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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 26 de octubre de 2020

 Víctor Gómez Pin

La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (X): actitudes políticas para las que no hay concepto propio


Decía que el ecologismo es un corolario de la defensa de nuestra especie. Pero ha de quedar clara la prioridad: ecologistas porque humanistas, en modo alguno a la inversa. No estoy seguro que esta prioridad de la causa del hombre se esté respetando en el seno incluso de los posicionamientos de izquierdas. No estoy seguro de que no se esté procediendo a una inversión de jerarquía. Antes de centrarme en el tema, una consideración general sobre las amenazas políticas.

Quejoso por la terminología excesivamente genérica con la cual, en la aproximación convencional, se abordaban asuntos filosóficos, Gilles Deleuze pedía el esfuerzo de enfocarlos con estrategias diferentes, que llevarían quizás a alcanzar en cada caso un aclarador " concepto propio".

Me acordaba de esta exigencia del filósofo francés ante el anatema que se lanzan mutuamente (instrumentos de comunicación mediante) defensores y adversarios del llamado "Procés" de Cataluña.

Abundan los epítetos marcadores de una diferencia cargada de connotaciones: por un lado se tilda al adversario de españolista rancio y autoritario, ajeno al espíritu europeísta y democrático que a uno le caracterizaría; por otro lado se ve al nacionalista catalán como emblema de una alianza de "supremacismo" y localismo, contrapuestos al humanismo y universalismo que caracterizarían a los españoles actuales.
Pero hay sin embargo un epíteto que, cuando la boca se calienta, sale como reproche en ambos bandos: el otro es simplemente un fascista - "facha" en la terminología coloquial. De hecho la cosa es más general. Tratándose de Salvini se habla de fascismo, y lo mismo ocurre con Le Pen.

Ya en relación a regímenes como el del general Petain o el de Franco se discutía sobre la pertinencia del término fascismo. Entre otras cosas por el papel atribuido a la religión católica en el franquismo, que no se daba por ejemplo en el fascismo alemán, el cual de hecho también era muy distinto del fascismo italiano.

En nuestros días es quizás aún más necesario intentar evitar la amalgama. Precisamente por ausencia de concepto no hay manera de hacer objeción firme cuando un catalanista designa como "facha" al que simplemente se reivindica español, o cuando Torra es tildado de "facha" por haber realizado proclamas indiscutiblemente supremacistas.

Síntesis de supremacista y nacionalista es Salvini. Pero con esa curiosa peculiaridad que la referencia que funda su supremacismo (la del Norte peninsular italiano) no coincide con la nación cuya liberación-de inmigrantes y burócratas europeos- reivindica.

¿Fascista pues Salvini? Si hubiera ganado en las elecciones de febrero en Emilia Romagna hubiera sin duda puesto en marcha un cerco sobre las estructuras del Estado italiano, pero sólo metafóricamente cabría hablar de marcha sobre Roma.

Salvini encarna un proyecto que tiene en común con el fascismo las notas de explotación de las frustraciones del débil y canalización de toda su energía en contra del aún más débil. Pero a diferencia de lo que ocurría con el fascismo ni siquiera hay detrás una trama ideológica, todo lo artificiosa que se quiere pero coherente.

Quienes se reconocen en el heteróclito conjunto de actitudes que, desde Brasil a Milán, pasando por la Inglaterra neo-conservadora y la España votante de Abascal, quisieran encontrar un término cargado de connotaciones positivas que les designara, una metáfora con la funcionalidad potencial de la de "fascio". Si la hubieran encontrado los adversarios nos esforzaríamos en poner de relieve lo falaz de este aspecto afirmativo, y al igual que ha ocurrido con el término "fascio", la connotación crítica acabaría marcando esa palabra.

"Fascio" designa un conjunto de objetos de idéntica naturaleza y la primera imagen que viene a la cabeza es un haz de espigas. La connotación de igualdad, luego de uniformidad es importante en la metáfora. El fascismo era una apelación al orden...al orden a cualquier precio (ciertamente el capital recorrió al fascismo porque lo vio necesario tras la crisis del 29). "Fascio" tenía una connotación afirmativa: se recogía aquello (espigas de cereales) que simbolizaba la salud de Roma, enriquecida por el cristianismo y la gran civilización de las ciudades-estado de la península... Ello ciertamente alprecio de desembarazarse de esa caterva "dispersa", disparatada, ese conjunto puramente negativo, in-agrupable, que encerraba a judíos, gitanos, masones e indigentes. Con variantes, la perspectiva era aplicable al nacional-socialismo, el nacional-catolicismo o el "Pétainisme".

Sin embargo la derecha extrema de nuestros días aún no ha encontrado una metáfora unificadora como la del fascio, y por ende no podemos concentrar en un término nuestra denuncia crítica. Podemos no obstante adelantarnos, hacer el esfuerzo de conceptualización necesario, teniendo en cuenta ciertas notas:
Supremacismo cultural, sustentado curiosamente en la consideración de la propia actitud para la democracia de la que otras culturas carecerían intrínsecamente.

Utilización de las capacidades de quienes pertenecen a otra civilización, otra cultura u otra lengua, negando sin embargo que efectivamente esta pertenencia pueda suponer en sí misma una aportación. Son útiles pese a "lo que son"; útiles por habilidades o destrezas que se consideran indemnes a este su ser perturbador.

Presentación del débil, no ya como un inferior, sino como un infiltrado, una amenaza análoga a la que supone un roedor potencialmente infeccioso con el que, sin embargo, hubiera que convivir.

Utilización de este prejuicio para canalizar la frustración de los débiles de la propia comunidad, impidiendo que focalicen su agresividad en la fuente de la injusticia.

Ausencia de proyecto positivo coherente que englobe a todos los que tienen en común los puntos anteriores, de tal manera que nacionalistas, dogmáticos de religiones antagónicas, de racismos contradictorios y de prejuicios sexuales dispares, sólo tienen en común el hecho de que, mientras su disposición triunfe, la acumulación de la riqueza y el corolario de incremento de la desigualdad prosigue su marcha galopante, siendo este el único imperativo real, el único mandamiento. 

Ellos no tienen un término designativo, porque quizás es imposible encontrarlo, dado el cúmulo de contradicciones. Nosotros somos así libres para designarlos. El motor central es la exigencia de distraer respecto a la adoración del becerro de oro como causa social del mal, recurriendo a la rapiña del alma de los débiles propios, explotando sus prejuicios más larvarios, jaleando en estos la tendencia fóbica respecto al aun más débil y la desconfianza paranoica ante este último. El todo generando una atmósfera social legitimadora del ensañamiento y el desprecio. ¿Fascismo? De alguna manera sí, pero en todo caso un funcionamiento social sustentado en el desdén, el desaire, la negación de la razón de ser de aquellos mismos de los que no cabe prescindir. 

Se habla de "negacionismo" para referirse a "actitud que consiste en la negación de hechos históricos recientes y muy graves que están generalmente aceptados". Pues bien, cabría hacerlo también para referirse a la actitud consistente en negar la dignidad esencial de los seres de razón y jerarquizarlos en función de su capacidad de adaptarse a la causa de la concentración de la riqueza abstracta.

Hay sin embargo otro término, utilizado como traducción de la palabra alemana Aberkennung (a veces también Verleugnung) a saber, "denegación", en el sentido activo de no reconocimiento por el uno de lo que el otro reivindica legítimamente como propio, imposibilitándole así el ejercicio de derechos o la disposición de pertenencias; denegación que puede llegar hasta atentar contra el derecho a la salud, e incluso a la desposesión de atributos esenciales del ser de razón.

Pues de hecho a todo esto contribuyen aquellos que participan en el mantenimiento del sistema imperante. Me ciño a un ejemplo. La mendicidad se ha convertido en una imagen omnipresente en las ciudades europeas, incluidas las más prósperas. Ante la misma cabe la siguiente reacción:
Considerando que su reducción a la condición de mendigo es incompatible con la dignidad del ser de palabra y razón, como bien indica el carácter peyorativo que ha adquirido el término que designa a quien recurre a dios para sobrevivir ("pordios-ero", no sólo carente de bienes sino carente también de dignidad, indigente), se hará imperativa la necesidad de luchar por un sistema social que garantice para toda persona una sobria existencia, cuando menos en condiciones de salubridad, de tal manera que el recurso a la mendicidad sería considerado ilegítimo, moralmente reprobable.

El "denegacionista", el que contribuye a desposeer a los seres humanos de los atributos de su dignidad reaccionará muy diferentemente. Considerando en primer lugar que la existencia de enormes sectores de pobreza es inevitable, en el mejor de los casos, mostrará su acuerdo con que el socorro quede en manos de voluntades caritativas o de instituciones privadas, excluyendo desde luego una masiva inversión de los poderes públicos en la solución del problema. Y digo "en el mejor de los casos" porque es frecuente una actitud más abyecta: considerar que la mendicidad (y la picaresca a ella asociada) es nota intrínseca de esas poblaciones débiles vistas como contaminadoras, de tal manera que debería ser pura y simplemente castigada, es decir, sin ofrecer al indigente solución positiva alguna. Podría obviamente extender la polaridad entre ambas actitudes a otro tipo de problemas.

Provisional conclusión de este apartado es que si el fascismo no es seguro que haya vuelto, sí es cierto que ha retornado (me atrevo a decir que en un proceso imparable desde la caída del muro de Berlín) un nihilismo social, una ausencia de confianza en la entereza de la humanidad que ha hecho posible la aparición de formas de organización con consecuencias a la larga quizás tan funestas como el propio fascismo.

Provisionalmente (sólo para efectos de estos apuntes ) utilizo el término "denegacionismo", entendido como inclinación a negar a una parte de los seres humanos los atributos que son la expresión de su condición cabal de personas, y en consecuencia legitimar su desplazamiento a los arcenes de la condición social.

[Publicado el 13/4/2020 a las 11:43]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (IX): amalgamas y anatemas


¿Qué haremos con Delibes o Melville? ¿Cabe que un ideólogo del movimiento anti- caza tenga la distancia respecto a sí mismo que exigiría la inmersión en esos capítulos de Moby Dick donde la descripción de los aspectos más directamente artesanales del oficio de ballenero va deslizándose hacia el proyecto de poner de relieve que en esa tarea de confrontarse a la animalidad se fragua el envite mayor e inevitable del hombre consigo mismo? Y ¿qué haremos de "El viejo y el mar", del viaje de Cunqueiro por montes y chimeneas, y hasta del libro de horas del Señor de Berry?
 

En nombre de la buena causa se acabará prohibiendo no ya lo que parece contrario a la moral, sino aquello mismo que efectivamente (por ahondar en los abismos y redimir a través de las palabras) se sitúa efectivamente más allá del bien y del mal. La historia del pensamiento filosófico y científico muestra como la defensa de la causa en que era obligatorio comulgar, condujo a la privación del derecho (lo que la terminología jurídica francesa llama "forclusion") de la obra de los más grandes, desposesión concretamente del derecho de ser publicada o conocida. Pues bien, no estamos lejos de ello. 

Es bien sabido que proliferan los anatemas contra creadores en razón de su actitud moral. Obras cinematográficas han estado últimamente condenadas con expresa afirmación de que su valía como obra artística era de poco peso dada la poca fiabilidad moral de su creador. Una cronista de un periódico barcelonés evocaba ya al respecto el caso de Picasso, acusado de haber llevado al límite del abuso el trato con alguna de sus amantes, y preguntándose si ello debería mover a bajar del pedestal su obra. Ciertamente la autora no abogaba por la afirmativa, pero dejaba la cosa en el aire no adoptando la clara actitud siguiente:

No mezclemos aquello que una persona es capaz de realizar en materia de moral y aquello que -si de creación se trata- nada tiene que ver con la moral. Alguien que aplica toda clase de argucias para instrumentalizar a los demás, es sin embargo capaz de creación y de conocimiento, precisamente porque el esfuerzo en pos la creación y el conocimiento son la forma emblemática de alzarse sobre sí mismo. En términos kantianos:

Aun aquel que falla al imperativo categórico, tratando a los seres de razón como si no lo fueran, es decir cosificándolos al servicio de sus intereses, es perfectamente capaz de desentrañar la estructura del espacio y el tiempo, o de escribir el "Viaje al fondo de la noche". Si se olvida esta diferencia nadie sabe adónde podemos llegar. Aun no se ha hablado de la necesidad de excluir de las historias pedagógicas relativas al arte "Les Demoiselles d' Avignon" en razón de que las protagonistas eran pensionistas de un conocido burdel barcelonés, pero puede ocurrir en cualquier momento. A punto está la cosa de que se resucite la polémica Celine, y alguien estará dándole vueltas al caso Quevedo. Se sabe que uno de los aspectos inquietantes del film de Alfred Hitchcock "Los pájaros" es que se desconoce la razón por la cual atacan a los hombres, niñas de una escuela en primer lugar. Aun no hemos llegado a ello, pero no me extrañaría que juzgando que la trama predispone contra los animales, alguien pudiera elevar el dedo acusador contra esta obra emblemática del cine. Pues bien:


Pasando la causa del hombre por la búsqueda de esa modalidad superior de emergencia que es la obra de arte ("la escuela más sobria de vida y el verdadero juicio final", que decía Marcel Proust) y careciendo esta de común medida con las buenas intenciones, sopesarla en la balanza de estas últimas equivale simplemente a repudiar una parte de nuestra humanidad.

[Publicado el 07/4/2020 a las 08:58]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (VIII): cuando el animal es símbolo

Los rituales y costumbres de un grupo humano evolucionan o son sustituidos por otros nuevos, pero no pueden ser pura y simplemente eliminados, al menos de considerar que es posible una sociedad humana carente de entramado simbólico.

Y en todas las culturas hay formas de relación con el animal que suponen la instrumentalización del mismo, no ya por exigencias de la propia subsistencia de los humanos, sino por motivaciones que cabe considerar de tipo espiritual, al igual que lo es (aunque de signo contrario) la de los partidarios de la homologación en derechos de humanos y ciertas especies animales. Tal es desde tiempos inmemoriales el caso de sacrificios animales vinculados a creencias religiosas, o el caso de la fiesta de los toros (en zonas de España, México o el Mediodía francés) que tanta polémica (a veces con elevadas dosis de acritud) despierta, aunque cabe decir que hoy el debate la trasciende.

Sin ir más lejos todos los ingredientes de un ritual están presentes en la matanza del cerdo, sin que obviamente quepa tachar a los campesinos de una disposición agresiva contra los animales sacrificados. Lo cual no es óbice para que hoy se cuestione el ritual como tal y no ya ciertos aspectos que chocan con nuevas pautas sociales de conducta.
Y la cosa no se detiene ahí. Baste evocar el movimiento que se expande en Europa en contra de la caza. Sus militantes tienen la convicción de hallarse atravesados por un imperativo de elevadísima moralidad. Y desde luego, más o menos conscientemente, entre sus motivos cuenta el estar "del lado de los justos", dimensión constitutiva sino de toda religiosidad, sí al menos de la que ha marcado primordialmente nuestro entorno cultural. Es forzoso no obviar este aspecto, que explica muchos de los anatemas que hoy se lanzan contra todo aquello que pone en cuestión el imperativo de no instrumentalización de los animales. No se salvará el discurso científico o filosófico que relativice sus fundamentos. Pero no se salvará tampoco la literatura o la creación. Abordo este espinoso asunto en la próxima columna.

[Publicado el 03/4/2020 a las 15:10]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (VII): proteger la naturaleza y protegerse de la naturaleza


Y sin embargo la naturaleza no siempre nos es favorable. Y no puede ser considerado maltrato de la naturaleza el defenderse de ella cuando es perjudicial, no ya para nuestra existencia sino también para nuestra exigencia de vida cabalmente humana. Obviamente no es contrario al imperativo general de la moralidad el eliminar formas de vida que constituyen una amenaza directa o indirecta para la especie humana o para el medio natural en el que esta habita. Defensa desde luego sin connotación de enemistad. No puede haber acritud ante la naturaleza y en consecuencia no debe haberla ante un animal potencialmente dañino que nos disponemos a eliminar. A este simplemente se le combate. En la gran narración Moby Dick la alarma del segundo de a bordo, Starbuck, se despierta cuando en una conversación con Ahab descubre que este tiene verdadero rencor a la ballena, erigida en emblema físico de una suerte de hacedor maligno, al que los hombres tendríamos toda clase de razones para odiar.
 

La locura de Ahab consiste en proyectar sobre la naturaleza meramente animada una queja que sólo tiene sentido en el marco de la moralidad, es decir de una relación entre los hombres. El simple hecho de respirar supone ya inserción en ese ciclo de transformación, emergencia y destrucción que es siempre la vida.

Desde luego la generalización de una moralidad que extendiera sin más el imperativo kantiano de no instrumentalización de los seres humanos al resto de los animales (no digamos ya si se trata de la vida en general, vegetales incluidos) entraría en contradicción con la exigencia de conservación de la especie humana.

Por ello además de que es legitimo eliminar los animales dañinos, tampoco puede ser contrario a la moralidad el buscar las formas de alimentación más beneficiosas para el sano mantenimiento de nuestra especie, considerada en el momento presente o en el ciclo de las generaciones. Y no estoy tomando partido en la controversia sobre si una dieta vegetariana hubiera sido suficientemente rica en proteínas y calorías como para permitir el desarrollo del cerebro, o más bien fueron necesarias proteínas de origen animal. Creo que no es necesario entrar en ello. En ocasiones podemos quizás permitirnos una dieta vegetariana, pero no siempre es así y desde luego supone una subordinación de los intereses de nuestra especie el renunciar a modalidades de alimentación a las que otras especies no tienen (¡no pueden tener!) escrúpulos en recurrir.

Hasta aquí debería haber general acuerdo, lo cual supone por ejemplo que los convencidos de la bondad del Veganismo respeten en la práctica el comportamiento de quienes no profesan tal forma de espiritualidad (disposición tolerante hacia los demás que se exige en democracia a todo fiel de una u otra ideología, o convicción religiosa).

Protegemos al animal que potencialmente nos es favorable, y podemos llegar a tener cariño por el mismo, lo cual no es óbice para que eventualmente le demos muerte, a fin de alimentarnos o cubrirnos con su piel, pero-eventualmente- también a fin de mantener viva la reminiscencia de un hecho (quizás inconsciente) forjador de una u otra civilización, bajo la forma de ritual.

 

[Publicado el 01/4/2020 a las 09:31]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (VI): la animalidad perdida

El "Rousseaunismo" da hoy un paso más: nostalgia no ya de una condición primitiva del ser hablante (pretendidamente marcada por la armonía con el entorno), sino nostalgia de una condición previa: nostalgia no de "nuestra humanidad" (título de un libro de Francis Wolff ) sino de nuestra animalidad. 
 
Y desde luego si se reivindica en primer término nuestra genérica pertenencia al mundo animal, hay razones para estar nostálgicos, pues desde que en la historia evolutiva emergió el lenguaje, esta animalidad se halla en gran parte perdida para nosotros. Por ello la buscamos en los animales "puros"; buscamos una imagen imposible de nosotros mismos. De ahí que además de la cuestión de los animales dañinos, surja en nuestro tiempo con gran fuerza un interrogante sobre la legitimidad de la utilización mecánica de los animales, de su consumo como alimento y desde luego de su instrumentalización en ritos y juegos. 
 

Creo que este movimiento responde a una real carencia de nuestra civilización. De alguna manera se trata de una protesta: las razones para no estar satisfechos con nuestra humanidad se traducen, no tanto en proyecto de mejorarla como en repudio de la misma, bajo forma de negación de su singularidad. Precisamente porque responde a causas profundas, por el momento este movimiento no parece que vaya a ser contenido: estamos ante una movilizadora causa urbana clamando contra la urbanización de nuestra existencia. Hay en esta actitud, una evolución que refleja una paradoja. Un tiempo la visión idílica de la naturaleza podía sintetizarse en la clásica "nostalgia de aldea y menosprecio de corte". Al respecto el siguiente párrafo con el que se cierra el libro de Guevara:

"Quédate adiós, mundo, pues en ti no hay gozo sin sobresalto, no hay paz sin discordia, no hay amor sin sospecha, no hay reposo sin miedo, no hay abundancia sin falta, no hay honra sin mácula, no hay hacienda sin conciencia, ni aun hay estado sin queja, ni amistad sin malicia(...) ¡Oh, mundo inmundo!, yo que fui mundano conjuro a ti, mundo, requiero a ti, mundo, ruego a ti, mundo, y protesto contra ti, mundo, no tengas ya más parte en mí; pues yo no quiero ya nada de ti ni quiero más esperar en ti, pues sabes tú mi determinación, y es que: Posui finem curis; spes et fortuna, valete (Puse fin a mis cuitas ; esperanza y fortuna, adiós).

Aquí se acaba el libro llamado Menosprecio de corte y alabanza de aldea, en el cual se tocan muchas y muy buenas doctrinas para los hombres que aman el reposo de sus casas y aborrecen el bullicio de las cortes". (Antonio de Guevara. "Menosprecio de corte y alabanza de aldea" Valladolid 1539 Capítulo XX.)

En la disposición que esta obra refleja, las gentes del mundo rural (campesinos, cazadores, pastores, pescadores) eran contemplados no ya como garantes de la alimentación sino como conservadores naturales, por así decirlo, del ambiente.

Basta considerar el hecho de que, en la vecina Francia, ganaderos y agricultores sufren continuos ataques en sus instalaciones (incendios incluidos) por parte de grupos ecologistas, urbanos generalmente, para medir hasta qué extremo las cosas han cambiado: acusados de depredadores, los campesinos franceses caen en la depresión, hasta el punto de ser uno de los colectivos de Europa en el que se da índice mayor de suicidios.

[Publicado el 30/3/2020 a las 07:49]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (V): la polémica Voltaire -Rousseau

Rousseau deplora la desigualdad entre los hombres y cree percibir el origen de la misma en la desviación respecto a un estado natural original. Voltaire ve en esta tesis esencialmente un resentimiento contra la propia sociedad, es decir, contra la matriz misma de la existencia humana. Voltaire es perfectamente consciente del dolor que los hombres son susceptibles de infringirse, pero (como su queja amarga por el terremoto de Lisboa testimonia) no cree en absoluto que la naturaleza sea potencialmente menos violenta que la ambición o la miseria humanas, y desde luego abomina de la nostalgia de un estado pretérito en el que supuestamente estábamos plenamente reconciliados entre nosotros y con la naturaleza. Nada más significativo al respecto de esta polémica que la acerba ironía con la que, el 30 de agosto 1755. Voltaire agradece la recepción del libro de Rousseau Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres:
"He recibido su nuevo libro contra el género humano. Se lo agradezco (...) Pinta usted con colores verídicos los horrores de la sociedad humana que por ignorancia y debilidad se pliega a las dulzuras de la vida. Nunca realmente se había utilizado tal cantidad de talento para la causa de intentar bestializarnos (nous rendre Bêtes). Al leer su obra surgen ganas de marchar a cuatro patas. Sin embargo como hace más de sesenta años que he perdido ese hábito desgraciadamente creo que me será difícil retomarlo (...)"
 
Si la carta de Voltaire no tiene desperdicio la réplica de Rousseau muestra perfectamente la radical incompatibilidad entre ambos pensadores. 
 
"Soy yo quien ha de estarle reconocido. Al ofrecerle el esbozo de mis tristes ensoñaciones, no he creído en ningún momento hacer un presente que fuera digno de usted, sino cumplir con el deber de rendir homenaje a quien todos consideramos como jefe (...)El gusto de las ciencias y las artes nace en un pueblo de un vicio interior que ese gusto a su vez incrementa; y si es verdad que todos los progresos humanos son perniciosos para la especie, los del espíritu y el conocimiento, que aumentan nuestro orgullo y multiplican nuestras desviaciones, aceleran pronto nuestras desgracias(...)En lo que a mí concierne, si hubiera seguido mi primera vocación y que no hubiera aprendido ni a leer ni a escribir hubiera sin duda sido más feliz"


Quiero subrayar la última frase, que nunca un campesino iletrado escribiría, buscando una analogía: Los pastores de Córcega cantaban a Dante sin saberlo, y probablemente sin ser capaces de leerlo, pero obviamente no tenían nostalgia de ese estado que era el suyo y desde luego no les pasaba por la cabeza que tal estado era jerárquicamente superior al de quien, además de recitarlo, se recrea en la lectura del poeta. Quizás los cantos de Homero (o simplemente los del Romancero) pierden peso al pasar a la escritura, pero esta reflexión sólo se hace desde la escritura misma. La "primera vocación" de Rousseau (no aprender a leer ni a escribir) se entiende perfectamente...desde la escritura, no previamente a ella.

[Publicado el 24/3/2020 a las 11:59]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (IV): principio kantiano de la moralidad

Inevitable es aquí evocar una posición determinante en la historia del pensamiento filosófico. Preguntándose por los fundamentos últimos de la moralidad, Kant suponía que todo ser humano tiene un sentimiento imperativo que juega en relación a la lo que es legítimo o ilegitimo en el modo de proceder un papel análogo al que el principio de contradicción juega en relación al conocimiento, a saber: no instrumentalizar a los seres de razón y de lenguaje, considerarlos como un fin de todo proyecto o propósito y nunca como un medio.
 

Pues bien, este imperativo kantiano, más que puesto en tela de juicio, ha sido por así decirlo objeto de inflación, al extender el dominio de aplicación: de los seres de razón a los primates, de ahí a especies animales consideradas en peligro de extinción y finalmente a especies que forman parte de nuestra existencia cotidiana, nos ayudan en la subsistencia o incluso aseguran nuestra alimentación. De "no instrumentalizarás a los seres de razón", el imperativo se ha ido deslizando hacia "no instrumentalizarás a los seres con vida animal" y en algún caso extremo a la forma: "no instrumentalizarás a los seres vivos", vegetales incluidos.

He de señalar que este asunto adopta en ocasiones las formas extrema de la erección del mundo natural en una equilibrada pureza que la presencia del hombre enturbiaría. Este asunto viene de lejos y retorna cíclicamente en la historia del pensamiento. Cabe ilustrarlo simplemente por la confrontación que en su día mantuvieron Voltaire y Rousseau.

[Publicado el 20/3/2020 a las 10:20]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (III): humanismo luego ecologismo

 

Señalaba en la anterior columna que tener cuidado de la naturaleza, evitar maltratarla, es un corolario directo no ya de la razón ilustrada sino de la moralidad general. El problema es sin embargo delimitar suficientemente el concepto de "maltrato", encontrar criterios que permitan trazar una frontera entre lo que es maltrato y lo que es instrumentalización legítima de nuestro entorno. Al señalar que hay maltrato cuando la instrumentalización que se hace de la naturaleza es estéril (o hasta perjudicial) para la causa final del hombre, obviamente se está excluyendo ya de la moralidad toda utilización de recursos naturales que, favoreciéndonos puntualmente, pueda suponer amenaza para el futuro. En suma: luchar por una naturaleza sana es un corolario inmediato del amor a la naturaleza humana, corolario del deseo de que el ciclo de las generaciones esté garantizado, a fin de que el lenguaje y la razón persistan. En términos claros: 

La causa de la naturaleza es una exigencia primordial de la causa del hombre. El sano egoísmo de especie hace del ecologismo un imperativo. Y la fidelidad a este criterio ha de determinar también nuestro comportamiento con esa expresión superior del orden natural, esa emergencia, que supone la vida y particularmente la vida animada.

Me atrevo a decir que la causa de la salud de nuestro planeta carece incluso de significación si se hace abstracción de la causa del hombre, entre otras razones porque el hombre es el único animal al que pre-ocupa la cuestión de la naturaleza, es decir se inquieta por la misma con independencia incluso de que el equilibrio natural muestre síntomas de hallarse amenazado, emblema de lo cual es la aproximación desinteresada, movida por la exigencia de inteligibilidad, que constituye la ciencia natural.

[Publicado el 17/3/2020 a las 11:03]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (II): la naturaleza se deja desvelar pero no violar

La secuencia misma de las civilizaciones es signo de haber alcanzado ese singular y difícil equilibrio al que me refería en la columna anterior: mantener un ámbito privilegiado para el hombre, sin herir el entorno natural que sirve de soporte. Toda civilización es la expresión emblemática de esa capacidad humana de conocer lo que la naturaleza permite, y transformarla en consecuencia. Pues si se intenta ir más allá, la naturaleza pone al osado en su sitio. De sentirse violentada, o simplemente ignorada, la naturaleza se rebela, haciendo inviable la persistencia misma del ser que la agrede.

Nuestra relación con la naturaleza tiene necesariamente un aspecto conflictivo, del que solo con inteligencia podemos salir bien parados. La naturaleza responde a una necesidad implacable que no permite milagros: se deja desvelar, por la ciencia, pero nunca someter ni violar, pues lo único que la técnica del hombre puede hacer es explotar sus posibilidades internas de transformación.

La inteligencia en su relación con la naturaleza compensa en el ser humano lo frágil de su animalidad. Por ello, que el hombre haya cruzado la frontera de lo que la naturaleza está dispuesta a tolerar, es la prueba mayor de una suerte de común ceguera. Prudente era al respecto la advertencia de Horacio a todos aquellos que quisieran ignorar su propio fondo: "Expulsa la naturaleza con una furca, retornará siempre".

Este retorno no deseado adoptará formas catastróficas que harán inviable lo que ha de ser objetivo final de nuestra acción: la causa del ser humano. Por ello indicaba que la idea misma de civilización supone un equilibrio respecto a la naturaleza.

Pues bien:
Cabe decir que hay abuso del entorno natural cuando su explotación es estéril (o hasta perjudicial) para la causa final del hombre, que pasa por la forja de un entorno que garantice no ya su subsistencia sino su dignidad y la fertilidad de sus facultades como animal racional. Extraer de la naturaleza lo más beneficioso para el género humano sin agredirla, y ni siquiera forzarla. Actualizar simplemente aquellas de sus potencialidades que nos convienen, intentando paliar los efectos de aquellas otras que nos son perjudiciales.

[Publicado el 13/3/2020 a las 09:10]

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La causa de la naturaleza y la causa del animal de razón (I): Preliminares

Hay general acuerdo en que la defensa de la causa del hombre no puede hoy ser disociada de la preocupación por el entorno natural, pero quizás hay menos unanimidad a la hora de establecer la jerarquía entre ambos objetivos. Aunque ya he abordado esporádicamente el tema en este foro, inicio hoy una serie de columnas en las que intentaré sentar los términos del problema, sin eludir (desde el mismo comienzo) una toma de posesión.
 

Y antes de seguir un recordatorio filológico que en otro tiempo hubiera podido obviar (el lector que quiera información más precisa al respecto puede simplemente consultar en internet un claro artículo de Rosario González Galicia que lleva el título de "A vueltas con la palabra hombre" -por cierto con unos versos de Lucrecio que la autora ofrece en magnifica traducción de Agustin García Calvo):

Cabe utilizar la palabra "hombre" para referirse al varón por oposición a la mujer Pero también se usa el término para referirse en general al ser de razón y de lenguaje que (por oposición a eventuales dioses) es un animal, procede de la tierra, "humus", y a ella retornará en la inevitable inhumación. Así, como el latino "homo", y yendo más lejos el griego "ánthropos", "hombre" puede ser un varón (aner, uir) o una mujer (gine, mulier).

Ciertamente cuando decimos que tal o cual es un "misántropo" estamos sugiriendo que evita a los humanos en general y no sólo a los varones. Simétricamente cuando se habla de la "Declaración de derechos del hombre" no se está pensando en un articulado que no concerniría a las mujeres. Por ello, me referiré aquí al ser humano utilizando el término genérico "hombre", dando por supuesto que la diferencia entre hombres y mujeres s irrelevante desde el punto de vista de lo que nos distingue de los otros animales (por usar los términos de Aristóteles no es una diferencia eidética, es decir, forjadora de especie, sino puramente material) Y tras este preliminar voy al tema anunciado.

Como el de los demás animales, el cuerpo del hombre (homo) está llamado a retornar al solar (humus) del que directa o indirectamente procede. Y con la dispersión del cuerpo desaparecerá también ese prodigio de la historia evolutiva que es el lenguaje, al que tal cuerpo daba soporte. Por otra parte ese fruto del lenguaje que es la ciencia natural sabe que no habría animales sin que las condiciones de solar terrestre lo hubieran posibilitado, y en consecuencia no habría tampoco ese resultado del "humus" que es el "sapiens" (la paradoja es que sólo el lenguaje atestigua que ello es necesariamente así, lo cual constituye un círculo vicioso que remite a un enorme problema metafísico que ahora dejo de lado). Por ello al hombre le interesa el entorno: mantener el equilibrio del entorno natural es un corolario directo de la razón ilustrada, pero de hecho es también un imperativo implícito de la moralidad general.


El problema es sin embargo delimitar suficientemente el concepto de equilibrio, encontrar criterios que permitan trazar una frontera entre lo que es abuso del marco natural y lo que es instrumentalización legítima del mismo. En este tema se centrarán las próximas columnas.

[Publicado el 10/3/2020 a las 14:23]

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Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Enlaces

Información sobre el Congreso Internacional de Ontología.

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