El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 25 de mayo de 2013

 Blog de Patricio Pron

Bien está...

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Crédito de la imagen, Matías Sarlo.

...lo que bien acaba.

[Publicado el 20/5/2013 a las 09:30]

[Etiquetas: Miscelánea]

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"Serem extrangers: direm coses rares" (Quimi Portet)

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"Rubén Darío, que era un gran poeta, que era muy niño y algo negro, tenía una triple vanidad de negro, de niño y de poeta" (43). "Yo no sé si [Manuel Ciges Aparicio] es un hombre muy desgraciado, y, en todo caso, no hay ningún escritor español que no lo sea" (89). "En el mundo tiene mucha más importancia ser criada de Anatole France que pertenecer a la Academia Española de la Lengua" (118). El culto a Friedrich Nietzsche "tuvo un éxito de cosa nueva, de esnobismo, un éxito puramente intelectual, y pasó. Estábamos todos muy mal alimentados para ser nietzscheanos" (169).
 
Estos juicios literarios y otros pertenecen a Julio Camba (Vilanova de Arousa, Pontevedra 1884 - Madrid 1962), ese extraño espécimen de la literatura española del siglo XX que parece haber vivido muchas vidas, casi todas medianamente catastróficas: fue anarquista en Buenos Aires, poeta en Galicia, colaborador de publicaciones anarquistas y republicanas en Madrid, corresponsal en Estambul, París y Londres, residente en Berlín a comienzos de la Primera Guerra Mundial y visitante a Estados Unidos, ocupante de la habitación 383 del hotel Palace de Madrid, donde murió; también, autor de alrededor de cuatro mil artículos periodísticos, de entre los cuales el joven académico Francisco Fuster selecciona aquí veintinueve semblanzas de escritores y pensadores aparecidas entre 1905 y 1918 (en realidad, 1959) en publicaciones como La Tribuna, El Mundo y ABC.
 
Caricaturas y retratos propone semblanzas de escritores como Máximo Gorki, Paul Verlaine, Edmond Rostand, Jean Moréas, Marcel Prévost, Gabriele D'Annunzio, Maurice Maeterlink, Anatole France, George Bernard Shaw, Rudyard Kipling, Friedrich Henri Bergson y Karl Marx, pero también de contemporáneos hispanohablantes del autor como Amado Nervo, Rubén Darío, Pío Baroja, Emilio Carrere, Alejandro Sawa y Vicente Blasco Ibáñez, entre otros: si las segundas se benefician del trato directo que Camba tuvo con los protagonistas de estas semblanzas, las primeras lo hacen del desenfado de quien, como el autor, se aproxima a ellos sin la reverencia que generan en sus connacionales. A esa irreverencia (que es uno de los rasgos más salientes del estilo de Camba) se suman un extraordinario talento para la miniatura, un notable uso del humor y del cinismo y un acusado gusto por la paradoja, así como un uso hábil de los estereotipos nacionales: para Camba, Francia "es un pueblo que apoya siempre a sus grandes hombres, por pequeños que sean" (81); "En cuanto un español se levanta un poco, todos le tiramos de la chaqueta para que se venga abajo" (134).
 
Naturalmente, la necesidad de recurrir a la exageración para generar un efecto humorístico llevó al autor a no ser particularmente justo con algunos de sus personajes, ya fuese a favor o en contra; la carencia de perspectiva histórica también le jugó alguna mala pasada (de hecho, es improbable que el lector conozca siquiera los nombres de Manuel Ciges Aparicio, José María Salaverría o Luis Bonafoux sin ser un experto en la Edad de Plata española). A pesar de ello, Caricaturas y retratos es un libro extraordinario, y esto por dos motivos: el primero, el lenguaje de su autor, cuya invención (que es, por otra parte, lo único de lo que un escritor tiene realmente que preocuparse) resulta más notable incluso si se piensa en el tipo de periodismo literario que se practicaba en su época y que Camba recoge de pasada refiriéndose a los funerales de Rubén Darío: "Un coro de matronas [...] elevó las lamentaciones clásicas mientras la pira olorosa ardía y las más bellas vírgenes de León, vestidas de canéforas, regaban flores [...]".
 
El segundo de esos motivos es la absolutamente inusual capacidad de Camba para resumir asuntos complejos en un par de líneas. Algo más que un simple retruécano puede encontrarse allí donde el autor, con una claridad rayana en el carácter profético, apunta (y aquí vale la pena reparar en el hecho de que España no había conocido todavía a los marxistas que le tocarían después de la Transición, para su desgracia): "Es posible que el marxismo esté adueñándose del mundo pero, cuando yo oigo vocear en la Puerta del Sol el Manifiesto comunista de don Carlos Marx a treinta céntimos, pienso que es la propia Puerta del Sol la que va adueñándose del marxismo" (183).
 
 
Julio Camba
Caricaturas y retratos
Ed. y Pról. Francisco Fuster
Madrid: Fórcola, 2013

[Publicado el 08/4/2013 a las 12:15]

[Etiquetas: Julio Camba, Miscelánea, Fórcola]

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"Sabiduría, humor, seriedad y finura"

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Ivan Turgueniev se enamoró de una cantante llamada "La García" y vivió con ella y con su marido durante un largo (y aparentemente pacífico) período; Thomas Mann tomó nota de sus vicisitudes gastrointestinales regularmente a lo largo de su vida; Vladimir Nabokov aborrecía los insecticidas y el bidet. Aunque podemos afirmar con certeza que ninguno pasó a la historia de la literatura por ello (sino por haber escrito respectivamente Primer amor, La montaña mágica y Lolita), no podemos decir con igual rotundidad si el experimento amoroso, el estreñimiento y el rechazo al bidet no contribuyeron de algún modo a la confección de esas obras maestras, y esto debido a que no existe forma de determinar de manera objetiva qué cosas hacen que un escritor escriba un libro importante y cuáles lo convierten sencillamente en un idiota. Muy posiblemente, el placer que nos provoca la lectura de anecdotarios de escritores se derive precisamente de ello; es decir, de nuestra incapacidad (y nuestro interés y curiosidad) para determinar en qué eventos de las vidas narradas puede hallarse el origen de una obra mayúscula.
 
Existen otras razones para leer este tipo de libros, sin embargo; en el caso de este Vidas escritas de Javier Marías, esas razones son principalmente estilísticas: como se suele decir a menudo, Marías es un prosista extraordinario, y los artículos reunidos aquí son ratificación de esto: según el autor, a la mujer de Robert Louis Stevenson le gustaba ir "siempre vestida con una especie de saco y tenía un rostro tirando a antipático, autoritario, huraño y aun avinagrado" (85); Rainer Maria Rilke "se pasó la existencia ‘esperando' a la lírica y compartiendo esa espera con diferentes mujeres, la mayoría aristocráticas [...] y bien dispuestas a darle albergue en sus diversos castillos y propiedades para que esperara en ellos más cómodamente" (126); la belleza de Lady Hester Stanhope era "discutible" (215).
 
Vidas escritas reúne veintiséis artículos adecuadamente ilustrados y divididos en dos secciones: "Vidas escritas" y "Mujeres fugitivas"; la incorporación de esta última fue la única novedad de la edición de 1999, que ampliaba y corregía la publicada en 1992, conformada por artículos publicados en la revista Claves de razón práctica, de allí que el lector se pregunte por qué esta nueva edición no incluye los (numerosos) artículos de tema y estilo similares que el autor español publicó desde 1999 hasta el presente. En el que dedica a Giuseppe Tomasi di Lampedusa dice sobre las Notas sobre literatura inglesa del italiano que se trata de "páginas en modo alguno científicas pero llenas de sabiduría, humor, seriedad y finura" (56), y se puede decir algo muy semejante de sus Vidas escritas, que funcionan en un doble sentido: son, por una parte, las de los autores reseñados, pero, por otra, también la del propio Javier Marías. De esta última se nos informa aquí que su autor de Tu rostro mañana no aprecia mucho a Thomas Mann, James Joyce y Yukio Mishima (singularmente, sus mejores retratos), que los autores que le interesan son principalmente canónicos (tan sólo se apartan del camino más transitado sus retratos femeninos, como los de Madame du Deffand, Vernon Lee, Adah Isaacs Menken, Violet Hunt y Julie de Lespinasse) y que en su inmensa mayoría murieron antes de 1950; las excepciones a esto son las de Mann, Nabokov, Mishima, Isak Dinesen y Malcolm Lowry. No deja de ser llamativo que este recorte deje de lado la práctica totalidad de la literatura producida en el último medio siglo, pero los lectores de la obra de ficción de Javier Marías saben ya que esa obra se nutre principalmente (con la excepción del cine) de intereses lejanos en el tiempo. Por supuesto, esto es singular, pero aquí carece de importancia. Estas Vidas escritas son sencillamente magníficas, un ejercicio de erudición e ironía que una sociedad como la española (mayoritariamente renuente a ambas) quizás no sepa apreciar, pero que es de lo mejor que su literatura ha producido recientemente.
 
 
Javier Marías
Vidas escritas: Edición ampliada
Madrid: Alfaguara, 2012
 
[Publicado originalmente en Letras Libres. Madrid y Ciudad de México, febrero de 2013.] 

[Publicado el 26/2/2013 a las 12:30]

[Etiquetas: Javier Marías, Alfaguara, Miscelánea]

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La vida por fin descubierta

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Algunos lectores posiblemente hayan conocido a Ignacio Vidal-Folch con la publicación de Barcelona, museo secreto (2009), "una guía literaria de la ciudad donde nació, ya desaparecida bajo aguas pantanosas"; otros tal vez hayan accedido a su obra con Turistas del ideal (2005), el primer volumen de una trilogía actualmente inconclusa cuya segunda entrega fue Contramundo (2006); algunos más (los más afortunados) quizás le conozcan desde la publicación de su libro de cuentos Amigos que no he vuelto a ver (1997) o (es mi caso) desde la aparición de su novela La cabeza de plástico (1999). Aunque la lectura periódica y consecutiva de los libros de un autor parece ser la forma más adecuada de leerlos, no es la única, y los libros de Vidal-Folch conforman un conjunto heteróclito y muy singular al que se puede acceder desde múltiples entradas: una vez que lo ha hecho, es improbable que el lector desee salir.
 
Algo similar sucede con este dietario. Lo que cuenta es la ilusión fue escrito entre 2007 y 2010 y es un conjunto tan heteróclito y singular como la obra de su autor (en la que debe incluirse, pienso, su ensayismo literario, particularmente brillante y no recogido aún en libro), a la que ofrece una nueva entrada. A lo largo de las páginas de este libro desfilan Jorge Luis Borges (cuyo bastón, sea suyo o no, cura el bloqueo creativo), el titiritero Pepe Otal, un mafiosillo ecuatoriano, J.G. Ballard, Marcel Proust, los yonquis de Barcelona, artistas cinemáticos de vanguardia, César González Ruano, el guitarrista Rafael Riqueni, Juan Eduardo Cirlot, la cineasta Isabel Coixet, unos caballos irlandeses famélicos, Rasputín, Ismael Kadaré, un escritor español llamado "Borojo" que conversa con Miguel de Unamuno, una cantidad indeterminada de prostitutas, el magnífico Max Blecher y Anne Igartiburu, y se suceden la historia (real) de un tetrapléjico que escapa de sus cuidadores y se dirige a un burdel montado en su camilla, la triste noticia de que el pan con tomate se encuentra en decadencia en Catalunya (en Madrid siguen poniéndolo muy bien, supongo que a costa de los intereses catalanes), una discusión sobre los vínculos entre poesía y órganos internos, un congreso de escritores cubanos en el exilio, una advertencia acerca de lo inapropiado de morir en un accidente de carretera en ciertas comunidades autónomas en España, un viaje al Mar de Aral con una cineasta española de excepción, una cena del premio Nadal bastante confusa, una experiencia con la red de contactos amorosos Dating, la determinación de cortarle una oreja a la antigua cantante de La Oreja de Van Gogh (desconozco si la lobotomía a la que parece haber sido sometida ya incluyó también la extirpación de ese apéndice), una visita a Mario Vargas Llosa, la actriz pornográfica italiana Luce Caponegro y su vello público, alguien que está tan solo "que ni siquiera es él mismo sino alguien parecido" (253), toreros, la noticia de las propiedades milagrosas del trasero de Jennifer López y el hallazgo de que es muy difícil lidiar con una esposa hindú en fuga.
 
No es un conjunto poco atractivo (de hecho, bastaría para justificar el interés en cualquier obra), pero, contra lo dicho, no es el asunto principal de este libro: éste es la manifestación de una cierta mirada entre compasiva y sardónica (la de su autor) que da cuenta de que "cualquier hecho se prolonga más allá de sí mismo, la cuenta de las cosas, de los nombres, que van y vienen y vuelven en incesante serie de carambolas da la sensación de que es infinita y de que nunca, estando solos, hemos estado menos solos" (81). A esa mirada le debemos el carácter singular de los encuentros que se producen en este libro, pero también reflexiones de la contundencia de la siguiente: "El hábito de la embriaguez y el hábito de la melancolía son locura y depresión en dosis homeopáticas para vacunarnos de la locura y de la depresión" (96).
 
A pesar de este y de otros hallazgos similares, Lo que cuenta es la ilusión (cuyo autor desconfía del aforismo) no es una enumeración de ocurrencias; tampoco el vehículo de una exhibición personal (ya que, como afirma Vidal-Folch): "Lo que de verdad me ocupa y preocupa y constituye no lo puedo comentar ni escribir, y no porque no quiera sino porque es indecible. Aun así pienso ‘alrededor de ello', pienso ‘alrededor de ello' y lo rumio a menudo", 203). Aquí hay algo muy bello y muy serio que quizás pueda resumirse citando a Marcel Proust, quien (citado en este libro) afirmó: "La vida verdadera, la vida por fin descubierta y deslumbrante, la única vida consecuente y realmente vivida, es la literatura" (107). Pienso que somos muy afortunados de que su autor haya decidido compartir esta vida suya con nosotros.
 
 
Ignacio Vidal-Folch
Lo que cuenta es la ilusión: Notas 2007-2010
Barcelona: Destino, 2012

[Publicado el 08/2/2013 a las 10:15]

[Etiquetas: Ignacio Vidal-Folch, Miscelánea, Destino]

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Pequeños e insustanciales arrebatos

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Uno de los dibujos de Charles Baudelaire recogidos en la obra.

No parece fácil decir algo nuevo sobre Charles Baudelaire y es probable que ya nadie lo intente. Walter Benjamin escribió sobre el autor de Las flores del mal (1857) algunas de sus mejores páginas, T.S. Eliot lo consideró "un genio" (cualquier cosa que esto signifique) y Marshall Berman le dedicó un capítulo de su espléndido Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982), al tiempo que a su figura se adherían etiquetas como las de "poeta maldito", "poeta de la modernidad" y "padre del simbolismo" que invitan a la lectura de su obra, pero (como todas las etiquetas) lo hacen de tal forma que la potencia de esa obra queda anulada por la fuerza del lugar común, que siempre es enorme.
 
Baudelaire produjo su obra contra el imperio del Academicismo en las artes de su época y, de forma más general, contra la sociedad moderna y la época industrial (es decir, contra los lugares comunes de su tiempo), así que la publicación de sus dibujos y fragmentos póstumos permite preguntarse si esa obra es capaz de interpelar a nuestra época como lo hizo con la suya. La respuesta (si existe) es que posiblemente no: sus dibujos (caricaturas, retratos, estudios) no son mucho más que bocetos de aficionado cuya única relevancia (puramente anecdótica, por lo demás) es que la mano que los trazó es la misma que firmó el extraordinario poema "Abel y Caín" y los fragmentos póstumos incurren en todos los irritantes excesos que son habituales en la poesía de Baudelaire sin poseer la perfección formal y la belleza de ésta.
 
Aquí tenemos, una vez más, entre las listas de propósitos, remedios contra la gripe y enumeración de títulos y resúmenes de obras jamás escritas, algunas iluminaciones breves y fulgurantes ("Alemania expresa la ensoñación a través de la línea, como Inglaterra lo hace a través de la perspectiva", "El Dandy debe aspirar a ser sublime sin interrupción; debe vivir y dormir frente a un espejo"), pero también al Baudelaire presuntuoso ("Sólo existen tres seres respetables: El sacerdote, el guerrero, el poeta. Conocer, matar y crear. Los demás hombres están hechos para la servidumbre, para el establo, es decir, para ejercer aquello que llamamos profesiones"), reaccionario ("El único gobierno razonable y seguro es el aristocrático. La monarquía o la república sustentadas sobre la democracia son igualmente absurdas y débiles") y cínico ("Ser un hombre útil siempre me ha parecido repugnante") que conocíamos de algunos fragmentos autobiográficos, así como al ateo seducido por el mal que puede hallarse en su obra poética: "Dios es el único ser que, para gobernar, no necesita existir". También al misógino, desafortunadamente: "Siempre me ha sorprendido que se permita entrar a las mujeres en las iglesias. ¿Qué tipo de conversación pueden sostener con Dios?", "La mujer no sabe separar el alma del Cuerpo. Es simple, como los animales. Eso es porque ella sólo posee el cuerpo, diría un sátiro" (209).
 
Muy posiblemente fuese un error creer que estas ideas fueron las del mismo Baudelaire, ya que son simples oposiciones binarias al lugar común de su tiempo, en particular las más misóginas, que atacaban la concepción romántica de la mujer y del amor; como escribió en el proyecto de prefacio a Las flores del mal que constituye el texto más interesante de este volumen, a Baudelaire (que se definía como "casto como el papel, sobrio como el agua, inclinado a la devoción como una comulgante, inofensivo como una víctima") no le disgustaba ser considerado "un libertino, un borracho, un impío y un asesino", pero seguir considerándolo así resulta difícil en nuestros días, cuando la época a la que su obra se oponía ya ha acabado, junto con la capacidad de ésta para escandalizarse (y, posiblemente, para sentirse interpelada) por los pequeños e insustanciales arrebatos del autor de El spleen de París (1864), aquí reunidos tal y como Baudelaire los dejó a su muerte a la espera de los estudiosos y los completistas.
 
 
Charles Baudelaire
Dibujos y fragmentos póstumos
Edición, traducción y notas de Ernesto Kavi
Barcelona y Ciudad de México: Sexto Piso, 2012
 
[Publicado originalmente en ABC Cultural, 10 de noviembre de 2012.]

[Publicado el 21/11/2012 a las 12:30]

[Etiquetas: Charles Baudelaire, Miscelánea, Sexto Piso]

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William Faulkner sobre la crítica literaria (cita)

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"Walt Whitman dijo, entre pretenciosas e hipertrofiadas banalidades, que para tener grandes poetas también debe haber grandes audiencias. Si Walt Whitman se dio cuenta de esto debe de resultar universalmente obvio en estos días de radios que nos informan y de las llamadas revistas de alto copete que corrigen nuestra información; por no hablar del toque personal de los programas de lectura. Y aun así, ¿qué han hecho los periódicos y los programas para hacer de nosotros grandes audiencias o grandes escritores?, ¿han cogido estas sibilas al neófito delicadamente de la mano instruyéndole en los fundamentos del gusto? Ni siquiera han intentado inculcarle una reverencia por sus misterios (despojando así a la crítica incluso del valor emocional -¿y de qué otro modo vas a controlar al rebaño si no es mediante sus emociones?, ¿hubo alguna vez alguna multitud lógica?-). De modo que no hay tradición, no hay espíritu de equipo: todo lo que se necesita para ser admitido en las filas de la crítica es una máquina de escribir" (107).
 
 
William Faulkner
Ensayos y discursos
Trad. e Intr. David Sánchez Usanos
Pról. James B. Meriwether
Madrid: Capitán Swing, 2012

[Publicado el 08/11/2012 a las 12:15]

[Etiquetas: William Faulkner, Miscelánea, Capitán Swing, Cita]

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Un lenguaje nuevo y plausible

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Nunca he comprendido el desdén de algunos de mis colegas ante tareas editoriales como la de informar libros; en primer lugar, debido a lo inevitable que resulta comentar (por escrito u oralmente, poco importa) lo que leemos, pero también a raíz de que la lectura para una editorial (pésimamente pagada por lo general, pero ¿alguien creyó alguna vez que se haría rico leyendo y escribiendo?) supone la posibilidad de ejercer una influencia directa o indirecta en un catálogo editorial: quien considere que esos catálogos han bajado el listón en España en los últimos años (lo cual, desde luego, es cierto, así como es cierto que el listón ha bajado en casi todos los aspectos de la vida en este país) debería considerar las posibilidades que ofrece la lectura editorial como espacio de intervención en ellos y en lo que se lee; es decir, de ámbito para el ejercicio de una cierta ética de la lectura uno de cuyos mejores representantes fue Roberto Bazlen, cuyos Informes de lectura publica ahora la magnífica editorial argentina La Bestia Equilátera.
 
Bazlen nació en Trieste en 1902 y murió en Milán en 1965; a excepción de los apuntes para una novela titulada El capitán de altura, su única obra fueron los informes de lectura que escribió para editoriales como Bompiani, Einaudi y Adelphi. Que esa obra haya tenido un carácter confidencial y clandestino no le resta importancia, ya que Bazlen (al igual que Gabriel Ferrater en Seix Barral y Rowohlt) fue uno de los responsables de la creación de uno de los catálogos más brillantes de la edición europea de posguerra.
 
Los Informes de lectura reunidos aquí lo muestran como alguien que comprendía que sus opiniones como lector (aun aquellas de las que estaba completamente seguro) eran circunstanciales, y que su juicio literario era limitado y caprichoso. Así, en varios pasajes de estas cartas advierte a su empleador: "Quizá soy patológicamente sensible a esas cosas, y por cautela convendría que se lo hicieras leer a otro" (39), pero la precaución parece innecesaria, ya que sus juicios son contundentes pero nunca carecen de fundamento. Quien lee estos Informes de lectura (a los que siguen unas Cartas a Montale probablemente innecesarias) se ve obligado a darle la razón en todas las ocasiones (por ejemplo cuando dice cosas como que "de Neruda no esperaba mucho, pero me ofendió más de lo que esperaba", cuando acusa a Federico García Lorca de "imbecilidad y bovarismo", 21, y a Georges Bataille de ser "un pequeño ‘neurótico' estetizante y rebosante de autocompasión", 81; cuando sentencia que el único mérito de la obra de Alain Robbe-Grillet es una "impura habilidad cinematográfica", 24, y que El Gatopardo es "apresurado, casi un políptico con espacios desiguales y nada armoniosos", 30; o cuando, refiriéndose al nouveau roman sostiene que es "horrible" que alguien se pase "un año entero sentado frente a un escritorio, no sé cuántas horas por día, rompiéndose la cabeza para ‘crear' a un peluquero atormentado porque se siente inferior al dueño de un garaje", 50), a veces (incluso) con dolor, como cuando acusa de banalidad a Los demonios de Heimito von Doderer (25), afirma que Los reconocimientos de William Gaddis "es un enorme guiso de la misma clase que, digamos, el cuarteto de Alejandría de Durrell" (60) o cuestiona el maniqueísmo de la obra de Nelly Sachs (68).
 
Resulta evidente que el gusto literario no puede ser discutido, y Balzen no lo intenta; sin embargo, ofrece una importante lección al respecto al mostrar que ese juicio literario no puede componerse sólo de opiniones sino también de argumentos (una de las enseñanzas más importantes que arroja la práctica de la lectura para editores); también, que ese juicio literario no puede detenerse ante las consideraciones de índole comercial que son las responsables de que el negocio editorial haya bajado el listón y (paradójicamente) haya perdido ventas, ya que (como dice Balzen a su editor)
 
"No puedes alegrarte porque una persona inventa un lenguaje nuevo y plausible, y luego, de pronto, enojarte porque lo habla. Así como tampoco se puede reconocer, por un lado [...] que es un libro importante y estimulante, y por el otro, dudar en publicarlo. Libros importantes y estimulantes nacen pocos. ¿Y por qué, si nos ha estimulado a nosotros, evitar que estimule a los demás? Los demás [...] lo necesitan más que nosotros" (43).
 
 
Roberto Bazlen
Informes de lectura. Cartas a Montale
Trad. Ernesto Montequin
Buenos Aires: La Bestia Equilátera, 2012

[Publicado el 23/10/2012 a las 12:15]

[Etiquetas: Roberto Bazlen, Miscelánea, La Bestia Equilátera]

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Sencillo/Complicado

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"No puedo más" escribió el editor alemán Siegfried Unseld el 24 de noviembre de 1988, poniendo fin a la extensa y muy abundante correspondencia (más de quinientas cartas) que había mantenido a lo largo de los años con uno de sus autores más importantes, el austríaco Thomas Bernhard. El propio Bernhard había dado comienzo a ese intercambio epistolar el 22 de octubre de 1961 con una carta en la que mostraba su interés por pasar a formar parte del catálogo de Suhrkamp, la magnífica editorial dirigida por entonces por Siegfried Unseld, pero concluía con las palabras "Sigo mi propio camino". No era una frase inocente y tampoco una pedantería: desde el comienzo mismo de su relación con su editor, Bernhard se empeñó en dejar muy claro que él no era un escritor como los otros y que no pensaba aceptar ningún tipo de trato que no expresara su visión (a menudo contradictoria) de la importancia de su trabajo. A lo largo de la extensa correspondencia que mantuvo con Unseld, Bernhard afirmó esto una y otra vez con frases como "Detesto los libros malos, pero por uno bueno tiraría sin vacilar a un abismo la mitad de mi patria" (19 de abril de 1966, 33) o "[...] mi trabajo es mi único placer, mi única alegría, mi mayor lujuria" (14 de diciembre de 1965, 24); naturalmente, el escritor austríaco esperaba que para su editor su trabajo fuese igual de valioso.
 
Una de las asimetrías más notables en la literatura se produce allí donde el autor (para quien su obra lo es literalmente todo) espera que ésta tenga una similar importancia para su editor, quien tiene forzosamente que dedicarse a más de un autor, sin embargo: buena parte de los malentendidos en las relaciones entre uno y otro surgen de este hecho; también los de la que sostuvieron Bernhard y Unseld. El autor de El malogrado llenó su correspondencia de quejas a su editor a raíz de la atención que Suhrkamp prestaba a su trabajo y que él (naturalmente) consideraba escasa, de las bajas ventas de sus libros (que él atribuía a su mala gestión) y de la atención prestada a otros autores del sello ("En mi Rolls Royce se han limitado a echar un litro de gasolina normal y lo han dejado plantado, mientras que en el Opel Kadett de su amigo [Martin Walser] han hecho instalar cuatro o cinco depósitos suplementarios y los han llenado de gasolina súper", 26 de noviembre de 1985, 299) y durante años se dedicó a jugar con su editor el muy bernhardiano juego de la seducción y el rechazo, ofreciéndole manuscritos que a continuación vendía a otras editoriales (la principal, Residenz Verlag), exigiéndole una y otra vez enormes sumas de dinero [1] y dedicándole frases como ésta:
 
"Tengo conciencia todos los días, aunque sólo sea en mi subconsciente no literario, de que sin usted sería un pobre diablo. Hace ya tiempo que pongo mi mano izquierda en el fuego por usted (con la derecha escribo) que hace mucho que debería habérseme quemado. No tengo la intención de sacarla del fuego en un período previsible." (14 de junio de 1966, 36),
 
pero también declaraciones del tipo
 
"Naturalmente, no firmaré su contrato. El hecho de que la editorial haya recurrido para él a un jurista contribuye además a que esa propuesta de contrato sea una desvergüenza. En lo que se refiere a las cifras y números contables que el contrato incluye, no puedo creer que sean exactos, conociendo la dejadez de la contabilidad de la editorial, pero tendré que conformarme con ellos." (1 de noviembre de 1969, 90);
 
dedicándole frases como "Lástima que mi editor no sea también mi amigo" (4 de enero de 1981, 255) o "como [...] no quiero ni puedo renunciar a su encanto personal, ni a sus, como sabe, insuperables cualidades en su trato conmigo, ni a su dedicación como editor, sin duda única en el mundo entero, le ruego que me comunique cómo podemos seguir colaborando" (9 de febrero de 1986, 304), pero también
 
"Encuentro insensato y más que estrecho de miras que durante meses no me envíe noticias. Por otra parte, como mejor me encuentro es solo. Cada vez me imagino más a la editorial como una anónima potencia enemiga. Disipe usted esa impresión. La mayor parte de las veces me irrita simplemente pensar en Suhrkamp. [...] Tómeselo todo como quiera" (11 de febrero de 1972, 130-131).
 
Bernhard jugó a su editor todas las malas pasadas que los escritores jugamos o intentamos jugar a los nuestros y, por esa razón, si algo sorprende de esta correspondencia es que no haya terminado mucho antes. Al tolerar sus desplantes, prestando una atención absolutamente inusual a su autor en un marco estrictamente profesional e interesándose por su bienestar de una forma que rozaba el altruismo, Unseld mantuvo a Bernhard a su lado, pero lo hizo sólo a costa de exacerbar sus peores atributos y de una considerable pérdida de poder por su parte. Lo movía (y lo dijo numerosas veces a lo largo de esta correspondencia) la convicción de que la obra de Bernhard era importante y, en sustancia, es gracias a su generosidad y a su paciencia que esa obra pudo llegar hasta nosotros; más aún: que pudo ser producida en las mejores condiciones materiales posibles para su autor.
 
La Correspondencia entre Bernhard y Unseld se lee pues como una apasionante novela epistolar protagonizada por dos personajes fascinantes, pero también escenifica las dificultades existentes en la relación entre autores y editores y nos reconcilia inevitablemente con algunos de estos últimos. A vuelta de correo, y tras el "No puedo más" de Unseld, Bernhard (que días antes había afirmado en una entrevista que su editor era un tipo "espantoso" al que "le interesa solo su pequeño y ruin negocio" y había agregado: "Naturalmente podría decir que no volveré a dirigirle la palabra y cambiaré de editorial. Pero la siguiente será igualmente horrible", 328) le respondió "[...] bórreme de su editorial y de su memoria. Sin duda he sido uno de los autores menos complicados que ha tenido nunca" (25 de noviembre de 1988). Algo antes, con mayor ecuanimidad y tal vez exagerando sólo un poco, le había escrito:
 
"Tarde, pero no demasiado tarde, reconocerán los alemanes, aun aplicando los más altos criterios, que nunca ha existido un editor más importante y por consiguiente para la historia intelectual más significativo que usted... que ha extraído su genio totalmente del amor a la literatura y la alegría por sus creadores. Le agradezco la velada que acaba de terminar y no solo ella. Su sencillo / complicado Thomas Bernhard" (16 de octubre de 1987, 320).
 
 
[1] "¿Cuándo eliminaremos de nuestra correspondencia y relación la tediosa cuestión del dinero?" le preguntó Unseld en una carta fechada el 8 de julio de 1969, ignorando o fingiendo ignorar el hecho de que la inexistencia de una instancia objetiva que determine el valor en literatura lleva a algunos autores a intentar averiguar cuán valiosos son para sus editores exigiéndoles grandes cantidades de dinero, como si la literatura tuviese algo que ver con ese tipo de valores. "Qué soy para usted, qué soy para la editorial?" le pregunta a Unseld un atribulado Bernhard en 1980; Unseld le muestra las cifras de ventas de sus libros y eso "lo anima" (249).
 
 
Thomas Bernhard y Siegfried Unseld
Correspondencia
Ed. Raimund Fellinger, Martin Huber y Julia Ketterer
Sel. y trad. Miguel Sáenz
Barcelona: Cómplices Editorial, 2012

[Publicado el 16/10/2012 a las 10:15]

[Etiquetas: Thomas Bernhard, Siegfried Unseld, Miguel Sáenz, Miscelánea, Cómplices Editorial]

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Actualizaciones (I) y una noticia

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La liebre con ojos de ámbar: Un netsuke de Edmund de Waal.

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Un tiempo atrás reproducía aquí un artículo publicado originalmente en ABC Cultural acerca del excelente libro de Edmund de Waal La liebre con ojos de ámbar; semanas después, de Waal publicó en su página web algunas imágenes de sus netsuke, esas figurillas japonesas que están en el centro de su libro, que es la historia de una familia y de una época (la de las grandes familias judías que patrocinaron las artes y las letras en París y en Viena) a las que la llegada del nazismo al poder puso fin. Aquí, algunos de los netsuke.
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En abril de 1999, el escritor inglés Alan Moore presentó en el Conway Hall de Red Lyon Square, en Londres, el texto que ahora publica Astiberri en la versión del propio Moore y de su habitual colaborador Eddie Campbell. Al igual que en el caso de El amnios natal (también publicado recientemente), Serpientes y escaleras se articula en torno a las particulares ideas de su autor acerca de la magia y del simbolismo (serpientes y escaleras son metáforas de la estructura helicoidal del ADN y, por consiguiente, de la vida) y a su versión personal de una escritura automática. El resultado es un texto que entrañará cierta dificultad para cualquier lector que no esté familiarizado con las técnicas de composición de simbolistas y surrealistas y será una pesadilla para aquel a quien esas técnicas no le interesen; pero también un desafío para los que (por una razón o por otra) piensan que el cómic no tiene otra función que la de satisfacer una necesidad infantil de aventuras, y esta última razón es suficiente para leer Serpientes y escaleras, traducida por una de las personas que más sabe sobre narrativa gráfica en este país, Santiago García.
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Algunos amigos culés me envían un listado similar al que aparecía en el artículo sobre el libro de Enric González publicado recientemente, aunque, en este caso, el listado consiste en los peores jugadores de la historia del Real Madrid. Va a continuación, a manera de desagravio: Predrag Spasic, Sebastián Losada, Robert Prosinecki, Freddy Rincón, Rafael Alkorta, Roberto Rojas, Víctor Manuel Torres Mestre, José Luis Morales, Carlos García Velasco, Nicolás Anelka, Peter Dubovsky, Juan Esnáider, Perica Ognjenovic, Rodrigo Machado, Manuel Canabal, Oscar Ruggeri, Federico Magallanes, Albano Bizarri, Edwin Congo, Dejan Petkovic, Mino, César Prates, Contreras, Pedro Luis Jaro, Elmir Baliç, David Aganzo, Tote, Felipe Miñambres, Rubén Rocha, Javier Dorado Bielsa, Iván Campo, Julio César, José Antonio García Calvo, Luis Miguel Ramis, Fernando Sanz, Flavio Conceiçao, Jaime Lazcano, Borja Fernández, Javier Ángel Balboa, Aitor Karanka, Steve McManaman, Paco Pavón, Álvaro Mejía, Jonathan Woodgate, Walter Samuel, Carlos Secretario, Francisco Javier Pérez Villarroya, Mikel Lasa, Savio Bortolini, Albert Celades, Javier Portillo, Robert Jarni, Esteban Cambiasso, Antonio Núñez, Álvaro Benito, Juan José Maqueda, Pablo García, Raúl Bravo, Santiago Solari, Thomas Gravesen, Bodo Illgner, Carlos Diogo, Fernando Gago, Royston Drenthe, Emerson, Fabio Cannavaro, Antonio Cassano, Lass Diarra, Mahamadou Diarra, Gabriel Heinze, Klaas Jan Huntelaar, Michael Owen, Julien Faubert, Jerzy Dudek, Claudemir Vitor, José Antonio Reyes, Ricardo Carvalho, Hamit Altintop y Pepe. Algunos de ellos se encuentran en la sección internacional de En una baldosa, la magnífica página web argentina dedicada a averiguar qué fue de todos aquellos fichajes rutilantes y esas extraordinarias promesas futbolísticas que quedaron en nada; lo que equivale a decir que lo que esta página hace es recordar todo aquello que el sentido común y la vergüenza ajena indicarían que no debe ser recordado; en ese gesto a contracorriente radica mucho de su valor.
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Desde septiembre, y a sugerencia de algunos lectores, estos tendrán aquí la posibilidad de plantearme cualquier cuestión literaria o no que les parezca relevante. Las mejores preguntas serán publicadas a finales de cada mes con sus correspondientes respuestas y deben ser dirigidas a blog@elboomeran.com. Gracias de antemano a todos los participantes.

[Publicado el 15/9/2012 a las 10:00]

[Etiquetas: Alan Moore, Eddie Campbell, Edmund de Waal, Enric González, Miscelánea]

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Ubú en Italia

imagen descriptiva

«Esto son tres carabinieri que se toman unas vacaciones y se van de caza. El primero dispara y, cuando vuelve con la presa, dice: "A juzgar por el pelaje, diría que es una liebre". El segundo dispara, y cuando vuelve con la presa, dice: "A juzgar por el plumaje, diría que es un faisán". Luego le toca al mariscal, que dispara, también él da en el blanco, y cuando vuelve, dice: "A juzgar por la documentación, diría que es un comunista"».
 
No fue precisamente un político de escasa categoría quien contó este chiste (en una celebración de la sección juvenil de un partido de derechas en torno a 2009), sino el antiguo primer ministro italiano Silvio Berlusconi, principal autoridad de un país en el que la persecución y el asesinato político aún están próximos en el tiempo. Al escucharlo (o leerlo), uno tiende a poner en entredicho el buen gusto de su narrador y a encogerse de hombros; sin embargo, parece más interesante y productivo el preguntarse por las razones de que esta y otras humoradas de dudoso gusto hayan sido realizadas por el político más importante de la historia italiana reciente.
 
De hecho, Silvio Berlusconi ha estado contando chistes desde los comienzos de su actividad profesional y siempre se ha jactado de tener un repertorio extenso y en continua actualización; su obsesión por ellos no es una nota al pie de la biografía política del antiguo primer ministro italiano, como señala el crítico literario y traductor Simone Barillari: para el autor, «sus chistes son su instrumento personal para estar siempre en contacto con esa barriga de los italianos a la que Berlusconi sabe hacer cosquillas como nadie». No importa que esos chistes (quizás fuese más adecuado llamarlos «parábolas») reúnan la mayoría de los males contemporáneos (misoginia, racismo, desprecio por los diferentes y por los más desfavorecidos, etcétera); tampoco, que aludan de forma ofensiva a sus interlocutores: Berlusconi ha contado estos chistes a lo largo de sus casi dieciocho años de gobierno con una sonrisa inocente pero con muy poco de inocencia, ya que estos le han permitido establecer alianzas, salir airoso de situaciones comprometidas y, particularmente, seducir a audiencias educadas por la televisión berlusconiana y su particular humorismo.
 
En ese sentido, la reunión de sus chistes puede ser leída (y esta es la apuesta de Barillari) como «la crónica más viva y fidedigna de los veinte años de berlusconismo: no sólo porque prácticamente todos los acontecimientos italianos, y muchos de los sucesos internacionales, de ese período aparecen transfigurados en las reveladoras alusiones de Berlusconi y en los dobles sentidos que delatan a su subconsciente; no sólo porque los principales protagonistas del panorama italiano e internacional aparecen como personajes caricaturescos y a la vez son perversamente reales, sino porque es como si esos veinte años de la historia de Italia no hubieran sido más que el exclusivo e ininterrumpido recital de un viejo y experto comediante».
 
El show de Berlusconi reúne y glosa una buena cantidad de los chistes del antiguo primer ministro italiano y funciona, efectivamente, como una crónica de su paso por el poder, pero no es su único mérito, ya que el libro contagia en el lector la fascinación incómoda de buena parte de la ciudadanía de ese país ante la sorprendente desfachatez y falta de vergüenza de su narrador: Berlusconi atribuyéndose la facultad de caminar sobre las aguas, afirmando que sus oponentes son descerebrados y carecen de vigor sexual, ratificando la opinión extendida de que los genoveses son tacaños, calificando a Romano Prodi de «culo con gafas», burlándose de negros, desempleados y enfermos de sida, contándole un chiste a Bill Clinton sobre penes, fabulando bromas macabras que transcurren en campos de concentración alemanes, destrozando a la prensa independiente, burlándose de sus propias promesas electorales, atribuyéndole flatulencias a la reina de Inglaterra, jactándose de su impunidad y de sus aventuras amorosas, afirmando que todas las mujeres son potenciales prostitutas, etcétera.
 
Una mención aparte merecen los chistes «contra» Berlusconi contados por su protagonista, cuya finalidad (acierta el autor) es «desactivarlos» políticamente revistiéndolos de la autoridad que vendrían a poner en entredicho. Aunque Barillari lo llama «un hombre ridículo, que ridículamente ignora serlo», lo cierto es que es precisamente en el giro barroco que imprime a su discurso al apropiarse incluso del humorismo hecho a su costa que Berlusconi demuestra su inteligencia política, puesto que sus chistes (vehículo de buena parte de sus ideas políticas) participan de la discusión política sin ser discurso político tradicional, lo que los vuelve irrefutables en ese contexto. Como afirma Barillari, «es inútil rebatirlos con seriedad: son chistes; pero también es imprudente tomárselos a broma: son mensajes políticos». Ese doblez es el responsable de su eficacia política.
 
«Fue con Berlusconi con quien por primera vez el humor -que siempre ha sido el arma más antigua y contundente contra el poder- fue empuñado por el propio poder. Fue con Berlusconi con quien este instrumento de subversión se convirtió en pilar del sistema de la restauración, como si [...] el bufón se hubiese convertido en rey y sus ocurrencias en edictos», afirma Simone Barillari (10). No es realmente cierto. En su clase del 8 de enero de 1975 publicada en Los anormales (2001), el filósofo francés Michel Foucault utilizó el término «ubuesco» para designar «la maximización de los efectos de poder a partir de la máxima descalificación de quien los produce. [...] Al mostrar explícitamente el poder como abyecto, infame, ubuesco o simplemente ridículo, no se trata, creo, de limitar sus efectos y descoronar mágicamente a quien recibe la corona. Me parece que, al contrario, se trata de manifestar de manera patente la inevitabilidad del poder, que puede funcionar precisamente en todo su rigor y en el límite extremo de su racionalidad violenta, aun cuando esté en manos de alguien que resulta efectivamente descalificado».
 
El show de Berlusconi viene a mostrar precisamente la peligrosidad de quien accede a la escena política haciendo alarde de bonhomía y es una lectura placentera al tiempo que descorazonadora: placentera porque muchos de los chistes reunidos aquí («El perro del Milán», «El prisionero», «Un sepulcro digno», «El amante en el armario») son simplemente hilarantes; descorazonadora porque «esa ridícula comedia que ha sido la reciente historia de Italia» bajo el mandato de Silvio Berlusconi es uno de los rostros de la tragedia de la democracia europea.
 
 
Simone Barillari
Con la colaboración de Nicola Baldoni y Emmanuela Nese
El show de Berlusconi. Una historia crítica de la quiebra política, económica y moral de Italia a través de los chistes del Cavaliere
Trad. Miguel Ros González
Madrid: Errata Naturae, 2012
 
[Publicado originalmente en ABC Cultural, 19 de mayo de 2012]

[Publicado el 22/6/2012 a las 09:15]

[Etiquetas: Simone Barillari, Silvio Berlusconi, Miscelánea, Errata Naturae]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (Argentina, 1975) es autor de los volúmenes de relatos Hombres infames (1999), El vuelo magnífico de la noche (2001), El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010) y Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010 (2011) y de las novelas Formas de morir (1998), Nadadores muertos (2001), Una puta mierda (2007), El comienzo de la primavera (2008), ganadora del Premio Jaén de Novela y distinguida por la Fundación José Manuel Lara como una de las cinco mejores obras publicadas en España ese año, y El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), que será traducida al noruego, francés, italiano, inglés, neerlandés y alemán. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el premio Juan Rulfo de Relato 2004, y antologado en Argentina, España, Alemania, Estados Unidos, Colombia, Perú y Cuba. Sus relatos han aparecido en publicaciones comoThe Paris Review y Zoetrope (Estados Unidos), die horen (Alemania), Etiqueta Negra (Perú), Esquire (México), Il Manifesto (Italia) y Eñe (España). Recientemente la revista inglesa Granta lo ha escogido como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español del momento. Pron es doctor en filología románica por la Universidad «Georg-August» de Göttingen (Alemania); en la actualidad vive en Madrid.

Fotografía: Unai Pascual

Bibliografía


 
 

 

Ficción

 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

 

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

 

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

 

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

 

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

 

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

 

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

 

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

 

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

 

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

 

 

Edición

 

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

 

 

Crítica

 

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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