PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 1 de octubre de 2014

 Blog de Víctor Gómez Pin

Asuntos Metafísicos 67: Ya en galileo...

La fórmula de transformación de coordenadas de Galileo describe una situación en la que la magnitud espacial que se mide tiene su extremo en el origen  de coordenadas del propio móvil que se desplaza. Si Dp es la distancia en la coordenada x de una estación P  a la estación de salida E,  entonces la distancia de P  al tren será D'p  la cual puede ser expresada en términos de la primera  (la distancia en el firme) mediante la transformación de Galileo D'p = Dp -v.t. Dónde v designa la velocidad del tren y t el tiempo. Obviamente D'p se va achicando,  en razón de que un extremo se va acercando al otro. Pero ¿qué pasa si se trata de medir la  distancia   entre dos puntos de la vía a los que el tren aun no ha llegado?

Sean una segunda estación  Q  más alejada que P , siempre en la coordenada x. Consideramos en primer lugar que  nos interesamos por la distancia entre P y Q  desde nuestro reposo en la estación E. Cabe proceder de  la manera siguiente: primero medimos la distancia Dp entre P y E , después medimos la distancia Dq entre Q y E y a continuación restamos: d= Dq- Dp= (Q-E)- (P-E). Por ejemplo 1000- 500=500 kilómetros. Al decir primero y  después, no hemos precisado a qué momentos exactos nos estamos  refiriendo, pues ello es indiferente.  El primer y segundo tiempo  son arbitrarios porque  la acción de medir se efectúa en un tiempo u otro, pero el tiempo no interviene en lo medido, no forma parte de lo medido.  Cabe decir, por ejemplo que a  la una hemos procedido a medir  Dp y a las dos Dq.

Supongamos ahora que por nuestra estación E pasa un tren a las  cero horas  a la velocidad de cien kilómetros por hora,  y que un viajero procede a medir siguiendo la misma pauta. Ha de quedar claro que desde el tren se intenta medir lo mismo que se ha medido desde la estación, a saber la distancia espacial  entre las estaciones P y Q. Además  se ha construido el ejemplo para que, en los momentos de medición el tren aun no haya alcanzado el  extremo P de la misma, de tal manera que en principio la distancia total se presente  digamos intacta  para ambos observadores, aunque obviamente con la diferencia de que,   para el observador en E, ese espacio entre P y Q está inmóvil mientras  pero que (por el principio de relatividad de Galileo) para el viajero se está desplazando hacia la izquierda a una velocidad v.

Expresamos lo que realiza el viajero utilizando la transformación de coordenadas de Galileo (a), y designando T1, T2  respectivamente los intervalos temporales   de una hora y dos horas tenemos:

d'= D'q-D'p= (Dq-vT1)-(Dp-vT2 )=(1000-v1h.)-(500-v 2h)= (1000-100)-(500-200)=900-300=600. No hay coincidencia pues con la medición efectuada desde la estación. Veamos que pasa  si procede a medir primero distancia (P-E) y luego la distancia  (Q-E): (1000-v2h.)- (500-v 1h)= (1000-200)-(500-100)=800-400=400.

Así ese primero y después carentes de importancia tratándose de medir una distancia desde un sistema respecto al cual no está en movimiento, sí la tiene si la medición se efectúa desde el sistema en movimiento relativo. Y no es sólo que no hay coincidencia entre los resultados desde el tren y desde el andén sino que los dos primeros difieren entre sí.

Para que el resultado obtenido por el viajero concuerde con el del observador de la estación, es necesario que el primero se someta a una condición a la que no está sometido el segundo, a saber: que sus dos mediciones se efectúen al mismo tiempo. Si por ejemplo ambas acontecen  a los sesenta minutos, tenemos:

d'=D'q -D'p= (Dq-vT1)-(Dp-vT1)=(1000-v1h.)-(500-v 1h)= (1000-100)-(500-100)=900-400=500. Y el resultado es el mismo si consideramos que se procede a medir a los ciento veinte minutos. (b)

Y cabe pensar que efectivamente ahí reside el "fallo", que había que medir al mismo tiempo. Mas entonces: ¿por qué el que está en la estación no está obligado a ello? La respuesta es  clara: porque cuando el espacio a medir  está en reposo respecto al instrumento de medida, en el mismo  no cuenta el tiempo, mientras que sí cuenta  cuando tal espacio está en movimiento respecto a la unidad de medida. Y precisamente porque el tiempo cuenta,  hay que fijarlo, hay que determinar un instante concreto en el que todos los puntos de ese espacio a medir, extremos incluidos, son simultáneos.

Nótese bien que la trascendencia del asunto sería mucho menor sin  el principio de relatividad de Galileo. Supongamos por un momento que éste no hubiera sido formulado (o bien no hubiera sido asumido), cabría entonces razonar de la siguiente manera: Objetivamente (¡ontológicamente!) las estaciones P y Q están en reposo y quien se mueve es el tren. La distancia que cuenta es la que se mide desde E.  Si el del tren no se las arregla para medir esta distancia efectiva,es cosa suya. La obligación de ceñirse a un tiempo forma parte de este arreglo, por así decirlo epistémico y no ontológico.  Mas el principio de relatividad de Galileo dice que  tan correcto es afirmar que se desplaza el tren de izquierda a derecha en relación al firme, como decir que  es el "firme" lo que se está desplazando hacia la izquierda. Para el viajero que ha obtenido un resultado la obligación  de hacer intervenir el tiempo es la causa de que el otro, el pseudo firme, por así decirlo   no se está quieto. Y de hecho si, informado del resultado  del viajero el del andén quisiera deducir el suyo propio tendría también que hacer intervenir el tiempo:

x =x'+vt

Salvo atenerse a medir exclusivamente en campo propio (cerrando el viajero  las ventanas y el oficial  de la estación ignorando que hay trenes)  no hay manera de librar al espacio del tiempo. Por eso precisamente es necesario determinarlo. Si el viajero y el ferroviario se ponen de acuerdo en un tiempo, entonces el resultado que cada uno obtenga podrá, mediante la transformación de Galileo, servir a que el otro obtenga el suyo propio. Y aquí una exigencia que parece una obviedad: para fijar un instante común tiene que haber un tiempo común.

Por ello es de tal peso  la hipótesis de que  ese tiempo común no lo hay, o al menos no lo hay cuando se trata de medir distancias espaciales, de tal manera que  para los extremos de la distancia  considerada ( P Q en el ejemplo dado) el  instante único que exige  la medición del viajero serían en realidad dos instantes diferentes en el reloj del andén; grave hipótesis la  de que, en general, el espacio de acontecimientos simultáneos para el uno no sea espacio de acontecimientos simultáneos para el otro. 



(a) Ha de quedar bien claro que el recurso a la transformación de Galileo es para expresar en términos de un sistema las mediciones que se realizan en el otro sistema. El viajero ha medido con los recursos que le son propios y obtenido los resultados D'p, D'q, los cuales después expresamos en términos del otro sistema de coordenadas. No se trata de que su medición consiste en recibir la información desde el firme y aplicar mecánicamente la transformación, aunque obviamente este podría ser un método. 

(b) Si en lugar de una distancia  espacial fija  P Q se trata de dos acontecimientos puntuales, el primero a los 60minutos y el otro a los 120 minutos del paso del tren. Obviamente, dada su evanescencia ( y ausencia de huella fija sí se quiere) sólo serán localizables  en el momento de su emergencia, no pudiendo ser medidos al mismo tiempo. Ello  no tiene mucha importancia para el observador  del andén: "P y Q acontecieron  el primero a la una  en el kilómetro  500  y el segundo  a las dos en el kilómetro 1000 " dirá en su informe. Mas sí habrá problemas si confronta su medición con la de su colega. Se verá la importancia de esto más adelante.

[Publicado el 30/9/2014 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Asuntos Metafísicos 66: Lo inconcebible para el viajero galileano

El tiempo se ha hecho pequeño para la distancia.                                                          

Al pasar el tren sin detenerse  por la estación E, se desencadena en el andén una señal,  (acontecimiento A) anunciadora de que en un intervalo de tiempo determinado en la estación E'  ocurrirá un acontecimiento B. Obviamente, para el jefe de estación,  A y B son eventos distanciados tanto en el espacio como en el tiempo. Sin embargo no está excluido que para el viajero asomado al exterior ambos estén muy próximos en el tiempo y eventualmente  sean simultáneos, de tal manera que al pasar por E percibiría ya en  la distancia,  el anunciado evento B. Todo depende de que en el andén el intervalo  temporal T0 entre  A y B sea  pequeño en relación a la distancia espacial entre ellos. ¿Y qué quiere decir pequeño? Pues por ejemplo que en ese intervalo la luz fuera incapaz de cubrir la distancia espacial. Si así es, entonces hay una determinada velocidad V0 tal que, si el tren va a esa velocidad, A y B ocurrirán para el viajero en un mismo instante. Cabe incluso que para nuestro hombre  B preceda a A. Basta para ello que la velocidad de su tren sea superior a V0.  En general, dada una velocidad V mayor que cero, existe   un continuo de  eventos que el operario de la estación considera  aun por venir y que para el viajero son contemporáneos.

Y el espectro de los acontecimientos simultáneos para el viajero, se adentra  en el pasado del operario de la estación,  y (al igual que  en el caso del futuro)  esta inmersión es tanto más profunda cuanto que el evento está más alejado en el espacio. Pues (limitándose ahora  a una coordinada espacial y una temporal), para todo  instante t del pasado del ferroviario  existe una distancia x  en el sentido contrario a la marcha del tren, tal que lo que acontece a esa distancia es para el viajero presente. Complementariamente, acontecimientos que son simultáneos para el viajero ( por ejemplo todos los ocurridos en el instante t=0 en el cual el tren alcanzó  la estación) están  para el ferroviario en momentos diferentes. Pues resulta que la contemporaneidad es ahora dependiente de la velocidad, y en consecuencia relativa no sólo al tiempo sino también al espacio.  Y de hecho sólo hay eventos simultáneos para ambos protagonistas en el momento en el que el centro de coordinadas del tren coincide con el centro de coordenadas de la estación, es decir en ese instante de cada uno en el que la distancia respecto al acontecimiento que el otro constituye es nula.

Pues bien, éste es el momento de retornar a Galileo  para ver que tratándose de medir distancias espaciales que no están en el propio sistema (por ejemplo medir desde el tren la distancia entre los extremos A  B de un componente del rail) es imprescindible cumplir la condición de medir al mismo tiempo la ubicación de ambos extremos,es decir considerarlo como acontecimientos espacio temporales simultáneos.

[Publicado el 23/9/2014 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Asuntos metafísicos 65: A vueltas con el viajero galileano.

Indicaba en la columna anterior que la filosofía no puede consistir en esa  inmersión en los átomos del conocimiento que constituye la ciencia (y en ocasiones la simple erudición), sino más bien en el esfuerzo por hacer perceptible  las enormes implicaciones de tal o tal  conocimiento puntual a la hora de interrogarse sobre el bagaje de conceptos y postulados implícitos que posibilitan una relación con el mundo. Evocaré lo más clásico:

En comparación con  el verdadero  cataclismo que para la visión  de la naturaleza supone  la einsteniana relatividad restringida, el llamado  Principio de Relatividad de Galileo puede parecer inocuo. Pero  no lo es en absoluto, y  de hecho en el mismo está ya en embrión uno de los aspectos más revolucionarios de la teoría relativista, a saber, la imbricación del tiempo en el espacio cuando dejamos de considerar exclusivamente lo que ocurre en nuestro sistema de referencia para medir distancias en un sistema que se halla en movimiento respecto al mismo. Las tesis centrales de Galileo forman hoy parte de la llamada cultura general, lo cual no quiere decir que sean  "conocidas", a menos de llamar conocimiento a la mera información carente de concepto (saber que tal pensador  sostiene una determinada tesis no supone en absoluto ser capaz de avanzar por si mismo un argumento en favor de la misma). No está pues quizás de más una revisión, sirviéndose de un apólogo.

No hay cambio en el interior...

El problema puede ser abordado con una pregunta del tipo siguiente: si consideramos un único sistema físico, si hacemos absoluta abstracción de  la eventual existencia de otros sistemas que se alejan o se acercan a él  ¿cabe realmente  diferenciar en algo su situación en reposo de su situación en movimiento rectilíneo uniforme? El carácter absoluto de la diferencia entre  reposo y movimiento rectilíneo uniforme sería difícil de negar si en un caso u otro  hubiera diferencias  físicas, por ejemplo si  ciertas magnitudes dentro del  mismo sistema cambiaran. 

Sea ese  tren al que tanto recurre Einstein, que podemos considerar arbitrariamente grande, parado en una determinada  estación. Para facilitar la representación imaginaria conviene a tenerse  a dos coordenadas espaciales, reservando la tercera para el tiempo; el tren será así  bi-dimensional. Puesto que el tren se halla estacionado, las distancias espacio temporales entre acontecimientos que  ocurran  dentro del tren   pueden ser expresadas mediante el mismo sistema de coordinación (t, x, y) que el  del andén, y con origen espacial coincidente con  la cola del mismo. Visto el tren desde el andén, su situación de reposo se traduce en que la trayectoria espacio-temporal del origen del tren es ortogonal a (x, y), de hecho confundida con la coordenada t del tiempo (en cada instante sigue en el mismo sitio).

Consideremos ahora que  el tren ha pasado a hallarse  en movimiento con velocidad constante v a lo largo de la vía, identificada al eje de los  valores x (haremos abstracción de lo que pasó en el momento de inevitable aceleración). Supongamos que el observador, ajeno a la existencia de un  exterior (ventanas cerradas), empieza a percibir dentro del tren perturbaciones en las distancias espacio temporales. Ejemplo fantasioso: percibe que la distancia entre dos  objetos en reposo en el vagón se ha reducido. Es más: percibe que la distancia misma que separa la pared delantera del vagón y la trasera también ha menguado. Desde luego, si algo de esto ocurriera habría una razón para decir que el tren no está en la misma situación en la que estaba.  Y si sospechamos que esta  reducción del espacio se debe a que tenemos una velocidad no nula, aunque constante, podríamos temer un eventual incremento de la misma.

En suma, si al pasar del reposo al movimiento rectilíneo uniforme ocurrieran cosas como   las descritas podríamos decir que el ser un viajero del tren supondría para esa persona paso a un nuevo universo espacio temporal, por así decirlo  a un nuevo mundo...

Sin embargo nada de esto ocurre,  las cosas dentro del tren acontecen  exactamente de la misma manera, concretamente: el espacio  del vagón sigue respondiendo a las mismas propiedades métricas; y por supuesto,  en este espacio  el tiempo sigue determinando planos de contemporaneidad que abarcan el conjunto entero de puntos y acontecimientos, de tal forma que todo se ubica en el presente, o se ha ubicado en el pasado, de manera perfectamente regular.

Si nuestro vagón es un laboratorio, entonces los resultados de experimentaciones complejas realizadas en la  situación de movimiento uniforme son exactamente iguales a los verificados en la situación en reposo, lo cual equivale a decir que no hay nueva situación: no hay experiencia mecánica que pueda dar testimonio de que nuestro ámbito propio se desplaza uniformemente, en lugar de hallarse en reposo.

...Exterior del tren galileano.

Para que algo ocurra, el viajero debe simplemente abrir la ventana y hacer experimentos que implican el exterior. Constata, por ejemplo, que cuando estaba el tren en reposo la distancia que una señal  que se hallaba junto a la vía a una distancia determinada, se halla ahora más cerca. O que un objeto que dejaba caer desde la ventana sobre un punto determinado de la vía cae ahora en otro punto...sin duda el tren se nueve al menos que lo que se mueve sea la estación en el sentido contrario, pues los resultados de ambas mediciones serían idénticos. Es decir, hay equivalencia  entre sostener  que las cambios son consecuencia de que un sistema de referencia se desplaza en un sentido y sostener que es el otro sistema el que  se desplaza en sentido contrario.

Considerando de nuevo el espacio-tiempo de tres dimensiones (t,x,y), en términos geométricos la apertura a la contemplación  del otro sistema se traduce de entrada en que le vemos efectuar una trayectoria  inclinada respecto al plano espacial, mientras que la nuestra se nos antoja ortogonal  y de hecho coincidente con la coordenada temporal. (1) Cierto es que  el observador integrado en el otro sistema otro  podría afirmar  que es al revés,  que su propio sistema de referencia (su propio mundo) es el que está en reposo y  que el primero se está alejando  en el sentido negativo del eje de los x, por lo que la trayectoria de este otro diverge de la propia. En suma:  para cada uno de ellos el que se inclina es el  otro.

Por ello quizás, la verdadera apertura a la alteridad  consiste en interesarse no sólo por el movimiento respecto  del otro respecto a nuestro sistema de referencia, sino por lo que pasa en su seno, su interna estructura y por los eventos espacio- temporales  que allí ocurren. Supongamos además que hay diálogo con un observador integrado en el otro sistema, interesado a su vez por el nuestro. Podemos entonces comparar no sólo lo que vemos en su mundo con lo que perciba él del mismo, sino también  lo que sabemos de nuestro propio mundo con su perspectiva. Ello con ayuda de la conocida "transformación de coordenadas de Galileo" que no es otra cosa que la formalización de lo que implicita o explicitamente, de manera consciente o automática aplicamos en nuestra cotidiana relación con el entorno físico.  Y aquí si que habrá una diferencia entre lo que al respecto nos dice Galileo y lo que más tarde nos dirá la Relatividad Restringida. Diferencia que radica esencialmente en el hecho de que para Galileo el tiempo tiene ese carácter de invariante al que arriba me refería.

Cambio de tren....el espacio se achica.

 El postulado de la invariancia del tiempo marca en efecto la visión del viajero galileano y por ello hay cosas del mundo físico que de ninguna manera puede aprehender.  Supongamos que antes de subir al tren sabía ya la distancia exacta que hay entre  entre   dos  estaciones consecutivas  P, Q del trayecto  y  se propone simplemente confirmar tal saber. La cosa es complicada, (pues como veremos ha de considerar los extremos  como acontecimientos simultáneos ha de determinar  la posición de  ambos en el mismo instante), pero supongamos que nuestro hombre tiene algún expediente para ello. Pues bien:

Comprobará entonces que la distancia se ha achicado, y lo mismo le ocurrirá con cualquier otra distancia espacial del exterior.  Pero no será ésta la única sorpresa. Pues en realidad la extraña modificación de las distancias exteriores  que el viajero constata no sería posible si la propia coordenada temporal  hubiera seguido siendo  común a interior y exterior. De nuevo se da el caso de que sobre  el asunto hay más información sobre la cosa que concepto. Vale pues quizás  la pena seguir con el apólogo, considerando ya que el viajero que creía haberse subido a un tren galileano de hecho se había embarcado en un tren lorenziano, es decir, un tren en el que acontecimientos que el considera con toda  razón simultáneos no lo son  en el exterior...y viceversa.


 (1) Sea un sistema en reposo  con centro en (t x y) = (0, 0 , 0).  En ausencia de fuerza que en él se ejercite, cabría decir que su espacio bidimensional  "se alza"en el tiempo, pasando su centro  a los puntos (1,0,0), (2,0,0), etcétera, es decir, su trayectoria  espacio temporal es ortogonal como decía respecto al plano espacial.
Consideremos ahora  que hay un segundo objeto físico  ubicado en  en el punto (t, x, y)= (0, 0, 1), es decir, separado en una unidad espacial en la dirección positiva del eje de las y  en el instante t0  y que un observador lo contempla desde el primer objeto, constatando lo siguiente: mientras que en t0 está a su misma altura  a lo largo del eje x, en el instante t1  está distanciado en dos unidades, en el instante t2 se halla alejado cuatro unidades, seis unidades  en t3 etcétera. Será fácil para el  observador inferir que sus trayectorias espacio temporales divergen, y que lo hacen según  una relación constante de dos unidades de medida por segundo en una única dirección y sentido. Si él se considera en reposo (recordemos que nada en sus experimentos internos le impide hacerlo) estimará  que la otra trayectoria está inclinada respecto a la verticalidad de la suya.

[Publicado el 16/9/2014 a las 09:00]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Asuntos Metafísicos 64: Escollos para un Proyecto de Ontología.

Es recurrente la pregunta de los filósofos sobre su propio quehacer, sobre  cuáles son  los asuntos de los que la filosofía ha de ocuparse, sobre  si difieren o no de  aquellos de los que trata la ciencia y, en los casos  de intersección, sobre cuál es la forma específica de abordaje. He hablado de la cuestión aquí en varias ocasiones, lo cual no quiere decir que haya encontrado siquiera un esbozo de respuesta.  Decía en las columnas que preceden que  la filosofía se halla abocada a asomarse a múltiples disciplinas que, por vocación concentran su esfuerzo en un dominio particular,  y apuntaba a que  ello supone para el pensamiento filosófico  un doble peligro:

En primer lugar  la dificultad para superar realmente las cuestiones técnicas, pues  sin ser especialista en materia alguna el filósofo debe  necesariamente  alimentarse de muchas, lo cual   puede simplemente abrumar. La dificultad se agrava por el hecho de  que, aun de alcanzarse cierta  competencia,  en una exposición filosófica los aspectos técnicos  no pueden aparecer desde el origen, y menos aun cabe empezar con esos guiños que se hacen mutuamente los eruditos. El filósofo ha de  arrancar hablando  en términos profundamente cargados de sentido, que ha de combinar  de manera simplemente razonable, expresándose, al menos de entrada, en lenguaje común pero a la vez intentando la intrínseca equivocidad de éste  no haga del discurso una bruma.

El segundo peligro viene de la posibilidad de que la dificultad misma de resolver los vericuetos técnicos haga olvidar la matriz. La filosofía no es nunca esa  inmersión en los átomos del conocimiento (que sólo la especialización en un  sector  posibilita), sino más bien la tentativa de evidenciar el peso de tal conocimiento puntual a la hora de poner sobre el tapete el acerbo común que nos permite decir que hay un mundo. Por dar un ejemplo que aquí ha tenido gran peso: el esfuerzo por adentrarse en ciertas complejidades matemáticas  de la mecánica cuántica podría hacer olvidar que la cuestión del ser de las cosas es lo que  conduce a un filósofo al  interés por esta disciplina. 

Un tratado de ontología sustentado en la reflexión contemporánea (científica, pero no exclusivamente) supondría la superación de ambos escollos: las alforjas bien repletas de datos  convertidos en instrumentos,  y la cuestión del ser  como horizonte permanente que les  confiere nuevo sentido. De nuevo algo más fácil de decir que de llevar a cabo. Sin embargo, el obligado  reconocimiento de los propios límites que  no ha de impedir  a  nadie  seguir en el intento, mediante  "estudios", literalmente ensayos, como esos croquis  que se hacen en pintura o esos esbozos de composición musical, susceptibles  (sólo susceptibles) de traducirse en obra propiamente dicha.

[Publicado el 09/9/2014 a las 09:00]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Asuntos metafísicos 63: ¿Qué camino tomar?

Las condiciones de la vía de la ciencia. Grosso modo, sabemos las implicaciones ontológicas de asuntos técnicos propios de las disciplinas científicas, concretamente de la física, como el teorema de Bell. Pero obviamente cabe saber con mayor acuidad.  Cabe  pensar en los términos en los que lo hacen los filósofos de la ciencia, lo cual supone formarse o seguir formándose en las disciplinas que permiten ahondar en el aspecto técnico de los problemas. Así  por ejemplo adentrarse en todas las discusiones de extraordinaria  complejidad relativas a la localidad, lo cual implica también considerar las tentativas para refutar  que la localidad  sea de verdad experimentalmente  violada;   y obviamente hay que considerar asimismo las respuestas que se han dado  a estos esfuerzos conservadores. Y caso de asumir decididamente  la no localidad cuántica,  hay entonces otros retos, por ejemplo el de discernir si una naturaleza no sometida a la   localidad  entra realmente  en contradicción con la Relatividad Restringida. Pregunta que a su vez  supone el determinar  si la velocidad de la luz es, en el marco de tal teoría, un limite infranqueable o simplemente un invariante para todos los referenciales galileanos (de tal manera que si un tren se mueve a una velocidad rectilínea uniforme, por enorme que su velocidad sea, la velocidad del rayo de luz que comparte dirección y sentido será la misma medida desde el tren que medida de la estación).  Y sea cual sea la respuesta a las anteriores preguntas, interrogación complementaria  es la de si la correlación a distancia que supone la violación de las desigualdades de Bell puede o no ser utilizada para el envío de señales, es decir si  la  naturaleza posibilita lo siguiente: un sujeto humano  controla un evento A que tiene influencia sobre un evento B espacialmente separado del primero y percibido por un segundo sujeto humano[1]

En suma, si en el tratamiento de las cuestiones ontológicas se sigue el camino de la ciencia, entonces no es obviable un cierto dominio de la Teoría de la Relatividad, pero hay asimismo que pasar por otras cuestiones. Pues en cuanto se sale de la consideración estrecha de una determinada  disciplina científica (quizás  simplemente como resultado de la simple constatación de que hay otras ), surge de inmediato la pregunta sobre si los objetos en  los que la ciencia especializada  se vuelca se hallan meramente dispersos o si hay unidad entre ellos, lo cual llevaría a buscar  una unidad entre las diferentes disciplinas. Desde el punto de vista de la filosofía de la ciencia la hipótesis de la unidad supondría la existencia  de una teoría fundamental provista de un modelo que pudiera dar cuenta exhaustiva de la realidad, o al menos de la realidad  de la que  la ciencia se ocupa.

Abrirse simplemente a este problema, es decir,  considerar meramente lo que la hipótesis supone,  implica  inevitablemente iniciarse  a los aspectos técnicos en materias aquí  aun ni siquiera evocadas. Pues habría que abordar cuestiones de termodinámica y preguntarse  si los principios estadísticos en los que esta disciplina se sustenta son reductibles a los de la mecánica cuántica o las bases de la relatividad. Pero, de nuevo ¿cómo meterse en este asunto sin la disposición para confrontarse a duros retos técnicos? Y el problema no se acaba ahí,  pues el espectro de la ciencia es amplio, al menos en lo relativo a su ambición. Tratándose de la vida y aun de la vida animal, la química  rige pues a ella se reduciría la genética, núcleo de la biología. Pero la dificultad radical es cuando se apunta  a que  el hombre mismo se convierta en su objetivo, lo cual para toda tentativa reduccionista supone ni más ni menos que intentar dar cuenta del lenguaje. Quizás  los  teóricos de la llamada sociobiología pueden adentrarse  sin reparos en tal proyecto, pero siempre chocarán con la evidencia que  dar cuenta del lenguaje supone dar cuenta de aquello mismo que fundamenta el hecho de dar cuenta. Mas en todo caso una reflexión crítica sobre las aspiraciones de la sociobiología exigiría  refutar argumentos vinculados a aspectos técnicos  que es muy difícil controlar. ¿Renunciar pues, o apuntar para la filosofía  otra forma de abordaje?

 

¿Otra forma d abordaje? Se ha hecho ciertamente filosofía a priori, dejándose llevar simplemente por la fuerza del concepto (así al menos quiso hacer filosofía Hegel en su Ciencia de la Lógica). Pero ello sólo es posible si el espíritu, es decir, la potencia del lenguaje, no es frenado por las inevitables contingencias, lo cual puede ser en última instancia mera cuestión de fortuna. Si el espíritu está presente, entonces, aun observando la empiria (eventualmente de soslayo, como el cantante lírico concentrado por la exigencia de su actuación  mira no obstante la batuta) y las teorías sobre la misma, aun  atentos a los datos proporcionados por la física,  la química, la biología, incluso las ciencias del hombre, incluida la parte archivable de la lingüística...lo que legisla  es la tensión del concepto, el cual integra todo el cúmulo de datos, los somete a sus exigencias y precisamente por esta sumisión los revitaliza. 

En ausencia de tal mediatización por lo que no es en definitiva otra cosa que la fuerza de la palabra, sólo se presenta como viable la tarea de archivar asépticamente  lo que hasta ahora se ha pensado. Se propone el ser humano tener un mapa descriptivo del mundo y necesita para ello armas, que él mismo forja en lo que  constituye precisamente la ciencia. Tal exigencia  se presenta en razón  de que el hombre quiere el control sobre  ese mundo, pero quizás también en razón meramente de que el mundo le ha sorprendido. En tal caso no bastará con describirlo, sino que será necesario aclararlo, dar razón de él. Y aquí entra en juego la remisión a principios. Ulterior etapa es que por una u otra circunstancia (en nuestro tiempo en razón de la pertinencia de una disciplina especializada que se ha  desbordado  a sí misma) los principios vengan literalmente a ser  sometidos a juicio. En ellos estamos en estos asuntos metafísicos, o estábamos... ya que  en cada etapa retorna la pregunta de cómo y por dónde seguir. Pues no parece que haya para la filosofía  una secuencia dada de trabas a superar. Los problemas filosóficos se fraguan en la filosofía misma. Este es uno de los lugares en los que alcanzan sentido concreto la socorrida metáfora de la construcción del camino en el hecho mismo de ponerse en marcha. Pero  si ello es así, la incertidumbre  es máxima,  pues la metáfora misma  indica que la acción de avanzar no es seguro que exprese  el acto  de una potencia, la actualización de una facultad. Ello respecto al sujeto que piensa, pues respecto a los contenidos del pensar    ni siquiera es seguro que el andar de la filosofía se traduzca  necesariamente en secuencia de problemas.  Cabe la conjetura de que el hecho deinterrogarse  sea en realidad sólo una expresión entre otras  de que hay filosofía, filosofía en el sentido de esa actitud del espíritu humano que Kant consideraba como universal y jamás erradicable,  aunque su  crítica tuviera como objeto el mostrar que nunca podría  alcanzar sus objetivos  al menos por la vía del conocimiento sometido a criterios de verificación. Si el lazo con la libertad el mundo y la causa incondicionada caracteriza al ser de razón y si tal lazo  no tiene solución cognoscitiva, habrá necesariamente entonces que abordar la cosa de otra manera, es decir, de forma no interrogativa, cabría argumentar. Todo ello sin duda como mera conjetura, la cual de momento es una manera de seguir un trecho  en la actitud  de neutralidad respecto a los intereses del sujeto empírico, lo cual  parece la marca misma de la filosofía. Trecho corto, que se quisiera prolongar. 



[1]     Recuérdese el significado de la separación  espacial: en el tiempo que separa  los eventos A y B la luz no podría cubrir la distancia. entre ambos.  

[Publicado el 26/8/2014 a las 09:15]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Asuntos metafísicos 62: En la frontera de la cuestión del ser del hombre

Cabe preguntarse: ¿en qué disciplinas como la mecánica cuántica pueden aportar a nuestro intelecto un enriquecimiento de tal magnitud que sea posible hablar de promesa filosófica? Basta quizás recordar que somos seres naturales y que en consecuencia una trasformación relativa a nuestra percepción de las estructuras básicas de la naturaleza implica una modificación de las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos. La mecánica cuántica se ocupa del comportamiento de las partículas elementales, y si tal comportamiento se revelara no obedecer a reglas que habíamos supuesto  inviolables tendríamos todo el derecho a interrogarnos críticamente sobre el  peso que ha tenido en la configuración de nuestra subjetividad el conjunto de las mismas. Hay incluso razones para pensar que nuestra subjetividad ha sido algo más que sobredeterminada por la   interiorización de tales reglas,  y  que en realidad no habría sujeto fuera de las reglas mismas.

Obviamente hay ya un animal humano ante de que, por ejemplo, el sentimiento de alguna forma de localidad  haga a un niño renunciar a la esperanza de tener influencia sobre lo que no está a su alcance. Mas es difícil considerar que ese animal humano para el cual la localidad aun no impera  es ya un ser humano plenamente actualizado. Ya he señalado que los principios  son equivalentes a las orteguianas ideas que somos y no a las ideas que, como seres ya previamente constituidos,  podríamos eventualmente llegar  a tener.

Por eso confrontarse al problema de la prioridad ontológica entre los postulados cuánticos y  los principios que han determinado nuestras  concepciones de la naturaleza  (en un espectro que va cuando menos de Aristóteles a Einstein) supone literalmente confrontarse a lo que somos. Extremo en el cual el problema de la metafísica se revela indisociable del problema fundamental, el problema antropológico, la cuestión del ser del hombre.

[Publicado el 12/8/2014 a las 09:15]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Asuntos metafísicos 61: Síntesis de algunos asuntos tratados

El peso de los principios.  He venido enfatizando el hecho de que los principios ontológicos determinan algo más  que nuestro enfoque  cognoscitivo, que  no usamos los principios,  sino que nos plegamos a ellos, hasta el extremo quizás de confundirnos con los mismos. Manifestaciones de este plegarse son tanto el esfuerzo por hacer inteligible el orden natural como la acuidad práctica para enfrentarse al mismo,  episteme  y techne (en el sentido de técnica)  sea rudimental o sofisticada.

Remitir los fenómenos  a principios es dar cuenta o dar la razón de los mismos. Pero precisamente los principios mismos (si realmente son fundamentales) no tienen a su vez fundamentación. Mas entonces,  la filosofía  no  es una actividad consistente en remitir  a principios. He señalado al respecto que por el hecho mismo de reflexionar sobre los principios, de ponerlos encima del tapete, la filosofía da  testimonio de una voluntad de pensar aun al riesgo de hacerlo sin apoyarse en  lo que parecía  fundamento del pensar mismo.  Al filósofo, que se ocupa de lo que es por el hecho de ser  compete el tratar de principios tan firmes (y en consecuencia  tan intratables, tan poco flexibles) como el de no contradicción, es la respuesta de Aristóteles a la pregunta por él planteada: "¿Quién reflexionará sobre aquello que los matemáticos llaman axiomas ?"

 

Medio siglo atrás. Hace cincuenta años un teorema matemático revitalizó entre los físicos mismos la disposición  a retomar la interrogación sobre la naturaleza, liberándose eventualmente de presupuestos que hasta entonces se habían considerado universales ontológicos y epistemológicos. Y desde hace más de treinta años se han sucedido los experimentos, cada vez más efectivos, escrupulosos hasta el detalle más ínfimo, tendientes a extirpar toda duda sobre el hecho de que las sorprendentes violaciones (tanto por las previsiones cuánticas  como por los experimentos efectivos) de  los límites establecidos por aquel teorema no eran resultado de la influencia de una fuerza clásica, aunque  no percibida,  que una partícula vendría a ejercer a distancia sobre otra.

 

Experimento reciente. En la senda del   teorema de Bell  se publicó  en 1993 un importante protocolo firmado entre otros por  Antton Zeilinger  (Premio Newton de Física), que fue efectivamente experimentado en 2012, que deja literalmente estupefacto Pues,  ¡cómo no va a ser sujeto de estupor el que dos realidades físicas (tal es en esencia lo que revela el experimento) espacialmente separadas se encuentren vinculadas por  la simple constatación de que otras  dos  lo están¡ ¿Cómo es posible ?  ¿Qué confianza seguir teniendo en las ideas nucleares con las que elaboramos nuestro concepto del orden natural, entre ellas la de que no puede haber intervención física a distancia (es decir intervención no mediada ni por la materia ni por el campo) si las partículas a las que se reducen las cosas que percibimos se comportan de este modo?

 La Mecánica Cuántica supone para el estudioso de materias filosóficas  una invitación a explorar   meandros que constituyen un nuevo reto para nuestra esencia de animales marcados por el deseo de intelección  y una exigencia de dotarse de instrumentos que posibilitan  una mayor acuidad en el enfoque, aspecto este último vinculado  a lo que en la Mecánica Cuántica es reductible a expresión matemática.

 

Realidad física dudosamente objetiva. Al hablar de asuntos como el nivel de  correlación  entre fotones puesto de relieve por el experimento de Aspect, he evitado a conciencia utilizar la expresión comportamiento objetivo. Pues cada vez que nos referimos a algo como una realidad objetiva estamos precisamente usando, implícita o explícitamente, criterios que  dan por supuesto lo que precisamente tal  comportamiento  pone en tela de juicio.  Cuando hablamos de realidad objetiva nos estamos refiriendo a un mundo en el que precisamente ciertas cosas (el tan singular  comportamiento de los fotones en el experimento de Aspect) no suceden, entre otras razones porque la palabra misma cosa, si se refiere a lo físico se confunde siempre con  lo sometido a leyes que hacen imposible que sucedan.  No hay en todo caso para ellas explicación clásica.  Sabemos en cualquier caso  que la localidad no rige en tales fenómenos  y tratándose de física, sabemos (¡nada menos!) que la localidad no puede ser una ley universal del mundo físico. ¿Pero, cabe entonces siquiera hablar de leyes universales del mundo físico? Esta  es alguna de las interrogaciones que en estos asuntos metafísicos se vienen planteando.  

[Publicado el 05/8/2014 a las 09:15]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Asuntos metafísicos 60: ¿Un solo cosmos?

"¿En virtud de que principios hay unidad en los números, en el alma, en el cuerpo, y en general unidad de forma y de objeto?"

La respuesta a esta pregunta retóricamente  formulada  hacia el final del libro  XII de su Metafísica es para Aristóteles clara: hay un primer motor sin el cual no habría universo sino "una colección disjunta de episodios". Un sólo kósmos pues, de lo cual para el Estagirita un corolario que trasciende la filosofía natural: "No es bueno el mando de muchos: un solo jefe" (ouk agathon polukoiranie eis koiranos)

Me venían a la mente estos textos de Aristóteles al releer  otra  ponencia de Ulises Moulines presentada  en un edición posterior del evocado Congreso Internacional de Ontología.  Moulines hablaba sobre la dificultad  de sustentar en las teorías científicas la afirmación de un único universo. Preliminar del asunto es la jerarquía entre teorías, pues  algunas de ellas son en realidad reductibles a las demás,  mientras que otras son verdaderamente sustanciales o subsistentes por si mismas. Y, obviamente, tratándose de asuntos nucleares sólo las segundas cuentan  pues, nos dice Moulines " no sería plausible que cualquier "mini-teoría" intervenga en la determinación de cuestiones ontológicas y en especial en la cuestión de la unicidad o no del sistema universal". Además de ser irreductible,  para ser ontológicamente  fértil, una teoría ha de  ser fundamento o sostén de una parcela de realidad  ( lo cual significa que alguno de  los modelos de tal teoría representa tal realidad).[1] Una teoría radicalmente  fundamental posibilitaría un programa unificador en el cual  todas las ciencias sociales quedarían reducidas a las biológicas, éstas a las ciencias químicas, y finalmente  las ciencias químicas  a la física, enmarcada en la "gran teoría unificada". Pues bien:

La tesis de Moulines era que un tal programa será promesa continuamente frustrada  porque en su esencia misma es quimérico. Quimera  de la "teoría única del sistema único universal", que Moulines comparaba con la utopías políticas relativas a la creación de un estado mundial:  "No podría ocurrir que el continuado esfuerzo por dominar en un solo molde teórico cualquier rincón de la realidad, al igual que el esfuerzo por dominar en un solo molde político cualquier rincón del planeta, condujera a la muerte del espíritu".

En aquel año lejano en el que Ulises hablaba en el Palacio de Miramar de San Sebastián la frase  podría interpretarse como alusión al proyecto político universalista nacido en la Revolución de Octubre, que en aquellos momentos estaba siendo socavado. Hoy sin embargo sólo cabe aplicar  el asunto a otro proyecto que surgía asimismo en esa época, que hacía contrapunto al anterior y que se ha revelado literalmente mutilador de la aspiración a pensar y simbolizar que, desde Aristóteles a Noam Chomsky pasando por Descartes, se ha presentado como expresión mayor de la especificidad humana en el reino animal. Pero tratándose  de un pensador como Ulises Moulines he querido en esta dos evocaciones enfatizar sobre todo el peso que tienen  sus trabajos en relación a  algunos de los "asuntos metafísicos" que aquí se van presentando.



[1]              Moulines considera    cuatro hipótesis que cubrirían el abanico por entero

                1Existe una sola teoría  fundamental y esta es categórica (o sea,  todos los modelos de la teoría son isomórficos entre sí)

                2Existe una sola teoría fundamental pero no todos los  modelos son isomórficos

                3Existen varias teorías fundamentales compatibles ente sí

                4 Existen varias teorías fundamentales imcompatibles entre sí.

[Publicado el 29/7/2014 a las 09:15]

[Enlace permanente] [1 comentario]

Compartir:

Asuntos metafísicos 59: De Segismundo a Crusoe: ¿ implica el hablar que hay un mundo exterior?

Arrancaré hoy evocando una ponencia del filósofo Ulises Moulines [1] presentada hace muchos años   en el Congreso Internacional  de Ontología, que  con periodicidad bienal  se celebra en San Sebastián y Barcelona.

 Bajo el título de "Lo racional y lo real" se trataba  en aquella ocasión de  celebrar la obra de Descartes en el cuarto centenario de su nacimiento. Contexto idóneo para que  Moulines efectuara una "Defensa del solipsismo", tomando como principal texto de apoyo para su argumentación no las Meditaciones del gran pensador francés sino La vida es sueño de Calderón. Recordemos:  Segismundo "vive" en dos mundos, cada uno de los cuales le aparece desde la perspectiva del otro como irreal. Para Segismundo tiene  sentido vivir en la mazmorra de la torre y vivir en el palacio, pero no hay transición de sentido entre uno y otro marco. Pues bien: en su exposición Moulines dramatizaba las tribulaciones de Segismundo, confrontándole a los argumentos de sofisticados filósofos realistas .

El contrapunto de la tesis del carácter onírico de la vida viene en primer lugar  dado por  los argumentos semánticos en favor del realismo, en  concreto  los de Wittgenstein al cual Moulines califica de "positivista refinado": Por el mero hecho  de que Segismundo hable y de que lo haga con sentido debería  aceptar la realidad de los sucesos que vive. "Hablas, luego te refieres a algo real además de tí mismo". Este, nos dice Moulines,  sería el teorema semántico que habría que demostrar a Segismundo. No está aquí lejos, aplicada al realismo, la argumentación aristotélica relativa al principio de no contradicción. Recordemos ( asunto ya tratado aquí) que Aristóteles se refiera a este axioma arquitectónico,  como  "principio más firme", es decir, ese principio respecto al cual es imposible engañarse o tomarlo como mero postulado: "pues un principio cuya posesión es necesaria para cualquier conocimiento no puede constituir una mera hipótesis" . [2]

 

Lo simpático en aquella ponencia de Ulises Moulines fue su toma de posición en favor de la resistencia de Segismundo y su disposición a servirle de escudero,apoyar con armas filosóficas lo que Moulines  llamaba "el reto de Calderón". Moulines se complace en desmontar las dos premisas subyacentes del argumento semántico:

1El lenguaje tiene que aprenderse y ser controlado pero este aprendizaje y control implicaría la comunicación intersubjetiva. 2 La comunicación intersubjetiva supondría  la existencia de un mundo no subjetivo externo.

Moulines contra-argumenta en favor de Segismundo evocando a Berkeley y su comunidad de mentes flotando libremente (es decir sin espacio exterior a las subjetividades que  medie)  y a Ernst Mach (conglomerado de sensaciones interactuando sin exterioridad alguna). Pero su apunte esencial en favor de Segismundo es el siguiente: ¿De dónde se infiere que el aprendizaje debe implicar algún tipo de actividad anclada inter-subjetivamente? Y su respuesta es simplemente que la base de tal inferencia es contestable. Pues bien: en un simposio reciente en que se le rendía homenaje me permití ayudar, por así decirlo, a  Moulines en su tesis, evocando otro texto literario, el Robinson Crusoe de Daniel Defoe:[3]

Ciertamente  de alguna manera la intersubjetividad en la que Crusoe adquirió el lenguaje sigue estando presente en la isla.  Crusoe  no está en soledad como podría estarlo un animal, eventualmente mejor dotado por la naturaleza si emergiera  un problema de subsistencia. El Crusoe solitario representa todo aquello que posibilitó el lenguaje y con ello  el pensamiento especificamente humano. Así pues cabría en principio sostener que   el perdurar de Crusoe  supondría de hecho el perdurar de todo  el acerbo de intersubjetividad  que caracteriza a la especie, y sería en razón de  tal perdurar de la intersubjetividad que, permanentemente Crusoe  habla. En suma: nada en Crusoe chocaría con el argumento semántico en favor del realismo.  

Y sin embargo creo efectivamente que la tesis de Moulines es muy sólida. Pues ¿Con quien habla ese Crusoe al que nadie puede escuchar?  En una de estas columnas  he respondido hace tiempo  a esta pregunta diciendo que Crusoe habla con aquel mismo a quien se dirige el científico  cuando  aventura hipótesis para las que no había quizás  entonces  interlocutor competente, o el creador que forja una sentencia hasta entonces jamás pronunciada. La intersubjetividad que fue la condición de tal hablar  no es ya  sin embargo lo que entonces legisla. Legisla el sujeto humano como tal, sujeto del conocimiento o sujeto forjador de símbolos, sujeto asimismo de ese imperativo por el cual, cualquiera que sea la circunstancia, mientras se de un hombre, la ley que forja a los hombres está plenamente vigente. Y este sujeto  es el interlocutor verídico no sólo compatible con la situación de soledad sino quizás accesible tan sólo en la misma.

Como el científico o el creador, habla el solitario Robinson consigo  mismo en  tanto  que  espejo en el que se reconoce la esencia de la humanidad. Y tal cosa hacemos cada una de nosotros en las ocasiones en las que el pensamiento, en lugar de complacerse en lo dado,  se esfuerza por entender, metaforizar o resolver, ya se trate de asuntos teoréticos o de asuntos prácticos; ya se trate de organización general de la sociedad o de asuntos en los que propia  intimidad es lo que está  en juego.

Ello explica muchas de las peripecias radicalmente espirituales que marcan al héroe de este gran relato. La actualización continua de sus recursos memorísticos y de su ingenio  le permite   por ejemplo   el aprendizaje  de nuevas técnicas, quizás triviales para los demás, mas no para él, puesto  que  las descubre por vez primera. Abocado al principio a  forjar  instrumentos  de utilidad práctica que le eran conocidos, acaba- momento fascinante-  forjando otros que no había visto jamás o de los que  no tenía memoria: tal  una rueda que  construye  habilidosamente con una cuerda activada con el pie, de manera a conservar las manos libres.

Pero no se agota ahí la cosa, pues Crusoe activa sus potencias cognoscitivas más allá de toda utilidad, lo que le lleva a adquirir la disposición de espíritu   que caracteriza al ejercicio de las matemáticas cuya virtud (como se indica en un prodigioso texto de Aristóteles que aquí hemos podido leer), va más allá de toda finalidad práctica. En soledad, Crusoe se inscribe en el tiempo de manera no pasiva y forja un calendario    que le ayuda a  conserva la memoria de fechas simbólicas. Crusoe vive así  su destino como algo irreductible al entorno empírico,  aunque, obviamente,  determinado por el mismo.

Casi como expresión de todo ello, como expresión de su permanente diálogo con todo aquello que forja su humanidad  el lugar físico en que  habita no es  meramente   una guarida, un lugar que protege de amenazas e intemperies,  sino una casa, un lugar dónde hay fuego y amplitud, es decir, un ámbito susceptible de recibir a otros hombres y compartir con ellos alimento y palabra.

                                                        ***

Recordemos el "teorema semántico" que habría que demostrar a Segismundo: "Hablas luego te refieres a algo real además de tí mismo". Pues bien, no es seguro que   Segismundo quedara convencidos por la fuerza de la argumentación. Menos lo es todavía tratándose del heroe de Defoe. Pues ¿como convencer al Crusoe forjador de instrumentos desconocidos y atraído  por la rigorosa belleza de la matemática "que el aprendizaje y control implique la comunicación intersubjetiva"? Y no admitiendo la premisa de base,  poco importará ya  a Crusoe si la comunicación intersubjetiva supone o no supone  "la existencia de un mundo no subjetivo externo". 



[1]              Nacido en Venezuela , vinculado profundamente a Mexico, Catedrático de Filosofía de la Ciencia en Alemania, vecino de la localidad  francesa de Auxerre y con alma  política en la Cataluña de la que sus padres eran trabajadores exiliados , Ulises Moulines  parece encarnar el destino de aquel  Descartes, para quien  el  tener  hogar,  tanto físico  como espiritual , en Holanda,  errar por toda Europa  y vivir sus últimos días en Suecia fue  la manera de ser fiel a esa  Francia  cuya lengua literalmente fertilizó.           

[2]              . Por ello, si alguien asevera que tal principio no rige en el ser y en el pensamiento, diremos simplemente que  no hay concordancia entre su decir y el hecho mismo de que esté diciendo algo, pues aquel que efectivamente  viviera sin experimentar la primacía del principio dejaría de pensar y hablar, y su estatuto ni siquiera sería homologable al de un animal, por lo cual razonar ante él sería como dirigir la palabra a una planta (omoios gar phyto ho toioutos...Metafísica 1006 a 14-15).

[3]              Recuérdes la trama: tras luchar contra las olas que hasta tres veces le arrojan sobre peñascos, alcanzar la orilla y encontrar refugio entre las ramas  de un árbol al día siguiente sobrevivir es para Crusoe la única urgencia, el primer imperativo. Respondiendo a este imperativo, explora   los aledaños de la costa, descubriendo así la presencia del barco encallado, de cuyo naufragio era víctima, en cuyo interior encontrará no sólo una bien provista despensa, sino los  instrumentos básicos para la construcción  de un refugio y hasta semillas que le permitirán un día hacer de aquel territorio meramente  natural un territorio humanizado. 

[Publicado el 22/7/2014 a las 09:15]

[Enlace permanente] [2 comentarios]

Compartir:

Asuntos metafísicos 58: Rara conexión

El embrollo metafísico mayor en el que se halla la física de nuestros días es el siguiente: en base a la condición de localidad, en base a  asumir que lo que ocurre en un lado es totalmente independiente de lo que ocurre en el otro, no hay manera de dar cuenta de lo que efectivamente constatamos,  y que se muestra conforme  a las previsiones teóricas que  la mecánica cuántica realiza. Esta imposibilidad de dar cuenta mueve, como ya  he indicado,  a considerar la hipótesis   de que de hecho las partículas que ponen de relieve tal comportamiento no están de verdad sometidas a  la condición de localidad,  que alguna fuerza,  oculta a nuestra observación está operando y modificando los resultados que se darían si hubiera efectivamente un comportamiento puramente local.

El problema es que, de haberlo,  se  trata de un lazo raro,  irreductible a todo lo que sabemos de interconexiones entre cosas espacialmente separadas, es decir, interconexiones que resultan de  alguna fuerza electromagnética o incluso gravitatoria.

He señalado que la distancia entre  los dispositivos que miden la polarización de fotones gemelos  en el experimento de Aspect es de 12 metros. Ello bastaba ya para asegurar que no había influencia debida a causas clásicas o conocidas por la física. Pero desde entonces se han realizado experimentos en los que la distancia era mucho mayor. Pues bien, ocurre algo notable, a saber, que con el aumento de la distancia los efectos cuánticos de inter-conexión no disminuyen en absoluto. Para apercibirse de lo que ello supone,  baste pensar en que una acción como la motivada por la gravedad disminuye con el cuadrado de la distancia.

Cabe mencionar otros  dos rasgos que, contribuyen ni más ni menos que a la "imposibilidad de reconciliar resultados como los de Aspect con el resto de nuestra representación de la física" (Maudlin o. c. p. 21):

Cuando la gravedad terrestre hace sentir sus efectos  sobre un aeroplano que ha perdido el control, todos los pasajeros la experimentan, y por supuesto la acción afecta a los objetos dispuestos en el avión como equipaje de mano etcétera. Por el contrario el efecto de un fotón explicativo de la singularidad que constituye la violación  de la desigualdad de Bell se ejerce  en exclusiva sobre el fotón gemelo, siendo todos los demás absolutamente indiferentes al mismo.

En fin, sea por ejemplo el fotón de la izquierda,  ya he indicado que si en el instante en el que es actualizado el dispositivo  que determina a cual de sus dos  polarizadores potenciales  se dirige,  la información fuera enviada incluso a la velocidad de la luz  no llegaría a tiempo de influenciar el comportamiento del otro fotón. En consecuencia, la influencia a distancia entre los dos fotones que el experimento de Aspect parece sin duda alguna constatar se efectúa a una velocidad, si no infinita,  sí al menos superior a la velocidad de la luz. Mas la velocidad de la luz es en la relatividad restringida considerada como teniendo ese carácter de absoluto que precisamente tiempo y espacio han perdido, algo no dependiente de otras condiciones y criterio de medición de todas las demás velocidades. Así pues estamos ante algo absolutamente  problemático para la enorme herencia de la teoría de la relatividad restringida.

De ahí el imperativo de asegurarse al máximo de que no es así mediante algún tipo de experimento  que garanticé la situación de pureza, a la vez que muestra la veracidad de las previsiones clásicas.  Experimento ciertamente más fácil de concebir que de llevar a cabo. Se asiste aquí  a uno de esos momentos singulares en los que el vínculo entre un protocolo matemático y  la solución  de algo que presenta de entrada  una dificultad meramente técnica viene a constituirse  en ingrediente fundamental, no ya de una teoría física sino de una teoría metafísica.

[Publicado el 26/6/2014 a las 09:00]

[Enlace permanente] [0 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Víctor Gómez Pin se fue muy joven de Barcelona a París donde estudió Filosofía obteniendo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde imparte las asignaturas de Filosofía y Matemáticas, Epistemología y Filosofía fundamental. Desde hace unos años trabaja en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas.
Su transcurso indisociablemente profesional y social quedó marcado por su incorporación al proyecto de la facultad de Zorroaga que, en el San Sebastián de los años ochenta, aspiraba a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía fiel a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo de toda la universidad". En la fidelidad a lo que fue el proyecto teorético fundacional de Zorroaga, Víctor Gómez Pin es coordinador del International Ontology Congress/Congreso Internacional de Ontología, cuyas ediciones desde hace veinte años se han venido realizado bajo el Patrocinio de la UNESCO. Ha obtenido entre otros los premios Anagrama y Espasa de Ensayo.
Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. En abril de 2013 fue nombrado miembro de Jakiunde, Academia de las Ciencias, de las Artes y de las Letras del País Vasco. Junto al compositor Tomás Marco es co-director del Encuentro Música- Filosofía que se celebra anualmente en la ciudad de Ronda.

Bibliografía


Enlaces

Información sobre el X Congreso Internacional de Ontología aquí.

 

 

 

Obras asociadas

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2014 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres