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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 18 de diciembre de 2018

 Blog de Patricio Pron

Sentido y sensibilidad / "Algunas formas de amor" de Charlotte Mew

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Charlotte Mew no fue especialmente prolífica: en su postfacio a este libro de cuentos, Liborio Barrera enumera «algunos ensayos, menos de un centenar de poemas y ni una veintena de relatos». Nació en Londres en 1869 y murió en esa ciudad cincuenta y ocho años después, vivió toda su vida en la casa familiar en Bloomsbury (lo que la sitúa en la vecindad geográfica pero no estética del grupo en torno a Virginia Woolf) y sus interlocutores fueron Joseph Conrad, Ezra Pound y Thomas Hardy. Pese a ello sólo publicó un libro en vida (el excelente The Farmer's Bride, 1916) y ocupó una posición marginal entre sus contemporáneos.

A ello contribuyó indudablemente su rechazo a la literatura de su época, de la que su obra es extemporánea: sus poemas son clásicos en hechura y ponen de manifiesto una visión no necesariamente idealizada pero sí anacrónica de la cotidianeidad en los pequeños pueblos ingleses y sus cuentos (cinco de los cuales son publicados aquí) pertenecen al tipo de realismo victoriano de tema romántico que los modernistas, sus contemporáneos, rechazaron explícitamente. "La esposa de Mark Stafford" narra la historia de una joven que rompe su compromiso con un ingeniero para casarse con un filósofo a cuyo lado brilla en los salones londinenses; cuando el ingeniero regresa de una estancia en España, la joven escapa con él pero muere poco antes de abandonar Inglaterra. En "Algunas formas de amor" un joven marcha a la guerra tras habérsele declarado a una mujer que le promete que hablarán cuando vuelva; regresa enamorado de otra pero se siente obligado a cumplir la palabra empeñada incluso aunque a su primer interés amoroso sólo le queda un año de vida. El narrador de "El amigo del novio" se enamora de la prometida de un asociado y se debate entre la atracción y la lealtad hasta que decide tomar medidas; pese a ello, llega tarde. Etcétera.

Mew tiene un estilo sensible y delicado ("nada resultaba evidente, sólo sutil, como un cambio de temperatura en el aire", escribe) en el que predominan los circunloquios y la expresión afectada. Se trata de un estilo especialmente apropiado para dar cuenta de la distancia entre los deseos de los personajes y lo que estos se permiten decir en la conversación social, como sucede en los diálogos de "Algunas formas de amor", en el final de "Una puerta abierta" y en un cuento excepcional, "Mortal fidelidad", en el que el intercambio en torno a lo que "se debe hacer" entre un sepulturero y una viuda reciente acaba convirtiéndose en una propuesta de matrimonio. Pero si estos cuentos destacan por algo es por sus personajes femeninos: la voluble y fatua Kate Stafford del primero de los relatos del libro, la joven de "Una puerta abierta" para quien "la vida no era emocionante, nunca lo había sido; pero ya no era ni levemente entretenida", la Laurence Armitage del mismo cuento, que rechaza un matrimonio conveniente para misionar en África, la Evelyn de "El amigo del novio": todas se debaten entre unas convenciones que inhiben su personalidad y las posibilidades que se derivan del cambio social, en particular tras la Primera Guerra. Una de ellas afirma, por ejemplo: "Yo nunca he vivido [...], al menos no desde que era niña; mi modista y mis compromisos no me dejan tiempo"; cuando más tarde cree haber hallado su "voz", pide disculpas a su interlocutor por si hace "mal uso de ella". A sabiendas de que ese hallazgo la condenaba, Charlotte Mew se suicidó bebiendo media botella de desinfectante en 1928.

 
Charlotte Mew
Algunas formas de amor
Trad. Ángeles de los Santos
Postfacio Liborio Barrera
Cáceres: Periférica, 2018

 
(Babelia, septiembre de 2018.)

[Publicado el 03/10/2018 a las 18:28]

[Etiquetas: Charlotte Mew, Cuentos, Periférica]

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"La vida en tiempo de paz" de Francesco Pecoraro / Fragmento

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A Ivo Brandani lo perseguía el sentido de la catástrofe. La veía en cualquier iniciativa de transformación de la realidad, en cualquier edificio (porque puede derrumbarse), en un avión en vuelo (porque puede precipitarse al vacío), en un automóvil en movimiento (porque puede derrapar), en un enchufe (porque puede cortocircuitarse), en una sartén al fuego (riesgo de incendio), en un vaso de agua (porque puede volcarse), en un huevo fresco (porque puede romperse): todo lo que está en pie puede caerse, todo lo que funciona puede dejar de hacerlo. De hecho, antes o después dejaría de hacerlo, no cabía duda. Pero ¿cómo podría haberse evitado aquella catástrofe? Era un acontecimiento muy lejano en el tiempo, no tendría por qué haberle importado. Y, sin embargo, le importaba.
 
Nunca se ha sabido bien quiénes eran aquellas gentes, ni de dónde habían venido, ni cuándo exactamente ni por qué. Lo único que se sabía es que era un grupo étnico de Asia Central. Incluso alguien había llegado a afirmar que no eran más que griegos que habían cambiado de religión y de costumbres. Lo que sí se sabía con seguridad es que, un par de siglos después de su primera aparición en las costas del Mediterráneo, habían conquistado Constantinopla. Y eso le resultaba inaceptable. De hecho, a partir del 29 de mayo de 1453, en todas las generaciones humanas han existido personas que no han sido capaces de aceptar la caída de Bizancio. El ingeniero Ivo Brandani era una de ellas.

Lo único que esperamos de los ingenieros son esos sanos pragmatismos y positivismos que permiten que tanto los ignorantes como los intelectuales puros tomen un avión, crucen un puente en coche o suban a un tren o a un barco con razonables probabilidades de no morir en el intento. Gracias a los ingenieros técnicos existen objetos llamados casas, puentes, aviones, trenes, túneles, cohetes, satélites y estaciones espaciales, automóviles, ordenadores, etcétera, y a nosotros nos gusta que se parezcan a sus inventos, que sean conformes al objeto de su especialización. Nos gustan desencantados y atentos, neutrales en cuestiones de política, aunque los imaginamos difíciles de engañar por su tendencia a la comprobación y su rechazo a dar más importancia a las palabras que a los hechos. No nos gusta que los ingenieros técnicos sean sofisticados: mejor si son un poco ignorantes. En fin, nos inspiran más confianza si parecen indiferentes y algo obtusos, si los vemos con una novela negra entre las manos en lugar de un poemario. De un ingeniero no nos esperamos obsesiones y resentimientos como los que albergaba la mente de Ivo Brandani. Cuando estuvo por primera vez en Estambul por trabajo, entró por casualidad en una pequeña mezquita al abrigo de las murallas del mar de Mármara. En el plano aparecía indicada como Küçuk Aya Sofya Camii, que traducido al inglés era Small Hagia Sophia Mosque, pero que en su guía aparecía también como San Sergio y San Baco. Se trataba de una iglesia bizantina más tarde convertida en mezquita que, a pesar de sus mil quinientos años, de las abundantes inscripciones coránicas sobre las paredes enyesadas de blanco y de una probable limpieza iconoclasta de todas las imágenes y mosaicos anteriores, aún parecía conservarse bien. «¡Tiene mil quinientos años! ¡Mil quinientos!», se repitió Ivo, tratando de asimilar el concepto. Siempre hacía lo mismo cuando se encontraba ante una magnitud inimaginable: cien mil toneladas, cuatrocientos kilómetros cúbicos, trescientos mil kilómetros por segundo... «La planta y, en general, toda la estructura del edificio están inspiradas en Santa Sofía», decía la guía. De pronto, Brandani tuvo la sensación de que algo no iba bien. Tras subir al matroneo y asomarse a la balconada, sintió una especie de malestar físico, un dolor como cuando te aprietan con los dedos detrás de las orejas: allí, bajo sus ojos, se hallaban la Rendición, la Supremacía, la Sumisión, la Expropiación, la Erradicación, la Sustitución... Desde arriba se veía con claridad la torsión de los ejes de simetría a los que había sido sometido el edificio, el trasvase cultural experimentado por aquella iglesia y por toda la ciudad. Las franjas que delimitaban el espacio dedicado a las prosternaciones, dibujadas en una alfombra azul que cubría por completo el suelo, se extendían en dirección a La Meca, indicada por la hornacina del mihrab, con una disposición completamente autónoma respecto a la simetría bilateral de la iglesia, que confirmaba la incongruente posición del almimbar, el púlpito. El resto del edificio no importaba, era un mero accidente readaptado; tan sólo importaba el lejanísimo centro de emanación del islam, la Kaaba. Había algo de poesía en todo aquello, pero la iglesia no había sido construida para acogerla.

Brandani pronto olvidó la sensación de pérdida irreparable tan intensa que experimentó en aquel momento, hasta que años más tarde volvió a aparecer durante la lectura de la caída de Bizancio en un libro de Stefan Zweig, un escritor austriaco que no conocía mucho; mejor dicho, no conocía de nada. Un amigo le había regalado Momentos estelares de la humanidad. En la página 41, el relato «La conquista de Bizancio. 29 de mayo de 1453» comenzaba así: «El día 5 de febrero de 1451, un emisario secreto lleva la noticia al hijo mayor del sultán Murad, el joven Mohamed, de 21 años, que se hallaba en Asia, de que su padre había muerto».

Zweig había elegido aquel acontecimiento, la muerte de Murad, como el inicio de la cadena causal que poco más de dos años después conduciría a un trasvase cultural impensable. A partir de aquel relato, Ivo Brandani había comenzado a investigar, por lo que había podido comprobar la imprecisión novelesca de la versión de Zweig y la existencia de muchas narraciones diferentes y de crónicas coetáneas de la toma de Constantinopla, algunas de ellas legendarias, como la que hablaba de una puerta que no existía antes y que se habría abierto a toda prisa en las murallas para acoger y salvar de la muerte al emperador de Bizancio derrotado. Le gustaba la idea de que Constantino XI Paleólogo aún se encontrara encerrado como una momia en un nicho o temporalmente consustanciado con los restos de la muralla, a la espera de que su ciudad fuese liberada para volver a salir al aire libre y a la luz. La actitud acogedora del cinturón de murallas de la ciudad el día de la catástrofe también se puso de manifiesto con el arzobispo de Constantinopla, quien, según contaban, desapareció, absorbido por la muralla gruesa y tambaleante que aún sostiene la iglesia, justo en el momento en que el turco irrumpía en Santa Sofía.

Desde entonces -es decir, a partir de aquellas lecturas-, cada vez que se despertaba de madrugada confuso y empapado en sudor, y al final tenía que levantarse para cambiarse la camiseta mojada y mea1r, ya de nuevo en la cama, solía venirle a la cabeza la Caída de Constantinopla y no conseguía volver a conciliar el sueño por la consternación y la rabia.

¿Qué más le daba después de tantos siglos? Ni siquiera él llegó a saberlo nunca. En aquel sentimiento de devastación irremediable que le invadía de cuando en cuando, la toma de Bizancio probablemente sólo representara una efigie, un símbolo de otra cosa. Tal vez se tratara del sentimiento final de catástrofe que experimentaba por haber observado demasiadas abrogaciones de cosas que en el pasado le habían parecido indefectibles y eternas. Tal vez lo que le atormentara fuese el sentimiento de no superación de aquel hecho, que se le revelaba como una consecuencia de una serie de decisiones y cálculos equivocados, de indecisiones y traiciones, de la prevalencia de intereses concretos y del todo insignificantes sobre la gravedad de sus consecuencias.

Si permitía que la toma de Constantinopla lo asediara por la noche, entonces mejor olvidarse de dormir: tenía que levantarse, tomarse un té con galletas, sentarse delante de la televisión, poner un canal de documentales y esperar a que le volviese a entrar sueño. Siempre que no le acuciaran las preocupaciones del trabajo, asuntos de los que era responsable, capaces de despertar a su Enemigo Interior, al acecho constante y preparado para torturarlo hasta la muerte con sus reproches y objeciones.

Zweig refiere que las fuerzas de Mehmet II Fatih conquistaron Constantinopla el 29 de mayo de 1453 penetrando por una poterna del segundo anillo de murallas que, inexplicablemente, habían dejado abierta. La llamaban Kerkaporta, la Puerta del Circo, y no era más grande que un agujero. Desde allí, los turcos se extendieron cercando desde dentro a las fuerzas defensivas, que aquel día podrían haber vencido si el pánico no se hubiese apoderado de ellos al ver que el enemigo irrumpía en casa, como un parásito que ennegrece las sábanas puras y blancas de tu cama...

Pero la historia, según la cuenta Zweig, no es cierta o, al menos, no del todo. Muchos refieren que el cañón terrible y gigantesco de Mehmet, construido aposta para aquel asedio, había abierto una brecha en las murallas a la altura de la Puerta de San Romano, y que por aquella abertura había entrado el turco.

«Para ese tipo de murallas, el cañón era un gran problema: habrían necesitado auténticos bastiones ideados ad hoc para las armas de fuego -pensaba Ivo desde hacía años-. Podrían haberse salvado con murallas de varios metros de espesor y verdaderos cañones de defensa: la Edad Media había acabado, aquel tipo de fortificación ya no era útil, tendrían que haber hecho como en Rodas, allí las murallas resistieron durante todo el asedio, la ciudad fue tomada porque al final los caballeros se rindieron... Con los turcos no había salvación posible, ése era su mundo, lo querían entero para ellos y eran invencibles, o casi...» A veces se identificaba hasta tal punto con los asediados que le asaltaba el pánico a ver aparecer de pronto al enemigo, endemoniado, nauseabundo, rabioso y manchado de sangre, dando la vuelta a la esquina en la que quedaría de niño con sus amigos, cuando Bizancio aún conservaba la ilusión de reinar sobre algo y sus habitantes se creían bien protegidos dentro de unas murallas inexpugnables.

Remontarse en dirección contraria hasta la más mínima causalidad, desestructurar la cadena de acontecimientos reduciendo cada uno de ellos a sus unidades constitutivas: eso es lo que le habría gustado hacer a Ivo Brandani si hubiese sido capaz, para encontrar, si es que existía, el punto exacto de no retorno; es decir, el punto después del cual Constantinopla habría caído de todos modos. En conclusión, ¿habría sido posible hallar científicamente el umbral de inevitabilidad del acontecimiento?

«En un ordenador potentísimo habría que cargar hasta el dato más insignificante... Pero no... Se ha perdido mucho, hoy en día no sabemos casi nada de aquellos hechos. Además, la realidad siempre difiere de la reconstrucción más cuidadosa, detallada y documentada: el noventa por ciento de un acontecimiento se pierde de todas formas... No se sabe casi nada de lo que ocurre, ni siquiera del instante en el que ocurre... En el mismo momento del acontecimiento es cuando las cosas comienzan a confundirse y empieza el no conocimiento, la tergiversación...»

 

Francesco Pecoraro

La vida en tiempo de paz

Trad. Paula Caballero Sánchez y Carmen Torres García

Cáceres: Periférica, 2018

pp. 11-17

[Publicado el 20/6/2018 a las 09:30]

[Etiquetas: Francesco Pecoraro, Novela, Periférica]

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La "primera persona" / "Vértigo" de Joanna Walsh

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Robinson Crusoe es tanto el héroe como el narrador de su historia, recuerdan David Herman, Manfred Jahn y Marie-Laure Ryan; en obras posteriores en las que se emplea lo que comúnmente se denomina la "primera persona" las cosas, sin embargo, no resultan tan claras, y Vértigo (como El opoponax de Monique Wittig, Sabático de John Barth y otros ejemplos de narrativa postmoderna) vuelve a proponer todas las viejas preguntas acerca de quién o qué es el origen de la narración, qué limitaciones impone a su relato la parcialidad de su "punto de vista", cuáles son las razones por las que habla y ante quién lo hace, qué cosa es (en última instancia) el "yo" que habita el relato.

Joanna Walsh nació en Reino Unido en 1970, es ilustradora, una figura ineludible en las redes sociales (es la creadora en Twitter del archivístico y reivindicativo @read_women, por ejemplo) y la autora de libros desafiantemente singulares como Fractals (2013), Grow A Pair y Hotel (ambos de 2015) y Worlds from the Word's End (2017); a excepción de Hotel, todos ellos son colecciones de relatos, y también lo es Vértigo (2016), aunque la continuidad aparente de la figura de su narrador (la "primera persona" del párrafo anterior) permite pensar en el libro como en una obra unitaria presidida por la voz de una mujer que observa a las parisinas que se apiñan en Le Bon Marché un día de verano, atestigua la desidia de los camareros de un chiringuito en la playa y la impaciencia de un hombre que puede ser (o no) su pareja, visita un paisaje en ruinas habitado por otras mujeres en lo que parece un lugar de veraneo, espera con angustia que un niño regrese de la sala de operaciones, ve a su marido reflejado en las opiniones de sus amantes y desea recuperarlo, huye de varias fiestas, se mete en el mar porque "no se puede hacer nada más" en una playa, etcétera.

En la literatura de Walsh las cosas nunca se revelan por completo, ni la naturaleza de sus narradores, ni el sentido de la experiencia que narran y/o su localización precisa; por el contrario, el estilo es deliberadamente elusivo, una especie de escritura automática que de a ratos adquiere el aspecto de un poema en prosa o de un soliloquio precipitado, a veces dirigido a una segunda persona. "El vértigo es la sensación de que, si me caigo, no caeré sobre la tierra, sino en el vacío", afirma la narradora del relato que da nombre al volumen. Al igual que ella, las "heroínas" y "narradoras" de este libro son conscientes de que "algo malo está sucediendo" pero no son capaces de verbalizarlo.

Vértigo se plantea la dificultad inherente al hecho de afirmar qué es ese "algo" al tiempo que está sucediendo. Walsh y su libro destacan en el marco de una literatura anglosajona presidida por la aceptación prácticamente universal de los imperativos de claridad y concisión de las escuelas de escritura creativa; no es un mérito menor, pero el lector se pregunta cuánto mejor hubiera sido este (buen) libro de haber sabido su autora quién y por qué "habla" en estos relatos y/o si hubiese recurrido en ellos al equilibrio entre opacidad y transparencia, entre digresión y sentido de propósito, que preside su (excelente) ensayismo para publicaciones como The Guardian y Granta, entre otras.

 
Joanna Walsh
Vértigo
Trad. Vanesa García Cazorla
Cáceres: Periférica, 2018
 
 
[Babelia/El País,  abril de 2018]

[Publicado el 05/6/2018 a las 13:15]

[Etiquetas: Joanna Walsh, Cuento, Periférica]

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"El diablo de las provincias" de Juan Cárdenas / Un fragmento (Cita)

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Más tarde entraron a un estanco de licores que tenía unas pocas mesas en la parte trasera. Generalmente iban allí porque era más barato que emborracharse en cualquier bar. Pidieron una botella de aguardiente en el mostrador de la entrada y pasaron a la trastienda, que estaba a reventar de gente. Incluso había parejas bailando. Se sentaron en los únicos sitios libres, dos butacas arrinconadas contra una pared, y trabaron conversa muy rápido con la gente que estaba en la mesa de al lado, tres cajeras de un banco, dos empleados de la alcaldía y un tipo que hacía los domicilios de un restaurante chino. Se los veía bien desparpajados, el habla chiclosa y caliente por el trago. Una de las cajeras, la más bonita de las tres, dijo que a ella sí le parecía que este era el país más feliz del mundo. Casi todos estuvieron de acuerdo, por distintas razones, pero ella explicó que el principal motivo de esa felicidad era que aquí nadie perdía la fe. Aquí todos tienen fe, hasta el final. El díler, que ya venía con ánimo trascendental, la miraba poniendo ojitos de niño devoto. Yo soy hincha del América, dijo el díler, seductor, yo nunca pierdo la fe. Y además estoy desarrollando una técnica de meditación que me está elevando a otro plano de la realidad. La cajera no le dio ni cinco de bola. Estaba más interesada en el biólogo, al que todos en la mesa trataban con una mezcla de distancia respetuosa y condescendencia, como se suele tratar a los extranjeros. ¿Usted qué opina?, dijo la cajera, ¿este es el país más feliz del mundo? Al biólogo lo sorprendió la pregunta y acabó enredándose en una parrafada sobre la definición de la felicidad. Si no sabemos qué es la felicidad, no podemos saber si somos felices, dijo. Y el pelao que hacía los domicilios del chino se puso una mano en la barbilla para burlarse del biólogo y dijo: interesante, interesante. Ahí intervino uno de los empleados de la alcaldía, el único disidente, para despotricar contra toda la idea de que existen países felices y países infelices. La mierda humana es universal, dijo, a quién se le ocurre hacer una encuesta para medir la felicidad y luego inventarse un ranking por país. Qué gastadera de plata, de tiempo. Son unos imbéciles y más imbéciles nosotros por estar hablando de esto. Otra de las cajeras, que tenía un flequillo rubio en forma de parasol, protestó sin perder el buen humor: la encuesta la hicieron unos científicos, midieron cosas de verdad, datos. Pura paja, la atajó el empleado gruñón, no hay gente feliz, hay gente satisfecha. O sea, gente ignorante y bruta que se conforma con cualquier chichigüa. La cajera bonita insistió en la primacía de la fe. El díler la apoyó con entusiasmo. El biólogo bebía en silencio, avergonzado por la disertación que acababa de soltar. Entonces el de los domicilios tuvo la feliz idea de sacar a bailar a la tercera cajera, que no había dicho nada de nada y era bajita y rechoncha, y eso bastó para cerrar el tema de la felicidad pero no el de la fe.


En
Juan Cárdenas
El diablo de las provincias
Cáceres: Periférica, 2017

[Publicado el 28/11/2017 a las 13:30]

[Etiquetas: Juan Cárdenas, Novela, Cita, Periférica]

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Una lección moral / "El enfermero de Lenin" de Valentín Roma

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Quizás el padre del narrador se ha vuelto loco: insulta a los médicos, ataca a las enfermeras, desatiende deliberadamente las instrucciones que le dan, rechaza el tratamiento, exige que se lo llame Vladímir Ilich Uliánov: cree (o dice creer) que "es" Lenin dirigiéndose a su Palacio de Invierno personal para tomarlo por asalto.
 
Valentín Roma (Ripollet, 1970) es profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona, director del Centro de la Imagen La Virreina y uno de los comisarios de arte jóvenes más importantes de Europa; en su segundo libro (el primero fue Rostros, en 2011) recurre a las convenciones del diarismo para convocar en torno a la enfermedad del padre un puñado de elementos narrativos (parece inapropiado llamarlos "historias" porque a menudo sólo son referencias o imágenes) que se tienen lugar o no durante los veintiún días que "Lenin" permanece en el hospital pero pueden iluminar (al menos potencialmente) ese período: una cita de Mark Strand, la búsqueda en Google del nombre "Volodia", un sueño con Alexander Kluge, el recuerdo de un congreso sobre la obra de María Zambrano, listas de "libros de tema hospitalario", un juicio a Dios de 1918, la visita a la casa de los abuelos poco antes de que ésta sea demolida, una versión heavy metal de "La Internacional" a cargo de la banda china Tang Dynasty, un texto de Pier Paolo Pasolini, una conversación de señas entre Diego Rivera y Varvara Stepánova sobre el futuro de la vanguardia, comunistas que confunden la revolución con el amor y el amor con el Estado, un juego de cartas, la historia de Sebastián "Chano" Rodríguez Veloso, una reflexión sobre las migrañas del Lenin histórico como dispositivo de producción textual, la historia del amigo del narrador que perdió ambos brazos al subir a un poste de electricidad por una apuesta.
 
Nada de esto apunta a la dispersión, sin embargo, y El enfermero de Lenin no es (afortunadamente) el tipo de libro que el especialista en arte suele endilgar al lector con cierta frecuencia. Al margen de su asunto de superficie, el tema de este libro es la búsqueda de una forma de afrontar las pérdidas: del padre o de la "idea del padre", de la juventud, del sentido de la Historia. Marshall Berman escribió que "venimos de las ruinas, pero no estamos en ruinas todavía", y el libro de Roma es una acumulación de escombros: de lo que pudimos haber sido, de las bravuconadas, de los trabajos que tuvimos y no conservamos, los amoríos, los suburbios que nos hicieron sagaces y desconfiados, nuestros temores infantiles, nuestras lecturas, nuestro rencor de clase, nuestras madres, de todas aquellas cosas que se nos ofrecieron gratuitamente y el precio que tuvimos que pagar por ellas.
 
Ante los derrumbes (del sujeto, del cuerpo, de la Historia) las actitudes difieren de tal manera que tal vez sólo la literatura pueda dar cuenta de todas ellas: si el catolicismo sólo ofrece algo de consuelo y un espectáculo de masas (las infaustas Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid tienen lugar en el período narrado y son sujeto de la narración también), sólo la ideología aparece como un elemento vertebrador de la experiencia. En la (aparente) locura del padre del narrador hay también una lección moral, la de que en el confinamiento, frente al derrumbe del cuerpo y el fracaso de lo que nos sostenía y daba sentido a nuestra experiencia (también a las pérdidas), se impone el regreso a la ideología, a ese puñado de certezas que (en el peor de los casos) sólo son acertadas porque las compartimos con otros; ante el fin del sentido de la Historia, la convicción de que hay que adoptar otras identidades, y de que hay un tren en la estación de Zúrich y que ese tren no ha partido todavía.
 
 
Valentín Roma
El enfermero de Lenin
Cáceres: Periférica, 2017

[Publicado el 18/5/2017 a las 17:12]

[Etiquetas: Valentín Roma, Novela, Periférica]

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A contracorriente / "Ornamento" de Juan Cárdenas

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[...]

Ornamento dice (o parece decir) que la droga (que en un pasaje del libro el narrador asimila a la producción artística contemporánea) es el único objeto que permea la rigidez de los estratos de la sociedad latinoamericana, y que en su producción y en su consumo confluyen dos fuerzas más poderosas que las instituciones: el capitalismo y el deseo.
 
Cárdenas escribe con Ornamento un capítulo más de una trayectoria brillante aunque breve en la que los magisterios son selectos y visibles: si Zumbido señalaba la influencia de Felisberto Hernández, Antonio Di Benedetto y Maurice Blanchot (y Los estratos, la de César Aira y Julio Cortázar), la nueva novela del colombiano permite pensar en él como uno de los mejores alumnos del argentino Rodolfo Fogwill, de quien parece haber aprendido cómo narrar toda una época (su política, su economía, su régimen de visibilidad, su sexualidad) evitando los rígidos (aunque mucho más comerciales) parámetros del gran friso y la literatura de guía de viajes.
 
[...]
 
 
Juan Cárdenas
Ornamento
Cáceres: Periférica, 2015

[Publicado el 21/12/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Juan Cárdenas, Novela, Periférica]

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El gato según Giuseppe Scaraffia / En "Los grandes placeres" / Cita

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Ilustr. André Duranton /

A menudo, los dueños, aun amándolos, no saben nada de sus gatos. Cuando después de parir dos mininos se descubrió que Charles Chaplin, su gato remendado, era una hembra, Katherine Mansfield le contó a Virginia Woolf: «Estaba allí sin reaccionar mientras yo le acariciaba la tripita diciéndole: No es nada malo, viejo mío. ¡Antes o después tenía que sucederle también a un macho!».
 
Marina Tsvietáieva presumía de la atracción magnética que ejercía sobre los gatos, que, de hecho, no se le resistían. De un gato enorme que había encontrado en un hotel francés, decía: «Sobre las cosas esenciales sentimos de igual manera».
 
Ernst Jünger prefería los gatos a los perros porque «los gatos, sobre todo los siameses, olfatean la cultura, la necesitan como el aire que respiran». El gato no disturba el sueño y las reflexiones; es más, favorece ambas cosas con su aire de esfinge. «Su presencia sienta bien a la vida tranquila y contemplativa.» Un dato confirmado por Patricia Highsmith: «Un gato transforma una casa en un hogar. Un escritor no está nunca solo en su compañía, aun cuando esté bastante solo en su trabajo».
 
La reserva, de hecho, es una cualidad fundamental de los gatos, discretos incluso en sus expansiones sexuales. Graham Green observó asombrado a dos apareándose en la calle. «La gata, con los ojos entornados, emitía pequeños silbidos de satisfacción», pero, en cuanto advirtió la mirada de un extraño, se liberó del amplexo para refugiarse en la sombra. Cuan- do un fuerte afecto liga los animales a los humanos, el gato se eleva sobre las patas posteriores y aprieta la nariz contra la mejilla del dueño o le acaricia la mejilla con una pata. Se lo hacía Princesa a Henry James, quien acostumbraba a trabajar con un gato encima del hombro.
 
Los gustos de los gatos son imprevisibles. El gato color galleta de James Joyce prefería el pan con mantequilla. Hay que saber regañarlos cuando, por una acción mecánica, arañan a quien está jugando con ellos. Un día, Cocteau, en lugar de castigar a un siamés, lo regañó primero, y luego lo mimó sin parar hasta que el culpable acabó restregándose arrepentido entre las piernas de su víctima. El escritor, por otra parte, tenía en su apartamento nada menos que tres gatos: Nana, Tire-bouchon y Chifounette.
 
Según una difundida teoría había que elegir nombres que contuvieran un «crujido». Perfecto, por lo tanto, Mouche, el nombre de la gata de Hugo. «Poner nombre a un gato», sostenía Eliot, «es una empresa difícil.» En su opinión, se necesitaban, al menos, tres. Uno para usar a diario, otro más digno -«¿Cómo podría si no mantener el rabo perpendicular, enseñar los bigotes o sentirse orgulloso?»- y un tercero secreto, que sólo el animal conoce «aunque no lo confiesa nunca».
 
El comportamiento de un gato durante un viaje es imponderable. Bébert, el célebre gato de Céline permanecía tan tranquilo en el morral de su dueño mientras éste se fugaba de Francia con los colaboracionistas. Hasta cuando el escritor le ofreció su comida caducada, se apartó todo digno después de haberla olido con aire asqueado. «Se dejaría matar antes que tocar esta porquería... ¡Probablemente es más delicado, más aristocrático que nosotros, zafios sacos de mierda, que nos empapuzamos una y otra vez con las porquerías más repugnantes!»
 
En sus paseos cotidianos, el felino entabla amistad con los desconocidos que va a visitar. Sigmund Freud cuenta las visitas regulares de una gata blanca que, después de que hubiera entrado por la ventana, se acurrucaba sobre el célebre diván de sus pacientes, se dejaba acariciar y se bebía a conciencia la taza de leche que el psicoanalista le preparaba antes de que reemprendiera su paseo.
 
Contrariamente a lo que se cree, el gato puede ser fiable. El de Ernest Hemingway le hacía de nodriza en París al hijo recién nacido de su dueño. Quizá por ello, en memoria de aquella singular ama de cría, el escritor cubrió el jardín de su casa en Cuba de minúsculos montículos coronados con una pequeña cruz en memoria de los peludos difuntos. Pocos gatos son capaces de pasear con su dueño como hacen habitualmente los perros, pero el de Georges Simenon, Christmas, al que había encontrado por la calle el día de Navidad, «cuando paseábamos nos seguía, saltando de vez en cuando dentro de un jardín, para luego volver a alcanzarnos». Por su parte, Charles Dickens tenía, de pequeño, un gato que apagaba las velas cuando el padre del autor, absorto en la lectura, se olvidaba de acariciarlo.
 
La libertad del gato fascinaba a Guy de Maupassant: «Se va por ahí cuando le parece, puede dormir en cualquier cama, verlo todo, sentirlo todo, conocer todos los secretos, las costumbres o las vergüenzas de la casa. Se encuentra a gusto en todas partes».
 
Raymond Chandler, decepcionado por la pereza de su viejo persa negro, que había dejado de llevarle serpientes, admitía: «He amado a los gatos toda la vida y nunca he sido capaz de comprenderlos». André Malraux amaba tanto a los gatos como para dibujar su delicada silueta junto a su firma. «No recuerdo haber estado nunca sin un gato», confesaba Gabriele D'Annunzio. Aunque, al contrario que Baudelaire o Gautier, no los consideraba animales sagrados, disfrutaba de las cualidades que, a su juicio, tenían en común con las mujeres: «Los movimientos, la facilidad para la traición, la elasticidad moral y material, las carantoñas». Colette no cultivaba edulcoradas ilusiones sobre su bondad. Reconocía en el gato doméstico la majestad y la crueldad del tigre real, pero sabía hasta qué punto, a diferencia de los hombres, podía ser fiel. Para ella «el tiempo pasado con un gato no es nunca tiempo perdido». De un animal se podía aprender mucho. «Le debo a los gatos una especie de honorable disimulo, un gran autocontrol, una aversión por los sonidos brutales y la necesidad de callar durante mucho tiempo.»
 
Una opinión compartida por Hippolyte Taine, quien declaró: «He conocido muchos gatos y muchos filósofos, pero la sabiduría de los gatos es infinitamente superior».
 
 
EL AUTOR
 
Giuseppe Scaraffia nació en Turín en 1950. Se doctoró en Filosofía con una tesis sobre la idea de felicidad en Diderot y actualmente es profesor de Literatura francesa en la Universidad de La Sapienza de Roma. Sus sugerentes ensayos transitan siempre, de manera feliz, entre la erudición y la divulgación. Ha publicado numerosos libros, como La donna fatale (1987), Il mantello di Casanova (1989), Miti minori (1995), Gli ultimi dandies (2002), Sorridi, Gioconda! (2008) o Le signore della notte. Storie di prostitute, artisti e scrittori (2011). En español puede leerse también Diccionario del dandi (1981; Machado Libros, 2009).
 
Los grandes placeres (Trad. Francisco de Julio Carrobles. Cáceres: Periférica, 2015) reúne una serie de breves y deliciosos ensayos acerca de asuntos tales como los bouquinistas del Sena, el boxeo, la calvicie, las postales, el champán, las drogas, la frivolidad, la glotonería, los mapas, los senos, la sobriedad, el suicidio, los tatuajes, el café, los perros, las deudas, la ebriedad, la excentricidad, el sentimiento de culpa, el espiritismo, la higiene de los escritores, etcétera.

[Publicado el 27/7/2015 a las 10:45]

[Etiquetas: Giuseppe Scaraffia, Periférica, Ensayo, Citas]

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Una voz, principalmente / "Mi romance" de Gordon Lish

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El personaje: Alguien llamado Gordon Lish, frente a un auditorio universitario en el que destacan las figuras de colegas y autores como James Salter y Denis Donoghue. La fecha: El 25 de junio de 1990. Los lugares en los que transcurre la narración: La universidad ya mencionada en Long Island, un hotel en Florida, Gila Bend (Arizona), las oficinas de Esquire y de Knopf y la terraza del hotel Pickwick en Nueva York. Los temas, tal como Lish los ha esbozado unos minutos antes en unas tarjetas bajo el título "Mi romance": "El reloj", "el aceite", "el Crosley", "la sala". Los temas de los que, a su pesar o no, acaba hablando finalmente, por orden de aparición: El alcohol, el metotrexato, el reloj de su padre, la venta del reloj de su padre, un viaje a Florida cuando era niño, su hermana Natalie, la psoriasis, el tío Charley, una nevera que gotea, la ropa holgada, su altura, las suelas de los zapatos, la dilatación mecánica del esófago, el papel en el que fue envuelta la urna que contenía las cenizas de su madre, un bolso de mujer, el aceite mineral marca Rite-Aid, las sillas Adirondack, una línea de autobuses llamada Shortline o Coldspot, una sombrilla, el aire acondicionado, una lata de Seven Up, los crucigramas, un trozo de manzana caramelizada, los sombreros de mujer. La invención: La de una voz, principalmente; una voz redundante y confusa y, por eso mismo, irritante al tiempo que eficaz, muy bien reproducida por el colombiano Juan Sebastián Cárdenas, uno de los mejores escritores latinoamericanos del momento. La psoriasis, por ejemplo:
 
Porque, por encima de todo, con lo que costarían los billetes de tren, por encima del precio oficial, de modo que yo pudiera ir con él, que yo pudiera ir con papá en el tren, definitivamente, todo iba a implicar para él el desembolso de una cantidad nada desdeñable de dinero. O eso decía papá. Lo que nos da un indicio, ¿no es así?, de cuán terrible debía de ser el estado de mis llagas cuando tenía diez años y, también, de lo mucho que papá estaba dispuesto a hacer para que yo, para que me aliviara de ellas aunque fuera un poco. Porque la comezón, ya os lo digo, era algo feroz. Yo andaba siempre medio rabioso con la comezón. Con esa picazón y el sangrado y el escarapelado. Siempre grietas. Dios, justo esto de lo que estoy hablando mientras lo siento aquí mismo, en la piel, en ese mismo instante aquí, ay, así, ay. Esa picazón que no tenía fin. Incluso después de haberte despellejado íntegramente, la picazón seguía ahí abajo en algún lugar, y entonces te clavabas las uñas hasta que quedabas medio en carne viva pero te seguía picando, o sea, quiero decir, obviamente... mi padre debía de andar buscando lo que fuera, cualquier cosa que se pudiera hacer por mí, cualquier alivio que estuviera a su alcance. Y a cualquier precio, quiero decir. (55-56)
 
 
Gordon Lish
Mi romance
Trad. Juan Sebastián Cárdenas
Cáceres: Periférica, 2014

[Publicado el 08/5/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Gordon Lish, Juan Sebastián Cárdenas, Novela, Periférica]

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Actualizaciones (VII) / Fernando R. de la Flor / William Blake / James Joyce

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Tres títulos para que el lector salte de alegría. Crédito, Andy Shupe.

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Los visitantes regulares a este diario de lecturas saben de sobra de mi interés por el ensayo literario: no, por cierto, por lo que se comercializa como tal estos días (y que, en el mejor de los casos, es periodismo y en el peor, publirreportaje), sino por el que considero el verdadero ensayo literario, ese tipo de texto que contribuye a la discusión acerca de la literatura y los libros y los modos en que ambos condicionan nuestras relaciones sociales y las formas que adquieren nuestros diálogos. Quizás la mía sea una posición minoritaria (al menos parece poco extendida entre los editores de colecciones de ensayo, y algún día alguien deberá escribir sobre qué pudo haber sucedido para que los sellos de ensayo que amamos y cuyos catálogos nos formaron se hayan convertido en el orgulloso hogar de títulos como "692 libros que tienes que leer antes de morir y no vas a leer nunca", "Veterinarias con encanto" o el ya clásico "Yo antes era filósofo pero ahora escribo autoayuda"). No importa. Los responsables de la editorial Periférica parecen compartir esa posición y acaban de apostar por uno de los mejores ensayistas españoles contemporáneos, Fernando R. de la Flor.
 
En Contra (post)modernos De la Flor revisa la vida y la obra de tres poetas españoles que, en su opinión, encarnan la disidencia, la provincia y la carencia: Miguel Espinosa, Claudio Rodríguez y Antonio Gamoneda. El resultado de su estudio es la certeza adquirida de que los enfrentamientos que se libraron en el campo literario español durante las últimas décadas no carecieron de víctimas y pudieron haber finalizado de formas muy distintas a como lo han hecho; también, como todo buen texto en su género, Contra (post)modernos pone de manifiesto la necesidad que tenemos de leer buenos ensayos y cómo estos son tan, tan distintos de los ensayos mediocres o malos, que (desafortunadamente) pululan.
 
 
2
 
A menudo, los editores españoles (no sólo los de ensayo) confiesan en conversaciones informales y mayormente en privado que en este momento no están publicando los libros que quisieran sino los que pueden, ya que las realidades del mercado no les permiten mucho más. No deja de ser posible que sea así: de hecho, muchos de esos editores son magníficos lectores y poseen un gusto literario notable, que (por consiguiente) hace que la incorporación a su catálogo de la mémoire de autor local joven (y barato), la novela hipertrofiada y no exenta de relleno ("ambiciosa" en la jerga editorial), la trilogía erótica de circunstancias y la novela premiada de presentadora de televisión o director de suplemento cultural parezca incomprensible. Que la crisis económica y del consenso acerca de qué supone que un libro sea bueno afecta a todos los editores por igual parece evidente; sin embargo, y por alguna razón, hay editoriales como Atalanta que parecen estar al margen de esa crisis.
 
Atalanta ha publicado en los últimos años libros tan notables como los dos tomos de la Decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon, la Imagen del mito de Joseph Campbell y la Antología universal del relato fantástico realizada por su director, Jacobo Siruela, a los que añade ahora el primer volumen de los extraordinarios, absolutamente excepcionales Libros proféticos de William Blake, profusa y enigmáticamente ilustrados por su propio autor: a excepción de la Antología [...] y (tal vez) del libro de Gibbon, todos estos títulos no destacan de antemano por su potencial comercial; por otra parte, son libros fundamentales. Que Atalanta parezca capear las turbulencias del presente con tanta solvencia (produciendo libros bellamente ilustrados y de confección irreprochable, imprescindibles todos ellos para la formación del criterio lector) tal vez se deba precisamente a la que parece ser su debilidad: la escasa comercialidad de sus propuestas. Quizás ese sea su principal reclamo comercial en un momento en que otras editoriales intentan (y fracasan) una y otra vez en sus esfuerzos por dar con un multiventas, con el resultado de que sólo producen pseudoliteratura para pseudolectores; es decir, para aquellos a los que la experiencia de la verdadera literatura (que requiere una inversión objetiva de tiempo y esfuerzo) atemoriza o repele. Atalanta (sometida a las mismas realidades del mercado que a otros les sirven de justificación o excusa) sigue, sin embargo, un camino distinto, y cualquier lector encontrará que es un placer poder recorrer ese camino junto a ella.
 
 
3
 
Un tiempo atrás, una encuesta a los usuarios de la red social Goodreads señalaba al Ulises de James Joyce como uno de los cinco clásicos más abandonados por sus usuarios; la encuesta quizás merezca una reflexión más detallada, pero lo que me interesa aquí es señalar el hecho de que, contra la que parece una opinión mayoritaria entre los usuarios de Goodreads (que habla pésimamente acerca de su capacidad como lectores, por cierto), Ulises es posiblemente la novela más importante del siglo XX y, en mi opinión, una de las más divertidas. Al tiempo que Gallo Nero publica su Joyce en París o el arte de vender el Ulises [...], que incluyo aquí a modo de invitación a leer el gran, gran libro del escritor irlandés.
 
 
Fernando R. de la Flor
Contra (post)modernos
Cáceres: Periférica, 2013
 
William Blake
Libros proféticos I
Intr. Patrick Harpur
Trad. Bernardo Santano
Girona: Atalanta, 2013
 
AA. VV.
Joyce en París o el arte de vender el Ulises
Pról. Simone de Beauvoir
Trad. Regina López Muñoz
Madrid: Gallo Nero, 2013

[Publicado el 03/1/2014 a las 10:30]

[Etiquetas: Fernando R. de la Flor, William Blake, James Joyce, Ensayo, Poesía, Miscelánea, Periférica, Atalanta, Gallo Nero]

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"Cuando los muertos sean, entre nosotros, más numerosos que los vivos" / "Los bosnios" de Velibor Colic / Cita

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Velibor Čolic nació en Modriča (Bosnia) en 1964; se alistó en el ejército bosnio, desertó en mayo de 1992 y fue hecho prisionero: consiguió escapar. Se refugió en Francia, donde publicó en 1994 su primer libro. Éste, Los bosnios, reúne pequeños textos distribuidos en tres secciones: "Hombres", "Ciudades" y "Alambradas"; todos ellos hablan de la muerte, la tortura, la destrucción y el asesinato que tuvieron lugar en los Balcanes durante la guerra. Aunque los personajes no toman aquí la palabra, el libro parece evocar obras bélicas "corales" como La compañía K de William March, con la que también comparte la voluntad de escapar de las epifanías heroicas y el desprendimiento con el que se recuerda en ambas a muertos fallecidos hace mucho tiempo. Un extracto:
 
"Allí en nuestra tierra el furor sigue desencadenándose, amigo mío. Aún dura el sangriento festín al que estábamos convidados desde hace tiempo, parece ser. Declaramos la guerra a la otra orilla, desenfundando de nuevo las espadas, los estandartes y las coronas. Nuestros santos son más santos que los suyos, la chispa que brilla en nuestros ojos es más luminosa. Tenemos más libros, más ángeles e incluso dos dioses.
 
NUESTRO PRESIDENTE SE PARECE MÁS A UN PRESIDENTE QUE EL SUYO.
 
FUIMOS LOS PRIMEROS EN LLEGAR A LOS BALCANES Y NOS IREMOS LOS ÚLTIMOS.
 
Pero ya se adivina cuál será el fin: algunas paletadas de barro y en coche por el cielo. No hay nada de glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea de un bando o de otro. Hay indicios secretos, señales que aparecen en el firmamento y en los sueños, que permiten presagiar que nuestra peregrinación tocará pronto a su fin. Cuando se rice el rizo, cuando los muertos sean, entre nosotros, más numerosos que los vivos; cuando se hayan quemado todos los libros que evocan la vida de nuestros ancestros en la hoguera de nuestros pueblos, que aún guardan el recuerdo de sus asesinos; cuando nos contemos para saber cuál de nosotros será el último y apagará la vela; cuando volvamos de nuestros lejanos paseos, un poco mejores que antes, la última esperanza, la última oportunidad consistirá en tender la mano en respuesta a la mano tendida, en devolver sonrisa por sonrisa. Sólo entonces podremos tener la certeza, estar por completo seguros, de vivir de nuevo de pie. Sólo entonces comprenderemos que somos jóvenes, como conviene al principio de la vida, y que se nos ha dado la posibilidad de renacer, mejores y más felices esta vez, en otra existencia..."
 
 
Velibor Čolic
Los bosnios
Trad. Laura Salas Rodríguez
Madrid: Periférica, 2013

[Publicado el 12/11/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Velibor Čolic, Novela, Periférica]

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Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010), Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990- 2010 (2011) y La vida interior de las plantas de interior (2013), así como de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que ha sido traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés, alemán, portugués y chino, Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016), Premio "Alcides Greca" de Novela de 2017, y del ensayo El libro tachado. Prácticas de la negación y del silencio en la crisis de la literatura (2014), al igual que del libro para niños Caminando bajo el mar, colgando del amplio cielo (2017). Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones como The Paris ReviewZoetrope y Michigan Quaterly Review (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España), entre otros. La revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español de su generación. Más recientemente ha recibido el Premio Cálamo Extraordinario 2016 por el conjunto de su obra. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania) y vive en Madrid. Su libro más reciente es Lo que está y no se usa nos fulminará (2018).

 

 

Bibliografía

 
 
 
 
 
 

 
 

 

Ficción

Lo que está y no se usa nos fulminará. Barcelona: Literatura Random House, 2017. 

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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