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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 13 de noviembre de 2019

 Blog de Víctor Gómez Pin

Asuntos metafísicos 54: si ante el Newton perplejo hubiera surgido un John Bell

Me he referido aquí en múltiples ocasiones a la enorme trascendencia del teorema de Bell, enfatizando el hecho de que a partir del mismo la filosofía de nuestro tiempo se ha visto forzada a poner sobre el tapete la cuestión  de los principios sustentadores de nuestras representaciones de la naturaleza. Para ilustrar esta tesis me permitiré hoy una hipótesis fantasiosa.

Sabido es que Newton no estaba en situación de dar cuenta de las razones de esa aparente atracción a distancia que supone la gravedad, y que toma la decisión (cargada de peso en la historia del pensamiento) de hacer abstracción del problema: "No he logrado deducir de los fenómenos las razones de la gravedad y no aventuro hipótesis alguna- hipótesis non fingo". Consecuencia de esta actitud fue el legitimar la generalización por inducción, haciendo de la misma el fundamento de lo que el denomina "filosofía experimental", posición que le sería reprochada en su día por Kant y antes por Leibniz, entre muchos otros. Pues bien:

Supongamos por un momento que alguien  al que denominaremos E. hubiera barruntado alguna hipótesis explicativa, como una premonición de la teoría del campo gravitatorio,  y que hubiera defendido en los medios científicos la necesidad para la física (reacia por hipótesis a considerar  fuerzas sin causa) de incluir entre sus objetivos fundamentales la necesidad de encontrar tales causas. 

Supongamos que en estas circunstancias un tercero al que  cabe denominar B preguntara a E cuales eran las condiciones mínimas a las que habría de responder su teoría aun  puramente en embrión, y que E avanzara efectivamente  una respuesta con pleno acuerdo de la comunidad científica. Fuera cual fuera,  la razón explicativa  de la gravedad que un día se llegaría a encontrar   tendría como rasgo esencial  R. Pues bien:

Supongamos que el protagonista designado como B hubiera entonces demostrado que el rasgo R implica que el cuerpo sometido a fuerza gravitatoria no puede en ningún caso superar una aceleración por ejemplo de 9.5 metros segundo al cuadrado.

Confrontando entonces la hipótesis con experimentos efectivamente realizados por un  investigador llamado A (que muestran por ejemplo aceleración 9.8 metros segundo al cuadrado en el entorno de la tierra) cabría inmediatamente concluir que la conjetura  no es viable, y que mejor es no aventurar hipótesis alguna que aferrarse a una que tiene como determinación esencial un límite matemático que entra en contradicción con los fenómenos.

Obviamente nada de esto ha ocurrido y por ello la gravitación ha encontrado en la historia de la física perfecta razón de ser. Simplemente, como tantas veces ha ocurrido en la historia del pensamiento,  Newton ignoraba aun tal razón, se trataba de una variable oculta al saber de la época, pero que con esfuerzo acabaría siendo desvelada. Mas identificando a Einstein con E, a Bell con B y al físico experimental Alain  Aspect con E, tenemos un análogo de lo que efectivamente sí ha ocurrido en el marco cuántico.

Pues precisamente, a diferencia de la atracción gravitatoria, la relación que se da  entre acontecimientos cuánticos   distanciados espacialmente (en el sentido técnico de que    en el tiempo que los separa la luz no llegaría a alcanzar la distancia espacial) se revela violentar el rasgo más general inherente a toda hipótesis explicativa. Y una cosa es que aun no haya explicación y otra cosa es que no pueda haberla, al menos si por explicación se entiende lo  único que cabe hasta ahora entender: insertar un fenómeno dado en un conjunto de principios, los cuales obviamente no pueden ser explicados ellos mismos. 

[Publicado el 10/6/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 53: las razones de retomar la cuestión de la physis.

Sostenía en la columna anterior que sin crisis en algún ámbito fundamental  no hay emergencia de hipótesis enriquecedoras  del pensamiento,  y ni siquiera se aprehende  el aspecto vivificador que tuvo en su día alguna hipótesis más tarde convertida en esterilizadora vulgata. Situaba como ejemplo a la teoría de la relatividad, contrapunto que permite aprehender todo el peso de las tesis kantiana y newtoniana relativas a tiempo y espacio,  y aludía asimismo a la necesidad de poner sobre el tapete (es decir conferirle toda la importancia que tiene) concepciones muy ancladas relativas a la naturaleza.

De ahí el interés que en pensadores del siglo XX tan diferentes como Heidegger o Erwin Schrödinger provocó el término griego physis, más o menos vertido en Latín por el término natura y en Castellano por el de naturaleza.  Y digo más o menos en razón de que para determinar si lo que designamos por naturaleza corresponde a physis, habría que tener claro lo que este último término dice, cosa bien difícil, dado que no sólo es usado con sentidos diferentes por diversos pensadores, narradores y poetas, sino que  tampoco hay univocidad tratándose de un mismo autor.

Al respecto me he referido ya aquí a la equivocidad de physis en  el propio Aristóteles. En ocasiones physis designa lo tridimensional denso, concreto y en consecuencia susceptible de movimiento o reposo, frente a lo abstracto sea  o no tridimensional, volúmenes superficies o líneas, objeto de la matemática que sólo adquieren ser por prestigio del espíritu.

Physis es empleado por el propio Estagirita en sentido más restringido como  aquello que tiene en si mismo el principio de movimiento o reposo, lo vivo en suma en contraposición a lo inerte.

Finalmente physis es utilizado asimismo para designar las cosas que se dan sin mediación por la techne, que caracteriza entre los animales al hombre: cosa física es en este sentido la madera en contraposición a ese fruto de la techne que es la silla.

Los pensadores a los que aludía interesados por la cuestión de qué es la physis y cómo se determina (por retomar los términos de Heidegger) se han volcado más bien sobre los presocráticos, quizás por considerar que en estos podría haber un horizonte de comprensión más abierto, dado que,  de alguna manera,  Aristóteles tendría responsabilidad mayor en la fijación de postulados con los que implícitamente mediatizamos nuestra percepción de la naturaleza.

 Así el libro de Schrödinger La naturaleza y los griegos apenas llega a referirse a Platón,  y cuando lo hace (desde luego  injustamente) para considerar que lo más valioso de la filosofía de la Academia estaría ya contenido en el pensamiento de los pitagóricos.

Y ciertamente Aristóteles ha fijado también en este asunto (¡fundamental!) no ya lo que  ha de ser pensado sino también  el marco en el que cabe pensarlo. En consecuencia puede ser muy útil retornar a los presocráticos con la expectativa de que en sus textos puedan aportar a  nuestro tiempo  esa "nueva y potente energía" que  Husserl buscaba en las Meditaciones cartesianas. Pero antes de ir a los presocráticos, útil es tener claras las razones de este eventual retorno, tener claro en qué nuestra concepción de la naturaleza ha quedado  mutilada, desmentida por la propia naturaleza. De ahí la reflexión sobre ciertas implicaciones filosóficas de la física contemporánea que han  venido ocupando esta reflexión.

[Publicado el 03/6/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 52: el peso de las aporías presentes en los grandes temas del pasado.

Desde su arranque,  estas columnas sobre temas metafísicos se proponían enfatizar el peso de ciertos interrogantes surgidos en gran  parte de la perplejidad a la que,  por sus trabajos teóricos y experimentales, se ven abocados los científicos contemporáneos, interrogantes  que van configurando una auténtica filosofía natural de nuestra época. 

Es casi una obviedad que sin  crisis que obligue al pensamiento a confrontarse no hay filosofía y ni siquiera  historia de la filosofía. Y digo esto porque en realidad el historiador de la filosofía se sumerge en el pasado para desvelar el peso de asuntos que, o bien están aun vigentes, o se revelan estar en el origen de los que sí lo están. En suma: si no hay interrogante aquí y ahora... no hay filosofía, ni verdadera historia de la misma.

Tanto como decir que  la crisis en los principios de la física que condujo a las hipótesis relativistas es lo que, precisamente por ser contrapunto,  permite percibir el enorme peso de la tesis newtoniana y kantiana  según la cual  el espacio es una  pura distancia (distancia sin soporte físico alguno) en  el que las cosas se ubican,  y el tiempo el marco en el que las mismas acontecen.

Precisamente porque la relatividad permite afirmar que el espacio tridimensional y vacío ni tiene realidad física ni sirve de marco a la misma, nos apercibimos de lo que supone la tesis meta-física de que la  geometría de Euclides sería una especie de pre-física,  es decir, sería disciplina de una  distancia sin perturbación que daría cobijo a las cosas físicas. Por añadidura, y  extendiendo el argumento en lo referente al tiempo, se ilumina entonces también  la discusión complementaria  sobre si tal marco sería   independiente del sujeto (Newton) o más bien está vinculado al mismo (Kant). En suma: sin la crisis que supuso la teoría de la relatividad no aprenderíamos en toda su acuidad  la enorme cuestión planteada por   la Crítica de la Razón Pura ( de la que por cierto Einstein tuvo pronta noticia,  introducido desde la adolescencia por Max Talmey, un joven universitario que frecuentaba su domicilio paterno en Munich) y hasta de alguna manera la verdadera significación de la teoría newtoniana de tiempo y espacio como Sensorium Dei, facultades sensibles del creador, previas en consecuencia para el gran físico teísta a la naturaleza, creada un día, y a fortiori previas al espíritu finito que el ser humano constituye.  

Con mayor razón cabe hablar de nueva oportunidad para la filosofía tratándose de las aporías cuánticas. Ciertos descubrimientos relativos al comportamiento de las partículas elementales parecían  poner en tela de juicio postulados implícitamente aceptados cada vez que para referirnos al entorno, sea vivo o inerte, utilizamos la palabra naturaleza. La naturaleza se mostraba reacia a conformarse a nuestras representaciones ancladas y, en consecuencia, de la práctica científica surgía "espontáneamente" (por utilizar la expresión de Manuel Sacristán) no aun la filosofía, pero sí el estupor, la aludida perplejidad, que da pie a la filosofía.

[Publicado el 27/5/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 51: el peso de los principios

Ya he señalado que los principios ontológicos, de los que en esta reflexión  he venido ocupándome, determinan algo más  que nuestro enfoque  cognoscitivo.  Hegel señalaba que la vida [humana] es el  empleo de las categorías o conceptos fundamentales cuyo despliegue sería el movimiento mismo de la razón. Pues bien, en lo referente a nuestro trato con el orden natural, algo aún más radical podría ser afirmado de los principios, no bastando decir que el hombre se vincula a la naturaleza armado de principios ontológicos. Pues no usamos los principios,  sino que nos plegamos a ellos, hasta el extremo quizás de confundirnos con los mismos. Manifestaciones de este plegarse son   tanto el esfuerzo por hacer inteligible el orden natural como la acuidad práctica para enfrentarse al mismo,  episteme  y techne en el sentido de técnica,  sea rudimental o sofisticada.

Menos seguro es que la techne en el sentido de lo que llamamos arte sea también   expresión de tal adecuarse. Pero desde luego en modo alguno se trata de una actividad de remisión a principios  la filosofía, que en el hecho mismo de reflexionarlos, de ponerlos sobre el tapete, da  testimonio de una voluntad de pensar aun al riesgo de hacerlo tras haber socavado lo que parecía  fundamento del pensar mismo; voluntad de   pensar  simplemente mientras se pueda.  Al filósofo, que se ocupa de lo que es por el hecho de ser, compete el tratar de principios tan firmes (luego tan intratables o moldeables) como el de no contradicción, es la respuesta de Aristóteles a la pregunta por él planteada: "¿Quien reflexionará sobre aquello que los matemáticos llaman axiomas?"

[Publicado el 20/5/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 50: Subversión en la noción de causa

¿Causa que no precede?

En la idea de causalidad arriba avanzada se considera que el evento B es un efecto del evento A cuando, además de tenerlo como antecesor se halla intrínsecamente vinculado al mismo. Esta concepción de la causalidad parece poco problemática  mientras consideramos acontecimientos temporalmente separados ( en el sentido expuesto de que el intervalo temporal que los separa es suficiente para que una entidad viajando a velocidad inferior a la luz cubra su distancia espacial), pues el orden de anterioridad- posterioridad de los mismos es un invariante de todos los referenciales galileanos, de tal manera que si  el  pitido  anunciador del paso del tren precede para el jefe de estación su propio gesto de alzar la bandera, esta precedencia se cumplirá también para el  maquinista.

Sin embargo al considerar acontecimientos separados espacialmente (es decir, tales que  ni la propia luz cubriría  su distancia en el tiempo que los separa) el asunto es menos claro. Supongamos que alguien asevera lo siguiente:

El acontecimiento A consistente en que   el fotón de la  izquierda  es ya flexionado (lo más tarde posible de su salida) hacia el polarizador posicionado en una dirección determinada, es causa del acontecimiento B consistente en la efectiva medición de la polarización a la derecha, y esta relación de causalidad se hace efectiva mediante el envío de un tachyon de un determinado tipo. [1]

Aquí nada se ha dicho de ordenación temporal y dado que el orden temporal entre A y B depende del referencial en el que se sitúa el observador, si consideramos el punto de vista de alguien para quien B viene antes que A diremos...que el efecto precede a la causa mientras que para otro observador es al revés. Cabiendo asimismo la posibilidad de que causa y efecto sean sencillamente simultáneos.

¿Barrido de la noción de causa?

En suma: la hipótesis del tachyon como forma de hacer inteligible experimentos como el de Aspect (y en general los casos de correlación entre entidades espacialmente separadas)  obliga, bien a liberar el concepto de causa de la idea de ordenación temporal, bien a referirse a fenómenos literalmente sin causa. Pues en el barrido de principios ontológicos y epistemológicos que las teorías físicas a las que me vengo refiriendo suponen, la causalidad convencional no tiene bula alguna y habrá que ir pensando en algún tipo de conexión que escapa  a la causalidad, sin por ello reducirse a  mera ordenación espacial (de consecución o de contigüidad),  sucesión temporal,  o similitud.

Si  la correlación cuántica no fuera  insertable en alguno de estos tipos de  lazo, archivados por Hume,  habrá simplemente que ir apuntando a alguna forma de intelección no contemplada   en la Enquiry concerning Human Understanding del  gran  pensador.

Tarea que a veces (paralelamente al proseguir de las investigaciones propias de su disciplina) se hallan hoy forzados a emprender los físicos, lo que les lleva a bordear  la disposición d espíritu que  caracteriza al filósofo, menos propenso como ya he dicho a proporcionar inteligibilidad a un dominio particular que a hurgar en los fundamentos mismos de la inteligibilidad y a preguntarse qué supone para el espíritu humano el que,  a la hora de enfrentarse al entorno natural y a sí mismo,  privilegie  el objetivo de la intelección.


[1]     En la hipótesis de que hay sólo dos direcciones de polarización en cada lado,  se supone que un tipo de tachyón será enviado en un caso y otro tipo en el otro (por ejemplo tachyón positivo o tachyon negativo): "for if the same type of tachyon is sent no matter how the polarizer is set, the  [other] photon will gain no useful information by its arrival" (o. c. p.71)

[Publicado el 13/5/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 49: A ambos lados del horizonte: alcance eternamente diferido

Las razones para sostener  que una entidad  clásica, digamos, no pueda alcanzar  la velocidad de la luz  son múltiples.  En conformidad a  la relatividad restringida, la masa de una partícula se multiplica por una magnitud  que es mayor que  la unidad y proporcional a su velocidad.   Este incremento de masa hace que  la energía necesaria para acelerarla sea también proporcional a la velocidad,  y cuándo ésta  se aproxima a la de la luz la energía tiende al infinito. De ahí que un electrón pueda ser acelerado hasta alcanzar "casí" la velocidad de la luz, pero que la superación de este "casi" sea  una promesa eternamente diferida. Carente de masa, el electrón no presenta este inconveniente relativo a la energía, pero esta ventaja es superflua porque nada aceleró al electrón: nació, como decía,  a la velocidad de la luz.

Téngase además  en cuenta que la velocidad de la luz es un invariante para todo sistema en movimiento, así que para un observador instalado en el seno del electrón ( o si se acepta la metáfora, para la inteligencia observadora del mismo electrón) el fotón que se desplaza en su misma dirección y sentido lo hace a la misma velocidad que lo hace para nosotros. De ahí que,  como indica magníficamente Tim Maudlin, alcanzar la velocidad de la luz sea para el electrón lo que sería para nosotros alcanzar el horizonte.

Cabe señalar que el tachyón, de darse, se encontraría en una situación inversa a la de las partículas del mundo "subluminar".  Según su velocidad se incrementara su masa iría reduciéndose,  y por el contrario aumentaría  cuando se     acercara al límite que la luz marca, de tal manera que deberíamos disponer de energía infinita para hacerle traspasar la   barrera.  Así pues también para el tachyón alcanzar la velocidad de la luz equivaldría a fundirse con el propio horizonte.

[Publicado el 08/5/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 48: de nuevo el fantasma de la causa inversa

La conjetura del mensajero tachyon.

 La hipótesis de una partícula susceptible de trascender la velocidad de la luz[1]  ha sido avanzada desde hace casi cincuenta años, y en múltiples ocasiones precisamente para intentar dar respuesta al rompecabezas que para la visión clásica de la naturaleza supone el teorema de Bell. Si el acontecimiento  que constituye la percepción por el fotón F1  de la disposición del polarizador a  la izquierda es comunicado a velocidad supraliminar al fotón F2, espacialmente separado (en el sentido técnico arriba enunciado) del primero, cabe pensar que (con antelación al inmediato encuentro con su propio  polarizador) el segundo adapta su comportamiento a la información así recibida.

La hipótesis parece ciertamente fantasiosa:  ¿qué es esto de que  un fotón envía al tachyon como si fuera un espía? Y aun admitiéndolo, ¿de que forma esta información tiene peso para determinar el comportamiento del que la recibe? ¿Es acaso el fotón  un sujeto con una suerte de libre albedrío? Estas y otras  objeciones de sentido común no han impedido que la candidatura del tachyon haya sido promovida...en razón de considerar que no hay postulante mejor. Y sin embargo el tachyon presenta múltiples flancos débiles. Uno de ellos es el siguiente:

Se supone que el acontecimiento A que ejerce una influencia en el acontecimiento B es precedente en el orden temporal. Ahora bien la teoría de la relatividad restringida ha demostrado que para los acontecimientos espacialmente separados el orden temporal depende del referencial. [2] Si en nuestro sistema de coordinación, A precede en pocos segundos a B, en el sistema de coordinación de una entidad que se desplaza a una velocidad suficiente   (coordinación en el interior de un tren que circula realmente a alta velocidad) es B quien precede a A. Así pues, si para nosotros A tiene el lógico efecto sobre algo que viene después, para el observador instalado en el referencial que se desplaza  A tiene un efecto sobre algo, a saber B, que aconteció en el pasado.

De superar la separación espacial a actuar sobre el pasado. 

A estas alturas esto ya no debería siquiera resultar sorprendente. ¿No estamos hablando de superar distancias espaciales que, en un tiempo dado, parecían infranqueables para la propia luz? Un fotón no puede ni trascender la separación  espacial ni invertir el orden de precedencia temporal,   pero un tachyon, precisamente porque es capaz de  lo primero  lo es también  de lo segundo.   Sin embargo hay razones físicas para excluir la hipótesis, a saber que el tachyón que viajara en el pasado tendría entonces energía negativa, lo cual acarrearía  indeseables desequilibrios para el sistema en el que el tachyón opera.

Para evitar hablar de efecto sobre el pasado  existe un principio llamado de reinterpretación   que  invierte el sentido [3] de la partícula  "supraluminar", de tal modo que  B es entonces el emisor y A el receptor. No hay sin embargo mucha seguridad de que el expediente arregle las cosas y ello por esta simple razón: necesitábamos explicar una correlación consistente en que   dirigir el fotón   F1   hacia una u otra inclinación del polarizador   influencia el acontecimiento que constituye el encuentro de  F2, con su propio polarizador, no la inversa. Se han avanzado asimismo argumentos para superar esta objeción, los cuales a su vez han sido contestados. Pero no entraré, o al menos no por el momento, en esta casuística, no menos sutil que la -ya aquí considerada- surgida en  torno a la conjetura de Luis de Molina sobre la intervención en el pasado que supondría la incidencia de nuestra voluntad -de salvarnos o no-  en lo determinado de  una vez para siempre por el Señor.



[1]     El físico americano Gerald Feinberg fue pionero en introducir la hipótesis de los tachyones; "Possibility of Faster.-Than- Light Particles. Physical Review 159 1089-1105 (1967). 

[2]     Tal no es el caso de los acontecimientos que están temporalmente separados, pues la inclinación de los planos  de simultaneidad nunca alcanzan el cono de luz.

[3]     Con mayor precisión: reinterpreta el vector momento del tachyón en relación a las velocidades instantáneas  relativas a los tres componentes espaciales y al componente temporal, los diferenciales de todos ellos divididos por el diferencial del llamado tiempo propio

[Publicado el 06/5/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 47: la hipotética partícula que abriría el camino a la causalidad inversa.

Cómo garantizar que no hay influencia clásica.

Empecemos por refrescar algunos extremos ya avanzados:

Sean dos acontecimientos espacio temporales A, B.  Si  el intervalo temporal que va de la aparición de A a la aparición de B no es suficiente para que  la luz  cubra la distancia entre ambos, diremos que  estos acontecimientos se hallan espacialmente separados.  Así, si A ocurre a la hora cero y B un segundo más tarde y a 600000 kilómetros, un mensaje enviado por A, incluso a la velocidad de la luz, no llegaría a tiempo de determinar en modo alguno el acontecimiento  B.

 Si el intervalo que va de la aparición de A a la aparición de  B permite que una partícula  que se mueve a velocidad inferior a la de la luz cubra la distancia espacial que les separa, diremos que los  acontecimientos A y B se hallan temporalmente separados. Así, si A acontece a la hora cero y B un segundo más tarde a 150000 kilómetros, un electrón acelerado hasta  el cincuenta por ciento de la velocidad de la luz  llegaría justo a tiempo de determinar de alguna manera las características de B.

En fin,  si en el intervalo temporal que va del acontecimiento A al acontecimiento B,  la luz, y sólo la luz, cubriría exactamente  la distancia espacial entre ambos, diremos que  A y B se hallan separados por la luz. Así, si A acontece a la hora cero y B un segundo más tarde a 300000 kilómetros,  un fotón enviado desde A a B  llegaría justo a tiempo de determinar de alguna manera las características de B.

El problema se plantea con los acontecimientos espacialmente separados. Consideremos el caso de una distancia de 600000 kilómetros. Supongamos que tenemos razones de  sospechar  que  el acontecer de A (por ejemplo el hecho de medir la polarización de un fotón) tiene un efecto sobre las características de B. Para explicar esta influencia no cabe recurrir a la hipótesis de que desde A se ha enviado una partícula, por ejemplo contenedora de un mensaje encubierto, dado que  incluso un fotón (partícula por así decirlo nacida a la velocidad de la luz) llegaría  demasiado tarde.

Distancia espacial grande e intervalo temporal reducido hasta prácticamente la  simultaneidad: tal es la garantía de que entre un lado y el otro no hay influencia posible.  Ahora bien, la física cuántica tiene algo más que sospechas  para considerar  que, en determinadas circunstancias, esta influencia se ejerce: por un lado  tal influencia es concordante con sus propias previsiones; por otro lado  la constata experimentalmente. Mas, ¿cómo explicar el asunto? ¿como dar cuenta de este sorprendente lazo entre partículas que la distancia espacial debería proteger de toda influencia mutua?

 Una hipótesis sería la siguiente: A no ha influido en B mediante una partícula conocida que sólo puede desplazarse a velocidad igual o inferior a la luz, sino mediante una partícula que se trasladaría a velocidad superior a la de la luz y que respondiendo al significado de la palabra griega tachus, recibiría el nombre de tachyon.

[Publicado el 29/4/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 46: la causa y el tiempo

El futuro del otro.

En el uso convencional del término, causa se vincula a tiempo y concretamente a precedencia en el tiempo. Obviamente esta última no basta para hablar de causa pero sí se presenta  como condición, no pareciendo concebible que el efecto pueda preceder a la causa y ni siquiera ser simultáneo  a la misma. Cuando además de tenerlo como antecesor, el acontecimiento B se halla intrínsecamente vinculado con el acontecimiento A, se considera que B es un efecto de A.  De tal manera que, cabe decir,  B es el futuro  de otro, de hecho el futuro del correlacionado, el futuro de A. Futuro sin duda frustrado cuando por alguna razón B no llega a hacerse efectivo.

Repulsa y atracción de la idea de inversión del orden causa-efecto.

La idea de una intervención sobre el pasado (que trasluce tras el tema de Luis Molina  evocado en la columna anterior) no  dejó nunca de estar presente, al menos como fantasma. Prueba de ello son los esfuerzos mismos de los grandes del pensamiento filosófico para no darle entrada. Si en Kant la posibilidad  queda excluida por la estructura misma del tiempo absoluto, al que sería inherente  la nota  de irreversibilidad, también Hume (contrapunto explícito de Kant  en la Crítica de la Razón Pura) da por sentado que la precedencia de la causa sobre el efecto es un principio rector del funcionamiento de nuestro espíritu. No será la teoría de la relatividad restringida la que aporte novedad, y las tentativas de algún filósofo del siglo XX  por argumentar en sentido contrario, han sido siempre puntualmente rebatidas. La auténtica novedad  vendría una vez más de la filosofía natural que está en acto surgiendo de la física contemporánea,[1] y en parte de las discusiones en relación al teorema de Bell y a experimentos como los de Alain Aspect o  Anton Zeilinger que aquí se han venido sintetizando.  La idea de que el pasado no es libre de ser perturbado por el presente está, en concreto, vinculada a algunas de las hipótesis barajadas  para dar salida al problema  filosófico que supone la constatación de influencia entre  partículas no explicable en el marco de los postulados ontológicos hasta ahora  invariantes, es decir, comunes a las múltiples concepciones del orden natural, por opuestas e incluso contradictorias que puedan ser entre sí.



[1]     Aprovecho para recordar que sigue siendo muy util la división por Hume de la filosofía en filosofía natural y filosofía de la naturaleza humana, aunque ciertamente el conenido interno a cada división no coincidiría hoy con el de Hume. Concretamente un  Tratado de la naturaleza humana debería dar tanto peso al problema de lo que designamos por "estética"  como al problema de la moral, es decir al temario de las kantianas Crítica de la Razón Práctica y Crítica de la Facultad de Juzgar.

[Publicado el 24/4/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 45: El fantasma de la causalidad inversa

Las tribulaciones de Luis de Molina.

En 1589 se publica la Concordia liberi arbitrii cum gratia donis (Concordia del libre arbitrio con los dones de la gracia) del jesuita Luis de Molina, que  (además de importunar a calvinistas y luteranos) fue inmediatamente objeto de crítica  por parte de  dominicos y representantes de otras órdenes, hasta el punto que en el papa Clemente VIII  tuvo que mediar dos veces en la disputa.

 ¿Que había pues de singular en las tesis de este filósofo, nacido en Cuenca y enviado por la Orden como estudiante de filosofía  a Coimbra, de cuya universidad llegó a ser profesor, tras haber seguido quizás las clases del entonces célebre Fonseca? Pues simplemente que Molina abordaba con gran originalidad un problema que  recubre una interrogación esencial de la condición humana, a la cual se da en general respuesta negativa. El andamiaje  escolástico del asunto era la doctrina de la predestinación que a muchos parecía incompatible con la no menos canónica doctrina del libre arbitrio. Pues si estábamos pre-destinados para el mal o para el bien ¿como es posible que se nos atribuya responsabilidad alguna?

Intervenir sobre la concatenación que trajo el mal 

Tesis escolástica comúnmente aceptada era que, a diferencia de la nuestra, la inteligencia de Dios es susceptible de conocer exhaustivamente el futuro, y  en consecuencia Dios sabía de toda eternidad si cometeríamos o no actos contrarios a su voluntad. Pero Molina    pone el énfasis en nuestro libre arbitrio y  en el uso que cabe hacer  del mismo, bien  un  uso pasivo y estéril frente a la secuencia que nos llevó al mal, bien un uso fértil y creativo. Si nuestra libertad es sabiamente utilizada, por pecadores que aun seamos, demandaremos  la gracia, implorando  que aquello que nos condujo al pecado no haya tenido lugar. Gracia  que al sernos acordada (la sinceridad de la petición sería criterio suficiente para el don) supone  intervención humana sobre el pasado, aunque no directamente sino Dios mediante...la verdad de la petición de gracia desencadena la intervención del Hacedor.

Cabría objetar que Dios  previó también si haríamos uso bueno o malo y deseó que así fuera, con lo cual habría un círculo... En cualquier caso esta concordia entre la gracia y el libre arbitrio, que da título a la obra,  no se hizo extensiva a los protagonistas de la discusión, y el mismo Papa exigió silencio,  acabando por suprimir la Congregación creada ad hoc para decidir sobre el asunto.

Pero limitar el problema  a la diatriba en el seno de la iglesia sería algo así como juzgar el valor de las obras de Zurbarán o Roger van der Weyden por la mayor o menor fidelidad de la  iconografía religiosa de estos artistas con la interpretación canónica del  Gólgota o de los Hechos de los Apostoles.    

La tentativa de resolver el conflicto entre el  postulado de  la predestinación y la confianza en la gracia, fue oportunidad para Molina  de intentar conciliar la idea de determinismo exhaustivo (por el cual  lo que acontece con posterioridad es meramente el futuro de lo precedente) y capacidad de intervenir de alguna manera en esa secuencia, incluso remontándose al origen. Veremos que el asunto tiene más de un lazo con los temas que son objeto de estas reflexiones metafísicas sustentadas en el pensar contemporáneo.

[Publicado el 22/4/2014 a las 15:00]

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Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

  
 
 
 
 
 

Enlaces

Información sobre el Congreso Internacional de Ontología.

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