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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 30 de septiembre de 2020

 Víctor Gómez Pin

Asuntos metafísicos 23. Los principios rectores como orteguianas “ideas que somos”

En 1920, uno de los grandes físicos de la historia, A Eddington,  escribe:

"Nos hemos apercibido de que allí dónde la ciencia ha alcanzado mayores progresos, la mente no ha hecho sino recuperar de la naturaleza aquello que la propia mente había depositado en ella. Habíamos encontrado una extraña huella en la rivera del mundo desconocido. Y habíamos avanzado, una tras otra, profundas teorías que dieran cuenta d su origen. Finalmente hemos logrado reconstruir la creatura que había dejado tal huella. Y ¡sorpresa!, se trataba de nosotros mismos."  

En un libro estrictamente técnico Chris J. Ishman del Imperial College de Londres  vincula este párrafo  con   aquel héroe de Borges que habiéndose propuesto  realizar una copia del mundo pasa  su vida construyendo imágenes de montañas, barcos, mares, provincias... para, llegada la hora de la muerte, apercebirse  de que sólo había logrado esbozar una copia de su propio rostro.

Este problema que no es otro que el de la realidad del mundo  y en el que convergen todos los interrogantes relativos a los principios rectores.  En esta reflexión sobre  tales principios  no he dejado de evocar aquello que Ortega y Gasset despliega en su libro Ideas y creencias y sobre todo La idea de principio en Leibniz... obra publicada póstumamente y para cuya culminación le faltaron quizás las fuerzas. [1]  ¿Y qué se propone Ortega en tal libro? Algo simplemente extraordinario.  De hecho no llega a hablar cabalmente de la cuestión planteada, no llega a tratar temáticamente  de Leibniz, aunque va prometiendo en  notas al pie de página que lo hará.  No llega  Ortega y Gasset a desentrañar nada y ni siquiera a sondear  el abismo que la interrogación a la que invita supone, pero tuvo  el gran valor de plantearla con total honradez  y la claridad de exposición que  le caracterizaba.

Ortega se enfrenta  a la cuestión de los principios preguntándose por la universalidad de algunos de entre ellos, pero  también y sobre todo preguntándose  qué supone el hecho mismo de formular principios. Y en la medida en que  Leibniz encarna paradigmáticamente esta inclinación,  Ortega da  en el título protagonismo a este autor al que- como decía - le falto tiempo para interrogar.

Ortega ve en Leibniz  el paradigma de una especie de pulsión del pensamiento a explicitar principios. Y al  intentar decir algo sobre tal pulsión,  Ortega se distancia de la misma, su pensamiento ha de apuntar más allá de esos principios por cuyo origen se pregunta, Pero, ¿cómo ir más allá del fundamento? ¿cómo andar no ya  fuera de todo camino sino incluso más allá de la matriz de los caminos.? En esta tesitura nos sitúa la reflexión metafísica que sigue a la física cuántica. Los principios ontológicos, el sustrato de nuestra relación con la naturaleza, parecen en nuestro tiempo perder su firmeza y ello empezando por el principio fundamental del realismo. A la discusión de este extremo ha de llevar este recorrido por asuntos metafísicos, pero antes habrá que tratar de otras cosas. 


 


[1] Retomo ahora una anécdota personal (ya expuesta aquí con otro motivo) útil quizás para percibirse a la vez de lo interesante que fue para muchos de sus contemporáneos el pensamiento de Ortega y de los prejuicios con los que sin embargo era a veces abordado.

En los años en los que yo era estudiante en París, en las postrimerías del régimen de Franco y en razón de uno de los desmanes del mismo, visité a un grupo de filósofos(Althuser, Foucault) para que junto a otros intelectuales firmaran una carta de protesta. Aun vivía por entonces Jean Wahl, pensador francés  arrestado durante la ocupación nazi por su condición de judío, fugado del campo de internamiento de Drancy, resistente y ulteriormente exiliado a los Estados Unidos.

La extremada delgadez del filósofo (poco más de 40 kilos según me dijo  su mujer) testimoniaba de su delicadísimo estado de salud ( de hecho falleció poco después) pero su lucidez era absoluta,  y no solo recordaba interesantatísimas situaciones vividas muchos años atrás , sino que reordenaba sus  impresiones   en función de informaciones y vivencias muy recientes.

Cuando le presenté la carta sobre España  y le dije que yo mismo era español, me preguntó, aun antes de firmarla,  si yo había leído a Ortega y Gassett. La verdad es que no lo había leído y así se lo dije, añadiendo ante su gesto de sorpresa que yo no había estudiado en España  y que mis profesores en París no me habían invito as su lectura. Jean Wahl me respondió que él mismo no lo había leído hasta muy poco antes, aunque lo había conocido mucho personalmente, sin que hubiera habido simpatía entre ellos. Jean Wahl había de hecho mantenido prejuicios respecto a su obra, los cuales sin embargo que se habían desvanecido por entero cuando, por circunstancia azarosas se había encontrado en sus manos con la traducción francesa de La idea de principio en Leibniz...última obra de Ortega.  Al empezar a ojearla su entusiasmo fue creciendo, y en estos últimos  de su vida el frágil y valiente Jean Wahl tenía a Ortega (el extraordinario Ideas y Creencias  entre otras obras) como uno de sus pensadores.

[Publicado el 07/11/2013 a las 08:00]

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Asuntos metafísicos 22. Los principios rigen nuestro cotidiano lazo con el mundo

Es posible que durante un tiempo vivamos en la ilusión de que alguno de estos principios no rige, o no rige en todos los casos, pero hay razones para creer que su interiorización más o menos progresiva constituye el proceso por el cual llegamos a mantener  un lazo ordenado con el entorno. En cualquier caso el presuponerlos   constituye  un requisito  en  la disposición de espíritu que caracteriza al que  se dedica a la física, y  su eventual  puesta en tela de juicio a partir del trabajo de los propios físicos, supondría desde luego  una radical revolución.

 Y como hemos visto, a los  principios propiamente dichos se asocian conceptos sin  los cuales ni siquiera serían enunciables. Así, al  referirnos a cosas que no se hallan en relación de contigüidad estamos hablando de que mantienen una distancia espacial, y al hablar de causa y efecto estamos presuponiendo una dirección en la secuencia (de la causa al efecto y no a la inversa) que responde a  la irreversibilidad que denominamos tiempo. Además todo lo que acontece se lo atribuimos a lo que es substancial o subsistente, es decir, a lo susceptible de movimiento o de reposo, susceptible de cantidad de movimiento, substancias aristotélicas o materiales y no meras abstracciones.  El conjunto de todo ello operando de manera subyacente en nuestros juicios y razonamientos posibilita   nuestras representaciones y relatos sobre los acontecimientos en el mundo

 

Los principios expuestos son como los nutrientes que, sin reparar en ellos, posibilitan el funcionamiento de nuestro organismo. Un dispositivo que opera al menos de manera  implícita tanto en la actividad ordinaria como en el trabajo del científico volcado sobre  el orden natural. Sin embargo la física no explora este bagaje.  No lo incluye en su inventario temático porque lo considera algo preliminar  y hasta, en cierto modo, una obviedad; considera,  por utilizar los términos de Einstein, que si nuestra razón dejara de asumir tales presupuestos "la ciencia física en el sentido usual del término" sería imposible. Por ello será necesario retomar más adelante la cuestión, en especial por lo que se refiere  al principio de realismo,  que merecerá capítulo aparte, preguntándonos qué se ha hecho de estos principios, qué lugar ocupan en la jerarquía del conocimiento, dada la auténtica conmoción que para nuestras representaciones de la Physis han supuesto la física del siglo XX y en particular la Mecánica Cuántica.

 

[Publicado el 05/11/2013 a las 08:00]

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Asuntos metafísicos 21. Individualidad, causalidad y realismo

En la columna anterior dado un avance sobre el principio ontológico fundamental de  contigüidad- localidad el cual, a modo de una de esas "ideas que somos" de Ortega, rige en todo momento  nuestras relaciones con el entorno físico, sin necesidad alguna de  que tal principio sea objeto de reflexión consciente. Señalaré de pasada que ni siquiera  la creencia en los poderes mágicos pone en cuestión la certeza de que la naturaleza está regida por la contigüidad. Al  contrario: estamos bien seguros de que el mundo está hecho de tal manera   que   agujereando la cabeza reproducida de nuestro enemigo ausente no tenemos influencia física alguna sobre el mismo, y por ello mismo recurrimos  a los   poderes del mago, los cuales son literalmente sobrenaturales. Volveré sobre este poder de los principios ontológicos, tras introducir hoy tres más de entre los mismos.

                                                                 ***

La tierra y la luna se influyen mutuamente, influencia reflejada por ejemplo en el fenómeno de las mareas, y cuando reflexionamos sobre esta influencia mutua estamos pensando en el complejo tierra-luna como un todo. Ello sin embargo no nos hace pensar que la tierra y la luna han dejado de existir como entidades separadas y que han perdido   sus propias determinaciones. Cada una de ellas tiene  en cada instante una posición en relación al sistema solar y asimismo una velocidad, es decir: seguimos considerando a la tierra como una cosa dotada de propiedades que forman un individuo,  o sea,  un conjunto unificado o  indiviso, separado de ese otro conjunto indiviso que es la luna. Principio de individualidad  que asimismo (basta reflexionar un instante) está implícito en nuestro lazo inmediato y cotidiano con el entorno natural.

                                                            ***

Sabemos que el alcohol que estamos ingiriendo nos producirá muy probablemente una crisis hepática, y al no dejar de ingerirlo tenemos quizás el molesto sentimiento de que nosotros mismos estamos siendo la causa  de nuestro (lamentable) estado futuro. Pero una vez  inmersos en la  resaca no tenemos la menor esperanza de poder influir  sobre la situación que la provocó. Interna certeza de la imposibilidad  de   intervenir sobre el pasado, que, junto a la certeza de que todo lo que acontece tiene causa,  da testimonio   de nuestra profunda interiorización del principio de causalidad.

                                                            ***

Ante ese malestar provocado por  haber inerido alcohol, constatamos que fue un alivio el tomar un caldo de verdura y  así, en la siguiente ocasión, volvemos al mismo remedio, dando por supuesto que, siendo las circunstancias coincidentes, los efectos del caldo en nuestro cuerpo  también lo serán. Y de no darse el resultado,  concluiremos  que  en realidad estábamos equivocados, diremos  o bien  que  las condiciones  de nuestro organismo diferían, o bien que al caldo le faltaba o  sobraba algún ingrediente. Esta razonable conclusión significa simplemente que funcionamos en conformidad al principio de determinismo,  por el cual el devenir de dos cosas o circunstancias idénticas  es  asimismo  idéntico,  salvo intervención desconocidas variables en el arranque, con lo cual la aparente identidad sería mera similitud, o de influencias exteriores en el proceso.  Y en su vertiente cognoscitiva este principio nos dice que si tuviéramos el conocimiento de todas las variables en el arranque de un proceso no sometido a nuevas influencias (ese proceso que constituye el mundo por ejemplo) podríamos prefijar cada uno de sus eventos. [1]

                                                            ***

En fin,  nos relacionamos con esas cosas del entorno dotadas de propiedades, con el sentimiento bien anclado de que las mismas no dependen de nosotros, contrariamente a     las representaciones que nos hacemos de ellas, las cuales obviamente no se darían sin nosotros, y  que en el mejor de los casos nos ayudan a relativizar la barrera que nos separa de las primeras. Las cosas, en suma,  tienen su ser y su devenir y seguirían teniéndolos,  aun en el caso de que no estuviéramos nosotros como testigos. Principio este de la independencia de las cosas en relación al pensar de las cosas, que lleva el nombre de realismo. Principio muchas veces puesto en tela de juicio en la historia de la filosofía,  aunque ha de quedar claro que no se pone en cuestión la apariencia del principio, es decir la diferencia entre la reductibilidad de nuestras representaciones y la irreductibilidad, la resistencia a nuestra subjetividad, de lo que tiene los caracteres de lo físico.

 


[1] Es casi obvio que el determinismo es dificilmente  compatible con el concepto de emergencia que nos ocupará aquí en su momento. A modo de avance,  y para calentar boca, voy a resumir una situación que desde luego resultará chocante. Consideremos múltiples copias de una partícula elemental (un conjunto de  electrones, o bien de neutrones, protones,  etcétera). Todas ellas  tienen las mismas propiedades intrínsecas,  y por consiguiente pueden ser consideradas idénticas. Ello puede extenderse también a una pluralidad de átomos idénticamente preparados,  según la jerga de los físicos. Se llama media vida ( half life) el tiempo  requerido para que una magnitud pierda la mitad de su valor. En   física la expresión se usa sobre todo para referirse a la desintegración radioactiva:  media vida es el tiempo requerido para que, dado un conjunto de átomos, la mitad de ellos se desintegre.. Sea pues un conjunto que ha sido preparado para tener una media vida -half life- de 30 minutos y consideremos dos de los átomos A B. Cuando hemos acabado la preparación podemos hablar en términos leibnizianos de que A B son indiscernibles, pues tal es el término para designar aquello que no es distinguible por ninguna nota intrínseca, de tal manera que su multiplicidad se explicaría sólo por las determinaciones espacio temporales, tal como lo entiende la mecánica clásica (veremos que con la cuántica ni siquiera esta vía está garantizada). Los dos átomos lo comparten todo, incluida la media vida del conjunto en que se inscriben. Esperamos pues a ver que pasa. Y puede perfectamente  pasar lo siguiente: el primero se desintegra a los 20 minutos y el segundo a los 45, es decir: siendo idénticas las circunstancias no hay identidad en el devenir (la media vida de 30 minutos se verifica para el conjunto, no para dos individuos) O en otros términos: la indiscernibilidad sincrónica (estaban preparados para decaer igualmente) se resuelve diacrónicamente: hay una diferencia entre ambos respecto al tiempo de la desintegración. ¿Cómo reaccionamos? Habrá dos maneras: una que intentará salvar el principio de determinismo, buscando la causa oculta,otra que sacrificará tal principio. Volveremos obviamente a este ejemplo y consideraremos asimismo otros que son problemáticos para los demás principios.  

[Publicado el 31/10/2013 a las 16:00]

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Asuntos metafísicos 20: respuesta a objeciones: de qué humanismo se trata

La posición de principio que da soporte a estos escritos es que la  aparición del hombre  constituye un singular momento, una auténtica emergencia, en la historia evolutiva ( en razón de lo cual la defensa del mismo equivale simplemente a defender  lo objetivamente más precioso).

La paradoja del animal humano es que siendo un fruto entre otros de la naturaleza (¿qué otra cosa podría ser?) sin embargo no se haya sometido exhaustivamente  a la necesidad natural. El hombre tiene en relación a su raíz animal una distancia traducida de entrada en el hecho de que su lenguaje no es reductible a  los sistemas de codificación que constituyen los llamados lenguajes animales. [1]

La libertad del hombre, heredada de la irreductibilidad de su lenguaje, se traduce en la capacidad de someterse a reglas de conducta erigidas por el mismo, siendo así sujeto de derecho, y en la posibilidad de crear objetivos liberados de finalidades prácticas, tanto en el registro cognoscitivo como en el perceptivo (lo que denominamos  estética (en el sentido etimológico de la palabra). La libertad del hombre se traduce asimismo en la práctica de actividades que carecen de finalidad práctica, que sólo aspiran a la plena actualización de las facultades de simbolización y conocimiento y a la restauración de las mismas en caso de que (por circunstancias sociales y educativas) hayan sido trabadas. Expresión mayor de la inclinación natural a actividades sin finalidad práctica sería la filosofía de la cual los "asuntos metafísicos" aquí tratados pretenden ser una ilustración.

La objeción es inmediata: se estaría pues defendiendo aquí un humanismo trasnochado, cuya debilidad habría sido puesta de relieve desde Marx hasta el llamado pensamiento post-moderno, pasando por las teorías filosóficas que quieren ser realmente coherentes  con la teoría evolucionista.

Por un lado, se argumenta, la libertad del hombre es presentada por los humanistas como un rasgo universal, pero tal universalidad está una y mil veces puesta en tela de juicio  por la realidad empírica. La tesis de  la libertad esencial del hombre  puede incluso sonar a sarcasmo para todo aquel que se ve doblegado por el estatus social, la raza etcétera. Y como resulta que no hay memoria histórica de sociedades en las que una u otra modalidad de segregación no se haya dado, es  imposible hablar de ellas como si se tratara de contingencias. Así que el discurso que se refiere al hombre como sujeto de derecho puede provocar simplemente hartazgo.

La objeción es desde luego de enorme peso. Mas ha de hacerse una diferencia entre quienes la sostienen desde posiciones meramente escépticas (limitándose a decir que no dan crédito a  pamplinas) y los que combaten tales  circunstancias mutiladoras allí dónde se den y en el momento real, no aspirando a modificarlas de un plumazo, pero distinguiendo niveles y etapas: momentos de incremento de libertad y momentos  de regresión; momentos de relativa pasividad y momentos de resistencia. Como en algún momento he tenido ocasión de señalar, no se ha renunciado a la defensa de la causa del hombre, de la actualización de sus facultades, ni siquiera en los campos de concentración. La libertad del hombre se realiza  ya de una manera en la lucha por la misma, lucha tanto objetiva en el plano social, como subjetiva, en la guerra contra la inclinación, la inercia y la costumbre en las que la subjetividad suele abismarse.

Actitud de combate que, desde luego, nada tiene que ver con aquella que cabría tipificar como nuevo estoicismo y que de hecho es un idealismo en el  peor de los sentidos, consistente en pensar que el  pensamiento aparta de las contingencias del mundo, las cuales pueden así seguir imperando. El reino del pensamiento es ciertamente de este mundo  y sólo relativiza las contingencias míseras del mismo combatiéndolas, al tiempo que se mantiene firme en sus objetivos teoréticos.

Pero existe una segunda objeción al humanismo, más valiosa, simplemente por ser más afirmativa y vigorosa,  la cual consiste de  hecho en una radicalización del humanismo mismo. Se trata del  llamado a veces post humanismo, que apela   a superar lo humano precisamente exacerbando el poder de ciertas construcciones humanas. En esta teoría juega un enorme papel implícito la polaridad naturaleza versus técnica aquí ampliamente considerada.

 Lo esencial de esta posición consiste  en decir que  nuestro arranque en la biología nos hace víctimas  de mil  limitaciones y en consecuencia conviene reducir el peso de la variable biología en nuestro ser, abriéndonos a la incorporación de los útiles que pueden proporcionar la tecnología. Mi respuesta  es que no se trata aquí tanto de un tras- humanismo como de una exacerbación del humanismo. Y ello en razón de la postulada tesis de que en la técnica reside (junto al lenguaje y el razonar indisociable del mismo) la singularidad de nuestro ser.


 


[1]              Los argumentos más transparentes al respecto se encuentran quizás en el impagable artículo de Emile Benveniste, "Communication animale et langage  humain" publicado en la revista Diogène nada menos que en 1952.

                El autor empieza por avanzar una posición de principio: hablar de lenguaje animal es algo que sólo se sostiene en razón de un equívoco terminológico. A su juicio no hay, ni siquiera bajo forma rudimentaria, modalidad de expresión en animal alguno que tenga las características de nuestro lenguaje.

                La cosa le parece indiscutible si lo que consideramos son animales susceptibles de emisiones vocales: en los comportamientos que acompañan a toda emisión, brillarían totalmente por su ausencia los componentes de lo que cabalmente merecería el nombre de lenguaje.

                A juicio de Benveniste, la única interrogación al respecto es la que nos plantea la abeja, cuyo mecanismo de transmisión de información ha llamado poderosamente la atención Que la abeja sea lo que puede introducir la duda en la convicción de un Benveniste es tanto más significativo cuanto que este insecto se encuentra muy alejado de nosotros en el registro filogenético.

                Como es sabido, el comportamiento "lingüístico" de la abeja había sido minuciosamente observado por Karl von Frish, profesor de zoología en la universidad de Munich y Premio Nobel de Fisiología en 1973. A través de experimentos realizados desde 1920, llegó a describir el comportamiento de una abeja que descubre en cierto lugar alejado de una colmena una solución azucarada y, tras retornar a la colmena, comunica tal descubrimiento a las demás.  Benveniste se halla  a la vez fascinado por el asunto y escéptico respecto a que cupiera hablar de lenguaje. He aquí  su conclusión:

      "El conjunto de estas observaciones muestra la diferencia esencial entre los procedimientos de comunicación descubiertos en las abejas y nuestro lenguaje. Esta diferencia se resume en el término que nos parece más apropiado a definirlo: el modo de comunicación utilizado por la abejas no constituye un lenguaje, se trata de un código de señales"Entre otras razones esgrimidas por e lingüista cuentan las dos  siguientes relativas a la forma.

      -El mensaje emitido por una abeja no provoca respuesta comunicativa sino una acción. Ausencia pues de "diálogo", es decir,  "reacción lingüística a una manifestación lingüística.

      -El mensaje se refiere exclusivamente a un dato nunca a otro mensaje. Así una abeja es incapaz de trasmitir algo que ella no haya percibido directamente.

      En consecuencia  nada en el lenguaje de las abejas permite hablar de esa  sustitución de la experiencia trasmisible sin límite en el espacio y en el tiempo que caracteriza a l lenguaje humano. 

      Si nos referimos ahora al contenido, se constata que la abeja no trasmite señales más que relativas a un asunto, la fuente de alimento y la única indicación que da a sus congéneres afecta tan sólo a una variable, la espacial.  Incomparable desde luego con el lenguaje humano dónde los elementos a los cuales referirse son potencialmente infinitos y  las variables respecto a los mismos lejos de ser meramente topológicas recubren  todas las categorías del ser: de qué se trata, cuando tuvo lugar, dónde etcétera...Categorías del ser que de hecho hay razones (avanzadas por el propio Benveniste) de pensar que son precisamente indisociables del lenguaje.

[Publicado el 24/10/2013 a las 07:00]

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Asuntos metafísicos 19: el pensamiento repara en los principios

Decía en la columna que lleva el número 11 en estos "Asuntos metafísicos", que a un momento dado la ciencia se alejó de la filosofía, en parte debido al hecho de que  la inducción y la generalización a través de la misma se convierten en principios  de la actitud científica. Y añadía que a partir de entonces  la ciencia avanza  sin preguntarse sobre  la solidez del entramado que la sostiene,  en parte constituido por algunos de los principios ontológicos  de los que en esta reflexión se trata.

Pero señalaba asimismo que en nuestro tiempo, acuciada por sus propias constataciones,  la ciencia misma, a veces con perplejidad,  está realizando el retorno a la filosofía, entre otras cosas en razón de que la confianza en la firmeza de los postulados se derrumba. La ciencia misma  replantea la cuestión de los principios que se daban por supuesto a la hora de practicar su disciplina, dando así lugar a  una nueva y esplendorosa meta-física. Pues la mera descripción de la physis no exige en absoluto abordar la cuestión de las evidencias y principios fundamentales. Basta con someterse a los mismos y repudiar toda conjetura que los contradiga: el físico  se atiene en su trabajo a principios... que el metafísico explora. Pero, ¿cuales son pues estos principios? Avanzo hoy algo sobre el primero de ellos:

Localidad- contigüidad

Por gemelos auténticos que dos hermanos J y L sean, si se encuentran en lugares alejados nadie espera que una acción física sobre J, tenga asimismo efectos en L (las cosquillas en el uno no provocan la risa en el otro, dice socarronamente un cronista científico). Este es el principio de contigüidad, que posibilita un segundo enunciado cuando es considerado en perspectiva local: todo fenómeno físico que quepa observar en L es independiente de las observaciones que en paralelo puedan hacerse en J. Calificado entonces de  principio de localidad, este segundo enunciado  pone mayormente de relieve la independencia  de quien se encuentra protegido por el hecho de tener  un lugar  o  espacio propio.

La vinculación de ambos enunciados queda puesta de manifiesto en el siguiente: "Sean A y B dos entidades físicas  no contiguas, es decir sin relación de contacto; sea  p una propiedad de A. Entonces tal propiedad no puede ser alterada instantáneamente por una intervención en B" Así pues  para que se de eventualmente una influencia de B en A se necesita tiempo, de hecho el tiempo necesario para que el efecto se propague a través de la secuencia de entidades contiguas  que se dan entre A y B y que garantizan la ausencia de vacío entre ambos extremos. [1]

 


[1]

      Existe una versión restringida de este principio de contigüidad-localidad que dice así : "Aunque hubiera manera de ejercer una influencia  instantánea  de B sobre A, esta influencia no podría ser utilizada para enviar una señal. O dicho de otro modo: no podemos comunicar nada a velocidad superior a la velocidad de la luz. La terca constancia de esta versión restringida del principio tendrá  enorme importancia a la hora de ponderar la verdadera trascendencia ontológica de ciertos experimentos de la física contemporánea. Doy desde ahora un avance:

       Una acción instantánea  entre dos entidades no contiguas supone un "intervalo" menor que el intervalo, digamos I, de tiempo que la luz tardaría en superar la distancia entre  ambas. Ahora bien, en relación a esa distancia el menor intervalo temporal es I. Por consiguiente, tal acción a distancia trasciende el tiempo. Si las acciones instantáneas de las  que  parecen dar testimonio ciertos experimentos físicos contemporáneos permitieran enviar señales, ello supondría la posibilidad de transmisión de información fuera del tiempo.

[Publicado el 22/10/2013 a las 07:00]

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Asuntos metafísicos 18: Condición humana y asunción de la la dureza del pensar

El hombre piensa naturalmente, se ha sostenido desde Aristóteles a Noam Chomsky pasando por Descartes. En consecuencia, dejar de pensar supone objetiva debilitación de la condición humana... aunque el pensar suponga violentar la genérica raíz animal de la misma. Cabe ciertamente que el pensamiento fluya en ausencia de tensión, de violencia contra la propia inercia, pero ello nunca desde el arranque en el reposo, de la misma manera que nunca el águila (que tiende naturalmente al vuelo como el hombre tiende al pensamiento) se alza sin tensión, ni el cuerpo del ser humano danza como si fuera su más inmediato modo de comportarse. El pensamiento es siempre una conquista, aunque una vez activado,se despliegue ya sin violencia...al menos por un momento, pues no cabe complacencia durable en lo logrado.
Ha de quedar claro que el criterio sobre si hay realmente pensamiento, no reside en la novedad objetiva de lo pensado, o en su interés para el conjunto de la sociedad; ni siquiera reside en su veracidad. El criterio es simplemente que haya enriquecedora novedad para la subjetividad que piensa, ya se trate de asunto filosófico, científico o creativo. Si se ha perdido la intelección de una fórmula que se dominaba y se la recupera en un tremendo esfuerzo...entonces se ha ganado una batalla contra la astenia, se ha ganado en humanidad, aunque tal fórmula no signifique nada nuevo para los demás. Y ello vale asimismo para la forja de una metáfora o de una escultura.
Dejar de pensar puede ocurrir por múltiples razones, físicas desde luego, pero también sociales y desde luego psicológicas. Por la dureza misma del arranque del pensar, hay siempre peligro de que las circunstancias sirvan de coartada para abandonarse. Por ejemplo, puede llegar a pasar por la cabeza que el pensamiento simplemente...no vale la pena. En este caso (de aceptarse la premisa de que el rasgo propio del animal humano es el pensamiento) es obvio que la existencia que entonces se prosigue, la existencia que tiene la vida como fin en sí, viene a ser un repudio de la propia humanidad.
La ausencia del pensar tiene directa traducción como desinterés filosófico, es decir desinterés por las interrogaciones que acompañan al animal potencialmente humano desde el momento en que empieza a ser humano en acto, desde el momento en que mediatiza ya su relación al mundo por las palabras y los símbolos. La filosofía como disciplina del espíritu es siempre una tentativa por recuperar este estupor que acompaña la mirada del animal humano, cuando deja de ser infantil. Recuperación obviamente del espíritu de la cosa y no de la modalidad concreta de la interrogación. Lo decía aquí mismo hace una semanas " ¿ Quien no se preguntado alguna vez si hay o no hay una realidad física exterior, que seguirá tras mi eventual desaparición y la desaparición de todos los demás humanos, cuya percepción de esa realidad coincide aparentemente con la mía?" Y añadía lo siguiente: " Los instrumentos para responder en uno u otro sentido a esta pregunta cubren hoy miles y miles de páginas de sesudas revistas filosóficas o científicas y han sido esgrimidos como armas por algunos de los pensadores más importantes del siglo veinte...pero la pregunta sigue siendo sencillísima y todo el mundo es susceptible de sentirse interpelado por la misma, hasta el punto quizás de que, si su vida material y social se lo permitiera, acuciado por tal interrogación, empezaría a ahondar en los escritos eruditos, y se dotaría de los argumentos para entenderlos."

[Publicado el 17/10/2013 a las 07:00]

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Asuntos metafísicos 17: Por mediación del animal humano la naturaleza actualiza su potencia.

Como el lenguaje corriente indica, frente a las cosas naturales se sitúan las cosas artificiales, es decir, los productos de la técnica y del arte (las dos vertientes de lo designado por el término griego technè). Polaridad que indica simplemente la imposibilidad de que las cosas artificiales surjan de la naturaleza directamente, es decir, sin mediación del ser humano.
Impotente para generar sin el hombre un monumento o un útil práctico, la naturaleza es también impotente para evitar que el fuego se desplace hacia "lo alto" cuando se halla en "lo bajo" (aristotélico lugar de la tierra, como lo alto lo es del fuego, aspecto que en la reflexión de hoy carece de importancia). En tal sentido, el escultor, el artesano que forja un elemental carro y el héroe que da el fuego a los hombres (es decir les permite retenerlo) se hallan unificados por el empeño de arrancar la necesidad natural a la inmediatez: utilizan la propia complejidad de la naturaleza para hacer surgir posibilidades que sólo el hombre contempla.
Vemos así, la enorme trascendencia de lo que significó en la historia evolutiva la aparición del animal humano. Cabe decir que en esta auténtica emergencia (en el sentido técnico del que aquí será cuestión más adelante) la naturaleza se abrió a su propio potencial, incluido ciertamente el potencial de destrucción. La technè es tanto contrapunto de la naturaleza, como abismal culminación de la misma. Pues si en ausencia del hombre la naturaleza está cercenada en su potencia, con el hombre alcanza también la dimensión más letal de su despliegue. Si en la historia evolutiva no se hubiera dado el animal humano, la naturaleza mantendría ciertamente su potencialidad de llegar a desplegarse en la formación de la ciudad de Venecia y en la explosión de Hiroshima, pero tal potencia... simplemente no se hubiera nunca actualizado. El hombre, el ser de razón, lenguaje y técnica, es pues el eslabón en la historia natural que otorga a la naturaleza la ocasión de revelarse. No es este un rasgo menor de su singularidad y me atrevo a decir de su grandeza.

[Publicado el 15/10/2013 a las 07:00]

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Asuntos metafísicos 16

La naturaleza, los griegos y el estupor contemporáneo 

Natural, expresión cabal de la physis, es para Aristóteles por un lado lo elemental (fuego, tierra, aire y agua) y por otro lado los seres animados. A lo inanimado sólo por derivación cabe atribuirle la condición de natural, y los productos de la techne (en nuestro doble sentido de arte y técnica) pueden incluso ser considerados como no naturales... Ciertamente esta visión de Aristóteles es antigua, pero cabe preguntarse (como Husserl indicaba respecto a Descartes) si no puede aún ser de utilidad en un esfuerzo contemporáneo para dar consistencia a la pregunta: ¿qué es la naturaleza? pregunta no enmarcable en la heideggeriana sobre "qué es y cómo se determina la physis", entre otras razones por que lo designado por la palabra physis griega no coincide exactamente con lo que nosotros designamos por el término naturaleza...menos aun desde que este último sigue siendo usado para referirse a algo que ha dejado de obedecer a principios considerados universales.
Precisamente porque la perspectiva del presente abordaje es completamente diferente de la heiddeggeriana es debida una consideración sobre esta esta última, lo cual permitirá de paso poner de relieve un punto central:
La interrogación de origen aristotélico que da título a su opúsculo (‘Qué es y como se determina la physis'') es retomada por Heidegger en un momento en que la ciencia había dado pie a lo que ha podido ser considerado como la mayor conmoción en la historia de las concepciones del ente. Heidegger sabe perfectamente que el trabajo de algunos de sus contemporáneos hace imposible seguir siendo fieles a la convicción según la cual hay un mundo sometido a leyes objetivas, que determinan su devenir con total independencia de que eventualmente tales leyes fueran observadas, archivadas y sistematizadas por un ser inteligente y susceptible de hacer previsiones. Heidegger no se refiere- explícitamente al menos- a estos debates en el seno de la ciencia. Pero es obvio que sin ellos habría menor receptividad a su propia interrogación, no se vería la necesidad de replantear la cuestión de la Physis. En esta reflexión, que quisiera ser estrictamente filosófico-ontológica, será a un momento dado necesario sintetizar los hechos científicos y los debates teóricos que, hace casi un siglo, dieron lugar a que una teoría física discretice o cuantifique la naturaleza elemental (1).
Avanzaré tan sólo al respecto que a intelección cabal del asunto nos facilitará la tarea arriba esbozada de intentar determinar cuales son los rasgos que, desde Aristóteles hasta Einstein, habían sido implicita explicitamente postulados como genuinamente propios de la naturaleza elemental y cuya omniaplicabilidad o universalidad nadie había puesto en entredicho hasta que lo hizo una disciplina fundamental de nuestra época.

 

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(2) Como casi todas las grandes novedades en la historia del pensamiento, todo empieza con la observación de unos hechos que llaman la atención, en razón de que chocan con una creencia establecida. Momentos concretos son la aparición del modelo de átomo que en 1911 había presentado Rutheford (según el cual el átomo se haya constituido por una masiva zona de carga positiva en el centro y circundándola una segunda de carga negativa) y la tentativa, efectuada por Bohr en 1913, de aplicación de tal modelo al átomo de hidrógeno (reducido a un protón en el centro y un único electrón en la periferia). La aporía consiste en que, según el modelo, las radiaciones del átomo de hidrógeno deberían ser continuas, cuando en realidad sólo se comprueban empíricamente radiaciones discretas, lo cual constituye una violación de las leyes clásicas de la electricidad y del magnetismo.

[Publicado el 10/10/2013 a las 07:00]

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Asuntos metafísicos 15

Lo natural frente a lo abstracto y a lo mediado por la inteligencia humana 

La superficie de la mesa y la línea sobre la superficie no son susceptibles de hallarse por sí mismas en movimiento o en reposo, sólo se mueven o se estabilizan cuando la mesa lo hace y ello, según el criterio establecido en la columna anterior, las distingue de las entidades físicas.
Con tal criterio, Aristóteles nos pone sobre la pista de aquello que más adelante se denominará cantidad de movimiento (la cual recubre el reposo como caso límite en el que la velocidad es nula), y que fue considerado (al menos hasta la conmoción cuántica e incluso aquí con matices) un atributo que toda entidad física presenta necesariamente. Habrá otros predicados que jugarán un papel análogo al que juegan movimiento y reposo y servirán también de criterio a la hora de discriminar lo que es físico de lo que no lo es.
Sabemos ya, por ejemplo, que al igual que no son físicas las cosas matemático-geométricas, tampoco son físicas las ideas asociadas a las palabras (por mucho que, algunas de ellas, a ciertos políticos se le antojen más peligrosas que misiles). Las ideas sólo pueden ser desplazadas en un sentido puramente metafórico, como cuando se dice que constituyen armas arrojadizas.
Aquí una matización que tiene resonancia en nuestro cotidiano lenguaje. Oponemos las cosas de la naturaleza a las ideas o entidades abstractas, pero también a las cosas artificiales, así cuando hablamos de inteligencia artificial, por oposición a la inteligencia cabal de los seres animados. Esto tiene también resonancias aristotélicas.
Cabalmente natural es para el Estagirita sólo aquello que tiene como propio y esencial el principio de ese su movimiento o reposo, es decir, el animal o la planta, aunque las cosas inanimadas también pueden ser consideradas naturales por una especie de la propiedad de sus componentes (1). Lo explícitamente opuesto a lo natural es para el filósofo aquello que es resultado de la techné, ya sea entendida como técnica o como arte. Así la mesa comparte con la madera el hecho de que se mueve tan sólo por hallarse constituida por los cuatro elementos, pero a diferencia de la mesa no se daría sin el hombre, el cual, como hemos visto, es technités por propia naturaleza. Y una pregunta de paso ¿Qué pasa sin embargo con aquello que poseyendo vida ha sido modelado por la técnica, así un animal domesticado. Como ser animado es sin duda natural, pero sin el hombre no se daría y en tal medida es artificial. Es obvio que la polaridad physis - techne no funciona bien en este caso.
En suma, entidades abstractas como las de las matemáticas no son naturales en razón de no ser susceptibles de intrínseco movimiento o reposo, los productos de la techne no son naturales en razón de que entre la naturaleza y ellos hay la mediación de la inteligencia.

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(1) En la aparentemente tan ingenua como fértil teoría de los elementos de los Antiguos, el criterio aristotélico para determinar lo natural, es decir, la polaridad movimiento- reposo se aplica en sentido estricto a los cuatro elementos, fuego, tierra, aire, agua, los cuales se hallan en reposo cuando están en su lugar propio y tienden intrínsecamente a reencontrarlo cuando han sido desplazados. A los compuestos (synola) de los cuatro elementos como la piedra o la carne sólo cabe atribuirles el movimiento en razón de la tendencia de sus componentes

[Publicado el 08/10/2013 a las 07:00]

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Asuntos metafísicos 14

La pregunta sobre qué es algo físico 

En la segunda vertiente del proceso descrito en la penúltima columna (interiorización de la necesidad natural que complemente la interiorización de la ley social) reside el origen del interés teorético por la naturaleza. Interés que, como ya he señalado en varias ocasiones, ha de ser considerado como un universal antropológico, es decir, algo que concierne a toda sociedad humana, tal como pone de manifiesto la insatisfacción cognoscitiva en las interrogaciones infantiles.
Con algo de fortuna, es decir, si las condiciones sociales lo posibilitan y con independencia de la educación escolar (incluso pese a ella) la interrogación se reitera, socializándose y adoptando formas más precisas. Se empieza por intentar superar la insatisfacción cognoscitiva concomitante a este interés haciendo descripciones detalladas de lo que se observa, y tras ello se busca en la diversidad de lo así descrito rasgos invariantes o elementales, rasgos mínimos que quepa erigir en criterio para situar una frontera entre lo que puede o no ser designado como físico o natural ( es decir algo respecto a su ser es pertinente usar la palabra physis).
Así (ejemplo no aleatorio) Aristóteles sitúa a las entidades físicas entre aquellas que son "susceptibles de hallarse en movimiento o de hallarse en reposo", cosa que no ocurre por ejemplo con la superficie de una mesa o un atributo numérico de la misma. Baste con apercibirse de que podemos desplazar una mesa o inmovilizar determinada partícula, pero no podemos desplazar la superficie de la silla, ni desde luego detener la raíz cuadrada de dicha partícula. No podemos desplazar la superficie de la silla porque se trata de una entidad geométrica, o sea matemática, como entidad matemática es "raíz cuadrada de dos", lo cual nos da un criterio para distinguir los objetos matemáticos de las cosas físicas. Criterio no suficiente para determinar lo que es matemático, pues hay otras cosas que juegan un papel importante en la configuración del mundo que tampoco son susceptibles de movimiento o reposo, pero que carecen de los rasgos propios de las entidades matemáticas: aquello por ejemplo (no homologable por otros) a lo que remiten ciertas realidades físicas cuya materia es erigida en pretexto para la erección de otra cosa que nada tiene que ver con la física. Así el significado lingüístico para el que sirve de pretexto físico esa realidad física que es la articulación sonora. Cosas no físicas sin cuya emergencia simplemente no se habría dado ese animal singular que es el hombre.

[Publicado el 03/10/2013 a las 07:00]

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Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Enlaces

Información sobre el Congreso Internacional de Ontología.

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