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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 28 de julio de 2017

 Blog de Patricio Pron

Narra un sueño y pierde un lector / Libros de Michel Leiris, Graham Greene, Fogwill, Inka Martí

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Fotograma de "Inception" (dir. Christopher Nolan, 2010) /

Michel Leiris vivió a lo largo de una existencia relativamente prolongada al menos dos vidas, como todos nosotros: una diurna, en cuyo transcurso participó de la revolución surrealista, realizó numerosos viajes en su condición de etnógrafo y destacó como uno de los escritores franceses más importantes del siglo, y otra nocturna, en la que visitó a su hermano en un hospital del cual éste era el único paciente, fue disparado a través de un cañón u obligado a permanecer en lo alto de una columna por una prostituta. "Ninguna persona viva sabe lo suficiente para escribir", afirmó Ezra Pound; pero Leiris, que produjo bastante (incluyendo la novela surrealista Aurora y los textos autobiográficos Edad de hombre y La regla del juego), no se resignó a esperar un cambio de situación que le permitiera (improbablemente) escribir, sino que lo hizo acerca de lo que no sabía ni comprendía por completo, y entre el 15 de marzo de 1923 y el 7 de noviembre de 1960 mantuvo un diario de sueños.
 
Noches sin noche y algunos días sin día no es el primer libro de ese tipo que se publica recientemente en España: Atalanta editó hace seis años el Cuaderno de noche de Inka Martí, dos años atrás La Uña Rota publicó el de Graham Greene, Un mundo propio, y Alfaguara sacó en 2013 La gran ventana de los sueños de Rodolfo Enrique Fogwill. (A los que debe sumarse Duermevela, el diario onírico de la compositora barcelonesa María Rodés, publicado en 2015.)
 
Si los sueños de Martí (que ésta tuvo entre 2000 y 2011; los de Fogwill no están datados y los del autor de El poder y la gloria se produjeron entre 1965 y 1989) tenían lugar en escenarios líquidos poblados de figuras inquietantes como ese bebé "con el pelo muy negro" que emergía de la coronilla de un cadáver y los de Fogwill manifestaban su habitual dominio de saberes diversos y en oposición (las instituciones políticas, el fuego, "los griegos", la masturbación, la navegación a vela, el fetiche tecnológico, la función de los chistes en los velorios, la naturaleza del recuerdo, los colores), los de Greene consistían en situaciones incómodas pero en absoluto ajenas a un mundo de celebridades y líderes políticos en el que éste supo desenvolverse como un pez en el agua: en ellos, el autor británico sorprendía al Papa durmiendo, bromeaba con Nikita Kruschev y era nombrado arzobispo de Westminster.
 
Quizás en mayor medida que los diarios de sueños de Greene y de Martí (que comparten un cierto carácter atemporal), Noches sin noche y algunos días sin día es claramente un hijo de su tiempo: por una parte, porque está poblado de contemporáneos de su autor (Max Jacob, Giorgio de Chirico, Robert Desnos, André Breton, Georges Bataille, André Gide); por otra, porque su proyecto es el de la utilización de los materiales producidos por el inconsciente que caracterizó al surrealismo; finalmente, porque su propósito es el de analizar los sueños que tiene, al margen de su interés literario. Si la pérdida de vidas humanas provocada por la Guerra Civil estadounidense provocó un entusiasmo inédito por el estudio de los sueños como herramienta de comunicación con los muertos en ese país y en su ámbito de influencia (es la tesis de Alicia Puglionesi en un ensayo reciente), los surrealistas concibieron las experiencias oníricas como el producto de una existencia subterránea que debía ser liberada mediante la escritura automática, el sueño diurno o el análisis al hilo de la publicación en 1899 del famoso libro de Sigmund Freud acerca de La interpretación de los sueños.
 
Leiris publicó su diario nocturno por primera vez en 1945, cuando el proyecto surrealista alcanzaba su cénit, pero también tras una guerra mundial que había puesto de manifiesto que los terrores nocturnos del individuo eran muchísimo menos angustiantes que las grandes pesadillas de la Historia. A diferencia de Martí (quien continúa el proyecto de su Cuaderno de noche en su perfil de la red social Facebook), Graham Greene abandonó su diario de sueños en 1989 aunque vivió dos años más. Leiris, que murió en 1990, lo interrumpió en 1960, lo que no parece tanto el producto de una hipotética falta de experiencias oníricas en los últimos años de vida de ambos autores como la constatación de que, contra lo esbozado en noviembre de 1924 por el autor francés (quien se proponía escribir una "novela de aventuras" con el material de su diario) y pese a que, como reconoció Greene, algunos de sus libros (más específicamente Campo de batalla y El cónsul honorario) surgieron de sueños, el diario no serviría tanto como reservorio de temas y personajes para la producción de literatura sino que sería literatura por derecho propio, surgida del pozo oscuro del que toda literatura proviene y liberada de producir una interpretación. ¿De qué otra manera leer, si no como literatura, relatos como el siguiente (de Leiris): "Una tarde, al entrar en mi habitación, me encuentro a mí mismo sentado en la cama. De un puñetazo, acabo con el fantasma que me ha robado la apariencia. En ese momento, mi madre asoma por el umbral de una puerta en el preciso instante en que su doble, una réplica exacta del original, entra por la puerta que hay justo enfrente. Grito con fuerza, pero mi hermano acude, también él acompañado de su doble, que me ordena callar diciendo que voy a asustar a mi madre"?
 
Henry James afirmó que cada vez que un escritor contaba un sueño perdía un lector, pero casos como el de estas Noches sin noche y algunos días sin día y los otros mencionados ponen de manifiesto que, por el contrario, narrar los sueños es contribuir a una literatura específica que tiene sus autores (los sueños ocupan un lugar relevante en textos recientemente publicados de escritores tan distintos entre sí como Fleur Jaeggy, Lorenzo García Vega, Haven Kimmel, Jacobo Siruela, Haruki Murakami, Mircea Cǎrtǎrescu, Rodrigo Fresán, Paco Gómez, Lydia Davis y David B.) y sus lectores; estos últimos, a la espera de que se concrete la brillante intuición de Miguel Noguera del hombre que, antes de soñar sueña la tabla de contenidos del sueño que tendrá a continuación.
 
 
Graham Greene
Un mundo propio. Diario de sueños
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Segovia: La Uña Rota, 2014
 
Inka Martí
Cuaderno de noche
Pról. Jacobo Siruela. Girona: Atalanta, 2011
 
Rodolfo Enrique Fogwill
La gran ventana de los sueños
Barcelona y Buenos Aires: Alfaguara, 2013
 
Michel Leiris
Noches sin noche y algunos días sin día
Trad. David M. Copé
Pról. Philippe Ollé-Laprune
Ciudad de México y Madrid: Sexto Piso, 2017
 
 
(Publicado originalmente en Babelia-El País. Madrid, 8 de mayo de 2017.) 

[Publicado el 16/5/2017 a las 13:15]

[Etiquetas: Michel Leiris, Graham Greene, Rodolfo Enrique Fogwill, Miguel Noguera, Inka Martí, Miscelánea, Sexto Piso]

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Lenta biografía / "Teoría del ascensor" de Sergio Chejfec

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A la fantasía cultural de una lectura "veloz" para la que existirían técnicas específicas, la literatura parece haber respondido, por una parte, con la aceleración de la velocidad de desplazamiento del libro en tanto mercancía, devenida prácticamente instantánea con su pérdida de materialidad; y por otra parte, mediante la adopción de procedimientos que tienden a la constitución de una literatura asertiva, formalmente simple y temáticamente redundante, de la que se excluye todo aquello que pudiese entorpecer (y por consiguiente ralentizar) la lectura, convertida en una práctica presumiblemente engorrosa y algo indeseada, situada como está entre el deseo de haber leído y su realización.
 
Sergio Chejfec viene produciendo desde hace décadas una obra de un rigor desusado que desde el título del primer libro que la compone, Lenta biografía (1990), tiene en el tiempo uno de sus intereses más habituales. No se trata tan sólo de que los personajes de Chejfec parezcan vivir "fuera" de él, en una zona de contornos difusos en la que la percepción temporal es condicionada por prácticas deliberadamente ajenas a la duración como el vagabundeo y la elaboración de conjeturas: los libros en los que esos personajes aparecen (lo que podríamos denominar "la obra en sí") exigen del lector una velocidad de lectura baja, condicionada por su falta de linealidad, la falta de acciones otras que la percepción y las muchas incertidumbres que tienen lugar y son resueltas o no en ellos: quién habla, respecto de quién lo hace, dónde se encuentra, hacia dónde va, (sobre todo) cómo ve y de qué forma salva el abismo que existe entre la experiencia y su relato de ella.
 
Si la obra de Chejfec es considerada habitualmente "difícil", no lo es sino debido a que (a modo de resistencia al imperio de la velocidad en literatura, le interese esto a su autor o no) su obra no pretende ser el relato de una experiencia sino una experiencia en sí misma: en su resistencia a la lectura adquisitiva, veloz, en el marco de la cual (podría decirse) hubo una experiencia y el lector debe leer el relato que se hizo de ella para conocerla, la opacidad de la obra de Chejfec, su apuesta decidida por la provisionalidad y la irresolución, devuelve a la lectura su condición de experiencia (y podría decirse que toda experiencia tiene su grado de dificultad, incluso la más agradable). Ya sea que narre una deriva por un parque en el sur de Brasil, aborde la obra de Rafaela Baroni o (como en esta Teoría del ascensor) se ocupe de contemporáneos como Mercedes Roffé, Martín Caparrós, Mario Bellatin, Carlos Ríos, Victoria de Stéfano o Igor Barreto, dé cuenta del descubrimiento azaroso de unas postales antiguas de Caracas o de su vida en Nueva York, visite el taller de Eduardo Stupía o escriba sobre sus muertos familiares (Lorenzo García Vega, Juan José Saer, Julio Cortázar), leer a Sergio Chejfec es asistir a una sofisticada forma de recordarnos que toda literatura constituye una doble experiencia: la de aquello que se narra (poco importa si situado en el pasado o en el presente; aquí, poco importa si protagonizada por los sucedáneos de una "primera persona" que Chejfec elude para que la narración autobiográfica no devenga irrelevante o banal: "él", "el escritor", etcétera) y la de la narración misma, devenida experiencia mediante su reenactment en la lectura. Quizás esa recreación constituya una lenta y algo dificultosa experiencia para los lectores habituados a la velocidad de otras literaturas, pero en ella radica la oportunidad de encontrarse con uno de los acontecimientos más importantes de la literatura en español de las últimas décadas, así como algo parecido a una promesa: la de una literatura que al rechazar radicalmente la lectura rápida no pasa, también rápidamente, sin dejar huellas.
 
 
Sergio Chejfec
Teoría del ascensor
Zaragoza: Jekyll & Jill, 2016

[Publicado el 22/2/2017 a las 11:23]

[Etiquetas: Sergio Chejfec, Ensayo, Miscelánea, Jekyll & Jill]

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La risa, la burla y el escarnio / "Nuevos inventos y últimas novedades" de Gaston de Pawlowski

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No fue producto del azar ni una coincidencia; ni siquiera el resultado del exceso de celo por parte de algún funcionario anónimo: poco después de su publicación, en 1940, la Antología del humor negro de André Breton fue prohibida por el gobierno colaboracionista de Vichy. ¿Qué llevó a las autoridades a considerar necesario ejercer la censura sobre las humoradas de un puñado de autores, sin embargo? Un solo aspecto de su ejercicio diferencia a la censura de formas más inocuas de manifestar el gusto estético, por ejemplo la crítica literaria, y no es su virulencia: a diferencia de la crítica literaria, la censura, por lo general, acierta.
 
André Breton nació en Tinchebray en 1896; para 1940 tenía cuarenta y cuatro años de edad y la intuición de que un puñado de textos (algunos de sus autores: Jonathan Swift, Georg Christoph Lichtenberg, Charles Fourier, Thomas de Quincey, Petrus Borel, Edgar Allan Poe, Lewis Carroll, Villiers de l'Isle-Adam, Friedrich Nietzsche, Isidore Ducasse, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Raymond Roussel, Francis Picabia, Guillaume Apollinaire, Arthur Cravan, Pablo Picasso) constituían antecedentes verosímiles de la "revolución surrealista" a la que aspiraba a contribuir con su propia obra; Breton inventó para esos textos el término de "humor negro" (sí, fue el primero en emplearlo) y a continuación lo dio a la imprenta: es decir, a la censura.
 
Nacido en Joigny en 1874, autor de la novela de ciencia ficción Voyage au pays de la quatrième dimensión (1912), autor habitual de la prensa satírica de la época, además de crítico literario, Gaston de Pawlowski no formó parte de la Antología de Breton, aunque sí lo hicieron dos autores con cuya obra la de Pawlowski guarda semejanzas, Alfred Jarry y Alphonse Allais. Al igual que ellos, Pawlowski elevó al ámbito de las Bellas Artes el recurso de concebir una situación absurda y procurar volverla más absurda todavía; como Marcel Duchamp (otro de los antologados por Breton), lo hizo mediante la caricatura de los vínculos que se establecían en su época entre, por una parte, los sujetos de la burguesía y los objetos de los que estos se dotaban y, por otra, de los que conectaban esos objetos con el prestigio; es decir, de las formas de acumulación de capital simbólico por parte de la burguesía y la desactivación simbólica y política de los proyectos de revolución o cambio social de su tiempo.
 
Pawlowski escribió mucho; la selección de sus textos que publica ahora la singular editorial chilena Bastante reúne un gran número de sus "inventos": el "jabón antideslizante" (provisto de clavos), el "foco-cinematógrafo" (con el que resulta posible al conductor proyectar fragmentos fílmicos a través de los faros de su coche, ya sea en los muros o en la lona de algún camión que se le ponga delante), la "cerradura con ojo fosforescente para ebrios", los "pañuelos sinapisados" (están empapados en mostaza, lo que permite a su poseedor llorar en los velorios independientemente de su estado de ánimo) y "el nuevo metro de bolsillo de tan sólo diez centímetros"; también, el "sillón Voltaire con temporizador" para reuniones de trabajo (gira lentamente durante la conversación, de manera que, tras algunos minutos, el invitado se encuentra de espaldas a su interlocutor y comprende que tiene que retirarse), la "peluca de esponja" (muy práctica para el verano, cuando se la puede empapar para que lo refresque a uno durante el día), las "ruedas fechadoras" para vehículos (como los sellos de goma movibles de las oficinas: permitirá identificar al vehículo responsable de un accidente atendiendo a la inscripción sobre el cuerpo del atropellado, por ejemplo), el "autocigarro" (uno de sus extremos está dotado de fósforo para el encendido mediante raspaje sobre cualquier superficie rugosa) y la "dentadura elástica para familias pobres", que resuelve un problema habitual en los grupos familiares de escasos recursos.
 
Asociamos el humor con una cierta forma de la irracionalidad: cuando reímos no pensamos, parece ser una forma habitual de pensar en el asunto. Las autoridades, sin embargo, siempre saben más, y es probable que la inclusión de Gastón de Pawlowski en la antología de Breton lo hubiese empeorado todo a ojos de la censura: cuando el autor anuncia la invención de "los muros y techos electromagnéticos para viviendas estrechas e insalubres" (sus propietarios pueden caminar sobre ellos con unos zapatos con herraduras, multiplicando la superficie útil de su hogar), Pawlowski denuncia la catástrofe urbanística; cuando escribe sobre el "doble cierre secreto para mujeres de mundo", lo hace sobre la endeblez de los votos matrimoniales en Francia; la invención del guante de caucho con "huellas digitales de los más notables personajes de nuestra república" (con los que los ladrones se dotarían para cometer sus atracos, despistando de esta forma a la policía) denuncia la corrupción en el Estado; la de la "cama-radiador" (para el que el calor de los pacientes afiebrados se transmita y reconforte a los que padecen frío en los hospitales) y el de las faldas plisadas por ancianas con la frente arrugada, las condiciones no sólo laborales de la época; con la de las "estatuas estándar" (con cabezas e inscripciones removibles, a alquilar por los "prohombres" interesados), Pawlowski aludió a la construcción del pasado nacional como proyecto de clase.
 
"El poder sólo teme la risa, la burla y el escarnio", afirmó el Premio Nobel italiano Dario Fo; por su parte, Gastón de Pawlowski sugirió en uno de sus "inventos" que la mejor forma de "celebrar dignamente el aniversario de la toma de la Bastilla" era proceder a "la toma de la prisión de la Santé", tras lo cual "abrirían las puertas, liberarían sin odiosas distinciones a todos los prisioneros, masacrarían a los guardias y demolerían los muros". Nunca puesto en práctica (no contó con el beneplácito de las autoridades), el invento de Pawlowski fue, sobre todas las cosas, demoler las instituciones en su literatura y reír mientras lo hacía: esta vez, la censura no ha podido hacer nada al respecto, afortunadamente.
 
 
Gaston de Pawlowski
Nuevos inventos y últimas novedades
Sel. y Trad. Vicente Braithwaite
Santiago de Chile: Bastante, 2016

[Publicado el 13/1/2017 a las 13:30]

[Etiquetas: Gaston de Pawlowski, Bastante, Miscelánea]

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En el gesto hay un mandato / "De la finitud", Günter Grass

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"La importancia del asunto es meramente privada pero nunca se puede olvidar [...] El primer libro es el único que importa, tiene la forma de un rito de iniciación, un pasaje, un cruce de un lado al otro", recordaba recientemente Ricardo Piglia en su último proyecto, Los diarios de Emilio Renzi. Sin embargo, el asunto del primer libro no es "meramente privado", sino que hace precisamente al tránsito de lo privado a lo público en la obra de un escritor: con él se abre una existencia social que (no sólo en nombre de la simetría, sino también de la finitud natural de las cosas) tiene que concluir en algún momento bajo la forma de últimas voluntades y último libro.
 
¿Cómo se cierra una obra? ¿Qué "dicen" de sus autores los últimos libros? La historia de la literatura podría ser reescrita atendiendo sólo a estos últimos, y tal vez alguien deba acometer ese proyecto en breve: el último libro clausura la existencia no solamente biológica del escritor, abre un paréntesis de incertidumbre respecto del valor y la pervivencia de una obra (al menos hasta su ingreso en el dominio público, que le concede una segunda y a menudo muy efímera existencia), culmina los esfuerzos de una vida, que en muchos casos aspira a resumir, deja a los lectores con la convicción de una pérdida o confirma su impresión de que esa pérdida se ha producido hace tiempo, ratifica una continuidad o sirve de testimonio del declive y la pérdida de facultades.
 
De la finitud, el último libro de Günter Grass, admite dos posibles lecturas: en relación con las últimas voluntades literarias de otros escritores y respecto a la obra anterior de su autor, que clausura. Lo que esta última lectura arroja es un Grass ligeramente distinto al conocido, un escritor algo menos inclinado a los juegos verbales y al humorismo, que caracterizan una parte importante de sus obras, y que parece haberse propuesto en los últimos años de su vida, no necesariamente hacer balance (no hay nada moralizador en este libro, y por supuesto nada autoindulgente), sino más bien hacer el recuento de las pérdidas: de los dientes (excepto de uno, que "aún aguanta y se mantiene absurdamente hermoso"), de los amigos ("Escribir largas cartas a amigos muertos / y breves y quejumbrosas a la amada / que hace tiempo se quedó en los huesos"), del que se fue cuando se era joven ("¿Quién era yo entonces? ¿Quién quería ser o llegar a ser? ¿Qué y quién quedaron atrás cuando, con poco equipaje [...], subí al tren interzonal hacia Berlín?"), la de los viajes ("Renunciar es duro, a veces más fácil, / pero otras el lamento mantiene viva la renuncia") y del deseo sexual y la potencia viril ("Adiós al pelo, la jungla / en donde me retuerzo cautivo. / Adiós a las manos, siempre en busca / de hoyuelos por descubrir, al retiro, musgo húmedo de rocío / y el agujero en el seto").
 
No todo son pérdidas, sin embargo: quedan la contemplación de la naturaleza, el dibujo (los incluidos en De la finitud están entre lo mejor de la obra gráfica del Premio Nobel), la relectura (principalmente de tres autores imprescindibles para comprender su obra: Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen, Jean Paul y François Rabelais), la gestión anticipada de sus restos mortales bajo la forma de dos féretros de madera que protagonizan uno de los hilos conductores del libro y una historia delirante de robos y devoluciones, el deseo de continuar vivo incluso a sabiendas de que esto significa ser, una vez más, testigo de todo aquello contra lo que Grass se ha manifestado siempre: la especulación financiera, el consumismo, las guerras, la derecha, el sufrimiento de los inocentes.
 
Los desplazamientos habituales entre el pasado y el presente que constituyen una de las características centrales de la obra de Grass tampoco aparecen en De la finitud; a cambio, hay un imperio absoluto del presente, ante un pasado que se desdibuja y un futuro inimaginable. "Hay tantas cosas nuevas, todavía ignotas, que trepan por el horizonte y quieren ser admiradas, tocadas, utilizadas", se lamenta Grass: ante la certeza de la muerte, él sólo pretende "buscar la salida, flotando ligero, / como las plumas, que escapan al azul".
 
De la finitud (traducido una vez más con su excepcional solvencia por Miguel Sáenz) tiene esa ligereza deseada por su autor para poner el punto final, pero no hay nada ligero ni en sus temas ni en la convicción de que, como sostiene Grass, "el libro os sobrevivirá, a vosotros, los monigotes, los que aplicáis empulgueras, vosotros los hipócritas civilizados y remunerados cantantes de coro, vosotros los que ladráis pero sólo sois valientes en manada, vosotros los superlistos analfabetos universitarios y verdugos telegénicos". En el gesto hay también un mandato: Günter Grass (que nunca se traicionó, que fue siempre fiel a una idea personal de lo que significa ser un escritor, que nunca aceptó ningún cargo público ni permaneció cerca del poder por demasiado tiempo) escribió un último libro poético y conmovedor, íntimo y político, necesario. Uno de sus mejores libros.
 
 
Günter Grass
De la finitud
Trad. Miguel Sáenz, con la colaboración de Grita Loebsack
Madrid: Alfaguara, 2016

[Publicado el 16/8/2016 a las 14:30]

[Etiquetas: Günter Grass, Miscelánea, Alfaguara]

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¿Qué pasaría si…? / "La muerte del piyayo" de Miguel Noguera

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No sabemos realmente que es el "piyayo" a cuya muerte se alude en el título de este libro, aunque un poema del malagueño José Carlos de Luna lo describe como "un viejecillo renegro, / reseco y chicuelo; / la mirada de gallo / pendenciero / y hocico de raposo / tiñoso... / que pide limosna por ‘tangos' / y maldice cantando ‘fandangos' / gangosos": el poema alude al cantaor y guitarrista Rafael Flores Nieto, pero es imposible saber si era a éste a quien el suegro de Miguel Noguera hacía referencia cuando afirmaba reiteradamente que en la televisión pasarían "La muerte del piyayo".
 
Al mismo tiempo, tampoco sabemos si Miguel Noriega es un dibujante, un escritor o ambas cosas: por más elaborados que sean, sus dibujos no son precisamente deslumbrantes, y sus ideas son esbozos sin desarrollo narrativo. Acerca de la comicidad de su obra, es incluso más difícil decir algo, ya que en los textos de este libro (al igual que en los que conformaron Hervir un oso, Ultraviolencia, Ser madre hoy, Mejor que vivir y La vieja tigresa o el erotismo en la senectud, los libros anteriores del autor) hay una inteligencia difícilmente apreciable en la suspensión del juicio que se produce en la risa, así como una renuncia deliberada a los mecanismos más habituales del chiste como el diálogo, la caracterización y el remate.
 
Esto no significa que los textos de Noguera no sean graciosos (lo son en gran medida), sino que su comicidad parece más afín a la de autores que, como César Aira y Mario Bellatin (o Miguel Brieva), no son humoristas ni aspiran a serlo. En los textos de La muerte del piyayo hay avistamientos (como el del expendedor de velas "ya encendidas" en una iglesia), reflexiones mayor o menormente absurdas ("El abuelo le muestra a su nieto la clásica ilusión óptica del dedo índice que se parte por la mitad mientras le dice 'Mira cómo te engaña el yayo'. ¿Quién dice eso? Si el yayo engaña, ¿conserva autoridad para denunciar el engaño?"), iluminaciones breves e intensas ("Si pillamos a un abogado lamiendo el gozne de una puerta, ¿cuánto le costaría recuperar nuestra confianza?"), inventos lanzados al rostro del lector para que éste resuelva las dificultades técnicas que su autor no se ha tomado la molestia de considerar (un libro voluminoso que produzca al ser recogido el impacto que tendrá en nuestro conocimiento su lectura, un puntero "menos preciso que el dedo y más corto que la mano", una aplicación de móvil que informe en tiempo real de "accidentes con estilográficas que revientan y cafés que se derraman", un libro electrónico sobre cuyo texto se proyecte un juego, interrumpiendo uno al otro de forma permanente, una piedra a modo de marcapáginas), cuentos breves (como el del hombre que sueña la tabla de contenidos del sueño que tendrá a continuación, brillante), una extraña obsesión por la violencia ciberpunk y los chorros (de agua y de orina), una serie de ideas, en fin, presididas por la única pregunta importante en la literatura: "¿Qué pasaría si...?".
 
¿Qué pasaría, por ejemplo, si un fantasma "se le apareciera a un tipo en el bosque y justo en ese momento llega un ovni que no tiene nada que ver con el asunto y los abduce a los dos, al tipo y al fantasma"? A este último, "se le acumulan los pasmos en la bandeja de entrada", y algo similar nos sucede ante las ideas bizarras (en el sentido de valientes) y extraordinariamente fascinantes de Miguel Noguera.
 
 
Miguel Noguera
La muerte del piyayo
Barcelona: Blackie Books, 2016

[Publicado el 07/6/2016 a las 12:30]

[Etiquetas: Miguel Noguera, Miscelánea, Blackie Books]

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Esgrimas verbales / "Antología del retrato" de E. M. Cioran

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"Después de vivir su infancia huyendo de las frondas aristocráticas, Luis XIV decidió instalar a la mayor parte de la nobleza de su reino en distintos apartamentos del palacio de Versalles", escribe Rafael Gumucio en su prólogo a este libro; como afirma, "Tenerlos cerca le permitió vigilarlos, mientras ellos, a su vez, se vigilaban entre sí. La corte se dejó ir en ese juego de miradas aviesas y hambrientas que los más lúcidos, o los más indiscretos, dejaron anotadas en cartas, notas, novelas en clave, diarios de vida y memorias" (7).
 
Apasionado de la obra de Henri de Saint-Simon, el escritor francés de origen rumano Emil Cioran ideó alguna vez con una amiga una antología en inglés de la obra del autor de El nuevo cristianismo; el proyecto nunca se llevó a cabo: en contrapartida, Cioran decidió "intentar ofrecer una imagen de conjunto de este arte tan arduo que consiste en fijar un personaje, en desvelar sus misterios atractivos o tenebrosos" (15).
 
La Antología del retrato resultante recorre un arco temporal que va desde mediados del siglo XVIII a la mitad del XIX, aproximadamente; a pesar de que en ese período se produjeron, como es evidente, algunos hechos de cierta importancia (la Revolución Francesa, por ejemplo), la unidad estilística de los retratos reunidos pone de manifiesto la continuidad de las prácticas que les dieron origen, como si sus autores no hubiesen abandonado nunca las habitaciones de Versalles. La ociosidad de palacio los había convertido en brillantes observadores y en esgrimistas verbales temibles, en auténticos maestros del epigrama, pero también en árbitros de un gusto que, como sostiene Cioran, fue empleado "en naderías sutiles y en futilidades delicadas" (23) y cultivadas tan largamente que la nobleza que las produjo, "de tanto mirarse a sí misma, no vio llegar la Revolución que cortó sus cabezas" (12). En esa paradoja, sostiene Gumucio, "Cioran encontró [...] algo más que la explicación de las revoluciones y contrarrevoluciones que marcaron su vida" (12).
 
Si las "naderías sutiles" contribuyeron, según el rumano, a la creación de un "producto de invernadero" que, "al rechazar todo desenfreno, de ninguna manera era capaz de producir una obra de una originalidad total, con todo lo que ello implica de impuro, de espantoso y de irresistible" (23), el retratismo de autores como Frédéric-Melchior Grimm, Madame de Rémusat, François-René de Chateaubriand, Charles Augustin Sainte-Beuve o el ya mencionado Saint-Simon es, sin embargo (y pese a la opinión de su antologador), extraordinario: en la corte, sus autores habían hecho de la observación un recurso vital para la supervivencia política, y de la esgrima verbal, una forma excelsa de resolución de los conflictos políticos. Reunidos aquí, sus textos (que Cioran cree caracterizados por "un verbo vigilado y censurado por quién sabe qué inquisición de la nitidez", 23) se leen como una literatura quizás remanente, pero no por ello menos fascinante.
 
A la fascinación de leer a Chautebriand hablando sobre Joseph Joubert ("un egoísta que no se ocupaba más que de los demás", lo describe; 176) sólo para, a continuación (y en un rasgo de malicia por parte del antologador), leer a Joubert hablando sobre Chautebriand ("prefería los errores a las verdades porque los errores eran más suyos", 181), o de ver a Jean-Jacques Rousseau siendo juzgado por un incidente banal en un teatro y no por el extraordinario edificio intelectual que levantó, la lectura de esta Antología del retrato añade la de una aproximación a una sociedad en la que, como afirma Cioran, "la maledicencia era de rigor": Saint-Simon atribuyendo al duque de Noailles "toda suerte de recursos en la mente, pero todos para el mal" (42), Grimm despachando a Bernard Le Bovier de Fontenelle con un "la sabiduría de una mente fría no vale las tonterías de un genio ardiente" (60), Etienne Dumont acusando al conde de Mirabeau de haber plagiado la frase (muy acertada) de Nicolas de Chamfort "la facilidad es un bonito talento a condición de no usarlo" (101), a Madame Vigée Le Brun recordando que al señor Le Pelletier de Morfontaine le olían mucho los pies y ella tuvo que viajar con él en un coche cerrado en una ocasión (lo que describe como una "triste experiencia", 139).
 
 
E.M. Cioran (ed.)
Antología del retrato. De Saint-Simon a Tocqueville
Trad. Santiago Espinosa
Santiago de Chile: Hueders, 2015

[Publicado el 28/5/2016 a las 13:45]

[Etiquetas: Emil Cioran, Rafael Gumucio, Miscelánea, Hueders]

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Recuerdo / No recuerdo: Libros de Esteban Feune de Colombi y Andrés Barba

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En algún sentido, también lo hace No recuerdo, el libro de Feune de Colombi que publicó Pánico el Pánico en 2011 y es (hasta donde yo recuerdo) una buena excusa para hablar aquí de la memoria, ya que, a pesar de que su autor afirma no recordar (ni siquiera cuánto pesa, cuánto mide, cuánto calza), No recuerdo recorta en su negación un campo amplio de recuerdo, de evocación vacilante y sin embargo muy precisa, que está conformado por un viaje a París, decenas de lectores, perros, familiares, una mujer, etcétera. En ese sentido, No recuerdo (cuya inspiración son, por supuesto, el Je me souviens de Georges Perec, que el narrador de este libro dice no recordar, y un libro de Joe Brainard) no es sólo una memoria personal, sino también una al menos parcialmente compartida [...] Luis Chitarroni: "una de las intensidades íntimas más admirables de esta década".
 
 
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Quien sí recuerda es el escritor español Andrés Barba, y lo hace en un libro de polaroids: una vez más, es la pérdida de importancia e la fotografía instantánea como soporte de información la que permite su retorn como índice de una cierta nostalgia, como pura materialidad significante. Recuerdo reúne imágenes comentadas de una infancia española y las posibilidades de diversión que ofrecían quinientas pesetas, de una vida familiar que aparece completamente sesgada, de la intimidad con escritores como Llucia Ramis, Javier Montes, Álvaro Pombo y Vicente Molina Foix. De todo lo que aparece aquí lo más relevante (y lo más atractivo desde el punto de vista literario) lo constituyen los pasajes en los que imagen y texto no guardan una relación explícita sino que aparecen unidos por una cierta ambigüedad que potencia sus efectos. Es el caso del texto "Recuerdo que en aquel puente violaron a una chica y que es el sitio donde todavía hoy las parejas de Huelva suelen ir a hacerse las fotos de boda": las imágenes que lo acompañan son de los bajos de un puente en una playa y de la sombra proyectada sobre el suelo por los barrotes de un balcón; por supuesto, es el lector el que debe unir ambas cosas.
 
[...] 
 

Esteban Feune de Colombi
Leídos. Fotografías de libros intervenidos por 99 escritores
Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2014
 
Esteban Feune de Colombi
No recuerdo
Pról. Luis Chitarroni
Buenos Aires: Pánico el Pánico, 2011
 
Andrés Barba
Recuerdo
Santiago de Compostela, Madrid y Nueva York: Sin referencia, 2011
 
 [En Lo que está y no se usa nos fulminará, sección mensual en el blog de la librería porteña Eterna Cadencia. Buenos Aires, 16 de septiembre de 2014.]

[Publicado el 14/7/2015 a las 12:30]

[Etiquetas: Andrés Barba, Esteban Feune de Colombi, Miscelánea, Pánico el Pánico, Biblioteca Nacional]

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Una literatura "verdadera" / "¿Hay vida en la Tierra?" de Juan Villoro

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Acerca de Juan Villoro hemos hablado en un par de ocasiones ya (el plural, por supuesto, es mayestático), pero es posible que no lo hayamos hecho acerca de su trabajo como columnista en la prensa periódica, una actividad y un género que a menudo son denostados por producir supuestamente prosa de circunstancias, mercenaria y constreñida [...]. Buena parte del columnismo periodístico es (naturalmente) prosa de circunstancias, mercenaria y constreñida, innecesaria, puramente ingeniosa; pero una mínima parte de ella no lo es. Roberto Merino y Leonardo Sanhueza, Rafael Gumucio, Ignacio Vidal-Folch, Guillermo Sheridan y Roger Bartra, por mencionar sólo algunos, escriben lo que, más allá de los prejuicios, es literatura con mayúsculas, y lo mismo se puede decir de ¿Hay vida en la Tierra?, la reunión de cien columnas de Juan Villoro que la editorial Anagrama publica (por fin: la edición mexicana del libro es de 2012) en España.
 
[...] 

En su diario de viaje por Túnez de abril de 1914, Paul Klee menciona el cumplido que le habría hecho el también pintor (y también suizo) Louis Moilliet: "Hasta que te conocí, pintaba como quien mira por una ventana". No sabemos cómo se pinta "como quien mira por una ventana", pero sí sabemos (y nos resulta evidente, aunque no siempre sepamos cómo explicarlo) que a lo que se refirió Moilliet fue a la diferencia sustancial entre aquello que en pintura (y en literatura, por supuesto) nos parece que está vivo y aquello que no lo está, lo que nos parece verdadero y lo que sólo podemos tomar por falso. Acerca de Villoro y de este nuevo/viejo libro se puede decir lo mismo: está escrito del otro lado de la ventana, donde suceden las cosas y no hay sitio para lo falso.
 
[...] 
 
 
Juan Villoro
¿Hay vida en la Tierra?
Barcelona: Anagrama, 2014

[Publicado el 10/4/2015 a las 12:45]

[Etiquetas: Juan Villoro, Miscelánea, Anagrama]

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Una lucidez necesaria / "En busca de la verdad" de Thomas Bernhard

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El suyo habría sido un intento de acceder a lo cómico mediante lo que Kant denominaba "lo sublime fracasado" (188), a lo que Bernhard, a su vez, llamaría en otro sitio "la horrible realidad [abordada] nunca como tragedia sino como comedia" (193). Ambas visiones son atendibles, pero no dan cuenta del hecho de que la comicidad de Bernhard puede ser terrible: la enumeración anterior es agotadora, el enfado permanente del autor de Maestros antiguos es agotador y, en líneas generales, muy poco gracioso en términos convencionales, y esto es porque las causas de su indignación son perfectamente comprensibles, y compartibles por cualquiera que tenga los ojos abiertos, en Austria y en cualquier otro sitio. Thomas Bernhard siempre resulta irritante, pero lo que uno debería preguntarse es (como lo hizo el redactor anónimo de la revista Neues Forum) "¿qué sociedad puede renunciar a esa irritación?" (387). La respuesta, pienso, es que ninguna, si desea estar intelectual y políticamente viva.
 
[...] 
 
 
Thomas Bernhard
En busca de la verdad. Discursos, cartas de lector, entrevistas, artículos
Eds. Wolfram Bayer, Raimund Fellinger y Martin Huber
Trad. Miguel Sáenz
Madrid: Alianza, 2014
 
[El viernes próximo, los consejos de T.B. a jóvenes escritores]

[Publicado el 17/3/2015 a las 12:15]

[Etiquetas: Thomas Bernhard, Alianza, Miscelánea]

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Leer con los ojos cerrados / "Un mundo propio. Diario de sueños" de Graham Greene

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Puesto que murió en 1991, la pregunta de si Greene soñó o no en sus dos últimos años de vida (y, en caso afirmativo, por qué no puso también esos sueños posteriores por escrito) es inevitable; también la constatación de que, si bien el autor afirma aquí que no solía tener pesadillas, el libro está lleno de ellas, que lo muestran en momentos de peligro en escenarios bélicos o protagonizando incómodas situaciones. Aquí hay sueños en los que Greene sorprende al Papa durmiendo, dialoga con Robert Graves, Jean Cocteau, T.S. Eliot, D.H. Lawrence o Jean Paul Sartre (quien le comenta: "Habla usted francés muy bien, pero [...] no entiendo una palabra de lo que dice", 35), encaja con deportividad una pulla de Nikita Jrushchov, es nombrado arzobispo de Westminster, descubre a un antecesor de Jesús llamado absurdamente "Mouskie", mantiene una conversación con un perro en horas bajas, cambia su opinión sobre el actor Peter Ustinov cuando éste le sirve el desayuno en la cama, orina gambas y cigalas, viaja en tren a un pueblo llamado "Horden" donde habita la felicidad.
 
[...]
 
A sabiendas de esto (y en oposición a buena parte de los libros de relatos oníricos que existen), Greene narra sus sueños como anécdotas diurnas, de tal modo que el lector puede leer, para su asombro, frases como la que sigue: "El 28 de abril de 1988 me vi embarcado en un desagradabilísimo viaje por río a Bogotá en compañía de Henry James". En ella, la vivencia onírica está vinculada con la fecha "real" en que se produjo el sueño, lo que otorga a este y a los otros pequeños relatos oníricos del libro un carácter desconcertante y no exento de ironía. Naturalmente, el autor de Retrato de una dama murió en 1916; y posiblemente hubiese preferido no ser narrado, ya que, como escribió en una ocasión, contar un sueño es equivalente a perder un lector. Un mundo propio pone de manifiesto, sin embargo, que no siempre es así, y que la vida nocturna de una persona puede ser de interés en la vida diurna de otra, en particular si quien está despierto es un buen lector y, quien duerme, un autor de la importancia y del talento de Greene. A Un mundo propio se lo lee con los ojos cerrados por la sorpresa.
 
 
Graham Greene
Un mundo propio. Diario de sueños
Trad. Eugenia Vázquez Nacarino
Segovia: La Uña Rota, 2014
 
[En Babelia, suplemento de cultura del diario El País. Madrid, 3 de enero de 2015.]

[Publicado el 19/2/2015 a las 17:30]

[Etiquetas: Graham Greene, Miscelánea, La Uña Rota]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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