El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
lunes, 12 de mayo de 2008
"Madame Verdurin, lamentándose por sus jaquecas de no tener cruasanes que mojar en su café con leche, acabó por conseguir una receta para que se los hicieran en cierto restaurante... Sin dejar de mojar el cruasán en el café con leche necesidad y de dar capirotazos a su periódico para que se mantuviera abierto sin que ella tuviera necesidad de sujetarlo con la mano de mojar el cruasán, decía: ¡Que horror! Esto es más horrible que la más horrible de las tragedias... Mientras, con la boca llena, hacía estas desoladas reflexiones, el aire que sobrenadaba en su cara, traído a ella probablemente por el sabor del cruasán, tan eficaz contra la jaqueca, era más bien un aire de plácida satisfacción."
Amparados por el privilegio de su posición social los Verdurin, personajes emblemáticos de la Recherche de Marcel Proust, consiguen instrumentalizar al servicio de sus frívolas existencias tanto las catástrofes vehiculadas por los periódicos como una guerra que transcurría a escasos kilómetros de sus domicilios y que conmocionaba la historia europea... Fácil es, pues, suponer qué clase de rentabilidad psicológica cabe extraer de conflictos en los que las víctimas son exclusivamente exóticas y ocasión idónea para que almas bienpensantes (a veces alcahuetes del sistema político y social que hace inevitable ese tipo de conflictos) nos extasíen con discursos relativos a la unidad moral de los humanos, la solidaridad internacional, el triunfo del derecho y hasta el espíritu de sacrificio.
[Publicado el 25/2/2008 a las 10:52]
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La mentira como lubrificante del cuerpo social
La sociedad humana es sin duda fruto del lenguaje, mas se diría que llega a independizarse de su matriz y puede entonces responder a valores que nada tienen que ver con las exigencias de veracidad que cabe atribuir al lenguaje. Es más: el lenguaje, que había presentado como código natural de señales que un día se insubordinó respecto a las exigencias meramente naturales... se muestra subordinado a algunas de sus menos fértiles construcciones. Esta inversión de jerarquía tiene diferentes expresiones En el miserable caso de Marmeladov el lenguaje es recurso -de hecho impotente- para intentar velar la indigencia objetiva, una modalidad entre otras de la utilización del lenguaje como tapadera de lo real. Mas ésta no es quizás la mayor distorsión de la función del lenguaje, ni su forma más grave de ser matriz de la mentira.
Sócrates utilizaba los recursos del lenguaje para desmantelar prejuicios, y en ello veía el paradigma mismo de la tarea del filósofo. He enfatizado incluso el hecho de que la condena de Sócrates era socialmente legítima, puesto que tales prejuicios eran los pilares en los que reposaba el orden ciudadano, por lo que apartar a los jóvenes de los mismos era objetiva tarea de corrupción y representaba una real amenaza.
Pues la filosofía, en tanto es guerra contra la estulticia, apunta a oscurecer las voces de agitadores de falsos problemas y de satisfacciones ilusorias (que llevan por ejemplo a estar literalmente suspendido a lo aleatorio de un resultado deportivo).
La perseverancia de Sócrates parece testimoniar de un optimismo respecto a la posibilidad de alcanzar un orden ciudadano, donde no se instrumentalizara la estulticia, y los discursos -en el comercio público y privado- y donde no estuvieran repletos de falacias. Mas constatamos una realidad social muy diferente. He indicado ya en alguna ocasión que si la filosofía tiene poca cabida en nuestras sociedades, quizás no sea en razón de causas no contingentes. El repudio de la razón (y de la valentía que supone ir con ella por delante) aparece, a veces, no ya como trivial ingrediente del cuerpo social sino como auténtica condición del mismo. Mas en tal medida no habrá espacio público para la erección de una palabra verídica. Y como no hay palabra verídica que no sea susceptible de hacerse colectiva, es la potencia misma de la condición humana lo que queda sí reducida a las catacumbas.
Y aunque en la catacumba quede un rescoldo de luz, aunque la exigencia de verdad no pueda nunca ser totalmente extirpada, aunque en cualquier circunstancia perdure una nostalgia del binomio libertad-lucidez... no es menos cierto que la oscuridad es la regla. La mentira engrasa los rieles de la máquina social. De ahí que en una reflexión filosófica, en una apuesta por los aspectos verídicos del lenguaje, no pueden ser dejadas de lado las epifanías de la mentira.
[Publicado el 22/2/2008 a las 11:03]
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Hace ahora casi tres lustros tuve ocasión de ocuparme del texto de Crimen y Castigo citado en el último escrito y que posiblemente genera en el lector un malestar rayano en lo insoportable. Dostoievski logra en estas líneas condensar todos los elementos que configuran el destino ruin de los protagonistas:
Rodia, espectador de la escena, marcado por el crimen que obsesivamente barrunta; Catalina Ivanova que encuentra en la indigencia económica una coartada para liberar todo el desprecio sádico que incuba hacia su marido; Marmeladov, espejo de indigencia y debilidad, moldeado en cuerpo y espíritu por las humillaciones cotidianas que le inflinge su mujer y cobarde ante el maltrato que de terceros recibe su verdugo ("cuando hace un mes el señor Lebesiatnikin pegó a mi esposa con sus propias manos, ¿es que sufrí yo, mientras borracho e inerme contemplaba la escena?")
Marmeladov se halla tan aferrado a las referencias de lo que un tiempo se designaba con la expresión "trabajador de cuello blanco", que su entera personalidad es fruto de ellas. No se trata (por utilizar una expresión de Ortega) de valores que él tiene sino más bien de valores que le tienen, valores que le dan soporte, hasta el punto de que no responder a ellos es vivido como mutilación en su entera personalidad social; el no responder a ellos... al menos en apariencia, y de hecho sólo en apariencia.
Pues dada la dificultad para abrirse camino en el pantano que el entorno social del pobre diablo constituye, la dignidad es efectivamente aquí tan sólo cuestión de apariencia. El decorado tiene como única función el disimular las grietas. En lo real de la intimidad la rotura es tan acusada que, cabe decir, el soporte se agota en la red de quiebras.
Volveré a este texto y concretamente a las relaciones entre Marmeladov y su mujer cuando toque abordar una de las epifanías más sórdidas de la mentira, esa mentira cuya función lubrificante del orden social efectivamente establecido me propongo poner de relieve en las semanas que siguen. Por el momento, quisiera retener otro aspecto de estas estremecedoras líneas de Dostoievski. Me interesa el extravagante discurso que citaba al principio: "Sí joven amigo -insistió con ademán lleno de dignidad...- me está tirando de los cabellos". Discurso mediante el cual el pobre diablo, incapaz de sobreponerse a su situación y ni siquiera de rebelarse, apunta a paliar la atroz impresión que la escena no puede dejar de producir en el testigo. Marmeladov espera de las palabras que, incluso en la situación límite en que se encuentra, salven las apariencias, espera que reintroduzcan la decencia y el decoro, términos ambos a los que remite la palabra dignidad, empleada por el narrador. Mas obviamente su esperanza es vana, y el pueril barniz de las palabras no hace sino acentuar las grietas, lo improcedente, lo literalmente indecoroso de la escena.
[Publicado el 21/2/2008 a las 10:30]
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"Sí joven amigo -insistió con gesto de dignidad, al oír que seguían riéndose de él- me tira de los cabellos"
"El funcionario debería tener algo más de cincuenta años y era robusto, de talla mediana, calvo, con unos cuantos cabellos grises... vestía un frac negro hecho jirones con un único botón, que el hombre se abrochaba con el mayor cuidado, impulsado por una instintiva buena educación.
Catalina Ivanova se precipitó sobre su marido con el fin de escudriñar sus bolsillos. Marmeladov no ofreció la menor resistencia e incluso levantó un poco los brazos para facilitar el registro... Dejándose llevar por un arrebato de ira, cogió a su marido por el cabello y lo arrastró hasta el interior del cuartucho. Marmeladov siguió dócilmente apoyándose en las rodillas. ‘No crea que me siento enojado por esto' -decía mientras tanto a Raskolnikov- ‘es un placer para mí, un verdadero placer, se lo aseguro' -continuó mientras Catalina Ivanova le sacudía violentamente la cabeza, hasta conseguir que una vez rozara el suelo con ella.
...Entonces se abrió la puerta interior y en su hueco aparecieron los rostros, curiosos y burlones, de varios realquilados, tocados con casquetes redondos y fumando sus pipas o cigarrillos... Todos reían divertidos. Lo que más les regocijaba era oír decir a Marmeladov que le gustaba que le tiraran de los pelos."
Fedor Dostoievski. Crímen y castigo.
[Publicado el 20/2/2008 a las 11:14]
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Dar el voto versus...otorgar la confianza
Dado el escepticismo, cargado de ironía, y hasta sarcasmo con la que muchos ciudadanos responden a los discursos, de aquellos mismos a los que se disponen a votar, que no precisamente a otorgar la confianza, se diría que están perfectamente convencidos de que, efectivamente, las promesas electorales están hechas para no ser cumplidas, o cuando menos convencidos de que el eventual incumplimiento no es cuestión clave.
Las variables determinantes a la hora de juzgar a la clase política serían de otro orden, la capacidad de gestión, aunque se diera el caso de que ser un buen gestor consista en ser astuto a la hora de, por ejemplo, conseguir para el país un lugar de privilegio en la competencia por la rapiña de recursos naturales y la instrumentalización de pueblos.
Hay ejemplos muy claros al respecto. Ni siquiera los mayores partidarios de Tony Blair le consideran precisamente un hombre de palabra. Baste recordar la sarta de mentiras con la que embaucó a sus compatriotas (al menos en apariencia, pues creo que casi nadie se llamaba a engaño) en el sórdido asunto de Irak. Y no obstante, al dejar sus funciones fue nombrado mediador en el conflicto palestino- israelí, una de cuyas partes podía sentirse afectada por el anterior drama justificado en base a falacias.
Ante los discursos a veces simplemente vacuos a veces claramente mentirosos de importantísimos políticos, respondemos con el gesto de que ya sabemos a estas alturas que los niños no vienen de París. Tremendo asunto para alguien anclado a razones kantianas: un orden social que perdura pese a que se ha generalizado como máxima de acción de los gestores ciudadanos el que su decir no compromete... parole, parole, parole, reza una pegadiza melodía italiana.
[Publicado el 19/2/2008 a las 11:30]
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En su Metafísica de las costumbres, Kant intenta poner de relieve la imposibilidad de que el orden social, y hasta el natural, persistiera si las máximas de acción contrarias a la moralidad fueran erigidas en leyes universales a las que se adecuaría necesariamente nuestro comportamiento. Uno de los ejemplos que el pensador nos ofrece es relativo a la palabra empeñada, ejemplo concretizado en la persona que, apurada, solicita una ayuda económica. Esta persona puede hallarse tentada de prometer su devolución en un plazo determinado, aun a sabiendas de que ello no va a ser posible. Por definición, la palabra no surtirá efecto más que si el que la enuncia es susceptible de ser creído. Si la enunciación de falsas promesas fuera erigida en ley universal determinante del comportamiento, de tal manera que toda promesa tuviera entre sus rasgos esenciales el ser falsa... obviamente nadie avanzaría un penique, pues tendría la certeza de no recuperarlo.
El ejemplo no es excesivamente convincente, pues sabido es que en la inmensa mayoría de casos en los que el dinero está en juego, las variables que instan a la devolución suelen ser mucho más diversas que el respeto a la palabra y el imperativo de su cumplimiento. Pero no es este el aspecto que ahora quisiera discutir.
Estamos en España en campaña electoral y los periódicos de todas las tendencias se hacen eco del derroche de promesas electorales por parte de los diversos candidatos. La crítica se acentúa más o menos en función de la línea editorial, pero en la generalidad de los comentarios predomina un tono irónico, que esconde una suerte de fatalista convicción respecto a que la cosa pudiera ser de otra manera. En el fondo-parecen decirse- las falsas promesas se multiplican porque es intrínsico ingrediente de la vida política el que se alimente a los ciudadanos con perspectivas fantasiosas. De hecho varias veces he oído a comentaristas de la campaña evocar la frase atribuida a Tierno Galván según la cual "las promesas electorales están hechas para no cumplirse". Lo curioso de la actitud de los destinatarios de promesas electorales, es que parecen perfectamente convencidos de que la cosa es así. Abordaré este asunto en la próxima entrega.
[Publicado el 18/2/2008 a las 11:15]
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Desde las teorizaciones epistemológicas sobre la verdad, hasta la verdad heideggeriana como aletheia, desvelamiento, que restauraría nuestro lazo con el ser, pasando por la verdad que Marcel Proust vincula a la metáfora... la verdad nos interpela y, una y otra vez, nos llenamos la boca remitiéndonos a ella. La mentira parece a veces no ser considerada más que como un negativo de la verdad, iluminada por ésta sin necesidad de focalizar la reflexión sobre ella misma. De la aparente primacía de la cuestión de la verdad sobre la cuestión de la mentira podría ser indicio la siguiente anécdota:
Al comunicar a un niño de ocho años mi disposición a escribir un texto sobre la cuestión de la mentira, no hubo manera de hacerle comprender el sentido del proyecto, hasta que éste quedó mediado por la cuestión de la verdad. Para ti ¿qué es la verdad? le interpelé. Tras unos momentos de vacilación dijo... "la matemática".
La matemática no da pie a confusiones o ambigüedades, quería decir posiblemente el niño, perspectiva en la cual, lo que se opondría a la verdad no sería tanto la mentira como la equivocidad. Donde reina lo equívoco no hay criterio sobre lo erróneo, mientras que en matemáticas, tal criterio estaría garantizado.
Ya he indicado que cierto uso de la expresión verdad conlleva una carga de eticidad vinculada a la necesaria entereza en el comportamiento, ya sea por referirse aquello a lo que hemos de confrontarnos, o por referirse a lo que no debemos ocultar. Y en contrapunto surge el sentido más psicológicamente cargado del término mentira: mentira como usurpación, como entereza impostada, como simulacro de andreia, por utilizar el concepto griego al que he dedicado una de estas reflexiones.
Dado el peso del asunto los próximos textos supondrán un paréntesis en la exploración que iba realizando de las interrogaciones filosóficas y constituirán una exploración de epifanías de la mentira que irá dando pie a una reflexión sobre la misma.
[Publicado el 15/2/2008 a las 11:00]
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He enfatizado a lo largo de estos textos el peso de la tesis según la cual el molde en el que el ser humano se forja no es otro que el lenguaje. Cabe decir que en todos y cada uno de los comportamientos que tienden a realizar plenamente sus potencialidades está presente el respeto al lenguaje, el respeto a la palabra dada o el respeto a la máxima de acción (la que da respuesta a la pregunta ¿qué hacer?) que nos configura como seres morales. Formulada o no en términos explícitos, tal convicción es seguramente antiquísima, tanto como lo es la reflexión del hombre sobre el hombre, lo que equivale a decir que se remonta al origen de los tiempos.
Y sin embargo en una de estas entregas me hacía eco de la tesis del investigador del M. I. T. Donald Brown, según la cual la instrumentalización de la palabra, el desprecio a la misma cuando se revela inoperante (con desvinculación de todo compromiso cuando sólo ella está en juego) y en general los usos falaces del lenguaje, constituirían una suerte de universal antropológico.
La historia de la reflexión filosófica está repleta de textos relativos a la verdad. A la verdad en el sentido epistemológico, por oposición a la falsedad, pero asimismo a la verdad en la acepción moral del término, esa verdad vinculada precisamente al hecho de no poner la palabra al servicio del encubrimiento y el simulacro. Sin embargo son mucho menos los textos consagrados a su polo dialéctico tò pseudós, en sus múltiples acepciones: inconsistencia, ocultación, impostura, usurpación, falsificación, fraude... que recubrimos con los términos falsedad y mentira.
Mi amigo, el filósofo y matemático Javier Echeverría se propuso, hace casi tres lustros escribir un ensayo sobre el tema, pero otros quehaceres le han distraído del mismo. Es una lástima porque se trata de una de las personas que conozco más lucidamente receptivas a tesis como las de Donald Brown, y hubiera podido aportar a las mismas un soporte conceptual, que fuera más allá de la constatación antropológica. Hay en efecto más de una razón para estimar no ya que ciertas sociedades tienen soporte en valores falaces, sino que la falacia es un ingrediente esencial de toda organización humana, de tal manera que las modalidades no verídicas del lenguaje, constituirían algo más que un accidente. Glosando las hipótesis de Donald Brown decía que difícilmente cabe un sujeto humano que simplemente no engañe de vez en cuando al hablar, mientras que eventualmente podría pasar su entera vida sin haber jamás proferido una locución que apuntara a lo real, apartando los velos que lo ocultan.
Hipótesis dura para los que, sosteniendo la inevitabilidad de la verdad (y concretamente de una verdad para la que el lenguaje sería instrumento), quisieran erigirse no sólo en héroes y modelos, sino también de alguna manera en profetas: al afirmar la veracidad de la existencia humana estarían literalmente clamando en el desierto.
[Publicado el 14/2/2008 a las 11:15]
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Digresión: no hay héroe melancólico
Todo ser humano proyecta sobre una u otra persona una plenitud mirífica de tal manera que esa imagen se convierte en una suerte de garantía de la riqueza propia. Mas este ideal puede jugar un papel muy diferente en función de múltiples variables, la mayoría sometidas a la pura suerte, de las que depende que una persona se configure como alguien que afirma la vida o más bien como alguien que, por nihilismo, la repudia. Pues bien:
Paradigma del segundo tipo es una cierta versión del "héroe" romántico que podríamos concretizar en el personaje de Werther. Este en efecto no muere por causa alguna cuya realización exija el sacrificio de la propia vida. Por la muerte de Werther nada se fertiliza ni engrandece. Nadie la esperaba como sacrificio generador de riqueza o libertad, nadie la toma como inevitable momento de duelo liberador. Tal muerte genera en todo caso resentida -y oculta- satisfacción en el celoso marido de Charlotte. Todos los demás experimentarán un sentimiento de pura desolación por una vida estérilmente segada.
"Esclavo, es quien prefiere la vida a la libertad" reza una sentencia hegeliana ya universalizada o universalizable Y como la condición de esclavo es incompatible con la cabalmente humana, puede decirse que entre los rasgos del hombre consta el de no querer vivir a cualquier precio, y desde luego no al precio de la genuflexión.
Pero una cosa es no querer vivir a cualquier precio y otra muy diferente es querer morir literalmente por nada, querer morir por nihilista sentimiento de que cosa alguna, salvo el evocado ideal que el melancólico vive como intrínsicamente perdido, merece la pena de ser considerado y eventualmente de luchar por ello. Puesto que hacía alusión a un protagonista literario convertido en operístico, evocaré un segundo personaje de este mismo género:
El papel de Mario Cavaradosi, en la ópera de Puccini Tosca, se inicia con un aria brillante en la que se refleja su esplendida fortuna, pues en el vigor de la juventud, a la vez se recrea como artista y es apasionadamente amado por la diva Tosca. De tal sobreabundancia surge casi naturalmente su compromiso militante en contra de Scarpia quien, ajeno al arte y despreciado por Tosca, sirve rastreramente a un régimen tiránico, complaciéndose en el abuso y tortura de los débiles. El compromiso hace caer a Cavaradosi en manos de Scarpia y, por su fidelidad a la palabra compartida, es brutalmente torturado y finalmente (por complejos derroteros) fusilado.
En una hipotética continuación de la trama, es de suponer que la muerte de Cavaradosi se traduce para el pueblo de Roma en ineludible exigencia de abandonar la actitud genuflexa y acabar con la tiranía. Pues bien: esta fertilidad de la muerte de Cavaradosi se halla en las antípodas de la muerte melancólica, la muerte como resultado de que el alma propia se apaga y en consecuencia el entorno queda para uno, privado de luz.
Afortunados aquellos que en plena sobreabundancia y precisamente por sentimiento de la misma, precipitan eventualmente su confrontación con la muerte, sabiendo que de todas maneras ésta es algo inevitable. En ellos se realiza plenamente el ideal griego de la andreia, es decir, de esa hombría atribuible tanto a hombres como a mujeres sin la cual no cabe hablar de auténtica asunción de nuestra singular naturaleza.
Corolario de lo que precede es que la actitud heroica en nada esta reñida con la plena inserción en aquello que constituye la urdimbre de la vida de los hombres. El héroe está sin duda atravesado por cierta pulsión a traspasar los límites, una pulsión de infinitud. Mas al decir de Hegel "en el amor del hombre por la naturaleza, por su familia, por su patria hay como una inmanencia de lo infinito en lo finito". Una manera de proclamar que lo que se juega en este triple registro tiene importancia enorme y en consecuencia, el triunfo o el fracaso (quizás la suerte o su ausencia) en estos ámbitos, determinan que el espíritu esté o no en condiciones de relativizar el peso de la vida... por sobreabundancia. El héroe, en suma, nunca repudia el mundo, sino que por el contrario lo hace suyo plenamente, y sólo por tal reconciliación es capaz de distanciarse del mismo y de su propio ser. De ahí la imposibilidad de un héroe melancólico.
[Publicado el 13/2/2008 a las 07:15]
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Entereza (andreia) de hombre y mujeres
En relación al tema de la andreia citaré ahora otro párrafo fundamental (en razón de que a todos, sin excepción, nos concierne) esta vez de la Política de Aristóteles:
"Se dice, con razón, que no puede mandar quien no ha obedecido. La virtud (el uno y del otro difieren, pero el buen ciudadano tiene que saber y tener capacidad, tanto de obedecer como de mandar; y la virtud del ciudadano consiste precisamente en conocer el gobierno que ha de regir a los hombres libres) tanto desde el punto de vista del que obedece como desde el punto de vista del que manda.
Las dos cosas (obedecer y mandar) son propias del hombre cabal. Y si la templanza y la justicia adoptan forma distinta en el caso del que manda y del que, aún siendo libre, obedece, es evidente que la virtud del hombre cabal, por ejemplo su justicia, no será unívoca, sino que adoptará formas distintas según que ese hombre gobierne o sea gobernado; análogamente a como son distintas la templanza (sofrosúne) y la hombría (andría) en el caso del hombre (andrós) y de la mujer (gunaikós). Pusilánime (deilòs) parecería, en efecto, el varón (anér) sí mostrará su hombría ‘en la forma que la mujer muestra la suya' (hosper gunè andreia); y la mujer parecería verbalmente incontinente (lálos) si mostrara el tipo de recato que es pertinente en el varón cabal (ho anér ho agathós)."
El término griego anthropós designa tanto a los representantes femeninos como a los masculinos de la especie humana. Para referirse al varón por oposición a la fémina, se usa el término anér apuesto a guné. De ahí que, en principio, la virtud (areté) propia del varón, la andreia o andría, en principio no debiera ser confundida con una virtud análoga expresiva de la condición femenina. Las cosas no son, sin embargo, tan claras. Para empezar, no se da en griego un término específico, forjado a partir de guné para designar la percepción o virtud femenina. Por otro lado, muchas de las características esenciales de la andría son de tal tipo que la mujer puede perfectamente reconocerse en ellas. De ahí que Aristóteles muestre en este texto una inclinación a generalizar el término andría, distinguiendo entre una andría propia del hombre y una andría propia de la mujer. Razón aristotélica que mueve a no traducir andría por virilidad, sugiriendo por el contrario lo adecuado de un término como entereza.
Andría es aquello que el hombre en general (es decir, dado ese fascinante equivoco, tanto el hombre como la mujer) revela cuando deja que su condición se abra camino, cuando asume lo que le determina y no se encharca en los problemas contingentes en los que de ordinario nos vemos sumergidos.
Esta precisión sobre el común destino de hombre y mujer no es superflua, en un momento en el que, con vistas a una pretendida interparidad se repudia el uso genérico de términos expresivos de un hecho fundamental, a saber: que la división entre hombre y mujer en el seno de la humanidad nada tiene que ver con una polaridad simétrica.
Es quizás marca, rasgo constitutivo de lo humano, el que a la vez seamos dos subclases y que una de ellas sea designativa de la clase en general. Seguro que esta equivocidad intrínseca se ha contaminado con otras perfectamente contingentes y que reflejan una subordinación social. Pero conviene hacer la criba. Y precisamente por hacerla hemos de negamos a renunciar a la expresión hombre para designar el género humano, todo el género humano, por oposición a las otras especies animales. El hombre... cuya andreia adopta en el caso del varón una modalidad y en el caso de la mujer otra modalidad. Por supuesto, ambas modalidades suponen lo esencial, entre otras cosas una disposición física, una utilización del cuerpo, animada por el juicio:
"Y Sócrates respondió: Señores, en muchas otras ocasiones también se hace evidente...que la naturaleza femenina no es inferior a la de un varón, sin embargo, necesita de juicio (gnômês) y de vigor (ischúos)." (Jenófanes, Banquete, II, 9)
Sócrates hace esta afirmación tras contemplar una audaz muchacha que toca la flauta y baila a la vez, haciendo peligrosos equilibrios entre cuchillos. La precisión "sin embargo, necesita de juicio" alude a algo obvio, a saber: que dado el estatuto de la mujer en la sociedad griega, muy poco se contaba de hecho con su parecer. De ahí la necesidad de un entrenamiento, tanto en la dimensión física como en la judicativa, lo cual explicita Sócrates en la continuación del texto: "Así que si algunos de vosotros tiene mujer, que se anime a enseñarle lo que quisiera que ella sepa utilizar".
Mi amigo el profesor Santiago Escuredo, quien me puso en la pista de estos textos, glosa de esta manera el de Jenófanes:
"La capacidad de la mujer se muestra, según esta obra, porque ha llegado a tal grado de autocontrol que coordina rítmicamente todos sus movimientos. Y eso lo ha conseguido con el baile, que es mejor entrenamiento que la gimnasia, porque ‘en la danza ninguna parte del cuerpo se mantiene inactiva sino que cuello, piernas y manos se están ejercitando al mismo tiempo' (Jenófanes II, 15). Eso lo demuestra el propio Sócrates que se pone él mismo a bailar al ritmo de la música".
El profesor Escuredo me transmite, asimismo, una nota relativa al Laques de Platón (196c10 siguientes). Además de señalar que la andreia corresponde tanto a hombres como a mujeres, el texto muestra una radical diferencia entre humanos y animales, precisamente en base al hecho de que el arrojo eventual de estos carece de toda dimensión reflexiva, lo que les separa de la andreia. Cierto es, sin embargo que, en ocasiones, hombres y mujeres también hacen gala de una temeridad propia de animales, pero cabría decir que entonces no se comportan como humanos, no responden a la andreia.
[Publicado el 12/2/2008 a las 11:41]
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Desplazado desde muy joven a París, Víctor Gómez Pin estudió en la Sorbona, donde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico (publicada en París por Anthropos y ulteriormente traducida al español por Ariel bajo el título El orden aristotélico). Tras años de docencia en Dijon y París, obtuvo una cátedra en la Universidad del País Vasco con una investigación sobre los aspectos filosóficos del cálculo diferencial. Actualmente es catedrático de la U. A. B., donde enseña Gnoseología e introducción al Pensamiento Matemático. Es coordinador del Congreso Internacional de Ontología, cuyas últimas ediciones se han celebrado bajo el patrocinio de la UNESCO. Es asimismo vicepresidente de la Sociedad Ibérica de Filosofía Griega. Es autor de una veintena de obras y ha obtenido el Premio Anagrama de Ensayo en 1989 por su libro Filosofía, el saber del esclavo y el Premio Espasa de Ensayo en 2006 por su libro Entre lobos y autómatas. Entre sus obras destacan también El drama de la ciudad ideal, Límites de la conciencia, El infinito, Descartes, la exigencia filosófica, La dignidad y La tentación pitagórica. Actualmente es profesor en la Venice Internacional University.
09/5/2008 09:47
Publicado por: Imanol Gómez Martín
08/5/2008 15:52
Publicado por: alguien que le respeta
06/5/2008 20:27
Publicado por: ximo brotons
06/5/2008 12:39
Publicado por: maleas
03/5/2008 00:24
Publicado por: Argos
03/5/2008 00:22
Publicado por: Argos
01/5/2008 13:37
Publicado por: María Magain
01/5/2008 13:28
Publicado por: Maria Magain
01/5/2008 06:52
COMO UNA MARIPOSA, LA GITANA ...
Publicado por: UNOQUETAL
29/4/2008 15:37
http://cartasacocca.blogspot.com...
Publicado por: EDUARDO COCCA
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