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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 2 de marzo de 2015

 Blog de Víctor Gómez Pin

Asuntos Metafísicos 87: el precio de la identidad (2): razón de que la diferencia sea desigualdad.

Las líneas de Hegel con las que cerraba la columna anterior se incluyen en este párrfo

"La representación considera los momentos de la igualdad y la desigualdad como independientes entre sí, de modo que pueda bastar, para la determinación, uno sin el otro, es decir la pura igualdad de las cosas sin la desigualdad; o sea, considera que las cosas son diferentes aun cuando ellas sean múltiples sólo bajo el aspecto numérico, es decir, diversas en general, no desiguales" (Hegel, Ciencia de la Lógica. Doctrina de la Esencia traducción de Rodolfo Mondolfo, Solar- Hechette, Buenos Aires  citada p.371)

Hegel nos indica que este modo de pensar es propio de la representación. Y ¿qué es la representación? En la atmósfera hegeliana representar es casi lo contrario que pensar.    

La actividad del  pensar prioriza la diferencia luego la relación, establece diferencias allí dónde de lo contrario tendríamos una homogeneidad estéril. Por ende, si las cosas estuvieran sometidas al pensamiento no cabría suponer que tienen  una identidad previa a las relaciones diferenciales que mantienen. La pasividad del representar no vincula por diferenciación sino por yuxtaposición. Si dos cosas se le presentan iguales las incorpora sin buscar  la diferencia. Obviamente la actividad del pensar es más fértil:

"Al contrario,  el principio de diversidad expresa que las cosas son diferentes por su desigualdad entre sí, esto es que a ellas les compete la determinación de la desigualdad tanto como la igualdad"( idem).

 Hegel hace aquí una suerte de tributo a Leibniz , pero la Ciencia de la Lógica,  es decir, lo que Hegel considera el movimiento propio de las ideas,  da un paso más. Ciertamente no hay dos cosas iguales; si hay dos,  hay desigualdad de rasgos. Pero ¿por qué es así ? ¿Por qué no hay uno igual a sí  sin dos desiguales?

Para Hegel no basta decir con Leibniz que si se dan dos entidades hay una diferencia esencial o constitutiva, una desigualdad  entre ellas.  Hay que decir porqué  es así.  Hegel exige lo que el llama una demostración y lo hace en un texto durísimo y oscuro como todos los textos del autor. Ahorro en todo caso al lector el camino de la exploración y transcribo tan sólo el resultado:  no cabe suponer que haya dos cosas mera o absolutamente iguales, por la razón simple de que la igualdad como tal se revela ser dentro de sí misma desigualdad.

Así pues,  lo que la demostración del principio de diversidad o principio de los indiscernibles exige es trascender la consideración de las cosas iguales para contemplar la categoría misma de igualdad  y entonces... "mostrar  su traspaso a la diversidad determinada, es decir a la desigualdad. .

Al que crea poder constatar que se dan dos cosas in- diferentes o iguales, se le objetará lo siguiente: dado que la igualdad misma muda necesariamente en desigualdad, tales cosas iguales serían,  por la propia razón de serlo, desiguales.

Hay sin duda otras formas, digamos más cartesianas,  de intentar demostrar que la diferencia nunca es neutra, que la mera diversidad supone desigualdad de los diversos. Pero retengo aquí la de Hegel por un aspecto importante que comentaré en las siguientes columnas, a saber que la desigualdad hegeliana supondrá oposición y contradicción. Y en consecuencia: la identidad es diferencia, la diferencia es desigualdad, la desigualdad es oposición y la oposición contradicción.

[Publicado el 26/2/2015 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 86: el precio de la identidad (1): la identidad es diferencia y desigualdad

El diccionario de la Real Academia, ofrece  esta caracterización de los términos  Idéntico, Idéntica: "Dícese de lo que es lo mismo que otra cosa con que se compara".  Identidad es por su parte lo que tiene "cualidad de idéntico". Así pues hablar de identidad supone referirse a una pluralidad que comparte rasgos, una pluralidad puramente numérica; carece de sentido hablar de identidad sin comparación y en consecuencia sin referencia a otro; no hay identidad autista.

En relación a la identidad retomaba en estas columnas hace unos meses una pregunta filosófica clásica: ¿cabe realmente  una multiplicidad meramente numérica, es decir, sin notas diferenciales intrínsecas? Caben meramente hablar de dos si carecen de toda diferencia?

Remontándome a Aristóteles señalaba que al nivel de las especies la respuesta es negativa (pues referirse a especies supone precisamente considerar la diferencia cualitativa en el seno de un género) pero que la cosa es mucho más ambigua respecto a los individuos: las diferencias que nos permiten ver en  tal individuo aquí presente como representante de la especie chimpancé (mientras que  ese otro individuo, aquí presente asimismo, es representante de la especie bonobo) serían estables o   esenciales, mientras que las diferencias  mediante las cuales podemos distinguir al chimpancé x del chimpancé y, o  al individuo  Sócrates de  individuo  Calias,  serían puramente azarosas, accidentales, contingentes y fugitivas. De ahí la  tesis aristotélica de que no hay ciencia de los individuos,  que la ciencia  acaba  allí dónde conseguimos distinguir a una especie de otra especie.

De hecho estas diferencias entre dos individuos de una misma especie podrían anularse como en algún caso límite, como el de los auténticos  gemelos. Consideremos pues que efectivamente x e y son dos  gemelos que además van vestidos, peinados etcétera de la misma manera. ¿Qué hace que no los confundamos? Cabe decir que ello se debe a la multiplicidad cuantitativa de la especie en el seno del espacio y el tiempo. En el tiempo,  Sócrates ayer y Socrates hoy son dos, no uno; y si se trata de ahora,  Sócrates  aquí y su gemelo unos metros más allá. Esta contingencia de los rasgos diferenciales cualitativos cuando se trata   del individuo supone que, a la hora de referirse a éste, lo único importante es exactamente lo que la etimología dice: indiviso respecto a sí mismos y dividido respecto a todos los demás (por decirlo en términos de Francisco Suárez) es decir la definición misma de uno. Si hay individuos hay multiplicidad meramente cuantitativa, cabría entonces  decir respondiendo a la pregunta.

Pues bien, señalaba que el principio de los indiscernibles leibniziano venía a dar  al traste con esta concepción: lejos de admitir que la diversidad de posiciones en el espacio y el tiempo basta para distinguir a una realidad de otra, Leibniz nos invita a considerar la posibilidad de que sólo se den tiempo y espacio en razón de que las cosas de inmediato se distinguen por rasgos intrínsecos, de tal modo que sin relación diferencial intrínseca no cabría hablar de especies ni de individuos. Y citaba a Leibniz: "El principio de individualización se reduce en los individuos al principio de distinción del que hablaba. Si dos individuos fueran absolutamente similares e iguales y así (en una palabra) indistinguibles por sí mismos, no habría principio de individuación ; e incluso me atrevo a decir que en estas condiciones no habría distinción individual ni individuos diferentes"

Pero, ¿qué es una relación diferencial intrínseca? La respuesta inmediata es que se trata de una relación en la que hay desigualdad. No hay dos si el uno no es difiere por algo que le hace desigual respecto al otro. Obsérvese que desigualdad no quiere decir jerarquía, al menos de inmediato (un chimpancé y un bonobo son desiguales sin por ello tener relación de jerarquía), aunque veremos que la desigualdad misma acabará generando algo que conlleva esa desigualdad jerárquica. Introduzco ahora la reflexión al respecto de uno de los autores más difíciles de seguir, el Hegel de la Ciencia de la Lógica. Hegel combate la concepción según la cual  "las cosas son diferentes aun cuando ellas sean múltiples sólo bajo el aspecto numérico, es decir, diversas en general, no desiguales, combate aquello que en otro momento de su reflexión calificará de "ternura común por las cosas"

[Publicado el 19/2/2015 a las 14:30]

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Asuntos Metafísicos 85: En qué difiere la nueva metafísica

Desde su arranque, concebida en términos cualitativos por los jónicos, matematizada por los pitagóricos, des-matematizada por Aristóteles, y vuelta a matematizar por Galileo, la física siguió su camino seleccionando aquellas de las hipótesis que mayormente daban cuenta de la naturaleza y excluyendo las que no lo hacían. Y aunque tuviera matriz en la física,  la filosofía forjó su vía propia explorando la relación del sujeto con esa naturaleza de la que se ocupaba el físico e incluso hurgando en lo que concierne al mismo con independencia de la naturaleza. Si se quiere: la física encuentra paradigma  en los Principios de Newton y la filosofía en la Crítica de la Razón Pura de Kant. La física iba  avanzando  y la filosofía iba dando vueltas, inevitables vueltas de ser cierto como Hegel afirmaba que desde siempre ha habido "una  única filosofía".

¿Han convergido ambos caminos? No exactamente. Lo que ha ocurrido es que la física, con independencia de lo que iba haciendo la filosofía, se encuentra de nuevo en ésta. La  física desemboca en  la filosofía por así decirlo ingenuamente. Y lo hace  incluso con mayor radicalidad que en la prodigiosa época jónica. Pues a la disparidad de conjeturas se añade ahora lo siguiente: hay razones para poner en tela de juicio los pilares mismos sobre los cuales se edificaban  conjeturas.

Pues para el jónico, ya se vieran los cimientos de la naturaleza en el aire o en el agua,  las manifestaciones de la necesidad natural siguen inevitablemente pautas, o al menos el intelecto no puede comprender que no las sigan. No puede entenderlo porque simplemente el acto de intelección lleva implícito esta sumisión a pautas. Y estoy de nuevo en la cuestión de los principios. El físico griego da el salto a la metafísica al interrogarse si no es el propio intelecto quien  fragua los entresijos de la necesidad. El meta-físico del siglo XX extiende la interrogación a los principios mismos que permitían formularla.

[Publicado el 12/2/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísicos 84: Cuando la necesidad es reflexionada.

Como ser natural el hombre ni obedece ni desobedece a la necesidad; simplemente  sigue el cauce por el que esta transcurre. La primera distancia respecto a la necesidad viene precisamente tras el reconocimiento de la misma y exploración de sus ramificaciones. El pensador jónico que empieza siendo estrictamente lo que hoy llamamos un físico, da un paso gigantesco cuando sencillamente se pregunta por aquello mismo que está haciendo, se pregunta por el lazo entre la necesidad que explora y el hecho de que  está explorándola. El inicio de la interrogación se encuentra en la constatación de que hay más de una conjetura  razonable. Todo empieza por un momento  de duda,  en absoluto sobre la necesidad, sino sobre el discurso que intenta reflejarla: la necesidad es agua, o bien,  la necesidad es aire.

El paso ulterior es inevitable. ¿Quién avanza ahora que se trata de agua, y ahora que se trata de aire? No es cuestión de dos sujetos que se pelean en razón de intereses o que difieren en la percepción de sus sentidos (como el enfermo de ictericia difiere de los demás en su percepción de la miel como amarga). Es cuestión del intelecto mismo, que tiene honradas razones para afirmar  una cosa y para afirmar la otra.

Veinticinco siglos más tarde el intelecto vuelve a dudar y vuelve a hacerlo exactamente en idénticas condiciones, es decir, ante la physis y terco en la tarea de explorar sus entresijos. Pues resulta que el intelecto tiene ahora razones para sostener  que la luz es un conjunto discreto, y en otro ahora razones para sostener que la luz es un continuo ondulatorio. El intelecto no duda ni de su propia honradez ni de la necesidad natural. El intelecto duda de que la necesidad tenga una sola cara, y ello le conducirá a dudar de que  la misma sea absolutamente separable de las intervenciones que el intelecto mismo realiza. Entiéndase bien: no se trata de que la necesidad sea superada por el intelecto, de que éste pueda, por así decirlo, hacer milagros. Se trata de que el intelecto forma parte de la necesidad, de que no hay quizás necesidad sin intelecto.

Estas razones para aventurar que en el seno de la necesidad natural está también el propio intelecto surgen como consecuencia de la física de los pensadores jónicos y surgen de nuevo como consecuencia de la física del siglo XX. Lo de menos son las manifestaciones bajo las cuales está imposibilidad de evacuación del sujeto se manifiesta hoy en día, llegando algunas de  ellas incluso literalmente a popularizarse. (así el llamado principio de incertidumbre). Lo importante es el hecho mismo que de nuevo la propia reflexión sobre la physis conduce a la metafísica.

Y aquí  una pregunta elemental: si los pensadores griegos ya se enfrentaron a la cuestión del sujeto y lo hicieron como resultado de sus propia exploración de la naturaleza, ¿qué añade el hecho de que tal cosa ocurra en el siglo XX? ¿en qué se diferencian realmente ambos momentos? ¿En qué digiere la metafísica que arrancó hace un siglo a partir de las aporías mismas de la física y la que constituye con los jónicos el arranque de la filosofía?

[Publicado el 05/2/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísicos 83: Necesidad natural

En un prólogo a su novela  Los trabajadores del mar, Víctor Hugo se  refiere a la penuria que para  la condición humana  supone el hallarse acotado en primer lugar por sus propios prejuicios, en segundo lugar por las leyes de organización social y en tercer lugar, por lo que él denomina las cosas, es decir, el entorno físico o  necesidad natural. Los protagonistas de la narración  son marinos de la isla anglo normanda de Guernesey, en la que se hallaba exiliado, y el escritor toma como punto de arranque la tercera de estas constricciones, la necesidad natural, concretizada en el combate del hombre para quien el océano es el horizonte de vida.

El libro lleva una bella dedicatoria a la propia  isla que le acogió, la cual hará  quizás evocar  La Terra Trema,  aquella maravillosa parábola sobre el destino humano en un pueblo marinero de Catania, filmada por un Luchino Visconti cuya visión solidaria y conmovida del Mezzogiorno italiano se hallaba en las antípodas de los prejuicios hoy alimentados  por los sórdidos manipuladores de la Lega Norte: "Dedico este libro a la roca de hospitalidad y libertad, a este rincón de antigua tierra normanda habitada por noble y modesta gente del mar, a la isla de Guernesey, severa y amable, mi refugio actual, mi tumba probable"

                                                           ***

En estas notas, he venido  defendiendo la tesis de que la metafísica, lejos de constituir una figura pasada o declinante, tiene precisamente en nuestro tiempo la ocasión de un verdadero renacer. La idea de base es que en el  arranque  del siglo XX la física  sitúa a sus protagonistas en posición que guarda analogías con la de los fisiócratas  jónicos del siglo VI a. C. Ya he señalado que la singularidad jónica no radica en lo más o menos elevado de su conocimiento de la naturaleza. Tales  de Mileto se nutre del  saber  de las civilizaciones del entorno, y el eclipse que se le atribuye hubiera podido ser previsto con igual o mayor acuidad por un astrónomo babilónico o egipcio. La diferencia no reside tanto en el grado de conocimiento técnico, como en la manera de considerar  aquello de lo que se tiene tal conocimiento.

Los jónicos saben que la naturaleza es  necesidad. Intencionalmente evito expresiones como la naturaleza " responde a una necesidad", que podría dar a entender que la necesidad es exterior a la naturaleza, que ésta obedece a la misma, pudiendo eventualmente no haberlo hecho.  La naturaleza  es para el jónico algo tan concomitante con la necesidad, que  conocer la primera no es otra cosa que reflejar el entramado de la segunda. Los jónicos se ocupan de lo que determina todo acontecer, y por ello con los jónicos se inicia la física en la que, como es sabido, las conjeturas serán baremadas  por el grado de adecuación a esta  implacabilidad.

Lo implacable de la necesidad natural no significa que el hombre no pueda modificar la secuencia de lo que acontece. La técnica consiste precisamente en esta potencialidad de intervención. Pero la técnica no hace sino actualizar una de las potencialidades de la necesidad, la técnica no intervine a la manera de los dioses, la técnica no lleva a cabo más que aquello que la necesidad posibilita. Por eso precisamente los protagonistas del relato de Victor Hugo a los que arriba me refería, confrontados a la tarea de recuperar la maquinaria de un barco encallado,  son presentados por el escritor como paradigma de la limitación por la necesidad.

Traía a colación el texto de Victor Hugo para recordar que  esta necesidad ha de ser distinguida de la ley (nomos), la cual  determina el tipo de constricción que se fragua en la sociedad humana.   No hay ciertamente  ciudad (polis)  sin ley  ( nomos), habrá como mucho una ciudad con una ley amenazada o desquebrajada, pero mientras haya un rescoldo de organización humana la  ley está presente. La ley que no tiene nada de natural,  no es menos constringente que la necesidad. La ley es a la ciudad como la necesidad es a la naturaleza, pero una y otra han de ser perfectamente diferenciadas, aunque no es tarea del físico focalizarse en esta  diferencia. El físico explora la necesidad, nunca esa cosa de los hombres que es la ley. Ello en  todo caso mientras permanezca físico, y salvo  que su misma práctica le conduzca  a dar un radical paso. 

[Publicado el 29/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísicos 82: Tras la ciencia...Humanismo filosófico

Entre los pensadores griegos, algunos privilegiaron el testimonio  de  los sentidos  a la hora de buscar un fundamento a la diversidad natural (fuego, agua...) y  otros, por el contrario, consideraron como realidad física última lo que los sentidos no podían percibir (átomos, figuras geométricas puramente ideales). Un tiempo incluso pudo pasar desapercibido el hecho de que en este segundo caso el único testigo de que había una realidad primordial era precisamente el intelecto. Pero el problema sin embargo acabó por estallar: surgió un combate entre los sentidos y el intelecto, reflejado en un célebre fragmento atribuido por Galeno a Demócrito:

"Por mera convención nos referimos al color, y también por convención hablamos de  lo dulce, por convención asimismo nos referimos a  lo amargo; en realidad sólo hay átomos y vacío" aserta el intelecto. Mas al escuchar  tal cosa los sentidos (aistheseis) responden al intelecto: "Pobre intelecto, pretendes vencernos a nosotros que somos las fuentes de tus evidencias. Tu victoria será tu derrota" (Diels B 125). 

De hecho el intelecto podría responder: Incluso el que  afirma que aquello a lo que todo se reduce es algo perceptible, como  el agua o el aire, está haciendo que legisle el intelecto. Pues los sentidos perciben el agua pero no perciben que todo sea agua.   Y lo mismo ocurre cuando, gracias al discurrir del intelecto,  se erige en verdad científica  que el  planeta  Tierra gira en torno al Sol. A lo cual los sentidos podrían ciertamente responder  que   no hubiéramos razonado al respecto sin la percepción sensible, para la cual es el sol  el que se desplaza...

¿Es este debate sobre el intelecto y los sentidos  un debate científico? Lo único seguro es que se trata de un debate concomitante a la ciencia, un debate que no se hubiera dado fuera de la disposición de espíritu que conduce a la ciencia, encarnada por los físicos jónicos. Y en ello difiere radicalmente de las consideraciones sobre el alma humana que surgen en otros contextos. Pero la ciencia no plantea este debate, la ciencia ha tomado partido aun in saberlo, ha  priorizado el intelecto.  Darse cuenta de que es así y focalizar sobre tal asunto la atención ya no es cosa de la ciencia sino precisamente apertura a la filosofía.

Y no se trata tanto  de un debate entre "realismo" e "idealismo" (ambas partes reivindican lo suyo como real y acusan a la otra parte  de vivir entre fantasmas), salvo si por real se entiende  lo que daría soporte a todo lo demás, lo que es condición del resto sin que la recíproca sea cierta, y en suma: lo incondicionado.  Para el atomista tal estatuto ha de ser otorgado al vacío y los átomos. Pero estos candidatos sólo están representados por el intelecto, de tal manera que, en última instancia, lo  incondicionado sería el intelecto mismo, es decir, una facultad específica del hombre. Y como acabo de indicar escapan  de hecho a tal conclusión los que afirman como   incondicionado algo material como el agua. La única manera de evitar el poner al intelecto en el centro sería dejar de hacer ciencia, dejar de hacer lo que hicieron, Tales, Anaximandro, Anaxímenes...O bien hacer ciencia y no preguntarse por lo que has hecho, no dar el paso a la filosofía.

¿Quiero ello decir que si retornamos a la mera confianza en los sentidos, evacuaríamos al intelecto y con él al hombre? En absoluto. El enfermo de ictericia, a quien la miel sabe amarga, posibilitará que surja  la interrogación filosófica y ésta, por un camino diferente conducirá de nuevo al hombre. Pues si la miel es dulce para uno y amarga al otro, pero nos negamos a que el intelecto legisle respecto a qué es la miel en sí... sólo vale la mera subjetividad. Mas entonces entra en juego   la conocida sentencia de Protágoras según la cual todas las cosas tienen en el hombre el patrón de medida (Pánton xremáton métron èstin ántropos... DK 8ob1)  La sentencia precisa que se trata tanto de medida "de las cosas que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son".

Muchas son las interpretaciones que se han dado de la frase  y no todas van en el sentido del relativismo subjetivista. Aquí mismo he aludido a una posible    interpretación fuerte según la cual  el ser humano constituiría la condición de que las cosas tengan no sólo  una significación y un peso en una escala de valores, sino incluso una determinación precisa.  Pero en cualquier caso estaríamos también debatiendo sobre la centralidad del ser humano.

Los  asuntos del ser humano  también ocuparon a los llamados fisiócratas, y que eran de hecho  los que reflexionaban sobre la naturaleza, o sea, los físicos de la Antigüedad. Algunos de sus sucesores dejaron ya de ocuparse de la primera parte, dejaron de ser físicos. Entre unos y otros alimentaron un debate que, emulando a Platón, puede calificarse como "lucha de gigantes en torno al ser".  En tal combate sigue hoy la filosofía en ocasiones brotando asimismo de la física,  del trabajo de  los físicos, los nuevos Tales, Anaximandro, Anaxímenes ...

Cuando la reflexión sobre el hombre no es paralela al conocimiento de la naturaleza, sino que surge precisamente de ésta, cuando la  exigencia misma  de determinar la physis  conduce a tomar muy en serio la hipótesis de la irreductibilidad del hombre a una especie natural entre otras especies naturales, entonces el humanismo es filosófico. Diferencia radical respecto a las actitudes en las que la consideración de la trascendencia del hombre procede de una pulsión del espíritu directamente opuesta al acto de conocer.

Ciertas mentes positivistas han reprochado siempre a la filosofía una suerte de caída en la tentación de absoluto que la haría sospechosa a los ojos del ascético  rigor de la ciencia. Lo más curioso es que esas mismas mentes  nada tienen que objetar a la promesa de absoluto cuando se presenta desnuda. Una sería la causa de la verdad científica y otra la causa de la verdad religiosa. La  filosofía, meramente, se niega a esta dicotomía; la filosofía  busca en la razón misma la confianza en que las vicisitudes de la vida empírica no agotan la cosa cuando del hombre se trata. 

[Publicado el 22/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísico 81: El renacer ingenuo de la Metafísica.

He evocado ya aquí al personaje de Borges en El Hacedor que, guiado por la voluntad de tener una representación global del mundo, va  forjando imágenes de regiones, valles,  montañas, barcos, islas, instrumentos de conocimiento, estrellas o galaxias, para finalmente, cercana ya la hora de la muerte, descubrir que el laberinto  de rasgos que ha venido forjando sólo designa la imagen de su  rostro.

El intelecto avanza hipótesis sobre lo grande y sobre lo diminuto, sobre los astros y sobre lo que se encubre tras la forma de la carne o la forma de la piedra, y lo hace buscando una verdad que creía trascenderle. La ciencia ha de creer que en el hecho de conocer el intelecto  no altera lo conocido; la filosofía surge como sospecha de que en realidad lo que el intelecto hace es forjar lo conocido. Pero resulta que en los albores del siglo XX la propia ciencia es conducida a hacer suya esta sospecha: sospecha de la  imposible pureza de la naturaleza para el hombre; sospecha de que su contemplación de la misma se haya siempre mediatizada, no sólo por conceptos generales sino por   principios ordenadores de tales conceptos.

 Cuando  la mecánica cuántica  desarrolla sus tesis de base, obviamente la filosofía ya existe. Pero la novedad es que, a partir de las aporías de la mecánica cuántica, la filosofía parece  surgir de nuevo con independencia de tal existencia, pues los físicos  se hacen metafísicos eventualmente en la ignorancia de la metafísica existente.

Ciertamente los interrogantes que esos nuevos metafísicos avanzan estaban ya  planteadas por Kant y tantos otros, pero no es lo mismo recogerlos como una tradición, descubrirlos  en la escolástica textual (tan admirable por otra parte), que verlos surgir en uno mismo  y dejarse llevar por el caudal que trazan, como un  niño rehace la vida entera  del lenguaje  en el mero hecho de echarse a hablar. El lenguaje ya estaba ahí cuando el niño es introducido en el lenguaje, pero no obstante el niño empieza a hablar siempre por el principio.  En los albores del siglo XX la metafísica asistía a un  renacer,  y no es un azar si en ese renacer uno de sus  mayores protagonistas (Schrödinger) vuelve la mirada a Jonia.

Pues  en la trasformación  que supuso  para la ciencia misma dar el paso  a la filosofía, en el hecho de  que ciertos pensadores  pasaran  de contar entre  los primeros científicos a contar  asimismo entre  los primeros  filósofos, reside lo radicalmente novedoso de lo que acontece en Jonia, Tracia y la Italia meridional en la prodigiosa centuria que precede a la  formación de la Academia platónica.

[Publicado el 15/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísicos 80: ¿Qué etapa del saber es la Filosofía?

Es usual considerar a la manera del filósofo positivista Comte que la ciencia sería la etapa final en la evolución del espíritu humano, con  peldaño precedente en la filosofía, la cual a su vez supondría el haber superado  una etapa marcada por el imaginario teísta.  Es la célebre doctrina de los tres estadios. En el primero, tildado de ficticioteológico se representan los fenómenos como producidos por la voluntad dominante de agentes sobrenaturales como Poseidón o Zeus. En el segundo estadio, que Comte califica de metafísico, los agentes anteriores serían sustituídos por abstracciones como las ideas platónicas, que por participación engendrarían las cosas físicas,  o un alma subsistente  que daría cuenta del comportamiento  humano y eventualmente animal. Sólo en el tercer estadio, designado por  Comte como positivo o científico, el hombre renunciaría a  ambiciones como la de dar un sentido a la aparición el universo o  atribuirle una causa final. Limitándose a establecer leyes naturales a partir de las relaciones de similitud  y sucesión, el hombre habría por así decirlo entrado en una etapa asentada y madura, algo así como quien deja atrás las ilusiones de la adolescencia.

Pues bien, de alguna manera la consideración de lo que ocurre en las ciudades Jónicas y en los lugares a los que se extiende el pensamiento allí desarrollado,  invierte la jerarquía entre la segunda y la tercera etapa. Ciertamente no se puede comparar la ciencia helena con la ciencia que Auguste Comte tiene en la cabeza. Las conjeturas  de  Tales, Anaximandro, Anaxímenes  o Pitágoras  están cargadas de elementos representativos en los que la imaginación juega un gran papel, pero lo esencial de la ciencia, la disposición de espíritu que caracteriza al científico, está ya presente. Y  sólo como resultado de las interrogaciones a las que este mismo espíritu se ve abocado, surgirá la filosofía. En suma, lejos de que  la ciencia suponga una superación de la filosofía, cabe decir que  surge la filosofía como una suerte de corolario de la ciencia, o por mejor decir, un corolario de las aporías a las que se ve abocada la propia ciencia. En nuestro tiempo esto se repite, la metafísica renace a partir de la física.

[Publicado el 08/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 79. Viraje hacia la filosofía (4): “Lucha de gigantes en torno a la entidad”

Síntesis

Resumo de nuevo lo que precede: Retornar a la atmósfera jónica en la que la convicción sobre el carácter inteligible del mundo se adueñó de los espíritus sería  tarea irrenunciable, no sólo para la filosofía sino también para la física. Pues se trataría  del retorno a una reflexión que no podría  ser catalogada ni como científica  ni como filosófica, y ello porque tal división sólo habría tenido lugar más tarde, y como resultado de un viraje en el seno mismo de la problemática que abre para nosotros el pensamiento jónico. Y citaba un texto en el que el gran Erwin Schrödinger parece reconocerse y deleitarse en ese horizonte previo a la división entre las tareas del espíritu.

Son muchos los pensadores que en el siglo XX han sentido nostalgia de esta Jonia arcaica y ello, entre otras razones, por considerar que, por dispares que sean, los problemas que abordan las diferentes disciplinas  tienen una matriz común y en consecuencia una relación intrínseca, por lo cual  la toma de partido respecto a uno de ellos afecta también a los demás. Esta es una de las razones que moverían  a retornar al  periodo álgido del pensamiento de los Tales de Mileto (585 a. C. aproximadamente),  Anaximandro,  (hacia 565) Anaxímenes (545)...

En estos pensadores, que podrían  ser considerados tanto los primeros científicos  racionalistas como los primeros filósofos, se habría fraguado no sólo la idea de que  la naturaleza es susceptible de ser comprendida, sino  también  la más singular todavía de que tal comprensión es neutra, es decir: la  persona  comprende  sin perturbar lo comprendido, sin involucrarse en ello, lo cual es la primera condición de que quepa hablar de conocimiento objetivo. Y  aquí hay un punto que permite la inflexión, el viraje de una problemática que podría ser considerada meramente científica a una problemática que, vinculada a la ciencia, permitiría in embargo hablar ya de filosofía. Me limitaré por hoy a señalar un aspecto:

Viraje hacia la filosofía

Si  en el acto de conocer el sujeto introdujera una perturbación en  lo conocido, perdería nitidez la diferencia  misma entre sujeto y objeto. Tenemos aquí el origen mismo  de una polaridad tan arraigada que ni siquiera (en nuestro ordinario discurrir) la reflexionamos. Cabe seguir en esta ausencia de reflexión,  seguir considerando como obviedad que el objeto no es perturbado por el conocimiento y así posibilitar la clara distinción entre sujeto y objeto, de manera concreta mantener la diferencia entre la naturaleza entorno y la singular entidad que constituye el ser que conoce, sentando así las bases de la actitud que caracteriza al físico, movido ("si se me pone contra la pared" dice John Bell en un texto ya en estas columna citado) a afirmar  la  existencia de una  naturaleza independiente, aun en los casos en que su propio trabajo obliga a considerar (al menos considerar) la hipótesis contraria.

Entre los pensadores griegos, algunos privilegiaron el testimonio  de  los sentidos  a la hora de atribuir propiedades a la naturaleza, y otros por el contrario consideraron como realidad física lo que los sentidos no podían percibir. Un tiempo incluso pudo pasar desapercibido el hecho de que en este segundo caso el único testigo de que había una realidad física era precisamente el intelecto. Pero el problema sin embargo surgió, surgió un combate entre los sentidos y el intelecto, reflejado en un bellísimo fragmento atribuido por Galeno a Demócrito y en correlación surgió el combate no tanto entre "realistas" e "idealistas" (al postular el vacío y los átomos el texto de Galeno sostiene que constituyen lo que de verdad hay), como el combate relativo al papel del hombre en la constitución de la propia realidad, combate relativo al papel del hombre en el ser de las cosas... combate que conduciría inevitablemente a una interrogación sobre el propio ser del hombre.

Estos asuntos también ocuparon a los llamados fisiócratas, y que eran de hecho  los que reflexionaban sobre la naturaleza, o sea, los físicos de la Antigüedad. Algunos de sus sucesores dejaron ya de ocuparse de la primera parte, dejaron de ser físicos. Entre unos y otros alimentaron un debate que emulando a Platón cabe designar de "lucha de gigantes en torno al ser" En tal combate seguimos gracias entre otras cosas a los nuevos físicos, a los Tales, Anaximandro, Anaxímenes... de nuestra época.

[Publicado el 01/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 78. Viraje hacia la filosofía (3): La pregunta persiste.

Sintetizaré lo esencial de las  columnas anteriores Un físico que se pregunta por las condiciones que han posibilitado el que haya en la historia de la cultura humana precisamente una disciplina como la física y  para intentar responder decide sumergirse en los arcanos del pensamiento griego (interrumpiendo incluso su docencia científica para dar unas lecciones recogidas bajo el título de  La naturaleza y los griegos)

La física, tal como la entendemos,  es ante todo el resultado de un conocimiento de la naturaleza que se va progresivamente actualizando, pero  Erwin Schrödinger sabe que  nuestra relación  con ésta no tiene  porque  venir determinada por un enfoque cognoscitivo. De hecho  tal enfoque  presusupone un postulado que está muy lejos de constituir una obviedad, a saber, precisamente,  que la naturaleza es cognoscible.  Como ya he señalado aquí mismo, cabe  perfectamente  concebir una gran civilización que no se halle sustentada en este  postulado, una civilización para la cual el fondo de la naturaleza sea algo reverenciable,  sagrado, temible o protector,  y ello precisamente por intrínsecamente ignoto. De ahí que  Erwin Schrödinger llegue a sostener una tesis ya por otros esbozada  pero que él asume con gran radicalidad, a saber: que la asunción  del postulado relativo al  carácter cognoscible del orden natural constituye una singularidad, un rasgo definitorio de la civilización griega y por mejor decir de la Jonia que constituye una de sus  matrices.

En este primer  postulado tendríamos la primera razón para  retornar al  periodo álgido del pensamiento de los Tales de Mileto (585 a. C. aproximadamente),  Anaximandro,  ( hacia 565) Anaxímenes (545)... Entre estos pensadores, que  desde luego pueden ser  considerados tanto los primeros científicos  racionalistas como los primeros filósofos, se fragua no sólo la idea de que  la naturaleza es susceptible de ser comprendida, sino  también la más singular todavía de que tal comprensión es neutra, es decir: el conocimiento en sí no perturba aquello sobre lo que se vuelca.

Nótese  que este hecho de que  la  persona  comprenda  sin perturbar lo comprendido, sin involucrarse en ello,  es la primera condición de que quepa hablar de conocimiento objetivo. Pues si en el acto de conocer el sujeto introdujera una perturbación en  lo conocido, perdería nitidez la diferencia  misma entre sujeto y objeto. Tenemos aquí el origen mismo  de una polaridad tan arraigada que ni siquiera (en nuestro ordinario discurrir) la reflexionamos. Si los pensadores griegos pudieran ser catalogados exclusivamente por la asunción consciente o implícita de los dos postulados... habría que considerarlos más bien como primeros científicos que como primeros flósofos. Y desde luego tal cosa hacen muchos de lso que a ellos se acercan. En un libro de 2013 que lleva el significativo título de Anaximandro de Mileto o el nacimiento del pensamiento científico, el ilustre físico Carlo Rovelli (a quien se debe la llamada  "interpretación relacional"  de la mecánica cuántica)  considera a Anaximandro como el primer científico en el sentido que tal palabra tiene para nosotros.

Rovelli ve en Anaximandro "un gigante del pensamiento, cuyas ideas suponen una revolución mayor: se trata del hombre que ha dado nacimiento a lo que los griegos han llamado 'investigación de la naturaleza', poniendo las bases, incluso literarias, de toda la tradición científica ulterior". Abre sobre el mundo natural una perspectiva racional: por primera vez el mundo de las cosas es percibido como directamente accesible al pensamiento" Habrá ocasión de volver sobre esta tesis, pero avanzaré  desde ahora los principales argumentos esgrimidos por Rovelli:

 Anaximandro sería el primero en considerar la evolución de los seres vivos; el primero en interpretar la necesidad natural como un orden que desarrolla los acontecimientos en el tiempo; el primero en avanzar conceptos abstractos que permiten postular entidades no perceptibles y que estarían detrás de los fenómenos. Anaximandro sería asimismo el primero en introducir el espíritu crítico que permite manifestar el desacuerdo con doctrinas establecidas, aunque éstas se encuentren sustentadas en la palabra sacerdotal o en la de un respetado maestro. Fiel a este espíritu Anaximandro habría revolucionado la cosmología heredada,  basada en la estructuración del espacio en  un alto y un bajo absolutos. Este cuestionamiento de lo heredado supondría la aportación mayor del pensamiento griego a lo que vendría a ser  el pensamiento científico: aun en el respeto de los dioses, la religión deja de ser la referencia a la hora de explicar, de salvar los fenómenos; aun en el respeto de quien enseñó a pensar, la exigencia fundamental es hacerlo con voz propia.

Vemos que la tesis de Rovelli   focaliza en Anaximandro la afirmación de Schrödinger según la cual  en Jonia se habría introducido la idea de que el mundo es transparente a la razón. Y sigo manteniendo la pregunta: además de hacer de Anaximandro el primer científico (dejemos toda discusión sobre si habría que considerar como tal ya a Tales) Mas la pregunta persiste:¿en qué todo esto hace de Anaximandro el primer filósofo?

Vuelvo sin embargo a Schrödinger, para quien  parece no haber duda de que aquí está ya la filosofía, además de que esté desde luego la ciencia.  Escribiendo al respecto con radicalidad:  "La filosofía de los antiguos griegos nos atrae hoy porque nunca antes o desde entonces, en ningún lugar del mundo, se ha establecido nada parecido a su altamente avanzado y articulado sistema de conocimiento y observación sin la fatídica división que nos ha estorbado durante siglos y que ha llegado a hacerse insufrible en nuestros días." (o. c. p.29).

[Publicado el 25/12/2014 a las 09:00]

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Biografía

Víctor Gómez Pin se fue muy joven de Barcelona a París donde estudió Filosofía obteniendo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde imparte las asignaturas de Filosofía y Matemáticas, Epistemología y Filosofía fundamental. Desde hace unos años trabaja en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas.


Su transcurso indisociablemente profesional y social quedó marcado por su incorporación al proyecto de la facultad de Zorroaga que, en el San Sebastián de los años ochenta, aspiraba a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía fiel a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo de toda la universidad". En la fidelidad a lo que fue el proyecto teorético fundacional de Zorroaga, Víctor Gómez Pin es coordinador del International Ontology Congress/Congreso Internacional de Ontología, cuyas ediciones desde hace veinte años se han venido realizado bajo el Patrocinio de la UNESCO. Ha obtenido entre otros los premios Anagrama y Espasa de Ensayo.
Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. En abril de 2013 fue nombrado miembro de Jakiunde, Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras del País Vasco. Junto al compositor Tomás Marco es co-director del Encuentro Música- Filosofía que se celebra anualmente en la ciudad de Ronda. Su libros más reciente es Reducción y combate del animal humano (Ariel, 2014)

Bibliografía

 

Enlaces

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