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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 22 de noviembre de 2014

 Blog de Víctor Gómez Pin

Asuntos metafísicos 73: “La ternura común por las cosas...”

En estas reflexiones metafísicas me he ocupado  de los principios  ontológicos fundamentales, realismo, causalidad,  contigüidad, individuación... En las columnas siguientes voy a hurgar un tanto en asuntos vinculados al último de ellos, lo que servirá de peldaño para poner de relieve la potencia   de una tesis defendida por Hegel,  aunque no sólo por él, a saber, la inevitabilidad de la contradicción cuando se aspira meramente a reivindicar la diferencia. Lo hago de alguna manera con cierta intencionalidad política, convencido como estoy de que efectivamente la única posibilidad de no abismarse pasa por no intentar sortear el abismo, sino al contrario "mirarlo, medirlo sondearlo y descender a él".

El hecho de que Hegel sea por muchos considerado "el perro muerto de la filosofía" no es en absoluto óbice para que tomemos muy en serio algunas de sus consideraciones relativas a lo catastrófico de cierta actitud pusilánime que pretende esencialmente cocinar con guantes blancos, es decir, pensar que la diferencia cabe  sin oposición frente a aquello de que se difiere, que la  igualdad entre los diferentes  puede ser un punto de partida y no una conquista y en suma que el peaje de la contradicción es evitable cuando se piensa en las condiciones de posibilidad de una pluralidad ordenada, es decir, las condiciones de posibilidad de un mundo. Escribe el pensador: "La ternura común por las cosas, que se preocupa solamente de que éstas no se contradigan, olvida aquí, como siempre, que de esta forma la contradicción no se halla superada, sino únicamente  transferida a otro lado, es decir al pensamiento subjetivo".  Tan  subjetivo como ciego cabría decir. Pues como el Cristo que acompaña en el camino a los discípulos de Emaús  la contradicción  se hace tanto más presente cuanto menos se la reconoce, cuanto menos, en consecuencia, se la sondea y asume: "Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús y conversaban sobre lo acontecido [la desaparición del cuerpo en el sepulcro] . Y sucedió que mientras conversaban y discutían el mismo Jesús se sumó a ellos en  el camino; pero sus ojos se hallaban imposibilitados para  reconocerle" 

[Publicado el 18/11/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 72: Alejarse de Aristóteles...

Aristóteles que asistió al derrumbe de sus tesis sobre la a-temporalidad de las especies, Aristóteles que vió un día como la matemática (en el pensamiento de Cantor y de Abraham Robinson ) abría camino al infinito numérico por él repudiado, Aristóteles que asistió con estupor al alcance por los físicos de "niveles cada vez más profundos de vacío"...Aristóteles que, en suma, vió como el pensamiento ulterior procedía a relativizar el suyo propio a la manera como él había relativizado el pensamiento presocrático...no hubiera quizás podido conjeturar que se pondría en tela de juicio el horizonte mismo de principios y conceptos que él había consignado y erigido precisamente en condición de posibilidad de la razón y el juicio.  Pues la Physis se muestra hoy reacia a las propias redes conceptuales con las que se intenta aprehenderla, lo cual supone un viraje  mucho más radical que todas las transformaciones de la misma a la que han dado lugar  los grandes saltos históricos de la ciencia, los cuales eran respetuosos de un trasfondo conceptual que servía de común denominador. Avanzo algún ejemplo de estos virajes

La Physis ha podido ser considerada como marcada por vínculos de contigüidad excluyentes del vacío, pero  también  como un ámbito puro, continente  de la materia y  en el que se desplegaría (cuando tal concepto fue introducido) el campo. "No hay espacio [al menos] sin campo..." llego a decir Einstein, quien sin embargo no fue constante en su concepción del lazo entre materia y espacio-tiempo.

 Por su parte, el éter,   para el cual  toda la materia era porosa,  parecía morir y resucitar como elemento  de la physis, hasta que ciertos experimentos precursores de la teoría de la relatividad recibió el golpe definitivo.

El continuo que caracterizaba a las manifestaciones de la Physis, que eran la energía y el campo electromagnético, mudan en montos de elementos discretos en las conjeturas respectivas de Max Planck y de Einstein....Podría seguir dando ejemplos

Pero tras  estos virajes (en ocasiones muy bruscos),  a la hora de hacer  conjeturas sobre el trasfondo oculto a la percepción inmediata (el cual explicaría los fenómenos de la naturaleza)   un reducto permanece,  como decía, inalterado.

Pues tanto si la materia y el campo  agotan la Physis (lo que haría del espacio y el tiempo meros epifenómenos) como si son  una mera perturbación del espacio-tiempo; tanto si la aparente diversidad de las substancias individuales se destaca  sobre  un soporte de continuidad o si elementos últimos -auténticos átomos- vendrían a dar razón a las tentativas de explicación discretista...  en un polo u otro de las diferentes conjeturas no parece  pensable ( es un ejemplo) que  lo intrínsicamente continuo  se comporte como si fuera discreto  o que una partícula elemental  (paradigma de individualidad y de localizada discreción) tenga efectos en dos sitios a la vez.

No parece pensable lo anterior, como no parece pensable que lo que acontece en una situación determinada deje de acontecer si esa situación se repite en todos y cada uno de sus extremos, no parece pensable -en los términos de Aristóteles- que el aparente azar no sea subjetiva ignorancia del conjunto de las causas que intervienen, de tal modo que el conocimiento exhaustivo de las mismas determinaría el acontecer.

No parece, en consecuencia del punto anterior, pensable que lo que acontece no marque lo que acontecerá (salvo, reitero, para nuestra ser tallado por la ignorancia) y que lo que aconteció no sea la clave de lo que acontece. Y al no parecer pensable en general  que el devenir no sea concretización de la ley, sería impensable en particular que esa misma ley no marque el devenir destructor, lo que denominamos tiempo, el proceso por el cual - en ausencia de intervención exterior- la simiente se corrompe; pues si la actualización de la  potencia el paso de simiente a planta  exige intervención  exterior, la potencia de corrupción pasa al acto por si misma.

No parece pensable que el todo formado por varios individuos no sea despliegue de los  mismos en un marco de consecución o contigüidad, despliegue que garantiza la indivisión de cada uno de ellos con respecto a sí mismo y  su separación respecto de los demás; no parece pensable en concreto, que dados  dos individuos A,  B, una parte A1 del primero  se halle  intrínsicamente vinculada a una parte B1 del segundo, mientras que las partes A2, B2, se vinculan por su cuenta, formando así una entidad intrínsecamente holística.

No parecen pensables estas y otra serie de cosas quizás  porque el pensar quedó determinado por la exclusión de todo ello, en razón de ser contrario a los corolarios de ciertos principios: principios erigidos en rectores tanto del entorno natural como del espíritu que lo refleja; principios en cuyo establecimiento el Estagirita desempeñó un papel fundamental.

Mas, como aquí hemos ido viendo,  la obviedad de tales principios es puesta en tela de juicio por una disciplina científica  de nuestro tiempo a la vez determinante del mismo e introductora e de profundo desconcierto:

Determinante, la Mecánica Cuántica,  no sólo por efectuar descripciones cuyo grado de matización carece de precedentes y establecer previsiones  que se verifican con sorprendente  regularidad, sino por tener una gigantesca capacidad de operar sobre el mundo, multiplicando exponencialmente las potencialidades de la tecnología y en consecuencia pesando sobremanera en la economía mundial .

Desconcertante,   la Mecánica Cuántica, porque  a la vez que se ve abocada en mayor grado que las disciplinas científicas anteriores a plantear interrogaciones sobre los rasgos últimos o universales de esa naturaleza que con tanta acuidad describe, y sobre la que efectúa tan formidables conjeturas, socava los principios mismos que le permitirían  efectuar esta operación tendiente a la inteligibilidad.

Pues para intentar superar  al estupor provocado por la verificación de las conjeturas avanzadas por los Bohr, De Broglie, Bohm, Schrödinger, Heisenberg, o Bell... para insertarlas en un modelo inteligible, el pensamiento no disponía de  otras armas que los principios antes evocados  de contigüidad, de realismo, de individuación, de causalidad...Y no había  concepto más  general que el aristotélico concepto de  sustancia y los rasgos a la sustancia asociados de ser susceptible de movimiento o de reposo, de tener energía correspondiente a una u otra situación, de hallarse ubicado, y un no muy largo etcétera. Principios y conceptos que con mayor o menor sofisticación o acuidad en su presentación remontan  al pensador de Estagira...comprometido  inevitablemente  en la relativización o derrumbe de los mismos.

De ahí lo inevitable  de tomar distancia,  separarse de Aristóteles, separarse de aquel que permitió pensar incluso lo que era contrario a sus tesis... razón por la cual las diatribas en el seno del pensamiento seguían siendo diatribas aristotélicas. Separarse en suma de quien con toda justicia era El Filósofo,  a la vez que era El científico, lo cual no es óbice

 para que  el XXIV centenario de su nacimiento en 2016, constituya la más obligada ocasión de agradecida evocación  filosófica.

[Publicado el 11/11/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 71: De la mano de Aristóteles.

Indicaba en varias  columnas anteriores que, por difícil que ello sea, retornar a la disposición de espíritu de Aristóteles es la condición de posibilidad de que la filosofía se reencuentre consigo misma, y ello empezando por la actitud del Estagirita a la hora de sentar las bases que posibilitan la práctica misma de la disciplina. 

Aristóteles nos ayudó a ser lógicos, a apercibir la importancia de establecer criterios que posibiliten la distinción y la clasificación, a aplicar estos criterios al ámbito primordial de la frontera entre lo inanimado y lo animado, a  adentrarnos en el primer ámbito, a fin de descubrir los rasgos que permiten reconocer el ser en su forma primaria, la naturaleza elemental, y  a percibir la complejidad que en relación a tales rasgos supone la vida...

De la mano de Aristóteles, Linneo establecía sus calificaciones y del método clasificador de Aristóteles no se apartan excesivamente los genétistas contemporáneos.  Aristóteles  intuyó que la diferencia individual no es reductible a forma y que por eso no hay ciencia de los individuos, asunto en el que no anda tampoco muy lejos la genética contemporánea, obligada a referirse a secuencias del genoma no codificadoras de proteínas por cuya azarosa iteración dos individuos se distinguen (de ahí la dificultad para pasar de mapas genómicos de especies a determinación genómica de individuos). Aristóteles tuvo impresionantes intuiciones topológicas (lo que permitió que un matemático de nuestro tiempo lo caracterizara como el primer y más grande pensador del continuo), y en lo concerniente al tiempo tuvo una impresionante premonición del segundo principio de la termodinámica.  Aristóteles rechazó  el vacío y  defendió una concepción finitista del universo que los partidarios del modelo cosmológico de la esfera de Riemann nunca podrán rechazar de manera tan tajante como lo hacen con la infinitud  del espacio de Newton.

Aristóteles introdujo la crucial distinción entre la entidad en potencia y la entidad en acto, aspecto por el cual es parcialmente redimido en el seno de la teoría cuántica, la cual sin embargo es la que  con mayor radicalidad pone en tela de juicio los pilares mismos del aristotelismo. Aristóteles nos ayuda a percibir la causa  que provoca la representación trágica y (aun no siendo ateniense) con sus Constitución de Atenas nos da las claves del esfuerzo consistente en forjar un ámbito configurado por la ley. 

En fin, sin la tarea de Aristóteles catalogando y mostrando los vínculos entre  los problemas de sus predecesores, quizás  no hubiéramos siquiera tenido acceso real a  esos pensadores hoy llamados presocráticos.  Motivos  para un eterno agradecimiento filosófico a Aristóteles.  Y sin embargo...he señalado aquí en varias ocasiones la necesidad  de tomar distancia, de alejar en cierto modo de Aristótles y ello precisamente cuando en dos años celebraremos el XXIV centenario de su nacimiento. Volveré sobre este asunto en la próxima columna.  

[Publicado el 04/11/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 70: Lo real, lo inasumible y.... La filosofía

En una reflexión realizada paralelamente a la que se va hilvanando en este foro (explícitamente centrado en  asuntos metafísicos), sostengo  la tesis siguiente:

Cabe suponer que toda  especie animal lucha espontánea o instintivamente para que  el marco natural en el que se inserta posibilite la eclosión de las facultades  propias de tal especie. El hijuelo del águila tiende al vuelo, y en consecuencia el águila intentará instalarse en un ámbito dónde la potencialidad o facultad de volar de su prole no quede mermada, o eventualmente imposibilitada. Y tratándose del águila ello es válido para  rasgos más particulares o específicos que el genérico del vuelo, pues  toda especie se realiza en la fertilización de las facultades que hacen mayormente  su especificidad.

Aplicando el principio a la especie humana, y aceptando con Aristóteles, Descartes o Chomsky, que la expresión mayor del animal humano es la facultad que posibilita la simbolización y el conocimiento, es decir,  la facultad de  lenguaje, cabría esperar que  nuestra especie se esforzara en contribuir a forjar la atmósfera, digamos natural, para el despliegue de tal capacidad, es decir, se esforzara en construir ese ámbito marcado por la ley que los grandes del pensamiento griego sintetizaban en el término polis,  de tal forma que el ideario de la paideia, la educación como técnica de actualización de las potencialidades humanas,  tendría su expresión mayor en el proyecto de ciudadanos concernidos esencialmente por las tareas de conocimiento y simbolización.

Una sociedad marcada por la paideia, una sociedad  cabalmente humana, sería aquella que daría sentido a nuestras vidas, pese a los  estragos del tiempo o de desgraciadas contingencias subjetivas; una sociedad que dolería  abandonar, y a la que sólo se renunciaría de propia mano  por un sentimiento de incapacidad de estar ya a la altura de la misma; una sociedad indisociablemente lúcida y festiva, trágica por ambas razones  y fértil precisamente porque trágica.

Y sin embargo,  de tal sociedad no parece siquiera haber rescoldo. Aquellos  proyectos y exigencias que deberían ser el síntoma del espíritu humano  surgen  tan sólo como acontecimientos puntuales vinculados a la singularidad de algún individuo, o de azarosas circunstancias sociales positivas. Para la generalidad de los ciudadanos, la alternancia entre trabajo carente  de sentido, ocio que embrutece  y pavor a perder  el primero (quedando de paso privado también del segundo) parece un destino natural, algo  en conformidad con lo único que sería susceptible de ofrecer la sociedad de los humanos.

En lugar de constituir aquello que se ofrece como polo afirmativo frente a los momentos de descorazonamiento por los que atraviesa toda persona, la sociedad parece precisamente reforzarlos,  añadiendo al sentimiento de  adversidad en el destino propio, el de ausencia de sentido del destino colectivo. De ahí esa  tremenda estampa del ciudadano que se arrancó la vida renegando de la polis, y ello precisamente en una plaza pública  de... Atenas.

Y obviamente surge  la pregunta de cómo  se ha llegado a esto, cómo es posible que una especie animal forje para sí misma un ámbito de inserción que le impide desplegar  los rasgos que hacen la singularidad de tal especie. Pregunta que en ocasiones  sólo parece autorizar una respuesta, ciertamente nihilista: el hombre no podría soportar su matriz, el hombre sería incapaz d contemplar  la finitud, el hombre no podría asumir el hacerse verbo de la carne, el hombre, simplemente huiría de lo real, pues sería verídica la tesis (generalizada por muchos desde hace medio, siglo a partir de las consideraciones de un lúcido pensador francés) según la cual, simplemente "lo real es lo insoportable".

Y de esta imposibilidad de asumir lo real surgiría toda la panoplia de construcciones imaginarias que nos sirven de señuelo a la vez que de parapeto: la vida se convierte así en  apuesta exclusiva por objetivos pragmáticos y contingentes, desde lo azaroso de  la posesión de un cuerpo, a la forja de una patria (o a la vivencia como mutilación propia de la eventual escisión en la misma), pasando por alcanzar el reconocimiento de quienes no son más que servidores de mayor alcurnia, o la erección de imaginarios  enclaves securizantes, correlativos del sentimiento paranoico de que todo  mal viene de afuera. En esta concepción del orden de las cosas, no hay desde luego plaza para tareas que impliquen confianza en la  entereza  humana.

Y aquí un puente con las consideraciones generales de este foro relativas a la filosofía. Pues filosofía es palabra designativa de una  disposición  que debería nacer con la inserción en el lenguaje, una disposición a la que el marco social  debería invitar y que el ser humano sólo debería abandonar cuando carece de fuerzas. En una sociedad que no posibilita la realización coral de las potencialidades humanas, la filosofía o bien  carece de lugar o bien se erige en acto de resistencia. Pues de lo contrario ( no siendo  cosa de todos y tampoco combate  por llegar a serlo) la filosofía se aparenta  a un antojo para ociosos, parodia de la llamada por Aristóteles..."ciencia de los hombres libres". Que el orden  social parezca más bien tener como condición de su pervivir el repudio de la filosofía no puede quizás ser explicado por causas contingentes. Gana en este pensamiento fuerza la tesis nihilista: entendida como asunción de lo real, la filosofía tendría en efecto muy pocas posibilidades,  de ser cierto que lo  real es aquello que el hombre no puede asumir, de ser cierto que lo real es lo insoportable.     

[Publicado el 28/10/2014 a las 14:30]

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Asuntos metafísicos 69: la difícil causa de la ontología.

¿Qué hace en realidad un filósofo? Es esta una pregunta que puede hacerse cualquier persona interesada por los asuntos digamos culturales y para la cual la palabra misma filosofía tenga incluso resonancias positivas. Esa persona sabe a qué se dedica un biólogo, un físico, un músico, un matemático o un artista, pero se ve en un apuro cuando reflexiona sin prejuicios sobre el tipo de quehacer que constituye la filosofía. Sabe que filósofo era el matemático Descartes, como lo era el también matemático Leibniz o (de haber existido realmente)  el Pitágoras asociado al teorema que  que lleva su nombre.

Pero la palabra filosofía se halla en la  mente de esa persona asociada también a nombres como Unamuno, Nietzsche, Montaigne  o Sartre que es fácil vincular, al menos parcialmente a la escritura literaria...

Esa misma persona favorablemente dispuesta a la filosofía, se percibe un día de que en el título de la  obra nuclear de Newton figura la expresión  "filosofía natural", y que filosófica era considerada la obra por la que fue condenado Galileo (Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo, telemaico e copernicano), de tal manera que la palabra "filosofía "queda para esa persona también vinculada a la palabra "física".

Podría añadirse que en varios de los filósofos  mencionados  tienen en la música una preocupación esencial: Descartes escribió un Compendium Musicae;  hijo de un músico e ilustre teórico de la música, Galileo tocaba el laud y heredó de su padre esa modalidad de rigor que viene asociada a la práctica y a la teoría musical; y en cuanto a Nietzsche es bien sabido que la reflexión sobre la esencia y a función de la música atraviesa de una u otra  manera el conjunto de su obra...

Matemática,  literatura,  física,  música...¿cuál de estas disciplinas  privilegiamos a la hora de establecer vínculos que nos permitan abordar la interrogación: ¿de qué se ocupa la filosofía? Pues ninguna de ellas, incluso cabe añadir otras que reivindicarían la primacía: biología, antropología, lingüística, derecho, teoría política y un no muy largo etcétera.  Pues todo aquello de lo que estas disciplina tratan puede ser inserto en la útil  dicotomía establecida por Hume entre   filosofía natural y filosofía de la naturaleza humana, aunque ciertamente la distribución que hoy cabría hacer en el seno de cada polo no coincidiría con la de Hume (concretamente un  Tratado de la naturaleza humana debería dar tanto peso al problema de lo que designamos por "estética",  como al problema de la moral, es decir al temario de las kantianas Crítica de la Razón Práctica y Crítica de la Facultad de Juzgar).

En cualquier caso bajo forma de reflexión sobre la naturaleza inmediata o sobre la compleja naturaleza que es la humana, la filosofía retoma una y otra vez  las interrogaciones de los griegos sobre el término physis,  reflexión para la cual he de enfatizar el hecho de que Aristóteles sigue constituyendo referencia, no ya por las respuestas dadas a sus propias interrogaciones sino por el hecho mismo de haberlas planteado y por su actitud.

A lo largo de estas notas he tenido ocasión de poner de relieve el profundo agradecimiento a Aristóteles al que se haya obligado todo aquel que en el pensamiento filosófico   encontró una razón de vida (1). Y ello precisamente dado que se revela hoy dificilísimo responder a esa actitud, asumir la dura tarea de enfrentarse a la physis de la manera que un ser humano debe cabalmente hacerlo, es decir, subsumiéndola bajo sus capacidades de conocimiento y de simbolización.

La dificultad, suele decirse, reside en el hecho de que la especialización de las disciplinas hace hoy imposible acumular el monto de información que se despliega en cada una de ellas. Pero aventuro la hipótesis de que este escollo, digamos técnico, sirve más bien de coartada. El proyecto de una ontología general es hoy difícil en razón de un aminoramiento del peso que ello tiene en la conjunto de valores determinantes de nuestra vida socio-cultural, lo cual afecta en primer lugar a la universidad, paradigma que debería ser de la erección del espíritu en objetivo de nuestra condición pero que (por razones a la vez políticas y de destino de nuestra civilización) no se encuentra quizás en condiciones de realizar tal función.

De alguna manera estoy indicando que retornar a la disposición de espíritu de Aristóteles es la condición de posibilidad de que la filosofía se reencuentre consigo misma y ello aunque finalmente  sea para vislumbrar que la reflexión por él inaugurada nos fuerza a alejarnos del propio Aristóteles (alejamiento en cualquier caso sólo finalmente,  como resultado de aporías insalvables, nunca a priori). 

Ya he señalado múltiples veces que la filosofía no es desde luego (al menos, eso no es  en ella lo esencial) un pensar que, como el del poeta, explora las  potencialidades y recursos que el lenguaje tiene con vistas a su propia recreación. Pero la filosofía no es tampoco el pensar de la ciencia.  La filosofía va tras la ciencia, su pensar  sigue en el tiempo al pensar de la ciencia y  extrae toda la savia del mismo, a la vez que  está  detrás de la ciencia dándole quizás soporte, otorgándole  un indispensable suplemento de significación. Por haber trazado este sendero sería por  así decirlo de mal nacidos reivindicar la actitud filosófica y no mostrar agradecimiento a Aristóteles. Y sin embargo... la intención de secundar a Aristóteles en su actitud acaba una y otra vez en frustración...

Es casi una cuestión de mera constatación empírica. En los foros en los que se tratan cuestiones que forman todas ellas del corpus aristotélico, los vasos comunicantes parecen no existir. A la evocada compartimentación de temáticas parece añadirse la compartimentación de actitudes, acentuada  muchas veces por la ineludible  exigencia de la maestría técnica y de la  erudición. 

Un físico contemporáneo puede ser llamado a interrogarse por las implicaciones ontológicas de sus experimentos, mas cuando hace tal cosa puede llegar a sentirse sorprendido por el hecho de que  los filósofos de la física que le escuchan han acentuado  al extremo la casuística, han hurgado en la punta de un alfiler, dan prueba de un abrumador dominio erudito... y el físico en cuestión puede llegar a no reconocer que se está hablando de cosas en el origen de las cuales se encuentra   él mismo, y que   han provocado su propio estupor.

Y la cosa es aún más grave si en lugar de comparar las preocupaciones ontológicas del físico y el filósofo de la física, comparamos la del físico y el biólogo, o la del filósofo de la física y el filósofo de la biología...acentuándose aún la dificultad de un lenguaje común cuando nos referimos al filósofo de la ciencia y al historiador de la filosofía. Como máximo coincidirán ambos en que la physis les concierne, pero no parece que les  concierne de la misma manera.

Repito que no estoy negando la necesidad del control erudito y de la maestría técnica, estoy simplemente constatando  (¡y lamentando ¡) la enorme dificultad que hay en que el esfuerzo de cada uno sea canalizado hacia la posibilidad de hacer todos juntos filosofía.

Esa filosofía que quiso realizar Erwin Schrödinger  cuando creyó necesario interrumpir su curso de doctorado en física para preguntarse (con ayuda de los filósofos presocráticos)  por la significación del término mismo (physis) que daba origen a la disciplina. 

Aunar el Schrödinger forjador de las famosas ecuaciones que llevan su nombre  y el Schrödinger lector de los fragmentos de Anaxágoras, ver la raíz común de la preocupación que conduce a una y otra tarea es ciertamente cosa  ardua, pero... no hay realmente abordaje de la cuestión ontológica, si tal cosa  no se consigue. La ontología pasa hoy por ese reto. Y si algún discurso cargado de razón  muestra la imposibilidad de superar el reto, o incluso lo fantasioso de plantearlo, entonces  se estaría simplemente poniendo de relieve que la razón  ha fijado la frontera entre ella misma y la vida del espíritu, o lo que es peor, la razón  habría  determinado que no hay propiamente vida del espíritu... pues suena siempre a consuelo la postulación una espiritualidad que empezaría a hacerse presente allí dónde la razón acaba.



(1) Evocaré al respecto la emoción que embargó a muchos de los presentes cuando hace casi un cuarto de siglo,  en un congreso  que llevaba el título de "Aristotle and Contemporary Science"  el pensador americano Hilary Putnam pronunció un discurso en lo que se creía ser Estagira, y que es en cualquier caso una playa cercana a  la Estagira real, y en cuyas aguas quizás de niño se bañaba Aristóteles.

[Publicado el 13/10/2014 a las 16:28]

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Asuntos metafísicos 68: Espacio ajeno...simultaneidad propia.

Las verdaderas invariancias de la naturaleza. Y aquí cabe una pregunta: Supongamos que el evento B  anunciado por el evento A es sólo potencial, algo que puede ocurrir o no ocurrir, de tal manera que, para el funcionario de la estación, A es un hecho,  mientras que B está por ver. ¿Como casa esto con la afirmación de que, para el viajero, B es tan presente como A? ¿Lo que simplemente puede ser en el andén pasa a ser efectivo en el tren?

Dado que, en general, se acepta la tesis de que no hay pasados contingentes, la simultaneidad de acontecimientos para el observador en movimiento resulta quizás menos chocante  tratándose del pasado, pero en realidad la objeción cae si se considera que precisamente porque la simultaneidad es relativa al sistema de referencia, la polaridad pasado-presente carece de peso. El acontecimiento B es futuro para el jefe de estación, presente para el viajero  a la velocidad V0 y pasado para el viajero de un tren paralelo que circula a velocidad V mayor que V0, de tal manera que, cabe decir, en el futuro no hay más contingencia que en el pasado.

Y  esta relatividad del futuro y el pasado este hecho de que dados dos acontecimientos siempre quepa considerar un sistema de referencia  en el que son simultáneos, es desde luego una bendición para el físico si se erige en principio algo que ya habíamos visto tratándose de Galileo, a saber: La magnitud espacial de un entidad física  en movimiento respecto al referencial desde el que se mide ( el espacio físico  entre las estaciones A y B  está en movimiento en relación altren en relación al tren) es la que separa dos eventos en sus extremos que son simultáneos para el que mide. Ello supone que para relacionarse con el espacio ajeno (el espacio que se mueve respecto a uno) hay no sólo que relacionarse con el tiempo sino reducir la distancia temporal, ver las cosas en el espacio de simultaneidad propio.

Síntesis técnica e idea central

El principio de relatividad de Galileo supone que el movimiento rectilíneo uniforme sólo tiene sentido físico por la relación entre sistemas. Sea un acontecimiento espacio-temporal A expresado en las coordinadas  (x, y, z, t, ) de un sistema S. Para expresar la situación del evento en el sistema (x', y,' z', t') del sistema S' cabe servirse de la transformación de coordenadas de Galileo, t' = t ; x' = x- vt; x = x'+vt ; y' =y- vt, en la cual el tiempo es una invariancia en ambos sistemas.

El paso de la transformación de coordenadas de Galileo a la trasformación de coordenadas de Lorentz viene dada ante todo por la necesidad  de dar cuenta de la constancia de la velocidad de la luz  cuando se pasa de un sistema a otro, x/t =x'/t'= c. Ello exige: en primer lugar renunciar a la invariancia de la coordenada temporal, pues si el espacio es menor (tomando  x' = x- vt ) y el tiempo t' sigue coincidiendo con  t es imposible que   x/t =x'/t'= c.  En segundo lugar  introducir  en las transformaciones de Galileo   relativas al espacio  un factor de corrección, , que depende de la velocidad relativa v y que se muestre inocuo cuando esta velocidad tiende a cero. Este factor se incorpora asimismo a la nueva transformación temporal, de tal manera que el lugar de t'=t, tendremos  , es decir: en el tiempo cuenta el espacio.

La transformación temporal afecta a la noción de simultaneidad, pues dos acontecimientos que están separados espacialmente si son simultáneos en un sistema de  referencias S es imposible que lo sean en el sistema S' y viceversa.

Esta imposibilidad toma importancia a la hora de medir la distancia  entre dos extremos de un espacio en movimiento relativo. Sea un segmento A B en  reposo en S. Si ha de ser medido en un sistema en movimiento relativo S', ya la transformación galileana mostraba la  necesidad de que ubicación de ambos extremos (es decir, la distancia respecto al origen)  se efectúe en el mismo instante,  por ejemplo t'=0.  Mas  si en A, t=t'=0 entonces para que t' siga siendo 0 en B, necesariamente t es diferente de cero.

Esta distorsión temporal hace que, considerando A el origen espacial y temporal  al sustituir  en la fórmula   x por B y t por su valor cuando en B t'=0, la magnitud del segmento sea más corta.

Asumida  la relatividad restringida como una teoría que integra como caso límite el universo euclidiano-newtoniano ( siendo ella misma un caso límite de la particular de la relatividad general) la constancia de la velocidad de la luz puede llegar a plantear problemas, al menos cuando es  interpretada como límite de toda velocidad posible, de toda  forma de tener una influencia que constituya un envío de señales, o incluso como límite para toda forma de tener simplemente una influencia a distancia.  La teoría cuántica tiene entonces mucho que decir, con lo cual enlazamos con la cuestión central de los principios  que nos ha venido ocupando.

Idea central

Ya he señalado en varias ocasiones que la teoría relativista constituye sin duda una gran revolución dentro de la ontología. Sin embargo no constituye un cuestionamiento de los cimientos mismos de la ontología, cimientos de todas las ontologías que se han dado. Cabe incluso decir que   la relatividad restringida  contribuye a incrementar la confianza en esos cimientos precisamente porque  (entre otras cosas) al privar de peso ontológico al espacio y el tiempo euclidianos espacio y tiempo newtonianos marca la diferencia entre estos y los "auténticos" universales ontológicos. Pero lo que no lleva a cabo la teoría relativista sí parece llevarlo a cabo la teoría cuántica, al menos en ciertas interpretaciones de la misma.

[Publicado el 07/10/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 67: Ya en galileo...

La fórmula de transformación de coordenadas de Galileo describe una situación en la que la magnitud espacial que se mide tiene su extremo en el origen  de coordenadas del propio móvil que se desplaza. Si Dp es la distancia en la coordenada x de una estación P  a la estación de salida E,  entonces la distancia de P  al tren será D'p  la cual puede ser expresada en términos de la primera  (la distancia en el firme) mediante la transformación de Galileo D'p = Dp -v.t. Dónde v designa la velocidad del tren y t el tiempo. Obviamente D'p se va achicando,  en razón de que un extremo se va acercando al otro. Pero ¿qué pasa si se trata de medir la  distancia   entre dos puntos de la vía a los que el tren aun no ha llegado?

Sean una segunda estación  Q  más alejada que P , siempre en la coordenada x. Consideramos en primer lugar que  nos interesamos por la distancia entre P y Q  desde nuestro reposo en la estación E. Cabe proceder de  la manera siguiente: primero medimos la distancia Dp entre P y E , después medimos la distancia Dq entre Q y E y a continuación restamos: d= Dq- Dp= (Q-E)- (P-E). Por ejemplo 1000- 500=500 kilómetros. Al decir primero y  después, no hemos precisado a qué momentos exactos nos estamos  refiriendo, pues ello es indiferente.  El primer y segundo tiempo  son arbitrarios porque  la acción de medir se efectúa en un tiempo u otro, pero el tiempo no interviene en lo medido, no forma parte de lo medido.  Cabe decir, por ejemplo que a  la una hemos procedido a medir  Dp y a las dos Dq.

Supongamos ahora que por nuestra estación E pasa un tren a las  cero horas  a la velocidad de cien kilómetros por hora,  y que un viajero procede a medir siguiendo la misma pauta. Ha de quedar claro que desde el tren se intenta medir lo mismo que se ha medido desde la estación, a saber la distancia espacial  entre las estaciones P y Q. Además  se ha construido el ejemplo para que, en los momentos de medición el tren aun no haya alcanzado el  extremo P de la misma, de tal manera que en principio la distancia total se presente  digamos intacta  para ambos observadores, aunque obviamente con la diferencia de que,   para el observador en E, ese espacio entre P y Q está inmóvil mientras  pero que (por el principio de relatividad de Galileo) para el viajero se está desplazando hacia la izquierda a una velocidad v.

Expresamos lo que realiza el viajero utilizando la transformación de coordenadas de Galileo (a), y designando T1, T2  respectivamente los intervalos temporales   de una hora y dos horas tenemos:

d'= D'q-D'p= (Dq-vT1)-(Dp-vT2 )=(1000-v1h.)-(500-v 2h)= (1000-100)-(500-200)=900-300=600. No hay coincidencia pues con la medición efectuada desde la estación. Veamos que pasa  si procede a medir primero distancia (P-E) y luego la distancia  (Q-E): (1000-v2h.)- (500-v 1h)= (1000-200)-(500-100)=800-400=400.

Así ese primero y después carentes de importancia tratándose de medir una distancia desde un sistema respecto al cual no está en movimiento, sí la tiene si la medición se efectúa desde el sistema en movimiento relativo. Y no es sólo que no hay coincidencia entre los resultados desde el tren y desde el andén sino que los dos primeros difieren entre sí.

Para que el resultado obtenido por el viajero concuerde con el del observador de la estación, es necesario que el primero se someta a una condición a la que no está sometido el segundo, a saber: que sus dos mediciones se efectúen al mismo tiempo. Si por ejemplo ambas acontecen  a los sesenta minutos, tenemos:

d'=D'q -D'p= (Dq-vT1)-(Dp-vT1)=(1000-v1h.)-(500-v 1h)= (1000-100)-(500-100)=900-400=500. Y el resultado es el mismo si consideramos que se procede a medir a los ciento veinte minutos. (b)

Y cabe pensar que efectivamente ahí reside el "fallo", que había que medir al mismo tiempo. Mas entonces: ¿por qué el que está en la estación no está obligado a ello? La respuesta es  clara: porque cuando el espacio a medir  está en reposo respecto al instrumento de medida, en el mismo  no cuenta el tiempo, mientras que sí cuenta  cuando tal espacio está en movimiento respecto a la unidad de medida. Y precisamente porque el tiempo cuenta,  hay que fijarlo, hay que determinar un instante concreto en el que todos los puntos de ese espacio a medir, extremos incluidos, son simultáneos.

Nótese bien que la trascendencia del asunto sería mucho menor sin  el principio de relatividad de Galileo. Supongamos por un momento que éste no hubiera sido formulado (o bien no hubiera sido asumido), cabría entonces razonar de la siguiente manera: Objetivamente (¡ontológicamente!) las estaciones P y Q están en reposo y quien se mueve es el tren. La distancia que cuenta es la que se mide desde E.  Si el del tren no se las arregla para medir esta distancia efectiva,es cosa suya. La obligación de ceñirse a un tiempo forma parte de este arreglo, por así decirlo epistémico y no ontológico.  Mas el principio de relatividad de Galileo dice que  tan correcto es afirmar que se desplaza el tren de izquierda a derecha en relación al firme, como decir que  es el "firme" lo que se está desplazando hacia la izquierda. Para el viajero que ha obtenido un resultado la obligación  de hacer intervenir el tiempo es la causa de que el otro, el pseudo firme, por así decirlo   no se está quieto. Y de hecho si, informado del resultado  del viajero el del andén quisiera deducir el suyo propio tendría también que hacer intervenir el tiempo:

x =x'+vt

Salvo atenerse a medir exclusivamente en campo propio (cerrando el viajero  las ventanas y el oficial  de la estación ignorando que hay trenes)  no hay manera de librar al espacio del tiempo. Por eso precisamente es necesario determinarlo. Si el viajero y el ferroviario se ponen de acuerdo en un tiempo, entonces el resultado que cada uno obtenga podrá, mediante la transformación de Galileo, servir a que el otro obtenga el suyo propio. Y aquí una exigencia que parece una obviedad: para fijar un instante común tiene que haber un tiempo común.

Por ello es de tal peso  la hipótesis de que  ese tiempo común no lo hay, o al menos no lo hay cuando se trata de medir distancias espaciales, de tal manera que  para los extremos de la distancia  considerada ( P Q en el ejemplo dado) el  instante único que exige  la medición del viajero serían en realidad dos instantes diferentes en el reloj del andén; grave hipótesis la  de que, en general, el espacio de acontecimientos simultáneos para el uno no sea espacio de acontecimientos simultáneos para el otro. 



(a) Ha de quedar bien claro que el recurso a la transformación de Galileo es para expresar en términos de un sistema las mediciones que se realizan en el otro sistema. El viajero ha medido con los recursos que le son propios y obtenido los resultados D'p, D'q, los cuales después expresamos en términos del otro sistema de coordenadas. No se trata de que su medición consiste en recibir la información desde el firme y aplicar mecánicamente la transformación, aunque obviamente este podría ser un método. 

(b) Si en lugar de una distancia  espacial fija  P Q se trata de dos acontecimientos puntuales, el primero a los 60minutos y el otro a los 120 minutos del paso del tren. Obviamente, dada su evanescencia ( y ausencia de huella fija sí se quiere) sólo serán localizables  en el momento de su emergencia, no pudiendo ser medidos al mismo tiempo. Ello  no tiene mucha importancia para el observador  del andén: "P y Q acontecieron  el primero a la una  en el kilómetro  500  y el segundo  a las dos en el kilómetro 1000 " dirá en su informe. Mas sí habrá problemas si confronta su medición con la de su colega. Se verá la importancia de esto más adelante.

[Publicado el 30/9/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 66: Lo inconcebible para el viajero galileano

El tiempo se ha hecho pequeño para la distancia.                                                          

Al pasar el tren sin detenerse  por la estación E, se desencadena en el andén una señal,  (acontecimiento A) anunciadora de que en un intervalo de tiempo determinado en la estación E'  ocurrirá un acontecimiento B. Obviamente, para el jefe de estación,  A y B son eventos distanciados tanto en el espacio como en el tiempo. Sin embargo no está excluido que para el viajero asomado al exterior ambos estén muy próximos en el tiempo y eventualmente  sean simultáneos, de tal manera que al pasar por E percibiría ya en  la distancia,  el anunciado evento B. Todo depende de que en el andén el intervalo  temporal T0 entre  A y B sea  pequeño en relación a la distancia espacial entre ellos. ¿Y qué quiere decir pequeño? Pues por ejemplo que en ese intervalo la luz fuera incapaz de cubrir la distancia espacial. Si así es, entonces hay una determinada velocidad V0 tal que, si el tren va a esa velocidad, A y B ocurrirán para el viajero en un mismo instante. Cabe incluso que para nuestro hombre  B preceda a A. Basta para ello que la velocidad de su tren sea superior a V0.  En general, dada una velocidad V mayor que cero, existe   un continuo de  eventos que el operario de la estación considera  aun por venir y que para el viajero son contemporáneos.

Y el espectro de los acontecimientos simultáneos para el viajero, se adentra  en el pasado del operario de la estación,  y (al igual que  en el caso del futuro)  esta inmersión es tanto más profunda cuanto que el evento está más alejado en el espacio. Pues (limitándose ahora  a una coordinada espacial y una temporal), para todo  instante t del pasado del ferroviario  existe una distancia x  en el sentido contrario a la marcha del tren, tal que lo que acontece a esa distancia es para el viajero presente. Complementariamente, acontecimientos que son simultáneos para el viajero ( por ejemplo todos los ocurridos en el instante t=0 en el cual el tren alcanzó  la estación) están  para el ferroviario en momentos diferentes. Pues resulta que la contemporaneidad es ahora dependiente de la velocidad, y en consecuencia relativa no sólo al tiempo sino también al espacio.  Y de hecho sólo hay eventos simultáneos para ambos protagonistas en el momento en el que el centro de coordinadas del tren coincide con el centro de coordenadas de la estación, es decir en ese instante de cada uno en el que la distancia respecto al acontecimiento que el otro constituye es nula.

Pues bien, éste es el momento de retornar a Galileo  para ver que tratándose de medir distancias espaciales que no están en el propio sistema (por ejemplo medir desde el tren la distancia entre los extremos A  B de un componente del rail) es imprescindible cumplir la condición de medir al mismo tiempo la ubicación de ambos extremos,es decir considerarlo como acontecimientos espacio temporales simultáneos.

[Publicado el 23/9/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 65: A vueltas con el viajero galileano.

Indicaba en la columna anterior que la filosofía no puede consistir en esa  inmersión en los átomos del conocimiento que constituye la ciencia (y en ocasiones la simple erudición), sino más bien en el esfuerzo por hacer perceptible  las enormes implicaciones de tal o tal  conocimiento puntual a la hora de interrogarse sobre el bagaje de conceptos y postulados implícitos que posibilitan una relación con el mundo. Evocaré lo más clásico:

En comparación con  el verdadero  cataclismo que para la visión  de la naturaleza supone  la einsteniana relatividad restringida, el llamado  Principio de Relatividad de Galileo puede parecer inocuo. Pero  no lo es en absoluto, y  de hecho en el mismo está ya en embrión uno de los aspectos más revolucionarios de la teoría relativista, a saber, la imbricación del tiempo en el espacio cuando dejamos de considerar exclusivamente lo que ocurre en nuestro sistema de referencia para medir distancias en un sistema que se halla en movimiento respecto al mismo. Las tesis centrales de Galileo forman hoy parte de la llamada cultura general, lo cual no quiere decir que sean  "conocidas", a menos de llamar conocimiento a la mera información carente de concepto (saber que tal pensador  sostiene una determinada tesis no supone en absoluto ser capaz de avanzar por si mismo un argumento en favor de la misma). No está pues quizás de más una revisión, sirviéndose de un apólogo.

No hay cambio en el interior...

El problema puede ser abordado con una pregunta del tipo siguiente: si consideramos un único sistema físico, si hacemos absoluta abstracción de  la eventual existencia de otros sistemas que se alejan o se acercan a él  ¿cabe realmente  diferenciar en algo su situación en reposo de su situación en movimiento rectilíneo uniforme? El carácter absoluto de la diferencia entre  reposo y movimiento rectilíneo uniforme sería difícil de negar si en un caso u otro  hubiera diferencias  físicas, por ejemplo si  ciertas magnitudes dentro del  mismo sistema cambiaran. 

Sea ese  tren al que tanto recurre Einstein, que podemos considerar arbitrariamente grande, parado en una determinada  estación. Para facilitar la representación imaginaria conviene a tenerse  a dos coordenadas espaciales, reservando la tercera para el tiempo; el tren será así  bi-dimensional. Puesto que el tren se halla estacionado, las distancias espacio temporales entre acontecimientos que  ocurran  dentro del tren   pueden ser expresadas mediante el mismo sistema de coordinación (t, x, y) que el  del andén, y con origen espacial coincidente con  la cola del mismo. Visto el tren desde el andén, su situación de reposo se traduce en que la trayectoria espacio-temporal del origen del tren es ortogonal a (x, y), de hecho confundida con la coordenada t del tiempo (en cada instante sigue en el mismo sitio).

Consideremos ahora que  el tren ha pasado a hallarse  en movimiento con velocidad constante v a lo largo de la vía, identificada al eje de los  valores x (haremos abstracción de lo que pasó en el momento de inevitable aceleración). Supongamos que el observador, ajeno a la existencia de un  exterior (ventanas cerradas), empieza a percibir dentro del tren perturbaciones en las distancias espacio temporales. Ejemplo fantasioso: percibe que la distancia entre dos  objetos en reposo en el vagón se ha reducido. Es más: percibe que la distancia misma que separa la pared delantera del vagón y la trasera también ha menguado. Desde luego, si algo de esto ocurriera habría una razón para decir que el tren no está en la misma situación en la que estaba.  Y si sospechamos que esta  reducción del espacio se debe a que tenemos una velocidad no nula, aunque constante, podríamos temer un eventual incremento de la misma.

En suma, si al pasar del reposo al movimiento rectilíneo uniforme ocurrieran cosas como   las descritas podríamos decir que el ser un viajero del tren supondría para esa persona paso a un nuevo universo espacio temporal, por así decirlo  a un nuevo mundo...

Sin embargo nada de esto ocurre,  las cosas dentro del tren acontecen  exactamente de la misma manera, concretamente: el espacio  del vagón sigue respondiendo a las mismas propiedades métricas; y por supuesto,  en este espacio  el tiempo sigue determinando planos de contemporaneidad que abarcan el conjunto entero de puntos y acontecimientos, de tal forma que todo se ubica en el presente, o se ha ubicado en el pasado, de manera perfectamente regular.

Si nuestro vagón es un laboratorio, entonces los resultados de experimentaciones complejas realizadas en la  situación de movimiento uniforme son exactamente iguales a los verificados en la situación en reposo, lo cual equivale a decir que no hay nueva situación: no hay experiencia mecánica que pueda dar testimonio de que nuestro ámbito propio se desplaza uniformemente, en lugar de hallarse en reposo.

...Exterior del tren galileano.

Para que algo ocurra, el viajero debe simplemente abrir la ventana y hacer experimentos que implican el exterior. Constata, por ejemplo, que cuando estaba el tren en reposo la distancia que una señal  que se hallaba junto a la vía a una distancia determinada, se halla ahora más cerca. O que un objeto que dejaba caer desde la ventana sobre un punto determinado de la vía cae ahora en otro punto...sin duda el tren se nueve al menos que lo que se mueve sea la estación en el sentido contrario, pues los resultados de ambas mediciones serían idénticos. Es decir, hay equivalencia  entre sostener  que las cambios son consecuencia de que un sistema de referencia se desplaza en un sentido y sostener que es el otro sistema el que  se desplaza en sentido contrario.

Considerando de nuevo el espacio-tiempo de tres dimensiones (t,x,y), en términos geométricos la apertura a la contemplación  del otro sistema se traduce de entrada en que le vemos efectuar una trayectoria  inclinada respecto al plano espacial, mientras que la nuestra se nos antoja ortogonal  y de hecho coincidente con la coordenada temporal. (1) Cierto es que  el observador integrado en el otro sistema otro  podría afirmar  que es al revés,  que su propio sistema de referencia (su propio mundo) es el que está en reposo y  que el primero se está alejando  en el sentido negativo del eje de los x, por lo que la trayectoria de este otro diverge de la propia. En suma:  para cada uno de ellos el que se inclina es el  otro.

Por ello quizás, la verdadera apertura a la alteridad  consiste en interesarse no sólo por el movimiento respecto  del otro respecto a nuestro sistema de referencia, sino por lo que pasa en su seno, su interna estructura y por los eventos espacio- temporales  que allí ocurren. Supongamos además que hay diálogo con un observador integrado en el otro sistema, interesado a su vez por el nuestro. Podemos entonces comparar no sólo lo que vemos en su mundo con lo que perciba él del mismo, sino también  lo que sabemos de nuestro propio mundo con su perspectiva. Ello con ayuda de la conocida "transformación de coordenadas de Galileo" que no es otra cosa que la formalización de lo que implicita o explicitamente, de manera consciente o automática aplicamos en nuestra cotidiana relación con el entorno físico.  Y aquí si que habrá una diferencia entre lo que al respecto nos dice Galileo y lo que más tarde nos dirá la Relatividad Restringida. Diferencia que radica esencialmente en el hecho de que para Galileo el tiempo tiene ese carácter de invariante al que arriba me refería.

Cambio de tren....el espacio se achica.

 El postulado de la invariancia del tiempo marca en efecto la visión del viajero galileano y por ello hay cosas del mundo físico que de ninguna manera puede aprehender.  Supongamos que antes de subir al tren sabía ya la distancia exacta que hay entre  entre   dos  estaciones consecutivas  P, Q del trayecto  y  se propone simplemente confirmar tal saber. La cosa es complicada, (pues como veremos ha de considerar los extremos  como acontecimientos simultáneos ha de determinar  la posición de  ambos en el mismo instante), pero supongamos que nuestro hombre tiene algún expediente para ello. Pues bien:

Comprobará entonces que la distancia se ha achicado, y lo mismo le ocurrirá con cualquier otra distancia espacial del exterior.  Pero no será ésta la única sorpresa. Pues en realidad la extraña modificación de las distancias exteriores  que el viajero constata no sería posible si la propia coordenada temporal  hubiera seguido siendo  común a interior y exterior. De nuevo se da el caso de que sobre  el asunto hay más información sobre la cosa que concepto. Vale pues quizás  la pena seguir con el apólogo, considerando ya que el viajero que creía haberse subido a un tren galileano de hecho se había embarcado en un tren lorenziano, es decir, un tren en el que acontecimientos que el considera con toda  razón simultáneos no lo son  en el exterior...y viceversa.


 (1) Sea un sistema en reposo  con centro en (t x y) = (0, 0 , 0).  En ausencia de fuerza que en él se ejercite, cabría decir que su espacio bidimensional  "se alza"en el tiempo, pasando su centro  a los puntos (1,0,0), (2,0,0), etcétera, es decir, su trayectoria  espacio temporal es ortogonal como decía respecto al plano espacial.
Consideremos ahora  que hay un segundo objeto físico  ubicado en  en el punto (t, x, y)= (0, 0, 1), es decir, separado en una unidad espacial en la dirección positiva del eje de las y  en el instante t0  y que un observador lo contempla desde el primer objeto, constatando lo siguiente: mientras que en t0 está a su misma altura  a lo largo del eje x, en el instante t1  está distanciado en dos unidades, en el instante t2 se halla alejado cuatro unidades, seis unidades  en t3 etcétera. Será fácil para el  observador inferir que sus trayectorias espacio temporales divergen, y que lo hacen según  una relación constante de dos unidades de medida por segundo en una única dirección y sentido. Si él se considera en reposo (recordemos que nada en sus experimentos internos le impide hacerlo) estimará  que la otra trayectoria está inclinada respecto a la verticalidad de la suya.

[Publicado el 16/9/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 64: Escollos para un Proyecto de Ontología.

Es recurrente la pregunta de los filósofos sobre su propio quehacer, sobre  cuáles son  los asuntos de los que la filosofía ha de ocuparse, sobre  si difieren o no de  aquellos de los que trata la ciencia y, en los casos  de intersección, sobre cuál es la forma específica de abordaje. He hablado de la cuestión aquí en varias ocasiones, lo cual no quiere decir que haya encontrado siquiera un esbozo de respuesta.  Decía en las columnas que preceden que  la filosofía se halla abocada a asomarse a múltiples disciplinas que, por vocación concentran su esfuerzo en un dominio particular,  y apuntaba a que  ello supone para el pensamiento filosófico  un doble peligro:

En primer lugar  la dificultad para superar realmente las cuestiones técnicas, pues  sin ser especialista en materia alguna el filósofo debe  necesariamente  alimentarse de muchas, lo cual   puede simplemente abrumar. La dificultad se agrava por el hecho de  que, aun de alcanzarse cierta  competencia,  en una exposición filosófica los aspectos técnicos  no pueden aparecer desde el origen, y menos aun cabe empezar con esos guiños que se hacen mutuamente los eruditos. El filósofo ha de  arrancar hablando  en términos profundamente cargados de sentido, que ha de combinar  de manera simplemente razonable, expresándose, al menos de entrada, en lenguaje común pero a la vez intentando la intrínseca equivocidad de éste  no haga del discurso una bruma.

El segundo peligro viene de la posibilidad de que la dificultad misma de resolver los vericuetos técnicos haga olvidar la matriz. La filosofía no es nunca esa  inmersión en los átomos del conocimiento (que sólo la especialización en un  sector  posibilita), sino más bien la tentativa de evidenciar el peso de tal conocimiento puntual a la hora de poner sobre el tapete el acerbo común que nos permite decir que hay un mundo. Por dar un ejemplo que aquí ha tenido gran peso: el esfuerzo por adentrarse en ciertas complejidades matemáticas  de la mecánica cuántica podría hacer olvidar que la cuestión del ser de las cosas es lo que  conduce a un filósofo al  interés por esta disciplina. 

Un tratado de ontología sustentado en la reflexión contemporánea (científica, pero no exclusivamente) supondría la superación de ambos escollos: las alforjas bien repletas de datos  convertidos en instrumentos,  y la cuestión del ser  como horizonte permanente que les  confiere nuevo sentido. De nuevo algo más fácil de decir que de llevar a cabo. Sin embargo, el obligado  reconocimiento de los propios límites que  no ha de impedir  a  nadie  seguir en el intento, mediante  "estudios", literalmente ensayos, como esos croquis  que se hacen en pintura o esos esbozos de composición musical, susceptibles  (sólo susceptibles) de traducirse en obra propiamente dicha.

[Publicado el 09/9/2014 a las 09:00]

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Biografía

Víctor Gómez Pin se fue muy joven de Barcelona a París donde estudió Filosofía obteniendo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde imparte las asignaturas de Filosofía y Matemáticas, Epistemología y Filosofía fundamental. Desde hace unos años trabaja en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas.


Su transcurso indisociablemente profesional y social quedó marcado por su incorporación al proyecto de la facultad de Zorroaga que, en el San Sebastián de los años ochenta, aspiraba a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía fiel a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo de toda la universidad". En la fidelidad a lo que fue el proyecto teorético fundacional de Zorroaga, Víctor Gómez Pin es coordinador del International Ontology Congress/Congreso Internacional de Ontología, cuyas ediciones desde hace veinte años se han venido realizado bajo el Patrocinio de la UNESCO. Ha obtenido entre otros los premios Anagrama y Espasa de Ensayo.
Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. En abril de 2013 fue nombrado miembro de Jakiunde, Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras del País Vasco. Junto al compositor Tomás Marco es co-director del Encuentro Música- Filosofía que se celebra anualmente en la ciudad de Ronda. Su libros más reciente es Reducción y combate del animal humano (Ariel, 2014)

Bibliografía

 

Enlaces

Información sobre el X Congreso Internacional de Ontología aquí.

 

 

 

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