El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 20 de mayo de 2013

 Blog de Eduardo Gil Bera

Una teoría simplista de las lenguas



Los dos prejuicios más comunes en relación con la historia de las lenguas son la suposición de que el hombre primitivo empleaba un habla elemental, basada en gruñidos y monosílabos, y su hermana gemela, la convicción de que existió una lengua primigenia de la que derivan las demás. Un estudio publicado en la PNAS, abunda en la última, y asegura haberse remontado a la lengua practicada en Eurasia cuando templó la última glaciación, hace unos 15.000 años.
 
Suponen los autores del trabajo que las siete familias que la convención censa en la actualidad —altaica, kamchatkiana, dravidiana, inuit, indoeuropea, kartveliana y urálica— descienden de una superfamilia euroasiática a la que se han asomado mediante el cálculo de probabilidades. Establecida la probabilidad de un 50 % para el hecho de que una palabra sea reemplazada por otra sin afinidad al cabo de entre 2.000 y 4.000 años, pasan sin dificultad a la hipótesis de que algunas palabras son mucho más refractarias a la erosión, el préstamo y las demás circunstancias que las hacen desaparecer, y tendrían una vida media de entre 10.000 y 20.000 años. Esas palabras duraderas serían, entre otras, hombre, mano, madre, oír, dar,  correr, los números, los pronombres, y algunos adverbios, en total 23, a las que se llega por sucesivas eliminatorias en los 21 pares establecidos para las siete familias. Previamente, se hace un casting con 3.804 proto-palabras reconstruidas para los 188 x 7, o sea 1.316 posibles emparejamientos. Esos pasos de baile conducirían a la predicción de la palabras propensas a tener una ascendencia remota y situable en el imaginado protoeuroasiático.
 
Me he acordado del profesor Morvan que, hace veinte años, en un coloquio de lingüistas sobre “la lengua vasca entre las demás”, proponía un umbral de cinco mil años para datar el momento en que las lenguas del mundo empezaron a diferenciarse de manera creciente, mientras hasta entonces se habrían conducido con formalidad y sin perderse de vista entre ellas, de modo que se podía atisbar, si uno se fijaba y comparaba un poco, la dichosa lengua primigenia euroasiática que hermanaba a semitas, indoeuropeos, uraloaltaicos, vascos y vascas. 
 
Lo cierto y evidente es que todas las lenguas son complicadas, y tienen un pasado  plagado de complicaciones abandonadas y sustituidas por otras. Porque cuando un matiz deja de interesar, se convierte en una complicación y sus días están contados. Y, así como varias escrituras se inventaron prácticamente al mismo tiempo en sociedades distantes entre sí, y sin relación constatable entre ellas, con las lenguas sucedió lo mismo, pero a mayor escala. Nunca hubo una lengua primigenia, sino muchas coetáneas.
 
Por otra parte, lo de las palabras que duran diez o veinte mil años no pasa de ser una hipótesis de comodidad. Hubo un tiempo reciente en que los tuteos entraron en regresión —se puede ver en el inglés y el vasco, donde la segunda persona del plural adquirió competencia singular— así como ahora el “usted” parece a punto de ser mandado recoger. Los pronombres son tan poco duraderos como el resto. El vasco tuvo un ni - hi - di / yo - tú - él, del que ha desaparecido el último miembro, ahora solo visible como partícula de la conjugación. Y no se trata de una lengua especialmente antigua ni aislada, como suponen los autores del estudio, porque tendrá unos dos mil años, si se cuenta desde el momento en que los aquitanos, que ya habían adquirido un habla celtoide, pasaron el Pirineo y empezaron a latinizarse. Por ejemplo, la palabra vasca aita, con significado de ‘padre’, es un préstamo del latín (atta, procedente del vocabulario infantil con significado de ‘yayo’ o 'abuelito'), y si una palabra como ésa puede desaparecer tan fácilmente de una lengua tan conservadora como la vasca, y ser sustituída por otra no afín, no se ve por qué habíamos de creer en la durabilidad de decenas de miles de años para esas palabras enchufadas que propone este estudio.
 
Cuando ni siquiera podemos tener constancia de si hace cinco mil años se había formado ya el indoeuropeo que, hasta donde sabemos, se extendió en toda Eurasia en oleadas sucesivas sobre un mosaico de lenguas incontables y no censadas, ¿cómo creer en esa simpleza de la lengua euroasiática primigenia —y datable en una horquilla entre 14,45 y 15,61 miles de años, para más animación—, de donde vendrían todas, incluyendo las desaparecidas de las que no tenemos noticia? Ese tronco filogenético único, a base de palabras ultraconservadas y recalentadas, parece más bien un refrito numérico de alguna historieta bíblica.




[Publicado el 09/5/2013 a las 15:57]

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De Petrarca a la Chanson de Roland

 
La carta de Petrarca donde narra su ascenso al Mont-Ventoux se inicia con un cuidado doble sentido. La subida al monte y, a la vez, la vertiginosa caída en el interior del narrador, quedan esbozadas con la primera palabra del relato: altissimun, superlativo de altus, que en latín conlleva el significado de “alto” y “profundo”. Es una carta transida de doblez, que habla simultáneamente de ascenso y descenso, de pasado y presente, de mundo y alma.
 
Pero la divergencia entre las acepciones “alto” y “profundo”, sólo tiene lugar en italiano —también, claro, en español y otros romances— y demuestra, por si no lo supiéramos, que el autor no es un romano del siglo I, sino un toscano del XIV que ve y entiende el latín “desde afuera”, o sea, desde el toscano. Para Cicerón o Séneca, altus es… altus, y no tiene ningún doble sentido.
 
Es curiosa la deriva en las lenguas indoeuropeas del viejo radical al-que significa “alimentar”. En griego analtos significa “insaciable” y, en sánscrito, anala tenía el mismo significado y de ahí pasó a significar “fuego”, el insaciable por antonomasia. En latín, de (ignem) alere “cebar, echar al fuego” vino altare (altar, el lugar donde se alimenta el fuego sacrificial). En las lenguas germánicas, el radical alt, que en sí significaba “alimentado”, pasó a ser “crecido”, pero enseguida perdió el sentido espacial, para significar “de edad”, “que ya no es joven”, y finalmente “viejo”. El sajón lo incorporó como ald, que es el abuelo del actual inglés old. Por su parte, el vasco tomó directamente del latín alatur “alimentar”, el verbo alhatu, que significa lo mismo.
 
Aquí cerca, entre Francia y España, está Alduide, un topónimo que aparece a la vez vinculado a la altura y la profundidad (se dice macizo y montes de Alduide, en España, y también valle de Alduide, en Francia). El lingüista Lemoine propone un derivado vasco del latín altitudinem, que no va mal encaminado, pero no significaría altura, como cree, sino profundidad, abismo. Compárese con la traducción de Jerónimo del pasaje Apocalipsis 2, 24, τὰ βαθἐα τοῦ Σατανᾶ, altitudines Satanae, "los abismos de Satanás". 
 
En todo caso, la propuesta de Lemoine tiene pocas posibilidades frente a un más evidente *altum-bide —notemos que la toponimia arcaica vasca contiene adjetivos antepuestos, en este caso adjetivo y sustantivo son de origen latino, los mismos que dan por analogía Zaldumbide, que es otro altum+bide, "camino del barranco" reconvertido en "camino del caballero", que es más amable, y no por eso dejemos de notar el paralelo con el vecino *luza-bide “camino a lo largo”, nombre vernáculo de Valcarlos—. Ahora, *Altum-bide no significa “camino alto”, sino lo contrario, “camino en hondura, profundo, por el barranco”, lo que concuerda con la característica del paraje. Porque, en verdad, Alduide era una ruta pésima para retirarse de Pamplona hacia Francia por  un barranco hondo, desabrido y deshabitado, un desierto selvático, con gargantas y estrechos profundos y malos para pasar con impedimenta, pero buenos para saqueo y pillaje de gente que va en fila. Concuerda con la descripción que aparece en la crónica eginardiana de la expedición de Carlomagno, y es el paso pirenaico más cercano a Pamplona en línea recta. De donde se deduce que Alduide, y no Roncesvalles, es probablemente el lugar donde los vascos saquearon la retaguardia de Carlomagno, hecho que luego recreó la Chanson de Roland.





[Publicado el 01/5/2013 a las 09:00]

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El poeta y los demás

 
Mencionaba el otro día Luisa Etxenike el caso del escritor francés que se pone en camino para recorrer la misma ruta que Hölderlin, cuando el poeta partió a pie de Nürtingen, a finales de 1801, para llegar, a través de la nieve de Alsacia, Lyon y Auvernia, a Burdeos el 28 de enero de 1802. Creo que la comparación ilustra a la perfección nuestro vano destino. Somos el escritor francés que anda lo que dicen  que anduvo para ver si andando. Hölderlin, en cambio, no cuenta el arriesgado viaje  solo y a pie a través del invierno francés, ni habla de que vio el mar y navegó por primera vez uno de aquellos ciento cincuenta días bordeleses en que sucumbió a la esquizofrenia, nada de eso exhibe el poema que escribió entonces, que termina:
 
el mar quita y da memoria, 
y el amor flecha los ojos con empeño, 
pero lo que queda lo fundan los poetas.
 
Es la diferencia entre el poeta y los demás. Por eso Hölderlin es el poeta, y los demás andan a ver. Y también claro, se diferencia por aquello que hace sufrir a su alma:
 
preocupaciones así ha de sufrir en su alma, quiera o no,
muchas veces un cantor; pero los demás, no.

[Publicado el 28/4/2013 a las 09:55]

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El que se extraña

El horror al cliché de Flaubert, a quien entristecía y molestaba una tontería oída al azar, tiene que ver con  la observación de Quignard: un escritor se define por su extrañamiento en la lengua.

[Publicado el 26/4/2013 a las 19:20]

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La insoportable libertad obligatoria

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Azúa es admirable, primero, porque es el lector más poderoso del continente, el que nunca desiste, lee y lee, qué no habrá leído es hombre. Ya desde jovencito, conseguía que lo echaran de clase para poder leer a sus anchas. Pero la cosa es que siempre le hace buen provecho. Azúa alcanza la preceptiva decepción lectora, que le pasa bastante enseguida, porque además es muy listo, y no se le nota nada, ya sólo por eso es alguien fuera de serie. Luego, porque ha escrito los mejores ensayos sobre literatura que conozco, los que podrían estar en Lecturas compulsivas y El aprendizaje de la decepción. No habrá mes, qué digo mes, no habrá semana, que no les haga una visita y aprenda cosas inauditas.  Sólo con su diccionario de las artes hay para una tarde entera de encantadoras y ascéticas meditaciones. ¿Quién leído con más gracia a Hegel? ¿Quién ha visto mejor que él la singularidad inverosímil de una novela como Camino de perfección de Baroja? ¿Quien vio, antes que él, que el Héctor de la Ilíada es de Stendhal?
 
Ahora, lo mejor es su capacidad de estar en todas partes. Hay una tienda en Tarazona, o había, que nos hemos hecho mayores, no diré dónde, que luego me llaman la atención, una tienda, digo, que vende mantas zamoranas, que luego resultan ser enguerinas, aprendizaje de decepción, pues al lado hay una librería donde sólo tienen Azúa y aquellos libros de la colección Reno, no sé si caes, bueno, Azúa en Tarazona, ¿no es envidiable?O bien, vas a hacer la mili a algún sitio interesante, pongamos Burgos, y allá estaba Azúa, no de alférez, que bien podría, sino en un artículo de Triunfo ¿no es sensacional? Y, bueno, ahora nos regala Autobiografía de papel, que es aquella Autobiografía sin vida, pero destilada y sublimada. Porque lo mejor de todo es ver cómo Azúa mejora, se aposenta en Madrid, quién iba a pensar, forma una familia maravillosa, y escribe, no digo lee, que eso se le supone hablando de quien hablamos, escribe cada vez mejor. Ahora ha sutilizado su visión de la literatura en este volumen fino, adornado por ese Spitzweg en la portada, justo ése tan gracioso y frecuentado, pero que le estaba reservado a él, lector de pies ligeros, mirada libre y alma noble. Felicidades.

[Publicado el 26/4/2013 a las 06:43]

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Interdisciplina

Anoche, en San Sebastián, en una sala asombrosamente llena, si tenemos en cuenta que había fútbol a la misma ahora, y el tema de la reunión era Hölderlin, tuve el gusto de conocer a Manolo G. Bedia, profesor especialista en ciencias de la computación, que había venido desde Zaragoza ex profeso, nunca mejor dicho. Hablamos de muchas cosas, y también de las posibilidades de la interdisciplinariedad entre su áera de investigación y la mía. 
Ahora, Manolo, para que te hagas una idea de la ceporrez reinante en el oximorónico helenismo español, que sigue burlándose de las traducciones sofócleas de Hölderlin, sin ver lo que Beissner y otros estudiosos comprobaron ya hace más de 80 años, a saber, que se trata de metatraducciones dignas del  más cuidadoso estudio y plagadas de revelaciones, digo que te voy a poner otro ejemplo. He descubierto, y perdón  por señalar, que la épica griega nombra a sus personajes mediante anagramas alfabéticos rebuscados (con las letras de la diosa Opíleks, por ejemplo, crea el nombre de la ninfa Calipso, y también el del médico Asclepio). Pues bien, conclusiones tan elementales como que esos nombres no pueden ser anteriores al alfabeto, y que la épica en cuyo seno se crean no puede ser poesía oral,  no se admiten en la sapiencia oficial, que sigue creyendo en la poesía oral como esencia de los poemas homéricos, lo cual es como creer en los pastores y las ninfas del Tajo de quienes Garcilaso lo apuntó todo medido y rimado. La estatuilla que tiene inscrito el nombre de Opíleks la desenterraron en Creta arqueólogos italianos, en los años 50 del siglo pasado, y tiene la particularidad de que nadie la ha leído hasta ahora (leer, digámoslo de paso, no es identificar sus letras, que también, sino señalar que se trata del nombre tabú de la diosa más importante del panteón griego), aunque, ahora que la he leído y publicado yo, es como si nadie lo hubiera hecho. Mi nombre es ninguno para la oficialidad del ramo. Ahora dime, Manolo, hombre ecuánime, qué posibilidades hay de interdisciplina con esta tropa.

[Publicado el 24/4/2013 a las 16:41]

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La metáfora escenario

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No habrá, desde su puesta de largo en la Poética de Aristóteles, metáfora más frecuentada que la del escenario. Los políticos y los médicos, los economistas y los publicitarios, todos hablan de escenarios. Un uso particularmente sobrecogedor se puede leer en los textos de Freud y sus epígonos, sobre todo Biswanger, cuyo personaje más famoso, Ellen West, describe su estar en el mundo como un escenario con todas las salidas cerradas por gente armada. 
 
Ahora, donde más se distingue la metáfora escenario es en la literatura y sus emanaciones tipo cine o internet. Entonces, ¿por qué le llamamos voz,  si es un texto, y  por qué decimos tener voz propia o hacer voces, si hablamos de un texto? Pues porque hay voces que tejen un escenario. Es el caso de la escritura de Bonilla, que ha publicado Prohibido entrar sin pantalones, una novela de escenario y temperamento, abigarrada y profética, con el poeta Maiakovski como protagonista en un tablado perdido de voces: yo mismo me veo en tales textos y no me asombro, lo encuentro natural. Esta novela atrevida también es una biografía, y buena, de un poeta que creíamos conocer. Y un fragmento de la historia de la literatura ilustrado con ambición. Aquí tampoco hay azar, el estrechamiento del espacio vital no deja margen, el escenario tiene gente armada en las salidas, y llega el futuro, que ya no es lo que era.

[Publicado el 19/4/2013 a las 20:38]

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Notición

 

El profesor Jaime Martín dice, según agencias, que el vasco viene del dogón, y alega como ejemplo bide (camino), que viene del latín via, y soro (campo), que viene del latín solum.

Un licenciado en filología románica, que no distingue lo que viene del latín, columbra en Malí el origen del vascuence. Si es que lo uno trae lo otro.

[Publicado el 05/4/2013 a las 18:01]

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El árbol que estropea el cuadro



El pintor Philipp Ernst, que se ganaba la vida como profesor en la escuela de sordomudos ‘An der Synagoge’ en Brühl, fue padre del renombrado Max Ernst, a quien retrató, a los cinco años de edad, conforme a su ideal de estricto católico: dentro de una mandorla, vestido de Niño Jesús, con rizos y en pie sobre una nube, sujetando una cruz en la mano izquierda, mientras soltaba una bendición con la derecha.
 
Parece que luego el Niño Jesús se salió de la mandorla y se hizo dadaísta. No siempre los desvelos del artista por idealizar la realidad tienen luego la merecida continuación, la gente ingrata se mueve y se sale del cuadro. Si Max Ernst se hubiera muerto, pongamos de escarlatina, a los seis añitos, habría quedado ideal, pero vivió, se hizo artista y acabó por disgustar a su padre. Y es que las leyes, con su escasez de idealismo, prohiben matar a un hijo, aunque sea previsible dadaísta y se proceda a su ejecución con el noble fin de que no desmienta jamás la idealidad del retrato que le ha cometido su padre.
 
Una vez pintó Philipp Ernst un cuadro precioso que recogía con ideal fidelidad la vista del jardín desde su ventana. Como había un árbol que estropeaba el conjunto y vulgarizaba el paisaje, lo omitió hábilmente. Pero un artista magnánimo como él no pudo dejar de sufrir terribles remordimientos por semejante delito de lesa majestad contra el realismo. Una noche en que los remordimientos eran especialmente fastidiosos a causa de la luna llena que iluminaba el jardín con el dichoso árbol fuera de ordenación, el artista se levantó y cortó el árbol.
 
No es comparable, desde luego, que un maderista tale un árbol con vulgares propósitos de compraventa, y que lo haga un artista movido por su entrega al arte.
 
Es preciso comprender que hay un cuadro ideal de por medio. Es como ese millar escaso de árboles que los artistas idealizantes han talado del lindo cuadro de la vasquidad irredenta. Los clerizontes de la causa predican ahora que fueron talas artísticas que perseguían una perfección revolucionaria, no se pueden comparar con las talas vulgares. Desde luego, en este campeonato de limpias ideales, los leñadores vascos quedan muy por debajo de los islamistas suicidas, y no les llegan ni al cinturón explosivo. De modo que, dentro del género de las talas evitables sólo con que esos árboles se hubieran ido de nuestro cuadro, tenemos una categoría vasca, que es la tala política con huida del leñador idealista ma non troppo, y una islamista, superior cómo no, donde el artista no huye y se hace astillas a una con el arbolado infiel, lo cual es idealismo de primera clase. Así tendríamos tres categorías de talas, las religiosas, las políticas, y las corrientes, citadas en orden decreciente de idealismo y entrega generosa del leñador.
 
Se sigue de la preceptiva vasca idealista y revolucionaria que los muertos de la Torres Gemelas, por ejemplo, alcanzarían la categoría de víctimas religiosas, mientras los de Hipercord se quedarían en víctimas políticas, que si bien es algo de menos ringorrango, nunca será tan vulgar como las víctimas corrientes que mata un cualquiera sin ideales políticos ni religiosos. Así que reconozcamos que el clero explicador abertzale, al honrar el idealismo de sus leñadores, concede indirectamente cierta categoría, aunque sea vil, a los árboles que le estropeaban el cuadro.


[Publicado el 04/4/2013 a las 10:42]

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Otra vez Camôes

Este soneto del gran Camôes, cuyo original portugués es el nº 201 de la edición de Hernani (Obras completas I, Redondilhas e sonetos, p. 305), de esclarecida impronta heraclítea, se ha dejado trasladar y ensonetar, aunque según el sabio de Éfeso nadie lee en dos lenguas el mismo soneto:

 
Mudan tiempos que mudan voluntades,
muda el ser que muda la confianza; 
todo el mundo está urdido de mudanza,
tomando siempre nuevas calidades.

Continuamente vemos novedades
diversas en todo de la esperanza;
el mal deja heridas en remembranza,
el bien (si bien hubo), extrañeidades.

Tiempo cubre el suelo de verde manto,
que antes cubierto fue de nieve fría,
y en mí convierte en lloro el dulce canto.

Fuera de este mudarse cada día,
hace otra mudanza de más espanto,
que ya no se muda como solía.

[Publicado el 31/3/2013 a las 09:38]

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas.

 

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2011 Ninguno es mi nombre - ensayo - Pre-textos Ediciones

 

 




 

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