Felix de Azúa responde al último cruce de mensajes y evocando la tesis del gen egoísta de Richard Dawkins, se pregunta: "si somos simple portadores de nuestra información genética y no tenemos otra función en este mundo que transmitirla, hasta ahora mediante el semen, en el futuro quizás por otros medios ¿cómo podemos saber que nuestras pretensiones civilizatorias no son meras astucias del gen?"
Por otra parte Felix me indica que si el uso de la palabra "bestial" parece excesivamente cargada de connotaciones psicológicas no tiene inconveniente en sustituirla por el término "animal". Entiendo-y estoy de acuerdo- que lo esencial es que el término sirva para designar las disposiciones oscuras de los seres humanos. El punto de discusión está en el origen de tales disposiciones, y a mi juicio la genética pueda aportar en última instancia el criterio; la genética no tiene la última palabra.
La genética nos dice que (al igual que ocurre en las demás especies animales) las potencialidades del hombre están marcadas por un código que a su vez es fruto de la economía evolutiva. Pero la genética no penetra (no puede hacerlo, al menos por el momento) en el terreno del lenguaje, simplemente porque no se ve manera de ponerla en correlación con las disciplinas que se ocupan de los aspectos semánticos del lenguaje.
Es quizás relativamente fácil (de hecho tengo dudas) explicar la potencialidad, genéticamente determinada, que tiene la abeja para llegar a actualizar un sofisticado código de señales. Pero encontraríamos delirante que alguien proyectara reducir a expresión de un código determinado por la adaptación no digo ya las Soledades de Góngora, sino cualquier discurso de taberna en el que -hablando por hablar- los hombres dicen muchas tonterías, pero se complacen en las metáforas.
Mi sospecha es que todo lo que en nosotros designamos con el término "animal" o "bestial" procede sin embargo de esta fuente, que aquello que Freud designaba con el término "malestar" era realmente interior a la cultura.
Felix evoca en su escrito las argucias del gen. Yo más bien me atrevería a hablar de la limitación que supone para el fruto de los genes que somos la propia condición genética. Cárcel de un alma que no tiene otro origen que la cárcel misma, pero (por eso está en la cárcel) sabe su finitud y la maldice.
Sin duda cabe sospechar como en una frase de Coleridge citada por Felix ("Nuestras pretensiones metafísicas, juguetes que cuelgan del cabezal de un niño mortalmente enfermo") que todas nuestras aspiraciones digamos espirituales son viento. Pero el hecho mismo de que Coleridge lo diga de esta manera es ejemplo de lo imprevisible de nuestra reacción. Como la blasfemia movida por una intención precisa, a la que se refería Pavese, esa frase es en efecto "le meilleur témoignage que nous puissions donner de notre dignité"
Posdata
Mi ex alumno, el investigador Oscar Castro, interesado por las diferentes hermenéuticas relativas a la selección natural, me escribe formulando la siguiente pregunta, para la que obviamente carezco de respuesta:
"Si la ‘selección natural' es un hecho de facto, ¿quién es el agente seleccionador? A veces no comprendo las ideas neodarwinistas de selección y de estocástica combinadas donde la selectividad sea una fuerza ciega de la naturaleza. Si se generan atractores selectivos en función del ambiente, ¿el ambiente es el seleccionador? ¿o el ambiente es la resultante de los agentes seleccionados por la selección natural?
El asunto es una vez más el de la prioridad ontológica entre el huevo y la gallina. Y desde luego se complica enormemente cuando la selección natural afecta al único testigo de tal selección. Testigo que además se halla en condiciones de modificar el ambiente mismo y los atractores selectivos a los que Oscar Castro alude. No cabe (si se respeta el postulado de que en toda discusión filosófica la razón va por delante) repudiar la teoría de la selección natural. Pero sentado esto el problema no hace más que empezar. Exigencia cartesiana elemental es sentar los problemas filosóficos sobre terreno firme, pero, ¿qué firmeza tratándose del ser que establece los criterios de lo que cabe considerar firme?
[Publicado el 16/3/2011 a las 09:00]
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Acaba de reeditarse en París un libro de Joseph Czapski, nacido en Praga en 1896, pero oficial del ejército polaco y prisionero del ejército soviético en el campo de Griazowietz entre 1940 y 1941. Su cosmopolita vida había transcurrido entre San Petersburgo, Cracovia, Paris y Londres, donde en 1926 aprovecha una larga convalescencia para leer con devoción el libro capital de Marcel Proust.
En el campo de Griazowietz, Czapski no dispone de ningún ejemplar de la obra, pero
À la Recherche du Temps Perdu opera en él retornando a su memoria en la forma singular descrita por el Narrador, es decir, con la acuidad de lo presente y la singular emoción que sólo otorgan la distancia y el recuerdo. En una de las dependencias del campo, en el refectorio de un antiguo convento, sin apoyo escrito alguno, Czapski cita párrafos enteros de Proust ante sus compañeros, haciéndoles "revivir un mundo que nos parecía perdido para siempre". Y así Charles Haas, judío parisino frecuentador de elegantísimos ambientes mundanos y una de las claves del personaje de Swann, viene a formar parte de las referencias de los contertulios en aquel horizonte de sombras.
Singular prueba para Czapski de que "somos capaces de pensar y ser receptivos a las cosas del espíritu que nada tienen que con nuestra realidad". Singular prueba, añadiré por mi parte, de la irreductible singularidad de la condición humana.
[Publicado el 11/3/2011 a las 09:00]
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Tercian varios amigos en este intercambio de opiniones con Félix de Azúa sobre la naturaleza humana, a la que yo atribuía exhaustivamente algo tan admirable como la fertilización del lenguaje y el pensamiento por un Garcilaso o un Descartes, pero asimismo la rapiña y abuso del débil por émulos del general Franco o la instrumentalización del cuerpo del otro en los casos de aberración sexual.
El propio Félix puntualiza en un nuevo escrito que el único motor auténtico de la sexualidad humana es la reproducción, aunque sobre tal substrato (a modo de cultural superestructura) se despliegue toda una parafernalia de matriz cultural, para referirse a la cual Félix emplea una analogía hegeliana: las catedrales góticas ponen de relieve que el instinto de supervivencia puede tener manifestaciones muy alambicadas, sin que por ello deje de tratarse de lo mismo, a saber, instinto de supervivencia. En su raíz, la sexualidad humana sería tan bestial como lo es el aparato digestivo o las papilas gustativas, también perturbadas (sin que cambie su función esencial) por contingentes amaneramientos culturales explotados por un Ferrán Adriá.
Basilio Baltasar se refiere por su parte a las consideraciones que Félix y yo mismo hacíamos sobre el matrimonio como una de las modalidades de culturización de la sexualidad "para que no fuera propiamente bestial", precisa Félix (punto en el que yo difiero, pues mi posición es que cuando se apunta al matrimonio la culturización del instinto sexual es ya un hecho). Basilio avanza los casos del pingüino, el chacal , a nutria, el gibón o el castor, todos ellos al parecer "monógamos" y con tendencia a olisquear y contemplar una misma figura toda su vida. Pues bien:
La coincidencia en el fenómeno no supone en absoluto que se trata de lo mismo. Como el mismo Basilio indica (aunque dialéctica y no dogmaticamente ) "el gibón puede ser tan monógamo como un hombre pero no puede dejar de serlo".
Tras leer la columna de Basilio Baltasar me llega un correo del catedrático de Psiquiatría Enrique Baca en el que sintetiza las opiniones de unos y otros, tomando a la vez posición:
"Basilio Baltasar plantea una básica cuestión que decanta, sin decirlo, la balanza a favor de la nurture convertida, tras siglos de evolución, en culture: si el hombre es hombre lo es en virtud de la lucha denodada y generalmente incompleta contra su código genético. Quizá convendría dejar sentado que la especie humana es una especie que se emancipa de lo que sus genes le aportan y esto lo hace para bien y para mal, si es que conseguimos ponernos de acuerdo con lo que significan tan venerables palabras".
Al hilo de esta afirmación de Enrique, y dando un paso más, me ratifico en la tesis (por otra parte nada original) de que en el caso de los seres humanos, la sexualidad es fruto de la ley y en modo alguno a la inversa: la ley no surge como expresión de que una sexualidad reducida a instinto es canalizada hacia formas más operativas, más rentables para los intereses de la especie animal que constituimos. La ley-fruto del lenguaje- es causa de (entre muchas otras cosas) ese desarraigo respecto a la inmediatez natural que caracteriza a la sexualidad humana; desairrago que determina las formas de gestión de la misma y que se traduce tanto en la institutución del matrimonio, como en la pulsión fetichista, en el amor cortés o en la necrofilia. La ley es razón de la complacencia en su obedecer, como de la inclinación a infringirla.
¿Que todo ello no podría darse sin la base biológico-genética que compartimos con otros animales? Sin duda alguna. Pero tampoco cabe hablar de no hallarse geneticamente determinado para tal función, sin que ello permita colegir que tra la metáfora "la piedra es una espalda para llevar al tiempo" se encubra un mensaje determinado por algún interés propio de una especie animal convencional.
Si la erección de una metáfora respondiera a algún instinto se trataría de ese "instinto de lenguaje", instinto de que la palabra se refuerce, al que se refiere el pensador americano Steve Pinker. El mismo instinto que mueve a Einstein a avanzar una hipótesis explicativa que sacrifica nuestra concepción de tiempo y espacio, "el ardiente deseo de toda mente pensante", en palabras del físico Max Born, eco de la sentencia abismal de Aristóteles aquí tantas veces citada("en razón de su naturaleza todo ser humano desea conocer"). Hasta tal punto es cierto que el deseo esencial del hombre es la fertilización del lenguaje en el conocimiento o en la erección de metáforas que, cabe decir, la sexualidad humana desaparecería incluso de las capas inconscientes si un rescoldo de tal deseo primigenio no perdurara en cada uno de nosotros.
Síntesis de la discusión
En el escrito al que antes hacía referencia Enrique Baca se esfuerza en sintetizar la discusión mantenida y hacia el final hace interesantes consideraciones propias, vinculadas a la tesis por mí asumida de que"la regresión pura y simple a la condición bestial es para los humanos ya imposible" . Será pues útil reproducir aquí lo esencial
"Desde mediados de diciembre de 2010 Víctor Goméz Pin comienza una meditación sobre la socialdemocracia y su colapso. Las sucesivas entregas y la irrupción de diversos interlocutores enriquecen sin duda el debate que se produce. Lo menciono aquí por que es el punto de partida de una mantenida conversación entre VGP y Felix de Azúa, que deriva hacia otros derroteros en los cuales si quiero entrar, si se me permite.
Pero superemos el primer obstáculo:
La tesis básica de Gómez Pin es sencilla en su complejidad. La función de la URSS en el panorama mundial de los derechos de los trabajadores era imprescindible, su desaparición fue "una catástrofe". Sin el freno (lleno de imperfecciones e incluso de crueldades, pero freno) del sistema soviético la socialdemocracia no es efectiva ante la irrupción del Mal (así lo reputa Gómez Pin). Este mal es una consecuencia de la imposibilidad (casi metafísica y desde luego ética) de que el mercado se autorregule y aleje al espectro (del Mal) una de cuyas epifanías, y no precisamente la menor, es la voracidad insaciable.
Tras tres entregas, VGP comienza responder objeciones. Algunas menores (o menos interesantes) otras de mas fuste. Desfilan aquí viejos conocidos como la afirmación de Lenin (o atribuida, no estoy en condiciones de certificar la cita) sobre la inutilidad de la libertad formal en un régimen de explotación, la queja sobre la desviación que experimentó la revolución de Octubre (algo así como el "no es eso, no es eso," orteguiano), la superioridad ética del comunismo frente al nazi-fascismo y, last but not least, el viejo quasi-oxímoron de la tolerancia con el intolerante. Uno se siente convertido en Ebenezer Scrooge pero ha de convenir, mal que le pese, que los fantasmas están ahí.
Y ahí también interviene Azúa que (y es lo que mas me llamó la atención de comienzo) devuelve el argumento y propone examinar la posibilidad de que el sistema capitalista no sea malo intrínsecamente sino solo por que ha sido pervertido, "vencido por el crimen organizado". Comenzó a interesarme el tema (poco atractivo de entrada para mi, lo confieso)(...)
Azúa sostiene que el capitalismo es el estado natural del hombre. No es baladí la afirmación y menos aún su fundamentación en la propia genética de la especie. En la anciana polémica nature-nurture una organización que se nos aparecía como el resultado de la compleja y difícil evolución de la cultura se adjudica sin ambages a la estructura biológica. Y no es una idea para desechar sin más. Hay una autentica carga de profundidad en este aserto que invita a ser analizado en detalle.
Es una pena que ahí se interrumpa la deliberación. Las preguntas se me amontonan. ¿Qué entienden por libertad los ilustres contertulios?, ¿en que se basan para abominar (bien abominado, por cierto) de la explotación del hombre por el hombre? ¿en la ética? (y si es así en que ética y con que fundamento) ¿en la estética? ¿en la inercia? ¿en el espíritu ilustrado? ¿en el evangelio de cualquiera de los evangelistas?
Y sumido en estas reflexiones me llega la entrega del 16 del Febrero del 2011 del blog de VGP. Y en ella lo que dice Basilio Baltasar (...) Quizá convendría dejar sentado que la especie humana es una especie que se emancipa de lo que sus genes le aportan y esto lo hace para bien y para mal, si es que conseguimos ponernos de acuerdo con lo que significan tan venerables palabras(...)
Una coda: el día 1 de Marzo de 2011 me encuentro con la cansina identificación entre lo animal y lo "bestial". Lo "bestial" (¡inadecuadisima denominación!) no existe en los animales. Es un producto exclusivamente humano. Lo "bestial" (sea cual fuere la extensión y contenido que le demos a esta indeseable palabra) es la culminación del polo negro de la humanidad: los sádicos no son bestiales, los violadores de niños no son bestiales, los que sin pestañear condenan a la pobreza (o directamente a la muerte) a miles de personas no son bestiales. Muy al contrario son la representación mas alta en lo abismal de la humanidad pervertida. No hay regreso en la filogenia. Nunca hay regreso. Lo que el siglo XIX llamó "degeneración" son formas frustres del progreso de la especie. Siempre hay progreso aunque el progreso sea progreso en las oscuridades de eso (que también con escalofriante imprecisión) llamamos el mal. Es la humanidad en el límite de la inhumanidad pero nunca de la animalidad: No hay vuelta.
Y no la hay en aquello en que lo humano se distancia de la nature. El animal, mas allá del bien y del mal, está asumido absolutamente en ella, en la naturaleza y en su código genético. Por eso es perfecto en cuanto tal individuo de la especie. Por mucho que nos empeñemos en negarlo. "La regresión pura y simple a la condición bestial es para los humanos ya imposible", escribe Victor gómez Pin. Yo no lo diría así pero lo suscribo.
[Publicado el 09/3/2011 a las 09:00]
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Retorno a la doble función de la cultura que Felix de Azúa me señalaba en el escrito arriba comentado. Catedrales por un lado y también expedientes inútiles para domar nuestra naturaleza determinada por el gen venía a decir Felix. Objetaba por mi parte que la cultura es tanto relativización de la necesidad animal como matriz de nuevas inclinaciones, que a veces entran en conflicto con los propios marcos que la cultura se ha dado. La regresión pura y simple a la condición bestial es para los humanos ya imposible, y por eso patología alguna es indicio de tal regresión. Jean Baptiste Lully, Horacio, Marcel Proust, y... el general Franco, todos son perfecta y exclusivamente humanos, epifanías contrapuestas pero verídicas del conjunto unificado de facultades que hacen del humano un animal irreductible, un animal singular. En ocasiones, ambas epifanías coinciden, y tenemos ante nosotros a un Celine, personaje que efectivamente parecía "jugarse el pellejo" en cada una de las frases del Viaje al fondo de la noche, y a la vez se complacía en la rapiña de los débiles perpetrada en la Francia ocupada, tanto por los nazis como por los esbirros del gobierno de Vichy.
[Publicado el 04/3/2011 a las 09:00]
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De lo irreductible a un “mapa de las funciones bestiales”
Felix de Azúa me hace diversas observaciones, a propósito de una de mis últimas columnas. Señala con razón que si debemos a la cultura la erección de catedrales, le debemos también gran parte de lo que emponzoña, envilece, degrada o simplemente hace más gris nuestra vida. Como ejemplo de esto último, Felix me indica la institución del matrimonio, cuya función sería "la culturización de la sexualidad para que no fuera propiamente bestial". Difiero al menos parcialmente: el matrimonio está muy probablemente destinado en efecto a canalizar -cuando no a esterilizar- el deseo, pero no precisamente un deseo de orden bestial.
Psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas encuentran en sus pacientes razones para sospechar que las patologías sexuales no proceden de la bestia en nosotros sino de la cultura misma, de la impregnación de nuestra animalidad por el binomio pensamiento- lenguaje. Quizás genetistas y neurólogos alcancen lo que Felix designa como " mapa de las funciones bestiales", pero contrariamente a lo que me señala no darán cuenta del amor, simplemente porque éste muy poco o nada tiene de función bestial, no es mera expresión de un "conjunto químico". El amor tiene obviamente su soporte en genes y neuronas, pero no se reduce a las potencialidades de las mismas. Implica propiedades emergentes, como casi todas las manifestaciones psicológicas cabalmente humanas. Lo susceptible de "causar una nueva matanza excesiva incluso para las demás bestias" no es "nuestra bestia", sino desde luego nuestra humanidad.
[Publicado el 01/3/2011 a las 09:00]
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En un nuevo intercambio de escritos, consecutivo a una visita mía al pueblo vinculado a Marcel Proust de Illiers- Combray, en las cercanías de Chartres, Felix de Azúa me indicaba que en el origen de la construcción catedralicia se hallaba el burgo medieval, encarnación ya relativamente sofisticada de ese capitalismo que en un escrito anterior el mismo Felix venía a considerar como una marca de la condición humana.
Felix precisa que con Chartres se está refiriendo no particularmente al arte sino a los constructos simbólicos en general, constructos indisociables del comercio, la inversión con beneficios y el ingenio industrioso, o sea, "eso que llamamos capitalismo". El Gótico no sería pues inteligible sin su correlación a "la primera revolución urbana de occidente". Así mientras hubiera proyectos de nuevos Chartres... se daría un elemento vivificador por el cual la condición humana se redime. El problema es que, a juicio de Felix, en nuestro mundo no se dan precisamente tales proyectos. Ahora la técnica se hallaría desvinculada de ese lazo con la representación simbólica (así Internet tendría como motor esencial de despliegue el interés financiero). "Y una cultura sin representación-precisa- es como un humano sin rostro".
Felix indica asimismo que " los dos siglos de dominio burgués, de 1790 a 1990, han sido tan espantosos como el siglo XVI y las guerras de religión, pero con menores construcciones (las hay, de Beethoven a Proust) y matanzas masivas incomparables con las anteriores".
Hay aquí como un rescoldo de sentimiento "passéiste". Sentimiento que de alguna manera compartía el propio Marx, para quien el binomio poder burgués-sociedad fabril, de ser algo más que una etapa inevitable, de no ser superada por la sociedad comunista, supondría instalar al ser humano en el más tremendo de los desarraigos ( ello le habría llevado hasta un esfuerzo por "entender", las razones de los carlistas españoles, aunque la atribución de ese texto haya sido puesta en tela de juicio). Me recuerda de nuevo la tesis de los paleontólogos a los que hacía alusión en otro escrito y pienso que efectivamente en el París, el Milán, o la Barcelona de los años 60, el desarraigo de un inmigrante procedente de sociedades pre-capitalistas (Andalucía, Anatolia o el Mezzogiorno) era mayor que el que hubiera experimentado en una cultura completamente diferente pero no fabril.
[Publicado el 23/2/2011 a las 09:00]
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Las cosas no hablan ni deciden
Con ocasión de los acontecimientos en Túnez y en Egipto, el lingüista y filósofo francés Jean- Claude Milner hace unas declaraciones que van mucho más allá del tema concreto y que encierran una implícita respuesta a la pregunta que me formulaba Basilio Baltasar y que yo recogía en la anterior columna:
"Es hoy muy raro que los gobernantes afirmen que han efectuado una elección. Hay una especie de cascada de mimetismo. Los gobernantes declaran hallarse sometidos. A los mercados, a la protección de la naturaleza, a las encuestas de opinión, en resumen, acosas que no hablan. Y como se consideran a ellos mismos sometidos, esperan que los gobernados también lo estén. Como el poder reposa en cosas mudas, esperan que todos se callen. Esta desconexión entre la política y nuestra condición de seres de palabra es grave."
Sólo añadiré por mi parte que la conciencia de esta desconexión es ya un indicio de que la conexión puede darse. Una vez más se trata de un problema de confianza kantiana: indisociable de la exigencia de libertad, la razón y la palabra no son reductibles a la naturaleza inmediata. Los seres de lenguaje somos sistemas abiertos sometidos al segundo principio de la termodinámica, pero a nada más; e incluso esta sumisión tiene sus límites: no es lo mismo ser mero objeto del cambio destructor que ser espejo del mismo[Publicado el 18/2/2011 a las 09:00]
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De la correspondencia con Felix de Azúa de la que aquí he venido haciendome eco, me inquieta el siguiente párrafo sobre el tema recurrente del capitalismo como expresión social de la naturaleza humana : "Es simple condición humana y del mismo modo que los intentos de mejorar esa condición por la fuerza de las armas han conducido a masacres espantosas y a una mayor miseria cuando se produjeron en nombre de Dios, así también cuando se producen en nombre de la filosofía, del proletariado, de la nación o de cualquiera de los dioses secularizados en el XIX".
Interviene Basilio Baltasar en el intercambio de mensajes entre Felix y yo mismo. Respecto a la tesis de Azúa relativa a que el capitalismo vendría a ser la expresión histórica de nuestro código genético, Basilio me indica que no ve inconveniente mayor en aceptarla "como una más de las atribuladas verdades con que la condición humana se enfrenta a su incierto destino". Verdad que entre otras cosas, explicaría que el poder financiero se imponga sobre los estados que se hallarían aun tentados de poner alguna traba a la rapiña de los poderosos sobre los débiles. No obstante Basilio hace la siguiente observación:
"Félix deja pendiente el asunto del que estamos hablando desde el año 1: ¿nos resignamos o nos refutamos? ¿Encauzamos la eclosión de nuestra "naturaleza" o damos rienda suelta a sus deseos? Evidentemente, el capitalismo salvaje es una consecuencia del hombre salvaje. Por eso hemos imaginado un proyecto civilizatorio. ¿O no?"
Por hoy dejo la pregunta abierta, con una precisión: No me parece claro que el capitalismo salvaje sea una consecuencia del hombre salvaje, al menos si por salvaje entendemos un ser humano que, por una razón u otra, ha sido apartado del horizonte del lenguaje y de la vida mediatizada por símbolos. Como muchas de las cosas que remiten al fantasma de un mal radical, la explotación de los humanos no es tanto expresión de retorno a la selva como expresión del aspecto sombrío de la razón y el lenguaje.
Hace un par de años comentaba aquí mismo mi sorpresa de que el término bestia (utilizado como sinónimo de no civilizado) fuera una y otra vez utilizado para referirse a aquel ser -desde luego bien humano- que en Austria había mantenido a su hija encerrada en un sótano convirtiéndola en objeto sexual. Haciendo una relación de casos de este tipo a fin de justificar una de sus tesis, Freud dice retoricamente "¡pero basta de tales horrores!". Horrores que- como la desolada situación económico social de Haití- tan sólo el hombre provoca...aunque la naturaleza acuda de vez en cuando en su ayuda.[Publicado el 16/2/2011 a las 09:00]
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El lenguaje de Wolfang Schäuble
Me refería en la pasada columna a la actitud, crítica pero finamente resignada, de los legisladores americanos frente a las agencias de notación como Standard and Poor y Moody's Investors Services , pero podría haberme referido a algo que a los españoles nos toca directamente:
El día mismo en que la plana mayor del gobierno alemán visitaba España, el ministro Federal de finanzas, Wolfgang Schaübe, publicaba en Le Monde un artículo en el que anunciaba que los estados desobedientes de la zona euro iban a "ser obligados (sic) a seguir una política presupuestaria y financiera responsable[...]No toleraremos (resic) que por una mala política minen su propia capacidad competitiva".
El señor Schaüble no recurre siquiera al lenguaje diplomático: tanto el "pobre"Portugal, como el "rico" (pero poderoso) Luxemburgo deberán- es un ejemplo- renunciar a que los salarios (mínimos incluidos) sigan el ritmo de la inflación. Si publicamente Schaüble habla de obligación y no tolerancia, ¿qué le habrá dicho en privado a su colega española? y sobre todo ¿qué le habrá dicho su jefa al presidente Zapatero? En cualquier caso nuestro presidente debe saber que la prolongación de la edad de jubilación o la supresión de los 420 euros constituyen sus reformas. El quizás no estaba en condiciones de evitarlas, pero si estaba en condiciones de decidir que no sería el instrumento de las mismas. A diferencia de todas las demás cosas del mundo, los seres de palabra no estamos exhaustivamente determinados. Si los políticos dejarán de hacer sólo lo que está mandado, de inmediato la idea de libertad tendría concreción social.
[Publicado el 11/2/2011 a las 09:00]
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Leo en Le monde que una comisión de encuesta nombrada por el congreso de Estados Unidos califica a Standard and Poor y Moody's Investors Services de "eslabones esenciales de destrucción financiera", y que los legisladores de ese país han solicitado que las referencias a la buena nota de estas agencias sean suprimidas en los textos reglamentarios y legislativos. Pero leo asimismo que en 2010 ambas agencias han incrementado su volumen de negocio en 10 y 13 por ciento respectivamente. De ahí la pregunta ingenua: si están tan mal vistas por las instituciones del estado más poderoso de la tierra ¿de dónde procede su salud financiera? La respuesta evidente es que la opinión de las representantes de un estado sobre organizaciones como Standard and Poor, es variable indiferente a la hora de valorarlas. Su peso no depende de juicios de valor moral, sino de su capacidad demostrada de servir al mercado, concepto tan abstracto como omniaplicable tratándose de economía, y que en Standard and Poor y Moody's Investors Services reconoce sus propias epifanías.
Una vez más se impone la hipótesis de que no se trata de entidades que estado alguno pueda controlar. Y la impotencia de los estados frente a ellas es un indicio más del fracaso general de los primeros; indicio de que se está realizando ese sueño de sociedades sin estado (o con un estado limitado a funciones de control de las víctimas) en las antípodas de la utopía anarquista, o de la etapa final a la que aspiraba la Revolución de Octubre. En la época de la llamada transición un dirigente de la derecha española, preguntado por su disposición a aceptar las reformas, declaraba "no tener más enemigos que los del estado". Los enemigos le han surgido ahora dónde no se lo esperaba.
Y sin embargo, este sentimiento de que hay hechos que trascienden la voluntad de los dirigentes de los estados es manipulado por esos mismos dirigentes para justificar sus actos de sumisión, que podrían haber evitado si fueran simplemente receptivos a la exigencia de libertad que en ser humano alguno puede ser erradicada. Una cosa es reconocer que los hechos son tozudos frente a la voluntad subjetividad y otra cosa muy diferente, pretender que la subjetividad misma puede ser reducida a un simple hecho.
Por decirlo sin ambages: apelar al realismo, afirmar que un político ha de reconocer ante todo el estado de cosas no deja de ser una coartada para lo que constituye de hecho un acto de sumisión.
[Publicado el 09/2/2011 a las 09:00]
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Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
09/2/2012 22:24
Agradecería muchísimo si me...
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09/2/2012 13:00
Sí, ese perro muerto de Hegel...
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05/2/2012 16:46
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