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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 19 de enero de 2017

 Blog de Patricio Pron

"Me lo permito todo en este libro" / Alberto Laiseca (1941-2016)

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El escritor argentino Alberto Laiseca (1941-2016) / Fotografía de Alejandra López

El escritor argentino Alberto Laiseca nació en Rosario en 1941 y murió en Buenos Aires el 22 de diciembre pasado; ejerció oficios diversos, escribió 19 libros (incluyendo dos monumentales, Los sorias y El jardín de las máquinas parlantes), inventó el "realismo delirante"; fue, en una escena literaria como la argentina (de escritores que surgen con rapidez y con igual rapidez se eclipsan y caen en el olvido junto con su promesa), un valor seguro durante décadas. Al hilo de la noticia de su muerte, recordé una conversación que tuvimos en 1999, en su casa, con motivo de la publicación de su novela El gusano máximo de la vida misma: en su transcurso, Laiseca, que era alto y parecía severo, fue inusitadamente cordial y también muy generoso con el joven que lo entrevistaba. Quizás el diálogo tenga todavía algún interés; quienes deseen profundizar en la figura del autor de Por favor ¡plágienme!, tienen una aproximación más reciente y lograda en el excelente perfil que escribió Yamila Begné para la revista Anfibia (aquí). Esta entrevista fue publicada por El Cultural de El País de Montevideo, que dirigía Homero Alsina Thevenet, en 1999.
 
 
-Lo primero que sorprende del libro es la manera explícita en la que se narra lo sexual. Esto es particularmente llamativo si se considera que en novelas anteriores como La mujer en la muralla usted lo hacía mediante una serie de metáforas.
 
Metáforas muy chinas por otra parte. Lo que pasa es que este libro fue un descanso. Es cierto que es obceno, pero a veces la obcenidad es un alivio para el escritor. Todo el libro en realidad fue un descanso porque para escribir mis obras yo suelo estudiar mucho y aquí no había nada que estudiar. Lo único que tenía que hacer era sacar de mis recuerdos (de «los escombros de mis recuerdos» como dice Gustav Meyrink) las cosas de mi infancia, mis experiencias con el underground y con las mujeres. Pero este también es un libro explícito desde el punto de vista teológico por las cosas que habla el gusano con el sabio loco. En mis novelas siempre hubo grandes partes de discusión teológica, particularmente en El jardín de las máquinas parlantes y en ésta, más allá del lenguaje underground, está la parte isabelina de mis obras.
 
-El libro respira alegría, ¿cómo fue su proceso de escritura?
 
Bueno, lo escribí hace seis años, en un momento en que estaba bastante mal, en el sentido de que había perdido muchas cosas: mi casa, mi mujer de entonces y mi trabajo. No estaba tan mal como en otras épocas porque tenía algunas cosas y había ganado la beca Guggenheim, pero en los momentos en que estoy peor, el humor y el delirio me salvan, como esta vez. Me dan una opulencia que no tengo en la vida diaria. Así que inventé ese personaje «proteico» del gusano para hacerle correr historietas de aventuras, pero luego me di cuenta de que daba para mucho más y me dije «Por qué en lugar de escribir dos o tres cuentitos no hago una novelita, lo meto todo en una obra única y me despacho».
 
-Hay una impronta autobiográfica fuerte en el libro. Hablemos entonces de su vida. Usted nació en Rosario.
 
Sí, pero no me crié ahí. Mamá había tenido problemas con su primer bebé, que sólo vivió unas pocas horas, y papá tenía mucho miedo, así que la llevó a Rosario y la internó por las dudas (él era médico y podía hacer ese tipo de cosas), pero yo nací como escupida de músico, así que ya repuesta mamá nos volvimos a Camilo Aldao, donde vivíamos.
 
-En algunas de las entrevistas que le han hecho leí que usted ejerció múltiples oficios. Hay algunos que son conocidos como el trabajo de corrector en La Razón, ¿cuáles fueron los otros?
 
Fui operario telefónico en una sección llamada Centrales Privadas que, pese a su nombre, no era privada. Instalábamos centrales autónomas para empresas, desde teléfonos comunes a télex, tanto en Buenos Aires como en cualquier otra parte. En teoría podían mandarnos a Santiago del Estero pero nunca lo hicieron. Había venido con veinticinco años a Buenos Aires luego de trabajar en la cosecha (en Mendoza, el norte de Santa Fe y la propia provincia de Córdoba), y antes de ser telefónico trabajaba de peón de limpieza. Luego una tía me conseguió el trabajo en Teléfonos del Estado, del que me fui con una pequeña herencia que me permitió comprar una casita en Escobar; cuando ya me estaba quedando sin un solo peso y tenía que empezar a vivir de la caridad pública, conseguí ese trabajo en La Razón donde estuve nueve años y un mes.
 
-En sus novelas, desde las Memorias de un novelista atonal, que es un narrador imposible, hasta los cuentos policiales chinos que escribe el gusano, siempre hay alguien que quiere comenzar a escribir. ¿Cómo fueron sus propios inicios?
 
Bueno, yo ya escribía de antes de venir a Buenos Aires. Ya cuando estudiaba ingeniería química hacía incursiones pésimas en la literatura. Escribía muy mal y lo que hacía era sobre todo plagiar a Herman Hesse, a Gustav Meyrink y a los otros simbolistas alemanes. Era pésimo todo, y tuve que llegar a una clarificación conmigo mismo para empezar a escribir como la gente. Pero eso fue en Buenos Aires, donde empecé a contar simplemente lo que me pasaba por adentro, mis reflexiones, fragmentos de ficción y cosas sin principio ni fin que yo llamaba «arte Caoísta».
 
-En el libro hay una descripición exhaustiva de la vida en las cloacas de Buenos Aires, ¿cómo se informó al respecto?
 
Esas cosas me las contó un amigo que fue oficial de bomberos durante más de diez años, Enrique César Lerena de la Serna. Él me contó todos los detalles de cómo es una cloaca y del lunfardo que usan los raqueros, las personas que viven en ellas, para una nota para el diario Tiempo Argentino. Todos dijeron «qué maravilloso el trabajo de ficción de Alberto Laiseca», pero esa parte es rigurosamente verdad: en las cloacas hay derrumbaderos y cataratas de seis metros de alto, hay inscripciones cuyas nomenclaturas se han perdido y remolinos enormes donde si usted se cae sale en el Río de la Plata muerto, hay ratas de Noruega enormes a las que los gatos les tienen miedo. Todo eso es cierto.
 
-En sus novelas siempre hay una tensión entre la ficción y la investigación histórica que se enriquecen mutuamente. ¿Qué surge primero en sus obras, el tema o la época en la que quiere situar ese tema?
 
Eso es muy difícil de decir porque tiene que ver con la génesis de una obra. Es la pregunta de «¿Qué es primero, el huevo o la gallina?». El maestro Lai Chú dice «Primero vino el huevo, pero el faisán poniéndolo». En el caso específico de una novela sobre Egipto es obvio que voy a leer libros de egiptología y cuanto papel caiga en mis manos, pero en el caso de un libro como El gusano máximo de la vida misma lo primero que aparece es el deseo de narrar, o sea, eso tan raro que tiene el escritor de encontrar cosas que los otros no encuentran.
 
-¿De qué manera cree que El gusano máximo de la vida misma continúa o altera el plan de sus obras anteriores?
 
Este es como un resumen de todos mis libros anteriores y un resumen de mi cosmovisión. Las observaciones teológicas que hago en él son muy importantes porque son lo que yo pienso sobre ciertos asuntos. Hay además citas de obras como «Su turno» y Los sorias y están los enanos de mi infancia que aparecen en Matando enanos a garrotazos.
 
-Hace algunos años hizo mucho ruido con la publicación de Los sorias, de la que por entonces usted decía que era «la novela más leída y menos comentada de la literatura argentina reciente». ¿Sigue pensando lo mismo sobre ese libro?
 
Todavía sí, porque todo el mundo sabe que existe pero muy pocos lo han leído. De todos modos yo creo que Los sorias se va a abrir paso con campo gravitatorio propio hasta que llegue a ser tan comentado como leído.
 
-¿Le preocupa encontrarse con que escribe más de lo que las editoriales argentinas están dispuestas a publicarle?
 
Sí, me interesa mucho publicar y cuando vi que pasaban dieciséis años y no me sacaban Los sorias me empecé a sentir mal. Entonces apareció como un genio de «las mil y una noches» Gastón Gallo y me la publicó.
 
-Tusquets le reeditó también La mujer en la muralla. ¿Qué le parece ese libro tantos años después de haberlo escrito?
 
Es una novela a la que yo le doy mucha importancia porque es como el polo opuesto de El gusano máximo de la vida misma. Es un estilo muy cuidado, de investigación histórica muy exhaustiva. La quiero más que nunca.
 
-Hay una pregunta obligatoria, ¿qué es el realismo delirante del que usted se considera fundador?
 
Bueno, delirantes hemos tenido a montones en la literatura argentina, pero aquí lo que se hace es delirar sin olvidarse de la realidad. Las referencias a lo que sucede (a la realidad teológica, política, de las relaciones entre el hombre y la mujer) están marcadas por delirios que no son gratuitos, sino que consiguen contar la historia de otra manera.
 
-Lo verdaderamente delirante parece ser que en sus novelas los delirios no son menos ciertos que la información documentada.
 
Exacto. Mire lo que me pasó con La hija de Kheops. En uno de los párrafos de la novela yo cometí el atrevimiento de decir que el faraón les daba cerveza a los trabajadores de la pirámide. En una radio me gastaron terriblemente diciendo «Cómo no saber que la pirámide fue construida a latigazo limpio y que lo único que le daban a los esclavos era un poco de comida para que siguieran trabajando». Bueno, en primer lugar, no eran esclavos (esa es una mala prensa que tiene el faraón) y, en segundo lugar, yo estaba seguro de que era así aunque no tenía documentación. Después de unos años de publicada esa novela apareció en el diario la noticia de que habían hallado en Gizeh una gigantesca fábrica de cerveza que el faraón había mandado construir para darle a los trabajadores. Eso es realismo delirante. Lo que el delirio hace con su aparente «irse por las ramas» es hacer más rápidas las cosas y explicar una realidad sin enmascararla.
 
-En ese sentido su método se opondría a la ficción histórica tan en boga que consistiría en rellenar los omisiones y ausencias de la Historia con al carnadura de la ficción.
 
Sí. Lo que yo trato en mis novelas históricas es de averiguar lo que no dice la Historia. Esto es muy pretencioso y difícil y (obviamente) lo logro muy pocas veces, pero es a lo que aspiro.
 
-En sus novelas las mujeres ocupan un lugar preponderante. En dos de ellas, al menos, el lugar central: La hija de Kheops y La mujer en la muralla. El gusano máximo de la vida misma parece entonces un homenaje un poco tortuoso a las mujeres.
 
Sí, ellas me dieron mucho a mí y sin ellas yo no sería la mitad de un hombre. La suya es una buena observación porque aparentemente el libro no es un homenaje, ya que el gusano no trata muy bien a las mujeres. Sin embargo, las mujeres son el centro de gravedad de todo lo que hace.
 
-En sus novelas siempre hay también un dictador. El gusano máximo de la vida misma también lo es, aunque (a diferencia de los otros) acaba abandonando todo. ¿Ha cambiado su opinión sobre el poder?
 
Sí. El gusano se convierte en el dictador máximo de los Estados Unidos, pero ya antes hace todo lo que quiere. Luego se humaniza y de ser absolutamente egoísta se vuelve un tipo que intenta auxiliar a los demás. El gusano renuncia al poder porque está harto y termina siendo un maestro que predica ante sus alumnos y usa a Shakespeare como libro de adivinación. La reflexión sobre el poder no cambia, aunque el gusano termina bastante mejor que otros dictadores.
 
-Que la reina de las cloacas les lea Shakespeare a las ratas, ¿significa que la literatura tiene un lugar cada vez más subterráneo y marginal en nuestra cultura?
 
Sí, me temo que significa exactamente eso. Esta es una novela de realismo delirante en estado puro al punto de que me dejo atar muy poco por las convenciones. Me lo permito todo en este libro, e incluso eso.

[Publicado el 24/12/2016 a las 13:28]

[Etiquetas: Alberto Laiseca, Novela, Entrevistas, Recuperación]

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Ingravidez / "Ardillas de Pavlov" de Laura Erber

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Vivimos, afirman algunos, tiempos "post-históricos", en los que la errancia y la falta de certezas habrían reemplazado a una cierta visión progresiva de la historia y a los esfuerzos individuales y colectivos por encontrar un sentido; al menos desde la victoria en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses de Donald Trump (cuya campaña estuvo presidida por el uso extensivo y deliberado de la mentira política) parece evidente que estos tiempos "post-históricos" han venido para quedarse, de tal manera que la única pregunta que cabe hacerse al respecto (aparte de la que concierne a nuestra suerte en su transcurso) es de qué forma la literatura, post-histórica o no, reflejará estos tiempos de vagabundeo, fragilidad y falta de sentido de la experiencia.
 
Además de la obra de Teju Cole (Kalamazoo, Michigan, 1975), posiblemente el escritor que mejor ha comprendido el signo de los tiempos, la literatura contemporánea reserva dos respuestas mayoritarias a la pregunta acerca de cómo narrar la época: la surgida en los Estados Unidos al hilo del movimiento Black Lives Matter (que reescribe la experiencia individual en el ámbito de lo social en un sentido amplio, no tanto en términos de clase sino más bien de raza y de género) y la que emerge de escritores individuales que, como Valeria Luiselli en su novela Los ingrávidos, hablan de la pérdida del hogar con la levedad y los tonos menores de una literatura radicalmente solipsista.
 
Ardillas de Pavlov de Laura Erber (Río de Janeiro, 1979) pertenece a esta última tendencia; su protagonista, Ciprian Momolescu, hijo de un poeta surrealista rumano que, ante el escaso interés de la Rumania comunista por el surrealismo, devino escritor de cuentos infantiles, lo intenta como artista contemporáneo becado en residencias en Alemania y Dinamarca antes de decidir que un arte que tiene como objeto producir experiencias debe ser sublimado en la experiencia de una vida anónima, en su caso en París. Ciprian aspira tan sólo a encontrar al final de su vida "un lavamanos con una rejilla oscura para drenar sus peores recuerdos" (48); "tantas cosas pueden surgir de las elucubraciones de un joven solitario en un lugar aislado [que] lo más difícil es vivir la vida al por mayor y al por menor y saber que no hay más que falta de sincronía, ovulación y violencia consentida", afirma (46). Su aprendizaje no es el de la decepción (este no es un Bildungsroman ni nada que se le parezca, en no menor medida debido a que, en realidad, y a lo largo de su trayectoria, Ciprian no desea ni consigue aprender nada), sino el producto de una decepción inevitable, ya que "no hay juego, azar, teoría salvavidas, persona o libro que enseñe a soportar este mareo" que es la existencia: "El lugar desde donde hablo es una nada justo en medio de todo" (15).
 
Erber, quien es también artista visual y editora y fue seleccionada por la revista Granta como uno de sus "veinte mejores escritores brasileños jóvenes", tiene talento para el epigrama ("el cansancio es la bebida de los que no beben", 32; "La pobreza que nos mantenía juntos era la misma que nos separaba", 34) y su novela tiene pasajes especialmente logrados; su levedad, su "ingravidez" parece apuntar a lo que la autora denomina "esa extraña forma de inocencia que es la indefinición" (91); sin embargo, ¿es posible ser inocente en estos tiempos post-históricos? Quizás la respuesta sea que, siendo posible, no es deseable. "Soy un chiste que se cuenta por inercia, capricho o vanidad", admite el narrador de Ardillas de Pavlov (14); más tarde, se pregunta: "¿Y por qué les cuento todo esto?" (118). El lector, por supuesto, se pregunta lo mismo bastantes páginas antes. Buena parte del futuro de la literatura se juega en la respuesta que se ensaye a esa pregunta; pero, al menos de antemano, es evidente que la ingravidez literaria no parece la mejor respuesta a la falta de peso de la literatura contemporánea ni la elisión del significado la mejor contribución a la recuperación de un sentido para la experiencia moderna.
 
 
Laura Erber
Ardillas de Pavlov
Trad. Julia Tomasini
Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2016

[Publicado el 17/12/2016 a las 13:00]

[Etiquetas: Laura Erber, Novela, Adriana Hidalgo]

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En una lengua extraña / "Había mucha neblina o humo o no sé qué" de Cristina Rivera Garza

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Nacida en Matamoros (Tamaulipas, México) en 1964, Cristina Rivera Garza es poeta, ensayista, profesora en la Universidad de Houston y, sobre todo, una de las intelectuales y escritoras más sugerentes y talentosas de la literatura contemporánea en español; sus intervenciones en la red, ensayos suyos como Los muertos indóciles. Necroescritura y desapropiación (2013) o su singular aproximación a Pedro Páramo en su blog "Mi Rulfo mío de mí" no sólo señalan nuevas direcciones para la literatura, sino que proponen (y esto tal vez sea más importante, o al menos más urgente) una reformulación de los vínculos entre las instancias sólo aparentemente divergentes de autor, lector y obra, lo que equivale a decir, una reescritura del sitio que la literatura ocupa en el mundo.
 
Había mucha neblina o humo o no sé qué continúa el proyecto de apropiación de la obra de Juan Rulfo como vehículo de un cuestionamiento radical de la autoría ya esbozado por Rivera Garza en "Mi Rulfo mío de mí", y lo hace en dos sentidos: hacia el interior del texto, subvirtiendo su adscripción a un género u otro mediante la proliferación de estrategias narrativas (Había mucha neblina o humo o no sé qué es principalmente una crónica de viaje, pero incluye poemas, fotografías, análisis literarios, cuentos, reescrituras y apuntes); por otra parte, hacia el exterior del texto, dando cuenta de las condiciones materiales de producción de la obra de Rulfo, lo que supone también (y especialmente en relación al desempeño del autor de El llano en llamas en el proyecto modernizador mexicano, primero como vendedor de neumáticos y más tarde como integrante de la así llamada Comisión del Papaloapan y funcionario en el Instituto Nacional Indigenista) establecer un vínculo entre las mejoras introducidas en la producción de llantas y neumáticos con la ampliación de la red de carreteras en México, el auge del turismo en el país norteamericano y la popularización en él de la cámara fotográfica: todo ello (dice Rivera Garza) hizo posible la obra de Juan Rulfo en la medida en que facilitó los desplazamientos por el país que están en el origen de su literatura. Su obra no surge de la nada, es el resultado del proyecto modernizador mexicano así como su cuestionamiento, un impulso modernizador paradójicamente cohibido por el reconocimiento de que supondría la desaparición de ciertas comunidades y formas de vida que Rulfo celebró en su obra, especialmente en su fotografía.
 
Juan Rulfo como testigo, Juan Rulfo como "facilitador" del desplazamiento forzoso de las comunidades rurales que él entendió como nadie y sobre las que escribió con una piedad todavía conmovedora, Juan Rulfo desplazándose hacia el futuro con la mirada puesta en el pasado como el ‘ángel de la Historia' de Walter Benjamin, Juan Rulfo financiado por la CIA, Juan Rulfo comprándose diez boletos de lotería para salir de pobre (y no ganando nada, por supuesto); Juan Rulfo como pionero de la literatura queer (otro gran hallazgo de la autora): las versiones del autor de Pedro Páramo se solapan en la obra de Rivera Garza contribuyendo a la reversión del proceso de canonización y desactivación política de Rulfo y de su obra que se iniciaron con su silencio. A pesar de ciertas repeticiones a lo largo del texto y de una prosa no siempre eficaz, Rivera Garza hace en este libro algo extraordinario: se apropia de Rulfo (es decir, lo "desapropia", despojando sus textos de la atribución de autoría que los uniforma y desactiva) para, de esa manera, devolvérnoslo. Al final, como en las páginas traducidas al mixe que conforman el último pasaje del libro, Juan Rulfo sigue siendo un enigma, alguien que habló en una lengua extraña; pero esa lengua ya se ha vuelto nuestra, y nosotros somos ella también.
 
 
Cristina Rivera Garza
Había mucha neblina o humo o no sé qué
Ciudad de México: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 12/12/2016 a las 15:15]

[Etiquetas: Cristina Rivera Garza, Novela, Literatura Random House]

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Pasión no correspondida / "Musa" de Jonathan Galassi

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Algo de la elegancia y la generosidad que quienes hemos tenido la oportunidad de conocer a Jonathan Galassi sabemos que éste posee en grandes cantidades permea o parecería permear Musa, su debut literario. Narrada con la ligereza de quien cuenta un cuento a unos niños, esta fábula con escritores y (sobre todo) editores es, en algún sentido, precisamente, un cuento infantil: el de la infancia de un negocio editorial que ha perdido la inocencia al someterse al juego de los accionistas y la progresión de los dividendos. Parte del placer de su lectura proviene del reconocimiento de nombres de autores, editores y empresas sólo ligeramente disimulados: Musa es una novela en clave, es cierto, aunque la clave está al alcance de cualquier lector medianamente informado; pero incluso aunque esa clave no sea conocida por el lector, éste extraerá el placer de la lectura de este libro de la figura de la brillante y misteriosa Ida Perkins y de los entusiasmos que ésta genera en quienes la rodean, también en el joven editor Paul Dukach: su "pasión no correspondida" está en el centro del relato, y constituye una metáfora eficacísima de una forma de pensar la literatura y lo que ella hace con nosotros, sus amantes, desde que el mundo es mundo.
 
 
Jonathan Galassi
Musa
Trad. Jaime Zulaika
Barcelona: Anagrama, 2016

[Publicado el 15/11/2016 a las 14:45]

[Etiquetas: Jonathan Galassi, Novela, Anagrama]

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Una lección amarga / "Tardía fama" de Arthur Schnitzler

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Eduard Saxberger no es un poeta: fue un poeta, publicó un libro de poesía, depositó algunas esperanzas en él, prefirió el funcionariado, olvidó todo lo que quiso ser y lo que quiso hacer y no hizo o hizo a medias. Un día lo visita un joven, alguien parecido a él en sus comienzos, o a quien él recuerda que se parecía en esos comienzos, y le presenta sus respetos, lo arrastra consigo a la tertulia que comparte con sus amigos poetas, con un actor y con una actriz que parece interesarse más por Saxberger de lo que éste (ya mayor, presumiblemente célibe; en última instancia, funcionario público) creía que una mujer podría hacerlo, se le ofrece la ilusión del "reconocimiento que hasta entonces le había sido negado" (31). Sus amigos celebran una velada con la que pretenden darse a conocer y producir un giro en la situación de la poesía vienesa de su época; lo instan a escribir, le ruegan que los acompañe; pero Saxberger (que no es un poeta, que fue un poeta pero ya no lo es) no puede, no tiene nada para decir, hace leer un par de sus viejos poemas y alguien dice que es "un pobre diablo". "Así que aquí se sume en sus pensamientos, aquí escribe...", le dice la joven que se interesa por él, y Saxberger pierde los estribos: "No, no, señorita, aquí no me sumo en mis pensamientos ni escribo. ¡Hace treinta años que no me sumo en mis pensamientos ni escribo!". "¡Usted volverá a escribir!", le exige ella: "Desconoce el efecto que surtirán sobre usted los aplausos de cientos de oyentes entusiasmados, los elogios de la prensa, la fama". "No", insiste él con suavidad: "Por desgracia no volveré a escribir. Ya no puedo escribir" (72), admite.
 
Tardía fama es un apólogo de la decepción literaria; al iluminar formas sólo parcialmente perimidas de la sociabilidad literaria, Schniztler apunta a una convicción habitual entre los aspirantes a escritores, nunca perimida por completo: la de que todavía no es demasiado tarde, la que aún es posible acceder al reconocimiento que se cree merecer. Al final, Eduard Saxberger descubre que su único capital literario es el de esa inmanencia y que estas cosas no se hacen a medias: se es escritor o no se lo es, se escribe o no se escribe en absoluto. En uno de sus más bellos poemas, "Roll the dice", Charles Bukowski dijo lo mismo con otras palabras: "Si vas a intentarlo, ve hasta el final. / Si no, ni siquiera empieces". La lección es amarga, pero Tardía fama es un libro extraordinario, traducido con su solvencia habitual por Adan Kovacsics.
 
 
Arthur Schnitzler
Tardía fama
Trad. Adan Kovacsics
Barcelona: Acantilado, 2016

[Publicado el 20/10/2016 a las 13:15]

[Etiquetas: Arthur Schnitzler, Novela, Acantilado]

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"¡Relájate! ¡Dios está a cargo!" / "Cada día es del ladrón" de Teju Cole

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No siempre es buena idea leer a un autor de otra forma que cronológicamente, puesto que, si el autor es bueno (y Teju Cole lo es en extremo), es probable que haya evolucionado de un libro a otro, en una progresión que hace que pasar de un segundo a un primer libro constituya un anticlímax. No lo es en el caso de Cole, sin embargo (Cada día es del ladrón, publicada originalmente en 2007, es editada por Acantilado en español tras el éxito de su novela Ciudad abierta, de 2012), y esto por una razón muy concreta: porque la naturaleza sinuosa y el carácter sensorial de su estilo caracterizan su obra desde el primero de sus libros, al tiempo que los vínculos temáticos entre ese libro y Ciudad abierta establecen una continuidad que refuta su orden de aparición. Si en Ciudad abierta el tema era Nueva York como palimpsesto y la soledad inherente al sujeto en la metrópoli, Cada día es del ladrón se ocupa de un regreso a Lagos y una constatación incómoda: ya no se puede vivir allí, pero tampoco se puede vivir en ninguna otra parte si no es como reacción a Lagos; literalmente, para no vivir en esa ciudad.
 
Ambos libros comparten un talento para el hallazgo del detalle significativo que hace de Cole, quien también es fotógrafo e historiador del arte, uno de los escritores más inmediatamente reconocibles de la literatura estadounidense contemporánea; la mirada de Ciudad abierta es la misma de Cada día es del ladrón, del mismo modo que lo son su perplejidad y su empatía, que aquí se proyecta sobre los sujetos más inesperados: mendigos, policías corruptos, estafadores por internet, predicadores religiosos (cuyo eslogan, "¡Relájate!¡Dios está a cargo!", resuena cínicamente en la hiperviolenta sociedad nigeriana), asaltantes de casas, vigilantes de museos saqueados por las autoridades, vecinos recelosos, familiares que no pueden distinguir entre humanistas y ateos, practicantes de medicina, aspirantes a abogado, pandilleros juveniles, dependientes dormidos, viejos amores, vendedores de agua corriente, farmacéuticos que dicen curar el sida, motociclistas, fabricantes de ataúdes. Se trata de los protagonistas conspicuos de la vida cotidiana en Nigeria (y, en menor medida, en la práctica totalidad del África subsahariana), pero Cole es hábil para no hacer de ello ni el objeto de una nostalgia imprecisa ni un motivo orientalista.
 
Leer Cada día es del ladrón como un travelogue africano sería, en ese sentido, erróneo; reflexionando sobre dos accidentes de la aviación comercial sobre los que la Justicia nigeriana no creyó necesario pronunciarse, Cole da cuenta de una debilidad del carácter que, en realidad, es extensible a cualquier país subdesarrollado, y resuena especialmente en América Latina y en España:
 
[...] los nigerianos no están dotados filosóficamente para tratar con los bienes materiales que tanto desean consumir. Hacemos despegar aviones pero no los fabricamos, y mucho menos invertimos en investigación aeronáutica. Usamos teléfonos móviles pero no los hacemos. Más importante aún, no favorecemos formas de pensar que lleven al desarrollo de teléfonos o turbinas. [...] El presidente [...] persiste en un sermoneo continuo, algo en lo que se parece mucho a sus votantes. El caballo de batalla del presidente Obasanjo es la "imagen" del país. Cree que los críticos de Nigeria son los que más daño le hacen. Los califica de antipatriotas perniciosos. Insiste en que el único defecto real está en señalar los defectos. [...] Aunque los edificios y las calles de la capital den la idea de una sociedad ordenada, la realidad es la opuesta (121-122).
 
En la que posiblemente sea la mejor descripción de la condición del sujeto migrante, Iain Chambers afirmó: "La migración es un viaje de ida: no hay ningún 'hogar' al que volver". En Cada día es del ladrón, Cole cree encontrar algo parecido a una razón para albergar ciertas esperanzas respecto de su país en una niña que ve con él un día la televisión y en una lectora en un autobús repleto. Pero su regreso a Nigeria le enseña que no hay hogar al que volver, y se marcha de regreso a los Estados Unidos en cuanto puede.
 
 
Teju Cole
Cada día es del ladrón
Trad. Marcelo Cohen
Barcelona: Acantilado, 2016

[Publicado el 27/9/2016 a las 12:00]

[Etiquetas: Teju Cole, Novela, Crónica, Acantilado]

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Un espejo de mano / "Noche es el día" de Peter Stamm

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Una atractiva presentadora televisiva, su marido, el redactor de cultura de una revista de circulación nacional, un pintor misterioso que sólo retrata mujeres desnudas y se las arregla para que Gillian, la presentadora, pose para él: el trío que conforman los personajes de Noche es el día parece la constelación predecible de una historia que, predeciblemente, incluirá infidelidades y separaciones; si, pese a ello, la nueva novela del suizo Peter Stamm (Weinfelden, 1963) escapa del melodrama estereotipado que podría haber sido es gracias a un accidente; más precisamente, al que le cuesta la vida al redactor de cultura y deforma el rostro de la presentadora televisiva. A partir de allí, todo lo que sucede con ella y con el pintor (y con el pintor y con ella, y con ella más tarde) es sorprendente, inesperado.
 
Peter Stamm tiene un talento único para partir de situaciones irremediablemente banales y a partir de allí construir muy buenas historias, algo que también sucedía en Siete años, su novela anterior, en la que el arquitecto insatisfecho, su brillante (aunque fría) esposa y la polaca fea y algo palurda con la que éste se acuesta acababan protagonizando la versión irremediablemente triste (pero no por ello menos lograda) de lo que podríamos llamar una familia feliz. Stamm escoge sus personajes con la atención por el detalle (y la indiferencia por su dolor) que emplea el entomólogo con sus especímenes y los conduce a ninguna parte, excepto a una especie de culminación o revelación interior muy, muy poco explícita: cuando todo termina, cuando Gillian deja atrás al pintor y la vida que consiguió armarse con los restos de su existencia anterior, el lector comprende que la tristeza sin dramatismo y el fracaso sin violencia de los personajes de Stamm esconde un cierto triunfo, de los personajes y de su autor. Un uso notable de la elipsis por parte de este último y la incapacidad para expresarse de sus figuras llevan a que una profunda tensión recorra todos sus textos; contar más de Noche es el día sería, en ese sentido, un error; no leer a Peter Stamm, uno de los autores europeos más extraordinarios del momento, sería, por parte del lector, una torpeza. Algo en su literatura recuerda al espejo de mano que Gillian sostiene frente a sí en el hospital, tras el accidente: la joven sabe que el rostro que verá en él será terrible, pero también sabe que ese rostro será el suyo, y que no tendrá otra cosa con la que seguir viviendo; entonces, temblorosamente, alza el espejo.
 
 
Peter Stamm
Noche es el día
Trad. José Aníbal Campos
Barcelona: Acantilado, 2016

[Publicado el 20/9/2016 a las 12:00]

[Etiquetas: Peter Stamm, Novela, Acantilado]

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Desechos / "Triage" de Patricio Alvarado Barría

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Breve, pero intensa, y de una notable madurez si se considera la edad de su autor, nacido en Temuco en 1988, Triage narra la historia de un joven que primero espera a una mujer mientras trabaja como traductor externo de páginas web desde su cuarto en una pensión y luego se desplaza fuera de Santiago de Chile y pasa a cumplir funciones de conserje en un edificio nuevo y ya abandonado en otra ciudad. Su título ("triage" o "triaje" es un término que hace referencia a la clasificación de los enfermos de acuerdo con su gravedad; véase más abajo) alude a una enfermedad que es la del cuerpo social chileno (en particular, aunque, de forma general, su historia y las implicaciones que ésta tiene son extrapolables a todas las sociedades latinoamericanas), que está expuesto, como el personaje innominado que narra el relato, a la precariedad laboral y a la falta de expectativas.
 
Triage es de ese tipo de relatos que, pese a narrar una cantidad no reducida de acontecimientos, no ofrece, sin embargo, ningún indicio de lo que podríamos denominar una "progresión narrativa": el narrador y protagonista de la novela no va "a ninguna parte" y es, como los residuos que saca día tras día del edificio abandonado en su último puesto de trabajo, él mismo un desecho, el de una sociedad que no deja de contribuir a una desigualdad que dice explícitamente combatir, como quiera que sea.
 
Mientras una parte considerable de la literatura latinoamericana contemporánea se esfuerza por producir inquietud en sus lectores imitando los recursos del gótico y la novela de terror anglosajona, la inquietud que provoca la novela de Alvarado Barría (habitada por derrumbes, grupos de ultraderechistas que asesinan aborígenes, matarifes ociosos y violencia sin sentido) no procede de la adopción de una fórmula, sino del regreso al consciente de lo obliterado, el desecho, lo reprimido, lo que no se desea ver. Triage pone de manifiesto algo que resulta evidente desde hace tiempo a los interesados en la literatura latinoamericana: que, a diferencia de literaturas como la española, la chilena ha encontrado una forma de narrar lo social (sin cursilería y sin obviedad) que la convierte en una de las más relevantes del momento. En palabras de Emilio Gordillo,
 
Triage es un método de atención de pacientes de gravedad en momentos de catástrofe. Este libro breve y enigmático trata sobre la fragilidad. La fragilidad de los vínculos sociales, la fragilidad de los cuerpos, la fragilidad de un sistema dispuesto sobre bases inestables. Todo parece suspendido en Triage, amenazando con revelarse o desaparecer. También trata sobre fronteras internas heredadas. Como una cifra inquietante, el nombre Trizano pasa de remitir a un mercenario al servicio de los colonos a nombrar una calle y un comando de ultraderecha terrateniente deTemuco. Todo en el soplo de un siglo republicano.
 
En este paisaje lento de la provincia a la ciudad, la carne de los individuos es la última frontera, el último muro ensimismado y también el más barato. Carne laboral congelada en frigoríficos, quemada y sellada al vacío en la agroindustria y finalmente velada por el tupido velo comunicacional de cada día. Alvarado parece escribir contra estos olvidos instantáneos y violentos, con una prosa en la que confluyen experimentalismo, crítica social y un lirismo sobrio e inquietante.
 
Si en La ciudad de Millán existía una posibilidad de reconstrucción siguiendo las huellas, el paso a paso de la catástrofe, la ciudad de Alvarado no permite mucho más que ampararse en una o dos barritas de wifi. Los individuos son literalmente deshechos entre las reglas del juego económico. Y el lirismo asfixiante de este libro hace las partes de un registro, reinvención de un testimonio a momentos conmovedor.
 
 
Patricio Alvarado Barría
Triage
Santiago de Chile: Alquimia, 2015

[Publicado el 02/9/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Patricio Alvarado Barría, Novela, Alquimia]

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"Nuestra mayor ambición fue ser como lapas y parásitos" / "La repetición" de Ivica Djikic (Cita)

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Anka se sentó al ordenador en su habitación, para cederle enseguida el sitio a Dijana, cuyo móvil empezó a sonar nada más sentarse. La llamaba fray Ljubo.
 
-Justamente estaba abriendo el correo-dijo ella.
 
-Fray Ivo quiere hablar contigo. -La voz de fray Ljubo sonaba formal. Se comportaba como un niño ofendido. Como Marko, también solía retirarse de repente y minar todos los accesos. Al hacerlo fray Ljubo parecía aún más infantil que Marko.
 
-¿Puedes llamarme al fijo?
 
Le dictó los números que Anka le iba indicando con los dedos de las manos. El teléfono rojo y plano de la marca Iskra sonó estridente sobre el escritorio barato. Fray Ljubo se limitó a pasarle el auricular a fray Ivo. Le preguntó por su salud, le hizo comentarios sobre la nieve, que este invierno abundaba, le preguntó cómo le iba en Zagreb. Por su parte Dijana le preguntó cómo se encontraba, le habían dicho que estaba delicado. El sacerdote se rió, a su edad ya no se podía estar bien.
 
-Quiero dictarle un nuevo prólogo, Dijana -fray Ivo fue al grano-, que sustituirá al anterior. ¿Tiene usted papel y lápiz?
 
-¿Un prólogo nuevo? ¿No resultaría más sencillo que fray Ljubo lo teclee y me lo envíe por correo electrónico?
 
-Para mí resulta vital dictarle cada una de mis palabras, que usted sepa que son mías. Hágale este último favor a un viejo fraile bosnio...
 
Sin mucho entusiasmo Dijana sacó de su bolso un lápiz y un bloc de notas. Anka estaba estirada en su cama con los ojos cerrados.
 
-Título: A modo de prólogo. Nosotros en Šćit de Rama... ¿Está escribiendo?
 
-Sí.
 
-...Nunca nadie nos ha necesitado o lo que todavía es más dañino en ocasiones alguien nos necesitó por poco tiempo y al ser ingenuos como somos nada más sentir que alguien se percataba de nuestra existencia nos convertimos en perros dispuestos a morder y matar y a llevar una vida de perros y que nos rechazaran asumiendo ser una carga tanto para los nuestros como para los de fuera porque nunca hemos llegado a entendernos a nosotros mismos y los otros ni lo intentaron nuestra mayor ambición fue ser siempre como lapas y parásitos que por unas migajas bautizan a los niños perdedores durante décadas nuestro sufrimiento y rabia no pudieron dar más de sí que un par o tres de poetas y el mismo número de bandoleros y unos cuantos mitos no hemos aprendido otra cosa que a ser más desconfiados y tozudos que nadie no rectificar en el error bien al contrario cortarle la cabeza o proclamar traidor a cualquiera que nos diga lo que no queremos oír y por ello sufrimos orgullosos y aguantamos de manera masoquista los vencedores nos intentaron echar con fuego y agua y nosotros resistimos solo para poder ir desapareciendo con elegías de prados floridos y campanas de iglesias nos quedamos para poder autoinfligirnos daño herir a los más cercanos la destrucción siempre fue nuestra respuesta a los desafíos del mundo la destrucción sin un ápice de reflexión
 
-¿Voy demasiado rápido, Dijana, se le cansa la mano?
 
-Siga usted...
 
... pues no puede haber reflexión allí donde reinan los plañidos o los juramentos guerreros para ver el mal en ti no basta con tener una buena alma hace falta una inteligencia que no esté ofuscada destruir los puentes hacia los prójimos es nuestra primera reacción no conocemos otra cosa que el instinto por eso no nos necesita nadie los salvajes de la frontera entre el mundo oriental y occidental han convertido la iglesia en su nido de ametralladoras ustacha sobre esta tierra partisana incendiada vergonzosa e inútilmente vivirá nuestra fe desviada durante varios siglos las vigas devoradas por el fuego en lugar de San Pedro son los fundamentos de nuestra iglesia y nuestra identidad la esencia de nuestra visión del mundo justificamos de mil maneras a los ustacha que tranquilamente observaban cómo los chetniks nos degollaban en octubre de 1942 nunca perdonamos a los partisanos que incendiaran el campanario y mataran a dos hermanos en paz descansen y si alguien discrepaba yo nunca había sido tan valiente como para ser uno de ellos estaba condenado a ser objeto de chismorreos y humillaciones maltrato burocrático y aspavientos en las altas y profundas esferas y así hasta el día de hoy con el beneplácito de la bendita madre Iglesia los más inteligentes y más sabios entre nosotros son utilizados por cualquier don nadie y sinvergüenza para demostrar a costa de otros la autenticidad de su propia fe nosotros honramos a nuestros verdugos convertimos en santos a los débiles e inútiles que nos han convencido de que cuidarían muy bien de nosotros justamente los mismos que siempre nos traicionaban mentían y engañaban y cada vez pensábamos que no volverían a hacerlo pero luego vimos que sí podían y que sí iban a hacerlo porque no saben ni les importa lo mismo en 1942 que en 1992 y para siempre nosotros seremos una especie de estructura volátil y medio primitiva que se debate entre lo que podría haber sido y lo que ha quedado de ella entre sí misma y sus negligentes tutores...
 
-Fray Ivo, por favor, un momento...
 
-... entre el sentido común y...
 
-Un momento, fray Ivo, me duele la mano...
 
-Ay, perdone, Dijana, por qué no me lo ha dicho...
 
-¿Queda mucho?
 
-No tanto...
 
-Me parece que ahora la nieve cae con más fuerza.
 
-Aquí también, por lo que puedo ver. No salga hasta que amaine.
 
-Podemos seguir...
 
-Bien, bien... Dictaré más despacio. ¿Dónde estábamos?
 
-«... entre sí misma y sus negligentes tutores entre el sentido común y...»
 
-... entre el sentido común y las visiones sonámbulas de nuestros líderes y dirigentes somos las sobras de de la historia y de la congoja bastaría una sola pequeña guerra más en la que por supuesto estaríamos del bando equivocado para que nos fuéramos diluyendo hasta volvernos irreconocibles nuestra especificidad humana e identitaria será objeto de una investigación histórica extravagante y de la ficcionalización la ficción nos encaja mejor la prueba de ello es al fin y al cabo el libro que por desgracia tiene ahora entre sus manos y cuya publicación no puedo impedir en deferencia hacia otras y queridas personas que invirtieron mucho esfuerzo en él... Dijana, aquí sobre todo pienso en usted y en fray Ljubo, quiero que lo sepa.
 
-¡Pero fray Ivo, este es un prólogo completamente diferente! ¡Con un sentido completamente distinto! De hecho, difícil de entender...
 
-Espere, Dijana, por favor...
 
-Fray Ivo, perdone, pero no podemos publicar el libro con un prólogo como este. Podemos no publicar el libro, ¡pero no podemos publicar el libro con este prólogo! ¿Qué dice al respecto fray Ljubo? ¿Está allí con usted?
 
-Déjese de fray Ljubo, nosotros dos ya arreglaremos lo nuestro. ¿No es así, fray Ljubo?
 
-¡Pásemelo!
 
-Dijana, querida, le ruego que abreviemos el asunto y lo simplifiquemos, porque en cualquier momento puedo volver a encontrarme mal. Puede publicar el libro con este prólogo, que dicho sea de paso no ha terminado de escuchar, o no publicarlo en absoluto. Yo rezaré con todas mis fuerzas para que se decida por lo segundo.
 
-He escuchado lo suficiente.
 
-¿No quiere escucharlo hasta el final?
 
-No, he entendido de qué se trata.
 
-Si es así fray Ljubo le enviará el texto completo por correo electrónico. Por si acaso. Adiós.
 
-¿Significa eso que ya no cuenta con que vaya a Šćit?
 
-Hay temporal, hay mucha nieve y yo estoy delicado. Nos hemos entendido. Usted es una mujer inteligente. Adiós.
 
Dijana colgó el auricular del viejísimo teléfono de la mesa de Anka y soltó una palabrota en voz alta. Durante todo ese tiempo Anka permaneció estirada en la cama, vestida. No dijo nada. Esperaba a que Dijana dijera algo, pero esta se había cubierto la cara con las manos.
 
-¿Tienes frío? ¿Quieres que suba el calefactor?
 
-No, está bien así -dijo Dijana y se enderezó-. ¿Puedo hacer una llamada?
 
-Sí, por supuesto. ¿Estás bien?
 
-Fray Ivo ha cambiado el prólogo. Este maldito prólogo nuevo le quita todo el sentido al libro. Dos años de trabajo... -dijo.
 
Marcó el número de fray Ljubo. El teléfono sonó largo rato antes de que él contestara desganado. Hablaba en voz baja y neutra, como hablan los políticos exitosos, de forma tranquila y distanciada, justo lo opuesto al nerviosismo de ella. Le iba repitiendo que todo iría bien, que lo más importante ahora era la salud de fray Ivo y que el resto se arreglaría de una forma u otra, no hacía falta vivir las cosas como una tragedia. La estaba castigando. La castigaba por la nieve que había borrado las carreteras, razón por la que ella no había podido llegar a Šćit, la castigaba por no haber leído todavía su mensaje, por haber sido tan firme a la hora de ignorar educadamente su encanto, por el que él estaba dispuesto a dar un vuelco a su vida. Disfrutaba castigándola. Dijana no le podía decir qué opinaba sobre su comportamiento, porque Anka estaba presente. Colgó. Volvió a taparse la cara con las manos.
 
 
Ivica Djikić
La repetición
Trad. Maja Drnda y Christian Martí
Barcelona: Sajalín, 2016
Pp. 48-53
 
(Nacido en Tomislavgrad, Bosnia-Herzegovina, en 1977, Ivica Djikić es considerado una de los autores más originales de la nueva literatura balcánica. Periodista desde los diecinueve años, ha sido redactor y coeditor del periódico político-satírico Feral Tribune, galardonado con varios premios internacionales por su independencia y actitud crítica frente al gobierno de Croacia durante la guerra de los Balcanes. Debutó como escritor con Cirkus Columbia [Sajalín, 2011], novela que obtuvo en 2004 el prestigioso premio Selimović a la mejor obra de ficción de Croacia, Serbia y Bosnia-Herzegovina, y fue adaptada al cine por Danis Tanović. Su segunda novela, Soñé con elefantes [Sajalín, 2013], ganó el premio Hrvatski Telekom a la mejor novela publicada en 2011 en Croacia. Es autor, además, de un libro de relatos y de dos polémicas biografías: la del ex presidente de Croacia Stipe Mesić y la del general Ante Gotovina. Su última obra publicada es una novela documental sobre la masacre de Srebrenica. En la actualidad vive en Zagreb y es redactor jefe de Novosti, semanario de la comunidad serbia de Croacia.)

[Publicado el 31/8/2016 a las 18:45]

[Etiquetas: Ivica Djikić, Novela, Sajalín, Citas]

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"El cuerpo hace de sí su propio enemigo" / "Fruta podrida" de Lina Meruane

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Aunque publicada el año pasado en Buenos Aires, Fruta podrida no es, en realidad, la última novela de Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970): sólo precedida por el libro de relatos breves Las infantas (1998) y por las novelas Póstuma y Cercada (ambas de 2000), Fruta podrida es la tercera novela de su autora y funciona como un umbral, una bisagra entre los intereses que permean sus primeros textos y los de sus libros más recientes, los ensayos Viajes virales (2012), Volverse Palestina (2014) y Contra los hijos (2014), así como la novela Sangre en el ojo (2012).
 
Al igual que en esta última, en Fruta podrida Meruane explora el discurso médico y la violencia que ejerce sobre el cuerpo del paciente: si en Sangre en el ojo la historia era la de una joven cuyos ojos se llenaban accidentalmente de sangre, dejándola parcial y temporalmente ciega, y la confrontación se producía entre ésta y su médico, en Fruta podrida el conflicto tiene lugar entre dos hermanas, la menor de las cuales sustrae deliberadamente su cuerpo a unas instituciones médicas de las que su hermana mayor participa parcialmente. Zoila y María viven en una población rural; la segunda trabaja en una empresa productora de frutas: su preocupación por exterminar las plagas que las afectan se extiende al cuidado de su hermana y a sus intentos de combatir su enfermedad, aun (si es necesario) mediante un trasplante. Como en Sangre en el ojo, aquí hay un viaje (de hecho, en la novela mencionada hay dos: uno de Nueva York a Santiago de Chile y el subsiguiente de Santiago de Chile a Nueva York), y en ambos casos esos viajes suponen una instancia necesaria para que, liberadas por fin de instituciones familiares que, en nombre de su bienestar, y en connivencia con los médicos, las coartan, las protagonistas de ambos libros puedan, por fin, hacer uso de un "saber de sí" permanentemente en peligro bajo la vigilancia de las instituciones no sólo médicas y a raíz de las identidades que arrastran consigo: son mujeres, tienen una existencia precaria o son pobres, están solas, están enfermas, están fuera de su país o en su periferia, están a la intemperie.
 
"El propio cuerpo se rebela contra sí mismo, el cuerpo hace de sí su propio enemigo", le dice "el Médico" a la hermana mayor: si las novelas de Meruane pueden, en palabras de Daniel Noemi, ser leídas como "una reflexión sobre el sentido de pertenencia o no a una tierra y también a una persona, a un cuerpo y a una geografía" (aspecto que se pone particularmente de manifiesto en Cercada, una historia acerca de unas continuidades producidas en el tránsito de la dictadura a la democracia sólo posibles al precio del travestismo y la adquisición de nuevas identidades por parte de los personajes), resulta tentador pensar la enfermedad autoinmune de Zoila, la hermana menor de Fruta podrida, como una metáfora de la identidad, acerca de Chile y los chilenos.
 
No hay más allí, por otra parte; excepto la sintaxis de Meruane, una deriva verbal aparentemente caprichosa y conformada por acumulación y repeticiones cuya referencia inmediata es la prosa de Diamela Eltit. En Sangre en el ojo hay buenos ejemplos de ella; por ejemplo el que sigue:
 
Llegamos al segundo piso y nos tiramos en la cama y tiramos lejos los zapatos enarenados. Olíamos a mar, a marisco, a calcetines sucios, a los pies transpirados de Ignacio. ¿Estás cansado? Sí, dijo, exhausto. Y luego prendió un cigarrillo que acabó siendo para ambos y aspirando lentamente de la colilla empezó a decirme, entre pausas, aspirando las palabras, que esa tarde. En ese almuerzo. Entre esas machas y ese chupe de locos. Y la cebolla picada y las hallullas, Ignacio, no debíamos olvidarlas. Entonces, dijo. ¿Entonces?, dije. Entonces empecé a pensar, dijo. (Qué tendría que hacer para que dejaras de pensar tanto, todo el tiempo.) Lo pensé nebulosamente primero y lo seguí pensando con más claridad después de pasar el peaje, mientras conducía contigo al lado, dijo, las ideas vagando de un punto a otro, con la sensación de ir conduciendo en el aire. Y entonces. Entonces emergió la palabra posibilidad. La frase existe la posibilidad, aunque ya sé, remota. Remota, dije yo, todavía es remota. Y ya lo sé, no deberíamos pensar en esto, en esto que hemos hablado tantas veces. Solo que una cosa es hablar de algo, pensé yo, y otra muy distinta es de pronto abrir los ojos (110-111).
 
A la altura de Fruta podrida la sintaxis de la autora no estaba todavía formada por completo, sin embargo, y en la novela hay momentos sonrojantes: unos buitres "oteando la carnosa pulpa del campo", unas costuras que "empezaban a dilatarse", un resplandor "intenso" que "amarillea" los párpados de una de las protagonistas y resulta ser "el agónico brillo de la tarde que doraba los últimos frutales afuera", todo ello sólo en la primera página.
 
En sus momentos menos logrados, Fruta podrida recuerda el agotamiento que la obra de Eltit arrastra desde hace décadas; en los mejores, nos recuerda que es una narradora a seguir de cara a futuros libros que estén a la altura de Cercada, su mejor novela hasta el momento.
 
 
Lina Meruane
Fruta podrida
Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2015

[Publicado el 01/8/2016 a las 15:00]

[Etiquetas: Lina Meruane, Eterna Cadencia, Novela]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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