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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 18 de agosto de 2017

 Blog de Patricio Pron

Una lección moral / "El enfermero de Lenin" de Valentín Roma

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Quizás el padre del narrador se ha vuelto loco: insulta a los médicos, ataca a las enfermeras, desatiende deliberadamente las instrucciones que le dan, rechaza el tratamiento, exige que se lo llame Vladímir Ilich Uliánov: cree (o dice creer) que "es" Lenin dirigiéndose a su Palacio de Invierno personal para tomarlo por asalto.
 
Valentín Roma (Ripollet, 1970) es profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona, director del Centro de la Imagen La Virreina y uno de los comisarios de arte jóvenes más importantes de Europa; en su segundo libro (el primero fue Rostros, en 2011) recurre a las convenciones del diarismo para convocar en torno a la enfermedad del padre un puñado de elementos narrativos (parece inapropiado llamarlos "historias" porque a menudo sólo son referencias o imágenes) que se tienen lugar o no durante los veintiún días que "Lenin" permanece en el hospital pero pueden iluminar (al menos potencialmente) ese período: una cita de Mark Strand, la búsqueda en Google del nombre "Volodia", un sueño con Alexander Kluge, el recuerdo de un congreso sobre la obra de María Zambrano, listas de "libros de tema hospitalario", un juicio a Dios de 1918, la visita a la casa de los abuelos poco antes de que ésta sea demolida, una versión heavy metal de "La Internacional" a cargo de la banda china Tang Dynasty, un texto de Pier Paolo Pasolini, una conversación de señas entre Diego Rivera y Varvara Stepánova sobre el futuro de la vanguardia, comunistas que confunden la revolución con el amor y el amor con el Estado, un juego de cartas, la historia de Sebastián "Chano" Rodríguez Veloso, una reflexión sobre las migrañas del Lenin histórico como dispositivo de producción textual, la historia del amigo del narrador que perdió ambos brazos al subir a un poste de electricidad por una apuesta.
 
Nada de esto apunta a la dispersión, sin embargo, y El enfermero de Lenin no es (afortunadamente) el tipo de libro que el especialista en arte suele endilgar al lector con cierta frecuencia. Al margen de su asunto de superficie, el tema de este libro es la búsqueda de una forma de afrontar las pérdidas: del padre o de la "idea del padre", de la juventud, del sentido de la Historia. Marshall Berman escribió que "venimos de las ruinas, pero no estamos en ruinas todavía", y el libro de Roma es una acumulación de escombros: de lo que pudimos haber sido, de las bravuconadas, de los trabajos que tuvimos y no conservamos, los amoríos, los suburbios que nos hicieron sagaces y desconfiados, nuestros temores infantiles, nuestras lecturas, nuestro rencor de clase, nuestras madres, de todas aquellas cosas que se nos ofrecieron gratuitamente y el precio que tuvimos que pagar por ellas.
 
Ante los derrumbes (del sujeto, del cuerpo, de la Historia) las actitudes difieren de tal manera que tal vez sólo la literatura pueda dar cuenta de todas ellas: si el catolicismo sólo ofrece algo de consuelo y un espectáculo de masas (las infaustas Jornadas Mundiales de la Juventud de Madrid tienen lugar en el período narrado y son sujeto de la narración también), sólo la ideología aparece como un elemento vertebrador de la experiencia. En la (aparente) locura del padre del narrador hay también una lección moral, la de que en el confinamiento, frente al derrumbe del cuerpo y el fracaso de lo que nos sostenía y daba sentido a nuestra experiencia (también a las pérdidas), se impone el regreso a la ideología, a ese puñado de certezas que (en el peor de los casos) sólo son acertadas porque las compartimos con otros; ante el fin del sentido de la Historia, la convicción de que hay que adoptar otras identidades, y de que hay un tren en la estación de Zúrich y que ese tren no ha partido todavía.
 
 
Valentín Roma
El enfermero de Lenin
Cáceres: Periférica, 2017

[Publicado el 18/5/2017 a las 17:12]

[Etiquetas: Valentín Roma, Novela, Periférica]

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A contracorriente / "Ornamento" de Juan Cárdenas

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[...]

Ornamento dice (o parece decir) que la droga (que en un pasaje del libro el narrador asimila a la producción artística contemporánea) es el único objeto que permea la rigidez de los estratos de la sociedad latinoamericana, y que en su producción y en su consumo confluyen dos fuerzas más poderosas que las instituciones: el capitalismo y el deseo.
 
Cárdenas escribe con Ornamento un capítulo más de una trayectoria brillante aunque breve en la que los magisterios son selectos y visibles: si Zumbido señalaba la influencia de Felisberto Hernández, Antonio Di Benedetto y Maurice Blanchot (y Los estratos, la de César Aira y Julio Cortázar), la nueva novela del colombiano permite pensar en él como uno de los mejores alumnos del argentino Rodolfo Fogwill, de quien parece haber aprendido cómo narrar toda una época (su política, su economía, su régimen de visibilidad, su sexualidad) evitando los rígidos (aunque mucho más comerciales) parámetros del gran friso y la literatura de guía de viajes.
 
[...]
 
 
Juan Cárdenas
Ornamento
Cáceres: Periférica, 2015

[Publicado el 21/12/2015 a las 12:00]

[Etiquetas: Juan Cárdenas, Novela, Periférica]

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El gato según Giuseppe Scaraffia / En "Los grandes placeres" / Cita

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Ilustr. André Duranton /

A menudo, los dueños, aun amándolos, no saben nada de sus gatos. Cuando después de parir dos mininos se descubrió que Charles Chaplin, su gato remendado, era una hembra, Katherine Mansfield le contó a Virginia Woolf: «Estaba allí sin reaccionar mientras yo le acariciaba la tripita diciéndole: No es nada malo, viejo mío. ¡Antes o después tenía que sucederle también a un macho!».
 
Marina Tsvietáieva presumía de la atracción magnética que ejercía sobre los gatos, que, de hecho, no se le resistían. De un gato enorme que había encontrado en un hotel francés, decía: «Sobre las cosas esenciales sentimos de igual manera».
 
Ernst Jünger prefería los gatos a los perros porque «los gatos, sobre todo los siameses, olfatean la cultura, la necesitan como el aire que respiran». El gato no disturba el sueño y las reflexiones; es más, favorece ambas cosas con su aire de esfinge. «Su presencia sienta bien a la vida tranquila y contemplativa.» Un dato confirmado por Patricia Highsmith: «Un gato transforma una casa en un hogar. Un escritor no está nunca solo en su compañía, aun cuando esté bastante solo en su trabajo».
 
La reserva, de hecho, es una cualidad fundamental de los gatos, discretos incluso en sus expansiones sexuales. Graham Green observó asombrado a dos apareándose en la calle. «La gata, con los ojos entornados, emitía pequeños silbidos de satisfacción», pero, en cuanto advirtió la mirada de un extraño, se liberó del amplexo para refugiarse en la sombra. Cuan- do un fuerte afecto liga los animales a los humanos, el gato se eleva sobre las patas posteriores y aprieta la nariz contra la mejilla del dueño o le acaricia la mejilla con una pata. Se lo hacía Princesa a Henry James, quien acostumbraba a trabajar con un gato encima del hombro.
 
Los gustos de los gatos son imprevisibles. El gato color galleta de James Joyce prefería el pan con mantequilla. Hay que saber regañarlos cuando, por una acción mecánica, arañan a quien está jugando con ellos. Un día, Cocteau, en lugar de castigar a un siamés, lo regañó primero, y luego lo mimó sin parar hasta que el culpable acabó restregándose arrepentido entre las piernas de su víctima. El escritor, por otra parte, tenía en su apartamento nada menos que tres gatos: Nana, Tire-bouchon y Chifounette.
 
Según una difundida teoría había que elegir nombres que contuvieran un «crujido». Perfecto, por lo tanto, Mouche, el nombre de la gata de Hugo. «Poner nombre a un gato», sostenía Eliot, «es una empresa difícil.» En su opinión, se necesitaban, al menos, tres. Uno para usar a diario, otro más digno -«¿Cómo podría si no mantener el rabo perpendicular, enseñar los bigotes o sentirse orgulloso?»- y un tercero secreto, que sólo el animal conoce «aunque no lo confiesa nunca».
 
El comportamiento de un gato durante un viaje es imponderable. Bébert, el célebre gato de Céline permanecía tan tranquilo en el morral de su dueño mientras éste se fugaba de Francia con los colaboracionistas. Hasta cuando el escritor le ofreció su comida caducada, se apartó todo digno después de haberla olido con aire asqueado. «Se dejaría matar antes que tocar esta porquería... ¡Probablemente es más delicado, más aristocrático que nosotros, zafios sacos de mierda, que nos empapuzamos una y otra vez con las porquerías más repugnantes!»
 
En sus paseos cotidianos, el felino entabla amistad con los desconocidos que va a visitar. Sigmund Freud cuenta las visitas regulares de una gata blanca que, después de que hubiera entrado por la ventana, se acurrucaba sobre el célebre diván de sus pacientes, se dejaba acariciar y se bebía a conciencia la taza de leche que el psicoanalista le preparaba antes de que reemprendiera su paseo.
 
Contrariamente a lo que se cree, el gato puede ser fiable. El de Ernest Hemingway le hacía de nodriza en París al hijo recién nacido de su dueño. Quizá por ello, en memoria de aquella singular ama de cría, el escritor cubrió el jardín de su casa en Cuba de minúsculos montículos coronados con una pequeña cruz en memoria de los peludos difuntos. Pocos gatos son capaces de pasear con su dueño como hacen habitualmente los perros, pero el de Georges Simenon, Christmas, al que había encontrado por la calle el día de Navidad, «cuando paseábamos nos seguía, saltando de vez en cuando dentro de un jardín, para luego volver a alcanzarnos». Por su parte, Charles Dickens tenía, de pequeño, un gato que apagaba las velas cuando el padre del autor, absorto en la lectura, se olvidaba de acariciarlo.
 
La libertad del gato fascinaba a Guy de Maupassant: «Se va por ahí cuando le parece, puede dormir en cualquier cama, verlo todo, sentirlo todo, conocer todos los secretos, las costumbres o las vergüenzas de la casa. Se encuentra a gusto en todas partes».
 
Raymond Chandler, decepcionado por la pereza de su viejo persa negro, que había dejado de llevarle serpientes, admitía: «He amado a los gatos toda la vida y nunca he sido capaz de comprenderlos». André Malraux amaba tanto a los gatos como para dibujar su delicada silueta junto a su firma. «No recuerdo haber estado nunca sin un gato», confesaba Gabriele D'Annunzio. Aunque, al contrario que Baudelaire o Gautier, no los consideraba animales sagrados, disfrutaba de las cualidades que, a su juicio, tenían en común con las mujeres: «Los movimientos, la facilidad para la traición, la elasticidad moral y material, las carantoñas». Colette no cultivaba edulcoradas ilusiones sobre su bondad. Reconocía en el gato doméstico la majestad y la crueldad del tigre real, pero sabía hasta qué punto, a diferencia de los hombres, podía ser fiel. Para ella «el tiempo pasado con un gato no es nunca tiempo perdido». De un animal se podía aprender mucho. «Le debo a los gatos una especie de honorable disimulo, un gran autocontrol, una aversión por los sonidos brutales y la necesidad de callar durante mucho tiempo.»
 
Una opinión compartida por Hippolyte Taine, quien declaró: «He conocido muchos gatos y muchos filósofos, pero la sabiduría de los gatos es infinitamente superior».
 
 
EL AUTOR
 
Giuseppe Scaraffia nació en Turín en 1950. Se doctoró en Filosofía con una tesis sobre la idea de felicidad en Diderot y actualmente es profesor de Literatura francesa en la Universidad de La Sapienza de Roma. Sus sugerentes ensayos transitan siempre, de manera feliz, entre la erudición y la divulgación. Ha publicado numerosos libros, como La donna fatale (1987), Il mantello di Casanova (1989), Miti minori (1995), Gli ultimi dandies (2002), Sorridi, Gioconda! (2008) o Le signore della notte. Storie di prostitute, artisti e scrittori (2011). En español puede leerse también Diccionario del dandi (1981; Machado Libros, 2009).
 
Los grandes placeres (Trad. Francisco de Julio Carrobles. Cáceres: Periférica, 2015) reúne una serie de breves y deliciosos ensayos acerca de asuntos tales como los bouquinistas del Sena, el boxeo, la calvicie, las postales, el champán, las drogas, la frivolidad, la glotonería, los mapas, los senos, la sobriedad, el suicidio, los tatuajes, el café, los perros, las deudas, la ebriedad, la excentricidad, el sentimiento de culpa, el espiritismo, la higiene de los escritores, etcétera.

[Publicado el 27/7/2015 a las 10:45]

[Etiquetas: Giuseppe Scaraffia, Periférica, Ensayo, Citas]

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Una voz, principalmente / "Mi romance" de Gordon Lish

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El personaje: Alguien llamado Gordon Lish, frente a un auditorio universitario en el que destacan las figuras de colegas y autores como James Salter y Denis Donoghue. La fecha: El 25 de junio de 1990. Los lugares en los que transcurre la narración: La universidad ya mencionada en Long Island, un hotel en Florida, Gila Bend (Arizona), las oficinas de Esquire y de Knopf y la terraza del hotel Pickwick en Nueva York. Los temas, tal como Lish los ha esbozado unos minutos antes en unas tarjetas bajo el título "Mi romance": "El reloj", "el aceite", "el Crosley", "la sala". Los temas de los que, a su pesar o no, acaba hablando finalmente, por orden de aparición: El alcohol, el metotrexato, el reloj de su padre, la venta del reloj de su padre, un viaje a Florida cuando era niño, su hermana Natalie, la psoriasis, el tío Charley, una nevera que gotea, la ropa holgada, su altura, las suelas de los zapatos, la dilatación mecánica del esófago, el papel en el que fue envuelta la urna que contenía las cenizas de su madre, un bolso de mujer, el aceite mineral marca Rite-Aid, las sillas Adirondack, una línea de autobuses llamada Shortline o Coldspot, una sombrilla, el aire acondicionado, una lata de Seven Up, los crucigramas, un trozo de manzana caramelizada, los sombreros de mujer. La invención: La de una voz, principalmente; una voz redundante y confusa y, por eso mismo, irritante al tiempo que eficaz, muy bien reproducida por el colombiano Juan Sebastián Cárdenas, uno de los mejores escritores latinoamericanos del momento. La psoriasis, por ejemplo:
 
Porque, por encima de todo, con lo que costarían los billetes de tren, por encima del precio oficial, de modo que yo pudiera ir con él, que yo pudiera ir con papá en el tren, definitivamente, todo iba a implicar para él el desembolso de una cantidad nada desdeñable de dinero. O eso decía papá. Lo que nos da un indicio, ¿no es así?, de cuán terrible debía de ser el estado de mis llagas cuando tenía diez años y, también, de lo mucho que papá estaba dispuesto a hacer para que yo, para que me aliviara de ellas aunque fuera un poco. Porque la comezón, ya os lo digo, era algo feroz. Yo andaba siempre medio rabioso con la comezón. Con esa picazón y el sangrado y el escarapelado. Siempre grietas. Dios, justo esto de lo que estoy hablando mientras lo siento aquí mismo, en la piel, en ese mismo instante aquí, ay, así, ay. Esa picazón que no tenía fin. Incluso después de haberte despellejado íntegramente, la picazón seguía ahí abajo en algún lugar, y entonces te clavabas las uñas hasta que quedabas medio en carne viva pero te seguía picando, o sea, quiero decir, obviamente... mi padre debía de andar buscando lo que fuera, cualquier cosa que se pudiera hacer por mí, cualquier alivio que estuviera a su alcance. Y a cualquier precio, quiero decir. (55-56)
 
 
Gordon Lish
Mi romance
Trad. Juan Sebastián Cárdenas
Cáceres: Periférica, 2014

[Publicado el 08/5/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Gordon Lish, Juan Sebastián Cárdenas, Novela, Periférica]

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Actualizaciones (VII) / Fernando R. de la Flor / William Blake / James Joyce

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Tres títulos para que el lector salte de alegría. Crédito, Andy Shupe.

1
 
Los visitantes regulares a este diario de lecturas saben de sobra de mi interés por el ensayo literario: no, por cierto, por lo que se comercializa como tal estos días (y que, en el mejor de los casos, es periodismo y en el peor, publirreportaje), sino por el que considero el verdadero ensayo literario, ese tipo de texto que contribuye a la discusión acerca de la literatura y los libros y los modos en que ambos condicionan nuestras relaciones sociales y las formas que adquieren nuestros diálogos. Quizás la mía sea una posición minoritaria (al menos parece poco extendida entre los editores de colecciones de ensayo, y algún día alguien deberá escribir sobre qué pudo haber sucedido para que los sellos de ensayo que amamos y cuyos catálogos nos formaron se hayan convertido en el orgulloso hogar de títulos como "692 libros que tienes que leer antes de morir y no vas a leer nunca", "Veterinarias con encanto" o el ya clásico "Yo antes era filósofo pero ahora escribo autoayuda"). No importa. Los responsables de la editorial Periférica parecen compartir esa posición y acaban de apostar por uno de los mejores ensayistas españoles contemporáneos, Fernando R. de la Flor.
 
En Contra (post)modernos De la Flor revisa la vida y la obra de tres poetas españoles que, en su opinión, encarnan la disidencia, la provincia y la carencia: Miguel Espinosa, Claudio Rodríguez y Antonio Gamoneda. El resultado de su estudio es la certeza adquirida de que los enfrentamientos que se libraron en el campo literario español durante las últimas décadas no carecieron de víctimas y pudieron haber finalizado de formas muy distintas a como lo han hecho; también, como todo buen texto en su género, Contra (post)modernos pone de manifiesto la necesidad que tenemos de leer buenos ensayos y cómo estos son tan, tan distintos de los ensayos mediocres o malos, que (desafortunadamente) pululan.
 
 
2
 
A menudo, los editores españoles (no sólo los de ensayo) confiesan en conversaciones informales y mayormente en privado que en este momento no están publicando los libros que quisieran sino los que pueden, ya que las realidades del mercado no les permiten mucho más. No deja de ser posible que sea así: de hecho, muchos de esos editores son magníficos lectores y poseen un gusto literario notable, que (por consiguiente) hace que la incorporación a su catálogo de la mémoire de autor local joven (y barato), la novela hipertrofiada y no exenta de relleno ("ambiciosa" en la jerga editorial), la trilogía erótica de circunstancias y la novela premiada de presentadora de televisión o director de suplemento cultural parezca incomprensible. Que la crisis económica y del consenso acerca de qué supone que un libro sea bueno afecta a todos los editores por igual parece evidente; sin embargo, y por alguna razón, hay editoriales como Atalanta que parecen estar al margen de esa crisis.
 
Atalanta ha publicado en los últimos años libros tan notables como los dos tomos de la Decadencia y caída del imperio romano de Edward Gibbon, la Imagen del mito de Joseph Campbell y la Antología universal del relato fantástico realizada por su director, Jacobo Siruela, a los que añade ahora el primer volumen de los extraordinarios, absolutamente excepcionales Libros proféticos de William Blake, profusa y enigmáticamente ilustrados por su propio autor: a excepción de la Antología [...] y (tal vez) del libro de Gibbon, todos estos títulos no destacan de antemano por su potencial comercial; por otra parte, son libros fundamentales. Que Atalanta parezca capear las turbulencias del presente con tanta solvencia (produciendo libros bellamente ilustrados y de confección irreprochable, imprescindibles todos ellos para la formación del criterio lector) tal vez se deba precisamente a la que parece ser su debilidad: la escasa comercialidad de sus propuestas. Quizás ese sea su principal reclamo comercial en un momento en que otras editoriales intentan (y fracasan) una y otra vez en sus esfuerzos por dar con un multiventas, con el resultado de que sólo producen pseudoliteratura para pseudolectores; es decir, para aquellos a los que la experiencia de la verdadera literatura (que requiere una inversión objetiva de tiempo y esfuerzo) atemoriza o repele. Atalanta (sometida a las mismas realidades del mercado que a otros les sirven de justificación o excusa) sigue, sin embargo, un camino distinto, y cualquier lector encontrará que es un placer poder recorrer ese camino junto a ella.
 
 
3
 
Un tiempo atrás, una encuesta a los usuarios de la red social Goodreads señalaba al Ulises de James Joyce como uno de los cinco clásicos más abandonados por sus usuarios; la encuesta quizás merezca una reflexión más detallada, pero lo que me interesa aquí es señalar el hecho de que, contra la que parece una opinión mayoritaria entre los usuarios de Goodreads (que habla pésimamente acerca de su capacidad como lectores, por cierto), Ulises es posiblemente la novela más importante del siglo XX y, en mi opinión, una de las más divertidas. Al tiempo que Gallo Nero publica su Joyce en París o el arte de vender el Ulises [...], que incluyo aquí a modo de invitación a leer el gran, gran libro del escritor irlandés.
 
 
Fernando R. de la Flor
Contra (post)modernos
Cáceres: Periférica, 2013
 
William Blake
Libros proféticos I
Intr. Patrick Harpur
Trad. Bernardo Santano
Girona: Atalanta, 2013
 
AA. VV.
Joyce en París o el arte de vender el Ulises
Pról. Simone de Beauvoir
Trad. Regina López Muñoz
Madrid: Gallo Nero, 2013

[Publicado el 03/1/2014 a las 10:30]

[Etiquetas: Fernando R. de la Flor, William Blake, James Joyce, Ensayo, Poesía, Miscelánea, Periférica, Atalanta, Gallo Nero]

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"Cuando los muertos sean, entre nosotros, más numerosos que los vivos" / "Los bosnios" de Velibor Colic / Cita

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Velibor Čolic nació en Modriča (Bosnia) en 1964; se alistó en el ejército bosnio, desertó en mayo de 1992 y fue hecho prisionero: consiguió escapar. Se refugió en Francia, donde publicó en 1994 su primer libro. Éste, Los bosnios, reúne pequeños textos distribuidos en tres secciones: "Hombres", "Ciudades" y "Alambradas"; todos ellos hablan de la muerte, la tortura, la destrucción y el asesinato que tuvieron lugar en los Balcanes durante la guerra. Aunque los personajes no toman aquí la palabra, el libro parece evocar obras bélicas "corales" como La compañía K de William March, con la que también comparte la voluntad de escapar de las epifanías heroicas y el desprendimiento con el que se recuerda en ambas a muertos fallecidos hace mucho tiempo. Un extracto:
 
"Allí en nuestra tierra el furor sigue desencadenándose, amigo mío. Aún dura el sangriento festín al que estábamos convidados desde hace tiempo, parece ser. Declaramos la guerra a la otra orilla, desenfundando de nuevo las espadas, los estandartes y las coronas. Nuestros santos son más santos que los suyos, la chispa que brilla en nuestros ojos es más luminosa. Tenemos más libros, más ángeles e incluso dos dioses.
 
NUESTRO PRESIDENTE SE PARECE MÁS A UN PRESIDENTE QUE EL SUYO.
 
FUIMOS LOS PRIMEROS EN LLEGAR A LOS BALCANES Y NOS IREMOS LOS ÚLTIMOS.
 
Pero ya se adivina cuál será el fin: algunas paletadas de barro y en coche por el cielo. No hay nada de glorioso en la muerte de un joven en el frente, sea de un bando o de otro. Hay indicios secretos, señales que aparecen en el firmamento y en los sueños, que permiten presagiar que nuestra peregrinación tocará pronto a su fin. Cuando se rice el rizo, cuando los muertos sean, entre nosotros, más numerosos que los vivos; cuando se hayan quemado todos los libros que evocan la vida de nuestros ancestros en la hoguera de nuestros pueblos, que aún guardan el recuerdo de sus asesinos; cuando nos contemos para saber cuál de nosotros será el último y apagará la vela; cuando volvamos de nuestros lejanos paseos, un poco mejores que antes, la última esperanza, la última oportunidad consistirá en tender la mano en respuesta a la mano tendida, en devolver sonrisa por sonrisa. Sólo entonces podremos tener la certeza, estar por completo seguros, de vivir de nuevo de pie. Sólo entonces comprenderemos que somos jóvenes, como conviene al principio de la vida, y que se nos ha dado la posibilidad de renacer, mejores y más felices esta vez, en otra existencia..."
 
 
Velibor Čolic
Los bosnios
Trad. Laura Salas Rodríguez
Madrid: Periférica, 2013

[Publicado el 12/11/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Velibor Čolic, Novela, Periférica]

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Verbo y verga / "La transmigración de los cuerpos" de Yuri Herrera

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No es seguro que William Shakespeare sea el autor de la tragedia Romeo y Julieta (1597); éste pudo ser Francis Bacon, Christopher Marlowe, Edward de Vere e incluso cierto William Shakespeare nacido en Stratford-upon-Avon el 26 de abril de 1564. No importa. La controversia acerca de quién fue William Shakespeare es menos relevante que la trascendencia y la productividad de su obra, cuyos personajes y motivos regresan periódicamente. El escritor mexicano Yuri Herrera (Actopan, 1970) es el responsable del más reciente de esos regresos: La transmigración de los cuerpos, que narra los esfuerzos de su protagonista por restituir a dos familias enfrentadas los cadáveres de sus hijos, accidental y deliberadamente en manos de las familias equivocadas. Al igual que en la tragedia inglesa (cualquiera que fuese su autor), las familias rivales de La transmigración de los cuerpos tan sólo aspiran a proteger su honor y a reparar la supuesta ofensa recibida utilizando a sus hijos como si fuesen su propiedad; a diferencia de lo que sucede en ella, los dos jóvenes no estaban vinculados amorosamente, su muerte es accidental (aunque los accidentes hayan sido distintos) y da comienzo al drama en vez de suponer su final, sus familias están más relacionadas de lo que parece, una plaga está matando a las personas.
 
[...]
 
 
Yuri Herrera
La transmigración de los cuerpos
Cáceres: Periférica, 2013
 
[En Letras Libres. Ciudad de México y Madrid, abril de 2013.]

[Publicado el 15/4/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Yuri Herrera, Novela, Periférica]

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La lengua del fracaso / "Jamás el fuego nunca" de Diamela Eltit

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Aunque solemos pensar en la experiencia política revolucionaria que tuvo lugar en América Latina en las décadas de 1960 y 1970 como un fracaso mensurable casi exclusivamente en vidas humanas, lo cierto es que la interrupción de esa experiencia en países como Chile y Uruguay y Argentina no sólo supuso la desaparición y el asesinato de su buena parte de sus protagonistas, sino también la obsolescencia y la desaparición de una lengua concebida para poner palabras a esa experiencia, una lengua a veces olvidada por sus propios hablantes (de hecho, es notable que en la magnífica historia oral de Eduardo Anguita y Martín Caparrós de la experiencia revolucionaria en Argentina La voluntad esa lengua del pasado ya no es empleada ni siquiera para narrar ese pasado) pero recordada por algunos y bien conocida por quienes somos hijos de estos últimos: palabras como "célula", "base", "cúpula" y "cuadro" (con sus respectivas vinculaciones con el lenguaje médico y el de la arquitectura) son parte de una lengua que nuestros padres han hablado a lo largo de nuestra infancia de forma privada, delimitando un territorio preciso en el que los hijos no podíamos penetrar y que, incluso cuando pudimos hacerlo, nos resultó incomprensible.
 
A ese territorio pertenece la lengua que hablan los protagonistas de Jamás el fuego nunca (2007), la primera novela de la escritora chilena Diamela Eltit (1949) publicada en España. En ella, dos personajes mantienen una sorda disputa en torno al pasado; ambos fueron comunistas y padecieron la delación, la cárcel y la clandestinidad, pero también un hecho igualmente terrible, la muerte de un hijo que no pudieron llevar al hospital para no ponerse en peligro ni a ellos ni a su organización. Que el hijo fuese el producto de las violaciones que la protagonista y narradora de esta historia padeció en la cárcel importa poco, del mismo modo en que tampoco tiene mucha importancia que ella fantasee con haber sido la culpable de que su célula cayera o que él la mató durante el parto: lo relevante aquí es el lenguaje que los personajes emplean para narrar su experiencia, que es el lenguaje de la experiencia revolucionaria, ya que de su uso emerge una idea central del libro, la de la pareja como célula, "[...] una deleznable organización, común, mecánica, una forma primitiva e incesante, generadora de la peor clase de explotación" (81). Naturalmente, esa explotación es el resultado del aislamiento en el que se encuentran los protagonistas de Jamás el fuego nunca, que los lleva a hacer de su convivencia en el cuarto en el que transcurre prácticamente la totalidad del libro un espacio en el que dirimir la supremacía, como una versión reducida y beckettiana de la sociedad que la pareja quiso y no pudo cambiar.
 
Claro que ese fracaso político (y el vital de sus protagonistas) es el resultado de la incapacidad para significar; es decir, de su imposibilidad, primero, de conseguir que toda la sociedad hablase el lenguaje revolucionario y, a continuación, de dejar de hablar ese lenguaje. Al tiempo que los personajes siguen concibiéndose como células y privilegiando la clandestinidad y el secreto, se van encerrando paulatinamente en una lengua privada que ya no sirve para dar sentido a la experiencia. Desde Lumpérica (1983), Diamela Eltit ha cultivado esa lengua del fracaso político y ha propiciado derivas en la figura de autoras como Nona Fernández y Andrea Jeftanovic (que están entre lo mejor de la literatura chilena reciente), Carlos Labbé y Lina Meruane, cuya obra, sin ser epigonal, guarda semejanzas con la de la autora de Jamás el fuego nunca. La obra de Eltit (de la que esta novela es un magnífico ejemplo) es consecuente con la frustración política resultante del fracaso lingüístico que resulta de la imposibilidad de hacer comprensible la experiencia revolucionaria con una lengua que ya no circula socialmente. Quizás sea la perfección y la radicalidad de ese fracaso la que constituye el principal triunfo de la obra de la escritora chilena y la razón por la que la Academia (no sólo, pero principalmente) estadounidense ha acogido y celebrado sus libros (que ocupan el centro de una de las muchas escenas académicas de ese país), pero el problema es que Eltit, que en alguna ocasión afirmó concebir sus libros "como los arquitectos diseñan casas", no ha creado casas para que sean habitadas por sus lectores, los que tendrán dificultades para interesarse en una descripción de ocho páginas sobre cómo se baña a una anciana inválida o para encontrar algún placer estética en frases como la siguiente: "El arroz se emparenta con el pan, ambos cumplen su función de proporcionarnos el sueño y el alivio. Comemos pan y arroz. Preparo el arroz siempre de la misma manera. El arroz, su forma común, la cocción necesaria que requiere de una relativa concentración, malo, malo el arroz, cuando resulta recocido o casi crudo, sus repelentes granos que más de una vez te han atorado" (19).
 
A lo largo de Jamás el fuego nunca la narradora insiste en que su pasado revolucionario podría estar "a mil años" de distancia, así de radicalmente ha sido truncada la experiencia política y así de distantes parecen los hechos y la lengua para nombrarlos; de igual forma, da la impresión de que hubieran pasado mil años desde la fulgurante novedad y la pequeña e íntima revolución que constituyó Lumpérica para los que fuimos sus lectores. Narrar el fracaso desde el interior de su lengua es uno de los principales méritos de la obra de Diamela Eltit, pero, como alguna vez afirmó Bob Dylan, "no hay éxito como el fracaso / pero el fracaso nunca es un éxito".
 
 
Diamela Eltit
Jamás el fuego nunca
Cáceres: Periférica, 2012
 
[En Letras Libres. Ciudad de México y Madrid, marzo de  2013.]

[Publicado el 26/3/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Diamela Eltit, Novela, Periférica]

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Juan Cárdenas empieza de nuevo / "Los estratos" de Juan Cárdenas

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Más interesante que todo ello, Los estratos transcurre en vertederos, antiguos cementerios, parques industriales, centros comerciales, aparcamientos, hoteles por hora y "sanandresitos", los espacios de tránsito y de acumulación de lo que sobra y es descartado que son (quizás) la mejor metáfora de la América Latina contemporánea. Al ubicar la acción de su novela en ellos, Juan Cárdenas pone punto final a la falsa dicotomía que presidió la producción y la recepción de la literatura latinoamericana en las últimas décadas y empieza de nuevo: hay mucho de valor y de belleza en este gesto.
 
 
Juan Cárdenas
Los estratos
Cáceres: Periférica, 2013

[Publicado el 14/3/2013 a las 12:15]

[Etiquetas: Juan Cárdenas, Novela, Periférica]

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La uruguaya / "Aloha" de Maco

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Una página de "Aloha" de Maco. Crédito: de la autora.

Una de las mejores novelas de alguien llamado Copi se titula El uruguayo y narra a la manera de una larga carta los sucesos que tienen lugar durante la visita de su autor a Uruguay, en particular aquellos que se producen a partir del momento en que, al cavar un pozo, su perro desaparece dentro de él y la ciudad es cubierta de arena. Del pozo comienzan a salir pollos que mueren asados cuando tocan la superficie y el mar avanza un kilómetro y luego se retira, dejando la ciudad cubierta de cadáveres. Un día, al despertarse, el narrador se encuentra rodeado de militares a los que vuelve a encontrar en la playa, donde un misterioso avión lanza una bomba sobre ellos y sobre el presidente. Tres años después de la catástrofe, de la que el narrador es único sobreviviente, los cadáveres resucitan y empiezan a perseguirlo, el narrador se reúne con el presidente y éste lo canoniza, cortándole los labios y los párpados para conservarlos como reliquias. Después, el narrador se va a vivir a un pozo en la playa, el Papa de Argentina lo visita con la excusa de entregarle la medalla del cómico argentino y, tras algunas aventuras, regresa a su país con el presidente, quien vuelve algún tiempo después afirmando que el Papa de Argentina era en realidad un tratante de blancas y es aceptado nuevamente por el narrador, que dispone una serie de actividades que los uruguayos deben completar con la finalidad de distraerse del cataclismo que se avecina.

Ninguna de las novelas de Copi (ni siquiera El uruguayo, que es la primera que escribió) admiten distracciones en su descenso frenético hacia la catástrofe; ni una sola de ellas ahorra al espectador perplejidades y contradicciones ni le exige menos que la suspensión absoluta (totalmente absoluta) de su incredulidad: se está con Copi hasta el final o se lo abandona de inmediato y esto es un condicionamiento muy bienvenido en una época (la suya, la nuestra) de ficciones amables para con el lector. Aloha, el primer libro de la uruguaya Maco (Montevideo, 1987) recuerda a El uruguayo en la extraordinaria libertad que reclama para sí y obtiene para sus lectores. No es la única de las semejanzas que remiten a Copi en este libro: aquí también el (o la) protagonista despiertan una y otra vez a realidades incomprensibles y catastróficas sobre las que no pueden emitir ningún juicio; ambos tienen mascotas que les hablan (el perro del narrador en El uruguayo, un ratón llamado Máximo que descubre una caverna que recuerda a las fantasías sobre el origen de La ciudad de las ratas de Copi en Aloha); aquí también hay inundaciones, nevadas y otras catástrofes atmosféricas.

No se trata de que Aloha sea una imitación de El uruguayo: por el contrario, si la primera recuerda a la novela de Copi es por su extraordinaria originalidad y la libertad creativa que exhibe su autora. Maco parece dominar a la perfección la transformación del tiempo en espacio que es el gran misterio de la obra de Copi, pero su presentación de ambos, siendo tan sofisticada como la del autor argentino, es mucho más limpia y más cercana a la bella línea clara belga que al anarquismo visual y al deliberado feísmo de Copi. Ambos autores comparten, sin embargo, esa singular mezcla de humor lacónico y celebración de la perplejidad que puede encontrarse también en El uruguayo. Allí, el narrador dibujaba sobre la arena los edificios y las personas de la ciudad que su perro había enterrado al cavar un pozo y agregaba más tarde unos carteles que precisaban cada uno de los dibujos; es decir, escribía un cómic. Aloha se parece mucho a ese cómic efímero de una ciudad enterrada milagrosamente bajo la arena.

 

Maco
Aloha
Cáceres: Periférica, 2012

[Publicado el 30/10/2012 a las 10:15]

[Etiquetas: Maco, Copi, Cómic, Periférica]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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