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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 1 de diciembre de 2020

 Víctor Gómez Pin

En la catástrofe (III): del 'doctor Peste' a 'los Señores del aire'


Las catástrofes suelen llamar al sálvese quien pueda, en caso de caos, y como alternativa a una exacerbación del orden. Con su lúcida visión de las imbricaciones entre calamidad natural y mal social, Albert Camus habla de catástrofes en dos de sus obras. La una es la famosa La peste que tiene lugar en Orán. Pero hay una segunda a la cual ya me he referido aquí: la obra teatral "L'État de siège" que transcurre en Cádiz. Recuerdo la trama:
La ciudad baña en una atmósfera de infección moral concretizada en el nombre mismo, Peste, de un jerarca que identifica orden con disciplina, vigilancia y cifrado de los comportamientos de los ciudadanos. Aterrorizados, todos se pliegan, excepto Diego, el protagonista, que a un momento dado exclama:
"¡Habéis creído que todo se reduce a cifras y fórmulas! Pero con vuestra brillante nomenclatura habéis olvidado la rosa salvaje, los signos del cielo, las rostros del verano, la gran voz del mar, los instantes de desgarro y la cólera de los hombres!"
 

Como consecuencia de la actual situación de pandemia se asiste hoy a un renacimiento de la idea de "ciudad amurallada". Pero en una época en la cual cada país está interconectado con los demás y el intercambio de información es un ingrediente fundamental de la economía, la exigencia de aislamiento se traduce en el incremento de la comunicación "a distancia". Este compromiso es facilitado por el progreso tecnológico, pero a la vez sirve de acicate para la investigación en este terreno.

Ante la simple posibilidad de una nueva pandemia, o la repetición de la misma, en los próximos tiempos se asistirá a una actualización de los dispositivos que acentúen la telecomunicación a todos los niveles, en primer lugar el educativo, pero sin excluir el afectivo Por eso es tan importante luchar, aunque las posibilidades de éxito sean escasas, porque el control de la telecomunicación no siga en manos de aquellos que Javier Echeverría denomina "Señores del aire", cuyo poder podría (como un análogo contemporáneo del jerarca Peste de Camus) reducir efectivamente nuestras vidas a dígitos y nomenclaturas.

[Publicado el 20/11/2020 a las 12:22]

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En la catástrofe (II): en el papel del Technites

Marcando el sendero que seguirá Darwin, Charles Lyell sustituye un relato mítico por hipótesis científicas. Nosotros somos hijos de Lyell y Darwin, pero también somos hijos del mito bíblico, en la medida misma en que lo tomamos como tal, no como un competidor de la explicación científica, ni como un refugio para paliar sus corolarios, concretamente por lo que se refiere a la finitud del hombre.

En 1831 la competición del relato bíblico con la ciencia era aun posible, precisamente porque la teoría de la evolución de las especies naturales no estaba conceptualmente asentada y, en ausencia de concepto, una metáfora, o la concatenación de expedientes literarios que traban un mito, ya es mucho, incluso como elemento de explicación.

Mostraba en la columna anterior que el tema de las catástrofes cíclicas ha sido en ocasiones reivindicado desde posiciones cercanas a la sensibilidad científica. Pero ateniéndose a los relatos de carácter indiscutiblemente mítico, y cuya fuerza radica fundamentalmente en el vigor literario, no todos presentan la catástrofe como cíclica, y cuando así es, no siempre le atribuyen las consecuencias devastadoras para el orden natural que hemos visto en el texto de Platón.

Pues aun en el mayor de los diluvios, cubriendo el agua incluso las más elevadas cumbres y arrasando toda vida que quede a la intemperie, la conservación de las especies amenazadas es posible, a condición de que entre ellas se encuentre esa especie singular que, por su capacidad de efectuar razonamientos, es susceptible de baremar los efectos de la catástrofe (además de intuir su inminencia, como lo hacen los representantes de otras especies) y, por su capacidad de forjar cosas que la naturaleza no depara por sí misma, es susceptible de paliar la intensidad de tales efectos, o al menos hacer reversibles sus consecuencias. Recordemos: "Aquel día fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas del cielo fueron abiertas, y hubo lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches".

El diluvio, que abolía la diferencia entre el desierto y sus oasis, habría hecho desaparecer toda vida reconocible si Noé, inspirado por su dios pero considerado loco por los hombres, no hubiera construido pacientemente, a lo largo de 120 años, su arca en el desierto y dado cobijo en ella a representantes de especies animales. Vale la pena detenerse con cierto detalle en este aspecto, no sin antes una precisión que evitará equívocos.

Cierto es que la narración bíblica sigue aun funcionando como expediente para no asumir la finitud, en ocasiones de forma casi vergonzante, usando un barniz de cientificidad (la teoría del llamado "designio inteligente" es uno de los disfraces), que traiciona de hecho el auténtico valor, el que le confiere simplemente su dignidad literaria, gracias a la cual lo que fue designado como "El libro" permite buscar otra cosa que explicación o consuelo.

En el mito del diluvio buscamos concretamente que, a través de los recursos narrativos, se ejemplarice algo esencial, a saber, el enorme peso de esa unidad inextricable de técnica y arte, designada por el término griego "téchne", por la que el hombre se singulariza entre las especies animales. Buscamos en Noé un símbolo del hombre como paciente y laborioso technites, condición que, pese a la intensidad de la catástrofe, hará posible la persistencia de una naturaleza vivificada por especies animales.

[Publicado el 10/11/2020 a las 15:23]

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En la catástrofe (I): del "Timeo" a Charles Lyell


A fin de asegurar el tipo de equilibrio en el entorno natural que conviene a nuestra especie, la ciencia se esfuerza en llegar a dominar la energía de fusión, o sea análoga a la proveniente del sol, con lo cual de alguna manera, se responde al viejo precepto de la "téchne" como imitación ("mímesis") de la naturaleza. Recordaré que la fisión (rotura de un núcleo grande en dos más pequeños) produce residuos radioactivos, mientras que la fusión (dos núcleos pequeños se juntan para formar uno mayor) no genera tales residuos.
 

Mi amigo el físico Javier Tejada reitera una y otra vez la importancia de la siguiente pregunta: ¿cuánto tiempo necesitamos para esta transición energética? Y la verosimilitud de que quizás haya que esperar más de medio siglo, abre una perspectiva inquietante: antes de controlar la fusión nuclear y tener operativos reactores, es posible que hayamos consumido todas las otras fuentes de energía y contaminado, posiblemente de forma irreversible, nuestro planeta.

Si tal fuera el caso, la humanidad podría retroceder a estados de civilización primitivos y tener que esperar millones de años para volver a disponer de suficientes combustibles fósiles que permitieran por así decirlo empezar a evolucionar desde cero.

Este asunto de la posibilidad de una catástrofe que obligue al hombre a volver a un arcaico punto de arranque, es algo más que una mera conjetura y de hecho atraviesa tanto la literatura científica como la filosófica, a veces en forma de mito:
Cuenta Platón en el diálogo "Timeo" que llegado Solón, "el más sabio de entre los siete sabios", a la ciudad egipcia de Sais, un sacerdote ya anciano le explica las razones por las cuales Egipto tiene supremacía sobre Grecia, pese a estar amenazados ambos países por inevitables catástrofes cíclicas que anulan la vida civilizada. Pues hay una diferencia en la modalidad que adopta la catástrofe en uno y otro lugar, y esta diferencia tiene enormes consecuencias:
La catástrofe no tiene el mismo peso cuando la provoca el fuego o cuando la provoca el agua, pues solo en el caso del fuego la destrucción es total. Pero aun tratándose de la calamidad causada por las aguas, la gravedad depende de si estas descienden torrencialmente o, como en Egipto, se trata del desbordar de un gran río, pues en este caso, en la llanura misma, aunque desaparecen las plantas, los animales y el hombre, se salvan los templos y las inscripciones que en ellos conservan la memoria colectiva. Y así, en Egipto, cuando las aguas descienden y los supervivientes en las cimas montañosas bajan a la llanura, restauran con ayuda de esa memoria escrita los cimientos de su civilización, lo cual hubiera sido mucho más difícil en base al contingente recuerdo subjetivo.

Así pues, mientras la catástrofe relativamente menor que supone el desbordar del Nilo preserva en Egipto lo esencial, en Grecia la cíclica lluvia torrencial destruye todo haciendo que sus habitantes estén a intervalos condenados a empezar a cero: "Solón, Solón, eternos niños sois los griegos... Ninguna arcaica tradición oral ha podido inculcar en vuestras almas opinión fundada ni ciencia emblanquecida por el tiempo", son las palabras que dirige a Solón el sacerdote.

Y ahora algo más cerca de nosotros:
Cuando en 1831 Darwin se embarca en misión de naturalista para el viaje alrededor del mundo que le conduciría al descubrimiento de fósiles de especies desconocidas, la teoría oficial seguía siendo todavía que las especies, una vez surgidas (en un acto que sólo podía ser considerado como creación), permanecían sin cambios. Obviamente, más de un observador de la naturaleza era secretamente escéptico, pero téngase en cuenta que el propio Darwin (ya inevitablemente presa de interrogantes, en razón de haber observado la selección artificial en la cría de animales) aceptaba sin excesivos remilgos la ortodoxia. Sin embargo los naturalistas sabían y sostenían públicamente que ciertas especies habían desaparecido. ¿Cómo hacer compatibles ambas cosas? La hipótesis de las catástrofes, defendida concretamente por el naturalista francés Georges Cuvier, era uno de los recursos:
A intervalos un cierto número de especies eran aniquiladas como resultado de un violento cataclismo, pero la diversidad de la vida se mantenía en razón de que, como resultado de un nuevo acto de creación (sitúese la referencia creacionista en el contexto de la época) otras especies las sustituían. Así mediante la tesis de las creaciones sucesivas se intentaba conciliar el creacionismo y la evidencia de la extinción y aparición de nuevas especies.

Los "catastrofistas" se dividían entre los que como Louis Agassiz, aceptaban una cierta evolución hacia niveles superiores de organización, los que afirmaban que en cada creación Dios daba entrada a especies totalmente diferentes y los que como tendían a pensar que las nuevas especies eran reproducción de las anteriores, así Charles Lyell que tiene importancia también por otro aspecto. 

Uno de los pocos libros que Charles Darwin lleva consigo en el Beagle es el entonces recientemente publicado primer volumen de los "Principios de Geología" de Charles Lyell, mentor de Darwin en Cambridge y quien en 1844, trece años después del viaje del Beagle, es quien animaría a Darwin a dar a sus notas de viaje la forma de ese libro abismal que es "El origen de las especies". El tratado de Lyell tenía para muchos un carácter subversivo, en razón sobre todo de que desafiaba una convicción anclada:

Habiendo indicios de acontecimientos geológicos ocurridos centenares de millones de años atrás, la Tierra no podía haber sido creada por Dios hace seis mil años, como algunos sostenían interpretando la Biblia (así el obispo de Armagh, James Ussher en 1654). Por otro lado, el dogma establecía que la configuración actual de la Tierra era fiel, en grandes rasgos, a lo contemplado por Noé tras la retirada de las aguas. Ahora bien: a lo largo de estos siglos la lluvia, el viento, erupciones volcánicas, temblores de tierra, etcétera habían determinado la actual repartición entre mares y continentes, la forma de las cadenas montañosas, el trazado de los grandes ríos o la ubicación de sus fuentes, de tal modo que el gran diluvio no podía ser la causa de la configuración hoy visible. 

¿Cómo llegó a ser consciente la humanidad del tiempo de aparición de la Tierra y ello aceptando las ideas de Darwin? Datar un objeto significa saber el tiempo en que apareció dicho objeto. La Tierra tiene su historia gracias a la Geología. Fue entre 1750 y 1850 cuando apareció una nueva escala de tiempo fundamentada en los estratos rocosos y los fósiles de la corteza terrestre, y se rompió con la cronología bíblica. Años más tarde con el descubrimiento de la radiactividad por Becquerel, a principios del siglo XX, se pudo datar la Tierra con un método científico y matemáticamente exacto que acabó de dar la razón a los geólogos. A partir de entonces las ideas de Darwin respiran tranquilas pues se demostró que hubo suficiente tiempo para explicar la evolución de las especies.

En cualquier caso Lyell no negaba el relato del diluvio que inscribía en el ciclo de las catástrofes cósmicas. Esta creencia parece de hecho ser una suerte de constante antropológica que reviste los más variados aspectos: en algún caso, como hemos visto, recurriendo al mito; en otros casos desde la sensibilidad científica.

 

[Publicado el 30/10/2020 a las 13:49]

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Retorno a Ferrara III


Indicaba que en esta lectura de "Il Giardino dei Finzi- Contini", distanciada medio siglo de la primera, me percibí con mayor acuidad la importancia que ha de tener para un lector español el hecho de que los protagonistas desciendan en parte de la comunidad hebrea cuya expulsión de España tanta huella ha dejado en nuestra historia y tanto ha marcado de forma explícita o subyacente la representación que nos hacemos de nuestra propia identidad. Indirectamente un capítulo trágico de España está presente en este libro admirable.
 

Señalaba asimismo el peso político de la novela y como la propia lucidez del protagonista nos ayuda a comprender que el nacional -socialismo no era más que la expresión de un mal cuyas causas sociales se diluyen cuando se singulariza el caso de Alemania. 

Recordaba, finalmente, que efectivamente se trata de una prodigiosa reflexión sobre la dificultad del vínculo afectivo, reflejada sobre todo en la actitud de la protagonista, Micòl Finzi- Contini, al rechazar como amante y eventualmente futuro esposo al único hombre al que realmente ama, entendiendo ciertamente por la palabra "amar" algo no concordante con el uso convencional del término. En los motivos que arguye queda reflejada una ácida lucidez en relación a los meandros tramposos mediante los cuales el reconocimiento en el otro de la inteligencia que Zubiri calificaba de sentiente y el deseo de compartirla, esta emoción que es la expresión del deseo verdaderamente humano, son recuperados por la inercia social y traicionados en las relaciones codificadas, incluidas las sexuales (sean estas bendecidas o no por su recubrimiento bajo la nomenclatura del matrimonio o institución análoga) y que Micòl Finzi- Contini identifica a un combate:

"Yo...yo estaba ‘a su lado', ¿entendía?, no ‘frente a ella', mientras que el amor (...) era cosa de gente decidida a superarse mutuamente. Un deporte cruel, feroz, mucho más cruel y feroz que el tenis. A practicar sin excluir golpes y sin preocuparse, para mitigarlo, de la bondad de ánimo y la honestidad de los propósitos". 

"Io...io le stavo ‘di fianco' capivo? non già ‘di fronte' , mentre l' amore... era roba per gente decisa a soprafarsi a vicenda, uno sport crudele, feroce, ben piu crudele e feroce del tennis !, da praticare senza exclusione di colpi e senza mai scomodare, per mitigarlo, botà d' animo e onestà di propositi" ( Acantilado páginas 225-226; Feltrinelli, pgs.161-162).

Y la protagonista refuerza su argumento citando a Baudelaire:

« Maudit soit à jamais le rêveur inutile /Qui voulut le premier dans sa stupidité/S' éprenant d' un problème insoluble et stérile, /Aux choses de l' amour mêler l' honnêteté » (en la edición de Acantilado se da la traducción de Francisco Luis Guerrera : « Maldito eternamente sea el soñador inútil/ y estúpido quien, al apasionarse por/ un problema insoluble y estéril, quiso ser el primero/en mezclar amor y honestidad").

Años más tarde hubiera evocado quizás a Louis Aragon:
"...et quand il croit /Ouvrir ses bras son ombre est celle d'une croix/Et quand il veut serrer son bonheur il le broie (Cuando el hombre cree abrir sus brazos su sombra es la de una cruz/Y cuando quiere abrazar su felicidad la quiebra)".

Micòl cierra la puerta a la reducción convencional de su relación con la única persona cuya presencia (ya desde la infancia) había producido en ella esta mezcla de estupor y reconocimiento en la alteridad que la palabra amor debería quizás reflejar, pero que desgraciadamente el uso convencional de la misma más bien traiciona:
"...yo, igual que ella, carecía de ese gusto instintivo que caracteriza a la gente corriente. Lo intuía perfectamente, para mí, como para ella, más que el presente contaba el pasado, más que la posesión el recuerdo (...)¡Cómo me entendía! Mi ansiedad por que el presente se convirtiera ‘inmediatamente' en recuerdo para poder amarlo y soñarlo a mi manera, era igual que la suya, idéntica a la suya. Se trataba de ‘nuestro' vicio: ir siempre hacia adelante con la cabeza vuelta hacia atrás:
anche io como lei `( nos cuenta el narrador recordando las palabras de Micòl) non disponevono de quel gusto instintivo delle cose che caracterizza la gente(...)per me , non meno che per lei più del presente contava il passato, più del possesso il ricordarseni (...) come mi capiva! La mia ansia che il presente diventasse "subito" passato perché potessi amarlo e vagheggiarlo a mio agio era anche sua, tale e quale. Era il "nostro vizio", questo:d'andare avanti con le teste sempre voltate all'indietro" (Feltrinelli pg.163, Acantilado pg. 226).

La protagonista parece hablar premonitoriamente. Pues en efecto; ‘avanzar' en el enriquecimiento de su lengua italiana, sumergiéndose con ella en ese ‘atrás' que es el recuerdo (el pozo artesiano de Marcel Proust cuyo chorro alcanza altura en proporción al grado de inmersión); tal es lo que Giorgio Bassani realiza en "Il giardino dei Finzi- Contini", recreando su Ferrara, haciendo que de alguna manera sea también nuestra e invitándonos a reencontrarla.

 

[Publicado el 23/10/2020 a las 14:17]

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Retorno a Ferrara II


Evocaba en la pasada columna algunos aspectos de la conmovedora novela El jardín de los Finzi- Contini. El padre del narrador afiliado al partido fascista desde los orígenes pese a su condición de hebreo, intenta conllevar la reciente promulgación de las leyes raciales con la voluntad de engañarse, diciéndose a sí mismo que en realidad, a diferencia de lo que ocurría en Alemania, la situación italiana era tolerable. Tolerable pese a la prohibición de los matrimonios mixtos, de que los jóvenes de raza hebrea quedaban excluidos de formación en escuelas, institutos y universidades públicas y asimismo quedaban exentos del "honor" de cumplir el servicio militar. El narrador describe el altercado con su padre:
-"Espero que no vayas a contarme otra vez la historia de siempre-le interrumpí al llegar aquí, moviendo la cabeza
-¿Qué historia?
-La de que Mussolini es mejor que Hitler.
-Ya, ya -dijo él- Pero tienes que admitir que Hitler es un loco sanguinario, mientras que Mussolini, mira será lo que sea, maquiavélico y chaquetero si quieres , pero..."
"Spero che tu non voglia ripetermi la solita storia", lo interrupppi a questo punto, scuotando il capo-
"Quale Storia?"
"Che Mussolini e più buono di Hitler"
"Ho capito, ho capito, fece lui "Pero deve ammetterlo. Hitler è un pazzo sangunario, mentre Mussolini sarà quello che saraà, machiavellico e voltagabbana fin che vupoi, ma..."
( Il giardino dei Finzi-contini.Universali economica Feltrinelli, Milano 1912. P.51. Traducción en español a cargo de Juán Antonio Méndez, Acantilado 2017 p.70).
Y el narrador recuerda entonces a su padre un artículo de Leon Trotsky publicado en 1931 en la Nouvelle Revue Française en la que el teórico y revolucionario ruso sostenía que, en fase de expansión imperialista, el capitalismo debía inevitablemente mostrarse intolerante con las minorías nacionales. Y dado que la comunidad hebrea era la minoría emblemática, el ascenso verdadero de Hitler (que tenía lugar ese mismo año 31) presagiaba el devenir de los hebreos... en Alemania como primer paso, en la Italia de ese 1938, y en la turbia Francia de Pétain unos años más tarde.

Una de las paradójicas consecuencias de la derrota de los países del llamado socialismo real y consiguiente desprestigio (al menos durante unos años) del análisis social de inspiración marxista, fue que el fenómeno del nacional-socialismo dejó de ser contemplado en términos racionales, es decir: dejo de ser considerado como la manifestación en un país concreto (Alemania para el caso) de un recurso general del capitalismo cuando la democracia formal se volvía peligrosa, pasando a ser contemplado como un fenómeno... casi genuinamente alemán. 

Restringido así esa calamidad a una de sus proyecciones y erigida en El mal haciendo abstracción de sus causas sociales, lógico es que la "compañía de Hitler" (expresión del poeta catalán Pere Quart en "Correndes d' exili") quedara de alguna manera relegada. Sin duda no es (¿aún?) compatible con las formas políticas estándar reivindicarse de Pétain, Salazar, Franco, Mussolini o el siniestro fascista belga Léon Degrelle. Pero se han hecho pinitos al respecto en todos y cada uno de los países respectivos de estos redentores de patrias, (mientras que la amenazante Alternative für Deutschland evita - al menos en las declaraciones formales y símbolos- la vinculación a la figura de Hitler).

Personajes todos ellos que, al igual que el Führer, tuvieron a un momento respaldo popular y apoyo parlamentario suficientes para alcanzar el poder. Excepción es sin duda el caso de Degrelle, quien sin embargo en las elecciones de 1937 obtuvo casi el 20 por ciento de los votos, unidos fascistas wallones y nacionalistas flamencos del racista Vlaamsch Nationaal Verbond (VNV) (¡curioso que el odio al débil hubiera logrado aunar a estas dos comunidades tan sobrecargadas de prejuicios mutuos que las separan!) . Fundador de un movimiento llamado Christus Rex, Degrelle llegó a ser miembro de la Waffen SS, dentro de una división valona. Cuando era inminente la derrota de Alemania, consiguió refugio en España dónde, (cobijado por el régimen, sordo a las órdenes de detención por crímenes contra la humanidad) obtuvo la nacionalidad española y acabó su vida en Málaga en 1994. Cierto es que no más lúcidos respecto a la diferencia entre nazis y otros supremacistas fueron los que vivieron en los países afectados, quizás ya no en los momentos álgidos de la ferocidad fascista, pero sí en los albores.

Me refería antes al impacto que "Il giardino dei Finzi- Contini" tuvo en jóvenes de mi generación que accedieron a la misma. Una de las razones era quizás que, crecidos en franquismo , como Micòl, Alberto y Giorgio lo fueron en el fascismo, la calima que envolvía la bella y serena Ferrara, la inserción de su cultura e historia en pomposas construcciones ideológicas, la canalización del sentimiento de identidad de sus habitantes por la erección grotesca de la latinidad en arianismo, constituían un espejo en el que reconocíamos la situación quizás de las propias ciudades españolas: ciudades también cargadas de historia y cargadas asimismo de distorsión de esta historia por la mentira cutre que llegaba a evocar montañas nevadas en tierras de secano.

Il Giardino dei finzi-Contini es sin lugar a dudas una gran novela política, lo cual no excluye que sea indisociablemente uno de los más punzantes relatos sobre la reducción de los seres a memoria, y sobre la imposible solución del nudo que agarrota en el vínculo afectivo. De ello me ocuparé en la próxima columna.

[Publicado el 16/10/2020 a las 14:47]

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Retorno a Ferrara I


En mis años de estudiante en París, leí El jardín de los Finzi-Contini de Giorgio Bassani, que es mucho más que una esplendida novela. Sintetizo el núcleo del relato:
En esos años 38-39 en los que la guerra se intuía, y las leyes raciales iban mermando los derechos de los ciudadanos italianos de origen hebreo (muchos de ellos no obstante afiliados desde el origen al partido fascista), Giorgio, un joven estudiante de letras hijo de la pequeña burguesía, al ser excluido de la biblioteca pública encuentra refugio en la biblioteca privada de una privilegiada familia, los Finzi-Contini, que parece no ser afectada por la segregación. El joven comparte también las partidas de tenis en el jardín con los hijos del profesor Ermanno (el propietario), Alberto y Micòl por la que experimenta una gran atracción. Mas adelante, las leyes raciales se radicalizan y acaban por arrastrar también a la familia Finzi- Contini al abismo, siendo deportada a los campos de concentración.  
 

Bassani declaró en cierta ocasión que él no había inventado la temática ni los personajes, sino que estos le habían interpelado, como exigiendo que se les contemplara y escuchara. De ahí que, efectivamente, más que una ficción, el relato parezca constituir una crónica sobre acontecimientos sucedidos en la Ferrara de los años de infancia y primera juventud de Bassani, lo cual lógicamente no excluye cambios en los nombres y recurso a los procedimientos literarios consistentes en sintetizar rasgos de personas diferentes en una sola, en especial en lo que concierne a una de ellas:
Poco antes de morir, Bassani reconoció explícitamente que los personajes eran auténticos, excepto ...Micòl, una creación de su mente "Riassume un certo numero di donne che Bassani ha amato e frequentato" declaró al diario La República (13 de junio 2008), la escritora ferrarense Roseda Tumiati.

Los estudiosos que han tenido acceso al archivo nazi de Bad Arolsen nos indican que (catalogado como protocolo número 598504) consta el nombre de Silvio Finzi- Magrini hijo de Mosé y Fausta Artom (en la novela Mosé y Josette Artom) nacido en Ferrara el 8/1 1881, quien sería sin lugar a dudas el profesor Ermanno, mientras que bajo los nombres Alberto y Micòl, se encubrirían, parcialmente al menos Giuliana y Uberto, hijos de Finzi- Magrini.

Pero el nombre Magrini no es arbitrariamente sustituido por el de Contini. En el cementerio hebraico de Via delle Vigne en Ferrara se encuentra hoy la tumba del propio Giorgio Bassani, no lejos de la cámara mortuoria dedicada a la memoria de los conducidos a los campos de exterminio. Antiguamente llamado Orto-degli Ebrei, el terreno fue adquirido por la comunidad hebrea en el siglo XVI, y el portal de la entrada fue restaurado en 1911 por el arquitecto Ciro Contini. Cabe pues conjeturar que los nombres mismos de los protagonistas son (parcialmente al menos) intersección de nombres de personas de la comunidad hebraica, habitantes de la ciudad o que la visitan periódicamente, concretamente desde Venecia. 

Alterados quizás también los nombres de la esposa del profesor Ermanno y de la madre de esta, en la novela respectivamente Olga y Regina, de la familia de los Herrera venecianos, que incluye también a otros dos personajes del relato, los tíos de Micòl y Alberto, Giulio y Federico Herrera, que a intervalos visitan Ferrara. 

" Da Giovanni, Ristorante Italia", que Giampi Malnate (el otro protagonista ajeno a la familia) frecuenta en la novela, existía ya en las inmediaciones del Castello de Ferrara, De hecho el local, acogedor en su clasicismo y severidad, aun seguía activo cuando visité la ciudad en un gélido diciembre de 1973, con Ferrara semiparalizada en razón de la crisis petrolífera de ese invierno, que había llevado a las autoridades a restringir la circulación y los hoteles economizaban al máximo la calefacción.

Y en esta segunda lectura de este entrelazamiento emblemático de emoción subjetiva y tragedia colectiva que es "El jardín de los Finzi- Contini", percibí con mayor acuidad la importancia de que los protagonistas arrastren el destino de españoles sefarditas, arraigados en Ferrara y en Venecia, como resultado en última instancia de un episodio trágico, una llaga nunca suturada, que ha marcado profundamente nuestra historia (ya fuera como obsesiva denegación de pertenencia), consistente en haber repudiado una de las comunidades constitutivas, me atrevo a decir, de nuestra alma. 

Este vínculo, operando de manera más o menos inconsciente es quizás una de las claves del singular impacto que en los lectores de nuestro país tuvo El jardín de los Finzi-Contini. Recuerdo una evocación casi emocionada del poeta Narcís Comadira (creo recordar que de visita en París) en conversación con el filósofo y biólogo Ferrán Lobo.

Hablaban de esa Ferrara provinciana y cargada de historia como si fuera un lugar connatural, y de esa familia hebrea cerrada sobre sí misma que eran los Finzi- Contini, como si de un origen propio cargado de especular prestigio se tratara.

Judíos, políticamente au dessus de la mêlée, y sin embargo víctimas del fascismo, distanciados de la Italia cotidiana, pero participando de su cultura profunda, entremezclada con la cultura universal. Micòl Finzi Contini proyectando un doctorado sobre Emily Dickinson en Ca Foscari, la universidad de Venecia, ciudad dónde sus tíos, los hermanos Herrera (respectivamente ingeniero y médico tisiólogo) guardaban la memoria de su origen y en la sinagoga el uno hacía advertencias al otro "mezzo in véneto mezzo in spagnolo (Giulio alevantate, ajde! E procura de far star in pie anca il chico...Edición Feltrinelli Universali Economica, Milano 2012 p. 31).

Pero a fin de captar hasta qué punto nuestra lengua es uno de los trasfondos del relato, hasta qué punto se halla presente una España perdida para los protagonistas y para nosotros, he de hacer referencia a una variante respecto al final de la novela:
El lector recordará que el protagonista Giorgio, tras vagabundear de noche sin meta por la ciudad, llega hasta la casa de los Finzi- Contini, salta el muro y se acerca a la cabaña dónde sospecha que su amada Micòl puede estar en compañía de su amigo común, el comunista Giampi Malnate. Sin embargo este encuentro amatorio no pasa de ser una conjetura pues "estimando que ya era hora de serenar mi alma (...) dando la espalda a la Hütte me alejé entre las plantas del lado opuesto" (traducción de Juan Antonio Méndez, Acantilado 2017 página 292).

En el film de Vittorio de Sica en el que Micòl, interpretada por Dominique Sanda, al percibirse de la presencia de Giorgio en la ventana, enciende la luz, mostrando su cuerpo desnudo, con una expresión de dureza en el rostro, a fin de que Giorgio asumiera las palabras que meses atrás le había dirigido, a saber que Giorgio estaba ‘a su lado', ¿entendía?, no ‘frente a ella', mientras que el amor (...) era cosa de gente decidida a superarse mutuamente. Un deporte cruel, feroz, mucho más cruel y feroz que el tenis" (idem pgs.24-25).

En esta divergencia respecto al texto reside quizás una de las claves de que Bassani afirmara no reconocer su novela en la película, sentimiento que habrán experimentado muchos lectores, que preferirán el "quien sabe" con el que el narrador responde en el epílogo a la pregunta "¿qué hubo en fin entre ellos dos?" Pues bien:

El profesor Sergio Parussa, del Wellesley College de Boston, que ha investigado en los archivos de la fundación Giorgio Bassani de Ferrara, fue autorizado a hacer público en el Corriere della Sera del 18 de junio de 2018, fragmentos de un cuaderno en el que el final es diferente. El narrador se acerca efectivamente a la cabaña, acerca su oído a la pared y puede oír la conversación entre los dos amantes, de hecho (como indica el profesor Parussa) Micòl imparte a Malnate "una breve lezione di lessico amoroso" que como veremos no es necesario traducir:
" I capelli sono los ‘caveos' " diceva Micòl (...) gli occhi, ‘los ojos', le orecchie, ‘las orejas' (...) questo qui e ‘la nariz", rispondeva Micòl accentuando il suono fricativo de la zeta (...) i denti sono ‘los dientes', il petto ‘el pecho', la pancia ‘la tripa'(...)se dice ‘tengo dolor de tripa'. In casa diciamo esattamente così" .


"E questa?", domandó Malnate "Avra pure un nome, no?" (...) "la ‘delantera' si chiama (...) e il tuo coso, li, sai come si chiama? ‘La huàia'".

En el evocado film de Vittorio Da Sica (a mi juicio bellísimo, no hay por qué compartir todos sentimientos de un escritor admirado), Los Finzi-Contini son reunidos por la policía fascista junto a los otros miembros de la comunidad hebraica, a cuyos ojos parecían tan altivos, en una escuela desde la que se divisa la ciudad, y una canción sefardita acompaña a la cámara que se desliza sobre los techos de Ferrara. La escena parecía dirigirse a los españoles de mi generación que, leyendo la novela de Bassani, también nos sentíamos parte del grupo que "frecuentavano la casa di corso Ercole I d' Este a Ferrara".

 

[Publicado el 08/10/2020 a las 09:57]

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En el sueño... la contradicción del fariseo

Todo el mundo tiene sus convicciones, aunque algunos sean más cautos que otros a la hora de exteriorizarlas. Algunas convicciones están fundadas en sólidos principios, sean de orden cognoscitivo o ético. Otras no han pasado por filtro alguno, son meros prejuicios. ¿Por qué se adoptan?
 
Obviamente no por esa inclinación inherente a los seres de razón que pone de manifiesto un niño cuando formula preguntas que le parecen urgentes, no cesando hasta que haya una respuesta, eventualmente fantasiosa. Pues, con independencia de que la respuesta sea o no correcta, lo importante en el caso de la interrogación infantil es que, momentáneamente al menos, satisface al deseo inherente a las mentes de razón y lenguaje. Nada que ver con el que dispone su vida teniendo escrupuloso cuidado de no oponerse a prejuicios en los que el orden social se sustenta.
 

Las convicciones sin base sólida, las adoptamos simplemente por conveniencia, ni siquiera forzosamente coincidente con el oportunismo, pues puede que ni siquiera se haya reflexionado sobre la misma. Se trata de una suerte de instinto que mueve a plegarse al entorno; efectivamente algo muy similar a lo que la vida misma constituye, aunque simplemente en lugar del entorno natural se trata ahora del entorno social. Cuenta sobre todo el argumento de autoridad, se cobija uno bajo aquello que da más seguridad.

Pero la cosa no queda ahí, pues la naturaleza de ser de razón no desaparece, y acaba mostrándose, aunque bajo una forma degradada. Y así, tras la sumisión, se buscan legitimaciones racionales a la misma. Ello es muy frecuente en el caso de las adscripciones ideológicas o directamente políticas. Supongamos que el entorno invita a abrazar tal o tal posición so pena de quedar excluido. Una vez sumisos tenderemos a encontrar argumentos que nos ratifiquen en lo noble, justo y racional de nuestro posicionamiento, es decir que nos protejan de todo desgarro interior, que nos permitan decir a la naturaleza, a Dios o a nuestro principal educador " gracias te doy señor por no ser como ese".

Sentirse del buen lado, sentirse así protegido y además sentirse en armonía con uno mismo: tal es el profundo motor subjetivo de todo posicionamiento que no venga determinado por la dura prueba que Platón establecía como condición de la legitimidad de una opinión, es decir la opinión fundada, enfrentada a la perezosa opinión meramente heredada.

A veces la aceptación pasiva de opiniones sin soporte racional es resultado de la mera estulticia, pero siempre se acompaña de pusilanimidad, cuando no de llana cobardía. Nunca en todo caso es acorde con la decencia.

Precisaré que la evocada armonía interior del reconciliado a este precio no dura siempre de hecho no dura ni un solo día, a menos que la persona en cuestión no duerma. Pues en los sueños no hay manera de evitar aquello de lo que en la vigilia se huye, y casi me atrevo a decir que en sueños no hay manera de ser estúpido. Por ello tantas personas tienen fundados motivos para temer la hora de dormir.

Este último aspecto es lo que yo llamaría la contradicción del fariseo. Pero como hemos visto hay contradicciones más radicales, o por mejor decir: la contradicción verdaderamente dura es aquella a la que se enfrenta el personaje en principio antitético, el que ha apostado a la opinión fundada, el que tras sumergirse en el campo eidético platónico, ve que tampoco los conceptos son estables, que también la ciudad de las ideas está sometida al cambio.

 

[Publicado el 02/10/2020 a las 09:20]

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En el seno del pueblo y en el seno de la razón


Hace más de medio siglo apareció un texto de Mao Tse Tung relativo a las "Contradicciones en el seno del pueblo". El título exacto era Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo (editado en castellano por Ediciones en lenguas extranjeras de Pekín, dentro de las obras completas de Mao, tomo V págs. 419-58). Mao analizaba entre otras cosas las diferencias en el medio agrícola, en el medio industrial y en el medio intelectual; diferencias que rápidamente se acentuaban hasta convertirse en auténtica oposición entre las partes y finalmente en conflicto abierto, expresión de que la contradicción había estallado.

Pues bien, inspirado probablemente por persona interpuesta (parece que Mao sólo leía en lengua china), había en estos textos un eco de la hegeliana "Ciencia de la Lógica", que tanta influencia tuvo en Marx y desde luego en Lenin, que la leía mientras ocupaba una cama de hospital en Suiza con verdadero entusiasmo (en el facsímil publicado por las ediciones de Moscú hay en los márgenes múltiples notas con signos de exclamación admirativa). La tesis hegeliana es que la contradicción es la verdad de toda diferencia y que en consecuencia asumir la contradicción es el primer imperativo de quien pretende efectivamente enfrentarse a lo real. 

Y me remito a Hegel pero podría haberme remitido directamente a Platón, en cuyo diálogo el Sofista se pone de relieve algo esencial, a saber: la contradicción

grave no es aquella que se da en el seno de las cosas, ni tampoco en el seno de la opinión popular, sino en el seno de la opinión fundada, es decir en el seno del concepto, y en suma en el seno del pensamiento cabal. La contradicción reina incluso en el campo eidético platónico, la "ciudad" de las ideas o conceptos, y en consecuencia si todo está sometido al imperio del concepto (esta es la esencia del platonismo), la contradicción reina por doquier. 

Pero hay contradicciones y contradicciones, la contradicción en la opinión fundada es digamos de un orden diferente que la contradicción de quien quisiera precisamente escapar a la misma, sustentando su vida en prejuicios.

Supongamos que alguien se guía en su comportamiento por máximas de acción concordantes con los principios más firmes de la moral y del conocimiento. Supongamos incluso que se ha sacrificado por los mismos, y que ha contribuido a que en la sociedad haya una corriente política que es la expresión de este esfuerzo. Supongamos en suma que vive en un entorno social de seres cabalmente humanos en quienes a la hora del posicionamiento político la razón va por delante. Pues bien:
A un momento u otro entre los suyos o en sí mismo constatará que, junto a la opinión concordante con los principios firmes, surge una que se ampara en ellos pero tergiversándolos a fin de hacerlos compatibles con la actitud más pusilánime, la de aquel que sólo se sustenta en prejuicios. Veremos por decirlo claramente surgir lo más abyecto en el seno del juicio recto (de hecho incluso la inversa). 

He aquí dos frases que sería posible oír en cualquier momento:

"Los políticos dicen lo que hay que decir para adecuarse a quien manda. Y si quien manda son los electores, sin duda habrá adecuación a estos".
"El deber de un demócrata es respetar la voluntad popular del país. Y en mi circunspección la voluntad popular es la de los electores que depositan su confianza en uno u otro".

No hay obviamente contradicción entre ambas frases, al menos que introduzcamos premisas morales que sobre-determinan lo que se dice en uno y otro caso.
Si, por ejemplo, quien enuncia la primera frase parte del presupuesto según el cual no hay que sacrificar las convicciones profundas en razón de su adecuación a unas u otras circunstancias, entonces está dirigiendo un general reproche a los políticos a los que se refiere- eventualmente la clase política por entero.

Y si quien enuncia el segundo mensaje comparte el mismo presupuesto, entonces en el momento en que habla está traicionando sus propias convicciones. Pero también puede pasar que no comparte tal presupuesto o que lo compartió un tiempo pero ha dejado de hacerlo, en cuyo caso no se está traicionando a sí mismo sino simplemente mostrando su contradicción de fondo con el otro.

Es interesante considerar este caso en el que el sujeto ya no tiene respecto a la cuestión moral la misma posición que un día tenía.

Habiendo sido educado bajo el criterio de que la fidelidad a las propias convicciones es la disposición de espíritu no oportunista, luego digna, algún recordatorio relativo a las consecuencias no deseables a las que, en una u otra circunstancia, condujo precisamente por testarudez respecto a los principios le hizo dudar de los mismos, llegando a decirse que quizás aquellos que se oponían tenían algún punto de razón.

Algún paso más y no es difícil imaginar que - con mayor o menor grado de estoica tristeza, nuestro hombre acabará convencido de que, siendo las convicciones humanas tan diversas e incompatibles, era simplemente pretencioso el aspirar a que (a la hora de adoptar decisiones que conciernen a la población en general) un criterio particular prevalecerá sobre el del conjunto; diciéndose finalmente que la regla de seguir la opinión de la mayoría era " la peor de las posibles, excepto...todas las demás". 

Y ya tenemos así el hombre al que su antiguo criterio de que sólo la convicción firme cuenta (con el riesgo de que la firmeza evolucione en dictadura) convertido en un demócrata.

La contradicción, decía, la contradicción que nos lleva desde la afirmación: "amar y proteger a los animales es amar aquello que nosotros mismos somos", a la afirmación " amar y proteger a los animales es prueba de lo que nos distingue de la mera animalidad".

 

 

[Publicado el 22/9/2020 a las 11:33]

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No es un arma


Es natural luchar contra el que se interpone ante uno, y en conformidad a tal naturalidad, es oportuno usar el arma más eficaz. Una araña no tiene excesivos escrúpulos cuando se trata de lo más útil para atrapar a su presa, ni la avispa para clavar su aguijón. En el extremo opuesto el toro o el león no dudan en emplear astas o garras contra quien quiere conquistar su territorio, o contra quien persiste en defender el propio.
 

Incluso tratándose del hombre, cuando el enemigo ataca, o cuando se trata de atacarlo, el fusil, la bayoneta o la granada se utilizan bajo legislación de un único criterio: la mejor relación entre gasto de energía propia y mal ocasionado al enemigo. Para sopesar un arma en un combate entre animales, ese animal que es el hombre incluido, no hay más que un criterio: su capacidad ante el arma ajena, su potencia a la vez defensiva y ofensiva.

Mas entonces, ¿por qué ese sentimiento profundo de desmoronamiento y vacío que se experimenta en tantas ocasiones, cuando aquel que está en combate, usa como arma las palabras? ¿Por qué cuando en presencia de un político que (movido por el objetivo de vencer a cualquier precio al enemigo) usa arteramente un discurso en el que falsifica los hechos de los que el otro es responsable, pasamos (¡desgraciadamente no siempre!) de experimentar vergüenza a dar libre paso a un "¡no! este tipo no!", que surge de lo profundo y que es efectivamente un gesto de repudio. ¿Por qué sentimos, y nos lo decimos (aunque quizás por prudencia no lo hagamos público) que quien así usa las palabras no es digno de contar entre la sociedad de los humanos? ¿Por qué en suma toleramos el uso de las armas, pero nos repugna percibir el uso del lenguaje como arma? La respuesta es que sencillamente el lenguaje no es un arma, o cuando menos no lo es en su esencia, aunque no esté excluido que pueda degradarse hasta ser utilizado como tal. Aspecto este que tiene un arranque:
Se empieza considerando en el lenguaje aquellos aspectos que lo homologan a un sistema transmisor de información, y poco a poco se lo va reduciendo a esta potencialidad menor suya. El lenguaje es meramente contemplado bajo el aspecto de su utilidad, y entonces se da casi inevitablemente un paso más: pues resulta que el lenguaje parece acentuar su potencia utilitaria, cuando es usado de forma falaz, cuando sirve a encubrir la realidad, ya sea una realidad natural o una realidad ella misma lingüística.

Entonces se abre la puerta a que el lenguaje sea valorado por el grado de eficacia de su condición de arma.

El malestar que experimentamos ante tal hecho procede de la certeza de que, a diferencia de los puñales y las garras, el lenguaje tiene otra función, indisociablemente cognoscitiva y simbólica, que nada tiene que ver con el uso del mismo ("a fortiori" con ese uso que es reducirlo a un arma) y que la activación de tal función equivale a la actualización de las facultades que nos singularizan en el seno del reino animal. Intento describir con un ejemplo el proceso de intervención del lenguaje que constituye un uso y abuso del mismo:
Asistimos a una crisis económica, una catástrofe natural o un problema sanitario generalizado, y constatamos que los responsables de organizaciones políticas que no están en el poder pulsan la dimensión de la calamidad, en la certeza de que la impotencia del gobierno para responder a la misma incrementa exponencialmente el descontento de la población, y por consiguiente las posibilidades de su derrumbe en los próximos comicios. Este provecho que la situación procura es consecuencia de hechos y relaciones de fuerzas objetivas, y todos somos conscientes de ello, sin que haya lugar a reproche.

Sin embargo, estimando que conviene cargar la suerte, el jefe de tal o cual partido de la oposición, pronuncia un discurso sobre-actuando en lo relativo a su sentimiento por las dramáticas circunstancias, insistiendo enfáticamente en el número de víctimas, y dejando entrever que la negligencia e ineptitud del gobierno rozan lo criminal. Desde el punto de vista de los hechos todo sigue igual: sabíamos que el calamitoso curso de las cosas favorecía a ese político y ahora le sigue favoreciendo. Y sin embargo algo en la trama ha cambiado y la escucha de su discurso produce esa espontánea aversión a la que antes me refería. ¿En razón de qué? Ha ocurrido simplemente que hemos pasado de los hechos a las palabras. Los hechos no son en sí un arma, pero se transmutan cuando el lenguaje se apodera de ellos; cabe decir que la calamidad se hace porosa a las palabras a fin de servir de arma.

El cartel anunciador "Escalón en arcenes" cuando vamos por una autopista, o "Cerrado domingos y festivos" en la puerta de un establecimiento comercial, son triviales ejemplos de que el lenguaje es un útil instrumento de comunicación, además comunicación en principio verídico: hay efectivamente un desnivel peligroso en el borde de la carretera, y si acudimos al establecimiento el día de navidad lo encontraremos cerrado. Pero se da un paso gigantesco (¡y catastrófico!) cuando se ve en esta potencialidad de servir de instrumento el aspecto esencial del lenguaje. Pues entonces, descubriendo que hay una utilidad incluso cuando la información que se transmite es falsa, la variable verdad/ falsedad pierde peso ante la variable, útil/inútil, útil literalmente como arma que facilita la defensa o la dominación.

En síntesis lo que constituye el elemento que nos especifica en el género de los seres animados y cuyo enriquecimiento debería en consecuencia constituir el fin último de nuestra práctica, se convierte en mero utensilio para otros fines, eventualmente sustituible si otras armas se revelaran más eficaces. Pues desde luego, si el objetivo es destruir al adversario, y con palabras no lo conseguimos ...el recurso a instrumentos más directos es siempre una tentación. Sin duda, la reflexión que precede se enfrenta a la siguiente objeción: ¿No es también el lenguaje un arma contra el error? Y sobre todo: ¿no es como mínimo en ocasiones un arma contra la mentira? Conviene quizás distinguir entre estos dos aspectos. Cuando se trata de un error el lenguaje no es utilizado, y por consiguiente no juega el rol de arma o instrumento. Cabría decir que cuando se aplica a desmontar un error, el lenguaje no tiene como adversario la reducción del lenguaje, pues cabe error en el respeto absoluto a la función del mismo. Por el contrario, cuando combate la mentira, el lenguaje lucha contra aquello que implica su directa instrumentalización...paradójicamente por un ser de lenguaje, es decir, el único ser que puede convertirse en su enemigo.

[Publicado el 11/9/2020 a las 15:53]

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En la catástrofe: estupor versus miedo


Sintetizo un presupuesto que he expresado en estas columnas en diferentes ocasiones:
Expresión de una rigurosa necesidad, la naturaleza se deja desvelar por la ciencia y permite que la técnica lleve al acto sus potencialidades, pero no se deja en absoluto violentar por esta última. En suma: no hay peligro alguno de que la técnica modifique a la naturaleza en lo esencial. En lo profundo, la naturaleza no se deja conducir ni apaciguar, cabe decir que es implacable.

Cuando nada singular ocurre, la naturaleza es simplemente el marco en el cual nos movemos; estamos atentos a todo lo que en ella puntualmente nos concierne (la prolongación del calor en septiembre, permitirá adelantar la vendimia o seguir yendo a la playa), pero vivimos ajenos a la esencia de la naturaleza misma, a esa implacabilidad a la que me refería.

 

Sin embargo una manifestación inesperada hará inevitable que nos focalicemos en lo esencial, que salgamos de nuestra distracción. Así cuando los privilegiados ciudadanos romanos que gozan de sus villas en el entorno de la bahía de Nápoles, ven que se cierne sobre ellos la desconocida calima anunciadora de la interna combustión de la montaña, se apodera de ellos una emoción que a su vez tiene, en diversa proporción, dos componentes:
Por una parte el estupor o asombro (el thaumazein de los griegos), pues no sabían que la montaña encerraba un volcán; asombro que, nos dice Aristóteles, está en el origen mismo de la ciencia y la filosofía; por otra parte el temor (fobos ) ante esta sombra contaminante que envuelve sus bienes y sus vidas.

 

Hay entonces una reacción: las gentes huyen, atropellándose unos a otros sin pudor. El testigo romano de los hechos, Plinio el Joven, nos dice que en esas personas simplemente el miedo sólo combate contra el miedo.

Sin embargo el mismo narrador nos indica que hay una actitud que hace excepción: la de su tío, denominado Plinio el Viejo, quizás el mayor naturalista del mundo romano, quien, lejos de pensar sólo en ponerse a salvo, parece atraído por el fenómeno, como si fuera menos una amenaza que un reto y mira de frente la nube grisácea, pronto claramente negra, que se extiende por la bahía.

¿Carece Plinio el Viejo de miedo? En absoluto.

Simplemente, en su caso, el miedo tiene contrapunto en el asombro ante lo que pasa, y en consecuencia la razón que exige prudencia se equilibra con la razón que exige conocer. En aquellos a quienes el asombro no movía a saber qué estaba ocurriendo, la tormenta de ceniza y piedra sólo podía ser interpretada como una suerte de castigo; de ahí la reacción de pánico: "Muchos rogaban la ayuda de los dioses (...)Y no faltaban quienes con sus temores irreales y falsos, exageraban los peligros reales (...) todas esas noticias eran falsas peor encontraban quienes las creyesen."

Movidos por el miedo y la superstición, la huida hizo que muchos se salvaran. Movido por el estupor, Plinio el Viejo no huyó ante la calima, sino que quiso ver qué había detrás. Quiero creer que consiguió, al menos parcialmente, su objetivo, excluyendo que voluntad divina alguna hubiera intervenido y llegando a conjeturar que la montaña encerraba un hasta entonces desconocido magma interior.

Conjetura alcanzada ciertamente a un alto precio, que estaba dispuesto a asumir. Plinio el Joven escribe: "Su cuerpo fue encontrado intacto, en perfecto estado y cubierto por la vestimenta que llevaba: el aspecto era más bien el de una persona descansando que el de un difunto".

 

[Publicado el 03/9/2020 a las 11:21]

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Biografía

Victor Gómez Pin se trasladó muy joven a París, iniciando en la Sorbona  estudios de Filosofía hasta el grado de  Doctor de Estado, con una tesis sobre el orden aristotélico.  Tras años de docencia en la universidad  de Dijon,  la Universidad del País Vasco (UPV- EHU) le  confió la cátedra de Filosofía.  Desde 1993 es Catedrático de la Universitat Autònoma de Barcelona ( UAB), actualmente con estatuto de Emérito. Autor de más de treinta  libros y multiplicidad de artículos, intenta desde hace largos años replantear los viejos problemas ontológicos de los pensadores griegos a la luz del pensamiento actual, interrogándose en concreto  sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Esta preocupación le llevó a promover la creación del International Ontology Congress, en cuyo comité científico figuran, junto a filósofos, eminentes científicos y cuyas ediciones bienales han venido realizándose, desde hace un cuarto de siglo, bajo el Patrocinio de la UNESCO.

Ha sido Visiting Professor, investigador  y conferenciante en diferentes universidades, entre otras la Venice International University, la Universidad Federal de Rio de Janeiro, la ENS de París, la Université Paris-Diderot, el Queen's College de la CUNY o la Universidad de Santiago. Ha recibido los premios Anagrama y Espasa de Ensayo  y  en 2009 el "Premio Internazionale Per Venezia" del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti. Es miembro numerario de Jakiunde (Academia  de  las Ciencias, de las Artes y de las Letras). En junio de 2015 fue investido Doctor Honoris Causa por la Universidad del País Vasco.

Bibliografía

  
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Enlaces

Información sobre el Congreso Internacional de Ontología.

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