole una sepultura adecuada. El lance se calca en la Eneida con Miseno, joven compañero de expedición que había fallecido en el mar, y que luego reclama a Eneas ser enterrado como es debido para que el héroe pueda consultar al alma de su difunto padre Anquises.
La redacción está cuidada de modo que esas muertes con valor sacrificial de Elpenor y Miseno no parezcan tener relación alguna con Ulises y Eneas, que hacen como que no se enteran de ellas hasta encontrarse en el puertas del más allá. Sin embargo, eran muertes imprescindibles para el descenso del héroe a la morada de los difuntos, y están narradas siguiendo un modelo antiquísimo, pero en una época que ya no aprobaría que el héroe sacrificase a las claras a un compañero.
Pero, una vez bien perfilado el lance gracias al comentario de Servio, no solo se hace evidente que Virgilio lo sobreentendía así al leer la Odisea y, en consecuencia, hacía su correspondiente calco en la Eneida, sino que se ha tratado de un lugar común y predilecto para otros autores. Lucas, el evangelista más observador y literato, narra en Hechos de los Apóstoles 20, 7-12 la historia de Eutico, que estaba sentado en lo alto oyendo predicar a Pablo y se cayó, matándose del mismo modo que Elpenor y, no por casualidad, en la Tróade, lugar de suma resonancia homérica. También en los Hechos de Pablo se narra lo mismo de Patroclo, copero de Nerón, que se cae y mata mientras asistía desde lo alto a la predicación de Pablo. En estos dos casos, el héroe apóstol se cubre de gloria resucitando convenientemente a los precipitados; en la épica, en cambio, el héroe procede a enterrarlos para poder seguir adelante con su propósito glorioso de descender a la morada de los difuntos, platicar con ellos, y regresar.
¿Dónde encontramos el modelo primigenio de esas muertes sacrificiales necesarias para ser un gran héroe llegar a la morada de los difuntos? Pues en la literatura sumeria, cómo no. Allá se narra el viaje de la diosa Inanna, que tiene el valor de abandonar los esplendores de su existencia celestial y terrena, para visitar la región tenebrosa y sin retorno. En su descenso debe ir abandonando una a una sus siete potencias divinas, debe ir muriendo. La heroicidad es vista como absolutamente desmesurada por los propios difuntos: “Si eres Inanna, del lugar donde el sol se levanta, ¿por qué has venido al país sin retorno y tu corazón te lleva hacia la ruta por la que ningún viajero regresa?” (Kramer: Inannas Descent, 82). En la versión acadia del mismo mito, Inanna se llama Istar (antecedente de la Astarté fenicia, la Afrodita griega y la Venus romana) y debe franquear siete puertas de siete murallas, despojándose con ello de las siete potencias que hacían de ella un ser vivo.
Y cumple decir que el más famoso émulo del periplo mortuorio es Jesucristo, que se dedica a que lo maten para no ser menos que los dioses y héroes que le han precedido, de modo que que crucifixus, mortuus, et sepultus, descendit ad inferos…
Orfeo, el héroe músico, también quiso cometer la consabida hazaña. Pero, como era artista, su lance reviste las particularidades de su profesión. En realidad, revisado su periplo a la luz del comentario de Servio, se patentiza que su viaje a los infiernos es con el fin de ganar más público, que es la perenne heroicidad del artista, y el papel de la necesaria muerte sacrificial le toca a Eurídice. O sea, Orfeo mata a Eurídice con un propósito artístico: hacer una gira y triunfar a lo grande en un lugar nunca visto y ante un público extraordinario. Platón, que entendía del género y también le puso su muerto —el insepulto Er, hijo de Armenio mencionado en Sócrates 614b, eco reminiscente de Elpenor y de Patroclo, entre otros— consideraba que Orfeo fue un cobarde incapaz de morir de amor pero, podemos apuntar ahora, muy capaz de matar para triunfar. Era imposible que Eurídice regresara viva de allá, eso ya lo sabía Orfeo, que justo había utilizado su muerte para poder acceder a aquel escenario, y con razón pudo decir “yo, por mi música, mato.”
[Publicado el 16/1/2012 a las 11:28]
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En la corte de Luis XIV vivía una duquesa gorda importada de Alemania, que se llamaba Charlotte Elisabeth von der Pfalz —‘Lieselotte’ para sus primas y admiradores—. A los diecinueve años, la trajeron de Heidelberg y la casaron con el viejo duque de Orleans, el hermano de Luis XIV, cuya pasión por los hombres guapos, en particular su amantísimo caballero de Lorraine, era pública y notoria. Los dos formaban la pareja más dispar imaginable. Él, bajo y rechoncho, cubierto de puntillas y sobre tacones desmesurados, parecía una marioneta obesa. Ella, fuerte y recia, tenía el aspecto y los andares de un granadero bávaro. Bajo los títulos oficiales de “Monsieur” y “Madame” residían los dos en el Palais Royal, y hacían vida separada desde 1676.
Las pasiones de la duquesa eran la cerveza, las salchichas, la caza a caballo con perros, y la correspondencia epistolar donde daba noticias a sus primas de la corte versallesca. Por ejemplo, lo que zampaba Luis XIV: “A menudo he visto al rey comerse cuatro platos de distintas sopas, un faisán, una perdiz, una fuente de ensalada, dos grandes lonchas de jamón, un plato de ternasco adobado con ajo y acompañado de consomé, otro plato lleno de pasteles, y luego frutas y huevos duros.” O bien lo aburrida que era la corte: “El juego del billar es una cosa aburridísima. Van a una mesa y se echan tripa abajo, sin que nadie diga una palabra. Y allá están amontonados, hasta que el rey ha jugado una partida. Luego se canta una vieja aria de ópera que ya hemos oído mil veces.”
En los peritajes que hacía de sí misma tampoco empleaba la lisonja: “Mi talla es simplemente monstruosa, soy cuadrada como un dado, la piel es de un rojo mezclado con amarillo, mi cabello ha empezado a grisear, la nariz sigue estando torcida como antes, pero ahora está festoneada por la varicela, igual que mis mejillas, y tengo los dientes hechos polvo.”
La duquesa Lieselotte escribía en alemán con mucha gracia, pero no pensaba pasar a la posteridad literaria. Un día, cuando ya llevaba escritas más de tres mil cartas, supo que su correspondencia era retenida en la frontera, traducida al francés y enviada al rey, lo que ocasionaba un retraso importante. Decidió entonces escribir en francés, a fin de evitar tanto circunloquio. Para su estreno, escogió un ejercicio de estilo que, de paso, le permitió vengarse de su cuñado Luis XIV, y pasar a la posteridad como una de las cumbres del género estercorario. Su celebrada carta del 9 de octubre de 1694 a la electora de Hannover enmarcaba estas fragantes reflexiones:
“Vos sí que sois dichosa, que podéis ir a cagar cuando os parece; cagad, pues, y quedaos ancha. Aquí no es el caso, y me veo obligada a guardar mi cagada hasta la tarde; no hay reposaculos en las casas del lado del bosque, y yo tengo la desdicha de vivir en una, y en consecuencia la molestia de ir a cagar fuera, lo que me fastidia, porque querría cagar a gusto, y no cago a gusto cuando mi culo se apoya en nada. Además, todo el mundo nos ve cagar; pasan hombres, mujeres, chicas, niños, curas y suizos. Ya veis que no hay placer sin menester y que, si no cagásemos, yo estaría en Fontainebleau como pez en el agua. Es muy penoso que mis placeres se vean interrumpidos por cagadas. Me gustaría que el primero que inventó el cagar no pudiera cagar, él y toda su estirpe, más que a bastonazos. ¡Es terrible que no se pueda vivir sin cagar! Aunque estéis en la mesa con la mejor compañía del mundo, basta que os dén ganas de cagar, para que tengáis que ir a cagar. Aunque estéis con una chica guapa o con una mujer que os guste, basta que os dén ganas de cagar, para que tengáis que ir a cagar o reventar. ¡Maldito sea el cagar! No conozco cosa más vil que el cagar. Si veis pasar una persona linda, bien guapa y relimpia, os decís: ¡Ah qué bien estaría si no cagase! Yo se lo disculpo a los golfos, a los soldados de guardia, a los porteadores de sillas y gente de ese calibre. Pero es que los emperadores cagan, las emperatrices cagan, los reyes cagan, las reinas cagan, el papa caga, los cardenales cagan, los príncipes cagan, los arzobispos y obispos cagan, los generales de orden cagan, los curas y los vicarios cagan. ¡Reconoced, pues, que el mundo está lleno de gentuza! Porque, en conclusión, se caga en el aire, se caga en la tierra, y se caga en el mar. Todo el universo está lleno de cagones, y las calles de Fontainebleau, de mierda, principalmente de mierda de suizo, porque ellos evacuan grandes cagadas, como vos, Señora.”
Esta fue la primera carta de la duquesa que, conforme a su cálculo, llegó a manos de Luis XIV en versión original, y así pudo decir con propiedad que llegó a cagar en manos regias.
Por su parte, la electora de Hanover, que la leyó después del rey de Francia, también quiso estar a la altura y contestó en excelente francés:
“Bonito razonamiento de mierda que me hacéis sobre el cagar. Me parece que no conocéis bien los placeres, puesto que ignoráis el que produce cagar […] Espero que os retractéis de haber querido dar tan mal olor al cagar y estéis conmigo de acuerdo en que no se puede vivir sin cagar.”
Con su carta estercoraria, la duquesa Lieselotte ingresó en la fragante tradición francesa de lo escatológico, y obtuvo su destacado lugar después de Rabelais y antes del marqués de Sade. Epígonos suyos fueron Bataille, con su escatología defecatoria metafísica y angustiada, y Flaubert, quien anotaba en su correspondencia que su siglo había perdido la salud y consciencia del propio cuerpo, lo que se traducía en una pérdida de simpleza de lenguaje, mientras en Aristofanes “se caga en escena”. Algo después, a finales del siglo XIX, E. de Goncourt escribía en su diario: “Dios, en su bondad, tendría que haber concedido a la mujer excrementos en forma de bosta caballuna o de boñiga de vaca, o incluso, de haber estado en sus mejores días cuando creó a la mujer, excrementos semejantes a las cagarrutas almizcladas de la gacela, y no caca de hombre. Confieso que el pensamiento de encontrar una hacedora de mierda en la criatura angelical ha enfríado siempre mis exaltaciones sentimental-amorosas.”
La fragancia de la carta estercoraria de la duquesa Lieselotte atravesó los siglos y saturó las narices del delicado Gautier, quien elucubraba así sobre Luis XIV: “Siempre comiendo y cagando […] una fístula en el culo y otra en la nariz”. E. de Goncourt, que anotó la reflexión en su diario (23 de agosto de 1862), recuerda que Gautier, sin duda embriagado por los efluvios estercorarios, parecía en su furor querer “lapidar a Luis XIV a cagada limpia”, mientras Claudin volvía la cabeza, “aturdido como un niño que viera cagar sobre su catecismo”.
La carta estercoraria de la que el editor Brunet, que publicó la correspondencia de la duquesa en 1855, aseguraba “hemos dudado si reproducir las dos cartas siguientes, que se encuentran en francés en el volumen alemán aparecido en 1789”, fue luego reproducida por los Goncourt en su diario, y para que cada su siglo dejara su huella particular, Edmond reemplazó culo y cagar por c…
[Publicado el 10/1/2012 a las 07:53]
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Entre las curiosidades de Corella está la casa donde vivió Larra entre los once y los quince años. En esa época aprendía a escribir en español traduciéndolo del francés. Después de aprender el castellano en España, lo olvidó en Francia, y en su época corellana se esforzaba en regresar desde el francés al primero. La placa memora que a los trece años Larra tradujo del francés una gramática castellana, las fábulas de Reyre —casi al mismo tiempo que lo hacía Juan de Escoiquiz, traductor del Paraíso perdido de Milton y los poemas de E. Young, lo que da idea de lo enterado en moda literaria que estaba el padre de Larra— y la Ilíada, a partir de la versión de madame Dacier, de quien decían los envidiosos que podía trasladar cualquier cosa que hubiera dicho un autor de la antigüedad, excepto su bien decir.
Con el mismo método de memorizar cuadros sinópticos gramaticales y traducir fragmentos escogidos que empleaban los estudiantes de su edad para aprender latín y francés, Larra aprendía español. En aquel traductor adolescente que iba en la dirección opuesta se perfilaba el desacuerdo incurable con el mundo, el gramático minucioso que inventó una nueva precisión en la prosa, y el censor de escritura portentosa. En las letras españolas, constituye un caso único de presencia continuada e ininterrumpida en el canon; lo mismo en vida que después. Mientras los aficionados extranjeros identificaban el estrellato del romanticismo español con Martínez de la Rosa, Zorrilla y Espronceda; en España, los primeros nombres del santoral romántico eran Larra y Bécquer.
Sería curioso saber en qué versiones leyó Werther. En castellano hubo media docena de ellas, hechas del francés, hasta que en 1835 Mor de la Fuente hizo la primera traducción del alemán. Es probable que lo leyera primero en versiones llenas de hélas y pistoletes, que es otra música.
La posteridad siempre encontrará en él madera de tópico, imprescindible material edificante. Desde Zorrilla a Umbral, los émulos españoles de Larra han repetido que al escritor lo suicidó la sociedad española. Una melonada como cualquier otra. ¿Lo suicidó aquella masa de público que lo adoraba y consideraba su primer y más caracterizado escritor, lo eligió diputado, quedó conmocionada por su suicidio, acudió en masa a despedirlo y, si los curas se llegan a oponer a su entierro en sagrado, se lleva por delante a los curas? ¡Pero si Larra murió en fragor de santidad!
Es cómica la fijación de periodistas y escritores vindicando para sí el título de solitarios e incomprendidos. La redacción entera del Progreso, liderada y sermoneada por Azorín, acudió en 1898 al cementerio abandonado de San Nicolás, porque los restos de Larra se habían trasladado desde el viejo camposanto de Fuencarral en un homenaje anterior, y en 1901, otro escogido puñado de admiradores repitió la peregrinación de armarse literato ante la tumba del santo con el cráneo descalabrado ceñido de laurel. Y aún se celebraron en el siglo XX media docena más de traslados y homenajes. Unos celebraban al ácrata, otros al rebelde, al escéptico, al soñador, y había para todos. Solo los santos tienen un público así.
Ahora, cabe fantasear que Corella hubiera sido un buen sitio para leer por primera vez Werther. En aquel héroe que leía sin cesar lo que él llamaba “mi Homero”, el joven Larra homérico tuvo que encontrar un compañero. Y luego, cuando Werther echa el resto en su traducción de Ossian, convencido de hallarse ante un original que anticipaba los postulados de Sturm und Drang, los deseos regresivos de heroísmo se convertían en autocomplacencias mortuorias en un mundo donde el héroe inocente es entregado a un destino trágico que no deja otra que renunciar a la existencia con una buena detonación.
“He sobrevivido a mi Werther” escribía Goethe. Larra no sobrevivió al suyo.
[Publicado el 02/1/2012 a las 08:27]
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Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas.
1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.
1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.
Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres
eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.
1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.
Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.
1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.
1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo
Editorial Pre-Textos, Valencia.
2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid
2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.
2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio
Ediciones Martínez Roca, Barcelona.
Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona
El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.
2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,
Ediciones Destino, Barcelona
2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.
2011 Ninguno es mi nombre - ensayo - Pre-textos Ediciones


29/5/2012 17:19
Publicado por: francisco granado castro
28/5/2012 10:47
Francisco Manuel Granado Castro...
Publicado por: francisco granado castro
25/5/2012 20:21
Da gusto leerle. Y al hilo de...
Publicado por: Bradomín
22/5/2012 11:06
Pues sí, hace gracia lo de las...
Publicado por: pero bueno, por hablar que no quede, otra cosa es estudiar.
17/5/2012 19:40
Uno está menos a disgusto en...
Publicado por: claudio
13/5/2012 23:28
Publicado por: Beltsasar
13/5/2012 18:47
Mal pinta la cosa. Si veinte...
Publicado por: tiempo al tiempo
13/5/2012 13:50
dicen que hay deuda a pagar...
Publicado por: a.
08/5/2012 10:59
En muchos de los juegos de manos...
Publicado por: ojazos
30/4/2012 03:19
Publicado por: thelonious-sphere
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