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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 31 de enero de 2015

 Blog de Víctor Gómez Pin

Asuntos Metafísicos 83: Necesidad natural

En un prólogo a su novela  Los trabajadores del mar, Víctor Hugo se  refiere a la penuria que para  la condición humana  supone el hallarse acotado en primer lugar por sus propios prejuicios, en segundo lugar por las leyes de organización social y en tercer lugar, por lo que él denomina las cosas, es decir, el entorno físico o  necesidad natural. Los protagonistas de la narración  son marinos de la isla anglo normanda de Guernesey, en la que se hallaba exiliado, y el escritor toma como punto de arranque la tercera de estas constricciones, la necesidad natural, concretizada en el combate del hombre para quien el océano es el horizonte de vida.

El libro lleva una bella dedicatoria a la propia  isla que le acogió, la cual hará  quizás evocar  La Terra Trema,  aquella maravillosa parábola sobre el destino humano en un pueblo marinero de Catania, filmada por un Luchino Visconti cuya visión solidaria y conmovida del Mezzogiorno italiano se hallaba en las antípodas de los prejuicios hoy alimentados  por los sórdidos manipuladores de la Lega Norte: "Dedico este libro a la roca de hospitalidad y libertad, a este rincón de antigua tierra normanda habitada por noble y modesta gente del mar, a la isla de Guernesey, severa y amable, mi refugio actual, mi tumba probable"

                                                           ***

En estas notas, he venido  defendiendo la tesis de que la metafísica, lejos de constituir una figura pasada o declinante, tiene precisamente en nuestro tiempo la ocasión de un verdadero renacer. La idea de base es que en el  arranque  del siglo XX la física  sitúa a sus protagonistas en posición que guarda analogías con la de los fisiócratas  jónicos del siglo VI a. C. Ya he señalado que la singularidad jónica no radica en lo más o menos elevado de su conocimiento de la naturaleza. Tales  de Mileto se nutre del  saber  de las civilizaciones del entorno, y el eclipse que se le atribuye hubiera podido ser previsto con igual o mayor acuidad por un astrónomo babilónico o egipcio. La diferencia no reside tanto en el grado de conocimiento técnico, como en la manera de considerar  aquello de lo que se tiene tal conocimiento.

Los jónicos saben que la naturaleza es  necesidad. Intencionalmente evito expresiones como la naturaleza " responde a una necesidad", que podría dar a entender que la necesidad es exterior a la naturaleza, que ésta obedece a la misma, pudiendo eventualmente no haberlo hecho.  La naturaleza  es para el jónico algo tan concomitante con la necesidad, que  conocer la primera no es otra cosa que reflejar el entramado de la segunda. Los jónicos se ocupan de lo que determina todo acontecer, y por ello con los jónicos se inicia la física en la que, como es sabido, las conjeturas serán baremadas  por el grado de adecuación a esta  implacabilidad.

Lo implacable de la necesidad natural no significa que el hombre no pueda modificar la secuencia de lo que acontece. La técnica consiste precisamente en esta potencialidad de intervención. Pero la técnica no hace sino actualizar una de las potencialidades de la necesidad, la técnica no intervine a la manera de los dioses, la técnica no lleva a cabo más que aquello que la necesidad posibilita. Por eso precisamente los protagonistas del relato de Victor Hugo a los que arriba me refería, confrontados a la tarea de recuperar la maquinaria de un barco encallado,  son presentados por el escritor como paradigma de la limitación por la necesidad.

Traía a colación el texto de Victor Hugo para recordar que  esta necesidad ha de ser distinguida de la ley (nomos), la cual  determina el tipo de constricción que se fragua en la sociedad humana.   No hay ciertamente  ciudad (polis)  sin ley  ( nomos), habrá como mucho una ciudad con una ley amenazada o desquebrajada, pero mientras haya un rescoldo de organización humana la  ley está presente. La ley que no tiene nada de natural,  no es menos constringente que la necesidad. La ley es a la ciudad como la necesidad es a la naturaleza, pero una y otra han de ser perfectamente diferenciadas, aunque no es tarea del físico focalizarse en esta  diferencia. El físico explora la necesidad, nunca esa cosa de los hombres que es la ley. Ello en  todo caso mientras permanezca físico, y salvo  que su misma práctica le conduzca  a dar un radical paso. 

[Publicado el 29/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísicos 82: Tras la ciencia...Humanismo filosófico

Entre los pensadores griegos, algunos privilegiaron el testimonio  de  los sentidos  a la hora de buscar un fundamento a la diversidad natural (fuego, agua...) y  otros, por el contrario, consideraron como realidad física última lo que los sentidos no podían percibir (átomos, figuras geométricas puramente ideales). Un tiempo incluso pudo pasar desapercibido el hecho de que en este segundo caso el único testigo de que había una realidad primordial era precisamente el intelecto. Pero el problema sin embargo acabó por estallar: surgió un combate entre los sentidos y el intelecto, reflejado en un célebre fragmento atribuido por Galeno a Demócrito:

"Por mera convención nos referimos al color, y también por convención hablamos de  lo dulce, por convención asimismo nos referimos a  lo amargo; en realidad sólo hay átomos y vacío" aserta el intelecto. Mas al escuchar  tal cosa los sentidos (aistheseis) responden al intelecto: "Pobre intelecto, pretendes vencernos a nosotros que somos las fuentes de tus evidencias. Tu victoria será tu derrota" (Diels B 125). 

De hecho el intelecto podría responder: Incluso el que  afirma que aquello a lo que todo se reduce es algo perceptible, como  el agua o el aire, está haciendo que legisle el intelecto. Pues los sentidos perciben el agua pero no perciben que todo sea agua.   Y lo mismo ocurre cuando, gracias al discurrir del intelecto,  se erige en verdad científica  que el  planeta  Tierra gira en torno al Sol. A lo cual los sentidos podrían ciertamente responder  que   no hubiéramos razonado al respecto sin la percepción sensible, para la cual es el sol  el que se desplaza...

¿Es este debate sobre el intelecto y los sentidos  un debate científico? Lo único seguro es que se trata de un debate concomitante a la ciencia, un debate que no se hubiera dado fuera de la disposición de espíritu que conduce a la ciencia, encarnada por los físicos jónicos. Y en ello difiere radicalmente de las consideraciones sobre el alma humana que surgen en otros contextos. Pero la ciencia no plantea este debate, la ciencia ha tomado partido aun in saberlo, ha  priorizado el intelecto.  Darse cuenta de que es así y focalizar sobre tal asunto la atención ya no es cosa de la ciencia sino precisamente apertura a la filosofía.

Y no se trata tanto  de un debate entre "realismo" e "idealismo" (ambas partes reivindican lo suyo como real y acusan a la otra parte  de vivir entre fantasmas), salvo si por real se entiende  lo que daría soporte a todo lo demás, lo que es condición del resto sin que la recíproca sea cierta, y en suma: lo incondicionado.  Para el atomista tal estatuto ha de ser otorgado al vacío y los átomos. Pero estos candidatos sólo están representados por el intelecto, de tal manera que, en última instancia, lo  incondicionado sería el intelecto mismo, es decir, una facultad específica del hombre. Y como acabo de indicar escapan  de hecho a tal conclusión los que afirman como   incondicionado algo material como el agua. La única manera de evitar el poner al intelecto en el centro sería dejar de hacer ciencia, dejar de hacer lo que hicieron, Tales, Anaximandro, Anaxímenes...O bien hacer ciencia y no preguntarse por lo que has hecho, no dar el paso a la filosofía.

¿Quiero ello decir que si retornamos a la mera confianza en los sentidos, evacuaríamos al intelecto y con él al hombre? En absoluto. El enfermo de ictericia, a quien la miel sabe amarga, posibilitará que surja  la interrogación filosófica y ésta, por un camino diferente conducirá de nuevo al hombre. Pues si la miel es dulce para uno y amarga al otro, pero nos negamos a que el intelecto legisle respecto a qué es la miel en sí... sólo vale la mera subjetividad. Mas entonces entra en juego   la conocida sentencia de Protágoras según la cual todas las cosas tienen en el hombre el patrón de medida (Pánton xremáton métron èstin ántropos... DK 8ob1)  La sentencia precisa que se trata tanto de medida "de las cosas que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son".

Muchas son las interpretaciones que se han dado de la frase  y no todas van en el sentido del relativismo subjetivista. Aquí mismo he aludido a una posible    interpretación fuerte según la cual  el ser humano constituiría la condición de que las cosas tengan no sólo  una significación y un peso en una escala de valores, sino incluso una determinación precisa.  Pero en cualquier caso estaríamos también debatiendo sobre la centralidad del ser humano.

Los  asuntos del ser humano  también ocuparon a los llamados fisiócratas, y que eran de hecho  los que reflexionaban sobre la naturaleza, o sea, los físicos de la Antigüedad. Algunos de sus sucesores dejaron ya de ocuparse de la primera parte, dejaron de ser físicos. Entre unos y otros alimentaron un debate que, emulando a Platón, puede calificarse como "lucha de gigantes en torno al ser".  En tal combate sigue hoy la filosofía en ocasiones brotando asimismo de la física,  del trabajo de  los físicos, los nuevos Tales, Anaximandro, Anaxímenes ...

Cuando la reflexión sobre el hombre no es paralela al conocimiento de la naturaleza, sino que surge precisamente de ésta, cuando la  exigencia misma  de determinar la physis  conduce a tomar muy en serio la hipótesis de la irreductibilidad del hombre a una especie natural entre otras especies naturales, entonces el humanismo es filosófico. Diferencia radical respecto a las actitudes en las que la consideración de la trascendencia del hombre procede de una pulsión del espíritu directamente opuesta al acto de conocer.

Ciertas mentes positivistas han reprochado siempre a la filosofía una suerte de caída en la tentación de absoluto que la haría sospechosa a los ojos del ascético  rigor de la ciencia. Lo más curioso es que esas mismas mentes  nada tienen que objetar a la promesa de absoluto cuando se presenta desnuda. Una sería la causa de la verdad científica y otra la causa de la verdad religiosa. La  filosofía, meramente, se niega a esta dicotomía; la filosofía  busca en la razón misma la confianza en que las vicisitudes de la vida empírica no agotan la cosa cuando del hombre se trata. 

[Publicado el 22/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísico 81: El renacer ingenuo de la Metafísica.

He evocado ya aquí al personaje de Borges en El Hacedor que, guiado por la voluntad de tener una representación global del mundo, va  forjando imágenes de regiones, valles,  montañas, barcos, islas, instrumentos de conocimiento, estrellas o galaxias, para finalmente, cercana ya la hora de la muerte, descubrir que el laberinto  de rasgos que ha venido forjando sólo designa la imagen de su  rostro.

El intelecto avanza hipótesis sobre lo grande y sobre lo diminuto, sobre los astros y sobre lo que se encubre tras la forma de la carne o la forma de la piedra, y lo hace buscando una verdad que creía trascenderle. La ciencia ha de creer que en el hecho de conocer el intelecto  no altera lo conocido; la filosofía surge como sospecha de que en realidad lo que el intelecto hace es forjar lo conocido. Pero resulta que en los albores del siglo XX la propia ciencia es conducida a hacer suya esta sospecha: sospecha de la  imposible pureza de la naturaleza para el hombre; sospecha de que su contemplación de la misma se haya siempre mediatizada, no sólo por conceptos generales sino por   principios ordenadores de tales conceptos.

 Cuando  la mecánica cuántica  desarrolla sus tesis de base, obviamente la filosofía ya existe. Pero la novedad es que, a partir de las aporías de la mecánica cuántica, la filosofía parece  surgir de nuevo con independencia de tal existencia, pues los físicos  se hacen metafísicos eventualmente en la ignorancia de la metafísica existente.

Ciertamente los interrogantes que esos nuevos metafísicos avanzan estaban ya  planteadas por Kant y tantos otros, pero no es lo mismo recogerlos como una tradición, descubrirlos  en la escolástica textual (tan admirable por otra parte), que verlos surgir en uno mismo  y dejarse llevar por el caudal que trazan, como un  niño rehace la vida entera  del lenguaje  en el mero hecho de echarse a hablar. El lenguaje ya estaba ahí cuando el niño es introducido en el lenguaje, pero no obstante el niño empieza a hablar siempre por el principio.  En los albores del siglo XX la metafísica asistía a un  renacer,  y no es un azar si en ese renacer uno de sus  mayores protagonistas (Schrödinger) vuelve la mirada a Jonia.

Pues  en la trasformación  que supuso  para la ciencia misma dar el paso  a la filosofía, en el hecho de  que ciertos pensadores  pasaran  de contar entre  los primeros científicos a contar  asimismo entre  los primeros  filósofos, reside lo radicalmente novedoso de lo que acontece en Jonia, Tracia y la Italia meridional en la prodigiosa centuria que precede a la  formación de la Academia platónica.

[Publicado el 15/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos Metafísicos 80: ¿Qué etapa del saber es la Filosofía?

Es usual considerar a la manera del filósofo positivista Comte que la ciencia sería la etapa final en la evolución del espíritu humano, con  peldaño precedente en la filosofía, la cual a su vez supondría el haber superado  una etapa marcada por el imaginario teísta.  Es la célebre doctrina de los tres estadios. En el primero, tildado de ficticioteológico se representan los fenómenos como producidos por la voluntad dominante de agentes sobrenaturales como Poseidón o Zeus. En el segundo estadio, que Comte califica de metafísico, los agentes anteriores serían sustituídos por abstracciones como las ideas platónicas, que por participación engendrarían las cosas físicas,  o un alma subsistente  que daría cuenta del comportamiento  humano y eventualmente animal. Sólo en el tercer estadio, designado por  Comte como positivo o científico, el hombre renunciaría a  ambiciones como la de dar un sentido a la aparición el universo o  atribuirle una causa final. Limitándose a establecer leyes naturales a partir de las relaciones de similitud  y sucesión, el hombre habría por así decirlo entrado en una etapa asentada y madura, algo así como quien deja atrás las ilusiones de la adolescencia.

Pues bien, de alguna manera la consideración de lo que ocurre en las ciudades Jónicas y en los lugares a los que se extiende el pensamiento allí desarrollado,  invierte la jerarquía entre la segunda y la tercera etapa. Ciertamente no se puede comparar la ciencia helena con la ciencia que Auguste Comte tiene en la cabeza. Las conjeturas  de  Tales, Anaximandro, Anaxímenes  o Pitágoras  están cargadas de elementos representativos en los que la imaginación juega un gran papel, pero lo esencial de la ciencia, la disposición de espíritu que caracteriza al científico, está ya presente. Y  sólo como resultado de las interrogaciones a las que este mismo espíritu se ve abocado, surgirá la filosofía. En suma, lejos de que  la ciencia suponga una superación de la filosofía, cabe decir que  surge la filosofía como una suerte de corolario de la ciencia, o por mejor decir, un corolario de las aporías a las que se ve abocada la propia ciencia. En nuestro tiempo esto se repite, la metafísica renace a partir de la física.

[Publicado el 08/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 79. Viraje hacia la filosofía (4): “Lucha de gigantes en torno a la entidad”

Síntesis

Resumo de nuevo lo que precede: Retornar a la atmósfera jónica en la que la convicción sobre el carácter inteligible del mundo se adueñó de los espíritus sería  tarea irrenunciable, no sólo para la filosofía sino también para la física. Pues se trataría  del retorno a una reflexión que no podría  ser catalogada ni como científica  ni como filosófica, y ello porque tal división sólo habría tenido lugar más tarde, y como resultado de un viraje en el seno mismo de la problemática que abre para nosotros el pensamiento jónico. Y citaba un texto en el que el gran Erwin Schrödinger parece reconocerse y deleitarse en ese horizonte previo a la división entre las tareas del espíritu.

Son muchos los pensadores que en el siglo XX han sentido nostalgia de esta Jonia arcaica y ello, entre otras razones, por considerar que, por dispares que sean, los problemas que abordan las diferentes disciplinas  tienen una matriz común y en consecuencia una relación intrínseca, por lo cual  la toma de partido respecto a uno de ellos afecta también a los demás. Esta es una de las razones que moverían  a retornar al  periodo álgido del pensamiento de los Tales de Mileto (585 a. C. aproximadamente),  Anaximandro,  (hacia 565) Anaxímenes (545)...

En estos pensadores, que podrían  ser considerados tanto los primeros científicos  racionalistas como los primeros filósofos, se habría fraguado no sólo la idea de que  la naturaleza es susceptible de ser comprendida, sino  también  la más singular todavía de que tal comprensión es neutra, es decir: la  persona  comprende  sin perturbar lo comprendido, sin involucrarse en ello, lo cual es la primera condición de que quepa hablar de conocimiento objetivo. Y  aquí hay un punto que permite la inflexión, el viraje de una problemática que podría ser considerada meramente científica a una problemática que, vinculada a la ciencia, permitiría in embargo hablar ya de filosofía. Me limitaré por hoy a señalar un aspecto:

Viraje hacia la filosofía

Si  en el acto de conocer el sujeto introdujera una perturbación en  lo conocido, perdería nitidez la diferencia  misma entre sujeto y objeto. Tenemos aquí el origen mismo  de una polaridad tan arraigada que ni siquiera (en nuestro ordinario discurrir) la reflexionamos. Cabe seguir en esta ausencia de reflexión,  seguir considerando como obviedad que el objeto no es perturbado por el conocimiento y así posibilitar la clara distinción entre sujeto y objeto, de manera concreta mantener la diferencia entre la naturaleza entorno y la singular entidad que constituye el ser que conoce, sentando así las bases de la actitud que caracteriza al físico, movido ("si se me pone contra la pared" dice John Bell en un texto ya en estas columna citado) a afirmar  la  existencia de una  naturaleza independiente, aun en los casos en que su propio trabajo obliga a considerar (al menos considerar) la hipótesis contraria.

Entre los pensadores griegos, algunos privilegiaron el testimonio  de  los sentidos  a la hora de atribuir propiedades a la naturaleza, y otros por el contrario consideraron como realidad física lo que los sentidos no podían percibir. Un tiempo incluso pudo pasar desapercibido el hecho de que en este segundo caso el único testigo de que había una realidad física era precisamente el intelecto. Pero el problema sin embargo surgió, surgió un combate entre los sentidos y el intelecto, reflejado en un bellísimo fragmento atribuido por Galeno a Demócrito y en correlación surgió el combate no tanto entre "realistas" e "idealistas" (al postular el vacío y los átomos el texto de Galeno sostiene que constituyen lo que de verdad hay), como el combate relativo al papel del hombre en la constitución de la propia realidad, combate relativo al papel del hombre en el ser de las cosas... combate que conduciría inevitablemente a una interrogación sobre el propio ser del hombre.

Estos asuntos también ocuparon a los llamados fisiócratas, y que eran de hecho  los que reflexionaban sobre la naturaleza, o sea, los físicos de la Antigüedad. Algunos de sus sucesores dejaron ya de ocuparse de la primera parte, dejaron de ser físicos. Entre unos y otros alimentaron un debate que emulando a Platón cabe designar de "lucha de gigantes en torno al ser" En tal combate seguimos gracias entre otras cosas a los nuevos físicos, a los Tales, Anaximandro, Anaxímenes... de nuestra época.

[Publicado el 01/1/2015 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 78. Viraje hacia la filosofía (3): La pregunta persiste.

Sintetizaré lo esencial de las  columnas anteriores Un físico que se pregunta por las condiciones que han posibilitado el que haya en la historia de la cultura humana precisamente una disciplina como la física y  para intentar responder decide sumergirse en los arcanos del pensamiento griego (interrumpiendo incluso su docencia científica para dar unas lecciones recogidas bajo el título de  La naturaleza y los griegos)

La física, tal como la entendemos,  es ante todo el resultado de un conocimiento de la naturaleza que se va progresivamente actualizando, pero  Erwin Schrödinger sabe que  nuestra relación  con ésta no tiene  porque  venir determinada por un enfoque cognoscitivo. De hecho  tal enfoque  presusupone un postulado que está muy lejos de constituir una obviedad, a saber, precisamente,  que la naturaleza es cognoscible.  Como ya he señalado aquí mismo, cabe  perfectamente  concebir una gran civilización que no se halle sustentada en este  postulado, una civilización para la cual el fondo de la naturaleza sea algo reverenciable,  sagrado, temible o protector,  y ello precisamente por intrínsecamente ignoto. De ahí que  Erwin Schrödinger llegue a sostener una tesis ya por otros esbozada  pero que él asume con gran radicalidad, a saber: que la asunción  del postulado relativo al  carácter cognoscible del orden natural constituye una singularidad, un rasgo definitorio de la civilización griega y por mejor decir de la Jonia que constituye una de sus  matrices.

En este primer  postulado tendríamos la primera razón para  retornar al  periodo álgido del pensamiento de los Tales de Mileto (585 a. C. aproximadamente),  Anaximandro,  ( hacia 565) Anaxímenes (545)... Entre estos pensadores, que  desde luego pueden ser  considerados tanto los primeros científicos  racionalistas como los primeros filósofos, se fragua no sólo la idea de que  la naturaleza es susceptible de ser comprendida, sino  también la más singular todavía de que tal comprensión es neutra, es decir: el conocimiento en sí no perturba aquello sobre lo que se vuelca.

Nótese  que este hecho de que  la  persona  comprenda  sin perturbar lo comprendido, sin involucrarse en ello,  es la primera condición de que quepa hablar de conocimiento objetivo. Pues si en el acto de conocer el sujeto introdujera una perturbación en  lo conocido, perdería nitidez la diferencia  misma entre sujeto y objeto. Tenemos aquí el origen mismo  de una polaridad tan arraigada que ni siquiera (en nuestro ordinario discurrir) la reflexionamos. Si los pensadores griegos pudieran ser catalogados exclusivamente por la asunción consciente o implícita de los dos postulados... habría que considerarlos más bien como primeros científicos que como primeros flósofos. Y desde luego tal cosa hacen muchos de lso que a ellos se acercan. En un libro de 2013 que lleva el significativo título de Anaximandro de Mileto o el nacimiento del pensamiento científico, el ilustre físico Carlo Rovelli (a quien se debe la llamada  "interpretación relacional"  de la mecánica cuántica)  considera a Anaximandro como el primer científico en el sentido que tal palabra tiene para nosotros.

Rovelli ve en Anaximandro "un gigante del pensamiento, cuyas ideas suponen una revolución mayor: se trata del hombre que ha dado nacimiento a lo que los griegos han llamado 'investigación de la naturaleza', poniendo las bases, incluso literarias, de toda la tradición científica ulterior". Abre sobre el mundo natural una perspectiva racional: por primera vez el mundo de las cosas es percibido como directamente accesible al pensamiento" Habrá ocasión de volver sobre esta tesis, pero avanzaré  desde ahora los principales argumentos esgrimidos por Rovelli:

 Anaximandro sería el primero en considerar la evolución de los seres vivos; el primero en interpretar la necesidad natural como un orden que desarrolla los acontecimientos en el tiempo; el primero en avanzar conceptos abstractos que permiten postular entidades no perceptibles y que estarían detrás de los fenómenos. Anaximandro sería asimismo el primero en introducir el espíritu crítico que permite manifestar el desacuerdo con doctrinas establecidas, aunque éstas se encuentren sustentadas en la palabra sacerdotal o en la de un respetado maestro. Fiel a este espíritu Anaximandro habría revolucionado la cosmología heredada,  basada en la estructuración del espacio en  un alto y un bajo absolutos. Este cuestionamiento de lo heredado supondría la aportación mayor del pensamiento griego a lo que vendría a ser  el pensamiento científico: aun en el respeto de los dioses, la religión deja de ser la referencia a la hora de explicar, de salvar los fenómenos; aun en el respeto de quien enseñó a pensar, la exigencia fundamental es hacerlo con voz propia.

Vemos que la tesis de Rovelli   focaliza en Anaximandro la afirmación de Schrödinger según la cual  en Jonia se habría introducido la idea de que el mundo es transparente a la razón. Y sigo manteniendo la pregunta: además de hacer de Anaximandro el primer científico (dejemos toda discusión sobre si habría que considerar como tal ya a Tales) Mas la pregunta persiste:¿en qué todo esto hace de Anaximandro el primer filósofo?

Vuelvo sin embargo a Schrödinger, para quien  parece no haber duda de que aquí está ya la filosofía, además de que esté desde luego la ciencia.  Escribiendo al respecto con radicalidad:  "La filosofía de los antiguos griegos nos atrae hoy porque nunca antes o desde entonces, en ningún lugar del mundo, se ha establecido nada parecido a su altamente avanzado y articulado sistema de conocimiento y observación sin la fatídica división que nos ha estorbado durante siglos y que ha llegado a hacerse insufrible en nuestros días." (o. c. p.29).

[Publicado el 25/12/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 77. Viraje hacia la filosofía (2): ¿Nacimiento de la filosofía o nacimiento de la ciencia?

La ciencia es implacable cuando percibe  una insuficiencia, no sólo en  el rigor sino en esta modalidad particular del rigor que es la exactitud. Constatando la dificultad de conciliar la exigencia de la ciencia con ciertas disposiciones del espíritu humano que  no parecen reductibles a residuos de superstición  el físico que es Schrödinger (al que me refería en la columna anterior) experimenta la nostalgia de un horizonte intelectual en la que tal división aun no se había efectuado:

"La miseria personal, las esperanzas enterradas, los inminentes desastres y la desconfianza respecto a las reglas de prudencia y honestidad bastan para hacer que los hombres se aferren a una vaga esperanza (sea o no probable) de que el 'mundo' o la 'vida' se inserte en un contexto de más alta significación por más que sea inescrutable. Pero hay un muro que separa los 'dos senderos', el del corazón y el de la pura razón. Miramos atrás a lo largo del muro: ¿no es posible derribarlo?; ¿ha estado siempre ahí?. Si nos adentramos en la historia siguiendo su trazado por encima de montes y valles, contemplamos una tierra muy lejana, unos dos mil años atrás, donde el muro de allana y desaparece y el sendero ya no se escinde, sino que es sólo uno. Algunos estimamos que merece la pena volver atrás y ver qué se puede aprender de esta atractiva unidad original".

¿De qué unidad se trata?  ¿Al utilizar la transitada metáfora  de "sendero del corazón", está aludiendo a la carencia que lleva a la esperanza religiosa? Si no es así, muchos hubieran ciertamente preferido que el gran físico eligiera con mayor escrúpulo sus expresiones. Sin embargo es posible pensar que Schrödinger  tiene en mente no  la religión sino la filosofía, es decir, la rara modalidad de actividad del espíritu que acompañaría a la ciencia en su  nacimiento en las ciudades marinas de Anatolia.

La hipótesis supone que Schrödinger tiene claro en qué consiste la filosofía, cuáles son los rasgos que la diferencian de la ciencia, pues, como indicaba en la columna anterior,  decir que ciencia y filosofía están involucradas supone asumir que son cosas diferentes. La sospecha que tengo al leer no sólo  el texto de Schrödinger  sino también los de autores  que desde la historiografía filosófica y armados con el más riguroso saber filológico se acercan al mundo jónico es que explican más bien el nacimiento de la ciencia que el nacimiento de la filosofía. En otros términos: parece más fácil distinguir la ciencia tal como nosotros la entendemos no sólo de otras formas de aproximación a la naturaleza, sino incluso de otras formas de conocimiento de la misma, a saber (según Gompertz, Burnet, Schrödinger o el también físico Carlo Rovelli) esas formas de conocimiento que se darían en Egipto, China o Mesopotamia.

Y en la medida en que los autores que voy evocando son admirables científicos o admirables eruditos hay la sospecha de que tras la inmersión en el pensamiento jónico a la que nos invitan seguiríamoss sin saber de hecho  en qué consiste la filosofía. Asunto desde luego preocupante y hasta algo humillante para alguien quienes precisamente  nos dedicamos a la enseñanza de la filosofía. Pues bien:

De la lectura de los textos de esos pensadores nacidos en Jónia  y  que extienden tanto  su saber como sus problemas a Tracia, Samos o la Italia meridional, cabe extraer una hipótesis relativa al nacimiento de la filosofía, precisamente de la filosofía a no confundir con la religión (aunque de ella pueda heredar el ansia de absoluto), ni con la ciencia aunque efectivamente emerja como una consecuencia de  los dos corolarios fundadores de la misma a los que me he referido.

[Publicado el 18/12/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 76. Viraje hacia la filosofía (1): pensar el mundo a la manera de los griegos

"Prácticamente toda nuestra educación intelectual tiene su origen en los griegos. Un conocimiento escrupuloso de estos orígenes es pues requisito indispensable para liberarnos de su aplastante influencia. Ignorar el pasado es aquí, no sólo indeseable, sino simplemente imposible. Uno no necesita haber oído sus nombres  para estar bajo el hechizo de su autoridad. Su influencia no sólo se ha dejado sentir sobre quienes aprendieron de ellos en la Antigüedad y en los tiempos modernos; todo nuestro pensamiento, las categorías lógicas en las que éste se mueve, los esquemas lingüísticos que utiliza(y que por consiguiente lo dominan) es en cierto modo una elaboración y, en lo fundamental, el producto de los grandes pensadores de la Antigüedad. Debemos investigar, pues, este devenir con toda meticulosidad a fin de no tomar por primitivo lo que es resultado de un proceso de crecimiento y desarrollo, y por natural lo que es, de facto artificial"

Este radical  (y sin duda problemático) texto del historiador del pensamiento  Theodor  Gompertz (Griechische Denker-Pensadores Griegos- Vol I pag. 419 1911) es ampliamente glosado por el físico Erwin Schrödinger para dar por así decirlo base erudita a su propia convicción de que el retorno a la Jonia en la que el pensamiento griego tiene cuna constituye una exigencia tanto para los científicos como para los filósofos.  Y  a los argumentos de Gompertz, Schrödinger añade uno de sus propias alforjas. Da la razón a Gompertz en la necesidad de retornar la mirada hacia Jonia, y  enfatiza el hecho de que ello es en primer lugar  tarea del que se interroga por el origen y la esencia de la actitud científica. El físico  coincide asiso  con Burnet, otro gran historiador del pensamiento antiguo, en que  " constituye  una adecuada descripción de la ciencia el decir que en ella se trata de pensar sobre el mundo a la manera de los griegos", y  en consecuencia  "la ciencia no ha existido excepto entre los pueblos que vivieron bajo la influencia griega" (john Burnet Early Greek Philosophy Londres 1930).

Obviamente Schrödinger no ignora que esplendorosas civilizaciones ajenas a Jonia en el espacio y en el tiempo  han desarrollado prodigiosas técnicas que les han permitido un sorprendente control del entorno. No ignora que antes de Tales de Mileto, en China y en Egipto se había alcanzado un elevado conocimiento matemático, y podrían multiplicarse los ejemplos  ¿Qué nos quiere pues  señalar  el gran físico cuando asume tan radical tesis? No es seguro que la respuesta que él mismo se da sea satisfactoria. Aquí ya ha sido considerada. Pensar a la manera de los griegos sería hacerlo en base a un doble postulado,  a saber: a)que el mundo  es inteligible y b) que el conocer es en sí mismo neutro en relación a tal  mundo (otra cosa sería la técnica que surgiría de tal conocer). Mas "pensar al modo de los griegos", tiene quizás una connotación suplementaria que el propio Schrödinger barrunta, aunque no es seguro que llegue a tener un visión precisa de la cosa. Pues además de estar en el origen de lo que nosotros consideramos ciencia, el pensamiento griego se encuentra también en el origen de lo que se conoce como filosofía. Y  quizás en el lazo entre ambas, en la crisis que supone para la ciencia misma su vinculación a la filosofía, reside lo radicalmente novedoso del pensamiento que se despliega en Jonia, Tracia y la Italia meridional en la prodigiosa centuria que precede a la  formación de la Academia platónica. Obviamente esto no tiene sentido mas que si está realmente clara la diferencia entre ciencia y filosofía, es decir, si está claro qué añade la interrogación filosófica a la interrogación científica. O aun, en que momento de su interrogación los pensadores jónicos pasan a ser los primeros científicos para ser asimismo los primeros  filósofos. Intentaré  abordar el asunto en las columnas que siguen.

[Publicado el 11/12/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 75: Prioridad ontológica de la diferencia sobre la identidad

Formularé una pregunta clásica: ¿cabe una multiplicidad meramente numérica, es decir, sin notas diferenciales que suponen desigualdad?  Remontémonos una vez más a Aristóteles:  En el nivel de las especies la respuesta es negativa, pues referirse a especies   supone precisamente considerar la diferencia cualitativa en el seno de un género. Hombre y caballo se distinguen en el seno de la animalidad entre otras cosas porque el primero posee la nota racional, de la que el segundo carece. Pero Aristóteles sostiene que hay un dominio en el que en cierto modo hay distinción sin diferenciación cualitativa, pues para el Estagirita las polaridades cualitativas mediante los cuales podemos a distinguir a Sócrates de Calias (bajo-alto, feo- guapo, canoso- cabello negro, etcétera) son contingentes y en consecuencia carentes de peso ontológico.  De ahí su tesis de que no hay ciencia de los individuos y que la ciencia como determinación de diferencias esenciales acaba  allí dónde conseguimos distinguir a una especie de otra especie. Esta contingencia de los rasgos diferenciales cualitativos tratándose no de la especie sino  del   individuo supone que, a la hora de referirse a éste, lo único importante es exactamente lo que la etimología dice: indiviso respecto a sí mismos y dividido respecto a todos los demás (por decirlo en términos de Francisco Suarez) es decir la definición misma de uno. Si hay individuos hay multiplicidad meramente cuantitativa cabría decir respondiendo a la pregunta.

Mas,  ¿cual cual sería el soporte de esta  pluralidad meramente cuantitativa? ¿Dónde se despliega la discreta pluralidad  de los individuos? En  el continuo espacial o temporal sería la primera e inmediata  respuesta. Dos individuos presentes difieren en el espacio, mientras que el presente Sócrates que se dispone a tomar la cicuta difiere del Sócrates maestro del joven Platón en el tiempo. Pues bien, Leibniz vendrá al traste con esta concepción. Lejos de admitir que la diversidad de posiciones en el espacio y el tiempo basta para distinguir a una realidad de otra, Leibniz nos invita a considerar la posibilidad de que sólo se den tiempo y espacio en razón de que las cosas de inmediato se distinguen por rasgos intrínsecos. O en otros términos: tiempo y espacio serían la expresión de la diferencia entre las cosas y jamás un marco previo y subsistente en el cual eventualmente las cosas pudieran venir a insertarse. Transcribo al respecto un  párrafo de los Nouveaux Essais sur l'entendement humain (XXVII).

Un texto de Leibniz.

"Es necesario que además de la diferencia de tiempo y de lugar haya un principio de interna distinción, y aunque haya varias cosas de una misma especie es cierto, sin embargo que no hay cosas absolutamente similares: así, aunque el tiempo y el lugar (es decir, la relación exterior) nos sirvan para distinguir cosas que no distinguimos perfectamente por sí mismas, no por ello las cosas dejan de ser distinguibles en sí. El criterio de la identidad y la diversidad no reside pues en el tiempo y el lugar, aunque sea verdad que la diversidad de las cosas se acompaña de la diversidad de tiempo y lugar que conllevan impresiones diferentes sobre la cosa. Ello por no decir que más bien son las cosas las que permiten discernir un lugar o un tiempo de otro lugar u otro tiempo, pues por ellos mismos son absolutamente similares, lo cual supone que no son substancias o realidades completas"

En suma: el tiempo y el espacio no precederían a las cosas. Las cosas no precederían a sus intrínsecas diferencias. Luego: el tiempo y el espacio no precederían a la diferencia entre las cosas. Y el texto citado se completa con un segundo en el que se explicita ya el principio de los indiscernibles:

"El principio de individualización se reduce en los individuos al principio de distinción del que hablaba. Si dos individuos fueran absolutamente similares e iguales y así (en una palabra) indistinguibles por sí mismos, no habría principio de individualizació; e incluso me atrevo a decir que en estas condiciones no habría distinción individual ni individuos diferentes"

Vemos pues que con Leibniz se da un enorme paso en la vía de la priorización ontológica de la relación diferencial sobre la entidad per se de cada cosa.  Sin relación diferencial intrínseca no habría  especies,  sostenía ya Aristóteles. Sin  relación diferencial intrínseca no habría tampoco individuos, viene a decir Leibniz.  Así pues, sin relación diferencial intrínseca no habría simplemente mundo, puesto que mundo no es otra cosa que orden, es decir precisamente sistema de relaciones entre géneros, entre  especies, en el seno del género, y entre individuos en el seno de la especie.

[Publicado el 02/12/2014 a las 09:00]

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Asuntos metafísicos 74: La escisión en el origen

El expediente de Zeus.

En uno de los más conocidos diálogos de Platón, El Banquete encontramos en boca de uno de los protagonistas, Aristófanes, el mito de una nostalgia de unidad originaria que  parece consubstancial a la condición humana:

"Pero habeis lo primero de conocer la forma y manera de ser humana y lo que con ella ha sucedido[ ...]Pues en primer lugar, eran tres las especies de los hombres y no dos, como ahora macho y hembra. Había una tercera, común en algo con esas dos, y cuyo nombre ha quedado hasta el día de hoy, en tanto que ella está extinguida: pues "andrógino" o "machihembra" o "marimacho"era en aquel entonces una de las tres, ompuesta así en figura como en  nombre de las otras dos, de la de macho y de la de hembra, mientras que ahora no hay tal, sino como nombre que se ponga como insulto.

Eran pues tremendos en poder y fuerza; soberbios eran los sentimientos que albergaban y osaron ir contra los dioses[...] Apenas si al cabo Zeus, tras haberlo meditado, habla como sigue: 'Me parece que he dado, dijo, con un expediente para que siga por un lado habiendo hombres y cesen, por el otro, en su desenfreno, una vez que su fuerza mengue. Y es ello que ahora, dice, voy a dividirlos en dos a cada uno de ellos, con lo cual, a la vez que vendrán a ser más débiles, serán más provechosos para nosotros, al resultar su número acrecentado; y marcharán erguidos sobre dos piernas. Pero si todavía les diera por portarse insolentemente y no se quisieran quedar tranquilos, de nuevo los he de dividir en dos, de modo que anden sobre una sola pata coja'. Habiendo dicho lo cual iba dividiendo a los hombres por la mitad, como quienes rajan las serbas y las preparan para hacer orejones de ellas[...]cada uno de nosotros es como una de las piezas de un hombre entero, dividido que está como los partes de un lenguado, de uno dos".

El texto platónico enfatiza el hecho de que en esta escisión originaria tendría su matriz la pulsión amorosa tendiente a reencontrar la unidad primitiva suturando así "la llaga del ser humano". Pero la fuerza del mito va mucho más lejos. Es de buena lógica pensar  que en realidad  el ser  previo a la escisión no era aun el ser humano, que  este surge como resultado de la misma, y en consecuencia, contemplar  a la luz de tal quiebra originaria, tal ruptura en el seno de lo entero, la totalidad de los proyectos humanos. Todos ellos esconderían  una inclinación a superar la parcialidad correlativa del ser y alcanzar así una plenitud que necesariamente (puesto que la individualidad humana resulta de la escisión) sería necesariamente más que humana.

Prioridad ontológica de la escisión

Pero el proyecto de reencontrar lo entero puede adoptar estrategias diferentes, algunas de las cuales se revelan inoperantes respecto al fin propuesto. La única manera de que la escisión no triunfe es asumirla, o sea: contemplar la individualidad como su fruto, rechazando de sí el espejismo consistente en ver cada cosa como una entidad por sí misma, la cual sólo en segundo lugar- y accidentalmente- mantendría  relación con las demás.

"El hombre es un nudo de relaciones" indicaba Saint Exupery, pero se traiciona lo esencial de este aserto si se considera que hay un ser del hombre  previo a este su  ser en relación. Se lo traiciona asimismo si se considera que la relación baña en un fondo de neutralidad que podría traducirse en tensión pero también en complementaridad.

La escisión en lo uno, traducida en polaridad, es la condición de la identidad, pero lo así polarizado no se vincula en la neutralidad sino en la oposición y en última instancia en la contradicción.

La concepción según la cual, en primer lugar las cosas son lo que son y sólo en segundo lugar entran en relación diferencial las unas respecto a las otras recibe la puntilla en pensadores como Hegel, pero este no es el único. Leibniz había preparado el terreno enunciando principios sobre los que me detendré un momento en la próxima columna.

[Publicado el 25/11/2014 a las 09:00]

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Biografía

Víctor Gómez Pin se fue muy joven de Barcelona a París donde estudió Filosofía obteniendo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde imparte las asignaturas de Filosofía y Matemáticas, Epistemología y Filosofía fundamental. Desde hace unos años trabaja en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas.


Su transcurso indisociablemente profesional y social quedó marcado por su incorporación al proyecto de la facultad de Zorroaga que, en el San Sebastián de los años ochenta, aspiraba a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía fiel a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo de toda la universidad". En la fidelidad a lo que fue el proyecto teorético fundacional de Zorroaga, Víctor Gómez Pin es coordinador del International Ontology Congress/Congreso Internacional de Ontología, cuyas ediciones desde hace veinte años se han venido realizado bajo el Patrocinio de la UNESCO. Ha obtenido entre otros los premios Anagrama y Espasa de Ensayo.
Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. En abril de 2013 fue nombrado miembro de Jakiunde, Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras del País Vasco. Junto al compositor Tomás Marco es co-director del Encuentro Música- Filosofía que se celebra anualmente en la ciudad de Ronda. Su libros más reciente es Reducción y combate del animal humano (Ariel, 2014)

Bibliografía

 

Enlaces

Información sobre el X Congreso Internacional de Ontología aquí.

 

 

 

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