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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 19 de enero de 2017

 Blog de Víctor Gómez Pin

¿Qué devasta a Paul Ehrenfest?

La ciudad holandesa de  Leyden ha sido desde los tiempos de Descartes cuna o lugar de acogida para numerosos pensadores, artistas y científicos. En 1917 Mondrian fundó junto a otros una revista que tuvo gran peso en la reflexión teórica sobre el arte del siglo XX, en su universidad investigó Einstein y enseñó el también físico H. Lorentz cuya cátedra hereda Paul Ehrenfest (1880-1933) quien   en un artículo de 1927 consiguió establecer el límite clásico de la física cuántica, y de alguna manera justificar porque la realidad cuántica tiene digamos necesariamente una apariencia clásica, es decir: porqué lo discreto parece continuo, la incertidumbre  intrínseca parece certeza y las meras expectativas de momento y posición evolucionan en el tiempo como si se tratara de efectivos momento y posición. A Ehrenfest se debe también  la expresión "catástrofe ultravioleta" que designa retrospectivamente  un fenómeno cuya no constatación tuvo una enorme importancia en los arcanos de la física cuántica. 

En la que sería su esposa,  la matemática rusa Tatiana  Afanassieva,  Ehrenfest encuentra no sólo  una compañera sentimental sino también un  partenaire  en el trabajo reflexivo, escribiendo y publicando juntos en 1911 un artículo sobre los fundamentos conceptuales  de algo que tiene tanto peso en la física cuántica como la aproximación estadística. Siendo Ehrenfest de religión judía  y Afanassieva cristiana al no estarl aceptados en Austria-Hungría los matrimonios mixtos ambos  renunciaron ambos a su religión. De los  cuatro hijos que tiene con Tatiana,  Wassik  nace con el síndrome  de Down, lo que forzará a procurarle una  educación especial primero en la ciudad de Jena y luego a la llegada de los nazis al poder en 1933) en un instituto especializado de Amsterdam, lo cual genera gastos que son para un universitario difíciles de sufragar.

La devastación  económica del 29 hace difícil sus planes de encontrar trabajo fuera de Leyde.  Las tesis "eugénicas" de los nazis traducidas en un programa llamado Aktion T4 que comprende una "ley de esterilización eugénica"  están ya desarrollándose e impregnan los espíritus dentro y fuera de Alemania. Ehrenfest estima  que las circunstancias sociales en general y su propia situación económica en particular  hacen muy difícil que  su hijo enfermo pueda salir adelante y traza oscuros planes de acabar con la vida del muchacho...haciéndolo  de paso con la propia. Cuando en 1933 pasa al acto, aparece una carta  de meses atrás (nunca enviada y dirigida a Einstein, Bohr y otros físicos) en la que expone sus penurias económicas, y la imposibilidad de asegurar la existencia material de sus hijos. Confiesa que se concentra ya en  los detalles técnicos de su suicidio, que sólo consumaría...si antes daba  muerte al infortunado Wassik.

Hay sin embargo otra queja en esta carta que exige una precisión previa. Amigo personal a la vez de Einstein y de Bohr, en el fundamental coloquio de Solvay en 1927 (en la que se reúnen todos los grandes que están revolucionado la representación heredada de la naturaleza), Ehrenfest lamenta la radicalidad de la polémica entre ambos. Ehrenfest  compartía con Einstein la convicción de que los principios de causalidad, determinismo y realismo debían de ser compatibles con las constataciones y previsiones cuánticas, aunque todo de momento pareciera indicar lo contrario, pero defendía tales tesis con menos radicalidad que Einstein y sobre todo tendía a estimar que la dificultad para encontrar inteligible lo que los artículos de relevancia iban poniendo de relieve se debía en gran parte a su incapacidad, llegando a confesar  a sus alumnos que la lectura de las grandes revistas científicas de la época le deprimía. Todo esto va royendo su alma. En la  carta encontrada tras su muerte,  Ehrenfest confiesa haber renunciado a seguir luchando por entender lo que pasa en  el universo de la física: "Lo he intentado una y otra vez, pero he tenido que abandonar. Esto me ha hecho perder la alegría de vivir".

Es obvio que en la tremenda depresión de Paul Ehrenfest tienen peso fundamental las vicisitudes por las que atraviesa y, con toda probabilidad, causas inconscientes que el mismo protagonista ignora. Variable de cierto peso fue quizás  que su condición de científico no impidiera  a Ehrenfest participar del sentimiento crítico respecto a las implicaciones  sociales del peso creciente de  la ciencia y la tecnología, en las cuales veía (como Henri Bergson y otros contemporáneos) suyos una potencial matriz de desarraigo:  ese "desencanto" respecto al entorno natural, al que se refería Max Weber en Ciencia como vocación  y que desde Wilhelm Dilthey es vinculado habitualmente a la explicación matemática del universo,  a la  que  Hegel ya se había referido con la expresión "someter el espíritu a la tortura de convertirse en máquina"

Pero en cualquier caso,  la segunda razón esgrimida en la carta a Bohr y Einstein  no  constituye una mera coartada. He evocado aquí en alguna ocasión lo que el profesor de  física Chris J. Ishman ha designado mediante la expresión "potencia emocional de controversias teóricas". Ehrenfest no parece desesperar tanto de la ciencia, y de esa filosofía a la que él mismo veía que la física se veía abocada, como de su capacidad para enfrentarse a la una y a la otra. Un paso, y podría dudar de la legitimidad para tomar la palabra ante alumnos para quienes él encarnaba la fuerza que exige la dureza del pensar; un segundo paso,  y el gran Paul Ehrenfest podría tener sentimiento de estar usurpando  el papel del que  sabe,  sentimiento de la propia impostura.

He señalado aquí de múltiples manera que  por la dureza misma del pensar, dejar de hacerlo puede encontrar coartada en las más variadas razones incluido el argumento escéptico según el cual pensar no vale la pena.  Pero ello es muy diferente cuando manteniendo la tensión del pensamiento, se hace evidente que  el esfuerzo es vano, cuando embarga el sentimiento  de que la impotencia no es sobre un aspecto  parcial sino el soporte mismo del pensamiento, la capacidad de simbolización. Paul  Ehrenfest  pasó quizás  por esto y  en tal extremo sintió que su el honor no consistía   ya en intentar estar a la altura de la verdad, sino en asumir la imposibilidad de confrontación a la verdad. La alternativa en este caso se dirime entre el fin y el silencio.  Ehrenfest eligió el fin.

[Publicado el 05/1/2017 a las 16:21]

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Aser Abarbanel y Ernst Bloch... "La vieja esperanza susurraba".

El Gran Inquisidor, Pedro Arbuez de Espila  desciende al calabozo dónde se encuentra el rabino aragonés Aser Abarbanel, torturado sistemáticamente desde un año atrás bajo la acusación de usura, pero  sobre todo en razón de su negativa a abjurar de sus creencias. La dignidad que atribuía a su filiación talmúdica le confería fuerza para tal entereza,  que impresionaba a  Pedro Arbuez de Espila, hasta el extremo de que lamentaba profundamente que un alma tan noble se viera excluida de la salvación.

Arbuez de Espila anuncia al prisionero que al día siguiente contará entre los 43 destinados ese día al quemadero, con el fuego a una distancia suficiente para que -arrojando a intervalos jarros de agua a las víctimas- la muerte no llegue antes de dos horas, tiempo  para que, ante  la inminencia  del fuego eterno, el condenado tenga la inspiración de demandar la gracia. Arbuez de Espila  se despidió del rabino con un emocionado abrazo, mientras  el fraile que le había torturado un año entero pedía excusas por no haber  podido eludir tal deber.

En la desazón provocada por el siniestro anuncio, el prisionero fue de nuevo abandonado en la tiniebla. ¿Tiniebla? No absoluta, pues tras la puerta se entreveía un hálito de luz. "Una mórbida hola de esperanza" embargó al prisionero que, en efecto, constató que, sin duda  por error del carcelero, el pestillo no se había deslizado. « La vieja esperanza susurraba en su alma, el dívino Es posible  que reconforta en las mayores penurias"  (le vieil espoir lui chuchotait, dans l'âme, ce divin Peut-être, qui réconforte dans les pires détresses).  El prisionero se aventura en el exterior, trepa por la tortuosa  escalera, extenuado y hambriento, en pos de la luz salvadora. Múltiples sobresaltos le hacen incluso  pensar en volver a su sepulcro, mas  "un nuevo vértigo de esperanza" le da fuerzas para  avanzar hasta topar con  una nueva puerta, constatando que esta se abre a un jardín  y a una noche estrellada. ¡Correría toda la noche y al llegar a las montañas sus pulmones resucitarían!

En éxtasis   extiende   los brazos para  alabar a su dios, mas entonces  cree sentir que estos se retornan contra él...un pecho le abrazaba caritativa y afectuosamente: "Hijo mío, querías abandonarnos en la víspera del día en el que quizás alcanzarás la salvación"  exclama Arbuez, mientras Aser  Abarbanel  se apercibe  de que "todas las etapas de esta noche fatal no eran más que el previsto suplicio de la Esperanza".

Lo que precede es la simbiosis de un relato del poeta francés Villiers de l'îsle Adam que lleva directamente el título de La Torture par l' espérance, cuya acción es situada en Zaragoza. En 1949 el músico italiano Luigi Dallapiccola compuso una ópera, a la que dio como título   Il prigionero,  basada esencialmente en el relato de Villiers de l' île Adam, aunque con variantes argumentales que permiten  un cambio significativo: la idea de que la libertad es posible es inducida en él cautivo por los propios carceleros, al comunicarle arteramente que los suyos están a punto de conquistar la ciudad. Particularmente punzante en la ópera es el momento en que  (al revelarse que todo era una artimaña)  el prisionero alza su queja no tanto contra sus torturadores, sino contra el hecho de haber sido vencido por  la esperanza, haber obedecido-cabría decir-al Principio de esperanza, título de la obra fundamental de Ernst Bloch.

Entre el protagonista de Villiers de l'île Adam,  Aser Abarbanel y el pensador alemán Ernst Bloch hay al menos tres puntos en común: ambos son judíos; ambos tienen un alto concepto de sus orígenes  y para ambos la esperanza es un obsesivo tema de reflexión.

"Orgulloso de una filiación varias veces milenaria, orgulloso de sus antiguos ancestros- pues todos los Judíos  dignos de tal nombre son celosos de su sangre", escribe  de l'île Adam de su protagonista. En cuanto a Bloch, considera a los judíos como símbolo del espíritu de utopía y celebra el despertar del orgullo judío como resultado del renacer en ellos de la conciencia mesiánica, corolario del hecho mismo de que su religión se haya construido sobre la idea del "Mesías por  venir",  (no se trata para Bloch de  Cristo, mero profeta), lo cual nos lleva al tercer punto de coincidencia entre ambos: la esperanza,  dado  que el mesianismo (opuesto al gradualismo  característico de la idea de progreso social) aparece como  el ingrediente fundamental en Geist der Utopie, El espíritu de la utopía, escrito por Bloch  en 1918, de tal manera que  la motivación  para el  combate no sería el mero alcance de tiempos mejores, sino el fin de los tiempos,  interpretado  como apocalipsis  o advenimiento del reino de Dios

La idea del apocalipsis es que el entorno físico forja ilusiones que nos alejan de Dios,  de ahí  que el fin de los tiempos sea a la vez emergencia (de la verdad) y destrucción (de la Tierra). Evocando a Tomas Münzer, que encabezó la guerra de los campesinos en el siglo XVI, el Espíritu de la utopía muestra afinidad con la idea de que no se trata de luchar por mayor plenitud, sino por una  radical metamorfosis. Hay en Bloch huellas indudables de  transposición secular de este esquema, a la hora de discutir qué sentido habrían de tener las luchas sociales  de su época.

Para Bloch la apuesta por el futuro, sustentada en lo que uno de sus intérpretes denomina el "sabor de la esperanza", es no sólo una condición necesaria de vitalidad, sino también del trabajo creativo. Su libro El principio de esperanza  es una reflexión sobre lo potencial, sobre lo que es susceptible de advenir y a lo que el autor  apuesta: un mundo liberado de los males contingentes generados por la alienación social de los humanos, pero también un mundo rico en realizaciones artísticas, musicales, religiosas, técnicas,  médicas, cognoscitivas en general  y... filosóficas; en suma: apuesta por  la actualización de la potencial riqueza, material y espiritual del ser humano, apuesta que la esperanza alimentaría.

Así pues el ser  humano alcanzará a actualizar  su naturaleza de ser de razón...en un mundo por venir. ¿Y entre tanto? Si estamos en el día y vida de una cotidianeidad insustancial, no digamos ya en la situación de un prisionero o un enfermo, de tal manera que (excluido el alcanzar  uno mismo a ser parte de la humanidad liberada y creativa) ni siquiera hay perspectiva de seguir mucho tiempo luchando por la misma...¿qué hacer?  Desde luego el propio Bloch nos da un  ejemplo, y no precisamente en el hecho de incitarnos a la esperanza sino (tuviera él mismo esperanza o no) en su propio esfuerzo por dar aliento al pensamiento.

Y así nos encontramos con más de 1500 páginas de espléndidas reflexiones sobre   realizaciones  históricas, literarias, artísticas, científica, musicales etcétera, que tuvieron  lugar...en el pasado (lo cual no deja de ser paradójico en un libro que exalta lo por venir). Reflexiones  vinculadas por la reivindicación del principio de esperanza, pero que hubieran podido tener un hilo conductor bien diferente (ciertamente con interna transformación, pero quizás el mismo grado de vitalidad).  

Quizás no quepa esperar que el lector del libro de Bloch supere un eventual nihilismo respecto a cualquier promesa de futuro, pero es muy posible que efectivamente  se encuentre  espiritualmente enriquecido tras  la lectura de muchas de sus páginas, sintiendo que lo que vale no es la esperanza  sino  el libro, literalmente inmenso,  y que no es de recibo la moraleja de que este no hubiera llegado a ser escrito si la esperanza no hubiera animado a su autor. En este como en otros casos,  lo que cuenta es el testimonio de que algo tan  intrínsecamente amenazado, vulnerable y frágil como un ser humano es susceptible de esa libertad con respecto a uno mismo que consiste en  no abandonarse en la pendiente de la abulia, la pereza o simplemente el nihilismo, exigencia  de alzarse sobre el estado actual, de liberar al menos todo aquello que está al propio alcance, la capacidad de pensar con radicalidad en primer lugar.

Y desde luego  hay razones para pensar que el principio de esperanza, lejos de contribuir  a afrontar los retos que supone todo proyecto de construcción espiritual, es el expediente que permite precisamente evitar esa confrontación, sustituyendo la tensión del pensamiento por la construcción imaginaria. En este sentido la religión sería efectivamente la plasmación mayor de la legislación de tal principio. Lo cual no excluye  que la esperanza sea  instrumentalizada ( y por aquellos mismos que la sermonean)  como último eslabón de tortura en el caso del judío  Aser Abarbanel: "La vieja esperanza susurraba..."

[Publicado el 13/12/2016 a las 14:23]

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La libertad que supone conseguir pensar: contrapunto a un presupuesto aristotélico

En relación al tema de la columna anterior he de hacer una suerte de autocrítica.  A lo largo de muchísimos años de docencia he sostenido ante mis alumnos lo bien fundado de la tesis según la cual, la libertad (que más allá de la  no sumisión a otro humano, supone que estén cubierto lo necesario a la subsistencia sino también mínimas exigencias de dignidad del entorno) constituiría no solo la condición de posibilidad  de la filosofía,  sino también de toda forma elevada del pensar Y citaba al respecto, el siguiente texto de la aristotélica Metafísica:

 "Y así, cuando las técnicas proliferaron, unas al servicio de las necesidades de la vida, otras con vistas al recreo y ornato de la misma,  los inventores de las últimas eran con toda justicia considerados más sabios, dado que su conocer no se subordinaba a la utilidad. Mas sólo cuando tanto las primeras técnicas como las segundas estaban ya dominadas, surgieron las disciplinas que no tenían como objetivo ni el ornamentar la vida ni el satisfacer sus necesidades. Y ello aconteció en los lugares dónde algunos hombres empezaron a gozar de libertad. Razón por la cual las matemáticas fructificaron en Egipto, pues la casta de los sacerdotes no era esclava del trabajo".

Señalaba en mis referencias a estas líneas, lo significativo del hecho que el primer ejemplo de disciplina  que responde a la exigencia de absoluto desinterés por aspectos ajenos a su propia práctica sea precisamente la matemática, tantas veces considerada auxiliar de otras formas de conocimiento, o incluso mero instrumento para la consecución de objetivos prácticos. Sin embargo la práctica de esta  matemática puramente teorética sería  para Aristóteles tan sólo una parte, (sino  una etapa meramente  propedéutica) de la actividad radicalmente carente de finalidad exterior que supondría la filosofía: "Y puesto que filosofan con vistas a escapar a la ignorancia, evidentemente buscan el saber por el saber y no por  un fin utilitario. Y lo que realmente aconteció confirma esta tesis. Pues sólo cuando las necesidades de la vida y las exigencias de  confort y recreo estaban cubiertas empezó a buscarse un conocimiento de este tipo, que nadie debe buscar con vistas a algún provecho. Pues así como  llamamos libre a la persona cuya vida no está subordinada a la del otro, así la filosofía constituye la ciencia libre, pues no tiene otro objetivo que sí misma"

Este texto aristotélico es sin duda una referencia absoluta cuando se reflexiona sobre las condiciones sociales que pueden favorecer la inclinación a la simbolización y el conocimiento. Sin embargo, una cosa es considerar  que esa libertad  constituye una circunstancia favorable al despliegue de nuestras facultades  y otra el considerar que se trata de una condición necesaria.

Imaginemos una situación en la que cada uno de nosotros tuviera efectivamente  garantizado un entorno decente para proseguir su vida,  un entorno salubre mas también un entorno armonioso. Se hallaría así en situación muy favorable para pensar... libremente, es decir, no sometiendo al pensamiento  a otras obediencias y finalidades  que las que impone el propio pensamiento. En  suma, liberados de cadenas...pensar. Cabe sin embargo al respecto ofrecer un  contrapunto, tomando como soporte argumentativo el propio texto.

Supongamos,  como de hecho es el caso,  que las cuestiones de subsistencia  siguen siendo una preocupación crucial  de los humanos. Supongamos asimismo que  la inmensa mayoría carece de un entorno decente para proseguir su vida (es decir un entorno salubre y que responde  a la mínima exigencia de ornato antes mencionada). Supongamos además que las normas que rigen la relación social son arbitrariamente determinadas por la relación de fuerzas, de tal manera que para la mayoría la sumisión es un hecho y para la minoría dominante  la preocupación mayor es impedir la inversión de jerarquía. Nadie en suma, o casi nadie, gozaría de esa privilegiada situación  que Aristóteles ejemplifica en los sacerdotes egipcios. Pues bien:

Ese hombre que al decir de Aristóteles lleva en su naturaleza el deseo de simbolizar y conocer: ¿repudiaría  su condición, renunciando a priorizar el pensamiento sobre otras obediencias y finalidades, por el hecho de que la libertad social no existe en acto? Si se considera que lo esencial en el texto de Aristóteles es el vínculo que se establece entre el pensar y la libertad concebida como  el ejercicio de una actividad que se complace en sí misma, entonces libre puede ser considerado aquel  que,  por desfavorables  que sean las circunstancias,  consigue actualizar las facultades  en las que se traduce su específica naturaleza. Libre será el águila que, aun debilitado, despliega el vuelo y libre será también el hombre que actualiza plenamente su condición de ser de razón, el hombre que, por difícil que las circunstancias lo pongan, accede pese a todo a ejercitar el pensamiento.

Y no se trata de que el pensamiento anule las cadenas empíricas. Por el contrario el pensamiento supone mayor lucidez sobre lo insoportable de las mismas. El criterio reside en si o no, aun a contracorriente, hay manera de hacer efectiva nuestra condición de seres de razón y de palabra. Y si esta libertad se expresa para Aristóteles en la práctica de la filosofía, ello supone que la filosofía no es algo contingente, sino la expresión de que una potencialidad esencial de nuestra naturaleza está en proceso de actualización.

Para  que se la tensión en pos de la simbolización y el conocimiento se mantenga, la esperanza no es más necesaria que  la libertad en acto. La condición de profundo creyente de ese Olivier Messiaen  al que aquí  evocaba quizás podía hacer que retuviera el principio de esperanza, pero tal no era probablemente el caso de la mayoría de sus oyentes y desde luego el del filósofo fusilado de Arras Jean Cavaillès, al que  también hacía referencia. Tal variable es en todo caso contingente. Las facultades del ser de lenguaje  se complacen  en el hecho mismo de lograr  manifestarse, de triunfar sobre la inercia,  de remontar la pendiente por la que (en razón de circunstancias más o menos contingentes) habitualmente solemos deslizarnos,  traicionando así nuestra singular naturaleza. La constatación de lo apocalíptico del entorno y/ o la sospecha (más o menos cercana a la convicción firme) de la soledad radical, ("fin de los tiempos"  o la casi certeza de ser fusilado), pueden equivaler a la desaparición de la esperanza, pero esta situación  fuerza precisamente  al espíritu a no tener otro objetivo que su propia fertilidad. Hemos visto que el propio Aristóteles presenta la filosofía como etapa final de ese proceso de plena humanización. "Ciencia buscada", dice al respecto, ciencia intrínsecamente buscada, añade ese gran hermeneuta de Aristóteles que es Pierre Aubenque. Buscada no por todos (entre otras cosas en razón de que la filosofía no constituye un universal antropológico, asunto que aquí abordaré en otro momento) pero sí buscada en circunstancias tanto favorables como neutras, e incluso penosas.

Dejar de pensar puede ocurrir por múltiples razones, empezando por el escepticismo  propiamente  filosófico, la sospecha   de que (como Robinson en su isla) sólo uno sería testigo tanto de la existencia del mundo como de todo acto creativo que en el mundo pueda darse. Sin embargo, lejos de llevar al desaliento esta  sospecha más bien fue un aliciente para los  Berkeley, Descartes, Kant... y asimismo (por otras vías) ciertos de los grandes  de la física cuántica. Mas que  el escepticismo, lo que  mueve a renunciar  al pensamiento son  causas subjetivas, astenia física o sobre todo psicológica. Por la dureza misma del arranque del pensar,  hay siempre  peligro de que las circunstancias sirvan de coartada para abandonarse. Por ejemplo, puede llegar a pasar por la cabeza que el pensamiento simplemente...no vale la pena. En este caso, de aceptarse la premisa de que el rasgo propio del animal humano es el pensamiento, el corolario nihilista  sería que lo condición humana es lo carente de valor, siendo quizás simplemente la vida aquello que cuenta,  el fin en sí.

Pensar supone por definición no anclarse en lo adquirido, y por ello el sujeto que a pesar de todo persevera en el pensamiento es en permanencia sujeto que renace, sujeto que, cabe decir, no se reduce  a la  inevitable finitud que supone la mera animalidad, es decir, una emergencia (una ruptura de la causalidad lineal en la naturaleza inmediata), pero de todas maneras un sistema abierto y sometido al segundo principio de la termodinámica. El pensamiento es sin duda tensión,  pero se trata de la tensión más natural en el individuo humano. El hombre piensa en razón de su específica condición dentro de la animalidad y en consecuencia, si las circunstancias debilitan de por sí tal condición, dejar de pensar es en cierto modo la prueba de que efectivamente uno ha sido vencido.

[Publicado el 28/11/2016 a las 15:23]

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Aun sin libertad ni esperanza…

En 1940, en el centro de internamiento Stalag  VII-A en la localidad  de Görlitz, fronteriza con Polonia,  un oficial alemán facilita clandestinamente al prisionero Olivier Messiaen unos cuadernos de notación musical y algún lápiz. El músico francés barrunta de inmediato una pieza para  clarinete, violín, violoncelo y piano.  Los cuatro instrumentos suenan al unísono y la obra, cuya fuerza rítmica tiende a recrear  una atmósfera de pesadilla,  recibirá el título de   "danza frenética para las siete trompetas". La pieza será insertada más tarde como movimiento   número 6 en una composición de 8 partes,  titulada en conjunto  Cuarteto para el fin de los tiempos  y encabezada por la evocación del ángel apocalíptico:

"Vi a un ángel pleno de vigor descendiendo del cielo envuelto en una nube y cubierta su cabeza por el arco iris; su rostro resplandecía como el sol y sus pies como columnas de fuego. Posó su pie derecho en la superficie del mar y su pie izquierdo en la de la tierra y así alzado sobre mar y tierra, dirigió su mano al cielo y en nombre de aquel viviente por los siglos de los siglos, dijo: llega el final de los tiempos,  y al sonar de la trompeta del séptimo ángel, el misterio se consumirá".

La elección de los cuatro instrumentos es en ella misma expresiva de la situación  en la que el compositor se encuentra: "Entre los compañeros de detención estaban  el clarinetista Henri Akoka, el violinista, Jean le Boulaire y el violoncelista Étienne Pasquier"; el rol de pianista  se lo atribuía Messiaen a sí mismo. Así pues, cuatro  virtuosos de instrumentos cuya inexistencia impide toda verificación empírica de la partitura, forzando  una "audición interior" a la cual el compositor permaneció fiel,  de tal manera que, "sin variación alguna", el Quatour fue finalmente interpretado en un gélido 15 de enero en un hangar  del Stalag  VII-A y con destartalados instrumentos facilitados finalmente por la autoridad del centro.  Tras recordar que las teclas del piano se resistían a remontar, que Pasquier se las arreglaba con un violoncelo limitado a tres cuerdas, y Akoka luchaba  con un clarinete que había permanecido largo tiempo abandonado junto a una estufa,  el propio Messiaen evoca el peso emocional de aquel estreno:  "Pese al frío intenso,  en un inmenso hangar se reunieron ¡qué sé yo! quizás 10000 personas de todas las clases de la sociedad, obreros, sacerdotes, médicos, directores de fábrica, profesores de instituto, gentes de todo tipo, e interpretamos para ellos, en condiciones técnicas horribles, este cuarteto...". Se ha dicho  que Messiaen   exageraba  en su descripción de las condiciones de los instrumentos y en el cómputo de personas presentes en la audición. Sin embargo hay algo en el relato que parece incuestionable:

 Messiaen evoca a unos seres  que en  situación de sufrimiento físico, indigencia, sentimiento de  derrota y desesperanza tenían sin embargo la  fortuna de compartir con el compositor y los intérpretes un momento de creación. "El más bello de mi existencia",  llegó a decir  en relación a este concierto, en el que cuatro hombres  luchaban contra su propia fragilidad para alimentar el rescoldo de espíritu   que anida en todo ser, por diezmado que esté en razón de la violencia ajena, la injusticia, la enfermedad, o incluso, eventualmente, el  haber traicionado  la propia dignidad.

Entre tantas  otras cosas se ha dicho de este Quatour que el color mismo  constituye  el objeto musical. Para fundamentar  casos de  sinestesia en la obra de arte, se ha hecho referencia  muchas veces a la visualización  del sonido y escucha  del color bajo influencia de  estupefacientes u otros incentivos.  Olivier Messiaen no necesitaba de tales expedientes a la hora de componer (recordemos sin posibilidad de verificación instrumental). La causa de  su eventual disfunción perceptiva no era otra que las extremas condiciones de vida en el es lugar de internamiento en ese año 1941 en el que el fascismo devoraba sino el mundo, al menos el  mundo del compositor.  El hambre, el frio, la soledad compartida y el sentimiento de que los valores de la civilización habían colapsado, eran una amenaza para la salud física y el equilibrio psicológico del hombre Olivier Messiaen y quienes le rodeaban, pero fueron impotentes para destruir aquel rescoldo del alma humana que entre otras cosas  contribuye a ser lúcido sobre lo insoportable de esas condiciones sociales y aun de otras mucho menos dramáticas;  como en el caso de tantos  otros creadores,  el mal es en Olivier Messiaen  esencialmente  vencido por la entereza. El trabajo del espíritu supone por definición no anclarse en lo ya adquirido, y por ello el sujeto que simboliza en la obra de arte es en permanencia sujeto que renace, que de alguna manera relativiza la finitud inherente a la condición animal.

Pero ello también es válido para quien se enfrenta al objetivo del pensar, ya sea en la ciencia como  proyecto de hacer el mundo inteligible, ya  sea a través de ese destino de la ciencia que constituye la filosofía. Por lo que a esta  se refiere la crítica a las tentativas de marginarla en el sistema educativo  no ha de hacernos olvidar tal situación nunca ha sido buena. Si hubiera que esperar a que lo fuera ni tendríamos la Apología de Sócrates, ni el Dialogo galileano, ni el Discurso del Método. Hace un tiempo tuve ocasión de evocar el juicio que en 1944, en la ciudad ocupada de Arras,  llevó al pelotón de ejecución al filósofo Jean Cavaillès y citaba su respuesta al miembro del tribunal que le preguntaba por las razones subjetivas que le habían movido a la resistencia: siendo hijo de soldado"había sabido  encontrar en la continuidad de la lucha un antídoto para la humillación de la derrota", añadiendo a continuación que   dado su amor a la Alemania de Kant y de Beethoven, con su postura militante "demostraba que realizaba en su vida el pensamiento de sus maestros alemanes". Recordaba asimismo que antes de su fusilamiento  Cavaillès tuvo la serenidad de espíritu suficiente para escribir en la cárcel un abstracto  tratado sobre  lógica y  teoría de ciencia,  y citaba al respecto las hermosas palabras de Georges Cangilhem: "Generalmente, para un filósofo, escribir una moral, es prepararse a morir en su lecho. Pero Cavaillès, en el momento en el que hacía todo lo que es necesario para morir en combate, componía una lógica. Nos dejó así una moral, sin necesidad de haberla redactado".

No se trata en Cavaillès de una excepción: desde Catón el Joven a Paul Ricoeur, pasando por Servet o el evocado Descartes, la historia de la filosofía está llena de nombres que han respondido con  entereza a circunstancias que hacían extremadamente difícil mantener la fidelidad a las exigencias del pensamiento, empezando por el  repudio de toda ideología o actitud que  no haya  pasado la prueba del juicio, sea cual sea el peso de la autoridad individual o colectiva que la sostenga. El pensar es el objetivo a mantener siempre que haya el menor resquicio, y ello  porque   pensar y  simbolizar equivalen simplemente la actualización de la naturaleza humana. Y la cosa no concierne sólo a la filosofía. También he citado aquí a uno de los mayores físicos del siglo XX, Max Born quien en un libro relativo a la teoría de la relatividad afirma con radicalidad que  lo que mueve a la ciencia, no es otra cosa que  "el ardiente deseo de toda mente pensante", deseo que no se aminora en absoluto por el hecho de que aquello que se trata de aclarar "sea eventualmente de total irrelevancia para nuestra existencia". Como el Messiaen prisionero de Stalag VII-A, una larga lista de pensadores, a veces inmolados, da testimonio de que si bien la libertad es efectivamente el horizonte al que aspira todo proyecto humano, no hay que esperar a que la libertad sea efectiva para reivindicar  la vida del espíritu y empezar a darle alimento.

[Publicado el 07/11/2016 a las 15:28]

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Revisión Jónica: Marca del espíritu científico e interrogante que abre a la filosofía

En muchos de los textos aquí presentados he insistido en el peso de una tesis (defendida entre otros por Erwin Schrödinger): el fundamento mismo de la disposición de espíritu que caracteriza al científico reside en asumir el doble postulado según el cual la naturaleza es inteligible y la intelección es en sí misma neutra en relación a su objetivo. Cabe incluso decir que esta es la base del optimismo gnoseológico, pues  obviamente el científico presupone  la concordancia de la razón y las cosas, pero quedaría fuertemente desmoralizado si pensara  que inmediatamente después de ser observadas... las cosas ya no pueden ser como eran antes de que  el apuntara a  desvelarlas, es decir, que nunca podrán ser aprehendidas tal como son en sí.

Una cosa es constatar regularidades en la escena de los fenómenos naturales y otra cosa muy diferente es considerar que las mismas tienen soporte en algo que está tras ellos y los determina, garantizando así que tales regularidades no son accidentales. Cuando esta convicción se impone, surge la interrogación: ¿en qué consiste ese substrato?

Se aventura de entrada la hipótesis de que se trata del "agua". El agua de Tales no es exactamente nuestro H2 O, sino más bien esa liquidez en la que todo lo aparentemente sólido parece a la postre destinado, pero en todo caso, comparada  a algo como los números (en los que algunos verán el auténtico fundamento),  sigue siendo próximo a lo que los sentidos pueden reconocer como familiar.

Agua u otro elemento, en la búsqueda del substrato la percepción sensible juega un papel primordial. El hombre espontáneamente acepta lo que sus sentidos le presentan.  Y sólo llegar a desconfiar de los mismos si algo por así decirlo grave acontece (por ejemplo el recuerdo de haber sido víctima de una alucinación, o-como el Discurso del Método se indica-  el recuerdo de haber tomado por verídicas las ficciones oníricas). Si se llega a pensar que los sentidos no son disociables de la imaginación o del razonar estamos en un lío. En cualquier caso, el hecho de que tras la percepción de los fenómenos naturales situemos algo como el agua refleja aun un grado de confianza en lo sensible.

Anaximandro comparte con su maestro Tales argumentos suficientes para dar peso a la hipótesis de que el poder generador radica en el agua. Pero también tiene argumentos en contra, y estos acaban pesando más. Y (como el físico Carl Rovelli  ha enfatizado) esta diferencia respetuosa respecto a lo que el maestro sostiene es como la marca del espíritu científico. Anaximandro está atento a la necesidad natural, no a lo que Tales ha aventurado con toda honradez sobre la necesidad natural. No hay diferencia alguna respecto a la actitud de Einstein ante Newton: el proyecto de dar cuenta de la naturaleza hace superflua (e incluso perjudicial) la hipótesis de un espacio y un tiempo absolutos, y por eso se elimina, sin por ello poner en tela de juicio la grandeza del físico británico.

Sin embargo, pasar de constatar que por doquier hay agua y cosas que se hacen liquidas, a sostener que todo es agua, es dar un enorme salto, que los sentidos no pueden dar por sí mismos y en el que interviene decididamente el intelecto. Pero hay otro paso aun más cargado de consecuencias, a saber: efectuar efectivamente la reflexión que precede; percatarse de que sólo el intelecto da testimonio de la afirmación según la cual todo es agua. En ese momento el objetivo de nuestra interrogación ha cambiado. Hemos dejado de indagar en la naturaleza a fin de interrogarnos sobre el ser que tiene esa capacidad de indagación. 

Un indicio de la nueva situación se encuentra confrontando  alguno de los fragmentos  de Heráclito que más dolor de cabeza han dado a los intérpretes[1]. En la dificultad misma de discernir si lo invariante tras la multiplicidad de lo que acontece es el fuego o es el verbo, tenemos un indicio de que la frontera entre lo que concierne a la physis y lo que concierne al sujeto que reflexiona sobre la physis se ha hecho porosa. Heráclito es ya un reflejo de ese momento en el que la ciencia de la naturaleza ya ha perdido su autonomía, es decir: siguiendo sus propios meandros ha desembocado en otro asunto.

Y aun hay un paso más, pues una cosa es asumir la inevitabilidad de la perturbación de la percepción sensible por el  entendimiento y otra cosa muy diferente es considerar que no se trata del entendimiento propio, sino del entendimiento común o coral. Por un lado cabe decir que  tenemos en este paso simplemente una suerte de corolario de la disposición científica, que obviamente sólo asume una proposición si hay acuerdo sustentado en la objetividad. Pero el fragmento de Heráclito está asimismo poniendo de relieve la necesidad de considerar por sí mismo lo  que da soporte a la ciencia, ese logos del cual la ciencia es sólo una modalidad. El logos hace ciencia cuando dice que todo en la naturaleza es fuego, pero el logos está dejando de hacer ciencia cuando afirma que, en definitiva, todo es logos.

Nótese bien que la hipótesis del fuego como la hipótesis del agua puede o no ser confirmada por los fenómenos naturales, y en la medida en que no se de tal confirmación la ciencia consignará el desacuerdo y precisamente por ello avanzará. Mas cuando se trata de proposiciones referentes al logos mismo la naturaleza no es ya terreno de confrontación, la naturaleza en modo alguno legisla.

La ciencia natural se ha convertido en un  ámbito entre otros del problema que al logos se plantea. Ámbito sin duda privilegiado,  pues del mismo surge la interrogación que lleva a la filosofía; ámbito sin embargo ahora superado por otras interrogaciones relativas esencialmente al hecho mismo de interrogar y en última instancia al estatuto del sujeto que interroga.

Desde el punto de vista algo más que  historiográfico cabe pensar que ese deslizamiento hacia posiciones que sitúan al logos mismo en el centro de la interrogación tiene un momento clave en la radical novedad (casi provocación para Aristóteles) que había supuesto  la hipótesis pitagórica, según la cual las determinaciones numéricas son lo que realmente se halla en la base de la physis. Pues desde luego no es lo mismo decir que, en última instancia, todo se reduce a fuego que situar tras los entes naturales (  fuego  incluido) esa cosa literalmente inasible por la percepción sensorial que es el número. Que la justicia, el bien y en definitiva todo el orden de la polis sea número es desde luego algo ya bien singular, pero que además legisle tratándose de la physis, parece situar al nomos, la ley, en la fuente misma de la ananké, la necesidad.  Ciertamente    el orden temporal es  inverso, pues  la potencia del número se habría revelado  primero en esa cosa física que es el sonido musical, pero ello  no cambia mucho la cosa. Lo esencial es que, sometida al número, la necesidad natural no es autónoma; no depende ciertamente de los dioses, y tampoco de hombre alguno en particular pero, está de hecho sujeta a ese  logos que es matriz del número y  ante el cual, según el fragmento de Heráclito, cada uno de los hombres es sordo, aunque de hecho al mismo se reduzca todo su entender.  

"Los que al hablar buscan adecuarse a lo inteligible  han de buscar aquello en que todos coincidimos...[2] Sin embargo resulta que  "En lugar de seguir lo inteligible que marca el logos, la mayoría vive como si tuviesen sabiduría  propia - idian fronesin[3]

Es difícil encontrar dos intérpretes que estén de acuerdo en qué quiere decir el pensador, con razón o sin ella denominado "el oscuro". Pero no parece artificioso aventurar que cuando menos está denunciando la vacuidad del que toma su inmediata percepción del mundo como incuestionable. Esa persona  debería prestar atención al hecho de que estas sus evidencias  muy a menudo no coinciden con las del vecino. Otro fragmento hace decir a Heráclito que los que están en estado de vigilia poseen un solo mundo en común, mientras que  los que duermen penetran cada uno en su propio mundo.  Las razones de esta suerte de vivencia onírica  parece ser en primer lugar la confianza en los sentidos (puesto que estos son lo que directamente se contrapone al logos) pero también en una contaminación por estos sentidos del logos mismo, logos extraviado en los problemas individuales y las ilusorias vías de posible solución.

En cualquier caso Heráclito toca aquí dos aspectos absolutamente indisociables, la sospecha escéptica, la duda sobre lo que parece ser y la búsqueda de algo que parezca asentado. Lo común nos interesa, pero no lo común de lo cual sólo unos cuantos participamos (y que puede ser mero resultado de que compartimos un espejismo, o que hemos sido inducidos a creencia sin fundamento) sino lo común que realmente  es incontestable. ¿Y cómo accedemos a lo común? Pues quizás mirando el trabajo de los sabios observadores que hemos venido considerando, y ver qué hacían de hecho cuando creían estar atentos a lo que la naturaleza indica. 

 


[1] "Este mundo el mismo para todos, no lo generaron los dioses ni los hombres, sino que ha sido siempre, es y será un fuego eternamente vivo, que se alimenta de manera reglada y también con mesura se apaga." (D.K B 30).

"Este verbo aunque verídico, deviene siempre incomprensible para los hombres, tanto antes de que lo hayan escuchado como cuando lo escuchan por vez primera. Aunque todas las cosas acontecen en conformidad  a este verbo, no parecen  los hombres apercibirse de las palabras y los hechos  tal como los expongo,  cuando proceden a distinguir su naturaleza y decir lo que son.  Pues los otros hombres  son tan incapaces de aprehender aquello que hacen cuando están despiertos como de retener en la memoria aquello que han hecho dormidos" (D. K. B 1).

Presento una versión  del segundo fragmento, atribuido a Heráclito por Sexto Empírico,  haciendo abstracción de las controversias filológicas que ha suscitado. Concretamente la planteada ya  por Aristóteles (Retórica 1407b) respecto al término siempre (aiei), que puede ser atribuido a los hombres  siempre incapaces, o a la eterna veracidad del verbo. Asimismo sin mucha seguridad,  tomo partido por pensar que el que habla se identifica al logos cuyo mensaje escapa a todos los demás. Una cosa es decir que lo invariante tras la multiplicidad de lo que se muestra en la naturaleza es fuego, y otra cosa es decir que  lo que mueve los hilos es el logos. Que sea el mismo pensador el que haya dicho ambas cosas, no significa que esté hablando desde idéntico lugar. Lo primero lo dice desde la posición del que busca explicar aquello que tiene explicación y es eventualmente rebatible (que la hipótesis se revele verdadera o  haya que sustituirla por otra es lo que  forja la historia misma de la ciencia); lo segundo lo dice desde la frágil posición del que se convierte en vehículo del decir mismo.  De ahí quizás la dificultad de distinguir si habla Heráclito del logos o está hablando el propio logos.

[2]     DK,B, 114

[3]     DK,B 2

[Publicado el 18/10/2016 a las 16:37]

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Cómo parece ser la naturaleza

La mecánica cuántica parece encerrar un mensaje tan sencillo de expresar como tremendo en sus implicaciones: la  naturaleza no es cómo parece. Mas, ¿cómo parece  ser la naturaleza? En síntesis como una contigüidad de cosas dotadas de propiedades cuyo comportamiento es en esencia previsible.

Empecemos por la contigüidad (1). Sin duda hay en el entorno pluralidad de cosas y en este sentido lo discreto nos rodea, pero tal pluralidad se muestra en un escenario (o más bien configura un escenario,  pues quizás este no pre-existe  a la pluralidad misma) que provisionalmente podemos llamar continuo espacio- temporal.

No hay ciertamente un vacío newtoniano previo a las cosas en las que estas vendrían a ubicarse, pero tampoco se da un abismo ontológico, una distancia sin contenido, como resultado de la ruptura de continuidad que la existencia misma de pluralidad de entidades físicas supone. La ruptura de continuidad es contigüidad y no vacuidad.

 Desde luego en los albores de la física cuántica la ciencia no tenía duda al respecto, pero tampoco la tenía la representación ordinaria: aunque entre una entidad física A y una segunda B quizás no percibamos una tercera entidad, sabemos bien que entre ellas hay al menos todo eso que designamos con la palabra aire. La idea de un espacio newtoniano en el cual las cosas vendrían a ocupar un lugar, constituye un postulado pre- físico, no físico ni, a fortiori,  meta-físico (2).

La naturaleza  además es previsible.  La eventual incertidumbre a la hora de hacer previsiones es cosa nuestra y se reduce en proporción al conocimiento de las diferentes variables en juego, así como de la calidad y adecuación de los instrumentos de los que disponemos. A medida que la incertidumbre disminuye,  la previsión gana puntos y eventualmente alcanza la exactitud, suponiendo entonces la desaparición de la primera (3).

Pero esta  naturaleza orquestada como un marco de previsible  contigüidad presenta además un tercer e importantísimo aspecto: las entidades que la constituyen se diferencian entre sí por diferencias cuantitativas en el seno de rasgos invariantes, tales como la posición o la llamada cantidad de movimiento (el producto de la masa por la velocidad, que recubre la intuitiva  polaridad movimiento-reposo) las cuales, en ausencia de nuevas fuerzas que intervengan, responden a una bien determinada evolución en el tiempo (4).

En fin: marcada por rasgos que hacen reconocible lo que pertenece a la naturaleza y lo que no pertenece a la misma (entidad natural es la piedra que, al poseer cantidad de movimiento, puede ser arrojada mientras que no es entidad  natural la superficie de la piedra, inutilizable por sí misma como proyectil), configurando un continuo espacio-temporal y esencialmente previsible en su comportamiento, la naturaleza es el medio en el que baña nuestra realidad animal y encuentra peldaño ( piénsese simplemente en  los órganos de cerebro) nuestra capacidad de dar pie a entidades puramente eidéticas, ya sean entidades matemáticas o singulares frutos de nuestra potencia imaginaria. 

Pues bien: la mecánica cuántica consigue (al menos hasta cierto punto) mostrar que, en lo profundo, la naturaleza no responde a ninguno de los tres criterios, y a la vez mostrar la necesidad de que parezca respetarlos. Y digo bien la necesidad de que parezca, a fin de enfatizar el hecho siguiente: si se asume lo que la mecánica cuántica dice sobre el nivel sub-atómico la  apariencia a escala macroscópica  se hace comprensible, lo cual no quiere decir que entendamos nada de lo profundo, pues a este nivel la comprensión exigiría la remisión a principios que lo descrito precisamente pone en entredicho. Cabría de alguna manera decir que la mecánica cuántica explica la necesidad misma de las apariencias, determinadas por un trasfondo que, por imposibilidad de intelección, la mecánica cuántica   se limita a describir.


 (1) Recuerdo aquí de nuevo tres conceptos fundamentales que Aristóteles extrae de un análisis del lenguaje ordinario: Dos cosas son consecutivas si no existe entre ellas ninguna entidad de la especie de la primera o de la segunda. Dos cosas son contiguas si, además de ser consecutivas, están en contacto. De la contigüidad se pasa a la continuidad si esas dos cosas constituyen una sola, es decir, si la frontera que las separa es, de hecho, una mera separación de partes. En otras palabras: cuando la superficie de contacto no es más que una, la relación es de continuidad. Así las dos medias partes de un trozo de tiza están en relación de continuidad. Al romperlo por la mitad, surgen dos entidades que de estar en contacto forman contigüidad  y de no estarlo son consecutivas. La ausencia de vacío en la física de Aristóteles hace que la ruptura de continuidad sea esencialmente contigüidad y no consecución.

(2) La aparente  primacía de la continuidad en el orden natural se manifiesta en una  dimensión muy importante para  lo que aquí interesa. Supongamos que estamos en presencia de un proyectil que va aumentando  su velocidad de manera continua. Suponemos que su potencia de impacto se incrementa asimismo de manera continua. No nos pasa por la cabeza que haya saltos, es decir, puntos de vacío energético,  de tal manera que en algunos momentos del recorrido el impacto del misil sobre un eventual objetivo fuera nulo.  

(3) Volviendo al símil del proyectil: un conocimiento exhaustivo de las variables en juego permitiría prever el  resultado del impacto en todo momento.

(4) En el caso preciso de la posición y  cantidad de movimiento, esta evolución en el tiempo pone de relieve una  vinculación entre ambas  que parece perfectamente razonable: todos entendemos que si cambia la velocidad (componente de la cantidad de movimiento) en una magnitud precisa, habrá un correlativo cambio de posición, y viceversa. Otra cosa es que estemos en condiciones de calcular como será de hecho ese cambio. Y lo intuitivo de esta vinculación hace que no resulte  plausible la hipótesis de que tales rasgos pudieran disociarse hasta rozar la incompatibilidad.

 

[Publicado el 29/9/2016 a las 09:00]

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El reino de sombras

Tarea del filósofo es reflexionar sobre los presupuestos que regulan el discurrir cotidiano relativo a cosas  físicas o no físicas, pero también los principios que regulan el lazo empírico con las primeras, y en ambos casos necesita por así decirlo una incidencia, proceda esta de los hechos o de un discurso. En lo que concierne  a la localidad y demás principios ontológicos de los que en estas columnas me he venido ocupando, la física cuántica ha procurado tal incidencia.

Al final de la columna anterior, m e refería de pasada al hegeliano "reino de sombras", es decir al movimiento interno de las ideas que, según la metáfora  del pensador alemán, constituyen "la esencia eterna de Dios antes de la creación de la naturaleza y de un espíritu finito". Con punto de arranque en la ciencia, y más concretamente en la física,  la reflexión sobre las últimas determinaciones conceptuales no está sometida a la exigencia de consistencia  y  al tipo de rigor que caracterizan a la física; de ahí su carácter esencialmente especulativo (1).  Pero tratándose de las precisas determinaciones  conceptuales de las que principalmente aquí  se trata, la física cuántica es el soporte. De ahí la conveniencia de que el lector haga el esfuerzo para una introducción básica a la disciplina; lo cual alimentaría  por así decirlo sus alforjas como filósofo, filósofo en el sentido más genérico y a la vez fundamental de la palabra: aquel ser de razón que se pregunta si realmente él es exclusivamente un individuo de una especie meramente natural. Pues "la pregunta fundamental de la filosofía", que Albert Camus veía en la interrogación del hombre sobre el peso de la vida humana y la inconveniencia de seguir viviendo, debe quizás  más bien ser buscada en la interrogación sobre si la naturaleza constituye  o no el último fundamento.


 (1)

El evocar la  hegeliana  Ciencia de la Lógica  me da ocasión de ilustrar lo que estoy exponiendo con un ejemplo: Un momento fundamental de la arquitectura de esta obra es la categoría de medida considerada unión de la cantidad y de la cualidad. Pues bien, en una larguísima nota (una suerte de paréntesis en el despliegue especulativo) Hegel  procede a un estudio de la significación del cálculo diferencial y concretamente de la fórmula de la derivada. ¿En razón de que? Pues simplemente, en razón de que esta disciplina  daría  testimonio científico de esa paradójica unidad de la cualidad y la cantidad ( a su juicio inaprehensible por el entendimiento) : en la fracción dy/dx, ni el numerador ni el denominador son números... pero su relación sí es un número. Cierto es que en los años cincuenta del pasado siglo el llamado Analysis no standard mostró que dy y dx pueden ser interpretados como números efectivamente  infinitesimales, pero tal no era el caso en la matemática del tiempo de Hegel . Cabría de alguna manera decir que Hegel encuentra en la ciencia una paradójica relación cualitativa que se expresa cuantitativamente, la recupera como categoría de medida y la despliega especulativamente como momento clave en el devenir de las determinaciones conceptuales.

[Publicado el 22/9/2016 a las 09:00]

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Tras la Física la Razón se vuelve especulativa

Es bien sabido que la física cuántica tiene un enorme peso en debates que trascienden los límites de la disciplina, y concretamente en la filosofía de la ciencia de nuestros días. Obviamente los especialistas de esta rama de la filosofía  están al corriente de los avatares científicos   que condujeron  a la mecánica cuántica, de su formalismo matemático, de las controversias a las que ha dado lugar y de la disparidad de  interpretaciones de la misma; además a menudo son ellos mismos físicos, o han complementado su carrera de filosofía con estudios en el departamento de física. Pero sin embargo, con toda legitimidad, también filósofos de otras ramas se ven  atraídos por los problemas que la física cuántica plantea,  hasta el extremo de sentirlos como propios,  aunque sean conscientes de que el bagaje técnico del que disponen sea excesivamente limitado.

La filosofía,  por tener matriz en la física "cualitativa" de los pensadores jónicos, es  en consecuencia esencialmente meta-física, mas  una vez surgida tiene sus propios problemas,  y sus propios objetivos. Objetivos, como Aristóteles indicaba, no subordinados a interés parcial alguno, objetivos literalmente finales. Un ejemplo:

Forjar las condiciones experimentales (en el espacio de un laboratorio clásico o en la distancia que separa islas) que permitan demostrar la existencia de correlaciones entre partículas que desafían el principio de localidad es algo que concierne a los físicos. Y que los resultados  sean o no los esperados, determinará el grado de reconocimiento que el experimentador llegue a alcanzar por parte de sus colegas, en el seno de la disciplina. El físico ayuda así a que el problema de la localidad se erija en protagonista.

Sin embargo  el problema mismo de la localidad  no es ya asunto que concierne primordialmente al físico, de la misma manera que, nos dice Aristóteles, ocuparse del principio de contradicción no es cosa del matemático (ejemplo este  al que ya he recurrido en otras ocasiones), sino del filósofo.

Ciertamente  el principio de no contradicción sólo viene a ser objeto de la  atención del Estagirita como resultado de que alguien pretendía cuestionar  su legislación, no sólo sobre las cosas sino también sobre el pensamiento (Aristóteles a atribuye tal tesis a algunos que se amparaban en Heráclito y no a Heráclito mismo, pero eso es ahora secundario). También la vigencia del principio de localidad en el orden natural era una idea no reflexionada en nuestro cotidiano lazo con la naturaleza, hasta que...la física cuántica la pone en entredicho. La diferencia entre los dos ejemplos es que, por así decirlo, las observaciones de los físicos cuánticos  tiene más crédito entre nosotros del que la opinión de los pseudo- heracliteanos tenía para Aristóteles, pero el proceso es análogo: sin algún hecho o discurso que lance una sombra sobre lo que legisla, la sumisión pasiva es la regla. Vivimos en conformidad al principio de localidad, aunque no hayamos nunca reflexionado sobre el mismo y de hecho tal reflexión sólo comienza porque los físicos comprueban con estupor que la naturaleza no siempre responde a tal principio. Mas  una vez generada la inquietud, ya no cuenta tanto  la fuente. Para decirlo sin ambages:

Una vez que el físico nos ha demostrado que la naturaleza no siempre es local, dejamos la física para preguntarnos qué es lo que la localidad significa. Tal reflexión no forma ya parte de la física y ni siquiera de la filosofía de la física, es decir: de la reflexión conceptual que tiene como objeto el devenir de la física y las aporías que en tal devenir surgen, ateniéndose a los términos de la física misma.

De alguna manera cabe decir que la física hace  explotar un objeto teorético del cual el filósofo inmediatamente se apodera para integrarlo y fijar su peso real en el "reino de sombras", es decir, en el conjunto de determinaciones conceptuales que constituyen el núcleo semántico del lenguaje,  y en consecuencia son  la condición de posibilidad de que lo designado por la palabra  naturaleza esté para nosotros cargado de significación. De nuevo sin ambages: cabe decir que la reflexión sobre las últimas determinaciones conceptuales es intrínsecamente especulativa.

[Publicado el 15/9/2016 a las 09:00]

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SOLVAY 1927: Asumir el legado

"Entre estas doctrinas se libra, Teeteto, una batalla interminable" (Platón, El sofista 245 c)

En 1927,  en el castillo de Solvay en Bruselas, habría tenido arranque  un combate primordial sobre la entidad, la platónica gigantomachia peri tes usias, que aun no ha concluido. Desde entonces la física se ve abocada  a una confrontación teorética que, nacida en su seno pero sin solución ni criterio para la misma en los resultados experimentales, es el paradigma de lo que Andrónico de Rodas, ante la temática  de unos textos de Aristóteles carentes de título, calificó de meta-física.

En ese debate de Solvay se pone en tela de juicio la trascendentalidad,  la omniaplicabilidad si se prefiere, de  principios  que   desde Aristóteles hasta el propio Einstein allí presente, pasando por Galileo y Descartes, nadie había cuestionado. Y he enfatizado aquí  el hecho de que  Einstein se halla al respecto en la singular situación de ser a la vez el que abrió  la primera puerta a una subversión tan tremenda y sin embargo el que más ha  luchado contra ella hasta el fin de sus días. Lucha que desde luego es perfectamente comprensible en un pensador de su garra.

Pues resulta que en Solvay, en los términos mismos del debate entre los protagonistas,  empieza a hacerse patente que la física llamada cuántica (en razón de que introduce la discreción -cuantos elementos- en el seno mismo de fenómenos caracterizados por la continuidad), esta disciplina tan eficazmente descriptiva de los entresijos de la materia y tan útil para la canalización de los mismos al servicio de la técnica,  tiene  un enorme problema de justificación. Y ello simplemente porque los comportamientos que describe, literalmente no se entienden, al menos si entender algo consiste en encontrar esa  adecuación a las reglas y principios que aquí  se han venido considerando.

Pues si hacer algo inteligible es remitirlo a principios, se hace  entonces  obvio que no cabe reducir a algo inteligible los principios mismos.  Y precisamente porque la esencia de su trabajo consiste en remitir el entorno natural a principios que lo hacen inteligible,  el físico ve el límite de su disciplina al constatar que la naturaleza no responde a una parte (eventualmente entera) del conjunto de tales principios, y en consecuencia que la naturaleza es otra.  Confrontado a esta alteridad del orden natural el físico deja paso al metafísico o quizás  se convierte él mismo en metafísico, es decir en aquel que se ocupa del discurrir de los principios.

De ahí que desde ese Solvay 1927, a la par que en la faceta empírica la disciplina daba pasos que podían dejar estupefacto, las preguntas sobre los cimientos mismos se multiplicaban, hasta el punto de que traspasando la frontera que separa de la filosofía, la discusión hermenéutica vino a ocupar una gran parte del tiempo de los protagonistas, al menos de los grandes de entre ellos.

Ciertamente no todos los físicos confrontados a los sorprendentes hechos  fueron movidos  por esta exigencia de hermenéutica. Cabe incluso decir que muchos de aquellos sobre quienes recae hoy la responsabilidad de sostener el edificio de la física  abdican de todo cuestionamiento y se instalan en una posición que cabría denominar "pragmática", caracterizada por la aceptación  del  primado de las cosas, sin preguntarse por lo que significa el término mismo cosa.

Posición pragmatista, que no deja de ser una suerte de "filosofía" (en el sentido  convencional de actitud ante el mundo, en este caso simplemente   perezosa y por ende intrínsecamente conservadora de lo establecido), coincidente con lo que suele determinar la ideología del ciudadano, a menudo obediente al pragmatismo... sin saberlo. Nada que ver con la actitud de Einstein quien lejos de agarrarse pasivamente a los principios reguladores de nuestra concepción de la naturaleza, sabía perfectamente que estaban seriamente  en entredicho y que sólo como resultado de un gran esfuerzo teorético podrían eventualmente ser restaurados.

Y en este asunto de la actitud de unos y otros, es preciso señalar que el  menosprecio hacia el problema filosófico de las interpretaciones de la física cuántica ha encontrado a veces soporte en lo siguiente: ninguna de  ellas es fundamental a la hora de efectuar experimentos o avanzar protocolos que permiten innovaciones tecnológicas. Por decirlo con toda nitidez: la diferencia entre una u otra interpretación es irrelevante desde el punto de vista de los aspectos prácticos de la física. ¿Quiere ello decir que es irrelevante simplemente? Todo depende de si  se considera que el hombre tiene como destino el control de la naturaleza, o si lo suyo es más bien la interpretación de la misma, la cual se revela indisociable de una interpretación de su propio ser. Mas para aquellos que, por respeto mismo a su origen en los pensadores jónicos, asumen las aporías a las que la física  puede eventualmente conducir, ¿cuál es el reto, y cuáles son las etapas del mismo?

En primer lugar discernir entre los problemas que en el plano estrictamente técnico han sido clausurados y lo que permanece abierto. El punto de arranque es por así decirlo modesto: se trata simplemente de zanjar asuntos internos a la propia física. Observar, describir y eventualmente computar el momento orbital de un satélite artificial o un electrón supone dar por supuesto que todo cuerpo que efectúa una trayectoria circular tiene en cada instante una masa, una velocidad determinada y mantiene una distancia en relación a ese centro. En el caso de que un cuerpo se halle en movimiento rectilíneo o en reposo también se le puede asignar en cada instante una cantidad de movimiento bien determinada. El presupuesto del momento o cantidad de movimiento parecía incuestionable...hasta que el principio de incertidumbre se abre camino (al cuerpo que tiene posición no cabe atribuirle cantidad de movimiento fijo). ¿Cabe pues una entidad material sin algo tan elemental como un determinado producto de su masa y su velocidad (ya sea esta nula)? Aquí empieza una de las luchas de Einstein. Supongamos que la da por perdida. El problema es que ya en Solvay 27 Einstein podía barruntar que el peligro se cernía sobre asuntos aun más graves (en una carta a Schrödinger de 1935 parece sugerir que el principio de incertidumbre no contaba entre sus principales preocupaciones).

Como  he indicado  desde ese año 1927 de Solvay ha habido hechos que modifican los términos del debate. Einstein podía ya barruntar que se realizarían en laboratorio experimentos que mostrarían lo acertado de las correlaciones cuánticas que se derivan de la aplicación de la regla de Born (experimento de Aspect). Pero no hubiera entonces podido imaginar que 17 años antes se demostraría (Bell 1964)  que la  hipótesis einsteniana (variables desconocidas por la mecánica cuántica) que garantizarían a la vez los resultados de la disciplina y el determinismo en el comportamiento de las entidades subatómicos sólo eran compatibles con algunos de los resultados que esa misma regla de Born posibilitaba...no con todos:  ¡El físico dotado de prodigiosa mente matemática vencido por un teorema estrictamente matemático (y relativamente sencillo desde el punto de vista técnico)! Ciertamente otros intentos han seguido para recuperar de alguna manera el proyecto de Einstein y ello desde mucho antes del teorema de Bell. Bohm pareció intuir las objeciones que se le podían hacer a Einstein y en 1957 publicó una nueva versión del célebre artículo conocido como EPR de 1935 que paradójicamente fue la utilizada por John Bell para mostrar la incompatibilidad entre la conjetura einsteniana y las previsiones cuánticas y así  dar la puntilla a la localidad

La localidad sacrificada, ¿significa que hay que dar por perdida también la separabilidad, es decir el hecho de que dos entidades por relacionadas que estén tengan derecho a ser consideradas dos entidades? En cualquier caso la existencia comprobada de partículas vinculadas en uno de los estados llamados de Bell da cuenta de que hay un tipo de entrelazamiento en el que los entrelazados pierden su subsistencia. Y lo mismo cabe decir del presupuesto según el cual la física desvela las propiedades que las cosas tienen y que seguirían teniendo aunque nadie se preocupara de las mismas (realismo) y en definitiva de todos y cada uno de los principios a los que aquí me he ido refiriendo.

El problema acabará desembocando en una reflexión  sobre el ser que reflexiona, con lo cual ciertamente hemos dejado atrás la física, considerada desde sus orígenes jónicos como una observación neutra de una naturaleza marcada por una necesidad irreductible al sujeto que la observa y hasta indiferente al mismo. En esta discusión metafísica nos hallamos ahora mismo en gran parte por el hecho de haber asumido como propia aquella discusión sobre la naturaleza  que se fraguo en Solvay en 1927: "Se diría que asistimos  a una suerte de lucha de gigantes por lo virulenta  que es su confrontación en torno a la entidad"

 

[Publicado el 06/9/2016 a las 15:30]

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SOLVAY 1927: La Física desemboca en Metafísica

Obviamente, de entrada,  Solvay 1927 es una reunión de gigantes de la física  discutiendo sobre hipótesis de la disciplina. Pero para los intereses de estas reflexiones es tanto o más importante enfatizar el hecho de que  el congreso no se clausuró con consenso alguno en relación a las implicaciones filosóficas de algunas de las tesis expuestas. Así  la mecánica matricial de Heisenberg incluía  un principio de incompatibilidad del cual se deriva el principio de incertidumbre (hoy casi popularizado precisamente porque se intuye que encierra algo profundamente chocante); además la interpretación  probabilística  de esa teoría por Max Born parecía sentenciar el determinismo...asuntos sobre los cuales se hacía difícil el consenso.

Einstein  aceptará  la  operatividad de la regla de Born, pero diferirá  de todos sus colegas en lo referente a la interpretación de la misma: a su juicio la regla no daba testimonio de lo impredecible de la naturaleza misma, sino del carácter cojo de la teoría cuántica. Heisenberg consideraba que cada uno de los dos aspectos  de la representación cuántica (onda por un lado, partícula por el otro) además de incompatible con el otro era por sí mismo insuficiente  para dar cuenta de la realidad física (1) .  Einstein da un paso más: la insuficiencia reside en la  teoría por entero y no en un aspecto parcial de la misma; algo en ella cojea. Asunto que se concretiza mayormente en otra discusión, de hecho estrechamente  vinculada con la del peso que se da a la interpretación probabilística.

He venido sosteniendo en estas columnas que la convicción de que la naturaleza funciona en conformidad al principio de localidad no sólo constituye un pilar de la ciencia, sino  que es también la base de nuestra relación con el entorno natural y hasta de los vínculos que, en su seno, mantenemos  con nuestros congéneres:  la naturaleza permite que dos entes con  origen común, compartan rasgos  aunque se hallen alejados, pero no posibilita que una acción local (es decir, no reductible a algún elemento causal en  la común matriz) sobre  uno de ellos...  tenga efectos sobre el otro (2). Pues bien:

Es en Solvay dónde Einstein realiza el primer "experimento mental" (seguirán varios más) a fin de ilustrar la hipótesis de que si la mecánica cuántica fuera una teoría completa y perfectamente consistente habría que renunciar a sostener que la  localidad es un principio rector de la naturaleza. ... cosa a la que no está dispuesto (3).

Desde Solvay Einstein intentará salir del apuro en varios trabajos (4) y asimismo  en su correspondencia, introduciendo la hipótesis que la función de onda se vería complementada por otras variables desconocidas u ocultas,  las cuales  garantizarían las previsiones cuánticas sin tener que recurrir a causalidad  no local. Pero, como aquí hemos visto, gran parte de la reflexión filosófica a la que ha dado lugar la mecánica cuántica es consecuencia del descubrimiento de que la hipótesis de estas variables desconocidas no es realmente fructífera, pues no permite salvar las previsiones cuánticas(5).

Al principio de localidad se hallan vinculados los principios ontológicos fundamentales de los que aquí he venido ocupándome, por eso cabe decir que la localidad no muere sola, aunque a veces se haya intentando que así sea. El auténtico embolado que para la física contemporánea  y la filosofía en ella sustentada supone la localidad queda reflejado paradigmáticamente en  la teoría de físico David Bohm, en la cual se cuestionan las bases que  desde von Neumann, en 1955, han  regido  la interpretación  estándar  de la teoría cuántica no relativista, procediendo a una extraordinaria  restauración  de principios ...sin por ello conseguir recuperar la localidad(6).

Con independencia de las críticas hechas a la teoría de Bohm, entre otras la de introducir entidades cuya observación no está garantizada, el hecho de que no se consiga recuperar la localidad autoriza a preguntarse  si lo que se rescata coincide efectivamente con lo que se había perdido, de ser cierto que los principios ontológicos clásicos  no se hallan meramente yuxtapuestos, sino,  de alguna manera,  entrelazados, por lo cual el cuestionamiento total o parcial de uno de ellos afecta a todos los demás.

Tras ese coloquio de 2027 ha habido muchos otros en los que el problema ha retornado, alguno de ellos en el propio Solvay, sin ir más lejos en celebración del siglo en 2011, bajo el título "The theory of the quantum world".  Han ocurrido cosas tan importantes como el experimento de Aspect mostrando efectivamente que los niveles de correlación previstas por la regla de Born se dan efectivamente y antes el teorema de Bell había ya demostrado que estos niveles trascienden los límites que permitiría una correlación sustentada en variables ocultas. Han surgido interpretaciones que intentan escapar a algunas de las consecuencias chocantes para la visión ortodoxa de la naturaleza, al precio a veces de violentar lo que solemos considerar el sentido común. Me he referido aquí a la teoría de los múltiples mundos y hubiera podido evocar varias otras. Pues bien, las discusiones que se mantienen en los diferentes foros siguen constituyendo un eco de las que enfrentaron en ese año de Solvay a Einstein y su amigo Niels Bohr que respondía con acuidad al experimento mental con el que Einstein mostraba su perplejidad ante el destino filosófico de la mecánica cuántica, de alguna manera su perplejidad ante el destino de su propia creatura.

 


(1)   "The solution of the difficulty is that the two mental pictures which experiment lead us to form - the one of the particles, the other of the waves - are both incomplete and have only the validity of analogies which are accurate only in limiting cases. (Heisenberg, Quantum Theory, University of Chicago,1930)

(2) Para ilustrar la localidad sintetizaré  en esta nota una columna anterior:

Por gemelos auténticos que dos hermanos J y L sean, si se encuentran en lugares alejados nadie espera que una acción física sobre J, tenga asimismo efectos inmediatos en L (las cosquillas en el uno no provocan la risa en el congénere, según el comentario socarrón de un  cronista científico que aquí ya he evocado). Esto puede ser considerado como expresión del principio de la necesaria  contigüidad o necesidad de pasar por las mediaciones para tener efecto en otro (empujar la mesa que empujará la silla contigua, cuya caída arrastrará a L). Cuando es considerado desde la perspectiva de L el principio posibilita un segundo enunciado: todo fenómeno físico que quepa observar en L es independiente de las observaciones que en paralelo puedan hacerse en J. Vinculado mayormente a la idea  de localidad este segundo enunciado  pone de relieve la independencia  de quien se encuentra protegido por el hecho de tener  un lugar  propio

En términos ligeramente más técnicos. Sea un acontecimiento  puntual o instantáneo A al que sigue tras un intervalo de tiempo T un segundo acontecimiento puntual,  B que tiene lugar a una distancia D del primero.Sea I el intervalo de tiempo, que  la luz tardaría en superar la distancia entre  ambos acontecimientos. La relatividad restringida excluye que desde  A  hacia  B algo pueda ser emitido a velocidad superior a la de la luz. En consecuencia, Si T es menor que I, es imposible que el acontecimiento A tenga una influencia en B.

Existe una versión restringida de este principio de contigüidad-localidad que dice así: aunque hubiera manera de ejercer una influencia  en  B desde A en las condiciones descritas, esta influencia no podría ser utilizada para enviar una señal. O dicho de otro modo: no podemos comunicar nada a velocidad superior a la velocidad de la luz. La terca constancia de esta versión restringida del principio tendrá  enorme importancia a la hora de ponderar el grado de ruptura ontológica que suponen ciertos experimentos de la física contemporánea.         

(3) El argumento es en esencia el siguiente: para hacer compatible las previsiones de la mecánica cuántica con el postulado de que una medición ha de dar como resultado un número real concreto  y sólo uno, se hace imprescindible considerar que lo que ocurre en un lugar determinado  x1  no tiene autonomía respecto a algo que ocurre fuera de su entorno local. En consecuencia un acontecimiento ejercería  en un segundo acontecimiento una influencia que no cabría explicar por ninguna fuerza clásica O aun: el cumplimiento de las previsiones cuánticas exigiría  (caso de que la mecánica cuántica fuera una teoría completa o suficiente en relación los fenómenos de los que trata) fallar al principio de localidad causal, luego a la localidad.

(4) Entre ellos el célebre EPR de 1935 iniciales de sus firmantes, Einstein Podolsky y Rosen.

(5) En el experimento mental de Einstein en Solvay se encierra potencialmente una segunda  idea crítica que aparece con más claridad en trabajos ulteriores: la  función de onda de la mecánica cuántica ni siquiera sería directo representante (de todas formas incompleto por  exigir variables complementarias) de la realidad física sino tan sólo representante de nuestro conocimiento de la realidad física; tendría un estatuto meramente epistémico y no óntico. Al respecto,  Harrigan, N, Spekkens R.W. "Einstein, incompletness, and the epistemic view of quantum states". Foundation. Phys 40 125-157 (2010).  

(6) En la teoría de Bohm se logra que las partículas recuperen  esa posición  bien definida que les atribuía la física clásica, negando el carácter "completo" de la función de onda, la cual exige como complemento otras propiedades físicas. Se consigue  recuperar  un principio de discernimiento entre dos sistemas que comparten sin embargo la misma función de onda  (son similares pero no idénticos, pues difieren en variables complementarias). Se consigue evitar la aparente aleatoriedad que supone el llamado colapso de la función de onda, haciendo que ésta evolucione siempre de manera determinista, en conformidad a la ecuación de Schrödinger. Se consigue, en fin, restaurar plenamente el determinismo haciendo que los elementos físicos complementarios también evolucionen de forma determinista...pero se acaba renunciando a salvar la localidad.

[Publicado el 23/8/2016 a las 09:00]

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Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

 

Enlaces

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