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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 24 de junio de 2017

 Blog de Patricio Pron

La literatura después de la literatura / "La parte soñada" de Rodrigo Fresán

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Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) es, y esto lo sabe bien el lector, el autor de una de las obras más inmediatamente reconocibles de la literatura en español; aunque a esa obra se le han puesto ya numerosos rótulos ("pop", "posmodernismo", "metaliteratura"), ninguno parece más apropiado que el de "postliteratura": desde Jardines de Kensington (2005), su extraordinario tour de force por la vida de James Mathew Barrie y decenas de otras vidas más, y en adelante, Fresán ha ido profundizando en dos tendencias contradictorias (y, sin embargo, y como es evidente, perfectamente funcionales en su trabajo) que convierten su trabajo en un ejemplo de "literatura después de literatura": una mayor artificiosidad, que inscribe deliberada y explícitamente cada nueva obra suya en una serie explorada con fruición y morosidad, y, al mismo tiempo, una nostalgia de la literatura, que en los mundos ficcionales de Fresán se corresponde con un estadio de inocencia infantil o un pasado pretecnológico.
 
Al abandonar progresivamente el plot o peripecia como recurso vertebrador en beneficio de formas más laxas y digresivas de construcción novelística, Fresán ha añadido a sus textos un pliegue o doblez cuyo tema es la necesidad de la ficción y la imposibilidad de que ésta continúe produciendo sentido; en Jardines de Kensington y en El fondo del cielo (2009), pero especialmente en el díptico conformado por La parte inventada (2014) y La parte soñada (2017), el autor argentino ha puesto en escena estrategias manifiestamente autoconscientes de producción textual que, dada su naturaleza (notas a pie de página, variaciones tipográficas, polifonía, listas, puesta en escena de la figura del narrador, ejercicios de reescritura, citas), parecen dar cuenta de una ansiedad ante el agotamiento de las formas tradicionales de producción literaria al tiempo que la convicción de que es necesario inventar nuevos modos de narrar, ante la presunción simultánea de que narrar es innecesario o imposible.
 
La parte soñada pone de manifiesto esa certeza recurrente en la obra reciente de su autor. Vista principalmente como nostalgia o reservorio del que extraer referencias, símiles o comparaciones que "llenan" el tiempo de vida pero están incapacitadas de producir sentido, para Fresán la literatura parece ser un sueño del que ya hemos despertado (y cuyo reverso pesadillesco es aquí "IKEA", el escritor latinoamericano que escribe lo que supuestamente le corresponde escribir al escritor latinoamericano y es, por consiguiente, la nada literaria, manifestándose); y sin embargo, su obra demuestra que el supuesto agotamiento del proyecto cultural de una literatura que sirviese de repositorio de ideas acerca de lo que somos y deseamos ser es paradójicamente productiva (todavía): está en el origen de libros que, como La parte soñada, afirman que vivimos en tiempos en los que sólo se puede callar, pero lo dicen estentórea, desafiantemente, sin dejar ni un solo resquicio al silencio.
 
 
Rodrigo Fresán
La parte soñada
Barcelona: Literatura Random House, 2017

[Publicado el 10/3/2017 a las 13:30]

[Etiquetas: Rodrigo Fresán, Novela, Literatura Random House]

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La verdadera vida de los escritores / Una conversación con Rodrigo Fresán (y 2)

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Vladimir Nabokov (1899-1977) /

Rodrigo Fresán: Ah, sucedió lo que temía: ha saltado al ruedo la palabrita/palabreja: autoficción. O Literatura del Yo. Cosa que a mí no me interesa tanto a no ser que abarque a escritores del tipo vitalista. London y Hemingway y Bukowski, como bien dices, los beatniks y el por ahora olvidado (tal vez porque su contundente y pionera realidad molesta a la hora de armar teoría presente y novedosa) y alguna vez muy en boga, Henry Miller. Modelos todos que, de algún modo, preanuncian la mística movediza de los rockers; donde persona/personaje acaban siendo lo mismo y donde a menudo, con una cierta desesperación, se acude al alias (la banda del Sgt. Pepper, Ziggy Stardust, The Village Green Preservation Society, Renaldo, etcétera) para, pienso, intentar mediante una ficción evidente recuperar cierta realidad acaso perdida para siempre. Me pre/ocupa mucho menos el asunto como moda o estética. Acabo de terminar la nueva novela de Ben Lerner, 10:04. Y está muy bien a solas; pero se resiente un poco en compañía (no porque muchos de ellos no sean excelentes escritores) de, últimamente y no tanto, Philip Roth, J. M. Coetzee, Paul Auster, Enrique Vila-Matas, W. G. Sebald, Dave Eggers, Guadalupe Nettel, Joan Didion, Aleksandar Hemon, Édouard Louis, Geoff Dyer, Karl Ove Knausgård, Lena Dunham, Javier Cercas, Sheila Heti, Tao Lin, Antonio Muñoz Molina, Teju Cole, César Aira, Rachel Cusk, Marcos Giralt Torrente, Edward St. Aubyn, Sergio Del Molino, Will Self, Milena Busquets, Bret Easton Ellis, Michel Houellebecq, Hanif Kureishi y siguen las firmas. En lo que a mí se refiere, en La parte inventada nada me interesó menos que autoficcionalizarme: lo que hay de mí allí (que, de acuerdo, es bastante pero no es un reflejo fiel) me sirve como trampolín para lanzarme de cabeza al estanque de tiburones de lo que nunca fui ni seré. De ahí que jamás comprendiese la fascinación/boom/admiración/moda por el simple (y en realidad sencillo, tan sencilla como resulta una polaroid enfrentada a un retrato) recurso de la radiografía microscópica y hasta el último detalle del tumor. Allí, Knausgård como casi escaneador de su realidad. Ok, tal vez esté bien escrito; pero lo de Proust me parece una aventura más apasionante y meritoria. O, para no irnos tan lejos, lo de St. Aubyn. Tanto para el autor como para el lector. En lo personal, leyendo o escribiendo, a mí me atrae mucho más la distorsión que la precisión. El mejor ejemplo probablemente sea el del cada vez mejor y más inmenso Vladimir Nabokov. Lo que Nabokov hace con Nabokov en La verdadera vida de Sebastian Knight, en La dádiva, en esa autobiografía alternativa/novelada que es ¡Mira los arlequines! y hasta en las elipsis y lagunas de esa magistral y majestuosa memoir selectiva que es Habla, memoria. No me interesan los autores que van con la autoficción por delante, como ariete en el campo de batalla, teniendo claro perfectamente dónde está el frente de combate. Me gusta más la autoficción cuando se presenta más bien desorientada, como Fabrizio del Dongo en las orillas de Waterloo, al principio de La cartuja de Parma. De ahí que prefiera las maniobras de los ya mencionados Irving y Roth y Vonnegut y, más recientemente, de David Gilbert en & sons, una de las mejores novelas "con escritor" (más salingeresca que salingeriana) de los últimos tiempos y que, ojalá, alguien traduzca pronto. A la hora del escritor como personaje, prefiero lo que hace Salinger con los cuentos de los Glass, donde el verdadero héroe acaba siendo no el iluminado Seymour sino Buddy, el hermano que refleja la luz del otro. O -tal vez la cima más alta en lo que hace a la literatura "escritoreada"- los relatos "con escritores" de Henry James. Está pendiente, pienso, una antología de James que reúna nada más que a todos sus relatos con maestros escritores, con aprendices de escritor, con escritores fantasmas. James -como Kafka, a quien has mencionado oportunamente- es, a la hora de la autoficción, un vitalista de polaridad negativa. Un hombre quieto que todo lo ve. Siempre pensé que la lectura de su cuento "La vida privada" debería ser obligatoria para todo aquel que un día carraspea y levanta la mano y anuncia al mundo que cuando sea grande, o menos pequeño, quiere ser escritor. En él, pienso -así como en tantos otros, como en "La edad madura" donde se postula aquello tantas veces citado de "Trabajamos en la oscuridad, hacemos lo que podemos y damos lo que poseemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra tarea. El resto es la locura del arte." Pero, me parece, nos estamos poniendo demasiados solemnes y va llegando el momento de divertirnos un poco. Y de desnudarnos bastante. Pregunta: ¿cuál escritor de ficción es el que más se te parece o al que te gustaría parecerte? ¿Y qué biografía de escritor extrañas y esperas? Tú primero, yo después...
 
Patricio Pron: ¡Qué pregunta, R.! Responderla supone exhibir la disonancia entre lo que uno quisiera ser y lo que (inevitablemente) es. Sin embargo, voy a responderla así: pese a que jamás he padecido el problema (y toco madera al respecto, o beso una imagen de la virgen de San Nicolás o de la que tan bellamente llaman "Desatanudos"), mis escritores favoritos son siempre los "bloqueados", no solo los "reales" (entre ellos Francis Scott Fitzgerald y William Faulkner, que debieron su bloqueo parcial y/o total a Hollywood, donde, como se sabe, "un escritor es un primer borrador de ser humano"), hasta los "ficcionales", como el magnífico Barton Fink de la película homónima, el protagonista de Que no muera la aspidistra, de George Orwell, que intenta sin éxito terminar un poema épico que describa un día en Londres, y el profesor bloqueado de la novela de Michael Chabon Chicos prodigiosos, también filme de Curtis Hanson. (Acerca del tema hay un capítulo en cierto ensayo reciente titulado El libro tachado, anónimo o de autor desconocido.) Por lo demás, si tuviera que escoger solo a uno, elegiría a Bruce Gold, el escritor y profesor torpe, priápico y fatuo que desea acceder a una posición de preeminencia a la que nunca accede por decenas de motivos, incluyendo una amante descerebrada, una madre adoptiva loca, un padre abusador y, por supuesto, él mismo. No mucho de esto se parece a mi vida cotidiana, pero la reacción de Gold, que es de solitaria y muy estoica desesperación, podría ser la mía.
 
(Al margen de esto, coincido totalmente con la reivindicación de Henry Miller y Vladimir Nabokov, y parcialmente con tu lista, de la que yo quitaría mucho y a la que agregaría a Alejandro Zambra y a Julián Herbert: pero ya se sabe que las listas solo existen para que uno no esté de acuerdo con ellas.)
 
Rodrigo Fresán: de adelante para atrás: añado a Zambra y a Herbert. Hecho. En cuanto a quitar, Patricio, yo soy de los que les gusta mezclarlos a todos y que se maten entre ellos. Y que gane el más fuerte (que, ay, en muchos casos no tiene por qué ser el mejor). En lo que hace a biografía faltante (punto que, veo, has eludido u olvidado) me interesaría una buena biografía de Harold Brodkey. Escritor al que se considera un triunfal fracasado y que -aseguran quienes lo conocieron- era insoportable al punto de asegurar que todos lo plagiaban, incluyendo Sean Connery a la hora de hacer de padre de Indiana Jones. Así, el desmesurado "fracaso" de Brodkey a mí me resulta estilísticamente mucho más interesante que el triunfo de, por ejemplo, Raymond Carver, cuya biografía (excepción hecha de las partes en las que Gordon Lish lo corta y recorta a medida, como si fuese su monstruo frankenstiano) se me hizo aburridísima. Y, por supuesto, estaré primero en la fila para comprar la biografía de Philip Roth a cargo de Blake "Yo Miro Debajo de Todas las Camas y Piedras" Bailey (quien, por cierto, ha publicado no hace mucho una memoir dolorosa e interesante sobre su hermano caído). Y, ah, celebro tu invocación del Bruce Gold de Joseph Heller. Heller es un escritor del que todos sus personajes -incluyendo al rey David y al piloto de combate Yossarian- son escritores aunque no escriban. Lo que, poniéndonos pronísticos, nos llevaría al concepto de escritor tachado más que bloqueado. El escritor que se tacha antes incluso de bloquearse. Y por si te interesa: no hace mucho leí un ensayo donde se revelaba -con argumentos verosímiles- que ni Fitzgerald ni Faulkner la habían pasado mal en Hollywood y que, en realidad, se habían dedicado, con gran inspiración, a hacérsela pasar mal a sus sufridos inspiradores.
 
Coincido con tu simpatía por el Grady Tripp de Michael Chabon, que no es otra cosa que la versión feroz y descarrilada de -ya lo mencioné- mi favorito entre los modelos imaginarios: el doméstico y padre de familia, y cada vez más lento frente a su máquina de escribir, T. S. Garp de John Irving. Me gusta Garp -quien tuvo la desgracia de ser representado en el cine por el insoportable Robin Williams- porque posee la dosis justa de malditismo. Es un desgraciado, de acuerdo, pero también es una excelente persona. Confío en que se nos recuerde así... Y eso es interesante a la hora de la representación de todo escritor ficticio: no hay escritores angélicos y/o generosos. Los escritores por definición son seres más bien egoístas, solipsistas, siempre en primera persona del singular. Esto se aprecia aún más claramente en las buenas películas "con escritor". Mencionaste a Barton Fink, quien jamás se detiene a escuchar la "gran historia" que tiene para contarle su vecino de habitación hotelera y asesino en serie. Pero ese egoísmo también está presente en el Antoine Doinel de las películas de François Truffaut, en (de nuevo Irving) el escritor infantil inmejorablemente retratado por Jeff Bridges en Una mujer difícil, en el seductor patológico y sci-fi de 2046, en el Joseph Mitchell interpretado por Stanley Tucci de El secreto de Joe Gould en el homocatástrofe (ya mencionado) Grady Tripp, en el anciano monumento soñador en la Providence de Alain Resnais, en el vencido Marcello de La dolce vita, en el resentido de Una historia de Brooklyn, en la bohemia tontuela del chico de Betty blue y -muy sutil y especialmente- en el que para mí es uno de los escritores mejor actuados de todos los tiempos: Paul Benjamin (William Hurt) en Smoke, de Wayne Wang & Paul Auster. Allí se muestra con perfecta y regocijante precisión la soledad de un escritor y lo que ese escritor está dispuesto a hacer para que dejen sola a su soledad, por favor, ¿sí? Para ir despidiéndonos, se me ocurre algo tremendo (y espero que no suceda nunca y que, de ocurrir, aparezca después de muerto; por suerte la tradición biográfica en nuestro idioma es muy pobre y su compulsión investigativa más bien limitada: sería terrible que alguien se pusiese a verificar nuestras mentiritas pronunciadas en festivales y mesas redondas y presentaciones y bares como única parte interesante de, me consta, vidas más bien poco ocurrentes desde un punto de vista aventurero; no, no somos ni London ni siquiera Garp, quien acaba asesinado por una fanática feminista). No sé si lanzar la pregunta, pero aquí voy: de publicarse una biografía mía, ¿qué parte buscarías a pie de librería para leer ahí mismo? Tratándose de Pron, como escritor-escrito, a mí me gustaría mucho retroceder hasta tus días fríos y alemanes, ya escritor édito, pero en una especie de limbo expectante a la espera que comience el stage 2 de tu carrera. Me gustaría saber -mientras me despido y te dejo la tarea de bajar el telón- si allí, proyecto de académico, estuviste tentado más de una vez de dejar de escribir y convertirte en un maestro à la Grady Tripp...
 
Patricio Pron: Qué bueno que mencionas a Harold Brodkey y a Raymond Carver (me gustan ambos por razones distintas), Una mujer difícil y Betty blue: de esta última no recuerdo nada excepto la belleza inquietante de Béatrice Dalle; de hecho, de Betty blue no recordaba siquiera que hubiera un escritor en ella, pero ahora recuerdo que lo había y que ese escritor devenía uno cuando por fin tenía algo acerca de lo que escribir, que era la esquizofrenia de su novia, demostrando (una vez más) que los escritores somos unos cerdos y unos desalmados.
 
A modo de adelanto de la biografía que espero que nadie escriba nunca, y para ahorrarte el importe de la compra, te confieso que mi "único" plan en Alemania era dejar de ser escritor, harto como estaba de mí mismo y de los libros que había escrito hasta ese momento; recuerdo esos años como unos en los que fui feliz de forma muy distinta a como lo soy ahora, unos años en los que cada atardecer señalaba la hora de un triunfo personal sobre el deseo y/o la necesidad de escribir, que veía como un vicio o como un infortunio; cuando finalmente volví a hacerlo (es decir, cuando fracasé en mis esfuerzos por no ser un escritor: un fracaso más y esa convicción expresada en la pregunta habitual acerca de "¿Qué le hace una raya más al tigre?"), decidí hacerlo bajo premisas por completo distintas y eso lo cambió todo para mí, dando paso a lo que mencionabas antes como mi stage 2. Espero con curiosidad un tercero y un cuarto, convencido como estoy de que uno de los pocos privilegios de ser un escritor consiste en ser otro y otros con cada nuevo libro.
 
Al margen de esto, y a pesar de que (como sabes) no soy un gran fan de las biografías de escritores, no cabe duda de que me abalanzaré sobre la tuya cuando esta sea publicada, y lo haré por dos razones: la primera (obviamente: soy escritor), para ver qué se dice en ella de mí (el biógrafo futuro deberá dedicar un amplio espacio a esta conversación, que es lo mejor que tú y yo habremos hecho el día dos de marzo de 2015; y espero que su libro tenga un índice onomástico confiable y de fácil consulta); la segunda razón para leer tu biografía será volver a los momentos que están en el fondo de buena parte de tu trabajo y en algunos casos constituyen parte de la "leyenda Fresán": el nacimiento clínicamente muerto, la huida por los pelos de Argentina, las lecturas en el centro comercial Mata de Coco (en Caracas), los comienzos en el periodismo, la elevada suma de dinero que una antigua novia tuya te pidió por haber entorpecido involuntariamente su carrera, y que tú pagaste gustoso en virtud de que solo se trataba de la mitad de los ingresos obtenidos con Historia argentina, el viaje a Guadalajara en el que conociste a Ana, la pérdida del primer borrador de Mantra, la escritura del segundo, el nacimiento de Daniel, la escritura del que será tu próximo libro. Quizás algunos de esos momentos sean inventados (me consta, sin embargo, que Ana y Daniel son la otra parte que no es "la parte inventada" de tu biografía), y es posible que esto irrite a algunos lectores. A mí, en cambio, me gustará saber que lo son, ya que nunca he entendido por qué razón a un escritor se le debería exigir capacidad de engaño en la ficción y honestidad fuera de ella. Ni siquiera entiendo qué separaría a esa ficción de lo otro y por qué eso "otro" sería preferible para algunos. Escribir escritores es (también) insistir en que no hay nada fuera de la ficción y que la vida de los escritores también es ficticia. ¿Quién dijo, por otra parte, aquello de que "la realidad no existe y el sentido de la literatura es demostrarlo"? Un placer conversar contigo, como siempre.
 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Ciudad de México y Madrid, 4 de mayo de 2015.]

[Publicado el 31/7/2015 a las 11:15]

[Etiquetas: Rodrigo Fresán, Disidencias]

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La verdadera vida de los escritores / Una conversación con Rodrigo Fresán (1)

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El escritor estadounidense James Purdy (1914-2009) /

John Irving escribió en un prólogo a El mundo según Garp que "la novela trata de un novelista, aunque casi ninguno de sus lectores recuerda que sea así". Garp (de Irving), David Copperfield (de Charles Dickens), Moses E. Herzog (de Saul Bellow), Grady Tripp (de Michael Chabon), Nathan Zuckerman (de Philip Roth) y José García (de Josefina Vicens) forman parte de un linaje literario particular: escritores escritos por escritores. (Advertencia: en esta conversación la repetición del sujeto "escritor" y del verbo "escribir" es completamente consciente.)
 
Cuando Rodrigo Fresán tenía ocho años leyó David Copperfield y Martin Edén, y descubrió que "¡se podía ser escritor y también protagonista!". Para Patricio Pron "los escritores fueron personajes misteriosos durante mucho tiempo", hasta que los Diarios de Kafka y la obra de Bohumil Hrabal confeccionaron su manual personal del escritor. De manera íntima y erudita, estos dos autores hablan de la literatura con escritores como personajes de ficción, de las biografías (y autobiografías) de escritores; desmenuzan la obra de Nabokov y ensayan sobre la autoficción (y sus figuras predominantes, quienes han elaborado algunos de los proyectos literarios más ambiciosos del panorama editorial actual: Karl Ove Knausgård, Philip Roth, J. M. Coetzee, Paul Auster, Geoff Dyer, César Aira, Michel Houellebecq, Hanif Kureishi...).
 
Esta conversación es a la vez una lista de libros, de cuentos y de filmes indispensables para perfilar la figura del escritor así como un ejercicio de dos escritores cuya reflexión apunta hacia los lindes de la realidad y la ficción. (Texto de la redacción)
 
 
Rodrigo Fresán: Siempre me gustó y me sigue gustando el título de un libro tuyo, La vida interior de las plantas de interior. Título que a más de uno le parecerá caprichoso pero que a mí se me hace inevitable y muy comprensible: al ser una recopilación de relatos donde abundan los escritores, me parece tan inspirada como precisa la idea del escritor como planta de interior. Nunca animal doméstico pero sí especie vegetal que no interactúa demasiado con lo que la rodea pero, aún así, modifica -o decora, o perfuma- su entorno. Especie vegetal que ve para sí misma, en la suya y por la suya. Cuando era un niño -y ya quería ser escritor; y no quería ser jugador de fútbol, ni presidente, ni bombero, ni Batman- ya apreciaba la idea de la literatura (de la lectura y de la escritura) como una forma de soledad inmejorablemente acompañada. No sé si ese fue tu caso... Ni siquiera sé si te fascina la figura del escritor -más allá de sus virtudes, más como personaje que como persona- y en realidad todavía estás intentando ser Messi, otro rosarino, como tú. ¿Messi es rosarino, no?
 
Patricio Pron: Así es, Rodrigo, Messi es rosarino y, de hecho, no creció muy lejos de donde lo hice yo, aunque sus prioridades eran, evidente (y desafortunadamente para mí) muy distintas a las mías; si no lo hubiesen sido, estaría en este momento tratando de tirar de la institución más proclive al suicidio que existe en el fútbol mundial y él, hablando contigo. (No es necesario que agregue que, en realidad, la segunda opción es la que me parece mejor y más divertida.) Por lo demás, mi relación con la literatura, o mi relación infantil con la literatura, fue distinta a la tuya, creo, debido a la conformación de la biblioteca de mis padres, que comprendía casi exclusivamente libros de autores extranjeros y ensayos políticos: los escasos libros de autores argentinos (el Martin Fierro, por ejemplo, del que he sido y creo que sigo siendo un entusiasta) habían sido escritos en el pasado, y los escritores me parecían algo que a) pertenecían al pasado; o b) tenían lugar fuera de Argentina. Quizás haya que atribuirle al segundo malentendido el hecho de que yo me haya ido del país para ser escritor: el primero cayó por su propio peso cuando un día (recuerdo que era invierno y mis hermanos pequeños y yo estábamos merendando en la cocina de la casa) vi en la televisión a un escritor argentino "vivo", lo cual me pareció desconcertante. Era el peor escritor argentino "vivo" posible (Ernesto Sábato, por supuesto), pero eso no cambió demasiado las cosas; sí las cambió el hecho de descubrir que se podía ser un escritor argentino y estar vivo, pero todavía iba a tener que recorrer un largo camino hasta convertirme en uno y, por supuesto, hasta conocer a mis colegas y ser aceptado como un par.
 
En ese sentido, los escritores fueron para mí personajes misteriosos durante mucho tiempo, cosa que quizá no te sucedió a ti, pues creciste rodeado de ellos. ¿Qué recuerdas de eso? ¿Qué ve un niño en personas cuya actividad, desde una perspectiva infantil, consiste aparentemente en no hacer nada?
 
Rodrigo Fresán: Para mí fueron, también, personajes misteriosos. Pero menos misteriosos que Messi en el sentido de que pasaban seguido por casa y que eran gente bastante normal (pocas cosas menos interesantes que un escritor al que no le interesa especialmente parecer escritor, ¿no?). Mis padres eran el típico matrimonio -cuando estaban juntos, se separaron unas ocho veces, y tantas otras de parejas eventuales- de intelectuales porteños. Mi padre, además, diseñaba portadas -la primera que hizo, creo, fue para una novela de un escritor misterioso y perverso y raro y genial: James Purdy y su Malcolm, en la editorial Sudamericana- y más tarde diseñó artefactos basados en textos de Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Rodolfo Walsh era amigo de mis padres, García Márquez pasó por casa en su triunfal Discovery Tour al publicarse Cien años de soledad. Y mi madre fue pareja del legendario editor Francisco "Paco" Porrúa durante un tiempo. De ahí que mi infancia haya sido una infancia con bibliotecas gordas y escritores de estatura (en todo sentido) variable. De ahí también que -no recuerdo cuando lo decidí, sospecho que es marca de nacimiento y trauma provocado por muerte clínica durante el parto, y empezar por el final de la novela de mi vida- siempre quisiera ser escritor. Y el que esa decisión -anunciada a mis padres tempranamente- no significase algo conflictivo. "Va a acabar siendo periodista", habrán pensado, como único comentario tranquilizador para sí mismos. Después de todo, no había consultorio odontológico o bufete de abogados a heredar (cosa que lamento cada vez más; porque a esta altura, fatiga de materiales, no me disgustaría nada ser un muy dedicado "escritor de domingo" y tener tantos problemas solucionados). Pero, más allá de este romanticismo inmemorial -responsable, seguramente, de que mis libros siempre contengan por lo menos un escritor, rasgo a menudo señalado acusatoriamente por la crítica y hasta por buenos amigos como una tara o un tic-; sí evoco un momento conmocionante en cuanto a mi percepción de la figura del escritor. Debe haber sido a mis ocho años cuando, durante un verano patagónico, leí David Copperfield, de Charles Dickens y Martin Eden, de Jack London y Drácula, de Bram Stoker. Recuerdo la impresión que me causó descubrir que, en las dos primeras, los protagonistas, los "héroes", fuesen escritores de profesión. ¡Se podía ser escritor y también protagonista! Y que en la tercera de las novelas uno de los efectos más tóxicos del monstruo sea convertir en escritores desaforados e incontinentes a todos los que lo rodeaban: el vampirismo como el trance que obliga a alguien a ponerlo todo por escrito. Chupar sangre para transferir tinta. Y no: contrariamente a lo que dices, siempre me fascinó esa psicosis físico-mental del escritor: ese ser sedentario físico para poder convertirse en un nómada mental. Más allá de toda la tontería mística del Boom, Barcelona es una ciudad ideal para escritores porque incluye mar y montaña. Ergo: te exime de eso de andar pensando -sobre todo si naciste y viviste en Buenos Aires- en tener que salir en peregrinación hacia olas o bosques.
 
Patricio Pron: Me pregunto si lo que cuentas es envidiable o no; de hecho, se dice que lo mejor es no conocer a los escritores, asunto sobre el que podríamos discutir mucho sin llegar a ninguna conclusión definitiva. Acerca de esto que cuentas, sin embargo, me gustaría hacerte tres o cuatro preguntas: conociste a todos esos escritores magníficos (y a muchos más, como me consta), ¿has leído sus biografías y/o autobiografías? ¿Los has reconocido en ellas? ¿Te has reconocido en ellas, en tanto escritor? ¿Existe un "relato" estable y más o menos carente de variantes que vincule todas esas vidas narradas de escritores?
 
Rodrigo Fresán: Bueno, lo que te comentaba antes: lo que me interesó de David Copperfield y de Martin Eden es que, además de novelas, eran también autobiografías en código. Y, sí, siempre me fascinó el género bio-auto-biográfico en lo que hace a escritores. Hay escritores (Alan Pauls entre ellos) a los que no les interesa en absoluto. A mí me encantan las biografías y las autobiografías del mismo modo que me apasionan esas recopilaciones de ficciones en forma de diálogo que son las canonizantes entrevistas a escritores de The Paris Review en las que tanto y tan bien se miente, a posteriori, acerca de lo que apenas se intuye durante el durante... De hecho, hay ocasiones en que una buena biografía (pienso en firmas como la de Clarice Lispector o de Stefan Zweig, que no se ofendan sus fans) casi te exime de explorar demasiado la obra. Hay obras, en cambio, que son inseparables de la vida y vidas que son parte inseparable de la obra. Uno de los escritores del que más vidas he leído -Francis Scott Fitzgerald- es prueba incontestable de ello: la novela de su existencia tiene el mismo arco de un cuento de hadas. Éxito-Fracaso-Éxito después de la muerte. Es un tormentoso placer leerlas todas, aunque siempre me cuenten la misma historia. Y resulta imposible no relacionar al Gran Gatsby con el Pequeño Scott. Marcel Proust es otro caso de autoescritor de su vida. Lo mismo que las alucinadas y alucinantes hermanas Brontë. O John Cheever -la lectura tanto de sus magníficos journals y cartas, como de su biografía a cargo del obsesivo Blake Bailey fue para mí el más agrio de los dulzores, porque a nadie le gusta descubrir a su héroe como un cretino demasiado ocurrente- que ficcionaliza un territorio ajeno y lo reclama y lo hace suyo y lo recorre una y otra vez como catarsis para su dolor y sus secretos. Y las biografías de Bob Dylan -el espécimen sobre el que más he leído junto con Fitzgerald-, que siempre, inevitablemente, van a incluir algo nuevo y desconocido y formidable porque Dylan no deja de reescribirse. Los escritores que más y mejor he conocido todavía no tienen la biografía que se merecen y las que hay son parciales y defectuosas. Y no sé si me interesan o me interesarían tanto. Uno lee acerca de lo que no sabe, para saber. De ahí la constante frustración de toda nueva "reveladora" biografía de J. D. Salinger. Nada nos cuesta más que aceptar que no hay mucho más allí. Sí me interesa de todos ellos, tanto de los escritores próximos como de los distantes -y también eso es lo que me interesa de mucho de lo que llevas escrito, Patricio- el manejo ficcional que hacen de la figura del escritor para filtrar a través de ellos sus certezas y vivencias no ficcionales. Roberto Bolaño y Ricardo Piglia y Enrique Vila-Matas y Jorge Luis Borges son escritores, todos, que no podrían escribir de no contar con escritores. Y me rindo ante lo de Philip Roth y Kurt Vonnegut, que han colgado buena parte de sus escritos de los ganchos de escritores inventados pero reales como Nathan Zuckerman y Kilgore Trout, quienes -como los escritores de Borges- cuentan con su propia obra más allá de la de sus creadores. Una de las novelas "con escritor" que más me conmocionó en su momento -debía tener unos diecisiete años cuando la leí- fue la también criptoautobiográfica El mundo según Garp, de John Irving. Allí fue donde percibí por primera vez -yo, que ya era escritor privado pero aún no lo era en público- cómo podía llegar a ser la vida doméstica y cotidiana de un escritor, sus pequeñas/grandes miserias, y hasta cuál era el tipo de mujer que le convenía tener de pareja. No sé, Patricio, si tú tienes algún libro totémico en este sentido. Si recuerdas alguna novela de autoayuda que te haya resultado útil en cuánto al cómo se (des)hace un escritor. ¿Título? ¿Autor?
 
Patricio Pron: No me resulta fácil decirlo, Rodrigo; en buena medida debido a los problemas de memoria que ya conoces. Una historia personal y, por consiguiente, incompleta y caprichosa de la autoficción debería incluir de todos modos a los autores que mencionas y también a otros que tuvieron mucha importancia para mí, como Franz Kafka y Bohumil Hrabal: en el primero de los casos, porque los Diarios de Kafka son uno de los testimonios más brutales de cómo actúa y piensa un escritor en su soledad; en el segundo, por algo que parece habitual en la obra de Hrabal y es la pregunta acerca de cómo contar algo que es, en cierto sentido, inenarrable. Esa pregunta me parece una de las centrales del siglo XX, no en menor medida debido a que esos hechos inenarrables fueron numerosos a lo largo de ese siglo, y constituye lo que creo que unifica la lista heterogénea de los libros que me interesan, tengan como personaje a un escritor o no: todos ellos se preguntan cómo se narra, o (mejor aún) cómo se escribe un libro. No es, por supuesto, la pregunta que aparezca más a menudo en otros que me parecen igualmente importantes, como los de los autores beats (que para mí son imprescindibles, pero en los que el esfuerzo siempre estuvo depositado del lado de la construcción de la figura del autor más que de la obra), pero me parece central. En los casos más "felices" de escritura metaliteraria (algunos libros de Ricardo Piglia, otros de César Aira; los libros de Enrique Vila-Matas y algunos de Javier Marías, los de Bolaño, Soldados de Salamina de Javier Cercas, tus Jardines de Kensington y La parte inventada) responder a esa pregunta requiere tener a un escritor como personaje, pero en otros no es necesario (por el caso, yo he probado de las dos formas), ya que (en sustancia) toda literatura es autorreferencial de una forma en que no lo son la pintura ni la danza ni la música, por hablar de otras disciplinas, excepto en casos puntuales: en cierto sentido (y no sé si piensas lo mismo) todo libro trata acerca de cómo escribir un libro y todo escritor "narrado" incluye las instrucciones para ser un escritor.
 
[Termina el próximo viernes.]
 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Ciudad de México y Madrid, 4 de mayo de 2015.]

[Publicado el 29/7/2015 a las 11:00]

[Etiquetas: Rodrigo Fresán, Disidencias]

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"Me dicen que fue un sueño" / Una conversación con Rodrigo Fresán acerca de Adolfo Bioy Casares

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Ilustración de León Braojos.

RODRIGO FRESÁN: Para empezar por el principio, yo "descubro" a Bioy a eso de los once años, agotadas todas esas antologías mamotréticas y sobrenaturales que sacaba Bruguera. A mí me encantaban los cuentos de terror y de pronto me encuentro, en edición de Alianza Libro de Bolsillo, con algo que se titula Historias fantásticas de un tal Adolfo Bioy Casares. Aquí lo tengo. Uno de esos contados libros que han resistido mudanzas y décadas. Es decir, leo a Bioy antes que a Borges y a Cortázar. Y lo leo -como casi enseguida leería a Borges y a Cortázar, también en Alianza, siempre seducido por esas portadas de Daniel Gil- como a un autor "de género". (Entre paréntesis: cabe consignar que la argentina probablemente sea la única literatura cuyos autores canónicos se han apoyado todos en el género fantástico.) Y me deslumbra, primero, la originalidad clásica o el clasicismo original de sus tramas. Relatos como "En memoria de Paulina" (el único cuento de fantasmas que se molesta y preocupa en explicar la posibilidad terrena y viva de un espectro), "El gran Serafín" (con una entonces inédita y bucólica aproximación a la idea del fin del mundo que luego se hizo tantas veces, como en Melancholia de Lars Von Trier), "Los afanes" (donde Bioy descolla en eso tan suyo que es llevar lo tecnológico a los terrenos no del laboratorio sino del zaguán) y "Los milagros no se recuperan" (mi favorito, con ese fantasma discreto). Los cuentos de Bioy eran como versiones cercanas de los mejores capítulos jamás filmados de The Twilight Zone, pensé entonces. Después, enseguida, leo La invención de Morel y comprendo que Bioy va a ser un escritor que me va a acompañar toda la vida. Y la leo con un fascinante añadido: la leo por primera vez en Caracas, a donde yo y mi familia escapamos luego de recibir una cordial sugerencia de esa gente que solía conducir automóviles Ford modelo Falcon y de color verde. Y a lo que iba: en La invención de Morel, en sus últimas páginas, en un final que para mí está en el top-five en lo que hace a potencia epifánica de un adiós, el protagonista -del que no sabemos casi nada de su pasado-recuerda con emoción el himno nacional venezolano. Algo que, supongo, a un lector argentino en Argentina le produciría una extrañeza exótica ante lo desconocido. Para mí, que cantaba ese himno casi a diario en el colegio, fue como un guiño cómplice de alguien a quien aún no conocía personalmente pero al que ya sentía próximo y cómplice.
 
PATRICIO PRON: Una feliz coincidencia, ¿verdad? Yo no recuerdo cuándo lo leí por primera vez, pero es posible que antes de hacerlo haya sabido de su existencia como nota a pie de página de la obra de Borges, como escritor vivo a punto de dejar de estarlo y, por consiguiente, como sujeto de homenajes y de celebraciones. Ambas actividades me parecen las menos literarias que hay, así que es posible que mi primera impresión acerca de Bioy no haya sido positiva. Más tarde, por supuesto, lo leí, y la impresión cambió por completo, aunque, al igual que muchos, yo pensé o creí que Bioy escribía las novelas que Borges no podía o no deseaba escribir; es decir, novelas en las que el planteamiento primaba por sobre la emoción y la narración de una trama medianamente perfecta estaba por encima de la descripción. Esa impresión, pienso, todavía persiste en algunos y es una de las razones por las que Bioy recibe una atención inferior a la que merece, ya que sus libros sólo pueden decepcionar si uno quiere encontrar en ellos las novelas borgeanas que alguien nos ha prometido. Las novelas de Bioy me parecen, en ese sentido, mucho más afines a las de Roberto Arlt (con sus conspiraciones, sociedades secretas, saberes "bajos" y periféricos, a menudo en la periferia física, real, de la ciudad de Buenos Aires) que a los cuentos de Borges, donde el misterio se ve reforzado (o anulado, en los relatos menos conseguidos) por un gesto "orientalista" que vuelve a todo exótico, incluyendo a Argentina. Bioy, por el contrario, parece haber hecho siempre un esfuerzo por reprimir todo deseo de exotismo, como si su amabilidad con el lector lo obligase a no procurarle experiencias que no le resultaran naturales y propias. Pienso que en Bioy "amabilidad" es la palabra clave, con todo lo que tiene de generosidad pero también de condescendencia, y me pregunto si no crees que esa amabilidad es un obstáculo para leerlo hoy en día, en particular tras el triunfo de estéticas más confrontativas que ponen en entredicho lo que el lector sabe y el modo en que vive en lugar de reforzarlo.
 
RODRIGO FRESÁN Amable, sí. Es una buena manera de identificar y de clasificar a Bioy. Amable en el sentido más pleno y poderoso del término. A propósito de lo que comentas del Eje Borges/Bioy voy a decir algo que ya me trajo algún que otro problema. Es decir, voy a repetirlo y lo repito cada vez más seguro de mí mismo: a mí Bioy no solo me gusta más que Borges. Me parece mejor que Borges. Y, anticipando las pedradas y espumarajos en diversas bocas, me apresuraré a ampliar: Bioy se me hace un autor más completo que Borges porque me parece más feliz. Hay una felicidad en Bioy ("Cuando soy muy feliz escribo novelas", declaró Bioy) que también está en Cortázar y que no existe en Borges. Borges, en su perfección borgeana, siempre fue para mí como un circuito cerrado que no admite a nada ni a nadie y que acaba cayendo en la autoparodia. Bioy, en cambio, me parece más amplio, mucho más gracioso (lleno de gracia hasta en los formidables nombres y apellidos que escoge para sus personajes: ¡Nicolasito Almanza! ¡Tuquito!) y hasta experimental. Bioy no sólo escribe la que para mí es la novela argentina más formalmente perfecta dentro de un paisaje donde el cuento es el género rey y las grandes novelas nacionales tienden a lo atómico: El sueño de los héroes (que, entre otras cosas, desde un punto de vista genérico, cuenta la historia de una novela que no puede recordar el cuento de una sola noche en su núcleo). Bioy, también, es responsable de otras cosas que lo convierten en una especie de vanguardista camuflado de dandy: yo tiendo a creer que sin Bioy no hubiese existido Bustos Domecq. Ni Tlön. Borges jamás hubiese escrito un Bioy como el Borges de Bioy (journal totémico que, contrario a lo que piensan muchos, no es una puñalada traicionera sino un acto de amor; y ahí está, para el que lo dude, ese tramo final y conmovedor en el que Bioy se entera de la muerte de su camarada de camino a comprar el diario y recién comprende la certeza de "un mundo sin Borges" enfrentado a la primera plana). Hay una felicidad en Bioy que en Borges no existe (y que posiblemente sea consecuencia no solo de una posición acomodada sino de las muchas posiciones ensayadas por el escritor a lo largo y ancho de ese eufemismo à deux repetido por él y en el que sólo se precisa, imprecisamente, un "dormí una siesta"). Y finalmente está el Bioy más allá de Borges que es el Bioy de obras maestras como Diario de la Guerra del Cerdo o de Dormir al sol, o de divertimentos gloriosos como La aventura de un fotógrafo en La Plata, Un campeón desparejo y ese delirio final que es De un mundo a otro y en el que el astronauta protagonista llega a un planeta distante habitado por unos extraños pajarracos gigantes, se sienta en un bar y pide un sándwich de miga. Ahí, Bioy ya es más aireano que Aira. Lo que, supongo, para muchos cartógrafos letrados de nuestros país supone una complicación irresoluble o una complicación intratable del sistema. Y, por lo tanto, como sucede de un tiempo a esta parte, se opte por (des)ubicar a Bioy como nota a los pies de Borges, se lo acuse de burgués dilapilador de la fortuna familiar, y de bon vivant perezoso y de sátiro de etiqueta, y todos los infelices se quedan de lo más tranquilos y aliviados, ¿no?
 
PATRICIO PRON: Voy a dejar de lado tu propuesta de una reevaluación de la obra de Borges (que a mí también me parece necesaria, aunque por razones distintas) para pensar en Bioy como un predecesor de Aira. La afirmación es valiente, y probarla parece una tarea a la altura de la ambición de cualquier estudiante de doctorado, así que aquí queda registrada para su beneficio. Por mi parte pienso que, si hay algo de Bioy en Aira, esto es en virtud de los excesos de Bioy, que a menudo se comporta como un anfitrión que vaciase la nevera (o la heladera, por el caso) sobre nosotros: nos explica cómo se llaman sus personajes, de qué trabajan, qué ideas tienen sobre el mundo, cómo se justifican ante sí mismos. Este exceso perjudica a Bioy, pienso, al tiempo que no perjudica a Aira porque Aira es un autor paródico; Bioy, en cambio, siempre parece estar hablando "en serio" (aunque Dormir al sol también es una parodia en algún sentido). No quiero decir con esto que carezca de humor (de hecho, hay pasajes de humorismo absolutamente extraordinarios en su obra), pero su humorismo nunca propone la "repetición con distancia crítica" que es la parodia. Una vez más, en nombre de la amabilidad con el lector y de la felicidad (que es magnífico que la obra literaria provoque, y que la obra de Bioy provoca, aunque tal vez no sea el mejor estado para escribir), Bioy no pone en cuestión los valores de sus personajes: la misoginia, el culto a una heroicidad inconsistente y ciertas ideas en relación a la "hombría" que hacen que su obra parezca envejecida. Al mismo tiempo, hay algo muy moderno en la forma en que Bioy concibe la alteración de la realidad, a la que siempre justifica racionalmente en sus textos (en esto, pienso, se anticipó varias décadas a autores que después se aproximarían al fantástico de la misma forma que Bioy, por ejemplo en el cine estadounidense); pero mi impresión es que Bioy está, de algún modo, entre dos épocas, un poco a la manera de sus personajes. Pienso en los de El sueño de los héroes: viven en la periferia de Buenos Aires, acaban de llegar a la ciudad y comprenden que la moralidad campesina no les sirve para la experiencia urbana, pero tampoco han adquirido todavía la moralidad urbana, por lo que están a medio camino entre un mundo que se retrasa en nacer y otro que no acaba de morir. Me parece que Bioy, cuya existencia como escritor fue, además, particularmente larga (de 1929 a 1999), siempre estuvo fuera de lugar, quizás de forma deliberada: sus relaciones amorosas parecen haber sido difíciles (o, por lo menos, decepcionantes), la proximidad con Borges no le hizo posible abandonar un territorio perfectamente delimitado por los intereses y las lecturas de su amigo (nuevamente, la amabilidad de Bioy) y la adhesión a su clase social de origen le impidió tener ciertas experiencias vitales que podrían haber contribuido a la producción de su obra. Algunos de sus mejores textos tienen como trasfondo, por ejemplo, el carnaval, una práctica que parece haber caído en desuso en Argentina a finales de la década de 1960. ¿Cómo continuar siendo relevante como escritor sin caer del lado de lo remanente o de la nostalgia cuando las prácticas que se narran pertenecen al pasado? Bioy parece un buen ejemplo de lo que sucede cuando escribes para adherir a una serie de valores en vez de para transformarlos: cuando murió los valores de sus personajes se remontaban a un siglo atrás y sólo podían provocar en los lectores una curiosidad, digamos, antropológica. Quizás eso suceda todavía con muchos de sus libros. ¿El futuro de Bioy no es algo del pasado?
 
RODRIGO FRESÁN Es interesante eso que apuntas acerca de Bioy como fuera de su tiempo y de su espacio y hasta, de algún modo, de su clase social donde es, para muchos, una especie de escritor de fin de semana pero, fundamentalmente, un bueno para nada y, para usar una expresión muy bioyana, "un tiro al aire". En ese sentido, Bioy me parece que -como tanto escritor argentino- es un consumado y consumido extranjero. Siempre está en todas partes y en ninguna. Siempre en el más quietísimo de los movimientos. Y en la frontera entre una era y otra. Eso se ve en novelas como en Plan de evasión pero también en sus diarios de viajes y en relatos como "La trama celeste" o "Planes para una fuga al Carmelo". Y hay un momento de "Los milagros no se recuperan" que me parece definitivo y definidor: "El mundo era extraordinario, pero yo lo miraba sin ganas. No imagines que estaba demasiado triste; indiferente, nomás. El turista se saca a pasear; para eso hay que tener, siquiera, ilusiones (...) Varias veces por día había que adelantar o atrasar las agujas del reloj; por esos cambios de hora, y por el cansancio, llegué a sentir la irrealidad de todo, del tiempo, del tiempo y de mí mismo". Y esa íntima y privada lejanía también se aprecia en las constantes mutaciones de los hombres y de su hombría. Como en "La sierva ajena" y "Bajo el agua", donde un hombre se "salmoniza" en busca de la juventud eterna; y, sí, el paso del tiempo y el tropiezo de la vejez es otro tema fuerte en Bioy. En este sentido -y otra diferencia con Aira- lo de Bioy pasa por una constante melancolía. Y en Bioy -a diferencia de en Aira y de en casi buena parte de los escritores argentinos- la figura de la mujer es primordial. Lo que no quiere decir que Bioy sea precisamente un escritor feminista -o machista- pero que sí no tiene casi ninguna página donde las mujeres no sean decisivas o fatales. Y que, si bien no escribía para las mujeres, sí contaba con ellas y para ellas. A la hora de ir a entrevistarlo, había un secreto/truco para que todo saliese bien: si ibas solo te encontrabas con un Bioy apagado y monosilábico y que sólo quería que lo dejases solo; pero si ibas acompañado de una chica atractiva... ah... todo era fuegos artificiales e ingenio y gracia. Ahí, entonces, Bioy era muy feliz. De ahí también que su alegría y sus placeres sean de un signo diferente incluso cuando se lo lee y se los lee. En este sentido, a mí me parece muy reveladora de sus "motivaciones" esa Autocronología suya. Allí, Bioy recuerda -a la altura de 1918, cuatro años de edad- que "en una rifa gano un perro que se llama Gabriel. Al otro día no está en casa. Me dicen que fue un sueño". En posteriores entrevistas, Bioy señala a su madre como la orquestadora de esta, su primera e involuntaria aproximación a los territorios de lo fantástico. Desde entonces, la idea de la ausencia como su Gran Tema, ¿no? Toda La invención de Morel aparece organizada alrededor de esta idea. A un hombre -al héroe- le es obsequiada la sombra puntual de una mujer invocada por la prepotencia de una máquina histérica y decididamente hembra. Allí, el protagonista es testigo de algo que no entiende del todo y lo que queda de su vida lo sacrifica a la comprensión de este misterio. La mujer es sueño, el hombre es soñador. En la misma Autocronología -ahora es 1921- Bioy apunta: "Me explican: por las grietas que en cualquier momento se abren en la corteza del mundo, un diablo puede tomarnos de un pie y arrastrarnos al infierno. Lo sobrenatural como algo aterrador y triste". Para 1924 todo parece haber sido solucionado: "Las coristas, semidesnudas, me deslumbran. Sin dificultades pienso en las mujeres y olvido la superstición y los temores". Pero, también, las mujeres inspiran nuevas formas del espanto. En una entrevista que le hice en 1994, Bioy recordó sin ira pero con escalofrío: "Me acuerdo que una vez era tan terrible mi angustia que el portero de casa... Un hombre muy simpático que me inició en el amor por las mujeres. Me acuerdo que una vez yo estaba mirando juguetes y me dijo ‘ya sos un hombre, ya no te interesan los juguetes, ahora te interesan las mujeres'. Y yo, como un robot, me dirigí hacia las mujeres. Bueno, ese portero me llevaba a la sección vermut de los teatros de revistas (...) Un día sentí un terror indescriptible cuando ese portero, para hacerme reír, se me apareció vestido de mujer con un sombrero enorme. Fue terrible. Yo pegaba gritos de horror (...) Cuando llegó el amor yo descarté muchas cosas porque me la pasaba preocupadísimo y muy triste. Tardé en comprender la enseñanza de esos amores hasta que un día comprendí que me convenía tener más de una mujer, engañarlas para que ellas supieran que su situación no era tan segura y se esforzaran por ganarme para ellas. Tenía doce o trece años. Mis intenciones eran un tanto precoces pero las intenciones, no así los actos, siempre son precoces". Esta última afirmación me parece magnífica y puede ser trasladada a campos que trascienden a lo estrictamente sentimental o a lo simplemente amatorio.
 
PATRICIO PRON: Totalmente de acuerdo, Rodrigo: la frase es extraordinaria. También la anécdota del perro "soñado" que (coincidirás conmigo) es el tipo de situación que te convierte en escritor o en asesino en serie y a veces en las dos cosas. Bioy parece un escritor de antinomias: sueño/vigilia, realidad/apariencias, lenguaje "alto"/habla cotidiana (la alternancia de lenguajes "alto" y "bajo" en obras como El sueño de los héroes, donde el narrador es un esteta pero los personajes no lo son, hace que leer a Bioy sea, de a ratos, una experiencia bastante poco agradable, ya que la alternancia es "verdadera" pero no "verosímil") y toda su obra parece estar destinada a explorar los límites entre esos términos y cruzarlos regularmente. Pero vuelvo a lo que dices acerca de las intenciones para preguntarte sobre las polémicas en torno al Borges y cuáles pudieron ser las de Bioy al escribirlo. Mi hipótesis (pero que conste que no tengo ninguna forma de demostrarla, ¿eh?) es que se trató de una obra en colaboración, escrita deliberadamente a dos o a cuatro manos para que la posteridad supiera quiénes fueron Borges y (especialmente) Bioy; una obra pensada para ir más allá de la "amabilidad" y de las apariencias.
 
RODRIGO FRESÁN A mí, ahí, en Borges, los dos me recuerdan mucho a esos dos viejos colgados del palco del teatro en The Muppet Show. Y me parece que ese es un rol y una postura que no asume uno solo por más que sea uno solo quien toma notas. Por otra parte, me cuesta pensar y creer en que Georgie "Come en casa" Borges no estuviese al tanto de todo. Es como si Sherlock Holmes no hubiese sabido que Watson estaba redactando sus casos, ¿no? En lo personal, pocas veces me reí más con un libro entre las manos que, además, es muy útil para saber en qué andaban esos dos en el día de tu nacimiento. De una cosa estoy convencido, insisto: no es una traición sino una muestra de fidelidad acaso patológica; pero fidelidad al fin y al cabo.
 
PATRICIO PRON: Rodrigo, quisiera aprovechar los últimos minutos de esta conversación para hacerte una pregunta que no recuerdo haberte hecho nunca. Conociste a Bioy, lo viste a menudo a solas y en compañía de otras personas y lo entrevistaste en una ocasión u otra. ¿Cómo era Bioy en privado? ¿Cómo veía su obra al final de su vida? ¿Con remordimiento, con orgullo, con indiferencia?
 
RODRIGO FRESÁN Era un gran anfitrión. Sobre todo, como dije, si llegabas bien acompañado. Y era un gran conversador. No sólo sobre literatura. Ahora que lo pienso y lo recuerdo, no hablaba mucho de lo suyo. Eso sí, parecía saberlo todo sobre los demás y lo de los demás; pero lo manifestaba con elegancia. En lo personal, y para mí fue un gran elogio, fue el único entre mis lectores que se dio cuenta de que él mismo era el narrador del primer relato de La velocidad de las cosas. Una vez fui a entrevistarlo junto con Fito Páez y la conversación tuvo tramos antológicos, como cuando Bioy se demoró en preguntarse y responderse acerca de si los fantasmas se cepillaban los dientes. Lo visité más seguido en sus últimos tiempos y me acuerdo mucho de una vez en la que, temblando, me dijo que le daba mucho miedo morirse porque "es algo que nunca estuvo en mis planes". Lo vi por última vez -fui a visitarlo luego al hospital donde falleció, pero no admitían visitas- poco antes de morirse. Tuve la previsión de ir acompañado de Ana, con quien me casaría a la brevedad en México (y quien no dudó en comentarme que si Bioy tuviese unos pocos años menos se fugaba a donde fuera con él y sin pensarlo demasiado) y el hombre estaba exultante y hasta jugueteó con la idea de viajar a Guadalajara y ser nuestro padrino de boda. Pero no pudo ser, está claro. Bioy -y Stanley Kubrick- murieron durante mi luna de miel. Dos de mis ídolos máximos. Mal signo, pensé. Pero aquí estamos todavía, con Ana, juntos, toco madera. Meses antes, durante mi última visita a su departamento de la calle Posadas, Bioy ya estaba en silla de ruedas. Y, en el momento de la despedida, insistió, como caballero que era, en acompañarnos hasta la puerta. Ana se ofreció a empujársela; pero yo le dije en voz baja que, como había una enfermera, tal vez no convenía entrometerse en el protocolo establecido para estas cosas. A lo que Bioy, que tenía un oído privilegiado, volteándose en la silla, lanzándome una mirada fulminante a mí y una sonrisa encandiladora a Ana, comentó: "Fresán, a esta altura de mi vida lo único que puede concederme su futura esposa es el empujarme la silla de ruedas. No me prive también de eso".
 
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, septiembre de 2014.]

[Publicado el 10/10/2014 a las 11:30]

[Etiquetas: Adolfo Bioy Casares, Rodrigo Fresán, Jorge Luis Borges]

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Preguntas (X) / Acerca de Rodrigo Fresán

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El escritor argentino Rodrigo Fresán. Crédito de la imagen, desconocido.

1- ¿Te gusta o te interesa lo que escribe Fresán? ¿Por qué? (Esta y otras preguntas fueron enviadas por Walter Lezcano para un artículo en el periódico Tiempo Argentino acerca de la nueva novela de Rodrigo Fresán, La parte inventada. Buenos Aires, mayo de 2014.)

Me gusta y me interesa la obra de Fresán, aunque llegué a esa obra tarde, en buena medida debido a los prejuicios que en algún momento existieron acerca de su autor y que (creo) ya no existen, posiblemente debido a que por fin ha comenzado a ser leído como lo que es: una parte fundamental de la literatura argentina de los últimos veinte años.

2- ¿Cuál te parece que el lugar que ocupa Rodrigo Fresán en la literatura argentina actual?

No creo que los escritores ocupen ningún "lugar", ya que la literatura no es una guerra de posiciones. Si ese lugar existe, posiblemente sea tan sólo como fundamentación del inmovilismo literario que afecta a tantos autores. Fresán, por el contrario, entra y sale de la literatura argentina y vuelve a entrar y esa es una demostración de que pertenece a la tradición específicamente argentina del escritor argentino que vive "afuera" y, por consiguiente, actúa como puente entre varias tradiciones literarias nacionales, subvirtiéndolas y enriqueciéndolas al mismo tiempo.

3- ¿Considerás que su estilo, sus temas, en fin, su literatura tuvo o tiene algún tipo de influencia sobre los nuevos narradores?

Muy posiblemente; de hecho, tuvo una influencia en mí, como seguramente la tuvo en cualquier aspirante a escritor que haya tenido los ojos abiertos por entonces y todavía los tenga. Para comprender el tamaño de la revolución propuesta por Fresán habría que llevar a cabo el ejercicio (absolutamente desmoralizador, por otra parte) de regresar a la prensa cultural del momento de su aparición como autor y ver qué escritores y qué temas caracterizaban la literatura de la época. Que esos escritores y esos temas ya no la caractericen es un mérito de Fresán y de otros autores de su generación, y creo que deberíamos estarles agradecidos por ello, porque lo que había antes (con ciertas excepciones, por supuesto) era pésimo, realmente penoso. Nadie se acuerda, pero era terrible.

4- El hecho de vivir en España, ¿genera algún tipo de repercusión especial de sus libros? Como si al vivir allá se pudiera hablar de una suerte de consagración. ¿O esto es un simple espejismo de esta parte del mundo?

No lo creo: de hecho, vivir en España no es un ningún tipo de consagración para nadie, menos aun para un escritor argentino, ya que la capital de su (nuestra) literatura nacional se encuentra en Buenos Aires. Además, para vivir en España no se requiere ningún mérito literario: solamente un visado en regla y una cierta tolerancia a la ingesta de alimentos fritos durante varias horas. Nuevamente, hay una tradición de escritores argentinos que viven o han vivido "afuera", y rechazarla equivale a imaginar una literatura sin decenas de escritores magníficos, Fresán entre ellos.

[Publicado el 19/5/2014 a las 12:15]

[Etiquetas: Rodrigo Fresán, Preguntas]

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Rodrigo Fresán contra el final de la literatura / "La parte inventada"

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Algunos años atrás presencié una conversación entre el escritor argentino Rodrigo Fresán y un puñado de jóvenes autores latinoamericanos en el marco de la cual Fresán fue cuestionado por su deseo explícito de escribir "una gran novela". Años después, y en el contexto de una literatura latinoamericana deliberada y mayoritariamente "ingrávida", carente de peso y de ambición (también de trascendencia), aquella conversación adquiere el carácter de un momento importante ante la enorme ambición de La parte inventada, en la que aparece ficcionalizada ligeramente y como la manifestación de unos tiempos francamente malos para la literatura, pero tampoco mejorables.
 
La parte inventada es la primera novela de Fresán desde El fondo del cielo, publicada en 2009. Su tema es el destino de la literatura en una época de superficialidad y subordinación a una industria del entretenimiento de la que la literatura es un apartado dificultoso y poco redituable; su tono (inevitablemente) es funerario. La novela tiene como protagonista a El Escritor, alguien que conoció cierto éxito algunos años atrás y que decide desaparecer. Su desaparición (cuyas motivaciones sólo se conocen en extenso en la última sección de la novela) es considerada desde diferentes perspectivas que corresponden a las siete secciones del libro (las cuales, a su vez, responden a los que serían los "únicos" siete temas de la literatura según algunos) y que dan cuenta de los intereses y las preocupaciones habituales de Fresán: una infancia frágil caracterizada por la soledad y la acechanza de un peligro inminente, la vocación como una decisión infantil (que El Escritor toma aquí cuando consigue librarse de morir ahogado), la familia como la caja de resonancia de los peligros del exterior más que como un refugio (en La parte inventada, unos Karma que parecen los antecedentes disparatados de los Mantra de la novela homónima de 2001), la literatura del siglo XIX como cumbre máxima y ejemplo a imitar, el azar, las vidas de los escritores como espejos deformantes, la necesidad de desaparecer, de dejarlo todo atrás para ser uno con la obsesión y con la literatura, el interés por la ciencia ficción (que conecta este libro con el anterior El fondo del cielo), la enfermedad, la memoria sentimental de discos y libros cuya significación es tanto estructural como subjetiva (y el homenaje a los maestros: Pink Floyd, Bob Dylan, The Kinks, John Irving, Kurt Vonnegut, William Burroughs, Francis Scott Fitzgerald, etcétera), la amistad (que siempre se articula en torno a un interés común, a menudo literario, que condena a algunos y salva a otros), el amor, el final de la literatura.
 
A pesar de esto último, en la novela hay una vitalidad y una ambición extraordinarias que refutan el diagnóstico (recurrente en el libro) de que la literatura estaría viviendo su final: Fresán ha escrito una novela de una potencia tal que permite pensar que esta sobrevivirá (a las especulaciones editoriales, a la proliferación de textos y de autoridades que se produce en la Red y a un tiempo cuyos escritores parecen haberse resignado a la producción de pseudoliteratura para pseudolectores) si textos como este continúan siendo escritos. La parte inventada es una novela excelsa en la que se alternan una joven loca, la hermana de El Escritor, que afirma haber bebido la leche de una vaca verde y haber sido embarazada por su novio en coma; un joven que realiza un documental sobre la desaparición de El Escritor y desearía ser escritor él también para seducir a La Chica; un amigo de El Chico que escribió una obra genial y muere al escuchar un chiste de surrealistas; un viejo amigo de El Escritor que, entre el arte y la vida, escoge la vida y a su hijo; el propio Escritor, que exhibe una libreta de apuntes que es como su propia vida: una sucesión de falsos comienzos y de argumentos inacabados. Nada ligero, nada ingrávido para aquellos lectores a los que la literatura interesa al tiempo que desalienta: una ambición decimonónica puesta al servicio de la escritura de una novela rabiosamente contemporánea.
 
La parte inventada ofrece al lector de Rodrigo Fresán lo que este espera y un poco más: la acumulación de noticias dispersas, la digresión deliberada que determina que la narración avance mediante la sucesión de escollos, la superposición de elementos de la cultura pop y la alta literatura, el humor melancólico, la prolepsis, el ensayismo literario como recurso narrativo (y nadie piensa la literatura estos días como Fresán), etcétera. A todos estos elementos, su nueva novela suma algo poco habitual en la obra del escritor argentino radicado en Barcelona: una rabia y una resolución que faltaban en sus libros anteriores. En La parte inventada (566 páginas) no hay nada innecesario; su extensión es la que su autor requiere para hacer algo muy difícil en estos tiempos: demostrar que la literatura es aquello que convierte nuestra vida en algo más que una agotadora preparación para la muerte, en la única parte de ella que tiene "alguna estructura, alguna belleza" para algunos de nosotros.
 
 
Rodrigo Fresán
La parte inventada
Barcelona: Literatura Random House, 2014

[Publicado el 18/3/2014 a las 10:20]

[Etiquetas: Rodrigo Fresán, Novela, Literatura Random House]

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Un mundo disfuncional y convulso y tierno

 


Unos diez años suelen bastar para morigerar nuestros mayores entusiasmos literarios, aunque algunas obras requieren incluso menos tiempo para ello. A exactamente diez años de la primera publicación de Mantra, la novela de Rodrigo Fresán, el efecto que produce su lectura en esta edición ampliada y corregida es exactamente el opuesto, y esto por muchas razones, que quizás podamos resumir en dos.

La primera es que el texto de Fresán irrumpió en su momento como una manifestación tan singular de libertad y de radicalidad creativas que el impacto de esa irrupción no parece haber remitido todavía. A pesar de que algunas de las tendencias que Fresán inauguraba en la narrativa argentina con la escritura de Mantra (el fragmentarismo, la discontinuidad y la recurrencia al diccionario entre los principales) caractericen buena parte de la literatura producida durante la década siguiente a su aparición, Mantra parece ahora no solamente anticipar esa literatura sino también superarla, al punto que la relectura de la novela provoca la impresión de que nos encontramos ante un texto radical de aquí y de ahora y no de hace diez años[1], la asimilación de cuyo impacto en la literatura contemporánea aún está pendiente.

La segunda razón por la que Mantra parece haber mejorado en ese período es que, de alguna manera, el texto nunca ha dejado de crecer, y sus prolongaciones no sólo se han extendido a los textos que su autor escribió a continuación (las magníficas Jardines de Kensington y El fondo del cielo), sino también, retrospectivamente, a obras anteriores de Fresán como Historia argentina y Vidas de santos, que el escritor reescribió parcialmente para darle cabida a los miembros de la familia Mantra. Así, el efecto que produce la segunda lectura de Mantra es ligeramente distinto al que producía su primera lectura, ya que la segunda ratifica que los Mantra (más aun que el James Matthew Barrie de Jardines de Kensington) son la mejor expresión del mundo disfuncional y convulso y tierno de toda la obra de Fresán.

En ese sentido, es significativo que la novela escogida para acompañar la reedición de Mantra sea Esperanto, publicada originalmente por Tusquets en 1995. En su nota final, Fresán la llama "un milagro dentro de mi obra", pero la afirmación es parcialmente incorrecta: Esperanto no es un milagro en la obra de Fresán (y, por lo tanto, tampoco una desviación o una excentricidad), sino la demostración más evidente de que el narrador al que habitualmente recurre el escritor argentino (omnisciente, digresivo, excéntrico, tarado por una enfermedad o por el consumo de drogas, perifrástico, desordenado) se recuesta en la mayor parte de los casos en una estructura muy estudiada, que Fresán desdibuja deliberadamente para sus lectores. En Esperanto se trata de ocho días de una semana, de domingo a domingo, en una estructura circular puesta al servicio de la historia de Federico Esperanto, un músico argentino de rock desconectado de su musa y deprimido cuya primera mujer fue desaparecida, su hija se ahogó por una negligencia suya y su segunda mujer se ha vuelto loca.

Esperanto es una novela sólida y lograda; leída tras la de otras obras de Fresán (e incluso después de la multiforme Mantra) arroja, sin embargo, la impresión de que los seis años que mediaron entre la publicación de la primera y la de la segunda de estas novelas fueron fundamentales para su autor, que perfeccionó y radicalizó su estilo en ese tiempo y encontró la mejor expresión para su mundo caótico y tierno en la familia Mantra: el verdadero tema de ese libro, que trata sobre la memoria como enfermedad, de la ciudad de México como una mancha voraz que resume las principales pesadillas urbanas de Latinoamérica, como algo extremo e impredecible que resulta de un barroco nuevo en donde los medios de comunicación y la literatura (finalmente, el narrador muerto de la segunda parte del libro escribe un diccionario y mira el pasado, el presente y el futuro en un televisor), tienen más importancia que los relatos orales o lo que sea que determinaron la emergencia del barroco latinoamericano de autores como Alejo Carpentier; que el verdadero tema de Mantra es, digo, la celebración de su estilo.

En contrapartida, Esperanto ofrece una visión del escritor que Fresán podría haber sido de no haber mediado todo lo que sucedió desde el momento en que publicó ese libro por primera vez: una mudanza, la transformación en un escritor ineludible de la escena hispanoamericana, su catalogación de las principales angustias de la cultura contemporánea, la consagración en Francia, Jardines de Kensington, El fondo del cielo y Mantra, las novelas que Esperanto anticipaba parcialmente pero que, leídas ahora y a partir de Mantra, son aun más fascinantes e incómodas de lo que lo eran en el momento de su publicación. A diez años de la de la última de ellas, Fresán las corrige y las amplía (por fin los lectores podremos leer la letra "r" del diccionario Mantra y conocer el destino breve y desopilante del único Papa que dio la familia mexicana) y demuestra que ambos libros se niegan a pertenecer al pasado de los lectores: por el contrario, que son las anticipaciones de un futuro posible para la literatura.

 

Rodrigo Fresán
Esperanto
Edición corregida y aumentada
Barcelona: Mondadori, 2011

Rodrigo Fresán
Mantra
Edición corregida y aumentada
Barcelona: Mondadori, 2011

 

[El próximo viernes: Una portada para Augusto Monterroso, cita]



[1] Un ejercicio de arqueología literaria que no haremos aquí consistiría en buscar un periódico de hace diez años y comparar Mantra con las obras en torno a las cuales se articulaba la discusión sobre literatura y libros en ese momento: el ejercicio sería tan pertinente para caracterizar la importancia de la novela de Fresán allí y entonces tanto como para sacar algunas conclusiones muy interesantes sobre aquí y ahora.

[Publicado el 29/6/2011 a las 11:26]

[Etiquetas: Rodrigo Fresán, Novela, Mondadori]

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"Best of" 2009: Narrativa (y II)

El papel de mi familia en la revolución mundial, de Bora Ćosic (Trad. Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek. Barcelona: Minúscula, 2009): "Mamá tendió la camisa de papá en el baño. Desde arriba, de las mangas empapadas, chorreaba el agua como un chaparrón. El abuelo preguntó: ‘¿Tengo que coger el paraguas mientras cago?' [...] Papá gritó: ‘¿Hasta cuando va a durar este estado de guerra?' El tío dijo: ‘¡Voy a hacer unos andamios para circular por la casa!' Yo pregunté: ‘¿Estamos en un teatro?' Mamá dijo: ‘¡Vais a ver, un día me encontraréis en el granero, colgando de una cuerda!'" (9) Un niño narra la vida cotidiana de su familia a lo largo de los años. Esta vida cotidiana es absurda y carece de todo sentido y de a ratos es terriblemente cómica. Sin embargo, sobre esa comicidad se recorta la tragedia balcánica: las situaciones absurdas, las contradicciones y la confusión de los protagonistas son el producto de los cambios ideológicos y políticos que, a menudo a la manera de un desgarramiento, han tenido lugar en la región. El papel de esta familia en la revolución mundial es ínfimo al mismo tiempo que absoluto; ínfimo en virtud de que ni el niño que narra ni su familia tienen la más mínima capacidad de decisión acerca de lo que les sucede, y absoluto porque esa revolución ha sido hecha, supuestamente, para ellos y en su nombre. "Todo esto sucedió de manera increíblemente confusa; fue un gran barullo, pero fue así. Así o aún peor" (151).

El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán (Barcelona: Mondadori, 2009): El 2009 ha sido el año de Fresán. A la publicación ampliada de su fundacional libro de relatos Historia argentina (Barcelona: Anagrama, 2009) se le sumó la aparición de esta novela, que venía a suceder a la extraordinaria Jardines de Kensington (2003). ¿Qué estuvo haciendo el escritor en los seis años que median entre uno y otro libro? Muy probablemente decenas de cosas; una de ellas, el estudio de una humanidad al borde de sí misma. El fondo del cielo es la historia de una mujer que renuncia a la amistad y al amor de Isaac Goldman y Ezra Leventhal, dos primos aficionados a la ciencia ficción que al crecer escogen caminos opuestos, y al hacerlo los salva y salva nuestro mundo. "Tal vez [...] los libros sean organismos extraterrestres. Seres que nos abducen y nos llevan a otros mundos, a mundos mejores, a mundos tanto mejor escritos que el nuestro" (195), afirma la narradora. El fondo del cielo le da la razón.

Kurze Geschichte von der ewigen Liebe [Breve historia del amor eterno], de Szilárd Rubin (Trad. Andrea Ikker. Berlín: Rowohlt, 2009): Kleine Geschichte [...] es la historia de un amor fou de ribetes sadomasoquitas cuyo verdadero tema es la recuperación de la juventud tras el final de la guerra por parte de una generación a la que, sin saberlo, ésta le había sido hurtada irremediablemente. Que la obra haya sido olvidada durante cincuenta años -su publicación en Hungría tuvo lugar originalmente en 1963- no debe ser atribuido a una falta de calidad estética; por el contrario, Kurze Geschichte [...] es la obra de un virtuoso (Budapest, 1927), pero su estilo moroso y de una gran plasticidad y su tema, una historia íntima en el período de los grandes relatos políticos, debe haberle hecho aparecer como una rara excepción contra corriente que sólo pocos lectores podían disfrutar; ahora, cuando ese tipo de prejuicios ya no existen y al imperio de una estética oficial le ha sucedido la diversidad como norma, Kurze Geschichte [...] puede comenzar a ser valorada en su justa medida. Kurze Geschichte [...] fuera comparado con El gran Meaulnes de Henri Alain-Fournier y El gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald.

La lista, por su naturaleza misma, es incompleta. Entre los libros que aquí faltan están Un guión para Artkino, de Rodolfo Enrique Fogwill (Cáceres: Periférica, 2009), y Opendoor, de Iosi Havilio (Madrid: Caballo de Troya, 2009). Por otra parte, la concesión del Premio Nobel de Literatura 2009 a la escritora alemana de origen rumano Herta Müller deparó este año a los lectores hispanohablantes la posibilidad de descubrir obras como La bestia del corazón (Trad. Bettina Blanch Tyroller. Madrid: Siruela, 2009) y La piel del zorro (Trad. Juan José del Solar. Madrid: Siruela, 2009), sobre las que hablaremos en el futuro, pero la lista de alemanes de 2009 debe incluir también la serena y bella nouvelle Minuto de silencio, de Sigfried Lenz (Trad. Christian Martí-Menzel. Madrid: Maeva, 2009).

El desternillante Por su propio cuento. Un españolito en obras, de John Lennon, auténtica proeza de traducción de Andy Ehrenhaus (Barcelona: Global Rhythm Press, 2009) y la muy interesante Crónica de viaje de Jorge Carrión (Mataró: Edición de autor, 2009) completan el panorama arbitrario de un año de edición cuyo momento cumbre fue la publicación por primera vez en español de Los demonios, la extraordinaria novela del austríaco Heimito von Doderer (Trad. Roberto Bravo de la Varga. Pres. Martin Mosenbach. Barcelona: Acantilado, 2009), de la que también hablaremos en el futuro. Más que el final de un año, que es un hecho meramente estadístico, el lector debería celebrar que en ese año tuvo la oportunidad de encontrarse con todos estos libros y con otros con los que yo no supe dar. Una buena lista -que completa aquí Javier Calvo, con quien coincido en cinco títulos y disiento en tres, otorgando el beneficio de la duda a los restantes- que el lector puede completar a su placer.

[Publicado el 17/2/2010 a las 10:17]

[Etiquetas: Bora Ćosic; Rodrigo Fresán; Szilárd Rubin]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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