Objeciones y esbozo de respuesta
El texto que llevaba el título de "La furca en la que la naturaleza retorna" (alusión a Naturam expellas furca, tamen usque recurret, en el original de Virgilio que me facilita uno de mis interlocutores) ha dado ocasión a agudas observaciones de mis amigos el catedrático de psiquiatría Enrique Baca, el filósofo y matemático Javier Echeverría y el profesor de historia de la medicina y ensayista, José Lázaro, a las que intento dar aquí respuesta conjunta. Como las objeciones a veces se solapan, en algún momento se cruzan las respuestas a uno u otro interlocuto.
Algunas de las objeciones que, en escrito desde Praga, me hace Javier Echeverría apuntan a una auténtica diferencia conceptual o filosófica de fondo entre nosotros (siempre las ha habido y no se ve como sin ellas podríamos estar dialogando). Otras son más bien expresión de un equívoco y mirando de cerca estamos más bien próximos. Por ejemplo lo relativo a las propiedades emergentes, que abogarían en contra de un reducionismo físico que entrevé en mi texto. Javier Echeverría me señala:
"Las células eucariotas (y otras formas primitivas de vida) fueron propiedades emergentes (o sobrevenidas) a partir de sistemas físicos previamente existentes, más no por ello son explicables en términos puramente físicos. Otro tanto cabe decir de la emergencia del lenguaje humano, o del arte, o de la pólis. La emergencia de nuevas expresiones (y propiedades) a partir de sistemas previamente constituidos es una de las bases de la teoría general de sistemas".
Mi respuesta es que siempre he sido partidario de la tesis de propiedades emergentes, incluso las llamadas "de segundo orden", que tendrían por así decirlo vida propia en relación a sus causas y que el pensador americano John Searle excluye por considerarlas contrarias al carácter transitivo de la causalidad y precisamente por mi convicción de la irreductibilidad del lenguaje humano a las limitaciones de todo código de señales [1] Cierto es sin embargo que yo tiendo a sostener que sólo en el lenguaje humano se darían esas propiedades o rasgos irreductibles que Searle excluye. Nuestro diferencia reside en el espectro de lo que consideramos emergente e irreductible.
En relación a mi cita del profesor Ishman del Imperial College según la cual Mecánica Cuántica es la única de las ciencias que se enfrenta sin ambages al problema del ser, Javier Echeverría escribe:
"Yo no estoy tan convencido de que la mecánica cuántica sea la única ciencia que se confronta al problema del ser, que en todo caso será el problema del ser físico. Otras ciencias también se confrontan al problema del ser, por ejemplo al del ser vivo (¿cuándo un ser vivo es un ser humano?, o al del ser matemático, o al del ser social o al del ser artificial, o al del ser dios. El problema del ser tiene varios modos de ser abordado sin ambages, no uno sólo. A no ser que se presuponga la existencia de una "vanguardia de la ciencia", por ejemplo una ciencia primera, y que ésta sea la mecánica cuántica, hoy en día. La hipótesis de la ciencia primera habría que demostrarla, o cuando menos argumentarla comparando unas ciencias con otras, no basta con aseverarla... Hay varios problemas filosóficos, no uno sólo. Afirmar que hay un problema que tiene primacía sobre todos los demás resulta equivalente a trasladar la figura de Dios al ámbito del deseo de saber: el Dios-filósofo. Bien está ocuparse del problema del ser, pero hay otros problemas no menos importantes, y tan comunes como el del ser. .
Mi respuesta es que yo no defiendo exactamentr la tesis de la prioridad ontológica de la física. De hecho enfatizo que la vida, precisamente en su emergencia misma, supone ya una relativización del peso ontológico de aquello de lo que se ocupa el físico, de lo contrario la biología sería parte de la física. Pero sí estoy de acuerdo con Ishman en que, de manera explicita, practicamente son los físicos los que proclaman su voluntad de ontólogos, y ello no es por azar: la mecánica cuántica al revolucionar nuestro concepto de naturaleza elemental crea digamos la sospecha sobre el resto de modalidades de la naturaleza (obliga a replantearse nuestras ideas sobre las mismas ).
La física cuántica tiene ya casi un siglo de existencia , pero sigue produciendo estupor no sólo en los físicos sino en aquellos que por algún tipo de curiosidad filosófica se acercan a ella. El psiquiatra Enrique Baca, en el escrito evocado, al que respondo algo más adelante, confiesa al respecto lo siguiente:
"No sé (no tengo instrumentos conceptuales para poder saberlo) si la eterna cuestión del ser se agazapa en los meandros de la mecánica cuántica. Sus postulados son, sin duda, fascinantes y los problemas que plantea sobre la realidad y sobre el ser de la realidad (que es, en definitiva, la realidad del ser) me producen vértigo."
Vértigo al que algunos intentan escapar diciéndose que se trata de un problema digamos ya antiguo, y que debe haber interrogaciones filosóficas hoy más imperativas. Pues simplemente:!no¡. La vigencia de un problema filosófico depende de su potencialidad para seguir produciendo estupor en el que toma conciencia del mismo, no del grado de novedad que constituye. Hoy como hace medio siglo elucidar si la naturaleza responde a los postulados clásicos con los que tanto la conciencia científica como la conciencia ordinaria la contemplaba, es algo que "concierne a la dignidad misma del espíritu humano". Por mucho que se haya dicho de todo sobre la relación de incompatibilidad entre observables (principio de incertidumbre) y sobre la armadura teórica que lo justifica, el que se acerca a su vez al problema lo vive con la frescura con la que lo vivieron sus descubridores.
Este esbozo de respuesta no impide que, a la hora de medir cual es el peso ontológico de una u otra disciplina sea muy útil lo que Javier Echeverría me señala en relación a disciplina emparentadas a las nano-tecnologías:
"¿No afecta a la cuestión del ser y a la filosofía de la naturaleza la posibilidad -hoy en día efectiva- de generar nuevos materiales (nanomateriales, no existentes en la naturaleza) operando a escala nanométrica (y por ende atómica) sobre materiales previamente existentes, y transformándolos?...Dicho de otra manera, los tecnofísicos (nanocientíficos y nanotecnólogos, como ellos mismos se denominan), por supuesto que "operan o transforman en el registro de las entidades físicas" , y lo hacen teniendo muy en cuenta las determinaciones de la mecánica cuántica, incluido el principio de indeterminación de Heisenberg y la dualidad onda-corpúsculo. Para ello no recurren a las matemáticas (aunque las conocen y las tienen en cuenta), sino a algo distinto: las simulaciones tridimensionales de los átomos y las moléculas, hechas mediante ordenador (realidad virtual)."
Es cierto que no considero suficientemente en mis hipótesis el peso de ciertas tecnologías auténticamente subversivas. Añadiré algo que el genetista Andrés Moya enfatizó en el último Congreso Internacional de Ontología, a saber, que por mucho que la ciencia se halle en el origen motivada por exigencias de inteligibilidad, la técnica contemporánea, surgida de esa misma técnica está en ocasiones posibilitando que quepa intervenir de manera perturbadora en rasgos característicos del sujeto de la ciencia. Quizás el ser marcado por el deseo de conocer se halla a punto de poder ser modificado en su esencia misma por los frutos de su conocimiento.
Echeverría me hace también alguna consideración sobre el uso que hacía en mi escrito del término "creación". De facto yo lo utilizaba más bien retoricamente para excluirlo. Simplemente quería enfatizar el hecho de que, cuando el físico utiliza un operador del cual el vector de estado del sistema no es propio (para ser preciso, cuando operar fisicamente en conformidad a esta situación matemática) y acaba determinando el valor real correspondiente a un vector que sí es propio del operador, de alguna manera ha "creado", aunque obviament no ex-nihilo. En todo caso es imposible decir que se ha limitado a descubrir algo ya dado.
***
Enrique Baca me hace una serie de objeciones relativas a la tesis de que nota distintiva de la humanidad es la aspiración al conocer, señalando el peso de la "conducta exploratoria", aunque él mismo reconoce que se trata de una conducta innata, determinada por finalidades inmediatas y circunscrita al mundo circundante (Enrique evoca el um-Welt del hoy raramente citado von Uexkül). Y efectivamente ahí reside la diferencia fundamental:
Lo que Aristóteles está indicando al poner el énfasis en el deseo de conocer como expresión del rasgo característico del ser humano es lo mismo a lo que apunta el físico Max Born cuando se refiere al "ardiente deseo de toda mente pensante" precisando que este deseo no se aminora en absoluto por el hecho de que aquello que se trata de elucidar "sea eventualmente totalmente irrelevante para nuestra existencia". El hombre tiene simplemente una aspiración desinteresada al conocimiento. O por mejor decir: el hombre tiende a realizar su condición de ser de razón entre otras formas en el acto de conocer por conocer.
Precisión con la que indico mi simpatía con la tesis kantiana de que la disposición de espíritu que mueve a la actividad artística es una modalidad de la razón no exhaustivamente reductible a la operación de conocer. En cualquier caso la tendencia a fertilizar nuestra facultad de lenguaje y de razón (en los múltiples sentidos en los que Kant se refería al término) con independencia de beneficios prácticos es lo más natural , de ser cierto que en tal facultad reside nuestra nturaleza.
Vinculadas a ests observaciones de Enrique Baca evoco una oportuna advertencia que me hace Javier Echeverría sobre el peligro de que el deseo de saber eclipse otros deseos: "cierto es que el deseo de saber se manifiesta a veces "entre nosotros"; pero también se manifiestan a veces el deseo de poder, el deseo de tener, el deseo de vivir, el deseo de sentir, el deseo de valer, el deseo de morir y el deseo de ser reconocido (¿y querido?), entre otros muchos. ¿Por qué habría de primar el deseo de saber sobre esos otros deseos "demasiado humanos"?
Tengo un esbozo de repuesta: los demás deseos están- a diferencia de lo que ocurre con las necesidades animales- mediatizados por los rasgos distintivos de nuestra naturaleza que son la razón y el lenguaje los cuales están en la matriz del deseo de saber. Dicho algo abusivamente: hasta el hambre es en nuestro caso asunto "espiritual", como prueba la simple existencia de patologías psíquicas de todo tipo vinculadas a la alimentación. De todas maneras soy consciente de que esta respuesta hoy ya clásica no es del todo satisfactoria (cabría hablar quizás de esbozos de tales patologías en animales no dotados de lenguaje y razón)
Enrique Baca me señala asimismo sus dudas respecto a mi afirmación de que " conocer es enfrentarse a la alteridad", indicando que el físico no se enfrenta a alteridades sino a realidades. Situación que le separaría por ejemplo del médico para quien el otro yo está tan presente que necesita precisamente protegerse de tal presencia. Obviamente todo reside en un uso diferente del término alteridad. Yo utilizaba el término en un sentido más genérico que incluye la realidad física arrancada a su opacidad inmediata precisamente por el el trabajo de la razón humana. Pero de todas maneras tratándose de la Mecánica Cuántica, la confrontación a la alteridad del entorno es ya indisociable de la confrontación a la intersubjetividad, dada la dificultad, por un lado de escindir realidad e interpretación de la misma y por otro lado la imposibilidad de separar tal interpretación del acuerdo intersubjetivo sin el cual es imposible hablar de ciencia (empezando porque sin lenguaje no hay ciencia y el lenguaje es imposible sin la intersubjetividad).
En la medida en que la base de mi escrito se sustentaba en el enorme peso filosófico que indiscutiblemente tiene el llamado "formalismo matemático de la Mecánica Cuántica", Enrique Baca apunta pertinentemente a un tema fascinante que por hoy no pudo sino evocar, a saber, el del lazo mismo entre la condición humana y la matemática, cuya potencia -como señalaba Erwin Schrödinger- reside en que tropiezas con ella allí dónde no la esperabas (por ejemplo tras ese universal antropológico que es la música). En cualquier caso Baca parece posicionarse frente a la inclinación pitagórico-platónica que tiende a ver en la matemática no sólo la esencia escondida del entorno natural, sino también de la condición humana. Enrique Baca, presenta así a la matemática como una suerte de protuberancia del propio ser humano que iniciaría su deshumanización : "las matemáticas no son humanas y si lo son (que pueden serlo) "exprimen" la realidad del hombre hasta hacerla inhumana por completo. Y entiéndaseme bien: inhumana en el sentido, si así se quiere, de extrahumana, suprahumana, metahumana. Que incluye a lo humano pero ampliamente lo trasciende. Como la metafísica." Dejo el tema para un ulterior debate, en el que tendría mucho que decir Javier Echeverría (por cierto muy partidario de hablar de matemáticas en plural, y no como yo suelo hacerlo de matemática)
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Por su parte José Lázaro, intercalando reflexiones sobre mi escrito y el de Enrique Baca, me presenta muy detalladamente un objeción que cabe sintetizar de la forma siguiente:¿en razón de qué privilegiar para la apuesta del filósofo unas disciplinas sobre otras?
Lo esencial de mi respuesta: Simplemente en razón de lo que en ese momento parece conceptualmente urgente...y aquí hay desde luego un aspecto subjetivo:
Está fuera de duda que sin mi inclinación actual a ver una interrogación clave en la cuestión de la naturaleza, no estaría focalizado en la Mecánica Cuántica todo el día o casi... Y digo casi porque hace unas semanas solicité al propio José Lázaro si podía hacerme llegar un viejo escrito de Javier Echeverría relativo al Capital. El texto de Javier me había parecido en su momento particularmente lúcido en su radicalidad. Y retomarlo-en lectura más o menos crítica- treinta años después - sería un buen inicio para actualizar entre nosotros la exigencia imperativa de analizar el funcionamiento del dinero, y las razones por las cuales está efectivamente reduciendo practicamente todas las actividades humanas. Precisamente para dedicarse con decencia a una tarea filosófica (por ejemplo la de sopesar el auténtico peso ontológico del formalismo cuántico
es necesario ser lúcido relativamente a los mecanismos que determinan el marco social en el que uno se inserta , y que por momentos hacen sentir que el filósofo responde a la caracterización de "forma abstracta del hombre alienado".
En suma una lectura militante de ciertos textos de Marx, hoy penetrantes como rayos X, forma parte de un proyecto de superar la "barbarie del especialismo". Y volviendo a la interrogación general de José Lázaro relativa a la dificultad de sopesar entre las disciplinas especializadas, a fin de determinar cuáles son aquellas de las que no cabe prescindir, esbozo de respuesta es:
No podemos abarcar todo, pero, cada vez que un problema nos concierne estamos obligados a procurarnos los recursos mínimos para responder al mismo.
La dificultad estriba en que como nos conciernen problemas diferentes nos dispersamos a veces, pero esta dispersión es sana: es la prueba misma de la imposibilidad de ser unidirecionales.
No hay remedio a esta contradicción. Si he de responder a las objeciones de Enrique Baca (bien próximas por otro lado, pues algunas me las pongo yo mismo) estoy obligado a considerar asuntos técnicos relativos a genética, etología, psicología, etcétera. ¿Qué no doy abasto? Sin duda, por eso la filosofía es siempre un gesto insatisfactorio, pero el que se limita a un ámbito en el que sí da abasto gana en precisión puntual lo que pierde en sentido (el viejo problema de la insignificancia).
De lo que no hay duda es de que hay, más aun que ayer, un problema general de alienación que hace que el trabajo filosófico ha de aspirar no sólo a vincularse a la ciencia y al arte sino a constituir en sí mismo una praxis. ¿Asunto trasnochado? En absoluto. El triunfo absoluto del capital pareció un tiempo trivializar lo insoportable de que la potencialidad de los seres humanos sea convertida en mero instrumento al servicio de ese mismo capital. Puro espejismo. Filosóficamente tenemos los mismos imperativos que 30 años atrás, pero la urgencia es mayor.
[1] Vale la pena transcribir aquí la caracterización por John Searle de los rasgos emergentes: "Un rasgo F es emergente 2 si y sólo sí es emergente 1 y F tiene poderes causales que no pueden ser explicados por las interacciones causales de los elementos a, b, c `(a partir de los cuales emerge). Si la conciencia fuera emergente 2, la conciencia podría causar cosas que no podrían ser explicadas por la conducta causal de las neuronas. " El redescubrimiento de la conciencia, Crítica, Barcelona p.122
[Publicado el 09/12/2010 a las 11:29]
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El abogado francés Jacques Vergès, defensor en los años de plomo de los resistentes argelinos (muchos de ellos torturados salvajemente) y en general de militantes considerados de extrema izquierda ( incluida Magdalena Kopp, integrante de la banda Baader Meinhof) sorprendió a muchos cuando asumió la defensa del terrorista Carlos, pero sobre todo al aceptar defender a un nazi conocido como el verdugo de Lyon, el cual, anciano y enfermo, había sido extraditado desde Bolivia a Francia. El propio Vergès contaba su percepción del juicio, cuya primera secuencia sintetizo aquí de memoria:
La expectación había hecho habilitar una enorme zona de pasos perdidos. Acosado por las cámaras e insultado por el público, al acceder a la sala, Vergès se encuentra con la mirada fija de una treintena de colegas que representaban a la acusación. Tras saludarle, una de las letradas le avanzó que sería enormemente puntillosa y enfatizaría lo insoportable de los cargos para el sentimiento moral de los franceses. Dado que el turno de esta colega era tardío, Vergès le respondió con ironía: "No te lo aconsejo, una vez oídos los tres primeros letrados será difícil que el jurado siga siendo receptivo al recuento de emociones que no se experimentan".
Jacques Vergès, obviamente no justificaba los hechos de los que el antiguo nazi era acusado. Su decisión de defenderle se sustentaba probablemente en la convicción moral de que los crímenes objetivos pesaban menos en boca de los acusadores que las razones para ofrecer una vez más ante el ciudadano francés (tantas veces comprometido de hecho con las atrocidades de la ocupación en el pasado y con los comportamientos lepenianos en el presente) una representación del mal que le permitiera sentirse del buen lado a precio nulo.
Este es el quid del asunto: a precio nulo se sitúa uno del buen lado en asuntos morales, como a precio nulo se juzga sobre lo impactante de la obra de arte. En lo que a cuestiones morales se refiere, no se trata obviamente de repudiar la memoria del pasado. Se trata de poner de relieve las estructuras sociales que explican la pasividad, cuando no complicidad de gran parte de la sociedad (francesa en este caso) en lugar de reducir el problema a la acción contingente de individuos, lo cual sirve más bien de coartada para distraernos de los horrores del presente, o aun para ajustes de cuentas relativos al mismo. Precisamente porque Francia nunca asumió realmente su pasado colaboracionista, el juicio de Klaus Barbie tenía efectivamente cierto carácter de mero espectáculo, dónde un individuo el obligado a encarnar el mal que en realidad a casi todos concierne.
Y con todos los matices que se quiera lo que digo de Francia puede aplicarse a España: conservar la memoria del franquismo y asumir el grado en el que marcó la vida de tantos españoles es precisamente la condición de que en un futuro no pueda servir de diversión la crucifixión simbólica de algún superviviente erigido en azaroso responsable individual. Lo cual por otro lado sería perfectamente compatible con la recuperación de valores franquistas bajo formas asépticas y compatibles con las formalidades de la democracia.
[Publicado el 01/12/2010 a las 09:00]
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La furca en la que la naturaleza retorna
Insuficiencia del conócete a tí mismo
Como es obligado, dada mi condición de profesor de Filosofía, he reiterado aquí una y otra vez la tesis aristotélica relativa a que las facultades que nos singularizan respecto a los demás animales son las que se fertilizan o realizan a través de lo que denominamos conocimiento: conocer, o más bien desear conocer, es lo nuestro. Y al menos no hay duda de que en ocasiones el deseo de saber se manifiesta. El ansia de conocer no se satisface sin embargo siguiendo la invitación socrática a intentar ser espejo reflexivo de sí mismo. A veces, conocer es quizás precisamente salir de sí mismo, salir de la redundancia estéril a la que a menudo se reduce la auto- observación.
Conocer es enfrentarse a la alteridad, ya sea superando su opacidad, ya sea generando tal alteridad cuando el conocimiento se vincula a una operación creativa. El científico y el artista serían las dos modalidades paradigmáticas de esta confrontación. Una de las formas del deseo de inteligibilidad que marca a la ciencia es la disposición general que caracteriza al físico. Esta disposición sin embargo es más o menos digamos sofisticada y en parte ello depende del sector de la disciplina.
Transcribía en un texto anterior las palabras de un profesor del Imperial College de Londres afirmando que la Mecánica Cuántica es la única de las ciencias que se enfrenta sin ambages al problema del ser. Convencido de ello y convencido asimismo de que el problema del ser es de hecho el problema, aquello que (en un registro más o menos oculto a nosotros mismos) a todos concierne, intento aquí hacer concreta esta idea. De alguna manera me sirvo de la Mecánica Cuántica para hacer perceptible cual es el problema ontológico y a la vez intento mostrar que los términos mismos del problema quedan radicalmente perturbados por esa misma Mecánica Cuántica. Permita el lector que empiece hoy recordando asuntos que pueden parecer obviedades pero alguno de los cuales, como veremos, quizás no lo sea tanto:
Obviedades...que no lo son tanto
El físico es alguien que aspira a observar rasgos de las cosas que corresponden a su naturaleza inmediata. El físico no se ocupa, por ejemplo, de lo que tiene la complejidad de la vida; ante un animal el físico hará abstracción de lo que sí estudia el biólogo. Cabe decir que todo lo que determina el físico está implícito en lo que determina el biólogo, sin que la recíproca sea cierta. Por decirlo claramente: todo ser vivo responde a los rasgos más generales de las entidades físicas, pero no a la inversa.
Pongámonos en la tesitura de que somos físicos: sospechamos que una cosa ofrecería a nuestra observación rasgos interesantes y queremos efectivamente observarlos. A veces el acceso a lo que nos interesa observar está al alcance digamos del ojo: descubrimos el velo que la encubre y el rasgo aparece (intento evitar el término propiedad porque supondría ya considerar que, aunque oculta, la cosa tiene ya eso que aun no percibimos, asunto que precisamente es objeto de debate ).
Otras veces, sin embargo, el acceso a lo que nos interesa exige mayores mediaciones. Así para observar un planeta alejado necesitamos un telescopio y para observar el comportamiento de una entidad diminuta necesitamos un microscopio. Atengámonos de momento a lo diminuto. Supongamos por ejemplo que se trata de una partícula elemental, un electrón por ejemplo, y que nos interesa saber el valor exacto de una magnitud física de tal partícula. Supongamos asimismo que tenemos los instrumentos técnicos que nos permiten acceder a tal observación.
La primera pregunta
Obviamente, antes de la intervención física no sabemos la cifra que llegaremos a observar, pero por ello mismo tiene sentido la siguiente pregunta:
¿Tenemos alguna manera de efectuar una previsión rigurosa de lo que saldrá? Es decir: ¿tenemos algún procedimiento matemáticamente formulable que nos permita algún tipo de expectativa? Sí la tenemos, o sí la tienen los físicos, al menos tratándose de cierto número de entidades y un número limitado de observables. Cabe decir: aunque aun no exploramos fisicamente la cosa, estamos en condiciones de avanzar una razonable previsión de lo que en ella observaremos. Dejo de lado el problema de la fórmula matemática concreta que permite avanzar lo anterior, para concentrarme, en lo esencial[1]
El peso de términos usuales
Lo que permite realizar previsiones sobre la magnitud del rasgo que llegaremos a observar es una entidad matemática llamada operador. Pongo en cursiva la expresión a fin de enfatizar el hecho de que es algo cuya esencia es efectuar una intervención, en general transformadora de aquello sobre lo cual interviene, a saber otra entidad matemática.[2] Este aspecto transformador alcanza mayor envergadura si se añade lo siguiente: el procedimiento físico mediante el cual accedemos al observable que nos interesa, es hasta tal extremo indisociable del operador matemático que nos permite hacer previsiones que de hecho este último es denominado observable-operador
Conocimiento versus redundancia
Lo que estoy indicando es que si efectuar una previsión es operar o transformar algo en el registro matemático, intentar verificar experimentalmente tal previsión es operar o transformar en el registro de las entidades físicas.[3]
Hay -como veremos- casos en los que el operador matemático se encuentra ya con aquello que debería ser resultado de su intervención y correlativamente alguno de los únicos observables a los que puede conducir el experimento físico se encuentra ya esperando al experimentador, convirtiendo de alguna manera su esfuerzo en estéril redundancia (como si un cirujano encontrara ya efectuada la única incisión para la que su instrumento es apta, o el ladrón encontrara abierta la cerradura para la que forjó una específica llave). Se trata sin embargo de casos particulares, haciendo abstracción de los cuales empieza ya a tomar cierto cuerpo la ya casi popular tesis de que conocer no es una actividad neutra, que acceder a observar lo que interesa no se hace sin cirugía. Lo cual no quiere decir que los lugares comunes que al respeto se iteran se correspondan exactamente con la cosa.
Un conocimiento irreductible al descubrimiento y a la creación
Revisemos un extremo esencial de lo que precede:
Antes de proceder a una experimentación en física, tenemos un expediente matemático que posibilita un cálculo de lo que cabe esperar, un cálculo que constituye una previsión, sin que ello signifique en absoluto que sabemos lo que necesariamente saldrá. Nótese que habría dos maneras de que nuestro cómputo constituyera un saber de lo que necesariamente saldrá:
1)Hipótesis realista:
La fórmula se refiere a algo que la cosa tiene y que antes de la fórmula ignorábamos. Tenemos además la seguridad de que el hecho de intervenir sobre la cosa para constatar fisicamente lo que la cosa tiene y que la fórmula ha previsto, no perturba esta misma propiedad, sino que simplemente la desvela. Hemos visto que esta hipótesis no es válida en la generalidad de los casos, y que aquellos en los que sí es válida tienen tan poco interés como el construir más o menos laboriosamente una llave apta en exclusiva para un tipo de cerraduras que ya están abiertas.
2)Hipótesis "creacionista":
La observación experimental que sigue al cómputo matemático no constituye una mera intervención, sino un acto de creación. Como el Dios de los filósofos de inspiración platónica, calcularíamos previamente aquello que nos disponemos a hacer emerger. Tampoco esto funciona, al menos si por creación se entiende hacer emerge ex-nihilo, puesto que hay un estado de la cosa respecto a la cual efectuamos nuestros cómputos.
Se trataría en todo caso de hacer emerger a partir de algo que encierra en potencia aquello que emerge, pero esto es algo que hace simplemente, por ejemplo, el artesano, cuando a partir de determinado material forja un objeto. Sin duda, al menos cuando es fiel a su origen, la ciencia responde a exigencias de inteligibilidad, y en consecuencia la disposición meramente cognoscitiva del físico le separa del técnico o artesano. No obstante la inexistencia en física de caracteres emergentes no explicables por sus componentes de base (a diferencia en mi opinión de lo que ocurre en el lenguaje poético) hace que el término creación sea decididamente abusivo para referirse al trabajo del observador cuántico.
Situándonos de nuevo en el momento en que, previamente a su experimento, el físico se encuentra barruntando sobre qué saldrá del mismo, sólo cabe afirmar que tenemos una fórmula matemática general que, aplicada al caso, nos da una expectativa respecto a lo que saldrá, sin que esto implique ni lo designado como hipótesis realista, ni lo designado como hipótesis creacionista. Así pues, ni mundo en el que las cosas tienen sus propiedades (se hallen o no estas cosas confrontadas a nuestras voluntad y capacidad de descifrarlas), ni erección de las propiedades de las cosas gracias a una potencia creativa que cabría atribuirnos.
Si no encuentra lo ya dado, ni tampoco forja nada autenticamente nuevo, ¿en qué consiste pues el conocer del físico cuántico?; ¿que estatuto ontológico, es decir, que modalidad de ser, corresponde al observable que le interesa, antes de ser observado; y tras tras la intervención experimental ¿se ha convertido este observable en una propiedad de la cosa en el sentido clásico del término?
La furca en la que la naturaleza retorna
Preguntas todas ellas que se vinculan a la interrogación más general sobre el ser elemental, es decir profundo, de eso que damos en llamar naturaleza, sobre la cual el físico ya no puede limitarse a hacer previsores cómputos que verificara experimentalmente. "Por mucho que expulses a la naturaleza con una furca, la naturaleza siempre retorna". Quizás la naturaleza que retorna es aquella que nunca había estado presente, aquella que había sido objeto de repudio. Pero desde luego es cierto que retorna en la furca misma, en una hija de la física de la Revolución Científica, a la vez retoño de la visión del mundo de los griegos ( visión marcada -como enfatizaba Erwin Schrödinger- por la convicción de que el mundo es inteligible y que el conocer es neutro en relación a tal mundo). Hija sin embargo díscola, que pone en cuestión lo bien fundado de su esplendorosa herencia. Sí, decididamente la Mecánica Cuántica contribuye a que nos abramos a la hipótesis de una naturaleza extraña, una physis que no responde a los caracteres por constatación de los cuales reconocíamos precisamente que nos hallábamos en presencia de algo físico. Por eso seguir adentrándonos en los meandros de la Mecánica Cuántica aparece hoy no ya como una exigencia de los filósofos, sino de todo ser atravesado por esa pulsión desinteresada de las mentes pensantes a la que se refería el físico Max Born, es decir , una exigencia de todo ser humano.
[1] Dejo asimismo de lado el problema, ciertamente importantísimo que plantea el hecho mismo de que la manera de realizar previsiones sea matemática. Sin duda en las peripecias generales del ser humano las previsiones sobre lo que nos será dado constatar no se hacen siempre con cálculos matemáticos (al menos conscientes). Ello no significa sin embargo que las consideraciones que siguen no conciernen en absoluto a estas expectativas sobre asuntos digamos básicos.
[2] En la jerga técnica, y por lo que aquí se refiere, se trata de que un vector que es expresión del estado del sistema es convertido por la acción del operador en un vector diferente, con lo cual cabe decir que el sistema ahora representado es otro.
[3] Aprovecho para señalar que utilizo la expresión entidad física sin tener derecho a hacerlo, pues su caracterización depende en gran parte de esta misma Mecánica Cuántica en la que nos estamos sumergiendo.
[Publicado el 01/12/2010 a las 09:00]
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Retorno a la pregunta por la cosa
En el texto anterior me sustentaba en consideraciones de dos físicos separados por casi un siglo a fin de poner de relieve que para abrirse a la interrogación filosófica es suficiente considerar las aporías a las que se ven abocados esos mismos físicos en cuanto dan un paso más allá de la descripción de los fenómenos, en cuanto asumen el peso de las implicaciones meramente teóricas de su propia disciplina. Trabajar hoy en física conduce inevitablemente a la pregunta ontológica, concretamente a la interrogación avanzada desde al menos Aristóteles y retomada en términos explícitos por Heiddeger sobre la cosa, no tal o tal cosa sino lo que se predica en general cada vez que nos referimos a una cosa: pregunta, si cabe decirlo así sobre la coseidad de la cosa (thingness of things, en la expresión de veta heideggeriana de Isham).
Pero, ¿como se concretiza esta pregunta? Abandono aquí a Heiddegger y me limito a acercarme a la interrogación con la ayuda simplemente de los físicos y en los términos que son comprensibles a partir del trabajo de los mismos.
En primer lugar se trata de una interrogación lógica y conceptual. Cuando reconocemos algo como tal o tal, estamos implicitamente utilizando una serie de principios y conceptos generales que sería un círculo vicioso cosificar, es decir considerar a su vez como cosas, puesto que constituyen la condición de posibilidad de que las cosas se den para nosotros. Para dar un ejemplo claro: si califico lo que está ante mí de silla, estoy utilizando una gran cantidad de conceptos implícitos que hacen que no lo confunda con, por ejemplo, un taburete. Pero se trate de silla o taburete estoy desde luego diciendo que se trata de un individuo, es decir de algo indiviso respecto a sí mismo y dividido o separado respecto a todo lo demás. El concepto general o categoría de individuo es omniaplicable, es un predicado de todo aquello que tenga derecho a calificar de cosa.
Este asunto fue profusamente estudiado por la filosofía escolástica y concretamente por el gran Francisco Suárez. El Doctor Eximio no podía sin duda estar en condiciones de suponer que un día la ciencia física vendría a referirse a nociones como onda o campo, cuya coseidad no muestra con claridad los rasgos de la individuación (sobre todo cuando la individuación se vincula con la exigencia de ubicación bien determinada o localidad), pero dejo provisionalmente este asunto, en razón de algo mucho mas llamativo, a saber: aun en los casos de realidades físicas "clásicas", la coseidad de las mismas no es seguro que responda siempre al principio de individuación.
Me limito por el momento a este ejemplo para poner de relieve un segundo aspecto:
Cuando un físico en el sentido convencional se refiere, por ejemplo, a un determinado electrón de un átomo concreto de hidrógeno está suponiendo que este electrón tiene unas propiedades que su trabajo como físico consiste precisamente en poner de manifiesto, cosa que conseguirá o no. Podemos llamar a esta posición realista, en contrapunto con otra denominada instrumentalista, que viene grosso modo a decir: la tarea del físico no consiste en descubrir la propiedad de la cosa que a él se le oculta, sino en arreglárselas para dotarse de instrumentos que permitan en todo caso que la cosa se muestre determinada por conceptos matemáticos; dotarse en suma de instrumentos que permitan que la cosa sea medida. El instrumentalista, a diferencia del realista, no se compromete respecto a la cuestión de la existencia independiente de aquello de lo que se ocupa. Es interesante preguntarse por las razones de tal prudencia.[Publicado el 26/11/2010 a las 09:00]
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Entre Eddington y Borges: un físico ante el problema del ser
"Nos hemos apercibido de que allí dónde la ciencia ha alcanzado mayores progresos, la mente no ha hecho sino recuperar de la naturaleza aquello que la propia mente había depositado en ella. Habíamos encontrado una extraña huella en la rivera del mundo desconocido. Y habíamos avanzado, una tras otra, profundas teorías que dieran cuenta d su origen. Finalmente hemos logrado reconstruir la creatura que había dejado tal huella. Y ¡sorpresa!, se trataba de nosotros mismos."
Indicaba en un texto anterior que hoy los físicos, y concretamente los físicos cuánticos, son conducidos por las mismas exigencias de su disciplina a abordar problemas tradicionalmente caracterizados como filosóficos. Evocaba concretamente el caso del excelente Chris J. Isham quien en un libro estrictamente técnico en el que recoge sus enseñanzas en el Imperial College de Londres, se adentra en la heideggeriana pregunta por la cosa. Ishman se lamenta de que otras ramas de la ciencia y aun de la física se crean liberadas de abordar el problema ontológico...al precio de aceptar como palabra evangélica la validez de principios que desde el pensamiento primitivo hasta Einstein han determinado nuestra percepción del orden natural, pero que hay múltiples para destronar, o al menos poner en tela de juicio:
"Es sorprendente que, entre todas las ciencias modernas, sólo la física cuántica parece haberse sentido obligada a afrontar directamente el problema del ser. Y sin embargo realmente ninguna rama de la ciencia debería obviar enteramente esta cuestión esencial. Pues bien pudiera ser que ésta se encontrara en el núcleo de toda tentativa para escarbar en la naturaleza de la realidad,sea esta tentativa científica o no científica. Desgraciadamente, la mayoría de la gente jamás aborda el problema, y ni siquiera parece realizar que deba ser planteado. En lugar de ello la respuesta a la cuestión no planteada es asumida como un rasgo a priori de la realidad, y es en consecuencia erigida en una de las verdades "obvias" de la disciplina concernida" Ishman cita entonces el bello párrafo, arriba transcrito, del físico A. Eddington quien en 1920- en sus reflexiones sobre la gravitación- abordaba ya de forma indisociablemente científica y filosófica el problema de tiempo y espacio.
Y el universitario británico evoca asimismo aque héroe de Borges que se había propuesto realizar una copia del mundo y que, tras pasar su vida realizando imágenes de montañas , mares y toda clase de objetos, descubre en la hora de la muerte que sólo había logrado esbozar el retrato de su propio rostro.
[Publicado el 24/11/2010 a las 09:00]
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Retorno a Saint Julien le Pauvre
El pasado día 7, domingo lluvioso y frío marcado por manifestaciones de resistencia política contra leyes impuestas por el mercado, pero que algunos consideran tan intocables como las leyes naturales, he asistido de nuevo a la ceremonia cantada según el rito maronita de Saint Julien le Pauvre, pequeño templo situado en un cuidado jardín, en la cercanía del Sena y frente a Nôtre Dame, y al que me refería ya aquí hace un par de años. En el transcurso de la ceremonia volví a experimentar el sentimiento de que en ciertos contextos la palabra Dios es tan sólo expresión de un impulso por trascender la finitud, que en humano alguno puede ser erradicado: no un impulso por salvar la propia individualidad, sino por reconciliarla con lo que constituye la entidad mismo del hombre, de espaldas a la cual vive, siendo casi lo de menos que al deseo de tal reconciliación aparezca como búsqueda de un dios.
Volví a experimentar que el espíritu laico que vincula la idea de absoluto exclusivamente a la obra de arte (en general al descubrimiento en la naturaleza humana de propiedades emergentes no explicables mecanicamente por sus componentes -todos los efectos poéticos del lenguaje por ejemplo) se halla más cerca de un Peguy o de un Pascal que de los pontífices de las construcciones ideológicas hoy imperantes, que tienen los rasgos de las religiones, pero que no dan lugar a la erección de catedrales. Me ratifico en la idea de que no es necesario asumir ningún postulado irracional para hacer propia la tesis de que "en el principio está el verbo". Pues principio para los seres de razón es aquello que arranca a las cosas a la insignificancia del orden ciegamente natural, es decir les otorga significación. Repudiar todo lo que proceda de las oficinas vaticanistas o las análogas de otras confesiones, declarar el carácter de narcótico de las esperanzas, reivindicar la necesidad de subvertir las miserables condiciones sociales existentes...para todo ello es un acicate asistir la modesta y conmovedora ceremonia maronita de esta pequeña iglesia parisina.
[Publicado el 19/11/2010 a las 09:00]
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El París al que llegué siendo aun casi adolescente era una ciudad faro. Imagen de vitalidad política y cultural y paradigma de unas libertades todo lo formales que se quisiera pero consideradas preciosas por los que carecían de ellas. Recuerdo la presencia en muchos lugares de enormes carteles con la imagen de Franco y un texto firmado por relevantes nombres de la ciencia y el arte que decía: "Que se lo lleve el diablo y con él a todo su execrable régimen vergüenza de Europa".
Vergüenza abstracta para Europa, pero vergüenza muy concreta para los centenares de miles de españoles que (en Paris como en ciudades fabriles de Bélgica, Alemania o Suiza) vivían un esencial desarraigo, pasando de ser considerados como amenaza potencial para las conquistas laborales duramente conseguidas, a ser objeto de paternalista conmiseración por, además de pobres, llevar el estigma de haber crecido en la opresión y la barbarie. Pues haber nacido, o al menos vivido, en democracia era además de un privilegio un signo de distinción [1]
Me instalo de nuevo en París muchos decenios después, y el azar hace que lo haga en el Boulevard dedicado a ese Voltaire paradigma de la Francia de la laicidad y el librepensamiento. Un París dónde la imagen tristemente pintoresca del clochard ha sido reemplazada por sombrías figuras que hurgando en las poubelles y apostados a la salida de las tiendas y los teatros, encarnan la nueva mendicidad, hija de la generalizada ley que, de Praga a Lisboa, marca el destino a todos los que van quedando en los arcenes del sistema y de la vida; todos aquellos a los que El Capital (como el Señor de la parábola de los tres talentos) considera "siervos ruines y perezosos" que no han sabido poner a su servicio las muchas o pocas capacidades de que fueron dotados.
El París que encuentro ha multiplicado el número de "soupes populaires", y al igual que en otras urbes europeas, el incremento exponencial de solitarios y desclasados incrementa asimismo la paranoia y la desconfianza. Y no obstante hay en París como un rescoldo de resistencia, un rescoldo de ideario republicano, que se traduce concretamente en las dificultades que el gobierno francés ha tenido ( y a mi juicio va a seguir teniendo) para erigir en norma las exigencias tiránicas del mercado. Resistencia que algunos ( cronistas españoles con cierta frecuencia) consideran precisamente como signo de la decadencia de Francia y de su impotencia para seguir contando entre los poderosos del mundo. En cualquier caso Francia es el país dónde la extensión de los valores lepenistas ( compartidos por gente no vinculada directamente al partido del matón) abrió el espacio de la nueva intolerancia europea... y a la vez es el país que más parece resistir a la misma. Vivir hoy en París implica asumir esta contradicción y luchar porque se resuelva en el sentido compatible con la dignidad.
En este día en que escribo, símbolo del tantas veces grisáceo y áspero noviembre parisino, las imagenes de soledad y renuncia apagan el espíritu. Pero en el Boulevard Voltaire ondean aun banderas rojas y en un bistro contiguo a la boca del metro ha llegado un vino primeur de Gascogne. Quizás no todo ello es figura del pasado.
[1] Ya he tenido ocasión de señalar que los hijos de zonas rurales de España que en lugar de emigrar al extranjero lo hacían a Cataluña o el País Vasco eran objeto de una marginación suplementaria en razón de que el régimen intentaba servirse de ellos para diluir la lengua y cultura locales, lo que hacía que en ocasiones fueran considerados como enemigos objetivos de las mismas por los propios resistentes nacionalistas. Eran los terribles tiempos en los que la palabra "coreano" y "charnego" sintetizaban tanto el desprecio al hijo del subdesarrollo como al representante de la identidad española que - ya entonces- alejaba de Europa, esa Europa a la que uno sí pertenecía. Sabido es que, en Catalunya sólo los comunistas del PSUC luchaban consecuentemente contra esta injusticia, e intentaban aunar la causa general de los trabajadores y la de las libertades culturales y lingüísticas. Temo que la desaparición de los idearios liberadores que el PSUC encarnaba se hallan llevado también por delante este anhelo de confraternización.
[Publicado el 18/11/2010 a las 17:00]
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Tercia un catedrático de psiquiatría
Decía en el escrito anterior que el Catedrático de Psiquatría Enrique Baca se había añadido al epistolario que sobre la exigencia filosófica y la conexión de disciplinas manteníamos José Lazaro, Javier Echeverría y yo mismo. He aquí lo esencial de su escrito:
"Es señal inequívoca de la madurez la añoranza. Añorar es echar de menos pero también es reivindicar la necesidad de ir a más. Lástima que no se añore cuando se tienen, aún, posibilidades ciertas de que la mera reivindicación pueda convertirse en entusiasta empresa modificadora
La apuesta por un saber universal despierta un regusto de impaciencia por ponerse a la tarea sin dilación. Vivimos en un mundo en el que la superficialización de los saberes es producto, quizá, de la insoportable acumulación de los mismos. Y esto ha conducido a lamentables vulgarizaciones que han desprestigiado a los que las intentaron, obscureciendo, en muchos casos, los avances positivos que se contenían en sus trabajos. No hace falta mencionar a Sokal para entender que, en el contexto de intuiciones interesantes y de pensamientos provocativos, se deslizaban basuras de una imprecisión conceptual insoportable, lecturas apresuradas ayunas de la necesaria digestión y ocurrencias de "mesa de camilla". Los pensadores franceses de la segunda mitad de la segunda mitad el siglo XX saben bastante de esto.
El mundo actual es más complicado que el pasado de la misma manera que, probablemente, el mundo futuro incrementará dicha complejidad aunque solo sea por el aumento cuantitativo de conocimientos. Yo soy un devoto lector semanal de una revista que puede ser considerada como un representativo epítome del progreso del conocimiento empírico de la naturaleza y de los hombres: la norteamericana Science. Como suscriptor veterano recibo en mi ordenador, todas las noches tres e-mail que me informan de lo que va a salir, de lo que ha salido y de cómo andan determinados datos y debates. Y siento un vértigo de impotencia ante lo que debería saber y no puedo alcanzar.
Por eso cuando alguien pone el acento en la necesidad de que existan personas que piensen y que pensando intenten encontrar, "la intersección de los problemas", abogando inmediatamente por la necesidad de una Filosofía Natural hecha desde la ciencia natural de nuestra época" no se puede menos que estar de acuerdo y ver en esta postura una empresa a la que están convocados los que poseen la experiencia empírica de la realidad y los que disfrutan de los instrumentos racionales que les proporciona su conocimiento de la historia y del desarrollo del puro pensamiento de los hombres.
Solo falta pues decir (entre la impaciencia y la esperanza) ¿A que aguardamos?"
Agradezco al profesor Baca este aliento en la apuesta por una filosofía natural, que es quizás ya hora de ir cimentando.
[Publicado el 16/11/2010 a las 09:00]
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Cuando es el científico quien meramente roza la filosofía
Una precisión en relación a esta correspondencia sobre la exigencia filosófica y la actitud que han de tener los filósofos en relación a la ciencia. José Lazaro que anatematizaba la verborrea superficialmente científica de los filósofos, no era en su escrito mucho más comprensivo con los científicos que se acercan a la filosofía. Cito uno de sus párrafos:
"Y además ese esfuerzo debe también pedírsele también a los científicos con respecto a las discusiones de los filósofos que les concierne directamente. Pero el problema está en los resultados exigibles al esfuerzo, porque si damos un vistazo, por ejemplo, al 99% de lo que están publicando los científicos sobre el problema teórico de las relaciones cuerpo-mente, la conclusión es que más valdría que se hubiesen abstenido de entrar en la filosofía y se hubiesen dedicado a seguir haciendo experimentos concretos en su laboratorio."
Como puede ver el lector el problema de las relaciones entre filosofía y ciencia presenta aristas por todas partes. En cualquier caso, embarcados Javier Echeverría José Lazaro y yo mismo en estos intercambios que no se si puedo llamar epistolares, se añadió al coro el psiquiatra y catedrático de la UAM, Enrique Baca con un largo escrito que sintetizaré aquí en el próximo texto.
[Publicado el 11/11/2010 a las 09:00]
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Delimitar lo que ha de saber un filósofo
En esta reflexión a cuatro bandas sobre la filosofía y su relación con los saberes especializados quizás sea útil transcribir lo que yo mismo escribía al respecto en uno de mis libros
"Delimitar lo que ha de saber un filósofo, pasa, en primer lugar por el establecimiento de un listado de esas interrogaciones filosóficas elementales... Tal listado debe incluir cuestiones relativas al espacio, al tiempo , a la condición lingüística, a la diferencia entre lo humano y lo meramente animal, al vínculo entre tiempo y corrupción, al vínculo entre palabra y música, a la función de la representación plástica, etc. .
Reflexión para la que será fértil apoyo un saber indiscutiblemente técnico, es decir, inequívoco y controlable. Tal saber incluye necesariamente aspectos relativos a genética, lingüística, mecánica clásica, mecánica cuántica, teoría de la relatividad, teoría matemáticas de conjuntos, topología algebraica, teoría físico-matemática del campo, teorías ondulatorias de la luz y del sonido, momentos de la historia de la teoría musical, historia conceptual del arte...y un no muy largo etcétera
Aun en el caso de que se haya ya pasado por el aprendizaje de alguno de estos puntos, rememorarlos en función de una interrogación filosófica y siguiendo un estricto hilo conductor, supone, no sólo actualizarlos, sino darles vida, es decir, librarlos de la esterilidad consistente en no saber a qué responden, esterilidad en la cual son fácil presa del olvido
Nunca se reiterará en exceso que la filosofía, precisamente por constituir una exigencia elemental del ser lingüístico, alcanza un elevado grado de complejidad. Pues las cuestiones elementales son la auténtica matriz, tanto de la disposición espiritual que conduce a la ciencia como de la que conduce a la exigencia artística. La matemática, la reflexión musical, o la física teórica, encuentran en la filosofía un auténtico punto de convergencia, una "unidad focal de significación", según la formulación aristotélica. En ausencia de esta última, las disciplinas particulares quedan privadas de significación, es decir reducidas a la insignificancia. No otra cosa indicaba Descartes, cuando añadía a sus trabajos científicos ese prólogo legitimador conocido como Discurso del Método
Cierto es que la distribución del saber está hecho de tal forma que los lectores de Descartes, o bien son especialistas en algún retazo del contenido científico, o bien son especialistas en el prólogo (estos últimos son precisamente los formados en la facultad de filosofía) Extraña quiebra que Descartes viviría como auténtica mutilación, pero que no escandaliza a los voceros culturales ni a los responsables de nuestra formación.
Expresión tristemente ejemplar de esta situación es lo que hace unos años pasaba con la matemática (afortunadamente ya no es así). Pues se introducía a los niños en esta disciplina mediante la Teoría de Conjuntos, sin explicarles nunca cuál era la función quizás primordial de la misma, filosófica dónde las haya. Pues Georg Cantor, el fundador de la misma, pretendía ante todo disponer de un arma para abordar el problema esencialmente filosófico del infinito. Y cabe obviamente hacer matemáticas sin teoría formalizada de conjuntos, mientras que es imposible sin ella abordar con rigor "ese delicado laberinto" que, al decir de Borges, constituye la cuestión del infinito.
Lo que antecede implica que poner el énfasis en el vínculo entre filosofía y ciencia puede incluso ser contrario a la exigencia filosófica, si no se precisa que la filosofía es algo más que meta- ciencia. No se trata en absoluto de decir que tras la práctica científica surgen problemas teóricos a cuya confrontación llamaríamos filosofía. Se trata precisamente de reivindicar una jerarquía contraria:
De las interrogaciones elementales surge la necesidad de análisis de fenómenos, descripción de los mismos, y eventual ordenación en conjuntos, a todo lo cual denominamos ciencia. De la ciencia pueden surgir aporías, por ejemplo relativas a la coherencia de sus diferentes ramas, que no conciernen directamente a lo que se planteaba en el origen. En este caso la meta-ciencia no es (al menos directamente) filosófica. Mas también ocurre que la reflexión meta-científica enlaza directamente con lo que desde el origen se formulaba, y entonces estamos de lleno en la filosofía.
Así prácticamente la totalidad de la producción meta-científica de Einstein, en este caso meta-física, es puro retorno a los problemas de espacio tiempo, continuidad y cosmología que ocupan a la filosofía desde siempre, y sistemáticamente al menos desde Aristóteles. Pueden darse muchos otros ejemplos de este auténtico reencuentro de la ciencia con su origen. Origen que debería determinar algo más que las consideraciones de aquellos científicos que (como en los casos de Einstein, John Bell o Erwing Schrodinger) están ya avanzados en su propia disciplina.
Si la enseñanza, desde prácticamente la escuela primaria, tuviera en cuenta el intrínsico lazo entre todas y cada una de las disciplinas del saber y las interrogaciones elementales de la filosofía, si la savia de esta ultima siguiera vitalizando el segmento que al desplegarse se convierte en ilimitado y sinuoso camino...entonces no se daría esa sensación, a la vez de dificultad y de indiferencia, que paraliza a tantos escolares a la hora de elegir entre materias que, en apariencia, carecen de conexión entre ellas y de lazo con lo que a la vida de los hombres da sentido.
De ahí que la reivindicación de la filosofía... sea de carácter normativo. Se trata de luchar contra la situación antes descrita, en la que la sociedad se erige en conformidad a un postulado de repudio de la filosofía. La lucha por la generalización de ésta al conjunto de los ciudadanos y por su erección en causa final de la formación educativa, tiene como inmediato corolario el que se considere ilegítima toda circunstancia social en la que el embrutecimiento, bajo forma de trabajo o bajo forma de ocio, prime.
[Publicado el 09/11/2010 a las 09:00]
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Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
09/2/2012 22:24
Agradecería muchísimo si me...
Publicado por: Héctor Jaimes Paredes
09/2/2012 13:00
Sí, ese perro muerto de Hegel...
Publicado por: pepedamian
05/2/2012 16:46
P, el fragmento de la película...
Publicado por: Un bárbaro
05/2/2012 12:01
En los pocos países donde la...
Publicado por: p
03/2/2012 13:52
Publicado por: Un bárbaro
30/1/2012 02:41
We have full server of 4Story...
Publicado por: sdfsdfsdf
28/1/2012 12:18
También yo, allá al principio de...
Publicado por: pepedamian
28/1/2012 09:59
Monotonía de lluvia tras los...
Publicado por: Dácil
27/1/2012 15:02
En primer lugar, quisiera decir...
Publicado por: Nanci
25/1/2012 01:01
El otro día volví a ver Robin...
Publicado por: p
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