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Cynthia Rimsky (Santiago de Chile, 1962) publicó su primera novela al regresar de un viaje durante el cual visitó los países de donde emigraron a Chile sus antepasados; singularmente Poste restante (2001) es algo así como un libro de viajes concebido a manera de anticipo o preparación para un viaje específico, el que su autora realizó a esos países poco después de haber escrito el libro y antes de publicarlo, tras el hallazgo de un álbum familiar en el que habría algunas claves para esclarecer el origen y la grafía de su apellido. A partir de ese momento (y hasta el presente) los libros de Rimsky serían todos publicados después y a consecuencia de viajes: de un viaje y de una estancia en el norte del país trasandino (La novela del otro, 2004), de otro tras los pasos del filósofo y teólogo judío Rabí Moshé ben Maimón o Maimónides (Los perplejos, 2009); después de algunos viajes entre Talca y Constitución en un pequeño tren de medio siglo de antigüedad en Ramal (2011). En todos ellos la autora parece haberse propuesto como programa la recuperación de la experiencia del viajero en detrimento de la del turista según lo afirmado famosamente en El cielo protector por Paul Bowles, para quien:
"Mientras el turista se apresura por lo general a regresar a su casa al cabo de algunos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro del planeta" (19).
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Aquí el término esencial es "lentitud", una lentitud que puede encontrarse en la literatura de W.G. Sebald, en la de Sergio Chejfec y en la de la autora chilena: se trata de la lentitud del viajero que no puede ni desea avanzar más rápido, en primer lugar, debido su rechazo radical de la experiencia turística y su velocidad; en segundo lugar, a consecuencia del espesor histórico y de sentido de los sitios que visita y de su incapacidad para apartar la vista.
Al hablar de espesor me refiero sencillamente a una abundancia de referencias que el escritor que viaja no puede pasar por alto: referencias arquitectónicas y paisajísticas (un asunto particularmente importante en Los perplejos), pero también históricas y literarias, vinculadas en ambos casos ya con lo que el escritor ve y escucha durante su viaje, ya con aquello que otros han visto y oído previamente. Cynthia Rimsky pertenece al tipo de escritores viajeros que ya no procuran provocar en sus lectores la impresión de que se encuentran ante un paisaje nuevo, que se disponen a narrar como si éste careciera de antecedentes, como si fuera la experiencia real y primigenia, la primera intervención en un territorio no ollado jamás. Al igual que los autores a los que me he referido antes (con los que la escritora chilena comparte también el hecho de que el suyo no es un viaje del centro a la periferia sino de la periferia a la periferia, de la orfandad a una orfandad mayor, de la promesa de una respuesta a la sucesión de interrogantes), Rimsky comprende que el paisaje ha sido intervenido previamente, que es intervención en un sentido lato, y que escribir sobre el viaje consiste en contar de qué manera el narrador se relaciona con lo que otros han dicho previamente sobre el sitio donde se encuentra.
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Quizás resulte sorprendente que nadie haya comparado antes las fotografías que W.G. Sebald ponía en sus libros y las imágenes que los arqueólogos suelen hacer durante sus labores; en ambos casos, la fotografía pretende dejar un registro de algo que ha sido hallado y que se perderá: en el caso de los arqueólogos, tan pronto como el hallazgo sea removido con fines de estudio y se excave en procura de encontrar más objetos u otro estrato arqueológico; en el de Sebald, a raíz de que la necesidad de proseguir el viaje convertirá rápidamente lo visto en memoria; es decir, en ficción.
En los libros de Rimsky sucede algo similar: sus narradores descubren de forma permanente nuevos estratos cuyo descubrimiento echa por tierra las expectativas iniciales y, de ese modo, contribuye a que el suyo sea realmente un viaje y no una experiencia turística. A lo largo de su obra hay un interés evidente por cierto tipo de desplazamientos carentes de la facilidad y del carácter recreativo del turismo contemporáneo: las emigraciones, los desplazamientos vinculados con ideologías y religiones y el viaje tras los pasos del hijo. Ninguno de estos viajes tiene nada de recreativo, ninguno de ellos carece de episodios sin interés y de esperas y momentos de tedio (al igual que la mayor parte de los viajes verdaderos y no de los que suceden en la literatura); para ninguno de ellos existen hojas de ruta, y eso contribuye a la intranquilidad que genera en el lector buena parte de los libros de Rimsky, cuyo proyecto de (en palabras de Fernando Morales) recrear "una memoria que haga al sujeto ingresar en una historia ya no fragmentada e interrumpida" (es decir, un proyecto destinado a reparar la orfandad a la que la Historia condena a los sujetos que son resultados de desplazamientos y rupturas) se ve frustrado una y otra vez ante la evidencia (que aparece una y otra vez a lo largo de su obra) de que los textos que sirven de referente de la experiencia (y hay muchos en su obra, por ejemplo en Poste restante: listados bilingües, fotografías glosadas, mapas, diarios de viaje, listas de adquisiciones y gastos, correspondencia, etcétera) carecen en realidad de vinculación con ésta (dicho en términos lingüísticos, que los significantes no remiten a ciertos significados sino a otros significantes). A raíz de ello, los suyos no son viajes de inocencia, ya que la autora muestra cómo sus desplazamientos no carecen de antecedentes, que son viajes que (para decirlo de alguna manera) sólo pueden ser enunciados con las palabras de otros.
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Al escoger sortear las convenciones del género renunciando a la elipsis y optando por el relato moroso de los viajes con su tedio y sus horas vacías (más aun, al ser particularmente elusiva en Los perplejos o al escoger un recorrido relativamente breve de ochenta kilómetros de extensión en una zona poco interesante de Chile en Ramal, una región económicamente depreciada y, para decirlo de algún modo, "muerta" para el turismo), Rimsky hace explícito su programa de una literatura de viajes no turística; una literatura que no se propone vender nada, ni siquiera el suvenir literario de un desplazamiento, y emerge de sus propias contradicciones como una literatura ética.
En Ramal (por ejemplo) el protagonista del relato es contratado por el Servicio Nacional de Turismo para concebir una iniciativa que salve la vía férrea que une Talca y Constitución, el último de los diez ramales que la empresa nacional de ferrocarriles de Chile construyó alguna vez en el país, pero el protagonista se enfrenta ante el hecho de que tan sólo se podría salvar el ramal mediante el flujo masivo de turistas, lo que (naturalmente) significaría la pérdida de la especificidad de esa región y la razón por la que los turistas desearían visitarla. A pesar de ello, no es el libro en el que quede más patente la denuncia que realiza la autora del modo en que el turismo contemporáneo y los usos vinculados con él nos han robado la experiencia del paisaje. En Los perplejos, Rimsky escribe:
"Frente al paradero del autobús, del lado de la colina y no del mar, hay dos casas. El propietario original del terreno vive en la del fondo. Hace algunos años vendió el paño de la entrada a un hombre de la ciudad. El nuevo dueño levantó su casa entre las mismas cotas de la casa del antiguo dueño, tapándole la vista al mar. Ni siquiera en el segundo piso le dejó horizonte. El nuevo dueño pudo haber pasado por alto en los planos que su casa ocultaría el paisaje que los antiguos dueños llevaban generaciones contemplando, pero cuando comenzó a visitar el terreno para supervisar la construcción es imposible que no lo haya notado. Habiendo construido el primer piso, tuvo la oportunidad de cambiar el diseño del segundo para permitir que su vecino retuviera la vista del mar en los dormitorios, pero dejó que la obra siguiera su curso. El antiguo dueño debió advertir que la nueva casa le quitaría para siempre el paisaje. A partir de ese momento, ¿cómo hizo el nuevo dueño para ver a su vecino a los ojos? ¿O la solución es más simple y el nuevo dueño no volvió a mirar a su vecino a los ojos?" (91)
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A diferencia de otros autores de lo que habitualmente llamamos literatura de viajes, Rimsky rehúye la narrativa lineal, ya del paisaje, ya de sí misma. Así, el recorrido del tren que une Talca con Constitución en Ramal está lleno de avances y retrocesos en su narración, de ascensos y descensos al vehículo que dejan en el lector la impresión de que el viaje se dilata indefinidamente; también, de que carece de destino final. Más que ese destino final, Rimsky se interesa por el punto de partida, al que regresa al final del relato; claro que regresar no es realmente posible cuando el viaje es de las características del que es narrado en Ramal. Aquí lo que se narra de forma explícita son una serie de viajes entre Talca y Constitución en un tren cuyas especificidades técnicas sirven de frontispicio a la obra: un recorrido de ochenta kilómetros de extensión, una duración de tres horas, once estaciones, una locomotora alemana construida en 1961 que alcanza una velocidad máxima de sesenta kilómetros por hora, una longitud total del tren de veinticinco coma cinco metros distribuidos en dos coches con una capacidad total de ochenta asientos y una única clase económica, un solo baño con inodoro y lavamanos en el primer coche, un peso total de más de treinta toneladas.
En Ramal, la autora se propone explícitamente averiguar si el pueblo del que escapó su abuelo (Colín, que no aparece en el mapa, al igual que siete de las once estaciones del recorrido) sigue existiendo; también, si hay allí alguna huella de su familia y de sí misma. A partir de ese punto, el libro se despliega en dos direcciones: hacia adelante, a la manera de un relato acerca del viaje que realiza su autora (y que ilustran unas fotografías que presentan casas derruidas, senderos de gravilla y pedruscos, estaciones vacías, paisajes vistos desde una ventanilla de tren cuyos rayones y garabatos tienden a emborronar aun más la imagen y a distinguirla de la ilusión de belleza y armonía buscada deliberadamente por la fotografía turística) y que tiene capítulos como un sitio llamado "La Estación del Poeta", una fiesta en un sitio denominado Curtiduría cuya atracción principal es un cantante disfrazado de mexicano que se hace llamar "el Potrillo de Santa Rita", un río que sólo se puede cruzar en un sitio llamado Los Romeros y únicamente por un botero hermafrodita, otros sitios llamados Maquehua, El Rancho, Pichaman y Toconey, una niña que se aferra a un perro, lagares, una planta de tratamiento de celulosa que ha traído la ruina no sólo económica a todo el lugar, una vendedora que entrega al narrador un texto escrito por ella titulado "Vengo a un funeral de pensamientos" (99). La segunda dirección en la que se despliega el Ramal conduce hacia atrás, hacia el pasado familiar ya explorado parcialmente en Poste restante y la historia del abuelo que se marchó de Colín y se negó durante buena parte de su vida a abandonar la consulta dental en la calle Maruri en la que atendía a los vecinos necesitados de la zona y desplazarse a un barrio más rico de Santiago; sobre esa decisión (que el narrador parece recuperar hacia el final del relato, cuando se instala en la casa familiar) se proyecta la pérdida de un hijo, una pérdida que debe entenderse en los múltiples sentidos de la palabra, y que convierte al narrador de esta historia en un desplazado más, en alguien cuyo único asidero se encuentra ya en el pasado familiar y que comparte con otros personajes de la obra de Rimsky su impotencia frente al dolor. Cuando regresa, el protagonista de Ramal no es más quien se marchó, ha vivido el viaje y, lo que es más importante, el viaje lo ha vivido a él, lo ha hecho alguien diferente, alguien que abre las puertas de la vieja casa con un gesto de desconcierto y perplejidad.
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Los perplejos presentaba la alternancia de dos relatos autónomos, uno acerca del viaje que la narradora realizaba a los países de donde emigraron a Chile sus abuelos, el otro sobre la vida y la obra de Maimónides; de forma explícita, el vínculo entre ambos textos se encontraba en el hecho de que la autora hubiese recibido una beca estatal para escribir sobre el filósofo, no pudiera hacerlo y comenzara a viajar; de forma implícita, en el hecho de que ambos textos se ocupaban de la errancia del pueblo judío (de hecho, la pregunta central de la obra de Maimónides era "‘[...] sobre el sentido de la experiencia judía. ¿Por qué todas aquellas persecuciones de las que Israel era víctima? ¿Por qué razón estaban condenados los judíos a una vida de errancia?'", 55) y por el hecho de que ambos constituyan recreaciones novelescas de una experiencia vital que ha tenido lugar en los hechos.
Al presentar dos relatos prácticamente autónomos, la autora invitaba al lector a escoger cuál relato prefería, posiblemente a sabiendas de que su elección diría mucho más sobre éste que sobre la propia autora o su libro, ya que las diferencias entre ambos textos (contra lo dicho anteriormente) eran visibles: el relato sobre Maimónides era tradicionalmente lineal, poseía fuentes visibles y una adhesión absoluta (en la medida de lo posible) a los hechos históricos, que ficcionalizaba y complementaba allí donde parecía necesario para crear la ilusión novelesca; por su parte, el segundo texto carecía de linealidad, no era mimético (más aun, procuraba desautomatizar el lenguaje en el que era enunciado) ni eludía las contradicciones en el carácter de los personajes y se componía de cartas, documentos, catálogos de tiendas y otros objetos equiparados todos al nivel de textos por la autora con la finalidad de recrear la experiencia de un desplazamiento que, como en otros relatos suyos, se articulaba en torno a capas de significado.
Aquí la palabra clave es "significado", o su sinónimo: "sentido". La novela (podemos llamarla "histórica") sobre Maimónides no se preguntaba nunca por sus condiciones de producción o sobre su sentido; la dedicada a narrar el viaje no hacía sino preguntar por el sentido y exhibía sus condiciones de producción; y lo hacía movida por la perplejidad, ya que los textos que la autora utilizaba para escribir su novela sobre Maimónides y dar forma al viaje en el que supuestamente seguía sus pasos, resultaban ser falsos, meras recreaciones literarias: significantes sobre significantes.
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En literatura, la suma de una mentira y de otra mentira no arroja una verdad (me pregunto si no lo hace fuera de ella); cuando el narrador o narradora de Los perplejos comprobaba la falsedad de sus fuentes comprendía la inutilidad de escribir la novela de Maimónides, y también el equívoco de realizar un viaje en procura de un estrato de significación inexistente o existente tan sólo como verdad en el marco del viaje. Ante ello, seguía viajando y el viaje se revelaba como la única verdad de la experiencia; también el extravío, que es la condición previa e ineludible para el descubrimiento:
"Como me ha sucedido antes, no encuentro las calles que aparecen en el mapa. La lógica indica que si sigo por Manchado deberé llegar a Parras y una cuadra después a Don Gome. Algo inexplicable sucede y, en vez de estar en Don Gome, me encuentro en Obispo Alguacil. Pregunto a un hombre en qué dirección se encuentra la muralla del Marrubial. No la conoce. Guardo el mapa" (106).
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Ramal también tiene algo de la deriva situacionista que insinúa el pasaje precedente. Aquí Rimsky retoma la segunda novela de la que se componía Los perplejos, la de la indagación del sentido, pero lo hace volviendo sobre el tema de Poste restante, el de los vínculos filiales que nos conforman como sujetos. Al hacerlo, continúa un movimiento singular que caracteriza su obra: el que va de lo colectivo a lo individual, de la historia y la dimensión histórica del espacio a la subjetividad y a los lugares de la historia familiar; en última instancia, "el que viene de afuera" (que es como es llamado el narrador de Ramal a lo largo de todo el relato) sólo puede ir hacia adentro, en un viaje vertical en procura de un sentido esquivo al que el viaje le sirve de metáfora. A ese movimiento está abocada toda la obra de Cynthia Rimsky; en palabras de Emilio Gordillo Lizana, "uno de los proyectos narrativos más interesantes de su generación".
BIBLIOGRAFÍA
Bowles, Paul. El cielo protector. Trad. Aurora Bernárdez. Madrid: Alfaguara, 1998.
Rimsky, Cynthia. Los perplejos. Santiago de Chile: Sangría, 2009.
Rimsky, Cynthia. Poste restante. Santiago de Chile: Sangría, 2010.
Rimsky, Cynthia. Ramal. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, 2011.
Publicado originalmente en Quimera. Madrid, febrero de 2012.
[Publicado el 09/4/2012 a las 12:45]
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