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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 25 de junio de 2017

 Blog de Patricio Pron

"La ordinariez" / Prólogo

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«Antes de continuar debo aclarar que lo más democrático que tenemos los chilenos es la práctica del desprecio» afirma Marcelo Mellado en uno de los textos de este libro, y agrega: «Por eso aquí -en el ejercicio textual- no hay ni víctimas ni victimarios, solo operadores del odio y del resentimiento escritural». Al igual que en su novela La hediondez (2011), cuyo tema es la rehabilitación de una biblioteca municipal en una ciudad innominada de provincias del litoral chileno que divide a la reducida escena literaria local en dos bandos enfrentados de forma violenta y ridícula, en la frase precedente el escritor chileno concibe la literatura como la zona de conflicto que efectivamente es, y participa de ella mediante una doble estrategia: por una parte, a través del desmantelamiento de esa escena, que Mellado también imagina como el escenario de un crimen; por la otra, mediante la adopción del «discurso quejumbroso, descalificador, discriminador y culposo que caracteriza los tonos peyorativos del habla nacional» y que convierte al autor de Informe Tapia (2004) en un discípulo de ese artista del insulto y del desprecio a los connacionales que fue Thomas Bernhard.
 
 
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Al igual que el austríaco Bernhard, Mellado se beneficia del hecho de vivir en la periferia literaria de su lengua para construir una poética y una estrategia textual que define como «una modernidad que parta y se fundamente en los espacios abandonados, la insularidad». Allí donde Mellado esté -es decir, principalmente en la Quinta Región chilena, en sitios como San Antonio, Llolleo y Valparaíso- está la periferia, aunque una periferia hiperbólica, desmesurada, que sitúa a su autor al margen de una escena marginal como la literaria en un país que es geográfica y culturalmente marginal en relación a una modernidad hipotética que es proyecto político y expresión de deseos. El resultado de la imposibilidad chilena de acceder a esa modernidad -es decir, de acceder a ella en algo más que en cuatro o cinco barrios capitalinos- es lo que Mellado denomina «un país despreciado y despreciable» y también un «país culiao», que el autor define como una «instancia institucional que posibilita y legitima el abuso de poder y lo consagra con el desprecio y la burla». Ante ello, el paroxismo en su obra de lo que Mellado llama, atribuyéndosela a los desposeídos, «la estrategia del resentimiento» revela ser no tanto un ejercicio telúrico de desprecio o el resultado de una cierta insatisfacción personal por el sitio que el autor ocuparía en su país y (o) en su escena literaria, sino una propuesta consistente en «generar actos narrativos en donde los códigos de la representación ciudadana y/o cívica se descomponen en simulacros e imposturas retoricas». Uno de los temas principales en su obra -de algún modo, su único tema, que es el único tema de los escritores realmente importantes- es el modo en que poder y representación se imbrican hasta volverse mutuamente dependientes, y de eso, del simulacro y de la impostura, habla Mellado una y otra vez en este libro.
 
 
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«¿Qué tipo de declaraciones me gustaría promover sin necesidad de perseguir a los no firmantes?» pregunta, y se responde: «Me gustaría inventar una declaración en contra de Chile, en contra de su gente, una declaración que diga que a los abajo firmantes no les gusta el país en que viven por una serie de razones que habría que entrar a enumerar y que dicen relación con un chovinismo para nada encubierto y una soberbia criminal, todo sumado a una voluntad de abuso sicótica o endémica» concluye el autor.
 
 
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Lo chileno, para Mellado, es lo que huele a sucio, lo que huele a sucio como sólo huele a sucio Chile; el suyo no es un diagnóstico inusual, pero sí lo es el ejercicio que posibilita: una práctica que trasciende «la obsesión ético-política de los escritores canónicos, adscribiendo a lo política y culturalmente correcto» para conformar un programa revolucionario de «agudización de las contradicciones» consistente en la realización de «políticas de desarrollo territorial desde la cultura» como el Taller de Buceo Táctico de San Antonio pero conformado también por la denuncia y el ridículo de la escena literaria -que el autor concibe acertadamente como una miniatura de la sociedad en su conjunto- y por la creación de una lengua liberada, como un territorio liberado en un país ocupado por un enemigo que, a falta de un nombre mejor, podemos llamar la siutiquería y el envaramiento intelectual y al que Mellado sabe darle mejores nombres, nombres que, como los de los entomólogos, detienen al fenómeno en su vuelo y lo clavan en un cartón cubierto de felpa negra para consternación de los protectores de la fauna y aburrimiento de los niños en los museos.
 
 
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Acerca de la escena literaria, que describe como «un terreno sobredimensionado y lleno de imposturas, y repleto de vacío», el autor parece estar convencido de que sólo causa «malos ratos a los usuarios de la vía pública y atenta permanentemente contra la convivencia nacional»: se trata de una «ordinariez» que, en tanto «paisaje impotente, marcado por la flaccidez peniana», es habitado por «acabronados y lamedores de trasero que no te dejan trabajar» y representan lo que una y otra vez el autor denomina «los poderes fácticos», sin que quede claro qué poderes son esos, excepto los de la estupidez y el inmovilismo. Ninguna de las instituciones más consuetudinarias de la sociabilidad de los escritores queda a salvo del escrutinio de Mellado: ni los recitales poéticos -que considera «una estrategia para el robo y para la comisión de delitos análogos», lo que no parece ser en absoluto una metáfora, ya que, según afirma, el escritor realmente fue robado en un recital de poesía-, ni los premios nacionales ni los talleres literarios -«no cualquiera da o dicta un taller, porque ser escritor en el Chile de hoy es, por sobre todo, un acto de clase o al menos de autoafirmación de pertenencia a un grupo que vive del Parque Forestal hacia el oriente» escribe-, y ni siquiera Pablo Neruda, al que llama «el frescolín Neruda» y considera loable «porque es el típico trepador y ventajista que nos dio a todos los patipelados una lección de sobrevivencia; en una combinación entre faldas, sibaritismo y mitos políticos, nos dio una pauta a los provincianos picantes». Mellado toma la que considera una práctica muy chilena -el desprecio, el odio, el resentimiento, la maledicencia, la práctica del rumor- y la vuelve contra sus cultores, en un ejercicio de desmantelamiento de las imposturas, «las perversiones, las solemnidades y acartonamientos de la patética voluntad institucionalizante que practican los grupos de interés»; en una especie de ejercicio de desmontaje de esas prácticas, que, para el autor, son «un caldo de cultivo del fascismo».
 
 
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«El chileno es hablado por un habla que lo posee demoníacamente» escribe. No hay ninguna voluntad de cuestionamiento en esa afirmación, ya que a Mellado parece complacerle esa posesión, que afecta y da forma a su propia y desconcertante lengua literaria, que se caracteriza por la alternancia de un estilo elevado con lo que los chilenos llaman «chuchada», que podría traducirse como el hablar utilizando expresiones informales y obscenidades; esa alternancia entre un registro alto y uno bajo de lengua parece venir a dar cuenta del que es uno de los temas centrales de buena parte de su obra: la imposibilidad de tener una «vocación vital» en un país como Chile caracterizado por los contrastes socioeconómicos y la falta de oportunidades y en el que sólo las catástrofes «producen una ficción de igualamiento». Al igual que los recolectores de la desembocadura del río Mapocho, que viven de «desechos que bota la modernidad de la región metropolitana» cuyo valor «depende de su propia subjetividad o de las fluctuaciones inesperadas del mercado de los desechos», Mellado se apropia de elementos de una gran cantidad de saberes vinculados con lo que podríamos llamar una lengua alta -y que provienen de la teoría literaria posestructuralista, la retórica burocrática, el análisis marxista, la lingüística, la sociología de la comunicación, la semiótica, el psicoanálisis- y los subvierte mediante un uso desplazado y a menudo fingidamente erróneo de esos elementos y su contraposición con las expresiones más recurrentes de la lengua baja chilena. Al hacerlo, muestra que la distancia entre la experiencia real de vivir en Chile y la narración de esa experiencia por parte de lo que llama «el habla institucional» es enorme; es decir, que la burocracia -también la literaria- y los «poderes fácticos» a los que da voz no gobiernan la realidad y ni siquiera pueden nombrarla, y que es necesario devolver esa lengua a sus usuarios.
 
 
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No importa si preguntándose acerca de la influencia del consumo de cocaína en la recuperación de la democracia en Chile, si diseccionando los hábitos higiénicos de los habitantes de Valparaíso, proponiendo el «mapeo de las consignas y frases utilizadas en las marchas estudiantiles» o refiriéndose a la muy singular tríada de cantantes y compositores conformada por Víctor Jara, Sandro y Chinoy: Mellado siempre está trabajando en su proyecto de liberación política del lector no solamente chileno mediante la parodia de la lengua hablada por las instituciones, ya que su propuesta es la de poner en duda «las legitimidades de los discursos por su pretensión de constituirse en instituciones promotoras de alguna verdad». Tan alejado de la razón editorial como del poder académico y político, con una conmovedora voluntad de conquistar el poder desde el interior de La Provincia y un sentido del humor vitriólico y deslumbrante, Mellado pone en cuestión la economía lingüística de ese poder no sólo en Chile, y es una experiencia excepcional el asistir a ello. La suya es una de las obras más sólidas y consecuentes consigo misma que pueden encontrarse en América Latina en este momento, una obra concebida para un «territorio mortalmente amenazado por la erosión, el viento y la lluvia que lo disuelven» que apuntala ese territorio como si éste estuviese conformado por una roca incorruptible, y ésa es una de las mejores noticias de su literatura.
 
 
En
Marcelo Mellado
La ordinariez: Artículos escogidos
Selección y edición de Vicente Undurraga
Santiago de Chile: Ediciones Universidad Diego Portales
Pp. 11-15 

[Publicado el 08/8/2013 a las 12:00]

[Etiquetas: Marcelo Mellado, Prólogo, Ediciones Universidad Diego Portales]

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Una revolución personal

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El escritor chileno Marcelo Mellado (Concepción, 1955). Crédito de la fotografía: desconocido.

Unos años atrás, el ensayista español Carlos Eymar publicó una obra titulada El funcionario poeta (Madrid: Fórcola, 2009) en la que proponía unos "elementos para una estética de la burocracia" en la obra de tres autores: Franz Kafka, Fernando Pessoa y Alexandre Kojève. A pesar de toda su singularidad, sin embargo, la obra de Eymar no es la única en su género ni los escritores mencionados los únicos en los que se puede encontrar esta estética. La hediondez, la novela más reciente del narrador chileno Marcelo Mellado, explora esa estética (si es admisible poner ambos adjetivos juntos) de una forma triste y desopilante.
 
La hediondez narra cómo los esfuerzos para la rehabilitación de una biblioteca municipal en una ciudad innominada de provincias del litoral chileno (una rehabilitación, por cierto, beneficiosa para la toda la sociedad local, o al menos no particularmente inconveniente para nadie) divide a la escena literaria en dos bandos enfrentados de forma violenta y ridícula. Uno de los bandos, el denominado "La Caleta", está conformado por poetas de apodos infames y, por esa misma razón, perfectamente plausibles en el contexto provinciano: el Poetiso Caldera, el Gallina Clueca, el Pickle Quiroga y Bochorno Oyarzún; como representantes de lo que una y otra vez es denominado aquí "los poderes fácticos" (sin que quede claro qué poderes son esos, excepto los de la estupidez y el inmovilismo), los integrantes de "La Caleta" espían, amenazan y secuestran a los miembros de "El Gremio", el grupo rival, conformado por Prudencio Aguilar, Archibaldo Zúñiga, Chucho Velázquez y la poetisa de nalgas prominentes Elizabeth Portentosa, cuyo único interés radica en conseguir que se asigne a la biblioteca una nueva ubicación (la contemporánea, que los miembros de "La Caleta" no quieren abandonar, se encuentra junto a una fábrica de harina de pescado y al Centro de Recuperación de Animales Exóticos, por lo que el aire en ella es particularmente irrespirable). Durante algunos días, la ciudad es escenario de "una transparencia sicótica a nivel conspirativo" (58) que culmina en un paroxismo que incluye un rescate en el último instante, un desfile de travestís y la liberación de una cría de lobo marino en cautiverio, además de una boda celebrada con la anuencia y la colaboración de un cura surfista acusado de abusos sexuales a menores. Naturalmente, sin embargo (y debido a que así son las cosas, en las pequeñas localidades del litoral marítimo de Chile pero también en casi cualquier otra parte), todo esto no conduce absolutamente a nada.
 
Marcelo Mellado comparte con su colega transandino César Aira la capacidad para fabular y la inclinación al grotesco; lo distingue casi todo lo demás, pero en especial la lengua que emplea, que es una imitación particularmente lograda de la lengua burocrática. En palabras del magnífico crítico chileno Rodrigo Pinto:
 
"De un lado está el lenguaje sociologizante de quienes suelen analizar asuntos urbanos y sociales, una jerga correosa, plagada de esdrújulas y horrendos neologismos; de otro, el lenguaje burocrático, oficinesco, plano y retentivo, con notas provenientes de los servicios de seguridad y control; cruzando a ambos, el habla de la calle, el ‘tenimos', por ejemplo [...]" (124).
 
La elección de esa lengua parece perseguir varios fines: la consecución de un cierto efecto absurdo que resulta de tratar hechos insignificantes (una masturbación, por ejemplo) con una lengua que suele ser reservada para asuntos de mayor relevancia (Pinto llama a esto: "el perverso sentido del humor que anima su escritura", 125); también, la manifestación de la convicción del autor chileno de que la resolución de un asunto burocrático sólo puede encontrar su plasmación en sus propios términos. Apunto una más: al utilizar su lengua, Mellado desplaza a la burocracia del sitio preferente que ésta ocupa como productora de un cierto discurso burocrático que entre 1973 y 1990 fue el único legitimado para narrar el mundo. El escritor chileno se apropia de la lengua estatal y la intercala con insultos y expresiones soeces profundamente chilenas (por ejemplo, la magnífica: "¿Qué te pasa, me querí oler la raja, conchetumadre?, 96) para, de ese modo, mostrar que la distancia entre la experiencia real y la narración de esa experiencia por parte de la lengua burocrática (enarbolada por arribistas, poetas ridículos, pescadores de subsidios, mentirosos, todo lo que Álvaro Bisama denomina en el prólogo a este libro "ese mundo viscoso de talleres literarios, agrupaciones de amigos del arte, comentarios elogiosos en las redes sociales, karaokes interminables de poetas infumables", 11) es enorme; es decir, que la burocracia (en particular la literaria) y los "poderes fácticos" a los que da voz no gobiernan la realidad y ni siquiera pueden nombrarla. Así (narrando pequeños enfrentamientos pueriles en provincias que funcionan como miniaturas del ejercicio del poder a nivel nacional y narrando todo ello con una lengua profundamente subversiva en su uso), el autor de La hediondez realiza su revolución personal, pero esa revolución personal ha pasado desapercibida mucho tiempo. Desde el interior de La Provincia chilena, Mellado pone en cuestión la economía lingüística del poder no sólo en Chile, y es una experiencia excepcional el asistir a ello.
 
 
Marcelo Mellado
La hediondez
Pról. Álvaro Bisama
Epíl. Rodrigo Pinto
Santiago de Chile: Alquimia, 2011
 
 
Nota: Los escritores chilenos Marcelo Mellado y Rodrigo Olavarría leerán hoy a las 19.30 sus obras en la Casa de América de Madrid; mañana lo harán Germán Carrasco, Elvira Hernández y Jorge Velásquez. La entrada es libre hasta completar el aforo.
 
 
[El próximo miércoles: La fábrica del lenguaje, S.A. de Pablo Raphael]  

[Publicado el 07/5/2012 a las 12:45]

[Etiquetas: Marcelo Mellado, Rodrigo Pinto, Álvaro Bisama, Novela, Alquimia]

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El arte de la injuria

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Marcelo Mellado (Concepción, 1955) ha publicado El huidor (1992), El objetor (1996), La provincia (2001), Informe Tapia (2004) y Ciudadanos de baja intensidad (2007), libros que le han permitido gozar de cierto reconocimiento crítico y una fama probablemente deseada de enfant terrible pero no han contribuido a que su obra saliese de las fronteras chilenas. La excelente editorial santiaguina Metales Pesados publicó el año pasado una selección realizada por el crítico Vicente Undurraga de quince relatos provenientes principalmente de El objetor y de Ciudadanos de baja intensidad y, aunque es probable que la misma tampoco contribuya a dar a conocer su obra fuera de Chile, parece una oportunidad bienvenida y necesaria para revisar su obra.
 
Esta se caracteriza por un uso desconcertante del lenguaje que, en palabras del crítico chileno Juan Manuel Vial, alterna "la corrección del estilo con aquello que en buen chileno entendemos por chuchada" y que podríamos traducir como decir tonterías; esa alternancia entre un registro alto y uno bajo de lengua parece venir a dar cuenta en el plano de la forma del que es el tema central de muchos de esos relatos: la imposibilidad de tener una "vocación vital" en un país caracterizado por los contrastes socioeconómicos como Chile. Los relatos de Armas arrojadizas están ordenados de forma rigurosamente cronológica, y los primeros todavía aspiran a incorporarse a una lengua alta vinculada estrechamente a la teoría literaria posestructuralista, a la retórica burocrática y al análisis marxista, pero los últimos desconfían ya abierta y definitivamente de su contexto de recepción y expresan un desagrado visceral hacia lo que uno de sus personajes llama "un país insular como este [donde] la palabra traición no tiene el sentido de quiebre moral que posee en otras culturas, [sino que] es casi un modo de relación social". A manera de manifestación de ese desagrado, uno de los personajes del relato "Vocación docente" afirma:
 
"Puta que me caen mal los chilenos, Mondaca. ¿Por qué no renunciamos a nuestra nacionalidad, Mondaca? ¿Eso se podrá hacer? Me refiero a la cosa jurídica. Es una fantasía de antiidentidad que tengo. No sé si hay algún precedente jurídico al respecto. Incluso he estado tentado a presentar mi caso a la ONU, que existiera la posibilidad de declararnos apátridas. Yo lo haría, Mondaca, créeme que sí lo haría. Podríamos dar entrevistas sobre el tema, saldríamos en el diario, nos harían algún reportaje televisivo. En una de esas es una solución, al menos psicológica, de nuestra miseria vital, incluso te puede servir para un proyecto de poesía maldita".
 
A pesar de esa voluntad explícita de despojarse de todos sus rasgos de identidad, los personajes de Mellado nunca dejan de ser chilenos, sin embargo; no lo hacen porque hacerlo significaría lograr un propósito abandonando su cómoda posición de perdedores que juzgan a los arribistas y a los triunfadores, pero también porque su parálisis (como la del narrador del extraordinario relato "No iré a Madrid", que no quiere visitar la capital española y no lo hace pese a todas las oportunidades que se le presentan) sirve de metáfora de la parálisis intelectual de todo un país y de unos sujetos acorralados por las instituciones.
 
Aunque profunda y amargamente crítica, la narrativa de Mellado también tiene un humorismo sarcástico y oscuro que la destaca entre la de sus contemporáneos y que es el resultado de lo que la ensayista chilena Patricia Espinosa H. llamó "el arte de la injuria o [...] la injuria como una de las bellas artes". En la práctica de esa disciplina, Mellado continúa a Roberto Bolaño, con la salvedad de que, a diferencia del autor de Los detectives salvajes, realiza su crítica desde el interior de Chile y es explícito en la voluntad política de su trabajo:
 
"Cuando vives en provincia, descubres que Chile es una gran impostura. Imagínate la impostura que significa ser escritor. Yo no soy un escritor. Soy más bien una especie de operador discursivo y el modo en que hago circular esos discursos es la literatura" afirmó el autor en varias entrevistas; en otra sostuvo que su "misión" es curar a Chile "de la impostura", una tarea ímproba pero que Mellado se propone desde la minúscula localidad de Llolleo (lo que equivale a decir, desde la periferia de la periferia) mediante la producción de una de las obras más sólidas de la literatura chilena; va siendo hora de que la larga injuria que es la obra de Mellado abandone las fronteras del país que tanto desagrada a sus personajes.
 
 
Marcelo Mellado
Armas arrojadizas
Santiago de Chile: Metales Pesados, 2009

[Publicado el 02/2/2011 a las 11:40]

[Etiquetas: Marcelo Mellado, Metales Pesados, Cuentos]

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Foto autor

Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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