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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 21 de noviembre de 2017

 Blog de Patricio Pron

Un diario al margen de la revolución / "La insurrección en Dublín" de James Stephens / Prólogo

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Por Matías Battistón *

La escena es famosa y confusa. El historiador irlandés Fearghal McGarry la reconstruye así: al mediodía del 24 de abril de 1916, lunes de pascua, treinta miembros del Ejército Ciudadano Irlandés se dirigen al Castillo de Dublín, el complejo de edificios donde late el centro administrativo y simbólico del gobierno británico. Están pertrechados con revólveres, rifles, escopetas. Alguna que otra pista les indica que la gente en la calle no los termina de tomar en serio. "Tira corchos", les gritan cada tanto.

Cuando llegan a la entrada al castillo, la reacción de James O'Brien, oficial veterano de la fuerza metropolitana de policía, no es muy distinta. Desarmado, solo, impasible, O'Brien extiende el brazo para bloquearles el ingreso. Es ahí cuando Seán Connolly -conocido actor amateur, joven padre de familia, empleado público a la vuelta de la esquina del Castillo, en el City Hall- levanta su rifle y le descerraja un tiro en la cabeza. O'Brien, la primera víctima del levantamiento, sigue de pie por algunos segundos antes de desplomarse al suelo.

Los demás rebeldes, azorados, vacilan y entran corriendo al patio del predio. A los tiros, revientan los vidrios de una sala cercana -donde seis guardias rodeaban tranquilos una cacerola de guiso lento-, arrojan una bomba casera que al final nunca estalla, y no tardan en reducir a los soldados y maniatarlos con sus propias polainas reglamentarias.

A pocos metros de distancia, Ivon Price, jefe de inteligencia del ejército británico, está reunido con el Subsecretario de Irlanda, Sir Matthew Nathan, y el Secretario de la Oficina de Correos, Arthur Norway, para discutir el desarme y la supresión del Ejército Voluntario Irlandés, aparentemente al borde de la sublevación. "¡Ya empezaron!", advierte Price de inmediato al oír los disparos. Sin pensárselo dos veces, saca su revólver y se abalanza al patio central del predio, donde comienza a tirar contra los intrusos. Lo más probable es que Price fuera el único oficial armado de todo el complejo.

Hasta el día de hoy, nadie sabe muy bien cómo es posible que los rebeldes no hayan podido tomar el Castillo. "No podría haberles resultado más fácil", comentaría Price más tarde. El periódico The Irish Times atribuyó el hecho a los reflejos rápidos de uno de los guardias, que habría logrado cerrar el portón justo a tiempo. Un empleado postal Un diario al margen de la revolución que vio lo sucedido afirmó que los rebeldes parecían haberse asustado por un portazo, que confundieron con un disparo. Helena Molony, una de las dos mujeres que participaron del asedio, admitió que muchos de los hombres ni siquiera se decidían a entrar.

Característicamente, estaban más seguros de la importancia de lo que hacían que de lo que estaban haciendo. Podría decirse que, de algún modo, la confusión, la violencia y la falta de previsión de ese primer ataque encapsulan todo el alzamiento. En retrospectiva, la morosidad del gobierno británico para poner fin a las actividades de los Voluntarios Irlandeses parece igual de incomprensible que la vacilación de los Voluntarios en el Castillo. "Que las autoridades permitieran que un grupo de revoltosos sin respeto por la ley fueran entrenados y armados abiertamente, y se equipararan con un arsenal de rifles y explosivos, es una de las cosas más asombrosas -declaró William Martin Murphy ante la Comisión Real, encargada de investigar la revuelta- que podrían suceder en un país civilizado fuera de México".

Cerca de una hora después de ultimar a O'Brien, el mismo Seán Connolly pasó a ser, en un acto de simetría casi burda, la primera víctima rebelde, cuando lo alcanzó un francotirador británico en el techo del City Hall. Para entonces, varios edificios clave de Dublín ya habían sido tomados, y el levantamiento quizá más decisivo de la historia de Irlanda se iba imponiendo, ante un pueblo incrédulo, como una realidad.


II

Si incluso algunos de los líderes del levantamiento, como The O'Rahilly, se enteraron casi sobre la hora de que la rebelión iba a llevarse a cabo, no es del todo extraño que James Stephens, poeta, novelista y empleado público, ni siquiera lo sospechara. En el trayecto entre su casa en Fitzwilliam Place y su oficina en la Galería Nacional de Irlanda, en lo que para él era hasta entonces un día como cualquier otro, Stephens pasa por uno de los focos principales de resistencia rebelde, St. Stephen's Green Park (el "Green"), y descubre, casualmente, que la ciudad se alzó en armas.

Ajeno a las dos coordenadas típicas del relato testimonial (estar en el lugar indicado en el momento justo, estar en el peor momento en el lugar equivocado), La insurrección en Dublín es un diario en primera persona que refleja cómo vivió el Alzamiento de Pascua la mayor parte de los dublineses en el centro de la ciudad: sumidos en un total desconocimiento de lo que realmente sucedía.

Declarado el estado de sitio, sin periódicos, sin medios de comunicación, la gente queda librada a sus propios recursos para conseguir el más mínimo dato que le permita interpretar el caos que la rodea. ("La barbarie es mayormente la ausencia de noticias", observa Stephens al quinto día). La noticia es reemplazada por el rumor. Y el diario documenta, entonces, no lo que pasa, sino lo que se dice que está pasando. Vagos, muchas veces contradictorios, los rumores trazan en este libro una especie de línea paralela a la historia oficial, un compendio de versiones que forman un extraño poliedro de verdades a medias, esperanzas y temores. Es una muestra ejemplar de rumorología. Stephens por momentos genera la impresión de que para ser un cronista brillante solo se necesita no estar bien informado.

Las escenas que describe, a menudo fragmentarias, minúsculas, siempre dejan entrever un drama oculto o una arista cómica inesperada en medio de la balacera. Paula Meehan publicó hace algunos años un poema titulado "Them Ducks Died for Ireland" [Esos patos murieron por Irlanda], en el que, basándose en la documentación oficial del parque, habla de las aves que murieron en St. Stephen's Green por el fuego cruzado durante el levantamiento. Como en el caso de esas anátidas víctimas de la independencia, James Stephens comenta, por ejemplo, la suerte de los caballos del ejército inglés, vapuleados o degollados por los rebeldes, pero acariciados y protegidos con palos y piedras por las vecinas del barrio.

Este tipo de pormenor microhistórico convive con otros de carácter anecdótico o infraordinario, a veces de orden personal. Stephens no se limita a decir que hubo saqueos: precisa que los saqueadores preferían las tiendas de golosinas. No se limita a indicar que el levantamiento lo toma desprevenido: añade que justo entonces estaba pensando en aprender a tocar el dulcémele.

Es difícil pasar por alto su ambivalencia ante la revuelta. Nacionalista militante, Stephens siempre tuvo la mayor de las admiraciones por el coraje militar -de hecho, lo único que impidió que se uniera al ejército en su juventud fue su altura: medía un metro cuarenta y siete descalzo, exactamente lo mismo que la Lolita de Nabokov-, pero la violencia, en la práctica, más allá del gusto por la acidez verbal, no lo atrae. En varias partes del diario nota la fascinante reticencia de la gente en la ciudad a declararse a favor o en contra de los Voluntarios. Durante la semana entera, sin embargo, él se guarda su opinión con idéntico cuidado y de un modo igual de fascinante.

En el epílogo al diario, escrito poco después del Alzamiento, Stephens intenta explicar sus causas y posibles consecuencias, separando con admirable lucidez las hipótesis simples, lógicas y convincentes de las que son, por el contrario, sencillamente ciertas. Es un momento bisagra, tenso, en el que la opinión pública está a punto de dar un vuelco decisivo. La ejecución de los líderes rebeldes por parte de Gran Bretaña, unida a su burda seguidilla de arrestos masivos y condenas en teoría ejemplares, terminará ganándose la indignación de Irlanda y transformando a los líderes en mártires.

Ya Patrick Pearse (quien posiblemente no haya disparado un solo tiro en todo el levantamiento) había escrito en "La revolución que se avecina", un artículo publicado en 1913, que "el derramamiento de sangre es algo que purifica y sacraliza". El lector atento notará que en ningún lugar dice que esa sangre necesariamente sea la ajena.


* Matías Battistón ha traducido más de treinta títulos de literatura de habla inglesa y francesa desde 2013 para diversas editoriales independientes en Argentina. En 2016 fue becado por el Trinity Centre for Literary Translation en Dublín, donde impartió seminarios para la Maestría en Traducción Literaria de Trinity College, y en 2017 fue elegido para participar en el Programa Looren Latinoamérica, en Zúrich. Entre otros, ha traducido a Samuel Beckett, Gustave Flaubert, James Joyce, Roland Barthes, John Cage y Édouard Levé. Este prólogo forma parte de La insurrección en Dublín de James Stephens (Trad. y Pról. Matías Battistón. Buenos Aires: Godot, 2017).

[Publicado el 07/11/2017 a las 10:30]

[Etiquetas: James Stephens, Matías Battistón, Ediciones Godot, Testimonio, Prólogo]

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Acerca de los "Diarios tempranos" de José Donoso / Escribe Cecilia García-Huidobro / Cita

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No se sabe exactamente cuándo empezó Donoso a escribir los diarios.
 
Probablemente haya sido en su viaje a Punta Arenas en 1945, a los veinte años. Pero el primero de ellos que se conserva, rotulado por él mismo como «A», es de 1950 y lo escribió durante su estadía como estudiante en la Universidad de Princeton, a donde llegó gracias a una beca de la Doherty Foundation que le ayudó a conseguir Inés del Río, doña Momo, la madre de su amigo Fernando Balmaceda.
 
Está escrito en su mayor parte en inglés y, entre otras cosas, elabora bocetos para lo que serán los dos primeros cuentos que publicó, en una revista de la universidad, MSS, «The Poisoned Pastries» y «The Blue Woman», y otros que nunca publicó, como «Tea» o «Maundy Thursday». Había varias revistas en Princeton y MSS intentaba abrirse camino gestionada por los propios estudiantes.
 
Así lo relata Robert Keeley, compañero y amigo de Donoso además de director de la publicación, en un texto que publicó tras la muerte del escritor: MSS Revisited. Para financiarla decidieron vender suscripciones, y en ello Pepe desplegó todo tipo de estrategias, desde instalarse con una mesa a venderlas hasta hacer puerta a puerta a los alumnos en sus dormitorios. Según Keeley, «el elemento más efectivo de su capacidad de venta era su persistencia, su habilidad para convencer a cautelosos estudiantes de años superiores que según él cometerían un grave error si es que la rechazaban. Generalmente se invitaba solo a la pieza, sin preguntar; tomaba posición en algún asiento desocupado y daba la impresión de que no podía irse de la residencia hasta que le colaboraran. Un dólar no es tanto dinero cuando se necesita para conseguir paz y calma. De esa forma José vendió más de doscientas suscripciones, mucho más que todos los demás miembros de MSS juntos. Alcanzamos un total de trescientas cincuenta y decidimos continuar» (Keeley, 1998).
 
Una experiencia que debe haber sido muy útil cinco años después cuando publicó su primer libro, Veraneo y otros cuentos, autoedición que financió recurriendo a un sistema semejante de venta anticipada para conseguir el dinero que le permitiera pagar la impresión. Era uno de esos pocos momentos en que Donoso veía confluir su vocación literaria con esa atracción por lo socialité que siempre lo acompañó, ya que de la venta participaban sus amigos, familia y toda una red de contactos de esa clase social que su obra se ocupó de retratar descarnadamente. Su primera novela, Coronación, siguió el mismo camino de comercialización. Aunque la publicó la editorial Nascimento, le entregaron 700 ejemplares como derecho de autor, con la salvedad de que debía venderlos de manera informal. Nuevamente se activó la red.
 
[...]
 
Me pregunto cómo interpretar el hecho de que el primer cuaderno de Donoso fuese en realidad un notebook. ¿Es casualidad? ¿Usó el inglés como exploración de un lenguaje propio, como máscara encubridora? ¿Sencillamente porque se encontraba en Princeton?
 
Puede ser que esa lengua no fuera precisamente un exilio para él, como pudo haber apostado inicialmente. El desplazamiento vital de Donoso no parece emerger del dilema de en qué lengua escribir.
 
Si lo tuvo, lo despejó pronto. En cualquier caso, el idioma estuvo siempre entre las inquietudes de nuestro autor. En 1970, por ejemplo, apunta en su cuaderno: «Quizás si hallara en español un ejemplo de escritor que influyera en mi estilo, como Virginia Woolf influye en inglés, sería fácil. Pero [es] evidente que soy poco sensible al idioma español y su belleza. Daría mi vida por escribir en inglés. Pero tampoco puedo» (Cuaderno 43, Universidad de Princeton). A lo mejor en sus estadías en Buenos Aires había leído a Oliverio Girondo, a quien también en algún momento le incomodó el castellano y llegó a decir que «hasta Darío, no existía un idioma tan rudo y maloliente como el español» (Girondo, 2014: 82). Como fuere, lo suyo serán las mudanzas, la impostura, la usurpación. El trasvasije de una lengua a otra, de una lectura a muchas.
 
No volvería a escribir en inglés en los casi cincuenta años que mantuvo el diario, aunque solía, al igual que en la conversación, salpicar sus textos de expresiones y frases en ese idioma. Los escribirá en español y los mantendrá casi hasta su muerte el año 1996. La última entrada es de noviembre de 1995, aunque ya se habían espaciado mucho: hay un solo registro ese año y casi no hay de 1994, en cambio en 1993 escribe bastante, sobre todo durante su estadía en Washington.
 
 
Del "Prólogo" de Cecilia García-Huidobro a:
José Donoso
Diarios tempranos. Donoso In Progress, 1950-1965
Cecilia García-Huidobro (Ed.)
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2016
Pp. 20-22

[Publicado el 11/11/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: José Donoso, Cecilia García-Huidobro, Citas, Prólogos]

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"El Cristo de la rue Jacob" de Severo Sarduy / "Prólogo" de Alan Pauls / Cita

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Difícil saber si en 1987, cuando publicó El Cristo de la rue Jacob, Severo Sarduy ya estaba enfermo. El sida -que terminó de matarlo seis años después- será el tema excluyente de Pájaros de la playa, su novela póstuma (1993), ambientada en un viejo caserón de playa, mezcla de hotel de lujo y hospital, adonde van a morir jóvenes "prematuramente marchitados", golpeados por un mal que opera sin aviso y arrastra el cuerpo a un proceso de degradación irreversible. Lo curioso es que el mal, en el texto, es un mal sin nombre. Como sucede en una novela hermana, Salón de belleza (1994), de Mario Bellatin, la sigla maldita aparece omitida con el mismo afán, la misma devoción con que se describen las mutaciones orgánicas, visibles e invisibles, que ocasiona en sus víctimas. El Cristo, en cambio, menciona el sida un par de veces, con todas las letras, pero en un caso -dramático- el afectado es otro (un amigo pintor, que a su vez tiene un amigo "en perfusión"), y en el otro -un paso de comedia promiscua- el mal es una amenaza que dos hombres en celo, trenzados en una fugaz escaramuza de carretera, mantienen a raya reduciendo el contacto sexual al mínimo.
 
Y sin embargo, si hay un texto sintomático en la obra de Sarduy, ése es El Cristo de la rue Jacob. Antología de viñetas personales, souvenirs, escenas de viaje, estampas de costumbrismo parisino y narraciones vagamente documentales, el libro es quizás el primero en el que Sarduy acepta escribir sobre sí de manera, digamos, desnuda. El salto no es menor, teniendo en cuenta hasta qué punto el talento que había hecho célebre a Sarduy, en París, donde vivió casi un cuarto de siglo, y en América Latina, era el de enmascarar, maquillar, disfrazar, travestir. Por primera vez, Sarduy el Barroco pone en suspenso esa fiesta del artificio y el equívoco que la identidad era en sus ficciones y se mide con una instancia crítica, a la vez anacrónica y desafiante: el tosco, crudo, pálido yo que sufre.
 
"Enfermo es el que repasa su pasado", dice el narrador de Pájaros de la playa. En ese sentido, sí: Sarduy estaba enfermo cuando se publica El Cristo de la rue Jacob, un libro mucho más dado al recuerdo que lo que el goce barroco, fascinado por la fascinación, parecía autorizar. Pero lo que hacía sufrir a Sarduy, aun suponiendo que el sida ya se le hubiera declarado, iba mucho más allá de la clínica. El escritor estaba ya "en la cincuentena" -un umbral que él mismo evoca a menudo, con bastante poco entusiasmo, en las entrevistas que concede en la época-, y el paisaje cultural con el que su práctica barroca tan bien había sintonizado tenía ahora otra cara, otras reglas y valores: el estructuralismo, desangrado, se atrincheraba en el museo universitario; el cadáver de la revista Tel Quel (que había adoptado a Sarduy como a una mascota latinoamericana, deslumbrante y exótica) estaba ya definitivamente frío, y el frenesí militante que había animado las dos últimas décadas de vida intelectual francesa, consagrado a la causa de la Transgresión -guerra contra el sujeto, el relato clásico, la representación, la legibilidad-, perdía fuerza y bajaba la voz, desconcertado por el avance masivo de un régimen que recuperaba -sin inocencia, pero también sin culpa- banderas en desuso como la naturalidad, la transparencia, el género, el entretenimiento o la intriga. Además, como lo recuerda uno de los textos más desolados de El Cristo -"El libro tibetano de los muertos"-, Sarduy atravesaba aún un largo duelo. En 1980 había quedado huérfano de su maestro francés, Roland Barthes, cuya sombra tutelar y depresiva planea sobre todo el libro (y merece un ensayito casi paródico, en el que Sarduy desmenuza la relación de amistad con las armas del análisis estructural) y en 1985 había perdido a su maestro latinoamericano, Emir Rodríguez Monegal, a quien homenajea en "Ultima postal para Emir".
 
Sarduy descubre que no tiene lugar. Un día, en la abadía de Royaumont, donde los había reunido un coloquio, le dice a Gombrowicz: "Estoy perdido y solo, escribo en español, y más bien en cubano, en un país que no se interesa en nada que no sea su propia cultura, sus tradiciones, y en el que lo que no es ya notorio, o puede ser asimilado totalmente, sin dejar residuo de la pasada identidad del autor, es como si no existiera". O descubre que el lugar que ha ocupado en París empieza a hacer agua, y se enfrenta al mismo tiempo con otras dos evidencias perturbadoras: la primera, que el exilio -una palabra bastante ajena a su horizonte, más propenso a la euforia que a la nostalgia o la queja- no es exactamente esa condición virtuosa pero abstracta, conceptual, tan exaltada por la tradición de la extranjería literaria del siglo XX; la segunda, que Cuba -la Cuba que abandonó a fines de 1959 y a la que nunca volvió, y que además de una lengua, como la Argentina para Manuel Puig, fue para él, básicamente, un destinatario: una madre a quien escribirle cartas- ha dejado de ser ese mito carnavalesco, polifónico, un poco maníaco, que fermentaba en sus ficciones, para convertirse en un problema, extraña mezcla de enigma y de herida, de tormento y de necesidad. Francois Wahl, mentor de Sarduy, su Pigmalión, su compañero de toda la vida, daba cuenta muy bien del problema Cuba cuando recordaba que Sarduy, que conocía bien y admiraba a Lacan, nunca podía retener el nombre de la calle donde Lacan vivía y tenía su consultorio, la rue de Lille. Era un olvido patológico, y un día Sarduy descubrió por qué: cuando mencionaban la rué de Lille (que es el nombre de una ciudad francesa de provincia), él escuchaba lo intolerable: rué de l'íle (calle de la isla).
 
En la huella de Barthes, que diez años antes volvía a la noción de autor cuyo certificado de defunción él mismo había expedido, Sarduy reúne los textos de El Cristo de la rue Jacob y vuelve al yo que nunca tuvo, al yo que gozó toda su vida impostando, camuflando, desfigurando, y lo encuentra donde nadie antes lo había buscado: en sus propias cicatrices. En "Arqueología de la piel", el extraordinario capítulo inaugural del libro, Sarduy, paladín de las metamorfosis, se abisma ahora en lo único que no cambia, lo que no envejece, lo que queda -archivo dérmico- escrito en el cuerpo. No escribe una autobiografía: la lee, la va aislando en escenas furtivas, sucedidos, jirones de vida que deduce de esas muescas con las que la experiencia ha ido tatuándose en la piel, la única memoria que no los olvidará. Con Valéry, Sarduy cree que lo más profundo es la piel. Una espina en el cráneo, cuatro puntos de sutura en una ceja, la cicatriz de una operación de apéndice, la huella del ombligo o el vestigio de una verruga cauterizada condensan los hitos de una vida singular, que no se deja regir por la cronología ni por la causalidad: una vida-mosaico, discontinua, hecha de fulguraciones intermitentes (Sarduy las llama epifanías), que ese yo a la vez nuevo y viejo repasa con más curiosidad que desesperación, buscando no una verdad, no un secreto, sino la forma, el trazo, la luz de una singularidad.
 
 
En:
Severo Sarduy
El Cristo de la rue Jacob y otros textos
Pról. Alan Pauls
Ed. Milagros Abalo
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales, 2014
Pp. 9-11

[Publicado el 16/4/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Severo Sarduy, Alan Pauls, Prólogo, Cita, Ediciones Universidad Diego Portales, Ensayo]

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"La ordinariez" / Prólogo

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«Antes de continuar debo aclarar que lo más democrático que tenemos los chilenos es la práctica del desprecio» afirma Marcelo Mellado en uno de los textos de este libro, y agrega: «Por eso aquí -en el ejercicio textual- no hay ni víctimas ni victimarios, solo operadores del odio y del resentimiento escritural». Al igual que en su novela La hediondez (2011), cuyo tema es la rehabilitación de una biblioteca municipal en una ciudad innominada de provincias del litoral chileno que divide a la reducida escena literaria local en dos bandos enfrentados de forma violenta y ridícula, en la frase precedente el escritor chileno concibe la literatura como la zona de conflicto que efectivamente es, y participa de ella mediante una doble estrategia: por una parte, a través del desmantelamiento de esa escena, que Mellado también imagina como el escenario de un crimen; por la otra, mediante la adopción del «discurso quejumbroso, descalificador, discriminador y culposo que caracteriza los tonos peyorativos del habla nacional» y que convierte al autor de Informe Tapia (2004) en un discípulo de ese artista del insulto y del desprecio a los connacionales que fue Thomas Bernhard.
 
 
2
 
Al igual que el austríaco Bernhard, Mellado se beneficia del hecho de vivir en la periferia literaria de su lengua para construir una poética y una estrategia textual que define como «una modernidad que parta y se fundamente en los espacios abandonados, la insularidad». Allí donde Mellado esté -es decir, principalmente en la Quinta Región chilena, en sitios como San Antonio, Llolleo y Valparaíso- está la periferia, aunque una periferia hiperbólica, desmesurada, que sitúa a su autor al margen de una escena marginal como la literaria en un país que es geográfica y culturalmente marginal en relación a una modernidad hipotética que es proyecto político y expresión de deseos. El resultado de la imposibilidad chilena de acceder a esa modernidad -es decir, de acceder a ella en algo más que en cuatro o cinco barrios capitalinos- es lo que Mellado denomina «un país despreciado y despreciable» y también un «país culiao», que el autor define como una «instancia institucional que posibilita y legitima el abuso de poder y lo consagra con el desprecio y la burla». Ante ello, el paroxismo en su obra de lo que Mellado llama, atribuyéndosela a los desposeídos, «la estrategia del resentimiento» revela ser no tanto un ejercicio telúrico de desprecio o el resultado de una cierta insatisfacción personal por el sitio que el autor ocuparía en su país y (o) en su escena literaria, sino una propuesta consistente en «generar actos narrativos en donde los códigos de la representación ciudadana y/o cívica se descomponen en simulacros e imposturas retoricas».
 
[...] 
 
En
Marcelo Mellado
La ordinariez: Artículos escogidos
Selección y edición de Vicente Undurraga
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales
Pp. 11-15

[Publicado el 08/8/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Marcelo Mellado, Prólogo, Ediciones Universidad Diego Portales]

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La revolución de uno solo / "Codin" de Panait Istrati / Prólogo

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El escritor rumano Panait Istrati (1884-1935). Crédito de la imagen, desconocido.

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Al igual que muchos otros escritores de izquierdas, Panaït Istrati fue invitado por las autoridades de la Unión Soviética a visitar el país en 1928; a diferencia de muchos otros escritores de izquierdas, se deshizo de sus acompañantes. Lo que el autor rumano vio durante esa segunda etapa de su viaje lo llevó a publicar al año siguiente Rusia al desnudo, un libro coescrito con Boris Souvarine y Victor Serge en el que narraba aquello que hoy sabemos la realidad indisputable de la Unión Soviética del período y que entonces sólo era un rumor: la burocratización del país, las purgas inmotivadas, las deyecciones y el mantenimiento de buena parte de la población en un embrutecimiento que la desposeía de todo, incluyendo los medios de subsistencia. Que Panaït Istrati sea notablemente menos conocido y leído de lo que la calidad de su obra literaria merece se debe principalmente a Rusia al desnudo y a la campaña de descrédito que tuvo lugar tras su publicación, en el marco de la cual Istrati fue acusado por una parte importante de la intelectualidad francesa de dotar de argumentos a los enemigos del comunismo publicando un panfleto contrarrevolucionario.
 
 
2
 
Panaït Istrati había nacido el 11 de agosto de 1884 en la localidad rumana de Brăila; su madre era lavandera y su padre era un contrabandista griego de tabaco al que el futuro escritor no llegó a conocer. Abandonó la escuela primaria, dejó su casa a los doce años de edad, ejerció oficios diversos (camarero, aprendiz de pastelero, albañil, cerrajero, aserrador, mecánico, jornalero, criado, pintor de carteles, periodista, fotógrafo ambulante, mozo de cuerda, criador de cerdos, corrector de pruebas en una editorial, estibador, calderero), adquirió lo que a menudo se denomina «conciencia de clase», participó de la lucha sindical de su tiempo, colaboró con periódicos rumanos de izquierdas como Viaţa Socială y Adevărul, salió «a ver el mundo» (una urgencia que sienten la mayor parte de los personajes de El pescador de esponjas, las «páginas autobiográficas» que Libros de la Ballena publicó en 2011), aprendió francés durante una estancia en un sanatorio para tuberculosos en la localidad suiza de Sylvana-sur-Lausanne, continuó viajando (Bucarest, Estambul, Alejandría, El Cairo, Nápoles, París, Beirut, Damasco, Medina, Jerusalén, Atenas, Roma, Florencia, Pisa, Marsella, Niza), se casó tres o cuatro veces (Catalina Palescu, Etna St. Gheorghiu, Anna Munsch, Margareta Izescu), sobrevivió a un intento de suicidio, publicó Kyra Kyralina con un prólogo de Romain Rolland, que se convirtió en su protector y lo llamó «el Máximo Gorki de los Balcanes», escribió relatos para Clarté, el periódico que dirigían Henri Barbusse y el propio Rolland, accedió a la celebridad literaria, publicó otros libros, viajó a la Unión Soviética, escribió Rusia al desnudo adelantándose casi treinta años a la desestalinización que se produciría en la Unión Soviética a partir de 1956 y en siete años a la ruptura que André Gide llevó a cabo con Regreso de la URSS (1936), tuvo que dejar Francia, coqueteó con el fascismo rumano (de hecho, sus últimos textos fueron publicados en la prensa afín a la fascista Guardia de Hierro, aunque no existe ninguna certeza de que Istrati compartiese sus ideas), murió el 16 de abril de 1935 en Bucarest.
 
[...] 

 
En:
Codin
Panait Istrati
Trad. Sol Kliczkowski
Madrid: Libros de la Ballena, 2013 

[Publicado el 17/6/2013 a las 12:11]

[Etiquetas: Panait Istrati, Libros de la Ballena, Novela, Prólogo]

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"Anestesia local" de Günter Grass / Prólogo

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El estudiante de bachillerato Philipp Scherbaum tiene diecisiete años y la firme decisión de prender fuego a su perro Max para protestar contra la guerra de Vietnam; su plan es rociar al animal con combustible y prenderle fuego frente al coqueto café Kempinski, en la Kurfürstendamm de Berlín, para que las ancianas que toman su café con torta puedan conocer de primera mano qué sucede cuando alguien o algo es rociado con napalm, como hace el ejército estadounidense en el sudeste asiático con la anuencia de la República Federal de Alemania. Naturalmente, Scherbaum no está solo: su amiga Veronika Lewand, también estudiante de bachillerato, lo introduce en la escena berlinesa de izquierdas y lo alienta; su profesora de matemáticas, Irmgard Seifert, cree ver en él una voluntad de redención que le viene bien para purgar su pasado (simpatizó con el nacionalsocialismo) y también lo apoya; su profesor de literatura y confidente, Eberhard Starusch, por el contrario, pierde la cabeza tratando de disuadirlo: le muestra ilustraciones de la quema de seres humanos a lo largo de la historia, le propone que lleve a cabo su acción en Bonn -donde se encuentra la sede del gobierno federal en la Alemania dividida de 1967-, amenaza con denunciarlo, incluso se ofrece para secundarlo en su acción prendiendo fuego él también a un perro (que previamente debe comprar, criar, etcétera) y le sugiere que escriba poesía, pero el estudiante de bachillerato de diecisiete años Philipp Scherbaum se mantiene firme.

No es que Starusch no simpatice con el malestar de su alumno frente a la guerra de Vietnam o que pretenda desentenderse de lo que sucede a su alrededor: de hecho, en su juventud fue líder de una banda de adolescentes de Danzig que se oponía al reclutamiento en las Juventudes Hitlerianas y al régimen nacionalsocialista en general (lo que aparece en la así llamada «Trilogía de Danzig»: El tambor de hojalata, El gato y el ratón y Años de perro), y en la actualidad es un socialdemócrata entusiasta, aunque quizás algo fabulador y con una tendencia acusada a reescribir una y otra vez su pasado, mejorándolo; pero tampoco es un revolucionario, de manera que la iniciativa de su alumno lo pone en la dolorosa disyuntiva de estar de acuerdo con los argumentos a favor de una acción y, sin embargo, estar en contra de esa acción, movido por el afecto a su alumno pero también por su papel como representante del orden establecido. No es un gran problema, pero tampoco es un problema menor, y Anestesia local se articula en torno a esa disyuntiva.

 

2

Günter Grass escribió Anestesia local en 1969, cuando una nueva promoción de activistas políticos surgidos del movimiento estudiantil cuestionaba ese orden establecido por considerarlo una continuación del pasado nacionalsocialista al tiempo que se alejaba de aquellos intelectuales que (como el propio autor) consideraban que su intervención en la vida política debía ser activo, pero de ningún modo contrario a las bases de ese orden establecido, a sus instituciones y a sus formas de representación.

[...] 

 

Prólogo a
Günter Grass
Anestesia local
Trad. Carlos Gerhard
Madrid: Capitán Swing, 2012

[Publicado el 30/1/2012 a las 12:30]

[Etiquetas: Günter Grass, Prólogos]

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"Palíndromo en otra cerradura (Homenaje a Duchamp)" de Lorenzo García Vega / Prólogo

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Palíndromo en otra cerradura (Homenaje a Duchamp) participa de esa tendencia (que podríamos denominar "negativa" en relación a la concepción dominante) cuya finalidad es liberar a la literatura de su aparente obligación de ser referencial y cuyos antecedentes son Raymond Roussel, André Breton, Louis Aragon y los surrealistas, William Burroughs, Georges Perec, Macedonio Fernández, Juan Emar, Pablo Palacio, César Vallejo, César Aira y otros raros. Escrito a partir de unas notas tomadas por Marcel Duchamp para la creación de su obra "La marièe mise à nu pair ses célibataires", también conocida como "El gran vidrio" (1915 a 1923), Palíndromo en otra cerradura no requiere necesariamente ser evaluado por lo que es, sino precisamente por aquello que no es: en él, García Vega renuncia a los personajes, al argumento y a la referencialidad; es decir, a todas aquellas cosas que determinan que una obra sea leída como literatura; en su lugar, produce un texto que reúne elementos de la poesía visual, didascalias, listados, diálogos inconclusos, pasajes de escritura automática, instrucciones para juegos inexistentes, fragmentos de sueños y proyectos para piezas conceptuales que no serán realizadas, todo un artefacto fragmentario cuyo significado parece escapar al lector a cada momento; si lo posee, el significado del texto debe buscarse en el pasaje en el que el narrador alude a la desecación como metáfora del proceso creativo (es decir, en el texto como resultado de una operación de sustracción), pero también en los versos del poeta y ensayista venezolano Eugenio Montejo "La nada de donde todo se suspende, / eso es lo nuestro" que el narrador glosa una y otra vez: "Quisiera dibujar la Nada. Que todas estas páginas fueran como la Nada" o "La Nada es un largo desarrollo sobre la Nada".
 
Se trata del intento de producir un texto cuyo único significado sea la sustracción del significado, un artefacto textual que carezca de referente por ser él mismo su única finalidad y su único sentido. Palíndromo en otra cerradura es todo aquello que, supuestamente, un texto literario no debería ser jamás: es repetitivo, irregular, está plagado de cortes abruptos y de preguntas que carecen de respuesta y de hilos argumentales que se deshilachan a poco de haber sido esbozados sin llegar a ninguna conclusión visible, no adhiere a las convenciones sobre el uso de los signos de puntuación y carece aparentemente de sentido, pero la razón por la que existe, y el único criterio de validez que el texto requiere [...] es el de su propia singularidad. El texto no sólo es un monumento de sí mismo, sino el ámbito de producción de un tipo de acción artística que aparece singularizado en la propia obra en pasajes como aquellos en los que se habla de cápsulas (por ejemplo las "cápsulas Duchamp" para energías desatendidas) o en "Para construir un gato huyuyo", en el que se ofrecen instrucciones para realizar una intervención artística improbable, una operación que en Vilis (1998), otro de los textos del autor, aparece en el diario de un constructor de "cajitas":
 
[...]
 
 
Fragmentos del prólogo al libro de
Lorenzo García Vega 
Palíndromo en otra cerradura (Homenaje a Duchamp)
Barcelona: Barataria, 2011

[Publicado el 04/1/2012 a las 12:00]

[Etiquetas: Lorenzo García Vega, Barataria, Miscelánea, Prólogo]

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"Una noche con Claire" de Gaito Gazdánov: Un prólogo

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I

Karl Marx y Friedrich Engels afirmaron en su Manifiesto del Partido Comunista de 1848 que la burguesía había hecho "de la dignidad personal un simple valor de cambio" y "sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio". Años después, y glosando este pasaje, el ensayista estadounidense Marshall Berman escribió que una de las características salientes de la existencia en la modernidad es el hecho de que las personas

[...] miran la lista de precios en busca de respuestas a preguntas que no son meramente económicas, sino metafísicas: preguntas acerca de qué merece la pena, qué es honorable, incluso qué es real. Cuando Marx dice que los otros valores son convertidos en valores de cambio, lo que quiere decir es que la sociedad burguesa no borra las antiguas estructuras del valor, sino que las incorpora. [...] Así, cualquier forma imaginable de conducta humana se hace moralmente permisible en el momento en que se hace económicamente posible y adquiere "valor"; todo vale si es rentable. En esto consiste el nihilismo moderno.

A la confrontación individual de ese desplazamiento de los valores determinado por la emergencia de la sociedad burguesa está dedicada una buena parte de la literatura de la modernidad, cuyos personajes deambulan a la búsqueda de un sentido a una existencia que ya no puede ser comprendida con "las antiguas estructuras del valor"; sus personajes se ven obligados a conducirse con los antiguos ante la falta de valores nuevos que oponerles y comprueban que la consecuencia de sus actos no se corresponde con sus motivaciones y que el abismo entre la realidad y los valores con los que la juzgan se ensancha y conduce a la frustración. A los personajes que famosamente encarnan esta disyuntiva en la literatura de la modernidad puede agregarse ahora a Sosédov, el protagonista y narrador de esta historia del injustamente minoritario escritor ruso Gaito Gazdánov.

[...]  

Gaito Gazdánov
Una noche con Claire
Trad. María García Barris
Madrid: Nevsky Prospects, 2011

[Mañana: Enrique Vila-Matas sobre lo auténtico en literatura]

[Publicado el 11/4/2011 a las 12:04]

[Etiquetas: Gaito Gazdánov, Novela, Nevsky Prospects, Prólogos]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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