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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 19 de octubre de 2017

 Blog de Patricio Pron

La literatura después de la literatura / "La parte soñada" de Rodrigo Fresán

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Rodrigo Fresán (Buenos Aires, 1963) es, y esto lo sabe bien el lector, el autor de una de las obras más inmediatamente reconocibles de la literatura en español; aunque a esa obra se le han puesto ya numerosos rótulos ("pop", "posmodernismo", "metaliteratura"), ninguno parece más apropiado que el de "postliteratura": desde Jardines de Kensington (2005), su extraordinario tour de force por la vida de James Mathew Barrie y decenas de otras vidas más, y en adelante, Fresán ha ido profundizando en dos tendencias contradictorias (y, sin embargo, y como es evidente, perfectamente funcionales en su trabajo) que convierten su trabajo en un ejemplo de "literatura después de literatura": una mayor artificiosidad, que inscribe deliberada y explícitamente cada nueva obra suya en una serie explorada con fruición y morosidad, y, al mismo tiempo, una nostalgia de la literatura, que en los mundos ficcionales de Fresán se corresponde con un estadio de inocencia infantil o un pasado pretecnológico.
 
Al abandonar progresivamente el plot o peripecia como recurso vertebrador en beneficio de formas más laxas y digresivas de construcción novelística, Fresán ha añadido a sus textos un pliegue o doblez cuyo tema es la necesidad de la ficción y la imposibilidad de que ésta continúe produciendo sentido; en Jardines de Kensington y en El fondo del cielo (2009), pero especialmente en el díptico conformado por La parte inventada (2014) y La parte soñada (2017), el autor argentino ha puesto en escena estrategias manifiestamente autoconscientes de producción textual que, dada su naturaleza (notas a pie de página, variaciones tipográficas, polifonía, listas, puesta en escena de la figura del narrador, ejercicios de reescritura, citas), parecen dar cuenta de una ansiedad ante el agotamiento de las formas tradicionales de producción literaria al tiempo que la convicción de que es necesario inventar nuevos modos de narrar, ante la presunción simultánea de que narrar es innecesario o imposible.
 
La parte soñada pone de manifiesto esa certeza recurrente en la obra reciente de su autor. Vista principalmente como nostalgia o reservorio del que extraer referencias, símiles o comparaciones que "llenan" el tiempo de vida pero están incapacitadas de producir sentido, para Fresán la literatura parece ser un sueño del que ya hemos despertado (y cuyo reverso pesadillesco es aquí "IKEA", el escritor latinoamericano que escribe lo que supuestamente le corresponde escribir al escritor latinoamericano y es, por consiguiente, la nada literaria, manifestándose); y sin embargo, su obra demuestra que el supuesto agotamiento del proyecto cultural de una literatura que sirviese de repositorio de ideas acerca de lo que somos y deseamos ser es paradójicamente productiva (todavía): está en el origen de libros que, como La parte soñada, afirman que vivimos en tiempos en los que sólo se puede callar, pero lo dicen estentórea, desafiantemente, sin dejar ni un solo resquicio al silencio.
 
 
Rodrigo Fresán
La parte soñada
Barcelona: Literatura Random House, 2017

[Publicado el 10/3/2017 a las 13:30]

[Etiquetas: Rodrigo Fresán, Novela, Literatura Random House]

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En una lengua extraña / "Había mucha neblina o humo o no sé qué" de Cristina Rivera Garza

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Nacida en Matamoros (Tamaulipas, México) en 1964, Cristina Rivera Garza es poeta, ensayista, profesora en la Universidad de Houston y, sobre todo, una de las intelectuales y escritoras más sugerentes y talentosas de la literatura contemporánea en español; sus intervenciones en la red, ensayos suyos como Los muertos indóciles. Necroescritura y desapropiación (2013) o su singular aproximación a Pedro Páramo en su blog "Mi Rulfo mío de mí" no sólo señalan nuevas direcciones para la literatura, sino que proponen (y esto tal vez sea más importante, o al menos más urgente) una reformulación de los vínculos entre las instancias sólo aparentemente divergentes de autor, lector y obra, lo que equivale a decir, una reescritura del sitio que la literatura ocupa en el mundo.
 
Había mucha neblina o humo o no sé qué continúa el proyecto de apropiación de la obra de Juan Rulfo como vehículo de un cuestionamiento radical de la autoría ya esbozado por Rivera Garza en "Mi Rulfo mío de mí", y lo hace en dos sentidos: hacia el interior del texto, subvirtiendo su adscripción a un género u otro mediante la proliferación de estrategias narrativas (Había mucha neblina o humo o no sé qué es principalmente una crónica de viaje, pero incluye poemas, fotografías, análisis literarios, cuentos, reescrituras y apuntes); por otra parte, hacia el exterior del texto, dando cuenta de las condiciones materiales de producción de la obra de Rulfo, lo que supone también (y especialmente en relación al desempeño del autor de El llano en llamas en el proyecto modernizador mexicano, primero como vendedor de neumáticos y más tarde como integrante de la así llamada Comisión del Papaloapan y funcionario en el Instituto Nacional Indigenista) establecer un vínculo entre las mejoras introducidas en la producción de llantas y neumáticos con la ampliación de la red de carreteras en México, el auge del turismo en el país norteamericano y la popularización en él de la cámara fotográfica: todo ello (dice Rivera Garza) hizo posible la obra de Juan Rulfo en la medida en que facilitó los desplazamientos por el país que están en el origen de su literatura. Su obra no surge de la nada, es el resultado del proyecto modernizador mexicano así como su cuestionamiento, un impulso modernizador paradójicamente cohibido por el reconocimiento de que supondría la desaparición de ciertas comunidades y formas de vida que Rulfo celebró en su obra, especialmente en su fotografía.
 
Juan Rulfo como testigo, Juan Rulfo como "facilitador" del desplazamiento forzoso de las comunidades rurales que él entendió como nadie y sobre las que escribió con una piedad todavía conmovedora, Juan Rulfo desplazándose hacia el futuro con la mirada puesta en el pasado como el ‘ángel de la Historia' de Walter Benjamin, Juan Rulfo financiado por la CIA, Juan Rulfo comprándose diez boletos de lotería para salir de pobre (y no ganando nada, por supuesto); Juan Rulfo como pionero de la literatura queer (otro gran hallazgo de la autora): las versiones del autor de Pedro Páramo se solapan en la obra de Rivera Garza contribuyendo a la reversión del proceso de canonización y desactivación política de Rulfo y de su obra que se iniciaron con su silencio. A pesar de ciertas repeticiones a lo largo del texto y de una prosa no siempre eficaz, Rivera Garza hace en este libro algo extraordinario: se apropia de Rulfo (es decir, lo "desapropia", despojando sus textos de la atribución de autoría que los uniforma y desactiva) para, de esa manera, devolvérnoslo. Al final, como en las páginas traducidas al mixe que conforman el último pasaje del libro, Juan Rulfo sigue siendo un enigma, alguien que habló en una lengua extraña; pero esa lengua ya se ha vuelto nuestra, y nosotros somos ella también.
 
 
Cristina Rivera Garza
Había mucha neblina o humo o no sé qué
Ciudad de México: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 12/12/2016 a las 15:15]

[Etiquetas: Cristina Rivera Garza, Novela, Literatura Random House]

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Visiones periféricas / "Las manos de los maestros" de J.M. Coetzee

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[...]
 
La producción ensayística del extraordinario escritor sudafricano J.M. Coetzee es, en cualquier caso, por completo deudora del imperativo de calidad de la publicación antes mencionada, pero es evidente que, en procura de una claridad y una concisión no necesariamente presentes en sus mejores libros, los ensayos de Coetzee tienen algo escolar, como si fuesen los de un alumno que intenta impresionar a sus profesores. Quizás en ello también haya resabios de una subjetividad deudora de la experiencia de la modernidad periférica. Una primera lectura de sus ensayos pone de manifiesto la contradicción propia del intelectual proveniente de los márgenes al menos geográficos de su cultura: por una parte, un deseo de enfrentarse a la metrópoli en relación a la autoridad con la que se habla acerca de los "grandes" autores, los autores universales (en el primer volumen de estos "ensayos selectos", Coetzee escribe acerca de la condición de clásicos de T.S. Eliot y de Johann Sebastian Bach, aborda las obras de Walt Whitman y William Faulkner y da cuenta de lo que Némesis de Philip Roth tiene de tragedia griega; en el segundo volumen, el mejor de los dos, sus temas son incluso más universales: Friedrich Hölderlin, los cuentos de Joseph Roth, Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil, las obras de Samuel Beckett, Italo Svevo y Zbigniew Herbert, entre otros); por otra parte, el autor despliega un saber específico, una especie de competencia cultural vinculada con su origen, en este caso, con el territorio sudafricano y la modernidad periférica del inglés: sistemática, deliberadamente, Coetzee escribe sobre la supuesta ociosidad de los hotentotes en los primeros textos escritos sobre su territorio, sobre la dificultad del observador europeo para encontrar belleza y orden en el paisaje africano, sobre la sangrienta fantasía colonialista alemana y el genocidio que propició, sobre las contradicciones políticas de Nadine Gordimer y las obras de Doris Lessing, Patrick White y Les Murray, poeta bovino australiano.
 
[...]
 
 
J.M. Coetzee
Las manos de los maestros. Volumen I
Trad. Pedro Tena, Eduardo Hojman y Javier Calvo
Barcelona: Literatura Random House, 2016
 
J.M. Coetzee
Las manos de los maestros. Volumen II
Trad. Ricard Martínez i Muntada, Eduardo Hojman y Javier Calvo
Barcelona: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 08/9/2016 a las 17:45]

[Etiquetas: J.M. Coetzee, Ensayo, Literatura Random House]

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No sólo una comedia / "Sin palabras" de Edward St. Aubyn

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Aunque el resultado casi siempre catastrófico de los premios literarios no sólo hispanohablantes es atribuido por lo general a las intenciones aviesas de ciertos editores, a los aspectos económicos y políticos que condicionarían su concesión y/o a un estado penoso o lamentable de la literatura contemporánea, lo cierto es que la mayor parte de las veces la catástrofe es inevitable antes incluso de que se lea una sola página y está toda en potencia en la conformación de los jurados de esos premios. El del Elysian, por ejemplo, está constituido por un parlamentario británico cuya carrera se ha ido a pique y no está dispuesto a "dejarse mangonear por escritores, académicos, editores, lectores, periodistas, libreros y críticos literarios" (60), es decir, por cualquiera que sepa algo de literatura; una académica de "Oxbridge" empeñada en dejar claro que sólo le interesa la literatura "buena" (que, naturalmente, no puede definir); una empleada del ministerio de Asuntos Exteriores que desea complacer a su empleador, y recuperar el amor de su hija (y de paso cenar en el Ritz parisino al menos una vez); un actor que no se toma el trabajo de leer las novelas y una "personalidad de los medios de comunicación": todo esto está tan mal de tantas formas distintas que es imposible siquiera empezar a hablar de ello.
 
El premio Elysian no existe, por supuesto (sí el Man Booker, que es su modelo); tampoco existen la empresa china escasamente transparente que lo financia, los jurados (que se ponen zancadillas unos a otros, mantienen agendas secretas mientras van cayendo en el agujero de la desesperación y el fastidio, tratan de ocultar el hecho de que no han leído ni leerán las obras) y los escritores patéticos que entran y salen del lecho de la brillante y no particularmente estable Katherine Burns y de la lista del premio: un ensayista francés aficionado a las paradojas y a la deconstrucción, un millonario indio obsesionado con matar al presidente del jurado (Salman Rushdie, la caricatura más evidente de la novela), un autor primerizo y enamorado, una mujer que ve con sorpresa cómo su libro de recetas se convierte por error en serio candidato al premio. Ninguno de ellos existe, pero su función en la escena literaria es tan intercambiable con la de otras tantas figuras en otros sitios que resulta difícil no leer esta novela como una obra que habla de aquí y de ahora, de personas y de situaciones que todos hemos conocido (en su versión provinciana, sin embargo) pero que sólo esta vez, convertidas en ficción, nos arrancan una sonrisa.
 
Al menos desde su publicación en español, Sin palabras ha sido leída como un simple entretenimiento. No lo es, como tampoco lo son, en el fondo, los epigramas de Oscar Wilde, las novelas de P.G. Wodehouse y Evelyn Waugh o los poemas satíricos de Philip Larkin. Es una comedia, y una muy divertida, por supuesto, pero en su fondo se percibe la mueca de amargo cansancio de Edward St. Aubyn ante un negocio que todos sabemos que debe mejorar, aunque no sabemos cómo y si esto es posible. Sin palabras es una sátira despiadada de la escena literaria no sólo británica, así como una parodia magnífica de sus peores y más frecuentes tendencias, una advertencia y un recordatorio.
 
 
Edward St. Aubyn
Sin palabras
Trad. Cruz Rodríguez Juiz
Barcelona: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 02/6/2016 a las 12:15]

[Etiquetas: Edward St. Aubyn, Novela, Literatura Random House]

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Un recorrido por las ruinas / "Las tierras arrasadas" de Emiliano Monge

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En su extensión, y en la crudeza de sus descripciones (más aún, en su carácter de texto que mira donde otros apartan la vista, o ven y no dicen), Las tierras arrasadas parece apuntar contra su condición de alegoría; pero la alegoría se pone de manifiesto en los nombres de sus personajes (Epitafio, Sepelio, Mausoleo, Padre Nicho, Cementeria, Ausencia, Elsordodelamente, etcétera), en los de las referencias geográficas (aquí hay un Purgatorio y un Infierno) y en las referencias a La divina comedia que recorren el libro, así como en su carácter iterativo: esta historia, parece decir Las tierras arrasadas, ha sucedido y seguirá produciéndose, y el libro en el que es narrada es, pese a su crudeza, una alegoría de la misma forma que la esclavitud impuesta a los inmigrantes que cruzan la frontera mexicana y su asesinato es una alegoría de México y de su política, como si (se podría pensar) Emiliano Monge hubiese querido darle carnadura ficcional a aquella afirmación de Walter Benjamin según la cual la alegoría es al pensamiento lo que las ruinas a los objetos. (O, en este caso, a los países.)
 
 
Emiliano Monge
Las tierras arrasadas
Barcelona: Literatura Random House, 2016

[Publicado el 17/3/2016 a las 12:00]

[Etiquetas: Emiliano Monge, Novela, Literatura Random House]

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"El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia" / Un recorrido

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Imagen de Paco Gómez (http://nophoto.org/pacogomez).

Al menos desde 2011, cuando Pax Forlag publicó en Oslo la primera traducción de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (a la que siguieron versiones en italiano, inglés, francés, alemán, neerlandés y chino), he estado haciendo lecturas públicas de la novela, todas ellas presididas por la pregunta acerca de cómo presentar en unos pocos minutos un libro, y (más aun) cómo hacerlo con uno de la dificultad de éste: ninguna de las soluciones de circunstancias que encontré en los últimos cuatro años (leer sólo el comienzo, leer el comienzo y el final del libro, leer una sección o leer la mitad de una sección y la mitad de otra, leer sólo el final, etcétera) me satisfizo por completo.
 
En septiembre de este año, sin embargo, creí haber encontrado una solución al problema, un recorrido parcial y fragmentario que quizás lo resuma. Va aquí para poner de manifiesto que la intervención en los textos no es un tabú y que uno nunca termina de escribir un libro. Quizás éste se termine aquí, pero posiblemente no sea el caso: el lector y la lectora de El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia están invitados a proponer su propio recorrido y a decir si el que yo propongo es el adecuado. Gracias a Katharina Niemeyer y María Victoria Torres, del departamento de hispánicas de la Universidad de Colonia (Alemania), a cuya invitación hice esta "cala", tal vez definitiva. (Y tal vez no.)
 
 
P. 57
El tamaño de la carpeta era de treinta por veintidós centímetros y estaba confeccionada en un cartón de escaso gramaje y de color amarillo pálido. Tenía una altura de unos dos centímetros y estaba cerrada por dos cintas elásticas que podía que hubieran sido blancas alguna vez y que en ese momento tenían un ligero tono marrón; una de las cintas sujetaba la carpeta por lo alto y otra por lo ancho, lo que hacía que conformaran una cruz; más específicamente, una cruz latina. Unos seis o siete centímetros por debajo de la cinta elástica que sujetaba la carpeta por lo ancho y unos tres centímetros por encima del borde inferior de la carpeta había un cartel pegado cuidadosamente sobre el cartón amarillo. Las letras del cartel eran negras y estaban impresas sobre un fondo gris; el cartel apenas tenía una palabra y esa palabra era un nombre: «Burdisso».
 
P. 13
Mi padre enfermó durante ese período, en agosto de 2008. Un día, supongo que el de su cumpleaños, llamé a mi abuela paterna. Mi abuela me dijo que no me preocupara, que habían llevado a mi padre al hospital sólo para un control de rutina. Yo le pregunté que a qué se refería. Un control de rutina, nada importante, respondió mi abuela; no sé por qué se alarga, pero no es importante. Le pregunté cuánto tiempo hacía que mi padre estaba en el hospital. Dos días, tres, respondió. Cuando colgué con ella llamé a la casa de mis padres. No había nadie allí. Entonces llamé a mi hermana; me contestó una voz que parecía salida del fondo de los tiempos, la voz de todas las personas que habían estado alguna vez en el pasillo de un hospital esperando noticias, una voz que suena a sueño y a cansancio y a desesperación. No quisimos preocuparte, me dijo mi hermana. Qué ha pasado, pregunté. Bueno, respondió mi hermana, es demasiado complicado para contártelo ahora. Puedo hablar con él, pregunté. No, él no puede hablar, respondió ella. Voy, dije, y colgué.
 
Pp. 11-12
Entre marzo o abril de 2000 y agosto de 2008, ocho años en los que viajé y escribí artículos y viví en Alemania, el consumo de ciertas drogas hizo que perdiera casi por completo la memoria, de manera que el recuerdo de esos años -por lo menos el recuerdo de unos noventa y cinco meses de esos ocho años- es más bien impreciso y esquemático: recuerdo las habitaciones de dos casas donde viví, recuerdo la nieve metiéndose dentro de mis zapatos cuando me esforzaba por abrir un camino entre la entrada de una de esas casas y la calle, recuerdo que luego echaba sal y la nieve se volvía marrón y comenzaba a disolverse, recuerdo la puerta del consultorio del psiquiatra que me atendía pero no recuerdo su nombre ni cómo di con él. Era ligeramente calvo y solía pesarme cada vez que lo visitaba, supongo que una vez al mes o algo así. Me preguntaba cómo me iba y luego me pesaba y me daba más pastillas. Unos años después de haber dejado aquella ciudad alemana, regresé y rehice el camino hacia la consulta de aquel psiquiatra y leí su nombre en la placa que había junto a los otros timbres de la casa, pero el suyo era sólo un nombre, nada que explicase por qué yo lo había visitado y por qué él me había pesado cada vez que me había visto y cómo podía ser que yo hubiera dejado que mi memoria se fuera así, por el fregadero; aquella vez me dije que podía tocar a su puerta y preguntarle por qué yo lo había visitado y qué había pasado conmigo durante esos años, pero después consideré que tendría que haber hecho una cita previa, que el psiquiatra no debía recordarme de todas maneras y, además, que yo no tengo curiosidad sobre mí mismo realmente. Quizás un día un hijo mío quiera saber quién fue su padre y qué hizo durante esos ocho años en Alemania y vaya a la ciudad y la recorra y, tal vez, con las indicaciones de su padre pueda llegar a la consulta del psiquiatra y averiguarlo todo. Un día, supongo, en algún momento, los hijos tienen necesidad de saber quiénes fueron sus padres y se lanzan a averiguarlo. Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla. No son sus jueces, puesto que no pueden juzgar realmente con imparcialidad a padres a quienes se lo deben todo, incluyendo la vida, pero pueden intentar poner orden en su historia, restituir el sentido que los acontecimientos más o menos pueriles de la vida y su acumulación parecen haberle arrebatado, y luego proteger esa historia y perpetuarla en la memoria. Los hijos son los policías de sus padres, pero a mí no me gustan los policías. Nunca se han llevado bien con mi familia.
 
Pp. 18-21
Mientras volaba en dirección a mi padre y a algo que no sabía qué era pero daba asco y miedo y tristeza, me pregunté qué recordaba de mi vida con él. No era mucho: recordaba a mi padre construyendo nuestra casa; lo recordaba regresando de alguno de los periódicos donde había trabajado con un ruido de papeles y de llaves y con olor a tabaco; lo recordaba una vez abrazando a mi madre y muchas veces durmiéndose con un libro entre las manos, que siempre, al quedarse mi padre dormido y caer, le cubría el rostro como si mi padre fuera un muerto encontrado en la calle durante alguna guerra al que alguien había cubierto la cara con un periódico; y también lo recordaba muchas veces conduciendo, mirando hacia el frente con el ceño fruncido en la observación de una carretera que podía ser recta o sinuosa y encontrarse en las provincias de Santa Fe, Córdoba, La Rioja, Catamarca, Entre Ríos, Buenos Aires, todas esas provincias por las que mi padre nos llevaba en procura de que encontráramos en ellas una belleza que a mí me resultaba intangible, siempre procurando darle un contenido a aquellos símbolos que habíamos aprendido en una escuela que no se había desprendido aún de una dictadura cuyos valores no terminaba de dejar de perpetuar y que los niños como yo solíamos dibujar utilizando un molde de plástico que nuestras madres nos compraban, una plancha con la que, si uno pasaba un lápiz sobre las líneas caladas en el plástico, podía dibujar una casa que nos decían que estaba en Tucumán, otro edificio que estaba en Buenos Aires, una escarapela redonda y una bandera que era celeste y blanca y que nosotros conocíamos bien porque supuestamente era nuestra bandera, aunque nosotros la hubiéramos visto ya tantas veces antes en circunstancias que no eran realmente nuestras y escapaban por completo a nuestro control, circunstancias con las que nosotros no teníamos nada que ver ni queríamos tenerlo: una dictadura, un Mundial de fútbol, una guerra, un puñado de gobiernos democráticos fracasados que sólo habían servido para distribuir la injusticia en nombre de todos nosotros y del de un país que a mi padre y a otros se les había ocurrido que era, que tenía que ser, el mío y el de mis hermanos.
 
Existían algunos recuerdos más pero estos se adherían para conformar una certeza que era a su vez una coincidencia, y muchos podrían considerar esta coincidencia meramente literaria, y quizás lo fuera efectivamente: mi padre siempre había tenido una mala memoria. Él decía que la tenía como un colador, y me auguraba que yo también la tendría así porque, decía, la memoria se lleva en la sangre. Mi padre podía recordar cosas que habían sucedido hacía décadas pero, al mismo tiempo, era capaz de haber olvidado todo lo que había hecho ayer. Su vida probablemente fuera una carrera de obstáculos por eso y por decenas de otras cosas que le pasaban y que a veces nos hacían reír y a veces no. Un día llamó a casa para preguntarnos su dirección; no recuerdo si fue mi madre o alguno de mis hermanos el que levantó el teléfono y allí estaba la voz de mi padre. Dónde vivo, preguntó. Cómo, preguntó a su vez cualquiera que estuviera del otro lado del teléfono, mi madre o alguno de mis hermanos o quizás yo mismo. Que dónde vivo, volvió a decir mi padre, y la otra persona -mi madre, o mis hermanos, o yo mismo- recitó la dirección; un rato después estaba sentado a la mesa y miraba un periódico como si no hubiera sucedido nada o como si él ya hubiera olvidado lo que había sucedido. En otra ocasión tocaron el timbre; mi padre, que pasaba por allí, agarró el interfono que había junto a la cocina y preguntó quién era. Somos los Testigos de Jehová, dijeron. Los testigos de quién, preguntó mi padre. De Jehová, respondieron. Y qué quieren, volvió a preguntar mi padre. Venimos a traerle la palabra de Dios, dijeron. De quién, preguntó mi padre. La palabra de Dios, contestaron. Mi padre volvió a preguntar: Quién. Somos los Testigos de Jehová, dijeron. Los testigos de quién, preguntó mi padre. De Jehová, respondieron. Y qué quieren, volvió a preguntar mi padre. Venimos a traerle la palabra de Dios, dijeron. De quién, preguntó mi padre. La palabra de Dios, contestaron. No, esa ya me la trajeron la semana pasada, dijo mi padre, y colgó sin echarme siquiera una mirada a mí, que estaba a su lado y lo miraba perplejo. A continuación caminó hasta mi madre y le preguntó dónde estaba el periódico. Sobre la estufa, respondió mi madre, y ni ella ni yo le dijimos que era él quien lo había dejado allí unos minutos antes.
 
Pp. 51-53
Una línea de luz se colaba a través de la persiana baja del estudio de mi padre; al levantar la persiana, sin embargo, la luz que entró en la habitación me pareció más débil de lo que indicaba aquella línea. Aparté las cortinas y encendí una lámpara de mesa, pero incluso así tuve la impresión de que la luz era insuficiente. Mi padre solía decirle a mi hermano cuando era niño que podía salir a jugar pero debía regresar cuando ya no pudiera verse las manos, pero mi hermano podía vérselas también durante la noche. En aquel momento, sin embargo, y aunque no era de noche aún, era yo el que no podía vérmelas. Sentí una presencia a mis espaldas y por un momento pensé que era mi padre, que venía a regañarme por haberme colado en su estudio, pero luego vi que era mi hermano. Creo que estoy volviéndome loco, le dije, no puedo verme las manos. Mi hermano me miró fijamente y dijo: A mí también me lo parece, pero no supe si se refería a que yo me había vuelto loco o a que él tampoco podía verse las manos; como fuera, un momento después regresó con una lámpara de flexo, que ajustó a la mesa y encendió junto con las otras. La luz seguía siendo insuficiente pero ya permitía distinguir algunos objetos en la penumbra: una cuchilla para cortar papel, una regla, un tarro con lápices, bolígrafos y resaltadores, y una máquina de escribir puesta de pie para ahorrar espacio. Sobre la mesa había una pila de carpetas, pero yo no la toqué todavía. Me senté en la silla de mi padre y me puse a mirar el jardín, preguntándome cuántas horas había pasado allí y si había pensado en mí alguna vez en ese sitio. El estudio permanecía helado, y yo me incliné hacia delante y cogí una carpeta de la pila. La carpeta reunía información para un viaje que mi padre no había hecho y que quizás ya no hiciera nunca. La aparté a un lado y tomé otra, que reunía recortes de prensa recientes, firmados por él; estuve leyéndolos un rato y luego los dejé a un costado. En una hoja suelta encontré una lista de libros que mi padre había comprado recientemente: había un título de Alexis de Tocqueville, otro de Domingo Faustino Sarmiento, una guía de carreteras de Argentina, un libro sobre esa música del noreste del país llamada chamamé y un libro que yo había escrito hacía tiempo. En la siguiente carpeta encontré la reproducción de una vieja fotografía, ampliada hasta que los gestos se habían trastocado en puntos. En ella aparecía mi padre aunque, desde luego, no era mi padre justamente, sino quienquiera que él había sido antes de que yo lo conociera: tenía el cabello moderadamente largo y unas patillas y sostenía una guitarra; a su lado había una joven de cabello largo y lacio que tenía un gesto de una seriedad sorprendente, y una mirada que parecía decir que ella no iba a perder el tiempo porque tenía cosas más importantes que hacer que quedarse quieta para una fotografía, tenía que luchar y morir joven. Yo pensé: Conozco este rostro, pero después, al leer los materiales que mi padre había reunido en esa carpeta, pensé que yo no lo había conocido, que no lo había visto jamás y que hubiera preferido seguir sin haberlo visto nunca, sin haber sabido nada de la persona que había estado detrás de ese rostro, y, a la vez, sin saber nada sobre las últimas semanas de mi padre, porque no siempre quieres saber ciertas cosas debido a que lo que sabes se convierte en algo de tu propiedad, y hay ciertas cosas que tú no quisieras poseer nunca.
 
Pp. 142-145
Al abandonar las fotografías sobre la mesa de trabajo de mi padre comprendí que su interés por lo sucedido a Alberto Burdisso era el resultado de su interés por lo que le sucediera a su hermana Alicia, y que ese interés era a su vez el producto de un hecho que tal vez mi padre no pudiera explicarse siquiera a sí mismo pero para cuya dilucidación él había reunido todos los materiales, y ese hecho era que él la había iniciado en la política sin saber que lo que hacía iba a costarle a esa mujer la vida y que a él iba a costarle décadas de miedo y de arrepentimiento y que todo ello iba a tener sus efectos en mí, muchos años después. Al procurar dejar atrás las fotografías que acababa de ver comprendí por primera vez que todos los hijos de los jóvenes de la década de 1970 íbamos a tener que dilucidar el pasado de nuestros padres como si fuéramos detectives y que lo que averiguaríamos se iba a parecer demasiado a una novela policíaca que no quisiéramos haber comprado nunca, pero también me di cuenta de que no había forma de contar su historia a la manera del género policíaco o, mejor aún, que hacerlo de esa forma sería traicionar sus intenciones y sus luchas, puesto que narrar su historia a la manera de un relato policíaco apenas contribuiría a ratificar la existencia de un sistema de géneros, es decir, de una convención, y que esto sería traicionar sus esfuerzos, que estuvieron dirigidos a poner en cuestión esas convenciones, las sociales y su reflejo pálido en la literatura.
 
Además, y yo había visto suficientes obras así ya e iba a ver muchas más en el futuro, el relato de lo sucedido por entonces desde la perspectiva del género tenía algo de espurio, por cuanto, por una parte, el crimen individual tenía menos importancia que el crimen social, pero éste no podía ser contado mediante los artificios del género policíaco sino a través de una narrativa que adquiriese la forma de un enorme friso o la apariencia de una historia personal e íntima que evitase la tentación de contarlo todo, una pieza de un puzzle inacabado que obligase al lector a buscar las piezas contiguas y después continuar buscando piezas hasta desentrañar la imagen; y, por otra, porque la resolución de la mayor parte de las historias policíacas es condescendiente con el lector, no importa la dureza que hayan exhibido en sus argumentos, para que el lector, atados los cabos sueltos y castigados finalmente los culpables de los hechos narrados, pueda devolverse a sí mismo al mundo real con la convicción de que los crímenes están resueltos y permanecen encerrados entre las cubiertas de un libro, y que el mundo de fuera del libro se orienta por los mismos principios de justicia de la obra narrada y no debe ser cuestionado.
 
Al pensar en todo esto y al volver a pensar en ello durante los días y las noches siguientes, echado en la cama de una habitación que había sido mía o sentado en la silla de un pasillo de hospital que empezaba a resultarme conocido, frente a la claraboya circular de una habitación en la que estaba muriendo mi padre, me dije que yo tenía los materiales para escribir un libro y que esos materiales me habían sido dados por mi padre, que había creado para mí una narración de la que yo iba a tener que ser autor y lector, y descubrir a medida que la narrara, y me pregunté también si mi padre lo había hecho de forma deliberada, como si presintiese que un día no iba a estar él allí para llevar a cabo la tarea por sí mismo y que ese día se acercaba, y hubiese deseado dejarme un misterio a modo de herencia; y me pregunté también qué hubiera pensado él, que era un periodista y por lo tanto prestaba mucha más atención a la verdad que yo, que nunca me había sentido cómodo con ella y le había hecho ambages para que se apartara de mí y me había marchado a un país que no había sido una realidad para mí desde el principio, que había sido un sitio donde no existía la situación opresiva que sí había sido real para mí durante largos años, me pregunté, digo, qué hubiera pensado él de que yo escribiera un relato que apenas conocía, que sabía cómo terminaba -era evidente que terminaba en un hospital, como terminan casi todas las historias- pero no sabía cómo comenzaba o qué sucedía en el medio. Qué hubiera pensado mi padre de que yo contase su historia sin conocerla por completo, persiguiéndola en las historias de otros como si yo fuera el coyote y él el correcaminos y yo tuviera que resignarme a verlo perderse en el horizonte dejando detrás de sí una nube de polvo y a mí con un palmo de narices; qué hubiera pensado mi padre de que yo contara su historia y la historia de todos nosotros sin conocer en profundidad los hechos, con decenas de cabos sueltos que iba anudando lentamente para construir un relato que avanzaba a trompicones y contra todo lo que yo me había propuesto, pese a ser yo, indefectiblemente, su autor. ¿Qué había sido mi padre? ¿Qué había querido? ¿Qué era ese fondo de terror que yo había deseado olvidar por completo y que había regresado a mí cuando las pastillas habían comenzado a acabarse y yo había descubierto entre sus papeles la historia de los desaparecidos, que mi padre había hecho suya, que había explorado tanto como había podido para no tener que aventurarse en la suya propia?
 
Pp. 166-169
Mis padres habían pertenecido a una organización política cuyo nombre fue Guardia de Hierro. A diferencia de su desafortunado nombre, que la asocia con una organización rumana de entreguerras con la que su homóloga argentina tan sólo coincide en la denominación [1], la organización de mis padres era peronista, aunque la forma de pensar de sus integrantes -más aún, la de mis padres [2]- parece haber sido, al menos, materialista histórica [3] [4]; puesto que sus miembros no provenían en su mayoría de hogares peronistas, sus esfuerzos se orientaron a averiguar en qué consistía ser uno, y recurrieron a los barrios, en los que la épica peronista de la distribución del ahorro y los tiempos de prosperidad y paternalismo aún estaban vívidos en la memoria de sus habitantes, como también estaba presente la Resistencia [5], a la que la organización de mis padres contribuyó en su última etapa. Este aspecto diferencia a la organización de mis padres de Montoneros, la organización con la que en un momento estuvo a punto de fusionarse [6]: Guardia de Hierro no se creyó en disposición de la verdad acerca del proceso revolucionario sino que salió a buscarla en la experiencia de resistencia de las clases bajas [7]; no procuró imponer unas prácticas sino adquirirlas. La otra diferencia sustancial fue su rechazo a la vía armada; tras un período de discusión [8], la organización decidió no recurrir a las armas excepto con fines defensivos, y supongo que esto es lo que salvó la vida de mis padres y de una buena cantidad de sus compañeros y, de forma indirecta, la mía [9]. A partir de ese momento las herramientas principales de construcción de poder de la organización fueron la palabra y la discusión, cuyo potencial de transformación es, como sabemos, ínfimo; pero algo sucedió con ellos: durante un largo período fueron la organización más poderosa del peronismo y la única con una inserción real más allá de la clase media, cuya voluntad de transformación acabó demostrándose inexistente. Su propuesta era la de crear una «retaguardia ambiental» [10], un Estado en la base material de la sociedad con la finalidad de reemplazar al Estado militarizado y carente de legitimación política que había sido instalado en 1955, y construir poder desde las bases atendiendo a sus problemas reales y sin optar por las armas excepto como instrumento marginal de construcción de una alternativa y como elemento de agitación [11]. Sin embargo, ser un peronista absolutamente leal a Perón acabó convirtiéndose en una trampa, puesto que, por una parte, la adhesión incondicional al líder del movimiento llevó a la organización de mis padres a aceptar un gobierno impotente constituido por una mujer ignorante y un asesino sádico al que llamaban El Brujo por su esperpéntico entusiasmo por las artes ocultas, y, por otra, los llevó a un callejón de salida tras la muerte de Perón [12]. ¿Adónde va un ejército cuando su general ha muerto? A ninguna parte, naturalmente. Aunque Perón afirmó que su «único heredero» era el pueblo, el que a su vez estaba penetrado por Guardia de Hierro, que nadaba en él como el pez en el agua pero a su vez le ponía un cauce y lo demarcaba -como si el agua careciese de sentido sin el pez y éste sin el agua y uno y otro fuesen a desaparecer ante la ausencia del otro-, Guardia de Hierro se disolvió tras la muerte de Perón [13], incapaz de hacerse cargo de una herencia que iba a tener que defender con armas y con sangre en los meses que vendrían. Esto también salvó la vida de mis padres y la mía [14]. Aquellos entre sus compañeros que decidieron integrarse a otras organizaciones para continuar la militancia fueron asesinados y desaparecidos, y otros se marcharon del país, pero el resto también vivió un doloroso proceso de adaptación y una especie de exilio interior en el que debieron asistir al fracaso de una experiencia revolucionaria a la que la dictadura pondría un final definitivo. Quien continuó tras ese final o fue mandado a continuar fue asesinado; mis padres continuaron a su manera: mi padre siguió siendo periodista y mi madre también, y tuvieron hijos a los que les dieron un legado que es también un mandato, y ese legado y ese mandato, que son los de la transformación social y la voluntad, resultaron inapropiados en los tiempos en que nos tocó crecer, que fueron tiempos de soberbia y de frivolidad y de derrota.
 
Nací en diciembre de 1975, lo que supone que fui concebido hacia marzo de ese año, algo menos de un año después de la muerte de Perón y apenas unos meses después de la separación de la organización de la que formaban parte mis padres. Me gusta preguntarles a las personas que conozco cuándo han nacido; si son argentinos y han nacido en diciembre de 1975 pienso que tenemos algo en común, ya que todos los nacidos por esa época somos el premio de consolación que nuestros padres se dieron tras haber sido incapaces de hacer la revolución. Su fracaso nos dio la vida, pero también nosotros les dimos algo a ellos: en aquellos años, un hijo era una buena pantalla, una señal inequívoca que debía ser interpretada como la adhesión a una forma de vida convencional y alejada de las actividades revolucionarias; un niño podía ser, en un retén o en un allanamiento, la diferencia entre la vida y la muerte.
 
Un minuto. Un minuto era una mentira, una cierta fábula que mi padre y sus compañeros inventaban todo el tiempo por el caso de que los detuvieran; si el minuto era bueno, si era convincente, quizás no los mataran de inmediato. Un minuto bueno, una buena historia, era simple y breve e incluía detalles superfluos porque la vida está llena de ellos. Quien contara su historia de principio a final estaba condenado, porque ese rasgo específico, la capacidad de contar una historia sin dubitaciones, que tan raramente se encuentra entre las personas, era para quienes los perseguían una prueba de la falsedad de la historia mucho más fácil de determinar que si la historia tratara de extraterrestres o fueran cuentos de aparecidos. En esos años, un hijo era ese minuto.
 
Pp. 185-190
Un día recibí una llamada de la universidad alemana en la que trabajaba. Una voz femenina, que yo imaginaba surgiendo de un cuello recto que se extendía desde una barbilla pequeña hasta el cuello ligeramente abierto de una camisa, en una oficina pequeña llena de plantas que olía a café y a papel viejo, puesto que todas las oficinas alemanas son así, me dijo que debía reincorporarme al trabajo o se verían obligados a rescindir mi contrato. Yo le pedí un par de días para pensarlo, y escuché el eco de mi voz a través del teléfono hablando en una lengua extranjera. Entonces la mujer asintió y colgó y yo pensé que tenía dos días para decidir qué haría, pero también pensé que no hacía falta pensarlo: yo estaba allí y tenía una historia para escribir y era una historia de las que pueden hacer un buen libro porque tenía un misterio y tenía un héroe, un perseguidor y un perseguido, y yo ya había escrito historias así y sabía que podía volver a hacerlo; sin embargo, también sabía que esa historia había que contarla de otra forma, con fragmentos, con murmullos y con carcajadas y con llanto y que yo tan sólo iba a poder escribirla cuando ya formase parte de una memoria que había decidido recobrar, para mí y para ellos y para los que nos siguieran. Mientras pensaba todo esto de pie junto a la mesa del teléfono vi que había comenzado a llover nuevamente y me dije que iba a escribir esa historia porque lo que mis padres y sus compañeros habían hecho no merecía ser olvidado y porque yo era el producto de lo que ellos habían hecho, y porque lo que habían hecho era digno de ser contado porque su espíritu, no las decisiones acertadas y equivocadas que mis padres y sus compañeros habían tomado, sino su espíritu mismo, iba a seguir subiendo en la lluvia hasta tomar el cielo por asalto.
 
Alguien dijo en cierta ocasión que hay un minuto que se escapa del reloj para no tener que suceder nunca y ese minuto es el minuto en el que alguien muere; ningún minuto quiere ser ese momento, y huye y deja el reloj haciendo gestos con sus manecillas y con cara de imbécil.
 
Quizás haya sido eso, quizás fuese la renuencia de un minuto a ser el minuto en que alguien deja de respirar, pero el hecho es que mi padre no murió: finalmente, algo lo hizo aferrarse a la vida y abrió los ojos y yo estaba allí cuando lo hizo. Creo que quiso decir algo, pero yo le advertí: Tienes un tubo en la garganta, no puedes hablar, y él me miró y luego cerró los ojos y pareció que, por fin, descansaba.
 
[...]
 
Esa noche antes de abordar el avión me puse a mirar con mi madre las fotografías que mi padre me había hecho con su cámara Polaroid cuando era un niño. Yo me había desdibujado en ellas; pronto mi pasado se habría borrado completamente y mi padre y mi madre y mis hermanos y yo íbamos a estar unidos también en eso, en la desaparición absoluta.
 
Mientras mirábamos esas fotografías que habían comenzado literalmente a borrarse entre nuestros dedos, le pregunté a mi madre por qué mi padre había buscado a Alicia Burdisso y qué había querido encontrar realmente. Mi madre dijo que a mi padre y a ella les hubiera gustado que sus compañeros y aquellos con los que habían compartido la lucha, los que habían conocido y los que no habían llegado a conocer nunca, aquellos a los que por las reglas más simples de seguridad habían conocido sólo con nombres de guerra absurdos como los que ellos mismos llevaban, no hubieran muerto como murieron. A tu padre no le apena haber peleado la guerra: sólo le apena no haberla ganado, dijo mi madre. A tu padre le hubiera gustado que las balas que mataron a nuestros compañeros hubieran recorrido un largo trayecto y no tan sólo unos pocos metros, y que ese trayecto se hubiese podido contar en miles de kilómetros y en años de recorrido para que todos hubiéramos tenido tiempo de hacer lo que teníamos que hacer, y a tu padre le hubiera gustado que sus compañeros hubieran aprovechado ese tiempo para vivir y escribir y viajar y tener hijos que no los comprendieran, y que sólo después hubieran muerto. A tu padre no le hubiera importado que sus compañeros hubieran vivido para traicionar a la revolución y a todos sus ideales, que es lo que todos hacemos al vivir porque vivir es prácticamente tener un proyecto y esforzarse por que nunca suceda, pero sus compañeros, nuestros compañeros, no tuvieron tiempo. A tu padre le hubiera gustado que las balas que los mataron les hubieran dado tiempo de vivir y de dejar hijos que quisieran entender y fueran detrás de ellos tratando de comprender quiénes habían sido sus padres y qué habían hecho y qué les habían hecho y por qué todavía seguían vivos. A tu padre le hubiera gustado que nuestros compañeros murieran así y no torturados, violados, destrozados, arrojados desde aviones, hundiéndose en el mar, baleados en la nuca, en la espalda, en la cabeza, con los ojos abiertos viendo el futuro. A tu padre le hubiera gustado no ser de los pocos que sobrevivieron porque un sobreviviente es la persona más sola del mundo. A tu padre no le hubiera molestado morir si a cambio había una posibilidad de que alguien lo recordara y que después decidiera contar su historia y la de las personas que fueron sus compañeros y marcharon con él hasta el puto fin de los tiempos. Quizás pensó, como solía hacerlo a veces: «Que por lo menos quede algo escrito», y que lo escrito sea un misterio y que sirva para que mi hijo busque a su padre y lo encuentre, y que encuentre con él a quienes compartieron con su padre una idea que sólo podía terminar mal. Que buscando a su padre sepa qué sucedió con él y con los que él quiso y por qué todo eso es lo que él es. Que mi hijo sepa que pese a todos los malentendidos y las derrotas hay una lucha y no se acaba, y esa lucha es por verdad y por justicia y por luz para los que están en la oscuridad. Eso dijo mi madre un momento antes de cerrar el álbum de fotografías.

[Publicado el 21/10/2015 a las 12:00]

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"Mi familia, mi tribu, mi estirpe" / "Milagro en Haití" de Rafael Gumucio

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No muchos países a excepción de Haití concluyen sus carnavales con golpes de Estado; tampoco son muchos los países en los que los muertos caminan por sus calles de un modo u otro, y en casi ningún otro país del orbe está una operación de belleza más fuera de lugar que en el castigado país caribeño. A pesar de ello, es allí donde Carmen Prado, la protagonista de Milagro en Haití, decide operarse: todo lo que sucede después es producto de esa decisión, pero también del río caudaloso de la memoria y el arrepentimiento en el que una y otra vez, durante su delirio, se ahoga.
 
Carmen Prado es una mujer que ha vivido mucho; también es una mujer que no sabe o no puede callar, por lo que no es realmente correcto hablar de ella como la protagonista del nuevo libro de Rafael Gumucio: más que protagonista, Carmen Prado es una voz, que insulta, enjuicia, delira y ordena mientras su propietaria agoniza en una clínica de la ciudad de Puerto Príncipe en compañía de un niño con una ametralladora, una cocinera negra y enorme, un puñado de adolescentes perdidos en las pesadillas de la política haitiana.
 
Aparentemente, Rafael Gumucio ha recorrido una larga distancia desde su último libro, Mi abuela, Marta Rivas González (2013), en el que el escenario era mayoritariamente Chile y la historia, familiar. A pesar de ello, y aunque Carmen Prado afirma "soy de todos los países, de ninguna parte también" (37), Milagro en Haití continúa el proyecto literario de su autor, consistente en narrar la crónica delirante y negra de su clase social; es decir, de quienes han detentado el poder en Chile desde la creación del estrecho país sudamericano, y que el narrador denomina "Mi familia, mi tribu, mi estirpe [...] esa gente que miente tan bien que llega a decir la verdad" (106).
 
Carmen Prado se enfrenta a su cocinera haitiana y la veja desde la pretendida superioridad de su clase y de su origen; el enfrentamiento no es sólo retórico y no es únicamente entre dos clases sociales antagónicas sino entre dos modos de comprender la existencia: hasta el milagro que protagoniza (uno de los mejores finales de la literatura en español de los últimos años), Carmen Prado es la mujer que no da nada, a excepción de la vida, una "abeja reina atrapada en el centro del panal, condenada a parir y seguir pariendo larvas" (201). Esas larvas son (por supuesto) las que escriben la historia y gobiernan los países, y escuchar la voz delirante, contradictoria e incorrecta pero siempre sincera de Carmen Prado es presenciar ese sueño que según Stephen Dedalus es la historia y del que ni él ni nadie puede despertarse; también, es ser partícipes del mejor libro hasta el momento de su autor, posiblemente el escritor sudamericano más en forma del momento.
 
 
Rafael Gumucio *
Milagro en Haití
Santiago de Chile: Literatura Random House, 2015
 
 
* Rafael Gumucio conversará con Andrea Jeftanovic y el autor el jueves 1 de octubre en la madrileña Casa de América (Ronda de Cibeles, 1) como parte del 'Encuentro de Narrativa Chilena Contemporánea'. Más información, aquí.

[Publicado el 30/9/2015 a las 12:03]

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La santidad y la recuperación del tiempo perdido / "El santo" de César Aira

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San Pacomio, tan desesperado por las tentaciones del diablo que se desnudó ante una hiena para que ésta lo devorase; como el animal no lo hizo, intentó que una víbora le mordiese los genitales, también sin resultado. Santo Estéfano, quien "sufrió una grave enfermedad en los testículos y tuvo un cáncer en la punta del pene". San Elías, que (lo cuenta Gustave Flaubert en los Apuntes editados y traducidos por Eduardo Berti y publicados recientemente por Páginas de Espuma) fundó un monasterio con trescientas vírgenes y, angustiado por la previsible concupiscencia que lo invadía, se hizo castrar por los ángeles. Ninguno de ellos aparece en la Leyenda áurea de Santiago de la Vorágine, la bella reunión de hagiografías que está en el origen del nuevo libro de César Aira y que, sin embargo, no incluye santos menos singulares ni trayectorias más disparatadas.
 
En la obra de Santiago de la Vorágine tampoco se encuentra el santo innominado de este libro, quien, tras anunciar que desea retirarse a su aldea natal en Italia, es mandado matar por unos comerciantes de la ciudad de Barcelona (¡!) que pretenden mantener el flujo de peregrinos del que depende al menos parcialmente la economía local creando un santuario que aloje sus restos. Al igual que en varias de las historias de la Leyenda áurea, el santo escapa de ese peligro, se embarca, naufraga, es vendido como esclavo a un potentado; a diferencia de los santos que son su modelo, sin embargo, su periplo vital no lo aparta del mundo ni le otorga ninguna sabiduría.
 
La santidad del personaje de Aira es la de quien se lanza al mundo y descubre en él el amor, la decepción, la renuncia y la aventura. No importa que no se diga nada acerca de los milagros del santo y que éste ya no los realice más: su santidad está al margen de toda discusión porque consiste en la recuperación del tiempo perdido que está en el fondo de la experiencia de la literatura.
 
De la misma forma en que la santidad del personaje de este libro no puede ser puesta en duda, tampoco lo puede ser la inteligencia de su autor: la idea del comercio en el período previo al capitalismo como "una gran escalera por la que se subía y se bajaba al mismo tiempo" (31), la de la realidad como la "mano invisible" que pone orden en la sucesión de hechos inconexos (33), la discusión sobre las relaciones entre esclavitud y lenguaje (37-38) y las del amor y la verdad, la idea de que el asesinato, la coacción y el robo son "intrínsecamente inútiles" porque "los bienes cambian de mano de todos modos" (133) y la historia de la creación de catástrofes artificiales como forma de evitar esas catástrofes bajo el imperio de la "falacia del jugador" ponen de manifiesto la lucidez que los lectores de Aira conocen bien; una lucidez y una inteligencia que parecen oponerse a la ilusión novelesca, pero que en las novelas de Aira, y sólo en ellas, la hacen posible.
 
El santo inaugura la "Biblioteca César Aira" en Literatura Random House; los lectores harán bien en proseguir la indagación en sociedades complejas y a menudo absurdas que aparece en esta novela en las tolderías de Ema, la cautiva, los milagros en la hilarante Las curas milagrosas del doctor Aira, las superposiciones de ficción y realidad en La mendiga: la fascinación por la singular, ineludible inteligencia y gracia de César Aira en Un episodio en la vida del pintor viajero y en todos sus otros libros.
 
 
César Aira
El santo
Barcelona: Literatura Random House, 2015

[Publicado el 31/8/2015 a las 12:00]

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¿Por qué Friedland abandonó a sus hijos? / "F" de Daniel Kehlmann

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Los tres son personajes deliciosamente esperpénticos y confluyen en un final en el que se mezclan la crisis económica, una pelea callejera sin importancia, un divorcio y una o dos crisis de fe. Pero Daniel Kehlmann, que es uno de los escritores más inteligentes, ambiciosos y formados de la literatura alemana contemporánea, no se conforma con el esperpento. Bajo la apariencia de una comedia disparatada, F es un libro acerca de la falsificación artística, la vocación y el destino. ¿Por qué Friedland abandonó a sus hijos? ¿Estaba hipnotizado? ¿O el misterio es mucho más trivial y tiene que ver con la vocación y el desamparo? ¿Dónde está la felicidad? F es una de las grandes novelas extranjeras de este año.
 
 
Daniel Kehlmann
F
Trad. Helena Cosano
Barcelona: Literatura Random House, 2015

[Publicado el 11/7/2015 a las 11:15]

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Sentimentalismos / "Sueños de trenes" de Denis Johnson

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[...]
 
Denis Johnson tiene una escritura contenida y precisa que erróneamente ha sido caracterizada una y otra vez como poco sentimental. En realidad, hay mucho sentimentalismo en su obra y en este Sueños de trenes, donde el reencuentro con la hija es un momento especialmente sentimental y pese a ello muy conmovedor. Quizás en la caracterización haya una expresión de deseos. No importa. En este libro acerca de un hombre que no sabe cuándo nació y dónde, y que sólo sabe que alguien lo montó en un tren con su destino escrito en un recibo del banco sujeto con un imperdible a su pecho, hay literatura con mayúsculas: sin florituras, sin propósito y sin necesidad de justificación alguna.
 
 
Denis Johnson
Sueños de trenes
Trad. Javier Calvo
Barcelona: Literatura Random House, 2015

[Publicado el 21/5/2015 a las 13:00]

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Biografía

Patricio Pron (1975) es doctor en filología románica por la Universidad Georg-August de Göttingen, Alemania. Su trabajo ha sido premiado en numerosas ocasiones, entre otros con el Premio Juan Rulfo de Relato, y traducido a diez idiomas. Entre sus obras más recientes se encuentran el libros de relatos La vida interior de las plantas de interior (2013), así como el ensayo El libro tachado: Prácticas de la negación y el silencio en la crisis de la literatura (2014) y las novelas El comienzo de la primavera (2008), El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011), Nosotros caminamos en sueños (2014) y No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (2016). En 2010 la revista inglesa Granta lo escogió como uno de los veintidós mejores escritores jóvenes en español. 

 

Fotografía: Javier de Agustín

Bibliografía

 
 
 
 

 
 

 

Ficción

No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles. Barcelona: Literatura Random House, 2016. 

Nosotros caminamos en sueños. Barcelona: Literatura Random House, 2014. 

La vida interior de las plantas de interior. Barcelona: Mondadori, 2013.

Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos 1990-2010. La Paz (Bolivia): El Cuervo, 2011.

El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia. Barcelona: Mondadori, 2011.

El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Barcelona: Mondadori, 2010.

El comienzo de la primavera. Barcelona: Mondadori, 2008.

Una puta mierda. Buenos Aires: El cuenco de Plata, 2007.

El vuelo magnífico de la noche. Buenos Aires: Colihue, 2001.

Nadadores muertos. Rosario: Editorial Municipal de Rosario, 2001.

Hombres infames. Rosario: Bajo la luna nueva, 1999.

Formas de morir. Rosario: Universidad Nacional de Rosario Editora, 1998.

 

No ficción:

El libro tachado. Madrid: Turner. 2014. 

 

Edición

Zerfurchtes Land. Neue Erzählungen aus Argentinien [Tierra devastada: Nuevos relatos de Argentina]. Coed. con Burkhard Pohl. Göttingen: Hainholz Verlag, 2002.

Crítica

"Aquí me río de las modas": Procedimientos transgresivos en la narrativa de Copi y su importancia para la constitución de una nueva poética en la literatura argentina. Göttingen: Niedersächsische Staats- und Universitätsbibliothek Göttingen, 2007.

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